portada criada2Al descender por la escalinata del avión, Nicole miró Sin títulofascinada al gran círculo solar esconderse tras las montañas. La pista de aterrizaje y el resto de la sabana africana visible quedaban teñidos con un brillante fulgor anaranjado, una imagen que coincidía a la perfección con la figura mental que la joven se había hecho sobre el continente.

Mientras los últimos pasajeros descendían, Nicole se había quedado admirando el prometedor paisaje en el cual pasaría las próximas semanas… A la vez, en su cabeza pensaba que todo parecía tan bello como en sus sueños, que la experiencia sería inolvidable. No pocas personas le habían dicho que la experiencia de voluntariado en aquella región recóndita sería dura, que quizás no estaría aún preparada…

Pero Nicole había movido cielo y tierra para estar pisando aquel lugar.

O no exactamente. En realidad, había tenido mucha suerte. Se figuró que debería ser cara la experiencia pese a la buena fe que ella aportaba: los gastos del viaje y manutención deberían en principio correr por su cuenta. Pero una vez se estuvo informando, encontró una oferta difícil de creer…

El ruido de arrastrar la maleta acompañaba a la joven Nicole mientras se encaminaba a la salida de la terminal, donde la estarían aguardando según lo previsto. De hecho, la oferta que encontró incluía muchísimas comodidades. La chica de la agencia de voluntariado no le había ofrecido esta opción en primer lugar, cosa que extrañó mucho a Nicole al enterarse de que podía viajar y alojarse en tan ventajosas condiciones. Miró con recelo a la chica de la agencia, y más aún cuando ella intentó decirle que debería abstenerse de aceptar esta oferta, pese a lo atractivo que parecía para ella. Pero la chica de la agencia no le supo razonar más allá del intento de disuadirle, por lo que Nicole decidió que lo haría igualmente.

La oferta en cuestión consistía en un vuelo de ida y vuelta totalmente pagado, así como los transportes adicionales dentro de la región. Pero más aún, la pequeña voluntaria podía alojarse en una especie de casa típica del lugar de forma gratuita, y contando con varias comidas al día. Nicole no se podía creer la suerte de tener tanto apoyo durante su experiencia de voluntariado, y no dudó en aceptar. El trato con los tramitadores de la oferta había sido excelente de momento, apenas habían requerido documentación sobre ella, salvo un cv sencillo, una revisión médica completa (incluso análisis de sangre y ginecológico) y una serie de fotografías de cara y de cuerpo completo. Tuvo que pasar estos trámites, y hasta unos días después de la revisión médica no le dijeron que estaba aceptada para entrar en el programa. Sin embargo, en ningún momento Nicole vio esto como algo raro, se imaginó que una oferta tan ventajosa debía tener sus propias condiciones.

Detrás de la puerta de cristal de la salida de la terminal había un cartel donde se podía leer “Nicole”, con letra grande y bastante torpe. La aludida se acercó con su gran maleta traqueteando. Se comunicó con el hombre negro que sostenía el cartel, que resultó ser el taxista que la llevaría al lugar acordado donde ella se hospedaría durante aquellas semanas.

Nicole, encantada de poder comunicarse en francés, se enteró de que en la comunidad a la que se dirigía casi todos hablaban ese idioma, por lo que no tendría problemas para hacerse entender. Eso la hizo estar mucho más tranquila. El taxista, mientras conducía con la mirada fija en el horizonte, le preguntó sobre sus intenciones. Nicole le comentó que estaba haciendo un programa de voluntario en zonas subdesarrolladas como aquella, un complemento muy interesante a los estudios que pensaba comenzar el año que viene. Durante la estancia debería ayudar en todas las tareas asistenciales que le serían requeridas, como la atención a enfermos o el reparto de ayudas, a la vez que se integraba en la comunidad e intentaba proponer algunas soluciones para mejorar la seguridad y la autosuficiencia de la región. Le parecía muy emocionante contar todos aquellos detalles.

Tras lo que parecieron unos veinte minutos de trayecto en el destartalado taxi a través de carreteras de polvo, Nicole llegó a donde la estaban esperando. Se trataba de una gran choza, con varios compartimentos laterales. Estaba rodeada de una valla tosca de madera, presentando lo que a duras penas quería simular ser un jardín. De cualquier forma, el aspecto de esta construcción era mucho más imponente a las casas de las aldeas que había recorrido antes el vehículo. Parecía también estar apartada del poblado, como si fuese la morada de alguien importante que rehúye el contacto con sus vecinos…

Se despidió del taxista. Al momento apareció por la puerta una mujer negra, más alta que ella, con aspecto de tener unos cuarenta años. Le preguntó si se llamaba Nicole, y la francesa asintió. La mujer le comunicó que la estaban esperando, que llegaba justo a tiempo para cenar algo si quería, y le acompañó al interior.

Se adentraron en la choza por la gran puerta de aluminio y cristal, aunque se dirigieron al compartimiento de la izquierda, que parecían ser habitaciones idénticas dispuestas en fila. A media altura la mujer se detuvo para indicar a Nicole que aquella sería su habitación.

La joven abrió la puerta nerviosa y se encontró una habitación más grande de lo que había imaginado, provista de una cama individual con dosel y mosquitero, un escritorio con un espejo enorme y un armario de tres puertas. Todo estaba adornado con filigranas blancas y relieves esculpidos en madera, con formas de animales africanos bellamente tallados. Nicole dio una vuelta sobre sus pies mientras miraba todo totalmente emocionada, no parecía estar para nada en un lugar deprimido económicamente mientras residiera en aquella habitación. Dejó la maleta apoyada contra el armario y sacó la cabeza por la ventana para mirar las montañas, donde la noche empezaba a ser cada vez más oscura, y la luna llena intentaba impedirlo desde el otro lado.

Diez minutos llevaba Nicole aún respirando el aroma de la noche africana cuando la mujer le anunció que debía prepararse para cenar. Nicole abandonó el cuarto tras ponerse un vestido negro que había traído para las ocasiones y siguió la estela de la mujer, para acabar descubriendo que ella era una sirviente del lugar, pues ayudó a poner la mesa y los platos. Nicole se sentó en el borde de una mesa larga, donde también tomaron asiento otras personas que aparecieron por el otro compartimento, el compartimento derecho del edificio, en el cual ella no estaba ubicada.

Las personas que aparecieron eran cuatro chicas. Chicas extrajeras, tal y como lo era ella en ese lugar. Tomaron asiento en las sillas restantes, pero ninguna de ellas se sentó en la silla que presidía la mesa, debajo de una enorme escultura de una figura antropomórfica que sostenía una gran serpiente como báculo.

Las chicas saludaron a Nicole y le preguntaron su nombre. Nicole contestó, y se dio cuenta de que tenían más o menos su edad. Pensó que también podrían estar allí por voluntariado y se lo preguntó a ellas. Sin embargo, la mujer que estaba poniendo la mesa pareció dirigir una mirada severa a las chicas, mirada que Nicole no captó. Pero desde aquél momento, la calidez de las otras adolescentes alrededor de Nicole se enfrío un poco. Contaron que ellas también llevaban un tiempo de voluntarias, aunque cada una de ellas había llegado a un tiempo distinto.

La que llevaba más tiempo era la que se había sentado en frente de la francesa recién llegada. Era una chica de aspecto nórdico, con preciosos ojos azules y una melena tan rubia que casi era blanca. Llevaba cuatro meses allí. Parecía haber engordado, de hecho, un bulto le salía de la tripa, a pesar de que por sus facciones parecía una chica muy delgada.

Las otras chicas procedían de India, Brasil y Australia. Todas tenían un cuerpo muy destacable, y tenían rasgos muy marcados de allí donde provenían. Además, estaban maquilladas y llevaban vestido. A Nicole le sorprendió encontrarse con chicas tan guapas allí, pues pensaba que el resto de voluntarias no serían tan hermosas o bien que habrían perdido la costumbre de ponerse guapas para trabajar en un sitio tan caluroso.

– ¿Cuál es la más reciente aquí entonces? – les preguntó Nicole con curiosidad.

Las chicas se miraron entre ellas y la nórdica le dijo, con algo de vergüenza en su cara:

– Harue, una chica japonesa que llegó anoche…

– ¿Justo anoche? Vaya qué coincidencia… – observando que al lado de la chica australiana había una silla vacía, Nicole pensó que sería la silla para la japonesa, pero allí no había venido nadie – ¿Y dónde está Harue ahora?

Silencio.

Ninguna de las chicas se atrevió a contestar hasta que, pasados unos segundos, la chica hindú dijo:

– Bueno… se encuentra indispuesta…

La joven hindú tuvo que interrumpir su discurso, y Nicole se quedó sin saber qué le pasaba a Harue, porque una figura apareció bajando la escalera que daba al compartimento central y más elevado de la casa.

Las cuatro extranjeras se levantaron de la silla al unísono al sentir esa presencia, y Nicole lo hizo también para no ser la rara. La servidumbre se quedó firme al pie de la escalera.

Una figura enorme, de piel oscura, bajó por la escalera. Se trataba de un hombre mayor, de más de cincuenta años, con un pecho musculado y desnudo, y unas piernas robustas que hacían vibrar los travesaños. Tan sólo estaba vestido con un piel que recubría su cintura, aunque llevaba numerosos colgantes y pulseras, además de tatuajes que surcaban los brazos y el pecho. Estaba rapado, y tenía una mirada seria, casi como si estuviese furioso. Posteriormente Nicole aprendería que le llamaban “gran jefe”, aunque en realidad sus vínculos con el poblado tenían poco que ver con el gobierno…

Bajó la escalinata a su ritmo, aunque era perfectamente consciente de que estaba siendo esperado por mucha gente. El anfitrión de la casa saludó con la cabeza a los sirvientes y a las adolescentes en la mesa, que tras ese gesto procedieron a sentarse.

