cuñada portada3RECUERDO DE JUVENTUD:

Sin títuloLa tele a veces nos trae recuerdos. Nos hace evocar cosas del pasado. Oyes la melodía de un anuncio y te ves a ti mismo, con 20 años menos, cantándola a grito pelado en un concierto. O ves a la vieja que anuncia pizzas y se te asemeja a tu difunta abuela, aunque ella ni de coña habría consentido que su nieto se alimentara de esas plastas congeladas.

Pero esos recuerdos no os importan, ¿verdad? Si estáis en esta página, lo que buscáis es ñaca-ñaca, ¿eh, guarretes?…

Qué coño. Como yo.

Sucedió la otra noche, desparramado en el sofá como acostumbro, cansado después de un largo día, dedicándome junto a mi mujer a disfrutar de los breves fragmentos de la serie Big Bang Theory que la cadena tiene a bien intercalar en su programación continua de spots publicitarios.

Sí, ya sé, podría verlos en internet, o bajármelos y verlos cuando me saliera del prepucio. Pero qué queréis, a veces apetece tirarse en el sofá con tu esposa y ver un rato la tele, a ser posible algo que os guste a los dos. Sin más complicaciones.

Normalmente, me río a carcajadas con los chistes de esa serie, pero, esa noche, hubo uno en concreto que, como dije al principio, despertó ciertos recuerdos en mí, lo que me hizo perder un poco el hilo, mientras me sumergía en mi memoria.

Wolowitz (o como puñetas se escriba) era objeto de las burlas de sus amigos debido a su confesión de haber perdido la virginidad con su prima y, dados los paralelismos con mi experiencia propia, me puse a recordar el intenso día de mi juventud en el que, como normalmente se dice, abandoné el grupo de los críos y me convertí en hombre.

Hombre, sí, por más que las rodillas me temblaran y tuviera un acojone en el cuerpo de aquí te espero.

Pero ya me estoy adelantando.

Norma (sí, como la vedette), mi mujer, me preguntó extrañada si me pasaba algo, al ver que, contrariamente a lo habitual, no prestaba demasiada atención a la serie. Con acierto, le respondí que estaba cansado (lo que era verídico) y ella, que es un cielo, me permitió tumbarme por completo en el sofá, apoyando la cabeza en su suave muslo, mientras seguíamos viendo la tele.

Aunque, en realidad, mi mente viajaba en el tiempo, a 20 años atrás, cuando tenía 17 y al mágico e intenso día que pasé con Maika, mi querida prima.

……………………….

Como he dicho, yo tenía en aquel entonces 17 recién cumplidos y era (y sigo siendo , al menos según a quien le preguntes, a mi mujer por ejemplo) un ceporro de cuidado.

Bueno, ceporro quizás sea un poco fuerte. Dejémoslo en pardillo. Queda mejor.

Como decía, a pesar de no ser exactamente ya un adolescente púber, sino estar ya un poco talludito, mi dilatada experiencia con elementos del bello sexo podía resumirse con un sencilla y castiza expresión: cero patatero.

Pues sí, a pesar de mi edad, jamás le había puesto mano encima a ninguna chica (con intenciones lúbricas, se entiende), no había besado a ninguna, sólo había salido con ellas cuando íbamos en grupo y, en cuanto a rozar una teta o un muslo… mi gozo en un pozo.

Mis más intensas experiencias eróticas se habían producido al vislumbrar en alguna ocasión el borde de un sostén por algún escote o el fugaz vistazo a la braguita de alguna chavala distraída.

Pensándolo bien, creo que ceporro me cuadraba mejor.

Todos los veranos, mi familia, (mis padres, mi hermano menor y yo) nos trasladábamos a pasar las vacaciones a casa de mis tíos, que tenían una pequeña granja en el campo, a las afueras de Córdoba, donde nació mi padre. Allí residían (en la ciudad digo, no en la huerta), todos sus hermanos y, como todos venían a vernos cuando andábamos por allí, nos juntábamos el ciento y la madre.

De esta forma, aprovechábamos para visitar a la familia y pasábamos una temporada en el campo, cosa que nos encantaba.

Todos los años, yo aguardaba con ansia el momento del viaje, pues disfrutaba muchísimo las visitas a la huerta. Piénsenlo, un crío de ciudad, que de repente se encontraba al aire libre, con muchísima más libertad paterna, pudiendo disfrutar de las mil cosas que se podían hacer allí. Estaba deseando ir.

Sin embargo, ese año había sucedido una cosa inesperada: había crecido. Ya tenía 17 y mis ganas de pasarme un mes atrapado en el campo (espero que hayan notado el cambio de perspectiva) sin nada que hacer más que espantar pájaros a pedradas, como que no me seducía demasiado.

Hice algún tímido intento de convencer a mi madre (a mi padre se la pelaba) para que me permitiera quedarme solo en casa. Resumiendo, su cortés negativa podría expresarse diciendo: “Y un mojón pa ti”.

Así que nada, como todos los años, nos montamos en el coche de madrugada y nos pegamos el palizón de 7 horas de carretera de siempre, hasta recorrer los 400 kilómetros que nos separaban de la huerta de mis tíos.

Bueno, al menos volvería a ver a mis primos, con los que me llevaba muy bien. Cuando nos juntábamos todos en la huerta, organizábamos unos torneos de fútbol bastante impresionantes (el fútbol patatal debería ser obligatorio en las escuelas, no veas cómo endurece el carácter… y las costillas).

Y también estaban mis primas, un buen puñado y, justo es reconocerlo, había unas cuantas que… bueno, digamos que más de una vez me había encerrado en el baño a pasar el rato con la imagen de alguna de ellas en mi cabeza, je, je.

Pero no voy a hablarles de todas, eso no viene al caso. La protagonista de esta historia es Maika, que era hija de los dueños de la granja.

Maika era (y es, menuda estupidez) un año menor que yo (haced cuentas, genios) y, aún a riesgo de parecer exagerado, os digo que la chica era un auténtico bombón.

Desde jovencita, la muchacha era de las que llaman la atención, morena, ojos grandes de color marrón verdoso, una sonrisa de esas que te alegran el día y unas pecas en la nariz que le daban un aire a la vez dulce y pícaro.

Y unas curvas… joder, me estoy poniendo a tono sólo de acordarme de la Maika adolescente. Voy a tener que buscar alguna foto de aquel entonces y encerrarme en el baño sin que Norma se entere (oooh, sorpresa, los casados también se hacen pajas… boquiabierto me hallo).

Desde siempre (desde que entró en la pubertad quiero decir) las curvas de Maika eran bastante impresionantes. Como íbamos mucho a la piscina (pequeño spoiler) estaba más que acostumbrado a verla en bañador y, si bien sus tetas no eran espectaculares (aunque fueron mejorando con los años… vaya si mejoraron), tenía unos muslos y un culo que cortaban la respiración.

Sí, ya sé que estaba hecho todo un degenerado para andar mirándole el culo a mi primita, pero coño, si ustedes lo vieran, de seguro harían lo mismo.

Y no era sólo que estuviera buena, es que además era un encanto conmigo. Abierta, simpática, cariñosa; siempre que me veía me daba un fuerte abrazo y me estampaba dos rotundos besos, con esa sonrisa de oreja a oreja tan suya, que te alegraba el corazón.

Eso sí, yo siempre tuve la sospecha (que luego se convertiría en certeza), de que Maika se sentía un pelín atraída por mí. Esto era debido a que, a pesar de que mi hermano era de su misma edad, ella prefería pasar tiempo conmigo, charlando, bromeando o simplemente saliendo a dar un paseo por el campo, a joderle los sembrados al vecino, que era un capullo.

No es que hiciera nada especial (nada de mirarme con ojos de cordero degollado, ni tratar de seducirme), era sólo que siempre era tan agradable conmigo, un tipo que en absoluto estaba acostumbrado a que las chicas fueran amables… que en mi cabeza me montaba la película.

Y, por esa manera de ser suya, tan abierta, a pesar de mi timidez (o ceporrería, según a qué escuela de pensamiento pertenezcan ustedes), nunca me sentí incómodo ni cortado a su lado, cosa que siempre me pasaba con cualquier otra chica guapa.

No sólo éramos primos, sino también buenos amigos y, ya hablando en serio, a pesar de todo lo que he dicho hasta ahora, nunca pasó por mi cabeza ningún tipo de pensamiento incestuoso (bueno, pensamiento quizás sí, pero juro y perjuro que jamás intenté nada). Vale, estaba muy buena y admito que de vez en cuando le eché alguna mirada admirativa, pero nada más.

Piensen que nos conocíamos desde pequeños y ella era mi prima menor, así que, como decía, nothing at all.

Hasta el día de la piscina.

Joder.

Qué día.

Bendito día.

Je, je…. (aquí pegaría un emoticono de esos de cabeza de diablillo, pero ni puta idea de cómo se hace).

……………………………

No era la primera vez que nuestros padres (el de Maika y el mío) nos llevaban a la piscina municipal. Habitualmente, íbamos a una que estaba bastante cerca, en Córdoba capital, pero, ese año, mi tío sugirió ir a la de un pueblo vecino, que al parecer habían inaugurado ese mismo verano y le había sido recomendada por unos amigos, que le habían comentado que estaba poco concurrida y todo estaba tan nuevecito que daba gusto.

La sorpresa fue que mi madre no quiso venir y se quedó en la huerta con mi tía (a la que no había forma humana de acercar al agua y no venía nunca), así que quedamos un total de 6 viajeros: mi padre, mi tío, mi hermano, Paco, el insufrible hermanito de Maika (11 años), ella y yo.

Y entonces mi padre tuvo la idea del millón.

– Total, para 30 kilómetros… ¿Para qué vamos a llevar dos coches?

Hoy en día, si la pasma te pilla con 6 pasajeros metidos en un cinco plazas, sin sillitas para los menores, sin cinturones, ni hostias, lo más probable es que te cuelguen de un árbol por los cataplines y luego te hagan dar vueltas, pero, en aquel entonces, no era nada tan raro.

De hecho, no era la primera vez que hacíamos algo así (en años anteriores, me refiero), así que no nos extrañó mucho a ninguno.

Habitualmente, cuando eso pasaba, Maika se sentaba en mi regazo (como dije, siempre procuraba andar alrededor mío) aunque yo pensé que, esa vez, creciditos ya los dos, me iba a tocar cargar con el mocoso.

Pero qué va. Esa no era la idea de Maika para nada.

– Me llevas tú encima como siempre, ¿no Adri?

– ¿Eh?

Como decía el otro, me quedé como un conejo al que le echan las largas. No supe qué decir.

Eso sí, mi boca sería incapaz de articular palabra, pero mi cerebro funcionaba a mil por hora, tan rápido que hasta pude viajar en el tiempo y ver el futuro: bomboncito en el regazo, empalmada que te crió, ella se da cuenta, te cruza la cara, su padre se baja del coche, te escamocha a leñazos y, de la piltrafa que quede, ya se encargará tu propio progenitor de colgarla de algún pino.

Un plan genial.

– Maika, no sé si yo… – atiné a balbucear.

Pero ella, con esa radiante sonrisa tan propia iluminándole el rostro, dijo con sencillez.

– Venga, no seas tonto; ¿O es que te da vergüenza que me siente en tus rodillas?

La madre que la parió. ¿Qué iba a decir? No podía protestar, porque entonces quizás mi padre empezara a preguntarse por qué no quería cargar con ella y, si sumaba dos y dos… era capaz de meterme en el maletero y así cabrían los demás perfectamente.

– No, Maika, qué me va a dar vergüenza. Es que, como te has puesto tan gorda… – bromeé, como solía hacer con ella.

– ¿En serio? ¿Crees que he engordado?

Y, extrañada, giró el torso intentando echarse un vistazo al trasero, para comprobar si era cierto que lo tenía más rollizo. Desde luego, desde mi posición, no me parecía que le sobrase ni un gramo. Estaba buenísima, con sus shorts y zapatillas blancas que daban esplendor a sus esculturales piernas y una camiseta de algodón que, aunque no dibujaba su silueta por ser un tanto holgada, sí que mostraba que, indiscutiblemente, ese año mi prima había crecido bastante por la zona pectoral.

Y lo mejor era que la camiseta era corta, dejando su barriguita al descubierto, con lo que comprendí que, por primera vez, iba a ver a mi prima en bikini, en vez del bañador de una sola pieza que solía usar siempre.

– No tonta, que era broma. Estás perfecta – me apresuré a decir, no fuera a ofenderla con mi silencio.

– Vaya. Gracias primo, me alegro de que te guste.

Y entonces, como si me leyera el pensamiento, añadió:

– Este año me he comprado un bikini. El bañador se me ha quedado pequeño. Será que he dado el estirón. Ya verás qué bien me queda.

Y volvió a sonreírme, pero no con la luminosa de siempre. Era una sonrisa más adulta, con un punto pícaro que jamás le había visto. Reconozco que me perturbó e hizo que, por primera vez, me preguntase si, en el fondo, no sería que ella realmente quería ir sentada en mi regazo.

– Sí, sí, el estirón – pensé para mis adentros, mientras le sonreía como un imbécil – Me parece a mí que no es precisamente a lo alto hacia donde has crecido.

Agité la cabeza, tratando de despejarme. Joder, lo único que me hacía falta era ponerme a pensar tonterías, junto antes de que se me sentara encima.

Mi padre y mi tío andaban por allí, discutiendo de sus cosas, mientras Paquito (mi primo coñazo) y David, mi hermano (creo que aún no os había dicho su nombre, aunque total, para la importancia que tiene en la historia, bien podría haberse llamado Chisdanvinto), se encargaban de cargar las cosas en el maletero.

No es que lleváramos muchos bultos, total, para una mañana en la piscina, un par de bolsos con toallas y algo de ropa y una neverita con refrescos para nosotros y cervezas para los viejos. Pero claro, haciendo valer mis privilegios por ser el mayor… que trabajara otro. Así que me senté en una silla que había junto a la puerta de la casa y les dejé a lo suyo.

Maika, mientras tanto, había desaparecido de mi vista. Supuse que estaría dentro, hablando con su madre, así que pude apartarla unos instantes de mis pensamientos, olvidándome del potencial problema que se presentaba ante mí, permitiéndome así disfrutar unos instantes de la cálida luz del sol sobre mi rostro, con los ojos cerrados.

Hacía un día estupendo, soleado y luminoso, sin una sola nube en el cielo azul. Hacía calor, pero, a esas horas de la mañana (debían ser poco más de las nueve), no era en absoluto desagradable. De buen seguro que más tarde el sol apretaría con ganas, pero, para ese entonces, esperaba estar ya en remojo en la piscina, mirando chicas guapas en bañador.

Entonces noté cómo una sombra se interponía entre mi rostro y los rayos solares. Abrí los ojos y me encontré con Maika, parada delante de mí con los brazos en jarras, mirándome sonriente.

– Venga, Adri espabila, que te vas a quedar ahí dormido. Levanta ya, flojeras.

Y mientras hablaba, me aferró un brazo con ambas manos y tiró para levantarme de mi asiento. Yo, medio en broma, me hice el remolón, sin colaborar, como si fuese un peso muerto, mientras ella, entre risas, hacía gala de su notable fuerza (no en vano se había criado en el campo) y conseguía ponerme en pié.

Entonces Maika hizo algo curioso. Como quien no quiere la cosa, deslizó su brazo en el mío y caminó a mi lado, los dos bien juntitos, riéndonos y dándonos empujones el uno al otro mientras nos acercábamos al coche.

Al pegarse a mí, de inmediato sentí la presión de su seno contra mi brazo, lo que me cortó la risa de golpe. En ese momento recordé el papelón que se me venía encima y la vergüenza que iba a pasar como no fuera capaz de controlar mis instintos.

Joder. Qué blandito era. Me encantaba el contacto con aquella teta. Como dije antes, era un pardillo de cuidado, pues el simple roce de un pecho por ir caminando del brazo de una chica, bastaba para dejarme la boca seca y el corazón disparado.

Mi padre y su hermano ya habían ocupado los puestos de piloto y copiloto en el auto. David, que como siempre iba a su puta bola con el walkman puesto, se había ubicado sin decir ni mú justo detrás de papá, que era quien conducía.

Yo pensé que íbamos a sentarnos en el centro (nos dejaría un poco más de espacio), pero Maika ordenó a su hermanito que se pusiera allí él, con lo que nosotros quedaríamos detrás de su padre, pegados a la puerta trasera derecha.

Ni se me pasó por la cabeza protestar, argumentando que en el centro iríamos mejor, pues, en ese momento, mi cerebro estaba ocupado pensando en la que se podía liar si la cosa se me iba de las manos y rezando para que al final no pasara nada.

Y, a todo esto, Maika seguía prendida de mí cual garrapata, con su teta bien apretadita contra mi brazo, consiguiendo así que me encontrara a medias en el cielo, a medias a las puertas del infierno.

– Venga, sube – me indicó mi prima, soltándome por fin cuando Paco estuvo bien instalado.

– Voy – respondí, redoblando la intensidad de mis silenciosas súplicas.

Me senté detrás de mi tío (que había tenido la precaución de echar su asiento unos centímetros hacia delante) y entonces me di cuenta de que, al ser mi primo Paco bastante pequeñito, cabía la posibilidad de, apretándonos un poco, caber los cuatro a la vez en el asiento.

Iba a abrir la boca para sugerir mi idea, cuando Maika, sin darme tiempo a decir ni pío, se metió de cabeza dentro del coche y, antes de que me diera cuenta, la tenía sentada en las piernas, aferrada al cabecero del asiento de su padre, retorciéndose en el interior del habitáculo para conseguir una postura más o menos cómoda.

– Adri, cierra la puerta, que yo no llego – me dijo mi prima, sin dejar de retorcerse.

Obedecí de inmediato, cerrando la puerta con un sonoro golpe.

– ¿Estamos todos listos? – preguntó mi padre, con fingido entusiasmo.

Como no esperaba respuesta, papá metió la marcha atrás y arrancó el coche. Mi madre y mi tía nos saludaban desde la puerta de casa con la mano, saludo que les fue devuelto con alegría por Paco y Maika.

