me darías


No nos engañemos, la zoofilia está mal vista. Tanto los gays como los heteros, entre los que me incluyo, pensamos que dicha parafilia es una aberración de mentes trastornadas y por eso jamás creí que iba a ser participe activo de una sesión zoo. En este capítulo os voy a contar mi experiencia.

Todo comenzó un viernes en el que mi jefa me llamó para que le confirmara que estaba dispuesto a hacer un servicio un tanto especial, por lo visto, una conocida suya, una treintañera de mucho dinero quería contratarme para pasar un fin de semana en su cabaña de las montañas.
-Y eso, ¿Qué tiene de especial?- le contesté acostumbrado a ser alquilado no solo por una noche sino por semanas enteras.
 -Mucho- respondió – la mujer en cuestión es virgen y tiene la intención de dejar de serlo-.
El misterio con el que hablaba, me hizo intuir que había mucho más  y por eso le pregunté directamente que era lo que se había callado. Johana, un tanto nerviosa porque sabía de mis reparos a las relaciones que implicasen violencia, tardó en responderme:
-Rachel, aprovechando que no hay nadie en kilómetros, tiene la fantasía de recibirte en su casa, desnuda y actuando como una perra-.
-¡No entiendo!- exclamé- me estás diciendo que me voy a pasar un fin de semana con una chalada que quiere que la desvirgue mientras la trato como si fuera un animal-
-Eso es. Nuestra clienta me ha dado instrucciones estrictas de cómo quiere ser tratada. Deberás sacarla de paseo dos veces al día para que haga sus necesidades, no hablara sino que por medio de ladridos te mostrará su alegría o su disgusto, la harás comer en el suelo y la bañaras con una manguera en el patio. En resumen, tiene la fantasía de ser durante cuarenta y ocho horas un chucho y vivir como tal-
Conociendo a mi madame, le solté que aceptaba siempre y cuando eso no significara maltratarla:
-Por eso, no te preocupes. Le he dicho que eres un amante de los animales- respondió para acto seguido darme la dirección donde se hallaba esa cabaña.
Después de pensarlo durante un rato y como no tenía nada que hacer esa tarde, salí a comprar los utensilios que iba a necesitar para cumplir tan extraño cometido. Fui directamente a una tienda de mascotas y sin explicarle que era lo que tenía en mente, compré un collar, una correa y un bozal para mi cachorrita. Una vez pagado pensé que era insuficiente y por eso al salir me dirigí a un sex shop, donde me hice con otros aditamentos que sin duda iba a usar.
A la mañana siguiente, cogí mi coche y metiendo un par de mudas, me dirigí hacia la finca donde iba a pasar ese fin de semana. Durante el trayecto, no paré de pensar en esa mujer y que era lo que le había llevado a soñar con ser tratada de esa forma. No me cabía en la cabeza que una persona normal quisiera ser estrenada de esa forma pero como al final de cuentas ella pagaba, iba a cumplir a rajatabla sus deseos. Al irme acercando a mi destino, tuve que reconocer que nadie iba a sorprendernos porque ese lugar estaba en el culo del mundo. Llevaba más de media hora sin ver ningún rastro de civilización cuando llegue a la cabaña.
-¡Qué sitio más bonito!- pensé al bajarme del coche.
Rodeado de bosque, esa finca estaba en mitad de un prado de hierba perfectamente recortada. Estaba claro que alguien se ocupaba de ese jardín por el esmero con el que estaba diseñado y cuidado.  Al acercarme a la cabaña, oí un ladrido y a un enorme gran danés que se acercaba. Gracias a que estaba familiarizado con los perros no salí huyendo porque ese bicho lo único que quería era saludarme. Lo descubrí porque venía sin el pelo erizado sobre el lomo y moviendo la cola. Estaba todavía acariciándolo cuando oí llegar a mi clienta. Desnuda y ladrando como si fuera una perra, bajaba por la ladera. Sabiendo que era su fantasía, esperé que llegara a mi lado y rascándola detrás de la oreja, le dije:
-Así me gusta, que vengas a saludar a tu dueño-

Rachel meneó sus caderas de alegría y a cuatro patas, me guio hacia la casa. Como iba delante, tuve tiempo de observarla. Era una mujer de bastante buen ver con un cuerpo atlético y una melena rubia que le llegaba por la cadera. Para evitar daños al gatear, se había puesto unos guantes y unas rodilleras que le protegieran. Tengo que reconocer que aunque su aspecto era ridículo, algo en mí se empezó a calentar con la idea de desflorarla ambos agujeros.

