me darías 2APOCALIPISIS 5

Sin títuloEl coche se deslizó lentamente por el camino que circulaba alrededor de la ladera,  dejando atrás la casa. María se giró para verla por última vez. La contempló solitaria en la cima de aquella colina, le pareció que estaba encantada, como sacada de una película de terror. Pero las películas que tenía en mente no eran tan crueles ni terroríficas como la experiencia que estaban viviendo.

“No tenemos donde ir, probaremos suerte yendo a la casa de tus padres Sara”

Jaime había metido en el coche un poco de todo lo indispensable. Tenía intención de volver a por más en cuanto se acomodasen en un lugar seguro, y esperaba que la casa de los padres de Sara lo fuese.

Ella le miró con una mezcla entre emoción y sorpresa.

“Gracias, Jaime, será segura ya lo verás”.

“Más nos vale”

Jaime se centró en conducir, intentando relajarse para poder pensar mejor. En la mente las palabras de Sara justo después de que el rehén del helicóptero yaciera con la cabeza destrozada y las manos amarradas a la espalda, bajo la cristalera de madera del salón.

“La casa de mis padres está a las afueras, es una mansión de una sola planta y un gran sótano-garaje. Vivíamos en un complejo privado, un campo privatizado solo para los más ricos de la ciudad, algo apartado, no justo encima de ella…..”

Jaime sabía a qué lugar se refería. Una carretera pequeña y bien cuidada se apartaba de una salida de la autovía de circunvalación y se adentraba, tras un puesto de control con guardas de seguridad, en una amplia porción de campo, justo a los pies de la cordillera. Jardines, parques, campos de golf, bosques, mucha arboleda. Y todo salpicado con mansiones de lujo cómodamente espaciadas. Por lo visto el tren de vida de Sara y su familia era de los más altos de la ciudad. Lógico que eligieran a esa chica para el secuestro.

La cabeza de Jaime no cesaba de bullir. A modo de flash vinieron imágenes de la actitud no reprobatoria de su madre cuando decidió matar al hombre del helicóptero.

“No te reconozco cariño, esa chica te ha cambiado. Déjame que sepa guiarte amor….”

Apartó su mano de la bragueta y le abofeteó.

“Sigues viviendo en el pasado mamá. Ese hombre solo nos traería problemas. Y no me creo nada de lo que ha dicho”

Entre lágrimas, aquel hombre les relató de la existencia de un pueblo en el mar, bien protegido por murallas medievales, donde vivían unas doscientas personas. Habían logrado crear una comunidad productiva y segura. Con abundante pesca y huertos permanentemente custodiados en las afueras. Además contaban con un arsenal digno del ejército, como aquel helicóptero en el que hacían batidas para buscar supervivientes.

La mirada de María se iluminó con aquel relato, a todas luces entusiasmada por la posibilidad de una vida mejor. Pero el disparo de su hijo atajó el asunto de una forma cruel e inesperada. Algo murió dentro de ella con aquel disparo, y Jaime lo supo.

Su madre comenzaba a ser un problema.

Sara le besó y le llevó al baño para calmarle con una larga, cálida y gustosa mamada.

“Relájate amor, estás muy tenso…”

Y lo estaba. Una vez descargado pudo pensar mejor. Tendrían que irse antes de que viniesen con refuerzos. Jaime intentaría volver a por lo demás no obstante.

El coche circulaba por la carretera de servicio, paralelo a la autovía. Atrás habían dejado  la gran ciudad, la cual habían bordeado durante doscientos setenta grados para poder llegar a ese lugar. Al final de una suave cuesta estaba el desvío, que les llevaría, pasando por delante del puesto de control, a la zona privada.

Pero el coche se detuvo  en mitad de la carretera.

Sara, sentada en la zona trasera, se echó hacia delante con la boca abierta, con una mueca entre sorpresa y estupor. María, sentada en el asiento del copiloto, tardó algo más en percatarse.  Jaime observaba con calma el contratiempo.

Decenas de caminantes se agolpaban en los alrededores del puesto de control, por el que deberían pasar para acceder a la urbanización privada. Desde la distancia en la que se encontraban, unos doscientos metros, Jaime pudo ver como la valla estaba destrozada, con lo que podrían pasar sin problemas. Pero aquellos muertos vivientes eran demasiados. No pasarían por allí en aquellas circunstancias.

Necesitaba pensar algo rápido. La noche no estaba muy lejos y no podía sorprenderles allí tirados.

Volver no era una opción en ese momento y no se fiaba de la ciudad, y ni mucho menos buscarían un peligroso lugar en mitad del campo.

Su piel se erizó al darse cuenta de la realidad. Se lo estaba jugando todo a una carta, solo cabía la opción de ir a la casa de Sara y cruzar los dedos para que al menos pudieran pasar allí la noche.. Así que había que sacarse un as de la manga.

Pero, ¿Cuál?.

Jaime los observó con la mente fría. Hacía tiempo que no sentía miedo. Lo había superado a base de estrujar cerebros vacíos y atravesar blandos cráneos. Había visto tantas veces la muerte de cerca que ya no temía morir. De hecho supondría una liberación de aquella cárcel que era la vida para los pocos humanos vivos que deberían quedar en el planeta.

Algunos caminantes parecían querer avanzar carretera abajo, otros se dirigían hacia la autovía aledaña, otros emprendían el camino hacia el campo, otros llegaban al puesto de control, otros simplemente no se movían. Calculó mentalmente que podría haber unos cien, acumulados sobre todo en el entorno del antiguo puesto de control que da acceso a la lujosa zona.

Jaime tuvo una idea, una certeza. Ya sabía lo que hacer. Algo le recorrió la espalda, un escalofrío nunca antes experimentado.

No era miedo, era una sensación cercana a la tentación y a la excitación. Se sintió miserable, le gustó.

“Mamá, acompáñame, quiero comentarte una idea que he tenido para salir de esta”.

Sacó las llaves y se las guardó, cogió su mejor escopeta y se asomó a la ventanilla, dirigiéndose a Sara, sentada en la parte de atrás.

“Espera aquí, si te rodean sal. No te muevas ni hagas ruido. Esto está lleno de coches abandonados, este no les parecerá especial”

Sara asintió. Sintió temor, toda aquella lucha por ser la hembra de Jaime le parecía absurda en ese momento. Todo lo que hizo, todo lo realizado por María, a pesar de ser su propia madre, de ofrecerse como una compañera leal, digna, guarra, putita de sus deseos; eso solo lo hacían para sobrevivir. El estómago se le encogió, algo le decía que no era buena señal que Jaime y su madre hablasen privado sobre qué hacer.

