Burke Investigations: El caso del perro violador.
La limusina de color crema se detuvo ante la boca de riego, con sus intermitentes encendidos. Un enorme chofer uniformado, claramente africano, se bajó y abrió una de las puertas traseras. Eran poco más de mediodía y el calor se hacía notar en las calles de Westwood. Los Ángeles estaba pasando de nuevo por una de sus habituales canículas.
Unos preciosos zapatos de Sergio Rossi, en un suave tono melocotón lacado con vetas más oscuras, descendieron del vehículo, hasta posarse sobre las losas de la acera. Junto con los carísimos zapatos, unas elegantes y perfectas piernas irguieron a la chica, que repasó, de un vistazo, sus uñas, antes de utilizar sus dedos para estirar su corta falda tubular sobre sus caderas.
Una vez que todo estuvo a su gusto, la chica indicó al chofer que le llamaría para que la recogiera, y caminó sobre sus altos tacones de ochocientos dólares hacia la puerta del edificio más cercano. Portaba su bolso, a juego con los zapatos, por supuesto, colgado del hueco de su codo; su antebrazo girado para mostrar la cara interna de su muñeca, la manita doblada en un suave puño, y el codo formando un ángulo perfecto. El conserje del edificio la miró desde detrás de su pequeño fortín/mostrador/escritorio. Una pija monísima, pensó.
La chica se acercó a él y, con un movimiento estudiado hasta la saciedad, se sacó las oscuras y enormes gafas de sol con una mano. Unos preciosos ojos celestes pestañearon ante él.
―           Disculpe… las oficinas de Burke Investigations.
―           Sexta planta, al fondo, señorita – contestó el conserje, admirando la obra de arte viviente.
―           Gracias, buen hombre – y se alejó hacia los ascensores, diciéndose que, al menos, parecía un buen edificio. Tenía conserje, el aire acondicionado funcionaba, el recibidor estaba limpio y las plantas cuidadas. Ya era algo.
El ascensor tardó apenas veinte segundos en subir a la planta sexta. Un despacho de abogados laborales se abría ante la puerta del ascensor. La chica recorrió el pasillo con un repiqueteo de tacones que podía producir un infarto en cualquier momento.
  “Burke Investigations. Seguridad, análisis, seguimientos.”, rezaba la placa, junto con un monóculo entre las palabras Burke e Investigations. Discreto y directo. La chica cabeceó. Era lo que buscaba. Empujó la puerta de recio cristal esmerilado y entró en la oficina. Se topó con una pequeña sala de espera, con un sofá y dos sillones, tapizados en un sufrido color azulón. Una mesita baja llena de periódicos y revistas. En las paredes, dos acuarelas marinas, sin mérito alguno, y un lema en latín, enmarcado: “Bene qui latuit, bene vixit.” (el que vive bien, vive inadvertido)
La chica repasó su oxidado latín, pero no fue capaz de traducirlo. Un leve carraspeo la hizo girarse. Una secretaria, de unos veintitantos años, una bonita mulata, le sonrió, desde detrás de su mesa. Varios archivadores y una gran planta ocupaban el rincón.
―           ¿En qué puedo servirla?
La chica pija echó a andar hacia ella, con esa seguridad que la marcaba, y los vivarachos ojos negros de la secretaria, encerrados tras unas atractivas gafas de montura marfil, le hicieron el padrón en unos escasos seis segundos.
Niña rica, engreída, con buen gusto y, seguramente, con un buen problema también. Olía a mucha pasta…
―           ¿Podría ver al señor Burke? No tengo cita, pero si me pudiera conceder unos minutos… — dijo con un tono muy correcto y medido, la recién llegada.
―           ¿El señor Burke? – se pellizcó la barbilla la atractiva secretaria mulata.
―           Si, es de suma importancia…
―           Bien. Creo que tiene un momento libre ahora – sonrió la secretaria. – Deje que la anuncie, señorita…
―           Miller.
La secretaria abrió un batiente de la doble puerta que tenía a su espalda y desapareció por ella. La pija pensó en sentarse, pero no le dio tiempo, pues la mulata volvió a salir inmediatamente.
―           Pase usted, señorita Miller – le indicó.
La oficina no era demasiado grande. Un gran ventanal, un gran escritorio metálico delante, con un par de ordenadores agrupados en un confuso montón de cables. Dos cómodas sillas para las visitas, y un sofá de tres cuerpos pegado a la pared más alejada, bajo varias licencias enmarcadas. Un gran mapa metropolitano en la otra pared libre, y, junto a la ventana, una foto enmarcada de una bella chica morena, subida a una gran Harley. Dos puertas más partían de aquel despacho, sin que revelaran nada más. De repente, una de ellas se abrió y surgió la misma chica de la foto.
La visitante la examinó con detenimiento. Una treintena de años y un cuerpo firme y preparado, con un largo pelo lacio, azabache. Bajo unas cejas amplias y bien curvadas, se encontraba el par de ojos más impresionantes que la señorita Miller hubiera visto jamás. Grandes y algo rasgados, con unas pupilas casi violáceas que destacaban como un imán sobre el tono muy moreno de su piel.
Aquella mujer era latina, sin duda, dueña de esos rasgos angulosos y bellos, de altos pómulos marcados, piel brillante, de un tono acaramelado, y unos labios pulposos, tan pronunciados que parecían querer besar a todas horas.
―           Por favor, siéntese – le dijo la mujer latina, con una bellísima sonrisa que puso de manifiesto unos dientes grandes y blancos, que, sin embargo, no tenían la simetría de aquellos que han pasado por un largo proceso de nivelación dental. – Soy Elsa Burke. ¿Qué puedo hacer por usted?
―           ¿Elsa Burke? Lo siento, cuando me hablaron de usted, no me dijeron que era una mujer, pero, ya que estoy aquí… Tengo necesidad de sus servicios.
―           Si, es lo que gente viene buscando. ¿Puedo saber quien le habló de mí?
―           Bueno, ya sabe lo que se comenta en cualquier reunión de Bel Air. Se dice que ha trabajado con gente de prestigio y que es muy discreta.
―           Algo que es necesario en esta profesión, señorita Miller.
―           Miller es el apellido de mi padre, pero mi madre es Eleonor Sallier-Memphis…
La investigadora sabía perfectamente quien era la poderosa familia Sallier-Memphis. Pozos de petróleo, ranchos de ganado, minas de cobre y plata, inmobiliarias… Dos de sus miembros más ilustres vivían cerca de allí, en Bel Air.
Elsa examinó con lentitud aquella heredera sentada en su oficina. No tendría más de veinticinco o veintiséis años. Un peinado que pegaba sus cortos cabellos rubios a su largo cuello y erizaba su flequillo; un peinado de, al menos, cien dólares, por supuesto. Un Nina Ricci rosa palo marcando su bonito y esbelto cuerpo, con la falda a cuatro dedos de sus rodillas. Complementando sus caros zapatos y el bolso, un collar de grandes bolas. Preciosa y elegante. Justo la clase de chicas que solía meterla en líos, se dijo, casi sonriendo.
