PORTADA ALUMNA2Encanto Adolescente-
Tras agarrar la humeante taza de café, el hombre se retira del hogar. Un frío beso en la mejilla por parte de su ya indiferente esposa y se presta al auto. Tras más de 20 años de matrimonio, la frialdad de la relación alcanzó límites insospechados, pero a la vez, eran propias del tiempo. Ni siquiera tenían hijos, y aún así el trato era por lejos pesado.
Recorría las calles de la ciudad con su conciencia en exceso debilitada, era tal la irritabilidad que si no cambiaba de rutina, aquel hombre caería en una profunda crisis nerviosa.
Los mismos edificios, las mismas personas entrando en aquel ostentoso lugar de trabajo. Estacionó frente al lugar. Arturo, nuestro protagonista, los vio a todos, compañeros y amigos entrar en aquel impasible lugar laboral. Él sabía que al ingresar, su vida correría por los mismos parajes aburridos, papeleos aquí, papeleos allá, memos, chismes.. no le llenaban. No lo satisfacían. Para nada.
Tras frotarse la frente, decide salir de aquel lugar, no sabía dónde se dirigiría, pero al menos ese destino incierto sería por lejos mejor que aquellos aburridos cubículos. Reversa y partió a un destino desconocido, perdiéndose el auto en aquella inmensa urbe.
*
La joven Aurora no podía concebirlo, sus ojos no podían dar créditos; aquel jovenzuelo que con ahínco prometió su amor infinito, estaba dando un beso para nada decente a una compañera tras las graderías del campo de fútbol del colegio religioso. En una mano, la virginal blonda, sumida en lágrimas de rabia, estrujaba con total furia un pedazo de papel, lo presionó y arrojó con toda la violencia al gramado.
No quería interrumpirlos, allá ellos con sus afectos. Y mientras los veía con sus cadenciosas boca sumirse a roces de lenguas, jugosas y ruidosas, decidió que lo mejor sería irse lejos. Lejos de las seguras burlas, de las seguras palabras susurras que harían las otras compañeras, observándola.
Quería evitar aquello, y sin pensarlo demasiado, nuestra protagonista de diecisiete años, se alejó del campo de fútbol donde ya le advirtieron ver a su joven amor con otra. Y mientras se alejaba, los vientos se encargaron de perder el ya arrugado papel en que enmarcaba un bonito corazón dibujado con devoción y empeño; “Gabriel y Aurora“. Él fue su primer amor… y hoy fue su primera tragedia.
Se dirigió a la salida, más de una la miraba con ojos de burla, otras seguían observándola con celo. Celos producido, a que su adolescente cuerpo, era uno de los más deseados por los muchachos. Orgullosa se secó las lágrimas, levantó firme la cabeza, caminando tan pudorosamente fuera posible, atajando con ambas manos su corta falda a cuadros por la ventisca.
Aún así, era tal el poco largor de la pollera, que casi nada dejaba a la imaginación, dando a la vista, aquellos muslos blancos y torneados a una casi perfección. Su camisa, de una blancura tal, que se entreveraba a la vista una pequeña remerilla rosada, y que intentaba dar escote, pese a tener senos poco insinuantes. Sus medias recogidas hasta los tobillos, más el viento que regaba sus pelos por los aires, hicieron a muchos muchachos gritar “!Diosa!”… y muchas jovencitas murmurar “Puta”
Pero a la blonda Aurora no le importaba aquello, y saliendo del colegio, decidió ir a algún lugar donde arrojar sus llantos. Aún no sabía dónde, ya que el joven Arturo era su vida, y sus amigas no eran más que hipócritas deseosas de verla palidecer y arrojar su status por el suelo. No tenía a quién, pero fue tal su voluntad, que las lágrimas las aguantó en su caminata hacia las calles, abandonando el colegio donde los chismes alcanzarían la atmósfera.
*
La plaza estaba vacía, más allá una cuidadora de perros paseando a los animales. Arturo descansaba sobre el banquillo del lugar. El aire fresco debiera calmarlo, nada más lejos de la realidad. No podía quitarse de su cabeza, que la vida que llevaba, se realizaba a pasos predeciblemente mecanizados.
