Heredé a las mujeres de mi hermano 2. 
Sin títuloEsa mañana tardé unos instantes en recordar que me encontraba en el interior de la que iba a ser mi casa en el futuro si no renunciaba a la herencia. Al girarme descubrí que a mi lado, seguía durmiendo la diosa de raza negra con la que había retozado la noche anterior. Sacerdotisa de un culto creado por mi hermano, esa mujer era una de las cinco que había separado de su extenso rebaño para dármelas a mí. Haciendo memoria, recordé mi entrada a ese lugar y cómo Lis, una virgen rubia se me había entregado como ofrenda y cómo al terminar, su puesto había sido ocupado por esa morena.
No queriendo despertarla, me puse a estudiar su cuerpo desnudo. De día y bajo la luz del sol, Susan era todavía más impresionante. Alta y delgada, la naturaleza le había dotado con los pechos más perfectos que había visto. Grandes y duros, estaban terminados de embellecer con dos sabrosos pezones que al contemplarlos llamaban a ser mordidos.
«¡Que rica está!», sentencié mientras mi examen me hacía bajar la mirada por ella.
Sin gota de grasa, su estómago estaba tan marcado que no me cupo duda que esa belleza se mataba diariamente en el gimnasio. Siendo bello, era solo un anticipo a unas caderas que sin ser exageradas eran al menos sugerentes. Y qué decir de su coño… ¡Magnifico! Es el único adjetivo que le queda. Casi por completo depilado, solo sobrevivía al exterminio una pequeña franja de pelo púbico en forma de triángulo que señalaba sin lugar a confusión donde estaba ubicado el clítoris de esa morena. Durante la noche anterior, esa polígono me sirvió de orientación para comerme repetidamente el manjar que se escondía entre sus pliegues.
Al rememorar sus gritos y la pasión que demostró entre mis sábanas, avivé involuntariamente los rescoldos de la pasión y por eso entre mis piernas, mi pene comenzó a ponerse morcillón. Dudando entre despertarla o no, decidí no hacerlo y levantándome en silencio, preferí darme una ducha que hiciera bajar la temperatura que recorría ya mi piel.
«Me he puesto bruto solo con verla», mentalmente protesté mientras huía a puntillas de su lado pero por mucho que lo intenté, todavía no había salido del cuarto cuando esa cría desemperezándose sobre la cama me dijo:
-Mi señor, ¡tengo frío!
Su tono suave escondía una sensualidad brutal y por eso no pude negarme a volver a mi cama. La morena me recibió con una sonrisa al ver mi sexo ya erecto y antes que pudiera decir algo, se puso de rodillas y extendiendo su mano, lo cogió diciendo:
-¿Le importa que anticipe el desayuno?
«Esta niña me va a dejar seco», pensé al verla recorrer con su lengua mi extensión y lo certifiqué al sentir como jugaba con mi glande, con besos y lengüetazos mientras me acariciaba suavemente mis testículos. Susan estaba tan concentrada en su labor que no tuve que tocarla para que se fuera calentando de una manera constante. Desde mi posición vi endurecerse a las areolas de sus pechos mientras su dueña incrementaba la velocidad de su mamada. Sin llegar a comprender el por qué acredité que la calentura de esa mujer era incluso mayor que la mía y eso que todavía no había hecho nada por excitarla.
«¡No puede ser!», confundido exclamé en mi interior al escuchar sus jadeos.
Envolviendo con sus piernas una de las mías, comenzó a masturbarse rozando su coño contra ella mientras aceleraba el modo en que su boca buscaba mi placer. Parecía poseída por una extraña fijación y que la vida le iba en ello, costándole respirar, era tal su pavorosa necesidad que sin mediar mi permiso, las paredes de su garganta se abrieron para dar cobijo a mi pene. Centímetro a centímetro lo hundió en su interior hasta que sus labios rozaron la base de mi falo mientras su coño empapado no dejaba de restregarlo contra mi piel.
-Necesito sentirme su poder- chilló totalmente excitada.
Obligándome a sentarme sobre el colchón, la negrita se puso sobre mí y de un solo arreón empalarse.