―           Usted dirá, señorita Miller.
―           Me han robado, en mi apartamento…
―           ¿Han forzado la puerta? ¿Saltó la alarma?
―           No, estaba dentro. Ha sido mi doncella. Se ha llevado unas cuantas joyas de la caja fuerte y un DVD con ciertos documentos y archivos.
―           Señorita Miller, si sabe quien la ha robado, ¿por qué no habla con la policía? – se extrañó la investigadora.
―           No me puedo arriesgar a que la prensa meta sus narices. Hay cosas comprometidas en ese DVD, que podrían dañar la reputación de la familia Sallier-Memphis.
“Vale. Esta se complica.”, pensó Elsa, echándose hacia atrás en su sillón.
―           Tiene que darme más detalles, señorita Miller. ¿Quiere tomar algo?
―           Un Martini me vendría de perlas, gracias.
―           Johanna, ¿puedes traer un Martini bien frío? – pidió, pulsando el botón del comunicador. Se levantó y se sirvió un vaso de agua de la botella expendedora.
Johanna tardó apenas un minuto en traer una copa helada, llena del licor blanco y dulce, con dos aceitunas dentro. Se marchó con un maravilloso contoneo de caderas. La señorita Miller se relajó y no comenzó a relatar hasta que no hubo bebido un par de tragos.
―           Como ya le he dicho, me llamo Ava Miller Sallier-Memphis. Mi padre es Robert S. Miller, un conocido armador. Hace dos días, mi doncella desapareció, dejando vacía la pequeña caja fuerte de mi apartamento. Se llama Devon Subesky y tiene treinta y seis años – sacó su móvil de última generación y buscó algo en él. – Aquí tiene su foto.
Elsa activó el bluetooth de su propio teléfono móvil y adquirió aquella foto. La tal Devon Subesky era una mujer rubia, de pelo corto y rizado, y ojos marrones. Aún era atractiva, aunque había algo en su aspecto que hacía pensar que estaba cansada, o harta de la vida. Su mirada era triste. La foto no mostraba su cuerpo.
―           Vino bien recomendada y llevaba conmigo tres meses como interna. No comprendo cómo consiguió la combinación de la caja, ya que nunca la he abierto en su presencia…
―           Hay muchas formas. Pudo colocar una mini cámara y espiarla – contestó Elsa.
Ava Miller asintió, comprendiendo.
―           Me gustaría que recuperara un collar de rubíes que tiene un gran valor sentimental. Es quizás la pieza que menos vale de cuanto se ha llevado, y, por supuesto, ese DVD. Es vital que lo recupere. En cuanto a todo lo demás, puede decirle que se lo quede todo, como finiquito. No me importa en absoluto, con tal de no volverla a ver. ¿Puede usted encargarse de eso?
―           Si, ya me he ocupado de casos similares. Es un acuerdo mutuo y yo hago de intermediaria.
―           Así es, señora Burke.
―           Llámeme Burke, a secas.
―           Bien.
―           ¿Sabe usted donde vive la tal Subesky?
―           No. Ya le he dicho que estaba de interna en mi apartamento. Vivía conmigo. En una ocasión, me habló de un hermano, en Inglewood, creo.
“¡Buen barrio de cabrones!”, se dijo la detective.
―           Está bien. Encontraré donde vive y me entrevistaré con ella. No creo que se niegue al trato que le ofrece.
―           ¿Y si lo hiciera? ¿Y si alguien o, no sé, alguna publicación le hubiera ofrecido más dinero?
―           Bien, en ese caso, podría recuperarlo, siempre que usted pueda demostrarme que esas joyas son suyas. ¿Puede hacerlo?
―           Oh, si, si, por supuesto. Tengo recibos de donde las compró mi madre y su descripción. El DVD está validado por mi firma electrónica en su archivo de grabación.
―           Vaya – dijo Elsa, impresionada. – Entonces, no hay ningún problema. En caso de que Subesky se niegue, intentaré recuperarlos. Sin embargo, si ya se ha deshecho de ello… tendremos que volver a ver nuestras opciones.
―           Comprendo. Me parece correcto – Elsa notó alivio en su voz.
―           Mi tarifa base es de cien al día, más gastos, y una recompensa por final de caso, a tratar con el cliente. ¿Le parece?
―           Le parece bien tres mil por recuperar esas cosas, Burke…
―           Si, está bien – Elsa se alegró interiormente de tratar con ricos. Si todo iba como esperaba, podía tener ese caso cerrado en un par de días y se ganaría tres mil dólares, sin esfuerzo.
―           Gracias, Elsa. Le dejaré mi número…
―           Ya tengo el de ese móvil. Lo saqué con la foto.
―           Ah, bien.
―           La llamaré en un par de días. Creo que tendré ya algo – dijo Elsa, levantándose de detrás de su escritorio.
―           Bien, muchas gracias. Me tranquiliza mucho, Burke.
―           Y no se preocupe, señorita Miller. Nada va a salir de este despacho. Tengo la misma confidencialidad con mis clientes que un abogado.
Ava Miller sonrió y Elsa admiró aún más su belleza. “Quieta, fiera. Es una cliente. ¡Nada de flirteo!”, se amonestó ella misma. Tomó una de sus tarjetas impresas y se la ofreció a la rica heredera, que, en ese momento, miraba por la gran ventana del despacho. Desde allí se podían contemplar las palmeras de Rodeo Drive.
―           Aquí está mis números, incluso el privado. Puede llamarme en cualquier momento, si recuerda algo más sobre Devon Sudeski.
―           Me agrada que sea usted mujer. Me da más confianza – la miró fijamente la señorita Miller.
―           Me adula usted, señorita Miller.
―           Llámeme Ava. Me siento un poco tonta cuando me hablan de usted…
La detective acompañó a su bella cliente hasta el ascensor, y, finalmente, se despidieron. Elsa alargó la mano, pero Ava, quizás llevada por la costumbre, se inclinó sobre la detective, y le dio dos besos, en las mejillas.
―           ¿Un caso con pasta? – preguntó Johanna, la secretaria mulata, cuando Elsa regresó al despacho.
―           Puede que sí, parece de los que no me darán dolor de cabeza – respondió Elsa, apoyando una de sus firmes nalgas, enfundadas en un desteñido jeans, sobre la mesa de su empleada.
―           Todo lo que vale la pena, en esta vida, te acaba dando dolor de cabeza – dijo Johanna, filosóficamente.
―           Empezando por ti, cacho zorra… ¡Mira que quedarte embarazada! – Elsa dejó brotar una cantarina carcajada.
La mulata se levantó y guardó unos papeles en el archivador de la pared. Se giró hacia su jefa, con una mano en el vientre.
―           Te lo avisé. Te dije que si algún día tenía a tiro a… ya sabes quien… haría lo que fuera por quedarme preñada.
―           Pues lo has conseguido, Johannita. ¡Madre soltera a tus veintiséis años! Pero puedes presumir que el padre de tu retoño es…
―           ¡No lo digas! ¡Chitón! – exclamó la mulata, casi con miedo.
―           No se va a enterar, tonta – se rió Elsa.