Tras levantarse, recorre el desolado lugar. Su caminata era nerviosa, su frente sudorosa evidenciaba que sus buenos tiempos ya pasaron. Pero a lo lejos, una joven blonda estaba postrada bajo un árbol. Aquella virginal belleza y encanto que transmitía su rostro, en aparente triste, hicieron a Arturo acercarse.
– ¿Que haces por aquí? – preguntó manso. Ella no le respondía, atinaba a mirar con la vista perdida el desolado lugar. Y era tal su posición, sentada sobre el gramado de la plaza, que la falda a cuadros daba una vista de sus piernas, y apenas divisando, una rosada ropa interior. El estruje de su camisa, dejaba a la vista de Arturo, un levemente pronunciado escote. Pero extrañamente, no le prendía por lo menos una leve excitación al verla así.
Dirán muchos que se sentó a su lado por calentura. Dirán pocos… y acertadamente, que lo hizo por apiadarse de su triste rostro. Y pegando su espalda contra el árbol, Arturo atinó a continuar;
– Hace años que no venía por aquí, lo hacía solo en mis momentos de tristeza. Cuando me casé, jamás pensé volver aquí.
– ¿Y por que ha venido? – contestó susurrando la joven, sin siquiera apartar su mirada al aire.
– Por que mi vida está estancada, niña, es más predecible que un discurso político.
– Pues, mire, señor – balbuceó- que yo venía en mis momentos de soledad, y hoy, estoy aquí por que la única persona en quien amaba y confiaba me… me… – y rompió un leve sollozo.
– ¿Amor?… eso no existe, niña. Aunque eres muy joven para creer que sólo es una invención. Una quimera con fin comercial. Lo siento por el muchacho, pero no te desanimes.
– Me llamo Aurora – suspiró – y me han traicionado horrible.
– Soy Arturo… y creo estar en plena crisis de edad media. – confesó entre risas.
El hielo fue roto, y en par de confidencias bajo el árbol, no tardaron en reconocer que si bien separados ampliamente por la edad, supieron conectarse rápidamente. Nimiedades y palabrerías era una constante. Aquella conversación dulce los había sacado de sus mundos, aminorando las cargas de sus penas.
Pero la joven no pudo evitar volver a caer en su pesar. Arturo, ahora sí al verla en espléndida belleza, posaba la mano bajo su mentón, lo levantó, dándole un beso excesivamente mundano, en la que tras aprisionar los labios, envió un leve roce de lengua. Aurora, lejos de evitar aquella invasión, le correspondió al sujetar con sus pequeñas manos el rostro del reciente conocido. Si bien la experiencia en besos de la muchacha era poca, las ganas, junto al desamor sufrido, la hicieron sucumbir en aquel apasionado beso de mundos distintos.
La sensación de ser invadida en su pequeña boca la estremeció, pero tuvo que apartarlo de una vez. En su rostro surcaban lágrimas, temía que aquel hombre se aprovechase de su situación, pero al cruzar sus cercanos ojos, lo vio, y sintió, que ambas almas pesaban cargas similares.
Aquellos minutos no eran sino un desenfreno bucal de lenguas impudorosas, experta una, inocente la otra. Pero el hombre, mientras la seguía besando, no pudo evitar recordar su esposa, si bien el amor pareciera extinto, no pensaba en adentrarse en los estados de la infidelidad. Y menos con una adolescente.
Se levantó, Aurora quedó con los ojos cerrados y la boca abierta, como deseando más, pero al verlo alejarse sin siquiera despedirse, corrió junto a él.
– ¿Adónde va?
– Tengo una esposa- dijo decepcionado – ¡no la amo, pero la tengo!
– ¡No me importa! – gritó extasiada, agarrándolo del brazo- quédese el resto del día. Le ruego.
– ¿No entiendes niña? Además, como sabrías si soy algún violador… ¿o asesino serial?
Aurora estalló en una carcajada que hizo a Arturo parar su huida; – ¿Acaso no aparento uno? – protestó.
