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Hola queridos lectores de Pornografo aficionado. Soy Rocío, de Montevideo, Uruguay. Como he comentado en otras ocasiones, mido 1.62 centímetros de estatura. Tengo senos muy insinuantes y un trasero respingón que no me gusta destacarlos pues tengo un papá celoso, de todos modos no me gusta ir de provocativa por la vida, me considero una chica decente que simplemente tuvo la mala fortuna de estar rodeada de degenerados.

Días atrás me había injertado mi primer piercing en la lengua y me anillé el pezón izquierdo por petición de los amigos de mi papá, para que me disfrutaran más. Me hacían su putita y practicaban las guarradas que no pueden con sus señoras, y si bien nunca admití disfrutar de las cerdadas a las que era sometida, la verdad es que en el fondo me calentaba.
Una tarde fui a la casa del jefe de mi papá, el señor López, al terminar mis clases de facultad, pues su esposa y e hija habían salido para veranear en Punta. Me pidió que le hiciera compañía y, como el puesto de trabajo de mi padre apeligra cada vez que rechazaba sus peticiones, no me dejó alternativa. Debo decir que ese maduro parece el ser humano más repugnante que ha pisado la tierra, pero también sabe sacar la puta que hay en mí a base de estimulaciones vaginales fuertísimas y palabras groseras.
Me hizo pasar adentro tras tocar el timbre.
—Buen día señor López –dije lanzando la mochila al suelo de la sala.
—Hola Rocío, te estaba esperando, ¿cómo te fueron las clases?
—¿Quiere saber? –pregunté mientras me quitaba mi vaquero y luego la camisa. En mi vientre se notaba el tatuaje obsceno que me hice para él, y al retirarme el sujetador vio mi pezón anillado.
—La verdad es que no me interesa, solo preguntaba. Menuda putita estás hecha, ven y hazme una mamada –dijo sentándose en su sofá y empezando a sobar su paquete de manera grosera.
—Tenga más modales al hablar. Y por cierto, actualícese, la próxima vez use el Whatsapp, ya nadie envía mensaje de textos –tiré mi tanga a un costado. Me acerqué al sofá y me incliné para besarlo pero él me agarró del cabello y me hizo arrodillar a la fuerza.
—Rocío, tuve un mal día en la oficina y me gustaría descargarme un rato, abre la boca –dijo restregándome contra su bulto.
Vaya maleducado. Desabroché su cinturón para poder acariciar su verga que ya estaba morcillona tras las telas de su ropa interior. Cuando por fin lo saqué con mis dos manos (es enorme el cabrón), me detuve para mirar el montón de venas que parecían iban a estallar.
Empecé a masturbarlo pero él me dio un bofetón que me dejó boquiabierta, vaya maneras de tratar a una chica:
—Pero en dónde tienes tu cabeza, puta. Escupe mi polla si vas a cascármela.
—Cabrón, me voy a vengar –murmuré.
Me acerqué y lancé un cuajo. Mejor dicho, traté de lanzar un cuajo de saliva pero me salió algo pequeño y ridículo. Volví a intentarlo y conseguí escupir algo más decente, y con la punta de mi lengua empecé a restregar la saliva por toda su enorme polla, recorriendo los pliegues de sus venas porque sé que a él le gusta sobremanera que las presione.
Fue justo cuando estaba mamándosela cuando escuché mi móvil, vibrando y sonando en el bolsillo de mi vaquero tirado cerca. Preferí dejarlo allí y seguir succionando la verga del señor López, pero mi maduro amante me ordenó que atendiera la llamada. Le miré cabreada pero sé que no puedo negarme a sus deseos.
Me levanté para retirar el teléfono del bolsillo. Miré la pantallita: se trataba de mi novio, Christian. Dios, qué vergüenza y rabia. Miré con carita de puchero al señor y le pedí que me dejara apagar el móvil.
—Atiende la llamada, niña –ordenó expeliendo su cigarrillo —. Y ven, sigue chupando, cerda.
—Será cabrón, viejo de mierda –le respondí tosiendo un par de veces al oler el humo. Y atendí mientras se la cascaba.
—Hola Chris.
“Rocío, no me llamaste en todo el día, ¿qué te pasa?”
—Perdóooon, estuve muy ocupada, luego te escribo, ¿síii?
“¡No! Es nuestro primer aniversario y no me dijiste ni mú”.
Se me cayó el alma al suelo. Dejé de cascársela al señor inmediatamente, aunque no aparté mi mano de su enorme verga.
—¡Mierda!, mi amor, perdón, estoy con tanto ajetreo que se me pasóooo…
El señor López sonreía, fumaba su cigarrillo y lo expelía en mi rostro para hacerme toser. Quería ponerme en un aprieto mientras hablaba con mi chico. Traté de cortar cuanto antes la llamada:
—Te lo voy a compensar, Christian, no te preocupes…
 “Y bien, ¿te paso a buscar esta noche? ¿O te olvidaste que reservé en el restaurant chino? Ese que tiene la vista al río de la Plata”.
Miré la polla venosa del señor López. Estaba metida en un dilema. Amo a mi novio, me encanta la comida china, río de la Plata me enamora, pero dios santo esa verga venosa era enorme. No todos los días tenía la oportunidad de estar con el jefe de mi papá a solas. Me mordí los labios y volví a cascársela, inclinándome hasta sus velludos huevos. Antes de metérmelos en mi boquita, le aclaré las cosas:
—Tengo que estudiar en casa de Andrea, perdóooon, no sabes cuánto lo lamento…
Me cortó la llamada. Era obvio que se cabreó, pero no pude pensar mucho porque me engullí esos huevos. Sé que es el punto débil de mi amante y se corre rápido si paso mi lengua anillada por esa piel peluda y rugosa. Y mientras  con mi nuevo piercing recorría esa piel tan áspera, el señor López volvió a expeler el humo de su cigarrillo en mi cara:
—Ufff, cabróoon, deje de hacerlo –dije mordisqueando sus huevos.
—¡Ufff! ¿Quién era, Rocío? ¿Tu novio? ¡Ja ja ja!
Tiré el móvil a un costado y miré muy enojada al señor, con ambas manos pajeando su tranca para que se corriera de una puta vez y me dejara en paz.
—No me vuelva a llamar puta, y menos vuelva a tratarme así cuando hablo con mi novio.
—Sigue, Rocío, me voy a llegar pronto –dijo gimiendo horriblemente, como si fuera un caballo.
—Ya era hora, se me entumecen las rodillas señor López.
Tomó un puñado de mi cabello y me folló la boca brutalmente. Me la metió hasta la garganta, me agarró de sorpresa y me costó respirar por unos momentos, quería apartarme pero sé que era imposible, es muy fuerte y cuando se quiere correr lo hace metiéndomela hasta la campanilla para darme toda su leche espesa y caliente, simplemente no hay forma de evitarlo.
Y se corrió, sentí que me iba a ahogar cuando su semen se escurrió incluso por mi nariz. Fue una de las corridas más asquerosas que habré sufrido, era un animal irrespetuoso, grosero y asqueroso. A la vista de todo el mundo era un hombre exitoso, profesional y educado, pero conmigo mostraba su verdadera personalidad.
