TODO COMENZÓ POR UNA PARTIDA2PREPARATIVOS PARA LA FIESTA
 
Pasaron varios días en los que no sucedió nada especial. Yo me limitaba a echar miradas disimuladas a las chicas y a hacerme pajas a escondidas. Necesitaba tiempo para asimilarlo todo y pensar estrategias.
De todas formas hice un par de intentos de acercamiento con Loli, pero ésta parecía rehuirme, supongo que siguiendo instrucciones del abuelo.
Los días pasaban veloces y yo no hacía ningún progreso en lo que a sexo se refiere, por lo que andaba un poco desilusionado. Todo era bastante monótono, hasta que una mañana me encontré a mi hermana y mis primas charlando con Mrs. Dickinson:
– Por favor señorita, aún tenemos muchas cosas que hacer – dijo Andrea, que parecía llevar la voz cantante.
– No sé, niñas, serían tres días…
– Sí, lo sé, pero le prometemos que después nos esforzaremos más. Compréndalo, tenemos que participar en los preparativos de la fiesta y además, me gustaría, digo nos gustaría poder ir a la ciudad a comprarnos un vestido y un regalo para mi madre.
– No sé, ¿qué dice tu abuelo?
– Al abuelo le parece bien ¿verdad chicas?
– Bueno… – dijo mi hermana mientras Andrea la fulminaba con la mirada.
– ¿Sí?
– Dijo que la decisión era suya, que usted sabría si perder un par de días podría perjudicarnos o no.
– Por favor señorita Dickinson – insistía Andrea.
– ¿Y que opináis vosotras dos?
– Bueno, es verdad que nos gustaría ir a la ciudad y un par de días sin clase nos irán bien ¿verdad Marta?
– Sí. Además Ramón dijo que nos llevaría a un restaurante nuevo.
– ¿Ramón? ¿Y quién es Ramón? – preguntó Dicky.
– Es el novio de Andrea – dijo Marta con una sonrisilla maliciosa.
– ¡Marta! ¡No digas más tonterías! – exclamó Andrea, enrojeciendo violentamente.
– ¿Novio, eh? – dijo Dicky riendo.
– No le haga caso señorita, se trata del hijo del señor Benítez, que es muy amable y que se ha ofrecido a hacer de guía por la ciudad.
– Comprendo. ¿Y es guapo?
– Vamos, señorita, no se burle.
– Bueno, está bien. Os concederé esos días de descanso. A mí también me vendrá bien.
– ¡Estupendo! – gritó Andrea.
Los Benítez eran los propietarios de una finca cercana. Los padres eran buena gente y muy amigos de mi familia. Tenían dos hijos, a los que yo conocía porque eran alumnos de la escuela de equitación de mi abuelo. Ramón, el mayor, siempre me había parecido un imbécil, pero Blanca era una chica de 16 años, muy dulce y simpática y con una educación exquisita. Con frecuencia mis padres decían que ojalá nosotros nos pareciéramos a ella, así de encantadora era .
Aunque Ramón siempre me había caído gordo, gracias a él me iba a escapar de las clases.
– Bueno, parece que durante unos días sólo tendré que ocuparme de ti – me dijo Dicky.
El alma se me cayó a los pies. ¿Yo tenía que seguir dando clase mientras las chicas se iban de paseo? ¡De eso nada!
– ¡Pero señorita, yo también quiero ir a la ciudad! – dije lo primero que se me ocurrió.
– ¿Tú? ¿Y para que vas a ir tú?
– ¡No he vuelto a ir desde que era pequeño, y… yo también quiero comprarle algo a tía Laura!
Lo cierto es que yo en ese momento ni siquiera sabía por qué íbamos a comprarle regalos.
– Bueno, no sé. Lo cierto es que si me quedo sin alumnos podría ir a casa de mi tía. Hace tiempo que no la veo…
– No sé señorita, éste ya perdió clases el otro día con la fiebre – dijo Andrea, la muy…
– Yo por lo menos voy aprobando los exámenes – le respondí desafiante. Si las miradas mataran, en ese momento hubiera caído fulminado.
– Eso es cierto Andrea, ya no sé si es tan buena idea dejaros los días libres, vas un poco retrasada – me parece que Dicky ya se había ilusionado con las vacaciones y no iba a permitir que se las estropearan.
– Sí señorita. Bueno, es verdad será mejor que nos lo tomemos todos como un pequeño respiro.
– De acuerdo, voy a hablar con vuestro abuelo y con vuestros padres – dijo Dicky y se marchó.
Las tres chicas se volvieron hacia mí al unísono.
– Maldito niño cabrón – Andrea tenía un lenguaje exquisito cuando se lo proponía.
– ¿Se puede saber a qué viene esto? – dijo Marta.
– Si os creéis que os vais a escapar de las clases vosotras solas, vais listas.
– Haz lo que te dé la gana, pero a la ciudad no vienes.
La verdad es que yo tampoco quería ir, pero aquello me molestó bastante.
– ¿Y quién me lo va a impedir?
– Se lo diré a papá – intervino mi hermana.
– ¿Y qué le vas a decir? ¿Qué os queréis ir solas a la ciudad con el novio de Andrea? Seguro que le encanta.
– ¡Maldito seas! – gritó Andrea. – ¡Ven aquí!
Y se lanzó por el pasillo a perseguirme, aunque yo fui mucho más rápido y me perdí escaleras abajo. Andrea no me siguió yo empecé a pensar que podía ser divertido ir a la excursión por el simple hecho de fastidiarla un poco.
– Buenos días.
Me volví y allí estaba mi abuelo.
– Ya me ha dicho Mrs. Dickinson que os habéis librado de las clases por unos días ¿eh?
– Abuelo, las chicas no quieren que vaya con ellas a la ciudad.
– ¿Y por qué no?
– Porque las lleva ese imbécil de Ramón y no quieren que vaya.
– ¿eh?. Vaya con Andrea, para pedirme prestado el coche no tiene problemas, pero para cuidar un rato de su primo… Hablando del rey de Roma…
Miré hacia arriba y vi bajando las escaleras a las tres chicas encabezadas por Andrea, cuyos ojos echaban chispas. Enfadada estaba incluso más buena.
– Abuelo, no le hagas caso. Nosotras queremos ir de compras y no vamos a ir con el a todos lados.
– ¿Por qué no?
– Podría pasarle algo, no podemos hacernos responsables.
– Para eso está Ramón ¿no? Cuando me pedisteis el coche dijo que él cuidaría de vosotras, ¿qué más le da uno más?
– Yo… – Andrea estaba vencida, sin argumentos.
– Venga chicas, a Oscar también le hace ilusión ir a la ciudad. Portaos bien con él – dijo mi abuelo mientras me guiñaba un ojo con disimulo.
El día pasó sin mayores incidentes. Todo el mudo en la casa andaba muy atareado, hasta las chicas y yo estuvimos ayudando. El motivo del follón era el cumpleaños de mi tía Laura, que cumplía 35 y mi abuelo había decidido darle una gran fiesta en el jardín. Por lo visto iban incluso a invitar a los vecinos para la celebración, con lo que iba a ser una gran fiesta.
A media mañana llegaron un par de carros con gente del pueblo y cosas para la fiesta. Mi padre los había contratado del pueblo para que ayudaran, así que con toda la gente que había por allí, yo logré escaquearme y no trabajar demasiado. Tan sólo estuve un rato ayudando en la cocina, bromeando todo el rato con Mar y con Vito, procurando así mantenerme alejado de Andrea por si acaso.
La que sí que se escapó fue Mrs. Dickinson. Como no tenía alumnos a su cargo anunció que se iba un par de días a visitar a su tía enferma, pero que volvería a tiempo para la fiesta. Nicolás la llevó a la estación con el coche.
Por fin llegó la mañana siguiente, me levanté muy temprano (y muy trempado) y el día no pudo empezar mejor.
Fui al baño de atrás, uno que había cerca de la cocina, para darme un buen baño. En esa habitación teníamos un par de tinajas grandes y una bañera, que se llenaban con agua caliente traída desde la cocina (por eso estaba cerca).
– Buenos días señora Luisa.
– Buenos días corazón – me respondió ella.
– ¿Podría calentarme agua para bañarme?
– Claro, de hecho ya hay mucho agua caliente porque tus primas también se van a bañar. Andrea ya está dentro, así que espérate un rato y desayuna.
¿Andrea bañándose? Genial. Desayuné como una exhalación y me levanté de la mesa.
– Señora Luisa, voy a salir a estirar las piernas. Dé un grito cuando el baño esté listo.
– Vale, anda, busca a Juan para que te llene la bañera.
Salí como un rayo en busca de Juan. Por suerte, lo encontré muy rápido y le dije que Luisa lo buscaba. El hombre se fue hacia la cocina y yo a la parte trasera de la casa. El baño tenía una pequeña ventana bastante alta y yo sabía que probablemente estaba abierta pues ninguno de nosotros alcanzaba a cerrarla y había que hacerlo con un gancho.
Efectivamente estaba abierta. Con rapidez, amontoné bajo la ventana varias cajas de las de la fiesta y me subí encima, procurando no hacer ni un ruido.
Allí estaba Andrea. Estaba de pié dentro de una de las tinajas, completamente de espaldas a mí, lo que me privaba de buena parte del espectáculo. Ya se había lavado y estaba enjuagando su cuerpo echándose jarrones de agua por encima. Estaba arrebatadora. Llevaba el pelo recogido, para no mojárselo, por lo que podía ver su delicioso cuello, su piel era muy blanca, sin mácula, su espalda era lisa, sedosa, con los omóplatos bien marcados y terminaba en unas caderas simplemente perfectas culminadas por un trasero con forma de corazón. Sus piernas debían ir a juego pero no las veía, ya que la tinaja le llegaba a más de medio muslo. El agua se escurría por su cuerpo, formando ríos que recorrían sus sinuosas curvas y que dejaban a su paso gotitas que aparentaban ser de cristal, dándole un aspecto casi mágico, parecía una ninfa del bosque.
