me darías

Soy un soltero empedernido que nada mas salir de la universidad creó su propia empresa . Valoro Sin título1mi libertad en la medida que me permite disfrutar de independencia, no dependo de nadie y lo que es mas importante, nadie depende de mí, por lo que decido donde cuando y como tomarme mis vacaciones, en que gastarme el dinero, donde invertir o que ahorrar.
Esa había sido mi máxima hasta la noche en que la conocí.

Después de un duro día en el trabajo, decidí irme a tomarme unas copas con Pepe, un golfo empedernido que era amigo mío desde la infancia. Era una fría noche de invierno en Madrid, por lo que antes de salir de mi apartamento tuve la precaución de abrigarme bien. Solo la personas que han vivido en esta ciudad, conocen como afecta el viento helado de la sierra cuando sopla con fuerza, trayendo una caída brusca de las temperaturas.

Habíamos quedado en un restaurante del Pardo, pueblo famoso por haber sido la residencia de Franco, pero que exceptuando al Palacio ha sufrido durante las últimas décadas una degradación brutal gracias a las inmobiliarias.
El tráfico era horrible, al normal en un día de viernes se le unía el colapso que provocó la visita del nuevo Presidente francés. Desesperado tuve que aguantar más de tres cuartos de hora de atasco para recorrer siete kilómetros, por lo que Pepe ya me estaba esperando sentado en la mesa y con dos copas de ventaja.

Lejos de estar enfadado por la espera, me recibió muerto de risa, comentándome que eso era justo castigo por quedar allí, que había que ser idiota por no caer en la cuenta del día al hacer la reserva. Le di toda la razón, tanto la carretera de la Coruña como la del Pardo están permanentemente paradas, pero no me esperaba algo parecido. Estaba todavía disculpándome cuando se sentó en la mesa una rubia de mas de un metro setenta de altura, que por su acento supe que era extranjera.

-Como estaba solo, invité a Johana a sentarse, ¿ No te importa?-, me dijo guiñándome un ojo. Ese era el motivo de su buen humor, mientras me esperaba, el muy cabrón había ligado.

-Para nada-, respondí, en realidad me jodía el que hubiera sido él quien la hubiera conocido, no la muchacha, que era toda una ricura, grandes pechos, cintura pequeña y unas piernas de infarto.

Resultó ser danesa, una ejecutiva de Microsoft destinada en España que había caído de casualidad en el restaurante, después de haber visitado el palacio. Como no podía ser de otra forma, Pepe la había engatusado con su galantería antes de que yo llegara, no tuve ninguna oportunidad de robársela, por lo que terminando de cenar me disculpé diciendo que estaba cansado, aunque lo que no me apetecía era ser la carabina de mi amigo.

Con dos copas de más, me subí en mi coche con la firme intención de proseguir la juerga en otro sitio. La lluvia y el frío eran impresionantes, los limpias no llegaban a despejar el agua del parabrisas, por lo que tuve que reducir la marcha no fuera a tener un accidente. No sé si fue el alcohol o la mala visibilidad, pero en vez de tomar la primera salida, me equivoqué y seguí carretera adelante. Cinco minutos mas tarde, dándome cuenta que me había equivocado quise rectificar, perdiéndome totalmente. Borracho y desorientado, me empecé a preocupar cuando caí en que había dejado de ver el resplandor de la luces de la capital, no siendo posible que me hubiese alejado tanto. Para colmo de males mi BMW recién sacado del taller empezó a fallar, dejándome tirado en mitad de la nada.

No sabía que hacer, fuera estaba cayendo el diluvio universal, pero dentro del habitáculo del coche hacía un frío endemoniado y mi móvil no servía. Lo que tenía claro es que no me iba a adentrar en la oscuridad, para empaparme, por lo que sacando una manta que tenía en el maletero, me dispuse a esperar que se hiciera de día.

No llevaba mas de diez minutos, acurrucado debajo de la manta cuando oí un ruido cerca de lugar donde había aparcado, pensando que era un animal, cerré los pestillos de la puerta, buscando una falsa seguridad que no sentía. Eran sonidos de pasos acercándose, acojonado por la situación me atreví a mirar por la ventanilla, buscando su origen, descubriendo que a una mujer desnuda en medio del páramo.
Durante unos segundos, titubeé si ayudarla o no, pero la poca humanidad que me quedaba hizo que saliera del coche y fuera en su busca. La lluvia me caló de inmediato, por lo que sin mediar palabra cogí a la muchacha del brazo, metiéndola en el coche.

-¿Qué te ha pasado?-, le pregunté mientras la envolvía en la manta.

-Frío, mucho frío-, me balbuceo contestándome.

