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Otra vez conferencia en Madrid, es parte de mi trabajo y a veces lo hago con ganas y otras con resignación. Esta vez es distinto pues desde hace semanas chateo con un desconocido de Madrid. Sin saber como ni por qué creamos historias en las que plasmamos nuestras fantasías más morbosas. No sabemos nada el uno del otro, ni siquiera nos hemos visto en fotos y tan sólo nuestras respectivas imaginaciones y las descripciones que hemos hecho nos dan una idea de nuestra apariencia.
Yo soy psicóloga y, al principio, sólo me movía un mero interés profesional y científico, además de una cierta curiosidad. Poco a poco fui cambiando y un día me di cuenta de que lo que me movía era ese animal que todos llevamos dentro. Ese animal que es culpable de casi todas las circunstancias que yo misma estudio en otras personas. Ese animal que, sí, también habita en mí. Con mi carita de buena, la imagen de mojigata que aún tengo en mi círculo más íntimo de amigas, en mi interior se ha despertado un volcán, un fenómeno de la naturaleza que no puedo, pero tampoco quiero controlar. Como en “los renglones torcidos de Dios”, sin darme cuenta he pasado de ser yo quien investiga a ser yo, yo misma, un objeto digno de ser estudiado y analizado en profundidad. Él me lo dice con frecuencia, que tiene que estudiarme en profundidad, que analizarme. Le llamo él, no sé su nombre verdadero, se hace pasar por Luis Parker.
Pero volvamos a nuestro relato. Sí, tengo que dar una conferencia en Madrid, y no, no lo he forzado yo. Una parte de mí está loca por que suceda algo de lo muchas veces hecho en nuestras fantasías, mientras que otra parte se niega a mezclar la vida profesional con la vida íntima. Me juego mucho y me ha costado mucho llegar hasta aquí, escribo artículos, mi trabajo es valorado y me apasiona. Él, sin embargo, parece tranquilo, indiferente, no ha mostrado el menor interés en mi llegada a la ciudad ni ha propuesto nada. Me desconcierta, empiezo a pensar que detrás de su personaje, divertido y morboso, haya una persona muy distinta, quizá una mujer, quizá un hombre casado o mayor. Dios mío, puede que hasta sea un niño… Lo mejor es no pensar en ello. No sé porque le he dicho que iría a su ciudad y no sé porque cuando me dijo que, como era su ciudad, quería jugar a un juego en el que yo hacía lo que él me indicaba le dije que sí. Es cierto que me dijo que se iba a portar bien, lo cual me tranquilizó, pero una parte de mí se decepcionó un poco.
Luego aclaró, dijo que bien del todo no, que si no no sería él mismo, por lo que la parte de mí que antes se había decepcionado reaccionó con alegría y un pequeño cosquilleo recorrió mi cuerpo.
Me encuentro tranquila, en mi hotel de Madrid, repasando las notas. No sé porque voy a ponerme las medias fetiche que él adora en sus fantasías, negras y a medio muslo. ¿Será sólo porque estoy en Madrid y de alguna forma presiento que estoy cerca? Creo que sólo por eso tengo una cierta excitación desde que me bajé del tren. Una agitación que me hace mirar continuamente alrededor pensando quién podría ser él. Pero ahora sigo repasando mis notas y sigo con mi ropa. Mis braguitas blancas de chica bien, otra concesión a quien ni siquiera ha dicho nada, mi traje de chaqueta gris, mi pelo castaño claro un poco rebelde recogido, mi aire profesional… ufffffffffff, debí haberle llamado pero me dio miedo al final.
Bip-bip mensaje de móvil “hola mi pequeña chica bien, q pensabas q no sé cómo estás… sólo espero que seas buena y sigas mis instrucciones como siempre. Apaga el sonido del móvil y tenlo siempre cerca, allí estaré”. Dos minutos después el segundo mensaje de móvil “Me muero por ver a mi niña aparentando ser buena y profesional, pero yo sé que sucios pensamientos se estarán mezclando en su cabeza”.