David, como siempre, pasaba olímpicamente del tema, inmerso en su música, sin hacerle ni puñetero caso a nadie, con los auriculares puestos. Yo, por mi parte, tampoco correspondí al saludo, pues en ese momento mi atención estaba centrada en temas mucho más acuciantes.

En cuanto Maika se sentó sobre mí, comprendí que de ninguna de las maneras aquello iba a acabar bien. Iba a serme imposible resistir.

Joder. Cómo expresarlo. En cuanto sentí sobre mis muslos el suave tacto del tierno culito de mi prima, algo se agitó en mis entrañas y empecé a sentir el familiar cosquilleo en la ingle que anunciaba que estaba poniéndome un poquito cachondo.

Piénsenlo bien, 17 años, más verde que una lechuga… Estar un poquito cachondo era prácticamente mi estado natural. Me empalmaba simplemente con ver pasar una mosca.

Y aquello no era una mosca precisamente. Era un pedazo de moza con todas las de la ley. Y eso, para un pardillo-ceporro como yo, era simplemente la rehostia.

Madre mía. Qué culito. Era como un tierno cojín de carne que se apretaba contras mis piernas. Cada vez que Maika se movía aunque fuera sólo unos centímetros, un escalofrío me recorría de la cabeza a los pies. Estaba tenso como una cuerda de piano. Si a Paco se le hubiera ocurrido tocarme o decirme algo, habría pegado tal bote que habría estampado a la pobre chica contra el techo.

Aquello era irresistible. Me sentía confuso y asustado. Por una parte, estaba acojonadísimo por si pasaba lo que parecía que iba a pasar y mi prima se daba cuenta. Menuda vergüenza. No podría volver a mirarla a la cara en la puta vida.

Pero, por otro lado, me sentía sencillamente en la gloria por llevar a una chica guapa en mi regazo. Aquello era lo más cerca que había estado nunca de una mujer.

Joder. Menudo dilema. Qué situación tan jodida. Y lo peor era que no me calmaba en absoluto. El contacto con aquel culito me estaba poniendo malo. Y, poco a poco, empecé a notar que algo se agitaba dentro de mi bañador. A saber qué era.

Por fortuna, Maika iba echada hacia delante, hablando con su padre (puedo jurar que, aunque hablaban en voz alta, no me enteré absolutamente de nada de lo que dijeron), con lo que, al no ir recostada sobre mí, su trasero no estaba apoyado directamente en mi entrepierna, lo que me daba cierto margen de tranquilidad.

Pero, aún así, yo percibía perfectamente cómo mi pene iba aumentando lentamente de tamaño, como si estuviera desperezándose tras un largo sueño.

– Tengo que distraerme, tengo que distraerme – me repetía en silencio, mientras pensaba en cómo hacerlo.

¡Claro! ¡La ventanilla! ¡Podía deleitarme con el bello paisaje de la carretera nacional atravesando extensos campos de olivos! ¡Cómo no! ¡Con lo bonitos que son los olivos!

Bueno, fuera sarcasmos, justo es reconocer que, precisamente la monotonía del paisaje (visto un olivo, vistos todos), me ayudó a mantenerme relativamente en calma. Vamos, que la cosa funcionó bastante bien.

Como ejercicio de distracción, me puse a contar putos árboles como un demente. Cuando la cuenta ya iba por 200, me di cuenta de que la cosa parecía haberse calmado un poco en mi entrepierna. Al no estar concentrado en el delicioso tacto de los glúteos de Maika, el nivel de mi libido había descendido al nivel de seguridad.

Por primera vez, recuperé la esperanza de salir con bien de todo aquello, en vez de terminar mis días marginado por la familia, como el pervertido al que se le puso tiesa por su prima pequeña.

Resoplando aliviado, reanudé con entusiasmo el inventario de olivos, tratando de centrar mis sentidos única y exclusivamente en el paisaje.

Pero claro, las cosas nunca son tan fáciles.

De repente, mi padre pilló un pequeño bache en el asfalto, lo que hizo que el coche se sacudiera. Maika, que iba distraída, rebotó sobre mí y se dio un ligero golpe contra el techo.

– ¡Ayyyy! ¡Tito, ten más cuidado! – se quejó, frotándose la cabeza con aire desvalido.

– Perdona, Maika – se disculpó mi padre – ¿Te has hecho daño?

– ¡Nah, qué va! – rió mi prima, quitándole hierro al asunto – Si casi no me he dado. Además, a tu edad es normal despistarse un poco al volante.

– ¿A mi edad? – entró al trapo mi padre, sabiendo que mi prima (como siempre) le pinchaba para reírse un poco – ¡El viejo es tu padre! ¡Y además, es culpa suya porque, como no calla ni debajo de agua, me ha distraído!

Los tres se enzarzaron en un intercambio de puyas y bromas como hacían habitualmente. Yo, en cambio, no tenía ninguna gana de reírme.

Por culpa del bache, Maika se había movido sobre mis piernas. Al saltar, su trasero se había desplazado hacia atrás, de forma que finalmente había quedado sentada directamente sobre mi regazo, con lo que su culito estaba apoyado por completo contra mi entrepierna. Así, bien pegaditos los dos.

Mierda.

– 345, 346, 347, 348 – seguí contando árboles, presa de un irrefrenable frenesí olivarero.

Y un jamón para mí. Aquello ya no servía para nada. Una cosa era tener aquel delicioso culito sentado sobre las piernas y otra, bien distinta, tenerlo bien apretado contra la polla.

Allí ya no había escapatoria posible.

En ese momento, me maldije por no haberme puesto esa mañana un pantalón encima del bañador, en vez de ir vestido únicamente con las bermudas como había hecho. Quizás, una segunda capa de ropa hubiera aliviado un poco el contacto y era posible que, si mi piel no hubiera estado directamente rozando la suya, hubiera logrado controlarme.

Mientras yo me dirigía reproches en silencio, mi pene, con pensamiento propio como todos los penes, había decidido que le gustaba mucho el suave tacto de aquel mullido cojín, así que se dispuso a regodearse con su contacto. En menos de un segundo, alcanzó su máxima expresión dentro de mi bañador, apretándose con ganas contra el desprevenido trasero de mi prima.

¿Desprevenido? ¿En serio? A esas alturas ya no sabía qué pensar. Avergonzadísimo, alcé la vista y miré a Maika desde atrás. Mi prima había dejado de bromear con nuestros padres, quedándose muy callada.

Comprendí al instante que, sin duda, Maika había notado mi erección apretándose contra su culo, pero, en vez de poner el grito en el cielo como yo esperaba, se había quedado callada como una muerta, mirando cómo se deslizaba el paisaje junto al coche, justo como había hecho yo minutos antes.

Me pregunté si también estaría contando árboles.

Pero, ¿qué coño pasaba? ¿Por qué no decía nada? ¡Al pervertido de su primo se le había puesto tiesa por llevarla sentada en el regazo! ¡Era un animal! ¡Un degenerado!

Traté de tranquilizarme y reflexionar. Claro, ella también estaba pasando vergüenza. Qué demonios, acababa de descubrir que su querido primo era un sátiro al que se le ponía dura simplemente por llevarla encima. Era lógico. No iba a montarme ningún follón allí metidos en el coche. Maika era un encanto y sin duda estaría pensando que lo mejor era tener una charla a solas conmigo, en vez de montarme el pollo delante de nuestros padres.

Aquello me tranquilizó bastante. Vislumbraba la posibilidad de que el día no culminara con mi desmembramiento. Con un poco de suerte, la cosa quedaría entre nosotros y nadie se enteraría de nada. Sin duda, Maika, tras descubrir la clase de pervertido que era, dejaría de ser tan amable y cariñosa conmigo, pero, a esas alturas, me parecía un precio pequeño a pagar con tal de librarme del escándalo.

¿Y qué podía hacer yo? Nada de nada. Estaba por completo en manos de mi prima, sometido a su buena voluntad. Si ella quería, podía hacer que mi padre me diera una buena hostia, amén de someterme a la burla y el escarnio de toda nuestra familia. Por el contrario, si seguía comportándose como un alma caritativa, resolveríamos la cosa entre los dos y sólo me quedaba confiar en que, después de pedirle disculpas con toda el alma, no me odiara hasta el fin de los días.

Como digo, una vez resignado a mi suerte y habiendo comprendido que estaba por completo en sus manos, me relajé un poco. Ya no me sentía tan nervioso. Lo que tuviera que ser, sería.

Mientras tanto, Maika, sin duda muerta de vergüenza, no había movido ni un músculo. Seguía sentada en mi regazo, con mi polla dura como una estaca apretada contra su trasero. Porque eso sí, yo estaría más sereno, pero mi polla, que como dije antes gozaba de existencia independiente, seguía igual de excitada, empotrándose inmisericorde contra aquel delicioso culito. Suerte tuvimos de que mi padre no pegara un frenazo, porque la habría atravesado de parte a parte.

¿Han oído hablar de los minutos eternos? ¿Recuerdan cuando eran críos y estaban en la última hora de clase en el colegio, cuando el reloj de la pared parecía no avanzar? Eso son futesas comparados con lo largo que se me hizo aquel trayecto en coche.

No me atrevía a mover ni un pelo. Estaba tan quieto que empecé incluso a anquilosarme. Me daba pánico que, si se me ocurría moverme, mi prima interpretara mi gesto como un intento de refregar cebolleta. Lo que me faltaba ya.

Así que, sin moverme ni un centímetro, apreté los puños y aguanté como pude el tirón.

Tratando alejar mis pensamientos de aquello, cerré los ojos e intenté pensar en otra cosa (los árboles ya no me servían). Me acordé de mis amigos, de las clases, del futuro examen de selectividad…

Sin embargo, eso no hizo sino empeorar las cosas. Al cerrar los ojos, fui súbitamente consciente del embriagador aroma que desprendía el cabello de mi prima. No puedo describir su olor (nunca se me ha dado bien identificarlos), pero les aseguro que era el más delicioso y excitante del mundo. Creo que hasta mi polla se agitó, gracias a aquel maravilloso perfume.

Entonces mi prima, quizás al notar que mi pene se endurecía todavía más, dejó escapar un tenue gemido de sorpresa que provocó que se me erizaran los pelos del cogote. Desesperado, le supliqué a mi polla que se calmara y no empeorara la situación. Pero, obviamente, mi pene hizo lo que le salió de los cojones.

Maika seguía sin decir ni mú, mirando por la ventanilla. Al ponerse de perfil, pude atisbar levemente su rostro, comprobando que estaba colorada como un tomate. No era para menos. Me sentí mal por ella, porque, al fin y al cabo, ¿qué culpa tenía ella de que su primo estuviera tan salido?

Bueno, pensándolo bien, un poco de culpa sí tenía. A ver por qué coño se le había ocurrido sentarse encima de mí, como cuando éramos críos. Con lo bien que habría yo ido cargando con el plasta de Paquito. Pero qué va, a la niña se le había tenido que ocurrir montarse encima mío. Pues nada, chata, ahí lo llevas, una picha tiesa contra tu culo. Así te enteras por fin de que tu primo es un guarro de cuidado.

Como he dicho, el trayecto, que era de unos veinte minutos en coche por una carretera recta y sin tráfico, me pareció que duraba horas. Cuando por fin vislumbré en la lejanía las primeras casas del pueblo, sentí tanto alivio que casi me eché a llorar. El fin de mi suplicio se aproximaba.

Aunque, a pesar de lo que estoy diciendo, tengo que admitir que una parte de mí se lamentaba por estar a punto de librarse de mi maravillosa carga.

Por fin, llegamos a la zona de la piscina y mi padre encontró con rapidez aparcamiento. En cuanto detuvo el coche, Maika abrió la puerta como un rayo y se bajó. Yo me sentí mal, pues esa misma velocidad indicaba que estaba deseando librarse de mi acoso. No era para menos.

Tras salir, se dio la vuelta y sujetó la puerta, manteniéndola abierta. Entonces fue cuando nuestras miradas se encontraron. Yo me ruboricé de inmediato, avergonzado por lo que acababa de suceder, pero ella, para mi sorpresa, esbozó una ligerísima sonrisa que me sumió en la más profunda de las confusiones.

¿Pero qué? ¿Cómo? ¿Eso era todo? ¿No se había enfadado? Yo me esperaba encontrarme con su rostro de cabreo (sí, ese que da tanto miedo y que todas las mujeres saben poner perfectamente) o, en el peor de los casos, una mirada de profundo desprecio.

Pero qué va, ella estaba tan tranquila, como si nada hubiera pasado, sujetándome la puerta para que pudiera salir del coche con comodidad.

Inmerso en un mar de dudas, me afané en salir del vehículo. Al hacerlo, miré el rostro de Maika y, durante un segundo, creí ver cómo su mirada se desviaba hacia mi entrepierna, como queriendo obtener confirmación visual de que lo que había sentido era real. Y lo mejor fue que, ante mis atónitos ojos, mi prima esbozó una pícara sonrisa todavía más amplia.

Me quedé con la boca abierta, mientras mi prima, sin hacerme el menor caso, iba hacia el maletero para recoger su bolso. Yo me quedé allí, petrificado, de pie junto al coche, con la picha tiesa como un palo, formando una tienda de campaña en mi bañador que, por fortuna, quedaba medianamente disimulada por la camiseta, que tapaba más o menos el asunto.

Tras sacar las bolsas del maletero, Maika regresó a mi lado y me entregó un bolso, que yo aferré apenas sin darme cuenta. Sin dirigirme la palabra, se dio la vuelta y, rodeando con el brazo los hombros de su hermanito, se marchó junto con él en dirección a la entrada del recinto, mientras yo me quedaba como un imbécil junto al coche, mirando embobado cómo se alejaba aquel maravilloso culito que se había convertido al mismo tiempo en mi paraíso y mi infierno particular.

Como no salía de mi parálisis, mi padre me pegó un berrido desde la entrada de la piscina, para que me acercara a recoger mi ticket. Saliendo de mi ensimismamiento, reaccioné y caminé hacia el grupo, tomando la elemental precaución de llevar el bolso frente a mí, para ocultar a miradas indiscretas el estado en que se encontraba mi entrepierna.

Caminando como un zombie ( y sin que mi erección menguara un ápice) seguí a mi familia al interior de las instalaciones.

Como era la primera vez que veníamos, íbamos un tanto despistados, sobre todo yo, cosa que no es de extrañar, dado que la mayor parte de mi riego sanguíneo no estaba fluyendo por mi cerebro precisamente.

Cuando quise darme cuenta, había dirigido mis pasos hacia la entrada de los vestuarios femeninos, aunque, por suerte, desperté de la hipnosis antes de meterme dentro. Imagínense qué papelón, si llego a entrar en la parte de las mujeres con la polla como un leño.

Meneando la cabeza para recobrar el sentido, me dirigí a la parte opuesta, donde ya se habían perdido los demás. Por suerte, la zona de acceso consistía en unos pequeños habitáculos individuales, donde podías cambiarte de ropa antes de acceder a la zona común de la piscina.

Tras quedarme a solas, sopesé la idea de hacerme una paja rápida, con intención de aliviar un tanto la presión, pero enseguida tuve al capullo de Paquito aporreando la puerta, metiéndome prisa para que fuéramos juntos al agua.

Cagándome en los muertos de mi molesto primito (que, bien pensado, compartíamos en su mayor parte), no tuve más remedio que salir, porque no tenía ninguna excusa para quedarme dentro mucho rato, pues, al fin y al cabo, ya había venido de casa con el bañador puesto.

Manteniendo el bolso como escudo protector y la camiseta puesta, seguí a los demás hacia la salida, que llevaba directamente a la zona de baños.

Efectivamente, era una piscina genial, grande, de dimensiones olímpicas, rodeada por una amplia área de césped muy bien cortado e intensamente verde. Alrededor de la piscina, había una zona asfaltada con cemento, por donde se repartían multitud de duchas para el aseo.

Escuché que mi padre me llamaba desde un lado y me dirigí hacia donde me esperaban. Como era día entre semana, el sitio no estaba a rebosar de gente, con lo que mi tío había logrado hacerse con una de las codiciadas sombrillas instaladas en el césped, bajo la que desplegamos el campamento.

Como precaución, seguí con la camiseta puesta mientras me arrodillaba en el suelo para extender mi toalla. Tras hacerlo, me senté sobre ella y encogí las piernas, abrazándome las rodillas mientras simulaba mirar a la gente, cuando lo que en realidad hacía era tratar de ocultar que seguía empalmado.

Y entonces la vi. Maika. Caminando como una diosa aproximándose sonriente a nosotros. En los vestuarios, se había despojado únicamente de los shorts que traía puestos, continuando con la camiseta puesta.

No sé por qué, pero verla acercarse caminando tranquilamente, vestida únicamente con la braguita del bikini y la camiseta que dejaba su barriga al aire, provocó que mi erección se volviera hasta dolorosa. O me hacía una paja pronto, o las pelotas me iban a reventar.

Y yo no era el único. Mientras se acercaba, vi a varios tíos que la miraban con admiración. Maika, como si la cosa no fuese con ella, se acercó con calma, al parecer completamente ignorante de la expectación que iba levantando a su paso.

Cuando llegó a donde estábamos, se agachó con sencillez para dejar su bolso al pié de la sombrilla e, inclinándose, rebuscó dentro su toalla pare extenderla en el césped.

Toma ya. Allí estaba otra vez. Justo delante mío. El tremendo culo de mi prima, exhibiéndose en su máximo esplendor, embutido en un precioso bikini rojo intenso que le quedaba como un guante. Mi polla dio un brinco dentro de mi bañador, poco menos que exigiéndome que me abalanzara sobre aquella maravilla.

Aparté la mirada, avergonzado. No sabía qué demonios me pasaba. ¿Es que me había vuelto loco? ¡Joder, que era mi prima! ¡Qué vergüenza!

Sin poderlo evitar, mis ojos se volvieron lentamente hacia Maika, pero, en vez de encontrarme de nuevo con su culo, me encontré con su mirada ligeramente divertida. Me dio un corte que te mueres y sentí que mi rostro se ponía encarnado.

