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El siguiente relato constituye la segunda –y última– parte de “Mi hermano; el origen de mis quebraderos de cabeza”. Para todos aquellos que no lo hayan leído y quieran hacerlo, a continuación facilito el link en donde podrán encontrarlo:
http://pornografoaficionado.blogspot.com.es/2013/12/mi-hermano-el-origen-de-mis-quebraderos.html

Abrí la puerta con despreocupación, mis padres habían salido pero sabía que mi hermana estaba en casa porque se empeñaba en dejar un trabajo listo antes de irnos a Londres, ni siquiera había querido venir conmigo de compras. Se tomaba muy en serio la universidad y seguramente las calificaciones que Laura obtendrá echarán por tierra mi gran excusa; “se nota mucho el cambio del instituto a la universidad”. Pero es que no puedo competir con ello, ni siquiera me lo planteo. Yo soy feliz con mis cincos raspados mientras que ella se martiriza si baja del sobresaliente, es una parte que yo no he heredado.
Fui a mi habitación, lancé sobre mi cama la bolsa con la camisa que acababa de comprarme para esa noche y miré el reloj para ubicarme temporalmente en una tarde de viernes que comenzaba a dejar paso a la oscuridad de las últimas noches de septiembre. Ya pasaban de las 21:00, ¿habría terminado mi hermana eso que tanto la entretenía? Imploré mentalmente para que así fuese, de ese modo tendríamos uno de esos escasos momentos a solas de los que carecíamos tanto como necesitábamos. Me deshice de la cazadora, caminé hasta la puerta de su habitación y la golpeé levemente hasta que su voz me permitió pasar. Me hubiera gustado ir hasta ella y besarla pero allí estaba ese grano que le había salido de niña. Sí, ese tan molesto que incluso tenía nombre propio; “Nerea”.
A decir verdad, en caso de que no hubiese estado Nerea, tampoco hubiese podido hacerlo porque allí también estaba una tía que no había visto en mi vida.
-Hola, ¿cómo lo llevas? – improvisé. Reconozco que esperaba encontrármela sola.
-Bien, supongo que podré dejarles mi parte lista para que terminen sin mí.
Asentí mientras les echaba un vistazo rápido a sus dos compañeras.
-¡Hola Alejandro! – mis cejas se arquearon al máximo, ¿de verdad la petarda de Nerea me estaba saludando con esa efusividad? – ¿Conoces a nuestra amiga Eva?
<>. Pero supuse que decirlo en voz alta le hubiese parecido mal a mi hermana así que me limité a saludar a “Eva” con un vago movimiento de cabeza. Después de todo, ¿qué culpa tenía la pobre de que fuese Nerea quien la había presentado?
-¿Vais a salir? – quise saber por curiosidad.
-Sí. Iremos a tomar algo con Eva – me dijo mi hermana.
De repente me picó la curiosidad, ¿de dónde había salido la dichosa Eva y por qué hablaban de ella como si la estuviesen “cuidando” o algo parecido?
-Como soy de Valencia se empeñan en enseñarme un poco todo esto… – ¡Anda! ¡Eva tenía voz!
-Ah, vale…
Lo sé. Es lo más pobre y lo más cutre que podía haber dicho, lo que menos esfuerzo me suponía y un montón de comodidades más. Pero es que sinceramente, no me importaba.
Cerré su puerta de nuevo y me fui a la cocina. Apenas había terminado de coronar mi sándwich y servirme un vaso de zumo cuando mi hermana entró demasiado sonriente. Me contagió automáticamente mientras cerraba la puerta con esa picardía en los ojos que me hubiese hecho sonreír de todos modos. Dejé el sándwich en el plato y me acerqué para besarla en los labios. Prolongué el momento todo lo que pude, nervioso como cada vez que hacíamos aquello con alguien más en casa – aunque estuviesen en otra estancia completamente aislada – y acaricié su mejilla antes de seguir con mi “merienda-cena”.
-Papá y Mamá no estarán esta noche – me anunció con ilusión mientras rodeaba mi cintura desde uno de mis costados.
Me gusta que haga eso. No es lo más cómodo del mundo cuando estás intentando desenvolverte en una cocina de proporciones normales pero es agradable tratándose de ella. Torcí mi cara levemente para besarla de nuevo al escuchar la noticia y acaricié su pelo mientras se sentaba en una de las sillas.
-¿A dónde van? ¿A esa cena en la que llevan cagándose toda la semana? – Ella asintió con esa gracilidad que la caracterizaba.
-Y nosotros tendremos que volver pronto a casa, Jandrito. Mañana hay que madrugar…
Odio que ella me llame Jandrito pero me reí de cómo lo dijo. Me hace mucha gracia cuando se las da de femme fatale. Está claro que no ha nacido para eso aunque está muy por encima del estereotipo, pero a veces insiste en interpretar ese papel y lo cierto es que me resulta adorable. ¡En fin! Le di la razón, era verdad. ¡Mañana nos íbamos a Londres! ¡Por fin! Estaba deseando llevármela de allí, lejos de nuestros queridos padres a los que engañábamos a la perfección desde hacía poco más de un mes. ¡Joder! ¡Un mes! ¿En serio llevo más de un mes así? ¡Nunca había estado tanto tiempo con nadie! Y teniendo en cuenta que es mi hermana… ¿se supone que es bueno o es malo? Lo cierto es que me dan jaquecas sólo de pensarlo así que prefiero no clasificar lo nuestro en ninguna categoría moral.
A veces no puedo evitar pensar en lo que dirían nuestros padres si supiesen “lo nuestro”. Sobre todo cuando hablo con Mamá, es mucho más cercana que Papá y me imagino que se le caería el mundo encima si llegase a saberlo. Además se encargaría de expresarlo de ese modo que hace que te sientas verdaderamente mal, como cuando me mostró toda su preocupación por mi mal curso académico. Me sentí como si fuese una mierda humana a pesar de que hubiese ganado dinero suficiente como para no pedirles un céntimo en todo el año, ahorrar un poco y permitirme mis caprichos y los de Laura. Por otro lado, creo que mi padre no me dedicaría ni una sola palabra antes de ponerme las maletas en la puerta y mandarme a Australia sin billete de vuelta.
¡Pero qué cojones! Luego me paraba a pensarlo detenidamente y llegaba a la conclusión de que si yo tuviese una hija como ella me gustaría que estuviese con alguien que la quisiese como yo.
-¿Por dónde vais a salir? – me preguntó de repente mientras yo terminaba de masticar un bocado.
-Por donde siempre, ¿por qué? – se rió entre dientes de mi pregunta. No entendí qué gracia le veía.
-Es que has impresionado tanto a Eva que me ha pedido que “indagase” un poco para ver a dónde iríais…
¿En serio? ¡Joder! ¡Qué impresionable era la tal Eva!
-Bueno, dile que tengo novia o algo… no sé…
-Es que Nerea ya le ha dicho que tú nunca tienes novia pero que nunca te falta compañía – Laurita le puso un tono a esa frase que no me gustó nada. Parecía que estuviese hablando de una leyenda.
-¿Lo ves? ¿Cómo me puedes pedir que la aguante? – Refunfuñé antes de coger su mano con la mía para juguetear inconscientemente con sus dedos. Acostumbrarme a ser algo más que hermanos me estaba costando infinitamente menos que guardar las formas delante de otros.
-He pensado una cosa – le solté de sopetón.
Se rió, supo enseguida que no había pensado en absoluto aquello que iba a decirle. Todavía no sé cómo se le había escapado que estaba colado por ella desde hacía un montón de tiempo si me pillaba al vuelo en cada cosa que le decía.
-Creo que voy a “salir del armario” – le anuncié necesitando todo mi aplomo para no reírme con ella – no, en serio, piénsalo… ¡es cojonudo! “Alejandro el gay” ¡Ni siquiera a Mamá y Papá les importaría que durmiésemos juntos! Es la tapadera perfecta…
Se rió al tiempo que se levantaba y me acariciaba la nuca para darme un beso.
-¿Cuándo se van tus amigas? – quise saber.
-No se van, se quedan hasta que bajemos.
¡Mierda! Una y mil veces ¡mierda!
-No me quieres nada, Laura. En serio… – le dije meneando la cabeza fingiendo mi desaprobación.
-¡Claro que te quiero! – protestó abrazándose a mi cuello y besándome en la mejilla – ha sido idea de Nerea. No podía decirle que prefería aprovechar que nuestros padres no estarían en casa para estar a solas contigo.
-De verdad, ¿cómo la soportas?
Se levantó sonriente y me miró desde la puerta con una nota juguetona que contenía una invitación descifrable solamente por nosotros dos.
-Puede que nos veamos esta noche si vais al mismo sitio de siempre – me dijo antes de desaparecer.
Me quedé solo en la cocina. Recogí lo que había usado y llamé al idiota de Iván para quedar.
Apenas tres horas después estábamos los de siempre, en el mismo sitio de siempre, manteniendo la misma conversación de siempre. ¡Qué simples éramos! Fue como si tuviese una revelación acerca de lo anodino de nuestras vidas. ¿Anodino? ¡Qué benévolo! La verdad es que me aburría tanto que tras dar un trago a mi cerveza me encontré flipando al mirar a través del vidrio de la botella como si estuviese descubriendo un mundo nuevo gracias a algún alucinógeno.