Nicole observó como el anfitrión clavaba sus ojos negros en su figura femenina, como la miraba de arriba abajo y con un descaro total mientras el negro se sentaba en la silla principal de la mesa.

La criada se acercó por detrás a Nicole y le susurró: “Preséntate, cielo…”

Nicole se puso de pie y miró a los ojos al anfitrión. Intimidaba un poco aquél hombre casi desnudo y de aspecto robusto, pero por otro lado Nicole sabía que era el hombre que la había acogido en su casa, y que había hecho que disfrutase de unas condiciones tan buenas durante aquella experiencia.

– Mi nombre es Nicole Lemoine, vivo en el barrio Saint-Germain-des-Prés en París. Me interesó mucho venir aquí para realizar mis semanas de voluntariado. Acabo de llegar hace menos de una hora, y la verdad es que me ha encantado este sitio, la habitación es preciosa. Muchas gracias, señor.

Nicole hizo una inclinación muy graciosa, la cual provocó que una cruz de plata alargada que llevaba colgada del cuello se balancease sobre su escote. El jefe asintió y le indicó que podía sentarse.

La criada se acercó a Nicole de nuevo, con un cántaro de arcilla finamente tallado con algunas serpientes y antílopes en relieve, y le indicó que iba a servirle. Nicole preguntó por el contenido del recipiente, y obtuvo por respuesta que se trataba de una bebida de bienvenida, que el resto de chicas habían probado en su primera noche en la casa. De hecho, en ese momento estaban bebiendo únicamente agua.

Nicole, pese a saber que sería desagradable rechazar aquella invitación, no tenía ganas de beber algo totalmente desconocido para ella. Pero pudo hacer poco para protestar, ya que la criada vertió el contenido del cántaro en el vaso de la nueva chica. El líquido humeaba y tenía un color entre marrón y verdoso, parecía ser una infusión concentrada. Nicole dio las gracias y bebió. Se encontró con que tenía un algo sabor amargo, pero que una vez tragado estimulaba a beber más…

Durante la cena, que fue variada aunque no copiosa, el jefe observó especialmente a la nueva. Nicole, que en ocasiones era consciente de estas miradas durante los muy breves intercambios de palabras con las otras adolescentes, no sabía bien qué pensar…

Por otro lado, tampoco sabía que pensar de la actitud aparentemente fría del resto de voluntarias. No hablaban apenas desde que la criada les rechistó durante el saludo, y menos ahora que estaba el anfitrión…. Es más, Nicole creía haber visto una expresión de preocupación en algunas de ellas cuando le habían servido la infusión de bienvenida, algo así como si el hecho de ver aquella bebida les recordase algo…

La cena no duró más de media hora, y antes de que concluyese Nicole se había terminado el contenido del vaso. De repente, se sintió cansada. Es cierto que se sentía agotada por el viaje en avión, pero aún más desde que había cenado, ¿a qué se debería?

Las jóvenes extranjeras, con ella Nicole, se levantaron cuando el gran jefe se despidió. Él levantó la silla con fuerza y su tórax desnudo quedó a la altura de las miradas de las jovencitas. El anfitrión dirigió una mirada especialmente larga a Nicole, y eso quedó en evidencia delante del resto de las huéspedes. Nicole sostuvo la mirada hasta que no pudo más, se puso nerviosa de contemplar a aquél hombre de torso musculoso y enérgico desnudo que la miraba con insistencia, como si de un momento a otro la fuese a atacar… Ella acabó por ponerse roja y mirar un poco más abajo, recorriendo con su mirada otras partes del cuerpo del forzudo negro, para acabar fijándose sin querer en aquella especie de cinturón… Eso no mejoró el calor que sentía en sus mejillas.

El negro, sabiendo la incomodidad que causaba en Nicole, dejó de observarla y paseó su mirada por el resto de las chicas. Al acabar la ronda se despidió en perfecto francés, y las chicas contestaron al unísono. Se retiró por la escalera por la cual había aparecido, sus alhajas sonaban al son del retumbo de sus pasos, su cuerpo se movía de forma que era imposible no fijarse, especialmente resaltaban la espalda tan grande y un trasero que parecía de piedra. La figura del gran jefe se sumió en la oscuridad de lo alto de la escalinata…

La mesa comenzó a ser rápidamente recogida por los sirvientes. Las otras chicas extranjeras se despidieron afectuosamente de Nicole para recogerse a su parte del edificio. Nicole se quedó extrañada, pues le apetecía muchísimo pasar un tiempo hablando con ellas por la noche, pese a lo herméticas que le habían parecido. Pero ellas se fueron muy apresuradas, ellas hacia el ala opuesta del edificio en el cual sólo parecía acomodarse la recién llegada. A ojos de Nicole, esa estampida… es como si obedeciesen unas órdenes que no estaban escritas en ningún sitio. De todas formas, la chica hindú se paró un momento con ella para comentarle que podrían estar mañana un rato juntas.

– Oye, por favor, saluda a Harue de mi parte y dile que me apetece conocerla – le dijo Nicole.

La cara de la chica hindú volvió a cambiar como lo habían hecho todas las chicas durante la cena, cuando el nombre de la chica japonesa había aparecido en la conversación. Se puso sombría y no parecía querer contestar. Al de poco rato, la chica hindú también abandonó la estancia común sin decir nada y Nicole se quedó sola. La mujer sirvienta del principio se acercó a decirle que podía ir un momento a su cuarto, que probablemente se sentiría cansada…

Y era cierto, Nicole estaba cansada por el viaje, pero no sólo por ello. Después de la cena se sentía mucho más agotada mentalmente, no sabía si era por el jet lag o qué.

Al entrar en la habitación se sentía extremadamente densa. Pensaba que también durante la cena se había sentido algo abotargada, pero lo achacaba a la pasividad del ambiente… Gradualmente, el cuerpo de Nicole se sentía ingrávido, la mente se le tornaba vacua. Nicole se sentó en la cama y acabó tumbada, el sueño era tan intenso, tan intenso…

Ella no quería dormirse todavía, quería deshacer la maleta y contemplar de nuevo el paisaje durante la ventana, acercarse a hablar con las chicas extranjeras…

Los pensamientos de Nicole se evaporaron como el humo, el cuerpo se relajó, los ojos se entrecerraron y la bella francesa quedó tumbada sobre la cama, con los brazos a medio extender y cubierta con el precioso vestido negro escotado que se había puesto para la cena.

Su respiración se volvió tranquila, su abdomen se hinchaba y se desinflaba lentamente.

En cuestión de segundos, Nicole dormía profundamente…

La puerta de la habitación de Nicole se entreabrió lentamente y una figura se asomó, contemplando como la chica estaba tumbada en la cama, en total paz. Dio un par de pasos fuertes, pero la jovencita ni siquiera los escuchó, prueba de que el sueño no era ligero.

La figura despareció de nuevo por el pasillo. Se trataba de la sirvienta que había recogido a Nicole y con la que más había hablado esa noche. Se situó al pie de las escaleras que daban al comedor, esas escaleras que conducían a la morada del gran jefe. Con decisión subió peldaño a peldaño la escalinata hasta que llegó a la parte superior y dio dos golpes bruscos a la puerta. Abrió suavemente la puerta y habló con quien se hallaba en su interior. No fueron más que un par de frases y ya estaba de nuevo bajando la escalera, como apresurándose a cumplir una orden…

Un movimiento de pies se oía acercándose a la habitación donde Nicole descansaba. Varias criadas se habían acercado al pie de la cama y tomaron a la joven de los hombros y de las piernas. La levantaron y la llevaron en volandas por el pasillo, sin que la adolescente se percatase ni por un momento de su desplazamiento.

La llevaron escaleras arriba.

Eso quiere decir que depositaron a Nicole dentro de la estancia privada del gran jefe, el cual esperaba junto a la puerta y no pudo evitar relamerse al observar el cuerpo de la bella durmiente cuando la entraron en su habitación. Las mujeres la dejaron descansar en el gran lecho del gran jefe, una cama enorme de matrimonio con dosel que recibió cómodamente a la jovencita, cuya respiración seguía constante y era el único signo de vida de su cuerpo…

Mientras, el gran jefe, que seguía hipnotizado por las formas del cuerpo de su próxima ofrenda, sostenía en las manos un pergamino muy ajado. Se trataba de una receta que seguía a menudo, cada vez que una jovencita llegaba a él por el plan de agencias que tenía diseñado para seleccionar y captar a las candidatas más idóneas para él.

La receta a aplicar para curar la grave enfermedad decía algo así:

Seleccionar a una chica joven, en pleno desarrollo de su sexualidad. Deberá ser bella y risueña, pero lo más importante es que no haya practicado sexo con ningún hombre antes, pues este es el mayor potencial del tratamiento. Deberá haberse comprobado previamente que su membrana virginal esté intacta.

La joven elegida deberá pasar una noche en las estancias del paciente, para lo cual puede dársele el brebaje Koraa para inducirla al sueño. Para que el cuerpo de la chica deje a punto las propiedades curativas es necesario que duerma completamente desnuda durante esa noche, y que su piel esté impregnada del ungüento de la tribu.

Al día siguiente, debe tener lugar sin dilación la penetración de la joven. Los gritos de dolor y la sangre son buenos indicativos de que la enfermedad está siendo combatida.

