no son dos sino tres2Creo que la gran mayoría de los hombres hemos fantaseado con la idea de hacer un trio con su pareja y de ellos también me consta que un porcentaje elevadísimo, ha deseado hacerlo con esa conocida buenorra que nos pone cachondos cada vez que coincidimos con ella.
¡Qué tire la primera piedra, el que nunca ha soñado con compartir a su esposa con otra! ¡Qué me insulte aquel que jamás ha insinuado a su pareja con ello!
Sinceramente creo que el 99% de mis lectores han deseado sumergirse entre las piernas de una belleza con su novia o mujer participando a su lado. ¡Eso me ocurrió a mí! Y por eso quiero contároslo.
Lo primero es presentarme, me llamo Alejandro y no soy un adonis. De  estatura normal, con cuarenta cinco años y un poco de sobrepeso, me considero un tipo del montón. Ejecutivo de una multinacional llevo una vida complicada, con continuos viajes y mucho estrés. Sé que mis prolongadas ausencias  han sido un factor decisivo en lo que os voy a contar.
Llevo casado diez años con María. Mi mujer al contrario que yo es una preciosidad. Rubia de uno setenta, tengo que reconocer que esta buenísima y ella lo sabe. La conocí cuando en el trabajo me promocionaron a gerente de zona y me asignaron a una secretaria.
Todavía recuerdo el día que la vi entrar en mi despacho y con cara de no haber roto un plato en su vida, me informó que iba a ser mi asistente. Os juro que me quedé helado al ver su belleza. Dotada con un cuerpo escultural, irradiaba sensualidad por todos sus poros. Desde el primer momento me gustó y solo el hecho de ser nuevo en mi puesto evitó que desde el primer momento intentara seducirla. Afortunadamente, ella no opinaba así e inició una labor de acoso y derribo a la que fui incapaz de negarme.
Para que os hagáis una idea de lo que hablo: Al día siguiente de conocerla, llegué a la oficina y me encontré a la que iba a ser mi esposa, acomodando mi escritorio. Al verla le pregunté qué hacía, ella con todo el descaro del mundo me sonrió diciendo:
-Ordenar tu despacho. Se nota que eres un poco desastre, ¡Me imagino que tu casa debe ser un caos!
-Para nada- contesté bastante ofendido. –¡Aunque vivo solo, mi piso está perfectamente arreglado!
Soltando una carcajada, dudó de mis palabras e incrementando mi cabreo, se acercó a mí y pasando la mano por mi traje, respondió:
-Se nota que no tienes pareja. Llevas la ropa sin planchar.
Su impertinencia me hizo saltar y sin medir mis palabras, le ofrecí que un día fuera a comprobar in situ que no mentía cuando había afirmado que me desenvolvía con destreza en las labores del hogar. Hoy en día, no tengo ninguna duda que su intención era que la invitara a salir porque aceptando al vuelo mi proposición, me soltó:
-De acuerdo, estamos a miércoles. El viernes me invitas a cenar en tu casa y así me demuestras que estoy equivocada
Tras lo cual, salió de mi despacho contorneando sus caderas. Su huida no me permitió echarme atrás y por eso con cara de bobo, tuve que quedarme mirando su trasero mientras ella se iba. Os reconozco que me quedé maravillado por semejante pandero y más excitado de lo que me gustaría reconocer, decidí que nada perdía invitándola a cenar. El cúmulo de asuntos sobre mi mesa, no me dejó tiempo para pensar en ello durante los siguientes días y solo recordé la puñetera cena, el viernes al medio día cuando al despedirse, me preguntó a qué hora tenía que llegar a mi apartamento.

-¿No quieres que pase a buscarte?- pregunté intentando ser cortés.
-Prefiero ir en mi coche- respondió- así no tienes que preocuparte luego en acercarme.
-Bien, por cierto, ¿Tienes algún plato preferido?-
-Yo como de todo- respondió con tono pícaro.
 Bastante cortado por su respuesta, pregunté – ¿Te parece a las nueve y media?
