Resumen:

Karina es una bella, joven y feliz esposa. Asiste regularmente a la iglesia y hace clases a los niños para prepararlos para su primera comunión. Trabaja de secretaria en una clínica aparte de hacerse cargo de las labores de la casa. Guillermo, su marido, hace tiempo espera un valorado ascenso dentro de la compañía donde trabaja. Sin embargo, al llegar otros postulantes al cargo, el miedo a perder aquella valiosa oportunidad lo obliga a maquinar un plan descabellado para lograr que su jefe, don Renato, por fin se decida y lo premié con aquel ansiado puesto. Así es como Karina, su bella mujer, la principal pieza en su estrategia, terminara tomando las difíciles decisiones que les podrían cambiar la vida.

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Para que podías echarle un vistazo, os anexo el primer CAPÍTULO: 

LA DECISIÓN DE KARINA
CAPÍTULO 1

Todo empezó una lluviosa noche de invierno que en un principio parecía normal. Momentos antes, su esposo, en total estado de nerviosismo, le había pedido a ella que se pusiera el minivestido más corto y ajustado que le fuera posible. También le pidió que no se pusiera mucho maquillaje, y que tomara sus cabellos castaños con una traba. Esto último, con la única finalidad de despejar su cara.
A su marido le gustaba verla así cuando quedaban para salir, ya sea a comer afuera, o a reuniones entre amigos. Mas, en esta ocasión, no era precisamente para una romántica cena de aniversario, o alguna junta con algunos conocidos, para lo que se estaba acicalando con tanto esmero la curvilínea y guapa mujer de veinticinco años, mientras su esposo la esperaba afuera de la habitación conyugal.
La hermosa mujer, si bien había accedido a las insistencias de su marido, en su fuero interno no estaba muy conforme con lo que iban a hacer. Fueron dos meses en los que su esposo la estuvo intentando convencer hasta que por fin lo consiguió. Karina, esa especial noche de invierno, en la informal cena que se llevaría a cabo en su propio departamento, debía de coquetear y seducir al jefe de su cónyuge, para lograr de alguna forma que este le concediera a su marido el alto cargo al cual estaba postulando dentro de la empresa.
—Cariño, no te estoy pidiendo que te acuestes con él. Solo sedúcelo y hazle creer que le gustas. Solo con eso será suficiente para que acceda a darme el puesto —le había dicho Guillermo, tres días antes, en uno de sus últimos intentos para que su mujer le ayudara a obtener el ansiado ascenso.
Ya para aquel día la situación para la joven esposa era tan perversa como graciosa. Ella no se veía intentando seducir a un hombre que jamás en su vida había visto. Mientras tomaba su café con leche descremada —antes de irse a la clínica en donde trabajaba de secretaria— le preguntó seriamente a su marido el porqué de sus insistentes exigencias:
—Pero, Guillermo, si tú mismo me habías dicho que ese cargo ya prácticamente lo tenías ganado. De verdad que no veo la necesidad de tener que coquetearle a tu jefe para que él te conceda el puesto ¿Acaso haces mal tu trabajo? —La chica lo miraba penetrantemente con sus intensos ojos verde azulados, a la vez que bebía de su taza de leche.
—No es eso, Karina. Tú sabes que me he partido el pescuezo para lograr un cargo más elevado en la empresa.
—¿Entonces? —insistió Karina.
El marido aún mantenía la fé. Sabía que argumentando bien lo que le estaba solicitando Karina tal vez podría ceder. Así que tomó aire y se dio a confidenciarle detalles que hasta ese momento no le había dicho.
—Es que en un principio solo era yo quien optaba a ese cargo, pero a mediados de este año llegaron de otra sucursal dos tipos. —Guillermo notó que había logrado captar la atención de Karina, así que siguió explicándole—. Por un amigo me he enterado de que ellos también enviaron sus antecedentes a Recursos Humanos con claras intenciones de conseguir ese puesto. ¿Te das cuenta? Quieren arrebatarme lo que por tanto tiempo he trabajado —terminó diciéndole con cara de fastidio.
—Ah, ya veo, pero tú también me dijiste que tu jefe ya en varias ocasiones te había insinuado que el cargo ya casi era tuyo. Si hasta salimos a cenar esa noche para celebrar ¿Lo recuerdas?
—A ver, Karina, —le dijo Guillermo, intentando que ella entendiera su tan extraña solicitud—. Uno de los postulantes al cargo es familiar de otro de los directores. Y al otro, lo he visto que en varias ocasiones ha invitado a don Renato a almorzar. Otras veces los tres se encierran en su oficina a hablar de no sé qué cosas. Si sus risotadas llegan hasta mi escritorio. No sé, siento que con la llegada de esos huevones he ido perdiendo terreno, y la notificación de quien será ascendido es la semana que viene. ¿Me entiendes ahora?
—Mmmm, más o menos. De todas formas, con todo eso que me dices, no veo que te vayan a dar el puesto solo porque yo le coqueteo a tu jefe. Eso no hablaría bien de él. Se supone que es una persona con principios, y que por lo mismo su resolución se debe basar en el perfil y en las competencias profesionales de quienes postulan al cargo. Al menos así lo es en mí trabajo.
El marido, notando que su esposa al menos ahora ya se daba a discutir del asunto —no como al principio que de tan solo tocarle el tema la conversación terminaba en pelea— terminó de arreglar su corbata en el cuello de su camisa para sentarse en la mesa en donde ella desayunaba. Desde ahí siguió insistiendo.