Casi me da un infarto, mi sexo está mojándose ya ¿qué me pasa? Ya no soy capaz de leer las notas. La conferencia apunta a catástrofe. Mi piel está erizada, mis pezones… Suena el teléfono de la habitación y me produce otro sobresalto. Llaman de la recepción “su taxi le espera”. Me tranquilizo. Vibra el móvil, mensaje “del taxi has de salir sin tu prenda blanca de niña buena. Estaré cerca.”. El corazón me late a mil… ¿cómo sabe que las llevo? ¿por qué dice que está cerca? ¿será el taxista? ¿estará en el hotel? Me niego a jugar! Pero subo al taxi temblando, es un Skoda, inmenso, no sé porque me siento justo detrás del taxista. Me habla y contesto sólo con monosílabos. El taxista no es. Calvo, barrigudo y sesentón, vino del pueblo en los 60 y no puede ser el tipo fino e irónico que me escribe esas historias. Mi cabeza da vueltas vertiginosamente. Mi excitación es alta, la conferencia apunta a desastre, mi pelo recogido, y noto gotitas de sudor en mi cuello. Mis piernas están juntas, se mueven un poco sin dar yo ninguna orden consciente, mis braguitas húmedas en mi centro, arrugaditas. ¿cómo voy a hacerlo? ¿por qué aún pienso en ello? Estamos llegando y vibra el móvil. “ánimo, no te obligo, tú decides, si es que no, que sepas que he sido feliz con nuestras fantasías. Suerte cielo”.
Sin pensarlo dos veces, subo mi falda, levanto mi culito y saco la prenda para él. Ya no la tengo, ya no soy una niña buena. Noto al taxista mirar cuando estoy levantando los pies y sacándola por mis zapatos. No ha visto nada, pero lo sabe todo. Mi carita está roja, pero la meto en el bolso y salgo triunfante del taxi. Altiva.
Ahora voy animada a la conferencia. Chica buena, chica culta, chica demonio cuando él lo pide, miro desafiante a la concurrencia. Tengo fuerza y poder. Tengo vida. Mi respiración mueve mi blusa. Mis pezones se marcan algo pese al suje de relleno (menos mal). Conferencia acerca de relaciones interpersonales. Hombre-hombre, hombre-mujer, mujer-mujer. Lo domino. Las palabras salen de mi boca como tantas veces, con soltura y con pasión. El público me sigue y yo sigo al público. ¿Quién será él?
Ruegos y preguntas. Vibra mi móvil. “lo has hecho genial, cielo, sé que has hecho lo que te dije, lo llevas escrito en la mirada. Ruego 1, muéstrame de alguna manera que tus braguitas están en tu bolso. Si lo haces me quedo al vino español”. Silencio. Miro nerviosa a la audiencia. Mis pezones van a romper la tela. Tengo frío y calor a la vez. Se levanta una chica y le llevan el micro. Pregunta sencilla, respuesta nerviosa. Segunda pregunta, un hombre mayor, segunda respuesta nerviosa que explico de espaldas al público sobre la transparencia. Creo oír un susurro lanzado hacia mí “ánimo”. Giro como un resorte. Atrás a la derecha, joder, no sé quién es, pero mientras pasan de nuevo el micro cojo mi bolso y dentro de mi puño, simulando un pañuelo, acerco la prenda a mi boca mientras carraspeo artificialmente mirando al lugar de donde vino el susurro. Provocadora. Al menos le gusta la ropa interior blanca y puede aparentar que es un kleenex.
Siguen las preguntas y poco a poco me voy relajando de nuevo, aunque siempre teniendo en la mente que allí, en el vino español estará él, y seguirá jugando conmigo.
La moderadora da por terminado el turno de preguntas, comenta que el vino español se dará en la sala adjunta y, poco a poco, el público va abandonando la sala. Este momento siempre es el más relajado, el más tranquilo ya que me deja con la sensación de haber cumplido con mi trabajo. Sin embargo, esta vez estoy inquieta, excitada, si hasta tengo la extraña sensación de que se me va a notar.
Junto con la moderadora y los miembros de la organización me desplazo al lugar indicado para el cocktail. Mi excitación hace que tenga un nudo en el estómago y no me deje comer nada, pero la garganta seca me ha hecho ir ya por el tercer vino blanco y mi cabeza empieza a sentirse algo mareada.