―           ¡Por si las moscas! Así no se me escapará tontamente… Ya sabes la fama que tiene. No quiero que, por un descuido, me quite a mi hijo, o me ponga un pleito por custodia. No lo he hecho para sacarle dinero…
―           Lo sé, hembra loca y descontrolada. Has sentido la llamada de la maternidad y quieres tener un hijo antes de los treinta, y solo un hombre en el mundo entero es digno de ser el padre de tan preciosa criatura.
―           Si, jefa, tú lo has dicho – le lanzó un codazo Johanna, sin alcanzarla. – Solo hay un tío en el mundo que le permitiera meterme su instrumento en mi precioso coño.
―           ¡Pues vaya si lo hizo! ¿Cuántas veces tuvo que hacerlo? Déjalo. Me lo cuentas almorzando.
―           ¡No pienso hacerlo! ¿Por qué tanta prisa para almorzar? Apenas es la una… ¿No podríamos tener primero unos mimitos? – la secretaria mulata tomó a su jefa por las poderosas caderas, atrayéndola hacia ella.
―           Veo que tienes las hormonas alteradas, Johanna – se rió Elsa, apartándole sus manos.
―           Un poquito… – susurró Johanna, mordiéndose el labio.
―           Sabes que no. Nada de mezclar trabajo y placer – la respuesta de Elsa fue firme.
―           Elsa… Elsa… puedes despedirme, si quieres – bromeó débilmente Johanna, pero sabía que, como tantas otras veces, Elsa era inflexible con esa regla.
La mulata sufría, día tras día, esa norma en sus propias carnes, pues llevaba dos años enamorada de Elsa. De hecho, empezó a trabajar con ella, solo por estar a su lado. Elsa Burke tenía ciertas reglas inflexibles en su vida y aún no conocía a nadie que se las hubiera hecho saltar. Con un suspiro, recogió su bolso y cerró la oficina para ir a almorzar con su jefa.
Elsa repasó los datos que ya había verificado mientras preparaba su cena, en la pequeña cocina de su apartamento. Tenía por costumbre hacerse la cena siempre que estaba en casa. Nada de pedir comida por teléfono. Sin embargo, almorzaba en cualquier parte, debido más bien a su trabajo. No tenía prejuicios, lo mismo se zampaba un burrito en un puesto callejero de la zona de los estudios, como un cartucho de gambas en Chinatown.
Había pedido a uno de sus amigos de comisaría que buscaran el domicilio de Devon Subesky, y ese nombre solo dejó caer una notificación de óbito. Una mujer con ese nombre, murió cinco años atrás, en un accidente de tráfico. Tenía sesenta y tres años. Elsa se quedó un tanto extrañada. Si alguien usaba un nombre falso para trabajar de criada, solo tenía dos motivos: uno, se escondía por algún motivo. Puede que fuera una ilegal, o, posiblemente una criminal. De esa forma, obtenía una más fácil contratación. Dos, el robo era algo premeditado, en cuyo caso, lo que se habían llevado tenía un valor distinto al que habían acordado.
Elsa tuvo un mal pálpito con el caso.
Apagó el fuego de la piedra asador, dejando que la roja carne se fuera haciendo en su propio jugo. Sacó por la cabeza el delantal que llevaba, puesto que estaba en ropa interior. Un sujetador deportivo, de algodón blanco, que parecía una camiseta cortada por debajo de sus pechos, y un culotte negro que se ajustaba perfectamente a sus caderas.
Sacó una cerveza del frigorífico y se asomó a la gran terraza del ático. Podía ver las luces de las villas bajas de Lomita, al fondo; las luces de posición de los mástiles de los veleros, en el puerto deportivo. Le gustaba Torrence. Tenía su oficina en Westwood, en la zona rica de Los Ángeles, y se movía muy bien por toda la ciudad, pero vivía en su apartamento, en una ciudad de los suburbios, casi a pie de playa. Torrance era lo suficiente grande como para no deprimirla, pero pequeña en comparación con la monstruosa devoradora L.A.
Agradeció la ráfaga de brisa fresca que le llegó desde el mar. Estaba sudando. Las gotas resbalaban a lo largo de sus fuertes brazos, con los dos hombros tatuados – en el derecho, un escorpión, en el izquierdo, una calavera humana con el signo chino de “paz” en la frente. Se deslizaban por su poderosa espalda, hasta alcanzar el tercer tatuaje de su cuerpo, un poco por debajo de sus riñones: un machete alado, clavado en una “X”.
Sus piernas, tersas y bien depiladas, eran pura fibra y músculos. Elsa nunca tomaba un ascensor, a no ser que tuviera que acceder a una planta por encima de la veinte; procuraba correr cinco kilómetros diarios, y entrenaba en un gimnasio, tres veces a la semana. Estaba orgullosa de sus piernas.
Pero su cuerpo no solo se componía de tatuajes y músculos. Estaban las cicatrices, de las que nunca hablaba. Las más evidentes se encontraban, una, corta y profunda, en la parte posterior de su muslo izquierdo; otra, larga y zigzagueante, sobre las costillas de su lado derecho, terminando debajo del seno de ese mismo lado; dos más en el bíceps y el tríceps derecho, y, finalmente, varios surcos transversales en su espalda, como latigazos.
Elsa Burke era una mujer joven pero muy dura, y estaba orgullosa de serlo.
¿Qué se podía contar de ella? Si pudiéramos tener acceso a su ficha militar, comprobaríamos que ingresó en los Marines, a los dieciséis años, con la firma de su madre, en un claro intento de escapar de su casa y de su salido padrastro. Destacó en su entrenamiento, por su tesón y su agilidad y, dos años más tarde, entró en el especial adiestramiento de una de las brigadas del Décimo Aerotransportado, el famoso “X”.
Durante seis años, realizó misiones encubiertas, junto con su brigada, en Iraq, Afganistán, Kosovo, Sudán, y algún país perdido más. Misiones que no eran de paz, precisamente. Sin embargo, Elsa tenía un problema con obedecer órdenes. Su efervescente carácter latino la hacía protestar cuando las cosas no estaban claras, y eso fue lo que la llevó a discutir ciertas órdenes que no consideró éticas.
Le dieron la oportunidad de licenciarse honorablemente.
Elsa regresó a la vida civil, pero no se adaptaba, así que hizo caso a una de sus amigas, e ingresó enla Academiade Policía de California. Su hoja de servicio en los Marines le facilitó mucho este paso. Cuando accedió al grado de sargento detective, había cumplido veintiséis años. Estuvo destinada cuatro años en la 4ª Comisaría del distrito oeste, la misma que se ocupa de la zona de Beverly Hills y Bel Air. Era la segunda del capitán Murillo, jefe de la brigada de Control Urbano.
Finalmente, dimitió tras golpear duramente a un teniente corrupto, pero siguió manteniendo todo el respeto de sus compañeros. Fue entonces cuando decidió abrir un despacho de investigación privada, a la vieja usanza. Unos cuantos amigos del Cuerpo y algunos contactos entre la gente “maja”, léase mundillo del espectáculo, le abrieron muchas puertas y clientes.