Al entrar a la cabaña, con un ladrido me llamó a la cocina donde no tarde en descubrir unas instrucciones más precisas en la nevera. Descojonado por dentro leí el papel donde mi clienta me informaba que la perra se llamaba Reina y el perro era Sultán. Lo segundo que me decía era la rutina que debía de seguir y  que como no había podido darles de comer, encontraría su comida en la nevera. Ya por último me pedía que fuera bueno con ambos animales porque eran buenos y que lo único que necesitaban era un amo cariñoso que los cuidara.

-¿Tienes hambre Reina?- le dije pasando mi mano por su cuerpo.
La perrita ladró de placer al sentir que mi caricia se prolongaba y que sin ningún disimulo, recorría no solo su lomo sino que con toda la tranquilidad del mundo mis dedos acariciaron las esplendidas nalgas que formaban su culo. Sin esperar una respuesta que nunca llegaría, abrí el refrigerador y saqué un tupper con una etiqueta que me informaba que era la comida de ese día.
Al abrirlo y ver en qué consistía, me dije:
“Estará loca pero tienen buen gusto”, ya que era un guisado de carne que se me antojó riquísimo.
Pensando en su comodidad, calenté en el microondas su contenido y dividiéndolo entre dos platos, les día de comer a ambos. Sultán como era lógico, se lo tragó enseguida mientras que Reina menos acostumbrada a comer en el suelo tardó un poco más pero se lo terminó sin dejar de menear las caderas.
-Pobrecita- le dije abriendo una bolsa que traía- no tienes cola. ¿Quieres que tu amo te ponga una?-
La mujer se me quedó mirando extrañada y al ver que lo que tenía en mi mano era un plugging con una hermosa cola pegada, ladró de placer y se acercó a mi lado. Sin hablar, le abrí los dos cachetes para descubrir un ano virgen que me confirmó que esa mujer nunca había sido usada por ahí al menos, por lo que no queriendo hacerla daño, cogí un poco de crema y empecé a untar su esfínter con delicadeza. Reina se dejó hacer y al sentir mis yemas acariciando su ojete, empezó a ronronear de placer.
-Eres una perrita cachonda- le dije introduciendo mi primera falange en el interior de su entrada trasera.
Cada vez más excitada, sus pezones se pusieron duros como piedra al notar mi segundo dedo forzando su ano, y dejándose caer sobre el suelo levantó su culo para facilitar mis maniobras. Sabiendo que tenía dos días para follármela, me lo tomé con parsimonia y cogiendo el plugging se lo incrusté en el ojete.  Increíblemente al sentir que tenía cola empezó a mover el culo y a saltar de alegría. Pero tal demostración me pasó casi inadvertida porque al hacerlo, ví entre los pliegues de su coño que la rubia tenía el himen intacto.
“¡Coño! ¡Es cierto que es totalmente virgen!- exclamé al descubrir esa telita que lo demostraba.
La perspectiva de tirármela, hizo que dentro de mi pantalón mi pene se alzara y consiguiera una más que satisfactoria erección y  tratando de darle tiempo al tiempo, me concentré en las instrucciones que me había dejado. Después de comer, debía de dar un paseo con los perros atados con correa. Al sacar dos de un cajón, tanto el macho como la hembra vinieron a mí a que se las pusiera y por eso,  no me costó ajustar el cierre alrededor de sus collares.
Con una correa a cada mano, salí al jardín. Como es lógico el gran danés tiraba con más fuerza que la mujer de manera que tuve que azuzar su paso con una palmada en su trasero. Mi clienta al recibir el correctivo, aligeró su ritmo de forma que en pocos minutos habíamos dado un par de vueltas alrededor del jardín. Fue en ese momento cuando Sultán se puso junto a un árbol y empezó a mear. La mujer imitando al animal intentó hacer lo mismo pero cuando ya estaba haciendolo, le grité:
-Reina, las perras no levantan su pata-
Colorada al darse cuenta de su fallo, se agachó y en cuclillas liberó su vejiga sin mostrar vergüenza alguna. Una vez hubo terminado, los solté y cogiendo dos palos, se los tiré para que los recogieran. Nuevamente, el perro fue el primero en recogerlo y traérmelo en la boca mientras que la hembra tardó un poco más en retornar con el palo en su hocico. Lo grotesco de la situación no fue óbice para que me diera cuenta que esos días iban a ser divertidos, tratando de forzar los límites de mi clienta.
“Me lo voy a pasar bomba” pensé mientras volvía a lanzárselos esta vez mas lejos.
Estuve jugando con ambos durante casi media hora hasta que me percaté que Rachel estaba cansada. Jadeando y con el sudor recorriendo su cuerpo a la perrita le costaba correr en busca del palo por lo que sin decirle que iba a hacer, retorné hacia la casa. Al llegar al porche, recordé que Johana me había dicho que nuestra clienta le había dicho que una de sus fantasías era ser lavada con manguera por lo que llamándola a mi lado la até a un poste y cogiendo una, abrí el agua y empecé a bañarla.
La pobre mujer al sentir el agua helada, gritó pero rápidamente se dio cuenta de su error y ladró moviendo la cola. No os resultará difícil comprender que su entrega azuzó mi morbo y por eso, me entretuve más de lo debido lavándola. Me encantó ver como sus pezones se contraían por el frio y aprovechándome de ello les di un buen repaso con mis manos.  Rachel comportándose como Reina, dejó que mis dedos los pellizcaran sin quejarse. Una vez había quitado el sudor de su piel, decidí que mi cachorrita tenía el sexo sucio y tumbándola sobre la hierba, me ocupé de su vulva.
Ella al ver mis intenciones, cerró las piernas avergonzada pero mostrándome firme mientras le separaba las rodillas, le dije:

 

-Reina acabas de mear y no quiero que manches la alfombra-
Comprendiendo que tenía razón, sumisamente, se quedó quieta mientras me arrodillaba frente a ella. Su cara mostraba a la legua un deseo brutal de ser tomada cuando sin pedirle permiso empecé a recorrer los pliegues de su sexo con mis dedos. Al separar sus labios me encontré con un clítoris grande y duro que necesitaba ser mordido y venciendo sus miedos, acerqué mi cara a su  entrepierna. Cuidadosamente, lo cogí entre mis dientes y sin darle tiempo a reaccionar, empecé a juguetear con él mientras mis manos acariciaban sus pechos. La muchacha gimió a sentir mis maniobras y ladrando amigablemente me informó de su disposición.
No sé si fue su sabor o su sumisión absoluta lo que me llevó a penetrar con mi lengua su sexo mientras movía el plugging que llevaba en el culo, lo cierto es que inmerso en mi papel de amo, le susurré al oído:
-Esta noche mi perrita va a dejar de ser virgen-
Mis palabras la hicieron aullar de placer por lo que sabiendo que iba a conseguir descarga mi tensión en poco tiempo, forcé su obediencia metiendo un par de dedos en su trasero. Rachel suspiró mientras su cuerpo se agitaba sin parar sobre el césped. No me percaté que Sultán estaba a mi lado ni de que bajo su lomo su pene estaba totalmente excitado hasta que mi clienta alargó su mano y sin dejar de sollozar, lo empezó a masturbar.
Ese acto debió de hacerme comprender la naturaleza de su fantasía pero acostumbrado a satisfacer a mis clientas, seguí comiéndola el coño hasta que conseguí sacar de lo más profundo de esa mujer un brutal orgasmo. Tras lo cual y cortando la paja al pobre perro, me levanté y soltando su correa, la llevé a dentro del salón dejando a Sultán fuera.
Una vez dentro me senté en el sofá. Mi mente no dejaba de rememorar la escena anterior, de cómo esa mujer había pajeado al animal mientras yo me ocupaba de su entrepierna. Mientras lo hacía, ella se había acurrucado a mis pies, llorando y aullando de dolor.   Su congoja me hizo saber de la vergüenza que le causaba que hubiera descubierto su pecado y creyendo que era mi deber consolarla, le acaricié su lomo diciéndole:
-Sultán es tu amante-

Su confirmación me llegó en forma de ladrido y tratando de analizar que narices hacía entonces yo en su casa le dije:

-Entonces tu problema es que tienes miedo que te haga daño y por eso quieres que sea un humano quien te desvirgue y ayude luego a tu perro-
Levantando la cabeza, me miró con lágrimas en los ojos y sin poder aguantar su angustia empezó a llorar nuevamente. El sufrimiento de esa mujer hizo que me compadeciera de ella y le dije:
-Te voy a ayudar pero antes quiero que conozcas el placer que te puede dar un ser humano. ¿Estás de acuerdo?-
Sonriendo se puso a lamerme la cara mientras mostraba su alegría con ladridos. Aunque era una aberración lo que me pedía, mi pene no estaba de acuerdo y sin venir a cuento se irguió debajo de mi calzoncillo.  Ella al darse cuenta frotó su hocico contra mi cremallera pidiendo que lo liberara de su encierro. Sin hacerme de rogar, me levanté y en medio del salón me desnudé mientras mi perrita se mordía los labios con la perspectiva de comerse la primera verga humana de su vida.
Una vez en pelotas y siguiendo un guion de cualquier película porno, fui hasta la nevera y cogiendo un bote de crema, volví al sofá. Reina que se había quedado extrañada de mi salida, me recibió meneando su cola al ver y comprender cual eran mis intenciones.
-A todas las perras les gusta el chantilly- le informé mientras untaba mi miembro con gran cantidad de ese producto.
Rachel no esperó a que terminara y sacando la lengua empezó a lamer mi pene en busca de tan ansiado manjar. Reconozco que sentir su boca retirando la crema de mi extensión, terminó con los reparos que sentía y dejando que cumpliera su labor, me acomodé sobre los cojines. Mi clienta que en un principio se había mostrado modosa, se fue convirtiendo en una hembra ansiosa a la par que el chantilly desaparecía en el interior de su estómago y por eso al terminar con él, no paró de mamar sino que metiendo mi  miembro hasta el fondo de su garganta, se dedicó a darme placer con gran satisfacción de mi parte.

-También va a ser la primera vez que me folle a una perra- le dije en plan de guasa al sentir sus labios en la base de mi sexo.
Mis palabras le ratificaron que iba a seguir tratándola como un chucho y en vez de cortarla, incrementó su lujuria. Cuanto más excitada estaba, más movía su colita hasta que el meneo de su trasero me hizo caer en que tenía que prepararla. Por eso al sentir los primeros síntomas de mi orgasmo, se lo anticipé mientras cogía el plugging que llevaba incrustado en su culo y se lo empezaba a sacar y a meter.
Ella al sentir la intromisión, ladró de alegría y con más ahínco se dedicó a la mamada. Mi clímax no tardó en aparecer y  cuando tuvo lugar, mi perrita se relamió los labios al probar por vez primera mi semen. Debió de gustarle porque con un esmero digno de alabanza, exprimió mi pene hasta que acabó con la última gota. Entonces y como no podía ser de otra forma, se puso a cuatro patas sobre la alfombra y con un ladrido, me informó que estaba dispuesta a dejar de ser virgen.
 Lo lógico es que después de tan tremenda mamada, hubiera tardado en recuperarme pero al verla postrada a mis pies, me olvidé de mi cansancio y poniéndome detrás de ella, le di un sonoro azote mientras le susurraba al oído:
-Eres una perrita en celo-

No pudo reprimir una carcajada al oírme y meneando su trasero, buscó mi miembro. Con la poca lucidez que todavía conservaba, exploré su vulva antes de penetrarla. El descubrir que la tenía encharcada y que no necesitaba excitarla, aceleró mis planes y de un solo empujón rompí su himen todavía intacto. Rachel gritó al sentir hoyada su vulva pero no intentó separarse sino que forzando su dolor, empujó su cuerpo hacia tras hasta que mi miembro llenó su cavidad por completo.  Durante medio minuto esperé a que se relajara y entonces empecé con ritmo pausado a penetrarla.