Jaime cogió a su madre por el antebrazo y la dirigió a la cuneta, entre el coche y los caminantes. Haciéndole señas para que no se moviese mucho ni hablase alto, con el fin de permanecer invisibles para los muertos.

“Por ahí no podemos pasar. Tenemos que hacer que ellos centren su atención en algo durante el tiempo suficiente para poder salir”

“Cariño, lo que decidas estará bien. Pero tal vez nos expongamos demasiado si intentamos algo. Será mejor buscar un lugar seguro donde pasar la noche…….”

“No, iremos a la casa de Sara, o eso o morir. Vivimos la desgracia de poner todo a cara o cruz. Cruz supondría morir y no sufrir más. Cara sería seguir sufriendo para acabar muertos no sabemos cuándo ni cómo”.

Jaime se sintió aterrado de estar disfrutando de ese momento.

“Verás mamá. Has sido una buena mujer conmigo. Una madre ejemplar antes del suceso. Una buena hembra, servicial y complaciente, cuando todo acabó”

“Gracias mi corazón. Me encantaría que estuviésemos ahora en tu cama, sentir tu polla detrás, ummmmmmm”

Jaime sintió un gran ardor en la entrepierna. La agarró por los pelos, ella giró la cabeza en un inicial gesto de dolor que acabó en una sonrisa dulce y servicial.

Sin soltarla se bajó la bragueta con la otra mano y sacó la polla. Enorme, parecía haber hecho un pacto con el diablo. Mientras más tiempo seguía vivo más maldad sentía, más ganas de follar tenía y más dura y grande se le ponía siempre la polla.

“Guau”

Ladró la madre, sin esperar que eso estuviera así en ese momento de vida o muerte.

Jaime tiró de sus pelos hasta colocarla de rodillas. Luego la dejó hacer.

La tenía sucia, hacía más de dos días que no se lavaba. Le sabía a pis reconcentrado y a sudor podrido. Pero lejos de repudiarle, eso motivó a María.

La sacó entera, todo menos los huevos, que no cabían por la bragueta del pantalón  gastado y sucio. Se recreó con la vista de ese enorme pene saliendo de aquel pantalón. Parecía aun más grande así. La pajeó un rato mientras le miraba sonriente, encontrando una fría expresión como repuesta.

Sara miraba celosa, colorada por la ira. No podía creer lo que estaba viendo. Ella era más joven, más guapa, con mejor cuerpo y sin límites en la cama. Pero en cambio había preferido a la vieja para charlar sobre qué hacer y pedirle algo de relax. Tal vez jamás podría sustituir a María mientras ella pudiera. Pero el tiempo pasaba y jugaba a su favor; por supuesto que esperaría, que no tiraría la toalla. Lucharía, porque no tenía otra cosa que hacer. O con Jaime o la muerte. Aquel hombre, a pesar de su enorme polla y ser tan bueno en la cama, jamás habría soñado ni con rozarle en la vida anterior. Ella estaba muy por encima de él; solo las mujeres mediocres serían sus amantes y novias. Pero en aquella situación la mediocre era ella y él su protector. No tenía otras opciones.

Su madre se la lamió entera, inundando su boca de malos sabores, que se espesaron al entrar en contacto con su saliva. Cuando la tuvo bien mojadita echó todo el pellejo para atrás, dejando el descomunal capullo rojo al aire.

Una suave brisa llegó desde las próximas montañas, trayendo el ruido constante de los muertos vivientes hacia sus oídos.  

La mamada abarcaba hasta la mitad del pene, delimitando la zona tragada con una pequeña sombra húmeda. Ella tenía la sensación de estar tragándola entera. Ello hizo brotar de sus entrañas los más primitivos sentimientos de hembra. Su coño se humedeció de sobremanera, y sintió deseos de ser taladrada por aquel cimbrel descomunal, por aquel macho con mayúsculas.

Se levantó y se subió el vestido por encima de la cintura, se bajó las bragas y se arrodilló sobre el asfalto, clavando sus rodillas y posando su mejilla derecha en él.

Jaime pudo contemplar el culo y el coño de su madre, perfectamente depilados, dispuestos para ser usados, que para eso los hizo Dios, y así lo supo entender el Diablo.

Se agachó un poco por detrás hasta montarla como a una perra.

Sara los miraba fijamente. Sentía odio y temor.

Sara se abrió de piernas y echó el tanga hacia un lado. Empezó a tocarse.

Los caminantes seguían al margen de todo.

El taladro fue constante, de arriba abajo, rompiendo el coño de María. Ella fue venciéndose cada vez más abajo. Clavando sus rodillas sobre el duro asfalto. Éstas comenzaron a sangrar.

El viento cambió de dirección.

Pam pam pam pam pam pam Follada monumental de Jaime a su madre. Un pequeño reguero de sangre corría asfalto abajo. La mezcla de dolor en las rodillas y placer elevaron espiritualmente a María, la cual comprendió que iría al cielo al morir; pues ese era el papel que le había sido asignado al nacer. Ser el respaldo y la fuente de relajación del ser humano que lucha contra el Diablo.

El olor a sangre llegó a los caminantes. Todos se giraron en torno al olor y  comenzaron a andar torpemente en la dirección desde la que les llegaba.

Sara se corrió justo en el momento en el que se dio cuenta de que decenas de caminantes se aproximaban lentamente hacia ellos, carretera abajo.

Se bajó la minifalda putera que vestía y tocó el claxon

Jaime estaba a punto de correrse cuando se dio cuenta de lo que pasaba. Su madre gemía y gemía. Jaime apuró hasta correrse dentro de ella y luego llevó a cabo su plan.

Se vistió rápido. Su madre no se había aun percatado y seguía a cuatro patas contorneando la cintura en señal de agradecimiento por la follada.

Jaime sacó su escopeta y la cogió en brazos llevándola hasta la cuneta de nuevo, allí la tiró al suelo. Su madre miró arriba y el pánico cruzó su rostro.

“Mamá. Lo siento. Pero ya no me sirves”

Antes de que ella pudiera articular palabra le disparó en ambas piernas y salió corriendo.

