verano inolvidable2
Antes de contaros como terminé entre las piernas de mi cuñada, debo empezar por cómo llegó a mi vida esa mujer:
Sin títuloNací en una familia de clase media madrileña, normal y corriente, de esas que, aunque vivían bien, al llegar a fin de mes sufrían estrecheces. Nada importante pero mis padres no pudieron darnos ningún lujo ni a mí ni a mi hermano.   Todo el dinero sobrante lo dedicaron a nuestra educación, de forma que cuando murieron no dejaron dinero pero si nos legaron una formación de primer nivel.
Yo era el hermano mayor porque nací quince minutos antes que Alberto y aunque no éramos gemelos sino mellizos, nuestro parecido era notable. Ambos fuimos buenos estudiantes y acabamos con nota dos carreras pero ahí terminan nuestras semejanzas, ya que por azares de la vida tomamos caminos muy diferentes. Mientras yo me enfrascaba en conseguir una futuro profesional que me reportara dinero, mi hermanito como tenía grandes ideales se fue a Asia a trabajar con una ONG. Siempre me había parecido que perdía el tiempo pero como estaba tan involucrado con su labor humanitaria y rara vez venía a España, tuve pocas oportunidades de comentárselo.
Creo que en los últimos diez años, le había visto únicamente tres veces y por eso, aunque le adoraba, mi hermano era un auténtico desconocido. Solo sabía que vivía en Samoya, un pequeño país del sudeste asiático, donde le consideraban un santo  y poca cosa más. Ni siquiera me enteré cuando se casó y todavía no se lo perdono. Le importaban más esa pobre gente que su familia.
Siempre pensé que cambiaría y que algún día volvería a Madrid y trabajaría por su futuro pero el destino quiso que no fuera así: Una mañana recibí una llamada de la embajada de ese país donde me informaron de su muerte hablando de la irreparable pérdida que había sufrido el pueblo samoyano. Tardé en asimilar lo que me decían y cuando reparé que ese cretino estaba hablando de Alberto, me encabroné:
“Soy yo quien ha perdido a mi único hermano” pensé maldiciendo no solo a la ONG sino a todo lo que me sonara a oriental.
Mientras mi corazón se rompía en mil pedazos, el burócrata  siguió con su perorata, narrando las virtudes del fallecido para terminar diciendo que el gobierno le había concedido una condecoración póstuma y que querían que yo la recogiese en su nombre. Por lo visto habían previsto un funeral en su honor donde iría hasta el presidente de ese remoto país y habían reservado un vuelo a mi nombre que saldría al día siguiente.
Aunque por mis poros exudaba odio por todo lo samoyano, comprendí que él había dado su vida por ese pueblo y por eso no pude negarme a honrar su memoria. Nada más colgar, fui a ver a mi socio y tras explicarle lo sucedido, le dije que iba a ausentarme durante una semana.
-Manuel, no jodas. Tómate el tiempo que necesites –
Después de agradecerle su comprensión, invertí el resto de la jornada en cerrar asuntos y en ocuparme de que los que siguieran abiertos, alguien los tomara a su cargo, sin saber que, una semana después al volver a España, nada volvería a ser igual. Triste y sin ganas, llegué esa noche a mi casa. Afortunadamente era soltero y por eso no tuve que aguantar que nadie que intentara compartir mi luto. Cabreado con Dios, con los ángeles y con cualquier ser celestial, cené y me fui a la cama. Como imaginareis, dormí fatal. Me reconcomía el no haber hecho más por ver a Alberto y sabiéndome soló en el mundo, lloré mis penas.
Al llegar al aeropuerto, me esperaban un puto amarillo y una zorra de su mismo color que, al verme, dieron grandes y ostentosas muestras de dolor. Reconozco que no les hice ni puñetero caso pero ni siquiera se enfadaron porque debieron pensar que seguía en shock y servicialmente me llevaron al área de autoridades. Esa fue la primera vez que comprendí la enorme labor que mi hermano había desarrollado porque ese salón estaba destinado a altos cargos de gobierno. Aturdido por el descubrimiento, no me extrañó que al subir al avión, la oriental me acompañara y tras sentarse a mi lado en un asiento de primera, me dijera que iría conmigo a Samoya como traductora. Al protestar diciéndole que no era necesario, sonrió y con gran ceremonial, me contestó:
-Su hermano es un héroe en mi país. Dio su vida por la justicia y mi gobierno ha considerado que es nuestro deber facilitarle las cosas-

Me callé lo que opinaba de sus putos gobernantes y viendo que no me quedaba más remedio que aguantar su compañía,  intenté dormir. La que si lo consiguió fue Loung. Ajena a mi escrutinio, la joven se acomodó encogiendo sus piernas  sobre su asiento de manera inconsciente. Su dormitar me permitió observarla con detenimiento. Parecía recién salida de la adolescencia, su pecho todavía no se había desarrollado por completo pero aun así tuve que reconocer que la chavala estaba para mojar pan. Dueña de unos muslos atléticos y de una estrecha cintura lo que realmente me puso bruto fue que gracias a la forzada postura que había adoptado, su falda se le había descolocado, dejando al descubierto tanto el coqueto tanga como el maravilloso trasero que inútilmente trataba de tapar.

“Menudo culo” pensé mientras mi mente luchaba contra la excitación.
En un momento dado, la samoyana se dio la vuelta y entonces mi calentura se vio incrementada exponencialmente al comprobar que se le había desabrochado la camisa y descubrir que nada me impedía contemplar su pecho. Pequeños pero duros, sus senos estaban decorados por dos pequeños pezones de color rosa que me confirmaron su juventud. Cabreado conmigo mismo, traté de apartar la mirada pero una y otra vez mis ojos volvieron a caer en la tentación hasta que también desde debajo de mi calzoncillo, mi pene exigió que le hiciera caso. Reconozco que estuve a punto de pajearme con ella y que incluso cogí una manta para taparme, pero justo cuando ya iba a sacarme la polla, ella se despertó.
Al abrir los ojos y notar que se le había abierto la blusa, se puso colorada pero entonces también se percató que mi entrepierna estaba extrañamente abultada y poniendo cara de fulana, me preguntó:
-¿Necesita algo de mí?-
Fingiendo una tranquilidad que no sentía, le contesté que no pero ella pasando su mano por encima de mi bragueta insistió:
-¿Está seguro?-
-Completamente- respondí de mala gana porque sus dedos habían aferrado ya mi extensión y sin cortarse por el resto del pasaje, esa morenita se disponía relajar mi tensión.
Poniendo un puchero, me susurró:
-Me han ordenado que honre al hermano de nuestro benefactor y le aseguro que la idea me resulta muy agradable-
Viéndolo con perspectiva y ya pasado un tiempo, confieso que fui injusto con ella y que si esa chavala no me  hubiese recordado el motivo del viaje y quien eran sus jefes, le hubiese dejado proseguir pero fui incapaz y retirándola violentamente a su asiento, le exigí que me dejara en paz. Durante el resto del viaje, Loung se dedicó a tratar de intimar conmigo pero se topó contra una pared, consiguiendo únicamente algunos monosílabos como respuesta.
Ya en la capital de ese país, una enorme limusina de origen chino nos llevó hasta el lugar donde estaban velando a Alberto. Al ver la multitud que hacía cola para rendirle sus respetos, valoré en su justa medida el amor que esa gente sentía por su memoria y ya no pude seguir recriminando a mi hermano que hubiera perdido su vida por ellos. Una vez en el velatorio, el ataúd con mi hermano estaba cerrado y al pedir que lo abrieran para darle mi último adiós, vi la cara de desconcierto de los empleados. Al preguntarle a mi intérprete que era lo que pasaba, Loung me llevó a un rincón y en voz baja me dijo:
-Aunque oficialmente su hermano murió de un ataque al corazón, fue asesinado por los enemigos de mi pueblo y no conviene destaparlo porque de hacerlo se haría público-
-No comprendo y eso que importa ahora, Alberto está muerto y su labor terminada-
-No es así- respondió la oriental- si el gentío se entera de que lo mataron, habría una espiral de sangre y sus asesinos habrían conseguido su objetivo: Detener las reformas que nuestro gobierno ha emprendido y que su hermano defendía-
Asumiendo sus palabras, no insistí en ver su cadáver y arrodillándome frente a su féretro, recé por él. Desgraciadamente las sorpresas no acabaron allí porque llevaba media hora en ese lugar cuando reparé en una diminuta mujer que lloraba sin consuelo a mi lado. Supuse que debía ser alguien importante en la vida de Alberto, debido tanto a su dolor como al puesto de relevancia que le habían dado y por eso susurrando al oído a Loung, le pregunté quién era.
La chavala me miró y tras reponerse de mi pregunta, contestó:
-Es la esposa de su hermano, Sovann Norondom, su más fiel ayudante y como él, perseguida por los que se oponen a los cambios-
Alucinado por la noticia de que Alberto dejara una esposa, no supe que decir y sin saber cómo, me acerqué a esa mujer y cogiéndola de sus manos, la abracé. Las muestras de cariño no están bien vistas en público y por eso esa morenita se separó de mí y haciéndome una reverencia, me dijo una frase en samoyano que no entendí. Menos mal que Loung llegó en mi ayuda y traduciendo sus palabras, me soltó:
-Es un honor conocer al hermano de mi marido. Su recuerdo no morirá jamás mientras nuestro amor por él siga en nuestra memoria-
Entonces me di cuenta que se esperaba unas palabras mías y por eso en voz alta, respondí:
-Aunque pasen los años y los que le conocimos estemos muertos, sus obras seguirán aquí recordando su vida-
Al traducirlo la muchacha, los presentes asintieron y desde ese momento, me miraron con otros ojos. Quizás me vieron como la reencarnación de Alberto o lo que es más probable, creyeran que iba a continuar su misión. Los hechos que se desarrollaron a posteriori, hicieron inviable esa segunda interpretación aunque yo hubiese querido.
 

