El caso del perro violador. Capítulo 6.
 Nota de la autora: comentarios y opiniones pueden enviarlas a janis.estigma@hotmail.es

Elsa necesitaba que Mad Kiss saliera al descubierto. Tener un enemigo así, oculto y al acecho, iba en contra de cualquier manual de guerra. Le quería localizado, y, a ser posible, nervioso. Sabía que era muy peligroso desafiarle así, pero no disponía de más armas que ese DVD.

En contra de su costumbre, Elsa acudió a la guarida del Barón, que se encontraba en la trasera de una panadería de Chinatown. El Barón era un chino joven, de unos veinticinco años, que estaba enterrado entre varios montículos de material tecnológico. El joven parecía escuálido y bastante pálido, o lo que podría llamarse pálido para un oriental. En realidad, al Barón no le daba el sol de lleno desde hacía más de un año. No salía a la calle apenas y casi nunca de día.
Su puesto estaba allí, entre el imponente equipo informático que le daba acceso a cualquier punto de ese nuevo mundo virtual llamado Internet. El Barón apartó los ojos de las múltiples pantallas, cada una mostrando una tarea diferente, y se asombró de ver a Elsa.
―           ¡Burke! ¡Cuánto tiempo, sargento! – la saludó, sin levantarse de su silla giratoria, llamándola por su grado de policía.
―           Hola, Chen. Tenía que venir. Lo que tengo que pedirte no lo podía hacer por teléfono – aclaró ella, dándole la mano.
―           Lo que tú digas. Ya sabes que te lo debo – el Barón miró hacia abajo, solo un instante.
Elsa acompañó aquella mirada y contempló la pierna izquierda del joven, embutida en un jeans descolorido. Acababa en un muñón, a la altura del tobillo. Por un momento, la mente de Elsa retrocedió a aquella redada que se complicó hasta convertirse en una batalla campal, en pleno centro de Chinatown. En ella había conocido al Barón, que aún no se había ganado ese apelativo y disponía de sus dos pies.
Elsa acababa de salir dela Academiay estaba pasando su periodo de prácticas, cuando se vio envuelta un todo aquel lío, el cual empezó con una simple riña doméstica. Claro que el tipo que le estaba partiendo la cara a su esposa, era el jefe de los Tigres Blancos, una violenta banda Tong. Todo se descontroló en pocos momentos. Llegaron más miembros de la banda, esta vez armados, y hubo que llamar a más efectivos policiales. Se organizaron improvisadas barricadas, se tomaron rehenes, y, durante doce horas, Elsa revivió el infierno de las calles de Beirut.
El Barón fue uno de los rehenes. Un inocente chico del instituto, atrapado en un mal sitio. Una ráfaga de un AK47, casi a bocajarro, le cercenó el pie. Elsa arriesgó su vida para sacarle de allí, antes de que se desangrara. Desde entonces, el chico se había convertido en un famoso hacker, muy agradecido y colaboracionista.
Tras discutir el asunto en profundidad, el Barón sacó una escena del DVD, en un formato GIF, en la que se veía a Mad Kiss transportar algo sobre su hombro. Durante un par de segundos, se giraba y sonreía a la cámara, mostrando sus dientes de oro. La escena formaba un bucle al acabar, repitiéndose hasta la saciedad. Elsa quedó satisfecha y le dijo que introdujera el archivo como un troyano en numerosas webs pornográficas, sin más mensaje. Mad Kiss no era tonto, sabría lo que significaba, al momento.
Hecho esto, Elsa se quedó a almorzar en uno de sus sitios preferidos en el barrio chino y regresó a su oficina. Tenía que adelantar trabajo. Tenía varios casos que empezar.
Se pasó un par de horas revisando escenas de los DVDs que el señor Farris había traído, hasta que se volvió demasiado monótono como para mantener la atención. Decidió echar un vistazo a otro caso, solo para despejar la mente. Apoyó el dedo en el botón del interfono, dispuesta a llamar a Johanna, cuando escuchó la susurrante voz.
―           ¿Está Burke en el despacho, nena?
Aquel “nena” no le gustó ni un pelo. No era nada respetuoso, ni sonaba tampoco divertido, ni siquiera amistoso.
―           No, no… ha salido, señor – escuchó decir a su secretaria.
Elsa se quedó boquiabierta. ¿Mad Kiss había reaccionado tan deprisa? ¿Cómo era eso posible? ¡El Barón ni siquiera habría acabado de insertar el GIF en todas las webs! No se detuvo a seguir pensando, ni había tiempo para cogerla Berettade su mochila. Se levantó de su asiento como una centella, colocándose detrás de la puerta, en el mismo instante en que giraba el picaporte. Conteniendo la respiración, contempló como asomaba el cañón de un arma con silenciador.
“Vamos, entra un poco más.”, deseó con todas sus fuerzas.
 

El perfil aplanado de un tipo asomó por el filo de la puerta, mirando a todas partes, pero no detrás del batiente. Su atención estaba puesta en las dos puertas del fondo. Malo para él, bueno para ella. Elsa se apoyó en la puerta con todas sus fuerzas, empujando al hombre y cerrándola de un golpe. El tipo, desequilibrado, dio un traspié hacia el interior del despacho. Cuando quiso recuperar su posición, tenía una de las botas de Elsa en la oreja. Su cabeza pareció querer despegar, oscilando violentamente como resultado de la salvaje patada.