Elsa siempre fue una chica muy segura de sí misma, diferente a las demás niñas que se movían en su entorno. A los doce años, ya sabía que le gustaban las chicas más mayores, y era la líder de los chicos del barrio. Los chicos no la atraían más que para competir con ellos, de cualquier manera.
Pero, pronto, su especial belleza le trajo problemas. Su mestizaje le confería una insólita belleza y un fiero carácter. Tenía los ojos de su padre, así como su genio, según su madre. Pura sangre irlandesa. De su madre, una hermosa portorriqueña, había sacado su espectacular físico, su temperamento caliente, y su bella y oscura melena.
Su padre, un técnico en voladuras, murió en un fatal accidente. Elsa apenas le recordaba. Tenía una vaga imagen de una gran sonrisa y un rostro pecoso. Su madre, aún muy joven, se casó con el dueño de un drugstore del barrio, un mal bicho llamado Raúl Espada. Cuando empezó a meterle mano de verdad, Elsa se marchó de casa y se alistó…
Con un suspiro, Elsa dejó de contemplar la noche urbana y regresó a comprobar como iba esa carne que tan bien olía.
El móvil sonó, vibrando en el bolsillo trasero de su pantalón militar. Elsa le echó un vistazo. Se trataba del sargento Elliot, uno de sus antiguos camaradas policías. El día anterior, le pasó la foto que Ava le dio de su asistente, así como su nombre. Respondió mientras cruzaba el gran patio de tierra batida. Dos mastines, de aspecto peligroso, acudieron a su encuentro y olisquearon su mano extendida, para después lamerla.
―           ¿Qué tal, sargento?
―           Tirando, Burke. Tengo algo para ti, pero no se llama Devon Suberky.
―           ¿Ah, no?
―           Naaaa – gruñó la densa voz del sargento Elliot. – Con ese nombre apareció un resultado de óbito. Una mujer de sesenta y dos años, muerta en un accidente de automóvil, en Halmilton.
―           Un nombre falso, ¿eh? – comprendió Elsa, abriendo la puerta de un cochambroso cobertizo, levantado con chapas de zinc.
―           Ajá. Pero pasé la foto por el CODIS y no tardó en surgir la coincidencia. Se llama Tris Backwell y está fichada por tráfico de estupefacientes. Hace casi veinte años, en Frisco.
―           ¿Está limpia desde entonces?
―           Eso parece. Te paso su última dirección conocida.
―           Gracias, sargento. Hazme otro favor…
―           Dime.
―           Creo que tiene un hermano, en Inglewood. Búscame sus datos.
―           Me debes una cerveza en Clark’s, Burke.
―           Te la dejaré pagada en la barra – se rió con la vieja broma. – Gracias, sargento.
―           Hasta otra, pequeña.
El aviso de la llegada de un mensaje resonó antes de que guardara el móvil. Miró la dirección. Zona oeste, cercana a la autovía al desierto. Elsa entró en el cobertizo que disponía en el interior de la chatarrería de Eddy Pronoss, cercana a la autopista del norte. Allí dentro, la investigadora mantenía ocultos sus diversos automóviles, aquellos que usaba para sus vigilancias. Eran coches comunes, baratos, y bastante machacados. Eddy la informaba si recogía algún coche que estuviera aún bueno, en general, y entre Normy, el hijo pequeño de Eddy, y ella, resucitaban la máquina, mejorando motor, amortiguadores, y puede que alguna otra cosilla. De esa forma, Elsa disponía de vehículos indetectables, totalmente camuflados, y legales.
Escogió un Pontiac del 84, con la pintura roja convertida en óxido marrón. Solo los neumáticos estaban nuevos. Pero el coche ronroneó suavemente con solo girar la llave. Sabía que, bajo el abollado capó, un motor de ocho cilindros en V y 300 caballos, esperaba impaciente a que ella pisara el acelerador.
Elsa tenía la costumbre de vestirse adecuadamente para cada una de sus trabajos. Se sentía mejor integrada y camuflada; una aprendida lección de sus años de comando. Lo mismo podía vestir como una desmejorada yonki, como parecer que iba al célebre baile anual del alcalde. En esta ocasión, llevaba el largo pelo recogido bajo una gorra caqui. Vestía unos holgados pantalones militares, llenos de bolsillos, pintados de camuflaje urbano, y remetidos en unas sufridas botas de paracaidista, marrones. Una camiseta negra, con la leyenda “I’ve fucked a President” sobre la pechera, completaba su indumentaria, amén de una pequeña mochila que colgaba a su espalda.
Veinte minutos más tarde, Elsa aparcaba en un barrio de dudosa seguridad. Casas prefabricadas, unicelulares, con porches desvaídos y de maderas roídas. A pesar de ser temprano, se veía bastante gente deambulando por la calle. Había niños jugando alrededor de un coche abandonado contra la acera.
Con un gesto automatizado, su mano liberó la presilla del especial bolsillo de su mochila. Dentro, una Beretta 92, recuerdo de su estancia por las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, descansaba, recién revisada. Comprobó la dirección de Backwell y echó a andar. Pronto estuvo delante de la casa. Ni peor, ni mejor que las de sus vecinos. Un trozo de jardín que parecía un auténtico matorral, descuidado por completo, guardaba la entrada. Elsa llamó al timbre y escuchó con atención. No oyó nada. Llamó de nuevo.
Tras esperar un minuto, rodeó la casa. Había una ventana forzada atrás. La utilizó para colarse en el interior. Todo estaba revuelto, claro signo de que habían registrado la casamata. Habían rajado tapicerías y cojines, la almohada y el colchón de la cama. Parecía una búsqueda en profundidad.
―           ¿Qué pasó, Tris? ¿Tu socio no quedó contento? – masculló Elsa, contemplando el desastre.
No iba a encontrar nada allí dentro, se dijo. Así que salió de la casa, sin tocar nada. Antes de llegar al Pontiac, recibió un nuevo mensaje del sargento Elliot. El hermano de Tris Backwell se llamaba Arnold, pero le apodaban Bike. Era un pequeño ratero sin importancia que vivía en uno de esos albergues para artistas.
―           Habrá que probar suerte – se dijo, subiéndose al coche.
Inglewood no estaba lejos, hacia el norte, pero tenía peor fama que el barrio que dejó atrás. Elsa estaba acostumbrada a moverse entre aquella fauna. Su propio mestizaje le ayudaba a mimetizarse. Sabía hablar como ellos, caminar como ellos, incluso, divertirse como ellos. Eso y la confianza que Elsa sentía en si misma, le permitía actuar sin problemas, entre fieras peligrosas.
Acababa de dejar atrás la vieja fábrica de cemento de Yellox, cuando su teléfono volvió a sonar. Con habilidad, activó el manos libres.
―           Burke – casi escupió.
―           Soy Barrow. Tengo lo que buscabas.
―           ¿Cuánto me va a costar esta vez, Barrow?
―           Esta vez va a ser gratis, nena – ironizó la voz.
―           ¡No me digas!
―           Ese tío es un cacho de mierda, incluso para mí.
