El caso del perro violador. Capítulo 5.
 Nota de la autora: Gracias por vuestros comentarios y opiniones. Pueden escribir, si lo desean, a mi Correo: janis.estigma@hotmail.es

Elsa despertó al alba, como si tuviera un cronómetro en el cerebro. Nunca le había hecho falta un despertador, por muy cansada que se acostara. Se levantó con cuidado, para no despertar a Belle, que dormía abierta y desnuda, ocupando casi toda la cama. Conectó la cafetera y se estirazó, antes de abrir su portátil. Tenía dos correos, seguramente enviados de madrugada.

El primero era del Barón, el hacker chino. Al parecer había seguido el rastro de la Dekstron Inc., que solo era un grupo inversor de simple fachada, controlado y creado, a su vez, por otra corporación más poderosa, Nadox. Lo curioso es que esta gran compañía farmacéutica era propiedad de la familia Warner.
Elsa se quedó pensativa. ¿Otra coincidencia? Lana Warner volvía a aparecer en sus ecuaciones, de forma siempre difusa.
El segundo correo era del teniente O’Hara, referente a la información requerida sobre Madkiss. Se trataba de la copia de una ficha policial, perteneciente a Stephan Danos, alias Mad Kiss. Elsa la leyó con rapidez. Sujeto de cuarenta y dos años, de origen griego, uno de los cabecillas del hampa local. Estaba fichado por robo, a temprana edad, después nada. El informe policial le relacionaba con diversos delitos, pero solo conjeturas. No había pruebas, ni testigos. Mad Kiss se ha labrado una siniestra fama, debido a su sadismo y crueldad.
“Ya sé quien es el hombre de los dientes de oro. Ahora, tengo que pescarlo”, pensó Elsa.
Las manos de Belle la abrazaron desde atrás, pegando su cálida mejilla a su desnuda espalda.
―           Buenos días, Belle – dijo Elsa, acariciando las manos que abarcaban su duro vientre.
―           Buenos días – contestó, antes de besar su cuello.
―           ¿Café?
―           No me gusta… prefiero unos besos – murmuró la jovencita, sus labios recorriendo la piel de su cuello, buscando su boca.
Elsa giró su rostro buscando devorar aquellos labios que la enloquecían, que la hacía perder toda su objetividad. Una mano de Belle bajó lentamente hasta su vagina, recorriendo su desnudo pubis, procurándole un delicioso hormigueo. Se le escapó un gemido al sentir un dulce pellizco en el clítoris. En respuesta, succionó la lengua que se colaba en su boca.
―           Me encanta tu sabor – murmuró Belle, contra su boca.
―           No me has dejado lavarme los dientes, zorrilla – sonrió la detective.
―           Por eso mismo lo decía – se rió la rubita.
―           Debo ir a la oficina. No tenemos tiempo de esto.
―           Lástima – suspiro Belle. – Me levanto siempre juguetona…
―           Pues, entonces, ¡a la ducha! – exclamó Elsa, dándole un cachete en las nalgas.
Belle dio un gritito y corrió al cuarto de baño, con Elsa persiguiéndola.

Cuando Elsa llegó a su oficina, Johanna estaba entreteniendo a un par de clientes, sirviéndoles café. El primero se trataba de un hombre obeso, de tímidas maneras, que recibió en su despacho inmediatamente. El negocio funcionaba así; había días que no aparecía un alma y otros en que se le formaba cola. El cliente le presentó un caso de posible adulterio, fácil y manejable, justo lo que necesitaba para su fondo de estabilidad. El siguiente cliente, también un hombre, pero mucho más viejo, traía un curioso encargo: debía investigar a sus nietos. Al parecer, disponía de cierta fortuna personal, que deseaba legar directamente a uno de sus nietos, pero debía asegurarse cual de sus cuatro descendientes sería merecedor de tal atención.

