El caso del perro violador. Capítulo 4.
El rostro de Belle era la pura representación de la sorpresa. Se veía en aquella grabación, desnuda y atada; se oía gritar y suplicar; incluso reconocía su propia forma de correrse. Comprobó que estaba más joven, más niña. Hacía unos años de aquella grabación.
Elsa se inclinó y pausó la escena. Belle quedó con los ojos fijos en la imagen estática. El gran dogo tironeaba de su miembro anudado, intentando sacarlo de la vagina dela Belleaniñada, que aullaba, agitando la cabeza, contra el suelo acolchado.
―           ¿Cuándo pasó? – preguntó suavemente Elsa.
―           No… no…
―           ¿Dónde se encuentra ese sótano?
Belle meneó la cabeza, incapaz de pronunciar nada.
―           ¿Quién te llevó allí? ¿Conoces a esas mujeres?
―           ¡NO LO SÉ! – exclamó finalmente, como si sacara la cabeza del fondo de un estanque para poder respirar. — ¡No recuerdo esto!
Elsa la miró. Aquellas lágrimas eran reales, no era una actuación. La tomó de los brazos y la estrechó contra su pecho desnudo, calmándola, murmurándole, casi cantándole palabras tranquilizadoras, hasta que la chiquilla se quedó adormilada entre sus brazos.
Con la modorra, llegó el sueño, y con el sueño, el recuerdo esquivo. Belle se acordó de aquel rostro que la asustaba, que la persiguió tantas noches en turbias pesadillas que no recordaba. El hombre de los dientes de oro.
Despertó sobresaltada. Estaba acostada en la cama de Elsa, seguía desnuda, pero estaba cubierta por la sábana. La detective estaba sentada en el sofá, frente a ella. Se había colocado una camiseta sobre su cuerpo, pero nada de ropa interior. Repasaba, quizás por centésima vez, la grabación. No iba a confesar jamás que se humedecía cada vez que la veía. Miró a la chiquilla.
―           ¿Te encuentras mejor? – le preguntó.
Belle meneó la cabeza, negándolo. Tenía los ojos enrojecidos y las mejillas mojadas. Incluso durmiendo había estado llorando.
―           Recuerdo… un hombre…
―           ¿Si? ¿Sabes su nombre?
La chiquilla negó de nuevo con la cabeza.
―           Tiene dientes de oro y sus ojos son fríos y duros – le describe. – Solo le vi una vez.
―           ¿Es este? – Elsa le buscó en la grabación, pausando la imagen.
Belle se levantó y acudió a su lado, arrastrando la sábana, que portaba como una larga capa. Se estremeció al ver el odioso rostro.
―           Si, es él…
―           ¿Cuándo le viste la cara? ¿En qué sitio? – preguntó ansiosa Elsa. ¿Dispondría de una nueva pista?
―           En mi colegio.
―           ¿En tu colegio? – se asombró la detective. — ¿Cuánto tiempo hace de esto? ¿Qué recuerdas? ¡Por Dios, Belle, necesito saberlo!
―           Hace… hace tres años… tenía quince… Estudiaba en el colegio católico Melvin, de Pasadena. Ese es el uniforme – señaló con un dedo la pantalla.
―           Sigue. Sitúate como si estuviera pasando.
―           Habían anunciado un nuevo taller de alfarería y todas estábamos entusiasmadas… me dirigía allí… no lo vi escondido…
―           Sigue, Belle, casi lo tienes.
―           Debajo de las escaleras… en el viejo patio. Estaba ese hombre esperando… esperándome… con esos dientes de oro. ¡Allí le vi! ¡Allí me atrapó!
―           ¿Qué más recuerdas, Belle? Haz un esfuerzo.
La chiquilla negó con la cabeza. Se asomó a la terraza, llevando siempre la sábana sobre ella. Ya no había luna, estaba por amanecer.
―           Todo es confuso. Creo que me drogó. Recuerdo un pañuelo o algo así, sobre mi boca. Pero no me acuerdo de nada más, y menos de… ¡ESO! – señaló la escena congelada, en ese momento en la pantalla, como si fuera una imagen de la película El Exorcista.