Elsa acompañó la caída del hombre con su cuerpo, tal y como la habían enseñado durante tantos entrenamientos. Arrancó el arma de la mano del hombre, que trataba de farfullar algo, y apuntó hacia la puerta, un segundo antes de que se abriera.
¡Ffffiittt! ¡Ffffiiittt!
Dos rosetones cárdenos aparecieron en la camisa de colorines del tipo calvo que abrió la puerta. Con ojos desorbitados, se miró el pecho durante un segundo y se derrumbó de rodillas. Elsa, como si mantuviera una coreografía, se puso en pie y pisoteó con fuerza las cervicales del primer hombre, que intentaba levantarse del suelo, a su lado. Hubo un siniestro crujido y Elsa ni siquiera le dirigió la mirada. Sabía que le había roto el cuello. No podía dejar enemigos a su espalda ahora, porque tampoco sabía cuantos enemigos quedaban en la sala de espera.
La puerta había quedado abierta, con el cadáver atravesando su quicio, pero no podía ver más que la esquina más exterior de la mesa de Johanna. Jadeó al pensar que Mad Kiss no le importaba nada que fuera de día, en pleno centro de Westwood. Todo era una locura, o bien tenía las espaldas bien cubiertas…
Caminó de lado, intentando tener más campo visual de la otra estancia. Pronto estuvo segura de que, de haber alguien, estaría a ambos lados de la puerta, esperándola. Bueno, eso tenía fácil arreglo. De todas formas, tenía que jugársela. Se preparó para saltar, apuntó a unos centímetros a la izquierda de la jamba y soltó tres balas que atravesaron la débil pared. Al mismo tiempo, Elsa saltó, atravesando el espacio vacío de la puerta y cayó sobre las rodillas. Vislumbró una forma apoyada en la pared, a su derecha. Al caer al suelo, su muñeca ya estaba apuntando en esa dirección, sin girar ni siquiera la cabeza. Disparó dos veces y rodó, inmediatamente, sobre su hombro izquierdo. Ningún disparo sonó mientras se encaraba con la puerta. Buena señal.
Había acertado. Las dos balas que disparó a través de la pared cumplieron su cometido, una por debajo del cuello, la otra en el vientre. El fulano estaba en el suelo, en un charco de sangre. Miró al otro lado. Un tipo negro estaba sentado en el suelo, la espalda contra la pared, donde quedaban dos manchas rojizas alargadas.
Elsa se puso en pie, soltando el aire que retenía en los pulmones. Entonces, la vio… Seguía sentada en su silla, las piernas estiradas bajo su escritorio. Uno de sus zapatos sacado de su horma. Johanna tenía costumbre de jugar a descalzarse bajo la mesa.
Elsa gimió. No quería acercarse, no quería admitirlo. La mulata tenía la barbilla contra el pecho, las manos caídas de los reposabrazos de la silla. Unas gotas de sangre manchaban su camisa blanca.
―           No… no… Johanna – musitó finalmente Elsa, acudiendo a su lado.
Levantó su cabeza para tomarle el pulso y la herida quedó en evidencia. Tenía un agujero en su sien izquierda. Le habían disparado a sangre fría para que no la alertara. Elsa acunó la cabeza de su amiga y lloró, inculpándose de su muerte. ¡Ella tenía la culpa! ¡Había jugado con su vida, con la de…!
¡Belle! Se pasó una mano por la cada, secando sus lágrimas. ¡Ya tendría tiempo de llorar! Belle podía estar en peligro. Mad Kiss podía haber enviado hombres también a su ático. ¡Tenía que llegar hasta ella!

Belle llevaba toda la mañana agitada, dándole vueltas al mejor escenario posible para sincerarse con su enamorada. Tras muchas rondas, llegó a la conclusión que no existía ese escenario, así que debía hacerlo a la antigua usanza, apechugando con lo que viniera. Así que, después de comer un trozo de pizza recalentada y un par de piezas de fruta, se sentó ante su portátil y empezó a escribir toda una declaración.