Elsa le pidió un cierto margen de tiempo para hacer un seguimiento eficaz. Trabajos sencillos y rutinarios que pagaban las facturas.
Bajó al Kat’s Corner a desayunar, como hacía siempre, y, justo cuando regresaba, sonó su móvil.
―           Burke… — contestó.
―           Soy Barrow – Elsa reconoció la voz ligeramente nasal de su informador. — ¿Sigues interesada en el tema de Tris Backwell?
―           Si. ¿Qué tienes?
―           Hay un guardamuebles a su nombre, en el muelle 21 del puente Henry Ford, en la orilla norte. Nave 52, departamento 11. Te llamo porque han intentado forzarlo esta noche. Fueron sorprendidos por la patrulla del puerto y se dieron a la fuga.
―           Gracias, Barrow – dijo Elsa, tomando nota de las señas en una pequeña libreta que siempre llevaba en el bolsillo. – Ponlo en la cuenta.
―           OK., así lo haré, descuida. Dale recuerdos a Johanna…
Elsa se envaró. Barrow no debería saber que Johanna existiese, ni, aún sabiéndolo, nunca se despediría así. ¡Era una señal!
―           Vale, se los daré. Adiós.
¿Alguien estaba obligando a Barrow? ¿Los datos eran fiables? Su instinto le decía que se trataba de una trampa, pero, por otra parte, podía significar una buena posibilidad de llegar más lejos en el caso. Si le estaban tendiendo una trampa es que había agitado lo suficiente el avispero como para cabrear a quien fuera. ¿Debía seguir golpeando?
Tenía que reconocer que se trataba de una buena estratagema, sutil, capaz de hacerla picar si Barrow no la hubiera advertido. No se le indicaba una hora, ni siquiera un momento determinado del día o de la noche. Eso significaba que quien la esperara estaría apostado allí el tiempo que fuera necesario. Ese detalle hablaba de dinero y poder.
En ese mismo momento, se decidió a echar una ojeada. Una sonrisa curvó sus gruesos labios. Esperaban a un detective, un sabueso de ciudad, quizás incluso sabían que era mujer, y eso jugaría a su ventaja. Esta noche, quien se presentara en el muelle, iba a ser una sombra letal…
Elsa permanecía tumbada sobre uno de los enormes contenedores que formaban el laberinto del muelle 21. En sus manos, sostenía un visor térmico con el que barría la zona. Llevaba la cara tiznada, guantes de cuero, con los dedos cortados, y sus ropas oscuras la mimetizaban en la noche. Su largo cabello estaba recogido en una cola que llevaba atrapada bajo el chaleco antibalas.
Había entrado al atardecer en el puerto de San Pedro, llevando una furgoneta con rótulo de una empresa de embalajes. La había dejado en un aparcamiento del muelle 20 y se había desplazado a pie, vistiendo un mono de trabajo, hasta el lugar donde se encontraba. Llevaba el material necesario en una bolsa de lona, que utilizó en cuanto el sol se pudo. Desde entonces, había estado vigilando la zona de los guardamuebles.
Localizar a los tipos apostados no le costó demasiado, sobre todo usando el visor térmico. Había seis fuera, repartidos por parejas, controlando los accesos, y dentro de la nave había otros, pero no sabía cuántos. Una trampa bien jodida. Tenía que haber mosqueado mucho a alguien, para que le organizaran una bienvenida así. El hecho es que no estaba segura si toda la información era fiable. ¿El departamento 11 pertenecía a Tris o era parte del montaje? Podía ser un buen escondite para el DVD original. Tendría que arriesgarse.
Su propia estrategia estaba grabada en su mente. Primero, la pareja que controlaba el puente, y así asegurarse otra vía de escape. No eran soldados, no estaban entrenados. Uno estaba fumando, apoyado contra la trasera de un 4×4 rojo y negro. El otro estaba sentado al volante. Elsa surgió de las sombras, enarbolando el táser de contacto. En un segundo, once mil voltios recorrieron el cuerpo del fumador. Elsa le dejó en el suelo, con cuidado, y pasó unas cinchas de plástico alrededor de sus muñecas y tobillos.
Palmeó el costado del vehículo, llamando la atención del conductor, que se asomó.
―           ¿Qué pasa, Frank?

Otras dos palmadas, más fuertes. El hombre, rezongando, se bajó y rodeó el coche, solo para encontrarse con un puño americano que subió raudo a su encuentro. La manopla de acero golpeó un par de veces, con precisión. El tipo se derrumbó, la mandíbula fracturada. Quedó maniatado rápidamente, como su compañero.

