verano inolvidable2Ángela está en su habitación escuchando música cuando nota varias llamadas perdidas en su celular. De inmediato reconoce el número y llama de vuelta. Tras charlar un par de minutos se le ve muy preocupada. Recoge su chaqueta y sale rauda de la casa sin dar mayores explicaciones. Toma un taxi y cruza la ciudad hasta llegar al hospital. La pelirroja mira hacia el edificio con algo de temor y respira hondo antes de entrar.
Ahí se acerca a la recepción y hace algunas preguntas, pero solo obtiene evasivas de parte del encargado, lo cual le parece sumamente raro. Ángela se las arregla para hablar con una enfermera que al final le indica donde debe ir. A medida que camina por los pasillos Ángela se ve sumamente ansiosa y nerviosa, incluso cuando usa el ascensor sus manos le tiemblan al presionar el botón. Ella hace un gran esfuerzo por controlarse hasta que finalmente llega a la habitación que le dijeron.
 
Sobre una camilla esta don Agustín recostado con algunos instrumentos, “le digo que estoy bien, fue solo algo pasajero” dice él, pero la enfermera parece no creerle mucho. “Ve, le dije que ya no estaba en edad de ver esa clase de revistas” dice Ángela sonriendo, aliviada de verlo bien. Él sonríe y la enfermera también aunque se muestra sorprendida de ver a Ángela, “es mi nieta” miente él rápidamente. “O a lo mejor vio a alguna chica linda por la ventana, eso le pasa por mirón” agrega la pelirroja y la enfermera mueve la cabeza evitando soltar una carcajada, “bueno que quieres que haga, a mi edad ya no tengo muchas distracciones” responde tomándose con humor las palabras de Ángela.
Termina el chequeo y le dicen que lo mantendrá en observación un tiempo y se retira. “Vaya que me costó dar con usted, pregunte en recepción y no me dijeron nada”, “es raro, mi empleada llamo a mi médico cuando me sentí mal y después me atrajeron aquí y estoy desde ayer en la tarde y aun no recibo un diagnostico”. “Fue simplemente un malestar, me sentí algo mareado y nada más” agrega él.
 
Ángela lo acompaña un instante hasta que don Agustín le pide que lo saque afuera un momento, “¿seguro de ello?”, “muy seguro, necesito tomar algo de aire fuera de este lugar, me tiene hastiado”. Ángela se las arregla para desconectar los equipos y lo pone en una silla de ruedas cubriéndolo con una manta. “Usted no puede salir de aquí” le dice la enfermera que lo sorprende, y lo conmina a volver a la cama. “Si alguien pregunta algo, cúlpeme a mí” responde Ángela que lo saca de todos modos ignorando a la enfermera.
En el trayecto don Agustín la nota nerviosa e incómoda. Ángela trata de disimular lo más posible, pero no puede y se muestra aliviada al salir al patio del hospital. “Vaya, necesitaba aire fresco” comenta él cuando Ángela lo deja debajo de un árbol. Es un día agradable con una leve brisa y no hace calor. Un día perfecto para salir a caminar. Ángela se sienta en el pasto y mira de reojo hacia el hospital aun visiblemente incomoda.
“A estas alturas te conozco lo suficiente para saber que algo te sucede” le dice él. “Detesto este lugar, realmente lo aborrezco” responde Ángela.  “¿Algún familiar tuyo estuvo aquí, algo grave sucedió?” preguntan él mostrándose sorprendido por las palabras de Ángela. La pelirroja respira hondo y con una voz quebrada, algo que nunca había escuchado en ella, “yo estuve internada aquí por tres meses”, cuando levanta su mirada se aprecian sus hermosos ojos verdes llenos de lagrimas que rápidamente seca.
“Hace unos años yo era muy diferente” cuenta Ángela con su cabeza baja y su voz temblorosa, “era una completa idiota, me creía superior a los demás ya que me veía mayor por mi cuerpo y cuando estaba en otro colegio me hice amiga de un grupo bastante exclusivo. Comencé a salir con ellos a fiestas cada vez más salvajes y desmedidas, donde empezó a pasar de todo. Pero lo más grave es que yo empecé a beber y a fumar ahí, primero una cerveza y después licores y tragos mucho más fuertes, y no solo una copa, varias, en realidad muchas terminaba absolutamente ebria. También empecé a fumar, primero un cigarro, después ya fue marihuana y luego probaba drogas de todo tipo” relata ella sin su sonrisa ni picardía habitual en sus palabras.