-¿Qué coño haces? – me preguntó Iván.
¡Grandísimo gilipollas! ¡Podía haberlo preguntado sin ese golpe que me casi me descoyunta el hombro!
-Nada.
-Estabas mirando aquellas “nenitas” que te ponen ojitos desde allí, ¿verdad? ¡Joder Jandrito! Y yo que decía que te estabas relajando…
¿Nenitas? ¿Qué nenitas? Bueno, ni siquiera las busqué con la mirada. Estaba claro que cualquier persona del mundo que pudiese estar mínimamente interesada en mí se hubiera desinteresado inmediatamente al verme mirando a través de una botella de cerveza. Y de todos modos, dudo que despertasen mi atención.
Guardé de nuevo la compostura mientras Manu nos contaba algo acerca de una tía con la que había amanecido en un piso de estudiantes. <<¡Guau! ¡Resulta que las compañeras de piso estaban muchísimo más buenas que ella! ¡Fascinante!>> pensé mientras todo el mundo se reía cuando terminó de lamentarse. ¿En serio había crecido con esta gente? ¡Eso sí que era fascinante!
-Tu hermana, tío – me dijo Rafa señalando con la mirada hacia la puerta del local.
Miré hacia la entrada descubriéndola con la misma compañía que tenía por la tarde y disimulé el escalofrío que me recorrió la espalda. Siempre me pasaba; la veía en público y me estremecía mientras me recordaba a mí mismo que delante de los demás éramos los mismos hermanos de siempre y que como tales teníamos que comportarnos. Le hice un gesto con normalidad desde mi sitio esperando a que viniese a saludarme. Se acercó con sus amigas y me saludó con cierta gracia pero sin ningún roce, mientras que yo las acompañé un rato hasta la barra tras pasarle mi brazo por los hombros y darle un beso muy corriente en la coronilla. Me inquieta corresponderla como antes, me abruma pensar en que alguien repare en todo lo que ahora esconden nuestros gestos, pero eso era lo que siempre hacía antes de… bueno, antes de pasar a más.
-¡Laurita, cariño! ¡Qué alegría verte! – el rostro de mi hermana se descompuso cuando el animal de Iván apareció en la barra y la saludó de esa manera. Sobra decir que mi mano voló inmediatamente por acto reflejo para encasquetarle una buena colleja, ¿pero qué coño se creía? – Lo siento niña, lo nuestro no funcionaría nunca…
Viniendo de Iván, supongo que esa gilipollez con aspiraciones de audaz comentario era lo más parecido a una disculpa que podía haber obtenido, así que me di por satisfecho.
Dejé que mi hermana y sus amigas se retirasen a su aire tras intercambiar un par de frases con ella y darle largas a Eva después de que Laura me la presentase formalmente – formalmente quiere decir que le tuve que dar dos besos y todo -. No es que me resultase molesto, me da igual, pero tuvo cierta gracia que le hubiese pedido a mi hermana que nos presentase de nuevo sólo por un simple par de besos en la mejilla.
Volví a incorporarme a mi grupo de amigos echando un vistazo hacia donde estaba Laurita de vez en cuando, pero poniendo toda la atención posible para que no me viesen. A veces creo que rozo la paranoia sin que ni yo mismo me dé cuenta, pero no puedo evitar pensar que la gente se fija en cómo la miro y la sola idea de que puedan entrever algo me da vértigo.
-Como se mueve la amiguita de tu hermana, Jandrito… ¡me la está poniendo dura!
Me reí de la sutileza verbal de mi gran amigo. Seguro que no tiene precio como guionista porno, ¡qué dominio del lenguaje!
-¡Claro! Menudo polvazo tiene, ¿eh? – le seguí el rollo.
Ni siquiera había visto aún como se movía o dejaba de moverse la tía esta que mi hermana se había sacado de su nueva clase de la universidad – aunque ahora que lo pienso, tampoco le había preguntado de dónde la había sacado. Simplemente di por hecho que es de su clase porque estaba haciendo ese trabajo con ellas -. Pero con Iván todo era predecible, primero; “me la está poniendo dura” y segundo; “¡qué polvazo tiene la cabrona!”
-¡Están todas para reventarlas, tío! – le miré sorprendido mientras él bebía un trago sin apartar sus lascivos ojos de ellas, ¡no me entraba en la cabeza que hubiese tenido narices a decirme aquello! Por poco se me va la mano de nuevo pero enseguida intentó enmendarlo y al final me apiadé al comprobar que el pobre no daba para más. – ¡Menos tu hermana, coño! Parece mentira, Jandrito…
¡Da igual! Intenté no pensar demasiado en ello y bebí para mantener la boca ocupada antes de decir nada que me delatase. Sí, Laurita siempre había sido “la hermana pequeña de Alejandro”, aquella que estaba exenta de cualquier comentario, broma o referencia ofensiva que se hiciera dentro del grupo porque si no Alejandro le partiría la cara a quien hiciese falta. Pero ahora comenzaba a darme cierto reparo defenderla tan abiertamente en algunas ocasiones. Ya no sabía muy bien dónde estaba la línea lógica que de cara a la sociedad distingue a un hermano de lo que quiera que yo fuese ahora.
-Mira, desde el cariño más sincero de colega a colega – me dijo mi querido amigo de repente.
Debo decir que me enteré en ese momento de que existe un cierto tipo de afecto que responde a la denominación de; “cariño sincero de colega a colega” y eso por sí solo ya me produjo cierto pavor, pero lo que Iván dijo a continuación me dejó helado.
– Deberías mirarte esa fijación que tienes con tu hermana, ya no estamos en el colegio. No puedes ir por ahí tratando de evitar que los tíos la miren o hablen de ella. Y no lo digo por mí, que a fin de cuentas soy tu colega y entiendo que no te molase una mierda que le siguiera el rollo a tu hermana cuando iba tan pedo… – ¡claro! ¡Es que había olvidado que mi amigo Iván estaba hecho un latin lover! ¡¿Cómo iba a resistirse mi pobre hermana?! Le miré levantando una ceja para que fuese al grano de una vez – ¡coño, Alejandro! ¡Que Laurita está muy buena y los tíos le van a entrar te guste o no! Ya sabes cómo somos… y si encima nos ponen delante una preciosidad como Laurita…
Respiré incómodo a pesar de que -al parecer- todavía era el perfecto hermano mayor a ojos de mis “colegas”. Sopesé lo que me dijo intentando seguir el papel que me correspondía y le di mi veredicto;
-Si vuelves a llamarla “Laurita” te parto los dientes.
-Vale tío, lo que tú digas… – contestó con resignación.
¡Soy imbécil! Pero es que cuando alguien me da con la realidad en toda la cara me arde la sangre. No soporto que hablen de mi hermana como si fuera otra más a la que todos esos indeseables miran mientras fantasean con sabe Dios qué cosas, o mientras urden revesados diálogos -y a veces no tan revesados- para llevarla por donde quieren. No sé qué parte me influye más, la de hermano a secas o la de “hermano-amante” o como quiera que se llame lo que soy con respecto a ella. Pero sólo sé que me ciega el hecho de imaginarme que cualquiera de los muchos mamones que hay por ahí le pone el ojo encima.
-Creo que me voy a casa – dije finalmente. Lo cierto es que la observación de Iván me había puesto más que tenso – ¿por qué no pruebas suerte con esa que te la está poniendo dura? Se llama Eva. Si le insistes un poco quizás te eche una mano con eso tan duro… – le solté de pasada antes de irme.
Admito que puedo parecer un completo capullo por haberle dicho todo aquello, pero lo hice para cubrirme las espaldas. No me convenía que Iván – por muy cazurro que fuese – dedicase ni un solo segundo a analizar esa “fijación” que tengo con mi hermana. Sí, yo también flipé, ¡joder! ¡Le creía más tonto! Por lo menos puedo asegurar que por cortesía de Eva mi amigo ni siquiera se acordaría de mí en toda la noche.
-¿Nos vamos? – pregunté a mi hermana después de despedirme de mis amigos y acercarme hasta donde estaba con Nerea y Eva.
-Sí, claro – me contestó levantándose para ponerse la chaqueta que había traído y echando un rápido vistazo al reloj.
-Iván, mi amigo, me ha dicho que bailas de maravilla – solté con la mejor de mis sonrisas dirigiéndome a Eva. Se me ocurrió que no estaría de más ablandarle el terreno a Iván. Ni siquiera lo había pensado pero si se la tiraba no lograría centrarse en nada más durante una temporada –. Le has impresionado mucho, me ha preguntado por la nueva amiga de Laura y no le digas que te lo he dicho, pero cree que eres muy guapa y… y bueno, que me alegro de conocerte – atajé para despedirme al ver que Laura ya estaba lista.
¡Menos mal! Quise ser tan caballero que al final no se me ocurría nada decente. Decirle que también había mencionado que se la estaba poniendo dura no era una opción.
Salimos de allí discretamente y caminamos durante unos cinco minutos hasta doblar la calle. Entonces, tras un rápido vistazo a lo que nos rodeaba, me arrimé para darle un cariñoso beso en la sien pero me dejé vencer por la tentación que me supuso en aquel momento un portal de un edificio que nos ofrecía el suficiente margen como para cobijarnos de la vía pública. La arrastré allí y la besé con muchas ganas. Las mismas que había ido guardando al tener que vivir bajo el mismo techo con ella y tener que tratarla como lo que éramos para el resto; dos hermanos.