No pensaba mostrarla a nadie, y menos a Elsa, pero le servía para ordenar sus ideas; una especie de guía propia, para saber qué decir y por dónde empezar.
En esas estaba cuando escuchó trastear en la cerradura de la puerta.
“¡Mierda! Elsa regresa antes de tiempo.”, se dijo, cerrando la tapa de su ordenador y dirigiéndose hacia la cocina para disimular.
Pero no fue Elsa quien entró, sino un tipo alto, con la cara picada de viruela, y de escaso cabello gris. Belle quedó con la boca abierta. No sabía quien era, o si tenía algo que ver con Elsa. Podía ser un pariente, un amigo… ¿el casero?
No tuvo tiempo de pensar nada más. Una enorme y negra pistola se plantó ante su cara. Belle bizqueó un poco, mirando el agujero del ominoso cañón. Entró otro tipo, más grande que el primero y más joven. Revisó rápidamente el apartamento y volvió a la puerta. Se asomó al pasillo y dijo que estaba despejado.
Fue entonces cuando las rodillas de Belle empezaron a temblar sin control. Casi se orinó encima al verle. El hombre de los dientes de oro entró por la puerta y la miró, sonriéndole. Vestía un elegante traje de lino, blanco y amplio, sin corbata, y unos caros zapatos de piel de reptil.
―           Al fin te he encontrado, ratita – le dijo, con una voz meliflua, que parecía pertenecer a otra persona. — ¿Te has cansado de jugar al escondite?
Belle no contestó, pero retrocedió hacia la puerta de la terraza. La mano de uno de los hombres se cerró sobre su brazo, deteniéndola. Ahora que podía ver nítidamente el rostro del hombre de los dientes de oro, le pareció más viejo, cercano a los cincuenta años, y sus rasgos estaban delineados por el vicio y la sordidez más abyecta. Belle se estremeció cuando la mano del hombre tocó su rubia cabellera.
―           Hay que esperar a que nos llamen los que han ido al despacho de esa puta – dijo el cabecilla, mirando a sus dos hombres. – Esperadme en el pasillo. Voy a tener una charla con esta jovencita.
Sus hombres sonrieron, habituados a esas palabras, y salieron del apartamento, cerrando la puerta. Sin más palabras, Belle fue empujada sobre el sofá. El hombre se quedó en pie, mirándola, apreciándola con la mirada. Sonrió de nuevo y se desabrochó la chaqueta para dejarla, con cuidado, sobre el respaldar del sofá.
―           Hace tiempo que no nos vemos, pequeña, pero no te he olvidado. Se me prometió una noche contigo, pero las cosas se complicaron… Me llamo Mad Kiss. Un dulce nombre, ¿verdad?
―           ¿Qué quiere… de mí? – preguntó tímidamente Belle.
―           Oh, que ingenua eres aún… ¿Qué voy a querer de una dulzura como tú? ¿Te acuerdas de lo que te hizo aquel dogo? Pues yo quiero lo mismo…
―           No… por favor… — lloriqueó la joven.
―           Oh, si. Vamos, quítate la ropa, niña…
Belle se protegió con sus brazos, negando con la cabeza. Mad Kiss se acercó de un paso, dándole una imprevista bofetada que la dejó sin aliento. No fue demasiado fuerte, pero si muy sorprendente.
―           ¡Quítatela! – recibió una nueva bofetada, junto con la orden.
Esta vez obedeció, más por la orden que por el dolor. Se sacó la camiseta por la cabeza, mostrando que no llevaba sujetador. Mad Kiss admiró aquellos pechitos tiesos, inmaculados en su bronceado. Se relamió como un gato ante un bol de leche. Belle se quitó los shorts que llevaba, de fina gamuza verde, largos hasta el medio muslo, y quedó en braguitas.
―           ¡Fuera las bragas también! ¡Te quiero en cueros, niña!
―           No – se negó la chiquilla, con plena determinación.
―           ¿No? ¿Crees que dispones de elección acaso? Jamás la has tenido, ¿verdad? Solo eres una esclava, un pedazo de carne que se alimenta para que siga cumpliendo una sola función, ¡entregarse!
Mientras casi le escupía a la cara, Mad Kiss la obligó a girarse y presentarles sus pequeñas nalgas, tras arrancarle las braguitas. Empezó a azotarla con la mano, fuerte y rápido. Belle chillaba, intentando interponer sus manos ante los azotes. El hombre le tiraba del pelo cada vez que colocaba una de sus manitas sobre sus nalgas, y volvía a golpearla.
Belle acabó rindiéndose, demasiado dolorida y asustada.
―           ¡Por favor…! Por favor… señor… no me pegue más… haré lo que… quiera… lo haré… — hipaba por los sollozos y las palmadas.
―           Si, putita, me la vas a comer muy bien, lo sé… así, de rodillas…
Mad Kiss desabrochó su pantalón, dejándole caer y revelando que no llevaba ropa interior. Un firme pene apareció, excitado por la violencia y la dominación. Lo restregó por el rostro de la chiquilla, mientras él, entre risotadas, alababa sus dimensiones.
Belle lo tomó con sus labios y sorbió el descubierto glande. Sabía a sudor y algo más, algo indefinible y empalagoso. Mad Kiss gimió al sentir sus labios y dejó de hablar, lo que convenció a Belle de aplicarse más. Si no escuchaba aquella voz de vendedor de corsés, – es lo que se le venía a la cabeza cada vez que le escuchaba – sería mucho mejor.
―           Ah, pequeña… que boca tienes… Inexperta y fresca… como me gustan… — gimió el hombre.
Se dejó caer en el sofá y atrajo a Belle hacia él, colocándola boca abajo en el mueble. Intentó suplicarle, en un principio, pero ella misma se dijo que no debería alargar aquello más… De todas formas, pensaba violarla, así que lo mejor era acabar cuanto antes. Se mordió el labio cuando el pene la traspasó. Mad Kiss jadeaba sobre su espalda, echándole el aliento en el cuello, en la oreja…
―           Te voy a follar toda la tarde… niña… para que nunca me olvides…
Elsa conducía como una suicida. Se había saltado varios semáforos, intentando no quedar atrapada por el denso tráfico de la hora punta. En algún momento, escuchó la sirena de un coche patrulla, pero no hizo caso y pronto le perdió al saltarse otros dos semáforos. No podía dejar que la detuviesen. Sus tripas le decían que Belle estaba en peligro.
Frenó el coche en el callejón y vio coches desconocidos aparcados. Con un frenético movimiento, metió una bala en la recámara dela Browningcon silenciador que le había quitado a uno de los muertos de su despacho, y se aseguró que su propia Beretta estaba en su cintura, atrás.

Entró en el vestíbulo del inmueble. Había un tipo grande leyendo los comunicados vecinales. Hizo amago de levantar una mano hacia ella. Elsa le pegó un tiro en el cuello, casi a bocajarro. Otro estaba sentado en los primeros peldaños de las escaleras, justo al lado del ascensor. Intentó sacar su arma de una funda sobaquera que llevaba bajo la liviana chaqueta. Su mano quedó aferrada a la culata, el cráneo destrozado.

