Los médicos estamos acostumbrados, para bien o para mal, a lidiar con la muerte. En el hospital, día a día, noche tras noche, nuestras experiencias terminan transformándonos no en seres inhumanos pero sí en personas más metódicas, calculadoras. Menos emotivas. Porque las emociones conspiran contra esa serenidad necesaria en nosotros. Cuando comencé mis prácticas a los veinticuatro años, veía a un paciente y tendía a ver números, informes, imágenes y exámenes complementarios a su alrededor antes que a una persona. Hacía que todo se me hiciera más llevadero.
Pero todo dio un vuelco cuando conocí a una mujer en una fría tarde en el jardín del hospital. Estaba agotado tras una jornada larga en la sala de pediatría oncológica. Había una pequeña niña ingresada, Anita, que me encandiló con su actitud altanera, sus chispeantes ojos y su sonrisa pícara; siempre conversadora, siempre dialogando conmigo sobre noticias del mundo del fútbol, por más raro que pareciera en una chica. Como yo era el más joven en la sala, me solía reclamar para que me sentara al lado de su cama y la escuchara por largo rato.
Mi supervisora me decía, aguantándose una carcajada, que aquello también era parte de las prácticas.
Pero me jodía tocar la manita de alguien que no había vivido ni un tercio de lo que yo, ver esa inocente sonrisa, casi desconocedora de que había algo dentro de ella que de un día para otro nos la arrebataría. Me tocaba tanto la moral, se me querían destruir los números, informes e imágenes que forjé a su alrededor, que cuando la niña se ponía a dormir debía salir sí o sí a respirar aire puro en el jardín. Era mi terapia diaria para tratar de armarme de valor, de reconstruir mi muralla y volver con todo al rodeo.
Así que un día de esos, sentado en el banquillo, intentando asimilar todo ese vendaval de emociones, tratando de aparentar el hombre que aún no era, se sentó a mi lado una mujer. Y cuando la miré… ¿para qué voy a mentir? Era, por dios, la mujer más hermosa que jamás había visto. ¿Qué? Lo digo en serio. O sea, no era de ese tipo de mujer con el cuerpo tallado tras horas, días, semanas, meses, años y siglos en un gimnasio, que viste provocativa y se remoja los labios todo el rato. No.
Y no es que la cursilería fluya en mí, pero por dios, recuerdo que cuando la vi, todo dentro de mí se resquebrajó: mis números, mis informes, mis reportes, mis exámenes médicos, todo mi murallón fue partido; vaya usted a saber por qué, tal vez por estar emocionalmente destrozado o simplemente porque el café de aquella mañana tenía leche cortada.
Así que allí estaba ella, mirándome, sonriéndome, irradiada por el sol. Preciosa y larga cabellera rojiza, ojos verdes, pecosa; labios finos pero carnosos que esbozaban una pequeña sonrisa de hoyuelos atractivos. Se retiró un mechón de pelo viendo mi cara de idiota. 
—Siempre te veo aquí —dijo risueña—, todo abatido por cinco minutos, hasta que de repente te sacudes la cabeza, te levantas y vuelves a entrar.
Pero yo nunca la había visto. Y me sentía el hombre (¿muchacho?) más imbécil del mundo por no haberla notado entre el gentío, los médicos, los pétalos de flores del jardín que levantaban vuelo e iban y venían erráticos por el lugar. Veía todo eso pero nunca la había notado.
—Eso de sacudir la cabeza me asusta, chico, la verdad… Así que te traje esto.
Me acercó una flor liliácea de cinco pétalos alargados. Era parte de las flores que solían adornar el jardín. La tomé sin saber qué decir pero adentro de mi cabeza las cosas se revolucionaban: “Di algo, por el amor de Cristo, que seguro me cree mudo ya”.
—Te veo y más o menos entiendo lo que acarrea tu trabajo, chico. Esta es una flor conocida como “Malva”, y significa… bueno, básicamente, significa “Sé cuánto sufres”.
Entonces, los engranajes de mi cabeza empezaron a funcionar por fin en el momento que tomé del tallo. Soy lento, sí. Seis veces más lento que el promedio. Donde todos caminan, yo avanzo a saltitos ingrávidos, como si estuviera en la Luna.
—Gracias. Y… lamento haberte asustado, lo de sacudir la cabeza antes de levantarme es una manía que me la voy a sacar.
—A mí me parece gracioso. ¿Eres doctor?
—Practicante médico. ¿Y tú qué haces por aquí?
—Yo… vengo a menudo para ver a alguien especial. A veces, antes de retirarme, me detengo a ver el jardín. No sé quién es la encargada, pero te digo que sabe muy bien cómo hacer contrastes con los colores de las flores. Mira las orquídeas, los claveles, las rosas, los gladiolos… ¡Y las magnolias allí! Es realmente precioso, ¿no crees?
—Bueno —dije mirando el montón de flores agolpados, ese estallido de colores sobre el verde brillante del césped. Realmente yo no tenía ni puta idea de qué me estaba hablando. Para mí eran un montón de flores, bonitas, sí, pero para ella había una obra de arte cuidadosamente gestada—. Sabes un montón sobre flores…
—Tengo que hacerlo. Administro una florería, a dos cuadras de aquí nada más. Se llama “El Jardín”. Si un día quieres regalarle algo distinto a la novia, pásate un rato para comprar algún ramo, ¿sí?
Y se levantó para irse, llevando su cartera sobre el hombro, sacudiendo su cabellera. Solo un pensamiento asomaba. Podía sumirme en un caos mental; pensar en mi siguiente turno, o en mirar el mensaje vibrante que entraba en mi móvil, o incluso en qué frase podría haberle dicho para causar una mejor impresión. Pero nada de eso se me cruzó por la cabeza. Los hombres maquinamos distinto. Yo maquino en la Luna, para variar: 
“Tengo que verla otra vez…”.
A la mañana siguiente fui para charlar con Anita, era mi día de descanso pero aproveché para hacer algo productivo que no fuera ver televisión en un departamento pasado por tres tornados. La niña aún no sabía de la sorpresa que le había preparado: entré a la sala con un balón de fútbol que compré de venida, y tras previo permiso de mi supervisora, que no supe por qué motivos estaba bastante de mal humor, la llevé afuera, hacia el estacionamiento. La idea era jugar a los penales mientras discutíamos de por qué el rendimiento de nuestra selección de fútbol había caído tanto en picado.
Se le iluminaron los ojos y su sonrisa no amilanó en todo el día. Anita era muy buena pateadora y yo pésimo portero. Nuestra improvisada portería era solo la pared del edificio, mientras que los postes lo marcaban un par de pequeñas grietas. No había travesaño.
—Hoy es el cumpleaños de Natalia, ¿no es ella tu supervisora, Pablo? —preguntó preparando el balón en el suelo.