—Claro que así es, amor. Pero en este caso yo sé los motivos de porque te lo estoy pidiendo.
—¿Sí? ¿Y se podría saber cuáles son esos motivos? —le consultó la chica, ahora mordiendo una rebanada de pan integral con mermelada sin azúcar.
—Verás, cariño, don Renato es un hombre casado y ya algo entrado en años. Pero en la empresa todos sabemos de sus gustos y debilidades por las mujeres. Sobre todo, si son jóvenes y bonitas. —La joven quedó atónita con eso que escuchaba. Ella jamás se lo habría imaginado. En tanto, Guillermo, su esposo, continuaba entregándole detalles—. Y no es de que él sea un conquistador nato. Pero hay varias chicas en la oficina que ya han salido con don Renato y han obtenido jugosos aumentos de sueldo por solo haberle coqueteado, sin haber tenido la necesidad de acostarse con él. ¿Me entiendes ahora? Yo estoy en desventaja con ellas.
A Karina se le pusieron los pelos de punta con todo eso que le narraba su marido en cuanto a su superior y las jóvenes chicas con las que ya había salido. Más todavía, al tener en cuenta que ya eran innumerables las ocasiones en que Guillermo le solicitaba algo más o menos parecido.
Cuando se lo propuso por primera vez, hubo discusión en el joven matrimonio. Fue un domingo en la mañana. En esa ocasión, y después de escucharlo, Karina le dijo sus cuantas verdades a Guillermo en cuanto a lo absurdo y vulgar que era su propuesta. Luego de hacerlo, enoja, había tomado su bolso y salido del departamento, con un sonoro portazo, y se fue con destino a la parroquia. Ella, cada domingo, en forma sagrada, hacía clases a los niños que iban a realizar la primera comunión. Obviamente, también participaba de la misa.
Guillermo solo dejó pasar unos cuantos días y volvió a la carga con su inusual petición.
En esa segunda oportunidad, Karina se encerró en su habitación y no le habló en casi una semana, ya que ella pensaba lo peor. Entendía claramente que —aunque no tuviera la necesidad de acostarse con el hombre— su marido prácticamente le estaba proponiendo que se prostituyera, solo por el ambicioso objetivo de obtener un buen cargo en su trabajo.
Sin embargo, Karina, ya a esas alturas, y luego de casi dos meses de escuchar las alocadas insistencias de Guillermo, ya entendía un poco cual era la estrategia de su marido. Pero aún no estaba convencida de caer en algo tan bajo.
—No lo sé Guillermo. Yo no podría hacer algo así. Además, ¿quién te asegura a ti que tu jefe accedería a darte un ascenso solo porque yo le coqueteo?
Karina ya casi terminaba su desayuno, y su marido sentía que, si ella se iba a trabajar sin darle una respuesta positiva, su ansiado ascenso sería mucho más difícil de obtener. No obstante, él notaba una posible respuesta positiva por parte de su mujer, así que le contestó apelando a su vanidad. Además, le diría solamente la verdad.
—¡Por Dios, Karina! ¿Cómo me preguntas eso? Solo mírate al espejo y lo sabrás al instante. Tú eres una mujer preciosa, y tienes un cuerpo espectacular. Cualquier hombre daría lo que tuviese por intentar tener algo contigo. ¿O acaso crees que no me doy cuenta de cómo te miran todos mis amigos?
—¡Pero yo no tendré nada con nadie! —se apresuró en contestarle la joven a su salido esposo, mirándolo otra vez en forma desafiante—. Además, si lo hago ¿con qué cara me presentaré luego en la parroquia a realizar las charlas de catecismo a los niños?
—Claro que no tendrás nada con nadie, mi cielo, y tampoco harás nada malo. —Guillermo le hablaba mientras la seguía, ya que Karina se levantó de la mesa y caminó rápidamente hacia la habitación matrimonial—. Solo te pido que le hagas creer a mi jefe que él tiene alguna posibilidad contigo, y cuando lo veas entusiasmado, o que se te insinúa, tú le das una luz de esperanza a cambio de ascenderme. Solo debes dejarlo en ese estado. Luego él me asciende y ya está. Nos olvidamos del tema para siempre.
Guillermo veía a su mujer retocándose nerviosamente en el espejo. Se daba cuenta que ella lo miraba de soslayo mientras él le hablaba.
Karina, luego de retocarse para marcharse, giró su cuerpo hacia donde estaba su marido de pie, y le habló.
—No lo creo, Guillermo. De verdad que no lo creo. Sé que en lo que me pides no hay una mala intención de tu parte, pero igual es algo incorrecto. Además, me daría mucho miedo estar intentando seducir a un hombre que no conozco. De solo pensarlo me da asco. Definitivamente, ¡no! ¡No, Guillermo!
—Pero, mi amor —el esposo junto con volver a insistirle se acercó a ella y la tomó de sus dos manos—, piensa que si logró ese puesto nos cambiará la vida. Ya no tendrás que trabajar más. Podremos darnos todo tipo de lujos e irnos a vivir a un departamento mucho más grande y cómodo que este.
Karina escuchaba, mirándolo atentamente. A la vez pensaba en todo lo que su marido le decía. Todo era cierto. Además, sabía que estaban algo endeudados. Si bien no vivían mal, ella se daba cuenta y fantaseaba cómo les cambiaría la vida con el tan esperado ascenso de Guillermo.
