Suena un teléfono. Insiste. Otra vez. Me aparto y busco el maldito teléfono móvil, que no deja de sonar. Ha dejado de sonar.

En la pantalla aparece, llamada perdida. MARGA. Llamo, contesta. Está llorando.

–¡¡José!! ¡Estoy con Mila en el hospital! ¡Está muy mal, ha intentado suicidarse!

–Cálmate Marga. Dime que ha ocurrido.

–Tuve que salir a un servicio, Mila se quedo en casa, el cliente no se presento y volví antes de tiempo. La encontré tendida en la cama, había tomado rohypnol, no sé cuantas pastillas, pero muchas. Llamé a urgencias y estamos en el hospital ————-Me han dicho que está viva pero en coma. No saben cómo puede haberle afectado. Ni si despertará. ¡¡Dios mío!!

–¡¡Estoy sola, José!! Tengo mucho miedo.

–Salgo ahora mismo para allá. Tranquilízate.

Clau está a mi lado.

–¿Mila?

–Si, ha intentado suicidarse.

–¡¡Joder!! Lo sabía. Sabía que no soportaría esta situación.

Ana y Claudia vienen a ver qué ocurre. Ana llora desconsolada. Es su madre. Un nudo oprime mi garganta. Me preparo para salir enseguida. Es tarde y habrá poco tráfico, en cuatro horas puedo estar en Madrid. Ana me abraza.

–Papá, yo voy contigo. Quiero verla.

–De acuerdo. Prepárate, nos vamos enseguida.

En marcha hacia Madrid, tal y como preveía hay poco movimiento en la autovía A31. Llegamos al hospital amaneciendo.

Entramos por urgencias, en la sala de espera está Marga.

–¡¡Marga!! ¿Cómo esta? ¿Sabes algo?

Se abraza llorando.

–No debía haberla dejado sola, José. Después de lo de tu padre y hablar contigo, no abrió la boca en todo el camino. Yo intentaba conversar con ella, pero no respondía. Llevaba dos días sin comer. Yo no sabía lo que planeaba.

–Pero dime ¿Sabes algo?

–No, solo informan a familiares.

–Vamos Ana, a ver si averiguamos algo.

Preguntamos en admisión por la situación de Mila. Tras identificarnos como marido e hija, nos dan unos pases para entrar a la zona de la UCI. Un médico habla con nosotros.

–¿Cómo está, doctor?

–Por ahora fuera de peligro. La dosis que ha ingerido ha sido muy alta. Hemos practicado un lavado gástrico. No podemos prever que daños puede haber sufrido, su sistema nervioso, hasta que salga del coma. Y no sabemos cuándo ocurrirá esto. Las próximas veinticuatro horas serán cruciales. Antes no podemos adelantar nada.

–¿Podemos verla?

–Pueden, a través de los ventanales de la zona de observación. Después vayan a la sala de espera y allí les tendrán informados.

–Gracias.

La palidez de su rostro me impresionó. Tubo para respirar, vía en el brazo con bolsa de suero. Monitor cardiaco. Toda la parafernalia que acompaña una situación de este tipo. Al salir nos acercamos a Marga que se acerca corriendo.

–¿Cómo está? Se salvará ¿Verdad? ¡No se puede morir!

–Al menos sabemos que vive y está fuera de peligro. Solo podemos esperar. Vamos a la cafetería a tomar algo. Nos vendrá bien.

Pedimos café y croissants y nos sentamos en una mesa. Marga tenia la mirada perdida. Ana recostada junto a ella.

¿Y yo? En mi interior se debatían sentimientos encontrados.

Amaba a Mila, no podía evitarlo. Pero también a Claudia, a Marga. ¿Qué coño me pasaba? ¿Era yo el culpable del intento de suicidio? ¿Podía haberlo evitado?

Ver a Mila en aquella cama de hospital, al borde de la muerte, sabiendo que en gran parte era yo la causa, me hacía sentir muy mal. Mis decisiones, habían llevado a Mila a tomar esta decisión drástica, final. Al borde de la muerte.

Decidí llamar a Andrés, mi amigo médico, para que me aconsejara que hacer con Mila.

–¿Andrés? Soy José. Perdona por darte la lata, pero necesito tu ayuda.

Le explico la situación y él decide venir al hospital, para ver qué puede hacer.

Como médico de la familia, se pone en contacto con el personal del centro para recabar información. Casualmente, un colega, amigo suyo, está de guardia.

–Hola a todos, José ven conmigo.

Me aparto de las chicas, para hablar con Andrés.