Los gemidos de mi clienta me hicieron saber que le gustaba y por eso poco a poco fui incrementando el compás con el que sacaba y metía mi falo de su interior. Nuestra unión hubiera sido como cualquier otra si no llega a ser porque esa mujer en vez de chillar aullaba pero por lo demás fue igual. Se movía y gemía como cualquier otra hembra de mi especie y por eso la traté de la misma forma. Incrementando la velocidad de mis penetraciones cuando la veía enfriarse y ralentizando mis movimientos cuando sentía que iba a correrse, de forma que cuando lo hizo, tuvo un orgasmo tan brutal y sus aullidos fueron  tan intensos que, desde el exterior de la casa, su amante canino empezó a ladrar como descosido al darse cuenta de que su hembra estaba siendo montada por otro macho.
-¡Que se joda el chucho!- grité de mal humor y cogiéndola de la melena, llevé su cabeza hasta mi boca y sin cortarme un pelo, le solté: -Por hoy eres solo mía-
Cuando luego lo pensé, me di cuenta que estaba celoso pero en ese momento era un macho cubriendo a su perra y forzando su coño hasta lo indecible seguí apuñalándolo mientras ella enlazaba un orgasmo con otro. Fuera de mí, me agarré de sus pechos y profundicé mis penetraciones hasta que el placer me venció y caí agotado sobre ella. Mi clienta dejó mi pene en su interior mientras se relajaba y solo cuando se dio cuenta que se había deshinchado, se lo sacó y se quedó acurrucada entre mis brazos.  No sé cuánto tiempo estuvimos tirados sobre la alfombra porque os tengo que reconocer que me quedé dormido, lo que si os puedo contar es que al cabo de un rato desperté al sentir que Rachel me estaba lamiendo la cara.
Al abrir los ojos, vi que sonreía y sin esperar a que estuviera totalmente espabilado, bajó por mi cuerpo y buscó reanimar mi maltrecho pene.

-Eres una zorrita- le dije al sentir que con la lengua recorría mi glande.
Ella como respuesta movió su colita alegremente.
-Ya veo lo que quieres- exclamé al verla meneando su trasero- mi perra desea que la tome por detrás, ¿no es verdad?-
No contestó sino que afianzando su deseo se metió mi verga en su boca. Su labor tuvo un éxito rápido y cuando verificó que ya tenía suficiente dureza, se puso en posición de monta en mitad de la alfombra.
-Ni de coña- la espeté y cogiéndola del collar, la llevé hasta la cama. –Te voy a romper el culo como se lo haría a una humana aunque no seas más que una perra- y sin dejarla opinar, la tumbé en el colchón y usando las correas la até al cabecero.
Indefensa, aulló desesperada al sentir que inmovilizaba sus muñecas y que la dejaba boca abajo sobre las sábanas. Pero al notar que también le ataba los tobillos, trató de morderme.
-Grita cuanto quieras, nadie va a oírte- le dije dejándola con las piernas totalmente abiertas.
Sabiéndose en mis manos dejó de debatirse y en silencio esperó ser violada. Pero una vez sujeta, le acaricié la cabeza y con la voz más dulce que pude le dije:

-Nunca he poseído a una de tu especie por su entrada trasera y no quiero que me des un mordisco. ¿Lo comprendes?-