Elsa no dijo nada, pero eso significaba mucho. Barrow era un puto tiburón de la calle. Manejaba chicas, drogas, y todo lo que se terciase. Cuando él decía que alguien era una mierda, es que lo era de verdad.
―           Gracias, Barrow, te la debo. ¿Dónde está?
―           En una vieja casa, al norte de Compton. Es una mansión tétrica que ha servido como casa de crack. Ahora es como un refugio de andrajosos. No tiene perdida.
―           Vale, la encontraré.
―           Liquídalo, guapa – dijo Barrow, al despedirse.
Era mediodía cuando entró en las calles de Inglewood. Muchos latinos en las aceras, desocupados, barriendo con miradas hambrientas cada esquina de la calle. El refugio de artistas que le habían indicado parecía más bien un fumadero de opio. Allí dentro, todo el mundo estaba ciego, ciego, pero que muy ciego. El olor a maría impregnaba los tres pisos del edificio. Preguntó a diversas personas hasta que le dijeron cual era la habitación de Bike.
No tendría más de veinticinco años y ya era una ruina. Estaba tumbado en la cama, con una botella vacía de ron en el suelo. Cuando lo zarandeó para despertarle, el aliento la quemó. El joven tenía varios dientes considerablemente picados. Parpadeó, confuso.
―           ¿Quién…coño…? – farfulló.
―           Despierta, Bike – le dijo ella, zarandeándole aún más fuerte.
―           Vale, vale… estoy despierto…
Mentira. En cuanto Elsa le soltó, dobló la cabeza y se zambulló en los dulces brazos de Morfeo. La ostia que se llevó sonó en todo el pasillo, incluso una chica obesa, de piel negra, asomó la cabeza, intrigada. Elsa no la hizo caso, ocupada en despertar al tipo de la cama. Le aferró de la mugrienta camiseta de tirantes que llevaba, y le sacó de la cama, arrastrándole. Le levantó y metió su cabeza bajo el pequeño lavabo que había tras la puerta. Abrió el grifo, dejando que el agua empapara las greñas de su cabeza.
―           ¡Para ya, zorra! – exclamó Bike, agitando los brazos.
Elsa apoyó la espalda contra la pared y apoyó la suela de una de sus botas en la amarillenta pared, mientras el hombre se secaba con la misma sábana de la cama, que no estaba muy limpia, por cierto.
―           ¿Qué cojones quieres, tía?
―           ¿Dónde puedo encontrar a tu hermana Tris?
―           ¿Mi hermana? ¿Tris? ¿Para eso me despiertas? ¡Que estaba soñando con Meggan Fox, me cago en mi puta vida!
―           Tengo que encontrarla, por su bien.
―           ¡Pues estará en su casa o en su trabajo, digo yo!
―           No, ni una ni otro. ¿Dónde puede estar?
―           ¡Yo que sé! Hace semanas que no la veo…
―           Escucha, Bike. Tengo dos bonitos billetes de cincuenta dólares para ti, siempre que me des un paradero…
Bike se lamió los dedos. Podía hacer muchas cosas con cien pavos.
―           Sé que tiene mucha amistad con su antigua jefa… puede que haya vuelto con ella – dijo, alzando un solo hombro.
―           ¿Quién? ¿Dónde?
―           Una viuda joven… Walter o algo parecido. Es una mansión a las afueras de Tarzana. No se me ocurre nada más, de verdad, tía…
―           Eso solo vale cincuenta – Elsa le mete un billete en la camiseta. – No te lo gastes todo de golpe, podrías ponerte malito…
Elsa salió del refugio de artistas, colocándose bien sus gafas de sol. Tarzana estaba al otro lado de Los Ángeles, hacia el sur. Aún tomando la I-5, la Golden State freeway, que atravesaba la ciudad, no llegaría en menos de dos horas, en hora punta. Así que decidió parar a almorzar en algún sitio.
Elsa no eligió el sitio, solo se detuvo en una de las áreas de servicio del extrarradio, allí donde paraban cientos de camioneros y viajeros. Comida rápida y conocida, para reponer fuerzas. El local se llamaba Chicken Galore y, como no, había que pedir pollo. Elsa tuvo suerte, el sitio se estaba vaciando de los comensales con horario fijo, y pudo sentarse a una de las mesas. Una bonita camarera limpió la mesa, dedicándole una increíble sonrisa. Elsa se dijo que le había, al menos, alegrado el día. La contempló alejarse, fijándose en el bamboleo de sus caderas bajo el uniforme rosa y blanco. Era joven, unos diecinueve o veinte años, con un bonito pelo rubio recogido en un moño pulcramente recogido. Flirteó con ella cuando regresó a tomarle nota de su pedido.
―           ¿Tengo que pedir por fuerza? – le preguntó suavemente Elsa.
―           Er… — la chica no supo que decirle.
―           Es que me podría quedar horas, aquí sentada, mirándote, sin alimentarme siquiera – Elsa se había quitado la gorra y mantenía la barbilla apoyada en una de sus manos.
La camarera debía de ser nueva, o bien no estaba acostumbrada a que una mujer le tirara los tejos, porque se sonrojó fuertemente, bajando los ojos hasta su libreta.
―           Tranquila, no suelo morder – se rió Elsa, tomando una carta. – Quiero pechuga de pollo, a la brasa, con salsa de yogurt y verduras, y una Coca Light, grande. Después, te pasas otra vez, puede que pida postre o… a ti, si no hay mucho público.
Esta vez, la camarera le sonrió, aceptando su broma. Elsa no tenía problemas para entrarle a una mujer. Nada de timidez o vergüenza. Si le gustaba, se lo decía, y dejaba que dieran el primer paso. Muchas de sus conquistas no fueron ni siquiera concientes de que les gustaban las mujeres, hasta ese mismo momento. Elsa era directa y fuerte, pero no brusca. No carecía de elegancia y buen gusto, tanto en sus maneras, como en sus palabras. El ejemplo estaba en lo que le había dicho a la camarera. Sabía seducir a una mujer y también sabía hacerla llorar, ese era el problema de Elsa.
Se enamoraba con demasiada rapidez, con un fuerte arrebato pasional que la hacía decir y hacer verdaderas maravillas, pero que, lamentablemente, se disgregaba rápidamente, dejándola hastiada y vacía. La chica seducida pasaba, sin aviso, de ser el centro de una atención romántica inagotable, a un alejamiento glamoroso y correcto, pero, evidentemente frío. Muchas llegaron a preguntarse si la culpa era de ellas, pero, Elsa lo sabía bien… la culpa era solo de ella… no sabía parar, no se controlaba en el amor, y, finalmente, tenía que hacerlas llorar.
Por eso mismo, no quería ceder ante las insinuaciones de Johanna. Era una buena secretaria, una amiga de toda confianza. No quería perderla por un par de meses de acaloramiento. Mejor así… mejor así…
La camarerita la sorprendió, trayéndole su pedido enseguida. “Parece que le he caído bien”, pensó, haciéndole una caída de ojos.
