dueno-inesperado-1Cielos, infiernos, cielos, infiernos. Entre ambas yacía mi vida debido a mis constantes peleas con Susana. Todos los Sin-t-C3-ADtulo27intentos por salvar nuestro matrimonio fueron en vano… casi todos. Como último recurso nos quedó un consejero más que especial, recomendado por una de sus amigas. Entre el humo de mi cigarro me detuve a pensar por un momento si aquella amiga tendría idea siquiera del maldito pervertido que nos recomendó; más de una vez lo descubrí fisgoneando las piernas de Susana, cuando ésta iba a las sesiones con su falda.
– Buenas noches damas y caballeros… supongo que ya estamos todos y sus anillos matrimoniales fueron ya depositados en la bandeja correspondiente, ¿no es así? Bien, entonces no me queda otra que darles la bienvenida a nuestro club, a quienes se nos unen por primera vez… mi nombre es Pierre Anderson, y seré su guía.

El maldito pervertido-especialista era de origen ruso, de apellido Sokovich, que además de cobrarnos un dineral, seguía corrientes alternativas y muy novedosas, cosas que no terminaron de convencerme, pero era tan grande la necesidad de salvar nuestro matrimonio que decidimos adentrarnos en terrenos nunca antes explorados. ¿Qué más daba?, ¿habría algún riesgo si aceptábamos? Siempre los hay cuando tomas decisiones desperadas, siempre traerán algún resultado positivo o uno trágico, cada decisión traerá consigo un cielo o un infierno… lastimosamente uno nunca tiene la posibilidad de saber en dónde terminará, son su naturaleza de ser. Cielos, infiernos, cielos, infiernos… pensé que mi cigarro me ayudaría a encontrar la respuesta.

– Todas las parejas aquí presentes han sido seguidas durante la semana pasada, como ya han de saber. A mi lado se encuentra la señorita Monique, quien fue la que se encargó de transformar la información de ustedes, en algo útil para esta noche.
– Tengo en mis manos un par de bandejas – dijo la señorita – como verán, en ellas se encuentran varios paños negros que nos encargaremos de ponérselos…
Susana estaba a mi lado, tomándome de la mano, temblándole, casi delatando con su nerviosismo que era la primera vez que estábamos en este tipo de club. De todos modos, al dar un vistazo en el círculo que formábamos las siete parejas, pude contemplar algún que otro pobre nervioso.
Monique y Pierre comenzaron a cegar a los matrimonios, pero sin dejar de informarnos con ese toque tan educado que poseían.
– Cuando todos estén con el paño, nos encargaremos de formar las nuevas parejas. Una vez formadas las parejas, los enviaremos a una habitación privada… allí podrán quitarse las vendas.
Cielos, infiernos, cielos, infiernos… tiré el cigarro y lo maté con una pisada, justo antes de que Monique me cegara con el paño… justo antes de que Pierre nos pidiera con su conocida educación que apartara la mano de mi querida Susana. El maldito pervertido-consejero nos llevó hasta aquel club con el objetivo de hacer renacer el fuego que nos caracterizaba… Susana se lo creyó… y yo me preguntaba si la respuesta sobre el cielo o el infierno había muerto con mi cigarro.
– Ahora formaremos las parejas y posteriormente serán guiadas hacia sus respectivas habitaciones.
Otro lado malo de las decisiones, es que cuando están tomadas, ya no hay marcha atrás…
* * * * *
No debía pasar por aquello; caminar como tonto, a pasos cortos, con temor a tropezarme debido al paño que me cegaba, y con la fina mano de Monique guiando tanto a mí como a mi desconocida pareja.
Cuando soltó mi mano, sólo oí una puerta cerrarse. Sin previo aviso, sin nuevas órdenes, no sabía si quedarme parado como perro manso a la espera de otra orden o simplemente…
– Creo que ya podemos quitarnos los vendajes – dijo una voz femenina. No era Monique, era mi pareja, tenía una carga sensual en la voz que hizo que me imaginara miles de prototipos de mujer frente a mí.
– ¿Lo crees? ¿No debemos esperar a que nos los ordenen?
– No. Eres el único que aún no se ha retirado el vendaje.
Me lo retiré con una sonrisa, y luego de acomodar mi visión, pude contemplar que la voz femenina y erótica encajaba perfectamente con aquella mujer de un elegante vestido negro.
– Me gustan tus ojos – dijo antes de dirigirse al minibar del cuarto.
