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Tengo un don. No hay mujer en el mundo capaz de resistírseme. Es cierto, no miento ni exagero, he logrado follarme Sin-t-C3-ADtulo6a todas las mujeres con las que me lo he propuesto. No se trata de un poder mágico o mental, sino como una especie de instinto que me hace capaz de tratar a cualquier mujer justo como desea, haciendo que se derritan en mis manos. Y lo que es más, sé de donde procede este maravilloso poder. Directamente de mi abuelo.
Mi abuelo era un hombre fantástico, increíble. Estuvo follando mujeres hasta su muerte, a los 86 años. Y fue así siempre. Desde que tengo uso de razón, recuerdo a mi abuelo rodeado de mujeres y dicen las malas lengua que amasó su fortuna a base de tirarse a las esposas de los terratenientes de la zona. La verdad es que eso es algo que no me extrañaría lo más mínimo.
Mi abuelo fue el mayor admirador del mundo de la belleza femenina, no había más que ver la casa donde vivíamos, donde yo crecí, siempre llena de mujeres. Era una enorme finca, rodeada de prados y pastos destinados a los dos negocios familiares, los cítricos (naranjas y limones) y a la cría de caballos. Incluso había una pequeña escuela de equitación regentada por mi abuelo mientras que mi padre se encargaba del negocio de la fruta.
Mi padre había sido una gran decepción para mi abuelo, tengo entendido que incluso estuvieron varios años sin hablarse, teniendo mi padre que marcharse de casa. Poca gente conoce el motivo real de la disputa, pero yo, a lo largo de los años, fui dilucidando el porqué: simplemente, mi padre no era un mujeriego, era tímido con las mujeres y eso molestaba mucho al abuelo, ya que según él, nuestro don era parte de la herencia familiar y mi padre lo estaba desperdiciando. Además mi padre era su único hijo varón, pues mi abuelo sólo tenía dos hijos (al menos legítimos), Ernesto, mi padre, y Laura, mi tía, 2 años menor que él. Así pues, mi padre era el único que podía poseer el don, pero no lo aprovechaba, y mi tía, que se casó muy joven, había tenido dos hijas, pero ningún varón.
Mi padre nunca entendió la manera de ser de mi abuelo, supongo que influenciado por mi abuela, que murió siendo mi padre un adolescente, y que por lo visto lo pasaba bastante mal con las aventuras del viejo.
Pero pasaron los años, mi padre conoció a una hermosa mujer de 17 años, Leonor, y se casó con ella. Esto hizo que mi abuelo, como por arte de magia, hiciera las paces con mi padre y le invitara a regresar a la mansión con su bella mujer y le nombrara administrador de la plantación de frutas.
Poco después nacía Marina, mi hermana, lo que también fue un palo para el abuelo, que esperaba un niño.
Afortunadamente, cuatro años después nací yo, Oscar, y desde mi nacimiento me convertí en el ojito derecho de mi abuelo, que veía en mí la posibilidad de continuar con su saga. Y vaya si lo consiguió.
Mi historia comienza ya en 1929.
Fue entonces cuando noté que vivía absolutamente rodeado de mujeres, pues los hombres en la casa éramos minoría. Con el transcurrir de los años me di cuenta de que mi abuelo, a la hora de contratar gente para la casa, se decidía siempre por mujeres jóvenes y atractivas, que iban cambiando con los años. Es decir, el abuelo contrataba mujeres hermosas, se las follaba, y cuando comenzaban a hacerse mayores (o se aburría de ellas), las despedía con una buena paga y contrataba a otra que estuviera bien buena.
En cambio, el personal masculino era siempre muy escaso y casi no cambiaba. Se limitaba a Nicolás, que hacía las veces de mayordomo y chófer de mi abuelo (que era el único de la zona que poseía un coche, traído desde Francia) y Juan que trabajaba tanto de jardinero como de mozo de cuadra, ayudado por Antonio, su sobrino. Estos tres fueron empleados de mi abuelo durante muchos años y eran los que trabajaban en la casa en el momento en que arranca mi historia. Naturalmente había más hombres trabajando en la plantación, pero eran jornaleros del pueblo y no vivían en la propiedad. Además como el negocio de la fruta lo llevaba mi padre, el abuelo no tenía contacto con ellos (aunque sí lo tuvo con muchas de las mujeres que trabajaban recogiendo fruta…)
En la casa vivíamos todos, incluyendo los miembros del servicio, que tenían un ala de la casa para ellos, un lujo impensable para la época, pues cada criado tenía su propia habitación, lo que desde luego ofrecía interesantes ventajas para mi abuelo.
Como decía antes, la casa estaba repleta de mujeres. El servicio estaba compuesto por 4 criadas, Tomasa, una muchacha del pueblo, de unos 20 años, bastante tonta, pero con un par de tetas como un demonio; también estaba Loli, la más guarra de todas, una morena con unos ojazos negros impresionantes. Tengo entendido que ésta ya sabía donde se metía cuando vino a trabajar a la finca, pero pensó que allí podría ganar dinero fácilmente. Brigitte, era la doncella francesa de mi tía Laura, era preciosa, rubia, con los ojos azules y una sonrisa tan dulce e inocente, que tumbaba de espaldas. Por último estaba María, con un tipo muy atractivo, pero que era bastante seria. Ella actuaba como ama de llaves, se encargaba de gestionar la casa, ayudando a mi madre y a mi tía en las tareas de ordenar el servicio, encargar las compras y demás cosas.
De la cocina se encargaba Luisa, era la mayor de todas, de unos 40 años, aunque nunca supe su edad exacta. Además de estar muy buena, era una excelente cocinera, lo que la convertía en el miembro más eficaz del servicio junto con María, pues sucedía que las demás criadas no eran demasiado buenas en su trabajo, pero eso no importaba demasiado. En la cocina ayudaban además Vito y Mar, dos chicas que hacían de pinches y aprendían el oficio (supongo que para cuando mi abuelo jubilara a Luisa). Las dos eran muy guapas y simpáticas, me mimaban mucho y siempre que yo pasaba por la cocina tenían algún dulce preparado para mí.
Además mi abuelo había contratado a Mrs. Dickinson, una institutriz inglesa para que diera clases a sus nietos. Como he dicho, era inglesa, aunque de madre española. Era muy alta, por lo que imponía bastante respeto, pero era muy simpática y alegre, menos cuando estábamos en clase, eso sí, porque allí se transformaba en un monstruo severo e inflexible. Las chicas (mis primas y mi hermana) la detestaban bastante, pero a mí me caía bien.
Aparte del servicio, estaba por supuesto mi tía Laura. Era morena, muy alta y con los ojos verdes. Se había casado muy joven, a los 16, y se marchó a Francia con su marido, pero éste murió de pulmonía, por lo que regresó al hogar familiar junto con sus dos hijas pequeñas, Andrea y Marta. Con los años, se transformaron en dos chicas preciosas, muy rubias y jamás perdieron del todo su acento francés, lo que resultaba muy sexy. Al comienzo de mi historia, ellas contaban con 18 y 16 años respectivamente. Andrea era bastante despabilada, pero Marta era muy tímida y apocada, por lo que era la mejor amiga de mi hermana Marina, que tenía el mismo carácter. Así pues, Andrea era la jefa del grupo, y dirigía siempre a las otras dos. En ocasiones me llevaban con ellas, pero como yo era pequeño, y ellas hacían “cosas de chicas”, esto no era muy frecuente.
También estaban mi madre, Leonor. Durante mi infancia siempre la vi un poco melancólica, pero con el tiempo aquello cambió y pasó a ser una mujer muy alegre y feliz. Eso sí, era un poco autoritaria, trataba con dureza al servicio (que a su juicio dejaba bastante que desear) y esa actitud se extendía sobre todos los que la rodeábamos, especialmente sobre mi padre. Mi hermana Marina tenía 16 años, y se había transformado en una auténtica belleza. Era guapa hasta tal punto que incluso en alguna ocasión sorprendí a mi padre mirándola con deseo, cosa que no le había visto hacer con ninguna otra mujer. Todos los hombres se volvían para mirarla, lo que la ponía muy nerviosa, dado su carácter apocado.
Pues bien, ya conocen mi particular “teatro de los sueños”, donde crecí, donde viví, donde aprendí a usar mi don.