-Perfecto, ¡Allí estaré!
Su seguridad me desarmó y previendo que iba a ser una crítica estricta, salí de la oficina y dirigiéndome a mi casa, me puse a limpiar todo dejándola inmaculada. Asumiendo que mis dotes culinarias eran bastante malas, decidí encargar la comida a un restaurante de lujo, de forma, que a las ocho ya estaba listo ya que cuando mi invitada llegara, lo único que tendría que hacer era calentar los platos en el horno.
No habían dado la hora cuando escuché al telefonillo sonar, sabiendo que era María, abrí la puerta y saliendo al descansillo, esperé su llegada. Al verla salir del ascensor, me quedé de piedra al comprobar que mi secretaria venía embutida en un traje de raso negro cuyo escote dejaba bastante poco a la imaginación. Ella se dio cuenta del efecto que había provocado en mí y sin esperar a que me hubiese acostumbrado, se entretuvo posando para mí mientras me decía:
-¿Me queda bien el vestido?-
Fui incapaz de mentirle y mientras le decía que estaba impresionante, mis ojos recorrieron sin disimulo su cuerpo. Fue entonces cuando realmente me fije en el vestido que llevaba. Su vestido de tubo marcaba con claridad su espectacular cuerpo pero era su falda la que terminando un poco más arriba de las caderas, la que realmente me tenía subyugado al mostrar la perfección de sus piernas mientras resaltaba las curvas de un culo prieto y redondeado. La delgada tela tampoco podía ocultar la rotundidad de sus pechos y menos cuando María había decidido esa noche que no llevaría  sujetador. Confieso que me excité en cuanto reparé que producto de mi mirada, los pezones de la muchacha se erizaron traicionando a su dueña. María, lejos de incomodarse por el modo en que repasaba su anatomía, se lo tomó en plan de guasa y cogiéndome del brazo, me pidió que le enseñara mi casa, diciendo:
-Deja algo para después de cenar. He venido a comprobar que eres tan buen amo de casa.
Turbado por mi comportamiento pero sobre todo porque ella se hubiese percatado de mi asombro, le  mostré el apartamento mientras sentía como mi corazón no podía dejar de palpitar con rapidez por su presencia. El colmo fue cuando le mostré mi habitación, muerta de risa, mi compañera de trabajo me  tomó el pelo por el tamaño de mi cama:
-Eres un pillín. En esta King-size, ¡Te debes haber corrido buenas juergas!
No comprendo todavía hoy por qué le respondí que no y que aunque no me creyera ella era la primera mujer en subir a mi apartamento.
-¿No serás gay?- preguntó interesada.
Os reconozco que tardé en contestarla porque mientras me hacía la pregunta la muchacha se había tumbado encima de las sabanas adoptando una postura que invitaba a uno a lanzarse encima. Haciendo un esfuerzo, retiré mi mirada de sus piernas y cogiéndola de la mano, la levanté mientras le decía:
-No lo soy y si seguimos aquí, no sé si voy a poder no demostrártelo.
La confirmación de mi sexualidad le puso de buen humor y pegándose a mi cuerpo, me susurró al oído preguntando que le iba a dar de cenar. Por el tono, supe al instante que lo que realmente me estaba preguntando era si me iba a acostar con ella esa misma noche y por eso, mientras la conducía al comedor, mi polla marcaba el camino totalmente erecta bajo el pantalón.
 

Temiendo el rumbo que estaba tomando la velada, comprendí que me iba a resultar imposible salir indemne de ella. Para  terminar de incrementar mi desasosiego, al sentarnos había previsto ponerme frente a ella pero María cambiando de silla, se colocó a mi lado. Aunque curiosamente esa mujer resultó ser un encanto y estar dotada de una amena charla, para mí fue un suplicio porque desde mi sitio tenía una perfecta visión de sus pechos. Reconozco que me pasé media cena mirando su escote y la otra media intentando que no se notara mi calentura.