En ese momento, el general Kim hizo su aparición con todo su gobierno y acercándose a mi lado, me saludó diciendo:


-En nombre del pueblo de Samoya, le ruego acepte esta medalla en nombre de Alberto Cifuentes, mártir de los pobres y precursor de la reforma agraria que mi gobierno ha aprobado-
Tras coger la condecoración de sus manos, se sentó a mi lado y dio comienzo el funeral. Durante una hora, fui testigo de una extraña ceremonia en un idioma desconocido y solo cuando ese militar se despidió de mí, comprendí que había finalizado. Aturdido por las muestras de afecto, saludé uno a uno a los presentes mientras su viuda se quedaba en segundo plano. Al no conocer sus costumbres, pensé que eso era la norma y no le di mayor importancia hasta que, ya en el hotel, pregunté por ella a mi asistente mientras me tomaba una copa en el bar.
-Está despidiéndose de sus conocidos pero no se preocupe, mañana como está previsto la tendrá en el aeropuerto-
No me preguntéis porqué pero ese “la tendrá” me mosqueó y tratando de averiguar su real significado, le pregunté a Loung que quería decir. La mujer, tartamudeando,  se disculpó diciendo que creía que yo sabía que, para evitar incidentes, Sovann nos acompañaría en nuestro viaje.
-No entiendo- exclamé- Me estás diciendo que esa mujer viene a Madrid-
Muerta de vergüenza y sin ser capaz de mirarme a los ojos, respondió:
-Así lo ha determinado el presidente. No quiere que su viuda sea un objetivo de los enemigos del estado y ha decidido que Usted se haga cargo de ella-
-¿La está exiliando?-
-No pero, por su seguridad, cree que es mejor que no vuelva jamás a pisar nuestra tierra-
Helado, comprendí que ese capullo que había concedido la medalla a mi hermano ante el público, en privado deseaba desembarazarse de esa mujer porque le resultaba un problema. Sintiéndome una puta marioneta, ni me despedí de Loung y con paso firme, me encerré en mi habitación, lamentando mi suerte.
Llevaba media hora viendo una película en el canal internacional cuando escuché que alguien tocaba a mi puerta. Al abrir me encontré de frente con mi intérprete que, pegándome un suave empujón, se metió en mi cuarto.
-¿Qué haces?- pregunté al ver que se quitaba un abrigo bajo el cual esa mujer solo llevaba ropa interior.
-¡Desobedecer órdenes!. Voy a hacer algo contrariando a mi rey. En el avión le mentí, tengo prohibido confraternizar. Usted es territorio vedado pero no he podido pensar en otra cosa desde que le vi excitado por mí- respondió mientras se desabrochaba el sujetador.
Me faltó tiempo para levantarla entre mis brazos y llevándola en volandas depositarla en mi cama. La interprete con sus manos, temblando por el deseo,  consiguió quitarme la camisa, antes incluso de que yo terminara de bajarme los pantalones. Poseído por un deseo irrefrenable, me desnudé sin darme tiempo a pensar que es lo que estábamos haciendo.
Sus pequeños pechos eran una tentación demasiado fuerte para que no los estrujara con mis dedos mientras mi lengua recorría sus pezones, por eso lanzándome encima de ella, estaba mordiéndolos cuando sentí que Loung agarrando mi sexo, se lo colocaba en la entrada de su cueva. No le hicieron falta preparativos, llevaba un día excitado por lo que al descubrir la humedad de su sexo, sin contemplaciones, la penetré. Gritó sintiéndose llena, sus uñas se clavaron en mi espalda, y moviendo sus caderas, me pidió que la amara.
Lo que en un principio había sido brutal, de repente se convirtió en algo tierno, y disminuyendo el ritmo de mis embestidas, comencé a acariciarla y besarla. Aun con la diferencia de tamaño, esa asiática y yo estábamos hechos el uno para el otro, mi pene se acomodaba en su cueva como una mano en un guante, y nuestros cuerpos parecían fusionarse sobre las sábanas, mientras ella iba siendo poseída por el placer. Loung con su metro sesenta de puro sexo resultó ser una mujer muy ardiente. La podía sentir licuándose entre mis piernas cada vez que mi extensión se introducía rellenando su vagina. Poco a poco, fui incrementando tanto el compás como la profundidad de mis estocadas, hasta convertirlo en vertiginoso.
Entonces y sin previo aviso, se aferró a los barrotes de mi cama, y gritando se corrió. La violencia de su orgasmo, y el modo en que vi retorcerse a su cuerpo, me excitaron aún más, y cogiendo sus pechos entre mis manos, me enganché a ellos y sin dejar de penetrarla, le exigí que siguiera.

 

Mis palabras surtieron el efecto deseado y reptando por el colchón, consiguió cerrar sus piernas teniéndome a mí dentro. La presión que sus músculos ejercieron en mi miembro y sus jadeos rogándome que me corriera, era algo nuevo para mí, y sin poder aguantar más exploté sembrando su interior. Todavía seguía derramándome cuando noté que se me unía y que con sus dientes mordía mi cuello al hacerlo. El dolor y el placer se sumaron y desplomado caí sobre ella, mientras le decía que la adoraba y Loung conseguía el primer clímax de la noche.

