DE LOCA A LOCA PORTADA2

 

Prostituto 6: Carol, una flaca de enormes pezones

Cada día estaba más habituado a esa doble vida. Mi trabajo como prostituto de lujo me servía para tener un tren de vida de lujo pero sobre todo para disfrutar del tiempo suficiente para pintar, mi gran pasión. Reconozco que jamás pensé que iba a vivir a todo trapo y encima a costa de un singular grupo de mujeres. Todas ellas eran diferentes, de múltiples razas, con gustos diversos y de un extenso abanico  de edades. Cada una me había aportado una óptica diferente por lo que con veinticuatro años, me había convertido en un experto.
Había disfrutado de un gran elenco de hembras y aunque suene vanidoso decirlo, creo que todas habían salido satisfechas. Algunas de mis clientas solo querían sexo salvaje pero otras habían pagado una fortuna por hablar. Resulta raro pero no era extraño que una mujer me contratara para desahogarse, para romper la monotonía de su vida o simplemente porque se sentía sola.  Por eso resultaba emocionante llegar a cada cita. Aunque en teoría mi jefa me comentaba que tipo de mujer me iba a encontrar, cuando la tenía enfrente no solía coincidir con la idea preconcebida.
¡Eso fue lo que me ocurrió con Carol!.
Una mañana, recibí la llamada de Johana, la muchacha que me ponía en contacto con mis patrocinadoras (así me gusta llamarlas) rogándome que comiera con ella. Al ser  una novedad que esa pelirroja quisiera comer conmigo, acepté encantado porque aunque me costara reconocerlo cada día me gustaba más. Muchas noches en la soledad de mi cama, había fantaseado con tenerla entre mis brazos. No solo me atraía su cuerpo sino que desde que la conocía se había mostrado como una mujer con una inteligencia innata que de haber estudiado sería sin lugar a dudas la gran jefaza de una corporación. Simpática y  divertida rehuía cualquier acercamiento por mi parte, lo que provocaba que me excitara pensando en acariciar el felpudo rojizo que a buen seguro escondía entre sus piernas. Varias veces había conseguido sonsacarle un beso y alguna que otra caricia, por eso, al ser ella quien me invitara a comer decidí que no iba a dejar pasar la oportunidad.
Como sabía de la predilección de esa pecosa por la moda informal, ese día me vestí con un traje de lino gris claro y una camisa mao. Habíamos quedado en un restaurante pegado a su trabajo por lo que salí con media hora de adelanto pero el infernal tráfico de Nueva York, me hizo llegar tarde. Al llegar me llevé la desagradable sorpresa que mi cita estaba sentada en una mesa con otra mujer. Cabreado porque quería comer con ella a solas, me acerqué.
Johana al verme, sonrió y sin poder reprimir un reproche, me soltó:
-Impuntual como siempre-
Ni siquiera me digné a contestar su impertinencia y aprovechándome que estaba acompañada, la besé en la boca. No le dio tiempo a reaccionar y cuando  lo hizo, no pudo más que completamente colorada zafarse de mi abrazo y protestar:
-¡Alonso eres incorregible!-
Tras lo cual, me presentó a Carol. Al mirarla me percaté que la mujer nos miraba divertida, como si fuera consciente que lo que acababa de contemplar no era más que un juego. Sus palabras me ratificaron mi primera impresión:
-¿Por qué no os enrolláis y acabáis con esto?-
-Eso digo yo- contesté riendo.
Johana aún sonrojada, rechazó de plano su sugerencia diciendo:
-Nunca se me ocurriría acostarme con este cabrón, todas las que lo han probado están babeando por sus huesos—
-Con más razón- respondió la rubia con una sonrisa- un buen polvo no se debe desperdiciar-
-Pues follátelo tú, yo paso- refutó con ira mi jefa.
Carol, tras dudar unos instantes, le contestó:
-No es para eso para lo que lo quiero-
Aunque hasta ese momento era un convidado de piedra, no pude dejar de observar que cuando mi jefa le había soltado que se acostara conmigo, los pezones de esa mujer se pusieron duros como piedras bajo su blusa.  Al ver el tamaño de los bultos que la habían traicionado, me quedé anonadado. “Son enormes”, pensé sin ser capaz de retirar mi mirada de esos monumentos. Carol al percatarse de mi fijación por sus pechos, se removió incomoda en la silla. Johana, en cambio, soltó una carcajada mientras le decía:
-Ves lo que te digo. No sé qué tiene Alonso que pone verracas a todas las mujeres-
-No estoy cachonda- objetó de mal humor la rubia.