Lo cierto es que gracias al vino con el que acompañamos la cena, tanto ella como yo nos fuimos poco a poco relajando y ya en el postre, me preguntó cogiendo mi mano entre las suyas:
-¿Vas a tardar mucho en besarme?
Nunca hubiese supuesto que me preguntaría tal cosa y completamente paralizado, tuvo que ser ella quien acercando sus labios a los míos, me besara. Entonces y solo entonces, la abracé y dejándome llevar por las sensaciones, respondí a su beso con más besos. La calentura acumulada durante una hora me indujo a recorrer con mis dedos sus pechos mientras mi lengua jugaba con la suya en el interior de su boca. Mis yemas, al separar la tela de su vestido, se encontraron con unos pezones duros y excitados que en cuanto los toqué se erizaron.
Sonriendo, María se levantó de la mesa y tendiéndome su mano, me soltó:
-¿No crees que es hora de estrenar esa cama?
Ni siquiera la respondí y siguiendo a esa mujer por el pasillo, aparecí en mi cuarto sin habérmelo propuesto. Antes de que me diese cuenta, mi hasta entonces secretaría me empezó a hacer un sensual striptease sin dejarme de mirar.
Os podréis imaginar que al ver que esa diosa dejaba caer su vestido al suelo y sin esperar a que me desnudara, venir a mi lado, fue aliciente suficiente para que con rapidez me deshiciera de mi ropa. Mi cara de miedo debió de ser patente porque pegando su piel contra la mía, me susurró:
-Déjame a mí. No sé con qué tipo de mujer has estado pero yo te haré gozar- y sentándose en la cama, me ordenó: -¡Ven aquí!
Sentándome a su lado en el colchón, creí estar en el cielo cuando María, con una sonrisa en su boca, llevó mis manos a esos pechos que me habían vuelto loco solo unos minutos antes.
-Son tuyos- declaró con voz firme: -¡Tócalos!
No pude negarme a obedecer y sopesando esas dos maravillas entre mis dedos, comencé a acariciarlos mientras la muchacha no paraba de suspirar. Su entrega me dio los arrestos suficientes para juguetear con sus pezones, los cuales, se pusieron duros como piedras al sentir mi caricia.
-¡Chúpamelos!- gritó descompuesta a sentir los pellizcos que le estaba dando a sus aureolas.

Siguiendo a rajatabla sus instrucciones, llevé mi boca a su pezón derecho y comencé a lamerlo.  María al experimentar la humedad de mi boca, gimió sonoramente y arqueando su cuerpo, puso su otro pecho al alcance de mi lengua. Os tengo que reconocer que para entonces cualquier reparo que sintiera por ser su jefe y ella mi secretaria había desaparecido y lanzándome en picado sobre su otro seno, fui pasando de un pezón a otro con la música de fondo de su respiración entrecortada.
-¡Me encanta!- chilló al sentir que la presión de mis dientes sobre uno de ellos.
Su calentura era tal que sin esperar a que yo diera el siguiente paso, se tumbó en la cama y abriendo sus piernas de par en par, se me ofreció diciendo:
-¿Te gusta mi coño?
Todavía no comprendo porque no le salté encima y me la follé en ese instante, lo cierto es que poniéndome entre sus piernas, alcé uno de sus muslos y empecé a darle pequeños lametazos mientras escuchaba en mis oídos sus gemidos.  Confiado en mi buen hacer, me fui acercando a la meta mientras ella no paraba de pedirme que me diera más prisa. Ya estaba a escasos centímetros de su sexo cuando dejé lo que estaba haciendo y me paré a contemplarlo. Extasiado, observé que lo tenía casi totalmente depilado a excepción de un pequeño triangulo.
-Por favor, ¡No puedo más!- se quejó al sentir que no avanzaba.
Al mirarla, no me costó adivinar que estaba a punto de caramelo y por eso, hundiendo mi cabeza en su entrepierna, probé por vez primera el sabor de su coño. Ese primer lametazo en su vulva, me devolvió su aroma dulzón y ya sin perder más el tiempo, separé con mis dedos sus pliegues y con mis dientes me apoderé de su botón. Al presionar con ellos su clítoris, escuché como de la garganta de la muchacha salía un grito de deseo.
