Cuando tenía dieciocho sufrí una de las depresiones más fuertes de mi vida, y algo así cuando los estudios de la secundaria están finalizando puede ser fatal para las aspiraciones académicas. La razón era mi padre; cada vez que me cruzaba con él en la casa terminábamos enzarzados en una violenta discusión, y no ayudaba que el segundo aniversario del fallecimiento de mi mamá estuviera al caer. Era como un extraño reloj biológico que nos volvía los peores enemigos.
Que nada de lo que yo hacía estaba bien, que al ser yo la única chica de la casa me quería cargar con más responsabilidades, y que además debería mejorar las notas “mediocres” que había sacado. El más mínimo intercambio de palabras propiciaba una discusión tóxica; había tratado que ese tipo de situaciones no me afectaran, pero cuando ni mis mejores amigas pueden servirme de apoyo pues solo vivían problemas banales, una termina cediendo.
Así que estaba allí, sentada en un banquillo de una plaza, lejos de mi casa, lejos de mi colegio, desentonando con mi uniforme escolar y tratando de soportar el terrible frío. Eran horas muy tempranas y pese a que había gente cruzando por los alrededores, sombras sin rostro yendo y viniendo, tenía la impresión de ser una maldita hormiga solitaria preguntándose cómo terminó en el hormiguero equivocado.
Ya no podía seguir soportando el ir y venir del gentío sombrío y apático así que me limité a abrazar mi mochila, refunfuñando que tal vez debería haberme hecho la enferma para quedarme en casa. Y así, pese a decirme a mí misma que no iba a llorar, mis ojos empezaron a arder para que empezara a derramar lágrimas como si acabara de ver una película romántica.
Pero creo que dejé escapar algún jadeo entre el gorjeo de las palomas que poblaban la plaza, porque alguien me habló. Era la voz de un hombre y noté que estaba a varios metros detrás de mí.
—¿Mal día?
Pero yo no estaba de humor, así que le contesté sin siquiera mirarlo:
—Métase en sus asuntos.
—Ya veo. Lo siento, solo preguntaba.
¡Y para colmo tratándole como una bruja a la única persona que se estaba preocupando por mí! Al único que parecía despegarse de aquellas sombras sin rostro. Me froté las enguantadas manos por el frío y me armé de valor para girarme:
—Discúlpeme, señor. Por favor no me haga caso.
El hombre, que tenía la mirada perdida en algún punto indeterminado del cielo, me miró extrañado. Era una persona mayor que podría pasar por mi padre, tal vez un poco más mayor, bien trajeado pero abrigado con una chaqueta de cuero marrón que no hacía juego, cabello bien cortado, nariz aguileña y una sonrisa bonachona que no tardó en mostrarme.
—Madre mía, pequeña, esos ojos rojos, ¿me vas a decir qué te pasa?
—Que me acabo de unir al club de los desgraciados, eso pasa.
—No me digas. Pues bienvenida, ¿ya te sacaste el carné?
—Voy a hacerlo otro día porque mi cara seguro es un desastre ahora.
No tardó en venir para acomodarse a mi lado. No muy cerca, que de lo contrario me asustaría, pero tampoco excesivamente lejos de mí. Aunque admito que por un momento pensé que se trataba de un pervertido; todo cambió cuando resopló y levantó la mirada, dibujando una larga figura con el vaho de su aliento.
—Venir aquí me ayuda a despejar la cabeza. Es más barato que ir al psiquiatra, ¿no crees?
—Pues es una plaza horrible y solo me bajé del bus porque no quería irme al colegio.
—Entonces sí que estás en un mal día. Pero deberías ir a tu colegio, se te hace tarde.
—¿Y usted no debería ir a su trabajo?
—Yo entro a los ocho, así que tengo tiempo. Por eso vengo aquí a las siete, para desconectarme un rato de una esposa que no me habla, una hija que sí me habla pero solo para decirme lo mucho que me odia, un puesto de trabajo que no soporto… ¡y hasta de un perro que ya no me hace fiesta al llegar a casa!
—Uf, lo del perro es el acabose, señor.
—Es un caniche de cinco años, creo que está en plena crisis de mediana edad.
—¡Ja! Bueno, tengo que irme, llegaré tarde pero supongo que puedo rogarle al portero que me deje entrar. Gracias por la charla.
—Me alegra oírlo. ¿Te subí el ánimo, pequeña?
—No me llame pequeña. Pero en serio, gracias.
Me levanté, cargando la mochila en un hombro. Antes de irme me giré y le deseé que su día mejorase, porque si era cierto lo que me había confesado, el hombre era prácticamente un pobre diablo arrastrándose por la vida y puso mis problemas en perspectiva. Me lo agradeció y pareció tomar rumbo a su coche, pero no pude evitar preguntarle algo más antes de retirarnos.
—Oiga, señor. ¿Ha dicho que tiene una hija?
—Sí. Estrenando adolescencia y todo.
—Vaya. Y… ¿Y qué le alegraría que hiciera ella?
—¿En serio? ¿No es obvio?
—Si lo fuera no lo preguntaría…
—Bueno, que dedique un rato de su vida a conversar amenamente con su padre estaría bien…
“Pues sí que parece algo obvio”, concluí para mí, viéndolo alejarse, levantando las palomas a su paso. Parecía un buen hombre, pero había notado algo especial en sus ojos oscuros; cierto halo de soledad, como quien ha sufrido mucho, como percibía a veces en los míos al mirarme en el espejo. Me reconocí en él, en ese extraño, por un breve instante. Ridículo, imposible, lo que quieran, pero así lo sentí.
Al día siguiente decidí volver a bajarme del bus cuando se detuvo en la parada de la plaza. En parte, mi estado de ánimo estaba en mejores condiciones y se debía a aquel desconocido. Lo volví a encontrar sentado en uno de los banquillos, leyendo un periódico. No se percató de mi presencia hasta que me presenté frente a él y le hablé:
—Señor, he venido para darle las gracias por el consejo.
—¿Otra vez tú? —Me miró por sobre el periódico—. ¿De qué consejo hablas?
Me senté a su lado y me alegró que doblara su periódico para escucharme. Podría mandarme a tomar por viento, o mirarme como a una loca porque no nos conocíamos, pero no lo hizo. Simplemente me prestó atención, y eso era algo que, por más ridículo que suene, necesitaba muchísimo.