-¡Dios mío!- gritó al sentir mi cabeza golpeando contra la pared de su vagina y antes que pudiera siquiera moverme, cayó derrotada retorciéndose sobre el colchón mientras no paraba su placer de fluir por mis piernas.
Alucinado comprendí que esa reacción y lo rápido en que se había corrido, no era natural. No queriendo cortar de plano su placer, me di el lujo de mover mis caderas iniciando un lento vaivén de mi pene en su chocho.
-¡No puede ser!- aulló al notar que su orgasmo se prolongaba sin pausa y que todas las células de su cuerpo hervían al ritmo en que mi verga entraba y salía de su interior. Las lágrimas que discurrían por sus mejillas y la expresión beatífica de su rostro confirmaron mis sospechas.
«¡Está condicionada!», me dije al asimilar que el gozo de la morena era excesivo y queriéndolo comprobar aceleré el ritmo de mis incursiones.
Al hacerlo, la muchacha cayó como en trance y licuándose por completo, su sexo comenzó a expulsar un geiser de flujo como si estuviera haciendo pis. Con sus ojos en blanco y su boca babeando, Susan colapsó ante mi mirada como nunca había visto antes, temblando y sacudiendo las sábanas con una violencia increíble. Asustado por el estado de la mujer, llamé en busca de ayuda.
De inmediato, Lis apareció por la puerta y al explicarle la situación, se echó a reír diciendo:
-El amor que siente por usted le ha llevado al éxtasis.
-No te comprendo- contesté: -¡Mírala! ¡Está sufriendo!
Muerta de risa, se acercó a la morena y recogiendo el liquidó que brotaba de su coño entre los dedos, me lo acercó diciendo:
-Su hermano nos avisó que esto ocurriría. Le llamaba “el embrujo de Pedro”.
-¡No entiendo!- insistí.
La rubia lamiendo los dedos impregnados con el flujo de la otra sacerdotisa, respondió:
-No se preocupe. Cuando usted nos regala su afecto, nuestros cuerpos funcionan como amplificadores de su amor y entramos en ebullición, hasta que nuestras vaginas reciben su regalo.
-¿Me estás diciendo que debo seguir “amándola” aunque esté es ese estado?- pregunté escandalizado.
-Sí, mi señor- murmuró mientras miraba con deseo mi pene todavía erecto: -¡Fóllese a esa puta y libérela de sus demonios!
La determinación y el anhelo que leí en su cara me hicieron actuar y separando las piernas de Susan, incrusté mi miembro en su interior.
-Hágala disfrutar- me dijo Lis acercándose a mi espalda. –Haga que sienta la comunión con nuestros dioses.
Todavía confuso, reinicié mi ataque sobre la negrita, metiendo y sacando mi falo, al tiempo que la rubia restregaba sus pechos contra mi cuerpo queriendo compartir el mismo placer de la muchacha.
-Su leche es el alimento de nuestras mentes- rugió ya excitada.
Sin tregua y azuzado por Lis, machaqué una y otra vez el empapado coño de la negrita sin resultado. Por mucho que buscaba correrme, me sentía incapaz a pensar que lo que realmente estaba haciendo era violarla. Su cuerpo inerte no me excitaba y ya cansado, traté de compensar eso cogiendo a la rubia y poniéndola sobre la morena.
-¿Qué va a hacer?- preguntó en absoluto enfadada la cría.
-Follaros a las dos- respondí y poniendo en práctica mi idea comencé a alternar de uno a otro coño sin esperar su aprobación.
Al observar el modo que las estupendas tetas de la cría rebotaban al compás con el que machacaba su sexo y la expresión de alegría de su rostro fueron la confirmación que iba en buen camino y no queriendo perderme ese momento con distracciones extras, exigí a la recién llegada que se pellizcara los rosados pezones que decoraban sus ubres.
Reemplazando un chocho rubio por uno negro y viceversa, me encontraba en el paraíso de cualquier hetero. Nadie en su sano juicio rechazaría hundir su verga en esos estrechos conductos sobre todo sabiendo lo buenas que estaban sus dueñas. Los gemidos que empezaron a surgir de la garganta de Lis me hicieron temer que el suceso se repitiera y por eso, incrementé aún más si cabe la velocidad de mis caderas.