-Dios, ¡Qué gusto!-
La confesión de la mujer  aceptando el placer que sentía, me hizo recrearme en su coño y dando pequeños círculos alrededor de su entrada, fui metiendo lentamente mi lengua dentro de ella. Usándola como estoque, seguí introduciendo y sacando mi lengua de su interior cada vez más rápido. Sin poderse mantener quieta, María arqueó su cuerpo para facilitar mis maniobras. No me costó traducir sus gemidos y por eso cuando convulsionó en mi boca, corriéndose brutalmente, no me pilló desprevenido.
Decidido a enseñarle a esa mujer que aunque no hubiese llevado a ninguna otra hasta esa cama, en cuestiones de sexo no era ningún novato, le di la vuelta y poniéndola de rodillas sobre el colchón, acerqué mi pene a su chocho mientras le decía:
-Te voy a dar lo que has venido a buscar.
La muchacha sonrió al sentir que mi glande se abría camino en su interior y girando su cabeza, respondió:
-Montáme como a una puta.
Descojonado por su burrada, metí el resto de mi pene dentro de ella y cogiendo su melena entre mis manos, le contesté:
-Te voy a montar hasta me implores que pare.
-Mucho prometes, te aviso que soy muy guarra- riendo, me soltó.
 

 
Habiendo declarado ella la guerra con sus palabras, di inicio a las hostilidades con un sonoro azote en su trasero. Tras lo cual me agarré a sus pechos y tomándolos como apoyo, comencé a machacar su sexo usando mi miembro como ariete. Mi ahora esposa chilló al sentir mi pene chocar contra la pared de su vagina y deseando sentir mi promesa, colaboró conmigo moviendo sus caderas.
-Sé un buen jefe y ¡Fóllate a la zorra de tu secretaria!- chilló azuzando mi reacción.
Su reto no se quedó sin respuesta e incrementando tanto la velocidad como la profundidad de mis penetraciones, seguí aguijoneando su interior con mi polla. Su coño aunque empapado, era tan estrecho que podía sentir cada uno de sus pliegues presionando mi extensión cada vez que la metía o sacaba de dentro de ella. Impresionado por la sensación de embutirlo en un sitio tan angosto, me agarré de su culo para presionar aún más si cabe esa vagina.
María al experimentar la nueva posición y que en ella, mi glande rozaba contra las paredes antes de ir a chocarse contra el final de su chocho, gimió desesperada y antes que pudiera evitarlo, se corrió pegando alaridos. Su orgasmo fue la gota que desencadenó mi lujuria y ya sin cuidado alguno, me lancé en un galope desenfrenado con el único objetivo de saciar mi necesidad de placer. Mi ritmo desbocado la llevó de un clímax a otro sin parar y solo cuando sintió mi eyaculación y a mi semen rellenando su sexo, se derrumbó agotada sobre las sábanas mientras me decía:
-Si crees que con esto me conformo, estás muy equivocado. Pienso obligarte a que me uses durante todo el fin de semana.
Lo cierto es que no fue solo esos dos días, María entró a mi casa para no salir jamás porque cuando el domingo ya nos despedíamos, le pedí que se quedara:
-No puedo- contestó y poniendo cara de niña buena, dijo: -Vivo con mis padres y son muy tradicionales.
Alucino todavía de lo que respondí ante semejante estupidez ya que no había tenido problema en quedarse esas dos noches. Aunque os parezca mentira, cogí el alambre de una tapón de cava y haciendo un anillo rústico, me arrodillé ante ella y le pedí que se casara conmigo. La muchacha se me quedó mirando y al darse cuenta de que iba en serio, me besó y se quejó diciendo:
-Mira que eres lento. ¡Has tardado cuarenta y ocho horas en darte cuenta!