Yo estaba empalmadísimo, presionaba fuertemente mi paquete contra la pared, pero no podía hacer más porque mi posición era un tanto precaria y no quería caerme.
Podía ver cómo deslizaba las manos por su cuerpo, eliminando los restos de jabón; veía que se pasaba las manos por las tetas, pero desde atrás no podía ver cómo. Yo maldecía mi mala suerte, me estaba perdiendo lo mejor, pero en ese momento ella se inclinó hacia delante para coger otra jarra de agua del suelo. Al agacharse su culo se me mostró en todo su esplendor, era simplemente perfecto. Además, al agacharse dejaba entrever su coño, incluso desde mi posición podía notar que era rubio, como su cabello, sus labios se abrían levemente. ¡Dios yo sólo pensaba en cómo sería hundir mi polla en ese maravilloso chocho!
– Estás hecho un guarro.
La voz me sobresaltó tanto que me caí de las cajas formando un considerable alboroto.
– ¡Ey! Ten cuidado que te vas a matar.
Dolorido alcé la vista y me encontré con Antonio, el sobrino de Juan, que trabajaba en la finca ayudando a su tío.
– ¡Eh! ¿Quién anda ahí? – la voz de mi prima se oyó por la ventana.
– Desde luego no es tonto – dijo Antonio.
Yo le miré con cara de pena. Me habían pillado y me la iba a cargar por todo lo alto. La erección desapareció fulminantemente.
– Venga, no te quedes ahí, vamos a quitar las cajas antes de que alguien salga a ver qué pasa.
Dios, cuánto quise a Antonio en ese instante. Me incorporé de un salto y rápidamente quitamos las cajas de allí y nos marchamos rodeando la casa.
– Vaya, chico…..
– Yo…
– Tranquilo, hombre. Yo mismo he espiado alguna vez por ese ventanuco. Es que tu prima está muy buena ¿eh?
– Ya lo creo.
– Pues tranquilo, hombre, que yo no le diré nada a nadie. Además en esta casa con tantas mujeres, los hombres debemos ayudarnos.
– Gracias Antonio.
En ese momento se oyó la voz de Luisa, que me llamaba para el baño.
– Me voy Antonio.
– Hasta luego, ¡ah! Que te lo pases bien en la ciudad.
Le sonreí y me fui. Luisa me esperaba en la cocina.
– Venga, que tu prima ha salido ya. Oye, ¿no habrás estado trasteando por ahí detrás, verdad?
– No, Luisa, yo estaba con Antonio.
– Ya veo, venga entra al baño, que Marta y Marina van detrás.
– Voy.
– Oye Oscar, si no te importa usa la tinaja que está limpia y deja la bañera para las chicas.
– Pero…
– Venga, que tú eres un hombre, sé un caballero…
– Vale Luisa.
 
Entré al baño y me desnudé. Entré a la tinaja, cogí el jabón y empecé a frotarme. El baño aún conservaba el aroma de Andrea por lo que empecé a recordar lo que había visto. Mi picha fue poco a poco recobrando la forma y yo empecé a masturbarla delicadamente. Entonces se me ocurrió una idea. Me froté la palma de la mano con jabón hasta hacer espuma y después me pajeé con ella. Era una sensación diferente, muy agradable, así que cerré los ojos y seguí con la paja mientras imaginaba que me tiraba a Andrea.
Estaba tan concentrado que resbalé y me caí dándome un buen golpe en el fondo de la tinaja. Una buena cantidad de agua se desbordó y fue a parar al suelo del baño que quedó empapado.
– Oscar ¿estás bien? ¿Qué ha pasado?
Luisa estaba al otro lado de la puerta.
– Nada, que me he resbalado.
– Espera que voy a entrar.
Luisa entró en el baño con cara de preocupación.
– Luisa, estoy bien, en serio – dije mientras me agachaba en el interior de la tinaja.
– Madre de Dios, la que has liado – dijo mirando al suelo.
– Lo siento.
– Qué le vamos a hacer. Espera, te traigo más agua.
Salió y regresó al poco con un par de cubos humeantes que añadió a la tinaja.
– ¡Ay! Quema.
– Pues te fastidias. Y date prisa que las niñas esperan.
No sé por qué, pero le dije:
– Es que me he dado en el codo y me duele el brazo.
– ¿A ver? – dijo Luisa mientras me examinaba el brazo – parece que está bien.
– Pero me duele… – dije yo con mi mejor voz de niño mimado.
– ¿Qué quieres? ¿Qué te bañe yo como cuando eras pequeño?
– Bueno…
Entonces Luisa me miró de arriba abajo y sin duda notó que yo mantenía las piernas recogidas, escondiendo algo. Fue a la puerta y la cerró.
– Joder con el chico, tan grande para unas cosas y está hecho todo un bebé. A ver, arrodíllate.
Cogió el jabón y comenzó a frotarme el cuerpo, la espalda, el pelo, haciendo mucha espuma. Me hizo poner de pié, de espaldas a ella y me limpió las piernas y el culo.
– Separa un poco las piernas – me dijo.
Su mano se introdujo entre mis muslos y comenzó a frotarlos por la cara interior, Se deslizaba muy placenteramente y yo notaba cómo la punta de sus dedos me rozaba los huevos. Era genial, estaba muy excitado. Mi polla pedía a gritos que la aliviaran, pero yo no me atrevía. Así seguimos un rato cuando me dijo:
– Date la vuelta.
Yo obedecí muy despacio. Con las manos me tapé el pito lo mejor que pude. Sabía que no serviría de nada, pero pensé que era mejor dar una imagen de vergüenza
Al volverme por completo pude ver que los ojos de Luisa estaban fijos en mi entrepierna, lo que me calentó aún más.
– Venga, quita las manos de ahí. A ver si te crees que es la primera picha que veo. Además la tuya ya la he visto un montón de veces.
Como yo no obedecía, me tomó por las muñecas apartando mis manos ella misma, aunque yo no opuse demasiada resistencia.
– ¡Jesús, María y José!
– Lo siento – dije yo fingiendo estar avergonzado, aunque en realidad llevaba un calentón de aquí te espero.
– Vaya, vaya, así que el señorito se ha convertido en todo un hombre.
– Vamos, Luisa, no te burles de mí.
– Si no me burlo, ya quisieran muchos tenerla como tú.
Se puso de pié y siguió lavándome. Empezó a frotarme el pelo de forma que sus pechos quedaron a la altura de mi cara. Los botones superiores de su vestido se habían abierto, por lo que pude echar una buena ojeada a aquel par de increíbles tetas, embutidas de tal forma en el sujetador, que amenazaban con reventarlo, así de apretadas estaban.
Luisa acabó con mi pelo y se retiró con lo que se dio cuenta de adonde apuntaban mis ojos.
– Oye, estás hecho un sinvergüenza.
– Lo siento, Luisa.
– ¿No te da nada de mirarle así las tetas a una vieja?
– Tú no estás vieja.
– Anda, que podría ser tu abuela.
– Imposible, ninguna vieja podría tener esas tetas.
Ella se quedó sorprendida. Aquello no cuadraba con la imagen de niño bueno que tenía de mí.
– Vaya bandido estás hecho. ¿Qué sabes tú de tetas, bribón?
– Nada, sólo sé que las tuyas son geniales, parecen ir a escaparse del sostén.
Ella miró hacia abajo, abriéndose un poco el vestido con las manos.
– Es verdad que este sostén me va un poco pequeño…
– Pues eso Luisa, son tan bonitas que no he podido evitar mirarlas. Además como me has estado lavando y eso…
– Me parece a mí que a ti no te dolía el codo.
– Perdóname, no sé en qué estaba pensando – dije simulando azoramiento, parecía estar a punto de echarme a llorar.
– Venga, venga, no te pongas así, es sólo que me ha sorprendido un poco. A todos los chicos les pasan estas cosas…
Se acercó a mí y me abrazó. Mi cara quedó apretada contra su pecho. Aquello era el paraíso.
– Lo que no comprendo es cómo puede gustarte una vieja como yo, con todas las chicas que hay por aquí.
Si ella supiera que me gustaban todas…
– Luisa, que tú no estás vieja. Tienes las mejores tetas del mundo.
– ¿Estos dos trastos? – dijo mientras volvía a abrirse el cuello del vestido, permitiéndome atisbar de nuevo su par de ubres.
– Son maravillosas.
– Mi amor… – dijo abrazándome de nuevo.
– Luisa… – dije todavía abrazado a ella.
– Dime corazón.
– ¿Me las enseñas?
– ¿Cómo?
– Es que nunca he visto unas – mentí.
Se apartó de mí y me asió por los brazos mirándome a los ojos.
– De acuerdo cariño.
Llevó sus manos a la espalda y trasteó un poco con el cierre del sostén. Le costó un poco hacerlo por encima del vestido, pero para mi desencanto, no se lo quitó. Finalmente logró desabrochárselo y lo extrajo por el cuello de la ropa. Después desabrochó el resto de los botones del pecho del vestido, se lo abrió con las manos y me las mostró.
¡Qué par de tetas! Sin duda eran las más grandes que había visto hasta ahora, en la finca, quizás sólo Tomasa podía rivalizar en cuanto a volumen (o eso creía yo). La piel era un poco menos tersa que en las de Loli, pero no importaba. A pesar de lo grandes que eran, se mantenían firmes, con los pezones gordos y duros mirando al frente. Estaba embelesado y mi polla apuntaba al techo, desesperada.