—Ay, no lo sé, Guillermo —le dijo de pronto, llevando su verde-azul mirada en dirección contraria de donde estaba su esposo. Este vio como ella se mordía el labio inferior producto de los nervios que le causaba con todo lo que le decía. Por lo que siguió urgiéndola.
—Confía en mí, vida mía. Además, en ningún momento te dejaría sola en esto. Y menos te dejaría a solas con él.
Con lo último dicho por Guillermo, Karina se quedó mirándolo. En su rostro había una clara señal de incertidumbre.
—Pero ¿cómo podría yo hacer eso contigo estando presente? —le consultó Karina. Eso sí que le estaba causando una curiosidad tremenda.
De hecho, los miedos de Karina radicaban en que ella desde un principio se imaginaba que tendría que salir sola con el jefe de su marido. Ese había sido su temor más grande. Ahora solo se daba a intentar imaginar que era lo que realmente tenía pensado Guillermo. Por lo que le consultó:
—¿Y cómo se supone que lo seduciría? Si tú eres mi esposo, y estarías presente, según entiendo.
—¡Me haré el ebrio!
Ambos estaban de pie mirándose a los ojos, uno frente al otro. Pero Karina no entendía eso de que se haría el ebrio.
—¿Qué? —fue lo único que se dio a contestar, luego de mirarse por algunos segundos.
—¡Eso! —le confirmó Guillermo—. Lo invitaremos a cenar aquí al departamento. Así tú te dedicas a atenderlo y engatusarlo haciéndole creer que pones más atención en él que en mí. Luego, y mientras estamos bebiendo, yo me hago el que quedo ebrio, tirado en el sofá. Ahí será cuando tú te la tendrás que jugar para convencerlo. Lo dejarás que avance y que piense que tal vez tu estarías dispuesta a enredarte con él.
—Y ¿Qué hago si intenta algo más comprometedor? Tú mismo me has dicho que en la oficina todos hablan de que es un hombre lanzado con las mujeres.
—En ese caso, si yo veo que se pasa de la raya, yo reacciono y lo saco a patadas del departamento, y adiós trabajo y ascenso.
En ese instante la chica ya de verdad se la estaba pensando seriamente. Pero no se atrevía a darle la respuesta a su marido. Este mismo seguía presionándola.
—¡Cariño! Esto que te estoy pidiendo a mí tampoco me gusta, pero no tenemos más alternativa.
—¿No me dejarías sola en ningún momento con ese hombre? —le consultó de pronto.
—¡Claro que no! ¡Estarás segura! Y te lo repito, yo no te dejaré a solas con él en ningún momento ¿Qué dices?
Tras uno breves segundos de nerviosa meditación, la joven esposa nuevamente le contestó a su marido.
—La verdad es que me da miedo, Guillermo. Yo nunca he hecho algo así. Además, tuve muchas amigas trepadoras que usaban a los hombres para obtener beneficios personales. Yo siempre las recriminé por eso. Ten en cuenta también que desde adolescente he participado en todas las actividades de la Iglesia. Entonces ¿cómo podría yo hacer algo parecido?
—Lo harías por nosotros, cariño ¡Por nuestro futuro! Si lo logramos, nunca más en la vida te pediré algo semejante ¡Lo juro!
—¿De verdad? ¿Me lo juras?
—Claro que sí, mi amor. Al menos intentémoslo, no perderemos nada.
—¡Está bien, lo haré! —aceptó finalmente la confundida y joven esposa—¡Hagámoslo! ¡Pero solo lo haré por ti! ¡Que te quedé claro!
Así fue como Karina aceptó lo que ahora, en pocos minutos ya, estaba por suceder. Tendría que seducir bajo su mismo techo al jefe de su marido. Con esto, pretendía asegurarle el ansiado ascenso al amor de su vida.
—Cariño, estoy lista —le dijo la joven casada a su esposo, una vez que abrió la puerta de la habitación matrimonial.
Karina se veía radiante, como una verdadera reina de belleza con el minivestido de una sola pieza que había escogido bajo las instrucciones de Guillermo. La prenda era un número menos en comparación de los que usaba comúnmente. Se lo había comprado hacia un par de años para asistir con su esposo a un matrimonio.
El marido solo se la quedó mirando ensimismado. ¡Pero que atractiva se veía su esposa! El vestido le quedaba ajustadísimo, y dibujaba cada línea de su exquisita anatomía. Guillermo no quiso ponerse a pensar en que ella esta vez no se había arreglado para él, sino que abiertamente lo hizo para otro hombre. Lo había hecho para un viejo que él mismo había invitado a su hogar, para que este fantaseara por un rato con la fugaz idea de tal vez poder concretar algo con ella. Pero no, eso no sucedería. Al menor indicio que le hiciera pensar que su mujer corría peligro, el mismo se encargaría de poner las cosas en su lugar. Karina no era mujer para don Renato, se decía una y otra vez para tranquilizarse. Sin esperarlo, Guillermo fue presa de un repentino ataque de celos tras la espectacular aparición de su joven y atractiva esposa.
El matrimonio esperó sentado y en silencio la llegada de tan particular invitado. Hasta que el sonido del celular de Guillermo avisó que el tiempo de espera se había cumplido. Ya no había vuelta atrás. En tanto, Karina miraba muy nerviosa como su marido sacaba de uno de sus bolsillos el celular y se daba a contestarlo.