Con un gruñido, Elsa metió los dos cuerpos en el ascensor y lo envió al último piso. Ella subió, de dos en dos, los escalones. Solo eran seis pisos y, cuando se asomó al último rellano, uno de los tipos que guardaban el acceso a su apartamento, estaba revisando el interior del ascensor.
―           ¡Joder! ¡Dillon y Burt están muertos! – exclamó el tipo, apuntando con su arma al interior de la cabina.
―           ¡Atranca la puerta del ascensor! – aulló el que estaba ante la puerta del apartamento.
Elsa se asomó al pasillo. El matón del ascensor era el más cercano. Chilló al verla, pero fue arrollado por las tres balas que se alojaron en su pecho. Elsa siguió disparando hacia el fondo del pasillo, hacia el otro tipo, pero éste se pegó a la pared y respondió al fuego. El silenciador no mejoraba su puntería, pero, aún así, Elsa creyó ver que le alcanzaba, pero el matón se metió rápidamente en su piso. Se deshizo de la Browning, descargada, y tomó el arma del tipo que había matado ante el ascensor. Era un revolver Smith & Wesson, calibre 38, como el que usa la policía. Elsa sonrió. No pensaba dejar vivo a ninguno de esos cabrones.
Su mente analítica le decía que en su piso solo había dos tipos, el que llevaba la voz cantante y el que había huido, ya que, de lo contrario, habrían salido refuerzos al sonido de los disparos. El problema era que no podía entrar disparando, Belle estaba dentro y seguramente sirviendo de escudo. Debía dejar que ellos creyesen que disponían de la ventaja, pero Elsa no tenía ningún chaleco antibalas esta vez. Podían meterle un cargador en el cuerpo y, entonces, todo se jodería…
¡Que importaba si conseguía salvar a Belle! La quemazón había vuelto a su sangre, con la matanza de anoche y el asalto a su despacho. Notaba como su antigua adicción se apoderaba de su mente. Quería sangre, necesitaba el peligro… y ahí estaba esperándola, en el interior de su apartamento. Lo demás daba igual, era secundario.
Su puerta estaba reforzada, nadie la iba a disparar a través de ella, así que giró el picaporte hasta abrirla. La necesitaba suelta para hacer su entrada. Tomó aire y se lanzó. Entró como un ariete, deslizándose de rodillas, con un arma en cada mano, buscando objetivos. No vio a nadie frente a ella, ni Belle, ni enemigos, pero no tuvo tiempo de nada más. Una mole cayó sobre ella, desde atrás. Se maldijo, por idiota. Ella también había caído en el truco de detrás de la puerta.
El encontronazo fue muy violento. El hombre era fuerte y pesado. Le arrancó las armas de las manos y rodaron, aferrados, alejándose de ellas. Apretó los dientes cuando recibió dos golpes seguidos en uno de sus pómulos, pero consiguió meter una rodilla entre las piernas de su atacante y giró la cintura para darle un codazo en la barbilla, al mismo tiempo que empujaba con la rodilla. Sorprendió al hombre, haciéndole retroceder. Éste sacó una navaja muy puntiaguda y estrecha, que se abrió con un chasquido.
¿Y su arma? ¿Dónde estaba? Era el matón del pasillo. No había vaciado el cargador, pues solo disparó tres o cuatro veces. ¿Le había dado el arma al otro? No lo pensó más. Tenía que deshacerse de él enseguida, ¡ya!
Se agazapó, sacando el cuchillo de comando de la bota. Pequeño, afilado por sus dos hojas, con entrada de aire en su parte central, y el mango compensado para lanzarlo. El tipo tragó saliva al ver con que familiaridad le hizo girar en su mano para empuñarlo con la hoja pegada a su antebrazo. Se miraron y tantearon algunos segundos, girando sobre ellos. Entonces el hombre lanzó un golpe al vientre de Elsa, pero no era más que una finta. Subió la hoja en vertical, con mucha rapidez, esperando atrapar uno de los brazos cuando ella los bajara para proteger su estómago.
Elsa no cayó en la treta. Domínguez, el compañero ecuatoriano que la entrenó en aquel manejo, creció en el peor barrio de Washington. Las peleas a navaja eran el pan de cada día y esa finta era bien conocida. Elsa desvió la cuchillada con el antebrazo y lanzó su mano armada. Estuvo a punto de cazarle. El matón comprendió que ella era más rápida y técnica que él, así que decidió jugárselo todo a su mayor corpulencia. Con un par de pasos, intentó acorralar a Elsa y, súbitamente, lanzó una mano que la aferró por el pelo. Elsa gimió y sufrió un fuerte tirón que dejó su garganta al descubierto. Sin embargo, cuando el matón subió su otra mano, la de la navaja, para cortarle el cuello, se encontró una hoja que la estaba esperando. El cuchillo quedó expuesto en diagonal, frente a su garganta, en décimas de segundos, y cortó tres dedos del hombre, simplemente con el propio impulso frenético del matón, que pensaba que ya era suya.

Ni siquiera se dio cuenta que ya no tenía dedos, ni navaja, por supuesto. El muñón de su mano alcanzó el cuello de Elsa, salpicándola de sangre. Por un momento, el sicario creyó que todo había acabado, que la había rajado, pero, con asombro y miedo, observó como la mujer sonreía y, entonces, sintió la cadena de bruscos pinchazos, muy rápidos. Uno, en la axila que tenía desprotegida, al tener el brazo alzado, aferrándole el cabello. Otro en el vientre, seguido de un tironazo. El tercero en la entrepierna, en la cara interna del muslo derecho.

