Me despiertan los ruidos de los niños, están acostumbrados a madrugar para ir al colegio y se levantan temprano.

Tengo el brazo derecho entumecido, Claudia ha pasado la noche entera sobre él, sigue dormida. Lo saco lentamente para no despertarla, pero abre los ojos. Me mira desconcertada. Sonríe y me besa. Su voz es melosa, dulce.

–Buenos días.

–Buenos días, ¿Cómo has dormido?

–Cuando he despertado y te he visto, me he quedado algo desorientada. Tenía la sensación de haber soñado y, al verte a mi lado, se había convertido en realidad. Tengo miedo.

–¿De qué?

–De despertar. Lo que estoy viviendo contigo, tus caricias, tus besos, tus atenciones, me dan miedo. Corro el peligro de enamorarme de ti. Y eso me da vértigo. Creo que nunca he estado enamorada, de nadie.

–Claudia, en los últimos tiempos, he aprendido algunas cosas vitales.

–La principal, vive el momento, no dejes que el pasado te hunda, no permitas que el miedo al futuro no te deje vivir el presente. Lo único importante.

–Vivamos este presente, disfrutémoslo.

–Vamos a levantarnos, las chicas están trasteando por la cocina.

–¡Por la cocina noo!, ¡Estamos aquí, vigilando, a ver qué hacéis, tortolitos!. Jajaja

–¡Pero qué sinvergüenzas sois! ¡Iros a la cocina, cotillas!

Riendo nos levantamos. Desayunamos todos en la cocina.

–¡Atención! Tengo una noticia que daros.

Claudia me mira sonriendo. Todos se vuelven hacia mí, expectantes.

— Haced las maletas con lo que podéis necesitar. ¡Nos vamos a la playa!

Las caritas de las niñas eran todo un poema. Ojos y boca abiertos de par en par. Cuando reaccionan, los chillidos de Mili y Elena eran tan penetrantes que dolían los oídos. La revolución, saltando, gritando y corriendo como locos. Miré a Claudia, ella a mí. Con sus manos en mis mejillas, me beso.

–¡Gracias José! Por hacernos felices. Mila no sabe lo que ha perdido.

Mila, ¡Oh, Mila! ¿Cuándo me dejaras en paz? Rodeo con mis brazos el torso de Claudia y devuelvo el beso.

–Vamos a preparar las maletas. Tenemos que decidir cómo vamos a viajar con los dos coches. Somos siete y no podemos ir en uno solo.

Los maleteros de los vehículos están a tope. Ana y la hija de Claudia deciden viajar conmigo, los demás en el de Claudia. Y partimos.

–Papá, ¿Lo de Claudia es serio?

–A que te refieres.

–Pues, si vamos a vivir como una familia, todos juntos. Siempre.

–¿Y si fuera así? ¿Te gustaría?

–La verdad, con mamá era divertido, pero yo no era feliz. Me dolía lo que te estaba haciendo, no lo veía bien, cuando confirmé que tú, no sabias nada, me sentó fatal. Se lo dije, pero ya sabes como es.

— Y tú Claudia, ¿qué piensas? ¿Te gustaría tenerme como,… tutor?

–No eres mala persona. Me gustas. Hasta me gustaría hacérmelo contigo.

–¡Eres una perra! ¡Mala amiga! ¿Quieres enrollarte con mi padre?

Se pelean en broma, pellizcos, risas.

–No Claudia. Eso ya lo hemos hablado Ana y yo. No puede haber nada entre nosotros, debemos respetarnos. Tú, sobre todo, debes respetar a tu madre, ya que, si todo va bien, seremos pareja.

Con gestos dramáticos. Dejándose caer en el asiento trasero.

–¡Oohhh! ¡Me rompes el corazón! ¡Estoy enamorada de ti! Jajaja.