—¿Sí? Ok, sí, sí. En el piso siete. Departamento setecientos seis. Claro, yo lo salgo a encontrar.
—¿Quién era? —le preguntó la alterada hembra a sabiendas de quien se trataba.
En esos momentos Karina esperaba sentada en el sofá. Estaba con una pierna sobre la otra. Su imagen, al estar sentada, y vestida con el ajustadísimo vestido negro, era espectacular. Afuera hacía mucho frio, pero la calefacción automática del departamento hacía que la temperatura interior fuera de lo más agradable. Aun así, esa misma noche se percibía algo extraño en el ambiente de aquel hogar. Pero la conversación entre el matrimonio continuaba.
—Es don Renato, cariño, está a diez minutos de llegar. Me decía que se pasó a realizar unas compras y se viene. Además, que la lluvia lo retrasó un poco.
—Ay, amor, creo que no seré capaz de hacer esto. Mejor avísale que venga otro día. —Karina se encontraba extremadamente nerviosa y se puso de pie para acercarse a su marido.
—Tranquilízate, Karina —le dijo Guillermo, tomándola de su estrecha cintura—. Yo estaré contigo en todo momento ¿Lo recuerdas? Tómalo como un juego. Solo será eso, un juego. Verás que ya en tres horas él se habrá ido y, si lo haces bien, mi ascenso en la empresa estará asegurado.
—Guillermo, prométeme que no beberás demasiado. Esta vez necesito que estés lucido en caso de algo. Recuerda que hoy no estaremos con nuestras amistades.
La preocupada y joven esposa se lo recalcaba casi en suplicas, ya que en muchas ocasiones en las que salían a divertirse, a Guillermo se le pasaban las copas y eran sus amigos con sus novias quienes le ayudaban a Karina a traérselo para el departamento. Claro que, cuando eso pasaba, todo era divertido y se convertían en anécdotas para después recordarlas y reír juntos. Pero ahora la muchacha por nada del mundo deseaba que algo parecido ocurriera.
—Je, no te preocupes, amor. Nada más beberé lo suficiente para que don Renato entre en confianza. Luego solo me serviré cualquier tipo de jugo o bebida simulando que es licor. Recuerda que cuando me veas inmóvil en el sofá solo estaré simulando para que mi jefe entre en confianza contigo. Es ahí donde tú deberás seducirlo.
—¿¡Y que hago si se pone atrevido!? ¿¡Y si me toca!?
Guillermo se quedó meditabundo tras las preguntas de su mujer. Parecía ser que le costaba darle una respuesta. Karina lo miraba esperando algún tipo de solución que la guiara. Tras unos buenos segundos de meditación por parte de su esposo, este finalmente le contestó:
—Lo siento, cariño, pero si eso sucede, deberás dejarte.
Karina, al escuchar semejante respuesta, quedó mirando a su marido con cara de horror y nerviosismo al mismo tiempo.
—¡Pero, pero, Guillermo! ¡Eso no es lo que habíamos acordado! —le contestó su esposa visiblemente impactada por lo que le decían.
—Tranquilízate, Karina. Como ya te dije. Si mi jefe se te lanza para algo ya más concreto, yo reaccionaré de inmediato.
—Pero, pero…
—Pon atención, mi vida —le cortó Guillermo. Este de alguna forma debía lograr que Karina le hiciera caso. Claramente a él tampoco le gustaba la idea, pero si ambos querían su ascenso no les quedaba de otra. Por lo que siguió insistiéndole:
—Si don Renato te toca, o te roza, deberás dejarte como si no te dieras cuenta. Esto es solo para que nuestro plan funcioné. Si se le ocurre bailar, tu baila con él. Y si es necesario regalarle un piquito en los labios se lo regalas. Yo en todo momento me haré el que no me doy cuenta de nada. Con eso será suficiente para que caiga rendido a tus pies. Así, al estar ilusionado, te otorgará lo que le pidas ¿Sabes? Ese hombre es muy enamoradizo, y le encantan las mujeres jóvenes y bellas como tú. Entonces ¿Lo harás?
La joven esposa rápidamente camino de ida y vuelta por distintos puntos de su sala de estar, pensando en el asunto en que estaba metida. Se preguntaba cómo había sido capaz de aceptar tal situación. Pero también sabía que había sido su propio esposo quien se lo pedía. Deseaba negarse. No quería ser parte de algo tan infame. Sin embargo, también había una pequeña parte de su mente que le invitaba morbosa e insistentemente a perderse en tal situación. Pero lo primero era más fuerte que lo segundo, y justo en el momento en que le iba a decir a su esposo que ya no había acuerdo, el melodioso sonido de su timbre les anunciaba la llegada del visitante. El marido, notando la indecisión de su esposa, le preguntó por una última vez:
—Entonces ¿Lo harás?
Karina miró a su marido, y luego hacia la puerta —otra vez sonó el timbre—. Por un momento se preguntó que aspecto tendría el hombre que esperaba al otro lado. He ahí en parte su respuesta:
—¡Sí, Guillermo! ¡Lo haré! Pero después de este día no quiero en mi vida volver a encontrarme con ese hombre ¿Estás de acuerdo?