En tres segundos fue como si su cuerpo se convirtiera en líquido. La sangre chorreaba en grandes cantidades, encharcando el suelo de madera. Por un momento, pensó en cómo era posible que… pero, enseguida vio una de sus tripas saliendo por el terrible tajo de su vientre y supo que estaba muerto, en pie.
Elsa le empujó, tirándole al suelo, y se giró. Alguien surgía del cuarto de baño. La detective se movió rauda haciala Beretta, aún sosteniendo el cuchillo en la mano.
―           ¡No te muevas! ¡Déjala en el suelo! – la advirtió una voz demasiado aguda para un hombre.
Elsa se quedó quieta, agazapada. Un hombre desnudo, de estatura mediana, mantenía alzada en vilo a Belle, también desnuda. El hombre sostenía una automática, la del hombre muerto, contra la sien de la chiquilla y se parapetaba muy bien con ella. La mano del arma estaba envuelta con una camisa blanca, las mangas atadas alrededor de la cabeza de Belle.
“¡Joder! ¡Se ha atado la mano a la cabeza de Belle! No apartará el cañón aunque le engañe. ¡Es listo, el cabrón!”, pensó Elsa.
―           ¿Quién eres? – le preguntó ella, tratando de ganar tiempo.
―           Tira el cuchillo contra la puerta. Clávalo.
―           ¿Tengo aspecto de artista de circo? – se burló ella.
―           La pistola que tengo contra su sien es una simple protección, pero puedo hacerle daño con una mano – dijo Mad Kiss, pellizcándole con fuerza un pezón a Belle.
Elsa respondió al quejido de la chiquilla. Se giró y lanzó con elegancia el cuchillo contra el panel de madera de la puerta de entrada. Clavó la punta, pero el panel no tenía suficiente grosor para soportar el peso y la vibración del arma, así que acabó cayendo al suelo, contra la puerta.
―           Bien, ahora, lentamente, empuja con el pie tanto el revolver comola Berettahacia mí.
Elsa le obedeció.
―           Eres Mad Kiss, ¿cierto?
―           Si, y tú Burke, según me han informado.
―           Así es.
―           Supongo que mis hombres están muertos o incapacitados.
―           Esta vez no hay supervivientes – dijo Elsa, con ferocidad.
―           Ya, es la guerra, ¿no?
―           Tú has empezado, cabrón.
―           Tsk, tsk… vamos, no hay necesidad de ser maleducados – se rió el hampón.
―           Ya… ¿y ahora qué?
―           En la cintura de ese, – dijo señalando con la barbilla al muerto – hay unas esposas. Cógelas y encadénate a la puerta del horno.
Elsa dudó. Si perdía su capacidad de movimiento, estaría muerta. Él lo sabía y ella también. Mad Kiss apoyó los pies de Belle en el suelo y pasó su mano libre de la axila al bajo vientre. El pellizco en su expuesto clítoris fue verdaderamente salvaje. Belle se retorció.
Maldiciendo, Elsa tomó las esposas y caminó hasta el horno. ¿Por qué he tenido que comprar un horno tan bueno? Era de acero inoxidable, resistente a unos cuantos buenos tirones. No podría liberarse así como así. Se puso en manos del destino al escuchar el clic de cierre de las esposas. El hombre pareció respirar, aliviado. Desató la camisa de la cabeza de Belle y la empujó hacia el sofá.
―           Verás. Has interrumpido la pequeña fiesta que teníamos organizada aquí, la nena y yo – bromeó Mad Kiss. – Es por eso que estamos desnudos. Como ya sabes, somos viejos conocidos.
Obligó a Belle a sentarse a su lado. Aunque estaba seguro y a salvo, seguía manteniendo el arma en su mano. Emitió una sibilante risita, como si se acordara de algo gracioso.
―           Verás, Burke, eres una tía muy dura. Yo diría que más que cuantos enemigos he tenido en mi vida. He enviado a todos mis hombres a por ti y, ahora, no tengo a quien llamar – se rió de nuevo. – Estoy sin refuerzos.
―           Me alegro.
―           Bah, los músculos son fáciles de reemplazar. Carne de cañón. Pero tú me has hecho daño con esa grabación. Creí que me había hecho con el original y que no habían hecho copias…
Elsa comprendió que Mad Kiss era el asesino de Tris Backwell.
―           Pero esa perra de Tris hizo una salvaguardia, ¿no?
Elsa no tuvo más remedio que asentir.
―           Se volvió codiciosa – alzó los hombros el hombre, acariciando con una mano, los esbeltos muslos de Belle. – No tenía suficiente con la generosa suma que se le pagó para entrar al servicio de Ava Miller y robar el DVD.
―           Ya se sabe de los pactos con el diablo… — masculló Elsa.
La risita de Mad Kiss estremeció a Belle. Seguidamente, soltó la pistola sobre la mesita auxiliar que tenía al lado, y tomó a la jovencita, colocándola sobre su regazo. Le pasó una mano por la vagina, pisándose la lengua con los dientes.
―           Jeje… aún está mojada, la muy guarrilla…
―           No… ya está bien… — protestó débilmente Belle.
―           Venga, putilla, que nos han cortado el rollo… ábrete de piernas, corazón. Que te la voy a meter lentamente…
―           ¡Déjala! ¡Te arrancaré la polla, hijo de puta! – exclamó Elsa, rabiosa.
―           No pienso acercarme a ti, Rambo… pero, de esta forma, puedes seguir viviendo un poco más… podemos charlar mientras me la follo – dijo, mientras su pene hacía varios conatos de penetración. Emitió de nuevo su desagradable risita.
Finalmente, hundió su miembro en la vagina de Belle, así como un dedo en su boca, convirtiendo su quejido en un murmullo.
―           Así… que coñito más calentito, Dios… supongo que tendrás preguntas que hacer, detective.
―           ¿Cómo es que el jefe de una banda organizada atiende los vicios de unas cuantas señoras pijas? – preguntó Elsa, tras meditarlo unos segundos.
―           ¡Oh, eso! Es solo un favor para mi socia… — dijo, agitando las caderas de Belle, la cual no dejaba de llorar y gimotear.
―           ¿Cuál de las tres?
―           Ninguna. Esas eran clientes de mi socia. Verás… es una mujer muy poderosa, pero muy, pero que muy, viciosa, ¿sabes? Pero debe tener mucho cuidado para no ser descubierta por su círculo social… muévete, putita… que no decaiga la fiesta – bromea. – Así que me ocupo de ciertos asuntos para ella, como ese del perro violador. Todo grabado y empaquetado para su disposición. Las ha tenido a su merced desde entonces…
―           ¿Las chantajea?
―           No, la grabación fue hecha de mutua acuerdo… más bien las utiliza. Se aprovecha de sus fetiches, de sus vicios inconfesables, para satisfacer los suyos propios. En este caso, llevó a esas tres mujeres hasta el extremo de entregarse en una orgía privada… en fin, causa y efecto, ya se sabe…
―           ¿Quién es?
―           Creí que lo sabrías ya…
―           ¿Lana Warner?
―           ¡Premio! – una nueva risita.

Belle ya no se quejaba. Se había quedado lacia, abrazada por el hombre; la cabeza y espalda, recostadas sobre el pecho masculino. Gemía muy bajito, al compás del suave ritmo que marcaba Mad Kiss. Su vagina enrojecida tragaba el miembro sin ningún esfuerzo, totalmente lubricada por la excitación. Elsa se preguntó el motivo, pero aún había muchas incógnitas, y, aunque le metiera dos tiros al final, ella quería saber; necesitaba saber.

