Historia de un verdadero amor.

Historia novelada de un hecho histórico, el amor entre una judía y una mujer aria en la Alemania nazi. En este capítulo la protagonista descubre su lesbianismo con una compañera de trabajo. Puede parecer invención mía pero esto ocurrió y yo solo he dotado a la historia de sus pasajes eróticos. Si no lo creéis revisad los siguientes enlaces, aunque no os lo aconsejo porque os perderéis la tensión de la trama al saber de antemano el desenlace.

http://www.inescapablemente.es/la-verdadera-historia-de-felice-schragenheim-y-elisabeth-%E2%80%9Clilly%E2%80%9D-wust/

http://www.elpais.com/articulo/agenda/Aimee/ha/muerto/elpepigen/20060419elpepiage_7/Tes/

Berlín, 15 de noviembre de 1941

Querido diario:

Esta tarde al salir de la oficina estaba lloviendo. He llegado a casa empapada pero la lluvia no ha conseguido limpiar la vergüenza que siento. Soy una judía trabajando en una publicación nazi. Me doy asco.

Por salvar mi vida, estoy traicionado a mi religión y a mi raza. He cambiado mi apellido para ocultar mi origen, me he pintado el pelo para parecerme a los asesinos de mi pueblo, pero no he podido dejar de recordar en sueños el día que la Gestapo se llevó a mi abuela y a Aaron, mi hermano de quince años. Sus fantasmas no me dejan en paz cuando sin ningún recato escribo esos panfletos ensalzando al Fuhrer. Malditos nazis, he aprendido a disimular la repugnancia que siento al saludar cada mañana a mi jefe con el brazo en alto.

La guerra está siendo ganada por mi país, Alemania y eso significa que estoy condenada a pasar mi vida escondida tras una identidad que no es la mía.

Berlín, 1 de diciembre de 1941.

Querido diario:

Hoy mi jefe, un maldito, se ha intentado sobrepasar conmigo. Para él, soy solo una muchacha de campo, recién llegada a la ciudad que no tiene familia. Esta tarde al terminar el horario laboral, me ha llamado a su despacho. Nada más entrar, ha posado sus grasientas manos en mi trasero y me ha besado.

Ha sido asqueroso. Sentir como me acariciaba y me susurraba a oído lo mucho que me deseaba, me ha dejado paralizada. No le ha importado mi ausencia de respuesta. Sus garras se han apoderado de mis senos y estrujándolos, ha baboseado lascivas palabras de amor, mientras posaba su duro sexo contra mis nalgas.

Gracias a Dios Todopoderoso, cuando ya había desabrochado los botones de mi uniforme de secretaria y ya preveía mi desgracia, ha llegado a nuestros oídos la sirena que avisa de un bombardeo inminente, sino sé que hubiera forzado mi virginidad. El señor Hass, subiéndose los pantalones, ha salido corriendo.

Tengo veintidós años y soy virgen. El único contacto que he tenido con un hombre hasta ahora fue hace un año con Jacob, un amigo de la infancia, que al salir de la sinagoga me robó un beso tras un arbusto.

Berlín, 15 de diciembre de 1941.

Querido diario:

No te imaginas la tortura que he pasado durante estas dos semanas. Por mucho que he intentado no quedarme sola con él, no he podido. Todos los días, ha aprovechado que hay mucho trabajo para obligarme a hacer horas extras e irremediablemente, cuando mis compañeras se han ido, el Sr. Hass me ha manoseado y declarado su amor.

Está casado, es un nazi convencido y me da repulsión.

He tenido que vencer las ganas de vomitar, cada vez que he sentido su lengua en mi boca. Sé que para el soy un mero objeto de su lujuria. Me ha forzado a masturbarle pero ha respetado mi virginidad al inventarme un novio capitán del ejército.

No tengo ni idea de que voy a hacer cuando se entere que no existe.

He pensado incluso en mandarle un anónimo a su mujer pero no me conviene que se monte un escándalo, si alguien empieza a indagar es seguro que la policía descubriría que soy una impostora.

Berlín, 20 de diciembre de 1941.

Querido diario:

Hoy se ha abierto un pasillo a mi esperanza. El Sr. Hass ha sido llamado a filas. Le han comunicado que su destino en el frente ruso. Espero que una bala bolchevique acabe con su vida. Se tiene que presentar mañana en la estación. No me ha dado ninguna pena cuando se ha despedido totalmente, sabe que se va a incorporar a la división con más bajas de todo el ejército alemán y no todas producidas por el enemigo. El general Invierno que venció a Napoleón está haciendo de las suyas con los nazis.

Deseo que muera congelado en las estepas rusas.

Para celebrarlo, he quedado con Ilse, una compañera de trabajo. Vamos a ir a la ópera. Uno de los distribuidores de la revista le regaló a dos entradas y me ha pedido que le acompañe.

Berlín, 22 de diciembre de 1941.

Querido diario:

Estoy hecha un lio. No sé si ayer fue la mejor noche de mi vida o por el contrario la constatación de lo bajo que he caído.