Tratando de disimular, miré hacia otro lado, como si de repente encontrara interesantísima a la gente que pululaba por allí. Me pareció escuchar que Maika se reía suavemente, aunque no podría asegurarlo.

Tratando de mantener la poca dignidad que me quedaba, me esforcé en ignorar a mi prima, mientras seguía tranquilamente sentado en mi toalla.

Entonces Paquito, que se moría por ponerse en remojo, le pidió a su hermana que lo acompañara al agua. Normalmente mi primo era un incordio, pero juro que en aquel momento lo hubiera besado.

Su hermana, sin hacerse de rogar, se libró de la camiseta y, tras guardarla en su bolsa (previa exhibición de su impresionante culamen) tomó al crío de la mano y le acompañó hacia el agua.

Sin embargo, tras alejarse unos metros, se detuvo y, tras volverse hacia mí, me dijo con sencillez:

– ¿No vienes, Adri? Vamos a darnos un chapuzón.

– Sí – respondí, reuniendo los pocos arrestos que me quedaban – Voy enseguida. Primero tengo que ir al baño.

Y entonces Maika sonrió, de nuevo con la expresión traviesa que había mostrado antes, haciéndome comprender que mi prima sabía perfectamente que no iba precisamente a orinar.

– Vale. Nos vemos en el agua.

– Vale – respondí.

Y me quedé mirando cómo se alejaba aquel espléndido culito que iba a acabar conmigo. No sé por qué, pero mi atención se fijó especialmente en los dos lazos que había en las caderas de mi prima, que servían para abrochar la braguita del bikini. Me descubrí rezando para que uno de aquellos nudos se desatara en ese preciso momento, con lo que se brindaría a mi mirada un espectáculo tan impresionante, que ya me podría morir tranquilo.

Y lo mejor estaba por llegar, pues, antes de meterse en el agua, mi precavida prima se dirigió a una de las duchas y, tras darle un enjuague rápido a su hermano, se metió ella misma bajo el chorro de agua, logrando ella solita que la atención de todos los machos que había en la piscina se centrara en un mismo punto.

Madre mía, menudo show. Verla allí, tremendamente sexy, dejando que el agua de la ducha resbalara por su lozano cuerpazo, mientras sus manos se deslizaban por su mojado cabello… a punto estuvo de conseguir que la visita al baño fuera innecesaria. No me corrí en el bañador de puro milagro.

Hasta mi hermano David, que como digo normalmente pasa de todo lo que hay a su alrededor, estaba mirándola. Sin decir ni pío, como siempre, decidió que de repente le apetecía un baño, así que, poniéndose en pié, se dirigió hacia donde estaba Maika.

Aquello me hizo reaccionar. Joder, tenía que espabilar de una puñetera vez, no podía pasarme el día allí sentado.

Por suerte, mi padre y mi tío se habían largado derechitos al bar en cuanto posaron sus reales bajo la sombrilla, con lo que se perdieron el espectáculo erótico festivo de Maika bajo la ducha, cosa que, pensándolo bien, fue bastante positiva.

Aprovechando que estaba solo, me puse en pie y, procurando disimular la carpa de circo, regresé al edificio de servicios, escabulléndome de inmediato en un baño de caballeros.

Ni un segundo duré, para qué voy a mentirles. Me bajé el bañador, cerré los ojos visionando la imagen del impresionante culito de mi prima, que había quedado grabada a fuego en mis retinas y, en cuanto me toqué la polla, eyaculé como una bestia en el interior del inodoro. Hasta el nivel del agua subió.

Tras recuperar el aliento y bastante más calmado (aunque no del todo, pues, a pesar de todo, mi polla seguía bastante morcillona), salí de allí no fuera a ser que alguien me pillase y, tras dejar la camiseta tirada encima de los bolsos, corrí hasta el agua antes de que alguien notara que seguía medio empalmado.

Yo no me entretuve en darme duchas ni leches, sino que me tiré de cabeza al agua, no fuera a ser que el recuerdo de la exhibición de mi prima, devolviera volumen a la zona donde menos me convenía.

Tras zambullirme, salí de nuevo a la superficie, mirando a los lados en busca de mi gente. Entonces vi a Maika, que agitaba el brazo, saludándome, así que, un tanto más sereno, nadé hacia la zona donde me esperaba junto a nuestros hermanos.

– ¿Qué, ya has ido al servicio? – me espetó de sopetón en cuanto me acerqué, sonriendo de nuevo con picardía y provocando que me ruborizase.

– Ehhh… Sí, claro… Ya he ido… Me estaba meando… – acerté a responder.

– Ya – dijo ella simplemente, en un tono tal, que me hizo enrojecer todavía más.

Joder. La madre que la parió. Se lo estaba pasando bomba riéndose a mi costa. Sin embargo, me sentí mejor. Al parecer no se lo había tomado a mal. Probablemente, había pensado que lo sucedido era algo normal y que no tenía más importancia, así que no me iba a montar ningún drama. A pesar de sentirme avergonzado, le agradecí que fuera tan magnánima.

Más relajado, me dediqué a disfrutar del baño con mi familia. Pronto, me encontré con Paquito recolgado del pescuezo, tratando de hacerme una ahogadilla y, como el pobrecito era tan bruto, a punto estuvo de partirme el cuello.

Pero me daba igual, mejor aquello que la vergüenza de antes, así que, tras librarme de su presa, lo agarré por los tobillos y lo sumergí hasta el fondo, manteniendo únicamente sus pies fuera del agua.

Seguimos un rato así, entre bromas, salpicándonos y hundiéndonos los unos a los otros. Por si las moscas, no intenté ni una sola vez ponerle la mano encima a Maika. Sin embargo ella tenía otras ideas y, decidida al parecer a demostrarme que no estaba enfadada por lo que había pasado, se comportó conmigo como siempre, con lo que pronto fui yo el que acabó con la cabeza bajo el agua, bien sujeto por mi prima que, como dije antes, era extrañamente fuerte.

En circunstancias normales, sin duda el socorrista de la instalación nos habría llamado la atención por armar tanto barullo, pero, como aquel día no había mucha gente, el tipo hizo la vista gorda y nos dejó a nuestro aire. O quizás, simplemente era que no quería molestar a un bomboncito como Maika y prefería quedar bien.

Sea como fuere, pudimos seguir con nuestros juegos como nos vino en gana, sin que nos lo impidiese nadie, así que disfrutamos bastante. Hasta David se mostró alegre y participativo, divirtiéndose sometiendo (y medio ahogando) a su pobre hermano mayor.

Cuando nos hartamos de ahogadillas, jugamos a pillar. Uno se la quedaba y tenía que alcanzar a nado a los otros.

El primero en pringar fue un servidor y, como ni de coña pensaba acercarme a Maika, me lancé en pos de Paco.

Sin embargo, para mi sorpresa descubrí que el mostrenco nadaba como un pez y pronto comprendí que, como no le pegara una pedrada, no lo pillaba ni por casualidad.

Así que no me quedó más remedio que atrapar a David, lo que tampoco fue tarea fácil. Cuando por fin lo conseguí, me aparté de él hasta la otra punta de la piscina, con intención de recuperar un poco el aliento.

Desde lejos, vi como mi hermano (sin tantos reparos como yo y también en plena pubertad) se lanzaba como un lobo a perseguir a nuestra prima. Cuando la alcanzó, se le echó encima como una bestia, con lo que de seguro obtuvo algún roce o frotamiento placentero.

Le tocaba el turno a Maika, que alzó la cabeza como un suricato y, tras localizarme, salió disparada hacia mí para atraparme. Yo, como si la pobre chica fuera portadora de la peste, me puse a nadar como loco, huyendo de ella a toda prisa, siendo con seguridad el único chico de toda la piscina que se habría comportado así.

Maika no era tan buena nadadora como yo, pero, como estaba todavía bastante cansado por la anterior persecución, no le costó demasiado alcanzarme.

Cuando quise darme cuenta, mi prima se me echó encima, rodeándome el cuello con los brazos, arrojándose encima de mí. Sin poder evitarlo, nos hundimos abrazados hasta el fondo como piedras y entonces fue cuando sentí cómo sus senos se apretaban contra mi pecho.

De inmediato comprendí que una sola paja no había sido suficiente. Tendría que haberme hecho diez por lo menos. En cuanto sentí sus tetas apretadas contra mí, mi polla entonó un cántico triunfal y, dando el do de pecho, empezó a crecer a toda velocidad dentro del bañador.

Y lo mejor estaba por llegar, pues, al moverse, el muslo de Maika se deslizó entre mis piernas y se apretó contra la zona de conflicto, con lo que, antes de que llegáramos al fondo, nos encontramos de nuevo en la misma situación de antes: con mi erección apretándose contra la suave piel de mi prima.

Angustiado, abrí la boca sin pensar, tragando de golpe una buena ración de agua con cloro (y Dios sabe qué mas). Medio ahogado, manoteé para librarme de la pobre chica y nadé para regresar a la superficie, donde aparecí tosiendo y escupiendo agua.

– ¿Estás bien? – resonó a mi lado la preocupada voz de mi prima.

Tras unos segundos, en los que únicamente fui capaz de toser, levanté la mirada hacia ella, encontrándome de nuevo frente a su pícara sonrisa.

– Sí, sí – conseguí articular – He tragado agua.

– Perdona. Ha sido culpa mía. Como me he echado encima…

Dijo esas palabras con un tono tal, que un cosquilleo me recorrió de la cabeza a los pies.

– No, tranquila. No pasa nada. Pero creo que voy a salirme un rato. Luego vuelvo, ¿vale?

Y así, huyendo como una rata cobarde, puse pies en polvorosa. Tras llegar junto a la escalerilla, salí del agua y me dirigí a nuestra sombrilla como pude. En el trayecto, sorprendí a dos jovencitas que cuchicheaban entre ellas y se reían mirándome con disimulo. Comprendí que se habían dado cuenta de que iba empalmado, pero, a esas alturas, me importaba un pimiento.

Por suerte, mi padre y mi tío seguían en el bar, por lo que pude tumbarme (boca abajo, por supuesto) a solas, sin tener que darle explicaciones a nadie. Normalmente, no comprendía esa costumbre que tenían de irse al bar cuando veníamos a la piscina, a pagar el triple de caras de lo habitual las mismas cervezas que ya llevaban en la nevera, pero, en esa ocasión, agradecí que lo hubieran hecho.

Me quedé allí un buen rato, tratando de tranquilizarme. Sabía que el motivo real de mi pusilánime escapada no era ningún secreto para Maika, que de buen seguro sabía perfectamente por qué me había marchado. Y también era consciente de que, cuanto más tiempo me quedara allí solo, más difícil sería luego volver a reunirme con los demás con algo de mi dignidad intacta.

Sin embargo, sentir cómo mi polla seguía como una estaca, apretadita contra el suelo bajo mi cuerpo, me recordaba en todo momento que la opción de regresar al agua no era viable ni por asomo.

Traté de pensar en otras cosas, lo más deprimente posibles, tratando de serenarme un poco para poder regresar con los demás, sabedor de que estaba haciendo el ridículo. Pero los progresos no eran muchos.

– Oye, primo, ¿qué te pasa? Vente al agua, que sin ti nos aburrimos mucho.

Cuando escuché la voz que me hablaba a escasos centímetros de mi oreja, me llevé un susto de muerte, lo que hizo que el culo se me apretara tanto que la tela del bañador se me metió para adentro. Por suerte, mi inesperado visitante no era Maika como me temí al principio, sino su hermanito.

– Paco, perdona. Ahora voy. Es que he tragado agua y no me encuentro del todo bien.

Al hablar, me incorporé un poco sobre la toalla (con buen cuidado de hacerlo sólo de cintura para arriba) y miré a mi primo, que estaba de pie, goteando agua por todas partes, muy cerca de mí.

Entonces, al fondo, vi a Maika mirándonos, apoyada en el borde de la piscina, esperando a que me reuniera con ella de nuevo. Comprendí que había sido ella la que había enviado a Paquito. Joder, iba a acabar conmigo.

– En un ratito voy, ¿vale? – le dije – Sólo voy a descansar un poco más.

– No, venga, Adri, espabila ya y vente. Venga, levanta de ahí, por favor primo, venga, por favor…

Ahí estaba. La devastadora arma de Paquito. Su inagotable capacidad de dar el coñazo hasta salirse con la suya. En una ocasión, presencié 20 minutos de súplica continua a su madre hasta que ésta le permitió ver con nosotros una película de miedo. Sin respirar.

– Paco – dije, tratando de imponerme – No seas coñazo. Te digo que ahora voy.

Y él, incombustible, seguía a lo suyo.

– Venga, Adri, por favor, venga, primo, vente, por favor…

Maldito sea Herodes que anduvo jodiendo por ahí a los pobres niños judíos y luego no está cuando lo necesitas. Tentado estuve de darle una patada en el culo a Paquito y mandarlo volando al agua, pero, como para hacerlo tendría que ponerme en pie revelando mi secreto, tuve que quedarme con las ganas.

Un momento… ¿Mi secreto? En ese momento me di cuenta de que mi erección había menguado. ¡Sí! ¡El pesado de Paquito había logrado el milagro! Yo siempre lo he dicho, el mejor anticonceptivo del mundo es un crío inaguantable. Si hicieran anuncios con ellos, los fabricantes de condones iban a vender a espuertas. ¡Hala! Ahí lleváis la idea del millón de dólares.

– Vale, tú ganas, Paco. Vamos allá.

Derrotado, aferré la infantil mano que mi primo me tendía y le acompañé de regreso al agua. En cuanto vio que me ponía en pie, Maika se separó del borde, fingiendo que ella no tenía nada que ver en la misión de su hermano y que le daba igual si yo me bañaba o no. En otras circunstancias, sin duda habría bromeado con ella sobre el hecho, pero, esa mañana, lo mejor era no tentar a la suerte.

El resto de la jornada fue bastante tranquilo. Aunque reanudamos nuestros juegos de ahogadillas e intentos de asesinato, no pasó nada más digno de mención. Incluso me atreví a ir un par de veces a por Maika, aunque siempre procurando sumergirla empujando su cabeza y evitando cualquier tipo de contacto inapropiado.

Cuando nos hartamos, nos salimos un rato a las toallas. Maika, que parecía un poco molesta (no sé por qué), extendió la suya en el sol y se puso a ponerse morena, ignorándonos un poco. Paco sacó una baraja de cartas y nos pusimos a jugar los tres, armando tanto alboroto que, finalmente, mi prima tuvo que rendirse y unirse al juego.

Se comportó como siempre, con total normalidad, lo que me calmó muchísimo. Era un encanto.

Más tarde, volvimos a bañarnos, echando unas carreras esta vez. Paco arrasó con todos y, para mi vergüenza eterna, reconozco que fui el último en todas las disciplinas, lo que me convirtió en el blanco de todas las bromas. Hasta de nuestros padres, que, tras tomarse unas cuantas cervezas en el bar, decidieron quemar un poco de alcohol nadando un rato en la piscina.

Maika se cansó pronto de aquello y se salió del agua, a tomar de nuevo el sol, dejándome a cargo de los chavales, aunque yo pronto me escaqueé, dejándolos con nuestros padres y pudiendo por fin nadar un rato sin agobios.

Cuando empecé a cansarme, me salí del agua para secarme bien al sol y, poco a poco, los demás fueron imitándome. A esas horas la piscina había ido llenándose más, así que había varios grupos de personas que nos miraban como lobos, atentos a hacerse con nuestra sombrilla en cuanto la dejásemos libre.

Como esa situación era un poco violenta (estar ocupando la sombrilla mientras había gente esperando), mi padre decretó que nos pusiéramos en marcha.

Recogimos las toallas y las metimos todas en una misma bolsa y luego todo lo demás. Regresamos al edificio principal y volvimos a separarnos, los chicos a una lado y Maika por el otro.

Yo aproveché para cambiarme las bermudas por las que llevaba de repuesto, que estaban secas, para no mojarle a papá el coche. Salí a la calle y me encontré con los demás, que me esperaban. Bueno, con todos no, pues Maika aún no había salido.

– Tu prima como siempre – dijo su padre, dirigiéndose a mí – La última para todo. Es más lenta que el caballo del malo.

Sin embargo, mi tío exageraba, pues poco después Maika apareció en la puerta del recinto, con su bolso al hombro, caminando con tranquilidad.

Vi que se había cambiado de camiseta, pues ahora llevaba una larga que le llegaba a medio muslo, con lo que su imagen no era tan sexy como por la mañana. Cuando se acercó, me di cuenta de que llevaba el pelo mojado y no fui el único.

– ¿Qué has estado haciendo, duchándote? – le preguntó su padre, sorprendido.

– Pues claro – respondió ella con sencillez – Tenía que quitarme el cloro del pelo.

– ¡Ay, Dios! – exclamó mi tío, mirando al cielo.

Yo sonreí, comprendiéndole (era cierto que Maika era siempre la última cuando íbamos a cualquier sitio) y fue entonces cuando nuestras miradas se encontraron. Esta vez no sonrió, sino que se quedó mirándome muy seria unos instantes. Me acojonó un poco.

– ¿No irá otra vez a…? – pensé para mí.

– Venga, Paco. Arriba, que papá tiene prisa. Se habrá dejado un grifo abierto.

Mientras mi tío refunfuñaba y murmuraba algo sobre los hijos inaguantables, Maika le sostuvo la puerta a su hermano para que subiera. David, que en cuanto salimos de la piscina había regresado a su mutismo habitual y había vuelto a sentarse donde antes con su walkman, ya nos esperaba hacía rato.

– Joder, otra vez no – rezongué en silencio.

No sé por qué, pero después de todo lo sucedido esa mañana, había supuesto que Maika sugeriría un discreto cambio de posiciones, para evitar nuevas situaciones embarazosas. Pero ni de coña, mi prima pensaba seguir igual.

Y un súbito pensamiento me asaltó.

¿Sería que todo aquello le había gustado?

Me quedé paralizado. Era imposible. Eso no podía ser. No era posible que mi dulce prima disfrutara sintiendo la erección del salido de su primo apretándose contra su culo. No, tenía que ser otra cosa. Una segunda oportunidad, eso era, Maika intentaba lograr que me portara bien, así que volvía a colocarme en una situación escabrosa, para que yo pudiera ser bueno.