―           Tris trabajaba para Lana Warner… ¿La envió ella a recuperar el DVD?
―           Exacto.
―           Pero… no comprendo… Si Warner había grabado esas escenas, ¿para qué quería el original? Tendría todas las copias que deseaba, a no ser que…
―           ¡Si! ¡Ella! – exclamó el hampón, señalando a Belle con el dedo.
―           ¡Por todos los demonios! ¿Quién es ella? – gritó Elsa.
―           Belle… soy Isabelle… — gimió la chiquilla, como recuperando la conciencia. – Lana es mi… madrastra…
Elsa se quedó con la boca abierta, atónita, mientras Mad Kiss se partía de la risa. Isabelle, la única hija de Jonathan Warner, el esposo multimillonario fallecido. ¡Era demencial! ¡Qué hacía con ella, en su casa? Y, sobre todo, ¿por qué?
―           Verás, esta es una historia que me ha divertido constantemente desde que Lana y yo nos asociásemos para asesinar a su marido – empezó a narrar Mad Kiss, girando a Belle para que quedara de cara a él. La chiquilla lloraba en silencio.
―           ¿Matasteis a papá? – inquirió débilmente, sin levantar la mirada.
―           Si, nena. Tu papaíto era un hueso demasiado duro para Lana. La ayudé a quitarlo de en medio, en un aparatoso accidente automovilístico. Después, seguimos siendo socios. Ella necesitaba alguien que se ensuciara las manos, y ella disponía no solo de dinero, sino de empresas en las que podía lavar el mío. Todos felices – sonrió, mostrando los dientes dorados, repartidos como un damero extraño.
Belle subió las manos y se abrazó al cuello del hampón, sorprendiendo a Elsa. Tenía los ojos cerrados y sus labios parecían murmurar algo. Estaba gozando. Elsa lo supo sin duda alguna. De hecho, sus caderas empezaron a rotar descaradamente, buscando más contacto con su amante.
―           Aaaah… putilla… siento como te corres… me vas a… hacer… acabaaaar… ¡Joder! ¡Que buenoooooo!
Mad Kiss se tensó, corriéndose en el interior de la jovencita, apretándole las nalgas con los dedos, y, finalmente, mordiendo sus labios. Estuvieron así abrazados casi un minuto. Al cabo de ese tiempo, Mad Kiss se movió y la empujó, casi con desdén, al otro extremo del sofá.
―           Aparta, putita… tengo asuntos que terminar… — y atrapó la pistola con una mano.
Se puso en pie y, desnudo, aún goteando semen, se plantó a cinco pasos de Elsa. Ladeó la cabeza, mirándola en una especie de pose cínica.
―           ¿Hay más preguntas?
―           Si, algunas. ¿Puedo hacerlas?
―           Está bien. No tengo prisa.
―           Así que Lana quería recuperar el DVD original porque en él sale Belle, su hijastra.
―           Ajá.
―           ¿Por qué sale en él? ¿Por qué la entregó a esas mujeres?
―           Verás, todo es por el testamento, ¿sabes? Cuando nos cargamos al millonetis, Lana creía que la herencia se repartiría con la aún niña, pero Jonathan había cambiado su última voluntad, días antes. Todo, y digo TODO, pasaría a las manos de Isabelle cuando cumpliera los veinticinco años. Mientras tanto, Lana actuaría de albacea y tutora, al menos hasta que Isabelle llegara a la mayoría de edad. Ni siquiera podía tocar a su hijastra, pues en caso de que muriera, toda la fortuna se repartiría entre distintas ONGs.
Elsa sonrió. La bruja había sido engañada. Mad Kiss la miró con detenimiento. Una mujer como ella le vendría de maravillas para reorganizar su banda. Lástima que no pudiera fiarse de ella.
―           Pero había otra salida, o eso cree Lana. Controlar a Isabelle, esclavizarla, someterla totalmente… y, de esa manera, controlar la fortuna ella sola, para toda la vida. Así que desde que la chiquilla cumplió quince años, la ha estado… educando, diría yo…
―           Cabrones.
―           Oh, no te creas que lo ha pasado mal. Bueno, a veces si, pero, normalmente, Isabelle disfruta mucho con los juegos especiales de su madrastra. Duerme con ella, en la misma cama, anda casi todo el día desnuda por la mansión, a las órdenes del servicio. La ha entregado a muchas de sus amistades, e incluso a mí… La experiencia con el perrito fue un castigo por rebelarse. Me ordenó entregarles a la niña, como si fuera otra víctima más, solo que, al final, no debía deshacerme de ella, sino llevarla de vuelta a casa.
―           Pero algo se complicó, ¿no? – dijo Elsa, uniendo más las piezas del puzzle.
―           Así es. Llegó la presentación de Isabelle en sociedad, y dos de esas señoras fueron invitadas, quizás por un olvido de Lana. Ava Miller quedó muy impresionada por la belleza de Isabelle y se interesó demasiado. Lana no podía dejar que recordara a la chiquilla del perro y comprobara que se trataba de la misma.
―           Comprendo. Si se descubría, Lana no podría demostrar que la posible enajenación de Belle fuera natural.
―           Veo que has comprendido.
―           Envió a Tris a recuperar la prueba, pero la doncella tenía sus propios planes y sacó la copia, que acabó en mis manos. Usaste el 4×4 de Lana para tirar el cuerpo en una vieja mina.
Mad Kiss no respondió, pero sonreía, ufano.
―           El taller de cerámica, en el antiguo colegio de Belle…
―           Lo organicé para sacar a la niña de allí. Isabelle tenía que desaparecer en la escuela y no en la mansión. Me hice pasar por el camionero que trajo los bloques de arcilla para moldear, y, cuando suspendí el taller, me los llevé de nuevo, con Belle inconsciente en el interior de uno.
―           Vaya. Debo reconocer que es una buena pantalla. Había algo sospechoso en todo ello, pero nunca me imaginé algo así – dijo Elsa.
“Si tan solo se acercara un par de pasos más.”, pensó, pero Mad Kiss parecía tener mucho cuidado de no dar esos pasos.
―           Si la señora Warner tenía a Belle tan controlada, ¿cómo es que se ha escapado y ha pasado tantos días conmigo? – eso era lo último que aún molestaba a Elsa.
―           No lo sé. Lana me llamó, pidiéndome que la buscara y que la llevara de vuelta. Pero no aparecía por ningún lado. Isabelle no conoce a nadie fuera del servicio de la mansión. Así que me dije que tenía que estar con alguien que hubiera visto allí, en las últimas cuarenta y ocho horas…
―           Y solo estaba yo.

―           Así es. No nos costó mucho descubrir dónde trabajabas y dónde vivías, pero, a medida que te investigábamos, comprobamos los diferentes y poderosos contactos que tienes. No era cosa de entrar a lo bestia en tu vida.