– Me gusta tu voz – respondí lanzando el vendaje en la cama.
– ¿Vas a tomar algo? – preguntó sin hacerme caso.
– No, no… no estoy para bebidas.
– ¿Seguro? Yo sí lo necesito… vamos, un Gin no mata a nadie.
– No, estoy bien así.
– Si tú lo dices… ahora mira detrás de ti… ¿ves las siete pantallas de televisión?
– ¿Qué?
– Mi esposo está en la pantalla cinco… si mal no recuerdo a tu esposa, la nerviosita, está en la pantalla dos. Los de la pantalla uno, cuatro y siete no pierden tiempo… parece que echaron a volar sus ropas ni bien se quitaron los paños.
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– Estamos… estamos viendo a los otros – Tres grupos de siete pantallas cada una estaban dispuestas en tres lugares; sobre la cabecera de la cama, en la pared frente a dicha cama y en el techo.
– Y no se te olvide que ellos nos ven a nosotros, en la pantalla tres… bueno, ahora mismo no estamos dando un espectáculo que digamos…
– Susana… – susurré viendo a mi amada, sentada en la cama junto a otro hombre que lentamente le echaba mano. Cómo dolía aquello, por un momento pensé salir de la habitación para buscarla… pensé en tomar un arma y liquidar al maldito consejero ruso por traernos a esta locura.
– Visto lo visto, corazón, ¿quieres algo de tomar?
– Ahora sí quiero algo.
– Hum, ya decía yo. Por cierto, me llamo Mayra.
– Sebastián.
– Eso es todo lo que podemos dar, ¿no? Sólo nombres… – enseguida sentí su cuerpo detrás del mío, cómo hirvió mi piel a sabiendas que durante esa noche, aquella mujer de seductora voz sería mía – Aquí tienes tu bebida.
– Sólo nombres – respondí girando hacia ella, sin siquiera disimular mi mirada enterrada en su escote.
– En mis experiencias, el nombre es más que suficiente…
– ¿Has hecho esto más de una vez?
– Sí, mi esposo y yo solemos recurrir a Monique y Pierre. Algunos suelen venir de seguido, otros dejan de hacerlo, vienen nuevos que luego nunca vuelven… este mundillo es así. Sé que eres nuevo en el ambiente…
– Entenderás entonces que me cuesta involucrarme en este… “mundillo”
– Pues a tu esposa no le cuesta mucho que digamos.
– ¿Disculpa?
– Pantalla dos.
– ¿Pant..? Ah, joder… Susana…
– No te preocupes, no es la primera vez que me toca hacer debutar a uno – dijo dirigiéndose de cara hacia las pantallas de la pared, inclinando su casi perfecto trasero hacia mí – Retírame el vestido, ojitos bonitos… y si aún te cuesta “involucrarte en este mundillo”, asegúrate de mirar la pantalla dos, ¿quieres?
No sabía si Susana miraba la pantalla donde yo aparecía, de todos modos me empeñé en lo mío, bajando el cierre del vestido de Mayra mientras de reojo observaba cómo mi mujer empezaba a ceder más y más ante el hombre de turno. Cayó el vestido de mi nueva pareja en el suelo, quedando sólo con un tanga blanco.
– Bien, corazón – dijo girando hacia mí, apuntando sus pezones erectos hacia mi sorprendido rostro que poco disimulaba, sosteniendo su copa de Gin en una mano, mientras que la otra mano se colgaba con un par de dedos por mi cinturón – cada vez que dudes en ir lejos conmigo, asegúrate de mirar la pantalla de tu querida Susana. Y no te me enojes si de vez en cuando me pillas viendo a mi esposo… en parte, es a lo que vine…

No le respondí, ¿qué debía responder si nunca estaba preparado para esa situación?, y justo después de para poner mi copa en la mesita más cercana, ella se inclinó para besarme… no, no fue un beso, fue una metida de lengua con carga morbosa de aquellas, aunque no dejé de notar cierta frialdad, como si me estuviera besando de esa manera sólo para goce de su marido que nos estaría viendo por las pantallas, dejándome como mero instrumento.
– Ahora, retírate ese trajecito formal y vente conmigo, corazón.
– No pierdes tiempo.
– Ellos tampoco – señaló con su mirada las pantallas.