—No me digas. Eso explica esa cara que me ha puesto esta mañana. 
—¡Claro! Está enojada porque ninguno de sus alumnos le ha felicitado.
—¿Debería comprarle algo?
—Tú veras. ¡Allá va!
El remate de Anita terminó por estrellarse en el lado equivocado de la pared. Festejó un gol pese a haberlo fallado. Se lo reclamé. Me lo discutió porque “fue al ángulo”. ¿De qué ángulo hablaba, por Dios? Desistí porque sé que discutir con ella es un caso perdido.
Volvió a rematar cuando la pelota se acercó botando hacia ella. Ese remate sí que fue potente… para alguien de su edad. Pero demasiado elevado. Casi tocó la ventana de una habitación del segundo piso, de hecho. Abrimos los ojos como platos, todo tensos, aunque no pasó a mayores.
—¡La mandaste a la Luna, enana! 
—¡Ufa!… ¡Fue altísimo! En fin… vaya golazo, ¿no?
—Creo que necesitamos una portería de verdad —me reí.
—Oye, Pablo, ¿alguien mandó alguna vez una pelota a la Luna?
—¿Eh? Claro que n… Sí, hubo varios. Roberto Baggio, Sergio Ramos, ¡montones! Pero no es algo que se pueda conseguir con facilidad, así que no vuelvas a intentarlo porque no te va a salir.
Noté, mientras el balón botaba de vuelta hacia ella, que la pelirroja del otro día estaba pasando cerca del estacionamiento. Me miró de reojo y me saludó brevemente. Ni siquiera me di cuenta que Anita ya se estaba preparando para mandar un balonazo directo a mi cara. Nunca supe si fue su intención o solo un acto cruel del destino para hacerme quedar más idiota.
Minutos después, cuando se me pasó el entumecimiento, Anita se acercó abrazando su balón. Levantando la mirada al cielo, me dijo:
—Oye, Pablo… practicaré todos los días para mandarla a la Luna.
—¿En serio? No tiene sentido practicar fútbol para eso…
—Pues lo voy a hacer porque me dijiste que no es fácil.
Anita es muy inteligente aunque a veces no lo aparente. Hay sabiduría en sus palabras. Además supo que yo realmente no estaba del todo con ella; me lanzó el balón con sus manos y se rio de mí cuando en un acto reflejo la atrapé. O bien pudo haberse reído por la marca roja que me dejó en la nariz debido al balonazo que me había propinado.  
—¡Pablo! ¿Estás pensando en esa señora?
—¿Qué señora?
—Hmm… No te hagas. ¡Si está vieja para ti!
—¿¡Qué dices!? No estaba pensando en ella —mentí—. De todos modos, Anita, está difícil la cuestión con ella, ¿no crees?
—Eres tonto por lo que se ve. Si te dije que voy a mandarla a la Luna, lo voy a hacer, por más complicado que sea —señaló el cielo con su índice, sonriéndome. En ese momento se me estaba cayendo la quijada al suelo porque Anita me estaba asustando con esa mezcla rara de niñerías y madurez en su hablar—. Así que yo te pregunto a ti, Pablo… ¿tú también quieres ir a la Luna?
1. ¡Vamos a ir a la Luna! ¡Vamos a ir a la Luna, no porque sea una empresa fácil, sino porque es una difícil! (John F. Kennedy)
En la recepción del local “El Jardín”, una joven de largo pelo castaño y cara aniñada parecía estar metida en algún chat telefónico conforme masticaba un chicle. Carraspeé. Ella seguía inmutable, siempre fija en su móvil.  
—Disculpa —decidí tamborilear el mostrador—. Necesito ayuda.
Levantó la mirada un momento. Sin dejar de escribirle al novio o amiga, me señaló con su mentón un extremo de la tienda, allí donde el sol se colaba por entre las letras de la publicidad en la vidriera, allí donde las largas macetas de barro sobre los estantes lucían repletas de flores de varios colores.
—Habla con Susana, ella te va a atender —hizo un globo con la goma y lo reventó—. Estoy de descanso.
Avancé como pude entre los floreros que colgaban del techo y las macetas que entorpecían mi andar. De espaldas a mí, una mujer parecía hacer algún tipo de manualidad con las flores. Larga cabellera rojiza que caía lisa hasta media espalda, terminando en rulos. Llevaba un vestido blanco, largo. Se enmarcaba una cintura ancha pero atractiva. “Se llama Susana”, pensé. “Es un buen comienzo”.
—Disculpa, ¿Susana?
—Ah, ¿sí? —se giró. Allí cayeron de nuevo todos esos dogmas que forjé a mi alrededor—. ¡Mira quién ha venido! Chico, ¿estás aquí por un ramo para la novia?
—Dios santo…
—¿Qué te pasa?
Era preciosa. Un ángel. Se desbocaba el corazón; me estaba quedando de nuevo como el idiota que no quería proyectarle. Me di una zurra interna para despertarme.
—Susana, tengo un problema.
—¿Problema? Ah, ¿qué pasa con la novia?
—No, no hay novia. Me acabo de enterar que hoy cumple años mi supervisora… Mira, me he olvidado…
—¡Ja! Estás en problemas. ¿Y piensas regalarle flores?
—Nunca he regalado flores. Como dijiste que tu local estaba cerca, pensé en pasar…
Sin dejar de sonreír avanzó hasta un grupo de flores moradas para sacarlas de sus macetas. Limpiaba los tallos y de vez en cuando los medía con la mirada, antes de pasarle tijera. Las nivelaba.
—Tranquilo, te haré un ramo rápido. ¿Ya hablaste con ella?
—Sí, antes de venir aquí… Bueno, simplemente dijo que no pasaba nada. Que no había problemas, que tenía mucho trabajo y que hablaríamos luego.
—¡Pues tienes problemas, te digo!
—Lo sé. Espero que ese ramo funcione.
Tomó luego ramas verdes y fue incrustándolas entre las flores lilas y blancas que había tomado. “Lentisco”, como más tarde lo sabría. Todo lo iba incorporando hábilmente en su puño. Mejor dicho, entre dos dedos. Recortaba los tallos bajo su mano, que formaban una espiral.
—Bueno, hago ramos, chico, no milagros.  
Pasó una cinta gruesa para sujetarlas por la parte superior del tallo, y con un papel de seda color plata, las enrolló y me entregó el ramo de flores más pomposo que haya visto.
—Estas flores moradas se las conoce como Áster. Ideales para pedir perdón. Las flores rosadas son las azaleas, que significa aprecio. Y… estas blancas con fondo amarillo son narcisos. Estas son de mi parte: significa “Buena suerte”. Porque, chico, la vas a necesitar.
—Gracias. Espero que le guste… Por cierto, me llamo Pablo.
—Encantada. Paga a Paola antes de salir, es mi hija. Si te ha ayudado el ramo, espero que vengas a por más.