—Verá, ayer al mediodía fui al trabajo de mi papá. Sé que suele almorzar con sus colegas en un bar que está a una cuadra de su oficina, así que me presenté para almorzar con él. Sus compañeros se rieron un montón y lo puse rojísimo, pero creo que ha valido la pena porque sonrió como pocas veces. Así que gracias por el consejo.
—No recuerdo haberte aconsejado, pero entiendo lo que quieres decir. Ojalá mi nena me visitara, eso cambiaría un poco el panorama.
—A lo que vine. Como muestra de agradecimiento he preparado algo.
Acomodé mi mochila sobre mi regazo y corrí la cremallera; retiré un pedazo de pan alargado y envuelto en una bolsita de papel cartón. Lo partí en dos y le di el pedazo más grande al estupefacto señor.
—Eres increíble, pequeña, me traes desayuno y todo.
—¡Ja, nada que ver! Verá, como dijo que estaba viejo y acabado le he traído pan para que le dé de comer a las palomas.
—¿Me he quejado de ser viejo?
—No, pero bueno, se deduce…
Le di el pedazo con una sonrisa aunque él seguía extrañado. No era la primera persona que se asustaba de mi forma de ser: sarcástica, cabrona, una chica que le gusta meter el dedo en la llaga de manera fugaz pero solo para hacer sonreír. Me había ganado muchos problemas por comportarme así pero me sentía cómoda de esa manera, escudándome con mi punzante forma de ser.
—¡Qué suspicaz! Dame eso.
Y estábamos allí, viendo cómo las palomas y su particular gorjeo llenaban la plaza en búsqueda de las migajas que estábamos arrojando. Era terapéutico casi, para ambos, desconectados de nuestras tristes vidas. Claro que el señor aún no conocía cuál era mi historia, supongo que era el siguiente paso natural de nuestra recién estrenada amistad.
—¿Y qué me dices de ti, pequeña? ¿Quién te ha robado el noviecito?
—¡Nada de eso! Ojalá mi problema fuera algo así… Cuando me siento con mis amigas mi cara se desencaja oyéndolas quejarse por uñas rotas, novios y cortes de cabello… ¡Ya le digo, ojalá esos fueran mis problemas!
—¡Eso mismo me digo a veces! ¡Malditas uñas rotas! ¿Y entonces, pequeña?
—¿Y entonces? Pues que en casa parezco más una empleada doméstica que una hija. Que lavar las ropas, que la cocina, que limpiarlo todo, que la cena, que cuidar a mi hermano. Al final el tiempo libre para mí misma lo tengo en esta plaza. Y para colmo a veces la extraño, ¿sabes? O sea, a mi mamá…
—Ya veo. Lo siento mucho.
—Y aquí voy de nuevo, se supone que no iba a llorar…
Lancé el pedazo de pan que aún tenía en mi mano y me levanté, llevando mi mochila en un hombro. Y seguro que aquel señor intentó detenerme, de hablarme o gritarme para que volviera junto a él, pero entre el gorjeo y el aleteo de aquellos bichos a mi alrededor no pude oír nada, ni quería. Se suponía que tenía que ser alguien fuerte, responsable, al menos esa era la imagen que mi papá esperaba de mí al delegarme responsabilidades, pero simplemente no podía; me derrumbaba fácil y eso era algo con lo que no me sentía cómoda, no me gustaba que me vieran así. Ni mi papá, ni mis amigas, ni incluso un señor desconocido de una plaza. Supongo que por eso me escudaba con mi forma tan punzante de ser.
Otro día más; miércoles. El señor como siempre estaba allí, leyendo un periódico sin notar que yo estaba frente a él, mordiéndome los labios, tamborileando mi cintura con los dedos.
—¡Necesito hablar… con alguien!
—¿¡Pero qué cojones!? ¡Casi me das un infarto!
Fue sorprendente cómo su semblante cambió cuando notó mi rostro. ¿Tal vez le recordé a su hija? ¿O tal vez reflejé esa soledad que tenían sus ojos? Porque estábamos allí, en medio de esa plaza abandonada por Dios, buscando un breve descanso de nuestras vidas. Éramos dos completos extraños que de alguna manera nos reconocimos como similares más allá de edades y estratos. No nos conocíamos, para nada, pero nos necesitábamos para aguantar, o eso sentía yo. Inocente, demasiado idealista, lo que quieran, pero así lo sentía.
—Tú de nuevo… Bueno, ya estás tardando en sentarte a mi lado, pequeña. Estoy tomando un mate, ¿me acompañas?
—Bueno… ¡Un mate! Hágase espacio, don.
—¡Pues venga! Y llámame Enrique.
—A mí dígame princesa, pero mi nombre es Rocío.
Y allí estábamos juntos, viendo el tráfico, a la gente yendo y viniendo, éramos como dos hormigas que se salieron de la línea para ver a la marabunta trabajar, tomando un mate que se me antojaba algo amargo, obviando nuestras responsabilidades porque sentíamos que merecíamos un descanso de la vida.
Aprendí algo sobre su hija mientras el mate iba y venía. Ella era una adolescente que escuchaba “música estruendosa e inentendible”, que vestía “demasiado ligera”, y que incluso él creía notar “la cabeza de un clavo brillando en la punta de su lengua”. No sabría juzgar la música con tan pobre descripción, y vestir ligera de ropas en invierno me parecía directamente una salvajada, pero sí podría ayudarle con lo último.
—¿O sea que su hija tiene un piercing?
 —¿Así le dicen?
—Así se llama… Bueno, no creo que sea para tanto. ¿Qué le dijo?
—Prefiero no decirlo.
—Vamos, Enrique, imagine que tengo uno. Aquí, dispare. —Saqué la punta de mi lengua.
—Supongo que puedo imaginarlo… —Me tomó del mentón y soltó con total naturalidad—. ¡Qué puto horror, niña!
—¿Enzedio, zeyor? —Escondí la lengua—. ¿¡Dónde se ha dejado la gentilidad!?
—Ya veo, “gentilidad”… ¿“Es la cosa más hermosa que he visto en mi vida”?
—¡Ja!, tampoco el sarcasmo, sea sincero. Vuelva a imaginarme —volví a sacar la puntita de mi lengua.
—Pues… ¡sinceramente es horrible, has destrozado tu lengua, niña!