Nunca había reparado tanto en un beso hasta que la besé a ella por primera vez. ¡Y pensar que casi la rechazo! ¡Merecería la soga si llego a hacerlo! Dejamos que nuestros labios se dijesen un par de cosas sin necesidad de articular ni una sola palabra y luego la miré mientras le apartaba un mechón de pelo de la cara.
-Te quiero – le susurré antes de besarle la frente.
Me gusta decírselo porque en realidad sólo se lo he dicho a ella en toda mi vida. Desde niño hasta ahora, de una y mil formas y nunca como me había acostumbrado a decírselo últimamente. Además, cuento con el añadido de que casi siempre le arranco una sonrisa de oreja a oreja que le queda genial.
-Y yo – me contestó con esa sonrisa mientras me abrazaba y escondía la cabeza bajo mi barbilla.
Hundí una de mis manos en su melena mientras la mecía inconscientemente entre mis brazos y luego la cogí de la mano para seguir caminando. Nunca nos paramos mucho rato en la calle porque en el fondo, Madrid se queda pequeño. ¡La de veces que me he metido en líos porque me estaba viendo quien menos me lo esperaba!
-Supongo que Mamá y Papá no habrán llegado, ¿no? – me preguntó mientras se metía bajo mi brazo.
Miré el reloj y negué con la cabeza dándole la razón. Era relativamente temprano, sólo nosotros nos retirábamos porque teníamos que coger un avión a la mañana siguiente pero la gente todavía estaba comenzando a bajar a la calle.
En realidad, ambos sabíamos que nos retirábamos porque tener que fingir ser los perfectos hermanos era la mierda más grande que nos podía haber pasado. Así que tener algo de tiempo para poder estar como de verdad queríamos estar, supone una mínima recompensa por todo el esfuerzo que tenemos que hacer a diario.
Caminamos hasta casa con paso ligero, aprovechamos el ascensor para hacer lo mismo que habíamos hecho en aquel portal y cruzamos la puerta de la entrada de casa a trompicones porque ambos nos negábamos a soltar al otro. Nos metimos en la cocina dispuestos a picar algo y la senté sobre la mesa mientras untaba un par de tostadas con mermelada. No era necesario que lo hiciera pero también me quedé como un tonto frente a ella mientras comíamos.
-No deberías comer esto – dijo separando sus piernas y rodeando mi cintura para llevarme allí donde había hecho hueco – no te cuidas nada.
-Si tuviese que cuidarme ya le podrían dar por culo a las fotos y a los fotógrafos – respondí con sinceridad.
-¡Muy listo, Alejandro! ¿Y cómo iríamos a Londres entonces? ¿O a santo de qué?
Lo pensé. Tenía razón. Debería cuidarme solamente un poquito así que en una exaltación de generosidad le regalé el último trozo de mi tostada, pero se hizo la ofendida y se rió tratando de rechazarlo hasta que acabó con mermelada por parte de la cara y el cuello antes de que el pan se estampase contra en el suelo de la cocina. No tiene gracia alguna pero no sé por qué, nos costó lo nuestro parar de reírnos.
-Anda, ven – le dije sujetándole la cara hacia arriba para limpiarle la mermelada.
Le pasé un dedo a ras de su mejilla por hacer aquello de llevármelo luego a la boca pero Laura me miró conteniendo la sonrisa y observando atentamente cómo lo hacía. Es curioso cómo a veces uno se da de bruces con algo sin tener la más mínima intención de provocarlo, y eso fue exactamente lo que me pasó. Esa mirada que se posaba fijamente sobre mí me incitó a hacerlo de nuevo y volví a dejar que mi dedo índice se arrastrase suavemente sobre su piel, llevándose por delante la mermelada que había dado pie a todo aquel juego de miradas. Iba a repetir la misma operación de antes pero ella sujetó mi mano y abrió la boca para hacerlo por mí.
¡Joder! Me estremecí incluso antes de que sus labios terminasen de cercar mi dedo y sentí un cosquilleo en la nuca cuando su lengua recorrió mi yema atrapada entre sus dientes. Ciertamente nervioso retiré el dedo despacio y volví a por más mermelada que rebañar. Todavía quedaba un poco sobre su cuello, por debajo de su mandíbula, y traté de aprovecharla bien para volver a llevar mi dedo a su boca. ¡Hostia! ¡Otra vez! El escalofrío y luego el cosquilleo. Creo que estaba empezando a poner cara de idiota porque de repente necesité acercarme más para besarla muy lentamente, y lo hice.
Pasé mis brazos alrededor de mi hermana, dejándolos caer hasta la parte baja de su espalda de modo que descansasen sobre esa curva que su columna dibujaba antes de terminar un poco más abajo. Continué besándola y abrazándola mientras sus manos recorrían mi cuello, hasta que se apoyaron sobre mi pecho y comenzaron a desabrocharme los botones de la camisa que me había comprado esa misma tarde. No niego que mientras me la probaba fantaseé con ello. No en la cocina de casa, me daba igual el sitio, a decir verdad. Pero ahora siempre me imaginaba que ella me quitaba la ropa de la forma que lo estaba haciendo, porque lo hacía con mucho cuidado y con esa deliberada lentitud que se uno se toma cuando sabe que el otro se tambalea con cada uno de sus movimientos. Desabrochaba un botón y recorría con sus manos el camino hacia el siguiente, rozando mi cuerpo tímidamente como si en el fondo no estuviese segura de que sus manos debieran estar allí. Volvía a hacerse con el siguiente botón y de nuevo lo desabrochaba… así hasta que sentía que la ropa estaba de más cuando ella casi no había ni empezado a librarme de ella.
Para cuando dio cuenta del último botón de la camisa yo era pura gelatina esperando sus manos, que viajaron bajo la prenda sin dejar de besarnos. La quería más cerca, no era un capricho, era una necesidad. Apoyé una mano en la mesa y me incliné sobre ella arrastrándola conmigo. Se dejó llevar hasta que la tumbé y entonces me separé un poco, lo justo para echar una mirada hacia abajo y ver su pecho subir y bajar al compás de su respiración. Eso sí que me causa fijación, ver su tórax expandirse y contraerse bajo mi cuerpo.
Me incliné sobre su cuello y lo recorrí despacio con los labios, trazando un camino lleno de paradas que me servían para besar su piel. La deseaba demasiado, no puedo tenerla cuando quiera y durante la última semana la suerte nos había sonreído menos que nunca. Apenas habíamos tenido un par de oportunidades para dedicarnos furtivas tomas de contacto que sólo habían llegado a ser intentos de algo más.
Pasé una mano por debajo de uno de sus muslos y lo elevé para que flexionase la pierna sobre la mesa. De nuevo se dejó llevar sin resistencia, lo quería tanto como yo y los dos lo sabíamos. Elevé la falda del vestido que le había comprado en Milán el curso pasado, reparando en que jamás pensé que llegaría a hacer lo que estaba haciendo. Lo único que pensaba cuando buscaba un vestido para ella era en lo bien que le quedaría. Nunca creí que yo mismo sería el que lo apartase para tener acceso a algo que estaba estrictamente vedado para mí sólo porque ambos éramos hijos de los mismos padres.
Una de las manos de Laura se coló bajo mi pantalón y a esas alturas logró alcanzar su destino sin apenas esfuerzo – yo mismo me declararía el mayor embustero del mundo si negase que mis pantalones no eran más que un muro de contención desde hacía un buen rato -. El gesto me desestructuró durante un par de segundos. Busqué nerviosamente aquello que había bajo su ropa interior y dejé que mis dedos se perdiesen allí, en el mejor lugar en el que han estado nunca.
-Vamos a cama – le susurré antes de que fuese demasiado tarde.
Una cosa era que nuestros padres no estuviesen y otra muy distinta era que sabiendo que podían llegar nos quedásemos allí, sobre la mesa de la cocina, sin margen de tiempo para evitar que llegasen a ver algo si es que entraban repentinamente por la puerta.
-¿Por qué? – su pregunta me provocó un nudo en el estómago. No sería capaz de negarme si de verdad lo quería hacer allí pero me daba cierto pavor.
Lo pensé un poco mejor y decidí jugar mi última carta. Me incorporé del todo y cuando ella hizo lo propio sin entender por qué lo hacía yo, cerqué sus muslos con mis brazos y me la eché sobre el hombro. Parecía que después de todo no le molestaba tanto que fuésemos a cama, aunque se riese como una loca y me diese algún que otro golpe. La saqué de la cocina, apagué la luz entre risas y la llevé a través del salón para entrar en el pasillo que conducía a las habitaciones.
Estábamos llegando a la altura de mi cuarto cuando de repente me caí del cielo. La sangre se me coaguló en las venas cuando nuestra madre salió al pasillo y me encontró allí en medio, descamisado, con mi hermana echada al hombro y con una prominente erección que gracias a su aparición comenzaba ya a remitir.
-¿Pero qué demonios está pasando aquí? – preguntó Mamá alterada pero en voz baja para no despertar a Papá.
Ni siquiera creí que fuese a preguntar nada. Pensé que había llegado el momento, que nos habían pillado y que todo se había terminado. Como poco, esperaba un tortazo. Laura tampoco se movía pero podía notar cómo hundía su cabeza en mi espalda. ¿Qué coño le iba a decir a mi madre? ¡Piensa Alejandro, por el amor de Dios!