–Parece, que ha habido suerte, dentro de lo que cabe. Ha salido del coma, pero se niega a hablar. Solo mueve la cabeza negativamente y llora. Tiene que pasar por psiquiatría, es el protocolo en caso de intentos de suicidio. Pasara a observación y en unas horas podrá salir, bajo mi responsabilidad. ¿Qué tienes pensado? ¿Qué quieres hacer?

–Pues, pensado, nada. Nos ha cogido por sorpresa y estoy indeciso. Estamos agotados. Tú que me aconsejas.

–Por ahora, aquí no hacéis nada. Mejor os vais a casa y descansar. Esta tarde podréis verla, y si ella quiere, hablar con ella. Mañana, seguramente, si todo va bien, podréis llevárosla. Piensa que hacer con ella. No puede estar sola en ningún momento. Según me han comentado, Mila no quiere vivir. No ha sido un simulacro. Estaba decidida a acabar con su vida.

–Gracias por todo. De verdad, no sabes cuánto te agradezco tu ayuda.

–Sabes que puedes contar conmigo. Hasta luego.

Saluda a Ana y Marga y se marcha.

–Nosotros nos vamos también. Marga, vámonos a casa, descansaremos y esta tarde trataremos de ver a Mila. Tenemos que pensar que hacer con ella.

Nos vamos al piso, ahora de Mila y Marga.

Ana y yo llevamos muchas horas sin dormir. Ella se tiende y se duerme enseguida.

–Marga, vamos a buscar algún papel, carta, algo que haya dejado Mila.

Yo sabía dónde buscar. La tarde anterior había visto a Mila escribir a mano y dejar un sobre en su despacho. Buscamos en el dormitorio, vi un tubo de pastillas, un barbitúrico que comercializaba Gerardo, sin receta, como droga de diseño.

Vamos al otro piso, es pronto, aún no hay nadie. El despacho de Mila está cerrado, Marga abre con su llave. Sobre la mesa, junto a la foto de mi familia, hay un sobre para Marga y otro para mí.

Marga no quiere abrir su carta. La guarda, llora. La rodeo con mis brazos y sus lágrimas corren por mi hombro.

Con mi brazo en su cintura la llevo al dormitorio, donde Ana duerme. Se acuesta junto a ella, beso sus labios, acaricio sus cabellos y la dejo. Me voy al salón a leer la carta.

José. Ante todo, perdóname. No hago esto para hacerte sufrir, sino para liberarte. Ya te he hecho bastante daño. Sé, que mientras yo viva, tú no podrás ser feliz. Y te mereces serlo. Claudia es una buena mujer, me ha demostrado que te quiere con locura. Y quiere a las niñas. Será una madre para ellas y una buena esposa para ti. Todo lo que yo no he sido. Sé que cuidaras de mis, nuestros, hijos.

En la notaría junto al despacho de Isidro, a Marga y a ti os he otorgado poderes notariales, para que dispongáis de todo. No dejes a Marga, se va a quedar muy sola. Cuida de ella. Te quiere mucho.

No quiero extenderme más, todo lo que diga será penoso para ti y no quiero que sufras.

Solo algo más. Gracias por haberme hecho sentir tanto, en tan poco tiempo. Me hiciste olvidar todas las atrocidades cometidas en mi vida.

Me hiciste conoce el verdadero amor.

Te lo suplico, perdóname.

Te deseo que seas feliz, te lo mereces. Te quiero.

Mila

No pude contener las lágrimas. Me ahogaba, sollozaba. Entró Marga y le di a leer la carta, se abrazo a mí. Lloramos los dos.

Por alguna extraña razón, me excitaba el contacto, el calor, el perfume de Marga. Me miró a los ojos y nos besamos. Besos dulces, tiernos, su boca, las lágrimas, llorábamos y nos amamos. Mila estaba presente en nuestros besos. En nuestras caricias. Y follamos. En el suelo.

Follamos, como animales en celo, con furia, con desesperación. Como una afirmación de la vida ante la muerte. No sé qué nos ocurrió. Marga también estaba desconcertada, no entendíamos el porqué de aquella explosión de pasión. Lo necesitábamos. Nos corrimos los dos casi simultáneamente.

Ana, desde la puerta del salón, nos miraba. Lloraba. Me levante del suelo, desnudo, rodeé sus hombros con mis brazos y la besé. Con profunda ternura. La acompañé al sofá y nos sentamos los dos.

–Papá, ¿Qué habéis hecho?