– Luisa – le dije mirándola a los ojos – ¿Puedo?
– Claro, mi amor.
Se acercó hasta mí. Yo estiré las manos y me apoderé de aquellas dos maravillas. Comencé a sobarlas con fruición, un tanto bruscamente.
– Tranquilo, mi amor, no se van a escapar…
Me calmé un poco y comencé a acariciarlas con mayor delicadeza. Mis manos no alcanzaban ni de lejos a abarcarlas, por lo que las movía por todas partes, las agarraba, las estrujaba, las levantaba… Comencé también a toquetear sus pezones. Estaban duros como rocas, me miraban desafiantes. Por mi mente pasó la idea de lamerlos, pero quizás Luisa pensara que eso era demasiado, así que me contuve.
Seguí acariciándolos con la izquierda y llevé la derecha hacia abajo, hasta empuñar mi verga. Comencé a pajearme lentamente y me separé unos centímetros de Luisa, para verla mejor. Tenía los ojos cerrados y se veía perfectamente que estaba disfrutando horrores. Eso me envalentonó así que fui deslizando mi mano izquierda por todo su cuerpo. Al llegar a la cintura, separé con los dedos el vestido y las bragas, e introduje la mano en su interior. Luisa abrió los ojos y me miró sorprendida, parecía querer decir algo, pero mi mano se metió entre sus piernas, entre sus labios vaginales, nadando en las humedades que allí había y mis dedos encontraron su clítoris, con lo que a Luisa se le pasaron las ganas de decir nada.
Volvió a cerrar los ojos y me dejó hacer. Yo seguí masturbándonos a los dos, lentamente, disfrutando el momento. Ella llevó sus manos hasta sus globos y empezó a sobárselos, tironeándose de los pezones, mientras dejaba escapar pequeños gemidos que me excitaban todavía más. Poco a poco inició un leve movimiento arriba y abajo de sus caderas, aumentando el frotamiento.
Progresivamente fue incrementando el ritmo de su cintura, hasta que se convirtió en un furioso vaivén. Los gemidos fueron ganando intensidad:
– Sí, así, así, mi amor, sigue asíiiiiiiii…
Mientras se corría se derrumbó sobre mi hombro. Yo notaba los espasmos de su coño en la mano mientras no dejaba de pajearme.
En ese momento una voz sonó al otro lado de la puerta:
– ¿Qué estás haciendo? ¿Te queda mucho?
¡Mierda! ¡Mi hermana!
– Un poco todavía Marina, espera en la cocina que ahora te aviso – dije con voz entrecortada.
– Date prisa ¿quieres?
– Sí, hermanita.
Oí pasos que se alejaban y respiré más tranquilo. Miré a Luisa, que parecía preocupada. Era hasta cómico, los dos, asustados, mirando a la puerta, mientras una de mis manos empuñaba mi polla y la otra se perdía en sus bragas.
– Hay que acabar rápido – dijo Luisa.
Se apartó de mí y yo pensé que se había acabado, pero no, Luisa no pensaba dejarme en ese estado. Se arrodilló frente a mí y agarró mi polla, comenzando a pajearla con rapidez.
– Acaba rápido o nos matan.
Así que me dediqué a disfrutar. Desde luego no era tan bueno como antes, pues había que terminar rápido, pero no estaba nada mal. Como seguía teniendo las tetas fueras, estas se movían como campanas al ritmo del cascote, lo que era muy erótico.
Siguió masturbándome diestramente, mientras con la derecha me la meneaba, con la izquierda me sobaba los huevos; desde luego no era la primera paja que hacía, sabía dónde y cuándo apretar y pronto comencé a notar que me corría.
Ella me apuntó el pene hacia el agua y los disparos fueron todos a parar al interior de la tinaja, menos un poco que manchó la mano de Luisa.
– Bueno ya estás – dijo mientras se llevaba la mano a los labios y se la limpiaba con la lengua ¡Qué morbo! – Ummm, está dulce…
¡Joder! Aquello casi me empalma otra vez.
De pronto, Luisa pareció volver a la realidad.
– Vamos espabila, que nos van a pillar.
Cogió un par de jarras de agua y me los echó por la cabeza para enjuagarme.
– Venga, hay que darse prisa que las niñas tienen que entrar y antes tengo que recoger el estropicio que has hecho.
Luisa cogió una toalla y me secó vigorosamente el cuerpo y desde luego aquello no tuvo nada de erótico, sin más bien de doloroso. De no ser porque aún llevaba las tetas por fuera del vestido, parecería que allí no había ocurrido nada. Rápidamente se arregló la ropa, aunque no se puso el sostén, sino que lo dobló hasta que no se notaba lo que era.
– Venga, vístete, que yo voy a la cocina a por trapos.
Me echó una última mirada y me dijo:
– Cuánto te pareces a tu abuelo.
Abrió la puerta con cuidado y miró a izquierda y derecha, saliendo sigilosamente. Yo me vestí y fui a la cocina.
– Marina, ya he terminado.
– Sí, ya voy.
No sé si sería su extraño tono de voz o el hecho de que no me regañara por haber tardado, lo cierto es que noté algo extraño en ella. La miré y vi que tenía las mejillas arreboladas y la frente sudorosa ¿habría estado espiando?
Marina se levantó y salió junto con Luisa, que iba cargada de trapos para limpiar un poco el baño.
Yo salí por la puerta de atrás para tratar de espiar a Marina como había hecho con Andrea. Si me había estado espiando, debía estar muy excitada, con lo que el espectáculo prometía ser aún mejor. Por desgracia ya no era tan temprano, y detrás de la casa había ya mucho ajetreo con lo de la fiesta y eso. Bueno, qué le íbamos a hacer; me resigné y subí a la habitación para ponerme la ropa que me había preparado mi madre para ir a la ciudad.
Como una hora después llegó Ramón. Penetró en el recibidor como si fuera el rey del castillo.
– ¡Muy buenos días! – gritó.
Yo estaba abajo, con el abuelo, y le oí murmurar:
– Menudo petimetre.
Al poco las chicas bajaron la escalera en procesión, con Andrea al frente, como siempre. Llevaba un vestido primaveral, de color azul, sin mangas. Un cinturón blanco ceñía su esbelta cintura y llevaba a juego el sombrero, el bolso, los zapatos y unos guantes de punto. Estaba preciosa. Detrás venía mi hermana, con un atuendo parecido, sólo que de color amarillo pálido, lo que acentuaba su negra cabellera. Por último, Marta, un poco más discreta. Llevaba una camiseta blanca de manga corta, con un jersey echado sobre la espalda y anudado al cuello. Su falda era de color gris, por debajo de la rodilla. Como las otras dos, llevaba medias de color claro, pero no llevaba sombrero. Parecían tres diosas bajando desde el cielo. Yo estaba alelado.
– Andrea, estás preciosa – dijo Ramón.
– Menudo caballero – pensé – no les dice nada a las otras.
Al poco aparecieron mis padres y mi tía. Tras los saludos de rigor, se llevaron a Ramón un poco aparte, dándole los típicos consejos, que tuviera cuidado de nosotros y eso. Vi que Ramón me echaba un par de miradas de desprecio. Menudo capullo. Estuvieron charlando un poco y yo me quedé con las chicas.
– Estáis las tres guapísimas – les dije – sin duda seréis la envidia de toda la ciudad.
Me miraron un tanto sorprendidas.
– Vaya, gracias – dijo Andrea.
– Lo digo en serio, chicas. Sois realmente preciosas – vi que Marta incluso se avergonzaba un poco.
– Estás muy amable hoy ¿no crees? – dijo mi hermana – será para que no te dejemos aquí.
– No es eso, estoy diciendo la verdad.
– Bueno, pues gracias – dijo Andrea.
– Y de verdad, estoy muy agradecido de que me llevéis con vosotras, tenía muchas ganas de ver la ciudad. Os prometo que me portaré bien.
Los demás terminaron de hablar, y todos fuimos hacia la puerta. Yo aproveché que Andrea se quedaba un poco retrasada y le dije:
– Lo he dicho en serio, y tú eres la más guapa de todas.
– Vale, vale – rió mi prima – cuando quieres eres un cielo.
Salimos fuera, donde Nicolás esperaba con el coche. Era un Bolt, no recuerdo el modelo, uno de los primeros coches que hubo en España. La capota se abatía completamente, permitiendo así disfrutar del paseo. De hecho, Nicolás ya la había echado hacia atrás.
– ¿Y cómo vamos a ir? – dijo Ramón – en el coche no cabremos todos. ¿No sería mejor dejarlo aquí?
– Tú te sientas delante con Nicolás – intervino Andrea – y nosotras tres detrás y vamos llevándolo encima por turnos.
– Sí, así iréis bien – dijo mi abuelo.
– Bueno – aceptó Ramón, aunque se le veía en la cara que eso no era en lo que él estaba pensando.
Antes de subir, mi abuelo me llevó aparte.
– ¿Llevas dinero?
– Mi padre me ha dado algo – le respondí.
– Mira, un caballero debe pagar siempre por las damas, y ese tipejo no es muy de fiar ¿no crees?
– Desde luego – dije enfadado, mientras mi abuelo se reía.
– Bien, pues tendré que confiar en que tú si seas un caballero.
Entonces me dio una bonita cartera hecha a mano. Era mi primera cartera.
– ¡Gracias abuelo! – exclamé y le di un abrazo.
Me saqué el dinero que tenía del bolsillo para guardarlo en la cartera, pero, al abrirla, me encontré con que ya había mucho dinero dentro.