-¡Me corro!- gritando me informó la rubia de la cercanía del placer.
-Te prohíbo que te corras antes que yo- chillé llevando mi ritmo al máximo.
Cambiando de objetivo cada tres incursiones, disfruté de ambas con un ardor cercano a la locura hasta que el cúmulo de sensaciones me hicieron explotar dentro del chocho de Lis. La joven al notar mi simiente se corrió y aullando de placer, me rogó que cambiara de sacerdotisa para que ambas recibieran su parte.
Como por arte de magia, la negrita despertó con un chillido al ser regada por mí y apretando los músculos de su coño, buscó ordeñar hasta la última gota de mis huevos, mientras se morreaba con la rubia. Esa imagen fue el detonante que me faltaba para caer agotado sobre ellas.
Las dos muchachas separándose, me recibieron entre sus brazos con risas y aprovechando mi tiempo de recuperación, me explicaron lo felices que se sentían al ser las elegidas para procrear mis hijos. Su confesión me dejó de piedra porque no cuadraba con la idea que tenía de mi futuro. Decidido a averiguar que otros planes me tenía reservado la tortuosa mente de mi hermano, directamente les pregunté:
-¿Qué parte de mi obra vais a llevar a cabo embarazadas?
Radiando alegría, contestaron al unísono:
-Nuestros hijos heredaran el paraíso y seremos recordadas como las esposas de Pedro.
«Si no me ando con cuidado, con estas, ¡sobre pueblo la tierra!», mascullé al saber que no eran solo dos, las mujeres a las que Alberto había otorgado tal misión.
Tras pensarlo detenidamente, decidí aparcar por el momento el problema y viendo que era tarde y que todavía no había desayunado, les pedí que me acompañaran a tomar algo. Al oírme, las dos se levantaron de un salto y cogiéndome de la mano, me obligaron a ir con ellas sin darme tiempo a ponerme algo.
-Estamos en pelotas- protesté pensando que no era correcto que el servicio nos viera desnudos. Al ver sus caras de sorpresa, recordé que solo yo y mis sacerdotisas teníamos permiso de entrar en esos aposentos por lo que ya sin reparos dejé que me condujeran hasta el comedor.
Una vez allí, me senté en una silla y mientras Lis iba a preparar algo de comer, pedí a Susan que me explicara qué era lo que había sentido. La negrita tomó asiento sobre mis rodillas y luciendo una sonrisa de oreja a oreja, contestó:
-Todo pasó como está narrado en el libro de su hermano- y elevando el tono en plan ceremonial, prosiguió diciendo: -Las elegidas al comulgar con su esposo se verán inmersas en un placer sin límite que dejándolas transpuestas, les permitirá disfrutar de un pedazo de cielo en la tierra…
Su explicación me reveló dos detalles: el primero era que esas cinco mujeres se consideraban mis esposas y el segundo todavía más importante:
«¡Alberto había dejado en papel todas sus enseñanzas!».
Esa revelación abrió un resquicio de esperanza para no meter la pata y echar por tierra no solo su “obra” sino la supervivencia de sus seguidores. En mi mente seguía presente su amenaza de que si no me hacía cargo de mi herencia, los adeptos de la secta verían en mi renuncia que les había fallado, abocándolos a un suicidio ritual. Como en teoría en esa “biblia”, Alberto solo había recogido mis pensamientos, decidí tantear el terreno y no levantar sus suspicacias diciendo:
-Al terminar de desayunar, me gustaría que entre vosotras dos me leyerais ese libro para poder explicaros en realidad su significado.
Fue entonces cuando me enteré de otra de las rutinas que tendría que aceptar si quería mantener la ficción de ser su anhelado profeta porque la morenita susurrando en mi oído, contestó:
-¿Le parece bien que lo hagamos mientras le damos el masaje previo a la audiencia pública de los sábados?