Los ojos de Sara parecieron salirse de los huecos oculares. Jamás hubiera imaginado que Jaime hiciera eso.

Los aullidos de dolor y el enorme llanto hizo que los caminantes se dirigieran a la cuneta donde estaba María, dejando libre la carretera. María los vio venir sin poder moverse por el dolor y el pánico.

Cuando los caminantes despejaron la carretera Jaime arrancó el coche y tomó, a toda velocidad, el camino de la lujosa zona residencial. Sara estaba eufórica, gritaba de alegría y emoción. Se sentía la persona más afortunada del mundo por el giro de los acontecimientos.  Jaime no decía nada, solo conducía, mientras se adentraban entre lujosas mansiones, bosque bien cuidado y campos de golf.

María los tenía encima. Miró al cielo y pidió perdón por todos sus pecados. Cerró los ojos y se entregó.

La pequeña y bien cuidada carretera circulaba por la ladera de una pequeña montaña, dejando a la derecha un valle repleto de mansiones espaciadas. Todas con piscinas descomunales y pistas deportivas privadas. El bosque de la izquierda era realmente un parque perfectamente cuidado. Aparentemente el fin del mundo no había llegado allí. Ni rastro de caminantes, tampoco de vida humana. Era como si aquel lugar de lujo se hubiese quedado detenido en el tiempo.

Jaime seguía sin hablar, solo conducía despacio intentando concentrarse en sobrevivir. Sara lo miraba de soslayo, aun sentada en la zona trasera del coche. La casa de sus padres era de las últimas y aun tardarían un rato en llegar a ese ritmo. Sabía que Jaime no conocía el lugar así que sintió que le vendría bien alguna indicación.

“Jaime……”

“¡No hables de lo que ha pasado!. Nunca lo comentaremos, no ha existido.”

Sara se sorprendió de la fuerza agresiva de su voz, sintió que escapaba de una cárcel con su carcelero.

“Como desees amor. Sólo quería comentarte que siguieras conduciendo, te avisaré cuando estemos llegando”.

“Así mejor, Sarita”

La carretera giró a la izquierda e inició un prolongado y suave descenso. Más a la izquierda se divisaban las primeras montañas de la sierra, y más allá las altas cimas; entre las que estaba su antigua casa y todo su pasado apocalíptico. Delante de él más mansiones de lujo desperdigadas.

Una vez abajo la carretera era una larga recta. Un amplio campo de golf delimitaba el transcurrir en la parte izquierda. Al llegar al final volvía una suave pendiente de otra montaña. Arriba del todo de nuevo otro campo de golf y otro bosque cuidado y algunas casas más tras descender.

Jaime empleó el trayecto en simplificar. O simplificaba o moría. Se sentía débil, y no podía permitírselo. Le dolía imaginar a su madre devorada viva por aquellas decenas de caminantes hambrientos; pero había que simplificar, lo hizo para sobrevivir. En aquella vida no hizo de madre, solo fue su compañera, su hembra, su pareja. Ahora ese papel lo desempeñaría Sara, más guapa, joven y fuerte. Infinitamente mejor compañera que su madre en aquellos tiempos del diablo.

Sacudió la cabeza y se concentró en no pensar más que en seguir hacia adelante. Pobre del hombre que se detuviera para mirar atrás.

“Al final de esta recta la carretera tuerce a la derecha, ahí acaba la urbanización. En esa pequeña calle hay tres mansiones a la derecha y otras dos a la izquierda. La segunda de la derecha es la de mis padres”.

Concisa y discreta. Se sintió orgulloso de Sara. Anotó mentalmente darle una follada bestial como agradecimiento.

Llegaron. Aparcó el coche en la puerta de la casa. Jaime observó los alrededores. Lo mismo que desde entraron, soledad, sin presencia de vida o muerte, todo en orden y bien cuidado, como si se hubiese congelado en el tiempo. Miró a Sara a través del espejo retrovisor central, ella le devolvió la mirada con sus bellos y cautivadores ojos negros.

“En cuanto bajemos del coche nada de hablar ni hacer ruido. Nos comunicaremos por gestos. Te daré una pistola cargada, yo llevaré mi escopeta y dos pistolas más preparadas en la cintura. No dispares a no ser que sea absolutamente necesario. No debemos hacernos notar en el caso de que alguien pudiera percatarse de nuestra presencia”

Ella asintió segura de sí misma. A sus dieciséis años aquella joven empezaba a estar preparada para la no vida.

Bajaron del coche. Jaime se armó hasta los dientes y dejó a la joven la pistola más fácil de usar y con más carga de balas, la que mejor había aprendido a manejar. Echó un último vistazo a la mansión con ojos analíticos.

Era amplia y de una sola planta, con un gran sótano según le había contado Sara. En un extremo estaba la entrada del garaje, cuya puerta estaba cerrada y sin abolladuras. Toda la verja exterior estaba en perfecto estado y la casa les devolvía la mirada elegante. Ventanas y puerta principal en condiciones inmejorables.

Entraron trepando.

La casa parecía estar perfectamente cuidada, en contraposición, los setos de la entrada, plantas y árboles estaban descuidados y las malas hierbas se acumulaban en el pequeño jardín delantero. Jaime hizo señas para que le siguiera. Con los oídos afilados caminaron despacio y firmes dando la vuelta a la mansión. Era extremadamente larga. Por el lateral que iban apenas había un pequeño espacio enlosado entre la fachada y una pared que la separaba de la mansión aledaña; la cual se levantaba en tres plantas, imperiosa y silenciosa.

Llegaron a la zona trasera. Sara le comentó que detrás había una amplia parcela usada para jardín, piscina y un hoyo de golf par 3, el gran capricho de su padre. Tras una zona amplia con barbacoa de obra y una pequeña cancha de baloncesto estaba la piscina. Llena de agua verdosa y putrefacta. Más allá un amplio y descuidado jardín y al fondo un enorme terreno en el que las hierbas verdes altas y la maleza dejaban entrever un amplio green de golf, con la bandera medio rota y agitada con el viento. Al fondo, a unos cien metros una elevación que debía ser el tee.

Jaime sonrió para sus adentros. Putos caprichos de ricos, desaprovechar un espacio tan amplio en eso, teniendo tantos campos de golf en los alrededores. Él hubiera puesto un huerto.

