Sinopsis:

Ciencia-ficción erótica

Las primeras naves órfidas llegaron a la galaxia en el año 9600. Eran comerciantes y se interesaron por los metales, las piedras preciosas y la carne, y ofrecían a cambio avances tecnológicos y energía. Su carácter sociable y generoso los hizo muy populares y, en algunos planetas, llegaron a venerarlos. La luna de miel entre ellos y la humanidad duró hasta que descubrieron el sabor de la carne humana. Aquello alteró para siempre la relación entre las dos especies. Las primeras partidas de carne alcanzaron precios exorbitantes en sus mundos de origen y atrajeron a millones de órfidas. Su penetración en los planetas era siempre pacífica. En cada país pactaban la entrega de un cupo de personas por año a cambio de su tecnología. Los gobernantes solventaban el problema entregándoles delincuentes y mendigos. Al principio cubrían el cupo con los grandes criminales y los pobres de solemnidad, pero, debido al continuo incremento de la demanda de carne, terminaban estableciendo un impuesto y quien no lo pagaba iba a manos de los órfidas. El impuesto subía por meses, y muchos ciudadanos hacían una carrera contra reloj para obtener el dinero antes de que expirase el plazo.

El terror y la degeneración se propagaron en la colonización terrestre. Por todas partes, los mismos humanos abrieron carnicerías y restaurantes para vender carne de sus semejantes. Los óphidas pagaban bien y no se molestaban en averiguar si las personas pertenecían al cupo pactado.

Varias naciones humanas se aliaron contra el terrible opresor, pero la desigualdad tecnológica hacía muy difícil su supervivencia. En el año 9985 un príncipe corio recorrió la galaxia en busca de aliados para luchar contra los órfidas. Descubrió diferentes y extraordinarios mundos, donde sucedían realidades terribles, y sufrió mil aventuras. Y, de manera sorprendente, y en el lugar menos indicado, también encontró el amor.

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Para que podías echarle un vistazo, os anexo EL PRIMER CAPÍTULO:

Capítulo 1

Valeria

Valeria, el tercer planeta de la estrella Alexandra, destacaba por los soberbios navegantes que se formaban en su famosa Escuela del Espacio. El navegante, según la definición clásica, es quien fija el rumbo de la nave espacial; pero esta definición resultaba insuficiente en los tiempos revueltos que corrían a finales del siglo cien. Un navegante tenía que saber todo lo referente al itinerario, desde posibles zonas de meteoritos a contingentes enemigos que pudieran aparecer. En definitiva, controlaba el movimiento de la nave y, salvo el capitán, no había nadie más importante.

Cuando el imperio de Horgón conquistó el sistema solar de Alexandra, muy pronto apreció la valía de los astronautas valerianos y los integró en su ejército. Por ello, Valeria obtuvo un trato de favor y se permitieron en su territorio actividades prohibidas en otras colonias, como la elección de los dirigentes por sufragio universal o la libertad de expresión.

Tras la destrucción de Horgón, el reino de Bahía adquirió importancia en esa zona de la galaxia. Al principio los bahiianos recelaban de quienes habían servido al imperio, pero pronto se dieron cuenta de que los valerianos eran fieles a quien les pagara, y comenzaron a contratar a los magníficos técnicos formados en la Escuela del Espacio de Ciudad Luz.

Valeria era muy diferente de los países de su entorno. Chintia, nación que dominaba los dos primeros planetas, era belicosa y estaba regida por un régimen dictatorial. Y lo mismo se podía decir de Delfos y Donara, las otras dos naciones independientes del sistema solar.

En los años posteriores a la caída de Horgón, Chintia intentó imponer su ley. Sus tropas conquistaron Donara, el cuarto planeta, y, meses más tarde, atacaron Valeria. La armada valeriana malogró los intentos de invasión, pero lo habrían pasado mal si no llega a ser por el tratado de Ciudad Luz, en el que Bahía garantizó su seguridad frente a las agresiones de Chintia. Tras la paz, comenzó una magnífica época para Valeria que sólo se vio interrumpida con el advenimiento de los órphidas.

Historia del Universo

Universidad Central de Sama

Marino Meler nació en Ciudad Luz, capital de Valeria, en 9950, el año de la paz. Bahía, ya todopoderosa, obligó a la siempre hostil Chintia a rendirle vasallaje, con la prohibición expresa de hostigar a Valeria.

La infancia de Marino fue tan feliz como la de los demás niños del planeta; siempre mirando al cielo. La mayor aspiración de todos los jóvenes era ser astronautas. Muchos navegantes formados en Valeria trabajaban en las armadas, o en las naves mercantes, de otras naciones, y eran la principal fuente de ingresos del país.