– ¿Qué, te subes o no? – dijo ella, sujetándome la puerta.

La miré directamente a los ojos, pero ella, por vez primera, apartó la mirada, como si estuviera avergonzada. De hecho, me pareció que un tenue rubor coloreaba sus mejillas, aunque quizás fuera por haber tomado el sol.

Rígido como un autómata, obedecí su orden y me metí en el coche. En cuanto estuve sentado, alcé la mirada hacia mi prima, pero ella seguía evitando mis ojos. Agachándose, se deslizó dentro del habitáculo y poco después la tuve de nuevo sentada en mi regazo. Sin embargo, esta vez había algo distinto.

Mientras se subía, la camiseta se le subió un poco, enredada en el bolso que seguía portando y así pude atisbar durante una décima de segundo lo que había debajo.

Y lo que vi, fue un súbito destello de color rojo intenso, lo que provocó que la boca volviera a quedárseme seca.

– No puede ser – pensé – ¿No se ha puesto los shorts? ¿Sólo lleva el bikini?

La confirmación llegó un instante después, cuando Maika se sentó sobre mis muslos. A pesar de que se trataba de mis piernas, pude distinguir perfectamente que el tacto de la tela era completamente distinto al viaje de ida, cuando mi prima llevaba puesto el pantalón corto. Aquella sensación era indiscutiblemente producida por la suave y elástica tela de su bañador.

Pero la sensación duró un segundo, pues, en cuanto estuvo sentada sobre mí, Maika no se lo pensó dos veces y, echando el culo para atrás, volvió a apoyar sus deliciosas nalgas directamente contra mi entrepierna, lo que me paralizó el corazón.

Allí estaba. La respuesta inequívoca a todas mis dudas. Era obvio. Yo también le gustaba y estaba haciendo lo que podía para seducirme. Ya no había discusión posible. Estaba claro como el agua.

¿Qué habrían hecho ustedes en mi situación? Sí, ya lo sé, las respuestas oscilarán entre meterle mano y follársela allí mismo delante de nuestros padres, tumbada encima de nuestros hermanitos.

¿Y qué hice yo? ¿Alguna apuesta?

Seguro que lo han adivinado. No me atreví ni a respirar.

¿A qué esperabas?, se preguntarán. ¿Es que eres gilipollas? Bueno, creo que no lo soy, al menos hoy por hoy, pero, entonces… era un pardillo.

A pesar de todo, seguía sin creerme que aquello estuviera pasando. No podía ser, tenía que ser un sueño. Era imposible que la dulce y risueña Maika estuviera intentando que me empalmara para sentir mi erección presionando contra su culo. Estaba equivocado, tenía que haber alguna explicación.

Porque eso sí, yo seguiría con mis miedos y mis dudas, pero mi polla, mucho más lista que yo, se había empalmado de nuevo y se frotaba placenteramente contra aquellas tiernas posaderas.

Y Maika no se apartaba un centímetro.

A pesar de todo, yo seguí sin atreverme a mover ni un pelo. Estaba inmóvil como un gato de escayola. Ni siquiera me di cuenta al principio, pero cuando Maika se me echó encima, mi mano izquierda quedó atrapada entre mi cuerpo y el asiento, por lo que, progresivamente, fue quedándose dormida.

– Maika, ¿por qué no has metido ese bolso en el maletero? – preguntó repentinamente mi padre.

Al escuchar su voz, el corazón casi se me sale por la boca. Proferí una especie de gañido sordo, que medio se quedó atascado en mi garganta y que por suerte tan sólo Maika escuchó, de lo contrario, podrían haber acabado llevándome a un cura, por si estaba poseído o algo así.

– No pasa nada, tito – respondió Maika con aplomo – Sólo llevo las toallas y así puedo usarlo de cojín por si acabas estrellando el coche.

– Ja, ja, muy graciosa – respondió mi padre, reanudando su charla con su hermano.

Aún aterrorizado y con el corazón saltando en el pecho, moví muy despacio la cabeza a mi izquierda, para ver qué hacían los enanos, para ver si alguno se había dado cuenta de dónde iba encaramada la muchachita.

David iba a lo suyo, escuchando el walkman e ignorándonos a los demás y Paquito, agotado tras la intensa jornada, iba dando cabezadas, a punto de quedarse frito. Y, ni aún así, me atreví.

Si el camino de ida se me hizo eterno, no quiero ni hablarles del de vuelta. Al menos al principio.

Yo seguía haciendo gala de mi cobardía, con una chica guapa en el regazo, que me pedía a gritos que fuera un hombre e hiciera algo. Ella bien que había cumplido por su parte.

Pero yo aún no era un hombre, sino un niñato asustado, que seguía pensando en las consecuencias si me atrevía a intentar algo y luego resultaba que no era eso lo que Maika pretendía. Tendría que emigrar.

Entonces sentí un ramalazo de dolor. La mano izquierda se me había dormido por completo y estaba acalambrada. Tiré intentando sacarla de debajo, pero, entre que no quería moverme mucho (para no refregarle demasiado a Maika el asunto) y el peso adicional, fui incapaz de lograrlo.

– Maika, perdona – dije con un hilo de voz – ¿Me dejas sacar la mano?

Mi prima miró a su lado y enseguida entendió la situación. Aferrándose de nuevo al cabecero del asiento de delante, se incorporó, dejándome libertad de movimientos. Esta vez fue mi polla la que gritó fuertemente: “NOOOOOOOOOO” cuando el trasero de mi prima se separó de ella, aunque fui yo el único que la oí.

En cuanto saqué la mano, empecé a frotarla vigorosamente con la otra, para devolverle la circulación. Mientras tanto, Maika seguía medio incorporada sobre mí, aferrándose al asiento de delante para no caerse.

– ¿La has sacado ya o no? – me preguntó.

– Espera un segundo – respondí – Que se me ha quedado dormida.

– A ver, quita, hijo, que pareces un crío – dijo con sequedad.

Sin esperar respuesta, Maika volvió a dejarse caer sobre mí, estrujando de nuevo su culazo contra mi tiesa verga. Sorprendido, resoplé expulsando todo el aire de mis pulmones, quedándome sin aliento.

Entonces sentí como las manos de Maika aferraban mi brazo izquierdo y, tirando de él, lo situaban en su regazo, procediendo a darle unas friegas. Yo estaba atónito.

Mi prima estaba de nuevo recostada sobre mí, su espalda contra mi pecho y sus nalgas contra… ya saben. Mientras, mi brazo izquierdo rodeaba su cintura, reactivando su circulación gracias al masaje que mi prima le propinaba.

– ¿Mejor? – dijo ella simplemente, tras un minuto de friega.

– Sí, sí – balbuceé – gracias.

Intenté apartar de allí la mano y ponerla… no sabía bien donde. Pero Maika no me dejó.

Inesperadamente, apoyó su mano izquierda en el reverso de la mía y, con delicadeza, entrelazó sus dedos con los míos, manteniendo mi mano bien sujeta sobre su regazo. Como quien no quiere la cosa, apoyó ambas en su estómago, justo debajo de sus tetas y, como si fuera lo más normal del mundo, las mantuvo ahí.

Y claro, mi polla ya era como un cohete a punto de despegar. Como siguiéramos así, íbamos a llegar antes a casa montados en mi verga, que en el coche familiar.

Pero aquello fue ya superar el límite. Comprendí que Maika estaba dentro del juego y que estaba haciendo todo lo posible por arrastrarme a él. Sentía el mismo morbo que yo y, a su manera, estaba pidiéndome a gritos que diera un paso más.

Y, aunque estaba acojonado, decidí darlo por fin.

En cuanto tomé la decisión, el mundo que nos rodeaba desapareció para mí. Ya me daba igual todo, mi padre, mi tío, los chicos… todo me era indiferente, para mí sólo existía aquel maravilloso peso que soportaba sobre mis piernas.

De repente, fui mucho más consciente de su presencia, de su contacto. Me di cuenta de que su cabello, recién lavado, despedía su maravilloso aroma con mayor intensidad, con lo que deduje que Maika llevaba en su bolso su champú.

Y su culo, aquella maravilla, apretándose contra mí, sintiendo y disfrutando de la dureza que ella misma había provocado…

Mi mano izquierda seguía sujeta por la suya, así que no podía moverla ni un centímetro. Además, si se me ocurría hacerlo, alguien podría vernos, los chicos o incluso mi padre por el retrovisor.

Sin embargo, la derecha estaba perfectamente oculta a ojos extraños. Atrapada entre la puerta y yo, me bastaba con deslizarla subrepticiamente para, por primera vez en mi vida, acariciar unos tersos muslos de mujer.

Además, el bolso con las toallas que Maika portaba en el regazo, la ocultaba mejor todavía si cabe. Me pregunté entonces si ella no lo habría pensado antes y fuera ese el motivo de que no lo hubiera metido en el maletero. A saber.

Muy despacio, mi mano fue moviéndose hacia el muslo desnudo de mi prima. Yo estiraba el cuello, desviando la mirada para poder ver cómo mi mano se aproximaba a su pierna. La movía muy lentamente, casi era imperceptible para la vista, pero, aunque parezca una locura, yo sentía que iba aproximándome, pues creí percibir incluso el calor que desprendía su piel.

Tras unos inacabables minutos, mis dedos quedaron casi rozando la pierna de mi prima. Aún me lo pensé unos segundos más, pero ya había rebasado el punto de no retorno. Ya no podía echarme atrás.

Cuando mis dedos rozaron la suave piel del muslo, fue como si una descarga eléctrica recorriera mi cuerpo. En ese momento, descubrí que no hay nada comparable al dulce tacto de la piel de una mujer.

Pero ella no reaccionó como esperaba. En cuanto la toqué, Maika dio un brinco sobre mi regazo y su pierna se apartó bruscamente de mi mano, apretando los muslos entre sí.

Joder. Ya la habíamos cagado. Si ya lo sabía yo. Había malinterpretado por completo su comportamiento. No era cierto que ella esperara una caricia mía. Me la había cargado con todo el equipo.

De pronto, el contacto se reanudó. No podía creerlo. Superada la sorpresa inicial, Maika había vuelto a desplazar su pierna sobre mí, acercándola de nuevo a mi mano, que la esperaba apesadumbrada como Tristón, el perro del anuncio.

Cuando volví a sentir el roce de su piel en la yema de los dedos, el circuito volvió a cerrarse y la electricidad volvió a recorrerme de arriba a abajo. Hasta la polla me dio un brinco en el bañador.

Ya no había dudas. Mi prima estaba deseando que le metiera mano. A mi mente acudieron multitud de anécdotas de cuando habíamos estado juntos. Esa vez que se torció un tobillo en uno de nuestros paseos y tuve que llevarla a hombros a casa (disfrutando de cómo sus tetitas se clavaban en mi espalda), o la vez que fuimos al cine y consiguió meter a los pequeños en una peli con nuestras madres y ella y yo fuimos a ver una solos, o cuando nos fuimos los dos de excursión en bici…

Leñe, a ver si al final iba a resultar que mi prima me encontraba atractivo. A ver, si no era así, ¿por qué si no iba a dejarme que le sobara las piernas, con mi erección bien apretadita contra su culo?

Poco a poco, a medida que la chica se dejaba acariciar sin protesta alguna, yo iba ganando confianza. En pocos segundos, mi caricia pasó de ser un tímido roce en su muslo con la yema de los dedos, a un magreo en toda regla, con mi manaza adherida a su tersa piel, acariciando y sobando hasta el último centímetro de su muslo.

Y ella, a verlas venir. Sin resistirse lo más mínimo o indicar que aquello le resultara desagradable, Maika se limitaba a mantener su pierna a mi alcance, permitiéndome acariciarla a placer.

Mi mano bajaba por su piel hasta su rodilla y luego reemprendía el viaje hacia arriba, deleitándose con su calidez. Estaba disfrutando al máximo sobando aquel carnoso muslo.

Y ya puestos… ¿Cómo sería el tacto de la cara interna? ¿Sería igual?

Envalentonado y más seguro de mí, fui poco desplazando mis caricias de forma que, muy poco a poco, empecé a deslizar mi mano por la cara interna de su muslo, descubriendo que, en esa zona, la piel es mucho más suave y delicada… y sensible.

Cuando sintió mi mano deslizándose entre sus piernas, Maika se puso un poquito tensa (lo noté por cómo se apretaba su culo contra mi erección), pero no protestó ni hizo nada por detenerme, limitándose a mantener las piernas ligeramente separadas, facilitándome el acceso.

Yo, excitado como nunca antes en mi vida, había empezado a fijar en mi mente un objetivo mucho más ambicioso, aunque no estaba seguro de si Maika me permitiría llegar tan lejos.

En cada pasada, mi mano llegaba un poquito más arriba, acariciando la piel de terciopelo, atento a detenerme y suspender las operaciones si Maika mostraba el más mínimo signo de repulsa.

Pero no fue así, por lo que, con mayor confianza, moví la mano hasta que mis dedos rozaron el elástico tejido de la braguita del bikini. Una súbita ola de calor me recorrió.

En cuanto rocé la tela, detuve de inmediato mis caricias, manteniendo el contacto de mis dedos sobre el bañador. Lo que hacía era esperar permiso por parte de Maika, pues, no sé por qué, continuar viaje hacia arriba me parecía un paso tan grande que precisaba de su aprobación.

Y me la dio. Simplemente movió la pierna sobre mí, bruscamente, atrapando momentáneamente mi mano entre sus muslos, volviendo a abrirlos y a liberarla de inmediato. Sin poder evitarlo, sonreí para mí, ocultándome tras los húmedos cabellos de mi prima.

Muy despacio, con el corazón a mil por hora, subí la mano, deslizándola sobre el bikini y, con mucho cuidado, empecé a acariciar un coñito por primera vez en mi vida.

La polla me iba a estallar. Y, si no lo hacía ella primero, entonces me explotarían las pelotas. Era incapaz de sentir nada más, pues la excitación bloqueaba por completo mis sentidos. Mi mundo se reducía al tacto de mis dedos y a la delicada flor que estaba empezando a descubrir.

Cuando sintió mi contacto, Maika volvió a dar un respingo y, bruscamente, giró la cabeza para volver a mirar por la ventanilla. Así pude comprobar que, nuevamente, su rostro se había puesto encarnado. Cuando mi caricia se volvió más intensa, Maika boqueó y dejó escapar un gemido, cerrando los ojos, con la expresión más erótica que había visto en mi vida.

Y yo quería más. Me encantaba estar tocándole el coñito por encima del bañador, pero yo ya no me conformaba con eso. Si me había dejado llegar hasta ahí, seguro que no se opondría a dejarme hacer algo más.

Con cuidado, para no alertar a los demás de mis maniobras, busqué con los dedos el borde del bikini, para intentar deslizarlos dentro y poder acariciar el paraíso directamente. Por desgracia, la tela estaba muy tensa y no podía conseguirlo, por lo que pronto me encontré forcejeando con la prenda.

Entonces, Maika clavó las uñas de su mano izquierda en la mía, a modo de advertencia. Comprendí que, tanto forcejeo, podía atraer la atención de alguno de los otros, así que lo mejor era desistir de mi intento.

– Bueno – pensé – Lo dejaré para otro momento. Después de lo de hoy, seguro que haremos muchas cosas más.

Proféticas palabras.

Resignado a no poder meterle mano como yo quería, volví a conformarme con acariciar su vagina por encima del bañador. El tacto era increíble a pesar de la tela y pronto empecé a sentir cierta humedad. Yo ya había escuchado (por alguno de mis amigos) que las chicas se “mojaban” cuando estaban excitadas, lo que me llenó de inexplicable orgullo.

Porque, a juzgar por lo húmeda que estaba la tela, no cabía duda de que Maika se estaba excitando. Ni siquiera podía echarle la culpa a que el bañador estuviera mojado de la piscina, pues había podido constatar que estaba bien seco cuando se sentó encima de mí.

Y entonces se me ocurrió. Joder. Qué estúpido era. Había un sistema bien fácil de lograr lo que quería.

Decidido a poner en práctica mi plan, saqué la mano de entre los muslos de mi prima. Ella dejó escapar un débil gemidito de frustración y giró el cuello hacia atrás, como tratando de averiguar por qué demonios paraba.

Pero lo descubrió rápidamente.

Sin perder un segundo y con mayor confianza, llevé mi mano a su cadera y metiéndola bajo la camiseta, tanteé buscando el lazo que sujetaba la braguita. En cuanto Maika comprendió mis intenciones, se puso tiesa como un palo y, con rapidez, sujetó mi mano con la que le quedaba libre, tratando de detenerme.

Pero, a esas alturas, tendría que haberme pegado un tiro para pararme.

Con firmeza, aferré la cuerda del lazo y, sin pensármelo dos veces, tiré de ella muy despacio, hasta soltar el nudo. Maika volvió a clavarme las uñas, pero ese ligero dolor me pareció un precio muy pequeño a pagar.

Efectivamente, una vez deshecho el nudo, la braguita se aflojó por completo. Con rapidez, volví a deslizar la mano entra sus piernas, loco por colarla dentro y tocar por fin el tesoro que escondían.

Sin embargo, para Maika aquello era pasarse ya un poco, así que, dando un bufido, cerró las piernas impidiéndome llegar hasta el botín.

Intenté presionar un poco, tirando suavemente de su pierna para que volviera a abrirlas y me permitiera acceder, pero la chica se resistía, manteniéndolas con firmeza bien apretadas.

Joder. Haber llegado tan lejos para esto… me moría de ganas de tocarle el coño…

– Maika… por favor – susurré a su oído, acercando mis labios para que nadie pudiera oírnos.

Ella no respondió, limitándose a agitar la cabeza en un no rotundo.

– Por favor, te lo suplico – continué – Mira cómo estoy… Es culpa tuya… Te deseo tanto…

Y entonces sus piernas se aflojaron. Sólo un poco, pero lo suficiente para permitirme deslizar la mano entre ellas, alcanzando por fin la meta que me moría por conquistar.