―           Tranquila, pequeña, ya no te puede hacer daño.
―           Pe-pero… me la metió… ¡Ese puto perro me metió su asquerosa polla! – estalló.
Elsa la contempló, pensando en todas las cerdadas que Belle había pronunciado, horas antes, al borde del orgasmo. De acuerdo que saber que la había violado un perro no era para dar saltos de alegría, pero… ¿cómo podía ser tan modosa ahora cuando la había hecho correrse como nunca, un rato antes? ¿Es que tenía un desarreglo mental? ¿Doble personalidad? ¿Trastorno bipolar?
Elsa no era una experta en estos temas, pero cabía la posibilidad. Lo único cierto era que Belle era una víctima, en cualquier caso, y que no podía pedirle más ayuda que la que podía recordar. Elsa estaría a su lado, para protegerla y para cuidarla. La atrajo hasta sentarla a su lado, acunándola y besándole el rostro. Supo calmarla, arrullándola con su voz, contándole lo primer que se le pasó por la cabeza, para que su mente no volviera a ese punto. Le habló incluso de una de sus misiones en Pakistán, sin importarle revelarle datos militares. El caso es que la respiración de Belle se serenó hasta el punto de empezar a dar cabezadas cuando el sol apuntó desde el este.
Elsa llamó a Ava Miller, mientras conducía hacia Pasadena. Le informó que no tenía más pistas sobre el paradero del DVD, y que, desgraciadamente, debería cerrar el caso. Ava le pidió que siguiera investigando un poco más, por si surgía algo nuevo que posibilitara recuperar lo que deseaba.
―           Como quiera. Es su dinero – alzó el hombro de la mano que manejaba el volante del BMW.
El colegio privado era mixto desde diez años atrás. Todos vestían uniformes. Las chicas las faldas azules, los chicos pantalones del mismo color. Las camisas blancas eran indistintas para ambos sexos. Zapatos negros y corbatas rojas, estrechas. Algunos alumnos portaban sobre los hombros, o atados a la cintura, livianos jerseys azules, como complemento. Elsa no tenía apenas datos que le permitieran meter las narices en los archivos del colegio, pero si podía hablar con los conserjes. Estos tipos suelen ser las mejores fuentes de información, pues suelen estar en el meollo de los problemas. Quizás es algo que viene con el cargo…
Le costó una sonrisa y un billete de veinte pavos. Un viejo conserje, de sonrisa algo desdentada, se acordaba de todo, hasta de las medidas de Marilyn Monroe, que en paz descanse. Una niña desapareció tres años atrás, en febrero. Él estaba en el colegio, y se acordaba. Y si, se acordaba también del taller. Nunca se llegó a realizar, ni siquiera se impartió su clase de inauguración, pero todo estaba preparado, incluso los palés con los bultos de arcilla habían llegado esa misma mañana. Era un taller anunciado como tarea alternativa, pero se retiró el mismo día, cuando llegó la policía para investigar la desaparición de la niña.
Luego, una semana más tarde, la niña apareció. Se había escapado de casa, una travesura.
―           ¿Volvió a este colegio? – preguntó Elsa.
―           No, porque sabría quien es. Debía ser de las más jóvenes, porque no recuerdo su rostro y yo tengo una memoria excelente para las chicas guapas – casi babeó al decir aquello.
Aquel taller escamaba el instinto de sabueso de la detective. ¿Por qué se suspendía una de esas actividades en un colegio privado, donde no faltaba el dinero? Solo por dos motivos: uno, no se presentaba ningún alumno; dos, el profesor no aparecía…
Solo necesitaba hacer unas cuantas preguntas a la secretaria del colegio y enterarse quien fue ese monitor de alfarería. No le costó otro billete, pero si varias sonrisas a una madura cacatúa que la devoró con los ojos. Pero tenía un nombre: W. Tythos. Elsa lo había escuchado con anterioridad, pero no recordaba dónde, ni cuando. Tendría que buscarlo en Google.