—¡Uf, usted no tiene solución!
Pero todo era dicho con tono amistoso. Tal vez fue gracias al mate o simplemente nuestras risas, unificadores sociales por excelencia, o tal vez fue el haber entendido por fin cuánto nos necesitábamos para escapar aunque sea por media hora de nuestra vida. Allí no éramos una estudiante y un hombre de negocios, allí, risas y mate de por medio, éramos dos personas cansadas de patear por la vida; estábamos emparejados a la misma altura.
Así comenzó nuestra pequeña aventura. Nuestro pequeño ritual. El de dos completos desconocidos que se reunían en la plaza por casi media hora para charlar o simplemente para mirar el tráfico en silencio, juntos en el banquillo y a veces alimentando a las palomas.
Para el viernes me armé de valor y volví a hablarle sobre los problemas de mi casa. Desde luego no pude evitar derrumbarme a mitad de mi historia; ese lado mío, patético, débil, toda una niña llorona… pues como había dicho ese lado no era algo que quería proyectar, por lo que decidí irme antes de que me viera con los ojos rojos y los labios temblando. Pero al levantarme del banquillo, me sostuvo de la mano.
—¿A dónde vas? Te puedes quedar aquí.
No respondí. Solo sostenía su mirada en completo silencio. Fue raro: no se oía el tráfico. No había gorjeos.
—Le harías un favor a este “viejo y acabado” si te quedas, ¿sabes?
Le vi los ojos. Le vi la sonrisa. No había nadie en mi vida así; un reflejo cristalino de mi persona. Así que le revelé ese lado frágil que tengo, lejos de la chica cabrona, lejos de la chica brava. Me senté a su lado y reposé la cabeza en su hombro; resoplé un par de veces, rodeando su brazo con los míos, y luego sí, empecé para llorar a moco tendido. Era mi peor versión, pero descubrí que a su lado me sentía cómoda.
Podría quedarme todo el día allí; porque sí, lloraba sin cesar pero el corazón parecía desbordarse de felicidad o alivio porque finalmente había encontrado el sostén que buscaba. Tal vez estábamos excediendo nuestra media hora diaria, o tal vez quiso consolarme con algo más que un hombro, porque repentinamente me acarició la caballera y me habló con un tono dulce.
—¿Te sientes mejor?
—No. Me da un poco de vergüenza que me vean llorando al lado de un hombre cuya chaqueta parece provenir del neolítico, pero gracias.
—¡Ja! Esa es la pequeña que conozco. Descárgate, vamos.
—Pero se lo digo en serio, creo que un día de estos deberíamos ir a una tienda y elegir algo más bonito, madre mía, ¿en qué estaba pensando para salir de su casa con algo así?
Abracé con más fuerza su brazo con los míos, y volviendo a reposar en su hombro, le rogué que me acompañara así solo un rato más.
Los días siguieron pasando y nuestros encuentros (o rituales) seguían pactándose ya no a horas tempranas del día, sino a la una de la tarde, luego de mis clases y aprovechando el horario de descanso de su oficina, para no joder mis estudios. Con él aprendí pequeños detalles que terminaron, poco a poco, acercarme más a mi padre. Desde llevarle el desayuno a la cama y hasta rememorar mi infancia pasando horas muertas del domingo viendo juntos un álbum de fotos. Aquel hombre era, básicamente, un ángel caído del cielo que ayudó a recomponer la relación con mi papá, a achicar aquella línea que amenazaba con separarme más y más de él.
Para el lunes de la siguiente semana, estrenando una preciosa gabardina negra de película, me acompañó a una tienda de música. La idea era encontrar algo juvenil que pudiera regalarle a su nena, algo con el que ambos pudieran sentirse conectados. No valdrían discos de y para adolescentes, que a un adulto como él no podría gustarle.
En un par de exhibidores, dotados de auriculares, tenían varios discos de muestra. Uno de ellos tenía un álbum que reconocí inmediatamente, por lo que no dudé en llamar a Enrique, que estaba echando un vistazo a los discos en las estanterías.
—Mire, encontré algo potable. Avril Lavigne, a ella la escuchaba antes de comenzar la secundaria. Tiene canciones muy buenas, ¿conoce alguna?
—¿Tengo pinta de saber japonés, pequeña?
—¿Japonés? No, no… Dios santo, ¡solo… solo escúchela!
Me hice con un auricular conectado al exhibidor y le pasé el otro, pero se negó a ponérselas porque creía que iba a gastarle una broma con el volumen, aunque lo más probable es que tuviera miedo de ponérselas. Aceptó a regañadientes cuando le dije que ya iba siendo hora de dar un par de saltos evolutivos importantes si pretendía recuperar a su nena.
Así que tras ojear por la lista de reproducción en la caja del disco, decidí por una de mis preferidas: “Im with you”. Cuando miré a Enrique, esperando que la canción iniciara, no pude evitar hacer un paralelismo con un videoclip de los RadioHead en donde una par de desconocidos escuchaban una canción desde un exhibidor como el nuestro. Claro que él no era Jhonny Depp, ni mucho menos yo me asemejaba a aquella preciosidad que lo acompañaba en el vídeo, pero no me importaba; la canción estaba en marcha.
—No es Gardel pero te digo que esta japonesa no canta nada mal —me codeó para que yo estallara en risas.
Pero todo se desmoronó cuando llegamos al estribillo: “Estoy tratando de entender esta vida. ¿Podrías tomarme de la mano y llevarme a otro sitio? Porque aunque no sé quién eres, estoy contigo”.
Tal vez haya sido demasiado tonta o romántica al reconocernos en aquella canción. Pero debo decir que, por más que él tuviera un anillo brillando con promesas de amor en su dedo, en ese momento sentí algo que sé que no debería. En ese instante algo dentro de mí se había quebrado y mi sonrisa se desdibujó. Lo miré por largo rato, le miré esos ojos en los que me reconocía, él estaba sonriente en su mundo porque le gustaba la canción, pero yo sentía la imperiosa necesidad de tomarle de la mano.
 “Y busco un lugar, busco a alguien que esté conmigo, porque nada me sale bien y todo resulta ser un desastre”.
Buscando una conexión con su hija, terminé encontrando una conexión demasiado peligrosa con él.