―           Así que me preparasteis la trampa de Barrow.
―           Que en paz descanse – rió Mad Kiss.
―           Creo que te estará esperando con impaciencia, Mad Kiss – dijo Elsa, sonriendo de una forma que puso muy nervioso al hampón.
Intuyó que había alguien detrás de él y quiso girarse. No tuvo tiempo. El bate de béisbol cayó con fuerza en su nuca, tirándole al suelo. La pistola se escapó de la mano. El apartamento dio un par de vueltas ante sus ojos. Giró, quedando boca arriba. Como si tuviera un velo que enturbiara su visión, contempló a Isabelle levantar el bate por encima de la cabeza. Su rostro estaba contraído en una fea mueca de ira.
“¿De dónde ha salido ese puto bate?”, pensó antes de que se abatiera de nuevo, sobre su cara.
Belle le dio otro par de secos porrazos antes de responder a lo que Elsa le gritaba.
―           ¡Déjalo, Belle! ¡No le mates! ¡No le mates!
―           ¿Por qué no? ¡Él mató a mi padre! – jadeó ella, bate alzado.
―           Porque muerto no nos sirve. Alguien tiene que declarar contra tu madrastra… Tenemos que revelar cuanto ha ocurrido, Belle. Respira, serénate… vamos, cariño…
Belle bajó el bate de béisbol y respiro profundamente.
―           Eso es… tranquila… ahora, registra a ese otro y busca las llaves de las esposas.
Belle se bajó del taxi, a la puerta de la mansión Warner, profusamente iluminada por las numerosas farolas y los focos de la imponente fachada. Ruth bajó las escaleras para atenderla. Con un murmullo y la mirada baja, Belle le pidió que se ocupara de pagar al taxista. Entró en la mansión. Una madura criada le cortó el paso y le dijo que la señora estaba en el despacho de la biblioteca, su santa sanctórum. Belle asintió y se dirigió hacia allí.
Su madrastra Lana estaba aún más bella de lo que recordaba, aunque solo hacía un par de semanas que no la veía. Ese vestido que se amoldaba a su cuerpo como un traje de neopreno, ese cabello súper cuidado, y esos labios rojos que despertaban el apetito de cualquiera, fuera hombre o mujer.
―           ¡Isabelle! – exclamó la mujer, levantándose del escritorio y corriendo hacia ella.
La abrazó efusivamente, tanto que Belle se tuvo que preguntar si no estaría equivocada. Le llenó las mejillas de besos, hasta que, finalmente, le metió dulcemente la lengua en la boca. Belle se dejó llevar y succionó suavemente el apéndice.
―           Oh, pequeña… ¡Te he echado muchísimo de menos! ¡No vuelvas a hacerme eso! ¡Escaparte así…! – la regañó, pero sin severidad.
―           He estado con una amiga. Me ha cuidado muy bien – se encogió de hombros Belle, apoyando su trasero contra el escritorio.
―           ¿Esa detective? – su tono tenía un inquisitorio deje despectivo.
―           Me ha dado tanto cariño como tú, Lana.
―           Oh… ¿Quieres decir que…? – abrió los bellos ojos la viuda.
Belle asintió y se dirigió a la gran ventana. Contempló el amplio sendero pavimentado de losas que subía desde la carretera, iluminado por farolas enanas, de estilo victoriano. Parecían una procesión de religiosos cabezones, lo que siempre había hecho reír a Belle.
―           ¿Por qué te fuiste, querida?
―           Quería salir de aquí. ¡Nunca salgo! ¡He acabado la secundaria! ¡Quiero ir a la universidad!
―           Está bien, Isabelle. Mañana mismo hablaré con el rector de Stanford, o si quieres salir de California, con mi amiga Charlotte, en Harvard.
―           ¿De verdad, Lana? ¿Harías eso por mí? – se giró la joven, dando la espalda al ventanal.
―           Por supuesto. Puedes hacer lo que tú quieras.
―           Oh, Lana… perdóname… te he echado de menos estas noches – confiesa Belle, abriendo sus brazos y haciendo un puchero.
Lana se dirigió hacia ella, dispuesta para un abrazo. A medida que acercaba sus pasos a la ventana, notó que la sonrisa de Belle se convertía en una mueca y que sus ojos se clavaban en su pecho. Detuvo sus pasos y pensó que podía tener una mancha en su blusa. Efectivamente, cuando miró hacia abajo, observó una especie de lucecita roja que parecía bailotear sobre ella, como un insecto.
No escuchó romperse el vidrio de la ventana, ni sintió el fuerte impacto de la bala, atravesándola. Solo percibió la expresión de triunfo en el aquel bello rostro que había esclavizado durante más de tres años.
―           Al infierno, perra… — musitó Belle, cuando la vio caer hacia atrás, empujada por la bala de grueso calibre como un pelele.
Seguidamente, se puso a gritar y llorar histéricamente, de una forma magistral, hasta que empezaron a llegar criados.
Mientras tanto, cerca del muro norte de la gran finca, Elsa levantaba la rodilla del suelo, tras realizar un magnífico disparo con un M40 requisado en el Golfo Pérsico. A su lado, Mad Kiss, vestido con su traje blanco, estaba de bruces, respirando fatigosamente. No había despertado desde que Belle le machacó la cabeza. Elsa pronosticaba que tenía una severa conmoción, pero a ella le había venido realmente bien. Le puso las manos en el rifle. Un par de veces en el cañón, en el cerrojo, y en la culata, así como el dedo en el gatillo. Elsa llevaba guantes de vinilo para esa ocasión. Puso una rodilla sobre la espalda del hombre tumbado y aferró, con una mano, la barbilla. Un movimiento en seco y Elsa le partió el cuello, sin ningún remordimiento.
Dejó al hombre tirado, tal y como estaba, y retrocedió pisando con cuidado. No calzaba sus botas de costumbre, sino unas livianas zapatillas planas, como las de las bailarinas. Pisando tal y como lo hacía, no dejaba apenas huellas en la rala hierba. Cien metros más atrás, al borde de la carretera de acceso, había dejado un viejo 4×4 Land Rover azul. Miró hacia donde estaba el hampón inconsciente y sonrió. Cuando llegó allí, un par de horas antes, metió sus pies, con zapatillas y todo, dentro de los zapatos de Mad Kiss, y le había llevado, cargado sobre sus hombros, desde el coche hasta el sitio donde se encontraba. Las únicas huellas que encontrarían, serían las de sus zapatos, con una profundidad adecuada a su peso. No era el primer escenario “arreglado” que Elsa organizaba. Aún recordaba aquella misión en Egipto…
Se subió al coche, arrancó, e, inspirando profundamente, condujo a toda velocidad hacia el hampón. A dos metros de él, frenó a fondo, haciendo patinar el vehículo. Escuchó como el rifle salía disparado. Tiró del freno de mano y abrió la puerta. Se inclinó hasta que su cabeza pudo vislumbrar por debajo de la puerta. Bien, el cuerpo de Mad Kiss estaba bajo las ruedas.
Se bajó, buscó el pulso del hombre y comprobó que estaba muerto. Miró donde había caído el rifle. Perfecto. Revisó los últimos detalles y, con una sonrisa, llamó a la policía.
Elsa se sentía en el paraíso, tumbada en aquella cómoda hamaca, tomando el sol en topless, sabiendo que nadie la molestaría, y, además, viendo aquella diosa surgir del agua. Belle subía los amplios escalones de la grandiosa piscina de su mansión, con parsimonia, moviendo bien las caderas, sabiendo que su amante la contemplaba.
Estaba totalmente desnuda, tal y como quiso siempre bañarse y nunca pudo. Escurrió su melena y se acercó a Elsa, sonriéndole. Ésta se sentó en la hamaca y atrapó las mojadas piernas de la joven, la cual se inclinó para besar los apetitosos labios de la detective.
―           ¿Estás bien? – preguntó Belle.
―           Divinamente.
―           Creí que no te gustaban estos lujos – ironizó la joven.
―           Estando sola, no, pero contigo…
―           Ya veo – contestó Belle, subiéndose a horcajadas sobre los macizos muslos de Elsa.
―           ¿Piensas pasearte desnuda ante el servicio?
―           Han estado años viéndome desnuda y esclavizada. Ahora me verán por mi propia voluntad.
―           ¿Por qué no los has despedido?
―           Porque saben guardar secretos. Han demostrado ser fieles, a su manera. Además, les tengo a todos controlados. Han tenido que firmar un contrato de confidencialidad que los ha convertido en mis sirvientes para el resto de su existencia.
―           Que mala eres, nena – rió Elsa.
―           Bueno, es lo que la mayoría quería. Un puesto de trabajo de por vida, jajaja…
Belle quedó seria, de repente. Acarició la mejilla de Elsa, mirándola a los ojos.
―           Elsa, siento mucho lo de Johanna. No sabes lo que daría para que estuviera ahora mismo con nosotras.
―           Lo sé, peque. Fue víctima del daño colateral – dijo Elsa, recordando el sentido funeral, cinco días atrás. – Pero lo pagaron caro…
―           ¿Qué pasa con la policía y todos los cadáveres que sacaron de tu despacho y del ático?