– Para mí no – dijo con una sobriedad de locos, una inocencia en sus ojos, aquella jovencita deseosa de ser amada, de olvidarse de aquel infortunio colegial. De un salto lo vuelve a abrazar, subió su mentón y lo besa con lengua inclusa. Como si fuera de película, la joven dobló una pierna mientras Arturo, con suma incredulidad, la rodeó por su pequeña cintura, alzándola mientras seguían ambos en aquel arrebato de lenguas.
– No puedo- masculló, dejó de besarla, y tras una casi forzada media vuelta, retomó el camino. Aurora quedó tiesa, pareciera haber encontrado un nuevo sentido a su vida, nunca creyó en el amor a primera vista, y mucho menos por un hombre que casi triplicaba su edad, pero aquel beso eléctrico bajo el árbol, la dejó con una sensación extraña.
Lo vio subir al auto y alejarse, sin siquiera despedirse. Pero Aurora no lloraba, ni mucho menos se sentía triste, supo que aquel hombre, destrozado por lo predecible de su vida, volvería a la plaza. Cogió su mochila, y decidió volver a su hogar. En su caminar, no pudo dejar de pensar en aquel besuqueo, si bien morboso, trajo una paz que no creyó volver a sentir tras lo acontecido en su colegio.
*
Habían pasado dos días de su encuentro, aquella hermosura adolescente ocupaba toda su vida, desde sus cómputos, sus desayunos… y hasta durante las forzadas sesiones de amor con su esposa. Era imposible concentrarse, aquella encantadora voz, Aurora, pareciera un intrigante tabú.
No dio mas abasto, y en un arrebato de nerviosismo, decidió no ir al edificio de su trabajo. Se volcó rumbo a aquella plaza donde la conoció, sabía que las desventuras propias de una colegiala, la llevarían a aquel lugar.
Estacionó, recorriendo a pie el terreno, siempre vacío a tempranas horas. No la veía, rebuscaba y se desesperaba. Tal punto en que, cansado de escudriñar, se posó en el árbol donde la conoció. Pensaba que tal vez, lo mejor sería volver a su vida. Renunciar a aquella luz de esperanza rubia y adolescente que pareciera caída del cielo.
*
 
Dos días pasaron para Aurora, saliendo de su hogar, supuestamente rumbo al colegio, pero en realidad yendo a la plaza. Supo mediante amigas, que los chismes y habladurías propias de los compañeros sobre su infortunada infidelidad, ya era un verdadero monstruo mediático.
Pero poco le importaba, aquel hombre la hizo sentir una electricidad en todo el cuerpo. El hecho de que la haya poseído un maduro le hizo despertar un morbo que no creyó tener. No pudo evitar tener fantasías por lejos mundanas, entregada a aquel experto. Y fue cuando lo vio postrado bajo el árbol en que lo conoció.
– Sabía que volverías – cortó con su voz juvenil- tuve que venir por dos días sin ir al colegio.
– ¡Aurora! – se levantó brusco, mirándola como el sol la iluminaba como a un ángel, y gracias a ello, su obsesión se había convertido en amor, nunca creyó en ello, pero al ver aquel dulce rostro, rojizos pómulos, una leve sonrisa y una mirada inocente, sus dorados cabellos brillando como nunca, vestida como la reina de las colegialas… al verla así, quién no caería enamorado.
La joven se mordió los labios, sonrió y lo miró con aire casto. Y tras acercarse a su oído, musitó un leve “vayámonos lejos de aquí”
– Tus padres – sonrió- ¿no crees que te extrañarán? Y mi esposa…
– Dijiste que no la amabas – le replicó con aire celoso, acercándose y estrechándole la mano al hombre, quien sucumbido por todo lo acontecido, procede a aceptar la invitación. – entonces vayámonos… a donde al menos estemos solos – concluyó con aire seudo adulto.
Y tomados de las manos, aparentando padre e hija, se retiraron del lugar hacia el auto. Subieron y antes de que Arturo intentara arrancar al coche, la joven, sumida en notable calentura, se abalanza sobre el hombre, sentándose en su regazo, con las piernas separadas por el asiento. Con sus rostros tan cercanos, sumieron en otro ardiente beso, mientras la joven, con movimientos rápidos, se despojaba de su camisa, levantó sus brazos, e invitó al hombre que le retire su remerilla.