Madre mía. Cómo describirlo. Mi primer coño. Apuesto a que todos los tíos de mi edad que estén leyendo esto, se han puesto melancólicos con sus propios recuerdos.

Y encima no era un coño cualquiera, sino el de una de las chicas más guapas que conocía, que al parecer se sentía atraída por mí y, por si fuera poco, en una situación increíblemente morbosa, no sólo porque se tratara de mi prima, sino también por el riesgo de que nos pillaran y nos deportaran a Siberia (o a Portugal, que no sé qué es peor).

Primero, me entretuve acariciando el suave vello que tenía, maravillándome por lo suave y aterciopelado que era. Pero yo no estaba haciendo aquello para palparle la cabellera a mi prima, sino que quería el lote completo. Bajé un poco más, hundiendo mis dedazos en su rajita. Estaba empapada. En aquel entonces no lo supe, pero luego, con el transcurrir de los años y nuevas experiencias, comprendí que, o mi prima era de las que se mojan mucho, o aquella mañana la tenía cachonda perdida.

Mis dedos, literalmente chapotearon en su interior. Prácticamente resbalaron dentro. Sin darme cuenta siquiera, me encontré recorriendo con las yemas su vulva, deslizándolas arriba y a abajo por la trémula carne, explorando hasta el último rincón de aquella ardiente gruta, aprendiendo y disfrutando a partes iguales.

Sin tener ni puta idea de lo que estaba haciendo (aunque deseando aprender), seguí acariciándola muy dulcemente, chapoteando y gozando de la humedad que se escondía entre los tersos muslos de Maika. Ella, sin darse cuenta apenas, había ido separándolos progresivamente, hasta que, finalmente, su rodilla derecha quedó apoyada directamente contra la puerta del coche, dejándome así franco el acceso para meterme donde me viniera en gana.

Entonces, de repente, mis inquisitivos dedos subieron por la cálida rajita y rozaron una extraña protuberancia. Era algo distinto, no era igual que lo que había palpado hasta ese momento. En cuanto lo rocé, el cuerpo de Maika se agitó como si hubiera sufrido una descarga eléctrica. Sorprendido, quise comprobar si el espasmo había sido debido a la excitación o al contacto directo con ese bultito.

La toqué otra vez, con más ganas, y Maika estuvo a punto de volver a estamparse con el techo. Aquello resultaba excitante y divertido a la vez, así que me dispuse a tocar el punto mágico de nuevo.

Pero entonces, la mano de Maika sujetó con firmeza mi muñeca, tratando de detener mis movimientos.

– No, Adri, por favor – gimoteó en voz muy baja, volviendo la cabeza todo lo que pudo hacia mí – No me toques ahí.

Ya. Y un jamón. Sonreí de oreja a oreja (aunque Maika no pudo verme) y, sin darle tiempo a reaccionar, volvía a juguetear con el interruptor de mi primita, ése que conseguía que saltara como posesa.

Y ya no lo solté, sino que seguí acariciándolo y jugueteando con él, mientras disfrutaba con los incontrolados movimientos de cadera que Maika sufría, que provocaban que su culo se frotara contra mi polla de forma harto placentera.

– Por favor… – gimoteó la pobre chica, sin que yo, caliente como un mono, me apiadara lo más mínimo.

Su mano seguía tratando de sujetar la mía, pero las mismas descargas de placer que estaba experimentando, le impedían hacer fuerza. Yo, por mi parte, reconozco que en ese momento perdí un poco la cabeza. Tuvimos suerte de que nuestros padres se hubieran enzarzado en una discusión de las suyas y no prestaran atención a lo que pasaba detrás, mientras que los otros dos parecían haberse quedado dormidos.

Hasta ese momento, Maika había conseguido disimular bastante bien lo que el sátiro de su primo le estaba haciendo, simulando estar contemplando el paisaje y logrando ahogar los gemidos de placer. Sin embargo, llegó el momento en que no pudo más, su cuerpo se tensó, sus caderas se agitaron en espasmos… miré su rostro de perfil, vuelto hacia la ventanilla y vi que estaba mordiéndose con saña el labio inferior, tratando de ahogar un auténtico grito. Pero ni por esas paré, seguí estimulándola hasta llevarla al orgasmo.

Cuando éste llegó, Maika pegó un bufido y, echándose hacia delante, enterró el rostro en el bolso de las toallas, apretando los muslos y atrapando mi mano entre ellos, lo que me encantó.

Siguió así, callada y con el rostro oculto casi un minuto, mientras que yo, agitado y mentalmente obnubilado, sacaba la mano de entre sus piernas y me miraba los dedos. Estaban brillantes y pegajosos y, sin saber por qué, los acerqué a mi cara y aspiré el delicioso aroma que desprendían.

– Oye, nena. ¿Estás bien? – preguntó de repente mi tío.

La sonrisa murió en mis labios, aterrorizado por la idea de que nos hubieran pillado con las manos en la masa.

– Sí, sí, estoy bien – respondió Maika con aplomo – Estoy cansada y me estaba quedando dormida encima de las toallas.

– ¡Ah, vale! – dijo mi tío, aunque en sus ojos leí la duda.

Por mi parte y con los cojones puestos de corbata por el susto, decidí que lo mejor era dejarme ya de tonterías. Había sido un rato increíble y, aunque me moría de ganas de reanudar las operaciones, juzgué quera mejor dejarse de rollos, pues mi tío podía estar ahora ojo avizor.

Maika, más recuperada, se incorporó en mi regazo e, inesperadamente, me dio un seco codazo en las costillas, demostrándome que, aunque se lo había pasado bien, no me perdonaba que hubieran estado a punto de pillarnos por mi culpa.

Poco después, llegamos a casa. Mi padre hizo sonar alegremente el claxon, con lo que mi madre y mi tía salieron a recibirnos.

Cuando Paco y David se hubieron bajado, Maika se deslizó a su lado del asiento y, con una simple mirada, me indicó que vigilara que nadie se diera cuenta de que estaba abrochándose la braguita del bikini.

Instantes después, ambos nos bajamos, cada uno por una puerta del coche, sólo que, esta vez, era yo el que llevaba el bolso con las toallas, sujetándolo delante de mí para… ya saben.

Y menos mal que disponía del bendito bolso. Quedándome el último para entrar, aproveché para echarme un vistazo a la entrepierna y así pude constatar que no sólo lucía una empalmada de campeonato, sino que, además, tanto el bañador como mi camiseta tenían una mancha de humedad bien visible, que resultaba la mar de reveladora. Sí que se mojaba mi prima, sí.

Con mucho sigilo, me deslicé dentro de la casa y, evitando ir al salón, donde sin duda mi tía y mi madre tenían ya dispuesta la mesa para almorzar, me escurrí hasta el cuarto que compartía con David (que por suerte no estaba) y, como un rayo, volví a cambiarme de bermudas y de camiseta, poniéndome las que usé en la piscina, a pesar de que todavía estaban un poco húmedas.

Adrede, escogí la camiseta que me quedaba más grande, para que el faldón tapara el “asunto”, que seguía en pie de guerra. Moviéndome como un espía, me colé en el baño y eché la ropa en el cesto de la ropa sucia, hundiéndola al fondo del todo, por si las moscas.

Instantes después, aparecí en el salón, donde mi gente ya había ido tomando asiento. Como yo era el último, me senté en el único sitio que quedaba libre, que era el que quedaba justo enfrente de mi prima, que estaba sentada al otro lado de la mesa.

– Tú como siempre – me soltó mamá nada más verme – Ya te has escaqueado hasta de poner la mesa.

– Pero, ¿no la habíais puesto vosotras? Como lo hacéis siempre…

– Ya. Los cubiertos sí. Y la comida ¿qué? ¿Te crees que viene sola?

– Vale, mamá, perdona. Quería cambiarme de camiseta, se me ha manchado de césped….

Mientras decía esto, mis ojos volvieron a encontrarse con los de Maika, que apartó rápidamente la mirada, avergonzada. Verla mostrarse tan vergonzosa, hizo que me regocijara interiormente, alegrándome de poder devolvérsela un poco, después de la mañanita que me había hecho pasar.

Tras la intensa mañana de ejercicio (de todo tipo), nos lanzamos como lobos a por la comida. Además, no sé qué demonios tiene el campo, pero es verídico que, cuando estás allí, tienes mucho más apetito que en la ciudad.

Yo me sentía eufórico, todavía no acababa de creerme lo que había pasado. No sólo había tenido mi primera experiencia con una chica, sino que, al parecer, a pesar de no tener ni puñetera idea de lo que hacía, había conseguido que se corriera como una burra y, para más mérito, encerrados en un coche con un montón de gente que no se había enterado de nada.

En ese momento, mientras yo lucía una estúpida sonrisa de suficiencia, mi padre me pidió que le acercara la fuente con la ensalada. Sin dejar de sonreír, estiré el brazo sosteniendo la bandeja con una sola mano.

Por poco se me cae todo encima de la mesa.

Inesperadamente, sentí cómo algo se apretaba de repente contra mi entrepierna, presionando y empujando contra mi erección. Como he dicho, la mano me tembló y a punto estuve de desparramar la ensalada por todos lados.

– Niño, ¿estás bien? – me preguntó mi madre, al ver que mi rostro se ponía como la cera.

– Sí, sí – balbuceé – No sé, por un momento me he mareado un poco, será de tomar el sol. Pero ya se me ha pasado.

– ¿Seguro?

– Sí, en serio. Estoy bien.

La respuesta no era muy buena, pues insinuando que no me encontraba bien, lo único que iba a conseguir era que mi madre no me quitara ojo. Pero demasiado fue que consiguiera mentirle con rapidez, pues el traicionero ataque me había pillado totalmente desprevenido.

Enfadado, desvié de nuevo la mirada hacia Maika, encontrándome con que estaba aparentemente concentrada en su plato, con los ojos clavados en la comida, aunque desde mi posición, pude ver que en su rostro vibraba una sonrisilla divertida que le iba de oreja a oreja.

Sin poder hacer nada para escapar de la situación (echarme para atrás no era una opción, pues se descubriría todo el asunto), me las apañé como pude para echar un vistazo en el hueco que quedaba entre mi barriga y la mesa.

Efectivamente. Allí estaba. Como el que no quiere la cosa, el intrépido piececito de mi prima estaba presionando mi erección por debajo de la mesa, apretando con firmeza sobre mi empalmada, como había hecho su culito un rato antes.

Y la muy puñetera no se cortaba en hacerlo, empujando con ganas sobre mi rabo, como si se tratara del maldito acelerador del coche.

Y yo allí, atrapado, sin poder huir ni evitar su inesperado acoso. Joder, qué acojone me entró de nuevo. El único consuelo era que, si nos pillaban, ella se la iba a cargar tanto como yo. Porque a ver cómo coño iba a explicar que estuviera sobándole la polla a su primo con el pié.

Aunque, en realidad, no encontraba para nada desagradable la inesperada caricia, el miedo a que nos pillaran era mucho mayor, así que intenté hacerle ver a Maika que lo mejor era que parase y se dejara de tonterías.

Con desespero, traté de atraer su atención y que me mirara, para suplicarle que dejase de comportarse así. Pronto nuestros ojos volvieron a encontrarse y yo puse la mejor cara de pena de que fui capaz para tratar de conmoverla, pero ella, lo único que hizo fue sonreír todavía más y sacarme la lengua burlonamente.

Como la súplica muda no funcionaba, intenté apartarla por la fuerza. Con disimulo, metí una mano bajo la mesa e intenté apartar el pié de mi hombría. Pero claro, en esa posición yo no podía hacer verdadera fuerza (no sin que los demás se dieran cuenta, al menos), así que lo único que conseguí fue que ella, resistiéndose, apretara todavía con más ganas sobre mi polla, haciéndome temer por la integridad de mis pelotas.

Derrotado, no tuve más remedio que rendirme y dejarla que hiciera lo que le viniera en gana, sacando la mano de bajo el mantel y tratando de seguir comiendo, para simular que nada raro estaba pasando.

En cuanto constató mi rendición, la presión del insidioso piececito se aligeró bastante, para mi infinito alivio y entonces, inesperadamente, empezó a deslizarse sobre mi erección, presionando con una intensidad tal, que se hizo notablemente placentera.

Coño. Pues no estaba tan mal aquello. De pronto, me sorprendí comprendiendo que me gustaba. Al parecer, su intención no era chafarme los huevos tal y como me había temido, sino que quizás fuera… algo mucho más agradable.

Sin darme cuenta siquiera (como le pasó a ella en el coche) fui abriendo poco a poco las piernas, para dejarle campo libre para sus operaciones. Cuando notó que yo estaba dejándome hacer, la sonrisa pícara de Maika se hizo todavía más amplia, mientras se las apañaba para seguir picoteando de su plato y que nadie se extrañara por no verla comer.

Empecé a disfrutar. Qué coño, pensándolo bien, era la primera vez que me tocaban la polla. Lo del coche no contaba, pues fue un simple frotamiento de cebolleta. Ahora se trataba de un contacto voluntario y con objeto de obtener una eyaculación. Aunque fuera con el pie.

Porque eso estaba claro. Mi prima estaba haciéndome una paja en toda regla. Su pie se deslizaba habilidosamente por mi erección, en un suave y excitante movimiento de arriba abajo, que estaba resultando la mar de sensual.

Yo no entendía por qué la muy puñetera me estaba haciendo aquello, allí donde nuestros padres podían descabezarnos y no se esperaba a después, cuando pudiéramos estar los dos a solas. Imaginé que quizás fuese que le ponía el riesgo y se excitaba con la posibilidad de que nos pillaran, aunque luego descubrí que no era precisamente así.

Sea como fuere, por primera vez en mi vida una chica me estaba masturbando, así que desistí de cualquier tipo de protesta o intento de resistir. Que fuera lo que Dios quisiera. Yo no quería, claro, era ella que me tenía en sus manos. A mí, en realidad, no me apetecía nada que una chica me sobase el falo, ni nunca había fantaseado con el tema y mucho menos con Maika, mi prima. Pero, a ver, qué iba a hacer, si tenía el capricho… no iba a quitarle yo la ilusión.

Poco a poco, a medida que iba asegurándose de que los demás no se estaban dando cuenta de nada, el ritmo de aquel malicioso pie sobre mi nabo fue incrementándose. Como había pasado antes en el coche, estaba excitadísimo, pues no sólo era que me estuvieran meneando la polla, sino que el morbo de la situación era tremendo.

Maika, disimulando a la perfección, deslizaba su pie una y otra vez sobre mi hombría, presionando levemente a veces sobre la dureza, lo que me provocaba pequeños espasmos de placer. Imitando su comportamiento de antes, me descubrí de pronto mordiéndome los labios, en un intento de evitar que se me escapase algún gemido.

Eso sí, tenía que apañármelas como podía para simular estar comiendo, jugueteando con la comida de mi plato, sin osar llevarme nada a la boca, porque, dada la situación, era capaz de atragantarme y menudo espectáculo que íbamos a dar si me moría ahogado, con la picha como el mástil de la bandera.

Lo sorprendente era lo habilidosa que se mostraba Maika en aquellas lides, pues, a juzgar por su expresión y lo bien que disimulaba, nadie se habría dado cuenta de los tejemanejes que se traía la niña bajo la mesa.

Y, además, se le daba de puta madre.

Joder, menuda paja me estaba haciendo. Yo me había hecho alguna que otra, por supuesto, no demasiadas, je, je, pero ni punto de comparación. Y eso con el pie. Me estremecí sólo de pensar qué sentiría cuando mi querida prima me la agarrase con la mano. Y me moría por averiguarlo.

Cada vez estaba más caliente, más cachondo, más excitado. Comprendí que estaba a puntito de caramelo y que, de un momento a otro, iba a producirse la segunda descarga del día. Que me iba a correr en los pantalones, vaya, hablando en plata.

Un momento. ¿Qué había dicho? ¡Que me iba a correr en los pantalones!

Súbitamente, la comprensión de lo que iba a pasar se adueñó de mi mente y, como me había pasado por la mañana, volví a ver el futuro: tremenda corrida en las bermudas, manchurrón indisimulable en la entrepierna, pestazo a semen por toda la habitación, mis padres se dan cuenta, Maika retira el pie de la zona de conflicto, poniendo su mejor cara de niña buena, la de no haber roto un plato en su vida, me acusan de estar cascándomela bajo la mesa como un mono y, de postre, me tiran al fondo del pozo y se olvidan de mí.

Con los ojos como platos, asustado por lo que se avecinaba, intenté de nuevo atraer la atención de Maika, para rogarle que se estuviera quietecita de una vez. Ella, que en realidad había estado pendiente de mí en todo momento, me miró con una expresión tan traviesa, que de inmediato comprendí que no iba a detenerse por nada del mundo.

Su habilidoso pie, entre tanto, no había dejado de masturbarme ni un segundo y fue entonces cuando noté que mis huevos hervían e iban a entrar en erupción.

Le dirigí a mi prima una última súplica silenciosa, pero ella no se dejó conmover, frotando con ganas la planta de su pie contra mi verga, que se lo estaba pasando de puta madre, ajena a la posibilidad de que poco después nos cortaran las pelotas y nos quedáramos los dos eunucos para siempre.

Asustado, sopesé incluso la posibilidad de levantarme de la mesa y huir disparado, fingiendo una indisposición de vientre o algo así, pero, en el fondo, ni muerto me hubiera levantado de allí, no olviden que estaban haciéndome mi primera paja y que… la operación estaba a punto de culminar.

Y vaya si lo hizo.

De repente, mi cuerpo ya no pudo más y alcancé el orgasmo. Sin poder evitarlo, me encogí en mi asiento, apretando las piernas y atrapando el pie de Maika entre los muslos, sin que ella dejara en ningún momento de presionar y acariciar mi erección.

Menuda corrida me pegué. No sé cómo fui capaz de no ponerme a gritar. Fue la hostia. El único que me miró raro fue Paquito, que estaba sentado al lado de su hermana, pero yo fui capaz de recuperarme lo suficiente para sonreírle y dedicarle un guiño. Por suerte, nuestros padres estaban (como siempre) enfrascados en su conversación y no nos hacían mucho caso.