Al cabo de dos meses nos casamos y desde entonces vivimos juntos. Os confieso que he sido muy feliz porque además de ser una buena esposa, María no ha dejado de comportarse como una guarra en la cama. Juntos hemos descubierto facetas desconocidas en nuestra sexualidad. Hemos intercambiado roles, unas veces ella ha sido una dominante ama y otras las más dulce de las sumisas, pero siempre habíamos sido fieles a esa promesa y nunca se me había pasado por la cabeza lo contrario.

Por eso me resultó tan raro el cambio que experimentó cuando conoció a Susana. Habiéndola conocido en el gimnasio, me la presentó una tarde en que fui a recogerla al salir del trabajo. Tras la sorpresa inicial de hallarme ante un bombón de raza negra y después de haber observado la complicidad existente entre esas dos mujeres, algo en mí me avisó que esa belleza iba a trastocar mi matrimonio. Os juro que pensé que iba a ser yo quien cayera postrado ante semejante hembra si seguía tratándola asiduamente. Ignorando lo que se me avecinaba, decidí reducir mi trato con ella al percatarme del modo en que le estaba observando.
Con los ojos fijos en su culo, fantaseé con la idea de apropiarme de ese trasero y con mi verga tomar posesión de él. También merece que os cuente que además de un espléndido culo, Susana tenía un par de pechos inmensos que llamaban a sumergir la cara de uno entre ellos. No solo eran enormes sino que aún sin sujetador se mantenían tiesos sin necesitar su ayuda. Y para colmo su cara era de una dulzura tal que te veías hipnotizado por ella.
“¡Menuda hembra!” exclamé mentalmente cuando al despedirme de ella con un beso en la mejilla, aspiré su aroma.
Un científico pedante hubiera dicho de mí que me quedé dopado con sus endorfinas. Lo cierto es que esa noche al llegar a casa, le hice el amor a María mientras mi mente soñaba que era su amiga la que gemía de placer entre mis piernas. Me imaginé a ese pedazo de negra gimiendo cada vez que mi pene entraba en su coño y a mí agarrado a sus pechos, mamando de ellos como un niño. Desconozco si mi esposa se percató de ello, aunque creo que no, algo si debió de olerse porque al terminar y mientras yacía abrazada a mí, me preguntó que me había parecido su amiga.
-Está muy buena- confesé sin darle la menor importancia.
-¿Verdad que es impresionante?- insistió.
Como no quería ser pillado con el pie cambiado, preferí hacerme el dormido y no contestarla. Lo cierto es que desde ese día tuvimos a la susodicha hasta en la sopa. Siempre que llegaba a casa, ahí estaba. Como estaba divorciada y a mi esposa le daba pena, los fines de semana nos acompañaban a la sierra y yo por mucho que intentaba evitarla, cada vez me parecía más atractiva. Mi huidizo modo de tratarla le hizo creer que me caía mal y por eso, una mañana que María se había ido a comprar en el supermercado, Susana vio la ocasión para aclararlo.
Me encontró en mi despacho, contestando a unos mails y con determinación se plantó frente a mí y a bocajarro me preguntó porque no la soportaba. Sin saber que contestar por que daba igual lo que respondiera ya que sabía que le iba a sentar mal, traté de escapar sin contestarla pero previendo mi huida, se cruzó en la puerta evitándolo.
-¿Por qué te caigo mal? ¿Qué te he hecho?- insistió.
-No me caes mal- respondí viendo que no me quedaba más remedio.
-Mientes- me reclamó ya enfadada – cada vez que estoy en una habitación, haces lo posible para evitarme.
Aunque estaba equivocada, su actitud me hizo comprender que debía explicarle los motivos por los que la rehuía y con voz temblorosa le pedí que se sentara.  Como no sabía por dónde empezar, me tomé un tiempo para organizar mis ideas tras lo cual le pedí que no me interrumpiera:
-Reconozco que huyo de ti pero no es por lo que piensas. Como sabes estoy enamorado de María y nunca le he sido infiel….
-¿Y eso que tiene que ver?- protestó cortando mi discurso.