Con frenesí lo hizo, sus senos quedaron expuestos a la vista, su acaramelado ombligo también, beldad adolescente. Sin dejarse de rodeos, levanta su pequeña falda de cuadros por su cintura, su ropa interior fue arrancada de un brusco movimiento. Allí la vio, su virgo aún virgo, aquel rosado capullito levemente cubierto de vellos, y en donde la fisura de su feminidad, regalaba al tacto, una húmeda sensación al acariciarla con sus dedos. Plisaba y vibraba sus dedos en ella.
– Eres virgen aún? – preguntó extasiado, sin siquiera dejar de manosear aquel pequeño cuerpo que se contoneaba al ritmo de la agitación que le imponía en su sexo.
– Sí –susurró jadeante.
La tomó de la cintura, levantándola levemente, su motivado miembro relucía tras el pantalón. La joven no dudó en desprenderlo de los cintos, para observar con total susto, una venosa virilidad que apuntaba con potencia hacia arriba.
– Humedécemela atrás– ordenó, prendió la radio y subió a un volumen considerable. Aurora nunca había visto en su vida semejante órgano, pero tras ir al cómodo asiento trasero, pudo acomodarse de rodillas frente al hombre. Sus delicadas manos tomaron con temor aquel mástil. Lo veía con respeto, sabía que aquello pronto entraría en su feminidad, que aquello le arrancaría gritos de placer, pero antes debía succionar con ánimos.
Acercó su rostro, relamió sus labios, y con un rítmico sube y baja con sus manos, ofrecía leves lengüeteadas al glande.
– Mírame – susurró, la joven, sin siquiera dejar de lamer, miró con sus ya poco inocentes ojos. Lo felaba con tan poca soltura, que de vez en cuando el vigorizado órgano se le escurría entre las manos, y golpeaba con un sonido seco sus sonrosados pómulos. Tras engullir lo que físicamente podía, Arturo observó con todo el morbo posible, su glande resaltante bajo las mejillas de aquella jovencita, quien dicho sea de paso, seguía humectando a lengüetazos con movimientos poco peritos, pero en extremos excitantes. Los vellos del hombre espoleaban los labios de la joven, quien embelesada de la calentura, osaba de dar sus mejores movimientos de lengua.
Los gemidos de ambos eran notables, Arturo, preso del placer, mandó ambas manos en aquella cabeza, empujándola más y más, haciéndola enterrar hasta los límites, sintiéndola tocar su garganta. Y los sonidos de arcadas, junto a un repentino retuerce de la joven, la hizo alejar.
Su rostro sudoroso y enrojecido, jadeaba y respiraba entrecortada. – Me asfixiabas!- protestó. Pero Arturo, sonriente, la carga en su regazo, acariciando aquel pequeño cuerpo adolescente corroído en placer. La reposa sobre él, aquellos poco insinuantes, pero atractivos senos destacaban las aureolas erectas, sudaba y su espiración agitada, agobiada del éxtasis. Arturo reposó el glande entre los labios vaginales. Tras besarla, la muchacha lo mira con temor y embeleso.
– ¿Dolerá? – preguntó tiritando
– No te mentiré… tal vez sientas algo romperse, pero luego… no te arrepentirás.
– Hazlo –susurró extasiada, lo rodeó con sus piernas, y cerró los ojos a la espera.
De lenta llegada, se adentró, sintió la pequeña y frágil barrera. La miró, besándola y penetrando más. Sus gritos de desvirgamiento fueron aplacados por el beso más morboso que sintió de parte de Arturo.
Sus labios vaginales apenas daban paso, el hombre sentía la húmeda caparazón lubricarlo y hacer más fácil la lenta arribada. Jugos de la joven que corrían por el largor de la gruesa virilidad y por sus lechosos muslos.
Los bombeos eran lentos, esperando que la joven se acostumbrase al tamaño. Sentía como lo arañaba de la locura en la espalda. Aurora se arqueaba y gemía calamitosamente. El hombre por su parte, no dudó en enviar una mano en aquel juvenil trasero, adentrando a duras penas un dedo en su recto, retorciéndolo lentamente mientras la embestía con ahínco.