–Follar, Ana, no sé porque. Ha sucedido y no me arrepiento. Marga lo necesitaba, yo también.

Marga se sienta al otro lado de Ana. Besa sus mejillas, acaricia su pelo.

–Estás muy guapa Ana, cada día más. Te pareces tanto a tu madre. Déjame que te abrace, te quiero mucho pequeña. Tu mamá te adora y está muy orgullosa de ti, entre otras cosas, por haber dejado la prostitución, por obedecer, por amor a tu padre.

–Vamos a dormir un poco. Lo necesitamos.

Se van a la cama. Yo llamo a Claudia y la tranquilizo, le informo de cómo está Mila. Me tiendo en el lecho junto a Ana y Marga. Sigo desnudo. Ana se gira hacia mí y me abraza. Beso su frente, acaricio su pelo. Nos dormimos.

Sueño con unos labios y una lengua que acaricia mi boca. Acarician mi miembro. ¡Joder! ¡No sueño!. Es Ana quien me besa. Sus labios son miel, sus manos acarician mi cuerpo. Está desnuda. Mi verga responde, no puedo evitarlo. Marga nos mira y sonríe, acaricia a Ana. Se pega a su espalda. Ana se introduce mi miembro en su vagina. Se mueve, llora, se mueve. Adelante, atrás, dentro, fuera.

–¡Te quiero papá! Soy tuya, solo te quiero a ti. Mi amor es solo tuyo.

Se aceleran sus movimientos, estoy envarado, una fuerza superior a mí, me inmoviliza. Realiza un movimiento y se coloca sobre mí cuerpo. Su cuerpo, su boca, mis manos en su nuca, en su espalda, en sus suaves y redondas nalgas. Su cara se transforma, sus ojos se giran en las órbitas, grita.

–¡¡AAAHHHGGGG!! ¡¡Me muerooo!!

Y se desploma sobre mí. Desmadejada, desmayada. Abrazo su delicado cuerpo, las lágrimas recorren mis mejillas. Se recupera en pocos segundos, sigo dentro de su vientre, del vientre de mi hija. Marga me besa la boca, su lengua recoge mis lágrimas. Salgo del cuerpo de mi hija. No puedo seguir, aún pesa el tabú. Coloco a mi niña sobre el lecho, Marga lame mi miembro, se lo traga, siento la profundidad de su garganta. No puedo más y descargo empujando con fuerza, se lo traga todo. Monta mi cuerpo, pegada a mí. Ana nos mira. Se acerca a mi cara y me besa.

–¡Gracias, papá! Lo deseaba con toda mi alma.

El contacto con los dos cuerpos me reanima de nuevo, Ana se sienta en la cama, coge mi verga y la introduce en el sexo de Marga, que me besa apasionadamente.

Me muevo, se mueve, nos acompasamos, Ana nos acaricia, introduce dos dedos en su propio coño, recoge el flujo que lo empapa y frota el ano de Marga, introduce los dedos y le folla el culo, mi polla penetra su coño. Siento los dedos de mi hija en mi polla a través de la pared que separa ambas cavidades. El orgasmo de Marga es violento, brutal. Y yo, de nuevo, descargo en su vientre.

Quedamos los tres vencidos en la cama. Nos dormimos de nuevo.

Me despierto, siguen dormidas, me ducho y me visto. Despierto a las dos para que se aseen, de ocho a nueve, podemos ver a Mila.

En la planta está Andrés. Al verlo me alarmó, pero me tranquiliza, no ocurre nada. Mila está bien. Ha estado hablando con el psiquiatra y mañana podemos llevárnosla a casa.

–¿Tienes claro lo que vas a hacer José?

–Si, me la llevo a Alicante. No pienso separarme de ella. Entre todos la cuidaremos.

–Creo que es la mejor solución. Enviaré la documentación, al centro médico más cercano, para la continuación del tratamiento.

–Gracias amigo.

Entramos en la habitación donde está Mila. Ya no tiene los tubos ni los cables que la unían a los monitores. Está muy pálida, demacrada. Ana se lanza sobre Mila, que no la espera y cubre su rostro llorando. Mueve la cabeza negando. Ana llora abrazándola.

–Mamá, ¿Por qué querías dejarnos? Te queremos, te necesitamos. ¿Qué iba a hacer yo sin ti? ¿Y Mili? ¿Y Pepito? ¿Es que no nos quieres?

Sujeto, con delicadeza, a Ana por los hombros.

–Ana, no atosigues a tu madre. Ahora necesita comprensión y cariño, no reproches.