Mi jefa, muerta de risa, insistió:
-Mentira, fíjate: ¡Tienes los pitones pidiendo guerra!-
En ese momento decidí intervenir, no fuera a ser que esas dos tipas terminaran echándose los trastos encima y mediando entre ellas, pregunté:
-Carol, antes has dicho que me necesitabas para algo. ¿En qué te puedo ayudar?-
-Perdona- contestó un tanto cortada- soy periodista y mi jefe me ha pedido que haga un reportaje sobre los clubs de intercambios-
Sin saber exactamente para qué me necesitaba, le respondí que jamás había estado en uno de esos sitios y que por lo tanto difícilmente podía darle información sobre ese tema. Fue Johana la que me sacó del error:
-Te quiere contratar para que le acompañes-
-No entiendo, si lo que quieres es entrar en uno, ¿Por qué no te llevas a un amigo?-
Carol tardó unos segundos en responder:
-No tengo la suficiente confianza con uno para pedirle que me acompañe- y cogiendo resuello, me confesó: -Quiero conocer ese ambiente y para ello debo zambullirme en él-
-Entiendo- contesté- quieres que acudamos a uno de esos locales y nos comportemos como auténticos swingers-
-Sí. Cómo comprenderás, no puedo llevar a un conocido-
No hizo falta que me dijera más. La muchacha quería experimentar un intercambio para luego plasmarlo en papel pero sin los inconvenientes de hacerlo con alguien de su círculo. Al ser algo nuevo e interesante no puse objeción y sin pensarlo dos veces, pregunté:
-¿Cuando quieres que te acompañe?-
-Esta noche-
No me extrañó que me diera tan poco tiempo, aunque mis clientas solían contratarme de un día para otro tampoco era raro que me alquilaran a mata caballo y cambiando de tema, me dirigí a Johana diciendo:
-¿Comemos?-
Las dos muchachas agradecieron el cambio de tercio y ya relajadas llamaron al camarero. El resto de la comida fue un continuo interrogatorio de Carol. Como si su boca fuera una ametralladora, me realizó un exhaustivo cuestionario al que no dudé en contestar aunque tengo que confesar que muchas de mis respuestas fueron más falsas que un billete de mil euros. Mi jefa se dio cuenta pero no dijo nada durante el almuerzo, esperó a la salida para decirme:
-Debería darte vergüenza haberla mentido de esa forma. ¿Cuándo has desfilado en la feria de moda de Nueva York?-
-Jamás, pero tampoco me conociste en casa de unos amigos. Aunque no lo quieras reconocer eres mi madame y te llevas parte de mis ganancias-
Mi contraataque la desarmó y huyendo de mí, se despidió cogiendo un taxi. Al quedarme solo me fui a casa a terminar el cuadro de Betty, su amiga, la mujer que me había dado de su probar la leche materna. Enfrascado en la pintura, el tiempo pasó con rapidez y sin darme cuenta era la hora de empezarme  a vestir. Íbamos a ir al Casbar, el club más elitista de intercambios de la ciudad. Por eso, decidí que debía aparentar ser un latino de clase alta y adaptándome a ese papel, me vestí con mis mejores galas. Cómo Carol me recogería en la puerta de casa, al terminar decidí averiguar quién era esa periodista. La bendita Wikipedia me informó que esa tipa era una de las periodistas noveles más influyentes de Nueva York y que aunque era una de las solteras más cotizadas, no se le conocía pareja.
“Que extraño que con esos pezones, nadie le haya echado el guante”, pensé mientras fantaseaba con la idea de tenerlos entre mis dientes, “si las cosas siguen su rumbo, esta noche la oiré aullar de placer”.
-Todavía estamos a tiempo, si quieres lo dejamos-
Mi inocente caricia hizo que como un resorte, sus pezones se pusieran duros bajo el vestido y conociendo como conocía a las féminas, decidí forzar la máquina y cogiéndola del mentón dije:
-Sabes que debemos aparentar tener confianza entre nosotros y ni siquiera me has dado un beso- tras lo cual, la acerqué a mis labios.