Desde que me acuerdo, siempre estuve cerca de mi abuelo. A él le encantaba contarme historias y aunque yo no solía entenderlas, me gustaban mucho. Siempre me aconsejaba sobre cómo tratar a las mujeres, aunque yo no sabía por qué. Lo que hacía era prepararme, enseñarme para sacar partido de mi don. Pero yo era aún muy pequeño y él lo sabía. Lo único que intentaba era grabar en mi subconsciente el interés por la mujer. Frases como: “Mira qué culo tiene aquella” eran el lenguaje habitual entre nosotros, aunque delante de los demás se comportaba con exquisita educación y yo sabía instintivamente que aquello era nuestro secreto, que era importante para él, por lo que yo tampoco decía cosas como esa mas que cuando estábamos solos. Incluso en más de una ocasión se permitió cogerle el culo o meter la mano dentro del vestido de alguna de las criadas cuando sabía que yo podía verle, para despertar mis instintos. Y fue precisamente así como sucedió, espiando a mi abuelo.
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Recuerdo perfectamente aquella mañana de primavera. Era muy temprano cuando desperté, y, como cada día desde hacía algún tiempo, mi pene estaba durísimo dentro de mi pijama. Yo no sabía muy bien por qué pasaba eso, pero me gustaba. Cuando se frotaba con la tela del pijama me producía una sensación muy placentera y eso me encantaba. Estuve así un rato en la cama y aquello no se bajaba, por lo que decidí levantarme sin más, antes de que alguna criada pasara para despertarme.
Fui a lavarme al baño del pasillo, que era el más cercano. La puerta estaba cerrada, pero se abrió de repente, y salió mi prima Marta, vestida con un camisón.
Hola Marta, buenos días.
Buenos días, hoy te has levantado temprano ¿eh?, ¿a qué se debe es…
En ese momento se quedó callada. Yo, extrañado, la miré a la cara y vi que se había puesto muy colorada. Sus ojos estaban fijos en el bulto de mi pijama y allí se quedaron durante unos segundos. Yo no sabía por qué, pero el simple hecho de verla tan turbada me resultó muy agradable (hoy diría que excitante). Y en ese momento miré a mi prima como un hombre mira a una mujer. Tenía un cuerpo magnífico para su edad, que se adivinaba completamente desnudo bajo su blanco camisón, donde se marcaban dos pequeños bultitos coronando sus pechos. Yo aún no sabía qué eran, aunque mi abuelo me los había mencionado antes, pero lo cierto es que me gustaron mucho. La miré de arriba abajo y comprobé complacido que aquello la turbaba todavía más, sobre todo cuando me quedé mirando la oscura zona que se transparentaba a través de su camisón a la altura de su entrepierna.
Sin saber por qué, me acerqué a ella y abrazándola le di un beso en la mejilla.
Primita, hoy estás más guapa que nunca – le dije.
Mientras la abrazaba procuré que mi bulto presionara fuertemente contra su muslo y al ser ella algo más alta que yo, tuvo que agacharse un poco para que la besara, frotando su pierna contra mi pene muy placenteramente.
Marta, sin decir nada, se dio la vuelta y se fue corriendo hasta su cuarto, donde se metió dando un portazo.
Allí me quedé yo, sin saber muy bien qué había pasado, habiendo tan sólo seguido mi instinto. La experiencia me había gustado mucho, pero me sentía bastante insatisfecho.
Entré al baño, donde me lavé y pude comprobar que con la picha en ese estado, no se puede mear. Como quiera que no me quitaba a mi prima de la cabeza, aquello no se bajaba, por lo que estuve allí bastante rato. Sucedió que cuando comenzaba a preocuparme por aquello (pensando si no me quedaría así para siempre), el bulto comenzó a menguar.
Me vestí en mi cuarto, y bajé a la cocina a comer algo. Como aún era temprano, faltaba más de una hora para tener mi clase con Mrs. Dickinson, por lo que decidí ir afuera a volar mi cometa. Salí por la puerta de la cocina, que daba a la parte trasera de la casa.
Estuve un rato jugando con ella, pero de pronto, un golpe de viento la enredó en un árbol que había pegado a la pared. Yo estaba más que harto de subirme allí, así que no lo dudé un segundo y me encaramé en las ramas. Mientras estaba desliando el cordel, miré por una de las ventanas, la que daba al despacho – biblioteca de mi abuelo. En ese momento Loli estaba pasando el plumero por los estantes y yo me quedé espiándola. Estaba subida en una banqueta para llegar a los más altos y no se dio cuenta de que yo la miraba.
Me gustó esa sensación de prohibido, tampoco es que estuviera haciendo nada malo, pero me gustaba mirarla sin que me viera. En ese momento mi abuelo entró en la habitación y cerró la puerta.
¡Ah! Señor, es usted, me había asustado – dijo Loli.
No te preocupes Loli, sigue con lo tuyo.
De acuerdo.
Mi abuelo se sentó en su escritorio y se puso a repasar unos papeles. Yo me iba a bajar ya cuando vi que empezaba a mirarle el culo a Loli mientras limpiaba. Yo sabía que allí iba a pasar algo, no sé cómo, pero lo sabía, así que me quedé muy quieto, sin mover ni un músculo Mi abuelo se levantó y, sin hacer ruido, se acercó a Loli por detrás, se agachó un poco y metió sus dos manos por debajo de su falda.
Ya estamos otra vez, parece mentira, a su edad ¡estése quieto coño!.
Vamos Loli, si te encanta.
¡Que no! Mire que grito.
Mi abuelo no hacía ni caso y seguía abrazándola desde atrás mientras la magreaba por todos lados.
Qué buena estás zorra, voy a metértela ahora mismo.
Que nos van a pillar, déjeme, ¿no tuvo bastante con lo de anoche? Bien que lo escuché en el cuarto de la tonta.
Nunca es bastante puta mía, mira como es verdad.
La cogió por la cintura y la bajó del banco, Loli se sostenía contra los estantes, mientras mi abuelo le agarraba las tetas y apretaba su paquete contra su culo. Comenzó a besarle el cuello desde atrás, mientras le iba subiendo la falda.
Yo seguía abrazado al árbol, mi pene era una roca que yo apretaba contra el tronco. Nunca me había sentido igual, la cabeza me zumbaba y no podía pensar en nada. Comencé a frotarme levemente contra el árbol, y en ese momento se produjo un leve chasquido. Mi abuelo levantó la vista y me vio. Yo me quedé helado, aterrorizado, pero entonces mi abuelo me sonrió y me guiñó un ojo.
Bueno, si no quieres follar, de acuerdo, pero no me puedes dejar así.
¿Cómo?
Loli estaba muy sofocada y no parecía entender lo que le decían. Mi abuelo cogió una silla y la colocó frente a la ventana, de perfil, y se sentó en ella.
De rodillas, rápido. Ya sabes lo que tienes que hacer.
Venga vale, follemos – dijo Loli mientras se subía la falda.
No, ahora quiero que me la chupes.
Pero…
¡Ya, coño!
Loli puso cara de resignación y se arrodilló frente a mi abuelo. Desde mi posición tenía una vista inmejorable del panorama, así que pude ver perfectamente cómo Loli desabrochaba los botones del pantalón del viejo y extraía su dura polla. Era bastante grande, desde luego mucho mayor que la mía y la punta me parecía enorme, muy roja. Loli la agarró con su mano y comenzó a subirla y bajarla suavemente. Aquello parecía gustar mucho al abuelo, pero quería algo más, pues tras unos segundos le dijo:
¡Chupa ya, puta!
Loli comenzó a lamer aquel mástil de carne, empezando por la base y subiendo hasta la punta. Allí se detenía dando lametones y después se metía unos 5 cm en la boca. Mi abuelo disfrutaba como un loco, tenía los ojos cerrados mientras una de sus manos reposaba sobre la cabeza de la chica y parecía marcar el ritmo de la chupada.
Súbete la falda y frótate el chocho.
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Loli no dudó ni un segundo, se remangó la falda sobre las caderas y una de sus manos desapareció entre sus piernas. Comenzó a mover la mano cada vez más rápidamente aumentando también el ritmo de la mamada. Los gemidos de ambos llegaban perfectamente hasta mí, que estaba completamente hipnotizado. Mi excitación había alcanzado límites insospechados, pero no sabía cómo aliviarme. Me sentía febril, un extraño calor invadía mi cuerpo. Jamás me había sentido así.