Pronto cesaron sus gritos, el placer ocupaba de las suyas mientras el órgano se enterraba hasta tocar el cuello uterino. Presa de la calentura, la joven se inclinó sobre el cuello, lo mordió, aplacando así, sus ansias al tiempo en que seguía sintiendo semejante miembro ultrajarla hasta más no poder.
Cada vez que aquel aparatoso miembro rozaba su ya endurecido clítoris, chillaba tal animal en celo, Arturo la veía como la joven saltaba e intentaba enterrársela más de lo que podía, sus pequeños senos se bamboleaban por su rostro, sus azulados ojos lacrimosos, llorando del placer, lo hicieron a nuestro protagonista, bombearla con más fuerza.
Verla a una adolescente, casi inocente y casi ingenua, gritando lastimeramente del placer que le infligía, le inspiraba un morbo de estratosfera. Los minutos siguieron en intensos resaltos, gritos, besos y caricias a aquel joven y sudoroso cuerpo de colegiala. Arturo se encrespaba, de veloz movimiento se separa de la adolescente;
– Vente aquí, arrodíllate frente a mí – indicó titubeando.
Tras reponerse, obviando el dolor de su membrana ya desvirgada, vuelve a arrodillarse. Vio aquel mástil bañado en sus propios néctares, y de lenta evaluación, un líquido blanquecino asomaba en la punta. Se inclinó como pudo, lanzó un leve roce de lengua en la punta, haciendo hilos de semen entre su lengua y el glande, lo recogió son su dedo, y decidió darse el gusto;
– ¡Sabe amargo! – protestó con la cara asqueada.
– S… S… sigue nomás… que ya le agarrarás el gusto… – cortó a duras penas.
Y la joven volvió a observar como los líquidos ya rebasaban los límites, volvió a inclinarse, lo tomó con ambas manos, y aprisionó el glande con sus labios, punzándolo con la lengua, y de pausado movimiento, bajó la boca por el tronco, recorriendo las venas y sintiendo los jugos, haciéndolo desaparecer de la vista hacia dentro de aquella dulce y pequeña boca.
Succionó como pudo, los jugos que osaron de derramar, impresos en aquel arterial mástil, se conjugaron con sus salivas. Las sintió todas, sus néctares, el semen que seguía fluyendo del glande, todo estos cuajos se derramaban en su diminuta boca. No dio abasto, y cedieron los líquidos por las junturas de sus rojizos labios, formando hilos y espesas gotas en su rostro.
No tuvo remedio más que saborearla toda, y tras recoger los sobrantes, los degustó extasiada del placer, mas aguantándose el sabor.
Sin fuerzas para más, se sumieron acostados en el asiento, donde la joven, adolorida por el virgo ya no virgo, recibía caricias en su aún humedecida intimidad. Los peritos dedos de Arturo se adentraba a raudas, sentía los vellos de la joven al recorrer su monte, la lubricidad era tal, que los olores de aquella dulce vagina en extremo carmesí y abultada, se impregnaban en su dedo. Aurora gesticulaba y gemía, se revolvía y aprisionaba con sus pequeños muslos, la mano del hombre allí masturbándola. Tras otro beso, no tuvieron mejor idea que pasar el resto del día juntos, paseándose por la ciudad, sin dejarse de manoseos, de confesarse intimidades y secretos que no creían poder decírselo a alguien.
– Aquí vivo – dijo Aurora
– Bonita casa, por cierto, cuando te volveré a ver?
– Búscame mañana al medio día, frente al Colegio Rennes… te estaré esperando, le diré a mamá que saldré a estudiar.
– ¡Ah! ¿Conque vas a volver al colegio? ¿Y ya no te molestan los chismes contra ti?
– Para nada – y le cedió un leve e inocente pico a sus labios, sonriente salió del auto, corriendo hacia su hogar. Arturo no podía creerlo, la veía andar, su falda se levantaba por la ventisca y divisaba a raudas la piel de su trasero, ya que su ropa interior se lo había arrancado.
– ¡Por Dios! – pensó- ¡Es hermosa! – y arrancó nuevamente el coche, rumbo nuevamente a su vida.