Éramos prácticamente unos desconocidos, sí, pero él estuvo allí en mis horas bajas, acompañándome y prestándome su hombro cuando me quebraba en llanto. Aprendí a atesorar cada minuto que pasábamos juntos, desconectados del mundo, y me dolía que nadie en su vida notara cuánto sufría, cuánto anhelaba y sobre todo, cuán grandioso hombre era. Yo sí.
No sé si “enamorada” sería la palabra más adecuada para describirme en ese entonces, pero sí estaba segura de que todo se había jodido para mal. Porque ese hombre casado, con su anillo brillando, con su sonrisa bonachona… pues simplemente ya no podía verlo como antes. Y, sinceramente, media hora al día ya no me sabía a suficiente.
Estoy contigo, y quiero seguir contigo”, pensaba yo, pero las palabras no me salían. Su anillo brillaba demasiado.
De noche no pude evitar pensar en él mientras me bañaba, y pronto comprobé qué tan deliciosa fue la ducha mientras me tocaba imaginándome en sus brazos. Mis deditos eran los de él, los que plegaban los labios y acariciaban el clítoris oculto tras mi pequeño capuchón. Creo que habré tenido uno de los orgasmos más placenteros de mi vida pensando cómo me hacía suya, desvirgándome con dulzura en una amplia cama matrimonial. Era suya en mis fantasías, y ese maldito anillo no brillaba en absoluto, solo caía al suelo y repicaba hasta silenciarse.
 “Estoy contigo, quiero estar contigo…”.
Me maldije al acabar. Por tonta, por idealizar demasiado, por querer tomar de la mano a un hombre casado y pedirle que estuviera conmigo más que media hora al día. Por querer que fuera él quien me arrebatara mi virginidad.
Llegó el martes. El frío era matador, pero allí estaba yo, pateando por la calle, cargando mi mochila en el hombro, avanzando a empujones entre ese montón de gente trajeada. La cabeza la sentía abombada, no estaba acostumbrada a hacer lo que estaba haciendo: abrí las puertas de aquella oficina en par en par y traté de encontrarlo entre el gentío que atestaba el lugar. Pregunté a la recepcionista. Me indicó el segundo piso, tercera puerta a la izquierda.
Cada paso que daba conforme me acercaba se hacía demasiado pesado. Pensaba que tarde o temprano terminaría cayéndome al suelo desmayada. En ese entonces, más que nunca, sentía la necesidad de tomarle de su mano y susurrarle cuánto necesitaba estar con él, que media hora al día no me era suficiente ya.
Estoy contigo, quiero seguir contigo”.
Y sonreí al verlo, charlando por teléfono en un escritorio apartado. Resoplé una y otra vez antes de armarme de valor para interrumpir en su vida. Miré mi falda plisada, comprobando que no estuviera arrugada, rápidamente me arreglé un poco el cabello en una coleta alta; pensé que tal vez no debería haber venido en mi uniforme escolar, lo último que quería era proyectarle una imagen de cría o de “pequeña”, pero ya era muy tarde para volver sobre mis pasos.
—Señor Enrique, s-si su hija no quiere visitarlo y almorzar con usted, yo lo haré.
—¿Eh? —colgó su teléfono—. ¿Rocío? ¿Qué haces aquí?
—Uf, parece que está perdiendo el oído. Le he dicho, hombre torpe, que he venido para almorzar juntos.
—No me lo puedo creer… ¿Lo dices en serio?
—Dios, sé que no soy su nena, pero podría simular algo de alegría…
—Esto, no pienses que no estoy contento, pero lo cierto es que ya te has robado un par de miradas, vaya con el aprieto en el que me has metido al presentarte aquí.
—¡Ya! ¿Cree que he venido así, sin pensarlo? Le he dicho a la recepcionista que soy su sobrina.
—Bueno, podrías haberme avisado, pequeña —se pasó la mano por la caballera visiblemente azorado.
—¡Deje de decirme pequeña! ¿Qué dices? ¿Nos vamos?
En el bar parecíamos padre e hija, sentados a una mesa alejada. Al principio me hacía gracia verlo tan nervioso, oteando el bar con desconfianza pues no quería encontrar a alguien conocido, supongo, porque iba a serle complicado explicar por qué estaba almorzando con una colegiala. Pero a mí no me importaba, necesitaba avanzar en el terreno; sentía que él me veía como solo una amistad, o peor incluso, como la hija que no podía tener.
Se comportó como un caballero, pero yo como una niña mala que sacaba provecho de sus atributos. Me inclinaba hacia él varias veces para recoger el salero o servirme de la gaseosa, y que así pudiera tener mejor vista de mi tímido escote, para que notara que yo le ofrecía algo más que lo que su hija podría. Hasta incluso le sequé (torpemente) los labios con una servilleta luego de que bebiera de un vaso de agua.
—Maldito invierno —murmuró.
—¿Qué le pasa, Enrique?
—Bueno… ahora que lo pienso, siempre nos hemos encontrado en la plaza, así que ibas bien abrigada. Pero ahora, aquí y sin suéter ni abrigo, veo que eres una auténtica preciosidad, pequeña.
—Enrique, es la primera vez que me dice algo así… Gracias, me halaga.
—¿En serio? ¡Menos mal!, pensaba que si lo decía ibas a ridiculizarme.
—Bueno, hoy me estoy portando bien porque me gusta verlo contento, ¡no se acostumbre!
¡Pero por Dios! Tenía ganas de tomar de su mano y quitarle ese maldito anillo, pero no tenía el valor de hacerlo porque las mías estaban temblando de los nervios, inseguras, inquietas.
No fue sino en el tercer almuerzo, el día jueves, cuando junté la fuerza necesaria para dar el paso definitivo. Lentísima, torpe, lo sé, pero no estaba acostumbrada a actuar como una loba, y menos con un señor mayor que seguramente podría sospechar mis intenciones con facilidad.
—¿Y su esposa, Enrique?
—¿Graciela? ¿Podríamos no hablar de ella?
—No diga eso. Así como estoy haciendo los deberes de su nena, tal vez pueda tratar de hacer los de ella… —tomé el jugo de naranja, estaba mareada.
—Rocío, estás sacándome pensamientos inapropiados.
—¡Ya, no sea desubicado y cuénteme!
—Mira, si tanto quieres saberlo, te diré que hace más de once meses que no tengo relaciones con mi esposa. Y en los últimos cinco años no lo hemos hecho más de diez veces. ¿Contenta?