-¿Quieres seguir desobedeciendo órdenes?-, le dije en son de guasa mientras mis dedos se perdían en su pelo negro.
Mirándome sin levantar su cara de mi pecho, me respondió:
-Bobo, no sabe cómo necesitaba sentirme suya-.
Increíblemente, después de un polvo, esa samoyana me seguía tratando de usted y respondiendo mentalmente a su pregunta: No, no lo sabía, pero también ella desconocía la propia necesidad que yo tenía de cariño. Esa mujer tenía todo lo que me resultaba enloquecedor. No era su cuerpo, ni su belleza, ni su simpatía, era todo y nada. Su olor, su piel, la manera tan sensual con la que andaba, todo me gustaba.
Estaba todavía pensando en eso, cuando noté como desprendiéndose de mi abrazo, se incorporaba y separando mis brazos, me decía:
No se mueva, déjeme-.
Con los brazos en cruz, la vi bajar por mi cuerpo, mientras sus dedos jugaban con mis vellos. Sabía lo que iba a pasar, y mi sexo anticipándose a su llegada, se desperezó irguiéndose sobre mi estómago. Delicadamente cogió mi extensión con su mano, y descubriendo mi glande, recorrió con su lengua todos sus pliegues antes de metérselo en la boca. Lo hizo de un modo tan lento y tan profundamente que pude advertir la tersura de sus labios deslizándose sobre mi piel, hasta que su garganta se abrió para recibirme en su interior.
Sus maniobras, desde mi puesto de observación, parecían a cámara lenta. Podía ver como sacaba mi sexo para volvérselo a embutir hasta el fondo, mientras mantenía los ojos fijos en mí. Era como si esa mamada fuera lo más importante de su vida, como si su futuro dependiera del resultado de sus caricias y no quisiese fallar. Totalmente concentrada, y mientras me regalaba el fuego de su boca, sus manos se dedicaron a masajear mis testículos, quizás deseando que cuando expulsara mi simiente, no quedara resto dentro de ellos.
Fue como si unas descargas eléctricas que naciendo en mis pies, recorrieran todo mi cuerpo alcanzando mi cerebro, para terminar bajando y aglutinándose en mi entrepierna. Ello lo notó incluso antes que pasara y forzando su garganta como si de su sexo se tratara, metió hasta el fondo mi pene, justo cuando empecé a esparcir mi simiente. Lejos de retirarse, disfrutó cada una de mis oleadas, bebiéndoselas con fruición mientras cerraba sus labios para evitar que parte se desperdiciara. Insaciable, jaló de mi sexo, ordeñándome, hasta que, dejándolo limpio, se convenció que había sacado todo lo que era posible de su interior, entonces y sólo entonces paró y sonriendo me preguntó si me había gustado.
-Por supuesto- respondí extrañado del modo tan dulce que esa mujer me había hecho el amor.
Desgraciadamente, el cansancio y la tensión acumulada consiguieron vencerme y abrazado a esa burócrata infiel, me quedé dormido. A la mañana siguiente, Loung me despertó con un beso. Creyendo que quería reanudar lo ocurrido, la abracé pero ella rehuyendo mis caricias y con lágrimas en los ojos, me informó:
-Don Manuel, nunca se repetirá. He cometido un error porque ahora me va a ser mas difícil cumplir con mi deber porque cada vez que le mire, querré ser suya y sabré que es imposible-
-No te entiendo- respondí enojado- creí que habías disfrutado-
-Y disfruté pero a partir de hoy, habrá otra mujer en su casa- dijo mientras huía llorando de la habitación.
En ese instante, no la comprendí y creyendo que una vez en Madrid tendría oportunidad de repetir cuando esa joven estuviera lejos de Samoya, decidí no perseguirla por el hotel.
Al bajar al hall. Loung se había puesto la careta de burócrata y con gesto serio, me saludó.
-Su automóvil está listo para llevarle al aeropuerto. Me han informado que su cuñada ya nos está esperando en la sala de espera-.
Ya había asumido que tendría que cargar con esa desconocida y comprendiendo que no era culpa suya, enfoqué todo mi odio contra su gobierno. Lo que no me esperaba fue que al llegar, mi cuñada estuviera escoltada por un par de policías y su actitud me hizo saber que  no se iba de buen grado. Por eso, aprovechando que nos dejaron un minuto, a solas, le dije que no se preocupara porque yo me ocuparía de que no le faltara nada.
-Siento ser una carga- respondió casi llorando con un marcado acento- Como el único varón que considero de mi familia, le debo respeto y procuraré servirle en lo que pueda siempre que me permita seguir con la labor de su hermano desde España-
No comprendiendo el alcance de sus palabras, le recalqué que mi casa sería la suya y que por supuesto estaba que podría continuar la obra que Alberto había empezado. La viuda sonrió al oírme pero no dijo nada porque los agentes habían vuelto y temía que nos oyeran. Su silencio me permitió observarla: Aunque la raza oriental no era especialmente de mi agrado, tuve reconocer que ese metro cincuenta albergaba todo lo que un hombre puede soñar. Guapa y con un cuerpo proporcionado, su sonrisa era cautivante. A nadie que se fijara en ella, le pasaría inadvertido que esa mujer era una belleza.
“Alberto tuvo siempre buen gusto” pensé al verla caminar con paso felino por los pasillos del aeropuerto y maldiciendo mis pensamientos, me recriminé por pensar que su viuda tenía un buen polvo.
Curiosamente, Loung se mantuvo a distancia mientras estábamos en suelo samoyano pero en cuanto se hubieron cerrado las puertas del avión, se arrodilló frente a ella y en su idioma, le soltó una parrafada que no entendí. Sovann al percatarse que no lo comprendía, le dijo:
-En español, el hermano de mi marido debe de enterarse quien soy-
Loung se disculpó y ya en castellano, repitió:
-Princesa, el gobierno actual no representa al pueblo. Considéreme su leal súbdita, juro dar mi vida por usted-
-Loung Sen, tu padre me hizo llegar tu deseo de servirme y en agradecimiento a su fidelidad, desde este momento te acepto como mi secretaria personal-
 Entonces lo comprendí todo. El rey, su tío y el presidente se habían desecho de un miembro de la familia real discordante en silencio y sin armar revuelo, por eso tantas facilidades y tantos honores. Querían que su pueblo jamás supiera de su exilio. De esa forma, mandándola con su cuñado a Madrid, evitaban rumores y sobre todo manifestaciones de apoyo. Escudriñando las conversaciones con mi hermano, recordé que Samoya era una monarquia electiva y que al morir el rey el consejo de sabios decidía su sustituto. Sentí un escalofrió al pensar que mi cuñada sin duda debía ser la favorita del pueblo y viendo la mala salud del actual monarca, la mandaban exiliada a la otra punta del globo.
Sin saber que decir ni que hacer, guardando un escrupuloso respeto pregunté:
-Su alteza, ¿Cómo debo llamarla?-
Luciendo una de sus mejores sonrisas, esa monada me contestó:
-¿Cuñada?, ¿Sovann?. Me da igual siempre que me tutees. Alberto ya me alertó de que su hermano mayor era un poco estirado-
Su respuesta me hizo reír y sin importar que Loung estuviera presente, le cogí la mano mientras le decía:
-Creo que seguiré llamándote Princesa-
-Como quieras, pero en España sonará raro que en la intimidad llames de esa forma a tu cuñada- y entornando los ojos dijo con picardía:- Pueden suponer que el cariño que te mostraré es de otra índole-
Aunque vi que Loung se enfadó por la ocurrencia, a mí, su broma me hizo gracia y más animado me senté en mi asiento. Sovann y su secretaria aprovecharon las catorce horas del vuelo para establecer la estrategia de oposición que desarrollarían y antes de que me diera cuenta habían concertado una rueda de prensa en mi casa. Aunque reconozco que me abrumó todo aquello, decidí cumplir con la palabra dada y no dije nada de que usaran mi vivienda como su base. Aterrorizado porque no me cabía duda de que mi hermano había sido asesinado por ser el marido de esa disidente, traté de conciliar el sueño.