Se recomienda verter la leche dentro de la hembra con cierta periodicidad, preferentemente al amanecer o al atardecer. Pasados unos meses, el bulto que nacerá en la tripa de la chica será el mejor indicativo de la salud completa del hombre.

Las tres sirvientas africanas se encontraban alineadas contra la pared, dirigiendo su mirada al cuerpo de Nicole que estaba dispuesto en el gran lecho matrimonial del gran jefe. Él, por su parte, miraba de forma muy ansiosa a la joven que dentro de unas horas sería de su total disfrute, como ocurría con cada chica extranjera que llegaba engañada a la casa.

Siguiendo la rutina habitual, las sirvientas se acercaron a la ofrenda y comenzaron a desvestirla. El negro vigiló la operación muy de cerca, pues no quería perderse ni un centímetro del escultural cuerpo que prometía la dueña de ese vestido negro. Quitaron sus zapatos de tacón y los dejaron al pie de la cama. Incorporaron un poco a la joven pues el broche del vestido parecía estar en la parte de detrás, y Nicole quedó suspendida en el aire, apoyada por varios brazos, su cabeza se inclinó ligeramente hacia delante. No se daba cuenta de nada de lo que estaba ocurriendo.

El hombre se fijó en una cruz plateada que pendía del cuello de Nicole, en la cual también había reparado durante la cena. La reconoció porque era frecuente que algunas jóvenes que caían en sus manos tras el negocio de la agencia, sobre todo europeas y americanas, la portasen. Estaba relacionado con una religión de la que él sabía poco pero que solía impulsar a sus creyentes a permanecer con el sexo intacto. Con gran placer pasó sus manazas por detrás del fino cuello de la joven y le desprendió el crucifijo, pensando que no lo necesitaría pues lo que estaba por ocurrir le privaría de su virginidad… El colgante cayó cerca de la almohada que sujetaba la cabeza de Nicole.

Las sirvientas desabrocharon las cintas y el vestido de Nicole cayó hasta la cintura, relevando un sujetador también negro, precioso, con encajes y motivos bordados en blanco. Levantaron a la chica por la cintura y el vestido se deslizó piernas abajo hasta salir por los pies. Una de las sirvientas dobló cuidadosamente el vestido y lo guardó en el armario del señor, junto a los zapatos y aguardó para hacer lo mismo con la ropa interior.

El gran jefe observó las braguitas negras que cubrían el pubis de la adolescente y que hacían juego con el sujetador. Eran un poco grandes, no como aquellas bragas triangulares que se veían en los países más modernos y que llevaban las chicas más liberales, que dejaban ver aún más carne. Nicole parecía estar en consonancia con el credo que profesaba y le llevaba a tener pudor… un pudor que el africano quería reventar cuando antes…

Sosteniendo a la joven medio erguida las manos hábiles de las criadas tomaron el broche del sujetador y lo abrieron. Los pechos, que ya se intuían grandes antes de abrirlo, saltaron y quedaron suspendidos, una buena talla de carne para ese cuerpo. Los montículos eran generosos y despertaron la libido del amo al máximo, y estaban coronados por unos pezones marrones claros muy agradables. El sujetador no haría más falta para cubrir los deliciosos atributos de esa hembra… El hombre sintió muchas ganas de apretarlos, de amasarlos, de jugar con ellos durante horas, pero aguantó porque ahora el ritual continuaba y porque sabía que esa nena sería suya durante semanas…

Dejaron caer el cuerpo de muñeca inerte sobre la cama, hundiéndose un poco en el colchón. El peso de los senos descansó y los pezones miraban hacia el techo del dosel, mientras la cabeza estaba inclinada contra la almohada. Sólo le quedaban esas braguitas, que ya estaban en manos de la sirvienta más joven, quien tiraba de los extremos para bajar la ropa interior de la chica y dejar su sexo y su trasero al desnudo… La joven tenía unas piernas largas pues era bien alta y unos muslos muy bonitos y carnosos, de los que apetece sobar. Estaba finamente depilada como sin duda harían las pijas del barrio francés del cual provenía.

Nicole llevaba unas braguitas bien justitas y apretadas, como si se resistiesen a dejar de proteger el cuerpo de su dueña, pero no pudieron hacer nada por abandonarla en ausencia de la consciencia de ella. La tela negra bajó arrastrada por los muslos de la chica hasta abandonar su cuerpo, y la criada guardó la ropa interior de Nicole junto al resto de su atuendo en el armario.

El gran jefe disfrutó del espectáculo visual que suponía el cuerpo de Nicole una vez que la habían desnudado cuidadosamente. Nicole, ajena a esa invasión de su privacidad, dormía plácidamente en la enorme cama del semental que pronto se cobraría su virginidad…

El negro contaba con la confirmación de que Nicole conservaba su virgo, por parte de un riguroso examen ginecológico realizado a la joven en el ambulatorio de su barrio antes de venir. Se trataba de una de las pruebas que la aspirante a permanecer becada en ese lugar debía pasar, junto a pruebas fotográficas de que poseía un buen cuerpo. El hombre sostenía en sus manos un papel sellado por el servicio médico francés que recogía el análisis de la vagina de la chica que se hallaba en frente de él. Lo había leído una y otra vez con mucho interés, pues el ginecólogo había hecho una observación que le excitaba mucho: “Los labios están tersos y bien cerrados. La vagina tiene un aspecto muy saludable, con músculos esponjosos y apretados. La joven presenta un himen intacto, de tipo microperforado y de un grosor algo superior a lo que es corriente en este tipo de membrana. Las relaciones sexuales pueden ser dolorosas para ella en el momento de la primera penetración.”

Una enorme sonrisa apareció en la boca del semental, quien por primera vez podía contrastar esas palabras con el cuerpo de la dueña sometida en su cama. Nicole no había variado el ritmo de la respiración mientras había estado allí y no lo haría, pues ya era bien conocida la dosis del brebaje Koraa que debía administrarse a una joven para sumirla en el sueño profundo y por precaución se añadía un poco más. La francesa dormiría todavía varias horas más, y no sería interrumpida por estímulos externos.

Agarró los muslos cerrados de la joven con sus grandes manos, el tacto le excitaba de sobremanera. Suavemente los separó para tener una mejor vista de la entrepierna virginal, cubierta por una fina capa de vello del mismo color que el cabello juvenil. Efectivamente, Nicole tenía un coñito muy cerradito, distinto al de las mujeres de la tribu, pues hasta las más jóvenes negritas tenían los labios bien abiertos debido al ejercicio sexual intenso en el que se veían inmersas.

Se acercó a la francesa, la cual olía terriblemente bien, a perfume y cremas caras. Pasó una mano por su ingle y con un dedo separó uno de los prietos labios vaginales para examinar la carne interna de esa adolescente. Tenía un color rosado muy vivo y limpio, propio de las niñas vírgenes que él solía obtener con sus engaños. Tuvo que forzar con sus dedos la tierna carne de la vestal para ensancharla lo suficiente, para poder comprobar con su vista la membranita interna que protegía el sexo de Nicole. Tal y como indicaba el informe, parecía ser un himen microperforado: tenía una hendidura muy pequeña en el centro de la tela muscular. El negro no aguantaba más de las ganas que tenía de desvirgar a la francesita, pero debía continuar el ritual…

A continuación se retiró de la cama, sin perder vista de la virgen desnuda que yacía en su cama. Debía abandonar la habitación para que las criadas continuasen el tratamiento, y unas pocas horas después llegaría el gran momento… Cerró la puerta tras de sí, sin dejar de pensar en el cuerpo del deseo de la chica pija…

Una de las criadas, muy hábilmente, se encargó de rasurar los pequeños pelitos que cubrían el sexo de la jovencita. Acto seguido, Nicole fue ungida conforme al tratado de la tradición curandera. Las mujeres de la tribu embadurnaron el cuerpo latiente de la joven con aquella mezcla ancestral, de aspecto untuoso y olor intenso. Su composición exacta es desconocida, pero se rumorea entre las practicantes del culto que contiene diversas plantas aromáticas difíciles de encontrar y que crecen cerca de los riachuelos, además de un pequeño extracto afrodisíaco disuelto en una bebida espirituosa. La consistencia después de macerar la mezcla permite extenderla con suaves frotes sobre cualquier piel, y la de la joven Nicole es tan suave que se presta muy bien a ser cubierta por ella. Todas las partes visibles del cuerpo de Nicole fueron cubiertas con la fórmula, la cual dejó una capa de fino brillo que relucía especialmente en los muslos, nalgas y pechos de la virgen. La función de aquel ritual residía en las propiedades del milenario remedio, que era capaz de estimular el calor latiente del cuerpo juvenil y sensibilizar al máximo su piel, dejándola lista para la sesión de iniciación… Eso también era extremadamente beneficioso para quien tocase el cuerpo de la joven, cuya piel quedaba ahora muy sedosa y suave.

Las criadas empezaron a ordenar un poco la estancia mientras el ungüento seguía siendo absorbido lentamente por la piel de la joven.

En el cuarto se habían dispuesto por muchos sitios cirios y velas aromáticas encendidas, que daban una luz y un olor característicos a la hora del sacrificio de la virgen. Junto a los adornos, tales como estatuillas de animales bravos, platos decorados con imágenes de la sabana, cuadros con paisajes repletos de depredadores salvajes… el cuarto parecía un verdadero territorio donde la parte más profunda de África despertaba su instinto natural, el mismo tipo de instinto que los del poblado rumoreaban que aparecía cuando el gran jefe poseía a una nueva doncella en su lecho…

Tras dejar todo preparado y a la adolescente dormida en el lecho, las criadas también abandonaron la habitación.

