prostituto por error– ¿Qué otras cosas le hacía Aurora? – me pregunta mi psicoanalista, cambiando el ángulo de las preguntas: no se sin-tituloresigna ante mi falta de respuesta sino que, por el contrario, la toma como un dato; aun sin verle, lo imagino paladeando su triunfo.

Entierro mi rostro en el diván: no es tanto que esté haciendo memoria, sino que quiero, de algún modo, ocultarme de los recuerdos tortuosos. Mi respuesta tarda en llegar pero, al parecer, esta vez el tipo no está dispuesto a concederme el beneficio del silencio; de pronto, siento que está haciendo girar el bolígrafo dentro de mi orificio de tal modo de describir círculos. Mi resistencia se afloja aun más; es evidente que él está consiguiendo su objetivo.

– Me… hacía vestir como nena – balbuceo, entrecortadamente y entre sollozos.

– Bien, seguimos encontrando cosas interesantes. No es difícil entender por qué Aurora lo traumó tanto. ¿Ella le traía la ropa?

– No… La… sacaba de… por allí…

– ¿Perdón?

– De por allí, de los cajones… en casa.

– Ah, entiendo, ¿qué tipo de ropa?

– Faldas o vestiditos cortos, sobre todo. También me hacía caminar en tacos altos.

– ¿Y ropa interior?

Hago una larga pausa; aspiro:

– Sí, también: tangas, cola – less, culotes, vedetinas…

– ¿Delante de sus amigos?

– Sí. Y de mis amigas también.

– ¿Nunca ocurrió que su madre regresara de manera inesperada y se encontrara con una escena de ésas?

– No, nunca.

– Entiendo. Digamos que Aurora, entonces, se movía a sus anchas.

– Tal cual.

– ¿Y cómo reaccionaban sus amigos al verle vestido de ese modo?

– Como cuando veían mi cola, pero creo que peor… Reían a carcajadas, se me burlaban, me ponían nombres, me insultaban, me chiflaban como si fuera una chica, me tocaban…

– ¿Dijo que le ponían nombres?

– Sí.

– ¿Por ejemplo?

– Julia era el más frecuente…

– Digamos que no esforzaron demasiado su imaginación – dictamina el psicoanalista soltando una risita.

– Sí, aunque con el tiempo lo cambiaron…

– Ajá. ¿Por…?

– Uno de los chicos, jugando un poco con lo de “Julito”, comenzó a llamarme “culito”: tuvo éxito y los demás me rebautizaron definitivamente.

Esta vez el tipo carcajea abiertamente.

– ¡Culito! ¡Ja! ¡Ése sí que es muy bueno! ¡El autor se hubiera merecido un premio! En fin, supongo que todo esto era terriblemente vergonzante para usted…

– Terriblemente…

– ¿Y las cosas quedaban sólo en casa?

– No lo entiendo…

– Claro: usted me relata una situación en la cual Aurora lo exponía vestido como una nenita ante sus amigos y amigas. ¿Va usted acaso a decirme que esos adolescentes mantenían el secreto puertas adentro y no salían a desparramarlo por ahí?

– Lo hicieron…

– Ajá. ¿En el colegio, por ejemplo?

– Fundamentalmente.

– Imagino que usted se habrá convertido en el hazmerreír oficial, el centro de las burlas…

– Tal cual.

– ¿Cómo lograba soportarlo?

– No lo soportaba. Le pedí a mi padre un par de veces que me cambiara de colegio, pero tardó mucho en darme bolilla.

– Ajá. Y… dígame: de esos chicos que lo veían en su casa vestido como nena, ¿ninguno lo cogió?

El interrogatorio (porque eso es) hace rato que dejó de encajar en los cánones normales de una terapia; por lo tanto, no sé por qué me sorprendo de que mi psicoanalista utilice ahora un lenguaje vulgar y, al parecer, impropio en un profesional.

– No, ninguno… aunque…

– ¿Aunque…?

– Les tuve que mamar la verga a casi todos…

En estos momentos es cuando agradezco no estar mirando a la cara de mi psicoanalista; no logro imaginar su expresión.

– ¿Eso fue también por orden de Aurora?

– Así es.

– ¿Orden o pedido?

– ¡Orden! – estallo -. ¡Ella lo decía todo como si fueran órdenes!

– Entiendo… ¿Y le acababan en la boca?

Larga pausa.

– Sí…

– Supongo que eso también era algo ordenado expresamente por Aurora, ¿verdad?

– Tal cual.

– Entiendo… O sea que, salvo por la boca, ninguno lo terminó cogiendo…

– Sí me cogieron…

Me arrepiento apenas lo digo; ahora es tarde para cerrar la boca.

– Me acaba de decir que no…

– Lo que le dije fue que de esos que venían a casa y me veían vestido de nena, ninguno me cogió.

Ahora la pausa la hace él; está analizando mis palabras.

– Ah, voy entendiendo – dice, finalmente -: usted me está diciendo que lo cogió alguien pero fuera de ese ámbito.

– Sí.

– ¿Quién fue?

– Un chico del colegio.

– ¿Del colegio o en el colegio?

– Ambas cosas…

– ¿Y no era de esos que venían a su casa asiduamente?

– No, porque no pertenecía al círculo de mis amigos. De hecho, yo había cruzado muy pocas palabras con él antes de eso…

– Veo que las suficientes como para que él lo terminara cogiendo – dice, con mofa -; déjeme adivinar: eso también se lo ordenó Aurora.

Acuso recibo. Me ha hecho pisar el palito.

– No. Fue en el colegio, le dije. Aurora no estaba allí…

– Ah, digamos que esta vez no puede acusarla de…

– ¡No tuve opción! – le interrumpo bruscamente, a viva voz -. Y, además… ella fue en parte responsable aunque no se hallase allí.

– Hmm, veo que Aurora era casi omnipresente; estaba en todas partes e influía en todo. ¿Por qué dice que no tuvo opción?

– ¡Porque realmente no la tuve!

– No entiendo: ¿lo violaron? Explíquese, por favor, para que pueda entenderle

Aspiro, trago saliva. No sé por dónde comenzar y la verdad es que me cuesta horrores hacerlo. Él hace nuevamente círculos con el bolígrafo dentro de mi culo y ello parece funcionar como una cuerda para que yo suelte la lengua.

– Aurora… – comienzo.

– Siempre Aurora…

– Sí, Aurora. Ella comenzó a obligarme a llevar ropa interior de mujer fuese donde fuese y, muy especialmente cuando iba al colegio.

– Epa. Muy perversa esa chica; cada vez me sorprende más, pero… bueno: al menos, siendo ropa interior, no había posibilidad de que los demás se la viesen, salvo, claro, cuando iba al baño. ¿Fue allí el problema?

– F… fue en el baño, pero no del modo en que usted lo imagina…

– ¿Ah, sí? Soy todo oídos.

Otra vez la pausa que parece eterna; el tipo parece dispuesto a esperarme cuanto sea necesario.

– En el colegio se sabía que yo usaba ropa interior femenina.

– Claro, sus amigos y amigas se habían encargado de desparramarlo al por mayor, pero… de todas formas y más allá de que lo hubieran visto en su casa usando ropa femenina, no tenían forma de saber que la llevaba bajo la otra indumentaria cuando iba al colegio, ¿o sí?

– En principio no…

– Pero…

– El problema se presentaba en los días en que teníamos educación física apenas terminado el horario normal de cursada. Sólo ocurría una vez en la semana.

– Entiendo: tenía que cambiarse de ropa en el colegio; es decir que, por más que fuera una sola vez en la semana, eso bastaba para meterle en un serio problema. Podría haberlo solucionado simplemente absteniéndose de usar esa ropa interior ese día de la semana, pero está claro que, ya para esa altura, usted tenía una necesidad muy fuerte de llevarla puesta. En fin, ¿y cómo se las arreglaba?

– Simplemente… esperaba a que todos hubiesen abandonado el sector del vestuario y, cuando ya no había nadie, me cambiaba en último lugar. En ocasiones ello me implicaba el llegar tarde cuando el profesor pasaba lista y más de una vez, de hecho, me implicó sufrir un cuarto de falta.

– ¿Y sus padres no preguntaban nada al respecto cuando veían esos cuartos de falta en el boletín? Se suponía que usted no tenía por qué llegar tarde siendo que el horario de educación física era seguido al de cursada.

– Mi… padre apenas veía el boletín o, digamos, más bien, que lo miraba sin ver. Y en cuanto a mi madre… no, no decía nada…

– Bien, pero entonces podemos decir que usted se las apañaba bastante bien para ocultar su ropa interior.