Mientras, en la habitación, la escena seguía su curso, Loli chupaba cada vez más rápido, cada vez más hondo. Mi abuelo farfullaba incoherencias, hasta que, de pronto, sujetó con firmeza la cabeza de Loli, introduciendo totalmente su polla en su garganta mientras gritaba:
¡Todo, puta, trágatelo todo!
Loli se puso tensa, apoyó las manos en los muslos de mi abuelo intentando separarse, pero el hombre era más fuerte, y la mantuvo allí unos segundos. Por fin, la soltó y Loli se incorporó como movida por un resorte. Al ponerse de pié pude ver fugazmente una mata de pelo negro, pero su falda se desenrolló y lo tapó todo. Loli daba arcadas mientras de su boca caía un extraño líquido blanquecino.
¡Es usted un hijo de puta! Venga, niña, no te enfades, si en el fondo te gusta.
No vuelva a hacerme algo así, o le pegaré un bocado en la polla que se le terminarán los años de picos pardos en un segundo.
Sí, y perder tu fuente de ingresos… Vamos, vamos preciosa, sabes que me gustan estas cosas, además la culpa ha sido tuya, por no dejarme metértela.
Venga ya, si usted sabía que sólo estaba jugando un poco…
Sí, pero hoy no tenía ganas de jugar, sino de descargarme.
¿Y yo qué? Venga, ahora vamos contigo…
El abuelo se acercó hacia Loli y comenzó a subirle la falda. La besó en el cuello y la colocó de espaldas a la ventana. Dirigió una mirada hacia donde yo estaba mientras esbozaba una sonrisa. Yo, con la mente obnubilada, no estaba pendiente de nada más, por lo que no vi a mi prima Andrea, que se acercaba al árbol.
¡Qué haces ahí subido idiota! ¡La Dicky te está buscando para tu clase!
Del susto casi me caigo del árbol. Me aferré fuerte y miré hacia abajo. Con frecuencia pienso que aquella mañana realmente se despertó algo en mí. Mi don o lo que sea, pero lo cierto es que desde entonces mi percepción se alteró, me fijaba en cosas en las que nunca antes había reparado, cosas relativas al sexo y a las mujeres, por supuesto. Así pues, cuando miré a mi prima, mis ojos se fueron directamente a sus pechos. Desde mi posición podía ver directamente por el escote de su camisa, pues la llevaba mal abrochada. Una nueva ola de calor recorrió mi cuerpo y mi cabeza parecía volar.
Andrea se dio cuenta de la dirección de mi mirada y se sonrojó un poco, cerrando el cuello de la camisa con una de sus manos.
Vamos, baja de una vez.
Ya voy, es que se me ha enganchado la cometa.
Sí, sí, vale.
Parecía un poco incómoda, pues se volvió hacia la casa y se dirigió a la puerta trasera. Yo, mientras bajaba, no paraba de mirar la forma en que su trasero se bamboleaba bajo su falda. Hasta tal punto me despisté, que me caí de culo al llegar al suelo y se partió el cordel de la cometa, que seguía enganchado.
Aún estaba aturdido, sabía que tenía que ir a clase, pero sólo podía pensar en lo que debía de estar pasando en el despacho del abuelo. Quería volver a subir, pero entonces se asomó mi madre:
Vamos, niño, que ya vas tarde.
Pero mamá, es que…
¡Ahora!
Mi madre no admitía réplicas, así que fui hacia la puerta de la cocina, procurando llevar siempre la cometa por delante para que no se viera la tienda de campaña. Atravesé la cocina como una exhalación y subí al segundo piso.
El dormitorio de Mrs. Dickinson era bastante grande y tenía una salita anexa que hacía las veces de aula. Allí había una mesa camilla, con un mantel muy amplio que llegaba hasta el suelo, donde nos sentábamos para dar clase mientras Mrs. Dickinson daba las lecciones en un pequeño encerado. En invierno, colocábamos allí un brasero. Dicky (como la llamábamos en secreto) nos daba clases por turno, primero un par de horas conmigo (que era el más pequeño) y después con las chicas, a las que además de darles una formación académica, les enseñaba ciertas labores, costura y esas cosas. En esas clases también participaban mi madre y mi tía, e incluso en alguna ocasión, una o dos de las doncellas, espacialmente Brigitte.
Buenos días Mrs. Dickinson.
Llegas tarde, Oscar. ¿Adónde vas con esa cometa? Perdone – le dije mientras me sentaba con cuidado, dejando la cometa en el suelo.
Comencemos.
No recuerdo de qué iba la clase. No recuerdo nada. Mi mente funcionaba cien veces más rápido de lo normal, sólo podía pensar en lo que estaría pasando en ese cuarto y en lo que había visto. Por mi mente pasaban imágenes como relámpagos, Loli desnuda, mi prima en camisón, el escote de Andrea… las tetas de Mrs. Dickinson… ¿las tetas de Mrs. Dickinson? de repente volví a la realidad y frente a mis ojos estaba el majestuoso pecho de Dicky, me estaba hablando, pero yo no la oía…
Oscar, querido, ¿estás bien?. Estás muy colorado. ¿Tienes fiebre?
Mientras decía esto se inclinó sobre mí, poniendo su mano en mi frente.
Dios mío, sí que tienes fiebre, espera, avisaré a tu madre.
Si no se llega a marchar en ese momento, sin duda me abría abalanzado sobre ella, aferrándome a aquellas dos ubres como una garrapata. En eso llegó mi madre junto con Dicky. Me preguntaron si estaba bien y yo acerté a balbucear que estaba cansado, que no había dormido bien. Entre las dos me llevaron a mi cuarto y mi madre se quedó conmigo.
Vamos, cariño, ponte el pijama y métete en la cama, que ahora te traigo un poco de caldo.
Yo no me movía, si me desnudaba iba a ver mi polla como un leño. Mi madre se impacientaba.
Venga, tendré que hacerlo yo misma.
Se arrodilló ante mí y comenzó a quitarme el pantalón. La situación era delicada, pero yo sólo atinaba a mirar por los botones desabrochados de su camisa, viendo la delicada curva de un seno cubierto por un fino sostén de encaje. Desde luego, aquello no contribuía a bajar mi calentura.
En ese momento me bajó el pantalón, mi pene se escapó del calzoncillo y casi se la meto en un ojo a mi madre. Ella se quedó helada, sin hablar. Yo me quería morir. No sabía qué hacer. Entonces ella, ante mi sorpresa, estiró mi calzoncillo con una mano mientras con la otra agarraba mi polla y la volvía a guardar en su sitio. Después y como si nada hubiese pasado, continuó poniéndome el pijama, me metió en la cama y me dio un beso en la mejilla.
Descansa, cariño, luego vendré a verte.
En ese momento me di cuenta de que un fino rubor teñía sus mejillas, y eso me excitó aún más. Mi madre se incorporó y se marchó. Yo permanecí en la cama, mirando al techo. El calor desbordaba mi cuerpo, ¡mujeres, mujeres!, no podía pensar en otra cosa, mi abuelo, Loli, Andrea, era una obsesión. Casi sin darme cuenta, metí mis manos bajo las sábanas, y me aferré fuertemente el miembro. Aquella presión me gustaba, así que comencé a darme estrujones, lo que resultaba placentero, pero un poco doloroso.
No sé cuanto rato estuve así, pero de pronto vi a mi hermana junto a mi cama con un tazón humeante en las manos.
¿Cómo estás? Mejor, Marina.
Aparentemente no había notado nada extraño.
¿Dónde te dejo esto? Dice mamá que te lo tomes todo.
¿Podrías dármelo tú?
No sé por qué dije eso, ella me miró, sonrió un poco y dijo:
Sigues igual que un bebé ¿eh?
Si ella supiera…
Por favor…
Bueeeno…
Se sentó en el lado derecho de la cama, justo a mi vera. Yo me incorporé un poco y me arropé hasta el cuello. Así mientras con una mano sujetaba las sábanas, la otra empuñaba mi bálano bien tieso.