Necesito contarte que es lo que me ocurrió. Me urge ponerlo por escrito, no me atrevería a confesárselo a nadie que no fueras tú, mi amado diario.

Me encontré con Ilse en la puerta del teatro. Desde un primer momento me di cuenta cuan diferente era mi compañera fuera de los adustos muros de la oficina. La trabajadora seria y eficiente ha resultado ser una mujer encantadora y divertida que conoce a todo el mundillo musical de nuestra ciudad.

La obra, “el holandés errante”, me encantó aún sabiendo que es la preferida de Hitler. No pude resistir las lágrimas cuando Senta, la protagonista, muere para salvar a su amado. Me sentí sobrecogida por su amor. ¡Ojalá! llegue algún día a conocer a alguien que se merezca que de la vida por él.

Al salir de la representación estaba lloviendo, fui incapaz de coger un autobús para volver a casa, era tan tarde que mi compañera me invitó a dormir en la suya y todavía no me creo lo que ocurrió.

Como llegamos empapadas y ateridas de frio, lo primero que hicimos fue cambiarnos de ropa, Ilse me prestó un delicado camisón de seda. Mientras me cambiaba, observé con fascinación que ella se había puesto uno transparente. Mi cara de sorpresa le obligó a preguntarme que me pasaba, a lo que le respondí que era la primera vez que veía a una mujer casi desnuda.

-¿Quieres que me lo cambie?-, me contestó con una sonrisa.

Cortada, fui incapaz de decirle que prefería que se pusiera uno más recatado, quizás me dio miedo pensar que si se lo cambiaba iba a verla totalmente desnuda o por el contrario me gustaba verla de esa guisa.

-Hace frio, ¿te apetece un snaps para entrar en calor?-, me dijo mientras cogía una botella de la cómoda de su habitación.

La idea de consumir alcohol era atrayente, además de estar helada, necesitaba una inyección de valor. Estaba incomoda. No podía dejar de mirar de reojo su escote. La desvergonzada abertura me daba una visión clara de sus pechos y la leve tela me dejaba entrever sus oscuros pezones. Hasta anoche, jamás se me había pasado por la imaginación que alguien se pudiera poner algo tan poco correcto sin ser una prostituta.

Ilse se mostraba encantada de la reacción que su desnudez provocaba en mí. Esta mañana me confesó que encendió la luz de la mesilla para que su cuerpo se transparentara, dejándomelo ver en su totalidad.

Asustada por sentir que me atraía una mujer, me bebí de un solo trago la copa. Ahora sé porque mi compañera se ocupó en rellenar inmediatamente, me ha reconocido entre risas que quería emborracharme. Según ella, al conocerme se enamoró de mí y esperaba que el alcohol, facilitara las cosas.

No hizo falta, no sé si siempre he sido lesbiana y no lo sabía, pero contra lo que la estricta educación que me dieron mis padres dicta, no pude resistir acariciar sus pechos por encima de la tela y acercar mi boca a la suya, esperando aterrada que no me rehusase. No sé si hubiera podido soportar la vergüenza del rechazo.

Ilse sonrió al ver mis labios tan cerca de los suyos y cogiendo mi cabeza entre sus manos, me besó. Fue un beso sensual y excitante, lento, profundamente cariñoso, muy alejado de ese beso casto de mi infancia y en las antípodas de esos con los que mi jefe me torturaba todas las tardes hasta que se fue. Sentir su lengua introduciéndose en mi boca fue maravilloso, pero aún más el notar sus pechos posándose delicadamente contra los míos.

Debería estar avergonzada pero la excitación me dominó cuando su mano, posándose en mi trasero, obligó a mi pubis a pegarse contra su sexo. No hizo falta que nadie me dijera que era contranatura, no necesité que mi rabino me recordara que iba contra la ley de Yavhe, sabía que estaba pecando pero aún así me dejé llevar a su cama.

Nunca había osado ninguna mujer en besarme en la boca y menos recorrer con su lengua mi cuello en dirección a unos pezones que endurecidos esperaban con ansía su llegada. No pude reprimir un suspiro cuando sentí la humedad recorriendo mis aureolas. Deseaba experimentar hasta el final esas sensaciones totalmente nuevas para mí, aunque al día siguiente me odiara por caer en la tentación.

Con la delicadeza de una madre, Ilse fue desabrochando los botones de mi camisón. En su mirada pude descubrir su deseo, deseo puro tan brutal como el que emanaba del sr. Hass pero a la vez dulce y tierno. Lentamente, fue retirando los tirantes, dejándome desnuda de cintura para arriba.

-¿Es tu primera vez con una mujer?-, me preguntó susurrándome al oído.

-Es mi primera vez-, le respondí dejando claro que era virgen.

Su cara mostró su extrañeza, con toda la dulzura del mundo me comentó que creía que yo ya había conocido varón. Llorando le confesé los abusos a los que había sido sometida por nuestro jefe y que afortunadamente gracias a una mentira piadosa había conseguido que me respetase.

-Pobrecilla-, me dijo mientras mascullaba una serie de insultos todos ellos referidos al sr. Hass, tras lo cual me preguntó que porqué no le había denunciado.

