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Mi trabajo como prostituto de lujo me ha dado la oportunidad de conocer a muchos tipos de mujeres, desde la típica remilgada que se conformaba con un polvo a las más ardientes de las hembras. Dentro de este último tipo tengo que hacer especial mención a Yuko, una japonesa insaciable. La conocí a raíz de una convención de Lancôme que tuvo lugar en Nueva York. Todavía recuerdo como me contrató:
 

 

Debido a que en Estados Unidos esa semana se celebraba la fiesta de “acción de gracias”, mi clientela  había estado extrañamente desaparecida y por eso llevaba cinco días sin tirarme a nadie. Os tengo que reconocer que tal abstinencia me tenía muy preocupado. Me había acostumbrado a un tren de vida que me exigía ingresos constantes  y tanto tiempo sin recibir dinero era algo que no me podía permitir. Por eso, esa tarde llamé a Johana preguntándole si no tenía trabajo para mí.  Mi madame me contestó que nadie había requerido mis servicios pero que no me preocupara porque era lógico que, en esas fechas, todas mis clientas estuvieran con sus familias.
En plan de guasa, le reclamé en que me buscara algo porque si no tendría que acostarme con ella para liberar toda la producción de semen acumulada por mis huevos:
-Ni lo sueñes. Si tan urgido andas, hazte una paja- contestó divertida.
-No es lo mismo- insistí – Tú mejor que nadie debes de estar interesada en mantenerme en forma-
Obviando mi argumento, me aconsejó que me acercara al hotel Ritz porque sabía que había una convención de productos de belleza y eso significaba que habría multitud de ejecutivas solas en busca de diversión. Cabreado porque me apetecía más acostarme por fin con ella, le di las gracias por el  aviso y haciéndola caso, salí en busca y captura de una mujer que engrosara mi cuenta corriente.
Nada más llegar al hotel, me dirigí hacía el bar. Al entrar comprobé con alegría que el lugar estaba repleto de posibles candidatas bebiendo y por eso decidí tomármelo con tranquilidad: cuanto más tarde fuera, más borrachas y más necesitadas estarían, lo que supondría que pondrían menos obstáculos a mi tarifa. Desde una mesa de un rincón, observé a mis futuras presas. No me costó percibir qué mujeres estaban deseosas de compañía y cuales únicamente querían divertirse entre ellas.
Ya le había echado el ojo a unas cuantas, cuando de repente vi entrar por la puerta a una preciosa oriental. En un principio pensé que ese portento debía de ser una colega en busca de un cliente como yo, porque venía embutida en un traje azul extremadamente sugerente. Anonadado por su belleza, me la quedé mirando. Era claro que era con diferencia la mujer más atractiva del bar y por eso supuse que no tardaría en encontrar compañía.
-¡Qué buena que está!- me dije  mientras la veía meneando su estupendo trasero por el local.
Con una melena lacia que le llegaba por la cintura y unos pechos de ensueño, levantó la unánime admiración de los presentes en su camino hacia la barra. Al ver que se sentaba en un taburete y que dándose la vuelta oteaba el local, solo me quedó la duda de cuanto cobraría porque era evidente que era una puta y no de las baratas precisamente. Con ganas de saber a quién se llevaría al huerto, me quedé observando fijamente a esa mujer. Dotada por la naturaleza de un cuerpo de infarto, esa criatura sabía sacarse provecho. El entallado vestido maximizaba la perfección de sus formas.
-No me importaría darle un viaje aunque fuera gratis- sentencié maravillado al reparar en que la raja de su vestido me dejaba disfrutar de unas piernas esculturales.
Fue entonces cuando nuestras miradas se cruzaron. Por un momento, me quedé extasiado con la profundidad de sus ojos rasgados. Excitado hasta decir basta, tuve que hacer un esfuerzo para quedarme sentado. Todos mis poros me rogaban que me levantara y tratara de ligarme a ese bombón, pero mi necesidad de efectivo y el saber que esa maravilla compartía mi misma profesión, me hicieron quedarme rumiando las ganas. 