Abre la boca, aahh…
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Ella abría la boca, como para demostrarme cómo hacerlo y hasta eso me resultaba excitante. Yo la miraba disimuladamente, sus ojos, su pelo, su cuello, sus pechos y mientras, me iba dando apretones en la polla. Estaba a mil, mi hermana me tenía cachondísimo. Ella, inocentemente, me daba la sopa y yo pensando en cómo sería que ella me hiciera lo que la Loli al abuelo. En esas estábamos cuando me envalentoné. Poco a poco encogí mi pierna derecha, hasta que mi rodilla quedó apoyada en su culo. No había contacto real, había sábanas, colcha, ropa, pero a mí me daba igual, casi me desmayo. Cerré los ojos y creo que me mareé. Sea como fuere, debí de poner una cara muy rara, porque mi hermana, pareció asustarse y se incorporó, inclinándose sobre mí.
¿Estás bien? Sí, sí, es que me he quemado.
Al incorporase, me sobresalté y saqué la mano de mi pijama, dejándola sobre el colchón. Mi hermana fue a sentarse otra vez y yo, instintivamente, moví la mano de forma que su culo aterrizó justo sobre ella. Sólo la colcha separaba mi mano de la gloria. Me iba a morir, me agarré la polla tan fuerte con la izquierda, que me dolió.
Yo esperaba que ella dijese algo, que me gritara, pero no lo hizo. Siguió dándome sopa mientras hablaba de banalidades. Era raro que mi hermana hablara tanto y fue entonces cuando pensé que quizás le gustara un poco aquello, o quizás no se hubiese dado cuenta. Lo que hice fue apretarle el culo con la mano. Ella se puso muy roja, pero siguió con la sopa; ya no hablaba, estaba muy callada, así que yo comencé a magrearle el culo. Es cierto que había una colcha de por medio, pero fue increíble. Las manos de un hombre son alucinantes, estaba bastante seguro de cuando tocaba una parte cubierta por las bragas y cuando era carne libre. Curiosamente, en vez de estallarme la cabeza por la excitación, se apoderó de mí una extraña calma. “Le está gustando” me dije, “mi hermana también es una zorra como Loli”.
A pesar de todo, no me atrevía a hacer nada más; le decía “chúpamela zorra” como el abuelo, le cogía una teta, o qué. Afortunadamente mi instinto me dijo que de momento era mejor dejar las cosas así, por lo que continué sobándola con delicadeza, hasta que se acabó la sopa. Pasé un momento crítico cuando vi sus pezones marcados en su jersey, estuve a punto de lanzarme sobre ella, pero me controlé. Ella se levantó, recogió el tazón y se marchó como si nada hubiese pasado. Sólo el rubor de sus mejillas y los bultitos de su jersey demostraban lo que ella experimentaba (y la humedad entre sus piernas supongo). Mientras salía le dije:
Marina, ven también a darme la cena – mientras esbozaba una sonrisa pícara. Ella me miró con los ojos echando chispas y salió dando un portazo.
Allí me quedé, caliente como un horno, pero, curiosamente, algo más calmado, como si supiera que lo bueno en mi vida estaba por llegar, que aquello sólo era el principio. Traté de dormir un rato, pero no lo conseguí. No hacía más que dar vueltas en la cama y pensar. Quería levantarme e ir a hablar con el abuelo, seguro que él me entendería, pero mi madre no lo permitiría de ninguna manera. De pronto, y como respuesta a mis plegarias, se abrió la puerta y mi abuelo se asomó:
Oscar, ¿estás despierto? Sí, abuelo, pasa por favor.
Espera un segundo.
Volvió a salir y regresó enseguida con una silla del pasillo. La colocó junto a mi cama y se sentó. Me puso una mano en la frente.
No se te pasa la calentura ¿eh? Je, je – dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
……..
Vamos, chico, que te he visto en el árbol. ¿Te gustó el espectáculo? Lo hice en tu honor. Lástima que te perdiste el final.
Sí.
¿Ves?, así me gusta. ¿Qué te pareció?
En ese momento decidí confesarme, si alguien podía explicarme lo que me pasaba, ése era el abuelo.
Fue increíble, jamás me había sentido así. Últimamente he sentido cosas raras, pero nunca como hoy.
Ya lo supongo, en serio, ¿no me habías visto otras veces? No, abuelo, de verdad, bueno, escucho tus historias y eso, pero nunca me pude imaginar algo así.
No son historias hijo, son lecciones, y te aseguro que a partir de ahora las entenderás mucho mejor.
Abuelo, ¿puedo preguntarte algo? Lo que quieras.
¿Qué puedo hacer con esto?
Bajé las sábanas y dejé a la vista el bulto en mi pijama.
Vaya, veo que estás hecho todo un hombre. Gracias.
A ver, enséñamela.
Sin dudar ni un segundo me bajé el pijama.
Está muy bien para tu edad. ¿la usas mucho? ¿Cómo? Que si te la meneas mucho, es normal aliviarse.
No sé de qué hablas.
Chico, no me digas que llevas así desde que me viste esta mañana.
Y desde antes.
¿En serio? Sí, me desperté así, últimamente me pasa mucho, pero se baja sola al rato, pero hoy con todo lo que ha pasado…
Ya, Loli está muy buena ¿eh? Sí, y las demás también ¿Las demás? Sí.
Me decidí a contárselo todo, desde que me desperté hasta ese momento. Lo único que no le dije fue lo del culo de Marina, porque no sabía cómo iba a reaccionar, pues una cosa es mirarle las tetas a tu prima o que se te salga el pito del pantalón y otra magrear a tu propia hermana. Mi abuelo se partía de risa:
¿Y tu madre qué hizo? Guardármela otra vez.
¡Qué bueno! Casi puedo ver su cara, con lo que le gustan las…
¿Cómo? No nada, nada.
Se me quedó mirando fijamente y me dijo:
No sabes lo orgulloso que estoy de ti.
¿Por qué abuelo? Porque veo que te gustan mucho las mujeres, tanto como a mí. Afortunadamente no has salido a tu padre.
¿Mi padre? Sí, hijo, tu padre. Mira Oscar, los varones de esta familia tenemos un don, yo lo llamo la herencia de Casanova.
¿Casanova? Sí, el gran amante. ¿Y qué tiene que ver con nosotros? Nada, pero las mujeres se rinden a nuestros pies, como lo hacían con él. Es un don del cielo, y ni se te ocurra desperdiciarlo.
¿Desperdiciarlo? Sí, como hace tu padre. Si quisiera podría tirarse a todas las mujeres del país, y sin embargo no se atreve ni con tu madre.
¿Qué? Bah, olvídalo, eso no es asunto tuyo. Volvamos a lo de antes, así que te gustan mucho las mujeres ¿eh, bribón? Sí.
¿Has visto alguna desnuda? Sólo hoy, un poco a Loli.
Eso hay que solucionarlo, espera.
Se levantó y salió del cuarto. Mi pene latía de expectación, ¿qué iría a hacer? Unos minutos después el abuelo regresó.
Escucha bien hijo. Las mujeres son la más sublime obra de Dios, son las que auténticamente dirigen el mundo, porque tienen el poder de doblegar a los hombres a su voluntad, usarlos y manipularlos. Por una mujer hermosa, los hombres son capaces de cometer cualquier locura, el patriota traicionará a su país, el marido fiel olvidará a su esposa, el hijo se enfrentará al padre. No hay nada en el mundo como las hembras.
Ya veo.
No, aún no lo ves, pero lo verás cuando seas mayor, más maduro. Lo único que quiero que entiendas es esto, cuidado con las mujeres, ámalas, úsalas, fóllalas, pero sólo en la medida en que ellas te amen, usen y follen a ti. Jamás las desprecies o subestimes. Si atiendes a esta simple regla, disfrutarás como ningún otro mortal, porque nosotros sí sabemos cómo tratar a las mujeres, pues nuestro don es justo eso. Sabemos si a una le gusta dominar u obedecer, ser amada o maltratada, tratada con delicadeza o con dureza. Parece una tontería, pero así conseguirás ser el más poderoso entre los hombres, pues las mujeres siempre te querrán.
Creo que lo entiendo abuelo.
Sí, ya sé que eres muy listo. Bueno, tras este pequeño discurso que hace tiempo tenía preparado (Dios sabe las ganas que tenía de usarlo), vamos a comenzar tu adiestramiento.