Empecé a notar cómo la humedad se extendía por mi entrepierna, sintiéndome sucio y pegajoso. Un poquito más recuperado (y cabreándome progresivamente con la puñetera de mi prima) levanté la vista hacia ella, encontrándome con su sonrisa traviesa y su expresión divertida.

Y entonces comprendí. Supe sin sombra de duda a qué había venido todo aquello. Se había vengado de mí. Yo había hecho que se corriera en el coche, donde su padre podría habernos pillado y ella acababa de devolverme la jugada. La madre que la parió.

Con un brusco tirón, Maika sacó su pie de entre mis piernas, recuperando la compostura y dedicándose a comer tranquilamente.

Yo, a medias cabreado, a medias agradecido por el gustazo que acababa de proporcionarme, no acertaba a reaccionar de ninguna manera. Pero entonces sentí cómo el cálido líquido producto de mis testículos se escurría por mi entrepierna, pringándome por todos lados y comprendí que tenía que huir de allí, antes de que alguien notara nada raro.

Entonces se me ocurrió. El plan maestro. Ni la “Gran Evasión”.

Simulando un gesto torpe (no me costó demasiado) me eché por encima una buena ración del contenido del plato. Incorporándome de un salto, di un grito de sorpresa, fingiendo haberme puesto perdido sin querer.

– Ya estás como siempre – me espetó mi padre, en cuanto vio la que había organizado.

– Ja, ja, Adrián, me parece que esta noche te vamos a echar de comer fuera, en el pesebre… – le secundó mi tío.

Como no quiero aburrirles, me ahorraré el resto de puyas y frases maliciosas que me dirigieron el resto de miembros de mi familia (Maika incluida, que parecía estar divirtiéndose muchísimo), aunque, por una vez, me sentí contentísimo de que se cachondearan de mí, en vez de prestar atención a lo que estaba haciendo.

– Vo… voy a lavarme. Si no, va a quedar mancha – balbuceé, apañándomelas para dirigirme a la puerta, consiguiendo mantenerme en todo momento de espaldas a los comensales.

– Sí, y procura que no se note, que si no te la vas poner manchada y todo – me despidió mi madre mientras salía.

En cuanto estuve fuera del salón, solté un profundo suspiro de alivio.

– ¡Uf, por los pelos! – resoplé.

Una vez solo y, tras asegurarme de que nadie me seguía, me subí la camiseta y contemplé el nuevo estropicio. Efectivamente, en la entrepierna de las bermudas refulgía una tremenda mancha oscura, que hacía parecer que me hubiera orinado encima. De hecho, el fruto de mis pelotas era tan denso y abundante, que había incluso traspasado el tejido, pringando la camiseta por dentro.

– Estupendo – gimoteé, sosteniendo el pingajo de tela con la punta de los dedos – Manchas de corrida por dentro y de tomate por fuera.

Pues nada. A lavar.

Salí disparado hacia mi cuarto en busca de una muda limpia. Menudo día. Iba a acabar con toda la ropa asquerosa. Cuando no era Maika la que se me corría encima, era yo, o si no, los macarrones con queso… cuanta guarrería.

Volví a mi dormitorio y me puse a buscar en los cajones. Hala, otra camiseta, calzoncillos y un pantalón corto. Ya no me quedaban bermudas limpias, pues sólo había traído dos. En ese momento estaba tranquilo, pues no había muchas posibilidades de que David viniera al cuarto. Lo normal era que, después de comer, se pusiera a ver la tele en el salón, pues echaban los “Vigilantes de la playa” y se había vuelto un adicto. ¿Y quién no, verdad?

La única pega eran mis padres, pero de seguro que ninguno iba a venir. Si hacían como siempre, se meterían en su cuarto a echar la siesta, como hacían los tíos, porque, en verano, en el campo cordobés, a ver quién era el guapo que salía de casa a 40 grados a la sombra.

De todas formas, tomé mis precauciones para deslizarme de mi cuarto al baño sin que me vieran. Esperé un tiempo prudencial, para darles tiempo a mis padres de usarlo antes de ir para allá. Cuando me pareció escucharles camino de su cuarto, me asomé con cuidado por una rendija de la puerta y salí con el mayor sigilo posible. En cuanto conseguí meterme dentro del aseo, cerré la puerta a mis espaldas, pasé el gancho que servía para asegurarla y, apoyándome en ella, volví a resoplar aliviado.

Por lo visto, al final iba a salir con bien de todas aquellas aventuras. No me habían pillado de milagro.

Me miré en el espejo. Joder, menudo adefesio estaba hecho, con aquel tremendo manchurrón de salsa de tomate adornando la camiseta. Resignado, me quité la prenda y, tras llenar el lavabo con agua, cogí el detergente del mueble que había debajo y me puse a frotar.

Hoy en día, sé perfectamente que, para quitar una mancha de salsa, lo mejor es usar agua caliente… o era de la fría… bueno. Una de las dos.

Lo que es seguro es que, aquel día, sin duda escogí la opción equivocada, pues, tras lo que me pareció una hora de intenso fregoteo (exagero, pero permítanme la licencia) lo único que había conseguido era extender la extensión de la puñetera mancha, aunque, eso sí, con tonalidad de rojo menos intensa.

– Deberías haber empezado por el bañador. Esa mancha pegajosa se te va a acartonar – resonó de repente la voz de mi prima.

Casi me caigo de culo. A punto estuve de sufrir un infarto. El sobresalto fue tal, que patiné en el charco de agua que había a los pies del lavabo debido a mi sesión de limpieza y, si no me partí la crisma, fue porque logré aferrarme a la porcelana in extremis, impidiendo la caída.

– ¡MAIKA! – exclamé atónito, sin acabar de creerme lo que veían mis ojos.

– ¡Shiiissst! ¡Calla imbécil! – siseó mi prima, abalanzándose sobre mí y tapándome la boca con la mano – ¿Es que quieres que te oigan? ¡Los mayores se han ido a acostar y, si te pones a pegar gritos, a lo mejor alguno se levanta!

Yo miraba a mi prima con los ojos desencajados, sin poder creerme que estuviera allí. Apartando un poco la cabeza, conseguí despegar su mano de mis labios, hablándole entonces en tono más bajo.

– ¿Te has vuelto loca? ¿Qué coño haces aquí? – pregunté, poniendo de manifiesto una vez más mi condición de pardillo gilipollas – ¿Se puede saber cómo has entrado?

– ¿Tú qué crees? Respondió ella también en voz baja – Esta es mi casa y me conozco todos sus trucos… y pasadizos…

Luego descubrí que simplemente había usado un ganchillo del pelo para hacer saltar el alambre que hacía las veces de pestillo, pero, en aquel instante, me quedé flipado con lo que me decía.

– Pe… pero, ¿a qué has venido? ¿Y si nos pillan?

– Tú tranqui, mis padres se han ido a echar la siesta, como los tuyos. David está con su serie y Paco ha vuelto reventado de la piscina y también se ha quedado frito. He pensado que podíamos… hablar de lo que ha pasado hoy.

Lo reconozco. Cuando me dijo que sólo quería hablar me llevé una profunda decepción. Aparentemente, yo estaba muy indignado porque se hubiera colado en el baño conmigo, pero lo cierto era que, en cuanto la vi, mi calenturienta mente empezó a imaginarse imágenes bastante gráficas… y eróticas.

– Menudo día, ¿eh? – dijo ella, al ver que yo me quedaba callado.

– Y tanto. Todavía no me creo lo que ha pasado.

– Venga, tío. Tampoco tiene que haber sido una sorpresa tan grande. Ya sabes que me gustas y…

– ¿En serio? – la interrumpí, sin acabar de creerme lo que había escuchado.

– No me hagas repetirlo, imbécil – dijo ella, ruborizándose un poco – Bueno, yo no pensaba que las cosas fueran a llegar tan lejos, pero… cuando noté que te excitabas…

– ¿Cuándo te diste cuenta? – pregunté inocentemente.

– ¿Tú qué crees? Cuando me eché para atrás y noté tu cosa dura…

– Je, je – reí, tocándome el turno de enrojecer – Perdona. No pude evitarlo. Aunque no sé qué esperabas que pasara sentándote encima de mí…

– No, si ya… – dijo Maika, encogiéndose de hombros.

Nos quedamos un instante callados, mirándonos. Yo estaba bastante cortado, pero Maika no lo parecía en absoluto, como si fuera la cosa más normal del mundo estar allí encerrada en el baño conmigo.

Estaba guapísima, aún vestida con la camiseta de algodón bajo la cual, yo sabía que llevaba únicamente su sexy bikini rojo.

– ¿Qué miras? – me preguntó directamente, al ver que estaba observándola en silencio.

– A ti. Pensaba que estás guapísima – respondí sin darme cuenta, en un alarde de sinceridad.

– Vaya, gracias. No sueles ser muy propenso a hacer piropos.

Maika apartó la mirada, avergonzada, pero se notaba que le habían gustado mis palabras.

– Maika, en serio – dije por fin, armándome de valor – ¿Qué haces aquí? ¿Te das cuenta de que si nos pillan nos van a matar?

Entonces ella volvió a mirarme y en su rostro se reflejaba una profunda sorpresa, como si no entendiera mis palabras.

– ¿Cómo que qué hago aquí? ¿Te dibujo un mapa?

Yo la miré, desconcertado, incapaz de sumar dos y dos, como pueden ver.

– ¿Después de todo lo que ha pasado hoy, me preguntas que qué hago? ¿Tú qué crees?

– Maika, yo… – balbuceé, sin atreverme a especular.

– Después de todo lo que hemos hecho, ¿tú cómo crees que estoy? Coño, primo, está claro que he venido a follar. Tanto magreo me ha dejado bastante cachonda y me apetece echar un polvo.

Me quedé boquiabierto, incrédulo por lo que acababa de escuchar. ¿Aquella era mi prima, la dulce y encantadora Maika?

– Pero, ¿a ti qué te pasa? – continuó – Nos hemos metido mano por todas partes, me has hecho una paja en el coche, luego te he hecho otra a ti, llevamos todo el día jugueteando y poniéndonos a tono y ahora te extrañas de que me apetezca fo…

De repente, Maika se calló en mitad de la frase. Alzó la mirada y sus pupilas se dilataron cuando la comprensión se produjo en su mente.

– Un momento… Adri… ¿Me estás diciendo que eres virgen? – preguntó sorprendida.

Yo me quedé callado, todavía más sorprendido que ella, con lo que mi silencio fue respuesta suficiente.

– Claro – dijo mi prima, dando una ligera palmada – Ahora lo comprendo todo… Nunca has estado con una chica…

– No, es cierto. Hoy ha sido la primera vez – admití – ¿Y qué pasa?

– ¿Pasar? Nada en absoluto – dijo ella, sonriéndome – Es sólo que por fin entiendo que estés tan cortado todo el día. Y que te costara tanto a decidirte a… bueno, ya sabes. Ya no sabía qué hacer para que te pusieras en acción…

Entonces caí en la cuenta.

– Joder, Maika. Entonces, ¿tú ya lo has hecho? – pregunté, sin acabar de creérmelo.

– ¿Yo? ¡Por supuesto! – afirmó ella, con una tranquilidad pasmosa – Tengo novio desde hace una año. Por supuesto que lo hemos hecho. Muchas veces…

Coño con mi prima.

– ¿En serio? – insistí.

– Que sí, capullo. ¿No te había hablado de mi novio?

– Pues no, me acordaría de eso – dije, un tanto picado.

– Pues perdona, primo. Creía que lo había hecho. Se llama Rafa y es compañero de instituto. Ahora está de vacaciones en la costa, con sus padres, pasando el verano. Quizás por eso me olvidé de hablarte de él.

Estaba atónito. Demasiada información para digerirla de golpe. Mi prima, mi dulce primita, más joven que yo, la que siempre andaba rondándome y siguiéndome a todas partes, era una mujer hecha y derecha, que no sólo es que tuviera novio, sino que, además, tenía sexo con él desde hacía meses.

– ¿Entonces qué? – siguió ella con toda naturalidad – ¿Quieres hacerlo o no? Que conste que me encantaría que tu primera vez fuera conmigo. Ya sabes que, para mí, tú eres especial…

Volví a mirarla, alucinado.

– Pe… pero… ¿no has dicho que tienes novio?

– ¿Y? Oye, que no es que vayamos a casarnos ni nada. Además, estoy segurísima de que él está ligando todo lo que puede en la playa. Ninguno vamos a escandalizarnos si nos buscamos algún rollete cuando no estamos juntos.

Yo no estaba tan seguro de eso. Seguro que al tal Rafa no le haría ni pizca de gracia lo que estaba pasando ese día.

– ¿En serio quieres hacerlo conmigo? – insistí.

– Pues claro. Hoy me has puesto muy caliente. Qué quieres, una no es de piedra y pasarse todo el día con eso tan duro contra mi culo… reconozco que me has puesto cachondilla.

Oír hablar a mi prima con tanto desparpajo de durezas, sexo y demás, me tenía absolutamente confundido.

– Venga, Adri, di algo. ¿Lo hacemos o no?

Mientras decía esto, Maika se subió un poco la camiseta y llevó su mano derecha hasta el borde de la braguita del bikini. Deslizó los dedos bajo la tela y enseguida volvió a sacarlos, portando sujeto entre ellos la fundita de plástico inconfundible de un preservativo.

– Coño, Adrián, dime algo – exclamó, un poco enfadada – ¿Qué te crees? ¿Que voy a suplicarte que me eches un polvo? Si no tienes ganas, dímelo y en paz. Aunque, me parece a mí que ganas no te faltan precisamente.

Mientras decía esto último, hizo un gesto con la cabeza señalando hacia mi entrepierna. No me hizo falta mirar, pues sabía perfectamente a qué se refería: al enorme bulto que seguía provocando mi polla dentro del bañador, haciendo que la pegajosa mancha de semen luciera en todo su esplendor.

– Menudo día que llevas, hijo – rió Maika – Llevas empalmado desde esta mañana. Casi sin descanso.

– Es verdad – asentí riendo – Aunque, pensándolo bien, eso en mí tampoco es tan raro.

Mi prima se echó a reír.

– ¡Ay, la pubertad, la pubertad! – canturreó – ¡Qué salidos que estamos los jóvenes!

Mientras decía esto, Maika caminó muy lentamente hacia mí, que la esperaba sin mover un músculo, con el trasero apoyado en el lavabo de porcelana.

Cuando estuvo tan cerca que nuestros cuerpos casi se rozaban, alzó suavemente los brazos y, apoyando las manos en mis mejillas, atrajo mi rostro hacia sí, besándome delicadamente en los labios y provocando que un escalofrío me recorriera de la cabeza a los pies.

Mi primer beso. Burlaros si queréis, diciendo que parezco una tía, pero no tengo más remedio que decir que fue maravilloso. Es uno de los recuerdos más bonitos de mi juventud. Tierno y cariñoso, muy lejos de la desatada lujuria a la que llevábamos entregándonos todo el día.

Tras unos embriagadores segundos besándonos, Maika finalmente apartó sus labios, dejándome con ganas de más, clavando sus lindos ojos en los míos. Me sentía muy feliz; excitado sí, pero también extrañamente emocionado.

– Sí, Maika, quiero hacerlo – dije, experimentando una confianza que jamás antes había sentido – No puedo imaginar a nadie en el mundo mejor que tú para tener mi primera vez…

Al oírme, sus ojos brillaron y a continuación volvió a besarme. Esta vez, la cosa fue más intensa, pues, de repente, noté cómo su lengua pugnaba por abrirse paso entre mis labios en busca de la mía. Yo, plenamente consciente a esas alturas de que lo mejor que podía hacer era dejarle la iniciativa a Maika, no opuse la menor resistencia, por lo que pronto nuestras lenguas estuvieron bailando entrelazadas.

Mientras me besaba, mi prima se pegó por completo a mí, haciéndome sentir su calor. Yo, excitado, también quise que sintiera mi fuego, así que, sin cortarme un pelo, eché la pelvis hacia delante y apreté una vez más mi erección contra su cuerpo, en la cadera esta vez.

– Ummmm – gimió ella contra mis labios, al sentir cómo se apretujaba mi dureza.

Progresivamente, el cariño y la dulzura iban dejando paso a la lujuria. Con mi recién descubierta confianza, no me corté en estrechar a Maika entre mis brazos y, tras acariciarle sensualmente la espalda, llevé mis manos hacia abajo, apoderándome de su culo, como llevaba todo el día muriéndome por hacer.

– Ahhhhh – suspiró mi prima, apartándose de mis labios – Veo que ya le vas cogiendo el tranquillo…

Vaya si lo estaba haciendo. Mis manos, una vez aferradas a su premio, no pensaban soltarlo ni a tiros. Sus rotundos y deliciosos cachetes, fueron magreados a placer, mientras no dejábamos de comernos la boca el uno al otro. Aquel sería mi primer beso de tornillo, pero estaba claro que compensaba mi falta de experiencia con el mayor de los entusiasmos.

Madre mía. Qué culo. Si antes, cuando mi polla se apretaba contra él ya me parecía magnífico, ahora que estaba sobándolo y estrujándolo, me parecía simplemente perfecto. Y doy fe, jamás en mi vida he vuelto a encontrarme con un culito como aquel.

– Ayyy, tranquilo, Adri, que me lo vas a llenar de cardenales – se quejó ella, tratando de frenar un poco mi entusiasmo.

– Perdona, es que tienes un culo increíble – gimoteé, como un cachorrillo pillado en falta.

– Imbécil – dijo ella, sonriendo halagada – ¿Y sólo mi culo es increíble?

– Qué va. Toda tú eres increíble – respondí con sinceridad – De la cabeza a los pies.

Maika volvió a sonreír y volvimos a fundirnos en un tórrido beso. Como quiera que ya no protestaba, redoblé mi magreo en sus prietas nalgas sólo que, esta vez, me dejé llevar por el deseo, deslizando las manos dentro de su bikini y procediendo a acariciar aquel culazo directamente, piel contra piel, sin el estorbo de la tela.

Lo más alucinante de mi vida.