—¡Claro que sí, cariño! y no te preocupes. Una vez que me otorgué el ascenso pasaré a depender directamente de otro directorio, así que no lo volveré a ver tan seguido ¿Estás lista? —le consultó el marido a su esposa. Ambos ya sabían quién era el que llamaba a la puerta, y lo que tenía que hacer cada uno para que todo funcionara como estaba previsto.
—¡Sí! ¡Estoy lista! —La joven esposa tragó saliva después de darle su respuesta. Luego se pasó las manos por su vestido. Lo hizo como si lo estuviera estirando hacia abajo, señal de su extremo nerviosismo.
—Lo harás bien, cariño, tú tranquila —le dijo finalmente Guillermo. Luego, con decisión, se dirigió hasta la puerta y sin preámbulos la abrió.
La casi trastornada joven miraba desde la sala de estar en dirección hacia la puerta. Solo escuchaba palabras de bienvenida por parte de su esposo y como una rasposa voz le respondía en forma azorada.
Hasta que Karina vio entrar a su hogar a don Renato que, acompañado de su esposo, llegó caminando a paso lento hasta donde ella estaba.
—Ella es Karina, don Renato, mi esposa —dijo Guillermo a modo de presentación entre su jefe y su mujer.
Para los dos últimos fueron los cinco segundos más largos de la existencia de cada cual.
Karina, enfundada exquisitamente en su minivestido negro, veía a un tremendo hombre, panzón y de espaldas anchas, que rondaría los cincuenta años por lo menos. Vestía un traje color gris oscuro y no llevaba corbata. Debía medir casi los dos metros, calculó Karina, sorprendida. La chica debía mirarlo hacia arriba.
A pesar de que la joven se daba cuenta que ese hombre andaba muy bien vestido, no pudo dejar de encontrarlo algo vulgar y con aires de huraño, por los toscos rasgos de su rostro moreno. Se fijó, además, que aquel maduro hombre tenía un cuello ancho y musculoso. También le llamó la atención su cabello gris. La chica supo al instante y con toda seguridad que el jefe de su marido debía usar algún tipo de tónico para el cabello para no tenerlo tan canoso. Su mirada era dura, y quizá con un brillo despectivo hacia quien lo rodeara. ¿Ese era el hombre al cuál su esposo espera que ella sedujera?
Por su parte, don Renato estaba impactado por la flamante imagen de la mujer de su subordinado. Veía que la joven esposa de Guillermo era una delicada y armónica arquitectura femenina de por lo menos un metro setenta de estatura. El hombre estaba más que encantado, y más aún por verla vestida con un ajustado vestido negro, el cual realzaba todas sus formas de hembra hecha y derecha. Esa sí que era una verdadera mujer. El hombre, mientras la analizaba, se la iba comiendo con sus ojos. Si los ángeles existían, este era uno de ellos caído del cielo, se decía, mientras se la seguía devorando de pies a cabeza. Sus rodillas eran exquisitas y bien formadas. Sus piernas eran largas y torneadas. Con unas caderas amplias que daban paso a una cintura estrecha y de ensueño. Sus senos eran notorios y del porte preciso para hacer juego en su curvilínea complexión. Y lo que más lo dejó atontado, y casi babeando de calentura inusitada, fue esa hermosa carita de princesa celta que se gastaba la muy condenada.
Con su ardiente y morboso temperamento trabajando a tope —tal como lo había expuesto Guillermo con antelación— pensaba que esa mujer era mucha hembra para su leal trabajador. Esa mujer estaba hecha para hombres como él, determinaba, aún examinándola corporalmente. Le encantaba la tez blanca de su rostro, la lozanía de sus mejillas. Y esos labios rojos y sensuales, como las fresas en sazón, como hechos solo para estar besándolos hasta dejar sin aliento a su hermosa dueña, se decía en el momento en que ya comenzaba a sudar, mirando su rostro totalmente despejado de sus castaños cabellos, que mantenía tomados con una traba.
Le encantaba verla ataviada con aquel ajustado minivestido. Daba la impresión de que en cualquier momento se reventaría para dejarla completamente desnuda, o en ropa interior. Su ajustada prenda le remarcaba cada forma de su sensual y exuberante cuerpazo, debido a lo estirado que se notaba. Hasta que cayó en la cuenta de que aquella exquisita criatura lo miraba fijamente, con esos preciosos ojos verdeazulados.
—Es un verdadero gusto poder conocerla, Karina ¿Le puedo decir Karina?, ¿verdad? —fue lo primero que atinó a decir don Renato una vez recuperado de la primera impresión.
—El gusto es mío, don Renato —le contestó la joven esposa, muerta de vergüenza. Esto, al percatarse de la lujuriosa forma en que el jefe de su marido la había estado mirando. Karina tuvo que disimular simpatía. También se dio cuenta de que, una vez le estiró su manita en señal de saludo, este se la tomó y le estampó un beso en esta. La chica notó una humedad tibia en la piel de su mano, y claro, don Renato, llevado por la lujuria, aprovechó el beso para pasar levemente su lengua por su suave piel, con la sola intención de sentir el sabor de aquella hermosa mujer.
—Me permití traerle un presente, Karina. Espero le gusten las flores.
La nerviosa esposa de Guillermo recién se percataba de que en su otra mano, el señor traía un llamativo ramo de rosas rojas y blancas, situación que la sacó un poco del alterado estado en que quedó después de aquel escrutinio intimidador del hombre que acababa de conocer.