Entre bromas seguimos el viaje. Paramos, para comer, en un bar de carretera en La Roda, estiramos las piernas y seguimos viaje. Pasamos por Almansa, Elda, Crevillent, poco después dejamos la Autovía del Mediterráneo para coger una carretera secundaria que nos lleva a nuestro destino.

La compré casi por casualidad. Vi las fotos en una página inmobiliaria. Contacté con ellos y fui a verla, en un viaje relámpago, en avión. Me gustó. Los propietarios eran de Madrid, eso agilizó los trámites. El pago fue al contado.

Ahora podía verla tranquilamente. Era una buena adquisición. Sobre una parcela de mil metros, sembrados de césped, doscientos cincuenta metros construidos en dos plantas. Totalmente amueblado.

Pero lo que nos entusiasmó fue ver, desde los amplios ventanales del salón y desde la terraza del dormitorio, ….el mar,….. con esos tonos verdeazulados del Mediterráneo, el suave celeste del cielo.

El garaje, con capacidad para dos vehículos, un gran salón con la cocina comedor contiguo, una salita, un baño y la escalera de subida a la otra planta. Arriba cuatro dormitorios con tres baños, dos de ellos en el pasillo común y otro dentro del dormitorio principal, que tiene una amplia terraza con vistas a la playa, a la que se accede por el dormitorio principal y otro de los cuartos. Los otros dos dormitorios tenían otra terraza pero a la parte opuesta. Sobre la puerta principal y la entrada al garaje.

Estaban locos de alegría. Los niños recorrían las habitaciones registrándolo todo y planeando como debían repartírselas. Se desnudan todos, se ponen los bañadores y salen de estampida hacia la playa, situada a unos trescientos metros de la casa.

Desde la terraza del dormitorio, vemos como juegan en la arena, se bañan, disfrutan como lo que son. Niños. Ahora, niños felices. Mientras nosotros les preparamos la merienda-cena. Llegan cansados, agotados de correr, saltar y jugar. Se acuestan y se duermen enseguida.

Nosotros sentados en el porche de atrás, orientado al mar. Ella prefiere el gintonic, yo el brandi, lo saboreamos mientras, cogidos de la mano, vemos el reflejo de la luna en el mar, en calma. Al fondo, se mueven unas lucecitas rojas, blancas, verdes, son barcos faenando en el mar.

–¿Te puedo llamar Clau?

–Puedes llamarme como quieras, pero ¿a qué viene eso ahora?

–Me crea problemas que tu hija se llame como tú. Si diferencio tu nombre habrá menos confusiones.

–¿Tienes miedo de que llames a Claudia y vengamos las dos? A mí no me importa.

–Dejémoslo así. No me atosigues. Aun hay cosas que me cuesta admitir.

–No te juzgo por la relación con tu hija, pero me cuesta admitirlo. Racionalmente lo comparto, pero la tradición judeocristiana pesa mucho. No me resulta fácil librarme de mis tabúes.

–Hemos dejado de hacerlo. La verdad es, que, desde que descubrí el placer contigo, ya no es lo mismo. Te prefiero a ti. Y ahora mismo, acabo de sentir un hormigueo en el pubis y me sube un cosquilleo hacia el estómago. Estoy mojada. Si aprieto un muslo contra otro, siento placer. Eso es lo que yo creía que era el orgasmo.

–Hasta que me pasó lo que tú sabes con mi hija. Desde entonces estoy obsesionada con el sexo.

–Tú me has llevado al cielo, llévame ahora al infierno. Te deseo.

–Te quiero dentro de mí, de mi boca, de mi coño, dentro de mi culo. Tengo ganas de ti.

Los ojos entornados, la boca entreabierta, pasándose la lengua por los carnosos labios, su voz sensual, ronca por el deseo, me tenía atrapado, subyugado.

Con mi mano en su mano, me levanté y tiré cariñosamente de ella, se alzó y nos abrazamos. Los besos subieron de tono. Nos dábamos mordisquitos en los labios. Las manos no estaban ociosas. Recorrían las caderas, la espalda, el cuello, la nuca.