¿Adiestramiento? Sí. Verás, a lo largo de tu vida aprenderás muchas cosas sobre las mujeres, más que cualquier otro hombre, pero eso no quita que yo pueda darte un pequeño empujón.
Se acercó a la puerta y dijo:
Pasa.
Allí estaba Loli. Con el rostro muy colorado y una expresión de azoramiento que yo jamás le había visto.
¿Está usted seguro? Vamos, pasa, niña. Tranquila, que nadie se va a enterar de esto.
Pero…
Tranquila te digo, además sólo vamos a enseñarle cómo es una mujer. Ya te he dicho que te pagaré bien.
Sí Loli, por favor – dije mientras me incorporaba en la cama.
¿Eso es por mí? – dijo ella mientras echaba una mirada apreciativa al bulto de mi pijama y sonreía pícaramente.
Sí, Loli, sólo por ti – le dije mientras los ojos del abuelo brillaban.
Bueno, si es así…
Vamos, desnúdate – dijo el abuelo mientras cerraba el pestillo de la puerta.
Loli suspiró y comenzó a quitarse la ropa, la falda, el refajo, el corpiño, fueron cayendo al suelo en un confuso montón. Yo no podía quitarle los ojos de encima, cada pedazo de carne que iba mostrándose a mis ojos era como un pinchazo en mi miembro. Casi sin darme cuenta, me lo saqué del pantalón y empecé a apretarlo.
Joder con el niño – dijo la zorra – Va a arrancársela.
Para eso estamos aquí, para que aprenda – dijo mi abuelo.
Cariño, no te hagas eso, déjame a mí.
No, espera, vayamos por partes – dijo el abuelo.
En ese momento lo hubiera matado, le eché una mirada llameante mientras él sonreía divertido.
Para aprender hay que sacrificarse, hijo. Y tú termina de desvestirte.
Loli, aún cubierta por la combinación, puso cara de circunstancias, se sentó en la silla y comenzó a bajarse las medias. Me miró a los ojos, y al darse cuenta de que amenazaban con salirse de las órbitas decidió divertirse a mi costa. Así pues, comenzó a quitárselas muy despacio, deshaciendo los nudos de las medias poco a poco, mientras se acariciaba las piernas con las manos. Cruzaba y descruzaba las piernas con deleite, frotándolas entre sí, impidiéndome ver ese mágico triángulo que mis ojos pugnaban por ver. Sus manos recorrían sus muslos, subían por sus caderas, sus costados, sus brazos, su cuello y luego descendían describiendo la curva de sus pechos…
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Ya no pude más, sentí como una electricidad por el cuerpo, experimenté una especie de espasmos en la ingle, jamás me había pasado algo así. Y me corrí. De mi pito surgió un líquido blancuzco, semitransparente, como si de un surtidor se tratara. Pero no brotaba simplemente, salía disparado. No sé por qué, pero me la agarré fuertemente y apunté hacia Loli, de forma que varios pegotes de líquido fueron a caer en su regazo, e incluso uno alcanzó de lleno su cara. Supongo que lo hice como castigo por haberme torturado.
¿Qué coño haces cabrón? – gritó mientras se incorporaba.
Shiisst. Calla, que te van a oír – siseó mi abuelo.
¡Me importa una mierda! Mira, zorra, o te callas o te despido ahora mismo. Además ha sido culpa tuya, ya habías visto cómo estaba el chico y has tenido que montar el numerito.
……..
De pronto llamaron a la puerta, era mi tía Laura.
¿Qué pasa ahí dentro? Nada Laura, estoy contándole batallitas a Oscar, no te preocupes – dijo mi abuelo mientras hacía gestos a Loli para que se metiera bajo la cama, cosa que la chica hizo sin dudar.
¿Por qué está esto cerrado? – dijo mi tía mientras giraba el picaporte.
Tranquila, ya te abro.
Mi tía entró en la habitación. Yo me había vuelto a arropar y la miraba con cara de ser el más bueno del mundo.
Ay, Dios, qué estaréis tramando los dos.
¿Quieres quedarte? No, gracias, papá, que tus cuentos ya me los conozco. Y tú no te creas nada de lo que te diga ¿eh? No tía.
Así me gusta. ¡Ah!, no hagáis tanto ruido que los demás están durmiendo la siesta.
Vale.
Mi tía se disponía a salir, cuando sus ojos se quedaron fijos en el montón de ropa que había en el suelo. ¡La muy zorra no había recogido la ropa antes de esconderse! Laura miró fijamente a mi abuelo y después a mí.
¿Pasa algo cariño? – preguntó mi abuelo.
No, nada.
Y se marchó. Yo estaba nervioso, ¿se habría dado cuenta?. Mi abuelo, en cambio, como si nada, cerró el pestillo de nuevo.
Vamos Loli, sal. Anda que no eres tonta ni nada.
Lo siento, pero es que el enano este se me ha corrido encima.
Ya y resulta que eso ahora no te gusta.
Bueno, pero es que no me lo esperaba.
¿Y lo de dejar la ropa en el suelo? Perdón.
Pues mi hija se ha dado cuenta, ¿y ahora qué hago? ……
Parecía compungida de verdad, sacó un pañuelo de entre sus ropas y se limpió la cara, me dio hasta lástima.
Bueno, abuelo, da igual – dije.
Sí, ya sé que tú lo que quieres es que sigamos ¿eh? Sí claro.
Loli me dirigió una mirada de agradecimiento, y sin tener que decirle nada, deslizó los tirantes de su combinación por los hombros, de forma que ésta cayó al suelo. Me quedé alucinado, bajo la combinación no llevaba nada. Luego supe que solía hacerlo por petición expresa de mi abuelo, que quería tenerla siempre accesible.
Era preciosa, delgada, sus caderas eran un poco anchas, pero qué importaba. Su piel era blanca, delicada, hermosa, impropia de una chica de pueblo. Sus pechos eran grandes, firmes, las areolas rosadas estaban culminadas por dos pezones gruesos, bien marcados, apetecibles y completamente excitados. Sus piernas eran largas, exquisitas, las rodillas afeaban un poco el conjunto, pues estaban un poco marcadas, supongo que de tanto arrodillarse para fregar suelos y chupar cosas, pero sus muslos eran perfectos. Entre sus piernas destacaba una mata de pelo negrísimo como el azabache, misterioso, tentador. Durante la mañana había tenido una visión fugaz de esa maravilla y ahora lo tenía ante mí, hermoso, sublime. ¿Cómo podía mi padre ignorar tanta belleza? Ese pensamiento penetró por sorpresa en mi mente, y creo que durante un segundo llegué incluso a odiar un poco a mi padre, así estaba de alucinado. Sin darme cuenta me había puesto de rodillas sobre la cama, por lo que las sábanas cayeron y mi pene volvió a surgir majestuoso. Ni me había dado cuenta de que volvía a estar duro. Sólo tenía ojos para Loli.
Ella dirigió su mirada a mi miembro, y con placer noté que se ruborizaba un poco.
Vaya, parece que te gusto ¿eh? Eres preciosa.
Gracias.
Sus manos se deslizaron hasta su nuca, deshaciendo el moño que recogía su cabello. Éste cayó en bucles lujuriosos sobre su espalda. Tenía un pelo precioso. Dio una vuelta sobre sí misma mientras decía:
¿En serio te gusto? Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida.
Loli se rió como una niña, se acercó a la cama y puso una rodilla sobre ella, e inclinándose sobre mí, me dio un ligero beso en los labios.
Gracias, eres maravilloso.
Si yo era maravilloso, ¿qué palabra podría usar entonces para describir lo que sentí al ver cómo sus pechos colgaban cuando se inclinó? Aquello era demasiado. Mi abuelo nos interrumpió.
Vamos, chico, levanta de ahí, y tú, túmbate en la cama.
Ambos obedecimos sin rechistar. Loli se tumbó sobre las sábanas y curiosamente, se tapó el pecho con un brazo y el coño con la otra mano, como si de pronto todo aquello le diese vergüenza. ¡Manda huevos!
Mi abuelo se inclinó y con delicadeza puso los brazos de Loli junto a sus costados mientras le daba un beso en la frente.
Tranquila mi niña, lo que ha dicho es verdad.