Poco a poco su polla fue disminuyendo de tamaño y me dediqué a limpiársela a lengüetazos, sin usar mis manos, como le gusta. Cuando por fin quedó impoluta, la guardé tras su ropa interior.
Me senté en su regazo para besar su cuello mientras él me metía mano para poder estimularme. Me acarició la concha húmeda con un par de dedos, restregándolos entre mis calientes e hinchados labios vaginales. Confieso que me gusta cómo lo hace, me frotaba más contra su cuerpo porque si bien me parece el ser humano más detestable que existe, sabe cómo calentarme.
—Mira la TV, Rocío.
Me acomodé para ver mientras él seguía masturbándome. Y abrí los ojos como platos cuando me mostró una película porno en donde una chica estaba de cuatro patas, siendo follada por un labrador. Chillé del susto porque no estoy acostumbrada a ver cosas así, por no decir directamente que ni siquiera sabía que algo así podría ser posible.
—¡Ufff, no me extraña que a usted le gusten estas guarradas! ¡Cambie de canal, uff!
—¿Te gusta lo que ves?
—¡Es un perro, por diossss, cabrón no me muestre eso mientras me tocaaaa!
—¿Quieres que te deje de tocar, Rocío? –y empezó a buscar mi puntito, acariciando, plegando mis carnecitas húmedas con fuerza.
—¡Nooooo, por favor sigueeee… Pero cambia de canaaaal…!
—No es un canal, es una película. ¿Te gusta cómo esa puta se lo monta con el perro?
—Me confunde con su esposa, cabróoooon, yo soy una chica decenteeee…
Y me corrí tan rico, encharqué la mano del señor López mientras me mordía los labios y empuñaba mis manos con fuerza. De reojo veía aquella mujer chillando del placer o del dolor mientras el perro se la metía con violencia. O puede que la mujer chillaba del espanto, porque sé que a mí me asustaría mucho estar montándomelo con un bicho. Encima era un perro grande, a saber cómo la tendría de gruesa.
—Chupa tus jugos, puta –dijo mostrándome su mano.
Me incliné para chuparle sus dedos. Él alejó su mano y se empezó a reír de mí. Lo tomé con mis dos manos y la llevé a mi boquita para pasarle lengua entre sus dedos gruesos, succionando mis jugos. La verdad es que si antes me causaba asco, hoy día le empezaba a tomar el gusto. No se trata del sabor en sí, sino de la situación, la excitación del momento hace que mis flujos y hasta su rancio semen me sepan  agradables.
—Parece que cancelaste tu cita con tu novio porque estás estudiando en la casa de tu amiga, ¡jajaja! Menuda puta eres, Rocío. Vamos a pasarla bien.
—¿Sus colegas vendrán hoy, don López? –pregunté volviéndome para abrazarlo. Vale que lo odio, pero sabe cómo calentarme y al final mi propio cuerpo me traiciona y le pide carne. Y mientras desabotonaba su camisa para besar su peludo pecho, me aclaró las cosas:
—Sí, vendrán al anochecer. Te traerán una sorpresa. Ahora levántate y prepárame un café, marrana. Y limpia un poco la sala, de paso.
—¿Pero qué dice, viejo? ¿Tengo cara de empleada doméstica?
—¿Pensabas que ibas a venir a mi casa para estar como una reina? Reina es mi esposa, princesa es mi hija, tú eres una puta y si quieres estar aquí vas a tener que trabajártelo.
—Madre mía, viejo verde… Si lo hubiera sabido me iba a la cita con mi novio –mentí. Me levanté y recogí mis ropas con la cara enojadísima. A mi hermano y mi papá les hago el favor de prepararles el desayuno, cuando estoy de humor. Y mi casa la limpio una vez a la semana pero porque se trata, justamente, ¡de mi casa!
—¿Qué haces, Rocío?
—Me voy al baño para limpiarme y ponerme mis ropas.
—Nada de eso, si vas a estar aquí, estarás en pelotas. Quiero que estés siempre dispuesta a cualquiera de mis colegas. Quiero que se vea toda la mercancía, que se vean esos tatuajes y piercings.
Estaba entre enojada y caliente, para qué mentir.
—Dígame que está bromeando, señor.
 

—Vamos, prepárame algo y luego limpia la sala. Más vale que todo esté impoluto para cuando vengan mis colegas.

Vaya imbécil. Iba a escupir su maldito café, iba a lanzar el azúcar en el suelo antes de ponérselo en su taza, iba a remojar el pan con el agua del inodoro antes de pasarle mantequilla, pero por dios que no iba a quedarme sin mi venganza.
Se sentó en otro sillón y empezó a ver un canal deportivo.
Casi una hora después, mientras él me felicitaba por tan deliciosa merienda, sus colegas llegaron y vaya que se encargaron de hacerme saber que mi condición sería la de una puta sin muchos derechos. Desnuda como estaba ante esos maduros trajeados, no iba a tener chances.
Estaba limpiando algunos cubiertos del fregadero cuando uno de esos hombres se acercó para darme una fuerte nalgada con la mano abierta. A la fuerza me inclinó sobre dicho fregadero y empezó a restregar groseramente su enorme bulto por mi cola sin que yo pudiera hacer más que retorcerme, pero por suerte sus amigos lo apartaron mientras yo trataba de recuperarme del susto.
—Rocío, después de estos días no vas a poder sentarte por un mes, ¡ja ja ja! –dijo mientras sus amigos le tranquilizaban.
—¡Está locooo, me prometieron que nada de tocarme la cola!
—Basta, Ramiro –dijo uno, era el más guapo de todos los ocho hombres—. Tampoco es plan de matarla a pollazos. Ya saben a lo que hemos venido.
—Perdón, Rocío, es que te vi ahí desnuda y no pude aguantarme.
—Viejo gordo, tengo cuchillo en mano y no dudaré en usarlo.
—¡Ja! Tranquila, niña, es verdad que prometimos que no vamos a tocarte el culo, seguro que aún te duele desde aquella vez en el departamento. Ya habrá momento para reventártelo.
—Ojalá se lo revienten a usted primero, verá qué divertido es que le duela cada vez que se siente o camine.
Se rieron todos. No sé qué de gracioso dije, porque es verdad que días después de haberme ensanchado un poco más el ano, sufrí de lo lindo cada vez que me sentaba o me movía mucho. Subir al bus era directamente una tortura.
Repentinamente vi que uno de los hombres trajo a dos enormes perros mediante sus respectivas correas. Uno era un labrador como el de aquella asquerosa película porno y el otro era un dóberman. Mi primera reacción fue abrazarme al primer hombre que tuviera cerca porque, en serio, los perros me asustan sobre manera. Claro que ellos se la pasaron carcajeando, me dijeron que los trajeron para proteger la casa del señor López.
—Pues amárrenlos afuera, no sé por qué tienen que entrar en la casa… ¡¡¡Y están ensuciando el piso que estuve limpiando!!! –Ya estaba sonando como una madre de familia, la verdad.