“¿Por qué lo hacías?” pregunta don Agustín que como nunca luce preocupado, “por idiota, estúpida, arrogante, inmadura, imbécil que se yo, simplemente me creí el cuento que era mayor por el solo hecho que me veía mayor nada más”. De inmediato le llama la atención los duros calificativos con que se refiere a sí misma. “Si no quieres hablar, no lo hagas” le dice él, “pero si crees que contar esto te ayuda”. Ángela se limpia las lágrimas con una mano y lo mira, “prefiero hablar” responde y don Agustín se reclina y la escucha.
“Al cabo de un tiempo me drogaba con regularidad, iba a fiestas en las que sucedía de todo, fumaba, bebía y terminaba teniendo sexo con cuanto sujeto había ahí. Aun no me explico cómo no termine embarazada o con alguna enfermedad venérea. En mi casa nadie lo notaba, me habían enseñado a disimular los efectos, pero mi hermano mayor sospechaba algo, aunque jamás llego a sospechar cuan grave era mi problema. Obviamente yo no creía que tuviera un problema, según yo esto lo podía dejar de la noche a la mañana, así de arrogante y estúpida era, pero al final me seguí hundiendo hasta que toque fondo, y vaya fondo”.
Ángela pausa un momento, saca un pañuelo y respira hondo tratando de controlarse, obviamente es algo muy penoso lo que está saliendo a la superficie. “En ese tiempo yo estaba, obsesionada con mi papa. Mis amigas lo encontraban muy guapo y atractivo, eso me enojaba les decía que era solo mío. Claro ellas se reían pensaban que lo decía en broma, pero yo lo decía muy en serio. A veces me paseaba ligera de ropa en la casa cuando estábamos solos, como mostrándole que yo no era una niña y mi adicción a las drogas hacia todo más, real o no sé cómo explicarlo, quería  mostrarle que yo era una mujer y que podía estar con él, que podía llevarme a la cama, las drogas me tenían completamente fuera de este mundo, simplemente no caía en cuenta en la estupidez que estaba cometiendo”.
“Una noche llegue temprano de una fiesta, había sido más breve debido a una redada de la policía. Yo estaba muy drogaba, pero muy drogada, aun así me acuerdo de todo” y Ángela dice esto como lamentando que aun recuerda lo sucedido. “Mi papa estaba ahí y como hacía un calor insoportable esa noche, estaba usando shorts y una polera, se veía muy guapo y entonces se me ocurrió.  Él veía televisión y le ofrecí un jugo, como acepto fui a la cocina y prepare uno al cual le puse drogas, y un vigorizante sexual como el que tomaban los chicos con los cuales salía, era una verdadera bomba ese coctel, pero él lo bebió sin sospechar nada hasta que empezó a sentirse mareado y desorientado”, nuevamente la voz de Ángela se hace entrecortada y ella hace una pausa para poder recuperar sus voz.
 
“Regrese a mi habitación y me cambie de ropa, me puse un conjunto de ropa interior negro, me maquille bien pintándome los labios, me puse gafas y una peluca rubia que era de una tía y había quedado en la casa. Espere un momento y cuando baje él estaba completamente bajo los efectos de las drogas, el bulto en sus shorts así lo decía. Cuando me vio no me reconoció, que era lo que buscaba y trataba de enfocar la mirada, entonces empecé mi show”.
“Comencé a moverme frente a él, haciéndole un baile erótico moviendo mis caderas al tiempo que empecé a quitarme la ropa, honestamente no sabía bien lo que hacía. Me senté sobre él restregando mi trasero sobre su bulto que estaba más duro que nunca y después se lo empecé  sobar. Él, drogado y todo, me tomo de la cabeza empujándome sobre su verga, yo accedí de inmediato y me arreglé la peluca para que no se me cayera. En ese momento cumplí, el sueño de mi vida, le estaba haciendo una mamada a mi padre, jugaba con su verga y se la chupaba como una zorra, para luego empalarme sobre él, en ese momento deseaba que estuviera normal para que viera a quien estaba cogiendo y lo que podíamos hacer juntos, padre e hija. Él tomaba mis pechos y me los chupaba mientras cogíamos, él creía que esto era un sueño o algo así, lo cual precisamente yo esperaba que creyera”.