Nicole seguía dormida.

Nadie entró en el cuarto durante toda la noche, tal y como mandaba la tradición. La noche africana era tranquila y envolvía a la jovencita con cariño, como si ella supiese que a la próxima noche Nicole sería una chica bien diferente…

Al amanecer, el sol se había levantado enérgico y deslumbraba las chozas de aquél poblado. Pero no era el único, pues el gran jefe también se sentía lleno de vitalidad, aún cuando no había dormido en la cama que acostumbraba. Sabía que pasar una noche en el cuarto de invitados representaba para él que una jovencita virgen la esperaba en su lecho, y que ese mismo día tendría lugar el acto de unión entre sus sexos.

Su miembro también se había levantado enérgico sólo de pensarlo. Sin perder un segundo, se dirigió escaleras arriba al cuarto donde esperaba el objeto de su deseo. Recordaba muy bien a la niña, tanto desnuda como vestida, tal y como la había visto la noche anterior. Era una preciosa chica francesa de ojos azules preciosos y de pelo castaño liso que le caía a media altura por la espalda. Tenía un rostro redondo muy armonioso que recordaba a una niña pequeña, y una piel muy blanca que resultaba exótica en la sabana africana. Y su cuerpo era el de una mujer muy bien desarrollada…

Abrió la puerta y escuchó el chirrido de esta abrirse mientras observaba como la niña aún descansaba en su lecho nupcial…

Nicole parecía ausente a esa realidad, a cómo el negro entró y cerró la puerta con un candado para que no se rompiese la magia de aquél encuentro carnal. Le excitaba la visión de esa chica virgen tumbada en la cama, en medio de una aparente tranquilidad, mientras él se desnudaba, quitándose aquella especie de trapo marrón que cubría su desnudez más masculina y revelando un miembro que, pese a su gran extensión, se encontraba totalmente erecto…

Sabía que quedaban minutos para que ella despertara según la dosis del Koraa, lo cual solía ocurrir al amanecer. Se decidió acercar pues al cuerpo de la chica extranjera que dormía completamente desnuda y, sin apenas rozarla aún, se colocó encima de ella, con los brazos y piernas a su lado, cubriendo con facilidad el cuerpo de ella con su sombra. Lentamente, bajó su enrome y corpulento cuerpo oscuro hacia aquella piel tan blanca y se quedó tocando con su piel la fina figura virginal… Su tacto y el olor de aquella joven, mezclados con el incienso y el ungüento que excitaba su piel eran la mezcla perfecta para encender su deseo.

No aguantaba más quería ya gozar de aquella doncella, quería romper la virginidad de aquella princesa europea…

De repente, el cuerpo de Nicole dio un pequeño espasmo, como si los músculos se estuviesen contrayendo de nuevo. El gran jefe, tendido sobre el cuerpo de la jovencita, sabía que estaba despertándose y sabría que la sorprendería, con su cuerpo negro y enorme desnudo encima de ella…

La joven comenzó a despertarse del letargo. Aún con los ojos cerrados, sintió como su cuerpo se ponía en marcha lentamente. En su cabeza había un gran vacío que no le permitía recordar gran cosa, sólo fragmentos sueltos como el viaje en avión, la cena… y él. Con él se refería al anfitrión de la casa donde se hospedaba, el que bajó por la escalera, ese portento de negro casi desnudo que la había acogido. ¿Por qué se acordaría de él con tanta precisión? Había un olor extraño en la habitación, o más bien dos: uno como el incienso que era más débil y otro que parecía provenir de una fuente viva en la habitación, cuya composición era intensa.

Nicole estiró sus brazos para desperezarse. Al entreabrir los ojos la ráfaga de luz le hizo que los volviese a cerrar mientras se acostumbraba. Las sábanas eran suaves, muy suaves al tacto… Nicole fue consciente de que era como si las estuviese tocando con su piel desnuda.

¿Desnuda?

La visión borrosa pareció captar una gran mancha negra frente a ella. Le costaba enfocar, pero parecía estar frente a algo oscuro… Algo oscuro que se cernía sobre su cabeza.

De repente, esa figura se movió y agarró el mentón de la muchacha. Una mano con dedos muy grandes le estaba apretando la mandíbula como si quisiera manejarla… ¿con qué fin?

Tras parpadear una vez más logró ver unos ojos negros que la observaban atentamente, y Nicole se dio cuenta de frente a quien estaba… Frente a su anfitrión.

La cara de él, sin dar tiempo a una reacción por parte de la niña, acercó su boca a los labios puros de la francesita. La frágil boca de la hembra se vio sometida al rudo empuje de unos labios oscuros, rugosos y viejos que imprimieron sobre ella un beso obsceno y deseoso, nada parecido a lo que podría esperar una princesa de su amado. Un beso salvaje que se acabó colando en el interior de la cavidad bucal de la muchacha, que sentía la presión de ese cráneo contra el suyo y de un cuerpo musculoso apretando su grácil anatomía, el calor y la humedad de una lengua áspera rozando su paladar mientras saliva ajena le ahogaba. Fue un beso violento, pero también que cogió por sorpresa a la chica, quien no esperaba tanta pasión justo al despertarse…

Tras el beso con lengua que dejó exhausta y algo desorientada a Nicole, el gran jefe salió de su boca, dejando un chorro de saliva que resbalaba por las comisuras de su ahora amante conyugal. Ella miraba incrédula al invasor de su boca, que al separarse de él mostraba la desnudez de su torso, ahora sin colgantes ni otros extraños añadidos pero sí conservando esos gruesos tatuajes en el torso y en los hombros… Nicole, paralizada por la sorpresa, pero también por observar ese cuerpo de hombre tan robusto sobre ella, no sabía prácticamente qué hacer.

Su rostro de chica inexperta se tornó colorado al ver de cerca los potentes músculos bajo la piel oscura que tenía frente a ella. Nicole nunca había observado un cuerpo de hombre tan ostentoso, y menos desde una perspectiva sexual como la que ahora aparecía frente a ella. Tras el beso, Nicole siguió evaluando el cuerpo del tremendo negro y su vista se detuvo en lo más llamativo del cuerpo del gran anfitrión… en aquél gigantesco órgano que colgaba de su entrepierna y del que Nicole sólo había oído rumores, pero que nunca había visto y nunca se lo había imaginado de tales dimensiones. De entre las dos potentes columnas velludas de aquél hombre de piel como el carbón se erigía un enorme pene oscuro y amenazante. Era muy grueso, como el brazo de una niña y cuya longitud le resultaba a Nicole difícil de estimar, pero era larga como un tronco, y aparentemente igual de rígida… Tenía unas venas que la recorrían y marcaban relieves poderosos en torno al sexo, unos pelos negros que salían de la base; la verga se movía como si estuviese oscilando, como si latiese impaciente por algo… Por detrás se podían ver dos enormes masas de carne peluda que parecían actuar de contrapeso. La polla de aquél hombre enfilaba al cuerpo desnudo de Nicole como si fuese un cañón que le apuntaba, a punto de disparar.

Nicole, quien veía más que claras las intenciones de aquella mole con aspecto humano, sintió una oleada de profundo pudor que la recorría de arriba abajo. No sabía nada, no sabía qué hacía allí en esa cama tan grande y lujosa, completamente desnuda y a merced de aquél semental africano. Bueno, no exactamente a merced, ella no estaba atada ni nada parecido, aunque si intentaba escapar aquella fiera claramente la retendría, se sentía como una presa acorralada, estaba realmente asustada…

El negro posó una mano sobre el cuellito de Nicole y le acarició suavemente, y de nuevo se inclinó a darle un beso en la boca, esta vez de carácter más débil, casi apasionado. Nicole entrecerró un poquito los ojos, mientras notaba como las manos del negro querían seguir estudiando su perfecta anatomía, como bajaban por el cuello lentamente por los hombros, las axilas… El tacto le resultaba estimulante, pese a tener él la piel rugosa, Nicole era muy sensible a sus caricias, sin sospechar que ello estaba relacionado con el ungüento que cubría su pálida piel… Mientras tanto, el maduro de raza se encontraba muy gratamente sorprendido con las escasas reacciones negativas de Nicole hasta entonces. Aunque bien sabía que todas y cada una de las chicas que había desflorado con su fiero pene, se habían quejado muchísimo de dolor al sentir su himen desgarrado y la vagina bien estrenada, y que la francesita no sería una excepción… Y a él le ponía muy bruto presenciar ese momento, le descontrolaba.