– ¡Abuelo!
– Eso es para ti. Gástalo como quieras, pero procura invitar a las chicas a algo y lo que sobre, para ti.
– Pero…
– Tranquilo, hijo, que ya les he dado algo a tus primas y a tu hermana, no vas a ser tú menos.
– ¡Gracias! – y lo abracé nuevamente.
Nos despedimos hasta la noche y nos marchamos. Marina iba a la izquierda, Andrea en el centro y Marta a la derecha. Yo iba sentado en el regazo de Marina, que me sujetaba por la cintura. Estaba bastante ilusionado, aunque al principio no tenía muchas ganas de ir, ahora me daba cuenta de que hacía bastante tiempo que no salía de la finca, así que me decidí a disfrutar del viaje.
El coche traqueteaba por los caminos mientras atravesábamos bosques y prados. Yo me recliné hacia atrás, para añadir el placer de sentir las tetas de mi hermana contra mi espalda al que me proporcionaba el paseo. Hubiera estado muy bien de no ser por el imbécil de Ramón que viajaba prácticamente vuelto hacia nosotros para decirle tonterías a mi prima Andrea, que se reía como una tonta con todas las gilipolleces que aquel capullo soltaba. Pero lo peor fue cuando noté que Marta lo miraba con ojos de cordero degollado. También se reía de sus tonterías y siempre intentaba atraer su atención interviniendo en la conversación (cosa rara en ella), pero se la veía nerviosa, por lo que sus palabras parecían torpes y poco inteligentes.
– ¡Mierda! – pensé – ¿cómo es posible que a las dos les atraiga este imbécil?
Además, Ramón ignoraba de forma casi ofensiva a Marta, teniendo sólo ojos para Andrea, lo que cohibía cada vez más a mi prima menor, hasta el punto que dejó de intentar conversar y se ensimismó, dedicándose a mirar el transcurrir del campo por su lado del coche.
Ramón, de vez en cuando pasaba una mano hacia atrás y la apoyaba descuidadamente en la rodilla de mi prima, que se apresuraba a apartarla. Al poco rato, Andrea pareció hartarse del comportamiento de Ramón y me usó como escudo:
– Marina, ¿estás ya cansada de cargar con Oscar?
Sin darle tiempo a responder, intentó levantarme y subirme sobre ella. Desde luego yo pesaba demasiado para que pudiera levantarme, así que colaboré sin rechistar y me senté en el regazo de mi prima. De esta forma obstaculizaba perfectamente al manos largas, lo que pareció no gustarle demasiado a tenor de la mirada que me dirigió.
Como no podía continuar con sus tocamientos, pareció perder interés en la conversación, por lo que se volvió hacia delante y se limitó a hacerle algunas preguntas a Nicolás sobre el manejo del coche.
Poco a poco, las chicas se animaron y empezaron a charlar entre ellas, de lo que iban a hacer, de lo que se iban a comprar y de otras cosas. Yo me limité a reclinarme sobre Andrea, que las tenía más gordas que Marina, por lo que era más cómodo y a disfrutar del resto del viaje.
Llegamos a la ciudad a las doce de la mañana, tras unas dos horas de viaje. Despedimos a Nicolás hasta la tarde y nos dedicamos a pasear. Ramón parecía una mosca, zumbando todo el rato alrededor de Andrea, mientras nos ignoraba a los demás. Andrea pronto se cansó, por lo que comenzó a charlar con Marina. Viendo que lo ignoraban, Ramón se enfurruñó y se retrasó.
Marta se dio cuenta y se fue quedando rezagada, para intentar charlar con él, pero el muy imbécil seguía ignorándola, limitándose a responderle con monosílabos y sin quitarle los ojos de encima a Andrea, que iba unos metros por delante.
– Mira Ramón ¡qué pendientes tan bonitos! – exclamó Andrea frente a una tienda.
Ramón salió disparado hacia delante, dejando a Marta con la palabra en la boca. ¡Cómo lo odié en ese momento!
Seguimos caminando en dos grupos, delante Marina y Andrea, con Ramón revoloteando alrededor de ella y detrás Marta. Yo la miré y noté que tenía los ojos llorosos. Me acerqué a ella.
– Marta, ¿qué te pasa?
– ¡Déjame en paz! – me espetó, aunque yo insistí.
– Venga, dímelo, a lo mejor puedo ayudarte.
– ¡Que me dejes!
Entonces me puse serio. Empleé uno más calmado, más adulto.
– Marta, no entiendo qué es lo que ves en semejante imbécil.
Me miró sorprendida, hasta las lágrimas que antes asomaban parecieron secarse de pronto.
– ¡Pero qué dices!
– Marta, se te nota mucho. Llevas toda la mañana comportándote como una tonta, tú no eres así y desde luego ese tipo no se lo merece.
– ¡Qué sabrás tú!
– Tengo ojos en la cara. Se ve a la legua que ése sólo busca una cosa con Andrea.
– No digas más tonterías.
– Míralo tú misma.
Ramón iba delante, e intentaba todo el rato que mi prima lo cogiera del brazo, supongo que para fardar por la calle por llevar a una rubia tan hermosa. En ese momento nos cruzamos con una mujer muy atractiva. Ramón no dudó ni un momento y se giró para mirarla mientras se alejaba.
– ¡Ramón! – le reprendió Andrea.
– Perdona querida, creo que la conocía.
¡Menudo gilipollas!
– ¿Lo ves?
– …….
– Marta, una mujer tan hermosa como tú puede conseguir al hombre que quiera. Eres mi prima y te quiero mucho, por eso no puedo soportar que con la de hombres estupendos que hay por ahí, te enamores de un capullo como ese.
– ¡No estoy enamorada!
– ¿Ah, no? ¿Entonces por qué lloras?
Me miró nos instantes, y por fin se decidió a confiar en mí.
– No sé, lo cierto es que me gusta y quería ver…
– ¿Qué? – pregunté yo.
– Si era capaz de atraer a un hombre como hace Andrea, pero veo que no puedo.
– Ahora eres tú la que dice tonterías.
– ¿Cómo?
– Tú eres capaz de atraer a cualquier hombre.
– Sí, ya lo veo.
– Te lo digo en serio. Mira, sé que soy joven todavía, pero sé distinguir la belleza femenina y desde luego creo que tú eres la más guapa de las tres.
Marta se sonrojó un poco y me dedicó una deliciosa sonrisa.
– Lo digo muy en serio, Marta, posees una belleza, no sé, etérea. Eres tan delicada, tan dulce, dan ganas de estar siempre a tu lado para protegerte.
– ¡Caray! Gracias, Oscar – dijo mi prima, con el rostro ya completamente arrebolado – Es lo más bonito que me han dicho en mi vida.
– Pues es verdad.
– ¿Se puede saber dónde has aprendido esas cosas?
– En ningún sitio en especial, no sé Marta, son cosas que se me ocurren al mirarte. A mí y a cualquier hombre que se precie de serlo.
– Entonces ¿por qué Ramón no me hace caso?
– ¡Y dale con Ramón! – me enfadé un poco.
Noté que mi prima se retraía un poco, aquello le había molestado, tenía que recuperar el terreno perdido, pero ¿cómo? Entonces la solución se me ocurrió por sí sola: “Dile la verdad” pensé.
– Marta, ¿puedo serte franco?
– Sí, claro.
– Verás, es que esto puede ofenderte un poco.
– Venga, que no me enfado.
– Vale. Mira, la razón por la que Ramón se fija en Andrea es bien sencilla. El único pensamiento que ocupa su mente es la idea de follársela.
– ¡Oscar! – exclamó asombrada y con el rostro como un tomate.
– Te lo advertí. Verás, ese tío está loco por tirársela, si te fijas no hace más que tontear y revolotear a su alrededor, pero no tiene verdadero interés por ella.
– ¡Pues a lo mejor me apetece que me lo haga a mí! – casi gritó Marta.
Los que iban delante se volvieron a ver qué pasaba.
– ¿Te está molestando, Marta? – preguntó mi hermana.
Yo me había quedado muy sorprendido por la repentina confesión de mi prima, así que no atiné a decir nada.
– No, no te preocupes, sólo estamos charlando – dijo Marta.
– Pues no forméis tanto escándalo – dijo Ramón, tan amable como siempre.
– Haremos el escándalo que nos dé la gana – le espeté.
– ¿Cómo dices?
– Lo que has oído – le respondí en tono desafiante.
 
Las chicas me miraban asombradas. Ramón echaba fuego por los ojos. Se abalanzó hacia mí, me cogió del brazo y me llevó aparte.
– Mira, éste es un día muy importante para mí y no voy a dejar que me lo estropees.
– ¿Y por qué es importante si puede saberse?
– No me cabrees, o te voy a poner el culo como un tomate.
– Inténtalo imbécil, veremos lo que opina mi abuelo cuando le diga cómo le sobabas las piernas a Andrea en el coche.
– ¿Cómo te atreves? – exclamó, pero el brillo de duda en sus ojos me hizo ver que había dado en el blanco.
– Mira Ramoncete, yo sólo quiero pasar un día agradable, así que déjame en paz y yo te dejaré a ti ¿de acuerdo?
Esperé unos instantes, mientras su cerebro procesaba aquello.
– Yo sólo quiero que no montéis un espectáculo por la calle.
– El espectáculo vas dándolo tú, pareces una mosca que ha olido mierda, siempre revoloteando detrás de las faldas.
– A que te doy…
– Atrévete.
Nuestras miradas se cruzaron furiosas. Finalmente, apartó la mirada y dijo:
– Haz lo que te dé la gana.
– Por supuesto.
