Cuando conocemos o nos presentan a alguien famoso, todos sin distinción sufrimos un ataque de envidia y de alguna forma intentamos compararnos para después de analizar porque está forrado o forrada, tratar de justificar su éxito en la suerte y nos olvidamos que al igual que nosotros esos sujetos son personas con sus complejos y sus manías.

Este capítulo va de eso. Os voy a contar el fin de semana que pasé escondiendo en mi casa a una modelo de pasarela que estaba atravesando un momento complicado en su vida.
Lo primero que debo hacer es contaros que al igual que tantas tardes, estaba en mi estudio pintando cuando me llamó una antigua clienta para tomar un café. Como no tenía nada que hacer y esa mujer era un encanto, quedé con ella en un discreto café de la quinta avenida. Ese local era uno de los preferidos de Ann, la ejecutiva de Microsoft que tan buenos ratos me había hecho pasar. Sé que le gustaba sobretodo porque, aunque estuviese en una de las calles principales de  Nueva York, conservaba el aroma siciliano de la patria natal del dueño.
-Un espresso-  pedí al camarero, saboreando de antemano su aroma.
Increíblemente en un país donde llaman café a agua sucia con un poco de color, en ese lugar era cojonudo. Se podía hasta masticar. Negro, amargo y concentrado era el mejor de la ciudad. Aprovechando que mi cita no había llegado, pude deleitar mis exigentes papilas con su sabor. Como dicen en Roma, “il caffé poco ma buono”. Acababa de dar cuenta del segundo cuando vi que la rubia entraba acompañada por una amiga. Extrañado de que no viniera sola, me quedé mirando a su acompañante. Ataviada con una enorme pamela y ocultando sus ojos con un par de gafas de un tamaño aún mayor, la mujer parecía estar escondiéndose de alguien.
-Hola cariño- me dijo Ann dándome un beso en la mejilla –te presento a Adriana-
Me quedé de piedra al reconocerla. La muchacha que tenía enfrente era “ella”. La mujer por excelencia. La más bella de todas las modelos de Victoria´s secret. Su disfraz había conseguido engañarme al principio pero en cuanto se sentó, tengo que reconocer que empecé a temblar como un crio.
-Encantado. Soy Alonso- me presenté dándole la mano.
Como comprenderéis, ni en el mejor de mis sueños pude imaginarme estar compartiendo mesa con semejante monumento y un tanto cortado, les pregunté qué querían tomar.
-Una caipirinha- contestó con un marcado acento brasileño mientras mi conocida pidió un café como el mío.
Por mucho que fuera de incógnito, esa morenaza estaba estupenda o como dicen en mi pueblo “para mojar pan”. No solo era impresionante por su casi metro ochenta, Adriana lo tenía todo, cara, culo, tipo y ojos… muchos ojos. Si la mirabas fijamente te sentías dominado por una sensación de inferioridad como la que debe sentir un mortal ante los pies de una diosa. Era alucinante, vestida de modo “casual”, con una camisa suelta y unos pantalones rotos, la chavala destilaba elegancia por todos sus poros. Era uno de esos seres que intimida sin necesidad de hacer nada pero cuando hablaba su atractivo se multiplicaba por mil, al tener su voz un tono dulce y sugerente que enamora y excita por igual.
Llevábamos charlando solo unos minutos y ya me había percatado que a esas dos les pasaba algo porque no dejaban de mirar a su alrededor buscando o temiendo que alguien apareciera. Era tan evidente que no pude evitar preguntarles que era lo que les ocurría. Tras unos instantes de duda, fue Ann la que tomando la voz cantante dijo:
-Necesitamos tu ayuda. Adriana ha roto con su pareja y necesita desaparecer durante unos días-
Sin saber cómo querían que se las prestara, les prometí mi ayuda y fue entonces cuando pidiendo permiso a su amiga, la brasileña me explicó:
-No puedo ir a un hotel o a casa de alguien conocido porque los paparazzis me encontrarían y al hacerlo ellos, mi novio también- mi cara de estupefacción debió de ser cristalina porque haciendo un inciso, dijo: -Sé a lo que te dedicas pero Ann me ha jurado que eres el hombre más decente que ha conocido, por eso te pregunto: ¿Me puedo quedar en tu casa hasta el lunes?-
Menos mal que me había terminado el café porque si llego a tener la taza en mi mano, de seguro, se me habría caído al decirme ese primor que quería esconderse de la prensa en mi apartamento.
-Te pagaríamos- recalcó mi amiga -si te lo pido es porque sé que además de ser honesto, me has demostrado que de haber dificultades no dudas en defender a tus clientas-
Supe de inmediato a que se refería; La noche que nos conocimos un borracho intentó agredirla y sin pensármelo dos veces, la defendí noqueándolo de un golpe.
-¿Tan agresivo es el cabrón?- pregunté.