“Estuvimos así un buen rato, ambos drogados y con ese vigorizante que le di aguanto bastante antes de correrse en mi, en realidad cogimos de tal manera que se corrió varias veces al final quedo exhausto en el sillón y yo comencé a alejarme, gustosa por lo que había hecho y planeando como volver a repetirlo, pero algo salió mal. En el momento en que le di la espalda, él avanzo sobre mí con fuerza y me puso de cara contra el sillón, lo mire a los ojos y estaba fuera de sí, como si hubiera dado rienda suelta a sus instintos. Y empezó a cogerme de nuevo, o mejor dicho a violarme”.
Ángela cierra los ojos, es evidente el tremendo dolor que esto le produce y don Agustín se ve incapaz de encontrar algo que decirle, pero Ángela saca fuerzas de la nada y sigue adelante. “Fue algo muy rápido, no tuve ni tiempo de reaccionar cuando sentí como me penetraba con toda su fuerza, fue algo doloroso, me dolió mucho. Me cogía con fuerza y me penetraba muy adentro, comencé a decirle que parara que no fuera brusco, pero pareció tener el efecto contrario, más violento se puso y me dio una serie de fuertes nalgadas, y aun había más”.
“Yo no tenía fuerza para poder defenderme y alejarlo, entonces me puso contra el respaldo del sillón y con una mano me tomo ambas y usaba su cuerpo para inmovilizarme, yo le pedía que me dejara pero nada, no me oía. Entonces empezó a meter sus dedos en mi trasero y supe lo que me iba a hacer, entonces empecé a llorar a decirle que me dejara que no lo hiciera, pero él me respondió que yo solo decía esto porque lo deseaba y que me iba a romper el culo, lo que fue exactamente lo que hizo”. “Antes que me diera cuenta él me penetro en mi trasero, era la primera vez que tenia sexo anal y su verga era muy grande. No me tuvo compasión y pese a mis gritos y que le pedía que se detuviera, no me oyó. Me la hundió toda de una vez hasta que sentí sus testículos en mis nalgas y comencé a cogerme con absolutamente toda la fuerza que tenia. Yo gritaba de dolor, era lo más espantoso que me había pasado. Yo gritaba, pataleaba, suplicaba y gritaba para que me dejara, que me dolía pero según él yo lo deseaba. Me estaba destrozando y no se detenía, incluso cuando le empecé a gritar que era su hija y me quite la peluca, pero nada, no se detuvo”.
 
“Fueron unos instantes que me parecieron una eternidad, rogaba que algo pasara, que se cansara o incluso que llegara alguien. Me daba con todo y me seguía dando nalgadas mientras yo gritaba de dolor y de vergüenza y de no sé qué más. Al final se corrió en mi trasero y después me volteo y hundió su miembro en mi boca casi ahogándome y se corrió en mí llenándome la garganta de semen. Solo entonces se calmo y cayó sentado en el sofá. Me tomo unos minutos calmarme y entonces limpie todo y me aproveche que se había quedado dormido para dejar todo en orden, fui al baño me di una ducha y me encerré en mi pieza”.
Ángela respira hondo varias veces para calmarse, sus lagrimas aun caen por su rostro después de haber relatado semejante historia, pero ciertamente aun hay más veneno que ella desea extraer.
“En un comienzo trate de convencerme que no había sido nada grave, que nada malo ocurrió y que al final me salí con la mía, típica arrogancia de mi parte. Que él se olvidaría de todo y nada más, simple y sencillo. Sin embargo me seguía sintiendo como escoria y aborrecía cada vez que él me miraba y me mimaba como su hija, me sentía podrida por dentro y esto se ponía peor cada día hasta que en un asado con amigos, mientras se bebían unas cervezas mi papa les conto de un entretenido sueño que tuvo, de cómo una zorra se le apareció  para tener sexo y después la ultrajo violándola y rompiéndole el culo, vaya zorra esa mujer, dijo entre carcajadas con sus amigos. Yo me di media vuelta y fue al baño, me sentí tan asqueada conmigo mismo que al ver mi rostro en el espejo vomite y después me fui a mi habitación encerrándome por completo y me puse a llorar, si antes me sentía mal en ese momento me sentía como la peor basura del mundo”.
“¿Qué hiciste?” pregunta don Agustín, “me quede en mi dormitorio y seguí drogándome, al menos me hacia olvidar un poco todo lo que había pasado, pero al cabo de un tiempo ya no servía, me sentía en un hoyo sin salida, así que decidí, una tarde sola en casa, aliviar mis problemas”. Ángela se levanta las mangas de su chaqueta y le muestra las muñecas sin las pulseras que normalmente usa, dos cicatrices se ven ahí, ambas bastante claras, “trate de suicidarme, me quite la ropa, baje a la cocina, tome un cuchillo y me corte las venas, después sangrando subí al baño y me encerré ahí tirada en la tina”.