Y regresamos con las chicas, él con cara de perro y yo con una sonrisa triunfante en los labios. Poco después, Marta y yo volvíamos a ir rezagados.
– En mi vida te había visto así.
– Sí, no sé por qué, pero ese tío me saca de quicio.
– Pero es guapo.
– Lo será, Marta, pero hay más cosas. Ese tío es un cerdo.
– …….
La chica seguía ensimismada.
– Por cierto, antes me dejaste parado.
– ¿Cómo?
– Sí, al decirme que te apetecía acostarte con ese capullo.
– ¡Yo no he dicho eso! – exclamó.
Los de delante volvieron a mirarnos y yo saludé sonriente a Ramón.
– Tranquila, chica, pero sí que lo dijiste.
– …….
– Marta, es normal sentir ciertos impulsos al llegar a nuestra edad. Yo también tengo esos impulsos.
– Ya veo – dijo sonriendo.
– Lo digo muy en serio.
– Bueno, pero si yo siento esos “impulsos”, ¿por qué no atraigo a los hombres?
– Claro que atraes a los hombres, a mí el primero ¡eres preciosa!
– Pero…
– Pero nada. Mira, ese tío está encandilado con Andrea y ella le sigue el juego. No sé si porque tiene en mente lo mismo que él o porque es más tonta de lo que parece.
– No sé…
– Pues eso. Ramón olfatea a su presa y no piensa en nada más hasta que la logre.
– Pero antes se ha quedado mirando a esa chica…
– Sí durante un segundo, porque era nueva. Pero no va a estropear la caza por otra posible presa, va sobre seguro. Pero si otra presa segura se le presentara…
– No te entiendo.
– ¿Quieres comprobar que lo que te digo es verdad?
– Sí, claro.
– Bien, te demostraré que a ese tío le importa una mierda tu hermana y que sólo va detrás de la falda que se le pone a tiro.
– ¿Cómo?
– Cuando yo te diga, atácale tú a él.
– ¿Qué?
– Tienes que hacer algo que inequívocamente le demuestre que le deseas, verás que pronto traiciona a Andrea.
– ¡Estás loco!
– Tú verás, puedes creer lo que quieras, pero estoy seguro que es verdad.
– Sí, ya. ¿Y qué tendría que hacer?
– No sé. Agárrale el paquete.
– ¡¿QUÉ?! – los de delante ya ni se volvieron.
– Tú hazlo cuando yo te diga y verás.
– Estás majara, no sé por qué te he estado haciendo caso.
– Ya veremos…
Enfadada, se fue hacia delante para reunirse con los otros. Yo me quedé atrás, pensativo. Me la había jugado mucho con mi prima, si hacía lo que le había dicho no estaba seguro de lo que pasaría. Si Ramón montaba un escándalo avergonzaría a Marta para toda la vida, pero yo estaba bastante seguro de haberle juzgado correctamente, no me quedaba sino confiar en la lujuria de Ramón… y en la belleza de mi prima.
En esas estaba cuando todos penetraron en un gran establecimiento. Era una boutique de ropa femenina.
Era una gran tienda, tenía incluso dos plantas. Por todas partes se veían clientas que miraban vestidos, atendidos por señoritas vestidas todas más o menos igual, blusa blanca, falda negra y una cinta métrica de sastre al cuello.
Las chicas se repartieron rápidamente por la tienda. Ninguna de ellas había estado antes en una tan grande y estaban muy ilusionadas. Correteaban arriba y abajo, enseñándose trapos las unas a las otras mientras daban grititos. Yo me desmarqué por ahí, dando vueltas y mirando cosas. Quería ver si encontraba algún regalo bonito para tía Laura.
De vez en cuando atisbaba a Ramón, le veía echando ojeadas apreciativas a las dependientas y a las clientas mientras fumaba con aire aburrido. Eso sí, su rostro cambiaba a la más exquisita de las sonrisas cuando Andrea se acercaba a enseñarle algún traje.
– ¿Qué te parece éste, Ramón? – inquirió Andrea una de las veces.
– Muy bonito, querida – le contestó fumando un cigarrillo.
– Creo que voy a probármelo.
Andrea trotó hasta unos probadores cercanos, pero estaban ocupados, por lo que se dirigió a otros que estaban escondidos al fondo de la tienda. Ramón se le quedó mirando y pareció tomar una decisión. Pisó el cigarrillo y siguió a Andrea con disimulo. Y por supuesto, yo le seguí a él.
Me escondí tras una columna y me asomé con cuidado. El probador se cerraba con unas cortinas y Ramón permanecía frente a ellas echando miradas disimuladas a su alrededor. Cuando pensó que nadie lo veía, se metió dentro.
– ¿Se puede saber qué haces?
– ¡Chist! Cariño, ven aquí…
– ¡PLAS!
La bofetada resonó fuertemente. Al poco Ramón volvía a salir del probador. Se frotaba una mejilla con cara de perro apaleado. Yo, detrás de la columna, trataba de contener la risa a duras penas. ¡Bien por Andrea!
Ramón se fue lentamente a la esquina opuesta de la tienda, lejos de toda la gente (supongo que para que nadie notara la marca roja en su cara) y volvió a encender un cigarrillo.
Decidí buscar a Marta para contárselo. Di unas cuantas vueltas por allí y la vi. Tenía cara de gran preocupación. Entre sus manos sostenía una blusa y la retorcía nerviosamente.
– Va a hacerlo – pensé.
Así que me escondí rápidamente para que no me viera y la seguí. No me equivocaba, se dirigía con paso vacilante al rincón donde se estaba Ramón. A falta de 10 metros se paró, respiró hondo y se acercó rápidamente hasta él. Por desgracia no me podía acercar más por lo que no pude escucharlos.
Desde mi posición vi cómo intercambiaban unas palabras. De pronto, Marta se abalanzó sobre el sorprendido Ramón y lo besó. No podía verlo bien, pero me pareció que el beso era correspondido. Marta se separó de él dejándome atisbar cómo su mano apretaba fuertemente la entrepierna del asombrado Ramón.
Marte le soltó y echó a correr en dirección opuesta con las mejillas totalmente enrojecidas. Casi me descubre, pero me dio tiempo a ocultarme. Cuando pasó, eché una mirada a Ramón. Sonreía.
Me marché de allí cuidando que no me vieran y fui en busca de Marta. La encontré cerca de las escaleras, respirando agitadamente.
– Lo has hecho ¿eh?
– ¿Qué?
– No me engañas, lo veo en tus ojos, has ido a por Ramón.
– ¿Me has visto?
– No – mentí – es sólo que estás colorada como un tomate.
– Venga ya – dijo, mientras se llevaba las manos a la cara.
– Bueno, ¿lo has hecho o no?
– Sí.
– ¿Qué le hiciste?
– Le dije que me gustaba mucho.
– ¿Nada más?
– Y lo besé.
– ¡Vaya con mi prima!
– Y también…
– ¿También qué?
– Nada…
– Sí, ya, y voy yo y me lo creo. ¡Vamos confiesa! – le dije mientras la sacudía por los hombros bromeando.
– ¡Ayyy, estáte quieto!
– ¡Confiesa!
– Le agarré el paquete con la mano ¿estás satisfecho? – me dijo con su rostro aún más rojo si es que era posible.
– ¡Vaya! ¡Menuda guarra estás hecha, Marta!
– Oye – dijo enfadada.
– ¿Y qué hizo él?
– Nada – dijo ella triunfante – se quedó muy sorprendido, pero no me hizo nada.
– ¿En serio?
– Sí, estabas equivocado, es un caballero y no se aprovechó. Yo no le gusto, sino sólo Andrea – su tono era ahora pesaroso.
– Pues si me he equivocado puede que se lo diga a Andrea ¿no crees?
– ¡Dios! ¡Es verdad! ¡No puede ser! ¡Por qué te haría caso!
Era tal el espanto que se reflejaba en su rostro que me arrepentí de lo que había dicho.
– Tranquila Marta, era broma. Mira, si tienes razón y es un caballero, entonces no dirá nada, como mucho hablará contigo a solas para decirte que no puede corresponderte.
– ¡Qué vergüenza!
– Y si yo tengo razón, sin duda intentará algo antes o después. Lo que no hará nunca es contarlo, puedes estar segura.
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Marta pareció quedarse más tranquila. Seguimos conversando apaciblemente, le pregunté si había encontrado algo que le gustara y resultó que no, así que me ofrecí a ayudarla a buscar un vestido. Se pasó una hora probándose ropa (hay mujeres que olvidan sus problemas con facilidad en una boutique) y yo le daba mi opinión sobre cada vestido que se probaba. Lo pasamos muy bien juntos, nos reímos mucho y charlamos alegremente. Nunca la había visto tan relajada. Fue genial.
Se me pasó por la cabeza la idea de intentar espiarla en el probador, pero si me pillaba podía echar al traste todo lo conseguido hasta el momento, así que me porté bien.
Finalmente escogió un vestido, y para mi alegría resultó ser el que yo le había recomendado. Era de seda, de color verde, con tirantes sobre los hombros y un chal a juego. Estaba preciosa con él.
Nos reunimos con los demás, Andrea y Marina también habían encontrado vestido y además habían comprado no sé qué para tía Laura. Así que cada una pagó lo que había comprado con el dinero del abuelo y nos marchamos de la tienda, pues casi era la hora de cerrar.
Fuimos andando hasta el restaurante que conocía Ramón, fue una larga caminata, pero al muy capullo ni se le ocurrió que las chicas pudieran cansarse. Yo iba charlando alegremente con Marta, y Andrea con Marina. Yo, controlaba con disimulo a Ramón, que parecía bastante pensativo y noté que de vez en cuando dirigía miradas apreciativas a Marta.