—Palabra, Susana.
Un par de horas después volví a la tienda. Solo estaba la joven, sentada en donde siempre, absorta en su chat. Levantó la mirada para verme y al instante volver a sus asuntos.
—No aceptamos devoluciones —contestó secamente.
—No he venido por una devolución. He venido para agradecer a tu madre.
—Pues se lo diré. Adiós.
—¿Tratas a toda la clientela así?
Resopló. Yo también.
—Si quieres hablar con ella, fue a la plaza en frente. La vas a ver rápido, está cerca de la fuente de agua, fue para ponerle nenúfares. 
—¿En serio? Mira, ¿me puedes ayudar un poco? Quiero otro ramo. ¿Tú sabes hacer un ramo?
Volvió a levantar la mirada. Oscura ya. Tragué saliva; la hija era aterradora.
—¿Quieres regalarle un ramo de flores a mi mamá?
—¿Hay un problema con eso?
—Yo sé que ella es muy bonita. Pero te cuento que no eres el primero que va tras ella, ni serás el último en ser rechazado. Eso sí, nadie ha cometido la estupidez de regalarle un ramo de flores a una florista.
—¿Pero qué te hace pensar que quiero algo con tu madre? —No, en serio. Primero Anita, ahora la hija. ¿Qué carajo estaba haciendo para llevar mis intenciones tatuadas en la frente?
—Y encima andas con novia y todo, buscando a una mujer mayor… ¿No te da vergüenza?
—¿¡Qué novia!? ¿¡En serio tratas a todos los clientes así!?
—¿Y para quién era el ramo que querías? ¡A los pervertidos los trato así!
—¡Escucha, solo quiero un ramo de flores para agradecerle el detalle que tuvo conmigo!
—¡Ya! ¿Por qué no elijes uno de los que ya está hecho?
La plaza estaba a rebosar de gente. Hombres de oficina, estudiantes, vendedores ambulantes; toda una amalgama de personas dispersas y disfrutando del cielo naranja del atardecer. La mujer estaba sentada en un banquillo cerca de la fuente de agua, no tardé en ubicarla.
Dio un pequeño respingo cuando me senté a su lado. Tal vez no me reconoció y se asustó. No la culpé, solo nos habíamos visto por contados minutos en toda nuestra vida.  
—Mi supervisora está chapada a la antigua, Susana, tu ramo me salvó la tarde —sonreí, acercándole un ramo repleto de flores púrpuras—. Tu hija me ha dicho que estas significan “Gracias”.
La mujer me reconoció y echó a reírse. Era preciosa. Un ángel. Y yo un idiota por regalarle flores a una florista.
—No, los crisantemos no quieren decir eso. Pero gracias.
—… Pues vaya con la hija, al menos debería saber algo del negocio…
—Oh, no te creas. Ella sabe y bastante. Y sabe perfectamente lo que significan los crisantemos en un ramo. Pero muchas gracias por el gesto, Pablo.
—¿Qué… qué significan entonces?
No pudo responderme porque blanqueó los ojos y pareció tambalearse. Cuando le pregunté qué le sucedía tampoco contestó. “¿Los crisantemos exorcizan demonios o qué?”. Eso sí, peligrosamente iba a caerse del banquillo así que la sujeté.
—Ehm… ¿Susana?
Miré para todos lados de la plaza; el gentío no se daba por enterado que esa mujer había caído en mis brazos. Literalmente hablando. Me levanté cargándola. Su cartera rodó por el suelo; brazos y piernas colgaban. Mis números, reportes y exámenes comenzaron a erigirse a mi alrededor. A forjarse para poder entender qué le estaba sucediendo. No había dado muestras de dolor, no había tosido, no hubo señales de vértigo. ¿Pudo ser algo de origen neurológico? ¿Tal vez un problema cardiovascular? ¿Arritmia?
—¡Chico, hay un motel aquí a tres cuadras! —gritó un hombre entre risas.
—¿¡No te da vergüenza!? ¡Podría ser tu madre! —gritó otro.  
—¿¡Qué dices, cabrón!? ¡Se ha desmayado! ¡Una ambulancia, por Dios!
2. Houston, tenemos un problema (Jim Lovell, Apolo 13)
La neurofibrosarcoma schwannoma es un tipo de cáncer de los cientos que vas a encontrar cuando paseas por los pasillos de un hospital como el mío. Es similar al que tiene Anita, peligrosamente cerca del corazón, aunque con variantes. Y era lo que Susana tenía, aunque en la columna vertebral. Deduje entonces que ella no iba al hospital para ver a alguien especial, salvo que “especial” sea el oncólogo. Como yo estaba en el primer año de mis prácticas, me tocaba el departamento onco-hematológico de la sala pediátrica, no la de adultos, razón por la cual nunca la había visto durante sus chequeos de rutina.
Y allí estaba yo, un día después de su desmayo, tratando de entablar conversación con su hija en la sala de espera. Sin móvil en mano parecía más bonita. Pero estaba nerviosa en su asiento, no paraba de tamborilear sus rodillas.
—Paola, ¿desde hace cuánto que tu mamá lo sabe? El tumor… 
—Un año, o casi un año. Lo de los desmayos parecía cosa del pasado tras las sesiones de quimioterapia, pero esto me preocupa un montón. Dios… No lo digas muy alto, Pablo —dijo mordiéndose el labio inferior, mueca preocupada—, pero me alegra que hayas estado allí.
—No pasa nada. Ahora, ¿qué significan las flores de crisantemo?
—¡Ah! ¿No deberías volver a tu trabajo?
—Estoy en mi trabajo. Respóndeme.
—Los crisantemos… Mira, mi mamá hace rato dejó de interesarse en una relación, así que por tu bien te conviene no inmiscuirte. Además —me miró de abajo para arriba—. ¡Creo que tienes mi edad!
—No respondiste mi pregunta. ¿Qué significan los crisantemos?
—¡Qué pesado con el tema! ¿Por qué no te vas a dar un paseo?
—¿¡Así tratas a quien ha salvado a tu madre!?  
—¡Uf, dios! ¡Significa: “No habrá más que amistad”! ¡Pisa tierra, chico!
Era una patochada. Sí, y me eché a reír de la situación ridícula y también para quitarme toda la tensión acumulada de esos días. Al principio la hija no desistía su ceño serio, pero luego esbozó una sonrisa al ver que su madre se estaba acercando a nosotros. Mi cara de idiota otra vez. Mis dogmas al suelo nuevamente.
—Me ha dicho el doctor Guerra —dijo ella, corriendo un mechón de pelo—, que un practicante ha estado muy activo en sus ratos libres, apurando, estudiando y consultando mis resultados.
—Ah, eso. El doctor Guerra no es mi supervisor, pero me sentía en deuda, Susana. Además tu hija se veía muy preocupada.