El que los trajo los llevó al jardín. Luego se sentaron todos en la sala y me pidieron que me acercara. Fue un auténtico martirio estar desnuda mientras ellos estaban tan relucientes en sus trajes, me hacían sentir como un animal en el extremo más bajo de la cadena, como una perra. Me pasaba de regazo en regazo, me tomaban de la cinturita para contemplar los tatuajes obscenos del cóccix y el vientre que me puse para ellos, me invitaban la cerveza, jugaban con mi pezón anillado o pedían que les besara y que les hiciera sentir el piercing en mi lengua.
Pero como mucho llegaron a meter dedos en mi coño hinchado, yo estaba cachondísima de tanto toque y beso, pero no iba a rogarles para que me follaran, porque insisto, me considero una chica decente. Fue cuando estaba sentada a horcajadas sobre el maduro más apuesto de todos, restregándome y besándole su cuello, cuando el señor López carraspeó y me dijo que encendiera la enorme televisión HD de la sala.
Cabreada, accedí. Ya podrían apretar un puto botón ellos. Me levanté, estaba algo mareada por beber tanto, y le di al “ON”. En la televisión apareció la enorme polla de un maldito dóberman siendo acicalada por una mujer de edad. Chillé del susto, la verdad es que me tomó de sorpresa y apagué el televisor.
—¡Jajajaja!, ¿te asustó, puta?
—¡Vuelve a ponerlo, te va a gustar!
—¡Jamás!
—Vale, ven conmigo Rocío, no les hagas caso –dijo el gordo asqueroso mientras se descorría su bragueta. Sacó su polla gruesa y empezó a sacudirla como un puerco mientras se relamía sus labios.
—Panda de viejos raros –murmuré para arrodillarme ante él.
—Eso es, Rocío, tengo mucha lefa para ti. ¿La quieres?
—No.
—Sí la quieres, venga, chupa, puta.
Me acomodé entre las piernas del gordo para tomar con mis manitos su gruesa tranca. Olía asqueroso.
—Don López, me la quiero follar –dijo inclinándose para acariciar mi teta y jugar con mi pezón anillado.
—No, lo siento Ramiro, ya sabes que debemos aguantar.
No sabía a qué se estaban refiriendo. Pero es verdad que no me habían follado  aún. Me habían acariciado, besado y tocado a gusto, pero lo que era follar: nada. No le presté mucha atención, me dediqué a lo mío. Escupí un cuajo pequeño y se la sacudí para tenerla lubricada. Y mientras comenzaba a meter mi boca para meter la puntita de mi lengua en su uretra, escuché unos sonidos de jadeos provenientes de la televisión. Volvieron a encenderla para ver la maldita película.
—¡Es increíble, amigos, cómo esa chica se lo monta con el perro! –exclamó el señor López.
—Mira cómo lo disfruta.
—Chúpame los huevos, perra –me ordenó el gordo. Levanté el tronco y metí mi boca en esa asquerosa jungla de pelo para succionar una pelota rugosa.
—Rocío, tienes que follar con un perro un día de estos, ¡jajaja!
—Mffff, ¡en la puta vida! –les regañé antes de que el gordo volviera a empujar mi cabeza contra su polla.
El sonido de la película porno estaba al máximo. No podía verlo, no quería de todos modos, pero me resultaba imposible evitar escuchar los jadeos del can y los gemidos de la chica mezclándose con mis sonidos de succión. Era como si ella gozara, pero no podía ser posible, estaba follando con un perrazo, no sé qué clase de puta podría disfrutar con ello. Para colmo podía escuchar cómo los hombres a mi alrededor se la estaban cascando viendo semejante tontería.
El gordo me tomó del cabello y me levantó la cabeza. Tomó de mi mentón y restregó su enorme glande entre mis labios. Abrí la boca para que me la follara y se corriera. Sonando como un cerdo, arrugando su rostro de manera rarísima y fea, depositó toda su leche caliente en mi boca.
Con la nariz y boca chorreando semen, con los ojos casi llorosos, recosté la cabeza en su muslo para pedirle que me dejara en paz. Pero el cabrón me dio un bofetón:
—Súbete, te voy a dar una rica pajita.
—Ufff, quiero ir al bañooo…
—Arriba, vamos, perra.

Me senté sobre él, de espaldas, de modo que podía ver el televisor gigantesco de la sala. Y mientras me metía mano en mi agujerito y buscaba mi puntito con sus dedos, empezó a hablarme groseramente sobre lo muy puta que era por chorrear tanto.

Miré de reojo al jefe de mi papá, fumándose un cigarrillo y filmándome con su móvil mientras los otros se masturbaban viendo la película.
—Rocío, ¿es cierto lo que dice Ramiro? ¿Que eres una perra?
—Uffff… Perra su señora, sinvergüenza…
—¡Jajaja! Mi esposa es una reina, como te dije. Algo remilgada, por eso tú eres nuestra puta, para poder practicar guarrerías contigo.
El gordo era un experto estimulándome la conchita, me tocaba la teta anillada con la otra mano mientras yo me restregaba más y más contra su pollón. No podía evitar ver la maldita televisión, era demasiado grande, era inevitable ver a esa mujer siendo montada por tan asqueroso bicho.
—Hoy no me lavaré la mano, Rocío, así mismo le voy a saludar a tu papá mañana, en la oficina, con los tus jugos resecos, ¡jajaja!
—Diossss… deje de hablarme cuando me tocaaaa… uffff
—¿Eres una perra, Rocío?
—Síiii, lo sooooyyy…  ¿Va a follarme o noooooo? –dije apretando mi conchita contra su polla para que entrara. Solo era cuestión de darle un puto empujoncito, mis grutita quería pollas, no dedos. Con una mano lo tomé y quise metérmela yo por mi propia cuenta, pero él se la apartó para mi martirio.
—No me convenciste, puta, dilo de nuevo.
—Que me folle, viejo, por favoooor, soy una perraaaa, lo admitooo, lo he admitido hace una semana, ¿es que ya sufre usted de pérdida de memoria, maldita sea?
Pero no aguanté más y me corrí como una auténtica cerda. Mejor dicho, perra. Y mientras sus dedos gruesos entraban en mi grutita, no pude despegar mis ojos de la maldita pantalla. El perro se había dejado de mover violentamente, estaba como acoplado a ella, y la mujer tenía una carita de vicio similar a la que yo pongo cuando me corro del gusto.
Aprovechando que yo estaba recuperándome de aquella corrida, el gordo me tomó de la cintura y me guió hasta hacerme acostar boca abajo sobre la mesita del centro de la sala, ubicada entre los sillones y el televisor. Más caliente no podía estar, pensé que por fin me iban a follar y puse mi colita en pompa disimuladamente, no sea que pensaran que iba rogando pollas.
Vino el señor López y agarró un puñado de mi cabello para levantar mi cabeza, de modo que pudiera ver la película obscena muy de cerca.
—Ufff, no quiero veeeer, es asquerosoooo…
—Mira, te vas a ir acostumbrando a ver estas cosas, puta.