―           O’Hara se ocupa de ello. Tendré que volver a declarar, tras las comprobaciones, pero no creo que haya demasiados problemas, dado lo que les hemos contado.

―           ¡Joder! ¡Dí que si! No había llorado tanto nunca… — exclamó Belle.
―           Lo haces muy bien, nena, muy natural – le hizo cosquillas Elsa.
―           Si, es una buena historia. La heredera desaparecida, supuestamente secuestrada por una banda. La detective que la rescata. Duras represalias de los bandidos, que acaba con una civil inocente, y, para finalizar, el jefe de la banda que dispara con un rifle de francotirador y mata a la señora… muy triste – relata Belle, agitando un dedito.
―           No olvides la intervención de la leal detective que, al alejarse de la mansión, ve al asesino e intenta detenerle, atropellándole con el coche. Una lástima…
―           Si, sobre todo cuando la policía encontró una fotografía mía en el bolsillo del muerto. Sin duda, usada para reconocer su objetivo – sonrió Belle.
―           Los investigadores de la policía están atando cabos rápidamente. Ha sido mejor que acusar a Lana. Por otra parte, no hubiéramos podido demostrar nada sin contar con el testimonio de Mad Kiss. De esta manera, no encontraran pruebas definitivas sobre la inculpación de Lana, pero serán suficientes para que cierren el caso, ya que no queda nadie a quien inculpar. Es lo que nos interesa, Belle, que nos dejen tranquilas, de una vez.
―           Si, tranquilas para amarnos, para disponer de nuestras vidas, amor mío. Tuviste una gran idea al usar a Mad Kiss.
―           Era para lo único que podía servir, después de machacarle la cabeza con ese bate.
―           Uuy, y porque no pude abrir tu armario blindado, que sino…
Las dos rieron, abrazándose. Elsa se puso en pie, levantando a la chiquilla en brazos, y la llevó hasta la piscina, en donde se dejaron caer, entre risas.
EPÍLOGO.
Ava Miller intentó forcejear, tumbada sobre el hombro de aquella mujer toda vestida de vinilo negro, pero le resultó imposible. La aferraba como si fuera una simple muñeca, con tal fuerza que solo podía menear las caderas. Sus manos y tobillos estaban atados y unidos entre sí por una cuerda, casi como un becerro en un rodeo.
Ava estaba desnuda y llevaba puesta una mordaza de bola. Apenas podía farfullar y la boca se le llenaba de babas. Su portadora bajó unas escaleras de cemento ajado y llegó ante una puerta de metal oxidado. No podía verle la cara, oculta bajo una máscara de cuero, con grandes gafas de trabajo sobre los ojos. Tenía los ojos oscuros y grandes…
Cuando la puerta se abrió, Ava intentó gritar, pero solo surgió un lastimero quejido de su boca. Conocía ese sótano acolchado. No había olvidado el característico olor que impregnaba el blando tejido. Olía a orines y sangre. Sabía que gritar no servía de nada. Estaba completamente aislado e insonorizado. Nadie la iba a oír, nadie la iba a encontrar.
Lloró desconsoladamente, sabiendo que era su fin. La mujer la llevó hasta el centro y la dejó caer, como un saco de patatas. Después, agachándose, desató la cuerda que unía sus tobillos con sus muñecas y le soltó también las piernas, pero no las manos. Tras esto, le quitó la mordaza.
―           Por favor… por favor… no lo haga – suplicó al poder hablar. – Le pagaré… le daré lo que quiera…
―           Solo quiero esto, lo que te va a suceder en unos minutos – contestó la mujer enmascarada, muy serenamente. Su voz sonaba hueca, como si surgiera de una lata.
―           ¡No puedes ignorarme! ¡Te pagaré un millón de dólares! ¡Tengo mucho dinero! – gritó desesperada.
La puerta volvió a abrirse. Otra encapuchada, con un traje de tupida rejilla, oscuro y sensual, entró, aferrando la correa de un gran dogo.
―           ¡NOOOO! – chilló Ava Miller, comprendiendo lo que le esperaba.
La recién llegada, más esbelta que la mujer que aún se mantenía sobre ella, se acercó, dejando que el perro husmeara bien a Ava.
―           ¡Nooooo! ¡Quitádmelo de encimaaaa!

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