Volvieron a la zona delantera de nuevo, pasando por el otro lateral. Más amplio y repleto de setos donde todo tipo de árboles crecían de cualquier manera, desquebrajando el cielo en un primitivo compás de ramas retorcidas que parecían luchar por escapar de allí.

Una cosa estaba clara, pensó Jaime, lo descuidado de la zona exterior no conjuga bien con lo pulcramente cuidada que estaba la casa. Todas las ventanas bajadas, perfectamente limpias las persianas y barrotes. La puerta de entrada principal, la trasera y la del garaje estaban limpias y libres de óxido. Era como si aquella casa estuviese habitada. Pensó que tal vez tuvieran suerte y encontrasen a los padres de Sara, o tal vez habría otro tipo de gente. Ni para ilusionarle, ni para preocuparla quiso decirle nada a la joven; ella parecía ajena a todo, sin duda pensaba que todo estaba abandonado y no debía albergar, a merced de su torcido gesto de preocupación, demasiadas esperanzas de reencontrarse con sus progenitores.

Jaime le hizo señas y Sara fue en busca de la llave mientras él le cubría. Según le había contado guardaban una copia de seguridad debajo de uno de los árboles del margen izquierdo, bien enterrada dentro de una bolsa.

Allí estaba.

Jaime abrió la puerta.

El hogar les recibió limpio y acogedor. Con olor a comida recién hecha.

Sonrieron, se miraron, Jaime le hizo señas para que no hablase y siguiera en guardia.

Había que bajar dos escalones para entrar del todo. Un salón amplio abarcaba unos doscientos metros cuadrados ante sus narices. Al fondo dos anchos pasillos, uno a la izquierda y otro a la derecha. Según le había comentado Sara, el pasillo de la derecha daba a la cocina, primera puerta a la derecha. A un baño, primera puerta a la izquierda. A una cómoda sala de estar, segunda puerta a la derecha. Y al fondo una escalera de caracol que bajaba a la zona inferior; protegida por una puerta de acero de máxima seguridad.

El pasillo de la izquierda daba a las cuatro habitaciones, dos y dos de izquierda a derecha. La primera de la derecha era un gimnasio, la segunda de la derecha la habitación de matrimonio, la primera de la izquierda una biblioteca y la segunda de la izquierda la habitación de la joven, hija única del acomodado matrimonio.

A la altura de los pasillos, en la zona central del salón, una puerta corredera comunicaba con un jardín interior, con una pequeña fuente, bancos y macetas de plantas autóctonas de Australia. Al que daban las ventanas de las habitaciones situadas hacia él.

Jaime quiso comprobar algo. Pidió a Sara que le protegiese y con mucho cuidado se deslizó sobre el impecable parqué del salón, esquivando sofás, jarrones chinos y mesas de lujo. Con sumo cuidado de no hacer ruido abrió la puerta corredera y su sospecha se hizo realidad, el pequeño jardín interior estaba perfectamente cuidado, las plantas podadas con gusto y elegancia y la fuerte del centro otorgaba un ambiente de paz y espiritualidad al entorno como si de un convento franciscano se tratase; y todo eso en mitad de la casa.

Sintió asco y admiración por tanto lujo.

Jaime regresó hasta la puerta principal con suma cautela. Sara permanecía paralizada, agarrada a la pistola y apoyada contra la puerta principal, la cual había cerrado lentamente y aguantando la respiración.

Jaime se dirigió a ella susurrante.

“Está bien, está claro que en la casa vive alguien, alguien vivo. Desconozco si son tus padres, desconozco si son otras personas. Lo cierto es que no hay rastro de puertas forzadas ni ventanas rotas…..”

Hizo una pausa mientras observaba enigmáticamente las salidas de ambos corredores al fondo del amplio salón.

“quien quiera que viva se ha debido de esconder al vernos llegar. Huele a comida recién hecha. Ahora quiero que me sigas despacio, sin hablar ni hacer ruido. Quiero que no dispares a no ser que sea totalmente necesario y que no te hagas ilusiones. Una cosa está clara, alguien nos está esperando agazapado y probablemente armado en algún rincón de esta casa”

“El sótano”

“¿Sí?, dime Sara, qué ocurre con el sótano”

“Recuerda lo que te dije, está separado de la casa por una puerta de acero, hay otra puerta igual que lo separa abajo del garaje. Mi padre lo creó así a modo de habitación del pánico. Abajo hay camas y una gran despensa, similar al que teníais en tu casa de campo……”

Hizo una pausa dramática, melancólica.

“Con lo cual……”

Le animó a continuar.

“Con lo cual de haber alguien encerrado ahí abajo tienen que ser mis padres, nadie conoce la combinación que abre la puerta salvo nosotros”

“O alguien que se lo haya sonsacado bajo amenaza”

Sara tragó saliva y asintió sin palabras mientras los ojos le lagrimearon con facilidad. De repente era solo una joven, ahora no parecía aquella chica independiente que tan claro lo tenía todo.

Tomaron el pasillo de la derecha. Era amplio y estaba exquisitamente decorado con cuadros y jarrones de incalculable valor. A la derecha una amplia puerta corredera conectaba con la cocina, entraron. Grande, limpia y ordenada; parecía de película. Adosada a ella un pequeño lavadero, igualmente ordenado, limpio y vacío.

Volvieron al corredor, en mitad de él, encontraron la puerta del baño principal. Jaime suspiró al entrar, aquello era tan grande como el apartamento en el que vivía en la ciudad. Un descomunal Jacuzzi vestía el centro del baño, con un lujoso y dorado wc y un lavabo donde podrían bañarse tranquilamente. Comunicado al patio interior por una hermosa ventana desde la que no puede verse nada desde el otro lado; como la de las salas de interrogatorios de la policía.

Todo igual de ordenado y limpio. Hasta le pareció ver rastro de vaho en el espejo.

Tampoco nadie en la sala de estar contigua a la cocina. Al fondo la escalera de caracol les esperaba siniestra en penumbra. Bajaron con cautela hasta topar de bruces con la puerta de acero, ya en el nivel del sótano.

Cerrada a cal y canto, con una serie de botones con letras y números, a modo de caja fuerte, en uno de los laterales.

Jaime la observó al detalle, pasando los dedos por las bisagras y los filos.

“Según mi padre está a prueba de bombas”

Jaime silbó con tono de sorpresa irónica.

“Imagino que sabes la clave”

“Sí”.

