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La conocí una noche oscura, sin luna, una noche negra, como mi propio estado de ánimo, el malecón, atestado de gente, bebiendo y divirtiéndose, profundizaba mas mi depresión. Como a un zombie, mis piernas me llevaban hacia el café de la Parroquia, mientras mi mente se reconcomía en una espiral autodestructiva

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El ruido de las cucharitas al chocar con el cristal, tan típicamente jarocho, me hizo reaccionar, en una mesa de la acera, estaba Tito, mi amigo de juergas, un golfo como yo, simpático, cuya apariencia no delataba sus años de borracheras y excesos, por el contrario se mantenía joven, era un cazador avispado, preparado para saltar sobre cualquier presa que llevara faldas, sin importarle, lo mas mínimo, el hecho estar casado (Casado, pero no castrado…. era su frase preferida). A su lado estaba sentada, una de sus tantas amigas.
¡Compadre!-, me llamó, – siéntate con nosotros-, y dirigiéndose a la mujer, le dijo, – Luna, te presento al gachupín mas cabrón que ha llegado a pisar Veracruz-.
A regañadientes, me acerqué. Al saludarla, su aroma, a hembra satisfecha, inundó el ambiente, lejos de hacerme reaccionar, me hundió más en mi propia melancolía. Mecánicamente, me senté en la silla que el mesero, me tendía.
-¡Que onda!, llevaba un chingo de tiempo sin verte-, alegramente comentó mi amigo, -ya no te dejas ver-.
-He estado muy ocupado-, contesté tratando de evadir la contestación.
No me apetecía nada, el convivir en ese momento, quería estar solo. La conversación empezó a recorrer las diferentes peripecias, en la que habíamos estado involucrados, la exageración era el tono predominante, Tito me describía como un superman incansable, cuyas proezas rivalizarían con cualquier actor porno. Tanta alabanza, empezaba a calar en mi interior, a nadie le molesta que le ensalcen, empecé a reirme, a disfrutar. Luna era una morena de pelo corto, atractiva, su escote dejaba entrever unos magníficos pechos, que no me eran indiferentes. La escasez de su falda, mostraba descaradamente unas piernas contorneadas. Ella, sabedora de su atractivo, jugaba con nosotros, unas veces cruzándolas, otras agachándose para que buscáramos con la mirada, entre el canal de sus senos, el inicio rosado de sus pezones.
Las cervezas, que con ansia consumía, provocaron que necesitara ir al baño. De pié, frente al urinario, me dí cuenta que estaba feliz, mis problemas parecían lejanos, el alcohol y la muchacha me habían reanimado, entre mis manos estaba la demostración, lejos de estar en letargo, me pedía acción.
Al volver a la mesa, vi que María, la esposa de mi amigo, le estaba montando la bronca, a voz en grito le reprochaba que fuera tan descarado de exhibir a su amante en publico. Los tres estaban de pié, Luna no sabía donde meterse.
-Hola María-, le dije acercándome, mi mano se posó en la cintura de Luna,- veo que ya conoces a mi novia-, con un beso en sus labios, afiancé mis palabras.
Para la muchacha, fuí su tabla de salvación, pegando su cuerpo al mío, abrió sus labios, dejando profundizar a mi lengua en su boca.
-¿Tu Novia?, pero, Tú, ¿No andabas con una chilanga-, contestó azorada, por el ridículo que había montado, sin dejarme contestar, pidió disculpas a los dos, -Que oso, he montado, parece ser que he metido la pata hasta el fondo, perdonar pero me confundí-.
Tito, estaba atónito, no cabía en si de gozo, por la forma que se había librado, y sin dejar pasar la oportunidad, la acusó de ver moros con trinquetes en todas partes, de ser una celosa incorregible, y magnánimamente le comunicó que la perdonaba, pero que se asegurara antes.
Mientras tanto, seguía abrazado a la muñeca, sus pechos se clavaban contra mi, su proximidad motivó que algo en mí, empezara a crecer, ya no me pedía acción, me pedía una guerra sin cuartel, violenta, larga, inhumana, donde no hubiera prisioneros, donde el final viniera marcado por el cansancio de tanta destrucción.