Fue a la cama, quedándose sinuosa con sus curvas, esperándome con una sonrisa extraña. Una sonrisa que destellaba cielos e infiernos. Mayra, Mayra… con ella tocaría el cielo para caer en picada al más profundo de los avernos al ritmo de dos corazones latiendo adrenalina pura. Miré por última vez a Susana… miré a mi pareja de turno mientras mis ropas caían y caían al suelo. Atrás quedaron mis miedos, los cielos, infiernos, matrimonios, cigarros.
– Hummm… ¿sabes? Mejor quédate ahí, paradito frente a mí, Sebastián.
– ¿Algo malo?
– Nada en absoluto, digamos que me gusta lo que veo.
Se sentó en el borde de la cama, y sujetando mi sexo con la mano, metió su boca para hacerme una chupada que hizo hervir mi piel. Nunca nadie me había hecho lo que ella, sentir mi sexo crecer y crecer en su boca fue una experiencia celestial, todo al tiempo en que sus manos estrujaban mis más sensibles pertenencias. Susana, Susana… entres mis gemidos y los de Mayra, noté en los televisores que Susana estaba siendo atada en la cama de pies y manos. El hombre no dudó en besar cada centímetro de su expuesto y tenso cuerpo, apenas noté que su boca se abría, gimiendo de placer o sorpresa… no podía imaginar qué.
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– Ahora sí, ojos preciosos, vente, y por favor, no te sientas coartado – me abrió brazos y piernas, y no dudé en aceptar la cordialidad. A besos fui comiéndole el cuello para bajar entre los senos, el ombligo y posteriormente arrancar su tanga con una mordida animal, y con tal ferocidad recorrí los secretos de su sexo con mi lengua. Sus manos empujaron mi cabeza contra su feminidad mientras su cadera hacía movimientos diabólicos, restregando su vagina contra mi boca, contra mi lengua al ritmo de sus gemidos… al ritmo de los gemidos de las otras parejas… sí, Pierre y Monique subieron el volumen en las siete pantallas, al parecer todas las parejas estaban metidas en plena faena.
– ¡Sigue, corazón, sigue por favor!- gritaba Mayra. La mujer perfecta, directa al grano desde un principio, pícara, morbosa, erótica, bella en todos los aspectos, como hecha en el mismísimo Cielo para goce de los hombres. Esa noche era mía, toda mía y me dolía demonios saber que al día siguiente sería de algún otro.
Empuñó mi cabello y me retiró del cunnilingus más jugoso de mi vida, sus ojos destellaban cielos e infiernos de placer y con su boca apenas pudo susurrar un “cógeme, hazme tuya, hazme gritar… quiero ser la que más grite de las siete mujeres, ¿me oyes?”
Nuevamente no supe qué responder, más sí qué hacer; supe sonreírle, para luego reptar por ella y poder quedar cara a cara, sexo a sexo. Comprendí que no necesitaba palabras con ella. Rodeó mi espalda con sus piernas y sin mediar nada más, penetré el jugoso sexo que había lamido como feliz perro faldero.
Supongo que si alguna de las parejas nos observaba, sólo notaría pieles sudando y vibrando al mismo ritmo que el de dos personas cayendo al más profundo de los avernos con los corazones latiendo adrenalina pura. Pero yo no tenía tiempo para los demás, miré a Mayra y me chocó encontrarla con su mirada clavada en las pantallas del techo, seguramente buscando a su esposo… juraría que vi un par de lágrimas asomando en sus ojos. Cuando ella notó que la miraba, se acercó abruptamente para besarme como sólo ella sabía hacerlo.
Nuevamente recordé a Susana… pantalla dos. Vi con espanto que ella no estaba sola;
– Mayra… ¿qué hacen esos hombres en la habitación de Susana?
– Sigue, ojos preciosos… no me mates con esto… a veces Monique y Pierre hacen esto…
Mayra notó mi bajada de ritmo, no todos los días uno contempla a su esposa encadenada en una cama, cegada con un paño mientras tres hombres y dos mujeres se dedican a lamerle cada uno de sus agujeros. Cielos, infiernos… infiernos… mi rabia fue tremenda, y Mayra lo pagó caro cuando repentinamente aumenté la fuerza del vaivén debido a mi rabia, apartando para siempre mis ojos de la pantalla dos, dedicándome completamente a mi amante de turno. Esa noche, de todos los gemidos, destacó el de Mayra, el de una auténtica ángel morbosa hecha en el paraíso.