-Perdón… no sabíamos que ya estabais en casa –. Titubeé.
¡Patético! Pero fue lo único que pude llegar a decir en aquel agónico momento.
-¡Pero qué más da si estamos en casa o no estamos! ¡Alejandro, por favor! ¿Te parece normal montar este escándalo a estas horas? Ya tendríais que estar durmiendo, ¡los dos! ¡Y deja a tu hermana en el suelo! ¡¿Por qué la llevas a hombros?!
Un desgarrador silencio se apoderó de la situación a la vez que mi cabeza se preguntaba una y otra vez por qué mi madre no estaba ya deshaciéndose en llanto y preguntando al cielo en qué había fallado al educarnos de aquella manera. ¿Que por qué la llevaba a hombros? Era una muy buena pregunta desde su punto de vista, pero no podía respondérsela, desde luego.
-Porque le he llamado gordo en la cocina – dijo Laura tratando de mirar a Mamá desde mis espaldas.
-¡¿Qué?! – preguntó atónita.
<<¡Joder Laurita! Que no te extrañe si no se cree esa mierda…>> pensé. Las piernas me temblaron, creí que no aguantaría más, mi madre lo sabía, lo que acababa de ver no dejaba muchas dudas sobre lo que estaba pasando. Mi hermana insistió, esta vez con más detalles.
-Que ha estado comiendo como un cerdo en la cocina, le he dicho que mañana le mandarían de vuelta cuando no le sirviese la ropa y entonces se ha empeñado en enseñarme sus abdominales y en cargarme como si fuera un saco. ¡Dile que me baje ya, Mamá!
¡Venga! ¡Podría haberse ahorrado la súplica! Mamá no se iba a creer esa porquería de excusa, las mías eran mucho mejores y jamás le había colado ninguna. Nos miró estupefacta mientras la dejaba en el suelo. No tenía ni idea de lo que estaba pensando, eran los segundos más largos de mi vida y el mayor de mis temores era que desembocasen en la voz de mi madre pidiéndome que me largase de casa.-No sé cómo le aguantas, de verdad… – le dijo de repente a mi hermana.
¡Oh, Dios! Mis músculos se relajaron espontáneamente al comprobar que mi madre se lo había tragado. Inspiré hondo y agarré el pomo de la puerta de mi habitación todavía con una preocupante tasa de azúcar en sangre, estaba mareado.
-No sé qué voy a hacer contigo, Alejandro. Tienes la cabeza llena de pájaros, hijo… – se quejó Mamá antes de volver a entrar en su cuarto – ¡a cama los dos ahora mismo! – apostilló antes de cerrar la puerta.
Miré a Laura. Sus ojos lo decían todo, casi la habíamos cagado y a saber qué coño hubiera pasado si hubiésemos continuado en la cocina. Me arrepentí mientras realizaba mecánicamente las acciones previas que llevaba a cabo cada noche antes de meterme en cama y una vez recostado sólo podía pensar en una cosa; ¡en aquella maldita cama teníamos que haber sido dos! Sentí la necesidad de intentar colarme en la habitación de Laura para darle las buenas noches e incluso llegué a apartarme las sábanas para hacerlo. Pero luego me convencí a mí mismo de que suficiente suerte habíamos tenido por aquella noche y mejor no dar ni una sola señal más que pudiera hace saltar la liebre. Me tapé de nuevo e hice todo lo posible por dormirme.
El despertador hizo su trabajo incluso antes de lo que yo hubiese querido y me levanté sin remolonear para hacer la maleta. Pero antes de eso decidí que podía aprovechar primero la temprana hora que era para visitar a mi hermana. Caminé con sigilo hasta su habitación y me deslicé bajo sus sábanas mientras se desperezaba al percatarse de mi llegada. La estreché entre mis brazos y dirigí mis manos bajo su camisón mientras le besaba la sien antes de que abriese los ojos y me enfocase con aquella mirada perdida que tenía a primera hora de la mañana.
-Ayer Mamá estuvo cerca, ¿eh? – me susurró tras de darse la vuelta y besarme los labios.
-Lo estuvo. Pero esta noche estaremos a kilómetros de aquí – Laura me sonrió antes de peinarme un poco – ¿has hecho la maleta?
Ella me asintió. No sé para qué se lo pregunté siquiera, siempre asumo que la gente es como yo.
-Sal de aquí antes de que se levante Mamá – me pidió mientras le recolocaba el tirante de su camisón, que reposaba caído en el brazo en lugar de discurrir sobre su hombro.
Hice lo que me pedía. Volví a mi habitación, preparé todo y en unas horas estábamos a punto de despegar hacia Londres mientras comenzaba a amanecer. Supongo que una vez en el avión nos relajamos bastante porque nos besamos y nos abrazamos todo el rato como si fuésemos una pareja normal. Incluso la azafata nos sonrió cuando hicieron el recuento de pasajeros. Yo también le sonreí, fue casi una obligación cuando pensé que si le decía que éramos hermanos seguramente no me creería, pero le insistiría un poco más, lo suficiente para que lo comprobase en la lista de pasajeros y entonces, cuando viese con sus ojos nuestros apellidos, todos los que estábamos allí presenciaríamos un shock anafiláctico en directo.
El vuelo transcurrió con tranquilidad, se me hizo corto mientras Laura y yo mencionábamos todo lo que queríamos hacer en Londres. Aunque lo primero que tuve que hacer nada más poner un pie en suelo británico fue subirla a un taxi y despedirme de ella hasta la noche ya que a mí me estaban esperando para el tedioso maquillaje previo a toda sesión de fotos que se precie. Me llevaron a las afueras, a una casa de campo donde me esperaba un caballo enorme. Le tengo un poco de “respeto” a los caballos pero en cuanto vi a la que iba a ser mi compañera, deseé irrefrenablemente abrazar al animal.
La chica no era ningún adefesio, era simplemente demasiado antinatural. Tenía unos labios que seguramente inspirarían una oda pornográfica por parte de Iván – o por lo menos un par de comentarios de los que harían que Shakespeare se revolviese en su tumba – y parecía que esbozar una mínima sonrisa le suponía un esfuerzo sobrehumano. A parte de eso, puede que ni siquiera a mí mismo me disgustase la idea de abandonarme un rato con ella si tuviera ocasión hace un par de meses. Pero no ahora.
Me armé de valor, hice mi trabajo lo mejor que pude con mis dos compañeros sin llegar a descubrir del todo cuál de los dos me caía mejor y me largué al hotel en el que me esperaba mi hermana.
Laura estaba hablando con nuestros padres cuando me abrió la puerta. Les saludé a través del teléfono antes de que se despidiese de ellos y eché un vistazo rápido a la habitación que habíamos reservado por internet. No estaba mal, justo lo que queríamos para nuestros cinco días de “vacaciones”. Me descalcé, me dejé caer en cama y tras rodar un par de veces sobre el colchón, abrí los brazos para que Laura se tumbase a mi lado cuando colgó el teléfono.
-Te he echado de menos – le confesé arrimándola a mi costado y apoyando la mejilla sobre su coronilla – ¿qué has hecho en todo el día?
-Nada interesante. Dar un par de vueltas por el barrio y esperarte… – me confirmó arrancándome una sonrisa – ¿y tú?
-Yo he pasado el día acojonado, posando vestido como un puñetero british con un caballo y con una tía que resultó infinitamente más borde que el animal… – solté en un suspiro haciendo que mi hermana se riese incluso antes de que terminase de hablar.
El teléfono que Laura todavía tenía entre las manos comenzó a vibrar. Lo miró entre risas y leyó el mensaje que acababa de recibir sin borrar la sonrisa de su cara.
-¿Quién es? – le pregunté. No es que necesitase saberlo pero si lo sabía me sentiría mejor.
-Es Eva… – me contestó alegre. Qué amiga era de repente de esa Eva, ¿no? Bueno, cualquier cosa mejor que Nerea –… dice que te saque muchas fotos en Londres para enseñárselas después.
-¿Más fotos? He venido para hacer un catálogo… – me quejé.
Y oficialmente ya había cumplido con mi parte del contrato así que ahora la ciudad me importaba una mierda. Por mí podíamos pasar en aquella habitación cada minuto que nos quedaba antes de coger el avión de vuelta. Pero eso dejaría a Eva sin fotos, evidentemente. ¿Para qué quería esa loca fotos mías? ¡Lo que me faltaba ahora! Decidí que no quería saberlo mientras mi hermana contestaba al mensaje con una media sonrisa todavía en la cara. ¿Por qué le divertía todo aquello? A mí me ponía histérico que mis amigos la mirasen o la tuviesen en cuenta como alguien con quien tener algo.
-Dile que no tiene nada que hacer conmigo – le dije de golpe sin pensarlo demasiado.
Mi hermana me miró con curiosidad y siguió escribiendo tras sonreírme. Mi intento por hacerme con su atención había fracasado, ¡me cago en Eva! Suspiré y le quité el móvil repentinamente.
-¡Alejandro! – me gritó.
Me reí de su voz mientras apagaba el teléfono y me lo guardaba en el bolsillo. A veces todavía le sale esa nota chillona que tenía cuando sólo era una chiquilla.