Con una sonrisa, sin palabras, me demostró que había reparado en mi excitación:
-Mira que eres GOLFO-, me susurro al oído, sin separarse, disfrutando de su control sobre mí, recién adquirido, sus caderas presionaron aun más mis pantalones, reforzando la necesidad imperiosa de salir de su encierro. Sus pezones se tornaron duros, su camisa no pudo ocultar las dos pequeñas montañitas que crecieron en la cima de sus pechos, cuando mi mano empezó a recorrer la curva de su trasero.
De no haber sido, por María que intentando disculparse, nos cortó al invitarnos a cenar, la situación se hubiera vuelto insoportable.
Luna, no me dejó responder, antes que tanto Tito como Yo, pudiéramos buscar una excusa para rechazar la invitación, ella aceptó.
-De acuerdo, pero nos tenéis que llevar, ya que no hemos traído carro-.

Como corderos al sacrificio, fuimos llevados al coche. La cara de mi amigo era un poema, no creía que se pudiera salvar durante la cena, yo, por mi parte, no estaba mejor, sabía que era un peón en manos de las dos mujeres.

 
Contra la costumbre mexicana, donde los hombres ocupan las plazas delanteras, Luna hizo que me sentara a su lado, dejando al matrimonio delante. No habíamos arrancado, cuando ya estaba pegada a mi, y sus manos, sin vergüenza, recorrían mis piernas, concentrándose en la ya demasiada excitada e indefensa presa.
Las dos mujeres charlaban de cosas insulsas, mientras unos dedos se hacían fuertes, asiendo el total de mi extensión, y comenzando a imprimir un movimiento frenético. La situación era morbosa, estaba siendo masturbado, por la novia de mi amigo, en presencia de su esposa.
-Estas muy callado-, afirmó María hablándome,- ¿te ha comido la lengua un gato?.
No podía contestarla, toda mi concentración estaba en evitar correrme. Con un guiño, me hizo saber, que sabía lo que estabamos haciendo en el asiento trasero, y que no le importaba. Luna previendo mi climax, agachó su cabeza, introduciéndose mi pene en su boca. La suavidad de sus labios, y la humedad de su lengua, hicieron el resto, en breves sacudidas exploté, recogiendo ella, hasta el ultimo resto de la lava que salía de la erupción que había provocado.
Incorporándose, me besó, compartiendo conmigo el resto del semen que todavía no se había tragado. Su sabor dulzon me sorprendió, ya que nunca lo había probado, pero lejos de asquearme, me reactivó.
Habíamos llegado al restaurante, las dos mujeres se fueron al baño, mientras el camarero nos acercó a nuestra mesa.
-Gracias-, me dijo Tito,- no sabes como te agradezco el favor, si no llega a ser por ti, me caigo con todo el paquete. ¿Pero, ahora ,que coño hacemos?.
-Disimular-, le contesté sintiéndome mal, le había traicionado en su presencia, y ni se había enterado, y lo peor, es que estaba encantado.
Durante la cena, quizás por no soportar la tensión de tener a la esposa y a la amante sentadas en la misma mesa, mi amigo, el gran vividor, se dedicó a beber sin control, sus copas se llenaban y se vaciaban con asombrosa rapidez. Su mujer, que en otras ocasiones, le criticaba su afición a la bebida, se mantenía tranquila, hasta se podía decir que le alentaba a seguir emborrachándose. Luna, en papel estelar, bromeaba, reía, coqueaba no solo conmigo, sino con Tito, y hasta con María, se sabía la reina, y ejercía. Yo, por mi parte, seguía excitado, mis miradas recorrían ansiosas las figuras de mis dos acompañantes, eran dos mujeres de bandera, diferentes la piel blanca y el pelo rubio de Maria, contrastaban con el color cobrizo y el pelo negro de la muchacha, pero iguales en atractivo.
Al pagar la cuenta, el estado de Tito, era ya lamentable, el alcohol ingerido era demasiado, le costaba hablar, su lengua se trababa, de forma que era inteligible. Decidimos que así no podía conducir, por lo que agarré el coche, para acercarlos a su casa. Durante el trayecto, tuve que soportar que me repitiera mil veces, lo amigo que era mio, que me consideraba un hermano, que gracias a Dios que me había conocido, que era su cuatache….