Loli sonreía como una niña. Yo, en cambio, tenía pensamientos muy poco infantiles. Había decidido dejar mi picha por fuera del pantalón, porque me gustaba mucho ver cómo Loli desviaba de vez en cuando los ojos hacia ella, me hacía sentir mayor, no sé.
Bueno, Oscar, aquí tienes uno de los más bellos ejemplares de mujer que podrás encontrar. A lo largo de tu vida verás otras y aunque todas se parecen en lo físico, cada una de ellas es en realidad todo un mundo que explorar.
Mi abuelo pasó a explicarme los pormenores del cuerpo femenino, usando como modelo la maravilla que había en mi cama, de la misma forma que Dicky usaba el mapamundi para explicarme geografía, sólo que esta materia me gustaba (y me gusta) infinitamente más. Me habló de los pechos, los pezones, los muslos, el monte de Venus (me encantó esa expresión)…
…La mujer está compuesta de infinidad de zonas erógenas, y hay que saber cuales son las que le gustan más a cada una. Por ejemplo, a Loli le encanta que le besen y acaricien el cuello ¿verdad? ………
Abuelo, ¿y cómo se sabe eso? Lo sabrás, tranquilo, probando y aprendiendo. La experiencia es un grado.
Genial.
Pero hay una zona que a todas les encanta.
¿Cuál? El coño, aún no he encontrado una mujer a la que no le guste que le estimulen el chocho.
¿Cómo? Con cualquier cosa, un dedo, una mano, lo que se te ocurra. A veces he usado incluso un palo o un pepino. Pero lo mejor, lo más satisfactorio, es hacerlo con los labios y con la lengua.
¿Con la boca? Sí, es muy placentero, tanto para la mujer como para el hombre.
¿En serio?
Mi abuelo se acercó a mi oído y me dijo:
Recuerda lo de esta mañana.
……
Siguió hablándome durante una hora al menos, de las mujeres, del sexo, de cómo saber si una mujer está excitada mirándola a los ojos, o mediante las señales externas, dureza de los pezones, hinchazón de los labios vaginales, humedad entre las piernas, me explicó lo que era el clítoris. Fue así como me di cuenta de que Loli estaba terriblemente excitada.
¿Ves?, eso es el clítoris.
Abuelo…
¿Sí? Ya no puedo más.
Pues verás ahora. Ven.
Me llevó hasta los pies de la cama e hizo que Loli se abriera bien de piernas.
Ahora vas a saber a qué sabe un coño.
Me hizo colocarme entre las piernas de Loli. Pude sentir la fragancia que de allí surgía, era el mismo olor que había en la habitación, pero mucho más fuerte. No hay nada en el mundo como el aroma de mujer.
Torpemente, acerqué una de mis manos hacia la espesa mata de la chica, fue tocarla y un estremecedor espasmo recorrió su cuerpo y pareció contagiarse a mi pene. Era increíble, por la mañana yo era sólo un niño, y por la tarde estaba entre las piernas de una hermosa mujer.
Acerqué mi cara y aspiré profundamente. Tenía el pito tan duro que hasta me dolía. Miré detenidamente el coño que ante mí se abría, era maravilloso, los labios, sonrosados, se mostraban entreabiertos, dejando adivinar el oscuro hueco que ocultaban. Los acaricié con la punta de mis dedos y poco a poco introduje uno entre ellos.
Aahhhh. Dioosss.
¿Te gusta? Lámelo, le gustará mucho más – dijo mi abuelo.
Sin pensármelo más, posé mis labios sobre el coño, estaba muy caliente. Recordé lo que había visto por la mañana, así que comencé a recorrerlo de arriba abajo con la lengua.
Aahhhhhh – gemía Loli.
Me concentré en seguir las instrucciones del abuelo, le separaba los labios con los dedos y metía mi lengua en su interior, moviéndola hacia los lados. Chupaba y tragaba los flujos que de allí brotaban. Subía y lamía el clítoris, dándole delicados mordisquitos, lo que parecía volver loca a Loli.
Oooohhh. Así, así…
En estas estábamos cuando mi abuelo me separó de aquel volcán y me dijo con voz queda:
Así es una mujer excitada.
Miré a Loli, estaba como poseída. Se estrujaba los pechos con las manos, se tironeaba de los pezones, se acariciaba el cuerpo, la cara, el cuello, se metía un dedo en la boca y lo chupaba. Estaba ardiendo.
Una mujer es este estado hará cualquier cosa que le pidas. Recuérdalo.
Yo asentí con la cabeza y volví a sumergirme en las entrañas de Loli.
Así, cabrón, no pares, no pares máaaaaas…
De pronto el cuerpo de Loli se tensó. Su coño pareció contraerse, se puso aún más caliente.
Me corro, me corrooo…
Yo seguía pegado a ella como una ventosa. Cada vez salía más líquido del aquel glorioso chocho y yo intentaba chuparlo todo.
Síiiiii.
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Loli alzaba la voz cada vez más, así que mi abuelo se sentó junto a ella y la besó. Alcé los ojos, y desde mi posición, mirando a través de las tetas de Loli, vi cómo la muy zorra mordía los labios de mi abuelo.
Por fin Loli se relajó, pareció apoderarse de ella una extraña laxitud.
¿Ves? Así es como se corre una mujer.
Increíble, abuelo – dije mientras miraba hacia abajo y veía mi polla a punto de estallar.
Tranquilo, Oscar. Déjala reposar unos instantes y enseguida se ocupará de ti.
Eso espero, abuelo. Empieza a dolerme.
Lo sé hijo, lo sé. Verás, te he torturado un poco a posta.
¿Por qué? Para que no olvides esto jamás. Lo increíbles que son las mujeres.
No lo olvidaré.
Estoy seguro – dijo mi abuelo mientras me revolvía el pelo cariñosamente.
Abuelo, ¿las mujeres se quedan siempre así tras correrse? No, hijo. Verás, la situación hoy era muy erótica y eso incide en la excitación de la persona, eso sí lo sabes ¿verdad? Vaya que sí.
Pues eso, el orgasmo es una experiencia muy intensa y en él inciden muchas cosas, el placer físico, la excitación, los sentimientos…
Comprendo – dije, aunque en realidad no lo entendía del todo, sólo podía pensar en los latidos que sentía en la punta del cipote.
Abuelo…
Sí, tranquilo. Loli, hija…
¿Ummmm? Mi nieto necesita que lo alivies.
¿Ummmm? ¡Levanta ya, coño!
Loli se desperezó, estirándose sobre la cama, se puso boca abajo, y se incorporó colocándose a cuatro patas sobre el colchón. Parecía una gatita satisfecha.
Siéntate aquí nene – me dijo dando palmaditas sobre el colchón – que mami va a mostrarte lo agradecida que está.
Ni que decir tiene que no tardé ni un segundo en tumbarme allí, con la polla como un leño. La calentura hacía que mi pene tuviera pequeños espasmos, parecía estar vivo.
Loli miró inquisitivamente a mi abuelo y él dijo:
Con la mano.
Loli se apoderó de mi pene y comenzó a subir y bajar la mano a lo largo del mástil muy lentamente. Creí que me moría, cerré los ojos y me dediqué a disfrutar; qué sensación tan fantástica, desde entonces me han hecho muchas pajas, pero sin duda aquella fue una de las mejores. Loli sabía lo que hacía. Poco a poco incrementaba el ritmo, lo que me ponía a cien, pero mágicamente parecía saber cuando estaba a punto de correrme, deteniendo entonces su mano, me soltaba la polla, recorriéndola en toda su longitud con uno de sus dedos, desde la punta a la base de los huevos, donde daba un ligero apretón que parecía tener la virtud de calmarme. Entonces volvía a masturbarme, pero más lentamente que antes, era enloquecedor.
Escuché un gemido y abrí los ojos. Vi que Loli tenía los suyos cerrados y que su otra mano se perdía entre sus muslos.
Acércate más – le dije.