―           Llámame si necesitas algo más – le dijo la chica, obsequiándola con una dulce sonrisa. Se alejó moviendo aún más sus caderas.
Elsa devoró el pollo, de buen humor, y las verduras. No pidió postre, pero si café negro. A la hora de pagar, la camarerita le pasó, susceptiblemente, su número de teléfono. Se subió en el Pontiac y puso rumbo al sur, mientras le daba vueltas a lo que debía hacer esa misma tarde.
Compton es el peor barrio de Los Ángeles, con diferencia. No veréis allí a ningún turista, eso seguro. Las bandas de chicanos y de afros se disputan diariamente sus territorios. Las calles más al sur de la ciudad son un ejemplo de pobreza y abandono. El ayuntamiento no interfiere en ellas, y la policía tiene que desplegar escuadrones cada vez que entran a buscar a alguien.
Sin embargo, el lado norte, tiene buenos edificios, el ayuntamiento, y buenos parques. Su población es más blanca que afroamericana, y no hay apenas latinos. Es como si una línea dividiera la ciudad.
Por supuesto, la vieja mansión que Elsa buscaba, esa antigua casa de crack, estaba en el más profundo sur, como no. Se recogió totalmente su pelo, cubriéndolo con un pañuelo, y colocó su gorra sobre él. Aunque no podía ocultar sus poderosos senos, si podía pasar por una chica latina, perteneciente a una banda, quizás. Tenía que moverse en terreno hostil y, a lo mejor, tenía que hacer preguntas. Mejor integrarse.
No le costó demasiado encontrar la casa. Estaba casi en ruinas, en una manzana a medio demoler. Varios indigentes entraron y salieron de ella mientras Elsa la vigilaba, pero también pululaba gente joven, chicos con monopatines y bicicletas. Un par de rameras latinas apostaron sus culos a la sombra y organizaron un coloquio vociferante con otras que se asomaban a una de las ventanas.
Elsa comprobó que las ventanas del último piso estaban todas cerradas y mantenían todos sus cristales. ¿La parte más elegante de la casa?, se dijo, con una sonrisa. Allí vivía gente y, posiblemente, aquellos que controlaban ese nido de cucarachas.
Antón Jiménez era un tipo pulcro y sibarita. Aunque se escondía, tenía dinero para disponer de un sitio decente, incluso en un agujero como ese. No conocía la oposición que podía encontrarse, una vez dentro, pero no estaba dispuesta a esperar más y perderle otra vez. Hoy sería suyo o del ayudante del forense, se prometió.
 Antón era un viejo clavo en su vida. Era el Chulo, el proxeneta por excelencia, ese bastardo que se aprovecha de cualquier mujer a su alcance, sorbiéndole hasta el alma, para después desecharla en cualquier vertedero. Elsa ya le había perseguido en otra ocasión y consiguió eludirla, tanto legalmente, como físicamente. Hoy se le acabaría la suerte.
No volvería a chantajear, ni presionar a otra chica. Seguro que se encontraba en una de esas ventanas, bebiendo y jodiendo, teniendo a ese niño descuidado y olvidado, quizás atado a un radiador. Elsa se estremeció con lo que estaba imaginando. Una semana atrás, Antón se había llevado el hijo de una de sus chicas, que se negaba a prostituirse más. El niño tenía cinco años, la madre apenas veintiuno. Elsa le había prometido, después de dejarla en una casa de acogida, que le traería a su hijo de vuelta, y que Antón no volvería a molestarla más.
Elsa se ocupaba también de esos casos, de ayudar a las chicas más desafortunadas, las almas de la calle, y lo hacía totalmente gratis, como una maldita ONG, se decía muchas veces. Pero era consciente de que alguien tenía que hacerlo, y ella conocía personalmente a muchas de estas chicas. Eran sus informantes, sus ojos y oídos, y ella las protegía y las ayudaba en medida a lo posible.
“Bien. Es hora de entrar”.
Bajo la visera de su gorra y agachó la cabeza. Colocó su pequeña mochila sobre uno de sus hombros, acercando así el bolsillo de su pistola semiautomática a su mano. Un tipo que hedía a orines le sonrió, enseñándole sus encías desnudas, y la piropeó soezmente, justo en la puerta de entrada, pero nadie la detuvo, ni le preguntó. El interior era aún más deprimente. Faltaban la mitad de las puertas de las estancias, y había pocos muebles, más bien cartones por doquier. Había gente durmiendo bajo ellos, o sentada en el suelo, con la espalda contra la pared. Casi todos, parecían idos o drogados.
En una de las habitaciones, varios adolescentes latinos, todos con la misma camisa de cuadros entreabierta, se pasaban una pipa de agua, de mano en mano, mientras jugueteaban con un par de Uzzis. La miraron, curiosos, y Elsa aligeró el paso. Antes de llegar al último piso, notó que la cosa cambiaba. Las escaleras estaban limpias y las paredes pintadas. Al subir, Elsa pudo ver a un tipo sentado en una silla, a un lado del pasillo, con la nuca apoyada en la pared. Tenía una escopeta recortada en las manos. ¿Un guardaespaldas para Antón? Quizás había más gente escondida allí dentro…
Se quitó la gorra y el pañuelo, dejando brotar su cabellera. La agitó para desplegarla, y metió la gorra en la mochila. Se quitó la camiseta y también la introdujo en el saco. Elsa estiró el sostén deportivo, convirtiéndole en un top muy sensual. Bajó la cadera de sus pantalones, casi hasta la mitad de sus nalgas, y tiró de las tirillas de su tanga sobre las caderas. Se rió en silencio. ¡Un putón de primera, en apenas un minuto!
Acabó de subir las escaleras y el hombre la miró. Se puso en pie, pero no hizo ademán de frenarla. La estaba mirando, embobado. Solo veía acercarse una magnífica puta, llevando una mochila al hombro.
―           ¿Qué buscas, zorra? – le preguntó el hombre, en un español que parecía provenir del más profundo Méjico.
―           Pues, ¿dónde voy a ir, pelado? ¡A trabajar, no más! – contestó ella, usando también la misma lengua. – Antón me espera, guey…
―           ¿Antón? Pero… si ya tiene a dos mujerzuelas con él – se asombró el latino.
―           ¡No pinches, carajo! Si estoy aquí es porque quiere otra más, ¿no? Ha llamado hace menos de diez minutos… ¡Déjame pasar que vaya a que termine y no me pague!
Riéndose, el hombre se echó a un lado, indicándole que podía pasar. Ni vio venir el culatazo. Conla Berettadetrás de la espalda, Elsa le desencajó la mandíbula de un golpe. No podía dejar a nadie armado a su espalda. Le ató las manos a la espalda con una cincha de plástico.
Abrió la puerta que estaba al lado de la silla del vigilante, con mucho sigilo, el arma preparada. El sonido de una televisión a gran volumen la impactó. Buena suerte para ella. La habitación giraba noventa grados a la derecha, dejando una pequeña entradita, de apenas dos metros, con solo un perchero vacío contra la pared. Arriesgó un vistazo. El niño estaba sentado en el suelo, sobre una manta, entre juguetes. Detrás de él, una de las ventanas que había observado desde abajo.