Su tono y la forma que restregó sus pechos contra el mío, me hizo saber la clase de “masaje” que me tenían preparado. Entre mis piernas, mi pene se alborotó a pesar del uso que esas dos le habían dado. Susan ratificó mis pensamientos al darse cuenta de mi erección porque poniéndose de rodillas y con una picardía que no me pasó desapercibida, besó mi glande mientras le decía:
-Pillín, tendrás que esperar a que termine tu dueño de desayunar…
Voy descubriendo los planes de Alberto.
Mientras terminaba el desayuno, solo podía pensar que en pocos minutos podría poner mis manos sobre los escritos de Alberto:
«Por fin conoceré en profundidad la religión que se ha inventado», pensé más inquieto de lo que se suponía que debía estar al ser un experto en esas clases de ritos.
Afortunadamente, mi espera no se prolongó en el tiempo porque nada más acabar con ese refrigerio las dos crías me llevaron a una especie de jacuzzi comunal ubicado en una de las alas del recinto. Confieso que no esperaba encontrar una piscina de tres por tres y menos que con esas dimensiones su contenido estuviese caliente.
«Me puedo acostumbrar a este lujo», sentencié cuando entre Liz y Susan me sumergieron entre la espuma.
Ellas habituadas a esas instalaciones me pidieron que posara mi cabeza en una almohada mientras preparaban el teórico masaje.
«¿Qué tendrán que preparar?», me pregunté acomodándome dentro.
La respuesta a mi pregunta fue menos satisfactoria de lo que me había imaginado al verlas volver portando unas especies de túnicas que me impedían seguir contemplando la belleza de sus cuerpos. No queriendo que notaran mi decepción cerré los ojos mientras mis dos esposas comenzaban a recitar su libro sagrado.
Desde el inicio comprendí que mi hermano no se había roto la mollera al escribirlo y que el capítulo inicial era una mezcla entre el Génesis Judío y las leyendas que habían llevado los esclavos a esas tierras desde su África natal.
«Puro sincretismo», confirmé defraudado por que me esperaba algo más original.
Asumiendo que para ellas esas palabras eran mías, decidí ocultar mi desilusión y me concentré en la ideología que manaba de sus páginas. Hasta en eso era una pobre imitación de los conceptos básicos de las grandes religiones, amor a los dioses, amor al prójimo… Ni hallé ningún concepto novedoso hasta que escuché recitar a Susan:
-Y a Pedro le ha sido encomendado crear una estirpe que como tribu sagrada se extenderá por la tierra y los príncipes de su sangre serán los encargados de regir la nueva sociedad…
«Mierda», pensé, «mi querido hermano ha convencido a estas mujeres que los hijos que engendre con ellas ¡dirigirán el mundo!». Que esa era la profecía quedó de manifiesto cuando Lis sustituyendo a la negrita en la lectura, declamó con alegría:
-Una vez instaurado el germen del paraíso terrenal, Pedro y sus esposas se retiraran a contemplar cómo los hijos del profeta instauran la ley allí donde exista su rebaño…
Alucinado comprendí que ese apartado podía ser interpretado de dos formas totalmente distintas. La primera y menos grave era que llegado el momento dejaría la cabeza de la iglesia y me jubilaría. Pero la que realmente me preocupó fue la otra: si se tomaba mi retirada como mi muerte, eso significaba que esas cinco elegidas se verían obligadas a acompañarme en ese viaje.
«Alberto, ¡eres un idiota! Ante una enfermedad o un accidente como el tuyo, has sentado las bases del suicidio de todas ellas», mentalmente maldije a mi hermano en silencio. «Te creías muy listo pero eras un cretino ignorante».
Francamente preocupado por esa revelación decidí que debía hacerme con un ejemplar de ese libro justo en el momento que escuchaba que alguien llegaba a la habitación. Al abrir los ojos me encontré con una morena que se acercaba vestida únicamente con un bikini de color blanco. Recordando que las sacerdotisas habían sido elegidas además de su físico por su raza, supe que era la hindú por sus rasgos.
Impresionantemente bella, con unos ojos oscuros profusamente maquillados, esa mujer era la encarnación de una diosa. Sé que se me debió notar en la cara que estaba complacido con ella porque se acercó hasta mí a paso lento sin parar de sonreír.