– Ya está en el bote – pensé.
Por fin llegamos al restaurante. Un camarero nos condujo a una mesa para seis en un rincón junto a la ventana.
– Marta, siéntate aquí, a mi lado – dijo amablemente Ramón.
Andrea lo fulminó con la mirada, supongo que pensó que era para darle celos. Así que nos dispusimos así; en el rincón, pegada a la ventana, Marta, Ramón justo a su izquierda y Andrea a la izquierda de Ramón. Yo me senté frente a Marta y Marina frente a Andrea, quedando la silla de en medio para los paquetes.
La comida transcurría con cierta calma tensa, Andrea parecía decidida a ignorar a Ramón, por lo que conversaba con mi hermana, cosa que al muy imbécil no parecía importarle pues se dedicaba a charlar con Marta en voz baja, lo que mortificaba a Andrea.
Así estuvimos durante un rato; yo simulaba estar concentrado en el plato, pero en realidad no le quitaba los ojos de encima al tipejo.
De pronto, Ramón se inclinó para decir algo en el oído de Marta, que se puso muy roja, y, simultáneamente, su mano derecha desapareció bajo la mesa. Marta pegó un respingo y se quedó tensa. Desvió la mirada y se puso a contemplar la calle. Ramón miraba a las otras chicas con disimulo, para cerciorarse de que nadie notaba sus maniobras.
Entonces me di cuenta de que la mano izquierda de Marta tampoco estaba a la vista. La moral se me fue a los pies, ¡no podía ser! ¿le estaba correspondiendo? Yo notaba que había movimiento bajo la mesa, me estaba enfureciendo por momentos. ¡Maldita sea! ¡Era culpa mía! ¡Ahora ese cabrón podría tenerlas a las dos! Vi cómo Ramón parecía tirar de Marta ¿qué estaba pasando? ¡Dios!, me iba a volver loco.
Entonces, de repente, Marta se puso de pié, me di cuenta de que sus ojos estaban brillantes por las lágrimas, parecía a punto de echarse a llorar.
– Oscar, ¿me cambias el sitio por favor? Aquí estoy un poco agobiada, esto es muy estrecho.
– Claro, Marta. Sin problemas.
El pecho me iba a estallar de júbilo. Ramón tenía una cara de tonto que casi me hace echarme a reír. ¡Lo sabía! ¡Un tipejo así no podía salirse con la suya!
Nos cambiamos y seguimos comiendo. La tensión se palpaba en el ambiente. Las chicas sabían que algo había pasado, pero no podían imaginar el qué.
Tras la comida, cada uno pagó lo suyo (todo un caballero ¿eh?) y nos marchamos. Ramón propuso ir a una cafetería cercana y a Marina y Andrea les entusiasmó la sugerencia, por lo que hacia allí nos fuimos. Vi cómo Ramón intentaba reconciliarse con Andrea, pero a ésta aún le duraba el enfado. Marta iba muy taciturna y yo caminaba a su lado, en silencio. Marina también lo notó, y se acercó a nosotros.
– ¿Te pasa algo, Marta? – preguntó.
– No, sólo estoy algo cansada.
– ¿Seguro?
– Sí, de veras.
Entonces Marta dijo algo que yo no me esperaba.
– Marina, yo no tengo ganas de tomar café. ¿Por qué no vais vosotros?
– ¿Cómo?
– Que no me apetece tomar café y además, todavía no he comprado nada para mamá.
– ¿Y te vas a ir sola?
– Me llevo a Oscar, hoy hemos hecho muy buenas migas ¿verdad? – dijo, mientras me miraba suplicante.
– Sí, y yo tampoco he comprado nada para tía Laura – dije yo.
– No sé, Marta.
– No te preocupes, seguro que lo pasamos muy bien – por el tono se veía que estaba intentando parecer animada.
– Sí – intervine yo – podemos vernos en el sitio donde quedamos con Nicolás. Era a las nueve ¿no?
Marina nos miró a los dos con extrañeza. Allí se estaba cociendo algo pero ¿qué podía hacer ella?
– Haced lo que queráis. Tened cuidado.
Nos despedimos de los otros dos, pero no nos prestaron demasiada atención, bastante tenían con sus líos y nos marchamos en dirección opuesta. Caminamos en silencio durante un rato, hasta que llegamos a un parque. Buscamos un banco y nos sentamos.
– ¿No vas a decir nada? – me espetó.
– ¿Cómo?
– Un “yo tenía razón” o algo así – estaba apunto de echarse a llorar.
La miré a los ojos y le dije:
– Lo siento, Marta.
Ella rompió a llorar. Yo la abracé torpemente y ella no me rechazó, sepultó el rostro en mi cuello y se deshizo en lágrimas. No podía hacer mucho, intuía que lo mejor era dejar que se desahogara, así que me limité a acariciarle el cabello en silencio.
La gente que pasaba nos miraba con curiosidad, pero yo les echaba unas miradas que nadie se atrevía a preguntar qué pasaba.
 
Así estuvimos unos minutos, hasta que poco a poco fue calmándose. Lentamente deshicimos el abrazo. Tenía los ojos llorosos, las mejillas hinchadas, pero aún así, me pareció hermosa.
Metí la mano en mi bolsillo y le ofrecí un pañuelo.
– Gracias – me dijo, lo tomó y se sonó la nariz ruidosamente. Tras hacerlo me tendió el pañuelo.
– ¡Ah, que guarra! – exclamé divertido – ¡para qué quiero yo tus mocos!
Marta se echó a reír.
– Es verdad, lo siento.
– Tranquila, era broma – la miré con cariño – ¿estás mejor?
Marta respiró profundamente.
– Sí, me encuentro más aliviada, como si me hubiese quitado un peso de encima – me dijo, mientras se secaba los ojos con mi pañuelo.
– ¡Dios, qué asco! ¡Y se los refriega por la cara!
Esta vez no se rió, se carcajeó.
– Es verdad, qué asco.
– ¡Y yo que te tenía por una muchacha bien educada! Si te viera Dicky le daba un patatús.
Marta volvía a llorar, pero ahora de risa.
– Señorita Marta, me ha decepcionado usted profundamente – dijo Marta, imitando a Mrs. Dickinson bastante bien.
Estuvimos diciendo tonterías y riendo durante un rato. Poco a poco nos fuimos calmando.
– Gracias Oscar, lo necesitaba.
– De nada nena, por ti lo que sea.
Ella se me quedó mirando un segundo, se inclinó hacia mí y me dio un leve beso en los labios.
– Gracias de corazón.
– De nada.
Nos quedamos allí sentados, sin decir nada durante un rato. Por fin Marta me dijo:
– Tenías razón, es un cerdo.
– Lo sé.
– Durante la comida empezó a decirme cosas al oído, que yo era muy bonita, que no sabía como no se había fijado… Yo hasta me las estaba creyendo…
– ¿Y?
– De pronto me puso la mano en el muslo.
– ¡Qué cabrón!
– Yo intenté apartársela con cuidado, porque no quería que Andrea notara nada, pero seguía insistiendo, deslizaba la mano cada vez más arriba.
– ¡Joder! – la verdad es que aquel pequeño relato me estaba calentando un poco.
– Me apretaba cada vez más, seguro que tengo la mano marcada por todo el muslo.
– Me encantaría verlo – pensé.
– La deslizaba cada vez más arriba y yo…
– ¿Tú qué?
– ¡La verdad es que me gustaba un poco!
– Comprendo.
– Le dejé hacer, pero entonces recordé todo lo que me habías dicho y le cogí la mano para apartársela.
– Bien hecho.
– Pero él me cogió por la muñeca y llevó mi mano hasta su entrepierna
– ¡Maldito cabrón!
– Eso ya fue demasiado, así que me levanté y te cambié el sitio.
– Debiste hacerlo antes.
– Lo sé, pero es que… no sé, no me desagradaba, era…
– Excitante – terminé yo.
– ¡Eso! Lo siento, pensarás que soy una zorra.
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Marta bajó la mirada hasta el suelo, parecía apesadumbrada. Yo me acerqué y cogiéndola dulcemente por la barbilla, hice que sus ojos se encontraran con los míos.
– No digas tonterías. Eres una mujer maravillosa, y me siento muy feliz de que te hayas dado cuenta de lo imbécil que es Ramón.
Marta sonrió.
– Gracias, pero yo no puedo olvidar que le dejé tocarme.
– Pero Marta, eso es normal.
– ¿Normal?
– Claro, ya hablamos antes de los impulsos que sentimos a nuestra edad. Constantemente pensamos en el sexo, es algo que no podemos evitar…
Durante un rato, le solté el discurso que días antes me había dado mi abuelo. De vez en cuando me interrumpía y me preguntaba algo.
– ¿Cómo sabes tanto de estas cosas?
– He leído libros, y también hablando con el abuelo.
– Ah, claro.
– Pues eso Marta, que lo que te pasa es normal y se trata tan sólo de que lo aceptes y lo disfrutes.
– Sí, pero con quién.
– Pues conmigo, por ejemplo – dije sin pensar.
Ella se quedó callada, sorprendida.
– Ya la he cagado – pensé.
Entonces ella sonrió y me dio un cariñoso puñetazo en el hombro.
– Eres un guarro – dijo riendo.
– ¡Desde luego, nena! – reí yo también.
Eran las seis más o menos cuando nos levantamos y fuimos a ver tiendas. Pasamos una tarde genial, entrando en bazares, tiendas de ropa, yo nunca había visto tantos comercios juntos.