—Ya veo. Entonces fuiste tú quien dejó ese bonito ramo de crisantemos en la mesita de apoyo, a mi lado, con una nota que decía: “No sé lo que significan, pero no puede ser tan malo”.
—Dios…. —suspiró la hija, blanqueando los ojos.
Y Susana dijo algo que simplemente me volvió a destruir hasta las raíces.
—Bueno, Pablo, parece que quien está en deuda ahora soy yo. Así que estuve pensando, ¿te gustaría venir a cenar en casa?
No me salía la voz. Y para colmo ella sonriéndome con toda la dulzura del mund… de la luna. Me dio un beso en la mejilla para despedirse mientras me decía algo más. No pude escucharla muy claro, solo oía un lejano eco que parecía decirme “Mañana a las ocho”. Su hija, boquiabierta, se levantó y le tocó la frente:
—Paola, ¿me estás tomando la temperatura?
—Obvio, mamá —achinó los ojos—, algo tiene que estar mal si es que lo estás invitando a casa.
La joven la tomó del brazo para llevarla a la salida prácticamente a marchas forzadas. Mi mente, lenta como siempre, solo podía maquinar algo mientras ambas desaparecían entre los visitantes y personal médico. 
Felicidad.
—Pablo, vayamos a jugar a los penales, ya le pedí permiso a Natalia y dijo que sí —Anita, frente a mí, me sacó de mis adentros. Hacía botar su pelota con las manos.
—Anita… Supongo que sí, ¡vamos!
—Por cierto, esa señora pelirroja dijo algo muy gracioso mientras se iba con su hija. Primero, la hija dijo que no entendía por qué invitaba a alguien como tú. Bueno, ella dijo “idiota”, pero lo adorné para que no te sintieras mal.
—¿Eh? ¿Las escuchaste?
—Las seguí, mejor dicho. Para escucharlas.
—No deberías haber hecho eso.
—Pero lo hice, Pablo —se mordió la lengua—. La mamá le respondió: “Mal pensada como siempre, hija. ¿Sabías que nunca nadie me ha regalado flores? La gente cree que por ser florista no las necesito”.
—…
—Parece que ya estamos rumbo a la Luna, Pablo.  
Felicidad.
3. ¡Tenemos despegue perfecto, Houston, hemos despejado la torre!
En invierno, las flores de los árboles de lapacho adquieren colores muy peculiares. Rosadas, blancas y hasta amarillas. Pomposos como son, parecen gigantescos ramos que adornan las calles y plazas. Durante esa noche centelleante, Susana y yo nos encontrábamos caminando por el paseo de esos árboles tan peculiares; el empedrado realmente era pintoresco con todas esas flores revoloteando a nuestro paso.
—Lamento mucho la actitud de Paola. Es muy sobreprotectora. Renunció a sus estudios desde el momento que me diagnosticaron el cáncer y se dedicó a atender tanto a mí como a mi negocio. Cabezona como es, no le pude convencer de hacer lo contrario.
La cena en su casa había sido algo incómoda con la hija haciéndome preguntas cuyas respuestas solo buscaban hacernos ver la enorme diferencia que había entre su madre y yo. Veintisiete años, para ser exactos. Así que la cita continuó afuera con una caminata amena para hablar de trivialidades; cuando me tocó contarle de mis estudios, no me quedó más remedio que hablar de mi paciente preferida durante mis prácticas.
—Anita vive día a día sabiendo que la operación a la que se va a someter no le asegura ningún éxito. Sus posibilidades son escasas, menos del treinta por ciento, pero nunca la he visto llorando, al contrario, cada día la noto más feliz. Creo que es porque sus remates están mejorando…
—Qué brava, creo que la he visto por la sala de radiología alguna que otra vez, abrazando una pelota de fútbol tal osito de peluche. Ojalá yo tuviera esa actitud, sé que las posibilidades de mi operación también son muy escasas —y dejó de caminar, mirando al cielo que cabrilleaba—. Yo me limité a dedicarme completamente a mi florería para paliar un poco esta… incógnita de no saber cuándo me tocará a mí. Cada uno reacciona diferente ante la muerte, ¿no crees? Yo lo hago así, haciendo ramos, forjando tallos a mi alrededor para esconderme. Prefiero no llorar ni hacer llorar a nadie si me toca partir, no sé si me entiendes. Entonces tiendo a cerrarme mucho…  —dijo antes de sentarse en un banco al costado del camino.
—Conmigo no te cerraste, oye —me senté a su lado, recibiendo una sonrisa tímida de su parte.  
 


—Ah, pero tú eres caso aparte, Pablo. Te vi a ti en esa especie de ritual en el jardín del hospital, sufriendo la presencia constante de la muerte, ¿no es así? Es la misma presencia que yo sufro, por eso reconocí tu mirada, esos ojos tuyos son idénticos a los míos, salvo el color, ¡ja! Así que… te regalé esa flor de malva para que sepas que hay gente que te entiende. Yo te entiendo, Pablo, yo también sufro.    
Fue un golazo. A mí, en solo dos meses de prácticas, ya me había tocado experimentar la muerte de más de una quincena de pacientes. Así que, suspirando largo y tendido, le comenté cómo es mi mundo. Cómo aprendí a reaccionar ante la amenaza ineludible de la muerte que pasea sin cesar por los pasillos del hospital.
—Ya veo, Pablo. Así que somos dos personas que parece que se están deshumanizando ante la muerte. Pero mira, heme aquí en una… ¿cita? Impensable para mí. Pero estoy aquí porque te agradezco la intención de ese ramo que me regalaste, agradezco tu preocupación por mí cuando me internaron en el hospital, es algo que solo he notado en mi niña. Esos detalles… pues es muy bonito sentirlo de vuelta de otra persona.
Era increíble. Podríamos estar toda la noche hablando entre el revoloteo intenso de las flores de los árboles de lapacho y el centellear de las estrellas. Los miedos a perder nuestra humanidad y preferir la soledad, la angustia constante que acuchillaba nuestra felicidad, el odio visceral a esa negritud sin forma ni límites donde parecíamos estar abocados. Eso es algo que no lo separa los veintisiete años de diferencia que había entre nosotros.
Entonces, pasaron las horas, cruzó la Luna tras un árbol, y ambos seguíamos encontrando más palabras para expresar ese aquello que ignorábamos pero buscábamos día a día. Palabras para confesar que ambos queríamos encontrar algo que nos volviera a realizarnos como personas.  
—Pablo, siempre es bueno compartir con alguien que no solo entiende sino que vive lo mismo que yo, hace que todo se haga llevadero —dijo mirándome, empuñando sus manos sobre su regazo y mordiéndose los labios en pose tímida—. Escúchame, ¿te importaría salir juntos en otra ocasión?
—…
—¿Pablo?