*
 
Aurora salía de su casa, la luna nocturna la iluminaba como la hermosa diva que era, sus pelos lisos tras ella, un pequeño top rosado que daba un escote de locos, regalaba la vista del acaramelado ombligo. Una exageradamente corta falda blanca y ajustada que daba a la vista, el casi perfecto redondel de sus nalgas, unos tacos altos, y tenéis a la vista, a una verdadera diosa del sexo juvenil.
Sus padres reposaban por la puerta de la entrada, ambos con aspecto desaprobador. Al frente del hogar, el automóvil de Arturo estaba estacionado.
– ¿De veras no nos dejarás saludar a Ricardo ? – preguntó la madre.
Aurora giró la vista enojada; ¡Mama – gritó con cólera –seguro me quieres avergonzar!
– Ya, ya. Ve que algún día lo conoceremos.
Subió extasiada, le sonrió y ordenó que arranque rumbo al pub.
– ¿Siguen sin sospechar tus padres?
– Tengo un amigo llamado Ricardo, se hace pasar por mi novio. Creen que él eres tú. – rió Aurora.
Y mientras conducía por la ciudad, no pudo evitar observarla por las piernas, mandó una mano, recogió la poca tela que cubría sus muslos, dirigiendo sus manos en su entrepierna, amasándolo levemente mientras maniobraba a raudas el coche.
Aurora se retorcía al son de sus caricias, gemía, suspiraba y se arqueaba en el asiento;
– ¿Estás bastante excitada, no lo crees? Si sigues así de húmeda, ¡seguro que mueres de deshidratamiento! – bromeó.
– Seguid.. –susurró, de veras le gustaba ser poseída por él, ya pasaron dos semanas de intenso amorío, bien casi todas en el coche, razón por la cual, decidieron pasar su primera noche en un bailable.
Tras llegar al asestado lugar, decidieron pegar sus cuerpos en aquel caluroso infierno de luces, músicas y masivo gentío que apenas daban paso. Sentía sus pequeños pechos pegarse a él, la bordeaba con sus manos, acariciaba sus nalgas, y la traía junto a él. Levantaba un brazo, la daba media vuelta, y contemplaba con éxtasis, aquel juvenil cuerpo, ella giraba lentamente para él, pese a las miradas de los tantos que la comían. Aquella faldita blanca brillaba bajo las luces de neón, la fina tela se levantaba levemente y daba a la vista generalizada, su redondez y ropa interior. La pegó junto a sí, su bulto pegándose entre sus nalgas. Aurora estaba encantada, se restregaba más y más al ritmo de la seductora música, sintiendo como se agrandaba al roce. Pero bailes y movimientos no era la razón de aquella velada nocturna.
Tras minutos, Aurora se la veía bastante sudada y al parecer, ardiente y deseosa de ser fieramente penetrada. Arturo la comprendió, y tras llevarla de brazos a un impúdico baño de hombres, se encierran en un cubículo.
La puso de espaldas a él, agarró su pequeña cintura, levantó la faldita, y bajaba su ropa interior, empapada ya de su propia condición de período de celo, dejando a la vista, aquel juvenil trasero.
– Penétrame… y no lo hagas dulce como sueles hacerlo – ordenó en tono severo.
Arturo lo entendió, separó las nalgas, y vio el capullo rosado en el que aún florecían vellos, reposa su virilidad, y de un fuerte envión, lo meció hasta el fondo, arrancándole a Aurora, un grito ensordecedor y penoso.
Del impulso y fuerza con que la penetraba, la joven no tuvo más remedio que sujetar con sus manos por el cubículo, mientras empezaba a sentir sus senos siendo brutalmente manoseados, el hombre que sin perdida, se inclinó y empezó un fuerte mordisco a su cuello.
Los bombeos eran fuertes y brutales, en cuestión de tiempo, aquel hombre descubrió una vena de zorra en aquella jovencita, que sin pudor, seguía gritando del placer, pidiendo más y más ferocidad;
– ¡Más adentro, más fuerte! – y arañaba las paredes al tiempo en que sentía la gruesa virilidad llenarla y taladrarla hasta el fondo humanamente posible. En medio de las embestidas, la inclinó sobre el inodoro, arrancó su miembro de las entrañas de la joven, quien pareciera tomarse un respiro, y se inclinó a separarles las nalgas.