Me encuentro junto a la barra de un bar en el centro de conferencias, rodeada de varias personas haciendo preguntas, y sé que entre ellos está el responsable de mi estado constante de excitación. En concreto hay uno de ellos, con el pelo rapado y una sonrisa perfecta que no quita sus ojos de los míos. Estoy segura de que es él, pero justo le he perdido de vista. Suena un mensaje en mi móvil, el sonido me sobresalta, y me confirma mi sospecha acerca del chico del pelo rapado. Digo “disculpen” mientras lo miro disimuladamente: “cielo, suéltate otro botón de la blusa, que estoy cerca de ti y quiero ver mejor los lugares por los que van a pasar mis labios”. Con el típico comentario acerca del calor que hace, y con un recato habitual en estos casos mis manos se posan en mi blusa y obedecen la orden. Vuelvo a ver al chico y mirando de frente a su sonrisa suelto el botón. Mis pezones amenazan con romper la tela y se marcan a pesar de la ropa interior.
Estamos agrupados junto a la barra y cada pocos minutos se despide gente. Yo sigo mirando al chico rapado, va bien vestido con una camisa blanca con algunos botones desabrochados también y debajo de ella se adivina un cuerpo formado en gimnasio. También me muero por pasar mis labios sobre su pecho.
Distraídamente y sin prestar atención despido a las personas que se van. Cuando doy los pertinentes dos besos a uno de ellos susurra unas palabras en mi oído que me rompen los esquemas “en un minuto tendrás un mensaje con las próximas instrucciones”. Rápidamente se da la vuelta y se va. Veo su caminar, casi no me había fijado en él. Tiene la espalda ancha, es moreno, delgado y fibroso, el pelo un poco revuelto pero tiene unas entradas que le hacen interesante. Dios mío… ha sido determinado y firme en lo que ha dicho y también lo es en su caminar. También lo es en sus instrucciones. Sólo sus palabras al oído me han producido un escalofrío de sensaciones. Sigo hablando distraídamente pero estoy tan nerviosa que ya no sé ni lo que digo. Los 4 vinos blancos también tienen que ver en mi estado. Ya no me atrae para nada el chico del pelo rapado, que sigue mirándome pero al que yo ignoro. Ahora me parece vulgar.
Noto el mensaje 3 y me sobresalto una vez más: “Discúlpate y ve al aseo, recógete el pelo en una coleta, elige el último cubículo a la derecha y entra con los ojos cerrados. Se buena”. Me disculpo torpemente, creo que mis mejillas están rojas y lo de entrar con los ojos cerrados me ha producido una excitación adicional. Camino rápido pues tengo la sensación de que de mi sexo está tan mojado que algo de fluido podría resbalar por mis muslos. Ufffff mis braguitas en el bolso.
Entro en los aseos y ahora sí estoy temblando descontroladamente, pero algo me impulsa con determinación al lugar marcado. Llamo con los nudillos y cierro los ojos… la puerta se abre y una mano firme tira de mí hacia adentro. Soy un ángel y un demonio. Una chica buena y obediente pero a la vez un animal salvaje en busca de satisfacer un instinto vital y brutal. A pesar de mis treinta y muchos años él me habla como a una niña mientras se sitúa en mi espalda.
“Lo has hecho perfecto, cielo. Me ha encantado el planteamiento de la conferencia y, como eres una niña lista, la mejor de la clase, es hora de experimentar para comprobar las teorías”. Según va diciendo esto, sus manos recorren mis brazos, mis hombros, con un ligero masaje… mi cuello. Sus labios besan mis mejillas, mi piel, mis labios, mis párpados cerrados que no oso abrir. Sólo me dejo hacer, sus movimientos me tranquilizan pero provocan reacciones en mi cuerpo que no puedo controlar.