4- Es un pequeño paso para el hombre… (Neil Armstrong, Apolo 11)
Entonces pasábamos más tiempo juntos. Luego de terminar mis turnos en el hospital, era casi obligatorio ir a “El Jardín” para ayudarle como pudiera, pues la clientela aumentaba al acercarse días festivos. Jamás en la vida pensé que aprendería a hacer ramos, crear contrastes y hasta, más o menos, comprender el significado que encierra cada flor. A veces me salían auténticas obras de arte… pero la mayoría de las veces terminaba arruinándolo. Y todo sería ideal si tan solo la hija no dejara de mandarme mensajes amenazantes a mi móvil desde la recepción (“Pisa tierra, cabrón”), pues no quería discutir en voz alta con su madre presente.
Se hacía usual que yo y Susana charláramos en un rincón de la florería, lejos de la recepción donde su hija, oculta entre los floreros y macetas que colgaban a lo largo y ancho del local, se dedicaba a chatear compulsivamente o atender a los clientes.
—Mañana es el cumpleaños de la señora Saavedra. Su marido, un cliente regular, me ha llamado y me ha pedido un canasto con ramos. Pablo, ¿quieres intentar con el ramo?
—¿Otra vez? Prefiero hacer la entrega, en serio.
—¡Ja! Vamos, haremos uno bonito. Así que agarra las rosas.
Y las ramas de eucalipto. Y el helecho para la cobertura. Y la base. Me los sabía de memoria. Pero nivelarlos, sostenerlos, atarlos. ¡No era lo mío! Aunque Susana tenía una paciencia hasta casi maternal diría yo, porque aún pese a mi torpeza en esas lides, nunca desistía en enseñármelo todo de vuelta, poniéndose a mi lado y ayudándome con el ramo, a veces guiando mis manos con las suyas.
Terminé cortándome con una espina de la rosa mientras limpiaba los tallos. Y no solo una vez. Así de torpe soy. Susana me vio la mano con tres raspaduras y me susurró con un tono jocoso:
—Paola me ha dicho que como vuelvas a lastimarte haciendo un ramo, te despedirá.
—¿Me va a despedir tu hija? Pero bueno, ¿tú no eras la jefa?
—¡Lo soy! Aunque técnicamente, ya no. Hace rato que he pasado el negocio a nombre de mi hija —dijo retomando el ramo—. No es un secreto que Paola te tiene… manía. Así que me dijo que estás en periodo de prueba.
“Periodo de prueba”. Sonreí nerviosamente porque había un doble sentido en aquella frase. En ese momento Susana miró hacia la recepción, comprobando que su hija estaba absorta en su mundo. Me agarró de la mano y miró los trazos rojizos:
—Vaya… Pablo, eres un encanto por venir a ayudarme. Pero seguro es una tortura para ti venir a hacer esto —dijo acariciándome la tímida herida. Agarré su mano con las mías. Yo temblaba. Todo temblaba. Pero si no lo decía iba a reventar, que con ella a mi lado no había angustia ni miedo.
Oteé fugazmente hacia el mostrador para comprobar que su hija no nos estuviera espiando. La chica estaba en su mundo. Nosotros a punto de alunizar.
—De tortura nada. Para mí es un placer… Susana… Y… me-gustaría-pasar-más-tiempo-juntos.
Me faltaba aire; me sobraban latidos. Era demasiado tarde para arrebatar esas palabras que acababa de pronunciar tan torpemente. Me miró con esos ojos que enamoraban y sus labios carnosos, secos; suspiró brevemente; se hizo un silencio corto pero largo.
—Pablo, es muy lindo de tu parte. Mira, sé perfectamente qué pasa aquí. Me alegra haberte conocido, eso no lo dudes. Pero ya tengo edad. A ti te veo al lado de mi hija, aunque no lo creas.
Trágame Luna, que he rebotado. Pero… pero los hombres maquinamos distinto. Cuando la tierra nos quiere tragar, sacamos las garras y buscamos algo de donde sostenernos. Buscamos un último resquicio, una última oportunidad. Arañé la superficie lunar mientras esta me devoraba, el polvo se levantó y una garra se dibujó en ese pálido desierto. “No me tragues, por favor. Haz algo ahora, puta cabeza hueca. No digas cursilerías, no digas “Te amo”, ni “Te necesito”, pero dile algo, por el amor de Cristo”.
—Soy el idiota que le regaló flores a una florista que creía que era inalcanzable como la Luna.
—¡Ja!… ¿La Luna? ¿¡Qué estás diciendo!?  
Silencio. Lentamente era engullido en aquella superficie soledosa. La mano de Susana seguía siempre entre las mías. Pero esta vez ella parecía humedecer sus ojos al tiempo que entreabría la boca.
—Pablo… Dímelo otra vez.
No recuerdo muy bien qué sucedieron en los siguientes cinco minutos. Es decir, sé que nos besamos unos buenos segundos, de esos que duran poco pero parecen durar menos aún de lo especial que se siente, por ser la primera vez que uno saborea a la mujer de sus sueños, por estar humedeciendo esos carnosos labios antes secos. Luego mirábamos hacia la recepción para comprobar que su hija seguía ajena a todo, y nos volvíamos con más fuerza aún. Pero en algún momento la cabeza se me abombó.
Entonces oí un lejano eco. Luego de darme una zurra interna, noté que Susana y su hija estaban discutiendo a gritos en la recepción.
—¡Paola, ve y haz las entregas de los ramos!
—¡Pero, mamá, es mi horario de descanso!
—¡Siempre es tu horario de descanso! Tienes tres ramos y siete canastas que entregar. Están listas en el coche, aquí está la llave.
—¿En serio? Nunca me has dejado conducirlo…
—He cambiado de opinión. ¡En marcha, niña!
—¡S-sí!
Susana volvió junto a mí. No sé cuántas zurras tuve que darme a la cabeza para despertarme y darme cuenta de cuál era mi nueva situación. Parados en medio del local, entre los floreros, pétalos que revoloteaban y ramos que nos ocultaban de ser vistos desde la calle. Susana se sentó sobre su mesa de trabajo, dejando caer pétalos, cintas y helechos a su alrededor.  
—Puede que la tienda ya esté a su nombre, pero habrás comprobado que  aún soy la jefa. Así que pensaba que tal vez debería ser yo quien te evalúe —se mordió el labio inferior, gesto provocativo.
—Pero… ¿A-a-aquí?
—He cerrado el local, y estamos más que bien escondidos —apartó un mechón que le caía en la frente sudorosa—. ¡Qué sofoco! Ven, chico, acércate… Quítame la camisa.
Gracias, Luna, por no tragarme, por reconocer el valor de este pobre diablo de manos casi temblantes. Cedían uno a uno los botones. Se abría la camisa lentamente mientras una dolorosa erección se me hacía lugar bajo el pantalón; es que los senos querían brincar orgullosos. Me tomó de la mano y la posó sobre uno cuando terminé la faena. Era preciosa. Un ángel. Sus ojos lacrimosos, esos labios que reclamaban humedecerse más. Con tono jadeante, susurró:
—¿Te gusta, Pablo?