La muchacha debía de estar deseándolo desde que nos conocimos esa tarde porque no solo se dejó hacer sino que pegando su cuerpo al mío empezó a restregarse contra mis piernas.  Nunca debimos pagar a ese taxista porque el muy  cabrón al darse cuenta de la pasión con la que me respondió la muchacha, acomodó el retrovisor para no perder detalle de lo que hacíamos. Sin importarme ser observado, llevé mi mano por debajo de su vestido y cogiendo uno de sus pechos entre mis dedos, lo pellizqué suavemente. Es difícil de describir con palabras el tamaño de sus botones, solo deciros que fácilmente erizados tenían la  longitud de la capucha de un boli bic.
Carol al sentir mis yemas apretando sus aureolas pegó un aullido y sin esperar más calentamiento, llevó sus manos a mi entrepierna y bajándome la bragueta, liberó mi miembro de su encierro.
“Joder con la que no quería follarme” exclamé mentalmente al ver que sin decir nada, se agachaba y sin recato se embutía lentamente mi órgano en su garganta. La lentitud con la que esa rubia se lo fue introduciendo, me permitió experimentar la suavidad de sus labios recorriendo mi piel.  No queriendo que esa mujer se enfriara, llevé mi mano a su sexo y tras descubrir que lo llevaba afeitado me apoderé de su clítoris, imprimiendo con mis dedos la misma velocidad con la que Carol me mamaba. Afortunadamente el club al que íbamos estaba en Brokling y por eso no me preocupó llegar antes de que esa flaquita consiguiera sacar el semen que con tanta ansiedad buscaba.
-Tranquila, tenemos media hora- le susurré al darme cuenta que había acelerado el ritmo con el que metía y sacaba mi pene de su boca.
Sin hacerme caso, Carol convirtió su mamada en un loco ordeño y completamente poseída, incrustó mi extensión por completo en su interior. Pocas mujeres consiguen abrir su garganta de  modo que esta simulara ser un sexo húmedo  y caliente al que follar, pero esa flaquita, en ese taxi amarillo, lo consiguió. Fue verdaderamente alucinante experimentar la presión de su campanilla sobre mi glande y que no le entraran ganas de vomitar.
“Esta tipa es una maestra” sentencié al sentir sus labios en la base de mi miembro mientras sus dedos no paraban de masajear mis testículos.
Comprendí que si no me daba prisa en excitarla, me iba a correr antes que ella por lo que sin esperar su permiso, torturé con rapidez el botón de su sexo mientras introducía un par de yemas en su vulva. Mi intromisión la hizo gritar y gimiendo de placer, empapó sus muslos con el manantial de flujo que le salió de la entrepierna.  Lo que no me esperaba era que al correrse, el cuerpo de la muchacha empezara a convulsionar y que incapaz de seguir con la mamada, Carol sacara mi miembro de su boca y tumbada sobre mis piernas, llorara.
Con la polla tiesa y cabreado, me tuve que conformar con la satisfacción del trabajo bien cumplido.  Esa mujer no dejó de retorcerse presa del placer durante cinco minutos, tras lo cual, saliendo del trance me sonrió diciendo:
-Te parece suficiente confianza. Me he corrido como pocas veces en mi vida-
Solté una carcajada al oírla, esa descarada tenía razón y sabiendo que en pocos minutos iba a volver a oír sus aullidos, me acomodé la ropa mientras le informaba que estábamos a punto de llegar. Comportándose como una hembra en celo, me besó diciendo:
-Como te he pagado toda la noche, si no me quedo satisfecha seguimos en tu casa-
Supe que esa flaca de pezones grandes ocurriera lo que ocurriera iba a terminar entre mis sábanas por lo que conociendo de antemano mi futuro inmediato, me relajé mientras pagaba al puñetero taxista. Este, mostrándome toda su dentadura, me dio una tarjeta suya para que cuando terminásemos le llamáramos. Implícitamente el capullo se estaba ofreciendo como carne para continuar la juerga. Saliendo de su vehículo, decidí que ese negrazo se iba a quedar esperando nuestra llamada.