Me dice “vamos cielo, me moría por tenerte entre mis brazos, tenía mucha curiosidad por conocer la suavidad de tu piel, por que tú sientas la mía, por llevar a la práctica todo aquello que hemos fantaseado”. Y según va diciendo estas palabras suaves y reconfortantes coge mis manos y las pone abiertas contra la pared, mientras siento el aroma de su perfume y la dureza de sus músculos, la suavidad de su aliento, el sonido de sus palabras. “pon aquí las manitas, preciosa, y no las muevas hasta que yo no te diga”. Después de haber dado una extensa conferencia, después de haber demostrado jerarquía en mi carrera, después de haber triunfado como profesional, de haber criticado la actitud de los hombres desde mi perspectiva feminista… en este momento sólo puedo obedecer lo que él me dice, abandonarme a sus deseos que son los míos, y de mi boca no puede salir ninguna palabra, sólo gemidos ocasionales y una respiración acelerada.
Allí estoy yo, contra la pared con los ojos cerrados y sintiendo como él continúa recorriendo con sus labios mi cuello, mis orejas, mis mejillas, mi pelo, mis hombros (ufffffff es uno de mis puntos débiles) deseando con todas mis fuerzas que me haga cosas, todas las que el quiera, con su cuerpo, con sus manos, con sus labios…
El hace con pausa con dedicación, como un artesano pone el máximo cariño en su labor, diciéndome palabras bonitas, al contrario de lo que habitualmente hacía en nuestras conversaciones cibernéticas y me ponía en un terrible estado de excitación, ahora muestra otra vertiente de su personalidad, cariñoso, amable, dedicado, sensual, cuidadoso, pero a la vez decidido y dominante. Me dice que me estoy portando muy bien y que voy a tener el regalo que me tiene prometido, y yo estoy loca por saber lo que va a hacerme.
Se agacha detrás de mi y sube mi falda hasta mi cintura, me abre las piernas y me inclina levemente y empieza a pasar la lengua a todo lo largo de mi sexo, de forma constante, metódica, sujetando mis caderas que se mueven solas, sujetando mis gluteos… y él en su papel, decidido, constante, firme, de la misma forma que hace todas las cosas. Creo que nunca había estado tan húmeda, mientras él trabaja con dedicación cada una de las partes sensibles de esa parte de mi anatomía. En cada momento sabe cual es el siguiente movimiento de su lengua, de sus labios para mantener e incrementar el fuego que tengo dentro de mi cuerpo, pero sobre todo en mi sexo.
Y yo, yo empiezo a pensar en mí misma, en mi situación en un aseo cerrado de un centro de estudios, con la falda en la cintura, sin ropa interior, de la cual me he despojado desinhibida en un taxi (ufff eso lo he hecho yo con naturalidad y no reconozco a la chica que era aunque soy yo misma). Pero ahora ha salido otra versión de mí. Ahora mismo estoy dejando que una persona a la que no había visto en mi vida disponga de mi cuerpo a su antojo… y mi cuerpo piensa por si mismo y decide por mí a su capricho. Según esos pensamientos llegan a mi mente, empiezo a sentirme traviesa, chica mala, sucia, desatada, puta… y una corriente eléctrica placentera empieza a recorrer todo mi cuerpo, desde el centro mismo hasta cada una de las células… mis piernas no me sostienen más y voy resbalando por la pared, entre espasmos de gusto… gozando cada décima de segundo hasta que él me recoge hecha un ovillo, con mis ojitos cerrados y aún con el mejor orgasmo que recuerdo recorriendo mi cuerpo mientras él acaricia mi cabeza, mi pelo, mis mejillas que en este momento puedo jurar que están rojas.
Ha conseguido extraer un momento de pasión completamente desatada, ha conseguido que mostrase otra versión de mí misma, pero él también ha mostrado lo que es capaz de hacer con mi cuerpo y con mi voluntad. No, no quiero que acabe, pero tras estar varios minutos abrazado a mí acariciando mi pelo como a una niña, cuando mi respiración se ha ido regularizando, se ha levantado, me ha besado y me ha dicho “vamos cielo, tienes que seguir con tus compromisos que estarán preocupados por ti, arréglate, ponte las braguitas y sal que ERES LA MEJOR”.
“Llámame cuando termines” y cerró la puerta tras de sí, saliendo con paso firme.
Es mi primer relato. Decidme si queréis que continúe o mandadme sugerencias diablocasional@hotmail.com. Muchas Gracias 🙂
Carlos López