Marino ingresó a los diez años en la Escuela del Espacio. Los estudios estaban encaminados desde el principio a su futura profesión. A los quince años sabía de memoria los nombres de las estrellas que se divisaban desde la ciudad, y distinguía a la mayor parte en el firmamento. También conocía las líneas comerciales más frecuentes y destacaba en teoría hiperespacial.

Siempre recordaría la ilusión que sintió cuando, como segundo navegante, hizo su primer viaje espacial al planeta Chintia. Fue magnífico apreciar por primera vez la maravillosa quietud del espacio, pero le impresionó mucho más el gran planeta donde aterrizaron. Era un mundo extraño, más luminoso que el suyo e infinitamente más comercial. En Chintia se podía comprar casi todo.

Acompañado por otros jóvenes visitó Chai-Lah, la capital del país. Quedó estupefacto al ver las tiendas de esclavos. Hombres, mujeres y niños se vendían al mejor postor. En Valeria estaba prohibida la esclavitud y sus leyes garantizaban que todos los hombres fueran iguales. También le sorprendió el extraordinario comercio carnal, cosa que tampoco se permitía en Valeria aunque siempre había rumores sobre su existencia solapada. En Chai-Lah, no sólo había puestos de prostitución con mujeres desnudas en medio de la calle, sino que las bellas nativas, vestidas con poquísima ropa, ofertaban sus cuerpos a los viandantes a cambio de unas monedas.

Aquel día vio por primera vez a los órphidas. Una nave acababa de llegar a Chintia y negociaban con el gobierno su asentamiento en el planeta. Ellos tropezaron con un grupo en la calle principal. Despertaban la curiosidad de los viandantes. Parecían grandes osos. Muchos se burlaban de

su extraño aspecto, y la sorna callejera no era más agresiva porque iban armados hasta los dientes.

Hizo una fotografía del grupo que, cuando regresó a Valeria, fue muy solicitada por sus amigos y durante un tiempo la guardó como si fuera un tesoro.

Dos años después, a los pocos días de ser ascendido a primer navegante, los órphidas visitaron Valeria. En cuanto aterrizaron en el espacio-puerto de Ciudad Luz, comenzaron a repartir preciosos regalos entre la muchedumbre que acudió a conocerlos. Durante varios días anunciaron las maravillas que traían para el pueblo valeriano, entre las que destacaban ingentes cantidades de energía. Habían desarrollado unas ruedas de molino, de un metro de diámetro y cincuenta centímetros de grosor, capaces de suministrar la energía necesaria para mantener una ciudad de doscientos mil habitantes durante un año. A la semana, manifestaron su intención de entrevistarse con los dirigentes del país. Pronto circularon rumores de que los extraños visitantes pretendían dedicarse al comercio de personas como carne. A cambio de que les entregaran un determinado número de ciudadanos al año, ofrecían adelantos tecnológicos y energía suficiente para el mantenimiento del planeta.

Su padre, que en aquel tiempo era ministro del gobierno, le confirmó la veracidad de la noticia, así como la rotunda negativa del presidente y la expulsión de los órphidas con orden de no volver jamás.

Ya se habían instalado en los demás planetas del sistema solar, y los tripulantes de las naves hiperespaciales decían que estaban en toda la galaxia y su poder era inmenso.

Marino vio como degeneraban las naciones donde se habían establecido. Los mismos humanos abrían carnicerías y restaurantes dedicados a vender carne de sus semejantes. Los órphidas eran ricos y pagaban bien. Pasear por las calles de cualquier ciudad era muy peligroso para los extranjeros. Los nativos buscaban carne con entusiasmo.

El gobierno de Chintia, el primero en permitir la instalación de las factorías, sólo garantizaba la vida a los forasteros que no salieran de sus naves, para no interrumpir el comercio interplanetario que tantos beneficios producía. Todos los espacio-puertos presentaban el mismo aspecto. Las naves

comerciales esperaban que las descargasen con toda la tripulación a bordo. Y, alrededor de ellas, los nativos intentaban atraer al exterior a los pasajeros. Chicas desnudas los invitaban a bajar para hacer el amor con ellas. Los incautos que aceptaban desaparecían para siempre.