“Necesito pasta” pensé ventilando el asunto y tratando de hacer algo productivo, retiré mi vista de la mujer.
Al ojear nuevamente el bar, el resto de las mujeres me parecieron insulsas en comparación con ella y por eso al cabo de unos segundos, volví a  echarle un último vistazo. La japonesa estaba hablando con Harry, el maître del lugar. Sonreí al verla charlando con ese hombre porque sabía que ese tipo se llevaba comisión de las putas y de los gigolós que acudían a su establecimiento. Yo mismo tenía un acuerdo con él, si conseguía una clienta debía de pasarle el diez por ciento de lo que cobrara.
“Debe  de estarle preguntando a quien atacar” sentencié mientras pedía otra copa para hacer tiempo.
Harry debió de señalarle a alguien porque cogiendo su bolso, la muchacha se levantó del taburete y esgrimiendo la mejor de sus sonrisas, se acercó hacia donde yo estaba. Buscando por mi zona a su supuesto cliente, me extrañó comprobar que exceptuando a un par de ancianos, el resto eran mujeres y asumiendo que le daba a las dos aceras, me quedé mirándola tratando de adivinar a la afortunada. Lo que no me esperaba fue que ese pimpollo llegara hasta mí y pidiéndome permiso, se sentara en la mesa.
-¿Estas solo?- me preguntó.
Creyendo que era una broma del cabrón del encargado, decidí seguirle la corriente, pensando en la decepción que iba a sentir cuando se diera cuenta del engaño.
-Para una belleza como tú, siempre- le contesté.
Al escuchar mi piropo, se sonrojó y bajando su mirada, me dijo que se llamaba Yuko.
“Es buena” pensé al creer que esa pose avergonzada era parte de su actuación y que como  fulana experimentada sabía de la preferencia de los hombres por las mujeres tímidas que parecen no haber roto un plato. Animado por lo absurdo de la situación,  una puta tratando de cortejar a un prostituto, le contesté:
-Alonso, un esclavo de tu belleza-
Al ver la alegría de sus ojos, supuse que ese putón estaba calculando mentalmente cuánto dinero me iba a sacar. Por eso decidí que ella diera el primer paso y mientras se decidía le pregunté qué quería tomar:
-Champagne- respondió.
“Juega duro” me dije al saber que en ese bar una copa debía de salir por más de cincuenta dólares y sabiendo que se quedaría espantada al enterarse de la burla, decidí que valía la pena malgastar ese dinero y haciendo una seña, llamé al camarero. Cuando fue el propio Harry quien  vino a tomarnos la comanda, creí que cansado de mantenerse al margen había decidido ser partícipe de la tomadura de pelo.
-Harry, la señorita quiere una botella de Moët- le solté pidiendo el más caro de la carta mientras encantado por mi papel le guiñaba un ojo.
Si pensaba que el maitre iba a verse forzado a descubrir la broma, me equivoqué porque adoptando la misma profesionalidad que con un cliente “normal”, se retiró en busca del pedido.  Al comprender que si no era yo quien levantaba el pastel, tendría que pagar el descorche, la cogí de la mano mientras le susurraba al oído:
-No sé si eres consciente de que cobro por pasar la noche con una mujer-
-Lo sé- respondió colorada.
Tras unos instantes de confusión en los que supuse erróneamente que el objeto de la burla era yo, pregunté temiéndome lo peor:
-¿Lo sabes?-
-Sí. Como no me apetecía pasar la noche sola, le pedí al maître que me señalara un hombre que me hiciera compañía-
Aunque seguía teniendo dudas de si todo era una farsa, estas desaparecieron cuando llegó Harry y la muchacha sacando su tarjeta de crédito, pago la cuenta. Alucinado por el hecho que una mujer tan bella tuviera que hacer uso de un prostituto, decidí no tentar mi suerte y sirviéndole una copa, brindé con ella. Yuko, muy nerviosa, se la bebió de un golpe y extendiéndola hacia mí, me pidió que la rellenara.
-Tranquila, que tenemos toda la noche- le dije mientras cogía una de sus manos entre las mías.