Y el gordo aprovechó, se arrodilló detrás de mí y se inclinó para meterme lengua hasta el fondo de mi culo por varios segundos. Berreé como una puta poseída, arqueé mi espalda y mis músculos se tensaron; me corrí otra vez y pensé que me iba a desmayar del gusto.

Vi de reojo, mientras me retorcía, cómo los otros se acercaban para correrse sobre mí. Estaba cansada, jadeaba y me incomodaba mi culo por el beso negro que cada vez era más brutal. La leche tibia caía sobre mi cuerpo, se oían los jadeos y algunos me daban pellizcos. Poco a poco los hombres fueron retirándose de la sala al acabarse sobre mi espalda, y por último el gordo por fin sacó su lengua y me dio una fuerte nalgada que me hizo gritar del dolor.
Se fueron para asearse y a beber en la cocina. Me dejaron allí tirada como una muñeca de trapo repleto de semen. Estaba cansadísima y algo mareada porque no estoy acostumbrada a beber mucho, a duras penas me levanté y me fui a sentarme en el sofá.
Levanté la mirada para terminar de ver la maldita película mientras me limpiaba el semen reseco en mi cara. Era una mezcla de curiosidad, alcohol y calentura. La escena cambió y entraba una jovencita con un bulldog. Me pareció más gracioso que otra cosa, el perro no era tan grande como los otros, a saber cómo lo haría. Vi con asco cómo la joven se puso algo pastoso en su pelada concha para que el animal empezara a lamerle. A la putita le encantaba cómo se la lamía, me imaginé que la lengua de los perros son más grandes y tendrían una textura diferente a la de los humanos, así que sería una experiencia de otro mundo. Luego la montó, y con la ayuda de la chica, pudo penetrarla.
Sin darme cuenta, me había visto toda la maldita escena. Y peor aún, tenía dos dedos entrando y estimulando mi grutita. Me levanté asustada. No podía ser verdad lo que me pasaba, tal vez era cosa del alcohol. Una chica decente no se toca viendo una película así de pervertida.
El señor López volvió:
—Ya se fueron mis colegas. Antes de bañarte quiero les des de comer a los perros.
—Ya es de noche, señor, quiero ir al baño, por favoooor…
—Son buenos, no te preocupes. Luego date una ducha y vente a mi habitación, quiero quitarte algunas fotos –me expelió de nuevo el humo de su cigarro.
—Ufff, hace frío afuera, quiero mis ropas.
—No hace frío, eres una niñata consentida que no quiere hacer nada productivo.
—Y usted un pervertido doble cara, con su señora, su hija y hasta con mi papá se muestra como un caballero. Pero yo lo conozco muy bien. Ojalá se tropiece rumbo a su habitación y se muera, viejo de mierda.
—¡Jajajaja! Menos ladrar y más trabajar, perra. El plato para los animales está afuera, la comida está en la cocina.
Y se fue a su habitación. No era precisamente como pensé que las cosas iban a desarrollarse cuando me dijo que íbamos a pasar la tarde y noche juntos.
Fui al jardín para busca el plato. No duró ni dos segundos en mis manos pues la lancé detrás de unos plantas. No soy la empleada particular de nadie, ni mucho menos de un degenerado. Muy para mi sorpresa, se apareció el labrador con el plato en su boca. Me causó gracia, la verdad, quise quitársela pero él forcejeó y me caí al suelo.
—Chucho malo, necesito que lo lleves lejos.
Ahí estaba yo, tirada sobre el gramado con una sonrisa de niña loca. Desnuda, sudada, algo borracha, calientey tras haberme visto un montón escenas de sexo entre mujeres y perros. Frente a mí estaba ese bicho asqueroso que por algún motivo movía la colita con emoción. No pude evitarlo, miré de reojo su polla para tratar de calcular cómo sería su tamaño a tope.
Me puse de cuatro patas, atajándole la cabeza con una mano, inclinándome para verlo mejor. No iba a tocarlo, no iba a ponerme a follar con él, soy una chica decente, simplemente tenía curiosidad. Fue cuando estaba admirando sus partes cuando sentí una lengua fría, húmeda y de textura rugosa recorriéndome desde mi coño hasta mi culo.
Gemí como cerda y arqueé la espalda. Supe inmediatamente que era el dóberman. Me tambaleé porque me agarró de sorpresa. Como aún estaba de cuatro patas, aprovechó y se subió sobre mí; mis ojos se abrieron como platos, me zarandeé pero el cabrón se ceñía muy bien a mi cintura. Fue cuando sentí lo que parecía ser la punta de su nabo golpeando mi cola cuando se me erizó toda la piel. Grité por ayuda mientras el perro trataba violentamente de metérmela, chillé para que el señor López me viniera a rescatar. Estaba a merced por ser una perra curiosa.
Mientras él estaba dándolo todo por penetrarme, vino el señor López. Pensé que me iba a rescatar pero cuando le miré, vi con toda la rabia del mundo que el cabrón estaba filmándome con su móvil, sonriendo como un malnacido:
—¡Se-señor López… sáquelo de encimaaaaa!
—Jajajaja, Rocío, no te va a follar, necesita que le ayudes a entrar. No te preocupes, se lo mostraré a los colegas, esto es divertido…
—¡Imbéciiiiiil, ojalá arda en el infiernoooo! –grité sintiendo una y otra y otra vez la punta tibia de su sexo golpeándose intermitentemente en las caras internas de mis muslos, a veces tocando ligeramente mis labios vaginales.
—Deja que se corra en tus muslos, perra.
—¡Noooo, me está lastimando la espaldaaaaa!
No pude aguantar la fuerz de sus embestidas, mis brazos cedieron y me caí. Seguí zarandeándome para librarme pero era imposible, el dóberman seguía dándole con todo aunque no podía ensartármela.
—Ya, ya, suficiente, no es para ponerse así, Rocío.
Me separó del can y salí corriendo hacia la sala. Me acaricié la espalda, el infeliz me dejó un par de rajas rojizas que ardían. Estaba cabreada, estaba nerviosa y me sentía humillada pues fui sometida por un perro frente a mi maduro amante
—¿Te gustó, Rocío? –me preguntó entrando a la sala.
—No pienso volver a ese jardín, les van a dar de comer su puta madre, su puta esposa y su puta hija, pero yo no pienso volver allí, CABRÓOOON.
—¡Bah! Ya estoy cansado de ti, niñata. Báñate, ponte tus ropas y vete a tomar por viento.
—Imbécil, ¡no sabe cuánto lo odio!
—Si vas a venir mañana será mejor que cambies tu actitud, Rocío.
—Cree que volveré después de cómo me ha tratado. ¡A tomar por viento usted!
Cogí mis ropas y me vestí, prefería bañarme en mi casa porque no iba a aguantar ni un segundo más en ese lugar. El hombre ni me acompañó, ni se despidió y ni mucho menos se ofreció para llevarme a casa, dejándome en claro qué tipo de persona es.