“Métela”

Respiró profundamente. Finalmente tecleó, sin importarle que Jaime la viese.

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Tras un click metálico la puerta cedió un  par de dedos.

Un disparo rebotó en el filo de la puerta justo cuando Jaime se disponía a abrirla un poco más.

“’¡En guardia!”

Sara retrocedió y Jaime asomó una de sus pistolas por el hueco descargando cuatro balas. Como respuesta llegaron dos disparos más.

Desde el interior una voz femenina gritó.

“¡Seas quien seas no te conviene seguir ahí, somos muchos y estamos armados, pronto llegarán más. Te convendrá, u os convendrá, estar muy lejos cuando eso suceda”

Sara gritó entre sollozos.

“¿¡Mamá!?”

El silencio se apoderó del lugar durante unos segundos.

Una voz ahogada, no tan segura como la anterior brotó del interior del oscuro sótano.

“¿Sara, Sarita, mi vida?”

Sara irrumpió en el sótano. Desde detrás de una columna central salió una mujer morena, guapa, armada con una pistola de primer nivel, vistiendo con pantalones y chaqueta de cuero ceñida. Ambas se fundieron en un abrazo. El culo de aquella mujer, la madre de Sara, se marcaba imperial bajo aquellos pantalones y una figura esbelta y voluptuosa llenó la mirada de Jaime.

Para cuando ambas fueron hacia él cogidas de la mano, Jaime, que observó todo desde la escalera de caracol, ya disponía de una de sus erecciones del diablo.

Las presentaciones fueron frías. Rosa, la madre de Sara, desconfiaba de aquel extraño. Pero no cabía en sí de felicidad. No solo tenía delante suya  a su hija, viva, en aquel mundo apocalíptico en el que tantas personas yacían con sus cabezas estrujadas o morían en vida. No tenía noticias de ella desde antes del suceso, había estado noches sin dormir temerosa por el paradero. Con una única nota que les llegó pidiendo una alta cantidad de dinero con ella; se quedaron esperando el mensaje del día de la entrega y el lugar pues todo acabó el día antes de recibir aquella llamada, ya con la policía preparada en casa para identificar la procedencia de la llamada.

“De repente nos levantamos y ofrecí café a los polis que se esmeraban en tener todo preparado. Mientras lo preparaba vi al vecino asomado a su terraza. Noté que algo raro le pasaba cuando me miró a los ojos. Los suyos proyectaban sangre y empezó a moverse de forma muy rara. Se lo comenté a la policía. Dos agentes fueron a su casa. Regresaron moribundos. Los demás pidieron refuerzos, pero la radio no funcionaba, tampoco la tele ni internet; ni había luz….”

Estaban sentados sobre los reconfortantes sofás de tres plazas del salón. Sara y su madre en uno, cogidas de la mano. Jaime en el otro, en mitad de él, escuchando y observando. La belleza de Sara no era exactamente la de su madre, debió parecerse al padre. Pero Rosa guardaba un encanto difícil de explicar. Ojos negros, de gesto más coqueto y menos profundo que el de su hija, pero igual de grandes. Pelo moreno teñido, lacio y bello con una caída muy natural sobre la primera parte de la espalda. Los rasgos faciales eran más humanos, bastos, que los de su hija; otorgándole un toque más terrenal, bien defendido por las ligeras arrugas que su cuarentena regalaban a los extremos de sus ojos. Bien cuidada no obstante, sin duda amante de sesiones de belleza en la vida anterior, conservaba casi a la perfección la belleza engañada de los treinta que sin duda buscó cuando existía el mundo.

Las piernas cruzadas marcaban líneas bellas con el cuero negro apretado. La chaqueta de cuero reposaba en el sofá a su lado y una blusa roja, ceñida y escotada marcaba un delicioso canalillo. Ahí podía verse otra diferencia con su hija, y es que sus pechos no eran tan grandes. Apretados con el sujetador sugerían más que lo que seguramente ofrecían al desnudo; se manejaría en torno a la talla noventa.

Era una bellísima mujer, guapa sin exagerar y con un cuerpo bien cuidado, delgado a la vez que maduro, con caderas y trasero algo amplios sin llegar a la categoría de gordos ni mucho menos. Curvas y cuerpo cuidado.

La polla de Jaime se la seguía pidiendo. Una cosa estaba clara, aunque Rosa aun no lo supiera, para poder estar con ellos y sobrevivir tendría que ofrecer su cuerpo y demostrar ser una buena hembra en todos los aspectos; no solo en la apariencia.

“…. Pronto descubrimos cómo podían morir, dándoles en la cabeza. Aquí nos reunimos mi marido, dos policías y cuatro vecinos……. Todos los demás cayeron. Hicimos batidas durante meses para traer todo lo necesario de las casas vecinas. Cuando hubimos matado a centenares de muertos andantes tuvimos la sensación de habernos quedado solos. No encontrábamos vida humana, ni no humana, en ninguna casa, ni en el bosque, ni en las zonas comunes. Un día uno de los policías enfermó y murió, despertando muerto al poco tiempo, atacó a su compañero y a dos de los vecinos. Mi marido les atacó a todos y los destrozó. Fue a tirar sus cadáveres al bosque. Uno de los vecinos le acompañó, jamás volvieron. Desde entonces viví sola con otro de los vecinos, el cual fue hace una semana a buscar más munición, para acumular toda la posible. Pero tampoco ha regresado. Llevo aquí sola, encerrada, desde entonces. Tengo miedo a salir. Intento mantener la calma y todo en orden y he hecho estudio de cuánto pueden durarme las reservas. Muy dispuesta a sobrevivir hasta que os oí llegar en el coche. Sin pensarlo me fui al sótano y esperé. Gracias a Dios que sois ustedes, gracias al diablo por mantener a mi pequeñita con vida”

Le apretó la mano sonriente, Sara le abrazó y besó sus mejillas.

Jaime tomó la palabra. Contó con pelos y señales todo lo que había vivido. Excluyendo el rehén que mató y el final de su madre, en el que dijo que había sido atacada por dos muertos que la sorprendieron mientras iba a por algo de leña para hacer de comer.

La noche se les echó encima, sobre la mesa una pregunta. ¿Qué hacemos?. Rosa trajo algo de comer y cervezas, Jaime lo celebró por todo lo alto, no recordaba cuando tomó la última. Luz de velas iluminaba el centro de la mesa entre sofás.