Segundo, el francotirador del tejado del edificio de oficinas portuarias. Desde su situación actual, podía acercarse a la espalda del tipo apostado, otro de los motivos por el que deshacerse primero de los hombres que controlaban el puente. Para cuando llegó a la espalda del tirador, el táser ya se había recargado de nuevo.
Ahora, la cosa se complicaba un poco más. Había tres sujetos apostados en la nave anterior, la 51, preparados para que, en caso de que llegara hasta allí, cerrarle la salida una vez entrara en la nave 52. Las naves eran rectangulares, como hangares, divididas en pequeños almacenes que disponen, cada uno de ellos, de una gran puerta con persiana, como la de un garaje, para cargar y descargar desde el exterior. En el interior de la nave, se abría un amplio pasillo central, en el que se ubicaban las puertas individuales de cada guardamuebles, más pequeñas. Alguien se había tomado muchas molestias para que no saliera viva de allí. Incluso podían haberla investigado, averiguando que fue soldado… Claro que no podían saber qué clase de soldado fue, ni a qué se dedicaba. Su ficha, como las de sus compañeros de brigada, fue borrada en su día. Elsa no quería matar a nadie, pero se lo estaban poniendo difícil.
Se movió aprovechando las sombras, hasta poder ver la trasera de la nave, que quedaba fuera de los focos salpicados que iluminaban pobremente la zona. Usando el visor, situó los tres hombres. Dos de ellos estaban apostados en las esquinas de la nave. El tercero sentado en el centro sobre el muelle de carga, fumando un cigarrillo, cuya brasa destacaba poderosamente en la imagen verdosa del visor.
La suerte le echó una mano. El hombre que vigilaba la esquina más cercana a ella, se movió y se apartó de sus compañeros, pegándose de cara al muro lateral. Elsa escuchó el chorro de orina. Se puso en movimiento, aprovechando la oportunidad, sin ni siquiera pensarlo. Tomó al hombre por el cuello, golpeándole la frente contra el cemento, y aplicándole el aparato eléctrico en la espalda. El táser quedó completamente descargado. Lo guardó en uno de los bolsillos de su chaleco, y sacó otras dos bridas. El tipo, como los demás, iba armado con una Ingram con silenciador. No estaban de picnic, no.
―           Eh, Max, ¿qué estás meando? – se escuchó, en un siseo. — ¡Vuelve ya!
Elsa dobló la esquina del edificio, aprovechando que las sombras ocultaban bastante su cuerpo, y levantó una mano, como tranquilizando a su compañero. Siguió andando hacia él, como si tuviera que decirle algo. Cuando el hombre empezó a darse cuenta que aquella silueta no pertenecía a su compañero, ya fue tarde para los dos.
Elsa los tenía en el punto de mira del Heckler & Koch alemán que portaba. El H&K G36 portaba silenciador y bocacha apaga llamas. Ni hizo ruido ni se delató. Los dos hombres se derrumbaron fulminados, muertos por las dos balas que encajaron cada uno.
Arrastró los cuerpos hasta dejarlos bien ocultos entre las sombras, y calmó sus nervios, de cuclillas, mirando la entrada de la nave 52. Su mente volaba fuera de allí, recordando las súplicas de Belle cuando supo que iba a acudir a la cita. Estaba muy asustada por ella. Intentó tranquilizarla y le enseñó donde guardaba su arsenal en casa, en el armarito blindado del gran armario empotrado. Intentó hacerle comprender, entre besos y muestras de equipo, que ya había hecho eso antes, que no le pasaría nada… pero Belle no dejaba de llorar. Al final, le entregó un móvil de prepago, irrastreable, con dos números ya fijos. El suyo propio y el de O’Hara. Le dejó encargado que si no la había llamado para las doce de la noche, que llamara a su ex compañero y le dijera dónde estaba.
Elsa se obligó a dejar de pensar en la chiquilla. Estaba en medio de un fregado y necesitaba todos sus instintos en ello. Se enfrentaba a lo más complicado. No sabía cuantos hombres había en el interior del guardamuebles, pero, sin duda, no menos de tres. ¿Era necesario entrar hasta allí? Si, lo era. Era como si la estuviera esperando su premio, por lo bien que lo estaba haciendo.