El peso de su amistad, recayó sobre mí, cuando tuve que cargarle hasta su cama, ochenta kilos de borracho durante un trayecto que se me hizo eterno.
María parecía encantada:
-No te quejes, cuando te vas de pedo con él, la mayoría de las veces, soy yo, quien tiene que subirle, a la habitación, así que, hoy te ha tocado-.
Jodido, y cabreado, le subí por las escaleras, varias veces estuve a punto de caerme rodando por ellas, mientras oía las risas de las mujeres y escuchaba la música, de un cantante de salsa, que habían puesto.
Por fín, conseguí mi objetivo, bruscamente le dejé caer sobre el colchón.
-Quítate al menos los zapatos-, le pedí, como toda respuesta un gruñido, por lo que fui yo el que tuvo que quitárselos, y arroparle. Mi amigo, ya no era el cazador implacable, sino un guiñapo ebrio.
Cuando me reuní con ellas, estaban platicando animadamente mientras se tomaban una cuba.
No hay una para mí-, pregunté, refiriéndome a una copa.
No, hay dos-, me contestó Maria,- vuestra demostración en el carro, me ha puesto cachonda-, mientras me besaba.
Luna, no se hizo de rogar, su mano empezó a recorrer mi miembro, a la vez que se abrazaba a nosotros dos.
Con urgencia, desnudamos a la rubia. EL vestido, al caer, mostró un cuerpo bien formado, sus senos eran mucho mejores de lo que me había imaginado.
-Quiero que me comas entera-, dijo, mientras se sentaba en la mesa del comedor, abriendo sus piernas.
Me fijé en su sexo, depilado, dejando solo un pequeño triangulo de pelos, que como una flecha señalaba mi destino.
Cogí sus pies con las manos, mi lengua comenzó a dibujar círculos, alrededor de su pierna, acercándome despacio hacia abajo. Su excitación era enorme, la esposa de mi amigo, se estaba comportando como una puta. La humedad de su monte, se convirtió en un torrente cuando con la punta descubrí su clítoris. Ya no me pude refrenar, como si fuera un micropene, mi lengua se introdujo en su interior, a la vez que mi mano apretaba el pecho que Luna me había dejado libre. La morena estaba chupando el pezón de la rubia, mientras su mano estaba ocupada estimulándose ella misma.
Esa unión a tres, donde ella era el centro de atención, provocó su orgasmo, sin vergüenza, agarró mi cabeza , para que mi boca se hiciera cargo del río que en ese momento caía sin control sobre la mesa.
Sobreexcitado, me quité los pantalones, y dándole la vuelta, la penetré sin compasión. Luna aprovecho la ocasión para tumbarse en la mesa, y que María se hiciera cargo de su sexo.
Cada vez que mi miembro se introducía en su vulva, su lengua entraba en la de la morena. Poco a poco fui incrementado mis acometidas, mis dedos empezaron a jugar con ella, introduciéndose en su entrada trasera. El sentir que su orificio virgen era violado la excitó mas si cabe, y con sus manos estrujó cruelmente los pechos de Luna.
-Hazlo-, me pidió.
Supe enseguida, lo que quería, sacando mi pene, comencé a restregarlo contra sus nalgas para aprovechar que la humedad facilitaría la maniobra. Ella protestó, lo necesitaba ya, con su mano me dirigió directamente. De un solo golpe, toda mi extensión entró dentro de ella, dos lágrimas fueron la única demostración del daño. Ya no era persona, estaba dominado por la urgencia, usé su pelo como riendas y cabalgué directamente hacia mi destino, explotando y llenándola de mi semen.
Agotado, me tumbé en la mesa, Luna se acercó pidiendo su ración.
-Espera un poco que me recupere-, le pedí,-si lo hubiera sabido me habría tomado antes, una de esas pastillas azules-
Para qué necesitas Viagra, teniendo a la Luna azul- Me contestó, mientras sus labios se abrían para recibir su promesa,
Tenía razón:
¿ Para que quiero el Viagra teniendo a Luna azul?