Estaba congelada, los labios tenían esa tonalidad amoratada, primer síntoma de congelación, su pelo negro estaba totalmente cubierto por una costra de barro como si hubiera arrastrado por el suelo. Sabiendo que tenía que hacer algo o la muchacha se me moría, me quité el abrigo, poniéndoselo encima, mientras intentaba arrancar el vehículo.

Afortunadamente arrancó a la primera, por lo que retomé la carretera, y tras diez minutos buscando el camino, me encontré otra vez en la carretera del pardo. Durante ese tiempo mi inesperada acompañante no dejó de toser, y creyendo que lo mas prudente era llevarla a un hospital, me dirigí al Clínico. Aparqué directamente en urgencias, y cogiéndola en brazos, me metí directamente sin esperar a que saliera un enfermero a por ella. Las urgencias estaban atestadas pero viendo el estado de la mujer, me abrieron paso y rápidamente empezaron a atenderla. El problema vino después cuando al pedirme rellenar sus datos, expliqué la situación en la que la había hallado y el recepcionista no creyéndose nada, llamó a seguridad.

El policía atentamente escuchó mi versión de los hechos, y al igual que el empleado del hospital no pudo o no quiso creérsela. Según él no tenia ni pies ni cabeza, el que no la conociese, que la hubiera encontrado en medio del campo, y para colmo en un lugar que no podía determinar, por lo que esposándome, pidió al médico de guardia que le hicieran una exploración para determinar que no había sido violada. Por ser buen samaritano tuve que aguantar el estar detenido durante mas de dos horas, hasta que el sanitario determinó que no había sido objeto de ningún tipo de violación y que la muchacha confirmara mi versión.

Ya me iba cuando el propio agente se acercó disculpándose y informándome que la mujer quería hablar conmigo para agradecerme su ayuda. Ya había malgastado la noche entera, por lo que no me importaba el perder cinco minutos más, le contesté. Estaba vistiéndose, cuando llegué a su cuarto, los médicos le habían dado el alta, y prestándole ropa la mandaban para casa. Al verla me sorprendió no solo lo recuperada que estaba, sino la belleza de sus facciones. Era una morena preciosa, que llevaba con una elegancia innata el mono que le habían dado, pero lo que mas me impactó de ella, fueron sus ojos negros. Eran enormes y con una dulzura que hubiera conquistado al mas frío de los hombres, que por supuesto no era yo.

-Gracias-, fue su escueta frase de agradecimiento pero fue suficiente para mí. Su voz profunda me terminó de cautivar, nunca me había impresionado una mujer como ella, por lo que no debió extrañarme que de pronto le dijera si podía llevarle a su casa.

-Sácame de aquí-, me contestó.

No fue una pregunta, sino una orden, como la que se le da a un inferior en el ejercito, pero no me molestó en lo mas mínimo, al contrario no podía creerme mi suerte, por lo que con ella asida por el brazo, salí del hospital siendo el hombre mas feliz del mundo, sobretodo al observar como el genero masculino con el que nos cruzábamos me miraba con envidia. Era una mujer de bandera, que al verla caminar se adivinaba la seguridad con la que afrontaba la vida.
Mi coche seguía donde lo había dejado, y acercándome le abrí galantemente la puerta, pero ella sorprendiéndome me pidió la llaves. Jamás se lo dejo a nadie y menos a alguien que acabo de conocer, pero no pude negarme por lo que me senté en el asiento del copiloto, sin rechistar.

-¿Dónde vives?-, me soltó a bocajarro.

-Abascal 40-, le contesté, sin pensarlo dos veces.

Encendió el motor, y arrancando violentamente se dirigió hacia mi casa. Durante todo el trayecto no me dirigió ni una sola mirada. En cambio, yo no pude dejar de mirarla, admirando sus rasgos, parecía sacada de una revista, bella, gélida como un témpano y distante.
Poco antes de aparcar , tratando de iniciar una conversación le pregunté su nombre.

-Eso no importa-, me dijo mientras estacionaba en un hueco en frente de mi piso,-puedes darme el que tu quieras-

“Joder, ¡que tía mas rara!”, pensé mientras me empezaba a arrepentir de haberle ofrecido mi ayuda. Temblando como un flan, abrí el portal dejándola entrar. Tomamos el ascensor en silencio, y en silencio entramos a mi apartamento. Nada mas hacerlo, me pregunto donde estaba el baño, que quería ducharse. Se lo dije como un autómata, esa mujer me dominaba por lo que agradecí que me dejara solo en el salón. “Necesito una copa”, estaba loco al dejar que una extraña tomara posesión de mi vida, sin que yo hiciera nada por evitarlo. Me serví un whisky, esperando que saliera. El sonido de la ducha retumbaba en mis oídos y sin poder evitarlo me imaginé a la mujer enjabonándose, y el agua recorriendo sus pechos antes de caer sobre la bañera. Me vi con ella compartiendo el estrecho espacio, mientras le besaba sus labios.