DIARIO DE BELLE: Entrada 2 / Fecha: 20-4-…
 
He visto todo el contenido del DVD. He visto mi escena seis veces, pero no recuerdo nada. Ni esas mujeres, ni el perro, solo la cara del tipo de los dientes de oro. Cuantas más veces la veo, más morbo me da. Me he masturbado dos veces… Ya no me asusta, ni me preocupa. Como dice Elsa, ya ha pasado, no me puede hacer daño, pero ver como me embiste esa bestia, como se hincha su pene en el interior de mi… ¡Dios! Tengo la piel erizada.
Incluso esas mujeres que me violentan, que introducen sus dedos en mi interior… ¿Será ese el verdadero motivo que ha condicionado mi vida, antes de que ocurriera todo lo demás? ¿Por eso me gustan las mujeres?
Bueno, debo decir que ese cacho de perro me violó y no por eso me gustan los chuchos. No sé qué pensar, salvo que deseo que Elsa esté ya de vuelta. Me siento vacía sin ella. Sabe que le oculto cosas. No es tonta. Al contrario, es la persona más inteligente que he conocido, pero no me presiona, deja que todo surja en su momento.
Quiero amarla de nuevo. Joder… otro dedito más…
Fin de entrada.
―           Wassy Tythos… sabía que te conocía – musitó Elsa, ante una de las pantallas del Centro Hamsson para Jubilados.
Era un artista plástico, así se llamaban ahora los escultores, que estaba tomando relevancia. Parecía que, en estos dos últimos años, había encontrado un mecenas que le estaba sacando de su mediocridad.
¿Así que este artista había estado a punto de dar una clase de cerámica a unos jovencitos? ¿Qué sucedió? ¿Una brutal resaca que le impidió cumplir con su compromiso?
―           ¿Encuentras lo que buscabas, muñeca? – le preguntó el octogenario que estaba a su lado, intentando ver algo más que el canalillo de sus senos.
―           Si, casi he acabado, señor Thorne. Ha sido usted muy amable de dejarme su puesto – contestó ella, sonriéndole.
―           Por ti, lo que sea, Elsa. Me recuerdas tanto a mi Judith…
Elsa buscó el nombre del patrocinador de Tythos, pero no lo encontró, pero supo que era la tercera vez que exponía obras en la galería ArteMisa. ¿Eso podía significar algo? Puso el nombre de la galería en el buscador y supo que estaba en Hollywood, y que pertenecía a un grupo de inversiones llamado Dekstron Inc.
Bueno, algo era. Tenía que llamar al Barón y averiguar quien estaba detrás de aquel nombre empresarial. El hacker chino le debía un par de favores aún.
―           Muchas gracias por su amabilidad, señor Thorne – le dijo Elsa, levantándose de la silla y dándole un besito en la calva.
―           Nada, querida, cuando quieras vuelves a visitarme – la abrazó el viejales, abarcando algo más que su cintura con las manos.
Una rápida visita a la galería ArteMisa no da resultados. Las obras del artista, algo infantiles según el gusto de Elsa, llenan parte del gran local, pero no hay ni rastro de Tythos. Intentar conseguir su dirección no sirve de nada con el maduro y agitado gay que dirige la sala de exposición.
―           Le puedo dar su número de teléfono, señorita, o bien, puede pasarse por aquí esta noche. El señor Tythos da una charla sobre arte y pasión – le dijo el gerente, señalando un cartel con la foto del artista.
Por fin, una noticia interesante. Elsa se acercó al afiche, contemplando bien el rostro, y sonrió, girándose hacia el hombre.
―           Nos veremos esta noche – se despidió.
Elsa aparcó el coche y llamó a Johanna. Estaba ante el inmueble que contenía su ático. No tenía recados urgentes.
“Bien. Necesito concentrarme en este follón.”
Belle estaba tirada en la cama, viendo la tele, y solo llevaba un batín corto de Elsa sobre su cuerpo. Al ver a la detective, se puso en pie, y se acercó a ella, con la cabeza baja, avergonzada.
―           ¿Qué te ocurre, niña?
―           Elsa, yo…
Elsa la tomó de las manos, intentando que levantara la cabeza y la mirara.
―           Me siento tan… llena de vergüenza – musitó finalmente, con los celestes ojos muy húmedos.