Abriéndose la camisa, la modelo me mostró su hombro. Al ver el enorme moretón que lo cubría por completo, supe que no podía dejar que volviera a suceder y por eso contesté:
-Mi casa es tuya pero me niego a que me pagues y si por mala suerte ese tipejo se entera de donde estas, por su bien espero que ni se le ocurra tocar la puerta de mi apartamento-
Mi respuesta debió de ser tan sincera que comportándose como una cría, la morena me dio un beso en la mejilla y sin para de reír, se dio la vuelta y le dijo a Ann:
-¿Te imaginas como se pondría Peter si  se enterara que al dejarle me he ido a pasar el fin de semana con el más guapo prostituto de Nueva York?-
Se arrepintió nada más decirlo y pidiéndome perdón, me rogó que no se lo tomara en cuenta.
-Adriana, ¡Mira que eres bruta!- le regañó mi amiga –Alonso es ante todo un pintor cojonudo que aprovecha el don que tiene con las mujeres para vivir mejor-
Tratando de mediar entre las dos, solté una carcajada diciendo:
-No mientas, soy un prostituto que aprovecha su don para obtener modelos gratis a las que pintar-
Mi descaro pero sobre todo la natural aceptación que mostré sobre mi profesión diluyó su vergüenza y riendo, me contestó:
-Ya que no vas a cobrarme, en compensación, modelaré para uno de tus cuadros –y poniendo cara de inocente, me soltó: -Te juro que no te pediré que me muestres tus otros dones-
-Pues ¡No sabes lo que te pierdes!- exclamó mi amiga pasando las manos por sus pechos –Alonso es una droga, lo pruebas una vez y quieres más-
-¡Por eso!, me conozco y sé que si lo cato, ¡me tendrá modelándolo de por vida!- respondió siguiendo la guasa.
El ambiente festivo y dicharachero se prolongó durante media hora. Treinta interminables minutos que se me hicieron eternos al advertir que los pezones de la modelo se habían puesto duros al hablar de sexo. Mil ochocientos segundos durante los cuales no dejé de soñar despierto con ella. Aunque en teoría seguía atentamente la conversación, mi mente divagó imaginándome a esa mujer entre mis brazos.
Al despedirnos, recordé que la tendría que dar de cenar y por eso le pregunté qué tipo de comida le gustaba:
-Mataría por un buen churrasco con feijoada-
Confieso que me extrañó que alguien que se dedicara al modelaje internacional, se diera el lujo de zamparse una comida tan sustanciosa pero al tener en la esquina uno de los mejores restaurantes brasileños de la ciudad, le prometí que esa noche le cumpliría su antojo. Su cara se iluminó al oírme y diciéndome adiós, me preguntó si podía aparecer por casa en dos horas.
-Te espero- respondí dándole la mano, pero la muchacha obviando las normas de educación americanas, me dio un fuerte abrazo al modo de su país.
Su efusividad permitió que por primera vez me impregnara de su aroma juvenil, la muchacha desprendía un dulce olor a  flores. Un tanto cortado, me separé de ella para que no advirtiera el apretón de mi entrepierna. Mi pene dotado de vida propia había crecido revelando a gritos mi excitación. Sé que ella se dio cuenta porque poniendo una expresión pícara en su cara, le dijo a mi amiga que se dieran prisa para no hacerme esperar.
Como comprenderéis al verlas partir, estaba como en una nube. ¡Iba a pasar un fin de semana encerrado entre cuatro paredes con una de las mujeres más deseadas del mundo!. Sabiendo que jamás tendría una oportunidad como aquella, salí corriendo hacia mi apartamento pero antes de entrar, me pasé por el “Rodizio”. Al verme, la encargada se acercó a saludarme:
-Alonso, mi amor, llegas temprano y tenemos cerrada la cocina-
Su trato tan familiar se debía a que era un cliente asiduo y por eso después de decirle un piropo, le pedí si podían acercarme esa noche a casa la cena.
-¡Pillín!- respondió alegremente – ¿Por qué no te la traes aquí a cenar?, te puedo apartar un reservado-
Supe que había adivinado que era una dama con la que iba a compartir la comida que había encargado y adulando su feminidad, le contesté:
-La única mujer en mi vida eres tú. Esta noche y no te rías, tengo que cenar con un gordo seboso que quiere comprarme unos cuadros-
-Vale, te creo pero no te olvides de esta mulata y ven a comer uno de estos días- satisfecha pero incrédula respondió prometiéndome que a las ocho y media tendría en mi puerta el pedido.

Diciéndola adiós, salí del local y entrando en mi portal, subí hasta mi apartamento. Nada más entrar, me puse a recoger y limpiar porque quería causar una buena opinión en mi invitada. Sudando y angustiado al darme cuenta de la hora, dejé para el final el cuarto de invitados. Una vez allí, cambié las sábanas y poniendo un juego nuevo de toallas, decidí que estaba listo y me metí a duchar.