-Tuve miedo, no conozco a nadie y ese tipo tiene muchos amigos-, le respondí sin reconocerle la verdad de mi origen. “No sé si puedo confiar en ella” pensé al recordar que Ilse podía ser lesbiana pero trabajaba, como yo, para una publicación nazi.

-Maldito hijo de perra-, me contestó enfadada,-los hombres son una basura. Te juro que yo no te voy a forzar. Si quieres lo dejamos-.

-No, te deseo-, le respondí asombrada conmigo misma. La mujer, que sobre esas sabanas yacía, no era yo. Jamás ni en mis sueños más pecaminosos se me hubiere pasado pensar que algún día iba a estar en una situación semejante y que encima fuera yo quien tomara la voz cantante.

No se hizo de rogar, levantando mi trasero, me despojó del camisón dejándome totalmente desnuda. El olor a mujer necesitada inundó la habitación, nuestros sexos rezumaban de humedad cuando quitándose ella su braga de encaje, se acostó a mi lado. Libre de prejuicios mi boca se apoderó de sus pechos. La suavidad de su piel de niña, el suave aroma a jabón que despedía me convenció: La necesitaba.

-Hazme tuya-, alcancé a implorar al reparar que sus dedos se iban acercando cautelosamente a mi sexo.

-¿Seguro?-, me preguntó.

No esperó a mi respuesta, separando mis piernas fue bajando por mi cuerpo deteniéndose brevemente en mi ombligo. Su lengua entretuvo jugando con él mientras sus dedos separaban los labios de mi sexo, dejando mi botón al descubierto. Todo era nuevo para mí, en mis veintidós años jamás había osado a traspasar esa frontera visible y auto impuesta que delimitaba mi vello púbico, nunca las yemas de mis dedos habían acariciado el prohibido clítoris. Por eso cuando la punta de su lengua se aproximó a mi preciado secreto, me entraron las dudas y suspirando le pedí que tuviera cuidado.

Sonriendo, me miró comprendiendo mis reparos y con una exasperante lentitud se fue acercando. Durante una eternidad lo único que sentí fue su aliento. Con los nervios a flor de piel, gemí deseosa y horrorizada que tomara posesión de su feudo. Forzando su acción acerqué su cabeza a mi sexo, pidiendo con un grito ahogado que me hiciera sentir eso tantas veces vedado.

Ya completamente convencida de mi deseo, Ilse recorrió mis pliegues concentrándose en mi ya erecto botón. El efecto de sus caricias fue inmediato, retorciéndome en la cama el placer me subyugó y, como si fueran los estertores gozosos de la muerte de mis antiguos prejuicios, me corrí salvajemente. Sorprendida por la violencia de mi orgasmo, mi amante se bebió mi flujo como si fuera el néctar que tanto requería su femineidad para sentirse completa. Su insistencia, en evitar que nada se escapase de su boca, prolongó mi placer en un éxtasis continuado que me volvió paranoicamente hambrienta de más. No sabía el que era eso que necesitaba y llorando le supliqué que siguiera.

Fuera de sí y con las hormonas de una hembra en celo, Ilse entrelazó nuestras piernas pegando mi torturado sexo al suyo. Fue el banderazo de salida a un cabalgar mutuo. Ella se convirtió en mi caballo, mientras que yo era su silla y enloquecidas por la fuerza de nuestra pasión nos lanzamos al galope. No sentí ningún reparo en compartir su humedad con la mía, al contrario recibí con mis piernas abiertas el abrazo de Lesbos. Mi ya adorada compañía uso sus manos sobre mis pechos para forzarme a acelerar mis movimientos. No pude seguir, estaba tan desbocada que anegándome por segunda vez en la noche, me desplomé entre sus brazos.

-¿Te ha gustado?-, me preguntó posando su cabeza al lado de la mía sobre la almohada.

-Si-, le respondí, -me gustaría devolverte el placer que me has dado-.

-Mejor otro día, debemos dormir sino mañana se nos notará en el trabajo, pero no te preocupes dejaré que me uses como si fuera tu perra judía-.

-¿Cómo dices?-, le pregunté asustada al creerme descubierta.

-Es broma, no he querido ofenderte o compararme con una de esas sucias. Es una forma de hablar, estoy totalmente enamorada de ti, quiero ser tuya, cuidarte y obedecerte sin pedirte nada a cambio-.

-Cómeme otra vez-, le exigí a esa mujer.

Ilse se acababa de caer del pedestal al que la había encumbrado, jamás podría enamorarme de ella, pero no por ello iba a dejar de aprovecharme del placer que me podía dar esa recién estrenada relación.

Querido diario, durante toda la noche le obligué a darme placer. Orgasmo tras orgasmo me corrí en su boca, usé una porra que un antiguo novio de Ilse dejó abandonada en su casa para penetrarla, disfruté teniéndola a mi merced…

…. pero me negué a que ella me desvirgara.

…. puedo ser una sucia lesbiana…..

…. puedo ser una sucia judía….

…. pero la mujer que rompa mi himen será mi holandés errante… mi verdadero amor.