Se mordió el labio. No podía caer en la tentación de la adrenalina. No estaba compitiendo. Esa noche, había vuelto a matar… tan fácilmente como siempre, sin ningún remordimiento. Tenía que aprovechar la ventaja que tenía: la sorpresa. Nadie sabía que estaba allí, tan cerca…

El departamento 11 quedaba en el lateral derecho, según se encontraba la detective. Suponía que habría alguien dentro, esperándola. Al menos, ella lo hubiera hecho así. Un par de hombres dentro, para acabar con ella si llegaba tan lejos, y otro quizás en el pasillo central. Cada vez estaba más segura de que el que había montado esa trampa conocía su pasado. ¿Estaría aún vivo Barrow? El traficante sabía cosas sobre ellas, no todas, pero si suficientes. Ya se ocuparía de eso en su momento.
Se desplazó hasta la puerta de acceso de la nave vecina, corriendo agazapada. Probó el picaporte. Cerrada, como no. Sacó un juego de ganzúas de uno de los bolsillos más pequeños del chaleco. Escogió las apropiadas y, con un par de giros de muñeca y un hábil tanteo, abrió la cerradura.
Guardó las ganzúas y, con las manos en el gatillo de su G36, tiró de la puerta de metal, muy lentamente, arriesgando una mirada. Escuchó el repiqueteo de las balas contra el metal, y el impacto contra su pecho la lanzó hacia atrás, aturdida. La puerta se abrió del todo, de un golpe, y un hombre armado apareció en el quicio, dispuesto a rematarla.
Elsa se quedó muy quieta. Su subfusil había caído algo más allá y no podría atraparlo a tiempo. La ráfaga la había alcanzado al abrir la puerta, rebotando contra la puerta de hierro. Sabía que la habían alcanzado, pero no disponía de ocasión para examinarse. El pecho y el costado le dolían, y sentía humedad. Mala señal.
El hombre se acercó, arma en ristre, y se acuclilló a su lado, para comprobar sus latidos. Elsa llevó, muy lentamente, sus dedos hasta la caña de su bota derecha, y empuñó el mango de su cuchillo de comando. Esperó hasta sentir los dedos del hombre en su cuello para asir fuertemente el corto cañón dela Ingramy, al mismo tiempo, lanzar su talón izquierdo contra los pies del hombre.
El primer impulso de este fue apretar el gatillo. La ráfaga picoteó el cemento del suelo, al lado de la cabeza de Elsa. El brusco movimiento de su mano apartó lo suficiente el arma como para que los rebotes no le perjudicaran. Era un movimiento ensayado mil veces en el pasado. Aparta el arma, haz perder el equilibrio del enemigo y clava el cuchillo. La hoja subió hasta la garganta del hombre como una centella. Una vez clavado en un lateral, Elsa, conun gruñido, torció la muñeca, realizando un corte largo, que seccionó yugular y carótida. El chorro de sangre cayó sobre ella, y su víctima se arrugó hasta el suelo, como un pellejo vacío.
La detective recogió su arma y se puso en pie, comprobando que la zona estaba tranquila. Guardó el cuchillo. Había tenido suerte. El tipo era un novato. Se pegó a la pared y comprobó su chaleco. Había detenido las dos balas, aunque los hematomas le durarían un par de semanas. Tenía un rasponazo profundo en el brazo, fruto de un rebote. Esa era la humedad que había sentido antes, la sangre resbalando. No sabía si tenía la esquirla dentro… Sacó un pequeño rollo de cinta aislante negra y lío la herida, sellándola con cinta y con la tela. Aguantaría por el momento.
Adiós a la sorpresa.La Ingramno había hecho apenas ruido, pero el repiqueteo de las balas se había oído en metros a la redonda. Había que terminar la misión… ¡Dios! Ya estaba desvariando. ¡No había ninguna misión! Estaba en suelo americano y ya no era una incursora. Penetró en el pasillo, cañón alzado y palanca en “ráfaga abierta”. No había nadie más.
Se detuvo ante la puerta marcada con un “11”. Extrajo dos granadas “fumigantes” de la parte de atrás de su cinturón. Eran granadas que ocasionaban un gran estallido de luz, impidiendo que los defensores pudieran ver con claridad. Así mismo, liberaba una densa humareda que cubría el avance del atacante.
Apoyó la espalda contra la pared y probó la puerta. Esta vez no estaba cerrada. Con una profunda inspiración, la abrió y arrojó las granadas al interior, en direcciones opuestas. Dos fuertes zumbidos se escucharon y, en la pared de enfrente, en el pasillo, dos fuertes relampagazos lumínicos se reflejaron. Elsa tuvo buen cuidado de apartar la mirada y se lanzó al interior. Alguien empezó a disparar y a maldecir. Arrodillada en el suelo, Elsa advirtió los fogonazos y disparó una ráfaga hacia ellos.
Inmediatamente, se lanzó a un lado, entre un montón de cajas de cartón, al parecer llenas de juguetes y ropas. Los disparos habían cesado, pero escuchaba a alguien toser entre el humo. Ella también estaba empezando a afectarse. Tenía que acabar rápidamente con el asunto.