Don Agustín se muestra totalmente impactado por lo que Ángela cuenta, y por primera vez su actitud impasible se rompe. “Fueron mis hermanos quienes me salvaron, recién habían salido, pero olvidaron unos libros cuando regresaron vieron la sangre y siguieron las huellas, a patadas tumbaron la puerta del baño y como pudieron vendaron mis heridas y llamaron una ambulancia. Cuando desperté estaba en el hospital, un medico hablaba con mis padres y ellos lloraban, cuando vi a mi papa me puse histérica y debieron sedarme. Me tuvieron sedada varios días hasta que hable con una sicóloga y le conté lo sucedido, aunque obviamente no todo. Lo que ocurrió esa noche jamás se lo había contado a alguien, hasta ahora. Estuve tres meses en el hospital, primero aquí y después en la otra ala, donde hacen los tratamientos de rehabilitación a alcohólicos y drogadictos, ahí expié todo lo malo que había hecho, pague mis culpas y al final pude rehabilitarme, aunque lo más difícil fue volver a mirar a mi papa en los ojos y no llorar, aun así todavía me siento terriblemente avergonzada por todo ello y aun me duele cuando mi papa habla bien de mi”.
Ángela se seca sus lágrimas y don Agustín la toma del rostro dándole una amable sonrisa. Ángela trata de sonreír pero no puede, aun. “Por eso detesto este lugar, me trae todos estos recuerdos del porque llegue aquí y cosas que desearía olvidar que ocurrían cuando estaba internada aquí”, “¿a qué te refieres?” Ángela mueve la cabeza, “en los primeros días aquí debían amarrarme en la cama para poder controlarme, la ansiedad por la falta de drogas es horrible, así que unos doctores venían a, visitarme ocasionalmente y eso me sirvió de recordatorio del porque estaba aquí y también para pagar deudas por lo que hice”, don Agustín no comparte esto, “ser abusada es pagar tus deudas, debiste hablar y denunciarlos” le dice con firmeza, “lo pensé, pero tuve miedo que si me empezaban a interrogar, podrían terminar sabiendo lo que hice aquella noche, por eso guarde silencio”.
Al ver la hora don Agustín le pide a Ángela que lo regrese a su habitación, pero la deja hasta que recupere su compostura. En el camino él pago un soborno para que la enfermera guardara silencio, él nunca salió y Ángela nunca estuvo aquí, aunque aun se pregunta quien lo mando a este lugar y porque no lo dan de alta.
 
Ángela decide ir a buscar a la doctora que lo estaba viendo cuando recorriendo los pasillos por un momento cree ver a alguien conocido. De inmediato se oculta y se asoma tras una esquina y ve a los sobrinos de don Agustín hablando con la doctora, “solo manténgalo aquí el mayor tiempo posible, no lo den de alta por ningún motivo” dice uno de ellos y le entrega un sobre bien grueso que ella revisa discretamente. “Vaya perra”  murmura Ángela que la observa dejar la carpeta con los antecedentes de don Agustín en un mesón y luego se aleja con ellos.
De inmediato la pelirroja se acerca al mesón y saca la carpeta. Ahí se percata que pidieron una serie de exámenes innecesarios solo para demorarlo y que todo habría sido una simple insolación dado que él estuvo en el jardín ese día mucho tiempo. Así que Ángela va con él a contarle lo que está sucediendo.
Camina rápidamente por los pasillos poniendo atención por si los ve, pero en lugar de ellos se encuentra con dos tipos que ciertamente la ponen nerviosa. Son los doctores que la visitaban en las noches cuando estuvo en rehabilitación. Ángela se desconcierta y pierde el paso, pero al final decide seguir adelante y enfrentar la situación. Lo hecho, hecho esta piensa ella.
Los sujetos la reconocen de inmediato y Ángela los mira a los ojos, controlando sus nervios los ignora por completo y pasa a su lado. Aun así escucha unos comentarios desagradables e incluso uno de ellos llega al punto de ofrecerle recordar los viejos tiempos. Ángela no los mira y sigue hasta que se encuentra con la enfermera y le muestra la carpeta, pidiéndole que lo den de alta. “Yo no puede hacer eso sin que me despidan, no importa lo que esté pasando, solo un doctor puede darlo de alta”. Ángela se queda frustrada, conversa con el otro doctor de turno, pero este se rehúsa también, “no es mi paciente” responde, al final Ángela tiene una idea, aunque demandara un sacrificio de su parte, pero tras pensarlo es lo menos que puede hacer por alguien que la ha escuchado, aconsejado y apoyado.