―           ¿Por qué? Tú no tienes la culpa de nada.
Elsa abrió los brazos y Belle se refugió entre ellos, sintiéndose a salvo del mundo, arropada por la fuerte personalidad de la mujer. Besó la mejilla morena y estuvo a punto de darle un lametón. Se contuvo.
―           Vamos, vístete. Te llevaré a almorzar – Elsa le hizo dar media vuelta y le palmeó suavemente el trasero, haciéndola reír.
Devoró a la joven con los ojos, admirándola mientras se vestía. A cada día que pasaba, Elsa estaba más enganchada a esa jovencita, y se asustaba de la fuerza que estaban tomando esos sentimientos. No podía apartar la mirada de esas largas piernas, de esos rutilantes cabellos que destacaban como hilos de oro blanco. Quería aspirar esa juventud y belleza que se desprendían de ella.
Parpadeó, obligándose a apartar la mirada mientras la chiquilla se colocaba unos shorts muy cortitos y estrechos, rojos, y una camisita blanca, de manga sisa y cuello chino. Se calzó unas de las nuevas sandalias compradas la víspera y pasó al cuarto de baño a retocar sutilmente su imagen, con un poco de lápiz de labios.
―           ¿Dónde me llevas? – preguntó Belle, una vez en el coche.
―           Vamos al puerto deportivo de Torrance. ¿Te gusta el tiburón?
―           No lo sé.
―           Bien. Vas a probarlo hoy.
El sitio resultó ser una gran terraza, abierta al mar, en los mismos muelles deportivos. Grandes sombrillas de paja ofrecían sombras a las numerosas mesas y los clientes almorzaban entre balandros y yates. Belle quedó encantada con el restaurante y miraba de reojo a la gente elegante que comía a su alrededor. También era consciente de los ojos que estaban clavados en sus piernas desnudas, pero eso le gustaba; le encantaba saberse deseada y estar al lado de Elsa.
Dejó que Elsa pidiera por las dos, mientras ella admiraba a la detective. Hoy se había vestido con unos apretados jeans que ceñían sus caderas como un guante. Una camisa de corte masculino, en un tono tostado, estaba lo suficientemente abierta como para mostrar un buen canalillo, para acabar remetida en los jeans, bajo un ancho cinturón de piel de serpiente. Como siempre que trabajaba, Elsa calzaba deportivas y, a veces, botas militares.
Elsa estaba sentada al sol, con sus gafas oscuras ocultando sus maravillosos ojos, lo que molestaba un tanto a Belle, quien había preferido la protección de la sombrilla, dada la claridad de su piel. A cada hora que pasaba a su lado, Belle estaba más segura que Elsa era la mujer de su vida, y elaboraba cien planes distintos para sincerarse con ella. Deseaba hacerlo, mejor dicho, necesitaba hacerlo. Contarle la verdad a Elsa era indispensable, pero, a la vez, demasiado traumático. Belle se sentía morir de vergüenza cuando pensaba seriamente en ello. Por eso mismo, aplazaba este acto una y otra vez.
―           Ya sé que no me contestaste cuando te lo pregunté, pero me intriga… — dijo la chiquilla, colocando sus gafas de sol sobre a cabeza.
―           ¿Qué cosa?
―           Que si habías matado a alguien.
Elsa esperó a que el camarero depositara su cerveza yla Pepside Belle en la mesa, y se alejara, para responder.
―           No como detective, pero si como policía y como soldado. Pero nunca hubo nada personal, siempre fue en defensa propia, o bien cumpliendo órdenes. No te voy a decir un número, Belle.
―           Está bien. Es suficiente.
―           ¿Por qué tienes tanto interés en saberlo?
―           No lo sé… no hago más que darle vueltas a esos tipos que me buscan…
―           ¿Los colombianos?
―           Si. Necesitaba saber si puedes defenderme. Eso es todo – la chiquilla bajó la mirada.
―           No te preocupes. Sabré defenderte.
―           Mi bello caballero – sonrió Belle, dando un trago a su refresco.
―           ¡Jajaja…! ¿Me quitarás la armadura esta noche?