Ese gesto provocó que los pezones de la muchacha se pusieran duros bajo la tela de su vestido y que todavía mas histérica, me respondiera que no me lo había dicho pero que tenía un problema. Extrañado por su actitud, tuve que preguntarle qué era lo que la ponía tan nerviosa. La japonesa incapaz de mantener mi mirada y casi llorando, me respondió:
-Asusto a los hombres-
Reconozco que me pasé pero al oír de sus labios la naturaleza de su problema, solté una carcajada mientras le decía:
-A mí no me asustas, ¡me excitas!- y recalcando la veracidad de mis palabras, llevé su mano a mi entrepierna.
Relamiéndose, Yuko no solo se dejó hacer sino que acariciando mi pene por encima del pantalón, empezó a masturbarme sin importarle que hubiera público en el local. Tapándome con el mantel, le permití seguir con su juego porque el morbo que desprendía esa mujer me tenía subyugado. Me es difícil expresar lo que sentí cuando ese bombón me bajó la bragueta y metiendo su mano bajo el pantalón, se apoderó de mi extensión. Fue como si masturbarme fuera la razón de ser de su vida y olvidando todo lo demás, se dio a la labor mientras gemía calladamente. Aunque al principio trató de disimular haciéndolo lentamente, poco a poco fue incrementando su ritmo hasta que era evidente que me estaba pajeando. Un tanto cortado, le pedí que parara.
-No puedo- se disculpó con lágrimas en los ojos –Una vez que empiezo no me consigo detener-
Previendo que no iban a echar del lugar, me costó separar su mano de mi pene y cerrándome el pantalón, le dije:
-Vamos al baño-
El disgusto con el que acogió mi rechazo inicial se transformó en gozo al percatarse que, si la llevaba al servicio, era para que terminara lo que había empezado. Ya estábamos camino del baño cuando Yuko se dio cuenta que tenía una mancha de flujo en su vestido y pegándose a mí, me pidió que la tapara:
-Estoy empapada-
Os podréis imaginar lo que pensé en ese momento:
“Si por tocarme se pone así, que será cuando me la folle”.
Por entonces todavía no era conocedor de lo hambrienta que estaba esa mujer, por lo que confiado la llevé hasta allí. Lo que no me esperaba era que esa japonesita, pegándome un empujón, me metiera a la fuerza al baño de mujeres y que nada más atrancar la puerta, se arrodillara a mis pies. Actuando como una posesa, me abrió la bragueta y sacando mi pene de su encierro, se lo metió de un golpe hasta el fondo de su garganta. Sus ansias no me dieron ni tiempo de prepararme y por eso, para no perder el equilibrio, tuve que sentarme en el váter.
Si creéis que eso la detuvo, os equivocáis de plano porque siguió mamando mi verga como si no hubiese pasado nada mientras yo la miraba alucinado. No  tuve ninguna duda de que estaba más que acostumbrada a hacerlo, ya que, imprimiendo una velocidad endiablada a su boca, fue en busca de mi semen como si de ello dependiera su vida. No contenta con meter y sacar mi extensión, usó una de sus manos para acariciarme los testículos mientras metía la otra dentro de sus bragas.
-Me encanta- chilló del placer que experimentaba al experimentar la tortura de sus dedos sobre su clítoris.
El reducido espacio del baño produjo que en poco tiempo llegara hasta mis papilas el olor a hembra hambrienta que manaba de su sexo. Aspirar su aroma elevó mi calentura hasta unos extremos nunca sentidos y sin poderme retener me vacié en su boca. Yuko, al sentir mi explosión de semen, se volvió loca y gritando descompuesta, bañó su cara con los blancos chorros que manaban de mi pene mientras se corría.
Durante unos segundos vi como todo su cuerpo convulsionaba de placer, pensando que había calmado su deseo, pero de pronto la vi levantarse y poniéndose frente al espejo, empezó a recoger con sus dedos  mi simiente y llevándoselo a la boca, lo devoró mientras se volvía a masturbar.