Seguimos besándonos con pasión y, dado que mi prima no ponía pegas y me dejaba campo libre, mis dedos fueron bajando cada vez más, explorando desde atrás la acogedora grieta que tan bien nos lo había hecho pasar en el viaje de regreso desde la piscina.

– ¡Ufffff! – resopló Maika, con el rostro enrojecido por la excitación – Aprendes deprisa. Vas directo al meollo de la cuestión…

– Tengo una buena maestra…

Estaba cachondo perdido, con una erección tan tremenda que me resultaba hasta dolorosa. No me habría cambiado en ese momento por nadie en el mundo y, sin embargo, sentía que me faltaba algo.

– Maika, yo… – balbuceé, sin atreverme a pedirlo.

Ella me sonrió, risueña, con expresión divertida. Me había entendido perfectamente sin palabras.

– Tranquilo… Tú déjame a mí.

Cuando su mano se deslizó por la cinturilla de mi bañador y aferró por fin mi polla, las rodillas me temblaron, teniendo que volver a apoyarme en el lavabo. Maika, con una sonrisilla de suficiencia bailándole en el rostro, acarició suavemente mi erección, haciéndome gemir de placer.

– Vaya, vaya, qué duro está esto – dijo, sin dejar de acariciarme – Aunque eres un cerdo, ya podías haberte lavado. Estás todo pringoso de la corrida de antes.

Con expresión de estar un poco asqueada, Maika (para mi infinito desánimo) soltó mi polla y sacó la mano del bañador, enjuagándosela a continuación bajo el grifo.

– Yo… Lo siento – traté de disculparme – Aunque en mi defensa diré que pensaba lavarme enseguida. Y que, además, no esperaba visitas…

Mi prima se rió, guiñándome un ojo.

– Anda, quítate eso y ponlo en remojo…

Como un rayo, me bajé las pringosas bermudas, quedándome como Dios me trajo al mundo, sólo que, en vez de cordón umbilical, lo que asomaba desde mi vientre era una erección de campeonato.

Maika, que no me quitaba ojo de encima, le echó una mirada apreciativa a mi polla, lo que me encantó y me puso todavía más cachondo.

Entonces hizo algo inesperado.

– Anda, ven – dijo con sencillez, aferrando mi verga y tirando suavemente de ella hasta acercarla al lavabo.

Y, con toda la naturalidad del mundo, mi prima abrió el grifo y procedió a asear mi polla con la mano, eliminando todos los restos de semen reseco.

– Ya está – exclamó, tras hacerle la prueba del algodón – Limpia y fresca. ¿Quién te hubiera dicho a ti al empezar el día que una chica iba a lavarte hoy la picha, eh?

– Y que lo digas – respondí, todavía un tanto sorprendido por su desparpajo.

– Apuesto a que quieres seguir, ¿eh, picarón? – dijo ella, luciendo de nuevo su sonrisa traviesa.

– ¡Sí, por favor! – exclamé, asintiendo vigorosamente y haciéndola reír de nuevo.

Y Maika volvió a dejarme sin palabras.

– ¿Quieres que te la chupe? – me preguntó con sencillez, mirándome a los ojos.

Me quedé con la boca abierta, incapaz de articular palabra.

– Qué pregunta tan tonta – dijo mi prima, tomándoselo con filosofía – Anda que… voy apañada con el primo éste.

Y, ni corta ni perezosa, me empujó con suavidad hasta que mi trasero quedó apoyado de nuevo en el lavabo y, arrodillándose frente a mí, agarró mi polla y le dio un par de meneos, como asegurándose de que seguía rígida como una estaca.

– O… oye, Maika – dije, antes de tener tiempo para detenerme a pensar.

– ¿Um?

– Mi… bueno, ya sabes… mi pene… Está bien, ¿no? Quiero decir… de tamaño y eso…

¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? Dicen que esas son las dudas existenciales que siempre han preocupado al hombre. Y una mierda. Lo que de verdad nos preocupa es si nuestra picha es lo bastante grande.

– Sí, supongo que sí – dijo ella, un tanto confusa – A mí me parece que está bien…

– No, bueno… lo preguntaba porque, como tú tienes más experiencia y eso…

Uf. Fallo.

– Oye, rico – dijo ella, apretando la mano sobre mi polla de forma un tanto perturbadora – A ver si te crees que voy haciendo esto con todo el mundo por ahí. Tú eres el segundo, después de Rafa. No he visto ninguna más. Y, además, hago esto porque eres tú, que si no…

– Perdona, Maika. No estaba insinuando nada de eso – traté de disculparme – Es que no sé si estoy bien dotado, ya sabes, como es la primera vez…

– Serás capullo – dijo ella, aunque por su tono comprendí que no se había enfadado – A mí me parece que está bien. Es bastante grande. De hecho, es algo más grande que la de Rafa…

Música para mis oídos. Trompetas celestiales en el firmamento.

– ¿En serio? – pregunté, embargado por un súbito orgullo.

– Serás, gilipollas – rió ella, leyendo en mí como en un libro abierto – No me toques más las narices o esto te lo haces tú solito.

¡Quieto! ¡Silencio en las masas! ¡Que no se mueva ni Cristo! Caminamos por el filo del alambre y podemos despeñarnos de un momento a otro. Precaución, amigo conductor…

– No, Maika… no te enfades. Sólo quería salir de dudas. Perdona…

– Ya, ya supongo que ahora mismo no te conviene que me enfade, je, je…

No veas si me arrepentía de haber abierto la bocaza. De no haber dicho nada, llevaría ya un buen rato disfrutando de mi primera mamada. Pero, como ya he dicho antes, mi prima Maika es un sol.

Sin hacerse de rogar más, Maika acercó el rostro a mi erección, aproximando poco a poco mi rabo a sus carnosos labios entreabiertos. Sin embargo, antes de permitir que me sumergiera en el éxtasis del paraíso, aún me hizo una advertencia más.

– Si notas que te vas a correr, avisa. Como se te ocurra hacerlo en mi boca, te la arranco.

– Coño, Maika, claro, tranquila – dije, alzando las manos en son de paz, aunque, en realidad, no tenía ningún plan definido.

– ¡Y chupa de una vez ya! – gritó mi mente, aunque ni de coña lo habría dicho en voz alta.

Y por fin lo hizo. Sin hacerme sufrir más, Maika empezó a chupetear dulcemente mi verga con su húmeda lengüita, haciéndome estremecer y gimotear de placer. Madre mía, qué maravilla era aquello. Pronto, mi prima engulló un buen trozo de rabo, permitiéndome disfrutar del calor y la suavidad de su experta boca. No tenía referencias para comparar, pero a mí me parecía que la chupaba de puta madre.

Seguimos así unos minutos, conmigo sentado sobre el lavabo, aferrado con ambas manos al blanco mármol para no caerme, mientras mi prima me hacía un trabajito de cinco estrellas. Aquel estaba siendo el mejor día de mi vida.

– Vaya, primo, me estás sorprendiendo. Estás durando mucho… – dijo Maika, haciendo una pequeña pausa en la felación.

– Su… supongo que será porque hoy me he corrido dos veces… – gimoteé.

– ¿Dos? – Preguntó ella con extrañeza, antes de recordar mi visita subrepticia a los baños de la piscina – ¡Ah, es verdad! Dos.

Yo me moría por pedirle que se dejara de charla y siguiera con lo suyo.

– Pues a mí ya me duelen las rodillas, y la mandíbula se me va a desencajar.

Joder. Mierda. Coño. Puta madre.

– Si… si quieres me tumbo en el suelo… Y te pones más cómoda… – sugerí.

Maika me miró, sonriente, aún con mi polla, brillante por su saliva, agarrada con la mano. Toda una estampa, os lo aseguro.

– ¿Y por qué no follamos ya? – dijo simplemente.

Vale. Buen plan.

Sin perder más tiempo, Maika se incorporó, liberando por fin mi verga. Yo me sentía un poquito frustrado porque hubiera dejado el trabajo a medias, pero la perspectiva de tener sexo y abandonar por fin el club de los vírgenes me entusiasmaba.

Estirando la mano, Maika recogió el condón, que había depositado encima del lavabo (aunque yo no la vi hacerlo) y, ofreciéndomelo, me dijo que lo cogiera.

– ¿Te vas poniendo esto? Voy a quitarme la ropa.

Un poquito alucinado por aquello de “quitarme la ropa”, así el preservativo que Maika me tendía y me quedé mirándolo como si fuera un problema de matemáticas. Temeroso de cargármelo, rompí el sobrecito con sumo cuidado, encontrándome con el pringoso rollo de látex que todos conocemos en la palma de la mano.

Pero justo entonces, Maika dejó caer su camiseta al suelo, atrayendo toda mi atención. Nuevamente, me encontré frente al espectacular cuerpecito de mi prima en bikini, sólo que esta vez, en pocos minutos sería completamente mío.

Sin cortarse un pelo, Maika llevó las manos atrás y soltó el broche del bañador, dejándolo caer con naturalidad junto a la camiseta, exhibiendo sin sonrojo alguno sus exquisitos senos, cincelados por una mano divina, con los pezones extraordinariamente erectos, asomando con descaro de las delicadas areolas y la suave y deliciosa piel de un tono mucho más pálido que en el resto de su anatomía.

– Vaya – se quejó – Se me han quedado las tetas blancas. Algún día iré a una playa nudista de esas, para que se me opongan morenas.

Y yo, mientras, la miraba con la boca abierta, admirado por la perfección de sus juveniles curvas. Aquellas tetas no es que fueran enormes, pero, en cuanto a forma y tersura de piel, pocas encontrarían ustedes de mejor calidad.

– Recoge el condón del suelo, cretino – me regañó mi prima – A ver si vamos a pillar una infección.

Tenía razón. Sin darme cuenta, había dejado caer el preservativo. Aturrullado, me las apañé como pude para agacharme (luchando contra mi erección, que parecía empeñada en hacerme caer) y recoger la goma del piso.

Un poquito avergonzado, me levanté y volví a clavar mis ojos en mi prima, que me miraba divertida.

– ¿Y bien? ¿A qué esperas? Póntelo.

– Voy – asentí.

Mierda. Tendría que haber leído las instrucciones.

– Ay, quita, hijo – exclamó mi prima exasperada, quitándome el condón de las manos – Que nos van a dar las uvas. A ver si te lo vas a cargar y tengo que ir a buscar otro.

Y, sin pensárselo dos veces, mi hacendosa primita, con sus deliciosas tetas agitándose a su aire, se inclinó levemente y, con habilidad, colocó el condón en la punta de mi cipote y lo deslizó hacia abajo, enfundando mi hombría en la protección de látex. Desde ese día me quedó un fetiche que hace que, siempre que tengo sexo, intente que sea la chica la que me ponga el preservativo. Me pongo cachondísimo. Preguntadle a Norma si no me creéis.

– Ya está – dijo, alzándose sonriendo satisfecha – El nene ya tiene puesto el gorrito.

Nunca supe si con lo de nene se refería a mí o a mi pene.

Miré hacia abajo y me sorprendí al ver mi verga con el condón puesto. Parecía un atracador de esos de las pelis que se ponen una media en la cabeza.

– ¿Qué se siente? – preguntó Maika, con genuina curiosidad.

– No sé. Es raro. Aprieta un poco, pero no molesta demasiado.

Ella asintió con la cabeza, como si comprendiera.

– ¿Estás listo? – me preguntó, devolviéndome a la realidad.

– Cla… claro – respondí, súbitamente nervioso.

Y, como antes, con toda naturalidad, Maika soltó los nudos que sujetaban la braguita del bikini y, en menos de un segundo, apareció completamente desnuda ante mis alucinados ojos.

– Joder, Maika. Qué buena estás – dije sin pensar – Tienes un cuerpazo de impresión. Ni las modelos de los anuncios.

– Vaya, gracias – sonrió ella, un poquito avergonzada – Hoy estás de la más zalamero. Aunque, como se te ocurra decir algo así como: “Menudo pedazo de coño”, te cruzo la cara, ¿me oyes?

– Tranquila – sonreí, comprendiendo que bromeaba para disimular la vergüenza – Lo que he dicho es verdad. Siempre he pensado que eras guapísima, pero hoy estoy comprobando que todo lo demás lo tienes también… perfecto.

– Serás idiota – ronroneó mi prima.

– Aunque, es verdad que tendrías que ir a la playa nudista esa que dices, pues queda un poco raro que tengas el culo tan pálido.

– Pues anda que tú – respondió ella con rapidez, riendo.

Tenía razón, la parte de mi piel protegida por el bañador era de un blanco inmaculado. Y en mi caso era peor, pues, al tratarse de unas bermudas por encima de la rodilla, tenía una amplia franja de mi cuerpo del color de la leche.

– Bueno – dije, con tranquilidad – Pues iremos a esa playa los dos.

– Anda, tonto, ven – dijo ella, sonriendo.

No tardé ni un segundo en obedecerla. Di un paso en su dirección y, antes de darme cuenta, estábamos pegados el uno al otro, besándonos apasionadamente de nuevo, sintiendo cómo sus exquisitos senos se apretaban contra mi pecho, mientras mi polla, rígida como una estaca, se le clavaba en la cadera sin compasión, aunque a ella no parecía molestarle demasiado.

Sin dejar de besarnos, Maika fue deslizándose poco a poco hacia el suelo, arrastrándome con ella, hasta acabar los dos sentados. Continuamos un rato con el morreo, sin que yo me atreviera a hacer nada más, dejándole toda la iniciativa, hasta que, finalmente, se tumbó sobre las baldosas, haciendo que yo me echara encima suyo, sin dejar de besarnos.

– ¿Está segura de esto? – le pregunté, en un último arrebato de caballerosidad.

– Claro, tonto. Lo deseo desde hace mucho. ¿Y tú?

– Por supuesto. Y admito que yo también lo había deseado, aunque nunca pensé que fuera a hacerse realidad.

Con una cálida sonrisa, Maika se tumbó por completo, separando un poco las piernas. Yo me quedé unos instantes sentado, admirándola de nuevo, sin acabar de creerme la suerte que tenía y deseando que aquel día no se acabara nunca.

– Ven – dijo ella simplemente.

Y yo me moví, dejándome guiar por el instinto. Con mucho cuidado de no dejarle caer mi peso encima, me eché sobre su cuerpo, situándome entre sus muslos entreabiertos. Mi erección, con el gorrito puesto, estaba enloquecedoramente cerca de su sexo, que aparecía hinchado y brillante, excitado y listo para recibirme.

– Espera. Déjame a mí – susurró.

Con mimo, sus manos aferraron mi rígido instrumento y, con sumo cuidado, fue situándolo entre sus trémulos labios, hasta ubicarlo en la posición adecuada.

– Ahora, empuja despacio. No seas bruto.

No pensaba serlo. Por nada del mundo me habría permitido hacerle daño. Muy lentamente, fui deslizando las caderas sobre las suyas, penetrando deliciosamente en su cálido interior. Maika estaba muy lubricada, por lo que aquella primera penetración fue fácil y sin problemas, hundiéndome exquisitamente en su cuerpo, hasta que nos fundimos en un único ser.

– Ahhh – gimió quedamente mi prima, al sentir cómo me hundía en sus entrañas – Te quiero mucho, primo – susurró, mirándome con ojos brillantes.

– Y yo a ti.

Y volví a besarla.

Muy despacio, excitándome de manera progresiva, empecé a moverme en su interior, con cuidadosos movimientos de cadera, iniciando un delicioso mete y saca la mar de satisfactorio. Maika, sonriendo y jadeando a la vez, rodeó mi cuello con sus brazos, estrechándome contra su cuerpo, acomodándonos el uno al otro, mientras yo, poco a poco, iba incrementando el ritmo de mis caderas.

– Sí, así, Adrián – me animaba – lo haces muy bien. Qué bueno… Sigue así, por ahí…

No era sólo el sexo. También sus palabras me enardecían, excitándome cada vez más. No era sólo el placer que estaba sintiendo, la calidez que se derramaba por mi cuerpo, sino también el sentimiento de saber que Maika estaba disfrutando y se sentía tan plena y feliz como yo. No hay sensación igual.

– Jo, Maika – siseé – Es increíble. Estás ardiendo por dentro… Es tan suave…

– Sigue, Adri, vas muy bien. ¡AHHHH! Sí, así muévete así…

No puedo describirlo. Me faltan palabras. Todos sabemos que el sexo es genial, pero, para mí, cuando hay sentimientos de por medio, es todavía mejor. Y yo quería mucho a mi prima.

No duré mucho más. Demasiadas emociones. No establecí ningún record y eso que llevaba ya un par de buenas descargas aquel día. Supongo que, sin ellas, no habría durado ni un minuto.

– Me corro, Maika, ya lo noto… – gimoteé, al sentir que se avecinaba el orgasmo.

Sin pensar, traté de retirarme de su interior, temeroso Dios sabe de qué. Sin embargo, Maika lo impidió, simplemente anudando sus piernas detrás mío, impidiéndome escapar.

– Shisss… hazlo cariño, échalo todo. Quiero que disfrutes tanto, que no te olvides de este día en tu vida…

Y me corrí. Eyaculé nuevamente, llenando el condón hasta arriba. Gimiendo y jadeando, agotado, me derrumbé encima de Maika, sin que ella protestara en absoluto, ni dejara de abrazarme, susurrándome palabras cariñosas al oído. En ese momento, juro que la amé realmente. Y no como a una prima…

Poco a poco, fui calmándome. Temiendo aplastarla con mi peso, me moví muy despacio quitándome de encima suyo, sin que esta vez ella hiciera nada para retenerme. Mi polla, aún bastante dura, fue saliendo lentamente de su acogedora cuevita, para quedar finalmente descansando sobre mi vientre, con su modelito de goma y luciendo todavía un aspecto bastante lozano.

Nos quedamos allí tumbados unos instantes, boca arriba, hombro con hombro, recuperando el resuello. Entonces Maika, con su innata practicidad, me dijo con sencillez.

– Ahora, quítate eso y hazle un nudo. Después échalo al water y tira de la cadena.