Alberto me encarga una misión.

Desde que conocí a esas dos mujeres, mi vida se trastocó y prueba de ello fue que al llegar a Barajas, en la puerta del avión nos recibió un comandante de la Guardia Civil que tras una breve presentación, nos informó que desde el ministerio del interior le habían encomendado ser nuestro escolta en España.

-Comprendo que quieran proteger a la princesa pero ¿considera necesario una presencia permanente en mi casa? – protesté al oír que  iba a haber apostados dos secretas en el jardín de mi chalet.
-Por supuesto- respondió el militar: -Tanto usted como la señora pueden ser objeto de un atentado y es mi misión evitarlo-
No tuve que ser un genio para entender que cada vez que saliera, un policía iría pegado a mis talones y lamentando mi perdida independencia, me hundí en un mutismo incómodo del que solo salí cuando la viuda, me cogió de la mano y susurrándome al oído, me dijo:
-Lo siento. Sabré compensarte-
En ese instante, no supe el modo tan genuino con el que, transcurridos unas pocas horas, esa mujer cumpliría su promesa.
Asumiendo mi papel de comparsa, recogí mi maleta así como el nutrido equipaje de mi cuñada y sumisamente me subí en el automóvil que habían puesto a nuestra disposición mientras un policía se llevaba mi audi cargado con nuestra ropa. Al llegar al chalet, ya nos esperaban los agentes que iban a encargarse de nuestra protección y pidiendo permiso, empezaron a instalar multitud de cámaras y otros artilugios que ni quise preguntar su objeto. Antes que me diera cuenta, me invadieron el garaje dejándolo prácticamente inutilizable, ya que habían decidido ubicar ahí la central desde espiarían todo lo que ocurriera en el perímetro.
Pero el colmo fue al entrar en “mi” despacho y encontrarme que Loung se lo había adjudicado y por eso, cabreado y arrepentido de haberle ofrecido mi casa, me fui a mi habitación. Tan enojado estaba que ni siquiera me quité los zapatos al tirarme en la cama para ver la televisión, pero ni siquiera mi alcoba fue un refugio porque a los cinco minutos de estar allí, llegó Sovann y al ver que no me había descalzado, dulcemente me regañó y me dijo:
-Manuel, necesito tu ayuda. ¿Dónde vamos a recibir a la prensa?-
-Usa el salón del fondo, entre las sillas y los sofás puedes meter a más de treinta personas. Lo sé porque he hecho muchas fiestas y me consta que caben-
-Pero ¿No me vas acompañar?- musitó bajando sus pestañas- Cómo hermano de Alberto debes de estar a mi lado-
Su mirada de auxilio me desarmó y bajándome del colchón, me comprometí no solo a ayudarla a preparar el salón sino a servirle de apoyo durante la entrevista. En ese momento creí que mi presencia allí iba a ser testimonial pero en unas horas descubrí cuan equivocado estaba. Aunque su secretaria llamó a unos compatriotas, el trabajo fue arduo y completamente agotado, a las tres decidí que basta y cogiendo a mi cuñada del brazo, le dije que tenía hambre y que la invitaba a comer.
-No tenemos tiempo para salir a comer. ¿Por qué no llamas para que nos traigan algo?-
-Si te quieres quedar aquí es tu problema, Princesa, yo me voy-
Sin dar su brazo a torcer, me pidió que le trajera algo a la vuelta. Hundido en la miseria, dejé que un poli me llevara a un centro comercial y allí di rienda suelta a mi tensión poniéndome tibio en un mexicano. Al terminar pedí unos tacos vegetarianos para llevar y volví a mi antigua pacifica casa. En la puerta, me esperaba mi cuñada de mal humor pero en cuanto me vio dulcificó su gesto y cogiendo la bolsa de la comida de mi mano, me dijo suavemente:
-Querido, me he tomado el atrevimiento de elegirte la ropa que debes llevar durante la rueda de prensa- y anticipándome la sorpresa que me iba a llevar, me explicó: -Piensa que nuestras fotos serán vistas por mi pueblo y debes aparecer como merece tu rango-
-¿Mi rango?- exclamé.
-Sí, ¡Soy su princesa! y como estoy bajo tu amparo, tú también debes aparecer ante sus ojos como  miembro de la realeza-
Sin comprender su cultura, decidí seguirle la corriente pero al entrar en mi habitación y ver que sobre la cama un traje ceremonial de su país, me cagué en sus muertos. Hecho una furia, me duché con mi cabeza dando vueltas por el lío en el que me había metido. Una vez seco, me quedé mirado la puñetera vestimenta y sin saber por dónde empezar, llamé a Loung en mi ayuda. La jodida chavala se rio al ver mi problema y sin quejarse, me ayudó a vestirme. Como comprenderéis ver a la mujer que me había tirado la noche anterior de rodillas frente a mí, mientras me abrochaba el pantalón, me pareció muy morboso y presionando su cabeza contra mi sexo, le pregunté si no quería repetir:
-Don Manuel, no insista. Lo de anoche fue un error.
Más afectada de lo que sus palabras reflejaban, esa muchacha se dio prisa en terminar, tras lo cual, desapareció corriendo por las escaleras. Solo y alborotado, me miré en el espejo. Tardé en recobrarme al ver la imagen reflejada del grotesco individuo disfrazado de Marajah oriental que era yo. Es que no faltaba ni el dorado chuchillo que, en las novelas de Salgari, eran el símbolo del poder. Estuve a punto de mandar todo a la mierda cuando mi queridísima cuñada apareció por la puerta:
-Estás guapísimo- dijo y con lágrimas en sus ojos, exclamó llorando:-¡Cómo te pareces a mi marido!, no es solo por tu altura, tienes el mismo porte regio del que me enamoré-
-¿Este traje es de mi hermano?- pregunté sin llegarme a creer que Alberto hubiera consentido en llevar esa cursilería.
-Sí, es con el que se casó conmigo-
Sentí urticaria al pensar que era su “smoking de boda” y por eso le pregunté si no tenía otro.
-Lo siento. Es el único con el suficiente empaque para la ocasión-
Ajeno a lo que se me avecinaba, me compadecí de su dolor y acepté bajar vestido así. No os podéis imaginar la vergüenza que sentí al recibir a los periodistas de esa guisa y sentado en mi sillón mientras mi cuñada permanecía a mi lado con una mano apoyada en mi hombro. Perdonad pero no os he contado que Sovann iba también con un vestido típico de su país de seda salvaje rosa y adornando su pelo, portaba una pequeña diadema en forma de corona. Los reporteros gráficos aprovecharon nuestro posado para hacernos multitud de fotos y solo cuando ya estaban todos, dio comienzo la rueda de prensa.
La princesa, mi cuñada, tomó la palabra y después de hacer una alabanza al rey y al mierda de su presidente, habló de la labor de su difunto marido y prometió que seguiría con más fuerza luchando por el bien de su pueblo. En su corto discurso, no reparó en críticas contra el actual gobierno y señaló las dificultades y penurias que sufrían los campesinos y pobres en su país. Al terminar, me miró con complicidad pero no le devolví la mirada porque estaba encabronado de que hubiera loado a su tio, el monarca, el mismo que la había exiliado. En mi fuero interno, supe que era una cuestión política pero aun así, me enojó su servilismo.
Hasta allí todo fue normal pero lo grave fueron las preguntas. El primero en preguntar fue un periodista de “El País” que obviando la presencia de mi cuñada, directamente me preguntó:
-Don Manuel, ¿Es cierto que su hermano murió de un infarto o por el contrario fue asesinado?-
Antes de responder, sentí la mano de mi cuñada apretando mi hombro, avisándome de que mantuviera la versión oficial.
-Que quede claro, Alberto Cifuentes murió como vivió, sirviendo al pueblo que lo acogió como suyo- respondí sin aclarar nada.
El reportero no se quedó satisfecho y repreguntó.
-¿De qué murió su hermano?-
-Ya se lo he dicho, cuando el corazón de mi hermano dejó de latir, su alma seguía luchando por los pobres-
Viendo que no iba a sonsacarme ningún titular y menos le iba a confirmar el motivo de su fallecimiento, pasó el micrófono a otro periodista. Este empezó siendo más diplomático y dirigiéndose a mi cuñada, le inquirió sobre su permanencia en España.
-Tanto Manuel como yo, viviremos en este país mientras nuestro rey lo considere oportuno – y dando por terminada la respuesta, dijo: -Otra pregunta-
Me quedé de piedra cuando me incluyó a mí en sus planes, pero empecé a sudar tinta cuando el mismo tipo le preguntó:
-Entonces ¿Confirma la información de palacio?-
-¿Cuál?- respondió Sovann con tono duro.
-Según el portavoz del rey, después del periodo de luto y siguiendo las costumbres de su pueblo, Usted se casará con el hermano de su marido-.
-Sí, es cierto. Aunque suene extraño bajo la óptica occidental, la familia real samoyana sigue a rajatabla el levirato y su gente así lo espera. Tanto Manuel como yo hemos jurado seguir la labor de Alberto y poner nuestras vidas al servicio de nuestro pueblo-
La cara que debí de poner debió ser un poema pero manteniendo el tipo, me quedé callado aunque en mi fuero interno, deseara estrangular con mis manos tanto a la princesa como a su secretaria. No me habían hablado del “pequeño” detalle que según su cultura, si un marido moría sin hijos, su hermano estaba obligado a casarse con la viuda. Como comprenderéis, el resto de la rueda de prensa me dio igual, solo deseaba que terminara para pedirle explicaciones a esas dos serpientes con forma de mujer. Desgraciadamente para mí, las preguntas se prolongaron durante una hora. Hora en la que mi teóricamente prometida se dedicó a esbozar las medidas que tomaría en el caso de ser nombrada reina sin citarlo.