Escupí el jugo en el vaso. Eso sí que no lo esperaba. Cinco años casi en castidad eran una auténtica locura para una pareja casada. ¿O no? ¿O sí? Como fuera, ¿qué clase de mujer podría no atenderlo como debía? ¿Qué clase de monstruo podría tirar por la borda todas esas promesas de amor que brillaban en ese anillo matrimonial? Él no se lo merecía, él debía tener a alguien mejor. Y no digo que ese alguien fuera yo, ni mucho menos, pero al menos sé que yo lo trataría mejor que ella.
—Rocío… ¿estás bien?
—Enrique, ¿¡cinco años!?
—Lo último que espera alguien de mi edad es que una jovencita le tenga pena. Por favor, no necesito esa mirada de ti.
—Ya. Tiene razón. ¿Quiere que pateemos un rato por el centro y busquemos una prostituta? Porque a mí no me mire si quiere desfogarse, pervertido.
—¡Ja! Exacto, esa es la Rocío que conozco.
Sí, esa era la chica que él conocía. La colegiala cabrona y entrometida que le hacía chistes pesados y criticaba cada decisión suya. La que prefería no discutir airadamente porque se rompe en llanto fácilmente. La nena con problemas que necesita de su hombro para llorar. Una hija, eso quería él, una hija con la que pudiera sentirse vivo y realizado. Pero yo no necesitaba un padre, ya tenía uno en casa.
—Aunque no te lo negaré, pequeña, será mejor que termines de almorzar y vayas pitando para tu casa, porque no sé si podré contenerme —bromeó.
Miré esos ojos, esa sonrisa suya. Y simplemente di el paso que tanto había practicado en mi habitación: tomé de su mano más cercana con las mías. Una descarga de estática me hizo dar un pequeño respingo, pero lo tenía por fin, agarrado de la mano. Era mío, estaba conmigo. “Estoy contigo… y me encanta”.
—Yo… yo creo que usted se merece algo mejor, Enrique.
—¿Te refieres a mi ensalada? —preguntó con una media sonrisa. Estaba jugando conmigo o pateando balones fuera.
—Uf, ¡no! No se haga del desentendido, por favor. No digo que yo sea lo que busca, pero escúcheme, pe-permítame ser la esposa que se merece.
—Estoy pensando seriamente que te estás volviendo loca. ¡Eres una menor!
—¡Tengo dieciocho y sé lo que hago!
—Estoy casado, pequeña, ¿ves este anillo?
Para mí no valía nada, ¿qué sentido tenía llevar algo que solo relucía promesas rotas? Claro que no tuve el valor de decírselo, por lo que prosiguió excusándose.
—Rocío, y no es solo mi esposa. Hay casi treinta años de diferencia entre tú y yo.
¡Pues para mí no la había! Deshicimos esos años en aquella plaza, en cada conversación que tuvimos, en cada risa, cada llanto y cada mate que compartimos. ¿O fue solo una impresión mía? ¿Una quimera que me inventé para sentirme comprendida en un hormiguero que no era mío?
Me levanté para retirarme. Otra vez los ojos ardiendo, otra vez el maldito labio inferior temblando sin control. De nuevo la niña salía a relucir, y eso era algo que no debía permitir. Quería mostrarme ante él como una mujer, como una posible pareja, ya no como la cría que buscaba consuelo. No miré para atrás, y aunque esa vez no hubo palomas ni gorjeos entre nosotros, estaba tan ensimismada en mi mundo que ni siquiera oí sus reclamos (si es que los hubo).
Me lo merecía. Ese mazazo sádico a mi vida (¿cuántos más?). Por tonta, por idealista. Por creer que un hombre casado sería capaz de quitarse ese anillo para hacerme feliz.
En mi casa pensé, mientras lavaba los cubiertos, que tal vez lo mejor sería olvidarme de todo, de aprender a afrontar mis problemas en completa soledad. Tal vez era la única forma de avanzar en mi vida, de madurar, de deshacerme de la “pequeña” que me jodía el rostro con lágrimas cada vez que la vida me embestía. Construir una muralla para olvidarlo, tal vez eso era la mejor opción. Pero luego recordaba sus ojos, y por Dios, nadie más en mi vida tenía esa mirada cargada de soledad en los que me reflejaba cristalinamente.
Decidí, en la cama, antes de cerrar los ojos, que iba a luchar por él; un último intento antes de abandonar aquel hormiguero ajeno.
Viernes de día. Me quité el suéter al bajarme de la parada y me la até en la cintura. Iba desabrigada, pero tenía mis razones. Él estaba en la plaza, sin periódico en mano, caminando por el parque, oteando en derredor en mi búsqueda. No mentiré; me alivió encontrarlo, temía que me quisiera evitar tras haberle confesado mis sentimientos.
Me acerqué sin que me notara, justo cuando paseaba por la vereda. Le tomé de la mano y retiré el maldito anillo de su dedo. Lo tiré al suelo y vi cómo el hombre se empalideció. Me miró, no sabría decir si feliz o sorprendido, luego se fijó en el anillo repicando en el suelo, subió de nuevo la mirada, pasando fugazmente por mi sujetador negro reluciendo tras mi blusa blanca, y por último observó mi cara repleta de deseo.
—Ahora no hay ningún anillo, señor.
—¡Rocío! Te estaba buscando… ¿No te parece que deberías estar abrigada? ¡Vas a pescar un resfrío!
Tengo que admitir que yo era un auténtico caso perdido. Iba a llorar de nuevo porque esperaba un abrazo, un beso, una mano, pero en cambio el maldito solo se quitó su gabardina (nuestra gabardina) para abrigarme. Decepción, desazón. Me lo merecía, por tonta, por idealizar cosas que no debía. Era una maldita hormiga perdida en un hormiguero que no era suyo.
Y de repente, el anillo en el suelo dejó de repicar.
Cuando los ojos empezaron a dolerme y no quedaba otra más que mirar el suelo, cuando los labios me empezaron a temblar, contra todo pronóstico, me tomó del mentón para besarme. Primero fue un pico rápido que me robó mientras yo mascullaba que debía recoger su anillo, que lo tiré solo por un lapsus nervioso. “Déjalo ahí”, susurró. Al verme sorprendida, el beso cayó en mi nariz para hacerme sonreír. Y así, con el corazón desbordándoseme de alegría, me besó como ningún hombre había hecho hasta ese entonces conmigo. Nada de lenguas, nada fuerte. Solo labios apretujándose mientras unos ásperos pero juguetones dedos se enredaban entre los míos.