-Te lo devolveré si le dices a esa Eva que sólo tengo ojos para ti – bromeé tranquilamente sujetándola por la cintura para que no se fuese de cama.
-Vale, se lo diré – aceptó un poco enfurruñada – ¡seguro que te hace mucha gracia que se lo diga!
Asentí mientras volvía a recostarla a mi lado y me acercaba para frotar mi cara con la suya. Me costó besarla debido a que exageró un poco la molestia que le había causado que le quitase el teléfono pero se rindió en cuestión de segundos. No hay lugar para los enfados cuando uno se encuentra un oasis en medio de un desierto. Y eso es lo que eran los cinco días que íbamos a estar allí; un oasis en el que podíamos ser eso que no nos dejaban ser en el desierto de nuestra vida cotidiana.
Sus labios sobre los míos, es todo cuanto necesito para olvidarme de que es mi hermana. A partir de ahí sólo es la adorable Laurita que hace que me pierda. Y lo hace tan bien que anhelo a todas horas poder estar con ella de la forma en la que estábamos en aquel momento, dejando que nuestras lenguas jugasen entre nuestros labios hasta el punto de entorpecernos la respiración, que mis manos recorriesen su espalda por debajo de la blusa que llevaba mientras la acercaban más a mí o simplemente acariciándola.
Desvié una mano para desabotonar la blusa que me impedía ver ese cuerpo que no había podido tener la noche anterior mientras ella elevaba ya mi camiseta para hacer que me desprendiese de ella. Obedecí y seguí con mi cometido, posicionándome sobre mi hermana para descubrir bajo mi torso desnudo el sujetador que tenía algo que yo quería y que precisamente por eso iba a emprender el mismo rumbo que esa blusa que ya estaba volando hacia el suelo. La miré antes de inclinarme de nuevo sobre ella y besar su yugular para subir hasta el lóbulo de su oreja mientras una de mis manos se colaba por debajo de su cuerpo para desabrochar esa prenda que se interponía entre nuestros pechos.
El brazo en el que me apoyaba se tambaleó ligeramente cuando descubrí que no era el único que colaba mi mano en algún sitio, pues las de Laura desabrochaban con sutileza mi cinturón para seguir con el pantalón mientras yo tanteaba ese cierre que se me estaba resistiendo más de lo normal gracias a que una de sus manos se deslizaba ya a ras de mi miembro mientras la otra bajaba mi cremallera tras dar rápidamente cuenta del botón y facilitando así el placentero movimiento que realizaba con la primera.
Exhalé nervioso cuando el sujetador cedió por fin y la besé profundamente mientras mi mano buscaba ahora uno de sus pechos bajo la prenda que ya no ejercía la más mínima presión pero que sin embargo no terminé de quitar. No pude, estaba completamente embotado en lo que las manos de Laura me hacían allí donde las ganas de tenerla se reflejaban más que ninguna otra cosa. Sus manos, resbalando acompasadamente de arriba abajo, acompañadas por el suave movimiento de sus muñecas, tal y como yo le había recordado en un par de ocasiones sin saber que proporcionarle esa información se volvería en mi contra, porque lo que en otras manos era técnica, en las suyas era un pase para mirar al placer a la cara. Y resulta difícil renunciar a algo así cuando uno lo tiene pero de momento tenía que hacerlo. Tenía que evitar que siguiera haciendo eso durante mucho más tiempo o yo iba a terminar antes de empezar.
Arrastré mis labios sobre su clavícula y me desplacé hacia abajo para que mi entrepierna no estuviese “peligrosamente” a merced de sus manos. Terminé de retirar el dichoso sujetador y me incliné nuevamente para besar su pecho antes de atrapar cuidadosamente uno de sus pezones entre mis dientes para dejar que mi lengua lo recorriese. Pude escuchar cómo sus pulmones reclamaban el aire a través de su boca en aquel momento y la piel se me erizó cuando una de sus manos se posó sobre mi nuca mientras la otra se perdía entre las sábanas.
Desabroché con cuidado su ceñido pantalón permitiendo que mi boca se entretuviese un poco más con esos pezones que afloraban reclamando toda mi atención y que no tuve más remedio que abandonar cuando me resultó imposible hacer que sus pantalones fuesen más allá de sus muslos de aquella manera. Me incorporé para retirárselos y la miré después de lanzar la prenda a un lado. Sólo un paso más y la tendría desnuda. Ideé unas mil formas de quitar esas braguitas que parecían mirarme, mil formas de deleitarme con el inmenso y excitante placer de culminar mi primer cometido y dar paso al segundo; entretenerme en su cuerpo. Finalmente me decanté por aventurarme y decidir sobre la marcha. Demasiado tiempo sin aquello como para pensar con claridad.
¡Pero ahí estaba! Tumbada en cama para mí -para quien nunca debería haber sido, en realidad -. Sus rodillas se cerraron cuando adelanté una mano para desnudarla y en un primer momento me sorprendí ante la posibilidad de que algo la hubiese hecho cambiar de opinión aquella noche. Pero luego escuché su risa juguetona, le sonreí sin decir una sola palabra y volví a abrir esas piernas sin encontrar resistencia alguna. Me apoyé sobre un brazo que coloqué al lado de su cintura y con la otra mano acaricié su sexo por encima del fino retal que lo cubría desde una ingle hasta la otra, disfrutando más de contemplar su cara que de lo que estaba haciendo, todo era demasiado bueno. Deslicé mi mano hacia abajo, separé los muslos que ella había entrecerrado de nuevo y separando con el índice la tela de su prenda, llevé aquel dedo entre el interior de sus braguitas y su cuerpo, rozando esa húmeda cavidad por la que en aquel momento latía todo el deseo que jamás he sido capaz de condensar. A punto estuve de simplemente apartar a un lado la prenda que ahora se me antojaba ridículamente molesta y proseguir con lo que quería hacer pero como era algo que tarde o temprano tendría que abordar, tiré del trozo de tela que tenía entre mis dedos, haciendo que se despidiese del cuerpo de Laura sin problemas en cuanto ella elevó ligeramente su pelvis. Y en cuestión de un par de segundos yo estaba de vuelta entre aquellas piernas que mi hermana flexionaba a ambos lados de mi cabeza, respirando entrecortadamente al sentir cómo mi lengua acariciaba con mesurada necesidad cada detalle de la anatomía de aquel lugar al que me moría por entrar de nuevo a pesar de que hace tan sólo un par de meses tenía clarísimo que nunca, bajo ningún concepto, haría lo que estaba haciendo.
¡A la mierda lo que pensaba hace un par de meses! Los gemidos de Laura, la forma en la que sus caderas se retractaban por acto reflejo cada vez que mis dedos comenzaban su periplo hacia el interior de su cuerpo mientras mi boca agasajaba ese abanico de pliegues que me volvía loco o simplemente su respiración agitada, un beso… cualquiera de esas cosas era infinitamente mejor que una moral intachable. Prefiero tragarme las normas -aunque sea de manera furtiva- que vivir constreñido y amargado.
Continué hasta que la mano de mi hermana se cerró sobre mi pelo, tirándome levemente de él mientras sus muslos rozaron mis sienes y su atolondrada respiración se transformaba en esos desesperados sonidos que todavía intentaba reprimir. Me encanta que haga todo eso, sé exactamente qué viene después pero en esa ocasión no quise dejarla alcanzar el orgasmo de aquella manera. Estaba demasiado excitado y verla así me incitaba todavía más, no había garantías de que no me arrastrase con ella cuando sus piernas cercasen mi cara con más fuerza o cuando su cadera adquiriese ese ángulo que presagiaba lo inevitable cuando su espalda ya era incapaz de arquearse más… ¡Oh, Dios! Lo cierto es que el solo hecho de reconstruir todo eso en mi cabeza ya me produce una inminente necesidad de elevarme de nuevo y enterrarme en esa calidez que ahora disfrutaban mi lengua y mis dedos.
Le estampé un beso debajo del ombligo y me levanté con cierta torpeza para quitarme los pantalones a un lado de cama. Me despojé de todo lo que me cubría lo más apresuradamente que pude y cuando estaba a punto lanzarme de nuevo sobre mi hermana me paré en seco al borde de cama.
Me quedé de piedra cuando distinguí sus nalgas apuntándome en la semioscuridad. Creí que los ojos me engañaban pero no lo hacían, mi hermana me esperaba de rodillas y con las manos apoyadas sobre la cama.
<<¡Hostia!>> pensé al darme cuenta de lo que quería. Yo no estaba preparado para aquello, lo había hecho en otras ocasiones con tías de las que ya ni me acuerdo. Pero es que eso era empeorar lo que ya de por sí estaba mal. Era como delinquir, había infinitas formas de hacerlo y El Padrino, por ejemplo, lo hacía tan bien y de una manera tan elegante que a nadie se le ocurriría mirarle con los mismos ojos inquisidores que se le ponen a un drogata que ha robado un cartón de vino en un supermercado porque está desesperado por un trago. No sé si acuñarle a mi reacción ese famoso término: “cuestión de principios”, pero el caso es que “cabalgarla” no entraba dentro de mis planes.