Estrictamente eran consejos para el actual rey, pero ningún observador avispado dejaría de comprender que esa iba ser su línea de gobierno.

“¡Aunque sea una arpía, es inteligente!” tuve que reconocer al oírla.
Al terminar la rueda de prensa, todavía me tocó acompañar a la princesa  hasta la puerta y ahí despedir a los medios. Nada  más irse el último y como Loung había desparecido, me encaré con la princesa y cogiéndola, le exigí explicaciones:
-¡Me haces daño!- protestó- Suéltame y podré explicarte-
Fue entonces cuando advertí que llevado por la ira le estaba retorciendo su brazo, avergonzado, la solté, momento que ella aprovechó para ir a mi despacho y sacar de su bolso una carta. Tras depositarla en mis manos, me dijo:
-No te dije nada porque Alberto me aconsejó no hacerlo. Me habló de tu terquedad pero también de tu sentido del honor y que de llegar este momento, harías lo correcto. Si no me crees: ¡Lee el mensaje de mi marido!-
Mirando el sobre que me había dado, reconocí la letra de mi hermano y urgido de explicaciones, lo abrí:
Manuel:
Si estás leyendo esto, significa que he muerto. Llevo temiendo un atentado dos años y por eso me he anticipado y te he escrito esta carta. Tómala como mi testamento. No dejo bienes, nunca me han importado, pero te dejó algo más importante que es una misión.
Como ya habrás descubierto que me he casado y que mi esposa es la princesa Sovann. Siento que te enteres así pero no te dije nada porque no quería ponerte en la mira de sus enemigos.
Nuestro matrimonio fue por amor pero no puedo olvidarme de que mi esposa representa el futuro de su pueblo. Solo ella será capaz de sacar de la edad media a su país y llevarlo al siglo xxi. Por eso, te pido que le ayudes aunque eso signifique tu sacrificio.
Sacrificio inevitable, porque ninguna mujer puede acceder al trono sin estar casada y el día que yo falte, serás tú el único con el que podrá hacerlo. ¿Recuerdas las veces que, de niños, nos intercambiábamos los papeles?. Te pido eso:
“Toma mi lugar”.
Un hermano que te adoraba en vida
Alberto.
Releí su carta un montón de veces porque me costaba creer que mi hermano estuviera de acuerdo con esa locura. Cuando hube asimilado sus palabras, me escandalicé al saber que de acuerdo con sus ideales una vida solo tenía sentido si se tenía una misión y que obviando mi opinión, me legaba la suya.
“¡Quién cojones se creía para joderme así!” maldije mientras me guardaba el papel en el bolsillo.
Sovann, que se había mantenido en silencio, me preguntó:
-¿Vas a cumplir su deseo? ¿Puedo considerar que seguirás su lucha?-
Traicionando las bases de lo que había sido mi existencia hasta en ese momento, no pude negar a mi hermano muerto ese último favor y por eso, indignado, respondí:
-Sí, pero no esperes que me meta entre tus piernas. Eres la viuda de mi hermano y aunque firmemos un papel, seguirás siéndolo-
La mujer sonrió y habiendo obtenido mi promesa, me dejó solo.
Su acoso:
 
 

Me sentía una marioneta, un puto muñeco sin voluntad que se movía siguiendo los designios de un titiritero. Mi destino estaba marcado y sabiendo que me sacrificaría por un pueblo que detestaba, salí de mi chalet y me fui a un bar a ahogar las penas.  Pero ni siquiera pude hacer eso tranquilamente al tener a escasos metros la presencia del escolta encargado de protegerme.