En una oficina en ala de rehabilitación ambos sujetos conversan cuando Ángela aparece parada en la puerta con una fría mirada en su rostro. “Vaya, si es la zorrita drogadicta” le dice uno, Ángela se muerde la lengua, “¿vienes a recordar viejos tiempos?” añade el otro. “Tal vez” responde ella con dureza, “todo depende si me sirven de algo” agrega.  Ambos se miran sorprendidos y Ángela les deja la carpeta en el escritorio, “quiero que lo den de alta”. Ambos se sorprenden y revisan los antecedentes, “se ve todo normal, ¿pero porque lo quieres de alta?”, “eso no les interesa, quiero saber si es posible”, “¿y si así lo fuera, por que deberíamos ayudarte?” le responden, “¿acaso no querían recordar viejos tiempos conmigo?”.
Hay un momento de silencio, pero Ángela se mantiene firme. Esta dispuesta a llegar bien lejos en esto y no se va a retractar ahora. De un cajón uno de ellos saca un papel y llena los datos y lo pone en la carpeta que Ángela les pasó. Ella lo revisa y se muestra satisfecha, es el certificado de alta que necesita. “Muy bien, donde quieren hacerlo” pregunta y los tres salen de la oficina y se dirigen a una habitación aparte, muy similar a la que Ángela ocupo cuando estuvo aquí. Apenas se cierra la puerta le ponen las manos encima.
Su chaqueta es lo primero que le quitan y la tiran al suelo mientras las manos de ambos recorren el cuerpo de Ángela, notando que los años que han pasado en ella han aumentado las curvas de su juvenil cuerpo de manera notable. Ángela viste una polera de tirantes blanca y con botones, así como ajustados jeans que marcan sus piernas y su trasero. Ella se entrega a ambos mientras le soban el culo y sus pechos además de tolerar sus besos algo bruscos. El que está detrás presiona sus dedos entre sus nalgas y Ángela va dejándose llevar por el momento.
Su polera se la abren descubriendo sus magníficos pechos, ella no usa sostén y entre los dos se los chupan y estrujan mientras le meten mano. Ángela se besa con uno y otro. Comienza a sobar sus bultos y estos se abren los pantalones mostrándole sus vergas. Ángela los pajea a ambos a la vez y después se inclina para mamar sus miembros bien duros y erectos, solo que ahora ella lo porque quiere y no porque la obligan. La mamada que les hace es tan intensa que por poco los hace correrse, pero se detiene a tiempo y mientras uno se sienta en la camilla para que ella continúe mamando su verga, el otro le baja los jeans y hunde su rostro entre sus nalgas apartándole su ropa y lamiéndole su culo de arriba abajo.
Ángela se pasa el miembro entre sus pechos, los cuales han crecido bastante desde la última vez que estuvo ahí. Ella continua mamando aquel miembro mientras una lengua y dedos ansiosos se deslizan en sus partes intimas. El otro sujeto se la folla con los dedos metiéndoselos en su coño y en su culo también usando ambas manos. Ángela y mueve sus caderas al ritmo de estas acometidas y sus gemidos se ven ahogados por la verga en su boca. El sujeto detrás de restriega su miembro sobre sus nalgas pasándolo de arriba abajo para luego penetrarla de una vez empujando su miembro hasta el fondo de su coño. La toma de las manos hacia atrás y la bombea rápidamente mientras el que está en la camilla le guía la cabeza de arriba abajo metiéndole  su verga en la boca, Ángela no ofrece ninguna resistencia y se deja coger apretando con sus labios el miembro.
 
Rápidamente le quitan los jeans y la recuestan en la camilla donde ambos se hincan a su lado poniendo sus vergas en su bello rostro. Ángela de nuevo juega con ambas y las degusta a placer, lamiéndolas y chupándolas ansiosamente.  Uno de ellos se monta encima y desliza su miembro entre los pechos de la pelirroja, los presiona contra su verga y se pajea con ellos mientras el otro se la hunde la boca. Ángela aun se acuerda de cómo le hacían esto cuando estuvo internada.