Obedecí de inmediato sus instrucciones, librándome del repleto preservativo. Tras hacerlo, me volví hacia ella y la miré, desnuda y bella, con el cuerpo brillante por el sudor. Hermosa.

– Gracias – le dije con sencillez.

– ¿Gracias? – exclamó ella, un tanto sorprendida – ¡Anda, Adri, no seas imbécil! Ni que te hubiera hecho un favor. Yo tenía tantas ganas como tú de esto.

– No, si no lo digo por eso. No me refiero que te esté agradecido por haber follado conmigo. Lo digo porque, no sé por qué, ahora mismo me siento más seguro de mí mismo. Me has descubierto un mundo nuevo. De verdad.

– Eres idiota – respondió ella por enésima vez, apartando la mirada, sin duda conmovida por mis palabras.

– ¿Y qué tal he estado? – pregunté juguetón – ¿Lo he hecho bien?

El rostro de mi prima volvió a iluminarse con su sonrisilla traviesa.

– Psé. Bastante bien. Nada mal para ser la primera vez. He disfrutado bastante.

– Pero no te has corrido, ¿verdad? – le solté sin pensármelo mucho.

– Anda, hijo. Qué delicadito eres. ¿Tú te crees que eso se pregunta así, a palo seco?

– Perdona, no quería molestarte. Es que, esta mañana, en el coche, sí que te corriste, ¿verdad? Y ahora no te has puesto ni de lejos tan descontrolada, ni te has puesto a pegar berridos…

– ¿Berridos? – exclamó, visiblemente irritada – Mira, niñato, que yo no pego berridos. ¡A ver si te crees que me vas a volver loca por toquetearme un poco ahí abajo! ¡Pues no te falta a ti nada todavía!

– Vale, vale, no te mosquees – dije, alzando las manos en son de paz – Es sólo que quiero que lo pases tan bien como yo. Y, si yo he tenido un orgasmo…

– Mira, Adri – dijo mi prima, adoptando aires de profesora – Las chicas, cuando lo hacemos, no siempre alcanzamos el orgasmo. De hecho, algunas veces lo que hacemos en realidad es fingir, para que el chico no se quede… frustrado.

Menuda sorpresa, ¿eh? Anda, ahí lo lleváis. Vale que yo sería un pardillo en aquella época, pero uno de los grandes secretos de la vida me fue revelado a los 17. Muchos tíos se mueren sin llegar a descubrir eso.

– Entonces, esta mañana en el coche… ¿Fingiste un orgasmo?

– No, tonto – dijo ella, enrojeciendo – Qué iba a fingir. Me pegué una corrida de campeonato.

– Pues yo quiero que ahora te pegues otra – dije sonriente.

– Vaya, vaya – exclamó mi prima, divertida – Quien te ha visto y quién te ve. ¿Y cómo habías pensado conseguirlo?

– No sé. Podríamos follar otro rato, ¿no?

– Dios mío – rió Maika – ¡He creado un monstruo!

– Entonces ¿qué? ¿Lo hacemos?

– Bueno… Por lo que veo, tú estás más que dispuesto. Chico, eres todo un portento. Ya quisiera Rafa tener tu aguante, ya llevas tres y buscando la cuarta…

– No te molestes por lo que te voy a decir, pero el tal Rafa debe ser idiota. Si está contigo y no tiene ganas de hacerlo a todas horas…

– Bueno, tú siempre estás conmigo en verano…

– Y tengo ganas de hacértelo a todas horas – sentencié – Sólo que no esperaba que tú quisieras lo mismo.

– Idiota – me acusó mi prima, sonriendo.

Sin pensármelo más, me acerqué a Maika y volví a besarla con pasión. Pero ella se tomaba las cosas con más calma.

– Quieto, león. No te dispares. Que no llevo más condones. No creí que fuera a necesitar más de uno.

Mi alma se sumió en un pozo de desesperación.

– ¿Y no puedes ir a buscar otro?

– ¿Y si me pillan? Los tengo en mi cuarto y mi madre tiene el sueño muy ligero. Menos mal que su dormitorio está en la otra punta de la casa, si no, nos habría pillado seguro.

En ese momento fue cuando caí en que no estábamos solos en casa.

– Es verdad. Joder. Menuda mierda. Oye, ahora que lo pienso… ¿Y si llega a venir alguien? Nos habrían trincado de lleno.

– ¡Nah! – dijo mi prima, moviendo la mano con gesto despreocupado – He echado el gancho de la puerta y, si alguien llega a pegar, me habría escapado por la ventana. Leñe, que lo hemos hecho cientos de veces cuando jugamos al escondite con los primos.

Era verdad, el baño tenía una ventana grande sin rejas. Y, como la casa era de una sola planta, se podía entrar y salir sin problemas.

– ¡Y, hala! – bromeé – A correr por el campo en pelota picada.

– Tampoco sería la primera vez – retrucó mi prima enigmáticamente.

– Joder. Vaya mierda. Yo quiero hacerlo otra vez – dije, sentándome en el suelo con la picha tiesa, ahogando mi frustración.

– Je, je, que te veo venir, Baldomero – rió Maika – Tú lo que estás intentando es darme pena y que te la chupe otra vez, ¿eh, guarrete?

Pues no. Estaba equivocada.

– No. Como te he dicho, quiero que disfrutes tú. Quiero que tengas otro orgasmo.

Maika se quedó callada, sorprendida por mi franca respuesta. Podría haber aprovechado la situación para, simplemente, haberse abierto de piernas y haberme pedido que le devolviera yo el favor y que probara la cosa tan rica que tenía allí en medio a lengüetazos, pero, creo que ese día, mi prima había decidido que era para mí.

– Bueno… – dijo dubitativa – Supongo que no pasa nada si tenemos cuidado. Podríamos hacerlo, pero ni se te ocurra correrte dentro, ¿eh?

– ¿Estás segura? – exclamé, visiblemente emocionado.

– Sí. Pero sólo por esta vez, ¿vale? De ahora en adelante, sólo con condón.

Mi enfebrecida mente no captó todas las implicaciones de las palabras de mi prima. “De ahora en adelante” indicaba, sin lugar a dudas, que aquella no iba a ser nuestra última vez, pero yo, en cuanto comprendí que íbamos a hacerlo una vez más, fui incapaz de procesar el resto de la información.

– ¡Estupendo! – exclamé con entusiasmo – ¡Te juro que tendré cuidado!

– Más te vale, por la cuenta que nos trae… – dijo Maika, con filosofía.

Me puse de pie de un salto, con mi verga, contentísima, dando botes entre mis piernas. Maika extendió hacia mí su mano, para que la ayudara a levantarse del suelo, cosa que hice de inmediato.

– Vamos a probar otra cosa.

Me quedé mirándola sin decir nada, aguardando instrucciones. Maika, con sencillez, se acercó al lavabo y, tras vaciarlo, se sentó encima del borde, separando los muslos y mostrándome su hermoso coñito deliciosamente entreabierto.

– Ven – dijo, estirando la mano hacia mí.

Yo, con la polla en ristre, la obedecí con rapidez, situándome entre sus muslos abiertos y preparados para recibirme. Esta vez, fui yo el encargado de ubicar el espolón en la postura adecuada, bajo la atenta supervisión de mi primita.

Joder. Qué maravilla. En aquella postura, tenía la sensación de que su coñito apretaba todavía más. Además, al estar de pie frente a ella, no tenía miedo de aplastarla con mi peso, así que, en cuanto la tuve bien clavada, aferré sus suaves muslos con las manos y, progresivamente, empecé a hundirme una y otra vez en su húmeda y ardiente cueva.

– Sí…. – jadeó ella – Así me gusta mucho más…. Sigue… Un poco más rápido…

Y lo hice. Vaya si lo hice.

A pesar de estar de pie, no me cansaba en absoluto, moviendo el culo adelante y atrás a buen ritmo, hundiéndome una y otra vez en el tierno coñito de mi prima. Así descubrí que las sensaciones, follando sin condón son mucho más intensas y placenteras. No sólo disfrutaba con el mete y saca, sino que era todo, el calor, la humedad, la presión…

La verdad, era que, hacerlo de aquella manera, un tanto más urgente y desenfrenada, me estaba gustando incluso más que antes.

Y a Maika no digamos.

– ¡Joder, sí Adri, así! ¡Fóllame más fuerte! ¡Joder, qué bueno, se te da de puta madre!

Ahí fue cuando descubrí que, cuando se calentaba de verdad, mi prima era de las que dejan a un lado las buenas maneras.

Seguí follándola un buen rato con entusiasmo, gozando del sexo con locura. Maika, abrazada a mi cuello, no paraba de gemir y jadear, disfrutando y rogándome que la follara más fuerte.

Por desgracia, empecé a cansarme por la postura, pues tenía que sujetar en vilo el cuerpo de Maika sobre el lavabo, pues se había quejado de que el grifo se le clavaba en la espalda (vaya, que a base de pollazos la empotré en el fondo del lavabo), así que, poco a poco, mi ritmo fue descendiendo.

Pero Maika tenía solución para todo.

– Espera, Adri, para – gimoteó – Vamos a volver al suelo.

Obediente, detuve mis movimientos y, con cuidado, extraje mi polla de su vagina. Estaba brillante por sus jugos y completamente enrojecida, deseosa de más.

Con torpeza (debida sin duda a la excitación), Maika se las apañó para bajarse del lavabo. Yo me quedé dudando un instante, a la espera de que volviera a tumbarse en el piso, pero ella tenía en mente otra cosa.

– Túmbate tú – me indicó – Me apetece ponerme encima.

Lo hice como un rayo, echándome en el suelo con tantas ganas, que hasta me di un pequeño golpe en la cabeza contras las baldosas.

– Tranquilo, campeón – rió mi prima – A ver si vamos a terminar en el hospital con una brecha en el tarro…

– Yo de aquí no me muevo hasta que te corras – repliqué, completamente en serio.

– Menos lobos Caperucita – dijo ella sonriendo, mientras se ubicaba a horcajadas sobre mi cuerpo.

No veas cómo me molestó aquello. En serio, hirió mi orgullo masculino, así que decidí que iba a lograr que se corriera fuera como fuera. Y tenía un pequeño plan en mente para lograrlo.

Sin darse cuenta del efecto de sus palabras, Maika, deseosa de seguir follando, agarró mi picha e, incorporándose un poco, la ubicó a la entrada de su vagina, deslizándose después lentamente sobre mi carne hasta enterrarla por completo en sus entrañas.

– ¡UFF! – resopló – ¡Joder, primo, tengo la sensación de que la tienes cada vez más gorda!

Antes me habría molestado con sus palabras- Esas, en cambio, inflamaron mi ego.

Lentamente, Maika inició un cadencioso baile de caderas sobre mí, entregándose progresivamente a la follada. Tras unos cuantos meneos incrementando el ritmo, acabó por apoyar las manos en mi pecho, inclinándose sobre mí y empezando a botar y a moverse encima mío de forma cada vez más desenfrenada.

Mientras me follaba, me quedé mirando admirado cómo sus deliciosos pechos saltaban sin control al ritmo de sus caderas, hasta que, muerto de deseo, llevé mis manos hasta ellos, atrapándolos y acariciándolos con lujuria, haciendo que Maika sonriera y ronroneara de placer.

– Sí, Adri, pellízcame los pezones…. Tócame las tetas – gimió, cerrando los ojos sin dejar de agitarse sobre mí.

No sé si sería verdad lo que había dicho Maika de que mi polla estaba más gorda o que en esa postura ella era capaz de apretar más su coñito sobre mí, lo cierto es que estaba disfrutando muchísimo y comprendí que, a poco que me descuidara, iba a acabar corriéndome otra vez.

Y yo quería hacerla terminar. Quería cumplir mi palabra. Así que puse en marcha mi plan.

Acordándome del viajecito en coche, deslicé lentamente una mano por su sudoroso vientre, metiéndola con cuidado entre nuestros cuerpos, buscando con cuidado la protuberancia que yo sabía se escondía ahí, parcialmente oculta por el sedoso vello de la entrepierna de Maika y por sus carnosos labios.

– No, espera – siseó ella, al comprender mis intenciones – No toques ahí…

Ya. Y un jamón.

Justo en ese instante, encontré el botoncito del placer que activaba los servomotores de mi prima. En cuanto lo rocé, Maika pegó un bufido y volvió a morderse los labios, sin duda para ahogar los aullidos de placer.

Pero yo no iba a detenerme ahí, sino que redoblé mis caricias en el sensible punto, llegando incluso a pellizcarlo con los dedos.

Maika sencillamente se derritió.

– Joder, joder, joder, Adrián…. No… ¡No hagas eso! ¡Por favor, nooooo! ¡Me voy a correr! ¡ME CORRO!

Música para mis oídos.

Empecé a sentir cómo la vagina de Maika experimentaba contracciones que presionaban deliciosamente sobre mi erección. Además, su interior se volvió incluso más resbaladizo y húmedo, sin hablar del calor que desprendía, pues parecía un horno. Sentí cómo sus uñas se clavaban en mi pecho, aunque no me importó lo más mínimo, disfrutando simplemente con su placer.

Y encima estaba la excitación, el morbo al estar presenciando cómo mi dulce primita alcanzaba por fin el deseado orgasmo. Creí que iba a enloquecer de placer.

Y sentí que me corría.

– ¡Maika, Maika! – gimoteé – ¡Quítate de encima! ¡Yo también me corro! ¡Aparta!

Forcejeé, tratando de salirme de su interior, pero Maika, aparentemente ida, no reaccionaba, sin moverse un ápice, con mi polla a punto de estallar en su interior, esforzándose simplemente en recuperar la respiración.

– ¡Maika! – supliqué una vez más.

Pero ya no pude más y acabé eyaculando directamente en el interior de la vagina de mi prima. Aunque, en ese momento, a ella pareció no importarle lo más mínimo, recibiendo la tremenda descarga sin protestar en absoluto.

Dios. Cómo describir el placer. Sentir cómo su vagina se inundaba con mi simiente, mezclándose con sus propios fluidos… Fue la hostia.

Rendido y sabiendo que ya era tarde, relajé el cuerpo y me encomendé a la providencia, inundando por completo las entrañas de Maika con mi semen. Tuvimos suerte y no hubo consecuencias nefastas por aquella estupidez, pero, durante unos días, estuvimos los dos bastante inquietos.

Por fin, recuperándose un poco, Maika reunió fuerzas suficientes para descabalgarme, tumbándose a mi lado, su cabecita en mi pecho. Yo besé sus cabellos con cariño, y los acaricié con la mano.

– Vale – dijo ella, recuperando el resuello – Lo admito. Has cumplido tu palabra.

– ¿Lo ves? – exclamé orgulloso – Te lo dije.

– Tenías razón. Y, por cierto, ¿has tenido ya bastante? – preguntó juguetona, sobando levemente mi ya mustio falo con la mano.

– Si haces eso un par de minutos – le dije, hablando completamente en serio – Nos pegamos otro viajecito.

– ¡Madre mía! – rió ella, sin dejar de acariciarme la polla – ¡Eso habrá que verlo!

Pero justo entonces empezaron a oírse ruidos por la casa. Nuestra oportunidad había pasado.

Con rapidez, nos levantamos a pesar del cansancio y recogimos las ropas desperdigadas por todas partes.

Maika se puso su bikini y la camiseta, y, no queriendo correr riesgos, decidió escapar por la ventana, sin olvidarse de darme un buen beso de despedida.

– Esto hay que repetirlo – me dijo sonriente.

– Me muero de ganas – respondí con sinceridad.

Ella escapó y yo me apresuré a recoger el desaguisado. Pensé en vestirme y salir de allí, pero, dándome cuenta de que estaba todo sudado, me di antes una ducha, sin olvidarme de poner mi ropa de nuevo en remojo, bermudas pegajosas incluidas.

Después me vestí con la ropa limpia que había traído de mi cuarto y salí de allí por fin, dejando la ventana abierta de par en par, para que se ventilase el baño.

Nadie sospechó nada.

El resto del verano fue genial. Maika y yo aprovechábamos todas las oportunidades para estar a solas y follamos sin parar todo lo que pudimos. Durante ese tiempo, nos comportamos casi como novios, saliendo juntos a la ciudad, yendo al cine y disfrutando de nuestra mutua compañía.

Me enseñó muchas cosas, en especial todo lo que sabía sobre sexo. Sí, eso que están pensando también, la oferta del primer día caducó, así que las mamadas tenían que ser recíprocas. Me pasé bastantes horas de aquel verano con la cabeza entre los muslos de mi prima. Aunque no me quejo.

Gracias a todo aquello, gané bastante confianza en mí mismo, perdiendo una buena parte de mi natural timidez. No estoy diciendo que me convirtiera en un donjuán y que me las ligara a todas, pero sí que perdí el miedo a simplemente charlar con una chica, descubriendo en el proceso, que no me encontraban del todo feo.

El tiempo pasó y, el verano siguiente, regresé a Córdoba con mi gente. Maika estaba incluso más guapa si es que era posible. En cuanto nuestros ojos se encontraron, ambos comprendimos que estábamos pensando en lo mismo.

Lo malo era que yo me había echado novia durante el curso y Maika salía con un chico nuevo, que al parecer le gustaba bastante más que el tal Rafa.

Fuimos buenos casi tres días, antes de sucumbir y pasarnos el resto del verano como el anterior, dale que te pego.

Fueron dos años increíbles. Pero allí terminó nuestra historia.

Nos hicimos mayores, con más experiencia y con relaciones más serias. Así que, el año siguiente, de mutuo acuerdo decidimos que lo mejor era que yo me quedara en casa (ya tenía 19 y mamá no puso demasiadas pegas para dejarme solo), para evitar tentaciones.

Aún hoy, cuando nos vemos en reuniones familiares, recordamos aquellos veranos, hablando si estamos a solas o, simplemente mirándonos a los ojos si no lo estamos.

Ninguno se arrepiente de nada. Hoy sigo queriendo muchísimo a mi prima.

No puedo imaginar manera mejor de iniciarme en el sexo, Maika fue una maestra maravillosa.

Lo único malo, fue que, desde entonces, cada vez que veo un olivo, me empalmo.

FIN

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