-¡Mierda!- mascullé entre dientes apurando el whisky que me había pedido y volviendo a casa.
Al llegar como si fuera mi ama de llaves, Loung me recibió en la puerta. Tras preguntarle por la princesa, su secretaria me informó que se estaba cambiando para la cena.
-¿Cena?-
-Sí, unos importantes miembros de la colonia samoyana en Madrid han preparado un convite para celebrar su compromiso-
Eso fue la gota que derramó el vaso. Le lancé una mirada de odio y subiendo los escalones de dos en dos, llegué a la habitación de invitados y sin llamar, abrí la puerta para encontrarme a Sovann totalmente desnuda, peinándose frente al espejo.
-Perdón- exclamé al verla de esa guisa y retrocediendo el camino, estaba a punto de irme cuando la escuché decir:
-No te vayas. Dime a qué has venido-
Sorprendido observé que poniéndose en pie, la viuda de mi hermano me miraba tranquilamente y sin importarle que la estuviera viendo en pelotas, esperaba mi respuesta. Respuesta que tardó en llegar porque olvidándome de quien era, mis ojos recorrieron su minúscula anatomía sin recato. Era impresionantemente bella, dotada por la naturaleza de unos pechos adorables, en su cuerpo no había ni gota de grasa y para colmo, su delgada cintura hacía resaltar aún más su soberbio trasero. Juro que no fue mi intención pero no pude dejar de recrear mi mirada, observando tanto los negros pezones que decoraban sus senos como el recortado pubis que esa mujer lucía.
Sé que se dio cuenta de mi admiración y del modo tan poco filial con el que la miraba pero no se enfadó y poniendo una sonrisa en sus labios, me volvió a preguntar que quería. Aturdido al sentir que bajo mi pantalón tenía un traidor que se había puesto duro, solo fui capaz de preguntar a qué hora y como debía de estar vestido para la cena.
Mi cuñada, entornando sus ojos, respondió:
-Querido, nos esperan a las nueve. Te he dejado un smoking en la cama- y poniendo cara de no haber roto un plato, preguntó: -¿Te parece que me recojas a las ocho y media?-
Cómo me urgía huir de esas cuatro paredes, le contesté que me parecía bien y cobardemente, salí despavorido hacia mi cuarto. Nada más cerrar la puerta y tal y como iba vestido, me metí bajo la ducha pero ni siquiera el agua fría pudo calmar el calor que me abrasaba y maldiciendo mi falta de honor, liberé la tensión de mi entrepierna masturbándome mientras me imaginaba a esa pequeñita berreando entre mis brazos. Mi mente, como si fuera una premonición, se llenó de imágenes de pasión donde la viuda de mi hermano se arrodillaba a mis pies y cogiendo mi pene entre sus labios, sellaba nuestro pacto anti-natura. Reconozco que por mucho que intenté combatir el deseo, esa oriental y su diminuto cuerpo me habían calado hondo y derramando mi simiente sobre la ducha, me corrí pensando en ella.
Al vestirme, la vergüenza me golpeó con ferocidad y maldiciendo la lujuria que me había dominado, me juré que nunca más. Jamás volvería a mirar a mi cuñada como mujer y menos ahora que sabía que aunque solo fuera a los ojos del mundo, Sovann sería mi esposa legal. Desgraciadamente, todas mis buenas intenciones cayeron en saco roto al verla salir. Enfundada en un traje negro totalmente ceñido `pero sin escote, ese demonio parecía un ser angelical. La arpía, modelándome, me preguntó que le parecía su vestido con el único propósito de molestarme.
-Estas bellísima- respondí- Pareces la reina mala, solo espero no estar presente cuando te conviertas en bruja-
Muerta de risa y en absoluto ofendida, me miró y señalando el enorme bulto de mi entrepierna, me respondió:
-Te equivocas, de ser un personaje de cuento sería Blanca Nieves y  tú, el cazador. Eso que tienes ahí, ¿Qué es?: ¿El cuchillo con el que vas a matarme?-
Me sonrojé al saber que se había percatado de mi excitación y tapándome las vergüenzas, contesté con tono duro.
-Mi cuchillo nunca se clavará en tu cuerpo-
-Ya veremos- contestó soltando una carcajada, tras lo cual, haciendo a un lado mi humillación me cogió del brazo y alegremente, me sacó del chalet.
Ya en el coche, mi cabeza no dejó de dar vueltas al no comprender qué sentido tenía que esa mujer tonteara tan descaradamente con el hermano de su marido, cuando apenas llevaba siendo viuda una semana. Mirándola de reojo, me sorprendió ver que estaba llorando y sin apenarme de sus lágrimas de cocodrilo le pregunté el motivo.
-Me recuerdas a Alberto y siento que por cumplir con mi deber, aunque sé que es lo que él desearía, siento que le estoy traicionando-
-Disculpa pero no te sigo-
Desconsolada, la mujer se abrazó a mí mientras me decía:
-No puedo ser tu esposa de pega, necesito un heredero que reine después de mí y por eso sé que debo seducirte, aunque opines que soy una puta-
Indignado pero sin ser ajeno a que esa mujer me trastornaba, me recriminé por no haberlo pensado: Las monarquía se perpetúan con hijos y si esa mujer estaba convencida de que iba a reinar, necesitaría tenerlos. La sola idea de que fuera mi simiente la que la preñara, me hizo abrir la puerta y vomitar. Mi reacción incrementó su llanto y olvidándose del chofer, me preguntó gritando:
-¿Tan vomitiva me encuentras?-
Juro que no encuentro una explicación lógica a lo que hice pero, al oír su queja, la cogí entre mis brazos y la besé. Ella, tras la sorpresa inicial, respondió a mi caricia y pegándose a mí, dejó que mi lengua jugueteara con la suya mientras mis manos recorrían su cuerpo. Esa fue la primera vez que palpé la firmeza de sus pechos y solo la imposibilidad física, de desnudarle el dorso, evitó que, al igual que en un sueño, me comiera sus pezones. Dejándose llevar por la calentura, me acarició por encima de la bragueta y eso rompió el encanto, al recordar a mi hermano.
Realmente no sé si fue ella o por el contrario yo, quien se  separó pero lo cierto es que avergonzados y mirando cada uno por la ventanilla, ni nos dirigimos la palabra durante el resto del trayecto. Ya en el hotel donde iba a tener lugar el banquete, mientras se bajaba del automóvil, me dijo con dolor:
-Tenemos que respetar los tres meses de luto-
Dudando si su sufrimiento era por la traición o por sentirse atraída por mí, la seguí por las escaleras de entrada.  Adoptando un aire regio, mi supuesta prometida me cogió del brazo y con paso firme entró en el salón. Supe que debía cumplir con mi papel de consorte e imitándola fui saludando uno a uno a los presentes. Aun acostumbrados al modo de vida occidental, esos miembros prominentes de la colonia nos hacían una genuflexión mientras le miraban con auténtica devoción.
“Es una autentica líder”, pensé mientras la valoraba en silencio, “sabe que su pueblo la necesita y dará su vida por conseguirlo”
La velada discurrió con júbilo, sus súbditos mostraron  alegría desbordante celebrando el compromiso de su princesa y tras tres horas de continuas felicitaciones, Sovann la dio por terminada diciéndome:
-Querido: Estoy cansada, ¿Podemos irnos?-
Su voz me reveló que realmente estaba agotada y pasándole mi brazo por la cintura, la saqué del hotel. En el coche, mi cuñada apoyó su cabeza en mi pecho y se quedó dormida. Mientras volvíamos a casa, me la quedé observando y con el corazón encogido, comprendí que me atraía a lo bestia. Supe que no era lógico, que era inmoral, que me consumiría en el infierno pero me dio igual, prefería una condena eterna a defraudar a la mujer que tenía en mi regazo. Al llegar, sin despertarla, la cogí entre mis brazos y con ella a cuestas, subí hacia su cuarto. Allí la deposité en la cama y tras quitarle los zapatos, la tapé y aprovechando que estaba traspuesta, le di un tierno beso en los labios.
Ya me marchaba, cuando la oí susurrar:
-Manuel, no te vayas. Necesito que me abraces-
Tumbándome a su lado, pasé mi brazo por su cuerpo y acercándola al mío, me quedé quieto. Ella al sentir mi caricia, se dio la vuelta y devolviéndome el  beso, me dijo:
-La mejor forma de honrar a tu hermano es ser tu mujer- y sin esperar mi respuesta, me desabrochó los botones de mi camisa.
No pude rechazarla y menos cuando habiendo desnudado mi dorso, empezó a besarme el cuello mientras sus manos recorrían mi pecho. Lentamente la princesa fue tomando posesión de su reino, bajando por mi pecho y concentrándose en mis pezones. Nunca creí sentir tanto placer con el mero hecho de que esa monada recogiera entre sus dientes mis aureolas  pero lo cierto es que cuando se puso a horcajadas sobre mí, mi pene ya lucía una dolorosa erección bajo mi pantalón. Olvidándome de mis prejuicios, me terminé de desnudar, momento que mi cuñada aprovechó para sin quitarse el vestido,  coger mi falo entre sus manos y apuntando a su sexo, empalarse con él. Me sorprendió no encontrarme con el obstáculo de sus bragas porque estaba seguro que no tuvo tiempo de habérselas quitado y por eso cuando la cabeza de mi glande chocó contra la pared de su vagina y antes que se pusiera a cabalgar, le pregunté si había salido sin ellas de casa:
-Si- gimió- llevo cachonda toda la noche pensando que alguno de mis súbditos descubriera que no llevaba ropa interior-
-¡Serás Puta!- exclamé partido de risa.
-Sí, soy una puta. Fui la zorra de tu hermano y a partir de hoy, seré tu perra- gritó levantándose para acto seguido dejar que mi polla resbalara en su interior.
Su confesión lejos de calmar mi deseo, lo incrementó y desgarrando su ropa, la desnudé para por fin apoderarme de esos pechos que me había dejado alelado. Cogiendo sus negros pezones entre mis dientes, dejé que se empezara a mover. Sovann, gimiendo como una descosida, me pidió que no dejase de morderlos y retorciéndose  con mi pene incrustado en su sexo, dio a sus movimientos un suave compás-
-Me encanta sentir tu plebeya polla en mi real coño- aulló muerta de risa mientras aceleraba sus caderas.
Busqué una respuesta acorde a su burrada y mientras le daba una sonora nalgada, le contesté:
-Pues yo siempre he deseado azotar el trasero de una princesa para luego cuando lo tenga calentito follármelo y así decir que le he dado por culo a la monarquía-
-Si prometes darme duro quizás la próxima semana te deje cumplir tu deseo-
Totalmente desbocado y soñando de veras en poseer ese pandero, le pregunté porque teníamos que esperar una semana:
-Querido, porque estoy en mis días fértiles y quiero quedarme embarazada-
Escandalizado, exclamé:
-¿De qué hablas?-
La mujer, sin dejar de bombear sobre mi pene, respondió:
-Piénsalo, es ideal. Si me quedo preñada, podemos hacer creer que es de Alberto y con un hijo en mi vientre, no tendrías que casarte conmigo. Ambos ganaríamos. Tú no tendrías que sacrificar tu vida y yo sería una reina viuda-
Ni siquiera me paré a pensar que era una solución inteligente y furioso, por el modo tan brutal con el que esa guarra me había manipulado, me deshice de su abrazo y mentándole la madre, salí huyendo de su habitación. Al llegar a mi cuarto, no me sentí a salvo de sus siniestras maniobras hasta que cerrando la puerta, me aislé.
“Menuda hija de perra” sentencié al recordar lo sucedido.
Esa puta me había seducido, no porque se sintiera atraída por mí sino porque vio en mi semen una escapatoria a la condena que para ella suponía las costumbres de su pueblo. Sin ser capaz de pensar coherentemente, decidí que si Sovann quería reinar tendría que humillarse a mis pies y aceptar ser mi mujer. Todavía el día de hoy, no entiendo mi postura: yo no quería casarme y su país me la traía al pairo  y sé que fue mi orgullo de macho herido el que me obligó a enfrentarme a ella.
Esa noche, con un extraño frenesí, me masturbé soñando que esa princesita llegaba desnuda a mi cama, rogándome que la hiciera suya. En mi imaginación, me vi separando las nalgas de mi cuñada  y sin esperar a relajar su esfínter, dándole por culo hasta que rendida de placer me imploraba que me casara con ella.
Sovann, inicia su acoso.
No habían dado las ocho de la mañana, cuando escuché que se abría mi puerta y todavía somnoliento, observé a mi cuñada entrando con una bandeja con mi desayuno en mi cuarto. Haciéndome el dormido, cerré mis ojos creyendo que al verme roncando esa arpía volvería por donde había llegado, ya que, no me apetecía hablar con ella. Lo que no me esperaba fue que dejando la bandeja sobre la mesa, esa puta acercara una silla a la cama y se sentara en ella.
-¡Cómo te pareces a tu hermano!- susurró sin querer, tras lo cual, la oí suspirar.
Entreabriendo los ojos,  descubrí que esa mujer, al suponer que seguía durmiendo, se había empezado a acariciar. Vestida con un camisón que se transparentaba todo, observé que bajo la tela sus pezones se habían puesto duros con  mirarme y a su dueña con las rodillas separadas mientras su mano toqueteaba con disimulo su sexo. Lo erótico de la situación hizo que bajo las sábanas mi pene se pusiera morcillón y totalmente espabilado, siguiera fingiendo sin perder detalle de los movimientos de mi cuñada.
Incapaz de retenerse, Sovann se sacó un pecho y cogiendo entre sus yemas la aureola, lo empezó a pellizcar mientras con su otra mano separaba los pliegues de su vulva y en silencio daba inicio a una pausada masturbación. Sus dedos torturaron su ya inhiesto clítoris con rapidez como temiendo que el hombre que yacía a su lado se despertara. Poco a poco su calentura fue subiendo en intensidad hasta que con suaves gemidos, se dio la vuelta y posando su pecho sobre el asiento, levantó su culo y abriendo sus nalgas, se introdujo un dedo en su interior. Reconozco que mi pene se puso  como una roca al disfrutar, yo, de la visión de su ojete rosado a escasos centímetros de mi cara y solo el corte de que ella supiera que había estado atento mientras satisfacía sus necesidades, evitó que al verla correrse no me levantara y la tomara allí mismo.
Una vez había conseguido que su cuerpo disfrutara, la vi acomodarse el camisón  y mientras salía de la habitación, escuché que me decía:
-Manuel, espero que te haya dejado tan caliente como tú me dejaste anoche. Ahora desayuna que, en una hora, me tienes que presentar a tu socio-
“¡Será guarra!”, exclamé mentalmente al  percatarme de que había sido objeto de su burla. Mi cuñada se había masturbado frente a mí, consciente de que la observaba. Comprendí que lo había hecho como castigo a mi huida de la noche anterior pero, aun así, me sacó de las casillas la facilidad con la que esa princesita era capaz de manipularme. 
Decidido a no dejarme vencer con tanta facilidad, me levanté y sirviéndome un café, me metí a duchar. Bajo el chorro y mientras el agua fría calmaba el ardor de mi entrepierna, planeé mi siguientes pasos, convencido de que aunque ese engendro del demonio estuviera acostumbrado a ese tipo de conjuras palaciegas, le plantearía cara y saldría victorioso.
Mis nuevos ánimos me duraron poco porque al ir bajando por las escaleras, vi a Sergio charlando animadamente con mi cuñada y en sus ojos descubrí que estaba hipnotizado por sus encantos.
-¿Cómo estás colega?- dije coloquialmente tratando de que esa zorra supiera que ese hombre era ante todo mi amigo.
-Cabreado de enterarme por la prensa de que te casas- respondió sinceramente pero babeando y sin dejar de mirar a la puñetera princesa.
Aprovechando el momento, me acerqué a mi prometida y posé mis labios en los suyos mientras le acariciaba sin disimulo el culo:
-Ya sabes que siempre he tenido éxito con las chinitas- respondí conociendo el odio que los samoyanos sentían por ese país con el que tantas veces habían guerreado.
Mi dulce cuñadita absorbió mi insulto sin quejarse y luciendo la mejor de sus sonrisas, nos llevó al despacho y sentándose en “mi” sillón, dijo:
-Querido, debería explicarte un poco de historia pero no he citado a Sergio para eso. Por favor, siéntate- Encantado de haber descubierto un punto flaco en ese témpano de hielo, me senté y simulando atención, la miré.

