herederas3LA CONFESIÓN

          La jornada transcurrió sin novedad. Bethelyn no se atrevió a pasar sola ni un momento. Estuvo con el ama de llaves y sus criadas la mayor parte del tiempo hasta que, al llegar la noche y una vez acabada la cena, todos los criados se fueron retirando a sus aposentos quedándose sola.
 Su esposo continuaría en su despacho hasta altas horas como de costumbre, así que subió resignada las escaleras hacia su habitación en soledad y con el alma en un puño sin dejar de pensar en la pasada visita furtiva de Garse.
 Al llegar al pasillo superior se topó con el ama de llaves.
-Elise, espera.
-¿Señora?
-Acompáñame.
Elise, la fiel ama de llaves, acompañó a su señora hasta su alcoba. Bethelyn la hizo pasar y cerró la puerta tras ellas.
-Quédate conmigo esta noche, Elise.
-¿Quedarme? ¿Aquí, en su dormitorio?
-No quiero estar sola.
-Pero… mi marido estará esperándome.
-Solo hasta que llegue mi esposo.
-Yo… no se que decir… -alegó azorada.
-Por favor, no quiero estar sola. Quédate.
No era usual que las criadas acompañen a sus señoras en sus horas de alcoba. Tampoco tenía una relación tan estrecha con su señora como para permitirse tales confianzas. Pero era su señora y lo que le pedía tampoco era algo descabellado.
 Cabizbaja, asintió con la cabeza y Bethelyn la abrazó agradecida. Elise ayudó a su señora a desvestirse, le colocó el camisón y la vio meterse en la cama. Se hizo un silencio en el que ninguna de las 2 habó. Bethelyn la miró extrañada.
-¿A que esperas?
Su criada era mayor que ella, no obstante se ruborizó como una adolescente y desvió la mirada hacia abajo.
-¿Quiere que me meta con usted, señora?
-Claro, ¿Pasa algo malo?
-N…nada señora. ¿He de desvestirme?
-¿No pensarás meterte con vestido y todo?
Se descalzó y se deshizo del vestido. No tenía camisón así que se metió a la cama en ropa interior. Estiró el brazo para apagar la vela que las iluminaba desde la mesilla.
-¡No!, no la apagues. No quiero estar en la oscuridad.
-Entiendo. Como quiera señora.
El ama de llaves se acostó y Bethelyn la abrazó. Pegó su cuerpo al de la mujer y hundió la cabeza en su cuello. Sentía el calor de la otra mujer a través de su cuerpo y de sus piernas desnudas.
-Gracias Elise.
Elise estaba acalorada. No movía ni un músculo. Intentó cerrar los ojos y dormir sin éxito. Bethelyn tampoco podía. Temía a su hijo. Aun guardaba el abrecartas en un cajón de la mesilla. Si ese mal nacido volvía, haría una locura.
– · –
Al final, el sopor y el cansancio acumulado, pudo con las mujeres y ambas se durmieron. Había pasado un buen rato y la vela se había consumido un buen trecho. Bethelyn abrió los ojos y vio la cara de Elise a escasos centímetros de la suya, dormía. Su aliento acariciaba su rostro. Había estado muy nerviosa desde que le pidiera su compañía. Su criada ocupaba el lado derecho de la cama, el de su esposo. Durante el sueño se había girado y había pasado un brazo por encima de su señora. Ambas se abrazaban como colegialas con las piernas entrelazadas. Se permitió esbozar una sonrisa de paz que se borró de inmediato al ver la figura de un hombre en pie detrás de su criada. Era Garse.
 Su primer pensamiento fue hacerse con el abrecartas pero estaba paralizada por el miedo. Garse la miraba con odio. Se sacó la polla del pijama y señalo a su madre. Después, con la misma mano, señaló su polla. Bethelyn abrazó a su ama de llaves, aun dormida, con más fuerza.
 Garse hizo el gesto con la mano simulando chupar una polla. Era una amenaza para ella o quizás una predicción. Empezó a menearse la polla frente a su madre.
 Bethelyn estaba a punto de romper a llorar. Su hijo no le haría nada estando la criada delante ¿o sí?
 Él continuaba meneándosela. Se estaba haciendo una paja delante de su horrorizada madre mientras Elise continuaba dormida, ajena a lo que sucedía a sus espaldas.
 ¿Que debía hacer? ¿Qué podía hacer? Si se giraba podría atrapar el abrecartas del cajón antes de que él reaccionara y defenderse con él. El ama de llaves se despertaría y vería a su hijo. Se descubriría todo, absolutamente todo, incluido lo de Ernest. La vergüenza caería sobre ella y sobre su marido. Adiós a su carrera política. Adiós a su matrimonio.
