portada criada2Estaba invitada a la fiesta anual del Club de la Prensa, una de las fiestas más importantes de cada año, por la ingente cantidad de periodistas empresarios, banqueros y arribistas Sin títuloque acudían. Como no podía ser menos, habría “alfombra roja” por la que se lucirían los famosos, y después “el típico diorama” ante el cual posarían los famosetes y famosos luciendo sus plumas de pavo real. Yo no lo soy, casi nadie me conoce. Me han invitado por la publicación de mi primer libro y no creo tanto que haya sido por su calidad, confieso que ha tenido muy buenas criticas, sino porque no es muy frecuente que una mujer joven, escriba un libro erótico y bastante crudo, de modo que siempre habrá algún periodista en busca de morbo y haciendo preguntas.

Para no desentonar demasiado, la tendencia de todas las mujeres en general, eran las trasparencias, los enormes escotes que dejaban salir, más que mostraban montones de tetas operadas, había elegido un sobrio vestido negro, largo y sin mangas, pero con mas de un truco, los laterales estaban totalmente abiertos y se mantenían sujetos por un broche de presión oculto a nivel de la cintura, de modo que el conjunto pareciese una sencilla túnica con aberturas laterales. En realidad, se trataba de un poncho de seda natural de color negro mate, que se vestía por la cabeza; con broches cerrados era sencillo, desabrochado se abriría al caminar o a voluntad mía, y permitiría ver que no había ningún otro tipo de ropa bajo él. En dos palabras, podía pasar en un instante, a ser el vestido más erótico de la fiesta si yo lo deseaba.

Transcurrieron algunas horas, discursos, condecoraciones, honores y chismes y comentarios por todas partes, de todo lo cual también tuve mi dosis.

Después la fiesta realmente se trasladó a una espléndida finca a las afueras de la ciudad, pero ya los ancianos se habían retirado, comenzaba la verdadera fiesta y, este año, con proliferación de jóvenes promesas, de gente con verdaderas ganas de pasar lo que pensaban, sería una noche inolvidable para cada uno de ellos, y creyendo muchos, que esa noche les proporcionaría su lanzamiento a la fama y las portadas.

Las estrellas de los programas de corazón se enzarzaron en una despiadada competencia para ligar a los ya conocidos, utilizaban todos los argumentos y medios, los escotes de los vestidos de algunas de ellas parecían haberse ampliado, no tardaron mucho en aparecer los primeros pechos desnudos, eran ofrecidos a los “machos” como señuelo para una relación aunque fuera montanea, incluso que fuera suficiente para la foto que los periódicos amarillos publicarían al día siguiente: de ahí a la piscina solo había un paso, un chapuzón era más adecuado, primero las vestidas, mas tarde todo eran cuerpos desnudos los que ocupaban la piscina, parejas se formaban que follaban claramente dentro o fuera del agua.

Yo estaba con algunos amigos y mi editor, reunidos en torno a una mesa, sin participar en el alboroto general, charlábamos, reíamos y hasta hacíamos algún comentario acerca de las escenas que se desarrollaban ante nuestros ojos, bebíamos en cantidad realmente y llegado un momento, con todos nosotros pasados de alegres y risas más sonoras. Alguien propuso jugar al viejo juego “prueba o respuesta”, en el que debíamos responder con la verdad a las preguntas que se nos formularan, o en el caso de preferir la prueba, cumplir aquello que se nos ordenase, al tiempo de beber otra copa más. Echamos una moneda al aire para determinar quien sería la primera o primero. Fue una chica bastante aparatosa que eligió “respuesta”, tuvo que contestar a una tonta pregunta sobre si tenía nuevo novio, por lo visto acababa de romper con el último hasta ese momento. El segundo fue mi editor, que también eligió respuesta, y aquí comenzaron a complicarse las cosas, le preguntaron si su amante era una mujer casada y conocida; por supuesto respondió con la negativa, pero uno de los periodistas presentes, habló para recordarle como se habían encontrado días antes, y como le habían pedido que no contase nada. Mi editor, bastante molesto, tuvo que quitarse la chaqueta y beberse de un solo trago, una copa de Vodka, para a continuación formularle su pregunta al periodista indiscreto, y esta fue sobre si había tenido sexo con una starlet a cambio de promocionarla. La cosa se iba complicando y acabó siendo mi turno. Me preguntaron el por qué la autora de un libro tan erótico como el mío, vestía de forma tan recatada, y mi respuesta fue soltar, sin que nadie se diera cuenta, los broches laterales del vestido y levantarme de mi butaca. Fue suficiente respuesta ante la cual todos se quedaron atónitos, al levantarme, el vestido se abrió por completo y todos vieron mi cuerpo desnudo. Se hizo e silencio en el grupo hasta que alguien reaccionó con un ¡bravo!, que fue seguido por un aplauso de todos. Pareciera que aquel gesto mío liberaba los tabúes de todos, uno de los presentes, de un tirón, hizo descender hasta la cintura el escote de su pareja, que le respondió con un manotazo y ante las risas generales, siguió sentada y con los pechos fuera, y así continuó el juego, en el que yo era consciente del error cometido; si conseguían pillarme en una sola mentira, la sola prenda que llevaba era el vestido y, si me lo quitaba, quedaría totalmente desnuda.