Sovann esperó a que mi socio se acomodara en su asiento y poniendo gesto serio, soltó:
-Señores, ¡Hablemos de negocios!- tras lo cual, profesionalmente, nos dio unos papeles y sin esperar a que  los leyéramos, dijo: -Os acabo de entregar la lista de las empresas europeas con intereses en mi país, quiero que me concertéis una cita con todos ellos –
-¿Para qué?- protesté por lo que consideraba una injerencia en mis asuntos.
Poniendo cara de inocente, mi prometida contestó:
-¿Tú que crees?. ¡Para ganar dinero!. Toda multinacional que quiera seguir trabajando en mi país cuando yo reine, deberá pasar por caja. Con mi ayuda, os haré inmensamente ricos y de esa forma, tanto tú como Sergio financiaréis mi asalto al poder-
 -¿De cuánto estamos hablando?- preguntó mi socio interesado.
-Calculo que el primer año nos embolsaremos cien millones, menos los cincuenta que necesitaré, cada uno de vosotros ganará unos veinticinco-
De esa sencilla forma, esa puta se apropió de mi empresa. Como un virus, silenciosamente y sin hacer ruido, se iba apoderando de todo lo que era mío; primero fue mi hermano, luego mi casa y en ese momento, comprendí que al igual que la compañía que tanto me había costado levantar, yo también caería irremediablemente en sus obsesivas garras. Si ya eso fue duro, más humillante fue oír a Sergio entusiasmado por el promisorio futuro que esa arpía nos ofrecía.
-Alteza, me pondré a ello- respondió y cuando ya se iba, dándose la vuelta, dijo: – Felicidades por la boda-
 Sovann esperó a que mi amigo se fuera para soltar una carcajada:
-Como te prometí, no seré una carga-  y acercándose a mí, me susurró al oído: -¿Te ha gustado mi regalo?-
Supe que se refería a mi extraño despertar y por eso, le grité:
-¿A qué coño juegas?-
Mi cuñada, haciendo caso omiso a mi cabreo, se sentó en mis rodillas y posando su cara en mi pecho, me respondió dulcemente:
-Ya que no quieres dejarme embarazada, tengo que pensar en mi futuro y que mejor forma de hacerlo que convertir a mi futuro esposo en millonario. Tu hermano nunca quiso que nos aprovecháramos de mi puesto pero, como eres diferente, contigo no me hará falta disimular-
-¿Y tu pueblo? ¿Y tus ideales?- exclamé intrigado.
-Samoya necesita progresar y si llegó a ser su reina, me ocuparé de ello. Pero como comprobarás soy una mujer práctica y pienso hacerme una hucha por si no se cumplen mis deseos-
-Eres una zorra materialista- le contesté pensando en lo engañado que había estado mi mellizo con su mujercita.
Esta, llevando su mano a mi entrepierna y mientras se acomodaba sobre mí, se rio y dijo:
-Lo soy y ahora, ¡Necesito follar!-
Descojonado por su descaro, le arranqué la blusa y cogiendo un pezón entre mis dedos, lo acerqué a mi boca mientras le decía:
-Si mi chinita quiere follar, tendré que hacer el esfuerzo-
Mi dulce y desinteresada cuñada no pudo reprimir un gemido al sentir mi lengua jugueteando con su aureola pero, antes de perder el control, me susurró:
-Como me vuelvas a llamar chinita, ¡Te corto los huevos!-
Sonreí al escucharla pero omitiendo mi respuesta, me concentré en las dos preciosidades que esa mujer ponía a mi disposición y mientras ella me bajaba la bragueta, me dediqué a mordisquearlas. Al pasar mi mano por debajo de su falda, descubrí que tampoco ese día llevaba bragas y cogiendo su trasero entre mis manos, apreté sus duras nalgas.
-Lo tienes enorme- protestó al intentarse introducir sin más mi falo.
Aunque estaba excitada, seguía teniendo el coño seco y apiadándome de ella la cogí entre mis brazos y depositándola sobre la mesa, le separé las piernas:
-Ten cuidado, todavía no estoy lubricada-
-Eso se puede arreglar- contesté mientras me quedada extasiado al contemplar la belleza de su sexo y sin esperar su permiso, separé sus labios.
Mi princesa suspiró al sentir mi lengua aproximándose a su objetivo y como una cerda en celo, me rogó que me diera prisa. Acostumbrada a mandar, protestó cuando contrariando sus deseos, me entretuve jugueteando con los bordes de su botón antes de conquistarlo y completamente cachonda, presionó con sus manos mi cabeza contra su entrepierna. Al percibir su calentura, decidí prolongar su sufrimiento y ralentizando mis maniobras, incrementé su angustia.
-Te lo ruego: ¡Fóllame!- gritó fuera de sí- ¡Me urge tenerte dentro!-
Fue entonces cuando compitiendo con mi boca, sus dedos se apoderaron de su clítoris y se empezó a masturbar. Con mi meta ocupada, la penetré con la lengua y saboreando su flujo, percibí que estaba a punto de correrse. Decidido a explotar sus flaquezas, pasé un dedo por su esfínter y lo empecé a relajar con suaves movimientos circulares. Ella, al experimentar el triple estímulo, no resistió más y retorciéndose sobre el tablero, llegó al orgasmo dando tantos alaridos que temí que sus berridos llegaran a los oídos de los policías del garaje. La que sé que se enteró de todo fue Loung porque la vi observándonos desde la puerta con una mezcla de deseo y envidia en sus ojos.
-¡Me corro!- aulló como posesa, ajena a la intromisión de su secretaria.
 Azuzando su deseo, terminé de introducirle mi dedo en su culo mientras usaba mi lengua para recoger parte del fruto que manaba de sus entrañas y digo parte, porque para el aquel entonces su sexo se había convertido en un ardiente geiser del que brotaba sin control su placer.
-¡No puede ser!- chilló al sentir que una a una sus defensas se iban desmoronando ante mi audaz ataque y temblando sobre la mesa,  dejó un charco, señal clara del éxtasis que la tenía subyugada.
Metiendo y sacando mi lengua de su interior, conseguí una victoria aplastante y solo cuando con lágrimas en los ojos me suplicó que la tomara, solo entonces, cogiendo mi pene entre las manos, y mientras miraba de reojo a la otra mujer, forcé su entrada de un solo empujón. Ni siquiera me hizo falta moverme: Sovann al sentir su conducto ocupado y mi glande chocar contra el final de su vagina, volvió a correrse y clavando sus uñas en mis nalgas, me exigió que la follara.
-¿Te gusta mi chinita?- pregunté al sentir su flujo recorriendo mis piernas.
-Siiiiii, ¡Cabrón! Llámame como quieras pero ¡No dejes de follarme!- ladró convertida en perra.
No tardé en hacerle caso y dando a mis caderas una velocidad creciente, apuñalé sin descanso su sexo. La mujer respondió a cada incursión con un gemido, de forma que mi antiguo despacho se llenó de sus gritos y su fiel súbdita fue testigo de la claudicación de su princesa. Llorando la vi marchar.
-¡Dios! ¡No pares!- chilló mi cuñada absolutamente dominada por la lujuria.
La entrega que me demostró, rebasó en mucho mis previsiones y cuando le informé que estaba a punto de correrme, me pidió que no eyaculara en su interior porque podía quedarse embarazada.
-¿No es eso lo que quieres?- pregunté pellizcándole un pezón.
-Si pero no ahora. Si me preñas antes de que nos casemos, no podré retenerte-

 

-Por eso no te preocupes. Aunque es reversible, ¡Tengo la vasectomía hecha!- respondí soltando una carcajada mientras sembraba con mi inocuo semen su fértil sembrado.