Belle le sacó la lengua y calló, pues el camarero se acercaba con su pedido. Tiburón asado, acompañado de una salsa de algas y almejas, sobre un lecho de hojaldre.
―           Huele bien – opinó Belle, inclinándose sobre su plato.
―           La carne tendrá un ligero regusto a leña, al haber sido asada en un espetón, mézclala con la salsa a cada bocado – recomendó la detective.
Belle tuvo que admitir que era un bocado exquisito, aunque tuvo que acostumbrarse al sabor un tanto acre de la carne. No había molestas espinas como en otros pescados, y la salsa estaba deliciosa. Belle no dejaba de hacerle preguntas sobre su vida y su trabajo, demostrando gran curiosidad. Llegaron a los postres muy animadas, y pidieron un pudding de nueces, regado de crema Chantilly, para compartirlo.
―           Hay una pregunta que me ronda la cabeza – dijo Elsa, de repente, tras una pequeña lucha de cucharillas para atrapar más nata.
―           ¿Si? – contestó la chiquilla, llevándose el trofeo a la boca.
―           ¿Te dedicaste a ser modelo después de salir del colegio privado, o bien ya estabas en eso mientras estudiabas?
A Belle no le gustó el tono de esa pregunta. Parecía lógica e inocente, pero Elsa la miraba fijamente. Soltó la cucharilla en el plato.
―           No volví nunca a ese colegio. Estuve enferma, con una neumonía. Mamá me ingresó en el hospital. Ahora que he visto esa grabación, supongo que la neumonía pudo ser una excusa, una invención. Seguramente, revisaron mis heridas o algo así. El caso es que mi madre me explicó que había estado muy enferma y que debía estar bajo su observación algunas semanas. Contrató una profesora particular y estudié en casa. Mamá fue quien me presentó a unas pruebas fotográficas para hacer de modelo, un poco después.
Elsa cabeceó, satisfecha con la explicación.
―           Así que tu madre se gana bien la vida, ¿no?
―           Supongo, ¿por qué lo preguntas?
―           Me has dicho que tu padre es marino y que llevas dos años sin verle. La pensión que puede pasarle a tu madre no puede cubrir un colegio privado, ni clases particulares. Así que tu madre es quien consigue los ingresos para casa…
―           Y, como trabaja con colombianos, piensas que es una narcotraficante, ¿no? – dijo Belle, mordaz.
Elsa alzó sus hombros.
―           Eres tú la que ha llegado a esa conclusión – dijo Elsa, alzando la mano y llamando al camarero. – La cuenta, por favor.
―           No sé lo que hace mi madre, pero ya lo había pensado…
―           Chica lista. ¿Te apetece asistir a una charla sobre arte esta tarde?
―           ¿Arte? – se extrañó la joven.
―           Si, escultura.
―           ¿Eso te da morbo?
Elsa estalló en carcajadas, en el momento en que el camarero traía la factura. Entregó su tarjeta y miró a Belle.
―           No, ya eres lo suficientemente morbosa por las dos, nena. Es un asunto laboral pero no me gusta ir sola a un acto social, destaco demasiado.
―           Ah, pues entonces iremos. ¿Hay que ir de gala?
―           No, solo vistosas – se rió de nuevo la detective.
Elsa tenía un hombro apoyado en una de las estrechas columnas de metal que aguantaban el techo en cúpula de la galería ArteMisa. Junto a ella, Belle sostenía una copa casi vacía de cava en una mano, y con la otra jugueteaba con los dedos de Elsa. Mantenían una atención cortes, pero distante, a lo que el señor Tythos trataba de comunicarles.
Elsa, sobria y elegante con su pantalón blanco y una camisa de seda negra, totalmente abotonada y cerrada en el cuello con un lazo blanco. Belle, por el contrario, juvenil y alegre, con unos vaqueros muy ceñidos, tirantes y una camisa de hombre que Elsa le había dejado, blanca con rayitas azules. Llevaba los puños remangados y el cuello alzado. Unas sandalias de tacón fino, blancas, remataban sus pies. Ambas llevaban el pelo recogido y arreglado. Elsa en un alto moño. Belle había trenzado toda su larga melena en una frondosa trenza que surgía de la parte superior de su cabeza.