Los órphidas pactaban con los dirigentes de cada nación la entrega de un cupo de personas por año pero, como cada vez instalaban más factorías, siempre necesitaban más carne. Los gobernantes solventaban el problema de muy diversas formas, aunque lo común era entregarles delincuentes y mendigos. Al principio, cubrían el cupo con los grandes criminales y los pobres de solemnidad, pero, debido al continuo incremento de la demanda de carne, casi todos los países establecían un impuesto y quien no lo pagaba iba a manos de los órphidas. Cometer el menor delito acarreaba la misma suerte. El impuesto subía por meses, y muchos ciudadanos hacían una carrera contra reloj para obtener el dinero antes de que expirase el plazo.

Valeria, mientras tanto, se mantenía libre de órphidas. En el año 9981, era el único planeta del sistema solar donde todavía no se conocían las famosas factorías.

En agosto de ese mismo año Marino conoció a Manara. Era azafata de tierra de su misma compañía y fue su ayudante en un curso de perfeccionamiento obligado para los navegantes. Su belleza y simpatía le cautivaron. Salieron un par de veces y se enamoraron. Marino ya era primer navegante. Pronto la compañía pondría a su cargo una nave hiperespacial. Estaba en las mejores condiciones económicas para casarse y formalizó su compromiso con Manara. Contraerían matrimonio en la primera fecha que les viniera bien a ellos y a sus respectivas familias.

En diciembre de 9981, Chintia amenazó a Valeria con invadirla si no permitía que los órphidas se instalaran. El gobierno pidió auxilio a sus protectores de Bahía, pero los dirigentes bahiianos, al contrario que en anteriores ocasiones, manifestaron que no intervendrían y aconsejaron que facilitaran el asentamiento.

El presidente, hombre honorable y de profundos principios, mantuvo su tajante negativa. La flota valeriana salió al espacio para defender a la nación, pero los órphidas la destrozaron en el primer combate y aterrizaron Ciudad Luz. El presidente desapareció, y nadie supo más de él, y colocaron en

su lugar a un chintiano que autorizó la instalación de tres factorías en las principales ciudades del planeta.

El director de Orphelenka, la compañía propietaria de las factorías, y el nuevo presidente pactaron la entrega de hombres a cambio de energía. Los órphidas permitían al gobierno elegir a los desafortunados y el número de personas no era muy elevado. Parecía que el siniestro intercambio no afectaría a la mayoría de los valerianos. El gobierno no se cansaba de repetir que sólo entregaría delincuentes y enfermos. Pero, en cuanto se inauguró la primera factoría, comenzaron a desaparecer personas. Los órphidas pagaban muy bien toda la carne que les llevaban.

El terror imperó en Ciudad Luz. Nadie se atrevía a salir de noche por las numerosas bandas que buscaban carne para los órphidas. Los jefes se enriquecían rápidamente y pronto se convirtieron en los nuevos potentados de la ciudad. Cada vez cometían mayores tropelías. Ante el abandono de las calles por parte de la población, comenzaron a asaltar domicilios para capturar a sus ocupantes. La policía local no podía hacer nada pues los bandidos poseían armas superiores, entregadas por los órphidas, y los agentes entrometidos se convertían en unos kilos más de carne.

Un día, al regresar de un viaje al planeta Casablanca, Marino se encontró con que habían asaltado su casa. Sus padres y hermanos estaban ilesos, pues se escondían todas las noches en un sótano secreto, pero la casa estaba destrozada. Los habitantes de la vivienda contigua no tuvieron tanta suerte. La mansión estaba intacta pero habían desaparecido sus moradores. Eran amigos de toda la vida.

Marino decidió instalarse en otro planeta. Decían que en Bahía, aunque también había órphidas, estos se comportaban de manera más civilizada. Acordó con Manara que las dos familias se irían en cuanto fuera posible. La encantadora Ciudad Luz se había convertido en un centro de terror. Se multiplicaron los restaurantes para órphidas. Las carnicerías exponían, ya sin recato alguno, cuerpos y miembros humanos en sus escaparates. El que podía emigraba a las afueras, o a ciudades lejanas donde no existían factorías, pero cada vez era más frecuente que las bandas operasen por todo el planeta.

El nuevo presidente, a pesar de ser chintiano, intentó controlar el salvajismo pero poco pudo hacer. Los órphidas, airados por la resistencia de los valerianos, habían decidido que recibieran un castigo ejemplar.

Corrían rumores de que se iba a cerrar Ciudad Luz para que nadie escapase. Urgía abandonarla lo antes posible.

En la compañía le asignaron una de las mejores naves hiperespaciales, la que comunicaba Ciudad Luz con Dorado, la capital de Bahía, y decidió buscar un empleo en ese planeta.

Todos estuvieron de acuerdo. En el primer viaje iría solo. Intentaría conseguir trabajo y alquilar una vivienda. Después, se trasladarían Manara y sus respectivas familias.