El negro apresó los ansiados pechos de Nicole con ambas manos, sintiéndolos piel contra piel. Nicole abrió sus ojos azules en señal de sorpresa, pues quizás no se esperaba un gesto tan duro, tan claramente sexual en ese momento. Sus generosas tetas comenzaron a ser manejadas por aquél extraño, a ser aplastadas contra su anatomía, a ser amasadas entre ellas… La carne trémula de la inocente Nicole era pervertida por aquél negro, no sin oposición por parte de ella, quien empezó a manifestar su desacuerdo, a chillar, a intentar apartar las manos del negro de su honroso cuerpo de vestal. El cuerpo de Nicole se agitaba por momentos, pero no era oposición para el corpulento africano que había violado ya a tantas muchachitas en ese mismo planteamiento, nada podía hacer la preciosa extranjera en cueros contra la libido imparable del negro…

Los pezones de Nicole son rosados y pequeños, de un aspecto muy tierno. No tardan por tanto en llamar la atención de su amo, quien los manipula y los retuerce. No están duros, Nicole no está apenas excitada salvo por las caricias del inicio, se mueve entre el desconcierto y el pánico. Los dedos torpes del negro aprietan las partes sensibles de Nicole y ella se estremece de dolor, de incomodidad, y más ahora que el gran jefe parece inclinarse sobre ella y todos esos kilos caen sobre su frágil cuerpo, asfixiándola. Un tacto diferente es el que siente ahora la francesa en su pecho izquierdo: es el de una húmeda lengua que recorre la carne de sus senos y acaba el circuito alrededor del pezón de la inocente presa. También el pezón del otro seno es estimulado manualmente, y Nicole siente la incómoda sensación de tener a un hombre plenamente dedicado a estimular sus vírgenes y turgentes pechos. Cuantos hombres quisieran mamar de los bellos atributos de la francesa, que largo tiempo guardó… Y de la inactividad sexual de aquellos pechos de diosa surgió el despertar del sexo latiente, de un cúmulo de impulsos que llevaban a Nicole a cabecear rítmicamente a la vez que el amo y señor de la casa y de la extranjera intentaba extraer leche materna de la doncella. Y mientras la virginal y casta niña sufría algo que jamás conoció, que sus senos se alborotaban con gozo y que su cuerpo se sentía a gusto; algo de calor se concentraba en su entrepierna…

Justo cuando la sensación iba creciendo y la mente y el cuerpo femeninos iban volando, el negro se separó de los magnéticos pechos de la joven. Las manos dibujaron una sinuosa silueta que recorrió el vientre plano, el ombligo y llegaron a posarse en el inicio de los muslos de Nicole. En ese instante ella recordó su total desnudez, que la parte más íntima del cuerpo de cualquier mujer estaba desprotegida y a escasos centímetros de esos dedos perversos… Sentía el tacto del negro presionar contra sus piernas desnudas, la sangre se arremolinaba en torno a ellas y a la entrepierna de la jovencita… La sensación era cálida, la de sentir el tacto de ese hombre robusto sobre los carnosos muslos de la ofrenda.

Pero la ofrenda que yacía desnuda en la cama, al sentir que el negro acercaba su atención y sus dedos hacia su intimidad tan celosamente protegida, sintió de nuevo una potentísima vergüenza que le llevo a pensar en lo irracional de la situación. Ella, tan puritana, con un hombre de una raza distinta, en una habitación preparada para el sexo a miles de kilómetros de casa, totalmente desnuda y con inicios de excitación en sus mejillas y su respiración… y él a punto de mancillar su delicada joya. Nicole llevó una mano temblorosa a su sexo y se incorporó hasta quedar sentada, su figura era enana frente al negro que estaba arrodillado frente a ella. Cerró sus piernas para protegerse y se cubrió los pechos con las manos, en una actitud de empaquetar la desnudez que antes el negro tenía a su disposición. El acompañante adoptó un tono amenazador, pues llevaba muy mal ese tipo de rebeldía por parte de sus víctimas…

Agarró a la asustada Nicole por el hombro, como para intentar convencerla, pero ella decidió alejarse de él. Se deslizo por las sábanas y alcanzó el filo del colchón, puso sus pies en el frío suelo de madera; antes había sido presa del placer, pero ahora quería intentar salir de allí… Es la desconcertante prudencia que empujaba a la adolescente a proteger su virginidad… Sin embargo, el gran jefe, experto cazador de jovencitas, vio que la chica que intentaba ponerse en pie desnuda y escapar de él, no llegaría lejos.

Nicole sintió un dolor en el tobillo, la zarpa de aquél animal negro la había atrapado y de repente se vio lanzada al aire. De una forma absolutamente salvaje, el negro tumbó a Nicole en la cama usando algo parecido a una llave de artes marciales que su tribu practicaba. La joven se vio desparramada contra las sábanas, boca arriba, sin saber muy bien qué había ocurrido… Ella no tuvo tiempo para reaccionar. El gran jefe, valeroso, raudo y con gran fuerza, separó los bien tallados muslos de aquella preciosidad francesa, los mantuvo bien separados con sus fuertes extremidades superiores e incrustó su cabeza directamente en la entrepierna de la aturdida Nicole. La lengua del gran jefe atacó sin piedad el clítoris de la joven Nicole, mientras sus manos inmovilizaban la pelvis de la joven contra la cama, de forma que Nicole podía medio incorporarse pero no huir de esa trampa sexual… El clítoris de Nicole se había encendido en cuestión de un segundo, transmitiendo a la chica sensaciones de otro mundo desconocido, aceleradas gracias a la pericia inigualable de la lengua del semental negro, que jugaba expertamente con el botón de placer de Nicole, ansiosa y salvajemente como si tuviera una sed terrible tras una larga jornada en la cálida sabana… Una cada vez más excitada Nicole sentía chispas en su interior, una extraña sensación placentera que crecía exponencialmente y que le nublaba los ojos a cada martirio que sufría su clítoris. No tardó el experto domador de vírgenes en atacar sin miedo a la rajita de su joven discípula, en impregnar de saliva aquellos tersos y prietos labios de la vulva que empezaban también a sentirse inquietos ante aquella bestia… El negro se llevó una grata sorpresa al probar los labios más íntimos de Nicole, al reconocer ese sabor a hembra…

Algo del néctar de la jovencita Nicole comenzaba a manar de su entrada virgen…

La lengua del experto cazador se adentró con pericia en el tesoro mejor protegido de Nicole, una lengua fiera y voluminosa, llena de saliva viscosa era la primera invasora de la virginidad de la muchacha. Se movía con velocidad pasmosa pese a la estrechez que marcaban los músculos vaginales de la niña, se iba haciendo sitio dentro de ella, frotando con fuerza sus papilas gustativas contra el epitelio vaginal para arrancar más de esas sensaciones que estaban despertando en aquella chica inexperta. Sufría Nicole, atrapada como estaba en la trampa del negro, quien actuaba como un hombre primitivo de hace millones de años: un ser humano movido por la lujuria, quien atrapaba con fuerza las caderas de su presa y las pegaba a su cabeza, centrado únicamente en comer aquél delicioso sexo intacto que era para él, sólo para él, que nadie le arrebataría… pero no por ello sus ansias disminuían. Excitaba también el clítoris de la joven, que ya empezaba a estar bien florido y sensible a cada uno de los zarpazos de ese animal…

Incapaz de liberarse, Nicole miraba con algo de temor la imagen de esa cabeza tan negra hundida entre sus muslos tan blancos… Pero también temblaba, temblaba porque sentía unas horribles cosquillas en su entrepierna a causa de los latigazos de la lengua de aquella bestia en lo más profundo de su intimidad. Su cara se volvía a enrojecer, sus ojos se entrecerraban y le empezaba a faltar el aire mientras tenía mucha sed, como alguien que está cansadísimo de ejercitarse. Eran sensaciones desconocidas para la jovencísima Nicole, quien de momento parecía liberarse de sus ganas de huir y se hundía más profundamente en el colchón… Su espalda se arqueaba como un junco, las caderas parecían querer besar inconscientemente a la boca de aquél que bebía de ella… De mientras, el negro era bien consciente de que su presa estaba siendo domada, de que su deseo iba a desbordarla dentro de poco y a dejarla bien preparada para su primera penetración; pero seguía imparable acosando la rajita de la extranjera. Cada vez rasgaba más los frágiles músculos internos de su vagina, los lijaba para seguir exprimiendo un flujo cuyo olor se iba intensificando…

Y Nicole, en una nube de placer insospechado para ella horas antes, notó una sensación imparable dentro de ella que no quería reprimir. Algo así como si estuviese a punto de orinarse pero mucho más placentero, como si su sexo cabalgase a sus anchas y llevase a todo el cuerpo con él… El iris azul de sus ojos desapareció entre sus párpados cerrados fuertemente mientras se agarraba a las sábanas con sus puños, y de su tierna boquita salieron gemidos muy intensos. Nicole estaba experimentando un precioso orgasmo que invadió todos los puntos de su erógeno cuerpo y llevó su mente al clímax. En cuestión de segundos la joven profirió un alarido muy alto, producto del placer que la estaba dejando exhausta a la vez que sentía que su entrepierna se mojaba una barbaridad.

El negro recibió con mucho deleite los gritos de placer de la joven francesa, a la vez que veía como esa fresca vagina se llenaba de una corriente generosa de jugos vaginales. Nicole se estaba corriendo abundantemente y el negro chupó parte de ese néctar. También dejó que algunos chorros, mezcla de saliva y placer líquido de Nicole, mojasen las ingles y los muslos de su joven amante.

La jovencita respiraba aún muy profundamente, como intentando reponerse, y estaba sudada y con los ojos cerrados, mientras su coñito brillaba por la cascada que había producido. Una estampa que el negro observó y que subió su libido al máximo. Su momento favorito había llegado.

El negro se arrodilló a los pies de Nicole, que aún seguía sufriendo los estragos de haber sido excitada, y pasó sus manos por sus bellas piernas. Agarrándolas por las rodillas las separó lo suficiente para hacerse sitio entre ellas, dejando los muslos de Nicole bien extendidos para facilitarle el trabajo. La gigantesca polla del negro iba por delante de su cuerpo, bien erecta como un ariete, y apuntaba ya a la vagina depilada de la francesita.