Mientras tanto, Carol estaba haciendo cola a la entrada del tugurio. No me costó percatarme que el público del local nos echó una lujuriosa mirada al saber que éramos carne fresca a la que nunca habían visto en ese lugar. Mirando a la mujer, decidí que aunque estaba en los huesos era una mujer muy atractiva por lo que supuse que no tendríamos problemas en seleccionar una pareja  igualmente llamativa y por eso ilusionado en descubrir ese ambiente, seguí a la rubia una vez hubo pagado nuestra entrada. Pero justo antes de entrar en la discoteca, le pedí que me dejara a mí ser quien escogiera a nuestros partenaires. La muchacha me miró sin comprender:
-Vamos a tener muchos candidatos, por lo que no debemos elegir a los primeros que se nos acerquen. Pareceríamos novatos, es mejor hacernos los estrechos y verás cómo eso hará que se interesen por nosotros los mejores especímenes del lugar-
Dicho y hecho, no habíamos pedido nuestras bebidas cuando se nos acercó la primera pareja. Al comprobar que eran un calvo gordo y una mujer insulsa, educadamente los rechacé con la excusa que queríamos tomarnos una copa antes de intimar con nadie. Debían estar acostumbrados al rechazo porque sonriendo cortésmente se retiraron sin quejarse.  Mi acompañante soltó una carcajada al ver que no se habían molestado y cogiéndome del brazo, señaló a una pareja de una esquina.
-Ni de coña- le contesté nada más echarles un ojo – no te has dado cuenta que el tipo es gay-
Descojonada de risa, confesó que no se había dado cuenta y pasando su mano por mi trasero me preguntó si alguna vez lo había usado.
-Solo para cagar- respondí indignado.
Poniendo una expresión de viciosa en su cara, me susurró al oído:
-Pues a mí me encantaría chupar tu ojete virgen-
-Te creo- dije con una mezcla de miedo e interés- quizás luego te deje hacerlo en mi casa-
-Lo prometido es deuda- contestó mientras apuraba su copa y pedía la segunda.
“¡Qué curioso!, con Johana esta mujer se hacía la estrecha, pero sola se comporta como un pendón desorejado”, pensé al comprender que no estaba faroleando, “con razón me ha contratado, con un amigo podría actuar tan libremente”.
Acababa de razonar la razón de su actuación cuando Carol poniéndose entre mis piernas, empezó a restregar su culo contra mi sexo mientras me decía:
-Elige pronto que estoy cachonda-
Fue entonces cuando me percaté que el supuesto reportaje era una patraña y que esa zorra lo que quería era disfrutar de una orgía sin ningún tipo de compromiso. Cómo para aquel entonces, yo también estaba como una moto, no me importó y oteando entre las diferentes parejas del lugar descubrí en una esquina a los adecuados. El dúo en cuestión estaba formado por un rubio cuadrado de más de dos metros y una preciosa negra que debía rondar los veinte años. Estaba todavía decidiéndome cuando la muchacha me guiñó un ojo y haciendo señas me pidió que nos acercáramos. No tuve que buscar más, ese morenita no se me podía escapar. Con una cara de vicio y un cuerpo de pecado era la mujer que esa noche necesitaba, por eso cogiendo a mi clienta del brazo la llevé hasta su mesa.
Carol, al ver hacia donde nos dirigíamos, ronroneó diciendo a mi oído:
-Estoy desando verte follando con esa cría-
Completamente excitada, sus pezones se marcaban con rotundidad bajo su vestido y adoptando un papel sumiso, me siguió con la cabeza gacha. Supe al instante que todo era un paripé y que en el instante que la soltara, esa mujer se lanzaría sobre ese tipo que con los ojos salidos de las orbitas se recreaba en la visión del cuerpo que estaba llevando hasta él.
Sin esperar permiso, me senté junto al gigante y obviando a las dos mujeres empecé a platicar con él. Resultó curioso oírnos, parecíamos dos mercaderes de esclavas ofreciéndonos uno al otro nuestras mercancías. Sus primeras palabras fueron una muestra de lo que iba a ocurrir en breves minutos, el enorme rubiales, sonriendo, pidió a su pareja que se levantara:
-Susan, lúcete. Que nuestro nuevo amigo vea la preciosidad que eres-
La morena, sin quejarse obedeció modelando sensualmente su cuerpo al ritmo de la música. No me cupo ninguna duda que esa mujer había invertido largas horas en el gimnasio porque esas perfectas curvas solo podían provenir del ejercicio. Sus nalgas eran un ensueño, duras y bien paradas llamaban a ser acariciadas.