 En un momento dado los ojos de Garse se cerraron, su boca se abrió y su cara dibujó una mueca de dolor. Se estaba corriendo. Su semen brotó desde su polla en dirección a las mujeres. La mayor parte cayó en el pelo de Elise aunque la cara de su madre también recibió algún disparo.
 Garse utilizó la falda de Elise que estaba sobre el galán para limpiarse, miró a las mujeres con expresión de asco y abandonó el dormitorio en silencio. Bethelyn se limpió la cara con la manga con cuidado de no despertar a la criada y con lágrimas en los ojos la abrazó con más fuerza hundiendo la cabeza en su cuello. Comenzó a llorar.
– · –
Trascurrió el tiempo. Su ama de llaves continuaba en la misma posición de abrazo. El semen de su pelo formaba pequeños pegotes resecos no perceptibles a simple vista. Bethelyn había terminado por dormirse de nuevo. La vela de la mesilla titilaba sus últimos estertores antes de apagarse. Junto a ella había otra vela aun mayor enfundada en un candil y justo al lado la figura de un hombre se erguía ante ellas. Su marido las miraba desconcertado desde la misma posición donde antes estuviera Garse.
 Cuando Bethelyn se percató de la presencia de su marido despertó a su compañera y ésta reaccionó nerviosa al ver a su señor junto a ella. El instinto del recato hizo que se tapara hasta el cuello con las sábanas. Sus ojos iban de su señor a su señora y de nuevo a su señor. Bethelyn la tocó en el hombro.
-Gracias por tu compañía Elise, ya te puedes ir.
-S…Si señora.
Destapó las mantas y se levantó de la cama hacía su vestido con paso nervioso. Eduard no pudo pasar por alto sus muslos desnudos y su trasero enfundado en aquellas bragas. Intentó descubrir algo a través de su generoso escote mientras la mujer se colocaba aprisa el vestido y abandonaba la estancia como un rayo.
-¿Y bien?
-No me gusta estar sola.
-Estabais muy juntas y Elise aun es una mujer muy guapa. –Dijo con una sonrisilla ladina.
-Y tú muy estúpido o muy sordo.
-Si alguna vez quisieras… con una mujer…
-¡No! Eso me da asco. ¿Tú te haces pajas con otros hombres?
Su marido borró la sonrisa.
-Solo bromeaba.
Se metió en la cama y ocupó el lugar de Elise. Noto el calor que su ama de llaves había dejado en su lugar de la cama y el olor de su pelo en la almohada. Se excitó al fantasear con a las 2 mujeres juntas. Acarició a su esposa que se había tumbado de espaldas a él y deslizó su mano entre sus piernas. Metió la mano en las bragas y exploró su coño. No detectó signos libidinosos en él. Adiós a su última esperanza lésbica.
-¿Satisfecho?
-No lo sé. En cualquier caso. –continuó. -Si tuvieras algo que contarme…
-Si tuviera algo que contarte, no te gustaría oírlo.
-A lo mejor sí. –contestó socarronamente.
-Te aseguro que no.
Súbitamente Bethelyn se desmoronó y comenzó a llorar sin motivo aparente. Su marido arrugó la frente preocupado.
-¿Que pasa Bet? ¿Qué está pasando aquí? Cuéntamelo.  –Su mujer no decía nada. Solo lloraba. -¿Por qué lloras? ¡Habla, cojones!
– · –
El sol había salido hacía rato pero la oscuridad reinaba en el dormitorio de Garse. Dormía plácidamente con las sábanas hasta las orejas. El ama de llaves entró como todos los putos días a despertarle e insistirle en que se levantara por orden de su puñetero padre. La misma ama de llaves que le había chafado el polvo de ayer con su madre. Se había tenido que conformar con una paja a su salud sobre su cabeza. Pero esto no iba a quedar así.
 Elise era una mujer madura pero que aun tenía una buena follada. Cada mañana soportaba la misma tortura. Subía las persianas, abría las ventanas y retiraba las mantas hasta los pies. Pero hoy sería diferente. Estaba desnudo con la polla preparada. En cuando le retirara las mantas se iba a llevar una sorpresa. Ella y su coño peludo.
 Cuando aquella cabrona izó las persianas, el sol iluminó tanto la habitación que casi le deja ciego. Notó las manos de la sirvienta retirar las mantas de golpe. El frío matutino bañó su cuerpo desnudo. Se colocó boca arriba y levantó los brazos hacía sus tetas.