Tomándola de sus piernas las apoya sobre sus hombros y de una acometida la penetra de una vez presionando con fuerza. Ángela se ve con sus rodillas en sus pechos mientras la follan, es una pose algo incomoda pero siente mejor la penetración. Con ambas manos le toma la verga al otro y se la frota casi estrujándola. Sus pechos se agitan vigorosamente y Ángela siente el miembro recorriéndola por dentro, acariciando todo su coño, eso la excita enormemente.
La pelirroja toma el control y hace que uno de ellos se ponga delante y Ángela se instala en cuatro sobre la camilla, nuevamente su boca acoge un miembro, pero esta vez el otro se adentra en su culo haciendo que ella libere un profundo gemido, “como me encanta este trasero” dice el tipo la coge analmente. Ángela siente como sus nalgas se abren y su apretado trasero se va dilatando. Ella cierra sus ojos y gime sin parar mientras se la follan por ahí. Ángela los mira a ambos y atrapa con su boca una verga que esta frente a sus ojos, solo así sus ardientes gemidos se ven ahogados, pero el otro también le quiere dar por el culo.
 
El cuerpo de Ángela esta sudado por tanto sexo, su polera se pega al mismo y ella se monta sobre un miembro que parece un verdadero mástil de carne. Nuevamente su trasero es el objetivo y ella se va dejando caer lentamente hasta enterársela por completo. Ángela sube y baja por aquella verga separando ampliamente sus piernas lo que permite ver como el miembro entra y sale de su esplendido trasero. El otro doctor no se queda mirando por mucho rato y Ángela observa cómo lleva su miembro hasta su sexo, donde se lo mete por completo, ahora los tiene a los dos dentro.
Ambos doctores se follan a Ángela a la vez, ella reparte besos y lamidas con ellos al tiempo que sus miembros entran y salen de su juvenil cuerpo, “esto es lo mejor” dice uno en medio de los gemidos y jadeos de la pelirroja que se ve inmovilizada entre ambos que le dan con todo lo que tienen. Ella abraza al que tiene encima y este la penetra aun más adentro llenado por completo su coño. Los espasmos recorren los cuerpos de los tres y Ángela siente que ya no da y que pronto se va a correr. Cosa que sucede en un instante.
El doctor que esta frente a ella saca su verga y esparce su semen por los pechos de la pelirroja mientras el otro le dejo el culo bien lleno. Ángela coge ambas vergas y de todas maneras les hace una mamada para dejarlos secos. “Muy bien, fue divertido y espero que lo hayan gozado” dice la pelirroja que con toda naturalidad se arregla, “admítelo, lo gozaste” le dice uno de ellos, pero Ángela no se inmuta, “es posible, pero eso no significa que me podrán follar de nuevo, adiós”.
Cuando Ángela aparece en la habitación de don Agustín este se sorprende al verla algo desarreglada y sudada. “Después le cuento, ahora nos vamos” y le muestra los papeles a la enfermera que se muestra sospechosa, sin embargo todo está en orden y lo deja partir. Ángela ya había llamado un taxi que los está esperando afuera y salen raudos del hospital antes que alguien se dé cuenta. En el trayecto la pelirroja le cuenta lo sucedido y a quienes vio en el hospital. “Vaya, no son tan estúpidos como parecen, tendré que ser más cuidadoso” dice don Agustín.
Al llegar a la casa se escuchan algunas voces dentro, don Agustín entra acompañado de Ángela. La empleada y otras dos personas que trabajan con don Agustín discuten acaloradamente con los sobrinos de él, ya que estos pretenden despedirlos y hacerse de la casa. “Los únicos que se van de aquí son ustedes” dice él sacando una voz inusitadamente fuerte y clara. Todos brincan del susto y sus sobrinos se preguntan como lo hizo para salir del hospital, “solo fue una falsa alarma, nada grave, así lo dijeron los médicos” responde don Agustín y Ángela sonríe maliciosamente. Todos se retiran de inmediato y su personal le da la bienvenida a su hogar.
“Vaya quede exhausta” dice Ángela que se deja caer en un sofá y toma un vaso de jugo que le ofrecen. Cuando salen los empleados don Agustín la interroga. “¿Y bien, como lo hiciste para sacarme de ahí?”, “ah, pues, nada de otro mundo, solo algo de persuasión con la gente correcta y además recordar un poco los viejos tiempos” responde ella sonriendo, y entonces comienza a relatar con lujo de detalles todo lo que sucedió.