Sabiendo que era mi turno, le pedí a Carol que bailara para él. Mi clienta, nuevamente me sorprendió y comportándose como una profesional, se sentó encima de las rodillas del rubio y contorneando sus caderas, llevó las manos del sujeto hasta sus pechos. Johan, así se llamaba el germano, no pudo evitar al encontrarse con los enormes pezones de la mujer que sus dedos tomando posesión diesen sendos pellizcos a sus aureolas. Esta al sentirlos, se retorció pegando su sexo a la entrepierna de su agresor, despertando al monstruo dormido que tenía bajo el pantalón.
Convencido y excitado, Johan llamó al camarero y sin más preámbulo, le pidió que nos llevara una botella de champagne a su reservado. Su acompañante sonrió al saber que nos iba a acompañar y sin esperar a su amigo, me cogió de la mano y casi corriendo me llevó hasta ese lugar.
-Siéntate-, me pidió con sus ojos inyectados de deseo.
No habían llegado Johan y Carol a ese cubículo, cuando la morenita ya estaba realizando un sensual striptease en mi honor.  De pie frente a mí, Susan se contorneó mientras con sus manos se iba acariciando el cuerpo al ritmo de la música. Era preciosa, ataviada con un vestido de raso blanco completamente entallado, sus curvas quedaban realzadas dotándola de una belleza sin límites. Si de por si esa mujer tenía una anatomía de modelo, sus facciones perfectas la hacían digna de ser considerada una diosa africana. Consciente del efecto que su baile estaba teniendo en mí, con una lentitud exasperante deslizó por sus hombros los tirantes que mantenían su vestido y poniendo una picara expresión, lo dejó caer al suelo.
Su desnudez confirmó lo que ya sabía, esa muchacha tenía un cuerpo de ensueño. Su trasero con forma de corazón estaba coronado por un abdomen liso y unos pechos pequeños pero firmes a los que desde ese instante deseé mordisquear. No era una mujer, era sin duda una pantera que se había fijado en mí como se fijaría ese depredador en su futura víctima. Dotando a sus movimientos felinos de una sexualidad infinitos, se dio la vuelta para que pudiera disfrutar en plenitud de la rotundidad de sus nalgas. Nalgas prietas y atléticas que la breve tela de su tanga no ocultaba sino subrayaba su belleza.
Tal demostración no pasó inadvertida a Carol que queriendo competir con ella, se despojó de su vestido y llevando sus manos a los pechos que había dejado al descubierto, se empezó a acariciar. Mi clienta sabía que su gran baza era el morbo que la enormidad de sus pezones confería a su cuerpo y por ello, acercándose a Johan se los puso a la altura de la boca, quien no le hizo ningún feo y cogiéndolos entre los dientes los empezó a morder con fruición. No tardó en gemir al sentir la presión ejercida por el tipo aquel  y convertida en una energúmena le abrió la bragueta y liberando el miembro del rubio se lo puso a mamar.
-Es una zorra, tu hembra- me dijo con un fuerte acento alemán mientras presionaba la cabeza de mi clienta para que absorbiera por completo su miembro en su  interior.
-Si- contesté y sabiendo que le gustaba el sexo duro, insinué a mi interlocutor: -Puedes usarla como quieras-
-Tú también- dijo mientras le daba la vuelta y enfilaba el culo de Carol con su glande.
Si me quedaba alguna duda que esa hembra era una ninfómana, desapareció al ver que asiendo sus nalgas con las manos, colaboraba con él. Johan al ver la predisposición de la rubia no lo dudó y de un solo empellón, le incrustó toda su extensión por el ojete. Carol al sentir que se desgarraba por dentro chilló como una loca pero no hizo ningún intento de retirarse y por eso tras unos instantes, el gigantesco rubio empezó a cabalgarla sin contemplaciones.
Susan, que no había perdido detalle de como su novio acababa de violar el culo de mi clienta, se arrodilló a mis pies y quitándome los pantalones me desnudó sin dejar de tocarse. Cómo comprenderéis para el aquel entonces mi sexo estaba completamente erecto y la muchacha al percatarse, poniéndose a horcajadas sobre mí, se fue empalando lentamente. Acojonantemente, esa negrita tenía un coño minúsculo.  No llevaba ni medio pene dentro de su vulva cuando me encontré que el glande de mi polla chocaba con la pared de su vagina y temiendo desgarrarla, esperé a que ella marcara el ritmo. La morena pegando pequeños aullidos fue relajando su conducto de manera que a los pocos minutos, mi sexo ya campeaba libremente en su interior. Fue entonces cuando dándole un sonoro azote, le exigí que se empalara con mayor velocidad.