Salió del baño, envuelta en una toalla, su pelo negro aun mojado le confería un aspecto gatuno, era una pantera a punto de alimentarse, una cazadora y yo su presa. Me dijo que dejara la copa, manifestando su disgusto por que estuviera bebiendo, y acercándose a mi, me cogió de la mano.

-Vamos a la cama-, volvía a exigírmelo, era como si fuera mi obligación, como si nada le importara mi opinión o mis ganas. Sus manos me desnudaron con rapidez, mas que quitarme la ropa, me la arrancó y de un empujón me tumbó en la cama. Estuve a punto de negarme, pero entonces dejó caer la tela que la envolvía dejándome ver el cuerpo mas impresionante que me hubiese podido siquiera imaginar.

Todos mis recelos desaparecieron cuando dándome un pecho, me obligó a chupárselo. Era la dádiva de una diosa a un mortal. Me entretuve recorriendo con la lengua el borde de su pezón, mientras ella se acomodaba encima de mi, y sin preparativos se introdujo mi miembro en su cueva. Me hizo daño al hacerlo, la falta de lubricación provocó que sintiera cada uno de sus pliegues como una tortura, que fuera como si dentro de ella miles de pequeños dientes me rasgaran todo mi sexo. No le importó, y como quien se mete un consolador, empezó a montarme sin freno.

Los músculos internos de ella, me apretaban y soltándome en una perfecta sincronía, era como si me estuviera ordeñando, como si lo único que buscara era recoger mi simiente, sin darle ninguna importancia a lo que yo pensara. Su cabalgar se incrementó de improviso, y por vez primera mi pene se deslizaba con mayor facilidad dentro de ella, dejó de ser un experiencia traumática para convertirse en gozosa, su excitación se me contagió y cambiando de postura apoye su espalda contra la cama, abriéndole las piernas para facilitar mis acometidas.

Por su respiración entrecortada supe que se le acercaba el climax, el olor a hembra me llegaba por todos lados, cuando me envolvió la humedad de su venida. Gritó como poseída, al sentir como su cuerpo explotaba, y arañándome me dio permiso para que yo también terminara. Su orden desencadenó que mi cuerpo derramara dentro de ella en breves pero intensas sacudidas de placer toda la frustración de la noche, y cayendo sobre ella me corrí.

No había terminado de correrme cuando ya tenía mi pene en su boca, buscando el reanirmarlo, increíblemente lo consiguió sin esfuerzo y nuevamente poniéndose a cuatro patas, me exigió el introducírselo en su vagina. Se lo introduje de una sola vez, la cabez de mi glande chocaba en esa posición con la pared de su vagina, pero no hubo queja, sino que con palabras soeces me incitaba a penetrarla con violencia. Me agarré de sus pechos usándolos como soporte, y desbocado seguí con mi misión. Ya nada me podía parar, era un objeto deseoso de seguir dándole placer, mientras ella conseguía multiples orgasmos. Quise sacarla y que me la chupara pero se negó, quería que me corriese dentro de ella, por lo que continué mecánicamente sacando y metiendo mi pene en su vulva., sintiendo como temblaban sus piernas, disfrutando de su conquista.
Por segunda vez mi cuerpo regó el suyo, al notarlo aceleró sus movimientos sacándome hasta la última gota de semen.
Satisfecha, se tumbó en la cama y girándose me miró diciendo:

-No se te ocurra irte, necesito diez minutos para comprobar algo-, y acto seguido se levantó al baño. No supe que hizo todo ese tiempo, pero al volver alucinado comprobé que algo había cambiado, su estómago antes liso, mostraba la curva incipiente de embarazo, sus pechos habían crecido y sus pezones, habían perdido el color rosado, trasmutando en oscuro.

Parándose en frente de mi, como solo lo hacen las mujeres embarazas, me enseñó el resultado de mi deseo. Me debí desmayar, por que no recuerdo nada mas, hasta que me desperté por la mañana. Sobre mi cama, un bebé lloraba de hambre, y sobre mi almohada, una concisa nota:

“Cuida de nuestra hija”.

Desde entonces, vivo por ella, cuidando y protegiendo al producto de mi calentura con un ser que no alcanzo a descubrir su verdadera naturaleza, del que no sé siquiera su nombre y que me encontré una fría noche en el pardo. A mi dulce hija le di el nombre de lo que había perdido, “Libertad”.