Jaime hizo recuento de las provisiones que tenía en el coche y dijo que al día siguiente iría en busca de más.

“Con un poco de suerte ni habrán vuelto los del helicóptero”

Mintió sobre ellos, dijo que dispararon al verles y no les quedó más remedio que atrincherarse y defenderse. Ellos, sorprendidos por la respuesta, huyeron. Pero sin duda tendrían la intención de volver con refuerzos.

“Sé donde dejar el coche para no ser descubierto. Iré con cuidado y bien armado, cogeré lo que pueda”

La idea principal, en la que los tres estuvieron conforme, era seguir en aquella casa, al menos durante un tiempo. Jaime la comparó con la fría casa de campo en la que habían sobrevivido meses en las montañas. Su única duda era que aquel lugar no estaba perdido. Pero si ella podía haber sobrevivido un tiempo tal vez pudieran seguir haciéndolo. No obstante manifestó sus claras dudas de que fuera un buen lugar para pensar a largo plazo, algo que pareció molestar a la madre de Sara.

Jaime se explicó tras apurar el fondo de su segunda cerveza.

“La casa es lujosa, amplia y confortable. Tienes bastantes reservas y  armas, juntándola a las nuestras y sabiendo racionalizar tendremos para bastante tiempo. Además el sótano está fortificado; aunque sería un error meternos ahí para huir de los muertos, nos condenaríamos en vida. Creo que podremos continuar los tres aquí la supervivencia, pero no debemos acomodarnos del todo. Tenemos que estar preparados para salir corriendo”

Rosa le abrió la puerta del garaje para que metiese el coche. Sacó todo lo que habían cogido antes de la huída:

Latas de conserva, botellas de whisky, maletas con ropa, armas, toda la amplia munición con la que contaban, dos bidones de gasolina.

Rosa aplaudió que aportaran tantas cosas.

“Es genial Jaime. Ahora debemos dormir, te prepararé la cama de mi hija; es confortable y amplia. Ella y yo dormiremos en la cama de matrimonio”

Sara y Jaime se miraron.

“Verás mamá…… es que a Jaime le gusta……..”

Jaime miraba satisfecho a su nueva compañera, la que había ganado la batalla a su madre.

Rosa enrojeció.

“Ah, ¿sois pareja?, entiendo, entiendo…. Dormiréis en la cama de matrimonio entonces……”

Rosa sintió morir, aquel hombre doblaba en edad a su hija adolescente. Tendría que aprender a convivir con ello, su pequeña siempre fue su protegida pero las cosas habían cambiado demasiado en los últimos tiempos.

Sara decidió seguir ganando puntos con el macho dominante. Sabía que aquello no era como la vida real. Sabía que no era momento de tener pareja, la vida al filo del abismo, el mundo muerto que les rodeaba, marcaba un ritmo más imperialista y Jaime había demostrado ser un emperador ejemplar. Al cual no le temblaba la mano para decidir siempre por el bien del grupo. Y el grupo volvía a ser de tres personas. Sabía que ella ocupaba, desde la muerte de María, el hueco de perra primera del amo. Sabía lo que buscaba en una mujer y en sus compañeras. No le defraudaría y sería la mejor mujer de confianza que jamás soñó tener.

“Verás mamá. A Jaime no le gusta tener solo una mujer. Su madre y yo le servimos en las montañas lo mejor que pudimos. Él es valiente, fuerte y decidido. Siempre buscará la supervivencia, por encima de todas las cosas, de su grupo; y ahora el grupo somos nosotras y él. Ten por seguro que dará todo para mantenernos con vida. Jaime entiende a la perfección cómo es el mundo actual, conoce los peligros y sabe cómo combatir a muertos y vivos que puedan entrañar un peligro. Ten por segura que nos mantendrá con vida. Nosotras solo debemos ser buenas mujeres. Tener todo limpio y en orden, y……..”

Hizo una pausa, miró a Jaime, el cual la escuchaba orgulloso y satisfecho.

“….y satisfacer todos sus deseos”

Rosa se sentó en el sofá, algo aturdida. Realmente llevaba más de una semana sin follar, su último polvo lo echó con el vecino que nunca regresó. Siempre fue una mujer muy activa y los cuernos de su marido fueron la comidilla de las reuniones femeninas del club de golf.

“Pero…”

“No hay peros mamá. Jaime ordenará en todo momento qué hacer. Él manda, si no estás de acuerdo nos iremos; pero me temo que serás saqueada y no te dejará con vida, pues supondrías una amenaza para nosotros”

Rosa rompió a llorar.

“Hija mía, no te reconozcco……..”

Jaime tomó la palabra.

“Rosa, tu hija es sensata, lista y muy valiente. Sé que tú también lo eres. Formaremos un gran equipo”

“Mañana mismo Jaime se jugará la vida por nuestro bienestar; regresando a por más provisiones. Yo supe cambiar el chip mamá, por favor, te necesito, hazlo tú también”

Se secó las lágrimas y clavó la mirada en los ojos de Jaime, profundamente y de forma sostenida.  Jaime no la aguantó y cambió la mirada.

“Está bien. Seamos un equipo. Esta noche dormirás conmigo en mi cama de matrimonio Jaime. Mi hija seguro que desea volver a su cama tanto tiempo después”

Sara miró con urgencia a su macho. Contempló decepcionada como él aceptaba. Moría de ganas por follar aquella noche con él. Tal vez había hablado más de la cuenta. Tal vez la mejor perra preferida sea la que más calla y más hace. Su madre había pasado del llanto a la acción casi sin darse cuenta. Notaba como de repente el clima de competición regresaba. Y sintió la misma desagradable punzada que tantas veces vivió  con María.

Sus ases se convertían en malas cartas y no podía hacer nada para evitarlo.

Rosa admitió que su hija era la putita de aquel joven treintañero. No se imaginaba a su pequeña siendo objeto de todo lo que aquel peligroso hombre le quisiese hacer. Desconfiaba de él, su mirada no era limpia y escondía secretos; era buena detectando esas cosas. Por eso se propuso ser la mayor de las putas, darle la cama que jamás habría soñado tener. Dejarle tan exhausto y satisfecho que no tuviese más  ganas de mirar a su hija de aquella forma.

Mientras, buscaría pacientemente el momento de acabar con él y que pareciese un accidente.