Rodeé con las dos manos su cabeza y la atraje hacia mí. Me miré en sus ojos. Estos no mentían, vi el deseo, reflejado en ellos. La pasión. Por un momento, cruzo por mi mente la idea de que era nuestra noche nupcial. Nuestra primera noche. Mi primera noche.

Lo que ocurrió a continuación no puedo relatarlo. Un torbellino, ¡no!, un huracán de sentimientos, de sensaciones y emociones, indescriptibles. Ya en la cama, desnudos, en posturas imposibles, tratando de alcanzar rincones ignotos. Tocarlos, besarlos, chuparlos y penetrarlos.

Con la excitación no nos afectaba el cansancio, no nos llenábamos, queríamos más, deseábamos más. Y llegaron los orgasmos. Clau descubrió que era multiorgasmica, y lo aprovechó. Tres horas después, desnudos, derrotados, cansados, sudorosos, con la ropa de cama revuelta por los suelos, nos quedamos dormidos, abrazados. Ya no me importaba nada.

Recordaba una frase muy común en Andalucía, “Tò er mundo eh gueno”. Y encontré su verdadero significado, es un estado de la conciencia, del ánimo, de la emoción. Cuando se ha sentido ya no se olvida.

Todos los problemas se habían esfumado. Tenía entre mis brazos, la promesa de una nueva vida. Tres días habían pasado. Ya no pensábamos en Madrid, ni en las putas, ni en el negocio. Vivíamos solo para nosotros y nuestros hijos. Me sentía inmensamente feliz. Ella era feliz, su cara resplandecía. Estaba mucho más guapa. Los niños se contagiaron de nuestra ventura y disfrutaban como nunca los había visto.

¡Los teléfonos, se nos habían olvidado en los coches!. Estaban descargados. Cuando estuvieron en funcionamiento tenía un montón de llamadas perdidas, casi todas de Gerardo.

Gerardo, eufórico, en una grabación del buzón de voz.

–José, ¿Dónde estás? Nadie sabe tu paradero, llámame, es urgente.

Llamé.

–¿Gerardo? Soy José. ¿Qué ocurre?.

–¡Por fin! Gracias a Dios que apareces. ¡Pepito es mi hijo!.

Me cayó un jarro de agua fría. Clau noto el cambio en mi cara. Se alarmó.

–¿Qué pasa, es algo grave?

–No, Clau, o si, no lo sé aun. Gerardo, es el padre biológico de Pepito.

Por el móvil se oía gritar a Gerardo. ¡¡José!!, Respóndeme, coño. ¡Dime algo!

Contesté.

–Salgo para Madrid enseguida. A las cinco estaré en casa. Vente para allá. ¿Y Mili?

–Nada, lo siento. Ella no es mi hija y Mila no tiene ni idea de quién puede ser su padre. Dice que en aquella época estaba muy pasada, estuvo en orgias donde folló con muchos desconocidos.

–De acuerdo. Lo dicho a las cinco.

–Okey, os esperamos, a los dos.

Clau se mesaba los cabellos.

–Dios mío. Para el chiquillo será un golpe. ¿Qué vas a hacer?

–No puedo hacer nada Clau. Se irá con sus padres biológicos. La verdad es que va a ser un duro golpe para todos. Quiero a este chiquillo. Lo he criado yo.

–Prepáralo por favor. No le digas nada, por el camino se lo explicaré todo. Vosotras os quedáis aquí. Prefiero ahorraros el mal trago.

–Cuando nos hayamos ido, se lo explicas a Ana y Mili. Lo van a pasar mal. Pero no puedo evitarlo. En cuanto pueda volveré.

–Veras a Mila ¿no?

Sentí un pellizco en el estómago.

–Seguramente. Es su madre. No se lo voy a entregar a un desconocido.

Se anegaron sus ojos de lágrimas.