«¡Es imposible que algo así exista!», pensé apabullado por la perfección de sus facciones: «¡Es perfecta!».
Era absurdo buscarle un fallo. ¡Lo tenía todo! Altura, cuerpazo, grandes pechos, un culo que parecía esculpido… pero lo que realmente me impactó fueron sus gruesos labios y el tono grave de su voz cuando se me presentó:
-Amado mío, soy Alisha, tu esposa. Te llevo esperando desde que siendo una niña, Rambha me informó de mi destino.
«¿Rambha? ¿Qué tiene que ver la diosa hindú del amor en esta secta?», me pregunté totalmente confundido porque de ser cierto, la religión fundada por Alberto abarcaba todo tipo de creencias.
Os tengo que confesar que en ese momento estaba tan despistado que ser Susan quien me hiciera reaccionar diciendo:
-Alisha nos pidió que dejáramos que fuera ella quien te preparara para la audiencia. Ahora nosotras nos vamos para comprobar que todo está listo.
Tras lo cual, Liz y la negrita desaparecieron por la puerta dejándome solo con ese bellezón con el que no había cruzado todavía palabra. Adoptando una seguridad que no tenía quise averiguar cuál era el nexo entre el hinduismo y la iglesia de la “segunda venida” porque desde que ella entró en acción, empecé a sospechar que me había llevado una idea errónea de cual eran sus creencias. Por eso llamándola a mi lado, le pregunté donde había nacido para ver si su origen me podía revelar algo más.
-Amado, su servidora nació en Delhi hace veinticuatro años dentro de una familia chatria- contestó mientras se acercaba.
«Curioso, creí que era más joven», rumié extrañado porque a esa edad las mujeres de esa casta que ostenta el verdadero poder político en la India, suelen estar casadas. Estaba todavía meditando sobre ello cuando Aisha con el rubor coloreando sus mejillas se empezó a desnudar.
Fue entonces cuando caí en la cuenta que yo debía de ser el primero que la veía desnuda porque en su cultura estaba prohibido cualquier contacto con el sexo opuesto antes de casarse.
«Joder, ¡debe ser virgen!», exclamé mentalmente al percatarme que para ella debía de ser difícil ese trago.
Tratando de acomodar mis ideas, me quedé mirando cómo esa preciosidad se quitaba la parte superior de su bikini.
«¡No entiendo nada!», mascullé entre dientes sin ser capaz de dejar de admirar los hinchados pechos de esa mujer, «una hindú no se entregaría a un hombre sin haber boda por delante».
Tanteando el terreno y viendo que esa criatura estaba empezando a desprenderse de la braguita, le pedí que esperara y acercándola a mí, acaricié su pelo mientras le preguntaba al modo de su tierra, es decir con circunloquios:
-Esposa amada, antes de que sigas ¿qué fue lo que Rambha te dijo?
Más tranquila al comprender que no la iba a tomar en ese momento, involuntariamente se tapó sus senos con las manos al responder:
-La diosa se me presentó en sueños y me informó que estaba reservada para ser la compañera de un elegido que iba a ser su máximo representante en este mundo y para que pudiera reconocerle me habló que en su costado llevaría el mismo signo que yo grabado en la piel- y queriendo mostrar de qué hablaba, se dio la vuelta y me enseñó un pequeño tatuaje que llevaba en la parte de atrás de sus caderas.
No me costó reconocerlo porque a instancias de mi hermano durante una borrachera, me había convencido de hacérmelo.
«Hermano, ¡eres un cabrón!», proferí para mis adentros al recordar su insistencia en que fuera ese y no otro el dibujo que me grabara. «¡Tenías todo preparado para este día!».
-Aquí lo tienes- murmuré disgustado al saberme burlado.
La muchacha al verlo, olvidó toda su vergüenza y lanzándose sobre mí, me empezó a besar como una loca mientras me decía:
-Esposo amado, llevo diez años esperándote y tal como juré en nuestra boda, he mantenido intacto mi cuerpo para que tú lo tomaras.