 Antes de que pudiera hacer nada una mano le sujetó del cuello contra la almohada. Otra mano se posó en sus huevos. Esto iba a ser más interesante de lo que pensaba. Sonrió con los ojos aun medio cegados por la luz.
 La mano de sus huevos se cerró como una tenaza apretujándolos casi hasta reventarlos. Un alarido quedó a medio salir de su garganta, pues la manaza del cuello empezó a estrangularle. Abrió los ojos de par en par y vio 2 brazos velludos arremangados hasta el codo. Al final de los cuales distinguió el bigote poblado de su padre.
-Te gusta jugar con las cosas de mi propiedad ¿Eh, cabrón?
El dolor de los huevos era insoportable, además se ahogaba. Sentía los latidos del corazón en las sienes como martillos. Empezaba a ponerse morado con los ojos a punto de salirse de las cuencas.
-Te voy a reventar tus huevos de maricón, folla-madres.
 Quería hablar pero de su garganta solo salía un gorjeo inaudible. La imagen de su padre con los dientes apretados y su frente arrugada como una uva pasa comenzaba a volverse borrosa por culpa de los lagrimones de sus ojos. Tenía miedo, mucho miedo. Abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua.
-Te lo puedo explicar. –Consiguió balbucear.
-¿El qué? ¿Qué se te pone dura con el coño de tu madre?
Eduard Brucel escupía las palabras a escasos centímetros de la cara de Garse. Motitas de saliva impactaban en la cara de su hijo.
-¿Te haces pajas con tu madre, enfermo de mierda? Te voy a curar a base de hostias.
-Espera, espera un momento. Me haces mucho daño.
-También le hacías daño a tu madre cuando se la metías por el culo. Te gusta metérsela por el culo y correrte dentro ¿verdad?
Garse miraba a su padre como una ardilla que contempla a un halcón, atrapada en sus garras y que sabe que va a ser comida.
-A tu madre nunca se la he metido por el culo. No le gusta y le duele. Y vas tú y se lo follas y te corres dentro, hijo de puta. ¿Te gusta follártela por el culo? ¿Te gusta cabrón?
Garse solo pensaba en una cosa, que acabe ya. El dolor en sus pelotas era insufrible. No sentía las piernas y su padre no paraba de apretujarle los cojones.
-Hay algo que no sabes. Suéltame, por favor padre.
-Lo sé todo mamón. Sé que te la follas a traición, que le das por el culo, que le has lamido las tetas y el coño. ¿Te gusta pasarle la lengua por la raja, cerdo? ¿Te gusta como le huele el coño a tu madre?
-Por favor padre… suéltame los huevos. Hay algo que no sabes de mamá. Suéltame y te lo digo… por favor.
Eduard siseó sus palabras.
-¡Empieza a hablar, niñato! Pero como no me digas algo que no sepa te reviento los huevos, hijo de la grandísima puta, violador folla-madres.
– · –
Bethelyn estaba de pie en el pasillo cuando oyó un alarido inhumano que atravesó toda la mansión. Era Garse. Al cabo de unos instantes su marido apareció junto a ella. Salía del dormitorio de su hijo. Intercambiaron la mirada durante unos momentos.
-Hoy mismo partirá hacía la casa de sus abuelos. En cuanto a ti…
No acabó la frase. Se giró y comenzó a caminar hacía el fondo del pasillo dejando sola a su mujer con la cara entre las manos. Eduard se pasó el resto del día en su despacho.
– · –
Casi al mediodía la señora y su ama de llaves discutían sentadas a la mesa del salón.
-Lo siento señora pero no puedo.
-Elise, te lo estoy pidiendo por favor.
-No, no y no. Lo siento pero no.
-Ya sé que no es fácil. No te lo pediría si no fuera de vital importancia. Salvará mi matrimonio.
-Pero destrozará el mío.
-No te estoy pidiendo nada que yo misma no estaría dispuesta ofrecer.
El ama de llaves estrujaba nerviosa un pañuelo mientras hablaba. Tenía la cara colorada y no paraba de mojarse los labios como si fuera un tic nervioso.
-Que no sea por dinero, Elise.
-Ya sabe usted que no lo es. Lo siento pero no puedo hacerlo.
Se levantó y se fue del salón. Al llegar al quicio de la puerta su señora la llamó.
-Dime al menos que lo pensarás.
La miró como quien mira un ogro de 3 cabezas.
-Adiós señora.
– · –
Pero que su propio hijo se la follara y disfrutara de ella impunemente le hacía perder los nervios. Se enfurecía pensando en su pequeño hijo cabrón.
 Abrió la puerta de su dormitorio y vio a su ama de llaves sentada en el borde de la cama frente a él. Ésta se levantó como un muelle.