Mientras me bañaba decidí que esa mujer acababa de salir de una relación basada en el maltrato y que aunque se me pusiera a huevo, lo más sensato sería rechazarla. Una relación con alguien tan famoso me pondría en el candelero y eso no me convenía por dos motivos bien distintos: Como prostituto la publicidad no me vendría bien porque toda mujer que requiriera mis servicios se echaría hacia atrás al saber que en cualquier momento un fotógrafo podía inmortalizar su infidelidad y segundo, si algún día quisiera retirarme y dedicarme únicamente a la pintura, que la gente supiera el origen de mis otros ingresos, no me haría ninguna gracia. Por eso cuando salí del baño, en vez de acicalarme como haría con una clienta, decidí ponerme un pantalón corto, una camiseta roída y las chanclas más cutres y viejas que encontré. Quería que Adriana supiera a simple vista que no pensaba seducirla y que su estancia en mi casa no conllevaría sexo.
De todas formas, os tengo que confesar que esperé nervioso su llegada. No en vano, era un rendido admirador de su belleza. Siempre que salía en una revista, perdía el culo por comprarla y así admirar la perfección de sus curvas. No sé las veces que me quedé prendado mirando sus fotos, su camaleónico rostro pasaba de una dulzura angelical a la sensualidad extrema con solo pasar la página.  Por algo esa marca de lencería la había contratado para ser una de sus ángeles: Adriana era una diva fuera del alcance de la gente corriente.
Estaba todavía pensando en cómo comportarme con ella cuando sonó el timbre. En mi mente se agolparon las dudas mientras abría la puerta. Su actitud al recibirla no ayudó porque, con la mejor de sus sonrisas, me saludó diciendo:
-Hola guapo. Acabo de ver el cuadro que le hiciste a Ann y estoy deseando posar para ti-
Ese piropo lejos de hincharme de orgullo, me dejó helado al recordar que era una de las pinturas más sensuales que habían salido de mis pinceles. En ella, mi amiga estaba desnuda en una bañera mientras en vez de agua era leche lo que recorría su piel.
-¿Te gustó?- pregunté extrañado porque siempre había creído que Ann nunca reconocería ante nadie que ella había sido la modelo.
-Mucho, has sabido calcar su personalidad aunque no se le vea la cara- me contestó y poniéndome en un aprieto, prosiguió diciendo con tono desvergonzado: – Solo espero que no necesites follarme para captar mi esencia-
-No hace falta- respondí apabullado por su franqueza- con conocerte y charlar, me podré hacer una idea de tu personalidad-
-Perfecto- me dijo para acto seguido preguntarme donde se podía cambiar.
Mecánicamente le señalé la habitación de invitados mientras trataba de calmarme. Al verla por el pasillo fue cuando advertí que esa mujer solo traía como equipaje una pequeña bolsa donde difícilmente cabría más que su neceser y un par de camisas. Extrañado le pregunté:
-Adriana, ¿Dónde tienes el resto de tu ropa?-
Muerta de risa, me contestó:
-Traigo lo necesario, dos tops y tres tangas-
Su entrada había hecho trizas todos mis planes y ya solo pensaba en la pesadilla que sería convivir con esa belleza durante tres días. Si su comportamiento me descolocó, el verla salir del cuarto, descalza y como única vestimenta una camiseta de tirantes y bragas, me hizo enloquecer.

 

“Dios mío, ¡Qué buena está!” no pude dejar de exclamar mentalmente mientras le daba un repaso.
Era una belleza apabullante. La modelo consciente de su atractivo vino hacía mí luciéndose. Adriana no solo tenía unas piernas y un culo de ensueño sino que bajo la tela casi trasparente se podía descubrir que nada cubría los pechos duros con los que la naturaleza le había obsequiado.
“Joder” mascullé  al observar que ese engendro del demonio estaba disfrutando con mi confusión.
Provocando, me abrazó y después de darme un beso en los labios, me soltó:
-¿Tienes champagne? Me encantaría tomarme una copa mientras me enseñas el resto de tu obra-
No pude negarme a cumplir su deseo y yendo a la cocina, volví con dos copas y la primera de las muchas botellas de Dom Pérignom que abriría durante ese fin de semana. Al hacerlo me la encontré, sentada en el suelo frente al cuadro que había realizado para una clienta.
-¿Siempre pintas temas tan eróticos?- me preguntó pidiéndome con la mano que me sentara con ella.
-Casi siempre- respondí poniéndome a su lado- ¿Qué te dice este cuadro?-
Al oír mi pregunta, se puso roja y tras pensárselo bien, me respondió:
-Me pone bruta- y señalando las cuerdas alrededor del pecho de la morena, me dijo: -Todas las mujeres sueñan con ser atadas alguna vez y solo el miedo y la vergüenza hacen que solo unas pocas lo hayamos probado-
Sus palabras incluían un reconocimiento explícito de que había disfrutado de una sesión de bondage, cosa infrecuente pero que concordaba con el tipo de relación que había tenido con su último novio y tratando de desviar el tema, le pregunté cuál era su fantasía preferida.
-Ser fea – respondió terminándose la copa de un trago.
No me esperaba esa contestación y por eso no pude más que insistirla en que se explicase.