«Hermanito, ¿qué otra sorpresa me tendrás preparada?», pensé mientras era objeto de toda clase de caricias por parte de esa hindú. La certeza que de algún extraño modo ella y yo llevábamos unidos según sus dioses una década me permitió tocar levemente uno de sus pechos mientras le decía:
-Tranquila, cariño. No es necesario formalizar ahora nuestra unión, podemos esperar todo el tiempo que necesites.
Aisha malinterpretó mis palabras y con lágrimas en los ojos, me rogó que no la hiciera esperar. Conociendo su total ausencia de experiencia, comprendí que esa primera vez era importante y por eso la tranquilicé con un beso mientras le preguntaba a qué hora era la audiencia pública.
-A la una de la tarde.
Mirando mi reloj, calculé que tenía casi tres horas para hacerlo bien y que esa cría con cuerpo de mujer disfrutara después de todo.
-Ven, cariño. Vamos a la cama.
Camino hacia mi cuarto, analicé la situación mientras la que llevaba diez años considerándose mi esposa, no dejaba de sonreír nerviosa al saber que al fin culminaría su espera. Mirándola de reojo, me resultó sencillo descubrir en sus ojos una mezcla de esperanza y de miedo que cuadraban a la perfección con lo que conocía de su cultura.
Para las hindúes el matrimonio no solo es sagrado sino que lo consideran como la razón de ser de su existencia. Sabiéndolo decidí que debía comportarme como un amante dulce y cariñoso al hacerla mía:
«Se lo merece. Lleva casi la mitad de su vida unida a alguien al que ni siquiera conocía», sentencié justo en el momento que llegamos a mi habitación.
Al entrar, me sorprendió observar la cama totalmente decorada con flores.
-¿Y esto?- pregunté.
Muerta de risa, la morenaza me respondió:
-Estaba escrito que mi marido me iba a traer aquí y por eso Liz y Susan la han preparado al estilo de mi país natal.
-¿Cómo qué estaba escrito?- alucinado la interrogué.
Aisha con una sonrisa de oreja a oreja, comenzó a recitar de memoria unos versículos de la famosa biblia.
-Pedro al encontrarse con la mujer esperanzada, la cogerá entre sus brazos y llevándola a su lecho conyugal, ofrecerá a los dioses su unión dejando como signo la pérdida de su niñez para que todos los creyentes lo vean y sepan que al igual que ella esperó, ellos deben confiar en sus promesas…
«¡Menudo hijo de puta!», solté en silencio maldiciendo la memoria de mi hermano. «Sabía que sería incapaz de abusar de ella y que la traería aquí».
Sintiéndome una marioneta en manos de un difunto, reconozco que se me quitaron las ganas de cumplir su profecía pero al mirar a esa mujer y ver su cara de felicidad, no pude menos que compadecerme de ella al saber que ella también era una víctima: «Pobre, toda su vida creyéndose especial y solo ha sido presa de una estafa».
Ajena a la cólera que me invadía, Aisha permanecía de pie junto a la cama. Casi desnuda y apenas cubierta por la parte de abajo del bikini, esa hindú apenas parecía tener los dieciocho.
«Parece una niña», maldije interiormente sintiéndome casi un pederasta.
-¿No le gusto a mi esposo?- preguntó al ver que no me abalanzaba sobre ella como hubieran hecho la mayoría de los mortales.
-Eres preciosa- contesté con el corazón constreñido por la responsabilidad. Aunque conocía su urgencia por entregarse por completo a su marido, eso no me aminoraba mi turbación y sabiendo que no podía dejar pasar más tiempo, la llamé a mi lado.
Mi llamado la tranquilizó y con paso incierto, se acercó a la cama. La sensualidad al andar me hizo desear ser el primero en disfrutar junto con ella de los placeres del sexo y reteniendo mis ganas, le pedí que se sentara junto a mí. Aisha, incapaz de mirarme a los ojos, se acomodó a mi lado casi temblando. Su nerviosismo quedó de manifiesto cuando le susurré dulcemente que era guapísima.
-¿De verdad me ve así?- preguntó mordiéndose los labios.
-Sí, eres maravillosa.