—¡Oh! ¡No sé qué decir! ¡Si son preciosas! No debió usted haberse molestado, don Renato —dijo Karina sinceramente, por tan delicado detalle por parte de ese señor. La joven por un momento se sintió encantada, y es que ¿qué mujer no se siente halagada cuando le regalan flores? No importando la apariencia de quien se las obsequia.
Karina, rápidamente, sacó un florero en donde las depositó poniéndoles agua fresca. En tanto, su marido y don Renato, veían encantados la operación. Por su parte, el jefe no se explicaba cómo ese vestido no se rasgaba a cada movimiento que hacía la joven mujer de Guillermo.
Aquella situación ayudó un poco para que Karina se serenara. Al menos el maduro jefe de su esposo tenía buen gusto y se mostraba caballero. Se sintió algo más segura, creyó que no le costaría mucho trabajo convencerlo para que ascendiera a su esposo, sin ella tener que hacer mucho al respecto.
—¡Ah! ¡Ya casi lo olvidaba! —dijo don Renato a la vez que se dirigía a buscar una pequeña bolsa que había dejado a la entrada del departamento, antes de ir a saludar a tan suculento bocado de mujer. Desde el interior de la bolsa sacó una buena botella de vino tinto.
—Y esta es para el anfitrión —dijo riendo a la vez que le extendía la botella a Guillermo.
—No faltaba más, don Renato. Usted es nuestro invitado no tenía que haberse molestado.
—No es molestia, hijo. Pero sí me voy a molestar si no le pides a tu esposa que nos traiga unas copas para disfrutarlo ahora mismo, je.
Karina, que estuvo atenta a lo que pasaba a solo tres metros de donde estaba ella, aún admirando el ramo de rosas, rápidamente sacó del bar tres copas y las puso en la mesita de centro que estaba en medio de los sillones. Sus movimientos de por si eran sensuales, y no por estar congraciándose con aquella tremenda mole de hombre, sino que ella por condición natural era así.
Pasados unos buenos minutos, el trio ya conversaba de todo un poco. El viejo director les contaba que antes de pasar a comprar las flores y el vino, había tenido que ir a dejar a su esposa al aeropuerto, ya que iba a un evento de uno de sus hijos que estudiaba en el extranjero.
También conversaron de la situación de la empresa. De cómo él, siendo de condición humilde, desde niño y con sus propias manos había logrado tener hoy todo un imperio en lo referente a la construcción de edificios.
Luego hablaron del trabajo de Karina, y del lugar en donde lo hacía. Claro que siempre con el hombre mirando y devorándose el antojable cuerpo de la joven dueña de casa. Su mirada era depredadora.
Don Renato recordó claramente que hace poco menos de un año Guillermo había presentado los papeles de Karina en su empresa para ocupar un puesto de secretaria. Él, por esos entonces, la había rechazado al no ir adjunta la fotografía de la postulante. Había optado por otra muchachita de muy buen ver, pero que no le llegaba ni a los talones a la tremenda Diosa que estaba viendo ahora.
Después de un rato, una vez ya con el ambiente distendido al interior de aquel departamento en que se desarrollaban estos sucesos, Guillermo y Karina estaban ambos sentados en el sofá grande. Don Renato se había ubicado en uno de los sillones personales al frente de ellos. Ya habían bajado más de la mitad de la botella de vino, y era don Renato quien se encargaba de llenar las copas del dueño de casa y la de su esposa cuando estas quedaban vacías. El hombre estaba atento a cada movimiento que hacía la mujer, ya que el minivestido estaba subido más arriba de la mitad de sus muslos. Pero ella, de tanto en tanto, y en forma disimulada, se lo bajaba. Movimientos de ella que no pasaban inadvertidos tanto para su esposo como para el maravillado jefazo.
Una vez que se terminaron la botella de vino, Karina, algo sonrosada por la ingesta de licor, se fue a preparar la mesa para servir la cena. Los dos hombres se quedaron hablando de trabajo.
Don Renato no perdía detalle de los delicados movimientos de esa hermosa dueña de casa. Por cada minuto que pasaba su nivel de excitación subía más. Esas caderas ampulosas lo volvían loco. Al igual que ese par de nalgas bien paradas, que tan bien dibujadas estaban, como si hubiesen sido hechas por el más experimentado de los artistas en pleno apogeo del renacimiento.
También la vio agacharse para sacar unos cubiertos del cajón de una estantería. Fue ahí cuando todas sus curvas se pronunciaron como también se realzaron sus carnes. El minivestido se estiró y se le subió hasta más arriba de la mitad de sus bellos muslos. El viejo estaba tan caliente que de no ser por el marido ahí presente sencillamente se la hubiera violado. Total, tenía dinero para pagarle a veinte abogados si él quisiera, o sencillamente también podría sobornar a la autoridad.
Karina, por su parte, sentía la desesperada mirada de don Renato posarse en su figura. Quizás era por las conversaciones de su esposo, en las cuales le dijo eso de que su jefe sentía debilidad por mujeres jóvenes y de lo ardiente y enamorado que era este. El asunto es que en esos momentos ella sabía que don Renato se la estaba prácticamente devorando con su mirada. Si incluso la sensación en su cuerpo, en los momentos en que estaba cerca, era como si estuviese completamente desnuda ante él.