Asintió con la cabeza y esperó lo peor. Disfruté viendo que temblaba de miedo y solo cuando se calmó un poco, retiré su cola postiza y cogiendo crema empecé a embadurnarle su esfínter mientras le decía:
-Relájate, te voy a dejar lista para que al terminar, entre tu amante canino y termine lo que has soñado tantos años-
Mi promesa la liberó y dejándose hacer, aflojó sus músculos al sentir mis yemas recorriendo su ano. El haberla tenido durante una hora con el plugging en su culo facilitó mis maniobras de forma que en pocos minutos tenía a esa mujer donde yo quería, excitada hasta decir basta mientras dos de mis dedos entraban y salían con facilidad de su ano.
-¿Te gusta?- pregunté aunque sabía la respuesta porque su sexo estaba empapado y la mujer no podía evitar gemir de placer cada vez que sentía forzado su orificio.
Viendo que estaba lista, la liberé y poniéndola a cuatro patas, me acerque hasta ella con mi polla en la mano. Al girarse, su mirada era una mezcla de deseo y de miedo por lo que antes de forzarla le jugueteé con mi glande en su sexo. Ella al sentir mi cabeza rozando su clítoris, suspiró aliviada pero entonces cambié de destino y de un fuerte empujón, desfloré su entrada trasera.
-¡Ahh!- chilló dando un alarido muy humano e intentó zafarse de mi abrazo pero cada vez que intentaba sacarse mi miembro de sus intestinos lo único que conseguía era introducírselo más, de forma que a los pocos segundos, su culo había absorbido toda mi extensión en su interior.
Esperé a que se acostumbrara a tenerlo dentro y entonces acercándome a su oreja, le ordené que se masturbara con su mano. Incapaz de desobedecerme llevó sus dedos a su clítoris y empezó a acariciarlo mientras esperaba que yo comenzara a tomarla.
-¡Más rápido!- grité dando un azote en sus nalgas.
Sumisamente, Rachel-Reina aceleró sus toqueteos y cuando percibí que estaba suficientemente estimulada, comencé a mover mis caderas. Su auténtico gemido de placer me dio alas y asiéndome de sus pechos, inicié mi lento cabalgar. Mi perrita se convirtió en mi yegua y relinchando de lujuria, permitió que la montara.
-¡Qué bruto!- gritó por vez primera. -¡Me encanta!- berreó obviando que había optado por no hablar y gimiendo de gozo, me pidió que la siguiera tomando.
 Conociendo de ante mano que si esa mujer había abandonado su mutismo, era porque lo que estaba experimentando había desbordado sus previsiones, decidí que si había esperado treinta años para entregar su virginidad a un hombre, debía de esmerarme en hacerla sentir y por eso, alternando ternura y dureza, incrementé la velocidad de mi galope mientras le decía la maravillosa perrita que era.

 

-¡Me corro!- la oí decir con voz desencajada justo antes que su sexo se convirtiera en un torrente de temblado flujo que inundó mi piernas.

Cada vez que la penetraba, mis huevos al chocar contra su vulva como si de un frontón se tratase salpicaban sobre mis muslos el producto de su placer. La locura con la que recibía cada empujón, me hizo llevar al límite el ritmo de mi doma hasta que convulsionando entre mis piernas, esa mujer se desplomó gritando su entrega. No contento con ello, la cogí entre mis brazos y levantándola le chillé:

-Todavía yo no he terminado- y sin hacerle otra aclaración, y  seguí follando ese culo primoroso hasta que como si de un geiser se tratara, mi pene explotó regando sus entrañas con mi semilla.
Ella al notar mis sacudidas se volvió a correr sonoramente y juntos nos tumbamos en las sábanas. Al contrario que la otra vez, Rachel no se conformó con eso y mientras descansábamos me colmo de besos como solo una mujer puede hacer, tras lo cual, acomodándose entre mis brazos, me susurró contenta:
-Nunca creí que un hombre me podría dar tanto placer-
Fue entonces cuando comprendí que mi labor no había acabado y levantándome de la cama, abrí a Sultán. El enorme chucho entró corriendo en la habitación creyendo quizás que su dueña había sufrido algún tipo de daño pero al verla tranquila tumbada en la cama, se tranquilizó y empezó a menear su cola. Rachel sin conocer mis intenciones, acarició al perro y me preguntó porque lo había dejado entrar.
-Has disfrutado con un hombre siendo una perra, es hora que sepas si prefieres disfrutar como mujer con tu amante perro-
Alucinada por mi comprensión, me miró y me dijo:
-¿Seguro que no te importa?-
-Me has contratado para cumplir un sueño y ¿Qué clase de prostituto sería si no lograra hacer realidad tus fantasías?-
Con una alegría inenarrable, Rachel me agradeció mi ayuda y sacando de un cajón dos pares de calcetines, se los puso en las patas al animal. Al ver mi cara de sorpresa, se rio diciendo:
-No quiero que me arañe-
Al ver las garras del animal, comprendí y como si fuera algo normal le ayudé a colocar los patucos a Sultán. Una vez asegurado, cogí el bote de chantilly y le pedí que se tumbara en la cama. La expresión de su rostro mientras embadurnaba su coño con la crema me confirmó que deseaba ser tomada por el bicho y por eso nada mas terminar de hacerlo, acerqué al animal.
Fue increíble, el chucho se lanzó a lamer el coño de su dueña mientras esta se derretía cada vez que la lengua de su perro recorría los pliegues  de su sexo. Contra toda lógica verla pellizcando sus pezones mientras Sultán se daba su peculiar banquete, no me disgusto sino que colaborando con ella con interés rellené su esfínter para ver su reacción al sentir esa áspera lengua, introduciéndose en su orificio trasero. Todo perro es goloso por naturaleza y por eso al ver que había otra fuente de ese dulce manjar, el perro no tuvo reparo en buscar con gozo dentro de su trasero.
Mi clienta gimió al notar su caricia y poniéndose a cuatro patas, separó sus nalgas con sus manos para facilitar las maniobras del animal pero lo que no se esperaba fue que Sultán al oler las feromonas que desprendía su sexo, se excitara y tratara de montarla. Saltando encima de ella, Sultan intentó infructuosamente penetrarla por lo que tuve que ser yo quien venciendo mi natural reluctancia, guiara su pene hasta el interior de su vagina.
Os reconozco que una vez con su pene entre mis dedos, me sentí un veterinario ayudando en la monta de un semental y sin quejarme lo llevé hasta su sexo. El perro ayudo también porque al sentir su orificio, movió su cuerpo y de un solo empujón introdujo todo su extensión en su interior, llegando incluso a meter el nudo que se les formaba a los perros en su miembro.
Rachel azuzó a su mascota con dulces palabras hasta que dominada por un placer  se quedó quieta mientras el chucho la tomaba con velocidad.
-¿Qué sientes?- pregunté interesado.
-Es duro pero suave, me gusta- respondió la mujer.
En un momento dado el perro se quedó quieto mientras mi clienta empezaba a notar la seriedad de su acción.