-¿Alejandro? ¿No quieres hacerlo así? Siempre lo hacemos de la misma manera…
<> Pero una cosa era pensarlo y otra muy distinta era decírselo después de que me lo hubiese preguntado con una inocente inseguridad que me obligaba callarme por miedo a disgustarla. Así que con la vista todavía clavada en esa nueva perspectiva de sí misma que me estaba mostrando, tragué saliva y apoyé una pionera rodilla sobre la cama para volver a ella. Me coloqué en su retaguardia y acaricié su espalda, cavilando todavía acerca de cómo iba a llevar a cabo aquello que había hecho tantas veces. Su cintura me despertó cierta ternura, se veía incluso más frágil desde allí pero su pose se me tornó enseguida demasiado sugerente cuando mis manos se pararon a la altura de sus riñones.
Contuve un suspiro cuando pensé que era toda una mujer, con todas sus consecuencias – incluida la de que en cierto momento decidiese que quería experimentar algo nuevo -. Sopesé mi situación de nuevo y sin plantearme siquiera la posibilidad de denegar su petición coloqué una mano en la parte interior de uno de sus muslos, invitándola a ensanchar sus piernas un poco más antes de inclinarme sobre ella y besar la parte de su columna que discurría entre sus omóplatos. Se acomodó siguiendo ceremoniosamente mis instrucciones y puso a mi completa disposición mi objetivo prioritario. Mis dedos volvieron a perderse entre la tentadora humedad que encontraron mientras dejaba que mis labios se dirigiesen hacia su cuello, como si darle besos constantemente redimiese parte de la culpa que inevitablemente caería sobre mí cuando se lo hiciese de aquella forma, concediéndole el capricho de permanecer en una postura que no estaba hecha para ella en lugar de imponerme y pedirle que dejase esas cosas para otro tipo de tías.
Quizás Iván tuviese algo de razón y debería mirarme esa fijación que tengo con mi hermana, ¿hasta cuándo la voy a ver como si necesitase constantemente mi protección? ¿O cuándo las cosas iban a parecerme lo suficientemente buenas para ella? Da igual, aquel no era momento para cábalas por mucho que me sedujese la idea de debatirme seriamente entre si debía o no debía hacérselo de aquella forma. Lo iba a hacer, en el fondo estaba frustrado porque sabía que no podría decirle que no en cuanto me lo propuso, por eso me torturaba mientras hacía con mi mano lo que quería hacer con la erección que me pedía a gritos entrar en escena.
Ella volvió su cara, distinguí su rostro mirándome bajo la poca luz de la habitación mientras seguramente se preguntaba qué coño estaba haciendo allí, besándola una y otra vez en el mismo sitio mientras mi mano se movía sin intención de dar paso a nada más. Pero si lo pensó no dijo nada. Y para no darle la oportunidad de que lo acabase diciendo me adelanté para besarla.
Craso error por mi parte. La lengua de Laura entró en mi boca ávidamente, entrelazándose vertiginosamente con la mía, pidiéndole más. Quise dárselo, quise corresponder ese beso con la misma intensidad y al hacerlo, la parte baja de mis caderas descansó sobre sobre toda el ardor que discurría entre el comienzo de sus muslos completamente abiertos para mí. Un recibimiento demasiado cordial que hizo que mi cabeza se rindiese. Retiré la mano para apoyarme cerca de su costillar y la busqué con mis caderas para penetrarla sin separarme ni un solo centímetro de ella, sin dejar que su espalda se separase de mi pecho y dejando que aquel beso que me había arrastrado allí se interrumpiese sólo para que ambos jadeásemos extasiados durante un instante en el preciso momento en que entré hasta el final para comenzar a moverme lentamente tras un par de segundos.
¡Soy gilipollas! Lo soy porque siempre que me propongo no caer, termino cayendo. Y casi siempre a lo grande, tal y como acababa de hacerlo. Difícilmente podré olvidarme de la manera en la que el cuerpo de Laura me acogió, otra “primera vez” casi mejor que la primera. Me aferré a su cintura con un brazo, mientras una de mis manos rodeaba uno de sus pechos sin saber muy bien qué hacer con él, solamente el hecho de sujetarlo para hacerlo inmune a la oscilación que le causaban mis propios movimiento me resultaba deliciosamente envolvente.
Su espalda se inclinó hacia delante facilitando todavía más mi penetración a la vez que su lengua regresaba a la mía. Sujeté con fuerza sus caderas intentando refrenar el ritmo que mi cuerpo imprimía por voluntad propia. Me hubiese gustado pedirle que no se inclinase tanto para que mi pobre voluntad no me traicionase pero de allí a un par de minutos, y desatendiendo las súplicas de mi cabeza, ocurrió justo lo contrario. Laura se apoyó sobre uno de sus codos descendiendo todavía más y permitiéndome llegar tan adentro que creí que terminaba en aquel mismo momento. Tuve que parar para evitarlo. Dejé de moverme al tiempo que el frenético beso que acallaba nuestros suspiros me obligaba a dejarme llevar hacia abajo con ella mientras nuestras caderas quedaban aún en lo alto. Una de sus manos se posó torpemente sobre mi cara justo antes de que nuestros labios se permitiesen un descanso y sin que su cara distase apenas unos milímetros de la mía, la voz de mi hermana me susurró lo más excitante y sugerente que me han dicho nunca;
-Alejandro, me encanta…
Tan simple como efectivo. Una sencilla frase pronunciada entre el ajetreo de su respiración, entonada expresamente para hacerme perder el norte y arrancarme un débil y quejumbroso sonido mientras mi cuerpo era víctima de un extraño y placentero estremecimiento.
<> Pensé antes de derrumbarme y dejar que mi cabeza se perdiese en su cuello mientras comenzaba de nuevo a moverme dentro de ella. Lentamente, pero sin renunciar a la profundidad que me ofrecía la postura que manteníamos.
Procuraba moverme despacio, controlándome para no encontrarme embistiéndola de repente, como casi siempre me ocurre. Pero cada uno de mis sucesivos retrocesos y avances me pedía que hiciese exactamente lo contrario. Me concentré, la miré mientras trataba de seguir aquel ritmo, pero no servía de mucho. Ver cómo ella avanzaba y retrocedía conmigo, debajo de mi cuerpo, anulaba cualquier empeño por sosegar el compás que quería marcar. Era completamente inútil y antes de que pudiese darme cuenta nuestros gemidos ya no merecían llamarse así, el tono con el que los emitíamos sobrepasaba la definición de la propia palabra. Eso era sólo el principio, la intensidad de nuestros sonidos siempre iba ligada al ajetreo de nuestros cuerpos y de nuevo me encontré necesitando moderar el ritmo para alargarlo un poco más.
Suele funcionar, pero no esta vez. No cuando Laura se empeña sin saberlo en adelantar lo inevitable. En esta ocasión, en concreto, comenzando a mover sus caderas dejando que se encontrasen con las mías antes de lo previsto y haciendo que tuviese que besarla para que mi propia voz no se me fuese otra vez de las manos. Difícil cometido teniendo en cuenta que su cuerpo moviéndose frenéticamente con el mío y dejando que mi sexo hiciese calado cada vez a mayor profundidad dentro del suyo, es con diferencia la mayor tentación a la que he sucumbido.
-Alejandro… voy a llegar… – anunció de esa manera que me seducía con inigualable eficiencia para que yo hiciese lo mismo.
Su cara se alejó relativamente de la mía para ser abandonada sobre el colchón, dejándome escuchar desde allí esos acordes de su voz que reflejaban lo que me había dicho y que implicaban una invitación que yo no necesitaba. A mí me bastaba con verla de aquella manera, me sobraba con arrimarme a su cara y dejar que su ahogado y cálido aliento me tocase para estar perdido de nuevo. Por eso lo hice, por eso yo también dejé que mi cara descansase sobre la de mi hermana para que nuestras bocas respirasen torpemente y para que mis brazos la rodeasen sin ni siquiera consultármelo previamente, presagiando con todo ello el final que todo aquello en conjunto iba a provocarnos.
Apenas tuve que hacer nada más. Mantener el recio ritmo de mis empujones y disfrutar, disfrutar infinitamente de la forma en la que sus espasmos precipitaron los míos entre gritos ahogados y manos que apretaban con fuerza las sábanas como si fueran el incontrolable deseo que nos había elevado a lo más alto y quisiéramos cogerlo para que aquello no acabase nunca. Entonces, en medio de todo ese caos en el que siempre me sumían los bucólicos orgasmos que sólo Laura había sido capaz de concederme, los empujones se produjeron con una frecuencia mucho menor, como si ya no me quedasen fuerzas para ir más rápido y en lugar de ello me viese obligado a llegar lo más adentro posible mientras la tensión que me producía la necesidad de satisfacerla a ella se diluía poco a poco en la calma y el relax más absoluto y todo regresaba lentamente a su lugar.
Cuando abrí mis ojos no pude encontrar los suyos, luego me percaté de que aún estaban cerrados mientras su profunda respiración la obligaba todavía a suspirar de vez en cuando. Me asusté un poco cuando reparé en sus brazos, doblados y recogidos bajo su pecho como si me escondiese algo que no quería darme.
-Laurita, cariño, ¿estás bien? – me aventuré a preguntar temiendo una respuesta negativa.
Suspiró un par de veces y elevó su cara hacia mí.
-Quiero que me lo hagas siempre así, Alejandro… – me contestó aturdida.