Una vez que la azorada Karina tuvo todo listo en la mesa, les fue a avisar de que pasaran a sentarse para cenar. Fue ahí que advirtió que, mientras ella estaba ocupada en la cocina, los muy juguetones abrieron una botella de bourbon y ya tenían un trago cada uno en sus manos.
—No hay apuro, preciosa. Estamos conversando de trabajo —le dijo don Renato a Karina, mirándola con aquel brillo despectivo. A la joven le dio la sensación de que ese viejo, solo con su mirada, la estaba echando de la sala al estar llevándose en esta una conversación entre hombres.
Sin estar muy clara que hacer, Karina comenzó a retirarse tímidamente de la sala. Sin embargo, don Renato disponía otra cosa.
—No te vayas. Puedes quedarte. Qué tal si te nos unes, y te sirves tú también un traguito con nosotros.
Don Renato lo dijo a la vez que él mismo se encargaba de prepararle un trago a la joven hembra. Ella notó en la voz del hombre que tal invitación sonaba más como una orden que como un ofrecimiento. Por lo que dedujo que el jefe de su marido era de los que estaban acostumbrados a mandar, habituado a que siempre se hiciese solo lo que ellos decían.
La chica también pensó en que su esposo debía cuidarse del alcohol. Pero luego recordó que solo llevaban una botella de vino y ¿quién se embriaga con solo una botella de vino?, se preguntó de pronto. Recordó que todo eso era parte del juego, así que, asumiendo su papel, se sumó a beber con ellos. Además, como al principio se sintió erróneamente echada de la sala por el jefe de su marido, en ese momento sintió una extraña sensación de halago al verse incluida en esa charla de hombres.
—¡Claro! ¡Gracias! —le contestó al señor, mientras ya recibía el vaso que este le extendía.
El matrimonio no gustaba del tabaco, pero si don Renato. Este ni siquiera pidió el permiso de ninguno de los dos para ponerse a fumar feliz de la vida en medio del departamento. Por lo que la mujer ya predispuesta a atender al viejo mejor que a su marido —según habían convenido— rápidamente improvisó con un plato de té para que el vejete botara las cenizas y colillas.
Estaban ubicados junto a los ventanales de la sala de estar, y fueron tres vasos de bourbon que se tomaron cada uno entre risotadas y conversación.
En el fragor de la charla, Karina, con su vaso en mano, celebraba cada salida que emitía el jefe de su marido. También le recibía el vaso para ser ella quien se lo dejaba en la mesa, o viceversa. Cuando el viejo daba muestras de querer tomarlo, ella se le adelantaba y se lo pasaba siempre mirándolo sonriente. El jefe de Guillermo ya se sentía enamorado. De pronto también hablaban solo ellos —don Renato y Karina— quedando Guillermo de lado. O este último sencillamente iba al baño dejándolos solos por unos buenos minutos.
Al rato, otra vez Karina les avisaba que pasaran a la mesa. Recordando la estrategia que habían urdido con su marido, muy a su pesar, ella se tuvo que sentar al lado de don Renato. Guillermo, su marido, se ubicó al otro lado de la mesa.
El director se sentía en la gloria, ya que desde que había llegado a ese departamento creía notar como la joven y atractiva dueña de casa lo miraba más a él que a su propio marido.
En un principio pensó que solo eran ideas suyas, pero ahora, al haber sido testigo de cómo aquella delicia de hembra lo ubicaba en la mesa a su lado, se convenció de que tenía muchas posibilidades con la mujer de su empleado.
Don Renato sabía que por la diferencia de edad estaba algo en desventaja, pero tenía dinero, y en esos momentos era capaz de comprarle un avión, si es que ella se lo pedía, con tal de que le abriera las piernas.
Mientras se daban a cenar, era ahora el matrimonio quien se daba a parlotear de distintas situaciones. Por su parte, don Renato, mientras ingería la comida en forma seria —moviendo solo sus cuadradas mandíbulas mientras masticaba—, pensaba en como poder abordar a aquella fantástica mujer que estaba sentada a su lado y muy apegada a él. Poco a poco nacían en su mente unas insanas intenciones de usar su poder para lograr cogerse a la esposa del dueño de casa. Su corazón latía aceleradamente con el solo imaginar que tal vez Karina, por la forma en que lo estaba atendiendo, tarde o temprano se metería en una cama junto a él, con la firme intención de aparearse en todas las posiciones en que él la dispusiera.
Después de terminada la cena, el matrimonio con el señor director, se dedicaron a la sobremesa. Otra vez al jefe le había vuelto el habla. Mientras les hablaba de cosas de la vida cotidiana, él mismo se dio a descorchar otra botella de vino. Karina, por su parte, celebraba todo lo que el viejo opinaba.
Don Renato ya traspiraba, y de a momentos perdía el hilo de su conversación al estar imaginando todas las cosas que le gustaría hacer con la esposa de su subordinado. Sin embargo, y a pesar del estado da excitación prohibida en que se encontraba, al tener sentada a su lado a tan escultural mujer, había decidido esperar a ver qué pasaba durante el resto de la velada, así determinaría cuál iba a ser el mejor momento de intentar algo con ella.
La botella de vino poco a poco fue bajando y Don Renato, al notar que el alcohol ya estaba empezando a crear estragos en las mentes de sus anfitriones, decidió cuidarse. Tal vez para esa misma noche algo podría lograr con la hembra si esta se embriagaba, maquinó ya algo fuera de sí.