Cabreado por su interrupción, le solté:
-¡Mucho!. Eres una mujer bellísima y cada vez que te miro, deseo hundirme entre tus pechos- mi confesión le pilló desprevenida y sin darle tiempo a reaccionar, proseguí diciendo: -Si te evito es porque no quiero hacerla daño. Ahora que ya lo sabes, te pido que lo olvides y me sigas tratando como hasta hoy. ¿Comprendido?
Asustada por mis palabras, me prometió no contárselo y dejándome solo, fue ella la que esta vez salió huyendo. Me quedó claro que cumplió su palabra porque durante las siguientes semanas, todo siguió casi igual. Y digo casi porque aunque mi esposa no cambió en su actitud hacia mí, Susana sí lo hizo. Si de por sí esa mujer vestía de forma provocativa, a partir de ese día incrementó la sensualidad de su vestimenta disminuyendo el tamaño de la tela. Desde entonces, no fue raro verla con escuetas minifaldas y profundos escotes mientras era cada vez más cariñosa conmigo.

Sé que María se dio cuenta porque una noche mientras hacíamos el amor, me confesó que sentía celos del modo en que su amiga me trataba. Haciéndome el despistado, le pregunté a qué se refería:
-Creo que Susana está colada por ti- me soltó segura de mis sentimientos.
-¡No digas tonterías!- respondí- Le caigo bien, ¡Nada más!
Lo cortante de mi respuesta, le hizo cambiar de tema y por eso no vi la determinación de sus ojos  De haberla visto, no me hubiera cogido de improviso lo que ocurrió una semana más tarde. Era un viernes y como acababa de llegar de un viaje de tres días por las distintas sucursales de mi empresa, estaba cansado por eso me sentó fatal que mi esposa me informara que su amiga iba a venir a cenar a casa esa noche.
Cabreado me metí en el baño a ducharme, pensando quizás que el agua caliente me relajaría. Pero no fue así y cuando salí de la ducha, seguía enfadado por eso sin ninguna gana me vestí. Al llegar al comedor, me encontré con María y Susana hablando y sin hacerlas ni caso, fui hasta el bar y me serví una copa.
-Mira que eres maleducado- me espetó mi mujer al ver que solo había puesto una para mí –Cariño ¿nos puedes poner unos cubatas a nosotras?
Refunfuñando, se los serví y a la hora de dárselo, mi esposa pegó su cuerpo al mío y en plan putón, me lo agradeció mientras rozaba con su mano mi entrepierna. No sé a quién le sorprendió más su actitud, si a mí o a su amiga porque con los ojos abiertos de par en par vio cómo me pajeaba sin pudor.
-¿Qué haces?- protesté separándola- ¡Tenemos público!
Muerta de risa, me contestó:
-No creo que se escandalice al ver a una mujer acariciando a su marido.
No sé si ella pero yo sí y maldiciendo, me alejé de las dos y me fui a sentar en un sofá. Curiosamente, vi que francamente molesta la negra cogía a mi esposa del brazo y se la llevaba fuera a otra habitación. Al cabo de cinco minutos, observé que volvían y que mientras María llegaba sonriendo, su amiga venía con el cejo fruncido. Convencido que era un tema de mujeres, no le di mayor importancia hasta que me percaté que algo tramaban porque mi mujer obligó a Susana a sentarse a mi lado mientras ella se sentaba del otro.
-¿Qué ocurre?- pregunté dejando mi copa en la mesilla.
Cerrando mi boca con un beso, María me abrazó mientras sus dedos me empezaban a acariciar. Si ya eso era raro, más lo fue sentir que su mano bajaba a mi entrepierna y antes que pudiese reaccionar, me bajara la bragueta.
-¡Maria!- exclamé escandalizado mientras con un acto reflejo retiraba su mano.
Entonces, mi amada esposa, usando un tono serio, me soltó:
-Sé que lo estás deseando, ¡Así que te aguantas!- tras lo cual, obvió mis protestas y sacó mi miembro de su encierro.