Marta compró para su madre un joyero muy bonito que vimos en una tienda de artesanía. Yo le compré un camafeo que se abría, para poner en su interior hierbas de olor. Aprovechando un segundo de distracción, compré también dos navajas suizas, de esas multiusos y una pulsera de plata que le había gustado mucho a Marta.
Salimos a la calle y nos fuimos a tomar un helado. Charlamos durante un rato, hasta que vimos que era hora de marcharse.
– ¡Uf, estoy reventada de tanto andar! – dijo mi prima.
– Pues espera un momento.
Me acerqué a un coche de caballos de esos cerrados que había allí cerca, hablé unos segundos con el conductor y llegué a un acuerdo sobre el precio.
– Vamos Marta, subamos.
– ¡Estás loco!
– Venga princesa, tú te lo mereces todo – le dije mientras le ofrecía mi mano para ayudarla a subir.
Marta sonrió y tomó mi mano, subiendo con gracia.
– ¿Adónde vamos?
– Al punto de reunión, pero como en carruaje tardaremos menos, le he dicho que nos dé un paseo turístico.
– ¡Estupendo!
Dimos un romántico paseo a través del parque en el que habíamos estado antes. Estaba empezando a anochecer y los serenos comenzaban a encender las farolas. Nosotros íbamos dentro del carruaje cerrado, mirando por las ventanillas.
– ¡Es maravilloso!
– Tú lo eres más.
Marta me miró, y se reclinó suavemente contra mi pecho.
– Marta…
– ¿Ummm?
– Tengo algo para ti.
– ¿Cómo?
Saqué la pulsera y se la enseñé. Su cara de asombro mereció la pena.
– ¡Dios mío! ¡Estás loco! ¿Cuánto te ha costado?
– No mucho, como vi que te gustaba y hoy has tenido un día tan duro…
Ella no dijo nada, sólo se me quedó mirando. La verdad es que me dio hasta un poco de vergüenza. Tomé su mano y le puse la pulsera.
– ¿Te gusta?
– Mucho.
Tras decir esto, se acercó hacia mí y me besó. Su boca era un tanto torpe, se notaba que no tenía experiencia. Yo tampoco tenía mucha, pero Loli besaba de otra forma. Así que la abracé y la besé con pasión. Poco a poco mi lengua se introdujo entre sus labios y se encontró con la suya, que me respondió con deseo.
Estábamos besándonos cuando ella tomó mi mano derecha y lentamente la condujo hasta su pecho, apretándola contra él. Comencé a acariciarla con ternura, jugando con sus senos por encima de la ropa. Sus pezones se marcaron rápidamente sobre la camiseta y yo los rocé levemente con la yema de los dedos.
Ella se echó aún más sobre mí y su pierna izquierda presionó fuertemente contra mi pene, que a esas alturas estaba como una roca. Lentamente deslizó su mano por mi pecho hasta llegar a mi cintura y una vez allí comenzó a abrirse paso por el borde del pantalón.
Entonces unos golpes resonaron en el techo.
– Hemos llegado – gritó el cochero.
– ¡Maldita sea tu estampa! – pensé.
Miré a Marta con cara de resignación y vi la misma expresión reflejada en su rostro. Pensé en decirle al cochero de dar otra vuelta, pero por la ventanilla vimos a los demás que estaban esperando.
– Ponte el jersey – le dije.
– ¿Por qué?
– Porque sino verán tus perfectos pezones marcados contra tu camiseta.
– Tienes razón – rió ella.
En ese momento me di cuenta de lo mucho que había cambiado Marta en un solo día. Si por la mañana le hubiese dicho algo como eso habría enrojecido hasta la raíz de los cabellos.
Nos bajamos del coche y saludamos a los demás, que nos miraban con cara de asombro.
– ¿Dónde estabais? – inquirió Andrea, se veía que el enfado no se le había pasado.
– Por ahí – dijo Marta.
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Y así quedó la cosa. Todos teníamos un aire enfadado. Se veía que aquellos tres no habían pasado muy buena tarde y yo andaba quemado por haberme quedado a medias. A duras penas lograba tapar mi erección con las bolsas de la compra.
La única que parecía risueña era Marta, que de tanto en cuanto, me echaba miradas de complicidad.
Por fin apareció Nicolás. Cargamos los paquetes en el maletero (una especie de caja con correas que había en la trasera) y nos dispusimos a subir. En ese momento un trueno resonó en el cielo.
– Parece que va a llover – dijo Nicolás – será mejor bajar la capota.
– Sí – intervino Marta – además yo tengo frío, voy a coger la manta que hay detrás.
Así lo hicimos, mientras Nicolás, Ramón y yo echábamos la capota, las chicas colocaron la manta en el asiento de atrás. Tardamos un poco, porque antes había que colocar una especie de pared de tela que separaba los asientos delanteros de los traseros, quedando comunicados tan sólo por un hueco en el centro. Cuando íbamos a subir Marta me dijo:
– Oye Oscar, pesas mucho ¿por qué no me llevas tú a mí?
Me quedé anonadado ¡había creado un monstruo!
– Bueno…
– Venga, que pesas más que cualquiera de nosotras.
Andrea ya se había subido, justo detrás de Ramón, supongo que para no verlo mucho, pero Marina estaba con nosotros y miraba extrañada a Marta.
– ¿Estás segura Marta? – preguntó.
– Claro, a mí no me molesta ¿y a ti Oscar?
– No, no – resultó que al final el tímido era yo.
– Pues venga Marina sube.
Marina subió al coche, metiéndose bajo la manta como Andrea, yo subí a continuación, colocándome junto a la puerta, justo tras Nicolás. Sujeté en alto la manta para que Marta pudiera taparse. Antes de que Marta se subiera, Marina se inclinó sobre mí y me dijo:
– No hagas cosas raras ¿eh? Que te conozco.
– ¿Qué cosas hermanita? – le pregunté con descaro.
Ella se ruborizó un poco y me ignoró, arrebujándose bien bajo la manta.
Por fin subió Marta. Yo levanté la manta para que no le estorbara y ella se sentó directamente sobre mi paquete. Fue demasiado. Marta cerró la puerta, se arropó bien y le gritó a Nicolás que arrancara. Y partimos.
Aquello era una tortura. Mi pene se puso como una roca en un instante y se incrustó contra las nalgas de Marta. Yo no me atrevía a hacer nada, pues mi hermana no nos quitaba ojo. Los demás no importaban, Andrea miraba por la ventanilla y los de delante estaban separados de nosotros, pero Marina estaba muy pendiente, aunque a Marta eso no le importaba.
Comenzó a apretar su culo contra mi polla, cada vez más fuerte. Yo la cogí de la cintura y trataba de apartarla, pero ella estaba encima y yo no podía hacer movimientos bruscos. No sé cuanto estuvimos así. Mis nervios estaban a flor de piel, pero el morbo de la situación me mantenía excitadísimo.
Entonces Marta me dio un ligero codazo:
– Mira – susurró.
Miré a la derecha y vi que tanto Andrea como Marina estaban dormidas.
– Pobrecitas – dije – soportar a ese imbécil durante todo el día debe ser agotador.
– Mejor para nosotros – dijo Marta riendo.
Nada me lo impedía ya, así que me dediqué a disfrutar. Solté la cintura de Marta, y fui deslizando mis manos por sus muslos hasta llegar al borde de la falda. Lentamente, fui subiéndolas de nuevo, esta vez por debajo de la ropa, sintiendo el tacto de las medias de mi prima.
– No te pares, sigue.
Como si yo fuera a parar. Recorrí con mis manos sus muslos, acariciando también su cara interna. Subí las manos hasta alcanzar el borde de las medias, así noté que mi primita no llevaba ligas, sino liguero.
Ella se echaba hacia atrás, reclinándose contra mi pecho. Volvía el cuello, acercando su rostro al mío, buscando mis labios con los suyos. Su lengua encontró la mía, la verdad es que aprendía rápido.
Saqué una de mis manos de su falda y la metí bajo su jersey y su camiseta, llevándola hasta sus senos, donde empecé a acariciarla. El sostén era un obstáculo insalvable, yo trataba de apartarlo, pero era de esos con vainas metálicas y resultaba incómodo.
– Inclínate – le dije.
Ella obedeció, se echó un poco hacia delante y así tuve acceso a su espalda. Le subí el jersey y la camiseta hasta la nuca y ella los sujetó con la mano. Con torpeza, solté el broche del sujetador y se lo saqué por delante, dejándolo sobre la manta. Besé con pasión su espalda, de piel blanca, sedosa, recorrí su columna con mi lengua, lo que hizo que un estremecimiento sacudiera su cuerpo.
Volvió a echarse hacia atrás y yo la besé en el cuello, en las sienes, tras las orejas. Leves gemidos escapaban de sus labios. Llevé mis manos hasta sus pechos, completamente libres ahora, los apreté, los acaricié, los recorrí palmo a palmo. Rocé sus pezones con mis dedos, eran como piedras al rojo.
Seguí tocándole los pechos con una mano y metí la otra nuevamente bajo su falda. Esta vez no me entretuve mucho y la llevé directamente a su destino. Froté con la palma sobre las bragas, estaban empapadas. Aferré su coño con la mano, lo que la hizo dar un gritito. Yo, sobresaltado, miré de reojo a mi derecha y pude ver perfectamente cómo uno de los ojos de mi hermana se cerraba.
¡Marina estaba otra vez espiándome! ¡Me estaba viendo liarme con Marta y no decía nada! Aquello me excitó todavía más. Pues si quería espectáculo, lo iba a tener. Decidí que Marta necesitaba todavía más marcha, así que intenté introducir mis dedos por el lateral de sus bragas. El problema era que se trataba de bragas de esas anchas, que cubrían hasta medio muslo. El acceso era difícil.