–Te esperaré, José. Bésame.

Nos abrazamos. Yo tenía un nudo en la garganta. No podía hablar.

Ahora comprendía el relato bíblico de Abraham y su hijo Isaac. El padre no quería pero estaba obligado a sacrificar al hijo porque su Dios se lo exigía.

–¡Pepito!, Prepárate, recoge tus cosas que tenemos que irnos.

–¿Por qué? ¿Adónde? Estáis muy serios, ¿Qué pasa?

–Te lo explicaré por el camino. Vamos, tenemos prisa.

Las niñas nos miran extrañadas pero Clau les dice que ya se lo explicará. Cargamos su maleta y otra mía, casi vacía. No quería que se diera cuenta, antes de salir, que no volvería conmigo.

Llevábamos más de una hora de camino en silencio. Yo no podía hablar, me ahogaba. Fue él quien inicio la conversación.

–Papá, ya no volveré ¿verdad? ¿Adónde me llevas?

–Pepito, eres ya casi un hombre. Sé, que lo que te voy a decir, no te va a gustar. Pero a veces, en la vida, surgen situaciones que no podemos controlar. Que se nos escapan de las manos. Esta es una de ellas.

–Sabes que tu mamá y yo nos hemos separado ¿no?

–Si

–Y ¿sabes porque?

–Sii, ¡porque ella es una puta!.

Me dejo sin habla. No sabía que decir.

–No debes hablar así de tu madre. A pesar de todo ella te quiere y no deja de ser tu madre. ¿Te gustaría verla?

–Psi, porque no. Es mi madre. Pero no me gusta verla haciendo cosas con otros hombres.

–¿Qué cosas?

–Pues follar y eso.

–¿Como lo sabes?

–Pues como Ana y Mili, la hemos visto en casa, en la cama, en el salón, en el baño. ¿Puedo contarte algo? ¿Te enfadaras?

Estaba helado. Un escalofrió recorría mi espalda.

–Pues claro. Hoy es el día de las confesiones. Sabes que no me gustan las mentiras. No, no me enfadaré contigo.

–Es que me da vergüenza.

–No la tengas, esta es una conversación de hombre a hombre.

–Una vez, yo estaba malo, por la noche mamá me dio un vaso de leche al acostarme. No sé lo que me pasó, me sentía mal y vomité. Se me quitó el malestar y me dormí. No sé qué hora era cuando me desperté con ruidos, risas. Me levanté, venían de la habitación vuestra. Me acerque y vi a mamá tendida en la cama con un señor encima y le metía la pilila en su cosa. Luego me enteré, que eso era follar.

–Me puse muy nervioso, no sabía que era aquello pero mi cosita se me enderezo, me la toque y me daba gustito, seguí, hasta que me dio una cosa y casi me caigo al suelo, de la punta salía un juguito transparente, como el moco de los caracoles. Me pude sujetar y volví a acostarme.

–No se lo he dicho nunca a nadie. ¿Me guardaras el secreto?

–Si cariño, no se lo diré a nadie. Pero yo sí tengo algo importante que decirte. ¿Sabes de donde vienen los niños?

–Pues claro. Papá y mamá se juntan, follan y tienen niños.

–Y sabes que otros hombres, han estado haciéndolo con mamá. ¿Cierto?

–Si y qué

Respiré hondo.

–Pues que uno de esos hombres que lo hacían con mamá, es tu papá.

Solo se oía el ruido del motor. El niño se arrellanó en el asiento subió los pies y rodeó sus rodillas con los brazos apoyando encima su cabecita.

–Entonces, ¿tú no eres mi papa?

–No. Yo no lo sabía. Pero hace unos meses me enteré de las correrías de tu madre. Os hice una prueba y resulto, que solo Ana era mi hija biológica, tu madre no sabía quién era tu padre ni el de Mili. Pero eso a mí no me importó. Para mi erais mis hijos, todos por igual, os quiero a todos por igual.