Estás conmigo, y me encanta…”.
—Pequeña, me alegra que hayas venido…
—Uf, deje de hablar y siga besándome.
—Estoy casado y tú apenas eres una niña, es complicado así, ¿no te parece?
—¡No soy una niña! Y ya sabe, ahora tiene vía libre…
—Solo espero que nadie me haya visto besándote…
—Deje de mirar por la plaza. —Lo tomé de la mejilla y rogué—: Enrique… lléveme a otro lado.
Su casa era hermosísima, de dos pisos, estilo colonial; atravesamos un jardín delantero para entrar. Mientras él llamaba a su oficina para comentar que no podría presentarse ese día, sacié mi curiosidad viendo las fotos de su hija y señora, muy bonitas por cierto, en los portarretratos que infestaban la casa. Pero no había mucho tiempo para ellas porque las cosas cambiaron drásticamente cuando me llevó de la mano para subir por las escaleras, rumbo a su habitación matrimonial. Me alarmé, había algo que aún no le había dicho porque tenía demasiada vergüenza.
Se sentó en la cama, esperándome, pero yo aún no podía entrar en la habitación por el miedo que tenía. Él me vio recostada por el marco de la puerta, con la cara roja, y preguntó qué me sucedía.
—Señor Enrique, vamos a manchar su cama… ¿No es así?
—Mi esposa duerme en otra habitación. Pero si te preocupa, hay un lavarropas abajo, es muy bonito.
—¡No es eso! Bueno… quiero decir que so-so-soy virgen, ¿entiende?
—¡Jajaja! ¡Muy buena broma! Dale, vente.
—No se ría, ¡le digo la verdad!
—Sí, claro, y yo soy Superman, Rocío.
—Estúpido, ¿qué quiere decirme con eso?
—A ver, ¿me estás diciendo que es la primera vez que vas a ver una… verga?
—¡Obvio que no! ¡Las he visto a montones! Solo que ahora será la primera vez que vea una “en vivo y en directo”… ¿Puede entender un poco mi problema en vez de reírse tanto?
—¡Es que en serio, no me lo creo!
—¡Pues créalo, será la primera vez que esté con un hombre!… ¡Un hombre que se está riendo de mí!
—No puede ser, pequeña, no estás bromeando…
—Uf, le ruego que no se enoje.
Se levantó y me extendió la mano, invitándome a entrar. Me vio indecisa, pero bastó que cambiara su tono para convencerme.
—No te preocupes, yo te guiaré. Ven aquí.
Avancé. Me agarró de la cintura al acercarme y, tras depositar otro beso en la nariz que me hizo reír, me ayudó a quitarme los primeros botones de la blusa. Al caer al suelo, fue el turno del sujetador;  le miraba a los ojos cada vez que sentía que me iba a desmayar para poder tranquilizarme. Me estaba viendo los senos, los tocaba suavemente con sus gruesos dedos; me excitaba.
Prosiguió desabrochándome el cinturón de mi falda. Me giró, y lentamente fue bajándomela para dejarme en braguitas. Se arrodilló ante mí; volví a girarme para verlo, tenía que mirarlo a los ojos para no desesperarme; agarró delicadamente las tiras de mi ropa interior, la última prenda antes de quedarme desnuda (salvo por mis blancas medias recogidas hasta mis tobillos), y me la bajó hasta la mitad de los muslos. Fue el primer hombre que me veía toda, mi vello, mi carne; en mi entrepierna sentía un calorcito excitante.
Me acarició mis partes con sus dedos, luego utilizó su boca de una manera tan sensual que doblé las rodillas y me tuve que sostener de sus hombros; pasaba su lengua de abajo hacia arriba de mi rajita, subiendo hasta besar mi mata de vello púbico, subiendo más para besar mi ombligo.
—¿Te ha gustado lo que te hice, Rocío?
—Síii… y no recuerdo haberle dicho que se detuviera.
—¿Te gustaría hacerme algo similar? Me harías muy feliz.
Me volvió a besar la conchita, era simplemente una delicia sentir su lengua apretándome allí abajo, húmeda, caliente, abriéndose paso por mis carnecitas. Y claro que quería hacerlo feliz, por lo que le acaricié el cabello y le susurré que me dijera qué debía hacer. Así que se levantó. Otro beso en la boca, su legua tenía un gustito amargo.
—Ponte de rodillas y quítame el cinturón, pequeña.
Lo hice. Se lo desabroché y procedí a bajárselo para que quedara un bóxer negro en donde se marcaba algo grueso, duro y palpitante. “Quítamelo también”, me dijo acariciando mi cabello. “Ya, es obvio, ¿no?”, respondí, bajándosela. Y allí estaba frente a mí. Era imponente, tenía la piel oscura, distinta a la del resto de su cuerpo, con venas que iban y venían por el largo del tronco. Era la primera verga que veía, sí, aunque solo podía pensar en algo mientras admiraba cada centímetro:
—Enrique, prométame que no me va a doler.
—No te preocupes, lo haré despacio para que disfrutes. Solo haz lo que te digo, no quiero que hagas algo que te pueda desagradar.
—Entiendo. Guíeme por favor—susurré viendo esa carne que tarde o temprano iba a estar dentro de mí.
—Te aconsejo que comiences por acariciarla, sentir cómo es al tacto.
Tragué saliva. Primero posé el dedo índice en el tronco, justo sobre una vena. Presioné sobre ella, y pronto me armé de valor para agarrarla tal zarpa. Pero era gruesa, no podía cerrar mi mano. Con la otra toqué la cabeza, de textura y color diferente, nada rugosa, más caliente. El señor dio un respingo de sorpresa cuando se la agarré. Supe que era un poco más sensible allí. Estuve así, palpándola y contemplándola con respeto conforme él me acariciaba la cabeza.
—Eso es, pequeña, ahora dale unos besitos en la punta y en el costado, lamela un poco, así te vas acostumbrando al gusto. Que quede bien húmeda.