Al escuchar mi piropo como por arte de magia se le pusieron duros sus pezones haciéndome saber que con mi sola presencia esa morenita se estaba excitando. No queriendo asustarla pero sabiendo que debía de empezar su cortejo, pasé mi mano por uno de sus pechos a la vez que la besaba. La ternura con la que me apoderé de su boca disminuyó sus dudas y pegando su cuerpo contra el mío, susurró en mi oído:
-Siempre he sido tuya.
La lujuria de sus palabras me permitieron recrearme en sus pechos y con premeditada lentitud, fui acariciando sus areolas con mis yemas mientras le decía:
-Aunque nunca nos habíamos visto, sé que siempre he sido tuyo.
La alegría de sus ojos me informó que iba por buen camino y más cuando sin esperar a que se lo pidiera se quitó el coqueto tanga y se sentó sobre mis rodillas mientras me volvía a besar. Su belleza oriental y el tacto templado de su piel hicieron que mi pene se alzara presionando el interior su entrepierna. Ella al sentir esa presión sobre sus pliegues cerró los ojos creyendo que había llegado el momento de hacerla mía pero retrasándolo por la importancia que tenía, delicadamente la tumbé sobre las sábanas. Ya con ella en esa posición, me quedé embobado al contemplar su belleza tras lo cual decidí que debía esmerarme con ella. Por eso durante unos minutos que a Aisha le parecieron horas, me entretuve en acariciar su cuerpo, tocando cada una de sus teclas, cada uno de sus puntos eróticos derribando una tras otras sus defensas hasta que conseguí llevarla a un estado tal de excitación que esa morena casi llorando me rogó con voz en grito que la desvirgara.
-Necesito ser por fin tu esposa.
Su necesidad y mi deseo de no decepcionarla me hicieron recapacitar y recomenzando desde el principio, la besé en el cuello mientras acariciaba sus pantorrillas rumbo a su sexo. El cuerpo de la hindú tembló al sentir mis dientes jugando con sus pechos, señal clara que se estaba excitando por lo que tiernamente me dispuse asaltar su último reducto.
-Separa un poco tus rodillas- ordené mientras me deslizaba rumbo a su sexo con mi lengua. Nada más tocar con la punta su clítoris, Aisha sintió que su cuerpo se encendía y temblando de placer, se vio inmersa en un brutal orgasmo. Todavía no satisfecho con ese éxito inicial, con mi lengua seguí recorriendo los pliegues de su sexo hasta que incapaz de contenerse la inexperta muchacha forzó el contacto de mi boca presionando sobre mi cabeza con sus manos.
Para entonces ya no me pude contener y olvidando mi propósito de ser tierno, llevé una de mis manos hasta su pecho pellizcándolo. La ruda caricia prolongó su éxtasis y gritando de placer, esa morena buscó mi pene con sus manos tratando que la tomara. Su disposición me permitió acercar mi glande a su entrada mientras ella, moviendo sus caderas, me pedía sin cesar que la hiciera mía.
-Tranquila, tenemos toda la vida por delante- la torturé con mi pene los pliegues de su coño sin metérsela.
-¡No aguanto más!- rugió pellizcándose los pezones.
Al verla tan sumida en la pasión, decidí llegado el momento y forzando su himen, fui introduciendo mi extensión en su interior. Aisha gritó feliz al sentir su virginidad perdida y reponiéndose rápidamente, violentó mi penetración con un movimiento de sus caderas para acto seguido volver a correrse. La humedad inundó su cueva, facilitó mis maniobras y casi sin oposición, mi tallo entro por completo en su interior rellenándola por completo. Ella al notar la cabeza de mi sexo chocando una y otra vez contra la pared de su vagina, se sintió realizada y llorando de alegría me chilló:
-Mi señor: ¡Derrama tu semilla sobre el fértil lecho de tu sierva!
Sus palabras hicieron que todos las neuronas de mi cerebro me pidieran que acelerara la velocidad de mis movimientos pero el poco sentido común que me quedaba en lo más profundo mi mente me lo prohibió y por eso durante unos minutos seguí machacando con suavidad su cuerpo mientras ella no paraba de gozar. La lentitud de ese ataque llevó a un estado de locura a esa morena que olvidando que como debía comportarse una mujer de su etnia, clavó sus uñas en mi trasero mientras me exigía que incrementara el ritmo.