Más tarde, ya de vuelta en mi hogar, apenas logré conciliar el sueño. Me puse una cremita en la espalda antes de dormir; me la pasé quejándome toda la noche sobre lo atrevido que fue el señor y sobre todo, lo bruto que fue el dóberman conmigo.
Al día siguiente, en medio de mis clases, vi con una sonrisa que el señor López me envió su primer mensaje de Whatsapp. Me sorprendió un poco, se estaba modernizando por mí, parecía que en el fondo tenía en cuenta mis sugerencias y quería agradarme. Pensé que tal vez bajo esa personalidad de macho alfa de mierda se escondía un hombre interesante.
“Hola Rocío. Instalé el Whatsapp solo por ti. Discúlpame por lo de anoche”.
Le respondí un escueto “OK” pero realmente estaba sonriendo. Me envió otro mensaje un poquito después. Se trataba de un video. Suelo sentarme en el fondo de la clase con mis amigas así que no me preocupaba que alguien me pillara. Me acomodé y le di al “play”.
Se me cayó el alma al suelo. Era el video en donde su dóberman me sometía. Era asqueroso, el perro muy bravo y excitado haciéndome su putita. Yo tenía una cara de vicio, los ojitos decían que estaba asustada, mi boquita abierta de la sorpresa, mi cabello con algo de semen se desparramaba al ritmo de los vaivenes.
Me molestó muchísimo. Me envió otro mensaje que ponía “¿Te espero esta tarde?”. Le respondí “NUNCA MÁS”.
Mi novio no me hacía caso pese a mis llamadas, me evitaba en el campus y yo realmente tenía ganas de desfogarme pues todo el día anterior fui brutalmente estimulada por los colegas de mi papá, pero sin ser follada. Básicamente: no aguanté.  Al terminar las clases volví a la casa del señor López y toqué el timbre con la excusa de que no quería que despidiera a mi padre; se puso feliz al verme y me volvió a pedir que me quitara las ropas y las dejara en la entrada de la sala.
Me guió hasta su baño y me ordenó que me apoyara contra la pared, que pusiera mi colita en pompa. Utilizando solo su dedo corazón, me folló el culo mientras que con la otra mano me estimulaba el coño. La cola no me dolía tanto, me limité a morderme los labios para aguantar la pequeña molestia que sentía. De vez en cuando me pedía que hiciera presión a su dedo, cosa que no sabía cómo hacer. Me dijo que más adelante iba a aprender para cuando debutara por detrás.
Al verme toda colorada y sudada, sacó sus dedos y me dio un sonoro guantazo a la cola que me hizo gritar de sorpresa. Salió del baño para encender su cigarrillo, y me ordenó que lo acompañara hasta el jardín. Bastante confundida, lo seguí hasta salir afuera.
—Rocío, dale de comer a mis perros.
—Uffff, señor por qué me está dejando a mediasssss… por favor termine lo que estaba haciendo —protesté tomando de su mano para besar sus dedos.
—Lo siento Rocío, tal vez luego. No me hagas repetir una orden dos veces.
Antes de que volviera a oponerme, me aclaró que les ató en una esquina para que ninguno de los animales se pasara conmigo, pues es verdad que eran perros grandes y fuertes, y me sería imposible escaparme si me atrapaban.
Así pues, desnuda y caliente, cargué la comida en dos platos enormes para los animales. Me arrodillé frente a ellos para acercarles, y de paso miré las pollas de esos perros para rememorar las películas porno. El dóberman estaba excitado, me quería comer como la otra noche, se le notaba la verga bastante tiesa.
—Eres un salido, bicho –le susurré riéndome, pero no me atrevía a tocarle, simplemente estaba allí, arrodillada frente a ellos y curioseando.
Al terminar de comer los dos animales, el señor López me devolvió las ropas y me dio un par de películas para que las viera en mi casa. Le dije que quería quedarme más tiempo con él pero respondió que estaría muy ocupado pues tenía una reunión de emergencia con sus colegas. Le respondí que podía acompañarlo pero me insistió que no era el momento adecuado.
En mi casa, tras estudiar y cenar, me dirigí a mi habitación y puse el seguro de mi puerta. Puse la primera película que tenía el rótulo “Zoofilia”. No sabía qué era eso, pero el “Zoo” me estaba causando una ligera sospecha que confirmé al darle al “Play”: era otra de esas escenas de mierda con perros y mujeres. No duró dos segundos en mi reproductor. Puse la otra que no tenía rótulo: Eran dos chicas besándose. No me gustan las mujeres pero me pareció interesante verlo. Lastimosamente, al rato entró un negro con dos perros en escena. Y apagué el televisor.
Con rabia traté de conciliar el sueño. Entre que don López me dejó caliente de tanto meterme mano, mi novio que no me hacía caso, entre los dos perros del señor que me ponían nerviosa y las películas de temática bizarra que vi, me dormí y tuve sueños demasiado raros.
 

Me veía a mí misma con los ojos vendados, siendo follada por el dóberman de manera brutal. Me arañaba la espalda y los costados mientras los malditos amigos de mi papá estaban alrededor bebiendo y riéndose. Don López sujetaba de la correa a su labrador, que esperaba su turno. Una y otra y otra vez el sueño se repetía.

Me desperté toda sudada y traté de tranquilizarme. “Soy una chica decente, las chicas decentes no soñamos esas cosas” me decía una y otra vez.
En la facultad no podía pensar con claridad. En plena clase, el señor López me volvió a enviar otro video.
Lamentablemente resultó ser otra escena de zoofilia. Quise continuar escuchando al profesor, pero era demasiado aburrido. Volví a mirar el video, me acomodé en mi asiento y terminé de ver los cinco minutos en donde una rubia era vilmente sometida por un gran danés. La puta pareció gozarlo bastante, seguro que si ponía el volumen se la podía escuchar cómo chillaba de placer.
No aguanté más. Era demasiado, estaba calentísima. Ya había visto tantas veces que me estaba acostumbrando. Mi mente estaba pudriéndose, por dios, me levanté y pedí permiso para ir al baño, la concha se me estaba haciendo agua.
Me metí en un cubículo, bajé mi vaquero y me senté sobre la tapa del váter. Puse el móvil sobre mi regazo y volví a poner el video. Me toqué la teta anillada con una mano y metí dos dedos en mi coño con la otra, mientras admiraba esa mierda de escena pixelada.
Me corrí y repetí la misma operación una última vez. Me volví a correr más fuerte y casi grité con tres dedos entrando en mi grutita encharcada. Era oficial: me había convertido en la más puta de todo Uruguay. Me calentaba viendo videos de perros follando chicas. Y lo peor es que quería ver más y más.
Me recosté un rato tratando de asimilar la situación. No sabía si llorar o volver a mirar el video por tercera vez. El móvil vibró pues el señor López me envió otro mensaje. “Ojalá sea otro video” rogué para mis adentros. Pero era solo texto y decía:
“Rocío, estoy en la oficina con mucho trabajo. Te ruego que vayas a mi casa y le des de comer a los perros. La llave la dejé bajo la alfombra de la puerta de entrada”.