Cerré los ojos y, poniendo ambas manos sobre mi regazo, procedí a besar tal como me pidió. Primero en la cabeza, luego, con la lengua extendida, fui recorriendo el tronco, pasando a conciencia por una gigantesca vena que la cruzaba. Ensalivé un poco y seguí besando, lamiendo, dando un pequeño mordiscón. Para cuando volví hacia la cabeza, noté que de la punta bullía un líquido traslúcido.
—Lo estás haciendo muy bien, Rocío. Ahora abre tu boquita lo más grande que puedas, voy a meter la punta. Trata de mirarme a los ojos, ¿sí?
Al principio abrí pero era obvio que no iba a entrar, por lo que tuve que esforzarme más. Hice fuerza y por tenía su polla dentro de mi boca, pero no sabía si debía usar mi lengua o mis labios de alguna manera, simplemente estaba allí con ese gigantesco miembro latiendo mientras mis ojos trataban de sostener su mirada.
—No te quedes así, pequeña, pálpala con tu lengua. La idea es que te guste, ¿te está gustando?
Afirmé y procedí. Claro que me estaba gustando, estaba calentísima, si eso era solo el comienzo estaba con muchas ganas de quedarme hasta el final. Estaba arrodillada ante él, con mi carita de niña, acariciándole su verga solo con mi lengua y mis manos temblando sobre mi regazo. Me retiré la tranca un par de veces para besarle en la punta, allí donde seguía escapándose algo pegajoso y traslúcido. Volví a metérmela en mi boca, cada vez más profundo, abriendo más y más para que me cupiera.
Engullí un poco más allá de la cabeza de su verga y empecé a chupar. Él inició un mete y saca suave, despacio, como tratando que yo sintiera toda esa carne que por primera vez estaba descubriendo. Traté de metérmela más aún porque estaba enviciándome ya; pero se la retiró de mi boca y empecé a toser, con saliva colgándoseme de los labios. Había hecho una arcada por haberme atragantado.
—Tranquila, pequeña. Te dije que me hicieras caso.
—Perdón, trataré de no meter tanto.
Volví a agarrar la verga pero no pude más que darle un par de besos antes de que él me la separara. Me dijo que sería mejor si lo acompañara hasta su cama, porque a su edad no estaba para rodeos largos. Así que, con los labios humedecidos de ese extraño líquido, le tomé de la mano y le sonreí.
En la cama me acomodé sobre él, lenta y torpemente procedí a desabotonarle la camisa, besando su peludo pecho para mostrarle todo mi amor, devoción y respeto.
—¿Quieres hacerlo, Rocío?
—¡Síii! Enrique, me arde muchísimo entre las piernas, uf, pero si llega a lastimarme le juro que le arañaré.
Me tomó de la cintura y con su mano guió su tranca hasta mis carnes, pasándolas por mi tímida raja, restregándomela, se resbaló un par de veces pero luego la tuvo bien sujeta contra mí. Era riquísima la sensación, quería devolverle el favor llenándole la cara a besos pero no podía controlar nada de mi cuerpo debido al vicio.
Empezó a empujar; la húmeda punta de su verga me estaba abriendo despacio. Mi coñito ardía, picaba, pero me gustaba, no era nada doloroso. Pero en seguida dejó de meter, ya no se deslizaba para adentro con suavidad. Así que dio un empujón, seco, casi violento, tan repentino que me hizo arquear la espalda y gritar del dolor.
—¡Aghmm! ¡Enrique, me está lastimando!
—Tranquilízate, como te prometí, te la voy a meter despacio para que disfrutes.
—¡Pues lo de recién no fue “despacio”!
Recibí otro envite que no penetró más, solo empujaba toda mi conchita hacia adentro.
—¡Bastaaaa, es demasiado grande para mí! ¡No siga, me está doliendo!
—¡Tranquila, mi pequeña, no pasa nada!
—¡Obvio que no pasa nada! ¡No quiere entrar y para colmo me dueleeee! ¡Quítese, quítese!
Él se retiró un poco pero sin sacarla del todo y volvió a arremeter.
—¡Nooo!
Me aparté de él y caí a su lado, su tranca se había deslizado fuera de mi adolorido coño. Quedé recostada a su lado, algo atontada. Me acarició diciéndome que aquello que estaba sufriendo era normal, que muchas mujeres sienten un poco de dolor la primera vez.
—Déjame verte, tu himen debe ser muy resistente y no se rompió, por eso no pude penetrar.
—¿Himen resistente? ¿Existe algo así? Dios, soy un monstruo, don Enrique, nadie va a poder penetrarme jamás…
—¿Pero qué estás diciendo, Rocío? No seas exagerada. Ven.
Metió mano en mi entrepierna y buscó mi agujerito, haciéndose lugar entre mis abultados y enrojecidos labios vaginales. Me retorcí y me mordí los labios porque era buenísimo. Me dijo que me estaba haciendo una estimulación vaginal, que quería sentir mi barrerita, tratar de empujarla un poquito con sus dedos. Yo sentía un ardor molesto al inicio pero como su dedo vibraba también me resultaba un poco placentero.
—Uf, siga haciéndolo, Enrique…
—¿Te dolió? ¿Qué sientes?
—Duele… pero ya no tanto como recién.
—Aguanta un poco, pequeña, ya no te va a doler –dijo, colocándose encima de mí; el contacto contra su cuerpo velludo me volvió loca. Metió las manos por debajo de mi espalda, hasta los hombros, para atajarme.
Acomodó su verga. Un beso a la nariz. Una sonrisa de mi parte. Y empujó de nuevo.
Yo sentí que me desgarraba algo, que vencía una resistencia, por lo que empecé a luchar para sacármela, pero me tenía bien sujeta. Por suerte no desistió porque conforme su tranca se abría paso en mi interior,  el dolor se hizo soportable y volvió ese ardor placentero. Mi carita arrugada de dolor había desaparecido, según él, mientras lo sentía deslizándose centímetro a centímetro dentro de mí.
Su carne estaba llenándome toda la cavidad, tocando paredes que en ese momento recién estaba descubriendo; era suya, estaba dentro de mí, estábamos más unidos que nunca y el corazón me latía a mil por hora de felicidad porque estaba cumpliendo mi sueño. Lo abracé fuerte, atrayéndolo para hundir mi cabeza en su hombro y poder llorarle:
—Estoy con usted, Enrique. Puedo sentirlo… usted está adentro de mí…
—Lo sé. ¿Te gusta, pequeña?