Alargó una mano y aferró una pelota de goma, mediana. La arrojó con fuerza hacia el muro, a su izquierda. En cuanto la pelota golpeó el cemento, una silueta se levantó desde detrás de lo que parecía un largo baúl y disparó largamente, entre jadeos. Elsa no desperdició munición, pues le veía perfectamente. Un par de balas a la cabeza le derribaron.

En ese instante, la persiana metálica de la puerta exterior comenzó a elevarse, con un ruido chirriante.
“¡Otro más! ¡Intenta escapar!”, pensó Elsa.
Saltó por encima de unos bultos tapados con sábanas blancas y cayó cerca de la puerta, rodando junto con un montón de cuadros por el suelo. El hombre estaba intentando salir gateando, pues la puerta se había alzado menos de un metro. Con celeridad, Elsa le disparó a las piernas, arrancándole un aullido.
―           ¡Suelta el arma! – le amenazó. — ¡Tira tu arma aquí dentro.
La Ingram repicó en el suelo, deslizándose. Elsa atrapó al tipo por un talón y tiró de él hacia dentro. El hombre gruñó.
―           No te quejes, aún estás vivo – le dijo. – Baja la persiana de nuevo.
El hombre la obedeció y, después, se dejó conducir al pasillo interior. Elsa deseaba interrogarle y debían dejar que el humo saliera del almacén para poder echar un vistazo con tranquilidad.
―           Me estoy desangrando… — se quejó el hombre, que no debería de tener más de treinta años.
―           Utiliza tu cinturón. Haz un torniquete.
El truhán siguió las instrucciones y se quitó la camisa para taponar la herida.
―           Bien. Vamos a charlar un rato – Elsa se sentó en el suelo, frente al prisionero, la espalda apoyada en la pared.
Este la miró con temor. En su mente solo pensaba que esa mujer había terminado con todos ellos, que no tendría piedad de él. Ella, por su parte, hizo recuento mental de bajas. ¡Diez! No estaba nada mal para llevar varios años desentrenada.
―           Primero, ¿Qué habéis hecho con Barrow?
―           No lo sé – musitó el hombre, bajando la vista.
“Eso significa que está muerto. ¡Mierda! ¡Joder, era un bien informante!”
―           ¿Por qué esta emboscada? ¿De quién es este guardamuebles?
―           Seguimos órdenes de Mad Kiss… por lo visto, ha tenido quejas sobre ti… no sé de quien… la nave entera es del jefe…
“Seguramente ese Tythos no es tan buen trigo limpio y la pista es falsa.”, se lamentó Elsa.
―           ¿Cómo supisteis que había sido soldado? – le preguntó ella, dándole una patada en el pie, a modo de recordatorio.
―           Lo dijo ese traficante cuando Mad Kiss le interrogó. Dijo que no podríamos contigo e hizo referencia a los marines. Entonces, el jefe cambió la operación y metió a más gente…
“Lo que me temía.”
―           ¿Dónde está tu jefe?
El hombre negó con la cabeza, apretándose la herida con su propia camisa.
―           ¿DÓNDE? – una nueva patada, más fuerte esta vez.
―           ¡No lo sé! ¡Nadie lo sabe!
―           ¿Cómo es eso posible?
―           Nadie sabe dónde vive, ni si tiene familia, siquiera novia… No se fía de nadie y siempre cambia el sitio de reunión…
“¡Vaya mala suerte! ¡Un paranoico!”
―           ¿Y cómo os ponéis en contacto con él? Un jefe debe estar localizable para sus hombres.
―           Tenemos un número para llamar, a cualquier hora… siempre contesta una mujer, aunque no siempre es la misma voz… ellas se encargan de pasar el mensaje y, entonces, el jefe llama…
―           Una filtradora de llamadas… un tipo verdaderamente escurridizo.
―           Si.
―           ¿Algo más que deba saber? – preguntó Elsa, poniéndose en pie y quitándole el móvil. copió el número que le interesaba.
―           No, no sé nada más…
―           Entonces, no me sirves de nada – dijo con voz fría, quitando con el pulgar el seguro del G36.
―           ¡No! ¡No, por favor! ¡Sé cual es el vicio de Mad Kiss! – chilló el hombre, agitando sus manos.
―           ¿Su vicio?