 Eduard la miró pero no dijo nada. Se acercó a ella hasta colocarse a un metro.
-Ayer estabas con mi mujer en mi cama.
-Sí señor.
-¿Os tocasteis?
-¿Señor?
Posó la manaza sobre una de sus tetas y la apretó levemente. Elise dio un brinco.
-¿Te tocó mi mujer aquí?
-N…No señor. –Tragó saliva.
-¿Por qué estás aquí?
-La señora dijo que usted quería verme.
-¿No te explicó para qué?
-Se lo expliqué punto por punto. –Contestó Bethelyn desde la otra punta de la habitación.
-¿Y bien?
-Está de acuerdo.
-¿Lo estás, Elise?
Por toda respuesta su ama de llaves bajó la cabeza. Brucel sonrió.
-Te vi en ropa interior ayer. Estás muy guapa en bragas. Me gustó verte así.
La criada agachó la cabeza y se soltó el vestido dejándolo caer a sus pies. El escote de su blusón ofrecía parte del canalillo entre sus tetas y a través de sus bragas se adivinaba su negro bosque.
 Eduard miró a su criada con más hambre que un perro pequeño. Metió las manos bajo el blusón y palpó aquel melonar calentito. Se llenó las manos con las tetas de su ama de llaves y sintió sus pezones entre los dedos. Había deseado tanto este momento.

-¿Te gusta que te acaricie, Elise?

-N…No señor.
-¿Y ella?
-Tampoco señor. No me atraen las mujeres.
-Entiendo. Prefieres acariciarte tú, ¿verdad? –Bajó su mano hasta introducirla bajo sus bragas y palpó su vello y sus labios. Maravilloso.
-¿Señor? –La cara de horror de la criada era un poema.
-¿Sabes lo que me gusta, Elise? ¿Te lo ha explicado mi mujer?
-S…Sí…, señor. Punto por punto.
-Acércate Bet.
Su mujer se colocó junto a ellos.
-Desnúdate.
Se desnudó frente a su criada que la miraba horrorizada. Su marido las miraba a ambas mientras se mordía el labio inferior con lascivia.
 Bethelyn le quitó el blusón a su criada y la abrazó. Sus tetas se juntaron y sus pezones se aplastaron el uno contra el otro. Después, se mojó los labios, tragó saliva y la besó en la boca. Con cada beso iba metiendo más la lengua en la boca de la otra mujer. Su marido babeaba.
 Cuando posó una mano sobre la teta de su criada, ésta se contrajo pero no impidió que la sobara ni amasara su seno. Como tampoco se movió cuando su señora le mamó los pezones mientras deslizaba la mano bajo sus bragas.
 El toqueteo de sus dedos en su clítoris era tan desagradable como los lametones en sus pezones. Aunque no tanto como cuando le introdujo el dedo en el coño y comenzó a meterlo y sacarlo una y otra vez.
 Eduard Brucel también se había desnudado. Se estaba masturbando frente a las mujeres mientras miraba a su ama de llaves sentarse en el mismo borde de la cama que cuando llegó. Estaba completamente desnuda, con las piernas abiertas y su negro coño expuesto a la vista. Bethelyn, de rodillas frente a su criada, miraba a su marido con cara suplicante.
-Hazlo.
-Por favor, Ed.
-Hazlo Bet, hazlo. –Jadeó su marido.
Elise nunca había visto nada tan grotesco en toda su vida. Había oído rumores de infidelidad sobre su señora, había descubierto en más de una ocasión al señorito masturbándose entre las sábanas. Incluso se llegó a hablar de algún tema de faldas entre la señora y su suegro. Pero lo que estaba a punto de ocurrir ahora no se lo hubiese imaginado jamás.
 Su señora, estaba arrodillada frente a ella con las manos apoyadas en sus rodillas abiertas mirando a su esposo, el señor. Éste miraba a ambas mujeres mientras se masturbaba de pie. Elise veía deslizarse el glande dentro y fuera de su manaza una y otra vez. Las pelotas de su señor botaban con cada sacudida bajo aquel poblado bosque de vello púbico. Lo hacía con la cara desencajada y la boca abierta de par en par, respirando como un búfalo en una estampida, mientras el sudor bañaba la frente de su señor. Pero lo peor no era eso.
 Su señora acercó la cara a su coño, sacó la lengua y lamió su raja con la punta de la lengua. Una mujer lamiendo a otra mujer. Al principio lo hizo suavemente pero después metió la lengua entre los pliegues de sus labios vaginales e intentó masturbarla lamiendo su clítoris repetidamente mientras metía una y otra vez sus dedos dentro de su coño.