Ella, medio repuesta de su mar de sensaciones placenteras, se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, de la sucesión inevitable de acontecimientos, de que el sexo siempre acaba en penetración… Y se veía tumbada en esa amplia cama, con aquella enorme verga mirándola fijamente…

El negro agarró su polla con su mano, la cual era incapaz de cubrir la extensión del legendario sexo y pareció acercarlo a las piernas de Nicole cada vez más. Iba a metérselo dentro… Nicole recordó cuando su vecina Charlotte, menor que ella, le había contado a Nicole como perdió su virginidad en la playa con un chico árabe a quien no vio más que esa noche… Charlotte había sufrido mucho cuando se la habían introducido en su pequeño coñito, pero Nicole recordaba que su vecina había dibujado con sus manos un miembro masculino que no medía más de la mitad que el que ella tenía en frente de su sexo virgen en esos momentos. Si a Charlotte le dolió tanto aquello… ¿¿¿a ella???

Mientras la mente de Nicole se sumía en comparaciones, el negro posó el oscuro glande de su sexo en la rajita húmeda y enrojecida de la joven, una cabeza circular enrome en comparación con la estrechez de los labios virginales de la ofrenda. La joven sintió el contacto entre los órganos sexuales, la unión más íntima hasta entonces de esos dos cuerpos y se estremeció, el tamaño le obsesionaba… Su cara se estaba tornando hacia el temor pero antes de que eso se plasmase el gran jefe paseó su glande por la vagina, alcanzando el clítoris mojado con saliva y empujándolo suavemente, dando a la niña pequeños suspiros de placer. Ella se fue aclimatando de nuevo, se fue sintiendo gozosa, mientras el grueso tronco negro se restregaba contra los labios cerraditos de la vagina.

Nicole volteó la cabeza y se fijó en que el crucifijo que ella llevaba al cuello estaba en la cama junto a ella. El pensamiento de qué pensarían en su parroquia al enterarse de que estaba siendo ultrajada, era terrorífico para ella, para su fe… Se le vino a la mente la imagen de su abuelo allá en París, siempre atento para con las compañías de Nicole, para preservar el virgo de su nietecita de los pervertidos merodeadores y vecinos. Y ahora, tan lejos, sin poder hacer nada para protegerla…

Pero ella era una mezcla de indecisión y de placer, y el portentoso gran jefe no le dejó elección. Conociendo ya bien el estrechito canal que tenía que abrir por vez primera, abrió los tiernos labios de la niña con sus manos y colocó la punta del glande apuntando hacia su interior y comenzó a forzar la entrada.

Nicole, con las piernas bien abiertas y apoyadas sobre la cama, sentía el escozor que producía ese inmenso glande al penetrar en su entrada sin mancillar, la fricción le estiraba los labios y le perforaba la carne de sus músculos vaginales, aún no acostumbrada al sexo. El musculoso negro entraba poco a poco en la jovencita virginal, disfrutando cada pliegue de su vagina inexperta y las caras de preocupación de Nicole, que escondía sus preciosos ojos azules entre unos párpados temerosos y una respiración jadeante. La lubricación que había sufrido el sexo de la extranjera ayudaba al fuerte negro a introducir su polla mientras apartaba las carnes íntimas a los lados… Nicole sentía como le estaban abriendo, como esa gigantesca polla le estaba marcando una grieta en su interior, se agarraba con miedo con las manos a un mismo lado de la almohada en el cual refugiaba su tierna carita asustada… Eso ponía muchísimo a su follador, sentir la vibración del miedo dentro de la fémina mientras pulsaba el virgo efímero…

Nicole abrió mucho los ojos al sentir cómo la portentosa polla del negro apretaba fuertemente contra su himen. La membranita era gruesa y se oponía a ser desgarrada por tal presión, tal y como decía su informe ginecológico. De la tierna boca de la adolescente salió un grito espantoso, de horror congelado, mientras el cuerpecito virginal se retorcía sobre de las sábanas, mientras la chica a punto de ser desflorada sentía un dolor tremendo producto de la lucha de sus sexos…

El negro, loco de excitación por desvirgar a aquella maravillosa diosa, no podía dejar de empujar para adentrarse más en ese coñito europeo de clase alta. Agarró a la joven por sus frágiles y perfectas caderas e hizo presión con sus manos para meter más su miembro dentro de ella, presionando fuertemente el virgo de la doncella que se estaba estirando en exceso, provocando más y más daño a la preciosa Nicole… Sus preciosos ojos azules como el mar y vertían lágrimas copiosas de dolor y arrepentimiento. Su pequeño sexo no estaba preparado para soportar el calibre de aquella polla que pugnaba por romperle la membrana… Nicole profería tremendos gritos, dado el sufrimiento que suponía tener aquél tronco grueso desgarrando su estrecha vagina.

El bravo desvirgador, el gran jefe, gozando de la vagina temblorosa y nueva de aquella virgen y del tacto de la carne suave de su membrana virginal aplastada contra la punta de su glande, no aguantó más y decidió emprender el más brusco de los ataques concebidos, y agarrando las nalgas de Nicole con fuerza sobrehumana echó su pelvis hacia delante e hizo avanzar su pene rígido dentro de la pequeña vagina, introduciéndolo en gran medida y rompiendo impetuosamente el himen de la adolescente llorosa.

Nicole pegó un brinco y acto seguido el más profundo y desgarrador de sus gritos al sentir su virginidad desgarrada, al notar como un tejido dentro de su intimidad se resquebrajaba y la verga del negro le hería ahora mucho más profundamente… El gran jefe sonrió ampliamente al oír los quejidos de la niña, fruto de la desfloración satisfactoria, mientras introducía la verga hasta el final del sexo estrecho y lo dejó latiendo a las puertas del útero.

Nicole se retorcía viva en la cama, gritando y aporrando el colchón al sentir esa polla descomunal alojada en su interior donde faltaba el sitio, donde sus músculos vaginales se estaban quejando de escozor al ser presionados contra esa barra caliente y donde comenzaba una hemorragia surgida a causa de la rotura inequívoca del himen… El peso del negro asfixiaba a la pobre Nicole y su polla seguía bien clavada al fondo de la vagina recién estrenada, de la que no tenía ninguna gana de salir. Le apasionaba la estrechez del conducto de la adolescente y su cálida y pasional acogida, en contraste con el marcado rictus de dolor reflejado en esa preciosa cara de niña que ya no era por más tiempo pura ni virginal…

El grueso aparato africano deformaba la frágil carne de la niña mimada al reposar en su interior, la dureza del miembro no dejaba a la tierna vulva volver a contraerse. Nicole seguía muy afectada, expresando con llantos el terrible dolor que sentía al haber sido partida en dos por la unión de aquellos sexos tan distintos e incompatibles. Su vaginita estrecha se quejaba de la despiadada invasión de la polla gigantesca de ese negro. Nicole, en respuesta al sufrimiento, intentó hacer que su cuerpo retrocediese, arrastrándose por la cama, buscando la desconexión con aquella verga salvaje de forma que su adolorido coñito pudiese descansar. Pero el gran jefe notó el movimiento de su presa suplicando piedad e intentando tomar un descanso y él no lo permitió: clavó sus zarpas en los hombros de aquella temerosa presa de cuerpo escultural y la empujó contra el colchón, aprisionándola, a la vez que hundía de nuevo su verga hasta desgarrar los últimos restos del virgo de la inocente chica…

La pobre Nicole volvió a sentir un ardor muy desagradable en su juvenil sexo, esta vez era consciente de que algo se estaba vertiendo de su interior… El legendario cazador se paró durante unos segundos a contemplar una corriente fina de color rojizo que estaba manchando la sábana y que era la prueba de la virginidad de su ángel. Le excitaba de sobremanera que sus bellezas exóticas cubriesen su miembro y la ropa de cama con su sangre virgen, le evocaba a una auténtica cacería en la cual él siempre salía vencedor.

Pero quería más.

Abrió todo lo que pudo los muslos sedosos y bien tallados de Nicole para facilitar al máximo las acometidas a su conchita inflamada, y apoyó los brazos cubiertos de vello a ambos lados de los hombros de la mujercita. Nicole asistió desarmada a esa preparación, no podía escapar… Y pensaba que bien tonta había sido ella, antes consintiendo y gimiendo de placer para acabar ahora gimiendo de dolor, lágrimas incluidas. Los ojos azules miraban temerosos las facciones del gran jefe, que se habían tornado más oscuras, casi diabólicas, considerando a la fresca francesita como un mero objeto de ocio. Nicole sintió como su sexo se quejaba pues el negro extraía su pene y la fricción castigaba a sus paredes vaginales. El negro se puso muy cachondo al contemplar lo estrecha que seguía la cavidad de aquella hembra joven tras haber sido desflorada y consideró que bastarían una veintena de empujes rápidos para dejarla bien extendida y relajada…

Tomando a su sumisa esclava con fuerza, comenzó a realizar una serie de movimientos rápidos consistentes en golpear el fondo de la cavidad femenina ya desflorada con la gran cabeza de su gigantesco pene. La batalla implicaba duros impactos de la pelvis de él contra la de ella, con sus cojones oscuros y cargados a reventar de diabólica leche golpeando sin parar las nalgas puras de la francesita. Nicole recibía los embistes con gran sufrimiento, cada golpe en su vagina era como si la destrozasen el sexo a martillazos, no podía reprimir gritos cada vez que la polla abría sus encarnadas paredes vaginales. La joven desvirgada se agarraba con fuerza a la almohada mientras todo su cuerpo botaba al ritmo de las profundas folladas, mientras el tierno sexo ahora desvirgado se estiraba bajo el efecto de la presión de la libido del africano, quien buscaba desgarrar la inexperiencia y estrechez de aquél conducto para follar a la niña más a gusto. El sufrido coñito de Nicole trataba de amoldarse a ese gran pedazo de carne bárbara que hacía estragos a cada penetración.