-Dale fuerte, le gusta- me informó Johan al oír la nalgada.
Habiendo obtenido el permiso de su novio, fui marcando el ritmo de Susan con golpes con mi mano abierta en su trasero, de forma que en poco tiempo eran los gemidos de esta muchacha los que se oían en ese reservado.  No os puedo explicar la brutal reacción de esa mujer. Era como si todo su cuerpo se convirtiera en un geiser y de su vulva penetrada sin previo aviso, empezó a surgir un chorro que no solo me empapó las piernas sino que incluso me llegó hasta  la cara. Absolutamente sorprendido, miré acojonado a su novio, el cual soltando una carcajada me soltó:
-Tranquilo, es su forma de correrse-
Una vez acostumbrado, lejos de molestarme, esa bestial forma de eyaculación femenina me enervó y poniéndola a cuatro patas sobre la alfombra, cogí parte de ese manantial y embadurnando el ojete de la negrita, conseguí relajarlo, tras lo cual, la sodomicé mientras ella no paraba de gemir de placer y de dolor. Estaba cabalgando su culo cuando escuché al rubio gritar. Carol, una vez liberada de su galope se había puesto a su espalda y separándole las nalgas, estaba chupando el ojete de ese animal.
“Era verdad que le gusta chupar culos”, pensé al recordar su promesa de comerse el mío.
Como en ese momento tenía ensartada a Susan, tuve que reprimirme las ganas de follarme a mi clienta pero como tenía sus gigantescos pezones a un lado, cogí el de su pecho derecho y sin coartarme, lo pellizqué duramente. El chillido de angustia resonó en la habitación pero lejos de molestarse, Carol llevó sus pechos hasta la boca de la negra y sin esperar a que opinara se los metió entre los dientes. Ver a la negra mamando de Carol fue el detonante que provocó que, dejándome ir, me corriera dentro del culo de ella. Susan al sentir mi simiente rellenando su trasero, se unió a mí y casi desmayada por el placer, se dejó caer sobre la alfombra.
Durante uno instantes, perdí la noción del tiempo y al recobrarme me encontré a Carol que empalada sobre el alemán, se retorcía de gozo. No me preguntéis el porqué, pero al ver a que el culo de mi clienta estaba libre no me puede retener y sin esperar su permiso, llevé mi pene a su entrada trasera y acomodándome, la penetré.
-¡Qué hijo puta!- chilló al sentir sus dos agujeros hoyados e imprimiendo a sus movimientos un loco frenesí, se dejó montar por sus jinetes, clamando por el placer a la que le teníamos sometida.
Johan aprovechó que la teníamos bien ensartada para retorcer sus pezones mientras me pedía que la azotase. Dudé unos instantes porque al fin y al cabo esa mujer pagaba, por lo que tuvo que ser ella la que gritando, me ordenara hacerlo diciendo:
-¡Eres maricón o qué! ¡Dame fuerte!-
No me hice de rogar, esa puta había dudado de mi hombría por lo que sin medirme en absoluto, la cogí de la cabellera y forzando su columna, la cubrí como a una yegua mientras azuzaba su trotar con duras nalgadas en su trasero. El castigo a esa hembra descarriada también vino por parte del alemán que viendo su rebeldía, metiendo dos dedos en su entrepierna se apoderó de su clítoris en plan salvaje.  

-Por favor- gritó arrepentida al experimentar el escarmiento triple al que la estábamos sometiendo pero ya era tarde, comportándonos como unos sádicos la usamos a nuestro antojo hasta que con lágrimas en los ojos, las nalgas  y los pezones amoratados, el coño rozado y el esfínter desgarrado, esa mujer se corrió en la alfombra dando aullidos. Desgraciadamente, no tuvimos piedad de sus gritos y tuvo que esperar a que regáramos con nuestra simiente sus agujeros para descansar.

Satisfecho al haberme corrido por segunda vez, me apiadé de la clienta y cogiéndola en brazos la llevé hasta el sofá. Durante unos minutos, parecía en otra galaxia y cuando estaba ya preocupado, la oí decir:
-Te has pasado pero…. ¿Repetimos la próxima semana?-
Solté una carcajada y sellando el acuerdo con un besó la contesté:
-Siempre que pagues-