Dios santo. Iba a estar a solas con esos bichos. Con una mano acariciándome mi húmedo coño, le respondí lentamente con la otra:
“No soy su empleada, pero lo haré solo porque no soportaría que esos perros pasen hambre”.
Dos horas después, terminadas las clases, estaba frente a la casa de mi amante. Abrí la puerta y entré. Maquinalmente me quité las ropas porque estaba acostumbrada a hacerlo. Me reí de mí misma, no había necesidad de desnudarme si no estaba nadie en casa.
No obstante, decidí quitarme las ropas. Puse mis ropas sobre el sofá y allí comprobé que seguía mojadísima. Fui a la cocina y saqué la bolsa con la comida para perros con un par de platos grandes. Salí al jardín toda emocionada, allí estaban los dos bichos, encadenados. A esa altura ya me conocían, movía la cola el labrador, el dóberman me daba pena porque apenas tenía colita pero la sacudía con muchas ganas.
—Vino mamita, chicos  –dije sonriendo. Me arrodillé frente a ellos y les acerqué los platos repletos.
El dóberman, el más salido de los dos, empezaba a ponerse duro. Al parecer quería montarme de nuevo. Dios mío, era idéntico al perro de uno de los videos. Empecé a meterme dedos y masturbarme frente a ellos. Dejaron de comer y empezaron a mirarme con curiosidad, noté que incluso al labrador se la estaba poniendo dura; ambos querían venir hasta donde yo me retorcía pero sus cadenas eran cortas.
Me puse de cuatro y empecé a estimularme fuertísimo. Les miraba de reojo, mis ojos empezaron a humedecerse. Babeaba como una perrita, viendo a esos dos animales deseándome, queriendo montarme y hacerme su perrita como en las películas.
Me volví a correr por tercera vez en todo el día, chillé como cerda frente a ellos. Se les veía en los ojitos: querían darme carne de la buena, y yo quería recibirla porque aparentemente los humanos no querían dármela. Pero no me atrevería jamás a dejarme montar por un perro, por favor, pero como fantasía aplacaba mis ansias.
Mi conchita estaba hirviendo, hinchadísima, mis pezones estaban paraditos, se me hacía agua la boca todo el rato, era una auténtica locura, mi cuerpo me pedía que me dejara follar por cualquiera de los dos animales pero mi mente aún era muy fuerte y luchaba por la poca dignidad que tenía.
“Soy una chica decente, soy una chica decente, soy una chica decente, por diossss” –me decía mientras me volvía a meter dedos, mirando esos dos cipotes anhelantes.
Estuve tirada allí sobre el césped, jadeando, tras haberme corrido por lo menos una vez más. Pasaron los minutos y decidí volver adentro de la casa para darme una ducha. Cuando terminé de hacerme con mis ropas, le escribí al señor López:
“¿Va a volver pronto, señor? Ya alimenté a sus perros.”
“Gracias Rocío, eres mi princesa, pero no llegaré temprano. Ve a tu a casa, mañana te escribo”.
Otra vez tratándome tan bien. Si es que cuando se pone las pilas es todo un amor. Cogí mi mochila y me retiré de la casa esperando que mi cuerpo dejara de pedirme sexo con perros.
De nuevo en mi hogar, intenté estudiar en la sala. No podía. Veía mis apuntes y no podía concentrarme. Fui de nuevo a mi habitación para escuchar música o ver la televisión. Pero terminé viendo las películas que me dejó el señor López.
“Soy una chica decente” –me repetía una y otra vez mientras ponía la película en el reproductor. Terminé viéndolas dos veces cada una, de vez en cuando ponía las escenas a mitad de velocidad para percatarme de todos los detalles como los rostros de esas mujeres y los embates más fuertes de los animales.
Y al dormir volví a tener más sueños guarros pero que ya no parecían incomodarme tanto; soñaba que el labrador me hacía su putita en mi habitación. Mi papá y mi hermano miraban desde la puerta gritándome lo muy puta que era por dejarme montar. Cuando el perro se corrió, entraron a mi habitación con un montón de perros listos para follarme.
Al día siguiente, de nuevo en clases, recibí otro mensaje del señor López. Cuando lo leí se me cayó el mundo y casi me desmayé:
“Rocío, tengo cámaras en la casa y en el jardín. Vi lo que hiciste ayer frente a mis perros, puta. Bueno, mis colegas también lo están viendo”.
Mi móvil cayó al suelo y rápidamente lo recogí. Estaba temblando, estaba mareada, quería morirme, quería que la tierra me tragase. Una amiga me preguntó si me encontraba bien pero su voz parecía tan lejana. Me recuperé y le escribí:
“No es lo que cree, don López”.
“No pasa nada. Hoy iremos yo y don Ramiro para buscarte a la salida de tus clases.”
Casi me desfallecí en  plena sesión de estudios. Me critiqué. Toda la culpa la tuve yo. Por burra, por tonta, por ser una calentona. Por ser una perra. Mis amigas notaron que me había vuelto un fantasma en vida, no les hacía caso, a veces miraba al techo y me reía silenciosamente y sin razón. Era más que oficial: mi cerebro estaba podrido.
Cuando terminamos las clases, me fui a la salida y vi venir un lujoso coche. Era el gordo de don Ramiro y el señor López.  Yo estaba ida, como fuera de mí, ya no me importaba lo que mis amigas y compañeros pensaran de mí al verme subir en ese auto con dos hombres maduros. Me acosté en el asiento trasero para tratar de calmar el mareo. Y arrancaron el coche con rumbo desconocido.
—Hola putita.
—Hola señores –dije aminorada.
—¿No nos vas a mandar a la mierda como usualmente sueles hacer?
—Estoy cansada, quiero irme a casa.
—Pues va a ser que no. Vamos a una veterinaria para comprar un par de cosas.
—¿Qué? ¿Qué van a comprar?
—Jajaja, ya verás. Tenemos un buen par de sorpresas para ti.
Me recuperé poco a poco durante el viaje. Me senté adecuadamente y traté de asimilar mi nueva situación: los compañeros de mi papá y su jefe me vieron masturbarme frente a dos perros en el jardín. Vieron cómo me corrí al menos dos veces. Por dios, no había forma humana de asimilarlo…
Llegamos a la veterinaria, nos bajamos los tres. Entramos y el señor López le dijo a la encargada:
—Buenas tardes, mi hija aquí –dijo tomándome del brazo—. Ella quiere comprar unas fundas para las patitas de sus dos perros.
Imaginaba por dónde iban los tiros. Me convertí en una chica autista, fuera del mundo, estaba como drogada y la señora me miraba raro.
—Ejem…  Bueno, tienes detrás de mí un montón de colores para elegir. ¿Cuál quieres, jovencita?
—Elige, Rocío. ¿Cuál crees que le quedará mejor al dóberman?
—Al… al dóberman –me imaginé al bicho montándome duro en el jardín —. El rojo.
—¿Y para el labrador? –preguntó don Ramiro.
—Ese… me gusta el negro –mi concha estaba chorreando. El labrador haciéndome su puta en la sala.
—Pues nos los llevamos. Rocío, son tus perros, por lo tanto gastarás tu dinero. Paga.