– Sí, al menos lo hice hasta que…

Otra vez la larga pausa.

– ¿Hasta que…? – me impele a hablar mientras, una vez más, describe círculos con el bolígrafo dentro de mi ano.

– Hasta que… un chico de otro curso entró sorpresivamente al vestuario en el momento en el cual yo me acababa de quitar la ropa de colegio y, por lo tanto, me hallaba en ropa interior.

– ¿Qué tenía puesto específicamente?

– Sostén y tanga…

– ¿Color?

– Rosado.

– Uf… ¿Y cómo reaccionó el jovencito? ¿Le conocía usted?

– Le conocía poco; era un par de años más chico que yo. Se quedó atónito, con los ojos desorbitados…

– No era para menos. ¿Y luego?…

– Simplemente desvió la vista y fue hacia el sitio en el que se hallaba su mochila; extrajo algo de su interior y se fue.

– Y a partir de ello su conjuntito rosado se convirtió en vox populi…

– ¿En qué?

– No importa. La cuestión es que su ropa interior femenina dejó de ser un secreto.

– Tal cual. Ya toda la escuela lo sabía.

– ¿Docentes incluso? ¿Directivos?

– Hmm… no me consta que haya llegado a oídos de ellos; creo que no. Pero sí puedo afirmar que, entre los alumnos, yo era objeto de todo tipo de comentarios y burlas sin que pudiera ya, prácticamente, andar por ningún lado. La clase era una tortura para mí: todo el mundo me miraba, reía y cuchicheaba. El recreo lo mismo. Mis amigos comenzaron a apartarse un poco de mí, pues ahora que lo mío había dejado de ser un secreto, permanecer a mi lado era casi como prenderse fuego a la vista de los demás…

– Claro. La escuela lo tenía por puto…

– Sí.

– Pero entonces, ese chico que lo vio no fue el mismo que lo cogió. ¿O sí?

– No…

– ¿Y cómo llegó a eso? ¿Con quién?

– Fue… otro chico al que apenas conocía, como le dije antes, pero éste un año mayor que yo…

– Creo haberle oído decir que fue en el baño.

– Tal cual.

– ¿Me puede contar cómo ocurrió? ¿Fue durante un recreo?

– No. A la entrada.

– ¿A la entrada? Nunca se me hubiera ocurrido.

– Sí, fue… en medio de todo el tumulto que se generaba cuando había que formar para entrar; durante algunos instantes, el patio del colegio se convertía en un caos circulatorio hasta que los distintos alumnos se terminaban por agrupar en sus filas.

– Le sigo oyendo.

– Bien, pues… los baños se hallaban como a un costado del patio en el cual formábamos para saludar a la bandera. No sé en qué momento ocurrió, pero antes de que pudiese darme cuenta de algo, alguien me tomó por la muñeca y, prácticamente, me arrastró hacia el baño de los varones.

– ¿Y nadie lo vio?

– Creo que no… O tal vez sí, pero para el caso era lo mismo. Yo ya tenía la fama hecha: ¿quién iba a defenderme?

– O a sorprenderse… Bien, volvamos entonces: el muchacho lo llevó hacia el baño; doy por descontado que no había nadie allí.

– No: ya todos estaban formando.

– ¿Era atractivo?

Otra vez me vuelve el odio. Estoy a punto de girar mi cabeza para echarle una mirada penetrante, pero no lo hago. Él vuelve a mover el bolígrafo en mi cola; parece haber entendido que cada vez que lo hace, logra calmarme y conseguir de mí lo que quiere y reclama.

– ¿Era atractivo? – insiste.

– La verdad que no: un morocho bastante rústico y, posiblemente, con poca llegada a las mujeres.

– Por algo lo tomó a usted. ¿Y no intentó gritar, pedir auxilio? Es decir: ya para ese entonces creo que estaba bastante claro que el muchacho no lo había llevado allí con buenas intenciones.

– Me tapó la boca. Me habló al oído y me dijo que me mantuviera en silencio o me reventaba la cabeza contra el lavatorio.

– Violento el joven. ¿Y qué ocurrió?…

– En ese momento comenzó a sonar el disco con una canción patria: afuera estaban saludando a la bandera; supongo que ésa era la situación por él deseada para que no se oyese nada…

– Entiendo. ¿Y entonces…?

– Una vez que estuvo seguro de que yo no gritaría, me bajó el pantalón… Me rio al oído y dijo algo sobre mi tanga, que no recuerdo bien.

– Ajá…

– Luego me apoyó una mano sobre la nuca y me obligó a inclinarme sobre el lavabo.

– Y lo cogió…

– Tal cual.

– ¿Le dolió?

– Mucho. No me lubricó ni nada.

– Claro; la urgencia apremiaba. ¿Y usted gritó?

– Sí…

– Pero nadie lo oyó.

– No.

– Afuera seguían cantando la canción patria…

– Sí…

– ¿Cuál era?

– ¿Perdón…?

– ¿Cuál era la canción?

La pregunta me descolocó. El tipo no para de sorprenderme:

– No… lo sé; es una de esas tantas canciones a la bandera: para mí son todas iguales, así que se me mezclan… Y además pasaron muchos años.

– ¿Era ésa que comienza diciendo “salve, Argentina, bandera azul y blanca”?

– Hmm, no, creo que no; conozco ésa, pero no… no era…

– ¿Era la que dice “Aquí está la bandera idolatrada…”?

– Hmm, no tampoco…

– ¿O la que dice “Alta en el cielo, un águila guerrera…”?

– Hmm… “… audaz se eleva…”

– “… en vuelo triunfal”…. ¿Era ésa?

– ¡Sí! ¡Ésa!

– ¿Seguro?

– Segurísimo…

– Se llama “Aurora”.

Momento de silencio. Sí, es cierto: ése es el título de la canción, pero con los años lo había olvidado.

– Aurora… – digo quedamente -. Qué coincidencia.

– Verdaderamente. Como dije antes, Aurora parece ser omnipresente, je… Pero bueno, volvamos al asunto: ¿cómo acabó todo?

Por un momento me parece que cuando pregunta eso, lo hace con doble sentido; ya no sé qué pensar y, además, sigo conmocionado por la increíble coincidencia del título de la canción. De cualquier forma, con doble sentido o no, opto por seguirle el juego:

– En realidad no “acabó”.

– ¿Qué?

– Que no “acabó”.

– ¿Está queriendo decir que no eyaculó?

– Tal cual.

– ¿Por qué?

– Coito interruptus…

– Ja, ahora resulta que es usted el que habla en latín; de todas formas, sería “coitus interruptus”…

– Lo que carajo sea.

– ¿Y por qué lo interrumpió?

Larguísima pausa. Él me espera, como si fuera consciente de que está bien encaminado o a punto de llegar al fondo del asunto; yo no lo veo así, pero ésa es la sensación que él transmite.

– La… canción terminó y…

– ¿Aurora?

– Sí, Aurora.

– Ajá.

– Terminó… Dejó de sonar el disco y volvió a reinar el silencio para hacer el saludo a la directora.

– Y este muchacho… sin nombre… ¿aún seguía dándole matraca?

Dándole matraca. Por Dios. Si faltaba algo para resignar totalmente la jerga profesional, era una expresión como ésa.

– Sí, aún seguía…

– ¿Y usted gritaba?

– Sí.

– Y con la excitación del momento, ninguno de ambos se dio cuenta de que afuera ya no había música, que ya no sonaba “Aurora”

Me provoca una rabia momentánea el que sugiera que ambos estábamos excitados; estoy a punto de decirle algo, pero sería desviarse del eje principal.

– No nos dimos cuenta…

– Y alguien vino…

– Tal cual.

– ¿Quién?

– La vicedirectora. Y un instante después un preceptor seguido por la directora.

– De pronto usted tenía público…

– Sí.

– ¿Qué pasó luego?

– ¿Conmigo o con él?

– Con ambos.

– A él le pusieron amonestaciones y le dieron el pase del colegio; resultó que ya tenía acumuladas unas cuantas, pero, en fin… aun de no ser así, imagino que lo hubieran sancionado con las suficientes amonestaciones como para dejarlo fuera.

– Bien. ¿Y en cuanto a usted? ¿También le dieron el pase?

– Hmm, no exactamente… En lugar de amonestarme, me apercibieron: ignoro la razón de tal diferencia; supongo que habrán considerado que al tener yo un rol pasivo en el asunto, era la parte más débil, así que no… no me dieron el pase, pero citaron a mi padre: no sé verdaderamente qué era peor.