– Espera – dijo Marta.
Levantó su trasero de mi entrepierna y se encogió un poco. Al ponerse en pié su trasero quedó frente a mi cara. Lo besé por encima de la falda.
– Jolín, te he dicho que esperes.
Marta se arremangó la falda, enrollándola hasta su cintura. Entonces metió sus dedos por el borde de sus bragas y se las bajó. Frente a mi rostro estaba un culo en pompa de los que quitan el hipo. Sin pensármelo agarré sus nalgas con las manos y las besé.
– Estáte quieto idiota – susurró Marta en equilibrio precario.
Yo, por toda respuesta, le di un leve mordisco en una nalga.
– ¡Ay! – rió Marta – ¡Guarro!
Se dejó caer de nuevo sobre mi polla, que estaba a punto de estallar en su encierro. Marta dejó sus bragas sobre la manta, junto al sujetador y nos arropó de nuevo.
– Como alguien se despierte y vea tus bragas ahí, nos va a costar explicarlo…
– Tienes razón.
Cogió las bragas y el sostén y las metió bajo la manta, pero se lo pensó mejor y, bajando el cristal de la ventanilla, los arrojó a la carretera, dejando la ventanilla un poco abierta. Aquello me puso a mil.
– ¡Joder Marta!
– ¿Qué? – me dijo con una sonrisa pícara.
– ¿Ahora irás sin bragas todo el rato!
– Y sin sujetador, querido – dijo mientras volvía a besarme.
Poco a poco reiniciamos las caricias. Seguimos justo por donde lo dejamos, metí una mano bajo su jersey y la otra bajo su falda, ahora el camino estaba libre de obstáculos.
Cuando introduje mi mano en su coño, arqueó violentamente la espalda.
– ¡Aaahhhh…! – exclamó.
– Shissst, calla – siseé yo.
Suavemente, comencé a masturbarla. Recorría su raja con mis dedos, deslizándolos fácilmente gracias a lo mojada que estaba, hasta llegar al clítoris, donde me detenía. Se lo acariciaba delicadamente, con un solo dedo, recorriendo su contorno. Entonces lo pellizcaba levemente con dos dedos, lo que la estremecía. Para acallar sus gemidos, volvió su cabeza y nos besamos.
Mientras una mano se hundía en sus entrañas, la otra festejaba en sus senos. Los amasaba con fruición, con pasión. Sus pezones hubieran podido cortar cristal, así de duros estaban.
Mis dedos abandonaron momentáneamente su clítoris, bajaron un poco y se perdieron en su interior. Le metí la mano entera, menos el pulgar, apretando con fuerza. Mis dedos entraron sin problemas, pues estaba muy lubricada. Empecé un movimiento de penetración y ella comenzó a mover las caderas acompasadamente.
Dejó de besarme un instante y me mordió el labio con pasión.
– Más fuerte – dijo – más fuerte.
Yo obedecí con presteza, hundiendo mis dedos en su interior con mayor violencia.
– Ahhhh. Diossss – noté que iba a gritar, así que saqué la mano de sus tetas y le tapé la boca, mientras mi otra mano continuaba su trabajo. Ella me mordió con fuerza.
Noté cómo el orgasmo devastaba su cuerpo. Olas eléctricas la recorrían, haciendo que sus caderas se movieran de forma espasmódica. Sentía que la mano que había en su coño estaba empapada, sus flujos chorreaban y mojaban mi pantalón.
Por fin, se calmó y se recostó contra mi pecho. Su respiración era muy agitada.
– Ha sido… Ufff. Increíble.
– Desde luego, mira me has pringado el pantalón.
Ella se incorporó un poco y miró mi regazo.
– Habrá que remediarlo – dijo con sonrisa pícara.
Intentó desde su postura desabrochar mi pantalón, pero no podía, así que tuve que hacerlo yo.
– Hasta abajo – me dijo.
Así lo hice, me bajé los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos. Ella se sujetó la falda y se dejó caer nuevamente sobre mí, sólo que esta vez el contacto entre mi polla y su trasero era directo.
Comenzó a mover el culo de delante a atrás, jugueteando y aquello me excitaba aún más.
– ¿Te gusta? ¿Eh? ¿Te gusta? – me decía mientras deslizaba el culo sobre mi polla.
De pronto se paró.
– Quiero verla – dijo.
– Es toda tuya.
Intentó girarse, pero resultaba incómodo, así que se levantó de nuevo y me dijo:
– Deslízate un poco hacia abajo.
Yo comprendí lo que quería. Me eché un poco hacia delante, de forma que ella, al sentarse, lo hacía sobre mi ingle quedando mi picha un poco más abajo. Así lo hicimos, mi polla quedaba justo entre sus muslos, y totalmente pegada a su raja. Podía sentir el calor y la humedad de sus labios vaginales junto a mi miembro. Era enloquecedor.
Marta metió la cabeza bajo la manta, mirando su entrepierna.
– ¡Vaya, parece que ahora tengo polla!
Oírla decir tacos era aún más erótico.
– ¡Hola, pajarito…! – dijo mientras rascaba ligeramente la punta de mi capullo con sus uñas.
– Marta, no juegues más, me estás volviendo loco.
– Bueno, pero ¿qué hago?
– Espera.
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Rodeé su cintura con mis manos y busqué mi polla. Con cuidado comencé a colocarla entre sus labios vaginales, no penetrándola, sino en medio, como si fuera un sándwich.
– No, eso no – dijo alarmada – si me follas sé que no me podré contener, me pondré a gritar y se despertarán.
– Tranquila, no quiero meterla, sólo voy a frotarla.
Tomé una de sus manos y la puse sobre su coño, manteniendo así mi polla entre sus labios.
– Ah, ya entiendo – dijo, y ni corta ni perezosa comenzó a subir y bajar lentamente su cuerpo.
Yo empuñé sus pechos con mis manos, ayudando a su movimiento de sube-baja usándolas como asidero. ¡Dios, qué placer! Mi polla disfrutaba como nunca, el calor que sentía en ella era excitante, la humedad que notaba lo era más, sus pechos, duros como rocas también…
Disfrutábamos como locos, Marta cabalgaba cada vez más violentamente, parecía darle igual que se despertase la gente. De hecho si mi hermana no hubiese estado ya despierta, sin duda lo habría hecho. Con frecuencia me he preguntado si Andrea no estaría despierta también.
Por fin llegamos ambos al clímax, el semen surgió con violencia de mi polla, salpicando sus muslos. Gorgoteos sin sentido escapaban de sus labios, mientras yo apretaba los míos para no gritar. Había sido increíble.
Noté cómo Marta empezaba a limpiarnos a los dos con un trapo. Con él, fue quitando los restos de semen, primero de mi polla y después de entre sus piernas. Era mi pañuelo, el de los mocos.
– De verdad que eres guarra – le dije.
– Siempre seré tu guarra – me contestó y mientras me daba un largo y profundo beso, guió una de mis manos hasta su coño, donde apretó con fuerza.
Ya más calmados, nos arreglamos la ropa lo mejor que pudimos. Tiramos el pañuelo por la ventanilla y la dejamos abierta del todo, para que se fuera el olor a sexo que inundaba el habitáculo. Marta volvió a reclinarse sobre mí, esta vez no de espaldas, sino de costado, se acurrucó en mi pecho y al poco rato estaba dormida.
Yo iba pensativo, con el agradable peso de Martita sobre mi regazo. En eso me acordé de Marina. ¡Menuda guarra estaba también hecha! La miré y seguía aparentando estar dormida. Con cuidado levanté la manta para echar un vistazo. Marina se movió bruscamente y una de sus manos cambió de postura.
Al mirar debajo de la manta, vi que la falda de su vestido estaba subida hasta la cintura. Sin duda mi hermanita había tenido bien hundidos los dedos en su coño mientras yo me enrollaba con Marta.
– Marina, ¡eh!, Marina – susurré.
Pero ella seguía haciéndose la dormida. Me quedé pensativo un segundo y me decidí. Deslicé mi mano derecha bajo su falda, ella ni pestañeó. La llevé lentamente hacia su coño, acariciando su muslo hasta llegar a sus bragas. Éstas estaban apartadas, echadas hacia un lado, con lo que el acceso estaba libre. Con delicadeza, hundí dos dedos en su interior, estaba mojadísima y un delicioso gemido escapó de su garganta:
– Aaahhh.
Sonriendo, saqué los dedos de su coño y los llevé a mi boca, chupándolos lentamente.
– Deliciosa – le dije a Marina al oído, pero ella siguió fingiendo estar dormida.
– Otra vez será – dije en voz alta y me puse a mirar por la ventana.
Pocos minutos después, empezó a llover con fuerza. Andrea y Marina despertaron, pero Marta no, pues seguía dormida acostada sobre mi pecho, mientras yo acariciaba con cariño su espalda por debajo de la manta. No conversamos, viajábamos en silencio.
El camino estaba enfangándose, pero, afortunadamente, faltaba poco para llegar a casa, aunque tuvimos que desviarnos un poco para dejar a Ramón en la suya. Como llovía, no pudo entretenerse mucho en la despedida, cosa que agradecí. Poco después regresábamos al hogar.
Las chicas usaron la manta a modo de paraguas y corrieron dentro, mientras, Nicolás y yo sacábamos los paquetes del maletero y nos apresuramos a seguirlas. Al poco de entrar en la casa, la lluvia amainó, había sido un simple chaparrón primaveral.
Había sido otro día increíble. Todos estábamos muy cansados, por lo que tomamos un poco de sopa y nos fuimos a dormir.
– Mañana será otro día – pensé.
 
CONTINUA47244166328169452668