―           Si, si… – parecía verdaderamente asustado. – Está obsesionado con las jovencitas asiáticas… me enteré por casualidad… casi nadie lo sabe…

―           ¿Y eso significa que…?
―           Que se mueve frecuentemente por Chinatown… no sé dónde exactamente, pero tiene buenos contactos allí…
―           Eso si es un dato aceptable, ¿ves? ¿Algo más? – Elsa levantó su arma.
―           No, por Dios, no me mates. ¡No sé nada más!
Elsa volteó el arma y le arreó un fuerte culatazo que le dejó inconsciente. Ya no tenía que hacer nada más allí. Llamó a Belle, diciéndole que estaba bien y que volvía a casa. Después llamó anónimamente a la policía, desde una cabina del puerto, y denunció una serie de disparos en el muelle 21 de San Pedro.
―           ¡ELSA! – gritó Belle al verla entrar en el ático y quitarse la sudadera que llevaba.
Tenía la manga y el costado de la camiseta llena de sangre, así como su brazo izquierdo. La rubita la llevó directamente al cuarto de baño y la sentó en el taburete de plástico celeste.
―           ¡Dios mío! ¿Qué te ha pasado, Elsa?
―           Un rebote de bala. No es grave, solo aparatoso – le dijo, con voz cansada.
―           ¡Joder! ¡Coño, que te han podido matar! – temblaba Belle, mientras la despojaba de toda la ropa.
―           Tranquila, niña, eran aficionados…
―           ¡Jesucristo! – exclamó de nuevo la chiquilla, al descubrir los dos enormes moratones, sobre el pecho izquierdo y el costado derecho.
Elsa se puso en pie y se bajó las bragas, para dirigirse a la ducha. Belle, quitándose las deportivas, se metió también para lavarla y examinarla con más atención. Elsa le contó lo sucedido, a grandes rasgos, no quería darle detalles morbosos. Belle la escuchaba y lavaba todo su cuerpo, con mucha suavidad.
Elsa examinó la dolorosa herida que le había dejado en el brazo la esquirla de bala. Recorría parte del dorso de su antebrazo y, saltándose el codo, seguía unos centímetros en el tríceps. Tras palparse, no encontró traza alguna de fragmento de bala. Aquella herida le dejaría más una quemadura que una cicatriz. Gimió cuando Belle palpó sus hematomas. La carne estaba machacada en esos puntos y le dolería durante unos días, pero el chaleco le había salvado la vida. Aquellas dos balas eran mortales.
―           ¿Cuántos había esperándote? – le preguntó Belle, con un suspiro.
―           Muchos. Demasiados para un simple ajuste de cuentas. Ha sido una emboscada en toda regla.
―           ¿Y?
―           Y significa que ese cabrón ha decidido declararme la guerra – sonrió ferozmente Elsa.
―           ¿Quién? – Belle solo sabía que estaba tras una pista de Tris Backwell.
―           El tío de los dientes de oro, Mad Kiss.
Belle agrandó los ojos, asustada. Tomó la mano de Elsa, implorándole que se olvidara de él, que dejara correr el asunto. Elsa salió de la ducha y se secó con una toalla, tirándole otra a Belle, la cual tuvo que desnudarse primero, antes de secarse. Mientras se curaba el rasponazo, Elsa le contó toda la historia a Belle, todo cuanto sabía y cuanto sospechaba.
En contra de lo que Elsa creía, no hubo más protestas, ni quejas por parte de la rubita. Parecía abatida y triste, como si la verdad la hubiera impactado de tal manera, que necesitara tiempo para asimilarlo. Pero Elsa estaba demasiado cansada como para darse cuenta del detalle. Caminó hasta su cama y se tiró en ella, quedándose dormida al segundo.
Belle la siguió, se inclinó sobre ella, y le apartó el pelo de la cara. Se acostó a su lado y echó la sábana por encima de sus cuerpos desnudos. La abrazó tiernamente, por la espalda, y recostó su mejilla sobre el hombro de Elsa, justo por encima de su herida vendada.
Belle estuvo mucho tiempo despierta, llorando en silencio.