– Citaron a su padre, quien así se enteró de todo, incluso de la ropita interior que usaba su hijo.

– Así es.

– Supongo que, no habiendo mal que por bien no venga, eso significó que su padre lo cambiara de colegio, lo cual, en definitiva, era lo que usted quería.

– Sí; lo que quedaba de ese año y el restante los hice en un colegio muy distante del otro y en el cual no conocía absolutamente a nadie.

– Un nuevo comienzo…

– Sí.

– ¿Cómo se sintió después de ese episodio?

– ¿Pregunta de verdad o en broma? ¿Cómo podía sentirme?

– No sé; eso lo sabe usted: a lo que voy es a si sintió frustración.

– Pues… sí, desde luego, más vale que la sentí.

– ¿Por el papelón o porque el chico no logró eyacular?

Hundo los puños en el diván y me incorporo parcialmente, girando la cabeza por sobre mi hombro; es más de lo que puedo soportarle: definitivamente, este tipo está buscando un golpe en la nariz. Justo en ese momento retira el bolígrafo de mi culo y se sonríe. Luego camina hacia un costado del consultorio. Doy por sentado que, ahora sí, la sesión ha terminado de una vez por todas; sin embargo, nada anuncia al respecto. Llega hasta un mueble de dos puertas, una especie de ropero empotrado en la pared; por debajo de las puertas, hay tres cajones encolumnados. Abre uno de ellos y se inclina para hurgar en el mismo; busca y rebusca durante algún rato. Finalmente se gira y, prácticamente, me arroja a la cara lo que parecen ser unas prendas que no logro precisar a primera vista, pero que, tras haber impactado en mi rostro, se depositan sobre el diván, puedo reconocer como una tanga, un sostén y unas medias bucaneras de nylon, todo en color fucsia.

– Lo más parecido al rosa que encontré – me dice -; en realidad, había un conjunto rosado pero ayer lo mandé al lavadero porque lo estuvo usando un paciente.

Yo sigo sin dar crédito ni a mis ojos ni a mis oídos. ¿Estoy ante un psicoanalista o ante un pervertidor de pacientes? ¿Hará con muchos el trabajo fino que está haciendo conmigo?

– Vamos – me apura, como si no dejara lugar a otra posibilidad más que obedecerle -; colóquese esas prendas.

La perplejidad me supera. No dejo de mirarlo, totalmente atónito.

– Creo que ya lo expliqué – me dice -. Necesito que usted se sienta lo más cerca posible de cómo se sentía en aquellos momentos. Fíjese lo que ocurrió cuando tuvo metido el bolígrafo en el culo, a modo de termómetro: funcionó perfectamente para hacerle remover viejos recuerdos que, quizás, hubiera dejado conscientemente guardados. Es necesario activar al ciento por ciento su inconsciente, Julio… o Julia… O culito, je, como más le guste…

– ¡Soy Julio! – protesto airadamente -. ¿Es… todo esto realmente una técnica?

– Lo es, claro que sí; se trata de activar el inconsciente a través de la manipulación de las condiciones del momento: una fusión entre terapia y laboratorio.

– ¿Qué… método es ése? Jamás oí hablar de algo así…

– Es mío, je, pero le puedo asegurar que da resultado. Ahora, afuera esas prendas y a colocarse las otras.

Realmente todo me supera: la situación, la explicación, los recuerdos, todo; tanto así que termino haciendo obedientemente lo que me dice. Mi pantalón y mi bóxer permanecen por las rodillas pero, luego de hacer lo propio con el calzado, me los quito del todo. En el momento en que me saco el bóxer, me lo pide:

– Deme eso.

Lo miro, más que confundido, pero, una vez más, hago lo que me ordena y le extiendo la prenda íntima. Se gira y vuelve hacia el armario empotrado en la pared pero, esta vez, abre las puertas. Cuando lo hace, veo que hay varios ganchos contra el fondo del mueble y de la mayoría de ellos pende un slip o un bóxer; elige uno que está vacío y allí cuelga el mío. No doy crédito a mis ojos; no paro de sorprenderme.

– ¿Son… de otros pacientes? – pregunto, con el rostro desencajado.

– Por supuesto. Son once, con usted doce. Doce tipos casados que han dejado aquí su calzoncillito y ya lucen lindas bombachitas.

– No… entiendo… ¿De qué se trata todo esto? ¿Es un deporte? ¿Un pasatiempo? ¿Algo parecido a una cacería?

– Llámelo como quiera, culito; yo prefiero llamarlo investigación científica. Supongo que algunos otros guardarán restos o fósiles: de algún modo es lo mismo, je. Cada una de estas prendas es un vestigio del pasado, un testimonio de algo que quisieron ocultar.

– ¿Y p… por qué insiste tanto en el hecho de que eran tipos casados?

– Porque normalmente son los más reacios a aceptar que les gusta o alguna vez les gustó la verga. Para mí, sin embargo, y de acuerdo a mi experiencia, son presas fáciles: los solteros dan mucho más trabajo.

-¿Y… ha comentado o compartido su método de trabajo con otros profesionales?

– Lo hice hace ya varios años – responde, con cierto aire de decepción – y la realidad es que la mayoría de mis colegas no lo aprueban, así que allá ellos y yo sigo con lo mío. Mis resultados son, de hecho, mucho mejores – remata con la palma de su mano hacia arriba, enseñándome las prendas colgadas -. Por cierto, culito, usted fue muy fácil: alcanzó con una sola sesión; la mayoría me demanda entre cinco y quince; y con algunos me llevó casi un año lograr que se calzaran la bombachita. Se trata de un trabajo fino, progresivo y, sobre todo, muy sutil. Pero en su caso fue sumamente fácil y, si no, mire su bóxer colgado – se gira hacia mí -. Por cierto, ¿ya se colocó esas prendas?

Niego con la cabeza; él vuelve a apurarme, así que comienzo a colocármelas una por una: primero la tanga, luego el sostén, por último las medias. Agradezco que no haya un espejo en derredor porque estoy seguro que, de haberlo, moriría ante la vista de semejante decadencia de mi parte.

– Bien – me dice, en tono aprobatorio -. Ahora, marche a cuatro patas…

– ¿Hacia dónde?

– Hacia donde sea. Vaya de un lado a otro del consultorio; marche en círculos, pero muévase.

– Hago exactamente lo que me dice. La tanga es ultra diminuta y, mientras ando a cuatro patas, puedo sentir cómo se me va enterrando en el culo. El sostén me cuelga un poco, lo cual es lógico. Y las medias… por algún momento, las siento como si fueran parte de mi piel, por lo cual trato, lo más rápidamente posible, de alejar tan perturbador pensamiento.

– ¿Por qué no me contó nada acerca de su hermana? – me pregunta, de repente.

Me detengo sobre la alfombra, claramente impactado. Giro la cabeza hacia él:

– No recuerdo haberle dicho que la tuviera… – digo, sin salir de mi asombro.

– Precisamente: no lo dijo. La pregunta es por qué.

– ¡Usted tampoco me lo preguntó!

– No, preferí dejar que todo fluyera y que usted mismo lo recordara.

Más confusión en mi mente. Las ideas me dan vueltas, yendo y viniendo. Y, al hacerlo, se cruzan con recuerdos, algunos de los cuales parecen de pronto emerger luego de estar largo tiempo sepultados y olvidados.

– ¿Cómo… supo que yo tenía una hermana?

– Es obvio, culito. Cuando le pregunté de dónde sacaba Aurora las prendas femeninas que le hacía ponerse, usted aventuró que, casi con seguridad, las tomaría de los cajones, allí en la casa. Según su relato, la única mujer en casa, aparte de Aurora, era su madre, a quien usted ha descrito como una mujer muy conservadora y recatada. ¿Tangas? ¿Cola less? ¿Vedetinas? Eso no parece ni por asomo el vestuario íntimo de una integrante de la Liga de Madres de Familia. Está más que obvio que había una hermana…

No sé qué decir. Se me cae la mandíbula; mi mirada queda perdida en algún punto del consultorio y mi mente en algún punto del pasado. Lo demencial del asunto es que en ningún momento mi intención, por lo menos consciente, ha sido mentirle u ocultar la existencia de mi hermana. Es que… simplemente siento como si la hubiera olvidado, con lo cual una fuerte carga de culpa comienza a apoderarse de cada fibra de mi cuerpo. Y las lágrimas vuelven a acudir a mis ojos:

– Se llamaba Tania – digo, con tristeza -. ¿Cómo pude haberlo olvidado?