—Síii… no tiene idea de cuánto me arde, me e-encanta…
—Fue un poco difícil porque aún estás muy estrechita.
Empezó a menearla un poco y eso fue devastador para mí. Yo sentía que mi vagina se contraía de manera violenta con ese intruso dibujando círculos, entrando y saliendo. Me dijo que le encantaba cómo usaba las paredes internas de mi vagina para estimularlo, pero obviamente yo no sabía manejarlas, era solo un espasmo muscular, pero entendí que si lograba dominarlo podría hacerlo gozar en otras ocasiones. Lo mejor de todo llegó cuando retiró su verga de mí; mi coño se contrajo de una forma que me provocó un orgasmo espectacular, comencé a temblar como una poseída, a enredarme con la manta, retorciéndome en la cama con sacudidas de placer que duraron varios segundos.
El señor se limitó a acostarse a mi lado, acariciándome, viéndome resoplar entrecortadamente, contemplando mi carita roja de goce, secándome a besos las lágrimas que derramé por el sufrimiento.
—¿Qué tal estás, pequeña? Estás temblando un montón.
—Enrique… dolió muchísimo al principio. –Hundí mi rostro en su hombro—. ¿Y qué me dice usted? ¿Le ha gustado? Sea sincero…
—Desde luego, Rocío. Lo has hecho bien para ser tu primera vez.
No sabría cómo describir la felicidad que en ese momento sentí bullendo en cada rincón mío. No solo yo había sentido esa conexión especial que habíamos creado. No me refiero a lo físico, al menos no del todo. En ese momento en el que su carne estaba dentro de mí sentí algo único, como la calma, fuerza y consuelo que yo buscaba. Y que Enrique me confesara que también fue agradable para él fue el pistoletazo para que mi corazón se desbordara de alegría. Eso sí, aún me quedaban un par de temas por averiguar:
—¿Y sangré, Enrique? Tal vez debería llevar las sábanas a lavar…
—Bueno, sangraste un poco, pero en esta casa no eres ninguna empleada doméstica, ¡hala! No te preocupes, yo la llevaré a lavar. Ve al baño, date una ducha caliente y espérame allí. Verás, a mí me encantaría poder terminar. ¿Quieres que yo también tenga un orgasmo, no es así?
—Obvio que sí, le dije que no pienso decepcionarlo.
En la ducha, bajo el agua caliente, nos bañamos juntos, acariciándonos y descubriéndome puntitos especiales con sus gruesos dedos. Lo masturbé mientras besaba su pecho, y cuando me aviso que estaba por acabar, me arrodillé para abrir la boca. Empezó a cascársela y pronto escupió varios chorros que fueron a parar en mi lengua.
Me dijo que le haría feliz si me lo tragaba. Así que, crispando mis puños, metí la lengua y tragué aquella leche tibia; tenía un saborcito rancio que me pareció terrible pero hice tripas corazón para disimular mi cara. Estaba feliz así, arrodillada ante él, besando su verga que poco a poco perdía tamaño, mostrándole mi admiración y respeto.
Nos volvimos a su cuarto, arreglamos la cama con nuevas mantas para volver a acostarnos. Me dormí, con la cabeza reposando sobre su pecho, mientras sus ásperos dedos se enredaban entre los míos. Estaba conmigo, por fin, y era feliz así. Estuve unida a un hombre como nunca antes, y vaya hombre; mi sonrisa simplemente no se borraba.
Pasamos los días siguientes repitiendo aquella escena en su ducha (salvo el sexo en sí, que no me sentía del todo recuperada). Para cuando cumplimos una semana juntos, volvimos a experimentar aquella unión de cuerpo y mente tan excitante que parecía reforzarnos como personas. Y para mi fortuna logré aguantar mucho más tiempo, incluso llegué a tener mis primeros orgasmos con su verga aún dentro de mí. Como dije, y seguiré insistiendo, el sexo con él no era simplemente una experiencia física, al contrario, en el momento que él estaba dentro de mí era algo que implicaba una gran carga emocional.
Enrique parecía un hombre renovado, se le notaba en la cama y también en la plaza; ya no quería estar sentado, quería dar caminatas conmigo, de compras y hasta seguir conociendo más de mis gustos musicales en aquella tienda con los exhibidores porque a su hija le habían encantado los discos que le escogí. Y de alguna manera esa nueva actitud, la de un hombre satisfecho, habrá sido reconocida por su esposa, y su vida, poco a poco, habrá mejorado. Tarde o temprano iba a suceder, desde el momento en que tenía que enfocarme en mis exámenes finales y dejar de encontrarnos, supe que terminaría volviendo con ella.
Cuando terminé mis estudios, lo visité en su oficina para poder almorzar juntos como antaño. Le comenté que en mi casa ya no era la empleada doméstica de nadie, que las cosas mejoraron desde que mi padre, comprensivo, decidió agarrar una escoba para limpiar la casa mientras obligaba a mi hermano a lavar las ropas. La princesa de la casa había vuelto a ser princesa y ya no necesitaba de un hombro. Ambos estábamos “curados”, sí, pero era una felicidad extraña la mía, porque en su ausencia descubrí un agujero en el estómago que no sabía cómo cubrir.
Prometimos encontrarnos nuevamente el día después de mi graduación, en aquella plaza donde nos conocimos. Para recordar, para resucitar esa conexión que habíamos creado.
Lo cierto es que ese día lo esperé y esperé, sentada, mirando el tráfico y las personas pasar. Y me culpé por seguir ser tan tonta, tan idealista, por creer que un hombre casado sería capaz de romper su ya feliz rutina para dedicarle un último adiós a la joven que le había rescatado.
Cuando los ojos empezaron a doler, cuando los labios empezaban a temblar sin control, vi un anillo cayendo ante mis ojos, repicando en el suelo, entre mis pies. Sentí un beso en la nariz. Y una cálida mano me agarró, unos juguetones y ásperos dedos se entrelazaron entre los míos, sin anillos, sin brillos que interrumpieran, sin el sonido del tráfico ni el gorjear de las palomas.
Le vi los ojos cargados de alegría, como los míos. Le vi la sonrisa bonachona, como la mía.
“Estoy contigo, pequeña”.
Y el anillo, otra vez, dejó de repicar.