Miró a su señor. Éste había puesto una rodilla sobre la cama y seguía masturbándose frente a ella. Su polla estaba a escasos centímetros de su cara.
-Chupa.
Sabía lo que debía hacer y lo hizo. Abrir la boca.
La polla de su señor entró hasta la mitad. Después ella asió su mástil y siguió masturbándolo mientras le lamía. Con la otra mano masajeaba sus pelotas hinchadas. Solo deseaba que todo acabase pronto. Su señor no había perdido el tiempo en atrapar sus ubres mientras se la chupaba.
 El tiempo pasó despacio. Una eternidad de lamidas y chupadas. Al final lo inevitable llegó. El semen inundó su boca y su señor, por fin, dejó de amasar sus tetas. Era caliente y espeso. Un sabor desagradable. Desagradable y denigrante. Eduard se desplomó hacia atrás sobre la cama, sudoroso.
 Su señora también dejó en paz su violentado coño y se sentó a su lado con la cara entre las manos. Estuvo a punto de consolarla pero, ¿acaso alguien le consolaba a ella? En lugar de eso se levantó y cogió su ropa para vestirse.
-¿A donde vas?
-¿Señor? Pensaba que…
-Pues no. Vuelve a la cama.
Miró a su señora que tenía la misma cara de disgusto que ella. Después vio como Bethelyn se tumbaba boca arriba con las piernas abiertas.
-Vamos Elise, compláceme.
Obedeció cabizbaja a su señor. Se subió de nuevo a la cama colocándose a 4 patas entre las piernas de su señora. Bajó la cabeza hacia su coño y noto su olor. Era desagradable oler el coño de otra mujer. El sabor de la polla o el semen de su señor no eran muy diferentes del de su marido. Tampoco diferían mucho el de sus coños, pero era distinto. Mujer lamiendo a mujer.
 Cruzó la mirada con su señora un instante. Después volvió la mirada al peludo coño que tenía delante, lo miro como si fuera algo asqueroso. Cerro los ojos, abrió la boca, saco la lengua y la acerco a lo negro de su entrepierna con la cara contraída por el asco.
 Su coño estaba tibio, el sabor terroso fue tan desagradable como esperaba. En su boca se mezcló el sabor del semen y el del coño de sus señores. Pronto encontró su clítoris y se concentró en lamerlo y besarlo. Lo besó como de un amante perdido se tratara. El señor disfrutaba con eso.
 Eduard disfrutaba con eso y con algo más. Se colocó tras su ama de llaves, sostuvo sus caderas, acaricio su culo y sus ubres y… la penetró. Lo hizo despacio. No tenía una polla pequeña por lo que no quería metérsela bruscamente. Después gozó con sus tetazas mientras se la follaba desde atrás. Lo hizo durante un buen rato.
 Eduard disfrutaba con el coño de su ama de llaves. Tenía una polla muy grande y por suerte para él Elise no tenía un coño pequeño por lo que podía follarla sin problemas. Entraba y salía suavemente. La penetraba hasta dentro bruscamente para sacarla despacito, disfrutando de su calor. Era tan gratificante follar con una mujer como esa.
-Ya estoy casi a punto. Vamos, besaros ahora.
Elise se incorporó hasta colocarse sobre Bethelyn. Sus tetas y sus pezones estaban juntos de nuevo, sus coños se tocaban también. Comenzaron a besarse la boca como posesas en una guerra de lenguas mientras Eduard penetraba a su ama de llaves con más ardor.
-Estoy a punto. Me voy a correr. Córrete Bet. Correos las 2.
No era lo peor de la noche pero si de lo más humillante. Las 2 mujeres empezaron a gemir la una contra la otra. Se abrazaban y se sobaban las tetas y el coño mientras gimoteaban simulando un orgasmo.
 Por fin Brucel se corrió en el coño de su amante temporal. Sudoroso y cansado se desplomó de nuevo al lado de las mujeres. Estaba rendido. Al fin y al cabo la jornada no había sido tan desastrosa. Se durmió feliz. El descanso del guerrero.
 Las mujeres dudaron mientras veían al hombre respirar plácidamente junto a ellas. Por fin Bethelyn hizo una seña a su criada y ésta se quitó de encima. Esta vez nadie impidió que el ama de llaves abandonara la habitación en silencio.
 Bethelyn se hizo un hobillo y se abrazó las piernas. Ya no podía ver a Ernest, su amante; su hijo la había follado contra su voluntad incluso por el culo y ahora se lo hacía con una mujer delante de su marido. ¿Por qué cada vez iba todo a peor?
 El titilar de la vela fue lo último que Bethelyn vio antes de dormirse entre pesadillas.
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