– No lo hizo, culito. O, en todo caso, sólo su parte consciente lo hizo, pero ella siempre estuvo allí. ¿Qué diferencia de edad tenía con usted? Doy casi por sentado que era mayor.

– Sí, lo era; cuatro años… no, cinco; bueno, en verdad, cinco durante la mayor parte del año pues ella cumplía en febrero y yo en octubre.

– ¿Lo ve? Recuerda bastante… ¿Qué ocurrió con ella?

Mi mente queda en blanco. Un pasado oculto quiere aflorar, pero no lo consigue.

– Circule por el consultorio – me dice -; a cuatro patas. Manténgase en movimiento. Y mueva el culo durante la marcha.

Obedezco. Y de modo análogo a lo antes ocurrido con el bolígrafo, pareciera que el pasado, poco a poco, comienza a ser desenterrado.

– Murió… en un accidente – digo, al borde del llanto -; iba…. con su novio, en moto. Él siempre la llevaba en la parte de atrás a altísima velocidad… Mi madre siempre sufría al ver eso y yo también; le prohibió andar en moto con ese chico, pero… ella lo siguió haciendo, así que, directamente, optó por prohibirle que le viese. Ella no dejó verlo: lo seguía haciendo a escondidas; y, más de una vez en casa, mientras mis padres no estaban.

– ¿Hicieron el amor delante de ustedes?

– Un par de veces…

– ¿Qué recuerda de esa experiencia?

Me detengo un instante; giro la vista hacia él.

– No entiendo: ¿qué debería recordar?

– Lo que sea. ¿Sentía celos, por ejemplo?

– Desde luego que sí. Era mi hermana mayor: era lógico…

– ¿Y qué más?

– ¿Qué mas qué?

– ¿Qué más recuerda? No se detenga: siga marchando…

Retomo otra vez la marcha sobre manos y rodillas. Y, una vez más, los recuerdos vuelven a emerger.

– Recuerdo… la verga de él.

– ¿La tenía grande?

– Sí…

– ¿Y apetitosa?

Silencio; me detengo un momento.

– Siga marchando…

Obedezco.

– ¿Qué edad tenía usted al morir Tania?

– Doce.

– ¿Ya para ese entonces Aurora cuidaba de usted? ¿Se conocían Tania y ella?

– No. Ella comenzó a trabajar a poco de morir mi hermana.

– ¿Y le sustituyó de alguna forma?

– No sé a qué se refiere… Es obvio que no se puede sustituir a una hermana.

– No digo que la sustituyera como hermana, sino en relación a otras cosas y, más específicamente, a usted.

– No entiendo…

– ¿Fue su hermana la que comenzó con eso de hacerlo vestir como nena?

– No, de ningún modo

– ¿No?

– No.

Mi respuesta es ciento por ciento sincera. Tengo, por un momento, la esperanza de haberle frustrado su búsqueda, pero el tipo jamás da visos de desanimarse. Lo suyo es prueba y error permanentemente, así que, ante el error, simplemente intenta otro camino.

– ¿Le tomaba la fiebre?

Quedo paralizado. Todo mi cuerpo se tensa.

– Siga marchando – me reprende -. No se detenga. O la terapia no va a funcionar.

– Sí, lo hacía… – digo, en tono de lamento -. Mi… madre le encargaba que lo hiciera. Al ir creciendo Tania, ella, directamente, delegó ese rol en mi hermana.

– ¿Fue entonces ella la primera que le puso un termómetro en el culo?

– No, eso me lo hacía mi madre desde que era pequeño. Mi hermana simplemente lo copió… o mi madre se lo enseñó, no sé bien. Lo cierto fue que Tania comenzó a tomarme la fiebre cuando mamá no estaba… y, con el tiempo, terminó por ser la única que lo hacía.

– ¿En público?

– No…

– ¿No?

– No, nunca… A veces había una prima, algo más joven que ella, que venía a casa, pero cada vez que mi hermana me tomaba la temperatura, me llevaba al cuarto y no lo hacía en presencia suya.

– Pero a usted le hubiera gustado que así fuese…

Se me nubla la vista; la voz se me enronquece:

– Sí…

– ¿Tenía entonces la fantasía de que su hermana le metiera el termómetro en el culo delante de ella?

– Sí… – respondo con voz cada vez más apagada -. Tal cual.

– ¿Sólo delante de su prima?

– No… – balbuceo -. Cuando… estaba solo me gustaba imaginar que mi hermana me metía el termómetro en la cola delante de todos mis amigos… y mis amigas. Y cuando me lo estaba haciendo, me gustaba cerrar los ojos e imaginar que todos y cada uno estaban allí.

– Entiendo… ¿Y qué hay de su prima?

– ¿Qué pasa con ella?

– Dígamelo usted. ¿No hubo ninguna experiencia particular en esos días en relación con ella?

Otra vez la marea informe de recuerdos que, poco a poco, se va acomodando.

– Bien… como le dije antes, me gustaba imaginar esa escena en la cual yo tenía el termómetro metido por detrás mientras todos me veían. A veces ella me lo hacía en el cuarto, otras en el baño… o en otros lugares de la casa. Llegué incluso yo mismo, un par de veces, a tomar el termómetro cuando ella no estaba y llevarlo a algún lugar apartado para metérmelo en la cola mientras me tocaba…

– ¿Se masturbaba?

– No; aún era pequeño como para eso, pero me tocaba…

– Ajá. ¿Cómo termina esto vinculándose con su prima?

– Un día… me escondí en un pasillo que iba por el costado de la casa, a cielo abierto pero poco transitado, ya que, de hecho, conducía a una puerta secundaria que nunca se usaba. Era bastante estrecho, tanto que sólo pasaba una persona y, además, estaba lleno de plantas, lo cual ayudaba a mantenerme oculto de miradas indiscretas…

– Y se tocaba allí…

– Sí. Me llevé el termómetro y, una vez allí, me lo introduje en la cola. Cerré los ojos e imaginé a todos mis amigos y amigas en derredor. Y me toqué…

– ¿Y entonces?

– De pronto sentí ruido entre las plantas. Y al abrir los ojos, me encontré con la sorpresa de que… mi prima estaba allí; me miraba y se tapaba la boca, riendo. No sé qué hacía, pero estaba allí, casi camuflada entre las plantas.

– ¿Se reía de su termómetro en la cola?

– Tal vez sí, pero a juzgar por la dirección en que miraba, se estaba riendo de…

– Del tamaño de su pene.

– Tal cual.

– Y a partir de allí el trauma del pitulín quedó instalado en su mente.

– S… supongo que sí. ¿Podemos dar por terminada esta sesión?

– Ya le dije que eso lo decido yo. No deje de marchar. ¿Siguió teniendo contacto con su prima?

– Después de la muerte de mi hermana, prácticamente no… Ella dejó de venir; estaba muy mal.

– ¿Y usted?

– Desde luego que también; era mi hermana…

– ¿Qué fue lo que más pasó a extrañar de ella?

No sé bien qué responder.

– Pues… era mi hermana; es difícil mencionar algo específico.

– Después de lo que pasó con ella no había nadie que le pusiera el termómetro en el culo, ¿verdad?

– Aurora.

– ¿Y antes de que llegara ella?

– No, nadie, pero fue muy poco tiempo.

– ¿Su madre?

– Me… desatendió por completo en esos días; estaba devastada por lo ocurrido con Tania. Se sentía culpable…

– ¿Culpable de qué?

– Consideraba que debía haber puesto a Tania más límites, sobre todo en relación con ese chico y la moto…

– ¿Y usted?

– ¿Yo qué?

– ¿Sentía culpa?

– ¿Por qué iba a sentirla?

De pronto, en mi recorrido sin rumbo por el consultorio, me topo con el psicoanalista o, hablando, con más propiedad, con su bulto, ya que es eso justamente lo que queda a la altura de mis ojos al estar yo a cuatro patas. Hay que decir que tiene un monte generoso; por algún instante quedo turbado ante su presencia. Levanto la vista hacia y me encuentro con que mi psicoanalista sostiene en mano un lápiz labial.

– Abra la boca y estire las comisuras – me dice.

Mi incredulidad ya no da más. Niego con la cabeza.

– No – protesto débilmente -; por favor le pido que no. Tengo que regresar a mi casa después y no estoy seguro de poder quitarme el rouge.

– No se haga problema; lo más posible es que su esposa esté entretenida o incluso que ni siquiera esté en casa cuando usted llegue.