Dejé caer mi cabeza en la base de su cuello al escuchar su respuesta y suspiré yo también al pensar en la caja de Pandora que acababa de abrir sin quererlo. <> pensé. Aunque ahora ya no me importaba tanto. Después de todo, si ella lo iba a hacer, mejor que lo hiciera conmigo.
-Ya veremos, Laurita… ya veremos… – respondí apartando su pelo para besarle la cara.
-¿Por qué? ¿No te ha gustado?
Me reí de esa inocencia con la que me lo preguntó, ¡como si no supiese a ciencia cierta la respuesta!
-Sabes que sí – le confirmé tras darle un último beso e incorporándome a duras penas, venciendo el entumecimiento de mis piernas que me hizo tambalearme un par de veces antes de separarme de ella.
Abrí la cama apartando las sábanas a un lado y me dejé caer con los brazos abiertos para que Laura se arrimase a mí como cada vez que podíamos dormir juntos. No tardó ni un par de segundos en acudir a mi lado.
-¿Entonces? – inquirió curiosa mientras yo me ocupaba de que las sábanas nos cubriesen a los dos.
-No sé… tampoco quiero que te aburras… – fue lo mejor que se me ocurrió aunque mi voz vaciló al darle la respuesta.
Escuché su risa sobre mi pecho a la vez que me acomodaba rodeándola con un brazo.
-Bueno, pues lo haremos así hasta que me aburra.
Sonreí en la oscuridad, ¿por qué lo hacía? ¿Qué coño me hacía gracia? Me estaba pidiendo que repitiésemos hasta la saciedad eso que tan “ignominioso” me parecía para ella antes de hacerlo. Lo pensé durante un par de minutos y al final determiné que tampoco era tan malo. Conmigo se puede poner como quiera, yo no me la voy a tirar y ya está. Y si quiere repetir, se lo repetiré hasta que se aburra, como acababa de pedirme. Total, nadie podía enterarse aunque le recitase a Bécquer mientras lo hacíamos, ¿qué más me daba?
-Como quieras… ¿qué te parece si mañana te invito a comer al lado del Támesis? – Le propuse tratando de esquivar el tema.
No me apetecía entretenerme demasiado pensando en ello, nunca saco nada en limpio y me resultaba demasiado complicado para aquel momento en el que sólo quería dormirme. Es mi especialidad, cuando algo me sobrepasa, lo dejo para otro momento con la esperanza de que nunca llegue.
Al día siguiente comimos al lado del Támesis tal y como le había prometido, pero lo vimos desde la ventana del restaurante porque Londres tuvo la gentileza de enseñarnos su cara más conocida; ésa en la que llueve durante todo el maldito día. En realidad sólo dejó de llover durante algunas horas en los cinco días que estuvimos allí pero a mí me resultaba indiferente. El tiempo voló -como casi siempre ocurre cuando no quieres volver de un lugar- y el temido último día dejó paso a la última noche con una facilidad increíble. Fue la única vez que no quise que llegase el momento de irnos al hotel. Eso significaba que al día siguiente no podríamos levantarnos tarde para salir a ver nada porque tendríamos que levantarnos temprano para coger ese avión que, si por mí fuese, podía estrellarse antes de devolvernos a Madrid, donde no podíamos besarnos en público o ni siquiera cogernos de la mano. Aún con esa puñetera lluvia, Londres se me antojaba perfecto.
Volvimos a nuestra habitación tras cargarnos de souvenirs para todo conocido al que le teníamos un mínimo afecto y con algo de ropa que nos habíamos comprado. Siempre recordaré nuestro último día en Londres como el primer día que le compré lencería a mi hermana. Y no fue idea mía, ella me lo pidió. Se paró frente a un conjunto de ropa de cama demasiado sugerente y me dijo que siempre había querido uno. Me reí hasta la saciedad, creí que me tomaba el pelo, pero me juró que era totalmente cierto y terminé por decirle que se lo llevase. No podía creérmelo pero estaba ilusionadísima con el maldito conjunto y corrió contentísima a probárselo en cuanto cerramos la puerta de la habitación. Sólo espero que si mis padres se lo ven y preguntan algo al respecto no les diga que se lo he comprado yo. No podría alegar nada convincente con lo que salir bien parado, yo siempre le compraba ropa normal o cualquier otra cosa que quisiese, pero nunca lencería fina. Eso jamás se me había pasado por la cabeza.
Me senté en el sillón de la habitación mientras la esperaba y encendí la lámpara de pie que había al lado. Miré la ciudad a través de la ventana, pensando en que por mucho que le doliese a mi madre, aceptaría cualquier cosa que me ofreciesen lejos de Madrid y que me diese la oportunidad de llevarme a Laura unos días. No quería volver, me angustiaba tener que regresar a la realidad.
-¡Alejandro, mira! – la voz de Laura me hizo apartar la vista de la ventana.
Le quedaba de maravilla. Esa especie de camisón transparente que no le cubría apenas las braguitas a juego -y que seguramente tenga un nombre que me es desconocido- parecía hecho para ella. Sonreí un poco, todavía apesarado por el inminente regreso. Se acercó despacio hasta ponerse delante de mí y me miró fijamente apoyando las manos sobre sus caderas.
-¿Y bien? – me preguntó mientras yo reparaba en el fino encaje con el que el conjunto enmarcaba su escote.
-Estás preciosa – y aunque no lo estuviese se lo hubiera dicho igual.
Levanté los ojos y la descubrí mirándome con curiosidad. Ojalá pudiésemos quedarnos en Londres.
-Creí que te mostrarías más efusivo…
Me reí un poco.
-¿Por eso lo querías? – le pregunté con cierta incredulidad. Lo del conjunto me había tenido desconcertado desde que lo habíamos pagado.
-No, siempre quise uno. Pero pensé que te gustaría más…
-¡Bah! Quítatelo, lo devolveremos mañana antes de irnos, lo cierto es que no te pega nada… – bromeé con un gesto de indiferencia en la cara.
-¡Y una mierda! Si no sabes apreciarlo ya encontraré a alguien que sí sepa.
Estaba bromeando, se le notaba a leguas, pero aprendía rápido. Si me lo hubiese dicho en serio preferiría que me diese una patada en la boca antes de que se pusiese eso delante de nadie más.
-Anda, ven. Dame un beso – le pedí abriendo mis brazos.
De todas las formas posibles que tenía para hacer lo que le pedí escogió precisamente sentarse a horcajadas sobre mis piernas. Y mentiría si dijese que no fue de mi agrado, pero me esperaba un beso normal, nada más. Todavía me aterraba demasiado la idea de volver a Madrid como para pensar que fuese a hacer algo así. Me sonrió levemente antes de besarme con demasiada dedicación al tiempo que envolvía mi cuello con sus manos. Mi cuerpo enteró respondió a ese beso y al abrazarla me encontré con la etiqueta del conjunto que todavía colgaba en la parte de atrás del mismo. La arranqué con cuidado, el conjunto era suyo, le iba a durar muy poco puesto pero se lo quedaba, de eso no cabía duda.
-La has cagado, ya no se puede devolver – me dijo entre risas interrumpiendo el beso que ya había despertado una ligera protuberancia en mi entrepierna.
<> pensé. Pero no dije ni una sola palabra, sólo volví a besarla y a abrazarla más fuerte. Joder, la “última noche” ya había llegado. Mataría por una sucesión infinita de “últimas noches”.
 
Las manos de Laura abandonaron mi cuello para bajar hasta el botón de mis pantalones y cuando tenía mi sexo entre sus manos, acariciándolo suavemente, dejó de besarme para escurrirse y quedarse de rodillas entre mis piernas. Dejé caer mi cabeza hacia atrás hasta que el respaldo del sillón la sujetó y cerré los ojos dejándome llevar por lo que me iba a hacer antes de que su lengua comenzase a recorrerme desde la base hasta el extremo, entreteniéndose un ratito allí para volver a hacer lo mismo un par de veces más antes de que sus labios coronasen de nuevo el extremo y se abriesen lo justo para acogerme mientras resbalaban hacia abajo.
Inspiré aire profundamente y lo retuve unos segundos para soltarlo de golpe antes de erguir mi cabeza de nuevo y soltarle algo que se me ocurrió en aquel momento. No suelo hacerlo, cuando mi hermana se entretiene de esa manera lo último que se me ocurre es molestarla, pero es que me pareció una idea tan brillante que no lo pude resistir.
-¿Por qué no nos venimos a estudiar aquí el año que viene?
Laura apartó su boca del cometido que la mantenía ocupada para reírse estrepitosamente. Casi me sentí ofendido con su reacción y lo supo, porque su risa se apagó hasta que solamente me dedicaba una mirada que me analizaba como si tuviese un tercer ojo en la frente.
-¿Qué? Estudiar en el extranjero sería la guinda para tu currículum y arreglaría un poco el mío… – le insistí con un argumento que escondía lo que yo perseguía realmente – el inglés es básico hoy en día…
-Ya, y Papá y Mamá nos dejan venir y vivimos juntos y felices hasta que terminemos de estudiar, ¿no?
¡Mierda! Demasiado obvio para ella pero, ¿qué tenía de malo? Era mucho mejor que quedarse en Madrid y tener que esperar a que estuviésemos solos en casa, o peor todavía, esperar a que me saliese algún trabajo fuera y aguantar las broncas de nuestra madre antes de poder llevármela unos días.