Y lloré. Vi cerca una gasolinera y entré a la zona de servicios. Llorando, no podía conducir.

Pepito se asustó.

–No llores papá, yo te quiero igual, tú eres mi papá.

–El problema no es ese, mi vida. El problema es que ahora, ya sé, quien es tu padre.

–¿Cuándo lo has sabido?

–Esta mañana. Ese es el motivo de este viaje. Vas a conocer a tu padre. Está con tu madre, esperándote en Madrid.

–Y ¿Qué vamos a hacer?

–Tu mamá quiere que vayas a vivir con ella y con tu nuevo padre.

–¿Y si no quiero ir?

–Las leyes pueden obligarte. Probando que son tus padres, no puedo hacer nada. El único consuelo que me queda es que estarás bien con tu madre. Al menos, hasta que te familiarices con tu nuevo padre. Además, nos veremos con frecuencia. Cuando tu madre venga a ver a Ana y Mili, nos reuniremos todos.

–Bueno. Vale.

Me maravillé de lo sencillo que había resultado. Seguimos el viaje hasta nuestra casa. Llegamos a las cuatro. Tomamos un refresco y nos sentamos en el salón a esperar. Estaba casi dormido cuando llamaron a la puerta. Me espabilé y no vi a Pepito. Gritó desde su habitación.

–¡Yo voy a abrir!

Entran, Mila abraza a su hijo y Gerardo que se dirige a mí a darme la mano. No la acepto. Me quedo de pié impasible. Gerardo habla.

–No queremos empezar mal ¿Verdad?

Mila me mira a los ojos, agacha la cabeza y se lleva a su hijo a la habitación.

–Tampoco tengo interés en empezar bien. No soy yo quien lo ha jodido todo. ¿Qué quieres? Habla pronto y claro.

–Vaya, ahora tiene genio. No quiero jaleos, solo quiero a mi hijo. Y si en el paquete entra el negocio, estoy dispuesto a pagar ———euros, por la empresa, los pisos, todo. Pienso que es un buen precio. ¿Estás dispuesto a vender?

–No está mal. No voy a discutirlo. Acepto. Prepara la documentación y lo solucionamos todo de una vez. En cuanto esté cerrado el acuerdo podrás disponer de todo. Yo necesito un día para recoger mis cosas. ¿De acuerdo?

–De acuerdo. Así da gusto hacer tratos. Mañana, en el despacho de Isidro a las diez.

–Allí estaré. Dejadme unos minutos con el niño.

–¡Mila! Ven, trae a Pepito.

Mila trae a su hijo de la mano. Su cara refleja tristeza. Mi paranoia. No sé si es teatro.

Es curioso, no me importa. Me da pena pero no la odio. ¡¡Coño!! No siento nada. Es una extraña para mí. Ya no siento la desazón que me entraba cuando la veía.

La cura de Claudia ha sido eficaz, muy eficaz. Ahora, me siento más cerca de Claudia y más lejos, mucho más lejos, de Mila. Ella ya es para mí solo un triste recuerdo. Pepito deja su maleta en el suelo y se abraza a mí llorando.

–No llores cariño. Ya lo hemos hablado. Eres un hombre y como tal debes comportarte. Esto no es un adiós es solo un hasta pronto.

–Papá, dale muchos besos a Ana y a Mili. Diles que las quiero.

–Lo haré. No te preocupes, pronto se lo dirás tu mismo.

Se marchan. Sólo, me dejo caer en el sofá. Y me quedo dormido.

Despierto y no sé donde estoy. Me cuesta reconocer el salón de la que hasta hoy ha sido mi casa. Aun es temprano, pero tengo mucho trabajo por delante.

Primero desmontar todas las cámaras de vigilancia, instalar una en el dormitorio pero en otro lugar, inaccesible y totalmente disimulada. Maldita paranoia. No puedo utilizar la radio porque es detectable. Utilizaré cable coaxial hasta el concentrador que tengo disimulado en el otro piso. Que a su vez tiene dos instalaciones, una para el negocio y otra exclusivamente mía. Emparedada.