Más que una especulación, lo que acaba de decir es, para mí, un dato tan certero como devastador. Son muchas, de hecho, las veces en que llego a casa y ella no se encuentra, así como lo es que cuando sí está, no parece demasiado entusiasmada por mi presencia. Con lágrimas en los ojos, abro la boca tal como me dice que haga y él me coloca rouge en los labios. Una vez que termina de hacerlo, me mira y hace gesto de aplastar un labio contra el otro, lo cual constituye una clara orden de que yo haga lo mismo, así que, en efecto, lo imito.

– Ahora siga marchando – me dice – y mueva más el culo…

Retomo, por lo tanto, la marcha a cuatro patas por el consultorio y él, a su vez, retoma el interrogatorio:

– Cuando veía pasar a su hermana en la moto junto a ese chico, ¿entraba en su cabeza la posibilidad de que ocurriese algo como lo que finalmente ocurrió?

– Yo… era apenas un chico. A esa edad a uno no se le cruza la idea de que su hermana mayor pueda en un accidente, pero… mi madre me introdujo ese terror, ya que, prácticamente no hablaba de otra cosa: estaba aterrada, desaprobaba una y otra vez el estilo de vida, según ella, libertino, de Tania y… constantemente hacía referencia a la posibilidad de que ese imbécil la terminase matando en un accidente.

– Y así fue como su madre le instaló el mismo terror a usted…

– Tal cual.

– ¿Y qué lo aterraba de la idea?

– Volvemos a la misma tontería… – digo, resoplando – ¡Era mi hermana! ¿Qué parte no se entiende?

– Eso está claro, pero… sea sincero: ¿temía usted que, faltando su hermana, ya nadie le introdujera el termómetro en la cola?

Una estocada; me quedo paralizado por un momento.

– S… sí, temía eso…

– ¿Por sobre todo?

– C… creo que sí.

– ¿Y no lo aliviaba, en algún modo, la idea de que, llegado el caso, su madre volviera a ocuparse de eso?

– En ese momento… no lo veía así: mi madre había dejado por completo de tomarme la temperatura desde que delegara esa función en mi hermana.

– Bien, entonces, su máximo terror era quedarse sin termómetro en la colita. ¿Es así?

Tiemblo. Lloriqueo. Me invade una profunda culpa.

– Sí – respondo -; p… puede decirse que sí, pero… de todas maneras: ¡yo amaba a mi hermana!

– Nadie está dudando de eso, culito – me dice, en tono paternal -; y, además, una cosa no tiene por qué ser contradictoria con la otra. Retome la marcha, por favor…

Ya me cuesta avanzar, despegar las rodillas del piso; así y todo, con gran esfuerzo, lo hago.

– Vuelvo entonces a la pregunta de hace un momento – prosigue -: ¿sintió culpa tras la muerte de su hermana?

– Sí…

– Porque sabía que lo que más lamentaba era ya no tener el termómetro en la cola.

Otra vez la culpa me atormenta. Duele decirlo, pero sé que tiene razón, aun cuando durante todos estos años yo me lo haya querido negar a mí mismo.

– Así es… Y por eso mismo me sentí muy… egoísta, muy indigno, muy…

– Puto.

– Sí – concedo, agachando la cabeza -: puto.

– ¿Y qué pasó con su madre?

– Ya le dije…: quedó mal y…

– ¿En dónde estaba para ese entonces?

Lo miro, confundido.

– No entiendo la pregunta… Ya le dije: no estaba en casa…

– Le estoy preguntando en dónde estaba, no en dónde no estaba.

Larga pausa. Mi cerebro está sufriendo un terrible tormento.

– Bien… – digo, finalmente -: durante algún tiempo… estuvo en casa. Quedó destruida por la muerte de Tania; se la veía como ausente, ida…

– ¿Durante algún tiempo? ¿Y qué pasó luego?

Largo silencio. Finalmente es él quien lo rompe:

– Usted ha señalado más de una vez que su madre no estaba en casa…

– Y así es… O por lo menos así fue al principio, luego de la muerte de Tania.

– Pero jamás lo oí, por ejemplo, hacer referencia a que su madre trabajara fuera del hogar. Usted ha dicho, además que era una mujer muy conservadora, con lo cual la imagino muy de su familia, de su casa; es difícil imaginarla con un trabajo fuera de ello.

Otra vez un largo silencio. Los recuerdos pugnan por salir a flote pero una parte de mí quiere dejarlos sumergidos.

– Es que… no trabajaba; no fuera de casa, al menos.

– Ah, nos vamos entendiendo mejor, pero me decía que permaneció allí durante algún tiempo.

– Así es. En los días inmediatamente posteriores a la muerte de Tania mi madre era lisa y llanamente una piltrafa viviente. Ni siquiera se atrevía a subir al cuarto de mi hermana porque no podía ver sus cosas… Un día se atrevió a hacerlo…

– ¿Por qué cree que lo hizo?

– No lo sé. Creo que… con el correr de los días, fue extrañando cada vez más a Tania.

– Entiendo: necesitaba estar con sus cosas.

– Claro; de hecho, me pidió que la acompañase a entrar en la habitación, ya que ella, por su cuenta, no se había atrevido más a hacerlo: y no quería hacerlo sola.

– ¿Y la acompañó?

– Sí.

– ¿Con qué se encontraron una vez allí?

– Por lo pronto, reconocí el termómetro sobre la mesita de luz.

– Déjeme adivinar: se apropió de él.

– Sí, tal como lo había hecho alguna que otra vez mientras Tania vivía, pero desde su muerte mi madre no había dejado que nadie ingresase en la habitación, que mantenía bajo llave.

– Uf, durísimo para usted saber que el termómetro estaba allí… ¿No pensó, simplemente, en ir a comprar uno?

– “Lo pensé, sí, pero… tenía terror de que en la farmacia se dieran cuenta de para qué lo quería”

– “Lo suyo, para esa altura, era un cuadro grave de paranoia, pero bueno: fuera del termómetro, ¿qué encontró su madre allí?

– Revisó todo: la cómoda, el ropero, los cajones; se topó con todo el ajuar de ropa y lencería sexy que mi hermana ocultaba de sus ojos.

– Supongo que se irritó o, cuando menos, se conmocionó; según usted mismo dijo, su madre desaprobaba toda esa parte de la vida de Tania.

– De que se conmocionó, no me caben dudas. En cuanto a irritarse, yo también esperé que lo hiciera, pero no fue así. Me dio más bien la impresión de que, al ver esas prendas, las vio de un modo totalmente diferente a si las hubiera visto cuando Tania…

– Claro: porque eran, justamente, de Tania, que ya no estaba…

– Tal cual.

– ¿Y entonces?

– Pues… quiso que yo las usara.

– ¿Qué?

– Sí; creyó, seguramente, que si yo usaba esa ropa, sería en algún modo como mantener a Tania viva…

– ¿Fue entonces su madre la primera que lo obligó a utilizar tangas, vedetinas, cola less?

– Sí…

– ¿No fue Aurora?

– No; mi madre comenzó con eso.

– Bien. ¿Y cómo siguió el asunto?

– Durante los días siguientes quedó más claro que nunca que mi madre… ya no estaba en sus cabales; con la muerte de mi hermana, había enloquecido. Mi padre, un día llegó del trabajo y se encontró con el patético espectáculo de verme vestido como chica. Y lo peor de todo fue que mi madre no buscó en ningún momento ocultarme de sus ojos sino que, por el contrario, lo primera que hizo al recibirle fue exhibirme ante él para que viese lo bien que lucía.

– Supongo que su padre no lo tomó bien…

– En absoluto; comenzó una etapa de fuertes discusiones entre ellos.

– ¿Dejó su madre de vestirlo como jovencita?

– Para nada. Muy por el contrario, se volvió cada vez más insistente con eso y hasta me hacía salir de la casa para que el barrio me viese. La gota que colmó el vaso fue cuando intentó anotarme en el colegio como niña; eso llegó a oídos de mi padre y, desde ese momento, quedó en claro que ellos ya no podían seguir juntos. Peor que eso: mi padre consiguió que la internasen por locura…

– ¿Y ya no volvió a verla?

– Mi padre no me dejaba hacerlo; me quería lejos de ella porque decía que me confundía sexualmente.

– Ajá, duro en el dictamen, pero lo positivo para usted, hasta allí, fue que dejó de tener contacto con su madre.

– S… sí, p… pero…

– ¿Pero…?