-Bueno, igual no les hace mucha gracia, pero se lo diré yo. Les diré que quiero venirme aquí y cuando lo digieran un poco les diré que tú también vienes. Seguro que hasta se quedan más tranquilos si “Laura la responsable” le echa un ojo a “Alejandro el atolondrado”…
-¿Me lo estás diciendo en serio? – me preguntó estupefacta.
Asentí sin dudarlo. Mis padres probablemente terminarían entrando por el aro. Papá también había terminado la carrera fuera y yo me ocuparía de dejar bien claro que mi decisión se debía únicamente al bien de mi formación académica. Con un poco de tacto incluso puede que llegase a encantarles que por fin mostrase más interés en los estudios que en el trabajo que me había salido por pura casualidad y al que tampoco pensaba renunciar del todo. Siempre nos vendrían bien unos ingresos extra, tanto en Madrid como en Londres.
-¿Pero tú te das cuenta de lo que estás diciendo? ¿Y después qué? Cuando volvamos a casa después de haber estado tanto tiempo viviendo solos será todavía peor.
Suspiré. ¿Por qué tenía qué reparar en esas cosas? Ya pensaríamos algo, eso quedaba muy lejos todavía.
-Si estudiamos aquí, probablemente encontremos algo aquí cuando terminemos… – alegué improvisando lo mejor que pude.
La cara de mi hermana me mostró todavía más sorpresa. Seguramente pensaba que me había drogado mientras estaba en el baño cambiándose de ropa.
-Alejandro, ¿me lo estás diciendo en serio? ¿Me estás pidiendo que nos vayamos de casa indefinidamente sólo porque así podremos estar juntos cuando nos dé la gana? ¿Y cómo acaba tu magnífico plan?
Me encogí de hombros sin saber qué decir, ¡y yo qué sé cómo coño terminaría mi magnífico plan! ¿Acaso podía decirme ella cómo terminaría toda esa mierda del calentamiento global, por ejemplo? Eso tampoco lo sabía nadie y la gente se empeñaba de repente en ser súper ecologista… ¡Menuda pregunta!
-Supongo que mejor que andar escondiéndonos por Madrid. Estoy harto de pensar que todo el mundo sospecha algo… -reflexioné en voz alta.
-No me refiero a eso, me refiero a que si no quieres una vida normal -. Me quedé paralizado, lo de “vida normal” me atravesó como un puñal – algún día querrás casarte y tener tu propia familia, ¿no? ¿Qué voy a pintar yo ahí?
¿Casarme yo? ¿Tener hijos? ¡¿Pero qué narices me estaba diciendo?! ¡Yo no quería nada de eso! Pero quizás el problema no era que yo lo quisiese. Mejor dicho, estaba claro que ése no era el problema. El problema era si ella lo quería. Si le preocupaba que yo lo quisiera, seguramente era porque ella lo quería. Y en ese caso, era yo el que tenía que hacerme esa última pregunta; “¿qué cojones iba a pintar yo cuando ella tuviese lo que había mencionado?” Ni siquiera me concedí el dudoso honor de pensarlo. Me levanté sin saber qué hacer y caminé hacia el baño. Era lo más cercano a estar solo que podía obtener sin salir de la habitación.
-¿A dónde vas?
¿Ahora le preocupaba a dónde iba? Pues bien, me hubiera encantado decirle que me iba a tomar por culo. Justo lo que ella acababa de pedirme, ¡que me fuese a tomar por culo!
-Necesito una ducha -. Contesté sintiéndome un gilipollas sin precedentes.
Cerré la puerta del baño y abrí el agua caliente. Me quité la ropa y me metí en la ducha como si ponerme bajo el agua fuese a darme licencia para pensar con claridad pero me resultó imposible, mi mente estaba completamente aturdida. Laura no acababa de decirme que quisiera terminar con aquello pero me había dejado clarísimo que terminaría algún día. ¿Y qué haría yo entonces? ¿Quedar con mi cuñado para ir a jugar al golf? ¡Mierda! ¡Estaba bien jodido!
Decidí que me largaba de Madrid, con ella o sin ella. ¿Para qué quedarme a su lado? ¿Para hacerle compañía hasta que encontrase a alguien? Por ella me tragaría mi orgullo con sumo gusto y me quedaría, pero no era por eso por lo que no quería hacerlo, sino por el momento en el que llegase ese otro que le daría una puta “vida normal”.
-Alejandro, ¿te pasa algo?
Ni siquiera me había enterado de que mi hermana se había asomado a la puerta hasta que escuché su pregunta. <<¡Tiene narices que me preguntes si me pasa algo!>>
-No, ya he terminado – le contesté tras respirar profundamente un par de veces para tranquilizarme.
Alcancé una toalla y me la enrosqué alrededor de mis caderas antes de salir. Mi respuesta estaba lejos de contentarla, era evidente que me pasaba algo y ella quería saberlo.
-Mira, yo me largo de Madrid el año que viene. Paso de quedarme allí.
Me negué a creer que de verdad no se esperase mi respuesta pero todo parecía indicarlo porque se quedó muda y sentí sus ojos clavados en mi espalda mientras abandonaba el baño para dirigirme de nuevo al dormitorio.
No sabía qué hacer. Caminé hasta la ventana por inercia y mantuve la vista en algún punto del horizonte mientras pensaba en lo que acababa de hacer y en lo que iba a hacer a partir de ahora. Aunque me fuese al año siguiente, todavía tenía un año por delante.
-Si te vas, yo voy contigo.
Cerré los párpados al escuchar la voz de mi hermana a un par de metros de mi espalda y ni siquiera me di la vuelta para contestarle.
-No hace falta que vengas. No te estaba pidiendo nada, Laura.
-¡¿Qué?! ¿Te vas y me dejas allí? ¿Ahora me estás diciendo eso? – su voz tembló ligeramente antes de terminar la última pregunta.
Me dolió que fuese por mi culpa pero yo no era el que tenía un futuro milimétricamente planeado en el que no había lugar para aquello que estábamos haciendo.
-Digo que tienes razón. No vas a tener una vida normal, nada de esto es normal, ¿para qué engañarnos? – Me di la vuelta y la encontré mirándome como si mis palabras le sonasen a chino – ¿qué? Quédate en Madrid y ten una vida normal, me parece perfecto pero yo no quiero ver cómo lo haces.
-¡Imbécil! ¡Eso lo decía por ti, no por mí! – me gritó antes de sentarse en cama y esconder su cara entre sus manos.
Estaba llorando pero no me permití la debilidad de consolarla por mucho que necesitase hacerlo.
-Ya, pero yo no quiero nada de eso. Y si tú lo querías no sé por qué coño te empeñaste en empezar todo esto aquella noche. Yo lo tenía todo muy claro, te quería pero no podía tenerte, ¡era muy simple!
Era incluso cómodo, no tenía que preocuparme por nada. Ella no era para mí y punto. Así que se suponía que no tenía que pasar por nada de esto, no tenía que torturarme por el hecho de que fuese a hacer su vida sin mí porque eso era lo que tenía que pasar.
-Yo tampoco quiero nada de eso… – me susurró entre sollozos. No supe lo que quería decir, ¿entonces qué hostias quería? Empezaba a barajar la idea de irme de Madrid incluso antes de que terminase el curso.
-Si no quieres eso, ¿qué quieres? – le pregunté rindiéndome.
-Nada… sólo estar contigo… pero tú no vas a estar siempre. No vas a dejar que tu vida pase de largo, algún día querrás retomarla…
En aquel momento todo el peso que pendía sobre mí me aplastó de golpe. Lo decía en serio y sus lágrimas me sentaban ahora como un puñetazo en el estómago. Me acerqué a ella y me senté a su lado para abrazarla.
-Laurita, por Dios. Si te quiero como para pasar por alto que somos hermanos, ¿cómo no voy a estar siempre? – Le susurré – me importan una mierda las vidas normales, están llenas de restricciones. No podría comprarte conjuntos como éste si fuese un hermano normal.
Ella se rió todavía entre lágrimas y me abrazó.
-Sí que lo quería para ti – me dijo en un tono de absurda confesión – ¡en la puñetera vida me había fijado en uno de éstos! Pero Nerea tiene uno, se lo compró para un tío con el que estuvo y se me ocurrió que yo también podía…
Mis carcajadas ahogaron sus palabras y le besé la frente sin poder parar de reír.
-¡Nerea es gilipollas perdida! – exclamé con toda la sinceridad que me salió del alma.
Laura se secó las lágrimas con su mano y me miró. Sus ojos enrojecidos hicieron que me sintiese el cretino más grande del universo pero cuando me besó tan suavemente que hizo que me estremeciese, simplemente me sentí el cretino con más suerte del universo. Escondió su cabeza bajo mi cara tras morderme juguetonamente el labio inferior y se dejó caer en cama tras besarme el cuello.
-¿Sigue en pie lo de venir a estudiar aquí? – me preguntó casi en un susurro.
Me incliné sobre ella pasando uno de mis brazos alrededor de su cintura tras acariciar con cuidado el encaje que descansaba sobre su pecho y dejé que mi frente descendiese hasta tocar la suya.

-Sigue en pie lo que tú quieras – le contesté lentamente mientras la miraba -. Pero al primero que te venga con chorradas de una vida normal le parto la cara, ¿entendido? – concluí haciendo que se riese mientras me asentía.