Desde Alicante podre seguir observando a esta gente. Se ha convertido en un vicio para mí. Lo reconozco, pero no puedo, ni quiero evitarlo. Seré un vicioso, un voyeur.

Una vez terminado el trabajo, llamo a una agencia de transportes, para encargarle el traslado de los enseres a Alicante. Me dirijo al apartamento que uso como centro de control para cambiar las claves y la nueva configuración. Lo utilizaré como estación repetidora. Aquí tengo instalado un servidor. Con acceder a él, desde cualquier parte del mundo, podre espiar a los que se muevan en los pisos.

Me dirijo a la dirección del abogado que gestionará la venta. Previamente he llamado al mío para que me acompañe y asesore.

El abogado de Gerardo es Isidro, ex marido de Claudia y cliente de Mila.

Seguramente ya sabe que estoy con su mujer y sus hijas. La tensión se puede masticar. Mi abogado, me llama aparte y me informa, que quien realmente compra el negocio y los pisos es Mila. Gerardo, no es más que un testaferro. No sé de dónde ha sacado el dinero. Ni me importa. Es casi seguro que tenía otra cuenta, quizá en algún paraíso fiscal, donde guardaba dinero sucio.

En el fondo me alegro. Me cae fatal el tal Gerardo. Y saber que fue el artífice de convertir, en prostituta a Mila, a mi hija y ni se sabe, cuántas pobres desgraciadas más.

Sigo sorprendido por lo tranquilo que estoy ante Mila. Y ella se da cuenta. Casi no cruzamos palabras. Pero sus ojos la delatan. Cuando ya no puede más.

–¿Cómo están las niñas José?

–Bien Mila, ahora supongo que tristes, por no tener a su hermano con ellas. Sabes que estaban muy unidos.

–José, me gustaría que fuéramos amigos. No soportaría que me odiaras. Yo te…

–No Mila, por favor. No sigas. No podemos ser amigos. Y no te odio. Si te digo la verdad ahora ya no siento nada por ti. Ha desaparecido el dolor y esta cicatrizando la herida. Voy a intentar rehacer mi vida. Te deseo lo mejor y que tú también seas feliz.

–Lo que tenemos que acordar es un régimen de visitas para que veas a las niñas y yo a Pepito. Nos comunicaremos por internet. Nada más.

–Isidro me ha dicho, que sospecha que te has llevado a Claudia y a las niñas. Ten cuidado, es un hombre peligroso y esta cabreado.

–Pues más cabreado estoy yo con él. Ha estado martirizando a Claudia durante años. Y eso es algo que no soporto, tú lo sabes. Ya están divorciados, nosotros también, somos libres. Ahora solo intentamos ser felices. Nada más.

— De todos modos si necesitas algo, llámame, a mí o a Marga. Seguimos juntas.

–Pero ¿No estabas con Gerardo?

–No, Gerardo es un buen amigo, nada más. Pepito vivirá conmigo y él vendrá a verlo cuando quiera, se lo llevará de vacaciones. Será bueno con él, no te preocupes. De eso me encargo yo. Me he dado cuenta que, con quien únicamente puedo vivir es con Marga. Voy a dejar las citas y dedicarme a los negocios. Sé, que te has dado cuenta de quien, ha comprado el negocio.

–Me alegro, por ti. Cambia de vida. Adiós Mila.

–Adiós José.

Se acerca y me da un beso en la mejilla. No produce ninguna reacción en mí. Se marcha con Gerardo. Me despido de mi abogado y voy a terminar con las órdenes para la mudanza.

Ya tarde visito a Edu en su casa. Me recibe él con su eterno pijama. Ha cambiado mucho, más delgado, parece enfermo. Al oírme, Amalia, sale de la habitación, totalmente desnuda.