Otra vez silencio. Otra vez sollozos. Mi voz es un hilillo cada vez más inaudible; de hecho, él ladea su cabeza para acomodar el oído de tal modo de oírme mejor.

– Lo que… ni mi padre ni los psiquiatras sabían era… que… yo amaba usar esa ropa.

– Bien: lo imaginaba. Otra pérdida más para usted…

– Así es. Empezaba a creer que las cosas buenas no duraban: el termómetro en la cola, la ropita de mujer, todo desaparecía cuando apenas comenzaba a disfrutarlo.

– Y así como lamentó más la pérdida del termómetro que la muerte de su hermana, doy por sentado que, más que por la internación de su madre, sufrió por no poder utilizar ya más esas prendas. Bien, sigamos adelante: su madre quedó entonces internada; ya tenemos la explicación de por qué desde el colegio lo citaban a su padre y no a ella, así como también de por qué su madre no veía el boletín de calificaciones.

– Claro…

– ¿Y la ropita quedó archivada para siempre?

– Hasta que apareció Aurora…

– Querido culito – me dice, adoptando súbitamente un tono paciente -; váyase poniendo al corriente de algo: Aurora nunca existió.

Experimento un sacudón tan fuerte que casi termino por ponerme en pie, pero sólo llego a quedar de rodillas; mis ojos sólo destilan odio.

– ¿Qué está diciendo?

– Que Aurora es un invento suyo; usted la creó: su inconsciente lo hizo, pero físicamente nunca existió…

– Pero… ¿qué mierda está diciendo? ¡Caro que existió! ¿Me va acaso usted a decir a mí quiénes fueron reales en mi vida y quiénes no?

– No, sólo hablo de Aurora: no existió nunca.

Crispo los puños, golpeo el piso, escupo rabia.

– ¡Puedo recordar su rostro perfectamente! ¡Recuerdo su aspecto! – objeto, con energía.

– Inténtelo…

– ¿Qué cosa?

– Describirla…

– Ah, pues… morocha, pelo corto hasta los hombros, tal vez un metro sesenta, ojos bien oscuros, un lunar sobre la mejilla derecha…

– Bien: ahora describa a Tania…

No salgo de mi incredulidad ante los constantes giros en el interrogatorio.

– ¿Q… qué?

– ¿Puede recordar el aspecto de Tania? ¿O ya lo olvidó?

– ¡Cómo voy a olvidarlo, estúpido! ¡Era mi hermana!

– Descríbala…

El tipo se mantiene sereno aun a pesar de mis reacciones e insultos; eso no sólo me termina de descolocar, sino que me enfada aun más: de manera resuelta, comienzo con la descripción:

-Tania era morocha, llevaba por lo general el cabello corto, por los hombros; debía medir un metro sesenta, sus ojos eran bien oscuros. Tenía un lunar en la mejilla derecha…

Me detengo al descubrir que mi psicoanalista, ahora de brazos cruzados, me observa con el rostro cruzado por una sonrisa. De pronto, todas las fichas me caen juntas: me pongo de todos colores, miro al piso; la cabeza me da vueltas…

– Parece que su hermana y Tania eran muy parecidas…

– N… no entiendo a lo que va con esto…

– Usted inventó a Aurora y le puso un rostro, el de Tania…

– ¡No!

– Usted inventó a Aurora y le puso un nombre: el de la canción que sonaba en el colegio mientras un chico se lo cogía en el baño…

– ¡No, no puede ser! – vuelvo a golpear el piso.

– ¿Va usted acaso a decirme que después de eso, nadie le volvió a poner el termómetro en el culo? Por algo, lo tomó de la habitación, culito; dudo que fuera sólo para observarlo o, mucho menos, guardarlo como…

Los recuerdos van aflorando, poco a poco; sin que él me diga nada, retomo la marcha que interrumpí instantes antes y muevo aun más marcadamente el culo, tal como él me pidió que hiciera.

– Yo… invitaba a mis amigos a casa… cuando mi padre no estaba.- digo, sintiendo que he redescubierto algo largamente olvidado.

– Ajá. ¿Y qué hacían?

– Jugábamos…

– ¿A qué?

– Al paciente y al doctor…

– ¿A esa edad? Eran adolescentes; creo que ya estaban algo grandes para jugar al paciente y al doctor.

– Sí, pero aun así, logré convencerlos…

– Bien, vamos progresando: los convenció usted, nadie más.

– Así fue.

– Y supongo que parte del juego consistía en que el doctor le tomara la temperatura al paciente introduciéndole un termómetro en el culo.

– Supone bien…

– ¿Cómo resolvían quién era doctor y quién paciente?

– Lo sorteábamos.

– Déjeme adivinar. A usted siempre le tocaba ser paciente.

– Tal cual…

– ¿Jamás le tocó ser doctor?

– No…

– ¿Nunca?

– Nunca…

– ¿Había usted ideado algún método para arreglar los sorteos y que no cupiese para usted otro rol más que el de paciente?

Silencio. Él lo toma como un “sí”. No sin razón, por cierto.

– O sea que se salió con la suya. Le seguían metiendo el termómetro en el culo…

– Sí… Por favor, quisiera terminar con esto… Me está doliendo la cabeza…

– Silencio. Estamos llegando al fondo del asunto y no nos vamos a detener ahora. ¿Usó también la ropa de su hermana ante ellos?

– Sí… Mi… padre había dejado la habitación bajo llave para que yo no entrase, pero…

– Encontró la llave.

– Sí.

– Digamos que la necesidad le potenció su capacidad de búsqueda, je. ¿Y cómo llega, por ejemplo, a lucir en tanga delante de ellos?

– Organizábamos juegos, competencias… de distintos tipos, pero la cuestión era que aquel que perdía o quedaba último, debía ponerse ropa de mujer.

– No hace falta ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que usted siempre perdía…

– Tal cual: siempre…

– Y tampoco para deducir que, al igual que ocurría con lo del paciente y el doctor, esos juegos estaban también arreglados y digitados por usted.

Silencio: profundo y terrible…

-¿Les mamó la verga también? – me pregunta.

– Sí…

– ¿Con qué excusa en ese caso? ¿Otro juego?

– Ya para ese entonces no hacía falta; estábamos algo más grandes y ellos comenzaban a hablar sólo de chicas y vivían con el pito parado…

– Y usted les servía para evacuar esa necesidad de sexo…

– Sí…

– ¿También lo cogieron?

Niego con la cabeza.

– No llegamos a eso; fueron dejando de venir en cuanto tuvieron novias o simplemente empezaron a franelear con chicas.

– Otra pérdida para usted…

– Sí.

– Y además una gran frustración, porque no llegaron a cogerlo.

– Así es…

– Hasta que ocurrió el incidente en el baño del colegio con ese chico mientras se izaba la bandera y se cantaba “Aurora”.

– Sí.

– Pero fue una nueva frustración porque el jovencito no llegó a eyacular.

No puedo contenerlo. Hablo con la voz entrecortada:
– Así es…

Otra vez un largo silencio. He detenido mi marcha; el esfuerzo de bucear en mi pasado ha sido tan extenuante que me flaquean los brazos y ya no tengo fuerzas para continuar. El psicoanalista, de todas formas, no me impele esta vez a continuar como lo hacía antes; echándole un vistazo de reojo, lo veo caviloso, como si estuviera procesando toda la información que acaba de lograr sacar de mi inconsciente. Y a juzgar por su expresión y por el hecho de que asiente en silencio cada tanto, parece ser que está atando cabos y que las cosas le cierran.

– Con perdón por la antigüedad del término – dice, finalmente -, rebobinemos. De acuerdo a lo que usted me cuenta, podemos más o menos reconstruir su historia del siguiente modo: le tocó vivir una infancia junto a una madre sobreprotectora que vivía obsesionada por si tenía fiebre o no. Ella fue la que comenzó con la práctica de introducirle el termómetro en la cola para tomarle la temperatura, práctica que, al ir creciendo su hermana, delegó en ella para los casos en que su madre no estuviese en casa o incluso cuando estaba. El termómetro pasó, entonces, a ser casi monopolio de Tania. A usted le excitaba eso que le hacía y, de manera muy especial, fantaseaba con que se lo hiciera en público. Pero el que Tania creciese, significó también que tuviera novio… o pareja… o muchachos. Y apareció el jovencito de la moto, con lo cual tanto su madre como usted estaban realmente preocupados y temían por la suerte de Tania… ¿Vamos bien?

Asiento en silencio.