El director de la compañía no le puso ningún impedimento. Él y su familia pensaban emigrar cuanto antes. Ya le había desaparecido un hijo y, aunque su casa estaba acorazada, temía en todo momento por la seguridad de los suyos.

Manara fue a despedirle al espacio-puerto. La noche anterior habían estado en su casa y faltó poco para que hicieran el amor, pero decidieron dejarlo para cuando llegasen al nuevo mundo. Las jóvenes valerianas eran muy recatadas y era difícil tener relaciones sexuales antes del matrimonio.

Marino quedó encantado por la magnificencia de Dorado, la capital de Bahía. Una hermosa ciudad con cinco mil años de historia. Los bahiianos no eran comestibles para los órphidas y debían a éstos gran parte de su enorme desarrollo.

Habló con una compañía comercial. Le hicieron unas pruebas muy selectivas y las supero sin dificultad. Los directivos quedaron tan contentos que le contrataron, triplicándole el sueldo que ganaba.

Al tener un trabajo especializado todo se facilitó. Consiguió un permiso de residencia y le autorizaron a llevar a su familia y a la de Manara. La burocracia de Dorado trabajaba de forma muy eficiente, en sólo dos días arregló el papeleo.

Alquiló una bonita mansión en uno de los mejores barrios residenciales de Dorado. Tenía dos plantas y un amplio y frondoso jardín, lleno de flores y árboles frutales, donde había una piscina de agua caliente

perfumada por decenas de jazmines. Ya imaginaba a Manara nadando desnuda en aquel agua cristalina. La casa era lo suficientemente grande para albergar a las dos familias. También era muy cara, pero con su nuevo salario podía permitirse pagar el elevado alquiler. Por primera vez en muchos meses se sintió feliz.

Le cayeron simpáticos los bahiianos a pesar de que estaban convencidos de ser el centro del universo. De hecho era verdad, pues hasta los mismos órphidas se comportaban correctamente. Había muchas factorías pero se nutrían de criaderos hechos con personas procedentes de otros mundos. Jamás cazaban humanos, aunque fuesen comestibles, en todo el ámbito del imperio de Bahía.

Al regresar a Valeria, en el escaparate de la principal carnicería órphida de la ciudad, vio por primera vez desnudo el cuerpo de Manara. Bella hasta en el rigor de la muerte. Pronto alguno de los conquistadores disfrutaría con aquella blanca y preciosa carne. Vio como el carnicero la retiraba. No podía moverse. Sus músculos se negaban a obedecer las órdenes que les enviaba. Permaneció inmóvil un tiempo indefinido. Cuando devolvieron a Manara le faltaban un pecho y una pierna.

Cayó al suelo sin sentido.

Unos compañeros lo rescataron de una banda de muchachos que, viéndolo desvanecido, quisieron aprovecharse y venderlo a los órphidas.

En el siguiente y tristísimo viaje a Bahía el pirata Lars asaltó su nave. Marino se sorprendió de que no le afectara encontrarse en manos de aquellos hombres de rostros patibularios. Desde la muerte de Manara estaba fuera de la realidad, no sentía nada.

Los piratas se comportaron correctamente con los pasajeros. Les preguntaron por su dinero y por la posibilidad de que alguien pagase un rescate por ellos. A él lo llevaron ante un gigante pelirrojo, de aspecto descuidado, que parecía tener alguna cultura y era muy amable. Le interrogó sobre su vida en Ciudad Luz y se mostró muy interesado por las maldades de los órphidas. Marino, sin saber por qué, estalló en sollozos y le relató su historia. El pelirrojo se mostró muy afligido por la muerte de Manara. Era un hombre comprensivo que entendía las penas de los demás. Después de

charlar un rato le preguntó si quería ser su navegante. Marino aceptó y, desde entonces, fue el navegante de la nave pirata “Halcón del Infinito”

Semanas más tarde supo que Lars, el Rojo, no sólo le había ofrecido un puesto de navegante, sino también su propia vida. Todos los restantes pasajeros de la nave habían sido incinerados, sólo dejaron con vida a varias mujeres que posteriormente vendieron en Orgaz.

Los piratas confiaron en él muy pronto y se convirtieron en su familia. Marino, con su magnífica formación como navegante, contribuyó a que Lars fuera cada vez más osado en sus correrías, y a que escapara en múltiples ocasiones de las flotas que enviaron en su busca.

Un día, en una taberna de Orgaz, escuchó a Lars, ya muy borracho, presumir delante de otros capitanes piratas de tener un navegante valeriano, como las mejores naves de la galaxia.