—¿Tú que crees, Susana?
Tocando mi pierna, comenzó a trepar por ella hasta llegar al terrible bulto que se había formado. Abrió ligeramente su boca mientras bajaba el cierre. Cuánto deseaba volver a saborear esa boca venenosa, cuánto deseaba que me abrigaran con fuerza esa carne mía que luchaba por salir.
—No contestes con otra pregunta. Respóndeme, chico. 
—Oh, dios… Susana… a riesgo de perder mi trabajo en esta florería, confieso que tengo que calmarme en mi departamento cada vez que te veo en esta maldita falda que llevas o ese vestido blanco que sueles ponerte.
—¿Cómo? ¿Será posible? —mi espada ya había sido liberada hábilmente, y su mano la agarraba con fuerza. La contempló unos segundos, acariciándola para mi martirio, y empezó a blandirla lentamente a cada palabra que soltaba— ¿Una-falda-como-la-que-llevo-ahora?
Voló mi bata blanca por el local, quedando enganchado por un florero que colgaba del techo. Susana, siempre sentada sobre la mesa, me tomó de la camiseta y me la quitó rápidamente para manosear mi pecho, besándome, enterrando su lengua en mi boca mientras yo le remangaba su falda hasta la cintura. Al apartarnos ambos, boquiabiertos, saboreando la saliva del otro, me tomó de la cabellera para hundirme en sus pechos y en un sinfín de sensaciones excitantes que solo podía proveer una hiedra venenosa.  
—Pablo, a riesgo de perder a mi empleado favorito, confieso que algunas noches abracé mi almohada con las piernas, soñando a cierto joven.
—¿En serio? ¿Quién es ese jov… —y con fuerza empujó mi cabeza para dirigirla hasta su entrepierna.
El aroma de su sexo me embriagó desde el momento que le quité las braguitas. Acaricié el vientre, pasando los dedos por la pelambrera rojo fuego, suspirando dubitativo frente a esos carnosos labios que parecían reclamarme. Lo había visto un montón de veces en las pelis, debería saber qué hacer, pero ese olor directamente te desarma la razón. Y lento como soy, tardé en reaccionar y comenzar a trabajarla a lamidas. Primero cortas, tímidas, dándole un rápido repaso, pero luego, más confiado, hice pasadas más lentas, fuertes, penetrando con la lengua, hundiéndola toda.
Pasaron los minutos y con ellos mis trazos sobre la húmeda vulva; haciendo un gancho dentro de su gruta, Susana me aprisionó la cabeza con sus muslos. Me atrajo contra ella todo lo que pudo, alcanzando un fuerte y húmedo orgasmo. Apenas pude verla, hundida mi cara en sus carnes, ahogado en sus jugos. A los pocos segundos, la tensión de sus muslos cedió; ahora reposaban sobre mis hombros:
—No puedo creer lo que estoy haciendo con un niño —suspiró con las piernas temblándole.
—Susana… —mis labios estaban pegajosos. Levanté la mirada; la vista era preciosa—. Nunca se lo había comido a una chica…
—¡Ja! Qué divino —se repuso, toda desarreglada, desencajada y colorada. Se levantó de la mesa y me tomó de la mano. Me llevaba al baño o al pequeño depósito, no lo sabía aún, entre los pétalos que revoloteaban a nuestro alrededor. Su falda seguía remangada por la cintura, su camisa toda desabotonada, el taconeo retumbaba; me deleité con la vista de aquella tremenda cola que parecía menearla adrede—. Chico, para todo hay una primera vez, tal vez con los tallos cortados y los números deshechos, nos liberamos más, ¿no crees? Verás… yo nunca le he hecho una mamada a nadie, y pienso cambiarlo ahora.
5-¡Whopiee! Puede que haya sido un pequeño paso para Neil… ¡pero es un paso tremendo para mí! (Pete Conrad, Apolo 12)
—¡Dios mío, dime que esto es una pesadilla, mamá! —vociferó Paola al verme desayunando en su cocina. No me gustan los griteríos a las seis y media de la mañana. Tengo oídos sensibles… ¿Qué? Lo digo en serio—. ¡Dime que este idiota se ha quedado a dormir en el jardín!
—Hija, cálmate, por favor —rogó Susana, en bata de baño, sentándose a mi lado y rodeando mi brazo con los suyos. Era morboso saber que había retazos de mi esencia fluyendo lentamente en su boca, bajando por el esófago hasta su estómago mientras le hablaba a su hija. Y para colmo aún tenía una erección recordando la noche que habíamos tenido en su habitación.
Es que, cuando haces el amor con ella, cuando su interior te abriga, te moja, se contrae y te aprieta, sientes perfectamente cómo te elevas entre las nubes; como si fueras un cohete rumbo a ya sabes dónde, con el sol estallando contra los vidrios de la cabina del módulo. Allá abajo, entre el infinito verde y estrías de ríos, está ella eterna en su belleza, voluptuosa, mirándome, diciendo cosas al oído que te hacen vibrar más que los motores Saturno V en pleno despegue.
Hubo largo silencio en la cocina. Madre e hija se miraban desafiantes, una con los brazos cruzados, la otra acariciándome el brazo.
—¡Pisa tierra, mamá! ¡Tiene mi edad! ¡No va a funcionar!
—¡Tiene veinticuatro, tú veintidós! Además, ¿pisar tierra? ¡Imposible!
—¿Q-qué quieres decir, mamá?
—Bueno, mi niña… ¿Cómo voy a pisar tierra si estoy en la Luna? —preguntó retóricamente, dándome un ruidoso beso en la mejilla.
—Exacto, somos unos lunáticos ya —agregué sorbiendo nuevamente el café.  
—¡Puaj! ¡Ya veo! ¡Felicidades! Ahora, si me permiten, iré al jardín a vomitar…
Mi jornada se había vuelto bastante exigente aunque ya no veía ni sentía necesario ir al jardín para aunar fuerzas; había encontrado mi cura en una hiedra de veneno adictivo. De día, recorría los pasillos de la sala onco-hematológica para realizar chequeos de rutina a los pacientes. De tarde, ayudaba en la florería cuanto pudiera para cumplir con la exigente clientela. No obstante, entre misión y misión, siempre queda tiempo para relajarse y disfrutar viendo cómo una preciosa canica azul se erige en el horizonte lunar.
Mientras apurábamos un canasto en el fondo de la tienda, Susana, enfundada en ese vestido blanco que me volvía loco, dejó el trabajo a un lado y metió su mano en el bolsillo de mi vaquero, acercando unos dedos juguetones peligrosamente a mi entrepierna. No valieron mis tímidas protestas; se me cayeron los tallos y la cinta con las que trabajaba.