“¿Y esto” me pregunté mentalmente al comprobar que olvidándose de mí, esa mujer iba de un orgasmo a otro saboreando el fruto de mi sexo.
No queriendo intervenir, me quedé sentado hasta que momentáneamente saciada, la muchacha se giró y mirándome a los ojos, me pidió perdón por lo sucedido.
-No te comprendo- le respondí sinceramente al no tener ni idea de porque la tenía que perdonar.
Incomprensiblemente, la japonesa se echó a llorar e implorando casi de rodillas, me rogó que no me fuera.
-Ven- le dije y cogiéndola del brazo, la saqué del baño retornando hasta nuestra mesa.
Yuko, me siguió con la cabeza gacha y sin dejar de sollozar por una desgracia que me costaba captar. Al llegar a nuestro sitio, galantemente le acerqué la silla y sentándome frente a ella, le pedí que me explicara cuál era su problema. Le costó unos minutos tranquilizarse, tras lo cual con el rímel corrido y con la voz entrecogida, me contó que desde bien cría tenía una sexualidad desaforada y que todos los hombres con los que había estado habían salido huyendo al comprobarlo, dejándola a ella sola sobre las sabanas.
-¿Me estás diciendo que no has pasado una noche entera con nadie?-
Con gesto compungido, me contestó que así era y que por eso aprovechando que estaba en Nueva York, había decidido contratar a un prostituto que calmara sus ansias. Reconozco que me chocó que un bellezón semejante tuviese semejante dilema y soltando una carcajada, rellené su copa mientras le decía:
-Prepárate: ¡Qué esta noche te voy a dejar sin ganas de hombre por una buena temporada!-
Su cara de alegría fue increíble, la pobre muchacha había creído que al oírla saldría por patas como habían hecho sus otras parejas y por eso, con una sonrisa de oreja a oreja, me lo agradeció diciendo que se ponía en mis manos. No sé si fue gracias a una intuición o debido a la sumisión que leí en su rostro pero dándole un tierno beso en los labios, le puse como condición que tenía que seguir a rajatabla todas mis sugerencias.
Con júbilo, la oriental aceptó embelesada mientras se terminaba el champagne que le había servido y poniendo cara de guarra, me dijo que donde íbamos a pasar la noche:
-Me da igual, lo que tú prefieras. En tu habitación o en mi casa-
-Prefiero en tu casa- y completamente abochornada, me confesó: -Grito mucho y no me gustaría ser la comidilla de la convención-
Sin llegar a imaginarme el volumen de sus chillidos, me pareció estupendo ir a mi apartamento porque allí tenía todo lo necesario para que esa mujer saliera por la mañana satisfecha de haberme conocido pero adelantándome al peligro que suponía coger un taxi con ella, le ordené que no intentara nada hasta que estuviéramos ya en casa. Aunque le había prometido que esa noche iba a quedar saciada, Yuko no pudo reprimir un gruñido de reproche al saber que no podría meterme mano y que se tendría que esperar hasta que yo le dijera pero aun así, me juró que lo haría.
Contento por la perspectiva de poder disfrutar a mis anchas de esa lindura y que encima mi cuenta corriente se vería engrosada por una suculenta suma, salí con ella del bar y cogiendo un taxi, nos dirigimos a donde yo vivía. Durante todo el trayecto, Yuko se mostró nerviosa e incapaz de mirarme, se pasó todo el tiempo mirando por la ventana. Su actitud me permitió contemplar su cuerpo sin que ella reparara en que estaba siendo objeto de un exhaustivo escrutinio.  Realmente esa mujer era una preciosidad, dotada por la naturaleza de unos pechos primorosos, su vestido no podía enmascarar que estaban adornados con dos enormes pezones dignos de mordisquear. Si sus senos eran dignos de elogio, su cintura de avispa que daba paso a un trasero en forma de corazón, no le iba a la zaga. Cualquiera que la observara tendría que admitir que jamás desperdiciaría la oportunidad de perderse entre sus piernas.