-Desde niña los hombres me han deseado. Me gustaría saber lo que se siente cuando un hombre te rechaza-
Acostumbrado a cumplir con las extravagancias de mis clientas, su antojo me pareció nimio e infantil y rellenando su copa, le dije:
-Espera aquí que ahora vuelvo-
Conocía el modo de complacerla y obviando su seguridad, llamé a una amiga maquilladora de efectos especiales. Janeth no tuvo reparo en dejar su tienda y coger los bártulos de su profesión con la promesa de una sustancial suma de dólares en compensación. De vuelta al salón, le expliqué mi plan y sonriendo, me manifestó sus dudas diciendo:
-Yo, hasta fea estoy guapa-
-No creo que nadie te mire cuando ella termine contigo. Es más me apuesto contigo que aunque lo intentes serás incapaz de conseguir que nadie te de siquiera un beso-
-Hecho- contestó divertida- si no consigo un beso, modelaré para ti gratis durante un año, pero si pierdes tendrás que cumplir todos mis caprichos hasta el lunes-
Conociendo la habilidad de mi conocida para crear monstruos, acepté la apuesta mientras volvía a llenar su vaso.
“Con ella como reclamo, mi próxima exposición será un éxito”  pensé saboreando mi triunfo de antemano.
Mientras esperábamos la llegada de la artista del maquillaje, fuimos repasando cada uno de los cuadros que teníamos en mi estudio. La modelo me demostró que la cabeza le servía para algo más que llevar melena y que en contra de lo que normalmente se suponía, esa belleza la tenía perfectamente amueblada. Entre bromas y risas, pasó la media hora que tardó mi amiga en llegar.
Cuando tocó el timbre, salí a recibirla y anticipándole que era lo que quería y a quien iba a transformar, le pedí discreción:
-¡Por quien me tomas!- respondió molesta y llevando a mi invitada al baño, me dijo:- Cuando vuelva, ni su madre la va a reconocer-
Satisfecho por su respuesta, las dejé a solas. Aprovechando que durante al menos una hora estarían ocupadas, me tumbé en el sillón para planear mis siguientes pasos. Confiaba tan ciegamente en sus capacidades que al relajarme, me quedé dormido.
Me había quedado tan profundamente dormido que tuvo que ser el repartidor del “Rodizio” quien me despertara. Tras pagarle, cogí nuestra cena y la llevé a la cocina. Estaba terminando de poner la mesa cuando la vi salir. Janeth ni siquiera tuvo el detalle de despedirse y saliendo del apartamento, me dejó solo con Adriana.
-Estás vomitiva- sentencié al observar el resultado.
La maquilladora había obrado un milagro. El ángel se había convertido en un orco asqueroso que repelía nada más verla. Repleta de acné supurante, el cutis de esa mujer parecía infectado por un virus tremebundo y no contenta con ello, Janeth había conseguido que en vez de una facciones armoniosas, esa mujer aparentara tener un ojo diminuto y hundido mientras el otro se le veía enorme y saltón. El sumun de la crueldad fue observar que le había puesto una camisa mía y bajo la cual, Adriana parecía tener chepa.
-¿Cómo ha conseguido que parezcas el jorobado de Notre Dame?- pregunté maravillado.
Muerta de risa y encantada con su aspecto, me explicó que le había colocado una almohada:
-Pero aun así, ganaré la apuesta- insistió sentándose a cenar.
-Ni de coña- reí convencido – te voy a tener esclavizada enfrente de un lienzo-
-Veremos-
La cena resultó divertidísima, la brasileña no perdió la ocasión de mostrarme el pus de los granos de su cara con el objetivo de asquearme. Pero en vez de eso, os tengo que reconocer que disfruté como un enano con la simpatía innata de esa mujer. Después de acabar con todo y habiéndose cebado como una cerda, Adriana aún tuvo ganas de tomarse un helado.
-Vámonos- le dije señalándole la puerta.
Increíblemente esa chavala acostumbrada a que todo el mundo se diera la vuelta para observar su belleza, no puso reparo alguno en salir hecha un adefesio y cogiendo su bolso, me esperó en el descansillo mientras yo cerraba el apartamento.
-Te pienso explotar cuando volvamos – me susurró al oído esperando al ascensor – ¡No soy fácil de satisfacer!-
Si dos horas antes, me hubiera musitado eso, de seguro me hubiese puesto bruto pero en ese momento al hablarme tan cerca, rozó mi cara con la suya dejándome sentir el pringue asqueroso con el que la habían maquillado y no pude reprimir un escalofrío. Era repugnante.