Estaban espléndidas, pero no superaban en absoluto las trajes caros y la pedrería que exhibía, allí dentro, la treintena de personas reunidas. Wassy Tythos hablaba y hablaba, sobre las nuevas texturas, sobre el cénit de los arcos discordantes, sobre arte vivo, y otros temas que no decían nada para Elsa. Pero el hombre parecía muy contento de escuchar su propia voz en aquel espacio engalanado con sus obras. Para la detective, estas obras eran un fiel reflejo de su creador. El artista era un tipo encorvado y reseco, de manos fuertes y grandes, curtidas por la talla y los ásperos materiales. Tendría unos cuarenta y tantos años y poseía una buena mata de pelo, negra e hirsuta, difícil de peinar. Una barbita bien recortada adornaba su mentón, y vestía como un patrón de yate; solo le faltaba la gorra.
―           ¿Nos perdemos ahí detrás y me metes mano? – le sopló a la oreja Belle, con mucha picardía.
―           ¡No seas descarada!
―           ¡Es que me aburrooooo!
Con disimulo, Elsa le otorgo varios pellizcos en las nalgas, que hicieron saltar a la rubita.
―           ¡Ouch! ¡Ouch!
Habían pasado una tarde muy divertida, cuando llegaron al ático. Belle llenó el jacuzzi y llamó a Elsa, esperándola desnuda dentro del agua. No pudo resistirse, por supuesto. Estuvieron más de una hora en remojo, brindándose placeres, hasta que se pasaron a la cama.
Elsa estaba descubriendo que permanecer cerca de Belle era caer, una y otra vez, en la tentación más frenética. La chiquilla conocía demasiadas triquiñuelas eróticas como para solo llevar la vida que le había relatado. Tenía que haber mucho más…
Finalmente, el artista acabó con su disertación y los invitados se dispersaron, unos para hablar con él, otros hacia los canapés y las bebidas que esperaban sobre una mesa. Elsa esperó a que los asistentes desocuparan a Tythos y se dirigió en su busca.
―           Una charla muy amena. Tiene usted profundos conocimientos sobre arte, señor Tythos.
―           Muy agradecido, señora…
―           Señorita Burke – se presentó Elsa, extendiendo la mano.
―           Encantado, señorita Burke – la estrechó el artista.
―           Lo mismo digo. He seguido su ascenso con curiosidad.
―           ¿Si? ¿Es usted agente artística?
―           No, soy profesora de idiomas en el colegio católico Melvin, en Pasadena. ¿Lo recuerda?
El rostro afilado de Tythos se tensa, su sonrisa se borra.
―           Ahora mismo, no caigo…
―           Oh, es una lástima. Nos conocimos allí. Usted iba a dar un taller sobre alfarería artística, uno de esos interesantes cursos alternativos para los alumnos.
―           ¡Ah, si! ¡Ya recuerdo! – se relajó un poco.
―           Estaba muy ilusionada con aquella posibilidad, ¿sabe? Aún no comprendo por qué se suspendió el taller, de repente – dijo Elsa, apurando su copa y depositándola en la bandeja de un camarero.
―           Bueno, ya sabe. Hay cosas que fallan, imposibilidad de fechas…
―           Lo que es verdaderamente curioso es que usted, hace tres años, era poco más que un artista callejero. Ese curso ya estaba financiado y pagado… Perder una ocasión así, debió de dolerle, señor Tythos.
―           ¿Quién es usted? – masculló, en voz baja, el artista. Una vena, en su sien izquierda, empezó a latir.
Elsa sacó una tarjeta del pequeño bolso que llevaba en una mano y se la ofreció.
―           ¿Detective privado? No tengo nada que hablar con usted – intentó escabullirse.
―           Como prefiera. Estoy investigando el antiguo secuestro de una menor en el colegio Melvin, justo el mismo día en que usted no se presentó para el anunciado taller…
El artista se quedó quieto, esperando más información.
―           Han surgido nuevas pruebas sobre aquel asunto, que podrían reabrir el caso. ¿Prefiere usted hablar con la policía?