Al llegar a mi casa, pagué el taxi y llevándola del brazo, me metí en el ascensor. Había previsto que una vez estuviéramos en ese compartimento cerrado, la muchacha iba a lanzarse sobre mí pero no fue así, pacientemente espero a que saliéramos y abriera la puerta de mi apartamento. Ni siquiera esperó a que la cerrara, como una salvaje comenzó a desabrocharme el pantalón y sacando mi miembro, quiso volver a mamármelo. No la dejé, dándole la vuelta, le bajé las bragas y sin más prolegómeno, la ensarté violentamente. Yuko chilló al experimentar quizás por primera vez que alguien era más bestia que ella y facilitando mis maniobras, movió sus caderas mientras gemía de placer. De pie y apoyando sus brazos en la pared se dejó follar sin quejarse. Si en un principio, mi pene se encontró con que su conducto estaba semi cerrado y seco, tras unos segundos, gracias a la excitación de la mujer, campeó libremente mientras ella se derretía a base de pollazos.
No os podéis hacer una idea de lo que fue, gritando en voz alta se corrió cuando yo apenas acababa de empezar y desde ahí, encadenó un orgasmo tras otro mientras me imploraba que no parara. Por supuesto queda que no me detuve, cogiendo sus pechos entre mis manos, forcé mi ritmo hasta que su vulva se convirtió en un frontón donde no dejaban de rebotar mis huevos.
-¡Dios mío!- aulló al sentir que cogiéndola en brazos, la llevaba hasta mi cama sin sacar de su interior mi extensión y ya totalmente entregada, se vio lanzada sobre las sábanas. Al caer sobre ella, mi pene se incrustó hasta el fondo de su vagina y lejos de revolverse, recibió con gozo mi trato diciendo: -¡Follame duro!-
No hacía falta que me lo dijera, retirando la tela de su vestido, levanté su trasero y llevando hasta el extremo su deseo, la seguí penetrando con más intensidad. Fue entonces cuando dominada por el cúmulo de sensaciones, se desplomó mientras su cuerpo, preso de la lujuria, se retorcía estremecido. Satisfecho por haberla llevado hasta esas cotas, me dejé llevar y derramando mi simiente en su interior, me corrí sonoramente. Yuko al sentir su sexo inundado, vociferó en japonés sin dejar de moverse.
Agotado, me tumbé a su lado y mientras descansaba, me fijé que la muchacha sonreía con los ojos cerrados.
“No fue para tanto” pensé erróneamente creyendo que estaba saciada.
No tardó en sacarme de mi error, al cabo de unos escasos minutos, la vi incorporarse y sin esperar a que yo me recuperara, bajó por mi pecho y dejando un surco húmedo con la lengua, se aproximó a mi entrepierna. En cuanto tuvo a su alcance mi pene todavía morcillón, se lo metió en la boca y con auténtico vicio, lo fue reactivando mientras se volvía a masturbar.
“Esta tía es una loba” sentencié al comprobar que poniéndose a horcajadas sobre mí, se volvía a ensartar. Ya empalada, se quitó el vestido dejándome disfrutar por primera vez de su cuerpo al desnudo y moviendo su trasero, buscó reanudar su celo. Yo mientras tanto, absorto en la perfección de sus pezones, llevé mis manos hasta sus pechos y recogiendo sus dos botones entre mis yemas, los pellizqué suavemente. Mi involuntario gesto fue la señal de inicio de su salvaje cabalgar. Yuko, usando mi pene como si fuera un machete, se asestó fieras cuchilladas mientras berreando como una loca me gritaba su pasión. Inspirado por su entrega, cogí entre mis dientes sus aureolas mientras le marcaba el ritmo con azotes en su culo. Ella al sentirlo me gritó:
-¡Soy tuya!-
Sus palabras me confirmaron lo que ya sabía y por eso tratando de incrementar su morbo, le solté:
-Esta noche, ¡me darás todos tus agujeros!-
La japonesa al oír que entre mis planes estaba el darle por culo, rugió de lujuria y sin esperar a que yo tomara la iniciativa, se levantó y poniéndose a cuatro patas, me exigió que la tomara por detrás. Al verla separando con sus manos sus nalgas, me puse a su lado y recogiendo un poco de flujo de su sexo, embadurné con él su ojete.