Mis contertulios no eran tontos, se había dado perfecta cuenta de la situación y las preguntas de todos iban a centrarse sobre mi para hacerme caer en un renuncio. La primera que recibí fue directa, mi novela, era tal o todos eran verdades de mi vida. Escapé respondiendo que, el efecto, casi todo en el libro eran vivencias personales, lo que fue tan solo un escape momentáneo porque las preguntas ya se centraron en situaciones concretas de mi libro.

Siguió el juego y empezaron a aparecer los primeros desnudos, las pruebas, las preguntas y los castigos eran cada vez mas fuertes y provocadores, de modo que, al cabo de un rato, era yo la sola mujer que no había caído en ningún renuncio, y la única por tanto que permanecía con mi vestido puesto.

En el grupo había un hombre al que yo no conocía, moreno, cerca de los 50, atractivo y que parecía muy seguro de si mismo. No había tenido oportunidad de hacerme  ninguna pregunta, aunque no paraba de mirarme fijamente desde hacía largo rato, ahora le tocaba por fin a él y se dirigió a uno de mis conocidos que falló en su respuesta y eligió “prueba”, la que le dictó el desconocido me involucraba, le ordenó levantarse, dirigirse hacia mí y hacerme una caricia en el pecho, bajo el vestido. El desconocido me miraba de forma provocativa, esperaba que yo me negase a ello y, ante su desafío evidente, acepté que lo hiciera ante su evidente sorpresa y la de todos. Yo misma abrí el vestido descubriendo mis pechos y “el afortunado” se contentó con posar simplemente su mano sobre uno de ellos, estaba muy cortado y no se atrevió a más. Mi retador se declaró vencido, me pidió disculpas por su osadía y allí se terminó el juego.

La noche había empezado a refrescar y todo entramos en la casa. Mi vestido continuaba suelto y a cada movimiento descubría mi cuerpo totalmente desnudo, con lo que atraje sin desearlo a varios moscones con la intención clara de llevarme a una cama. Me rescató mi retador de antes, se presentó como Alfredo, periodista y director de una revista especializada en temas profesionales, joyería y relojería.

Hablamos de muchos temas, sentados en un rincón tranquilo, mientras la fiesta terminaba con algunas parejas en puro desmadre, de modo que decidimos marcharnos. Era socio de un club privado, me dijo, y me invitó a seguir en el nuestra conversación, de modo que encargué a un chico del servicio que llevara mi coche hasta mi casa, y en el suyo, me llevó hasta su club, situado en uno de los barrios mas chic de la ciudad. La casa, rodeada por un gran jardín que impedía su vista desde la calle, la decoración de muy buen gusto, se notaba el dinero por todas partes, pero no se veía, todo era elegante y discreto. El bar era especial, no un salón de acuerdo con las normas, sino espacios cerrados, equipados con sofás y butacas en torno a una mesita baja, música ambiental a elegir,  clásica o moderna, pantalla de video para ordenar servicio, y el nuestro no tardó nada en servirnos una botella de champagne y las dos copas. Bebimos mientras me contaba la historia de su club, era una larga historia y el club mantenía absoluto silencio sobre su propia existencia y, por supuesto, la de sus socios. Allí no había barreras, todo estaba permitido y sujeto a una sola norma, todo lo que allí se hacía o se hablaba, allí permanecía.

Con lo que había bebido en la fiesta anterior, mas el champagne de ahora, yo me sentía un poco como flotando en el espacio, totalmente deshinibida, tranquila y libre, metida en el ambiente relajante pero que, al mismo tiempo, me producía una extraña sensación de ansia interior. En un momento me di cuenta de que mi vestido se había desplazado, el frente de mi cuerpo se mostraba totalmente desnudo, los panes del vestido echados hacia atrás. Fue en ese momento que Alfredo puso su brazo tras mi cuello y apoyé mi cabeza sobre su pecho, tenía ganas de besarle, y lo hice, quedando prendida de su boca durante largo rato. Sabía besar, no cabía duda, y mientras lo hacía, sus manos acariciaban todo mi cuerpo. Fueron mis manos las que buscaron bajo su pantalón para encontrar su polla, y mi boca la que la absorbió entera, me sabía a gloria, la hacía entrar en mi boca hasta la glotis y aún más allá, era larga aunque gruesa y recibí su descarga para tragarme toda, y nada insatisfecha porque mientras recobraba su rigidez, su boca pegada a mi vagina y sus dedos entrando y saliendo de ella me iban excitando más y más, su lengua titilaba mi clítoris acercándome al orgasmo, y cuando por fin hizo contacto con mi vagina, se metió hasta que sentí sus testículos pegados a mi. Era tal la excitación a la que me habían llevado sus caricias que no podía parar de moverme, nuestros cuerpos chocaban cada vez con mas violencia, más rápidamente y cuando sentí que llegaban su orgasmo y el mío, impedí con mis brazos y piernas que se retirase para eyacular fuera, tuve toda su descarga dentro de mi, una y otra vez, porque después de la primera llegó otra.