Tras unas cuantas acometidas el experto mentor sentía con el contorno de su miembro introducido en el coñito cómo estaba logrando la apertura deseada en la anatomía de su sumisa, lo cual permitió que el rozamiento contra la vagina recién estrenada fuese menor y se pudiera deslizar con mayor pericia. Nicole notó como ese hombre que la violaba, quien le había roto el himen que reservaba para una ocasión bien diferente, se sentía ahora mucho más cómodo follándola, era capaz de abrirla mucho más rápido… La vagina maltrecha de Nicole estaba ya prácticamente insensibilizada, cansada del dolor de la fricción entre las carnes, aunque su dueña aún sentía un escozor que le paralizaba la parte inferior del cuerpo, que era completamente poseída por el gran jefe.

El sudor a raudales que despedía el cuerpo de aquél negro mientas practicaba el intenso ejercicio sexual con la jovencita empapaba la habitación y saturaba el olfato de Nicole, mientras la visión de aquél negro follándola y disfrutando a rabiar del goce que supuso desvirgarla no era menos relajante. Sin embargo, el negro, pensando en su compañera de cama y en la continuidad de su relación sexual, la cual duraría varias semanas, puso énfasis en proporcionarle a Nicole sensaciones placenteras como las que había sentido antes de la penetración. Sin variar su nervioso ritmo copulador se acopló aún más al cuerpo de la inocente presa y agarró los jugosos pechos de la niña pijita mientras acoplaba su pelvis a la parte superior del coñito, de forma que estimulase el clítoris con el roce de los cuerpos. Y en pocos segundos, Nicole no se sentía tan abrumada por el hecho de que sus pechos fuesen apretados por aquellas manazas oscuras, sino que sentía que su entrepierna abierta a serruchos de polla africana empezaba a despertar… El frote de sus tetas y el momento en el que eran exprimidos sus pezoncitos se unía a una fricción que estimulaba las zonas más sensibles del sexo reprimido de Nicole. Y el placer así emergía lentamente entre el dolor, en una forma que parecía casi alzarse victorioso.

El salvaje semental cabalgaba a la niña inexperta con mucha habilidad y sin perder un ápice de su fuerza, mientras el pollón negro erecto profundizaba en la suave vagina con ahínco. Y mientras el negro ya sentía una gran cantidad de fervor en la sangre de sus venas, se detuvo a mirar la expresión de Nicole para encontrar, para su sorpresa, algo que avivaría aún más su llama. La joven ya no sollozaba, sino que los únicos ruidos que emitía eran unos gemidos tímidos como los de una gatita, y sus ojos estaban entrecerrados como si disfrutara dentro de un ensueño sensorial. El cuerpo de la joven estaba visiblemente más relajado, con sus piernas más abiertas e incluso la espalda se combaba levemente, como si la francesita quisiera acercar aún más su pelvis a la del macho. El gran jefe vio los gestos inequívocos de que su alumna ya era poseída por el deseo sexual, ya había dejado a un lado el dolor que le producía el aparato genital negro para centrarse en el placer que podía obtener de él. Aprovechó para fundirse con ella en un beso cálido y fogoso, con unión de lenguas incluidas, que la sumisa aceptó muy complaciente. El semental sabía lo importante que era unir los posibles sentimientos románticos de una jovencita inocente mientras le echaba el primer polvo de su vida, sabía que eso incrementaría el placer de la jovencita y la sumisión durante todas las jornadas que quedaban por delante…

Nicole, sin dejar de ser clavada contra el colchón en cada apuñalamiento de ese vigoroso sexo, estaba muy confundida. El poderoso bombeo de la sangre embotaba sus sentidos, y le hacía disfrutar, sin ser responsable de cosas como las que hacía ahora, tales como rodear con sus bellos y gráciles muslos la espalda de su amante o empezar a emitir audibles grititos que seguro que alertarían a las criadas y a las chicas extranjeras… Y la visión de aquella masa humana, de aquél peso presionando su frágil cuerpecito blanco, y de aquél sudor la estaban transformando de una manera que no controlaba. Especialmente la parte más afectada de su cuerpo, además de su mente, era su vagina, que aparentaba haber sido tan exprimida por el roce de ese miembro gigante que comenzaba a soltar un zumito con esencia de Nicole similar al que tuvo con su primer orgasmo.

La humedad del sexo de Nicole estaba aumentando y el negro lo disfrutaba, le encantaba sentir como los fluidos de la joven empezaban a mojar su fiero pene. Casi sin enterarse de cuando llegó, entre los centenares de penetraciones que recibía su tierna vagina, Nicole experimento una profunda sensación de desenfreno mientras su entrepierna llegó al límite de su temperatura y ella sentía como algo soltaba chispas en su interior, como se vertía… Ella pegó un alarido tremendo que llenó la habitación mientras se agarraba al negro de fuertes músculos que la follaba por primera vez, disfrutaba de ese orgasmo tan cristalino que liberó una oleada de fluidos en su sexo que empaparon las ingles y muslos de la joven y parte de las sábanas… El negro, al sentir la manifestación líquida del orgasmo de la joven bañarle el sexo unida a los gritos ardientes que la fémina lanzaba mientras se estaba corriendo, sintió que ya no podría seguir cabalgando a la joven sin que ello no conllevase la inevitable solución final que se almacenaba en sus testículos…

Con ganas de acabar y aún más encendido tras la pasión de Nicole, el negro agarró fuertemente las nalgas de la niña y comenzó una serie de fuertes penetraciones a través del sexo encharcado de la chica. La fluidez era completa debido a la lubricación de la niña pija, cuyos grandes ojos azules miraban con sorpresa al negro mientras salían lentamente del letargo del clímax… Las penetraciones eran violentas de nuevo y Nicole aún sentía algo de dolor, pues pese al placer aquél negro la había desvirgado y ahora estaba chocando su glande muy dolorosamente contra el fondo de su intimidad femenina, de forma impaciente… Nicole sabía y se imaginaba lo que el negro pretendía pero, antes de que pudiera impedir nada, vio como el negro se desataba, como se apareaba con ella como un loco, como quería darle el sexo más duro jamás concebido y cómo su tierna vagina resistía como podía el acoso de su polla.

Eran los últimos segundos antes del final. Los huevos del negro estaban bien hinchados y al enésimo golpe contra las nalgas de la chica decidieron que era hora de liberar su contenido. Tras una penetración mucho más brusca que las anteriores, que dejó la polla bien aparcada en lo más profundo del cuerpo de Nicole, el negro empezó a aullar como si de un ritual se tratase, algo que asustó muchísimo a la niña penetrada, quien también sentía como el sexo duro y grueso del negro estaba increíblemente caliente dentro de ella y latía como si tuviese vida propia mientras le rasgaba la entrada al útero virginal. El negro la tenía bien atrapada entre sus manos y Nicole no podía apartar su cuerpo de él ni siquiera un centímetro, estaba completamente empalada…

Y la explosión de aquél negro salvaje tuvo lugar en el cuerpo de la adolescente. Mientras él no dejaba de gritar y sudar como nunca, la polla se convulsionó y estalló, liberando por la punta grandes chorros continuos de esperma hirviendo que asolaron la vagina de Nicole. Ella chilló al sentir la presión y la temperatura del líquido de macho recorrer sus paredes íntimas, todavía inflamadas por la desvirgación, y sentía como el líquido se amontonaba en su interior, formando una masa muy espesa y cálida que se adentraba en la anatomía fértil de la chica inocente. El grifo no parecía detenerse y Nicole sintió durante un tiempo largo como el negro se vaciaba en ella hasta rellenarla con su poderosa hombría.

Cuando paró, el negro se dejó caer sobre la suave jovencita de grandes pechos y respiró profundamente para deleitarse con el final de su orgasmo. Oleadas de semen habían bañado el interior del cuerpo de la adolescente, un esperma espeso que Nicole sentía inundando su útero. El vigoroso esperma del gran jefe se adentraba en la niña francesa hasta llegar a sus ovarios para fecundarla… La buena salud del semen del semental negro hacía maravillas en las adolescentes fértiles que caían en sus redes, su efectividad era total en cuanto a dejarlas embarazadas.

Mientras, Nicole sabía que corría algún riesgo, pero realmente no le importó mucho. Aún sentía el sexo de su desvirgador dentro de su sexo, ahora parecía perder volumen lentamente. Le gustaba sentir el peso de aquél negro sobre su cuerpecito, le gustaba mucho el olor de su cuerpo y de su raza y lo que ello despertaba en su mente. Eran tantas las sensaciones desconocidas que Nicole había experimentado que su mente no podía asimilarlas y parecía bloqueada. Y como tampoco parecía poder su cuerpo asimilar el cansancio y el dolor de sus partes íntimas, mente y cuerpo decidieron dejar paso a un estado de relajación que sumió a Nicole en una especie de ausencia…

Sus ojos azules miraban el techo…

A todo esto, el gran jefe decidió salir del cuerpo de la jovencita y se tumbó a su lado, mirando a su pieza… Se había follado a una excelente virgen, le había excitado muchísimo y le había dado una generosa cantidad de esperma para complacer a esa vagina. Estaba también contento de haberla ensanchado y haberla hecho suya. Se dispuso pues a yacer a su lado, y al de pocos momentos quedó dormido al lado de la virgen sacrificada.

Pasaron unos instantes en los cuales la paz parecía volver a reinar en aquella habitación del deseo…

Nicole seguía mirando el techo.

Estaba descompuesta, completamente exhausta, aún recobrando la respiración y el pulso que solían ser normales en esa chica tranquila…

La joven se incorporó lentamente, pues sentía un intenso escozor en su pelvis; sin duda, ese miembro negro había sido demasiado grande y grueso para una vagina virginal como la de Nicole. Estaba completamente sudada, si bien entre su sudor también había mucho del negro que se había pegado a su piel de una forma que se fundía con su olor a mujercita.