—¿Quéeee? –me desperté de mi mundo de sueños zoofílico.
 

La dependienta se rio de mí. Con la cara enfadada pagué las malditas fundas mientras me decía para mí misma que seguía siendo una chica decente.

De nuevo en la casa de don López, me desnudé al entrar. Ambos hombres se sentaron en el sofá y me invitaron a colocarme entre ellos. Me empezaron a tocar el coño y tetas mientras me ordenaban que les masturbara con una mano a cada polla. En tanto que  uno me chupaba el cuello y el otro me metía su lengua hasta el fondo de la boca para calentarme, oí al dóberman ladrar en el jardín.
—¿Estás caliente, puta?
—Sí, dios santo, estoy que me muerooooo…
—¿Quieres polla, no, putita?
—Mi novio no me habla, ustedes solo me meten mano, claro que quiero vergas jodeeeer –dije apretando ambas trancas con fuerza.
—¡Auch, Rocío, cuidado que vas a arrancarlas!
—Pues si eso es lo que hace falta, cabrones, lo voy a hacer.
—¡Jajaja! Parece que volviste. Bueno, ya es hora. Estás a tope. Ve al jardín y elige un perro.
—¿Elegir? ¿Para qué voy a elegir uno?
—Pues para ponerle las fundas.
—¿Y… para qué voy a ponerle las fundas?
—No te hagas de la que no entiende, puta. Te di una orden, ve y elige un perro. Tráelo de la cadena.
—Perdón, se-señor López.
Me levanté. Temblaba y me sentía fuera de mí. Era la hora. Salí al jardín y me arrodillé frente a los dos bichos. El dóberman parecía muy feliz de verme. Era el más salido pero probablemente el más fuerte, me iba a matar si no sabía cómo domarlo. El labrador parecía más tranquilo y me convenía, pero era el del cipote un poquito más pequeño.
Entré de nuevo en la sala trayendo de la cadena al perro elegido.
—¡Trajiste al dóberman! Toma, ponle las fundas a las patitas.
Los hombres atajaron al animal mientras yo me arrodillaba para ponérselas. Tras un martirio que me pareció durar horas y horas, mirando de reojo la polla rosada palpitante del dóberman, logré forrar sus cuatro patas.
—Señor López, tengo miedo –dije al atarle la última fundita. Le tomé de las manos y le miré con carita de puchero.
—Esto es lo que te mereces por puta y salida. Quieres estar con los perros, pues estarás con ellos.
—Pero no quita el hecho de que tenga miedooooo….
Se sentó en su sofá y me dijo que me acercara a él a cuatro patas, como una perra. Al llegar, me senté en el suelo sobre mis talones, acomodándome entre sus piernas. Saqué su polla sin que me lo pidiera y empecé a chupar el tronco, recorriendo sus enormes venas con mi lengua.
—Rocío, solo estábamos probándote. No vas a follar con el perro –dijo acariciándome el cabello—. Vas a practicar primero. Deja que te monte, no te va a penetrar a menos que lo ayudes. Queremos ver primero si eres capaz de soportar su peso, su fuerza. Iremos paso a paso.
Sonó el timbre. Don Ramiro fue a abrir pues se trataba de los compañeros de mi papá, que vinieron a ver cómo “la hija de Javier” se lo montaba con un perro. Cuando entraron, la sala se llenó de insultos, me decían guarradas, me tocaban el culo pero yo no podía pensar con claridad, tan solo me limitaba a mamársela a don López.
—Sigue, puta, pronto tendrás toda mi lefa –ordenó don López –. Amigos, traigan al dóberman.
Me asusté un montón, el momento estaba llegando, dios santo.
 —Rocío, ¿quién te dijo que dejaras de mamar, puta?
—Diossss… perdón, don López –dije engullendo su cipote.
—Sujétate de mis piernas, puta, el perro es fuerte. Ya lo sabes.
—¿Me ayudarán si me lastima? En serio estoy que me muero de miedoooo…
—Como sigas hablando te ato afuera y te dejamos a tu suerte con los perros.
—Perdóoon, no hablo más, perdóoon –metí la puntita de mi lengua en su abertura uretral para tranquilizarlo, no es divertido cuando don López se enoja.
Escuché cómo traían al perro detrás de mí. Saqué mi boca de su tranca y abracé la cintura del señor, pegándome contra su pelvis, sintiendo su polla palpitando entre mis senos. Creo que le di pena porque normalmente me diría que soy una tonta y que me iban a dar lo mío, pero me acarició el cabello:
—Pues parece que sí tienes miedo. Joder, me vas a dar pena y todo, marrana. Mira, si quieres, pararemos con esto y lo dejaremos para otro día. ¿Qué dices?
Le miré a los ojos. Podía frenarlo; pero ya era tarde. Mi cabeza estaba podrida, mi coñito estaba que ardía. Ellos me vieron, sabían mi naturaleza de puta pese a que no lo admitía nunca.
—Quiero hacerlo, don López.
—¿Segura, quieres que te folle el dóberman?
—Síiiii –dije volviendo para chupar su enorme pija.
—Te jodes, Rocío, no te va a follar, te dije que vamos a ir paso a paso. Hoy una montada, nada de penetración, para ir cogiendo ritmo. El día que te folle tendremos que higienizar al can, consultar con un experto o algo, no quiero que te lastimes permanentemente.
E inmediatamente sentí al perro abrazándome la cinturita. Se me erizó toda la piel, sentí algo riquísimo en mi vientre, como un pequeño orgasmo expandiéndose por el cuerpo. Puse mi colita en pompa y sentí esa carnecita tibia golpeando mi cola y a veces mis muslos, balanceándose y humedeciéndome.
Empezó a iniciar su vaivén. Su carne me daba como pequeños azotes, yo me inclinaba más para sentirlo mientras mi boca seguía engullendo el pollón del señor López. Él agarró un puñado de mi cabello y me levantó la cara:
—Quiero que te filmen el rostro mientras te monta.
En la TV de alta definición podía verme a mí misma, al dóberman tratando de entrar en mí y a mis amantes masturbándose a mi alrededor. A don López se la sacudía con mis dos manos, tratando de aguantarme los embates fuertes  del animal, tratando de disfrutar de esa película de zoofilia tan obscena en donde yo era la puta principal.
Se me hizo agua la concha como nunca e hice un esfuerzo para estimularme el clítoris con una mano mientras la otra se aferraba al pollón venoso del señor López. Era demasiado delicioso, solo faltaba que me la insertara, que su bulbo se expandiera dentro de mi coño y que me hiciera su puta, que  se corriera dentro y nos quedáramos abotonados toda la noche.
—Don López, quiero que me la metaaaaa… diosss míooooo….
—Qué puta eres, la mierda, menudo putón parió tu madre… —dijo don López, corriéndose en mi boca. Nunca se llegó tan rápido, imagino que le excitaba verme sometida por un perro. Fue brutal, me la metió hasta la campanilla nuevamente haciendo que saliera semen por la nariz, la sacó y me salpicó un ojo, cegándome, pero no me importaba, quería más así que apreté su pollón y succioné con fuerza para extraer las últimas gotitas.