Recuperados un poco del esfuerzo nos vestimos y me llevó hasta otra sala muy amplia, llena de sillones de dos plazas, sobre los que distintas parejas se acariciaban, hablaban o bailaban en una pista central. Sonaba una antigua canción de Barry White y su ritmo provocador invitaba a bailar, de modo que salimos a la pista; éramos una pareja más pero en pocos minutos, el vuelo de los panes de mi vestido, que a cada giro destapaban mi cuerpo, nos convirtió en protagonistas y un amplio circulo se formó en torno a nosotros, circulo que se fue estrechando a cada momento y las manos de todos los hombres se avanzaban para tocar mi cuerpo. La situación se había convertido en un polvorín a punto de hacer explosión, y solo la oportunísima aparición del administrador del local, junto con su equipo de seguridad, impidió que se produjera una tragedia. Alfredo y yo aprovechamos el tumulto para escapar de allí, montamos en su coche y no paramos de correr hasta el mismo centro de la ciudad, donde paramos todavía con miedo, ante un bar que permanecía abierto. Era un bar sí, pero lleno de camioneros y comerciantes de un mercado cercano, lo que implica que mi entrada y lo que el vestido mostraba, fuera de nuevo la atracción de todos los presentes. Un tipo grande, con barba poblada y aspecto autoritario se dirigió a mí, ignorando a mi pareja, me tomó entre sus brazos y me obligó a bailar al son de la música de ambiente. Me temí lo peor, que sería violada por todos ellos, pero al apretarme me habló al oído y en voz baja; me dijo que iba a tratar de sacarnos de allí a mi y a mi amigo, y para ello debería seguirle la corriente. Apartó el vestido para que todos pudieran verme desnuda, apretaba mis pechos con sus enormes manos y tomándome en vilo alzó su voz para decir que todos me iban a follar y él sería el primero: me llevó en brazos hasta una habitación situada bajo una escalera descendiente. Todos nos siguieron ansiosos de ver el espectáculo que seguiría, pero él les conminó a permanecer en el salón e irían entrando uno a uno, a medida que fueran terminando. Quedamos solos en el pasillo y, en vez de entrar en aquella habitación, descendió rápidamente la escalera, abrió una puerta y nos encontramos en un callejón de la parte trasera. Había una gran moto allí, que puso en marcha y me sentó ante él cuando la puso en marcha saliendo de allí disparados. No se detuvo hasta llegar a una especie de almacén en el que entró directamente con la moto y solo entonces me di cuenta de que el vestido volaba en torno nuestro, que estaba totalmente desnuda entre sus brazos y contra uno de mis muslos sentía el bulto y la presión de una verga que parecía ser enorme y cuyo roce inevitable, m estaba calentando por momentos. También él lo había sentido porque allí mismo, sobre la moto, me colocó en la posición adecuada para desnudando su verga, penetrarme, y en el mismo momento de sentirle dentro de mi, sobrevenirme un abrumador orgasmo.

Después, sobre la cama, en el  suelo, sobre la mesa, fueron horas las que pasamos sin parar de follar. Me tomó como quiso, por la vagina, la boca o por el culo y aquella fue la penetración mas violenta y salvaje que haya tenido en mi vida, lo que no impide que fuera también una, sino la más, satisfactoria de mi vida porque en ella llegamos hasta mas allá de los límites del erotismo, al punto extremo en el que muy importantes y casi desconocidos círculos japoneses, sostienen que el orgasmo supremo tan solo se consigue en el instante mismo de la muerte; como cuando su gigantesca polla estaba literalmente empotrada en mi garganta y mi asfixia me hacía perder el conocimiento al tiempo que en mi corrida arrojaba ríos de lava, o cuando me empotró literalmente sobre su polla tanto por la vagina como por mi ano. En ese momento perdí el conocimiento.

Pasé después días hospitalizada y en cura de sueño hasta mi recuperación total. Nunca más volví a ver a aquel gigante y, la verdad es que tampoco he querido hacer ningún tipo de averigüación al respecto. Lo ocurrido esa noche queda tan solo para mi.

 

 

  • : Una fiesta fuera de normas