Asustado por sus actos, miré a su amiga y descubrí que aunque estaba igual de escandalizada que yo, se estaba mordiendo los labios mientras miraba de reojo mi pene. Ni que decir tiene que cuando me empezó a pajear en presencia de la morena, me vi traicionado por mi miembro que haciendo caso omiso a mi turbación se izó erecto al primer jaloneo. Tratando de calmarme, pasé mis brazos por detrás de las mujeres y posándolos sobre el sillón, me concentré en evitar correrme. En ese momento, escuché que mi esposa ordenaba a la que hasta entonces consideraba su amiga:
-Ayúdame, me consta que te mueres por probar la polla de mi marido- sin considerar siquiera que pudiese negarse, le cogió la cabeza y la llevó hasta mi verga: -¡Cómetela! No niegues ahora que te has masturbado soñando con esto-
Fue entonces cuando supe a qué coño jugaba. Cómo tantas otras veces, mi mujer estaba adoptando el rol de ama con la única diferencia que en este caso, había invitado a otra persona como sumisa. Más excitado que nunca, le guiñé un ojo. Al ver mi gesto, sonrió y recalcando su dominio sobre su amiga, le obligó a abrir su boca y a introducirse mi pene en ella.
-¡Chúpala hasta el fondo!- ordenó mientras se levantaba.
La negrita se debatía entre el corte que le daba comerse mi polla con ella enfrente y excitada por hacerlo pero obedeció embutiéndose mi miembro hasta el fondo de la garganta. La lentitud con la que absorbió toda la extensión me permitió sentir la tersura de sus labios al hacerlo y por eso, ya sumido en la lujuria, aproveché para tocar esos pechos que me habían vuelto loco desde que la conociera. Tal y como me había imaginado, las tetas de Susana eran duras como piedras, por eso y temiendo no tener otra oportunidad de tocarlas, metí mi mano bajo su escote y recogí entre mis yemas uno de sus pezones. Nada mas sentir mi caricia, la mujer gimió de deseo y ya convencida de desear hacerlo, reinició su mamada con mayor énfasis.
Aprovechando que estábamos ocupados, María se desnudó y ya en pelotas, se acercó a su amiga por detrás y sin esperar una aceptación por su parte, la empezó a desabrochar la camisa mientras le decía:
-Esta noche serás nuestra puta, ¡Lo quieras o no!- y para dar mayor determinación a sus palabras, pellizcó sus pechos con dureza.
Su pobre victima chilló al sentir el duro trato pero siguió mamándome el pene con rapidez. Su entrega me hizo saber que esa mujer gozaba con el sexo salvaje además de que a todas luces era bisexual. Demostrando una maestría inimaginable, Susana se dedicó a satisfacerme con esmero mientras mi esposa le despojaba de la falda. Comprendí que no iba a tardar en correrme cuando observé que le arrancaba el tanga con rudeza, tras lo cual con un sonoro azote, espoleó a la morena diciendo:
-Tienes un culo cojonudo. Estoy segura que Alejandro hará buen uso de él.
El morbo de tener a esa preciosidad entre mis piernas y a mi esposa dirigiéndola, fue demasiado para mí y previendo mi orgasmo, se los avisé. Al oírme, María se tumbó en la alfombra y de modo autoritario, me pidió que me derramara en su piel. Conociendo sus gustos, saqué mi pene de la boca de la negra y usándolo como si de una manguera se tratase, esparcí mi semen por su cuerpo, para acto seguido, coger a su amiga y obligándola a agacharse, decirle:
-Tu ama esta manchada, ¡Límpiala!
Sin ser capaz de oponerse a nuestros deseos, Susana obedeció y usando su lengua fue retirando mi lujuria de la piel de mi amada. No os tengo que contar que María estaba excitada ni que al sentir la boca de su amiga recogiendo mi simiente de su cuerpo, empezó a gemir como una loca, presa de la excitación. Lo que si resultó novedoso para mí fue verla disfrutar en brazos de otra mujer por lo que semejante visión, reanimó mi alicaído miembro de manera que en un par de minutos ya estaba listo para la acción.