Ella se llegó dos veces antes de que yo lo hiciera. Aún hervía mi rabia pues al volver a fijarme en la pantalla dos, vi que no paraban de introducirles dedos y lengua a mi esposa. Mayra vio lo que yo, y velozmente me consoló, abrazándome, alejándome de las pantallas, pegando mi cara contra sus pechos sudados;
– Hummm, Ojitos bonitos, te sentí enojado… y fuiste fantástico.
– Nunca me habían dicho algo al respecto, Mayra… ¿quiénes son esos malditos?
– ¿Oyes a Susana, precioso? –preguntó acariciando mi pelo mientras sus senos me servían como almohadas para mi rabia.
– ¿A qué te refieres?
– Está gozando… Monique nos investiga para eso, ella sabe de compatibilidad sexual… supongo que al investigar a tu esposa, descubrió alguna fantasía oculta en ella.
– Menuda fantasía… – respondí, a lo que sólo recibí un beso en la cabeza de parte de mi consoladora. Sentí que me descargué mucho con ella, por lo que decidí desviar el tema; – Mayra… ¿cuál es tu esposo?
– Pantalla seis… de los pocos hombres que no mira las pantallas… nunca lo hace, sólo tiene ojos para su amante de turno.
– ¿Por eso me pediste que te haga gritar? – sonreí apartando mi rostro de sus pechos.
– ¿Te vas a burlar por eso?
– No, para nada. – Entendí perfectamente el porqué de su llanto silencioso durante el sexo, supongo que miraba a su marido para ver si él se fijaba en las pantallas, y al verlo desinteresado por las mismas, le causó pesar. Un dolor tan fuerte como el mío cuando supe que nuestro tiempo se acabó y que ella pronto no estaría conmigo.
– Sebastián… pocos hombres fueron atentos como tú, normalmente los tíos vienen para follarme sin soltar sus ojos de las pantallas… eres… diferente. Es una pena que nos prohíban conocernos más a fondo.
– ¿Y no podemos simplemente intercambiar números, mails, algo?
– Shhh… ellos vigilan – dijo poniendo un dedo en mis labios, señalando con su mirada una cámara a lo alto de la habitación – Va en contra de las reglas, cosas que tienen Monique y Pierre, dicen que conocer más de la pareja de turno, podría traer problemas en el matrimonio, ya que uno nunca está del todo preparado ante este tipo de relaciones… además, faltar las reglas sería motivo de expulsión. Ahora, recoge tus ropas… ah, por cierto, vi que tenías una caja de cigarros… ¿me la prestas? Sólo quiero un pitillo, ojitos.
* * * * *
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Cielos, infiernos, cielos, infiernos… Susana fue a la sala media hora después que el resto de las mujeres. Supongo que para recuperarse. Yo la esperaba con mi penúltimo cigarro a punto de morirse y una fina sonrisa intentando dibujarse en mi rostro. Nunca en mi vida había estado tan feliz de verla, era todo tan confuso, la rabia de hacía ratos se disipó en los pechos de Mayra… tal vez el maldito consejero-pervertido tenía razón con sus razonamientos modernistas, tal vez mi matrimonio logró salvarse, pero algo me carcomía la mente… ¿acaso estaba previsto que cayese enamorado de mi pareja de turno?, ¿quién dijo que ese juego de adultos no tenía margen para enamoramientos? No sabía si yo sería capaz de aguantar noches sin probar a Mayra una vez más, por lo que sin lugar a dudas, convencería a Susana para volver a aquel club. De todos modos, con la noche que se gastó ella, no le molestaría la idea.
Quise mis cigarros una vez más para ver si me ayudaban en mi eterno búsqueda; que si el cielo o si el infierno. A lo lejos Mayra se alejaba con su marido, meneando aquel culo que magreé con gusto, girando hacia mí, regalándome una última sonrisa al tiempo en que mi querida Susana se acercaba para abrazarme;
– Sebas, ¿me extrañaste?
– No tanto, cariño… digamos que no solté mis ojos de ti en ningún momento – mentí.
– Yo no pude ver las pantallas por mucho tiempo… y…
– Ya sé, mi amor. La discusión la dejamos para mañana, ¿estamos?
– Estamos Sebas.
Retiré de la caja el último cigarro, ya sin esperanzas de encontrar el paraíso o el averno entre el humo de ella… pero vi con disimulo que Mayra dejó anotado su mail en el reverso. Mi esposa jamás entendió por qué sonreí tanto cuando le tomé de la mano, ni mucho menos entendió por qué susurré “Encontré el Cielo”…
– Made in Heaven –
Si quieres hacer un comentario directamente al autor: chvieri85@gmail.com

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