-Es enorme- me dijo mordiéndose los labios al notar que el pene que tenía introducido se hinchaba cada vez más.
Quizás debía haber probado con un perro más pequeño, pensé al ver dos lagrimones saliendo de sus ojos. Queriéndole ayudar, le pregunté si podía hacer algo.
-Túmbate a mi lado- me pidió.
Haciéndola caso, me coloqué a su vera y mientras era tomada por el can, fui acariciando sus pechos. La muchacha gozando de su mascota, gemía como loca y viendo que no hacía nada allí, decidí irme a tomar agua. Al volver y tengo que reconocer que no supe como el perro estaba dado la vuelta sin dejar de tenerla ensartada. Fue entonces cuando comprendí el  rival con el que me había topado porque, una vez con su verga hacia atrás, pude observar su tremendo  grosor y a Rachel disfrutando introduciéndose ese tronco en su sexo. 
-¡Que pasada!- exclamé al comprobar que doblaba con facilidad mi tamaño.
Deslumbrado por Sultán, le pregunté qué cuanto tardaría en correrse el puto chucho y mi clienta con una sonrisa en los labios, me comentó:
-Espero que unos veinte minutos-
 
Si ya eso era raro más lo fue cuando poniéndose boca arriba, acercó ese enorme trabuco a su coño y tirando de la cola del animal, se lo metió hasta el fondo.
-¡Qué disfrutes!- dije al ver su cara y sabiendo que sobraba, salí de la habitación.
Al llegar al salón, puse la tele en un intento de amortiguar sus gemidos pero fue en vano porque la mujer no paró de gritar durante un buen rato. Por vez primera comprendí que había un semental mejor que yo y rumiando mis penas me concentré en la película que estaban dando en la primera.  Por mucho que intenté olvidar mi humillación no pude por que continuamente volvía a mí la imagen de esa mujer empalándose con el miembro de su mascota.
Menos mal que pude conservar intacta mi autoestima cuando al cabo de una hora, la vi salir de su habitación recién bañada y al verme, sin hablar, sacó al perro fuera y poniéndose a cuatro patas, se acercó a donde yo estaba, ladrando. Era su manera de decirme que al menos por lo que quedaba de noche, prefería ser la perra de un amo que la amante de un perro.
Sonriendo al haber recuperado mi orgullo, `palmeé su lomo y cogiéndola del collar, la llevé a la cama. Mi perrita me siguió meneando su colita, sabiendo que durante las siguientes horas, iba a disfrutar de las caricias de ese ser humano.

Si quieres ver un reportaje fotográfico más amplio sobre la modelo que inspira este relato búscalo en mi otro Blog:     http://fotosgolfas.blogspot.com.es/
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