DIARIO DE BELLE: Entrada 1 / Fecha: 25-4-…
¡Ya no soporto más esta situación, diario mío! He pasado mucho miedo esta noche. Miedo por Elsa, miedo por mí. ¡Han podido matarla! Sé que es una guerrera, pero eran muchos… Tengo que contarle la verdad… No puedo seguir callando por más tiempo.
La quiero. La amo con todo mi corazón. Me moriría sin ella, lo sé. ¿Por qué le hago esto? ¿Por qué soy tan cobarde, tan retorcida?
Pero tengo miedo de que no quiera saber nada más de mí cuando le cuente la verdad, que me expulse de su vida. ¡No quiero ni pensarlo! ¡Me quedaría sola, hundida en mi miseria! Pero, por otra parte, si lo averigua todo antes de que yo le cuente… ¡Dios, sería aún peor! ¡Tengo que contárselo!
Fin de entrada.
Elsa tenía un problema: no disponía de contactos en Chinatown, salvo el Barón, pero este ni siquiera salía a la calle. Era un hacker, no un husmeador, así que no le servía. Sabía que ella, por si sola, no encontraría nada, frenada por el selectivo hermetismo chino.
Tampoco podía ir ofreciendo dinero a diestro y siniestro. Los propios proxenetas advertirían a un buen cliente como Mad Kiss de que alguien estaba buscándolo.
Se encontraba en su despacho, sentada en su sillón rodante de cuero y con las botas apoyadas en una de las esquinas del escritorio, una de sus poses favoritas para meditar. Johanna había salido a desayunar y se encontraba sola. La herida del brazo latía sordamente bajo el vendaje, una buena indicación de que su cuerpo seguía con el proceso de cura.
Le dio una nueva vuelta a su problema. No le quedaba más remedio que atraerle hasta ella, de nuevo, y eso resultaba difícil y muy peligroso para ella, seguro. Estaba segura de que ese maldito era la pieza que encajaba en el disperso y confuso puzzle. Sin él, no tenía nada. Pero, ¿cómo hacerle salir? ¿Qué podía motivarle para atraerle?
Escuchó los conocidos pasos de su secretaria, de regreso de su salida. Johanna abrió su puerta, asomando medio cuerpo. Estaba bellísima. El embarazo parecía haberle sentado como una cura de los dioses.
―           ¿Le has echado un vistazo a las grabaciones de las cámaras de la boutique del señor Farris? – preguntó, arrugando su naricita.
―           ¿Qué grabaciones? – Elsa no estaba centrada. — ¿Qué señor Farris?
―           Elsa, Elsa… — la regañó, entrando finalmente en el despacho. – El señor Farris, el del caso del adulterio. Bajito, fondón, sudoroso…
―           Ah, si, ya…
―           Ha enviado una caja con los videos de vigilancia de las cámaras de su boutique. ¿No te comentó que sospechaba que su esposa tenía encuentros con su amante allí, en la tienda? – Johanna empujó una pequeña caja cuadrada de cartón que se encontraba sobre el correo del día, justo al lado de las botas de Elsa.
―           Si, claro – dijo Elsa, incorporándose y abriendo la cajita.
Cuatro DVD, sin fundas, reposaban en su interior, sus dedos tomaron el primero. Tenía marcado, con rotulador indeleble, una fecha…
Las cejas de Elsa se alzaron, sorprendiendo a su secretaria. ¡Eso era! ¡El DVD! Disponía de una incriminación personal del hampón. Podía incriminar a Mad Kiss en varios delitos. Secuestro y trata de blancas, al menos.
No pensaba usar la escena de Belle, pero podía editar un pequeño trozo de algunas de las otras chicas. Aún tenía que pensar cómo conseguir que Mad Kiss lo viera, pero eso era secundario. Con tantos canales abiertos para comunicarse con él, cualquier cosa debía llegarle, tarde o temprano.
Sorprendiendo a Johanna, Elsa se levantó del sillón, la abrazó y le dio un beso que la dejó tiritando, para marcharse del despacho, dejando a la bella mulata totalmente asombrada.
                                                                   CONTINUARÁ…
   CONTINUARÁ…

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