– Bien – prosigue -: su madre le insistió tanto con el peligro en que veía a su hermana que, finalmente, logró que usted también se obsesionara con eso, pero, en su caso particular, lo que realmente le espantaba y le aterraba era que si a Tania le pasaba algo, usted se iba a quedar sin termómetro en el culito, puesto que su madre había dejado hacía ya hacía tiempo esa práctica y no había garantías de que volviera a hacerlo. En fin, sus peores temores quedaron confirmados: Tania murió en ese fatídico accidente y, desde ese momento, usted sintió un vacío en su vida, pero muy especialmente… en su culo.

Con los ojos llenos de lágrimas, bajo la cabeza con vergüenza.

– Poco después de morir Tania, su madre comenzó con eso de hacerlo vestir como ella, de que usase sus prendas, su ropa interior; era una humillación para usted y, sin embargo, le gustaba, ¿es así?

Asiento, siempre en silencio.

– Pero los trastornos psíquicos de su madre se fueron agravando; su padre lo descubrió vestido de chica y eso fue para él un terrible impacto. Seguramente por esos días deben haber discutido muy fuerte entre sí, más allá de que usted los haya oído o no, pues no sería raro que, como hacen muchas parejas ante sus hijos, hayan buscado ocultarse para discutir. Su madre quiso anotarlo a usted como chica en el colegio y eso fue la gota que derramó el vaso; ella terminó internada y usted ya no extrañaba sólo el termómetro sino ahora también la ropa interior femenina…

– Por favor – balbuceo, con voz débil -, ¿le… puedo pedir que terminemos con esto por hoy?

Él ignora mi pregunta y continúa:

– Fue entonces cuando usted comenzó a inventar esos juegos con sus amigos, juegos en los cuales, por cierto, usted siempre perdía o bien le tocaba la parte “pasiva”; así fue cómo cumplió con su fantasía de estar en público con el termómetro metidito en la cola o bien con ropa interior femenina. Pero ellos fueron dejando de venir y usted no podía desprenderse de esas prendas, las cuales, incluso, llevaba bajo la ropa cuando iba al colegio; claro, eso fue hasta que ocurrió aquel incidente en el vestuario, cuando un chico le descubrió y, al parecer, se dedicó a desparramarlo. Seguramente todo el colegio debió enterarse de que usted usaba lencería femenina. Y así caemos en el incidente del baño, a la hora de entrada, pues el rumor sobre su sexualidad habría llegado, de seguro, a un jovencito que no venía teniendo demasiada suerte con las muchachas y que encontró en usted un buen modo para evacuar sus necesidades sexuales. Ese chico lo cogió mientras en el patio entonaban la canción “Aurora”, la cual pasó, para usted, a tener un valor de fetiche desde ese momento, ya que, si bien nunca lo advirtió conscientemente, no logró ya disociar la canción de su condición sexual…

– Pero… si yo ni siquiera recordaba el título de la canción…

– Buscó olvidarlo, culito… O, mejor dicho, olvidó que Aurora era una canción y pasó a creer que era una chica. Usted inventó a esa joven como un modo de quitarse de encima las culpas que sentía. Porque, seguramente, al ser descubierto por las autoridades del colegio en tan embarazosa situación y, luego, al enterarse su padre, su vergüenza fue tanta que debió haber preferido morir.

– Sí… – balbuceó -; fue así…

– Me dice que no lo amonestaron, pero sí le colocaron un apercibimiento y citaron a su padre.

– Sí…

– ¿Puede recordar el texto de esa acta de apercibimiento?

Busco hacer memoria, pero de pronto me encuentro con que me resulta más fácil de lo que hubiera pensado. Súbitamente, esa acta escrita con letra cursiva aparece ante mis ojos de manera tan clara que no logro entender cómo pude haberla olvidado durante tantos años.

– Sí… – respondo -; decía: “se apercibe al alumno por prácticas sexuales pasivas en el baño durante la ejecución de la canción Aurora”

– Aurora…

– Sí…

– Ésa era la palabra con la cual se cerraba el acta de la vergüenza. A partir de ese momento usted o, en realidad, su inconsciente, se propuso limpiar de culpas los años previos y así fue como dio forma a Aurora: esa chica que usted inventó pasó a ser el sumidero de todo eso, culito. Al crearla, su mente se liberaba en buena medida: se convenció a sí mismo de que era ella quien le bajaba el pantalón y se reía de su pene pequeño, o quien lo obligaba a invitar a sus amigos y amigas para que vieran cómo le metía el termómetro en el culo, así como que era ella quien los incitaba a que le manosearan e, incluso, quien lo obligaba a mamarles la verga. Pero no, culito, era usted quien quería todo eso y quien lo armaba: no había ninguna Aurora… Ninguna. Aurora fue su creación: una chica imaginaria que lo humillaba públicamente y que le hacía ver su costado de nena, una chica a la cual usted le puso el rostro de su hermana y el nombre de la canción que sonaba mientras era cogido en el baño del colegio.

Me quiero morir. Lo peor de todo es que tiene razón y recién ahora me doy cuenta. Todo lo que está diciendo es la pura verdad, pero una verdad que he olvidado durante todos estos años en los cuales intenté limpiar mi mente de traumas y culpas sin lograrlo…

– Por otra parte – continúa -, usted siente una gran frustración porque sus amigos no llegaron a cogerlo ya que, al parecer, en determinado momento, prefirieron dedicarse a las chicas, una vez que hubo pasado su “etapa adolescente exploratoria”. Y no sólo eso: la frustración se vio después acentuada cuando el chico del baño no llegó a acabarle en el culo. ¿Me equivoco?

– N… no – digo, con la voz quebradiza -: no se equivoca.

– ¿Entiende entonces el origen de tan baja autoestima?

– En parte… – respondo -. ¿Qué hay de mi pene? Yo creo que buena parte del origen de mi baja autoestima viene de ahí; sin embargo, usted lo menciona sólo al pasar y como si no tuviese relación directa, cuando para mí es lo más importante.

– Culito… Le voy a decir algo: eso también fue una creación inconsciente; su verga no es tan pequeña como usted dice.

Extrañamente, un comentario que hubiera debido aliviarme o alegrarme, me indigna aun más

– ¡Claro que lo es! ¡Usted mismo lo vio!

– ¿Y desde cuándo considera usted que empezó a sentir que su pene era pequeño?

– Pues… desde aquel día del cual le hablé.

– ¿Cuando fue sorprendido por su prima?

– Claro: ella se rio de mí.

Me mira durante unos segundos; sonríe casi con lástima.

– Culito: esa chica era casi una niña, apenas una preadolescente. Es bastante posible que se haya reído de usted y coincido en que eso no debió imaginarlo, pero no se olvide del detalle que le remarco: su prima era una niña… Si se rio, no fue por el tamaño de su miembro, sino por el hecho de verlo con el pito al aire: no hubo nada raro en la actitud de ella, culito. Su actitud fue la misma que la que hubiera tenido cualquier otra chica de esa edad, pero, créame, el tamaño no tuvo nada que ver. Por cierto, no voy a mentirle: usted no es ningún agraciado en ese aspecto y su bulto es poco generoso, pero… no al punto que usted cree verlo. Hay muchos hombres con el pene del mismo tamaño o menor…

– ¿Cómo se explica entonces lo de mi esposa?

– ¿Se refiere a la supuesta infidelidad de ella?

– Sí… y no es supuesta.

– ¿Qué hay con eso?

– Si, como usted dice, mi tamaño no es nada anormal, ¿por qué busca ella satisfacción en otro tipo que, por cierto, tiene la verga bastante grande? ¿O ahora va a decirme que eso es también producto de su paranoia?

– No, no digo que eso también lo sea, pero falta saber qué tan grande la tiene ese tipo o si usted es quien creyó verle el bulto demasiado generoso, pero… más allá del tamaño real de la verga, yo creo que el verdadero motivo por el cual su esposa busca solaz sexual en él es otro.

– ¿Ah, sí? A ver: ¿cuál?

– Usted mismo lo ha dicho: no puede hacerle sexo anal.

– ¡Por supuesto que no! ¡Porque mi pene es pequeño! Está confundiendo causa con efecto.

– Culito, piénselo bien: ¿no me ha dicho usted que lograba excitarse con un termómetro metido en el culo?

– Sí… ¿Qué tiene que ver con esto?