Me sorprende, se alegra de verme, me da un abrazo que me pone a cien.

Me invita a coger sus glúteos, pellizcarle las tetas y ella se ríe a mandíbula batiente.

–Ven conmigo, mira a quien tengo aquí.

Edu se deja caer en su sillón, ella tira de mi mano y me arrastra hasta su habitación.

–Mira quien está aquí, ¿lo recuerdas?

Sí, claro que lo recordaba, es Manuel, el de la AMPA. El artífice involuntario de mis desgracias. El cerdo borracho, que hablaba con mi mujer a las siete de la mañana, para ir a jodérsela aquel fatídico ocho de abril.

Está esposado a la cama, boca arriba, inmovilizado de pies y manos. Tampoco sentía odio ni rencor. En manos de Amalia me daba pena. Ella se coloca sobre él, cubre su cara, incrustándola en la raja vaginoanal de la mujer.

Ella se mueve adelante y atrás, se para y solo se levanta cuando ve los estertores agónicos, por la asfixia. Restriega el culo y el coño por la cara del pobre hombre. Mientras, con las manos, pajea su polla y retuerce sus testículos.

Se levanta, la cara del sumiso aparece empapada, de flujo y quién sabe qué, de la mujer.

Se acercó a un mueble, sacó un arnés del cajón y se lo colocó, liberó a Manuel, le dio la vuelta y lo inmovilizó boca abajo, se puso sobre él, sin lubricante, sin preparación alguna, abrió las nalgas peludas del desgraciado y le hundió, en su ano, el enorme aparato, con sus manos aferradas, tirándole de los pelos como si fueran riendas.

Gritó, chillo como una rata, pataleó. Sangraba, pero ella, como poseída, no se detenía, empujaba hasta golpear, con sus muslos, las nalgas peludas. Al sacar el dildo podía apreciarse la enorme y negra cavidad. Ella sin descanso, volvía a enterrar aquel instrumento de tortura, en el maltrecho trasero del pobre Manuel.

Me dijo que me acercara, que subiera a la cama, obedecí. ¿Estaría convirtiéndome en sumiso? Era imposible oponerse a las órdenes, de aquella impresionante dómina.

Abrió la cremallera de mi pantalón, saco mi verga y la mamo hasta ponerla dura.

–Ahora métemela por detrás, fóllame el culo, como aquella vez sobre Edu y empuja fuerte, para que con tus envites le entre, hasta la garganta, a este maricón,

Y así fue. Otra pírrica venganza. Agarrado a las grandes tetas de Amalia, pellizcando sus pezones y clavando mi polla en su majestuoso culo, me corrí, una vez más. Solo una eyaculación sin emoción, sin pasión, sin amor.

No podía compararlo con lo que unos días antes había experimentado con Claudia. Aquello me termino de convencer. El sexo sin amor no podía competir con las emociones, las sensaciones, las vibraciones que acompañan al sexo con la persona amada.

Comprendí lo que me dijo Mila. Ella no había sentido con nadie, lo que llego a sentir conmigo. Pensé, Mila, te deseo, de todo corazón, que encuentres a la persona que te haga sentir, de nuevo, lo que ahora sé, llegaste a sentir conmigo.

Amalia me mostro la cámara, con la que estaba grabando toda la acción, para después enviársela a la mujer de Manuel y así, provocar la ruptura del matrimonio o, más perverso aún, convertir a la esposa en prostituta. Esa era la mejor opción, ya que además de cumplir la venganza, se beneficiaba del trabajo como puta de la mujer.

Informé a Amalia de la venta del negocio y que Mila se haría cargo de todo.

Deje a Amalia con su cliente, me despedí de Edu, que me miraba con una sonrisa bobalicona en la boca y me marché.

Deseaba con toda mi alma llegar a mi casa, mi nueva casa. Donde me esperaban mi mujer y mis niñas, a las que amaba con toda mi alma.

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