―           Este no es el lugar… Venga – Tythos se giró y caminó rápidamente hacia el fondo de la sala.
Elsa se giró hacia Belle, quien la miraba, con una ceja alzada. Le hizo un gesto que la esperara ahí y siguió al artista. El hombre la esperaba en un pequeño despacho, con un montón de latas de barniz sintético en uno de los rincones. Cerró la puerta cuando Elsa entró.
―           ¿Qué es lo que quiere? – preguntó, lamiéndose los labios.
―           Me gustaría saber por qué se suspendió aquel taller de alfarería.
―           No lo sé. No me dieron explicaciones. Yo andaba metido en todos esos pequeños cursillos, en aquella época. En colegios, salas de juventud, hogar de jubilados… El administrador del colegio contrató el taller y él mismo me llamó para decir que se suspendía.
―           ¿El administrador del colegio?
―           Si.
Elsa no recordaba ningún administrador, sino una administradora.
―           ¿Recuerda su nombre?
―           Era algo que sonaba a gracioso… ¿Un beso tonto? No. ¿Un beso loco? ¡Si, eso es! Madkiss… el señor Madkiss.
―           ¿Seguro?
―           Si, ese era el nombre con el que estaba firmado el cheque que me envió, con la mitad de lo acordado. Nada más.
―           Está bien, señor Tythos. Le estoy muy agradecida por su ayuda.
―           Espero no volverla a ver por aquí – se despidió él, recuperando su orgullo.
―           Espero que no esté usted implicado, sino me volverá a ver, téngalo por seguro – respondió la detective, acojonándole.
Caminó de regreso hasta donde la esperaba Belle y, tomándola de la mano, abandonaron la galería.
Elsa intentaba poner orden en sus ideas, pero le estaba costando trabajo. Estaba tumbada en su cama, con las manos en la nuca, en camiseta y braguitas, y mirando el techo. Belle se encontraba en la terraza, tentando a Bernard, según ella.
Tenía un caso entre manos al que no le veía la salida. Sospechaba de la implicación de Lana Warner, pero carecía de pruebas sólidas. No se le ocurriría acusar, sin ellas, a un peso pesado como la viuda Warner; seria un suicidio. Por otro lado, intentaba reconstruir el secuestro y violación de Belle. Entre ambos casos existían sutiles conexiones que no acababan de fraguar. El puzzle estaba aún disperso, nebuloso, en una palabra, incompleto.
Sintió cosquillas en uno de sus pies. Belle, a cuatro patas, se reía, pues había llegado hasta ella sin que la detectase, perdida en sus cavilaciones.
―           ¡Buuu! – exclamó la jovencita.
―           Uy, que susto – respondió Elsa, sin mover un músculo.
―           ¡Sosa! – le sacó la lengua Belle. — ¿Has acabado?
―           Que remedio. Tengo un cacao mental impresionante.
―           Puedo ayudarte, si quieres – se ofreció Belle, tumbándose a su lado.
―           ¿Cómo?
―           Dicen que cuando tienes algo en la punta de la lengua y no consigues recordarlo, lo mejor es hacer otra cosa. ¡Pues hagamos otra cosa! – expuso Belle para, seguidamente, besarle el cuello.
―           ¡Jajajaja! ¿Otra vez?
―           Otra y otra más… y después, otra… Siempre estoy sedienta de ti.
―           Un hombre sabio dijo: “Dadle de beber al sediento…”
―           Muy sabio era, si, señora – Belle hundió su lengua en la boca que adoraba, cortando una conversación cada vez más tonta y sin sentido.
Elsa sacó sus manos de debajo de la nunca, abrazando a Belle. Aquellos labios la volvían loca. No, no eran los labios, era toda ella, toda Belle. Jamás nadie había influido en ella como esa chiquilla; nadie había conseguido apartarla tan fácilmente de sus convicciones, de sus costumbres. Solo Belle.
¿Qué tenía ella de especial? ¿Qué la hacía tan sensual, tan deseable?
Dejó de pensar y la atrajo aún más contra ella, hasta sentir una de sus esbeltas piernas buscar un sitio entre las suyas.
Allá vamos otra vez, pensó.
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