-¡Cómo me gusta!- bufó mientras colaboraba conmigo, llevando una mano a su sexo.
Viendo la facilidad con la que su trasero aceptaba mis dedos, decidí no esperar y acercando mi glande a su esfínter, con un golpe de mi cadera, la penetré:
-¡Qué maravilla!- suspiró al sentir que lentamente mi extensión iba rellenado su conducto.
No me lo podía creer, ni una queja ni un sollozo. Desde el primer momento, esa zorra estaba disfrutando y retorciéndose como una anguila, me rogó que no tuviera cuidado:
-Si supieras el tamaño de mi dildo, sabrías a lo que ¡Mi culo está acostumbrado!-
Su confesión abolió todos mis reparos y forzando mi penetración al máximo, me puse a disfrutar bestialmente de la entrada trasera de esa mujer. Sabiendo que no iba a lastimarla, usé, gocé y exploté esa maravilla con largas y profundas estocadas. Mi clienta, que de por sí era una mujer fogosa, se contagió de mi ardor  y  apoyándose en el cabecero de la cama, gritó vociferando lo mucho que le gustaba el sexo anal. Fue al cogerme de sus pechos para acelerar mis embestidas cuando llegó a mis oídos su orgasmo. Aullando la japonesa se corrió por enésima vez pero lejos de estar satisfecha me reclamó que siguiera.
“Es acojonante” pensé al saber que con mucho menos la mayoría de las mujeres se hubiese rendido agotada y en cambio esa chavala seguía exigiendo más.
Temiendo no estar a su altura, comprendí que debía ser todavía más salvaje y por eso azotando duramente  su trasero, me reí de ella diciendo:
-¡Guarra! ¡Mueve el culo! ¡Qué pareces frígida!-
Por primera vez en su vida, Yuko oyó que un hombre le reclamaba su poca pasión y completamente confundida, aceleró el movimiento de sus caderas mientras no dejaba de bramar cada vez que sentía que mi estocada forzaba su esfínter.  La violencia de mi asalto hizo que sus brazos se doblaran y centímetro a centímetro fui acercando su cuerpo al cabecero de la cama, hasta que aprisionada contra él, la mujer tuvo que soportar que se le clavaran los barrotes en su piel mientras se derretía por el trato. Casi sin respiración, me imploró que la dejara descansar. Su rendición me sonó a gloria bendita y negándome a hacerla caso, le grité:
-¡Cállate!, no pienso parar hasta que me corra-
Que nuevamente le recriminara no ser suficientemente ardiente, la sacó de sus casillas y haciendo un esfuerzo sobrehumano, levantó su trasero para facilitar mis penetraciones. Para aquel entonces, era tal el flujo que manaba de su sexo que cada vez que la base de mi pene chocaba contra sus nalgas, salpicaba en todas direcciones mojando tanto las sábanas como mis piernas.
-¡Vente en mí! ¡Por favor!- suspiró casi sollozando.
Aunque mi mente deseaba seguir, mi cuerpo me traicionó y descargando mi semilla en su interior, me corrí mientras le declaraba mi triunfo con un mordisco en su cuello.
-Ahh- chilló mientras se dejaba caer cobre la cama.
Satisfecho y exhausto, me puse a su lado y abrazándola, la besé. Fue un beso tierno de amante. Yuko se empezó a reír y con una sonrisa en los labios, me dijo:
-¡Eres un cabrón! ¡Me has dejado agotada!-
Como conocía su calentura y estaba convencido que cuando se recuperara, iba a buscar nuevamente que la tomara, me levante y mientras me dirigía hacia la cocina, le solté:
-Voy a por una botella de Champagne-
-¿Y eso?- preguntó al ver que mi gesto tenía un significado oculto.
-Tengo sed  y cuando nos la terminemos, la usaré para dominarte.
Yuko soltando una carcajada, salió de la cama y acompañándome por el pasillo, me susurró al oído:

 

-Mejor trae dos, ¡con una no tendré suficiente!-

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