“Cristales tintados”. Elsa agitó una mano, llamando la atención del niño. La miró con interés, preguntándose porque, quizás, porque esa señora estaba jugando al escondite. Ella le enseñó la pistola y consiguió un brillo de interés en los oscuros ojos del niño. Se puso en pie y se acercó a ella. Elsa le animó, llamándole con la pistola.
―           ¿Dónde vas, Adrián? – preguntó una voz masculina.
“Antón Jiménez”, pensó, al mismo tiempo que apretaba los dientes.
El niño se había detenido antes de llegar a ella, y se giró hacia la voz, sin contestar.
―           Ven, vamos a escondernos – susurró ella, atrayendo de nuevo al niño. — ¿Quieres jugar?
El infante sonrió y corrió hacia ella.
―           ¡Adrián! ¡Maldito enano! A ver, mirad donde se ha metido. ¡Tú no, guarra, que me la estás chupando, coño…!
Elsa esperó a que se asomara una de las putas para colocarle el cañón ante los ojos. Le indicó silencio y la atrajo junto al niño.
―           Abrázale y quédate pegada a esta pared. ¿Me entiendes? – susurró.
La mujer asintió, pasando una mano por los hombros del niño latino, que las miraba con los ojos muy abiertos.
―           ¡Putón! ¿Dónde está el niño? – preguntó Antón.
Elsa se adentró en la habitación. Antón estaba sentado en un gran sofá, con los pantalones en los tobillos. El mueble quedaba de perfil a la entrada, por lo que, en un primer momento, empujando la cabeza de una jovencita contra su polla, ni siquiera vio a la intrusa. La chica atareada con su miembro notó el espasmo de Antón y levantó los ojos, descubriendo el arma que les apuntaba. Dio un gritito y se apartó, con tal rapidez, que cayó de culo al suelo.
―           ¡No te levantes! – la avisó Elsa. – Gatea hasta mí, a cuatro patas…
La puta la obedeció y, cuando llegó a su lado, le indicó, sin dejar de apuntar a Antón, que tenía las manos alzadas.
―           ¡Contra la puerta! ¡A gatas!
―           ¿Quién eres, jodida perra? – preguntó Antón, intentando ganar tiempo.
―           Burke.
El temor asomó a los ojos del proxeneta. Burke tenía fama de sabueso y le había estado persiguiendo. Se decía que solía cumplir con sus encargos.
―           ¿Trabajas para Burke?
Elsa no contestó.
―           Mira, tengo dinero aquí y… mucho más a buen recaudo. Te pagaré y…
―           Yo soy Burke.
Tres simples palabras, pronunciadas de forma seca y concisa, pero que tuvieron la virtud de palidecer el rostro moreno de Antón.
―           Burke es una… mujer… — balbuceó.
―           Así es. Como comprenderás, no me gusta nada de nada tu actitud hacia nosotras, pero, como me considero una persona justa y cabal, te voy a dar una oportunidad.
La esperanza renació en él, por un momento.
―           Te voy a permitir escoger entre dos posibilidades, ¿de acuerdo?
―           Si.
―           Una, puedes intentar coger ese revólver que hay sobre la mesita. Calculo que son dos pasos y con los pantalones en los tobillos. Mal asunto, pero posible si eres rápido. Claro está que no voy a dejar de apuntarte y no soy de las que fallo un disparo…
―           Eso dicen.
―           Dos, puedes elegir una de las dos ventanas y saltar.
―           ¡Estamos en un cuarto piso! – gritó.
―           Pero también tienes una posibilidad de sobrevivir. Te recomiendo que intentes caer en el techo de un coche, amortiguan bastante.
―           ¡No pienso…!
Elsa apuntó a aquel miembro totalmente menguado en escasos segundos.
―           Entonces, habrá una venganza feminista. Te volaré la polla en varios pedazos y te aseguro que no tendrás ni una sola posibilidad de sobrevivir. ¡Tú decides! ¡Tienes diez segundos!
―           Pero…
―           ¡Uno!
―           ¡Joder! Madrecita…
―           ¡Dos!
Antón se dirigió a la primera ventana y la abrió. Miró hacia abajo. No pareció gustarle lo que vio, y se dirigió a la segunda. Observó que había una cornisa un piso más abajo, y en el siguiente, el asta de una bandera que alguien había incendiado. Allí estaba su posibilidad de sobrevivir. Antón se tenía por un tío con suerte y ágil. Había jugado mucho al baloncesto y no hacía tanto de eso. Podía conseguirlo.
―           ¡Siete! – escuchó la voz de aquella ejecutora.
Se giró hacia ella y le sonrió antes de saltar.
―           Hay que reconocer que ha sido valiente. Ha saltado antes de que llegara al diez – dijo Elsa, acercándose a la ventana.
Los indigentes y unos cuantos adolescentes que patinaban cerca de allí, acudían a contemplar el hombre que había caído del suelo, con los pantalones bajados. El cuerpo estaba contorsionado y sus ojos miraban el cielo azul. La espesa sangre roja se derramaba de su cabeza abierta y su vejiga se había distendido, orinándose sobre uno de sus muslos.
―           Pues no. Va a ser que no lo ha conseguido – musitó Elsa, tomando al niño en brazos.
―           ¿Tendrás problemas con ello? – preguntó Micaela, besando a su Adrián en el suave cabello.
Elsa estaba sentada en uno de los bancos del parquecito frente al hogar de acogida. Micaela aún tenía los ojos lagrimosos de la emoción por recuperar a su hijito. Atardecía y la puesta de sol perlaba de colores el horizonte, por encima del mar.
―           Yo no hice nada. Saltó él solo y tengo dos testigos. En cuanto al guardaespaldas, es un pobre desgraciado que, una vez muerto el patrón, no le interesa remover nada. No te preocupes. La policía no va a abrir ninguna investigación por la muerte de un tipejo como Antón – la tranquilizó Elsa.
―           No sé como agradecértelo – repitió de nuevo la joven latina, cogiéndole las manos y besándolas.
―           No tienes por qué dármelas, Micaela, de veras. Sabes muy bien que intento ayudaros en lo que puedo – le habló en español, acariciándole la mejilla y enjugando las lágrimas de la hispana.
Micaela había estado atrapada seis años bajo el yugo de Antón, desde que llegó a Estados Unidos ilegalmente, con apenas quince años. El proxeneta la sedujo, la convirtió en mujer y en su puta. Pronto quedó embarazada, sin saber quien era el padre, y, desde ese momento, Antón aún tuvo más presión sobre ella. La amenazaba con quitarle a su hijo, que era lo único de bueno que Micaela tenía en la vida.
Finalmente, escapó de él, refugiándose en la casa de acogida, con Adrián, pero, en un descuido, el chulo se lo quitó. Fue entonces, cuando, aconsejada por el director del albergue, Micaela se puso en contacto con Elsa.