Jaime estaba tumbado, en mitad de la amplia cama de matrimonio, la más cómoda en la que jamás se había tumbado. Miraba con curiosidad todo lo que le rodeaba. Frente a la cama la puerta de entrada, de madera noble; como todas las de la casa. En la pared de la izquierda un vestidor, con su puerta para entrar. Amplio, pues ocupaba una tercera parte de la superficie de la habitación. La cama reposaba entre dos mesitas de noche de estilo barroco;  recargadas y con pequeños estantes adosados para dejar libros. Una ventana fortificada ocupaba casi toda la pared derecha, dando a la zona trasera, vestida con agradables estores de color dorado y pardo. Con vistas al jardín, piscina y más allá la amplia parcela dedicada al golf. Una puerta daba entrada a un pequeño pero lujoso cuarto de baño, que ocupaba la zona que quedaba justo tras el falso muro sobre el que reposaba la cama.

Rosa entró con un vaso de agua en la mano. Acumulaba centenares de botellas de agua mineral, almacenadas por el grupo de supervivencia durante los primeros días tras el desastre. Según la madre de Sara llegaron a saquear centenares de supermercados en doscientos quilómetros a la redonda; y el panorama de todos los lugares era absolutamente desolador. Jaime cayó en la cuenta de que el pozo era probablemente lo que más echaría de menos. Por primera vez desde el suceso tendría problemas con la sed.

Vestía muy sexy. Camisón de color rojo con redecilla, que transparentaba insinuantemente. Bajo él podía verse una diminuta braguita roja. Los pechos al aire; con los pezones tapados y confundidos por la forma de red del conjunto. Las piernas a la vista, con caída detrás y subido casi hasta la altura de la braguita en la zona delantera, mostrando mucho muslo. Andaba descalza y tenía el pelo suelto, cayendo negro sobre los más negros ojos.

Estaba radiante.

“Sara se ha metido en su habitación dando un portazo, creo que no está de humor”

Jaime se encogió de hombros. Se acababa de duchar con aquella agua fría no potable en la que se habían convertidos sus vidas. Posaba desnudo sobre la cama, parcialmente tapado con una sábana. Los músculos del pecho y el vientre tableteado a la vista, insinuándose los primeros pelos. Bajo la sábana un bulto crecía de forma exponencial desde la entrada de la cuarentona madre de su putita adolescente.

“Creo que en el fondo  pensaba dormir aquí conmigo. Hemos vivido demasiadas aventuras. El llegar aquí nos ha supuesto demasiada tensión. Imagino que no contaba con dormir sola esta noche”

Rosa dejó el vaso sobre una de las mesillas de noche, la más cercana a la ventana. Miró a Jaime. Imaginó a su hija cabalgando sobre aquellos músculos, besando aquella calva para evitar chillar más de la cuenta al correrse. La visualizó lamiendo todo el cuerpo, otorgando descanso y relax al guerrero que la mantenía con vida.

Por primera vez comprendió a su hija. Supo visualizar que su edad no importaba pues ya era toda una mujer.

Se excitó mucho, demasiado. Necesitaba follar, sentirse mujer. Hacía tiempo que no se sentía usada, hembra; mucho más del tiempo que llevaba sin follar con su vecino de polla pequeña y poco aguante.

Comprendió a su hija, pero su hija siempre sería su pequeña protegida. Deseaba acabar con Jaime, matarlo, disfrutar del momento y hacerle saber que era ella justo antes de cerrar los ojos para siempre, aparentando un accidente.

Pero en aquel momento su condición de hembra en celo tenía más peso que el de madre preocupada. Su sexo era un manantial de deseos, la humedad de la cueva del placer necesitaba ser profanada por un falo desconocido.

Se sentó en la cama, justo a la altura del bello torso de Jaime, mordiendo su labio inferior con las paletas superiores; muy  blancas. Habló en voz baja.

“Bueno, creo que yo podré relajarte un poco, Jaime”

Perfume de rosas inundó la pituitaria del joven. Combinación perfecta con el color de su ropa sexy de cama. Su boca aterrizó suave, como un rojizo pétalo vencido al viento de la primavera, en el vientre del hombre. El sedoso cabello negro, planchado y lujoso, suave y delicado se deslizó por su pecho mientras su ombligo era besado con un final húmedo a modo de lengua deslizándose por el bajo vientre.

Se incorporó para poder cruzar la mirada con él.

“¿Todo bien, guerrero?”

“No está mal, dama”

Apartó la sábana y un pene gigantesco le golpeó en la barbilla, sin duda no lo esperaba tan descomunalmente grande.

“¡Guau!, ya veo que tienes un buen sable para defendernos”

Jaime rió mientras ella miraba su polla sosteniéndola a la altura de los huevos para mantenerla bien vertical; con el pellejo siendo vencido por el capullo rojo.

“¿De este arma se ha beneficiado mi pequeña?”

“Algunas veces, ya sabes la soledad de la montaña…..”

Soltó una risita profesional, como la secretaria que recibe un cumplido a modo de chiste fácil de su jefe. La agarró entera, en mitad del tronco, con su mano derecha y la masturbó muy lentamente hasta dejar al capullo entero fuera.

“También vivías con tu madre, ¿no?”

“A ella también le daba lo suyo”.

Le miró con una mirada morbosa, la ausencia de sorpresa en sus pupilas sorprendió a Jaime.

“Guarrete……….”

Solo dijo eso, acto seguido se agachó de nuevo y paseo la lengua por todo el capullo, para después bajar y lamer hasta los huevos echando la polla contra el ombligo para tener más acceso a ellos.

“Uffffff estás muy cargado. Déjame ayudarte, mi guerrero valiente……”

Abrió la boca y la engulló. Fue una mamada muy viva e intensa. Su boca se acopló perfectamente y en sus largas batidas llegaba casi hasta el final. Lejos de sufrir las constantes fatigas que solía provocar lo extremadamente larga y ancha que era en las mujeres, Rosa emitía un continuo “ummmmmm” de placer que acompañaba toda la mamada.

No tardó en correrse. Justo antes de hacerlo la avisó con golpecitos en la cabeza. Entonces se levantó con el pene a punto de estallar en blanco. Rosa se colocó a gatas sobre la cama y anduvo a cuatro patas hasta llegar a la altura de la polla de Jaime, que esperaba de rodillas. Mientras él se daba fuerte ella lamió los huevos y el inicio de la polla para luego abrir la boca muy cerca del capullo. Con expresión risueña, los dientes muy blancos y la mirada clavada en los ojos de Jaime.