Al salir fuimos directamente a una heladería cercana caminando y por eso, no tardé en darme cuenta que mi plan iba más que rodado, la gente se daba la vuelta pero ¡Para no verla!. Todos intentaba evitar su vista con mayor o menor fortuna pero el colmo fue cuando un niño le dijo a su padre:
-Papa, ¿has visto?-
Su progenitor avergonzado, tiró de su brazo pidiéndole que se callara pero el chaval incapaz de hacerle caso, insistió:
-Es horrorosa-
Adriana soltó una carcajada al escucharlo y cogiéndome del brazo, alegremente aceleró su paso, diciendo:
-¡Quién ríe el último ríe mejor!-
Contra toda lógica, estaba emocionada. Harta de ser siempre la guapa y levantar la admiración a cada paso durante toda su vida, aparentar ser una cacatúa desplumada era una sensación nueva que quería explotar. Al llegar al establecimiento, no hizo ningún intento por esconderse. Deseando que la gente la mirara, se sentó en una mesa al lado de un grupo de ejecutivos y con todo el descaro del mundo, empezó a coquetear con ellos. Utilizó todas sus armas para llamar su atención, desde alzar la voz a enseñarles las piernas pero al revés de lo que estaba habituada, sus  intentos resultaron infructuosos.
En un momento dado, me resultó incluso duro oír como uno de esos encorbatados decía:
-¡A esa no me la follo ni con pito prestado!-
“Será idiota” pensé “si supiera quien es, estaría babeando por conseguir que lo mirara”. Creyendo que ya era bastante el castigo que estaba experimentando, le pregunté si cancelábamos la apuesta y volvíamos a casa.
-Para nada. Me lo estoy pasando bomba- contestó mientras le lanzaba un beso al impresentable que había soltado la impertinencia -¿Sabes lo que  es no poder salir a ningún sitio sin que un baboso intente hacerse el machito? Pienso disfrutar del momento pero te aviso que voy a ganar y  a cobrar mi premio-
Su seguridad me divirtió y pensando que nadie tendría los huevos de intentarse enrollar con ese adefesio, le dije bromeando con ella:
-Aunque dudo mucho que consigas que alguien te bese, ¿En qué recompensa estás pensando?-
-Voy a putear al hombre hasta sacar al animal que tienes dentro- me soltó descojonada.
-¿No te entiendo?- pregunté al no saber a qué se refería.
Con una sonrisa en los labios, me contestó:
-Eres demasiado perfecto. Alto, guapo y atento. Te voy a demostrar que eres igual que todos los demás, ¡Un perro!-
Sus palabras sacadas de contexto podían parecer un insulto pero la expresión de su cara me reveló que no quería denigrarme y por eso, completamente interesado, insistí:
-¿Y cómo lo vas a conseguir?-
Entornando sus ojos y poniendo cara de puta, me replicó diciendo:
-Has prometido cumplir todos mis caprichos. Una vez te haya vencido, te prohibiré tocarme pero pienso seducirte, excitarte, hasta que faltes a tu promesa y me fuerces a follar contigo-
Reconozco que al escuchar su amenaza, mi pene vibró con la perspectiva de tener a esa hembra pero sacando mi orgullo, dije:
-No tengo la certeza de que no haya un loco capaz de besarte así, pero te aseguro que por mucho que me tientes, jamás te obligaré a tener sexo-
 -Pues lo que tienes debajo del pantalón, ¡No piensa lo mismo!- respondió señalando el enorme bulto de mi entrepierna -¡No vas a durarme ni media hora!-
Avergonzado porque hubiese advertido la traición de mi miembro, intenté defenderme aludiendo a que por mucho que mis hormonas se alborotaran, mi mente era capaz de controlarlas.
-¡No te lo crees ni tú!- me avisó –En cuanto me veas desnuda, me vas a rogar que te libere de tu promesa-
Supe que era ingenuo creer que me resultaría sencillo dominarme al imaginarme a esa diosa en pelotas y tratando de cambiar de tema, le pregunté donde quería ir:
-A una discoteca-
No pude negarme y cogiéndola del brazo, llamé a un taxi. Estaba abriendo la puerta del mismo cuando escuché que, comportándose como unos cerdos, los ejecutivos me gritaban:
-¿Te la llevas al zoo?-
Estuve a punto de liarme a hostias pero cuando me giré, vi que mi acompañante, levantándose la falda, les enseñaba el trasero mientras les decía:
-Seré fea pero tengo un culo cojonudo y esta noche, ¡Será para mi hombre!-
Los rostros de esos idiotas palidecieron al comprobar que ese ser del que se descojonaban tenía el mejor pandero que hubiesen visto y por eso consideré que era suficiente castigo. Ya en el coche le pedí al taxista que nos llevara a  Marquee pero Adriana me pidió que fuéramos a otro sitio porque ese club famoso por ser el más exclusivo de la ciudad también era el local de su ex novio.
-¿Dónde quieres ir?- pregunté.
-A un local de samba, me apetece moverme-
Su sangre brasileña le tiraba y por eso fuimos directamente a uno que conocía en el Soho. Gracias a que me conocían no tuvimos problemas para entrar. Ya una vez dentro, pedí una mesa pegada a la pista. Todavía no había pedido una copa cuando vi que mi pareja me dejaba solo y se ponía a bailar. Desde mi silla, observé que debido a lo grácil de sus movimientos, muchos hombres se acercaban a bailar con ella pero al verle la cara salían huyendo.
“¡Serán gilipollas!”