Sentada en la cama con las piernas abiertas, observó para su horror la gran mancha de sangre que aparecía en la sábana. Aún estaba fresca, recordándole a Nicole que había sido virgen hace unos pocos instantes, recordándole el dolor que le había supuesto la rotura del himen en ese lecho… Se llevó la mano al sexo para descubrir que estaba muy húmedo, mucho más que si hubiese orinado. Apenas reconocía su rajita, pues estaba muy dilatada, como si los labios se hubiesen dado de sí debido al poderoso taladro del gran jefe, rastros de sangre virgen se habían quedado manchado parte de su pubis. Por sus muslos resbalaban chorretones de líquido blanco que ya manchaban también la sábana ensangrentada, salían de lo más profundo de su sexo mancillado… El esperma del gigante negro era viscoso y tenía un olor muy penetrante, a Nicole le sorprendían las propiedades de ese líquido masculino que jamás había visto y que ahora salía de la interioridad de su parte más privada. Dentro de ella, Nicole sentía como el fluido masculino se estaba quedando pegajoso dentro de su feminidad, como si ya estuviese siendo absorbido por el cuerpo de la joven…

Se levantó como pudo, pues sus muslos estaban llenos de agujetas tras el duro ejercicio sexual. Tambaleándose, se dirigió al cuarto de baño contiguo, mientras el semen escapaba pierna abajo desde su concha… Estaba muy débil tras el sexo. En el espejo vio a una Nicole sudorosa, con la cara enrojecida y ojerosa y con el pelo totalmente alborotado: un aspecto desastroso, casi como si la hubiesen violado… pero no se podía considerar así. Examinó su sexo frente al espejo abriéndoselo con los deditos: estaba muy rojo y escocido, el clítoris estaba también rozado y lleno de saliva. Y por los muslos se escurrían rastros de semen y de sangre que salían del interior de esa rajita, y que Nicole aún sentía bullir en su sexo…

Y, sin embargo, mientras el agua de la ducha caía suavemente y arrastraba los fluidos que cubrían las partes íntimas, Nicole pensó que había sido maravilloso. Que pese al dolor inicial y al cansancio, había disfrutado como nunca en su vida, le había encantado su primera experiencia sexual que para nada imaginó así…

Sintió que quería más. Muchísimo más.

De manera que, una vez se hubo duchado, salió del cuarto de baño con una toalla pequeña que no disimulaba las formas de su cuerpo, y miró al gran jefe tendido sobre la cama nupcial, aún dormido.

Nicole, mostrando un valor nunca antes conocidos, despertó al enorme negro tocando suavemente su cara con sus dedos finos. Y cuando él despertó, Nicole también dejó salir de ella una lujuria inédita, haciendo que el dirigiese su atención a cómo ella introducía un dedo entre sus labios vaginales y cómo ponía una cara de niña buena suplicando por su instrumento negro, indicándole qué era lo que deseaba sentir de nuevo en su interior…

Y de esa manera, durante varias semanas, la cópula del gran jefe con Nicole tenía lugar en el cuartel de aquél hombre portentoso. Ocurría a diario, preferentemente al amanecer o con la última luz del día, pero en función de la ocupación y de las grandes ganas sexuales del gigante negro podía tener lugar más veces en el día.

Parecía ya como si él hubiese logrado doblegar a la jovencita Nicole a su voluntad. Las posturas sexuales más variadas se sucedían una tras otra con total consentimiento de ella. Nicole había adquirido una notable habilidad, celebrada por el jefe, para cabalgar su miembro cuando ella se hallaba encima.

Nicole ya se había acostumbrado al grosor y longitud de aquella poderosa masa de carne, era como si su vagina, a fuerza, ya se hubiese adaptado a ella. En ocasiones sentía algo de escozor por las duras estocadas durante el sexo, pero cada vez iban a menos y le importaban poco, ya que con facilidad experimentaba deliciosos orgasmos que hacían que la joven estuviese deseosa durante todo el día, impaciente por ser penetrada de nuevo en cuanto su amante apareciese por la puerta. La pequeña Nicole incluso le había cogido gusto a arreglarse para estar radiante para su amo, algo que nunca pensó que haría…

El denso y caliente semen bañaba a diario el útero de Nicole, por orden prescriptiva. Ya la joven le había cogido el gusto a acoger en lo más profundo de su sexo femenino la semilla blanca cargada de virilidad del gran jefe. Le encantaba la sensación de cómo el esperma escurría por sus pliegues más íntimos y resbalaba por sus muslos, le fascinaba como un hombre tan avanzado podía producir tal cantidad de líquido sexual… Con frecuencia Nicole también recibía el valioso semen en otras partes de su cuerpo: le hacía cosquillas al caer en gotas sobre sus párpados y colgar de sus pestañas balanceándose o le gustaba la sensación de tener sus pechos manchados de leche recién ordeñada…

El culo tan prieto y apetecible de Nicole no tardó en ser estrenado durante los primeros días de lujuria. Recordó Nicole como la propuesta le dio algo de miedo, recordando cómo su virginidad le había escocido enormemente cuando sintió el miembro duro entrar en su prieta vagina. Pero la lujuria llevó al descontrol, y prácticamente fue Nicole quien accedió a ser desvirgada por detrás en medio de una sesión de sexo salvaje con el gran jefe. Aquella polla oscura que Nicole ya conocía bien se colocó entre sus perfectas nalgas y comenzó a entrar, casi sin tener respeto hacia la jovencita. El glande encontró muchas dificultades para introducirse pero lo consiguió gracias a la fuerza del negro y en contra de los gritos de arrepentimiento de la francesita. Nicole sintió cómo le hacía daño al romperle el ano y como la verga entraba más y más en su interior, causándole una gran incomodidad que no aliviaba con sus lágrimas. Sodomizar a la joven fue para el gran jefe un placer inédito, pues su culo estaba mucho más apretado que su conchita cuando era virgen, y disfrutó mucho ensanchando el culo a la joven a base de empujones; eso liberó de nuevo su alma más salvaje. Nicole, quien lo pasaba mal, se dejó también llevar en parte por el morbo de la situación, de que jamás se imaginó teniendo sexo anal con un negro semejante, y hasta ella llegó a disfrutar un poco cuando acabó con el intestino lleno de denso semen africano. No obstante, las penetraciones anales que vinieron en los siguientes meses fueron más placenteras, y Nicole aprendió a sentir gusto incluso sin necesidad de masturbarse mientras la sodomizaban.

Las semanas pasaron muy rápido.

La jovencita no echó mucho de menos el voluntariado para el cual había acudido, la verdad.

Nicole estaba integrada ya con el resto de las extranjeras, desde el momento en el que fue desvirgada fue desplazada a una habitación en el pasillo donde ellas dormían. Nicole se sorprendió cuando se dio cuenta de que el gran jefe se repartía para todas ellas, si bien intentaba dar más prioridad a las nuevas, en este caso a nuestra protagonista. Con frecuencia hablaban del gran jefe y de aquella legendaria polla, de cómo todas ellas eran vírgenes al conocerle y del dolor y del placer de la primera experiencia. Allí aprendió por fin Nicole que la chica japonesa que llegó antes que ella lo pasó muy mal, pues la vagina de las chicas asiáticas es en ocasiones demasiado estrecha para una verga de raza negra y sufrió un tremendo desgarro que hizo que se la tuviesen que llevar a un hospital y de vuelta a casa con una excusa.

También pudo ver cómo crecían las tripas de sus compañeras. La chica nórdica, que ya estaba notablemente embarazada cunado Nicole apareció, fue de las primeras en abandonarlas sin dar muchas explicaciones, y la verdad es que ninguna de las chicas sabía que ocurriría con ellas cuando llevasen varios meses de embarazo. Nicole pudo conocer a dos nuevas chicas, una canadiense rubia y una española de piel morena, que llegaron después de ella, y no les pudo contar nada sobre la casa y el gran jefe hasta después de su iniciación, tal y como había ocurrido con ella.

Oyeron también hablar sobre una receta y sobre que el gran jefe podía estar enfermo, según les contó la chica hindú. Sin embargo, ninguna de ellas quiso creer semejante historia, pues el hombre en el ejercicio sexual era tan apasionado que no podía estar limitado por ninguna condición negativa…

Una noche de las que había acabado de fornicar con el gran negro y él se dirigía a acostarse con la chica española que había llegado hace poco, Nicole tenía dificultades para dormir. Abrió la ventana y se quedó respirando el aire puro de la noche, mientras oía como salían unos gemidos de la habitación de arriba. Sonrió pensando que la chica española, como cualquiera de las que había en esa casa, tenía el mismo deseo sexual que ella, que allí ninguna era una inocente virgen más allá de la primera noche que pasaban con el gran jefe.

No sabía mucho de su familia. De hecho tampoco sabría cuando volvería, ni lo que haría cuando le tocase aparecer de nuevo frente a su familia con aquél regalo…

Nicole dejó que la brisa africana meciese sus cabellos rizados y cerró los ojos. Le gustaba concentrarse así mientras tocaba su vientre, que ya se encontraba ligeramente hinchado gracias a la indudable fertilidad del esperma del negro.

Cómo había cambiado su vida… Se preguntaba si sería una buena mamá.

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Espero que hayan disfrutado el relato tanto como yo disfruté escribiendo. Me encanta recibir emails de mis lectores, así que no duden en escribirme si desean sugerir algo.

Muchas gracias por su tiempo.