Ella abrió los ojos y me dirigió una mirada de entendimiento. Se acercó a mí y se sentó a mi lado. Volvió a empuñar mi pene y comenzó de nuevo a masturbarme, pero esta vez fue mi mano la que se perdió entre sus piernas. Aquello parecía un charco, estaba empapada. Comencé a mover mi mano allí dentro, a tocar, a palpar, a meter y mientras, ella daba bufidos, gemidos, desde luego aquello le gustaba. Yo deseaba que se corriera, pero ella parecía querer que yo lo hiciera antes, por lo que incrementó el ritmo de su mano. No sé por qué, pero no quería correrme antes, por lo que intenté retrasar mi propio orgasmo, concentrándome en ella, quería “ganar” esa carrera. Y lo logré, simplemente tuve que buscar su clítoris con mis dedos y apretarlo un poco.
Aaaaahhhhh. Diosssss.
Loli apretó sus piernas, atrapando mi mano y se derrumbó sobre mi pecho, dejando de masturbarme. Mi polla se quejaba pero yo no podía evitar un sentimiento de triunfo. Loli me miró a los ojos y vi que los suyos estaban vidriosos, llorosos.
Acaba con la boca por favor, como al abuelo – le dije.
Loli sólo atinó a asentir con la cabeza. Se deslizó lentamente sobre el colchón y su cara quedó a la altura de mi polla. No la chupó, ni la lamió, se la metió directamente hasta el fondo y su lengua, sus labios, su boca, su garganta parecieron apretar simultáneamente sobre mi torturado pene. No aguanté más. Si la corrida de antes había sido bestial, ésta la superó con creces.
Dioss, Diosss, Loli, joder…
No atinaba ni a balbucear, me incorporé como si me hubiesen dado una descarga y sólo acerté a sujetar la cabeza de Loli con mis manos y apretarla contra mi ingle, aunque ella no parecía tener ninguna intención de separarse de mí. Yo notaba cómo ella iba tragando lo que de mi polla surgía y ese mismo efecto de succión acentuaba el placer. Finalmente el orgasmo terminó con unos leves espasmos que recorrieron mi cuerpo. Me dejé caer hacia atrás, rendido, pero ella permaneció aún con mi polla en la boca durante un rato, hasta que empezó a decrecer.
Finalmente, fue sacándola de su garganta, pero lentamente, recorriendo con sus labios toda la longitud de mi miembro que empezaba a perder su dureza, como si quisiera limpiarla por completo. Se incorporó, quedando sentada y con las manos apoyadas en el colchón. La miré fijamente y es una imagen que jamás olvidaré, su piel, empapada de sudor, sus ojos, negros como la noche y con un extraño brillo en el fondo, sus pechos, redondos y perfectos, su vagina, aún entreabierta y brillante por los flujos, pero lo que me mató, lo que más me excitó, fue esa gota de líquido blanco que asomaba por la comisura de sus labios y el instante en que su lengua recorrió esos labios relamiéndose, como si en vez de haberse tragado mi esperma hubiese sido un simple vaso de leche.
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Todo esto me excitó, pero de momento mi pene no reaccionaba.
Loli, vístete, ya está bien por hoy – dijo mi abuelo.
Ella me miró a mi abuelo y sin decir palabra se levantó y comenzó a vestirse. Yo no podía apartar los ojos de ella. Quería más.
¿Qué te ha parecido? – dijo mi abuelo.
Fantástica – le respondí. Loli me dirigió una mirada cómplice.
Bien, bien.
Nadie añadió nada, éramos dos hombres mirando cómo una mujer se vestía. Loli terminó y se sentó en la cama para ponerse los zapatos. Tras hacerlo se acercó a mí y me besó en la boca. Yo respondí al beso y noté cómo su lengua se introducía entre mis labios y se enroscaba con la mía. Estuvimos un segundo así y de pronto acabó.
Loli se fue hacia la puerta, pero antes de salir se volvió hacia mí y me sonrió. Mi abuelo cerró la puerta tras ella. Allí estaba yo, saboreando a Loli, pero también mi propio sabor, y no me desagradó, supongo que es verdad que los hombres no nos la chupamos porque no llegamos.
Hay otra cosa que debes saber- dijo mi abuelo.
¿El qué? Como habrás observado Loli seguía cachonda tras vuestro encuentro.
¡Toma, y yo! Sí, pero ¿a que tu pito no está en pié de guerra? No, es verdad.
Verás hijo, los hombres nos excitamos más fácilmente que las mujeres, pero también mermamos nuestro vigor antes. Es decir los tíos nos ponemos a punto enseguida, pero excitar a una mujer requiere tiempo y dedicación. Además, tras el orgasmo, el hombre se viene un poco abajo, pero la mujer sigue dispuesta ¿me sigues? Creo que sí.
Hoy lo has hecho muy bien, preocupándote tanto de su placer como del tuyo. No hay peor amante que aquel que se dedica a satisfacer sus apetitos dejando a su pareja insatisfecha.
Comprendo.
Bien.
Abuelo.
¿Sí? ¿Por qué has hecho que Loli se fuera? Porque querías follártela.
Sí ¿y qué? Mira Oscar, yo te he ayudado hoy, y siempre estaré ahí para darte consejo de lo que quieras, pero no es bueno que yo te haga todo el trabajo. Tienes un don, y debes aprender a desarrollarlo por ti mismo. Además, no quiero que te encoñes demasiado con Loli, a tu edad es peligroso.
¿Cómo? Supón que te la hubieras tirado, podrías ver en ella a la mujer perfecta, que te da todo lo que deseas. Loli es muy experta en estos temas y podría llegar a sorberte el seso.
¿Y qué? Pues que tienes todo un mundo que explorar, en esta misma casa hay un montón de mujeres, debes probar un poco de cada cosa para disfrutar plenamente tu vida, no dedicarte a una sola. Sería un desperdicio.
Ya.
Pues eso. Sin duda acabarás follándote a Loli, tranquilo, pero hay muchas más.
De acuerdo.
Otra cosa.
Dime.
Aún eres muy joven, te queda mucho por aprender sobre tu don y sobre cómo seducir a una mujer.
Claro.
Pues eso, habrá ocasiones en que estés muy caliente y no tengas una mujer para aliviarte.
Ya, hoy por ejemplo.
Exacto. Pues cuando pase eso o simplemente cuando te apetezca, hazte una paja.
¿Cómo ha hecho Loli? Eso es, puedes hacerlo tú solo. Al final te corres igual; no es tan bueno como con una mujer, pero alivia.
Entiendo.
Y no hagas caso de las habladurías de viejas que dicen que te quedas ciego y otras gilipolleces. Yo me la he cascado muchas veces y aquí estoy.
Sí, je, je.
Bueno, te dejo que descanses. Apuesto a que ahora sí serás capaz de dormir. Espera, abriré la ventana para ventilar esto un poco.
Tras abrir la ventana, se dirigió a la puerta.
Abuelo.
¿Sí? He dejado a Loli muy caliente ¿verdad? Sí hijo, sí. De hecho, esta noche yo me aprovecharé de ello.
¿Irás a su cuarto? Todas las noches voy a algún cuarto.
Y salió de la habitación.
Abuelo.
Volvió a asomarse.
¿Sí?
Lo miré fijamente y le dije:
Gracias.
Él me guiñó un ojo y salió, cerrando la puerta.
En una cosa sí se equivocó mi abuelo. Fui incapaz de dormir en toda la tarde. Mi cabeza era un torbellino de imágenes y sensaciones y poco a poco mi pito fue despertando. Estaba bastante decidido a intentar el sistema que me recomendó el abuelo, pero no pude.
Mi madre entró a verme, y al notar que estaba mejor y que ya no tenía fiebre dejó la puerta abierta “para que me diera el aire”. Además todo el mundo empezó a pasar por el cuarto para interesarse por mi estado, mi padre, mi tía, mis primas, Dicky… La única que no vino fue Marina.
No fue del todo desagradable, porque mientras las chicas iban desfilando por mi cuarto y me tocaban la frente, me daban besos, me revolvían el pelo… yo no paraba de sobarme la polla bajo las sábanas. De todas ellas creo que sólo mi tía sospechó algo, pues me miró con cierto reproche en los ojos, pero no dijo nada.
Por la noche fue mi padre quien me trajo la cena, con la consiguiente decepción, por lo que le dije que ya estaba bien, que podía comer solo. Así que me dejó la bandeja y se marchó.
Pasaron un par de horas, el silencio se apoderó de la casa, pero yo seguía despierto. Volvía a tenerla dura, así que comencé a pajearme. Desde luego no era tan bueno como con Loli, pero no estaba mal. De pronto se me ocurrió que podía estar mejor. Recordé lo mucho que me había excitado espiar al abuelo ¿por qué no repetirlo? Sabía exactamente donde debía estar.