Mi primera reacción fue mirar hacia la recepción: Paola charlaba amenamente con grupo de ancianas, ignorando lo que se cocía. Estaba asustado, ¿pero para qué voy a mentir?, terriblemente excitado también.
La mujer bajó el cierre de mi vaquero con la mano libre. Me observó con picardía, susurrándome al oído un crispante “Te acabo de guardar mi braguita. Y ahora quédate callado que te va a encantar esto…”.
Más tarde, cuando Paola había salido para hacer las entregas, su madre se encargó de atender a los clientes, sentada tras la mesa de la recepción. Y yo… oculto bajo dicha mesa, arrodillado entre sus piernas, admiraba la vista como quien ve nuestro planeta desde casi cuatrocientos mil kilómetros de distancia. Ese oasis, esa perla resplandeciente, flotando en medio de la negrura del espacio; levanté la visera de mi casco imaginario para contemplar mejor los detalles, palpando lentamente esos contornos que no fueron explorados por quién sabe cuánto.
—Todo listo, señoras, sus pedidos les llegarán esta tarde.

—Gracias, querida, siempre tan amable… Por cierto, estás sudando mucho —dijo una mujer.
—Pues sí. ¡Encima estamos en invierno! Deberías ver a un doctor, bonita —agregó otra.
—¡Ja! ¡Auch! Créanme que… estoy viendo a uno —respondió entrecortada mientras mi lengua y dedos trazaban gruesas pinceladas sobre el húmedo lienzo.
Aunque no todo podía girar alrededor de Susana. Caía una tarde de arduo trabajo en la que me ofrecí como conductor para ayudar a su hija durante los repartos. Al terminar con las entregas de los últimos canastos en un edificio, nos acercamos al coche y la chica frunció el ceño al ver un ramo de camelias rosadas en el asiento del acompañante.
—No me digas que nos olvidamos de entregar este, Pablo. —Estaba desgastada tras la maratónica sesión de repartos y se recostó por el vehículo—. El trabajo en la florería es más pesado de lo que imaginaba, madre mía.  
—Ah, ese ramo… Sube al coche, vamos. Lo hice para ti —respondí subiendo al vehículo—. Y oye, antes de que lo preguntes: Sí, he comprado las flores.
—¿Un ramo para mí? —levantó sus finas cejas—. ¿Esas camelias?  
—Vamos, entra ya. Significan admiración, ¿no? Sé de los sacrificios que has hecho para cuidar a tu madre y en serio eso es lo que pienso al respecto.
Nos miramos largamente en un momento que no sabría decir si era incómodo o especial, aunque al final decidí inclinarme para abrirle la puerta del acompañante con una carcajada. Estaba bonita así, toda desarmada ante mi inesperado gesto, tratando de atajar una sonrisa para aparentar dureza.  Al sentarse a mi lado, agarró el ramo y lo olió por breves segundos.
—Doce camelias —dijo ella—. En Suiza, si regalas un ramo con flores en pares, estás mostrando desprecio.  
—Pero no estamos en Suiz… Entiendo, Paola —rápidamente me incliné y saqué una flor del ramo.
—¡Ah! Un ramo de flores para mí —dijo mirándolos detenidamente, jugando con los pétalos—. ¡Ja! La gente cree que por ser florista no las necesito. Gracias, Pablo. Además, vaya temporadón en la florería, ¿no? Aunque he terminado agotada, el esfuerzo ha rendido sus frutos.
—Bueno, ayuda que el empleado a tiempo parcial no cobre un peso.
—¡Ja! Mira, me alegra que estés con nosotras —olió el ramo un largo rato. Luego me observó de abajo para arriba con gesto serio—. En verdad que sí, Pablo. Pero si le dices a mi mamá de esto, lo negaré y destruiré tu teléfono.
6-Ha sido un largo camino, pero aquí estamos al fin (Alan Shepard, Apolo 14)
El equipo médico había organizado un partido de fútbol en el estacionamiento, a solo días de las operaciones de Anita y Susana. Reunimos dinero y compramos un par de porterías pequeñas, estilo fútbol sala. El doctor Guerra, mi supervisora Natalia, algunos compañeros de estudios y hasta Susana y su hija se nos unieron en un juego bastante singular en donde Anita era el centro de atención.
—¡Toda tuya, enana! —grité lanzándole un pase de lujos para que ella quedara mano a mano contra el portero contrario—. ¡A la portería, no a la Luna, por favor!
Y de hecho le salió un golazo al ángulo. Cuando la pelota volvió botando hacia ella, ya sabíamos que la reventaría lo más alto que pudiera. Para sorpresa de Anita, todos nos abalanzamos a por ella para festejar el gol en el momento preciso que remató la pelota hacia la Luna.
—¿Eh? ¿¡Pero por qué hasta mis rivales festejan mi gol!? —preguntó en medio del tumulto que habíamos creado.
Mi supervisora, alejándose de todos, escondía el balón bajo su bata blanca.
Minutos más tarde, cuando Susana, su hija y yo estábamos charlando en el jardín del hospital, Anita se nos acercó con la cara visiblemente colorada. De su cuello colgaban varias medallas; por el partido ganado, otra por ser la figura del encuentro, otra por el mejor gol. Pero nada de eso le importaba, solo había una cosa que la tenía en ascuas.
—Pablo… nadie sabe dónde está mi pelota.
—¡No me digas! Recuerdo que la mandaste muy alto antes de que festejáramos el gol —me acaricié el mentón.
—Sí, fue muy alto —aseveró Paola—. La perdí de vista cuando cruzó las nubes.
—¿Nubes? —Anita abrió los ojos cuanto pudo. Miró al cielo boquiabierta—. Pablo… ¡La mandé sin querer! ¡Y lo peor es que se perderá en el espacio, la Luna ni siquiera está arriba!
—No se perderá —se adelantó Susana—. Cuando salga de la atmósfera, la gravedad lunar la atrapará.
—Ah, eso es verdad —afirmó la niña, siempre mirando al cielo—. Espero que caiga en el Mar de la Tranquilidad, aunque no me gustaría borrar las huellas del señor Neil. Es que, Pablo… me encanta el Mar de la Tranquilidad…
Solo cinco días después llegó la fecha de las operaciones para las dos. El doctor Guerra se encargaría de Susana. Mi supervisora Natalia y su equipo se encargarían de Anita. Las operaciones iban a comenzar casi en el mismo horario pero en extremos alejados del hospital. Recuerdo que con Paola, visitamos primero a su madre. Ella, respetando el momento, me permitió entrar primero en su cuarto para poder hablar un rato. 
¿Pero qué íbamos a decirnos Susana y yo que no nos hubiéramos dicho miles de veces ya? Me senté a su lado, tratando de pensar en algo interesante que decirle para abandonar un rato la situación y así evitar desmoronarme. Pero ella me acarició la mejilla y reveló un secreto bastante peculiar.