Para entonces, la morena se estaba comiendo el coño de mi esposa y su postura dejaba su culo a mi entera disposición. Aunque me provocaba la idea de rompérselo, decidí ir poco a poco y empezar por su sexo. Por eso, me terminé de desnudar y poniéndome detrás de ella, tanteé con mi glande los pliegues de su chocho para acto seguido incrustarle de un solo golpe toda mi extensión. Al sentir que llenaba su conducto de un modo tan abrupto, chilló pero no hizo intento alguno por evitarlo.
-¡Te gusta! ¿Verdad puta?- le soltó mi mujer al oír su gemido.
-¡Sí!- confesó sin dejar de lamer el sexo que tenía en su boca.
María, entonces, se acomodó poniendo sus manos en el sillón y abriéndose las nalgas, le ordenó:
-¡Prepárame! Quiero que cuando acabe contigo, mi marido me tome por detrás.
La mujer se quedó indecisa sobre cómo actuar por lo que tuve que azuzar su respuesta dando una dolorosa nalgada en su culo. Mi dulce caricia terminó de desbordarla y pegando un alarido se corrió mientras comenzaba a relajar el esfínter de mi esposa con su lengua. Ya totalmente absorto en el frenesí, me agarré con una mano de su pecho mientras usaba la otra para espolear a mi montura con más azotes. La combinación de mi pene retozando en su interior y mi mano castigando sus nalgas, la llevó a su estado tal que sin poderlo evitar unió un orgasmo con el siguiente mientras con su boca cumplía las órdenes de su amiga.
-¡No puedo más!- se quejó cayendo agotada sobre la alfombra.
Su renuncia me dejó solo con mi mujer, la cual estaba deseando ser tomada por lo que aprovechando que seguía con el pene tieso, me acerqué a ella y dando un beso en su culo, le pregunté si estaba preparada.
-¡Fóllame! ¡Cabrón!- contestó cogiendo mi sexo y poniéndolo en su entrada trasera.
No me lo tuvo que repetir dos veces y con una suave presión de mis caderas, introduje mi glande unos centímetros en su interior. Esa penetración a medias, la dejó insatisfecha y con un rápido movimiento, presionó su cuerpo contra el mío metiendo por completo mi extensión en sus intestinos.
-¡Dios! ¡Qué gusto!- berreó como cierva en celo y sin esperar a que mi miembro se hubiese acostumbrado, comenzó a moverse imprimiendo a sus movimientos de un ritmo brutal.
La urgencia con la que se movía me convenció de dejar de ser cuidadoso y cogiéndola de sus hombros, inicié un mete saca tan rápido que al cabo de poco tiempo, elevó su excitación a niveles impensables.
-¡Me corro!- la escuché decir con voz entrecortada  –¡No pares! ¡Por favor!
Pero por mucho que intenté retrasar mi propio orgasmo, no pude y uniéndome a ella exploté bañando con mi esperma su angosto conducto. María al sentir el calor de mi simiente en su interior, se dejó caer sobre el sillón y convulsionando de placer, consiguió su enésimo clímax antes de derrumbarse. Su caída precipitó la mía y abrazándome a ella, me quedé descansando absolutamente desbordado por las sensaciones.
Por eso, ni María ni yo nos dimos cuenta que Susana se había levantado dejándonos tumbados sobre la alfombra. Solo nos percatamos al cabo de cinco minutos y cuando estábamos discutiendo si nos habíamos pasado con la pobre, la vimos entrar vestida con un delantal y con una bandeja en las manos.
-¿Los señores van a cenar en el salón? o ¿Prefieren hacer uso de su esclava en la cama mientras cenan?

Solté una carcajada al oírla al comprender que mi esposa había adivinado los deseos de su amiga y que desde entonces seríamos tres los que compartiéramos esa casa.

Si quieres ver un reportaje fotográfico más amplio sobre la modelo que inspira este relato búscalo en mi otro Blog:     http://fotosgolfas.blogspot.com.es/
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