La conversación y las risas ya se habían apoderado otra vez de los tres integrantes de aquella mesa. Karina seguía atendiendo a don Renato en forma preferencial. Hasta ese momento ella estaba cumpliendo a cabalidad lo acordado con Guillermo. Sus risas y las provocadoras miradas para don Renato eran totalmente fingidas, pero la situación que vivía de igual forma la entretenía.
El jefe ya estaba al borde de un ataque cardiaco. Este fantaseaba con emborrachar hasta la inconciencia a su empleado para luego poder llevarse a un motel a la hermosa criatura que el muy desgraciado tenía por esposa, y hacer realidad con ella sus más bajas y depravadas fantasías.
Don Renato, de soslayo y cuidando de que el marido no se diera cuenta, miraba hacia el cuerpo de Karina. Sus perfectas curvas lo maravillaban. Veía de reojo como esas femeninas líneas que nacían desde la parte de atrás de su cuello le daban forma a su figura de hembra hecha para el pecado. De cómo estas, al ir bajando y al terminar de dibujar su espalda, daban paso a delinear sus caderas y formar aquel perfecto par de nalgas que se cargaba tan potente mujer.
Luego de que el ensalzado jefazo hartó de hembra su ardiente mirada, se dio a entablar otra conversación con Guillermo. A estas alturas la botella de borbón había reemplazado a la de vino, y los hombres estaban enfrascados en otra conversación de trabajo. Fue ese el momento en que Karina, cuando ya se disponía a levantarse de la mesa para recoger la vajilla, sintió en su pierna derecha la ardiente manaza del jefe de su esposo. Supo al instante que el muy descarado le estaba corriendo mano.
La primera reacción de Karina fue ponerle un codazo y decirle miles de cosas. A la vez que rápidamente llevó su mirada al rostro de Guillermo para que este tomara conocimiento de que su jefe la estaba tocando por debajo de la mesa. Pero su marido seguía conversando como si no se diera cuenta de nada.
La joven esposa al instante recordó que en el acuerdo también entraba el dejarse tocar. Por lo que simplemente, y muy de malas ganas, llevó su vista en dirección contraria de donde estaba ubicado don Renato, y lo dejó tocar, haciéndole creer que ella lo disfrutaba tanto como él, haciéndose cómplice de sus infames acciones.
Por su parte, don Renato estaba totalmente ajeno a las estupideces que hablaba Guillermo sobre su aporte y dedicación en la compañía. Este solo se concentraba en continuar el ardiente manoseo que le estaba dando a los suaves y fibrosos muslos de Karina. Aquellas esplendidas piernas eran interminables, según iba tocando. Poco a poco le había ido subiendo el minivestido hasta dejar al aire una buena parte de esos bellísimos muslos de ensueño, que ya lo tenían al borde de un severo aneurisma.
Al contrario de todo lo que estaba disfrutando don Renato, Karina se sentía como la reina de las estúpidas al estarse riendo, fingidamente, mientras el jefe de su marido no paraba de manosearle las piernas en las mismas narices de este.
Ella no estaba segura si su esposo se habría percatado o no de que la estaban tocando. Pero entendía que en aquellos instantes ya daba lo mismo. Ella de igual forma debía dejarse. Era parte del plan. Así que finalmente no lo dudó para servirse un trago ella misma, mientras aquel tosco hombre seguía en lo suyo ahí por debajo de la mesa.
Por otro lado, el amachado director ya estaba que se desmayaba a causa del tremendo morbo que le causaba estar tocando a la mujer de otro. También por las suavidades en que se estaba ensalzando. Pero lo que más lo tenía enloquecido era que ella estaba dejándose manosear como si de verdad le gustara, y todo delante de su marido. Su verga ya desde hace rato que se le había comenzado a parar, y ya hasta le dolía de lo tan erecta que se le había puesto gracias a Karina.
En estos momentos las emociones de Karina eran contradictorias. En parte pensaba que ni ella ni su marido se merecían lo que estaba sucediendo debajo de la mesa. Su mente le decía que estaba mal, pero lo más raro de todo era que al estar debatiéndose entre lo correcto e incorrecto, esa extraña situación de igual forma le causaba un extraño estado emocional que le ordenaba que siguiera con lo planificado con su esposo.
La situación en aquel departamento era como si el alcohol y el diablo ya estuvieran metiendo su mano en todo lo que allí ocurría. Al contrario de lo que se había propuesto Karina, su curvilíneo y llamativo cuerpo comenzó a temblar y a sentir sensaciones prohibidas. Una pequeña parte de su sistema nervioso, en forma gradual, ya comenzaba a disfrutar con la perversidad del momento.
Karina seguía bebiendo trago y dejándose tocar por el jefe de su marido.
—Total, si algo más trata de hacerme, ahí está mi marido para defenderme, —se decía en su mente, mientras bebía, la suculenta dueña de casa.
Pero la realidad era una sola para Karina. El hecho de seguir bebiendo con su esposo presente, mientras que por debajo de la mesa se dejaba manosear por un hombre que por primera vez veía en su vida, lentamente iba prendiendo su libido.
Guillermo y ella habían previsto el problema que podrían tener si él bebía mucho. Ninguno anticipó los estragos que podría provocar el alcohol corriendo en la sangre de Karina.

FIN CAPÍTULO 1.