– Un termómetro es un objeto que está lejos de ser grueso o voluminoso, y sin embargo, usted se excitaba de todas formas. Lo que quiero decirle con esto es lo siguiente: es posible que, para muchas mujeres, el tamaño del pene sea un factor influyente en el sexo vaginal, pero dudo que lo sea en el anal… Culito, supongo que puede imaginar que hablo con infinidad de pacientes y que la sexualidad suele ser un tema recurrente en la terapia, tanto en hombres como en mujeres. Precisamente he hablado con muchas damas y el tema del sexo anal, de un modo u otro, siempre termina surgiendo. Ellas ven la penetración por detrás como un acto en el cual el macho decide, se convierte en amo, toma posesión de ellas… y eso no tiene nada que ver con el tamaño sino con la esencia del acto en sí. Le puedo asegurar que hay hombres con penes mucho más pequeños que el suyo y que, sin embargo, son capaces de dejar a sus mujeres plenamente satisfechas en el coito anal.

– Suponiendo que usted tenga razón… seguimos sin saber entonces por qué fue en busca de otra verga…

– Por lo mismo que le dije: porque usted no la penetraba por el culo. Y si no lo hacía, culito, no era por un impedimento físico en relación con el tamaño de su miembro, sino por una cuestión puramente psicológica… y muy suya. Para usted, y de acuerdo a su experiencia, el ano es un lugar de disfrute pasivo y no activo. ¿Cómo iba entonces a penetrar analmente a su esposa cuando ni siquiera estaba convencido de eso? No, culito: usted quería que se la dieran por detrás, no darla… Desde luego que no creo que le haya dicho eso a Laura; mucho más probable es que haya recurrido una y otra vez a evasivas para rehuir esa necesidad de sexo anal que ella tenía. Y así, ella se cansó de buscarlo… y buscó en otro lado. Ignoro qué tipo de relación tiene ella con ese hombre pero de una cosa estoy absolutamente seguro: él la coge por detrás; y no sería raro, incluso, que ésa sea la única forma de sexo que tengan entre sí.

Cada pieza encaja. Las lágrimas siguen rodando.

– Pero con respecto a ese tema, yo le diría que no se angustie – me dice en tono tranquilizador al notar su pesar -: es muy posible que ella sólo busque eso y no otra cosa en él y, entonces, no tiene por qué pensar que la vaya a terminar perdiendo.

– ¿Cree que… no va a dejarme entonces?

– Es imposible asegurarlo y, además, usted es mi paciente y no ella, por lo cual no puedo saber qué pasa por su cabeza, pero, de acuerdo a lo que usted me cuenta, no sería nada descabellado pensar que ella no planea abandonarle ni tampoco ha dejado de quererle: sólo quiere una verga en la cola y eso es, precisamente, lo que debe haber encontrado en su compañero de baile, quien, seguramente, sí ve el ano de ella como un sitio al cual visitar. Para usted, en cambio, el ano es un centro de placer que le corresponde a usted: es un receptáculo… Je, suena a broma, ¿verdad?: receptá… culo. Pero usted no puede ver el culo de su esposa como un lugar en el que ingresar, ya que la sola visión del mismo lo lleva a pensar en el suyo propio y a, obviamente, desear tener una verga adentro.

– ¿Significa eso que… soy homosexual? ¿Puto?

– Eso sería una afirmación demasiado concluyente. A usted le gustan las mujeres y, en particular, le gusta su esposa y la ama. Piense que de no ser así, no estaría preocupado por perderla, como lo está. Por otra parte, lo aterra, precisamente, la posibilidad de sufrir una nueva pérdida, la cual está más en su cabeza que en la realidad. Disfrute su sexualidad con ella, culito… Si en lo anal no puede satisfacerla, busque hacerlo en otros aspectos: vaginal, oral, lo que sea. Y, un consejo, deje que ella se divierta y disfrute; no la siga persiguiendo ni haciéndose la cabeza con ese asunto del bailarín de tango. Él le está dando a su mujer algo que usted no: más terrible sería pensar que lo que él le da fuese algo que usted también podría darle.

Sigo sollozando: toda exploración de la propia mente es, inevitablemente, tortuosa, y eso es lo que, ahora, estoy sufriendo, en carne propia. Por otra parte, siento que poco a poco la pena se va convirtiendo en resignación. Tengo la impresión de estar descubriendo algo más quién soy, cosa de la cual no tenía idea al comenzar la sesión. Detecto una sonrisa de satisfacción en el psicoanalista; es obvio que está paladeando un nuevo triunfo: otro tipo casado ha caído en sus redes al encontrar su costado de nena.

– Bien – me dice, finalmente -. Ahora súbase al diván y colóquese allí en cuatro patas.

Arrodillado como estoy, lo miro con ojos desorbitados y me cuesta dar crédito a lo que oigo. Él, simplemente, sonríe y me señala el diván; no me repite la orden, pero no hace falta. Miro hacia el mueble y, otra vez, las piezas parecen encajar: siento que hay una historia sin cerrar, la de aquel chico que, por la intervención de las autoridades, no logró eyacular dentro de mi culo. Y ya es hora de cerrarla…

Voy hacia el diván y, tal como él me ha ordenado, me coloco a cuatro patas sobre el mismo. De pronto, lamento que no haya un espejo: siento unas incontenibles ganas de ver qué tal luzco en sostén, tanga y medias bucaneras, todo en color fucsia. Él se me acerca por detrás y me baja la tanga; un estremecimiento me recorre la columna vertebral. Y cuando cierro los ojos para esperar el momento, oigo sonar un teléfono celular. No es mi “ringtone”, así que, obviamente, es el de él. Un súbito pesar se apodera de mí y me hace aflojar los músculos: una vez más parece a punto de repetirse la historia trunca que ha caracterizado toda mi vida. Él contesta su teléfono:

– Sí, amor – dice -: todavía estoy en el consultorio porque me quedé ordenando los papeles para el cobro de las obras sociales… Sí, supongo que en una horita más estaré por allí. ¿Los chicos ya están en casa? Comiencen a cenar sin mí; no hay problema… Ja, no, no me esperen… Bueno, está bien, en una horita estoy ahí. Besito, diosa…

Fue rápido el asunto y, en fin, parece ser que esta vez la historia no va a quedar trunca. De pronto, su mano se apoya en mi cola y todo mi cuerpo se tensa.

– Lindo culito – insiste, mientras me acaricia -, pero no es lampiño, voy a informarle. Se nota claramente que usted se lo depila.

Siento su dedo hurgarme por detrás y, claramente, reconozco que me está embadurnando el orificio por dentro con algún lubricante: mi verga se pone rígida, imposible evitarlo. Un instante después, puedo sentir la suya dentro de mí… y mi mente viaja al pasado, a un baño de colegio mientras afuera están cantando “Aurora”. No puedo evitar jadear; él me hace sentir como una nena: bombea y bombea y a cada bombeo va más adentro. Dolor y placer se mezclan y, así, el clima va in crescendo hasta que siento el líquido viscoso y caliente invadiéndome, mientras pataleo como una nenita. Y mientras caigo de bruces sobre el diván, comienzo a pensar que, finalmente, una historia que estaba inconclusa, se ha cerrado.

Una vez que acaba conmigo, él se dedica a acomodarse la ropa y yo quedo echado sobre el diván, boca abajo y extenuado, pero sereno: ya no hay fantasmas.

– Tengo que… devolverle la ropa, ¿verdad? – pregunto, con la respiración entrecortada.

– Ja, ya sé que tiene ganas de llevársela puesta, pero sí: digamos que es parte de mi equipamiento para tratar a los pacientes. De cualquier modo, ya le puedo decir, con seguridad, que ese conjunto fucsia va a quedar reservado para usted. En cuanto a su calzoncillo, queda aquí… Así que, de momento se va a ir sin nada bajo el pantalón y la próxima vez que venga lo quiero de ese modo o bien con una bombachita ya que, cuando usted se presente aquí, lo hará en su rol de nena, ¿se entiende?

De pronto, el corazón me salta en el pecho por la emoción.

– ¿Va a seguir… tratándome? – pregunto.

– Desde luego. Una buena terapia lleva por lo menos un año.

La noticia de que voy a ser su nena (o una de sus nenas) al menos por un año, me llena de alegría, al punto que le devuelvo mis prendas con entusiasmo, a la vez que una intensa ansiedad en espera de la próxima sesión. Me visto y vuelvo a ser un hombre. Me despido de mi psicoanalista y, cuando estoy yendo hacia la puerta, escucho su voz:

– No me ha pagado – me recuerda.

Una sonrisa vergonzosa me cruza el rostro.

– Disculpe – digo, mientras extraigo la billetera -. Lo había olvidado…