Confieso que varias veces estuve a punto de levantarme y acompañarla pero me mantuve sentado porque quería que esa preciosidad perdiera la apuesta. Durante dos horas, Adriana solo paró para beber pero daba un sorbo y rápidamente volvía a la pista. Lo extraño fue que en ningún momento hizo intento alguno por ligar, estaba disfrutando de que nadie la importunase. Eran cerca de las tres cuando acercándose a mí me dijo que estaba cansada. Creyendo que se daba por vencida pagué la cuenta y salimos del local, pero justo cuando esperábamos el taxi, me pidió veinte dólares.
-¿Y eso?-
-Son para ese pobre hombre- respondió señalando a un pordiosero tirado en la esquina
Os juro que se los di creyendo que era una buena obra y que esa muchacha, además de estar buena, tenía buen corazón, pero rápidamente comprendí su engaño. Acercándose al borracho habló con él y después de darle el billete, ese viejo maloliente sonrió y cogiéndola de la cintura, la besó.
-Eso es trampa- me quejé al verla llegar con una sonrisa de oreja a oreja.
-Para nada, la apuesta era que con estas pintas nadie tendría las narices de besarme y como has visto, ¡Has perdido!-
-¡Eres una cabrona!- respondí.
La muchacha agarrándose a mí, pegó su cuerpo al mío, diciendo:
-¿No creerás que he llegado donde estoy jugando limpio? Cuando algo me interesa, lo tomo y esta noche deseo divertirme a tu costa-.
-¡Puta!- contesté con tono serio aunque interiormente estaba descojonándome de risa. Había jugado con fuego y me había quemado.
Adriana se cobra la apuesta:
Nada más entrar a mi apartamento, Adriana me pidió que le pusiese una copa mientras iba a su cuarto a cambiarse, por lo que, bastante intrigado por sus planes, decidí que lo mejor era seguirle la corriente. Estaba sirviéndole una piña colada cuando la vi salir de su habitación sin restos de maquillaje y con el pelo recogido. Nunca me imaginé que saldría vestida con corpiño, tanga y medias negras y menos que al darle su bebida, me sonriera diciendo:
-Sírvemela en un plato y déjala aquí en el suelo-
Cumpliendo a rajatabla su capricho, pasé la piña colada a un plato y tal como me había pedido lo dejé en mitad del salón. Admito que me dejó helado observar que esa preciosidad se ponía de rodillas y gateando sin dejar de maullar, se acercaba al recipiente.
“¿Qué coño hace?” pensé alucinado mientras me sentaba en el sofá a disfrutar de la visión que gratuitamente me estaba dando.
Moviéndose lentamente como una pantera al acecho, Adriana se contorneaba dotando a sus meneos de una sensual ferocidad. Se había  convertido en una depredadora cuya presa era yo. Mirándome a los ojos, fue recorriendo centímetro a centímetro la distancia que le separaba de su objetivo mientras mi cuerpo empezaba a reaccionar.
“¡Será hija de perra!” maldije mentalmente al darme cuenta que no podía separar mis ojos del bamboleo de sus pechos y que mi pene había adquirido una considerable dureza solo con los preliminares.
Lo siguiente fue indescriptible, la brasileña al llegar hasta su bebida, agachó la cabeza y como si fuera una gatita se puso a beber directamente del plato. Jamás había visto algo tan erótico, esa mujer lo sujetaba con sus manos mientras sacaba una y otra vez su lengua recogiendo en cada movimiento un poco de líquido. Reconozco que de no ir una apuesta por medio, me hubiese levantado y la hubiese tomado allí mismo, sobre todo al observar como las gotas discurrían por su barbilla.
-A esta menina le gusta la leche- susurró al terminar y mientras se aproximaba a mi sofá, dijo con voz melosa: -tengo hambre y voy a por más-
Haciendo como si olisqueara en busca de su sustento, frunció la nariz hasta llegar a escasos centímetros de mi entrepierna y pasando su mano por la bragueta de mi pantalón, se quejó diciendo:
-Ya la he encontrado pero está fría, ¡Voy a calentarla!-
Aunque sabía que esa princesa estaba usando sus armas para someterme, os tengo que confesar que para aquel entonces, mi corazón bombeaba a toda velocidad. Impotente ante sus maniobras, me quedé paralizado mientras frotando su cuerpo contra el mío, esa chavala se sentaba encima de mis rodillas.
-¡Huy! ¡Qué calor!- exclamó con sus pechos a escasos centímetros de mi boca y antes que pudiera hacer algo por evitarlo, se bajó los tirantes de su sujetador y con una sonrisa en los labios, me miró mientras iba liberando de su encierro sus senos.
Aunque había visto en las revistas miles de veces sus pezones, tengo que admitir que en vivo y en directo eran aún más maravillosos. Grandes y de un color rosado claro, estaban claramente excitados cuando forzando mi entrega, esa mujer rozó con ellos mis labios sin dejar de ronronear. Reteniendo las ganas de abrir mi boca y con los dientes apoderarme de sus aureolas, seguí quieto como si esa demostración no fuera conmigo. Mi ausencia de reacción lejos de molestarle, fue incrementando poco a poco su calentura y golpeando mi cara con sus pechos, empezó a gemir.