Me volvió a levantar la cabeza para hablarme:
—¿Te está gustando?
—Mfffff… Síiiiii… si tan solo me follara sería lo más ricoooo…
—Qué puta es la nena –dijo un señor que se masturbaba.
—La hija de Javier está salida, me la voy a llevar a mi casa el próximo finde, joder –dijo otro.
—Te voy a llevar yo a mi mansión, ramera, voy a contratar un par de travelos para que te cosan a pollazos –amenazó el gordo.
—Pues yo tengo un perro en casa, ¿quieres estar con mi can, puta?
—Síiii, señoooor, y quiero que este perro se corra en mí como en las películasssss, diossss, don López por favoooorrrr…
—¿Lo están grabando? ¡No puedo creer que la hija de Javier esté diciendo estas cochinadas!
—Lo estamos grabando todo, jaja, venga don López, que la folle de una vez, ¡todos queremos verlo!
Llevé mi mano bajo mi vientre para agarrar esa maldita polla.  Estaba cansada de sentirla golpeándose, dándome azotes a mis carnes. La quería tomar, quería que me la metiera como a esas putas de las películas. Porque vale, lo confieso: soy una puta, una perra que necesitaba ser calmada. Pero rápidamente se acercaron para sacar mi mano de allí, a la fuerza. Don López carcajeó, me dio un zurrón en la cabeza y sentenció:
—Estás loca. Te dije que hoy no follas con el perro, hay cosas que aún tenemos que averiguar –metió su dedo corazón en mi boca. La chupé con fuerza, estaba cabreadísima y de la rabia di un mordisco.
—¡Auch! Tranquila Rocío, joder, ya tendrás tu oportunidad, lo hacemos por tu bien.
El perro empezó a ser más violento. Estaba que no podía contener sus enviones, se habían vuelto tan fuerte que tuve que atajarme de las piernas de mi amante. Era obvio que se estaba por correr y me tenía como loca el hecho que no iba a penetrarme, por eso en un último intento puse mi colita en pompa tratando de que me la ensartara sin que ellos se dieran cuenta, pero simplemente no había forma de que me la metiera.
Empezó a correrse, a lanzar gotitas que se pegaron en mi cola y en la cara interna de mis muslos. Todo dios empezaba a llegarse también, y yo en cambio tenía el coño chorreando como nunca en mi vida, rogando carne, sin poder terminar la faena.
El perro se salió de encima e inmediatamente metió su hocico para comerme la concha. Luego vi en la TV que el gordo se acercó y me separó las nalgas groseramente. En el momento que me quejaba por su forma brusca, el perro ladeó su cabeza para repasarme el culo.
—Ufffff… no puede ser tan ricoooooo… —abracé de nuevo a don López, que si no me caía.
—¿Te gusta que el dóberman te coma el culo, niña?
—Qué gustazoooo me voy a moriiiirrr… Por favor traigan al otrooooo….
—¡Qué puta es la nena!
—Cuando te haga probar mi polla vas a olvidar a los perros, cerda.
Mientras su lengua se ensañaba con mi culo, volví a estimularme el clítoris para correrme. Fue muy rico pero no era lo mismo, realmente deseaba ser penetrada por el dóberman.
Pocos minutos después, con mi cuerpo exhausto, reposando la cabeza sobre el bulto del señor López, el perro dejó de comerme las carnecitas y se fue de la sala mientras yo estaba tratando de respirar bien pues la lefa de mi amante me tapó las vías nasales.
—¿Podemos… practicar con el labrador, don López? –pregunté sumisa.
—Suficiente con los perros por hoy, Rocío, ¿no ves cómo pusiste a mis colegas? Deja de pensar tanto en ti, niñata.
—Perdón, don López –dije chupando sus huevos a modo de disculpas.
—Ufff, ve a limpiarte, guarra, cuando vuelvas te vamos a dar carne hasta que veas pollas en vez de estrellas, ¡jajaja!
—Uffff… Sí, señor, pero por favor por el culo no me hagan nada…
—No sé, no sé, ya veremos. Al menos con los dedos te quiero follar ese culito, puerca.
Don López me tomó del mentón y me metió su lengua hasta el fondo. Casi vomité del asco, más que nada por su horrible aliento a cigarrillo. Pronto sentí la mano de otro tío, agarrándome de la quijada para que abriera la boca, pensé que me iba a escupir o alguna cerdada similar, pero en realidad me dio de tomar algo muy fuerte que me quemó la garganta.
Entre dos hombres me levantaron y me llevaron de los brazos al baño, para limpiarme con manguera, esponja y jabón. Yo me dejaba hacer sin poner resistencia, estaba ida, tratando de asimilar mi nueva condición de perra. Escuchaba cómo comentaban lo cerda que me había vuelto, me hacían ver las escenas con el dóberman que filmaron con sus móviles, escuchaba cómo le rogaba para que el bicho me penetrara. Mi cerebro estaba oficialmente podrido, pero no me importaba.
Cuando terminaron de bañarme, me vendaron los ojos con un paño negro y me apresaron las manos tras la espalda con lo que pensé serían esposas.
—Venga, suficiente descanso, vamos a darte lo tuyo, putita.
—Por favor, señores, no tan duro como la última veeeezzzz…
De brazos me llevaron con rumbo desconocido. Tal vez a la sala, tal vez a la habitación de don López o al sótano. Pero sí sabía que no iba a salir de ahí durante un buen rato y que mi noche recién había comenzado. Pero ya podrían desfilar todas las pollas del mundo frente a mí, yo solo podía pensar en esos dos perros.
“Soy una chica decente” dije al aire, con mi sonrisa repleta de semen mientras esos maduros me llevaban a algún lugar de la casa para darme una tunda de pollazos que no olvidaría nunca. Me lo merecía, por burra, por tonta, por ser una calentona. Por ser una perra. Por estar convirtiéndome poco a poco en la putita de un dóberman, por estar deseando ser montada también con el labrador.
No sabía dónde estaba, pero me hicieron arrodillar. No quería quitarme la venda ni las esposas, me calentaba sobremanera no saber quién tocaba, quién metía dedos, lengua y polla. Sentía a varios hombres a mi alrededor. Se oía cómo quitaban fotos, cómo se pajeaban en mi honor.
—Te voy a preñar, puta –dijo alguien, dándome latigazos en la mejillas con su tranca.
—Pues yo te voy a reventar el culo, me importa una mierda lo que te prometimos.
—Joder, aguántense las ganas, maldita sea, el culo no lo tocaremos. ¿Quién trajo los condones?
—Seguro que todavía estás pensando en ese puto perro, Rocío.
—Pero si yo soy una chica decente – les dije sumisa, ida, fuera de mí, antes de que una larga y gruesa polla me callara por el resto de la noche.
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Gracias por leerme, queridos lectores de pornografo aficionado. Si les gustó, escribiré cómo terminé concretando por fin la faena con los bichitos estos. Si no les gustó, pues perdón, lo escribí con mucha ilusión.
Un besito,
Rocío.
 
 
 
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