Ana se retira y me acerco. Mila no habla. Solo niega, me mira y cierra los ojos. Cojo sus manos, las beso. Acaricio sus mejillas, acerco mi rostro y beso su frente, la boca. Mantiene sus ojos cerrados. Torpemente me pasa los brazos tras el cuello y me abraza. Su cuerpo se estremece por los sollozos. Trata de decirme algo, pongo mi índice sobre sus labios.

–No digas nada, Mila, no tienes que dar explicaciones. No las necesito. Solo quiero que te metas, en esa cabecita tuya, que tienes muchas personas a tu alrededor que te quieren. Que yo te quiero. Y como dice nuestra hija, te necesitamos. Ahora solo debes preocuparte por recuperarte, por ponerte bien. Mañana vendremos por ti y te llevaremos con nosotros a Alicante. Luego, entre todos, decidiremos qué hacer.

Marga abraza a Mila, con infinito cariño. Está profundamente enamorada. Y lo ha pasado muy mal.

–¿Querías irte sola? ¿No sabes que yo iría, detrás de ti, hasta el infierno? ¡No vuelvas a intentarlo o te mato!

Esta salida de Marga hace que sonriamos. Mila solo la mira, nos mira y llora.

Nos despedimos hasta mañana y vamos a casa. En el prostíbulo está Edu al frente de la administración. Amalia está en su sala de torturas con un cliente. Edu observa desde un monitor, lo pillamos masturbándose furiosamente, viendo a su mujer, sobre un tipo atado, boca arriba, en una especie de potro bajo y Amalia encima subiendo y bajando su cuerpo, introduciéndose la verga del cliente en su culo.

No puedo evitar reírme del espectáculo, Marga sonríe y Ana suelta una carcajada, con su risa cantarina. Edu, al verse sorprendido, muy nervioso, se guarda la polla y apaga el monitor.

–Vaya Edu, ¡parece que le has cogido gusto a esto!

–¡José, que hacéis aquí! ¿Y Mila? ¿Ha pasado algo?

–Mila está en el hospital. Mañana iremos por ella y me la llevo a Alicante. No te vayas sin hablar conmigo. Tengo que proponerte algo. Luego hablamos.

Dejamos a Edu que termine su paja y vamos al otro piso, quiero hablar con Marga.

–Marga, ¿Tú quieres seguir con el negocio? ¿Te interesa?

–Mira José, si me metí en esto, fue por Mila. Ella quería independencia, me pidió ayuda y se la di. Por mi, se puede ir el negocio a la mierda. ¿Por qué lo preguntas?

–Entonces, ¿estás dispuesta a venderlo?

–¿Venderlo? ¿A quién?

–Gerardo estaba muy interesado en la compra. Mila se las apañó, para que aparentará la compra, cuando en realidad era ella, quien quería quedarse con el negocio. Si se lo propones, te lo comprará y podrás alejarte de toda esta mierda.

–Pero, ¿y Mila? ¿Estará de acuerdo?

–Mila ha dejado poderes firmados, a mi favor y al tuyo, para hacer lo que queramos. Y lo que queremos es, alejarla de todo esto. Vamos a dedicarnos a cuidarla y este puticlub es un lastre.

–Cuenta conmigo. Cada vez que iba a un servicio, terminaba asqueada, del cliente y de mí. Si, José, me doy asco. Tú sabes que estaba en esto, solo por estar cerca de Mila. ¿Me llevareis con vosotros?

–Sabes que si, Mila te necesita, yo te necesito y tu nos necesitas. Vendrás con nosotros. No sé cómo saldrá esto, pero vamos a intentarlo.

Llamo a Gerardo por el móvil.

–¿Gerardo? Soy José, tengo que hablar contigo, te espero en media hora en casa de Mila. Trae a Pepito. No tardes, es importante.

Sorprendido me dice que vendrá enseguida.

Apenas veinte minutos después llama al portero. Abrimos, sube, estamos en el salón.

Pepito da un salto y se cuelga de mi cuello. Estrecho su cuerpo delgaducho, lo beso. Ana se abraza a él y se lo lleva a la habitación.

–Bueno, ya estoy aquí, ¿Qué pasa? ¿Qué quieres, que és tan importante.

–El motivo principal es Mila. Está en el hospital, ha intentado suicidarse.

–¡Joder, José, no me digas!

–Sí te digo. Mila no puede seguir al frente del negocio.