—Pablo, hace tiempo, en la sala de radiología conocí a una niña. Como me veía triste, se acercaba a mí y charlaba conmigo antes de volver a su habitación. Me contaba a menudo sobre su mejor amigo, un estudiante de medicina en prácticas. Me dijo que sus ojos, tristes y melancólicos, eran idénticos a los míos… salvo los colores. Así que me pidió, un día, que lo comprobara por mí misma y que lo visitara en el jardín del hospital.
Entonces, a la vista de un par de enfermeras, hundí mi cabeza en sus pechos, incapaz de armar una frase, recibiendo las tímidas caricias de sus dedos en mi cabello. Aquella hiedra venenosa había sido mi cura, la razón por la cual ya no era necesario ir al jardín para armarme de valor, la que me hizo recordar cómo era el mundo allá afuera, lejos de los números, exámenes y pruebas médicas; el miedo de perderla terminó destruyéndome todo por dentro, haciéndome preguntar inevitablemente cómo serían las cosas sin ella presente.
—Esa niña es especial. Es nuestro cupido, Pablo. Dale un beso de mi parte.
—Dáselas tú cuando termine la operación, Susana. 
—Hmm. Valió la pena, Pablo. Deshacerme de esos tallos con espinas y conocerte. Porque vi una hermosa persona y un gran amante. Si no vuelvo, no me pienses con lamentos ni dejes que te amarren los recuerdos. Guárdame si quieres, pero sigue viviendo.
Su hija no había aguantado la espera afuera de la habitación y ya estaba a escasos metros de nosotros. Viéndonos con sus ojos rojos a punto de hundirse en lágrimas, observando cómo enredábamos nuestros dedos. Supe que la mayor detractora de mi romance había cedido por fin. Supo ella que ese sufrimiento compartido no lo cambian los veintisiete años que nos separaban.
Recuerdo que cuando Paola y yo por fin llegamos al otro extremo del hospital para despedirnos de Anita, ella molida, yo peor, mi supervisora me perdonó la vida y accedió a dejarnos charlar con ella solo un rato pues ya estaban comenzando los preparativos. Los ojos de la niña chispearon al verme y apretó mi mano con las suyas cuando me acerqué. Con la carita repleta de tubos, se me quebró el corazón.
—Pablo, parece que te entró algo en el ojo —dijo tratando de sonreír—. Oye, ¿volveremos a vernos?
Podía pensar de nuevo en las posibilidades escasas de su operación, pero en ese momento simplemente le di un beso en la frente y le dije que ni lo dudaba. No sé si me habrá entendido del todo bien porque mi voz estaba, literalmente, partida en varios pedazos.
—Bueno, si no vuelvo, quiero que sepas que eres mi mejor amigo.
—…
—Por cierto, ¿llegaste a la Luna, Pablo?
—Sí, la arañé y todo, Anita.
—Eso es bueno. Natalia me ha dicho que me prestará su telescopio cuando esto termine. Quiero ir a la terraza del hospital una noche y ver si mi balón llegó al Mar de la Tranquilidad…—dijo con la voz adormeciéndose poco a poco, cerrando sus ojos. Sus manitas dejaron de apretarme—. Pablo… me encanta el Mar de la Tranquilidad…
Entonces, ¿qué nos quedaba? Pues esperar. Matar horas y quemar minutos con Paola en la sala de espera. Luego compartimos un café en el comedor, tratando de dialogar civilizadamente por primera vez. Comentó que sus amigas le desearon toda la suerte del mundo para ella y su madre… desde la aplicación del teléfono. Fue por eso que tras apagar el móvil, me tomó de la mano y simplemente dijo: “Gracias”.
7-Mare Tranquillitatis
Sé que en las grandes ciudades el cielo nocturno es solamente un manto negro e infinito, apenas con dos, tres… cuatro motas amarillentas que parpadean tímidas. Aquí, más precisamente en la azotea del hospital, aún se puede ver un auténtico espectáculo celestial en las noches más oscuras. Si levantas la mirada en el absoluto silencio, incluso puede parecer que estás flotando en el espacio sideral.
Pero el silencio era un lujo con el que no podía contar esa noche…
—¡Pablo!, creo que lo encontré… Creí que cayó en el Océano de las Tormentas, pero ahora lo veo. ¡Mi balón está en el Mar de la Tranquilidad!
—¿Y lo puedes ver con ese telescopio barato? Mira, Anita, ni con el telescopio más grande del mundo vas a ver un balón en la superficie lun…
—¡Felicidades, Anita, la mandaste a la Luna! —Paola me codeó fuertemente, llevando un pedazo de pizza a mi boca para callarme—. ¡Y para colmo cayó donde querías!
—¡Lo sé! ¡Pablo, mira!
Anita me acercó la mirilla del telescopio. ¿Qué carajo se suponía que tenía que observar? Paola, con ojos asesinos, parecía querer darme un arañazo a la cara así que a regañadientes acepté mirar la Luna.  
—Es… Interesante. Bueno, ¡oye!, creo que lo veo…
—Te-yo-yije —respondió Anita, comiéndose su pizza—. Hum… ¡Está al lado del arañazo que le habías dado!
—¡Ja! ¡Déjame verlo! —otro codazo de Paola para arrebatarme el telescopio.
A veces quiero olvidar a Susana porque he aprendido con ella a desnudar mis debilidades y mostrar mi lado humano, algo que de vez en cuando siento innecesario cuando llevo esta bata blanca. Pero al mismo tiempo no quiero olvidar porque entonces, sin humanidad, siento que los días pasan y pasan sin gracia. A veces quiero que estas letras se desangren y olviden. Y a veces escribo solo para tratar de recordarla mejor. ¿Quién carajo me entiende? Rememorarla, resucitarla en este corazón, jode y se siente bien al mismo tiempo.
—¡Sí que los veo! —Paola calibró la mirilla—. ¡Qué envidia, chicos!
Hoy, ramos de flores rosadas de ciruelo adornan una lápida bañada en flores de lapacho. Dicen, básicamente, “Cumpliré mi promesa”. La de no dejarme amarrar por los recuerdos del pasado y mirar adelante. Mirar arriba, mejor dicho. Allá en el Mar de la Tranquilidad, donde un arañazo se divisa al lado de una pelota de fútbol. Es fácil encontrarlo porque está rodeado de pétalos de varios colores… ¡en serio!
Paola entonces ladeó el telescopio y me observó con gesto tierno. Su sonrisa evocaba a la de su madre, y el tacto cálido de su mano, de sus dedos entrelazándose entre los míos… ¿Para qué mentir? Se me volvía a desbocar el corazón. Se me volvía a acabar el aire.
Miró de nuevo al cielo, apretando fuerte mi mano.
—Pablo… yo también quiero ir a la Luna.
FIN