Si me pillaban me la cargaba, pues no tenía ninguna razón para ir al ala de los criados, pero ¡qué coño!.
Me levanté sigilosamente y me calcé las zapatillas. Sentía mi pene bien duro, presionando contra el pijama. Encendí el candil de mi mesilla y salí del cuarto tapando la luz con la mano, para que no me vieran.
Me dirigí lentamente hacia la escalera, pero, al pasar por delante del dormitorio de mis padres, escuché unos ruidos. Me quedé helado, esperando que la puerta se abriera, pero no fue así. Agucé el oído y logré distinguir unos gemidos. Algo más tranquilo me acerqué a la puerta y me agaché para mirar por el ojo de la cerradura.
La luz estaba apagada, pero por la ventana abierta entraban los rayos de la luna, lo que me permitía ver bastante bien lo que pasaba.
Mi madre yacía tumbada sobre la cama, mientras mi padre se la follaba en la postura del misionero (entonces no sabía su nombre). El culo de mi padre subía y bajaba rápidamente mientras una de sus manos sobaba los pechos de mi madre. Bueno – me dije – pues aquí mismo.
Apagué el candil de un soplido, me arrodillé en el suelo mirando por la cerradura y me saqué el pito del pijama. Comencé a pajearme lentamente, disfrutando, pero enseguida vi que no era igual que por la mañana, no estaba tan excitado. Se oían los bufidos de mi padre, pero mi madre permanecía extrañamente laxa, no colaboraba, no parecía estar disfrutando demasiado. De vez en cuando mi padre la besaba y ella respondía, pero no había pasión. Fallaba algo.
De pronto mi padre pegó dos o tres culetazos más fuertes, se puso tenso y se derrumbó sobre mi madre. Poco después se deslizaba hacia un lado en la cama y se arropaba.
Yo permanecí allí, espiando con la polla en la mano. La luz de la luna me permitía ver bastante bien a mi madre, con las piernas abiertas, el camisón subido y uno de sus pechos asomando por un lado. Miraba al techo, como distraída. De pronto se levantó.
Voy al baño – dijo.
Ummmm.
Joder, qué susto. Casi me caigo de culo. Iba a correr hacia mi cuarto, pero afortunadamente vi el candil en el suelo. Lo recogí y me precipité en mi habitación. Entorné la puerta y me quedé observando por la rendija.
No había tanta prisa, pues mi madre aún tardó un poco en salir, supongo que estuvo encendiendo la vela que llevaba en la mano. Yo la espiaba desde mi puerta y me quedé alelado. Estaba preciosa con el pelo revuelto, además aunque se había bajado el camisón, no lo había colocado bien por arriba, por lo que uno de sus pechos asomaba libre. Se dirigió con paso cansino hacia el baño del pasillo.
Mientras lo hacía, yo me la machacaba silenciosamente. Ella entró al baño, pero yo no acabé, por lo que decidí esperar a que saliera. Esperé unos minutos, pero no salía, así que me atreví a asomarme al baño. Por debajo de la puerta podía ver la luz de la vela de mi madre y si ésta se movía, regresaría corriendo a mi cuarto.
Como estaba cerca, dejé mi candil apagado en la mesilla y salí. Escuché unos segundos por si había ruido y me arrodillé frente a la cerradura del baño. Allí estaba mi madre. Había encendido también un quinqué que había dentro, por lo que había bastante luz. Estaba de pié con las manos apoyadas en el mueble de la jofaina, mirándose al espejo. Mi posición era un poco escorada, pero no importaba, pues el reflejo del espejo era perfecto.
Mi madre seguía allí, contemplándose. Su pecho izquierdo continuaba por fuera del camisón. Yo me bajé los pantalones del pijama y reanudé mi paja, un poco nervioso por si tenía que salir corriendo.
Ella sumergió una de sus manos en el agua de la jofaina, y suavemente la deslizó por su cuello, por su garganta. Las gotas de agua resbalaban por su piel y volvían a caer en la palangana. “Plic”, aquel sonido pareció retumbar en la casa; yo volvía a estar excitadísimo, mis sentidos estaban agudizados. Ella siguió mojándose el cuello hasta que en una de las pasadas, su mano bajó hasta su pecho desnudo y comenzó a acariciarlo. Sus dedos empezaron a recorrer el contorno de su pecho, a acariciar su pezón, que enseguida se irguió orgulloso.
Lentamente, deslizó con su mano el tirante del camisón que aún llevaba puesto, con lo que éste cayó al suelo. Se contempló unos instantes en el espejo y continuó sobándose las tetas con una mano. Pude ver cómo la otra se metía entre sus piernas y comenzaba a moverse. En realidad, y dada mi posición, sólo podía ver cómo se acariciaba los pechos, pues el espejo no era de cuerpo entero, pero nuevamente la excitación acudió en mi ayuda.
La mano de mi madre pareció incrementar su ritmo y de pronto estuvo a punto de caerse, como si las piernas le fallasen. Así que se tumbó en el suelo, separó bien las piernas y siguió masturbándose.
¡Qué visión sublime! Se acariciaba con fruición, se tocaba por todas partes, se retorcía de placer. Yo podía oír perfectamente sus gemidos, sus suspiros.
Uuff. Ahhhh. Ummm.
Seguí masturbándome y poco a poco fui acomodando mi ritmo al que marcaba mi madre. Quería correrme con ella.
Súbitamente, la espalda de mi madre se arqueó. Ella encogió las piernas y emitió un pequeño gritito de placer:
¡AAAHHH!
Alguien podía haberlo oído y salir a ver qué pasaba, pero a mí me importaba una mierda. Aceleré el ritmo de mi paja y me corrí. Varios lechazos cayeron sobre mis muslos, en el suelo, en la puerta. Había sido genial.
Sin darme cuenta, me dejé ir un poco hacia delante, por lo que mi cabeza chocó levemente con la puerta. No hizo mucho ruido, pero bastó para devolverme a la realidad. Me asomé a la cerradura y vi que mi madre se había sentado en el suelo y se tapaba el pecho con el camisón mientras miraba hacia la puerta.
¡Me había oído! ¡Joder! Me incorporé como pude y sin subirme los pantalones fui hacia mi cuarto. Entonces, por el rabillo del ojo vi cómo la puerta del cuarto de mi hermana se cerraba rápidamente.
Vaya con Marina – pensé y me metí en mi cuarto como una exhalación, cerré la puerta y a la cama volando.
La sangre me latía en los oídos, estaba muy nervioso y decidí hacerme el dormido. Entonces se abrió la puerta de mi cuarto, una luz penetró en él y se dirigió a la cabecera de mi cama. Era mi madre.
Permaneció allí, de pié unos minutos. Yo, asustado, no me atrevía a mover ni un músculo. De pronto mi nariz captó un aroma familiar, el olor de hembra caliente. Lentamente, procurando que mi madre no me viera, abrí los ojos. Frente a mi cara estaba el coño de mamá. Tapado con el camisón claro, pero por el olor yo sabía que estaba caliente. Y yo también; a pesar del susto, noté cómo mi miembro se endurecía de nuevo (ah, la juventud).
Ella permaneció allí un poco más, hasta que finalmente me acarició la cabeza y me besó, dirigiéndose hacia la puerta. Yo la seguí con la mirada mientras salía y gracias a la luz de su vela, pude ver su silueta desnuda perfectamente recortada a través del camisón.
Un rato después me hice una buena paja recordando esa silueta, y con esa imagen en mente, me dormí.
A la mañana siguiente desperté renovado, con la mente más clara, relajado. Y por supuesto con la picha tiesa, maravillosa juventud.
Me desperecé deliciosamente en la cama, mientras rememoraba los excitantes sucesos del día anterior, hasta que un recuerdo penetró de golpe en mi mente. ¡La corrida!, ¡me había corrido contra la puerta del baño y no lo había limpiado!
Me levanté como un resorte y corrí hacia el baño. La puerta estaba abierta y no se veían restos de semen por ninguna parte, ni siquiera en el suelo. Alguien lo había limpiado. Lo cierto es que jamás me enteré de quién me hizo ese favor.05503625373895522895