-¡No estoy preparada para tanto placer!- chilló ya descompuesta.
Asumiendo que no iba a poder aguantar más y queriendo que mi clímax coincidiera con su orgasmo, la agarré de los hombros y llevé al máximo la velocidad de mis embestidas.
-¡Diosa te estoy viendo!- gritó con su respiración entrecortada presa del mismo éxtasis que descubrí con las otras sacerdotisas.
Balbuceando en su hindi natal, mi recién estrenada esposa colapsó sobre las sabanas y como ya había experimentado esa situación con las otras dos, supe que debía de eyacular en su interior para liberarla. Por ello, llevé mis manos a sus tetas y estrujándolas con fiereza, busqué mi placer con mayor ahínco. Os juro que era impresionante verla con los ojos en blanco mientras su boca se llenaba de baba producto del placer casi místico que la tenía subyugada. Afortunadamente para los dos, sentí como se acumulaba en mis testículos mi simiente y dejándome llevar, eyaculé en su interior desperdigándola mientras la hindú no paraba de gritar.
Habiendo cumplido con mi destino, caí sobre ella y Aisha ya parcialmente repuesta, me recibió en sus brazos y llenándome con sus besos, tomó un poco el aíre para decirme:
-La espera mereció la pena- y señalando la mancha de sangre que nuestra pasión había dejado en la sábana, henchida de orgullo prosiguió diciendo: -Tus seguidores verán un signo de tu poder.
Tras lo cual y sin darme un minuto de pausa, se levantó y quitándola del colchón llamó a Susan y a Liz diciendo:
-Hermanas, es hora que enseñéis a la gente que espera mi tributo.
Las dos mujeres entraron y recogiendo esa tela con un respeto que me dejó anonadado, la doblaron y en total silencio salieron de la habitación. Desconociendo el papel que mi hermano había atribuido a la pérdida de la virginidad de Aisha, no me quedó más remedio que quedarme callado para que fueran los acontecimientos posteriores quienes me lo revelaran. Pero entonces, levantándose de la cama y cogiéndome de la mano, la morena me llevó hasta el balcón de la habitación y sin importarle que ambos siguiéramos desnudos, me sacó fuera para ver la ceremonia.
Os reconozco que no esperaba encontrarme frente a unas dos mil personas de origen hindú que al vernos salir, se pusieron a aplaudir y a gritar como locos.
-¿Qué pasa aquí?- pregunté
-Amado mío, ¡Hoy empieza formalmente tu reinado como esposo de Rambha!
La sorpresa al reconocer entre la multitud a unos brahmanes de una antigua secta combatida desde tiempo de los ingleses, que creían en la llegada de un profeta que se casaría con su princesa, el cual acumularía en su ser todo el poder político y religioso de la india, me hizo darme la vuelta y mirándola a los ojos preguntar:
-¿Quién eres en realidad?
Bajando su mirada, contestó:
-Soy Aisha Rambha, encarnación terrenal de la diosa.
La confirmación del origen regio de esa mujer no me hizo gracia porque eso significaba que el capullo de mi hermano había vuelto a vencer otra batalla, cerrando más si cabe el lazo sobre mi cuello. La morena malinterpretó mi semblante serio y creyendo que era producto de mi nueva responsabilidad, me dijo:
-Tu pueblo espera que se le muestre mi derrota y mi renacimiento como diosa ya desposada.
Que se refiriera a esa multitud como “mi pueblo” heló mi sangre y dejándome llevar como en una nube, fui testigo de cómo Susan y Lis mostraban a la gente las sábanas manchadas con la pérdida de su virginidad. La demostración de lo ocurrido entre las paredes de mi nueva casa puso en pie a la multitud que rompiendo y rasgando sus vestimentas, dejaron de manifiesto su satisfacción.
Todavía no me había repuesto de la sorpresa cuando Aisha murmuró en mi oído:
-¡Imagínate lo felices que los harás cuando me dejes embarazada!….