-Esta gatita está bruta- maulló en mi oreja.

 

Como os imaginareis, mi pene había salido de su letargo y comprimiéndome el pantalón, me imploraba que cogiera a esa belleza y la terminara de desnudar: Pero, tal y como le había dicho, mi mente todavía seguía reteniendo a mis hormonas y por eso, permanecí inmóvil. No me cupo duda de que Adriana estaba disfrutando porque imprimiendo a sus caderas un suave movimiento, empezó a frotar su sexo contra mi entrepierna.

Lenta pero segura, incrustó mi miembro entre los pliegues de su vulva y obviando mi supuesto desinterés comenzó a masturbarse rozando su clítoris contra mi verga aún oculta.
-¡Me encanta que te hagas el duro!- me dijo mientras con sus dientes mordisqueaba mi oído -¡Cuánto más tardes mejor para mí!-
Para entonces, su pelvis se movía arriba y abajo a una velocidad pasmosa y por eso no me extrañó que lo que en un inicio eran débiles gemidos se hubieran convertido en aullidos de pasión. Cualquier otro no hubiera soportado esa tortura y hubiese liberado su tensión, follándosela pero yo me mantuve impertérrito y con cara de póker, observé como se corría.
-¡Deus!- gritó en portugués al sentir que, convulsionando sobre mis muslos, su sexo vibraba  dejando salir su placer: -¡Eu vou  ter um orgasmo!-
No me hizo falta traducción, mi brasileñita chilló su gozo mientras empapaba con su flujo todo mi pantalón. Durante un minuto que me pareció eterno, siguió frotando su pubis contra mí hasta que dejándose caer sobre mi pecho se quedó tranquila. En ese momento mi mente era un caos, por una parte estaba orgulloso de haber mantenido el tipo pero por otra estaba contrariado pensando que había perdido la oportunidad de estar con una diosa. Menos mal que Adriana me sacó del error, diciendo con una sonrisa:
-Seu multiorgamica e eu estou gostando-
Tampoco necesité que nadie me lo tradujese, esa chavala me estaba diciendo que ese placer era solo un aperitivo. Sus palabras se convirtieron en hechos cuando dejándose caer, se arrodilló frente a mí y poniendo cara de zorrón, llevó su mano a mi pantalón y desabrochándolo, me lo bajó hasta los pies.
-¡Ñao ha nada mais bonito do que o sexo de um homem!- exclamó en voz baja al librar a mi pene de su cárcel de tela.
Al oírla pensé que se estaba extralimitando porque según lo que me había explicado solo pensaba seducirme pero, como comprenderéis y de seguro perdonaréis, no hice ningún intento por pararla cuando acercando su cara a mi miembro, sacó su lengua y se puso a recorrer con ella los bordes de mi glande. Dejándome llevar, separé mis rodillas y acomodándome en el sofá, la dejé hacer. Adriana al advertir que no ponía ninguna pega a sus maniobras, me miró sonriendo y besando mi pene, me empezó a masturbar.
Quise protestar cuando usó sus manos en vez de sus labios, pero ella haciendo caso omiso a mi sugerencia, incrementó la velocidad de su paja. Admito que para entonces me daba igual, necesitaba descargar mi excitación  y más cuando sin dejar de frotar mi miembro, me dijo:
-Minha boca, ¡em seguida!-
Su promesa me tranquilizó momentáneamente porque en ese instante llevó la mano que le sobraba entre sus piernas y cogiendo su clítoris entre sus dedos, lo empezó a magrear con fiereza. Os juro que no sé cómo no me corrí al ver a esa preciosidad postrada ante mí mientras alegremente nos masturbaba a ambos, lo que sí me consta es que creí enloquecer al observar como volvía a alcanzar un segundo clímax sin necesidad de que yo interviniera. Pero al contrario que la vez anterior, en esta ocasión al terminar de sentir su placer, se concentró en el mío, acelerando aún más la velocidad de sus dedos.
Adriana, poseída por una extraña necesidad, me gritó de viva voz:
-¡Deixe-me saber!-
Aunque formulado en otro idiona, comprendí que esa mujer quería que le anticipara mi eyaculación. Aceptando pero sobre todo deseando mi destino, le prometí hacerlo antes de cerrar mis ojos para abstraerme en lo que estaba mi cuerpo experimentando. El cúmulo de sensaciones que llevaba acumuladas hizo que la espera fuese corta y cuando ya creía que no iba a aguantar más, se lo dije. La brasileña recibió mi aviso con alborozo y pegando su pecho a mi pene, buscó mi placer con más ahínco hasta que consiguió que explosionando brutalmente, descargara el semen acumulado.