–Lo sé, últimamente he hablado con ella y la veía muy desanimada. No tenía muy claro por qué, pero la última vez que la vi, le propuse normalizar la situación de Pepito, casándome con ella… Cuando se lo dije, se echó a reír, una risa que me dio miedo. Dijo simplemente. Ya estoy casada, Gerardo. Solo tengo, y tendré para siempre, un marido, a quien quiero con toda mi alma.

–Supuse que eras tú. Y te envidio. Te juro que te envidio. Esa mujer te quiere con locura y tú no le haces ni caso.

–No te equivoques, Gerardo. Tú no sabes como la quiero. Y como te odio a ti, porque ayudaste a convertirla en una desgraciada. Pero no es ese el motivo de que te haya hecho venir. ¿Quieres comprar el prostíbulo?

–¡Joder tío! ¡Vas al grano! ¿A qué viene eso?

–Es muy simple, Mila no quedará bien, las secuelas de la intoxicación son imprevisibles. Necesitará un largo tratamiento de rehabilitación. Y se vendrá conmigo. Yo la cuidaré. Ha sido, y es, mi mujer. He sido, soy y seré, su marido.

–Bien, de acuerdo. Estoy dispuesto a comprar, por el precio que te ofrecí. ¿Estás de acuerdo?

–Conforme. Mañana nos vemos en el despacho de Isidro a las nueve.

Entran Ana y Pepito. Ana se encara con Gerardo.

–¡Mi hermano me ha dicho que le has pegado! ¿Es cierto?

–¡Hostias Pepito! Te dije que fue un error, te pedí perdón.

Me encaro con Gerardo.

–Jodeeer. ¿Qué pasó?

–Bueno, llora mucho y me sacó de mis casillas. Fue un impulso, pero no volverá a ocurrir.

–Tienes razón, no volverá a ocurrir. Pepito se viene conmigo. Es más, se queda aquí y mañana me lo llevo, con su madre.

–¡Eso no puede ser! ¡Se vendrá conmigo! ¡Es mi hijo!

–Gerardo, este niño, solo ha sido un polvo para ti y ahora un estorbo. Yo he sido su padre y lo sigo siendo. Se viene conmigo. Mañana nos vemos en el despacho de Isidro. Ana, llévatelo.

Ana se marcha con su hermano a su habitación. Gerardo, muy contrariado se va dando un portazo.

Llamo a Edu y Amalia que al entrar se abraza a mí como si lleváramos diez años sin vernos. Me aprecia y se alegra de verme.

— Amalia, Edu, Gerardo se va a hacer cargo del local. No sé cómo se portará con vosotros. ¿Qué vais a hacer?

–Hostia, José, vaya marrón. Ese tío es un hijo de puta de cuidado. Tendremos que irnos de aquí.

Amalia cogida a mi brazo.

–No te preocupes José. Gracias a ti, he descubierto mi verdadera vocación. Me divierto y gano dinero. Tengo mis clientes fijos y el imbécil de Edu me ayudará, a montármelo en otra parte.

–Solo quiero que cuando vengas por Madrid vengas a verme y follarme el culo. Fuiste el primero y todavía no he encontrado otro como tú. Comprendo muy bien a Mila, te encontró, tarde, pero te encontró y ya no podrá desengancharse de ti. Te has convertido en una droga para ella.

–No lo comparto, pero entiendo lo que ha hecho. He tenido largas conversaciones con ella y sé que te quiere hasta el extremo de quitarse de en medio para que seas feliz. Lo que siento es no haberme dado cuenta de las señales y haber evitado lo que ha hecho. Por cierto. Gerardo le facilitó las pastillas con las que se quiso envenenar. Se las dio en mi presencia, le dijo que no podía dormir y él se las dio.

–O sea, ¿Gerardo trafica con drogas?

–¿No lo sabías? Ese hijoputa le pega a todo. Le escuche una conversación en la que hablaban de unas chicas que venían de Rumania. Ellas creen que vienen con contrato, para trabajar como criadas, pero las llevan a un puticlub, les pegan, hasta que aceptan follar con los clientes y cuando están sometidas, las venden a otros clubes.

–Bien, entonces ya sabéis. Quitaros de en medio cuanto antes.

Se despidieron y nosotros preparamos algo para cenar y nos fuimos a la cama, los tres juntos, desnudos de nuevo, pero estábamos muy cansados, a mi derecha Ana, mi amor filial, la sombra del pecado mortal. A mi izquierda Marga, mi amor venial. Un pecado menor. Delicioso pecado. Ambas acurrucadas, sus cabecitas sobre mis brazos. Junto a mi pecho.

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