Esta recorrió con sus ojos el cuerpo rotundo de Micaela. Era bajita, pero armoniosa, con unos senos pujantes y firmes, y unas caderas ideales para bailar la danza del vientre. Poseía unos dulces rasgos indios, que le conferían una expresión de anhelo, de eterno puchero, que ella sabía aumentar gracias a sus gruesos labios. Llevaba el frondoso pelo oscuro recogido en una gruesa trenza, y un gracioso flequillito caía sobre sus dulces ojazos marrones. Elsa tuvo que reconocer que esa inocencia que Micaela, aún siendo prostituta, era capaz de ofrecer, era lo que la había motivado a buscar al cabrón de Antón.
Por su parte, Micaela, aferrando aún una de las manos de Elsa, se perdía en los asombrosos ojos violetas de la detective. Nunca había visto unos ojos así. La intensidad con la que la miraba esos ojos, la derretían, la anulaban. Micaela nunca había estado con una mujer, de hecho, nunca había tenido una auténtica relación sentimental con nadie, pues su primer amor había sido su propio verdugo; pero estaba segura de que podría amar a alguien como Elsa toda su vida.
―           ¿Quieres subir a mi habitación? Adrián se cae de sueño. Le acuesto y preparo un té de jazmín muy bueno, ¿si? – casi imploró la muchacha.
―           Está bien, Micaela. Ya es tarde para seguir trabajando – se rió Elsa.
Le dio la mano para ayudarla a levantarse del banco, ya que mantenía a su hijo en brazos, y Micaela ya no se la soltó hasta llegar a su cuarto. Lavaron entre las dos a Adrián, riéndose como tontas. Tras ponerle el pijama, Micaela le acostó en una pequeña cama plegable que tenía al lado de la suya. Mientras calentaba el agua en el hornillo portátil, al lado de la ventana, Micaela sentía los ojos de Elsa clavados en su espalda, como si la desnudara. Sabía lo que se comentaba sobre la detective y su amor por las mujeres. A Micaela no le importaba ya nada. Tenía las bragas empapadas desde hacía una hora, al menos.
Puso las bolsitas, hechas por ella misma, en las tazas, vertió el agua hirviendo, y le añadió una pizca de canela y ralladuras de limón. Se giró y le entregó una taza a Elsa, quien estaba apoyada contra la pared.
―           ¿Azúcar? – preguntó, intentando no mirar esos ojos que la hacían bullir.
―           No, ya te tengo a ti para endulzar – Elsa le quitó la taza de la mano, dejándola sobre la pequeña mesa, y la tomó por la cintura, atrayéndola.
Micaela jadeó por la impresión. No se esperaba algo tan directo, tan abrumador; era una muñeca de trapo entre las fuertes manos de Elsa. Los labios que se posaron sobre su boca, ardían sin quemar. Micaela sintió como su boca era succionada tan suavemente, con tanta delicadeza, que parecía que un ángel la estaba besando. Nadie se había dignado a besarla así, nunca.
Su cuerpo respondió de inmediato, fusionándose cuanto pudo contra el de Elsa, y lo percibió mucho más duro que el de ella, fibroso, con los músculos a flor de piel. También era más alta, casi cuarta y media más. Le encantó y abrió la boca como una flor, aceptando esa lengua que trataba de invadirla.
―           Micaela… Micaela… ¿Estás segura de…?
―           Sshhhh… calla y llévame a la cama…
A pesar de su experiencia sexual, Micaela no supo en qué momento le había quitado la blusa, o su falda. Estaba extasiada por los besos y los roces, por el tacto de aquella piel perfecta que la rodeaba como una anaconda, que la hacía suspirar cuando se frotaba largamente contra ella. Jamás creyó que el amor entre mujeres pudiera ser así, tan pasional, tan lleno de fuego, sin necesidad de que nada invadiera su cuerpo, que la destrozara…
Elsa estaba atareada con aquellos oscuros pezones que la enardecían, que la incitaban a morderlos y a succionarlos, sin cesar. Micaela poseía unos senos para alabar en un altar. Firmes, poderosos, mullidos, cálidos… hubiera querido conocerlos cuando Micaela estaba embarazada y colgarse de ellos, para libar su leche materna. Los pezones estaban tan duros que tenían que dolerle, pues cada vez que los rozaba con su lengua, Micaela gemía y levantaba las caderas.
―           Me estás… matando… cariño – jadeó la mejicana.
―           Moriremos juntas… espera… — la mordió Elsa debajo de uno de los pechos, antes de apartarse. – Cruza tus piernas sobre las mías…
Micaela no conocía la postura de las tijeras, pero aprendía por segundos, casi de forma innata. En aquel momento, frente a frente, Micaela fue conciente de que estaba haciendo el amor con una de las mujeres más hermosas que había conocido. Pasó el pulgar sobre el clítoris, arrancando un incontrolado jadeo de los labios de Elsa. Tenía el sexo totalmente depilado, tan suave como la barriguita de un bebé. Un cochinilla, roja y negra, casi tan diminuta como una de verdad, estaba tatuada sobre su pubis, a dos centímetros de su vagina, como si se dirigiera a esconderse en ella.
Micaela, por el contrario, tenía su vello púbico recortado y corto, formando un pequeño triángulo que, en este momento, estaba empapado por los jugos de su amante, que se frotaba como una perra contra ella. Se miraban a los ojos, las bocas entreabiertas, anticipándose al placer que anunciaba con llegar. Sus caderas rotaban como perfectas máquinas sincronizadas, consiguiendo que su continuado roce calentara tanto sus pechos y sus vientres, que les costaba respirar.
―           Vamos… a corrernos juntas… hermosa – musitó Elsa, entre quejido y suspiro.
―           Cuando… me lo pidas… cielo…
―           Ahora… ¡Ahoraaaa!
Micaela alargó la mano y tomó la de Elsa, entrelazando los dedos, desbordadas por el orgasmo que parecía nacer en la intersección de sus cuerpos, para desplegarse por cada uno de sus nervios. Por un momento, Micaela contempló el goce absoluto en el rostro de Elsa, con las pupilas giradas hacia el techo, y se enamoró absoluta y totalmente de ella.
Elsa, aún estremecida, reptó por la cama hasta abrazar a su amante, envolviéndola con una de sus largas y morenas piernas. La besó en la mejilla, en la chata nariz, y, por fin, en aquellos labios pulposos.
―           ¡Ha sido fantástico! ¡Eres una amante increíble! – la alabó.
―           Ha sido mi… primera vez – confesó Micaela.
―           Pero, ¿qué dices? ¿Cómo…?
―           Nunca había estado con una mujer. Algunas compañeras se consolaban entre ellas, pero yo tenía a Adrián.
―           No lo sabía – Elsa se apoyó en un codo para mirar a su amante a la cara. Le quitó un mechón de la cara. — ¿Te arrepientes?
―           Jamás. Ha sido lo más bonito que me ha ocurrido en la vida, después de mi hijo.
―           Gracias. Tienes razón, por un momento, ha sido perfecto.
―           Elsa…
―           ¿Si?
―           Te quiero.
“Vaya. Esta vez no he sido yo quien lo ha dicho”, pensó Elsa, irónicamente.
―           Y yo, dulce Micaela…
                                                             CONTINUARÁ.
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