Fue entonces cuando pegando un grito de alegría, Adriana me volvió a sorprender porque usándolo como si fuera una manguera, esparció mi simiente sobre sus pechos mientras decía:
-¡Que a quantidade de leite e so para mim!-     

 

No solo fueron sus palabras sino que al terminar de ordeñar mi miembro, se tumbó sobre el suelo y recogiendo con sus manos mi lefa, la extendió por todo su cuerpo diciendo:
-¡Eu gosto!-
Aunque suene raro, fue entonces cuando descubrí su verdadero fetiche: Adriana tirada en mitad del salón y con su cuerpo estremecido por el placer, se corrió nuevamente al sentir mi semen por su piel. Pero ese tercer orgasmo fue tan brutal que se prolongó durante minutos ante mi perpleja mirada. Pocas cosas se pueden comparar a ver a la mujer de tus sueños, berreando como una cierva en celo y gritando tu nombre mientras tú eres testigo mudo desde el sofá.
“¡Coño con la modelo!” pensé mientras ella seguía retorciéndose frente a mí uniendo un climax con el siguiente “¡En verdad, es multiorgásmica!”
Satisfecho pero sobre todo encantado con mi descubrimiento, esperé pacientemente a que se tranquilizara, tras lo cual cogiéndola entre mis brazos, la llevé hasta mi cama y suavemente la deposité sobre mis sábanas. La brasileña abriendo los ojos me miró con una sonrisa en los labios y me dijo:
-¿Quer me foder?-
-Sí, preciosa, pero antes me vas a hacer una mamada-
No tuve que insistir, con sus ojos brillando de alegría, Adriana me terminó de desvestir y tumbándome a su lado, susurró a mi oído:
-Voce ñao vai se arrepender-
¡Y por supuesto que no me arrepentí!. Nada más de decir esa frase tan sugerente, esa belleza me separó las rodillas e instalándose entre las piernas, se agachó y abriendo su boca, se fue introduciendo mi pene en su interior. Con una sensualidad sin límites, la morena absorbió mi extensión mientras sus manos acariciaban mis testículos. Si cuando me masturbó se había mostrado desatada, esta vez, se comportó con una dulzura y una ternura impresionante. Como si fuera un juego, mamaba mi falo para acto seguido sacárselo y colmarlo de besos antes de volvérselo a meter. Se notaba que acostumbrada al maltrato, mi actitud pasiva le encantaba y por eso eternizó sus caricias. Con una parsimonia que me estaba volviendo loco, la muchacha disfrutaba ralentizando mi placer hasta que sin poder resistir más, le pedí que se diera prisa.
Fue entonces cuando realmente valoré su pericia con las mamadas. Olvidándose de cualquier recato, la morena me miró eufórica tras lo cual abriendo su boca de par en par, devoró mi pene con un ansía difícil de narrar. No solo fue que lo introdujo hasta el fondo de su garganta sino que presionando con su lengua sobre su talle, convirtió sus labios y su boca en un sexo caliente y húmedo con el que me empezó a follar.
Sacando y metiendo toda mi extensión, dotó a sus movimientos de un ritmo infernal mientras sin pedirme permiso con sus dedos jugueteaba con mi esfínter. Una y otra vez, se lo empotraba hasta que sus labios besaban la base de mi pene `para volvérselo a extraer con gran satisfacción por mi parte.
“¡Menuda mamada!” sentencié al sentir que toda mi excitación se comprimía en mis huevos y que como una llamarada, el semen recorría el conducto de salida hasta mi glande. Adriana al percibir la cercanía de mi orgasmo cerró su boca, apretando con su lengua sobre el diminuto orificio de donde iba a brotar mi simiente, de manera que al explotar mi gozo se incrementara.
¡Y vaya si lo consiguió!.
Cuando eyaculé, el tampón formado por su lengua, no solo alargó mi éxtasis sino que lo aumentó de sobremanera, regalándome el mejor orgasmo de mi vida.
-¡Coño!- grité dominado por el placer y obviando mi promesa, cogí su cabeza y forzando sus labios, me derramé en el interior de su boca.
Mi morena no solo se tragó toda mi producción sino que saboreando hasta la última gota, limpió mi miembro con su lengua.  No os podéis imaginar su cara de satisfacción cuando muerta de risa, ese prodigio de la naturaleza me dijo:
-¡Eu preciso de foder!-
Soltando una carcajada, la atraje hacia mí y besando el moretón de su hombro, le pregunté:
-¿Duro o suave?-
-Amanha suave, ¡Agora mais que duro!-
El desparpajo con el que me dijo que dejara la suavidad para el día siguiente pero que, esa noche, le apetecía que fuera rudo me hizo reír y dándole un azote en su trasero, la puse a cuatro patas. Ella, olvidándose del portugués, giró su cabeza y mirándome, me soltó:
-Ves que tenía razón cuando dije que este culo iba ser para ti-
Ni la dejé terminar de hablar porque antes que lo hiciera, la mejor modelo del mundo ya tenía a mi pene retozando por el interior de sus intestinos.
 
Si quieres ver un reportaje fotográfico más amplio sobre la modelo que inspira este relato búscalo en mi otro Blog:     http://fotosgolfas.blogspot.com.es/
¡SEGURO QUE TE GUSTARÁ!
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Posdata: perdonad mi portugués, es “made in Google”.
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