Acercó sus manos a su boca y ordenó que los lamiese hasta dejarlos lubricados. Extasiada lo hizo, su lengua recorría con ahínco los dedos y entre ellos. Una vez humedecida la mano, se volvió hasta aquel apetitoso trasero.
La empaló con un par de dedos, Aurora gritaba y se retorcía al tiempo en que Arturo revolvía sus dedos dentro del recto. Una vez dilatada lo suficiente, reposó su palpitante órgano sobre su trasero.
La perforó con armónico decoro, era desvirgada por su recto. Le ordenaba que se relajara, que no fuerce las paredes. Aurora chillaba y se arqueaba a más no dar. Reía, lloraba, gemía y gritaba más y más. Golpeaba con el puño las paredes y se retorcía del placer. Aquella leve penetración del recto se volvía más rápida, la joven ya no dio abasto, y se rindió al primer rugido del orgasmo anal, al tiempo en que sentía los chorros tibios bañarle sus entrañas.
Cayó al suelo del cubículo con sus pequeños vestidos bañados en cuajos de semen. No tardaron en limpiarse ambos, y volver hacia el bailable. Y eso fue solo una de las tantas noches… solo una de las tantas.
*
La plaza estaba retozando de los colores del sol naciente en el horizonte. Arturo estaba sentado y esperando en un banco. Eran horas tempranísimas, y quedó en verse con la joven Aurora.
Desde lo lejos la vio venir, sonriente como siempre. Ya no era aquella triste adolescente que conoció, la había cambiado a parajes insospechados, la había convertido, en una verdadera adicta a su hombría. Ella se acercó, tenía sonriente un papel plegado en su mano;
– ¿Por que tan temprano, Arturo?
– Aurora, siéntate – dijo preocupado- Debo decirte… acerca de mi esposa…
– ¿La abandonarás como me prometiste… no es así? – siseó celosa.
– Aurora… mi esposa está embarazada, debo… esta relación nuestra, no es correcta. ¡Soy mucho mayor que tu! – La joven palideció al escucharlo.
– ¡No me importa! – gritó sollozando, cayendo en un arrebato de desesperación a sus pies – ¡No me abandones, te lo ruego! ¡Esa estúpida mujer quien no te merece, es injusto esto, tú no la amas!
Arturo cayó arrodillado frente a aquella delicia, no tuvo más remedio que besarla con la dulzura que correspondía, se levantó, y susurró un triste “Lo siento… no la amo… pero debo responsabilizarme por la criatura” y se alejó cabizbajo del lugar.
Ella no pudo contener sus lágrimas, aquel hombre que la había llevado hasta los extremos del placer, la estaba abandonando como si nada. ¿Y el amor? Ella recordó como por crueldad del destino, aquella frase suya; “amor… es una quimera con fin comercial
Miró sollozante el papel que sostenía, lo arrugó, y juró recuperar al hombre de sus sueños, lo vio alejar, y juró en sus adentros recuperarlo a como dé lugar.
A lo lejos Arturo subió al coche y arrancó. Aurora se levantó, se secó las lágrimas, y arrojó el papel que sostenía, alejándose de aquella plaza.
No fue un simple enamoramiento, fue mucho más que un encantamiento. Dos almas gemelas, que por crueldad del destino, nacieron en tiempos distintos, pero por alabanza de la vida, se encontraron y calmaron sus heridas. Aquella jovencita que calmó su desdicha, sintió una madurez y una esperanza de amor en el hombre.
Aquel hombre supo encontrar vitalidad en las más hermosas llanuras, las más dulces pieles lechosas de una adolescente, probando de los más deliciosos néctares que regalaba en su virgo hoy ya no casto.
Pero es sólo asunto del tiempo y del cruento destino, más nuestra indescriptible esperanza, saber si los amores verdaderos, sin distinción de edad, pueden perdurar… saber si se podrá llegar a un final feliz… por un Encanto Adolescente.
Y es cruento depender del destino.
Fue tal la ventisca, que al volar por los aires el papel que lanzó, allí podrán apreciar un corazón dibujado con el más puro sentimiento, y en hermosas letras escritas con el más dulce empeño, yaciendo impreso la frase;

 

“Aurora y Arturo”