Apuntó a la boca. Gran parte de la corrida cayó directamente sobre ella, pero no pudo evitar mancharle la cara, el bello pelo, parte del camisón, hasta las sábanas y en el suelo de moqueta llegaron algunas salpicaduras.

El ohhhhhhhhhhhhhh inmenso de placer al correrse tan necesitadamente llegó a los oídos de Sara. La cual reaccionó tapando sus oídos con la almohada; como el niño que teme a la tormenta y espera así a que pase lo antes posible.

Cuando Rosa regresó de lavarse el semen Jaime ya la esperaba otra vez empalmado. Sentado en la cama con ganas de meterla en caliente y de catar los pechos de aquella bella milf.

“Ven acá Rosa, veamos a qué sabes”

Ella dejó caer sensualmente la bata roja de redecillas, mostrando sus pechos y una diminuta y coqueta braguita. Los senos parecían delicados, eran pequeños pero lo suficientemente abultados para defenderse honrosamente de miradas lascivas. Con la aureola pequeña y los pezones muy empinados. El cuerpo de aquella mujer era equilibrado y maduro. Vientre plano y caderas anchas y estilosas. Muslos de Diosa. Bonitos pies.

Ella se arrodilló sobre sus regazos, quedando su cuerpo vencido ante su cara en infinita verticalidad. Él la agarró por las nalgas y ella, para no caerse, colocó sus manos sobre los fuertes hombros de Jaime.

Los pechos de Rosa fueron lamidos, besados y mordisqueados a placer. Ella dejaba hacer todo cuanto quisiera, le ofrecía su cuerpo y se sentía muy excitada por ello.

Ninguno podía esperar más.

Sin cambiar de postura, Rosa se apoyó más fuerte contra los hombros y trajo hacia atrás las piernas, situándose en cuclillas sobre el joven. Luego le agarró la polla, apartó la poca tela que le cubría el coño y se clavó la punta. No tardó en acoplarse y empezar a botar sobre el fuerte y musculoso guerrero.

Los gemidos y chillidos de su madre taladraban los oídos de Sara, a la que ya no le valía el taparse con la almohada.

Jaime se agarraba fuerte a sus nalgas y a sus caderas, dando desde abajo en cada embestida. El pene penetraba a la perfección y ambos se fundieron entre sudores y placer. Ella intercambiaba gemidos de dama, chillidos de cerda y bufidos de perra. Él se sentía pletórico, potente y fuerte, dominando la situación pese al buen hacer de aquella gran hembra que le cubría.

La vida, al fin y al cabo, no era tan mala. Allí estaba Jaime, en una confortable y lujosa habitación de una mansión ubicada en la mejor zona del área metropolitana de la gran ciudad. Follándose a una mujer como las de las películas pornográficas que veía antes del suceso. Y su espectacular hija adolescente deseosa de estar allí siendo ella la follada. Jamás habría soñado con algo así en su anterior vida. Podría dar gracias al fin del mundo.

Ahora Jaime rompía el culo de su madre, con ella tumbada boca abajo y el trasero muy empinado hacia atrás, cuando Sara quedó vencida al sueño. Se durmió oyendo los gemidos de su madre y los berridos de oso que emitía Jaime para intentar retrasar todo lo posible la segunda corrida.

Entraba desde arriba, taladrándola con sus zarpas posadas sobre su espalda. Se quitó por miedo a acabar en ese momento. Rosa se quedó gimiendo en voz baja y sensual, empinando más el culo y meciéndolo de lado a lado. Se sentía llena, mujer, como nunca antes se había sentido en su vida.

Jaime la contempló. Elegante figura, morena de piel; debería tomar el sol un rato al día; presumida a pesar de las circunstancias. El trasero se lo pedía, así que dio un azote. El cual se correspondió con un gemido gustoso y aliviado de su sorprendente amante. Dio otro más fuerte, ella enloqueció.

“Ummmmm sihhhh, mi guerrero. Vamos ven a follarme. Soy Rosa, tu putita, ummmmm ¡¡¡ven a darme fuerte, cabrón!!!”

Jaime se situó otra vez detrás, colocándose de rodillas. La levantó por el vientre hasta que ella quedó a cuatro patas acoplada delante suya.  El pollón se clavó en el coño, rozando las paredes, imprimiendo un extra de gusto. Ella la sentía más cálida e hinchada. Puso las manos por debajo hasta tocar sus huevos cuando la tenía metida entera. Los acarició y les hizo cosquillas con sus largas uñas.

“Ummmmmmmm Jaime, estás cargadísimo. Y eso que antes descargastes mucho”

Jaime no respondió. Se dedicó a clavarla con fuerza buscando correrse.

“Ummmm eso , eso mi macho valiente. Córrete dentro, inúndame”

Como si la lava fuera blanca y espesa; el interior de Rosa quedó abrasado por el fruto del sexo sin amor.

Quedaron dormidos desnudos, tapados con el edredón nórdico. Aquellas paredes jamás habían rebotado gemidos tan placenteros y verdaderos; ni antes del fin del mundo ni después.

Unos ojos se abrieron borrosos. Una luz arriba y dos cabezas asomándose. Las cabezas hablaban, no acababa de enfocar bien para ver sus fracciones. No entendía lo que le decían. Pestañeó fuerte y nada, de nuevo otra vez.

“Tranquila estás bien, ahora todo pasó, estás a salvo”

Por fin pudo ver. Una joven de unos treinta años miraba con dulzura, a su lado un hombre de más o menos la misma edad mantenía el ceño fruncido.

“No te asustes; ellos iban a devorarte. Te hemos operado, volverás a andar en menos de lo que imaginas”

Miró alrededor asustada hasta verse reflejada en un espejo situado ante una ventana. María quiso preguntar pero no pudo articular palabra, tenía la boca demasiado seca. Sabía dónde estaba, la marca del hotel más lujoso de la ciudad, situado en todo el centro histórico, no dejaba lugar a dudas.

“Hotel Primicia” Logró decir.

“Eso es”, dijo la joven. “Yo soy Olivia, la médico que te ha curado las piernas. Él es Juan, uno de los que te salvaron de haber acabado como la merienda de un grupo de muertos”

María sonrió. Si ese era el cielo Dios debía ser un puto bromista.