indefensa1

Después de lo que hice a María en los aseos del centro de conferencias (ver relato “Mi mejor conferencia”), me Sin títuloencontraba ya esperándola en mi coche. Sabía que María no tardaría mucho en llamarme, tenía aún muchas ganas de mí, mucho morbo acumulado en nuestras conversaciones de internet como para sentirse satisfecha con el orgasmo que la había proporcionado en el aseo únicamente con mi lengua, a pesar de que éste debió ser memorable por como se retorcía. Además, lo bueno de salir con una chica bien es que le gusta “pagar sus deudas”, y a mí me debía ya algunas otras situaciones excitantes y placeres con las que he hecho viajar a su mente algunas noches en el chat, además de lo del aseo.

Por otra parte, yo también necesitaba mucho más, a pesar de que soy de aquellas personas que disfrutan mucho más viendo como la chica se vuelve loca, pierde los papeles, y se desata, y todo ello provocado por mis maniobras, mis locuras, y las situaciones a las que mi mente es capaz de llevarla. Eso me hace sentir grande, fuerte, poderoso, pero ahora mi cuerpo necesitaba estar dentro de ella, de la chica triunfadora y brillante profesional que me iba a llamar muy pronto cuando consiguiera deshacerse de la compañía de los organizadores de las conferencias.
De todas formas, no tenía muy claro si tratar de empezar un pequeño juego que tenía en mi mente (siempre maquinando), o tratar de ser más cariñoso y convencional. En el fondo sentía afecto hacia ella. Habíamos compartido muchas horas por internet y ahora, en vivo, se había comportado como yo le había indicado. Además, en persona era aún más preciosa.
Por lo pronto estaba comenzando a llover y eran alrededor de las 10 de la noche. Cuando sonó el teléfono preguntando dónde estaba, le dije “sal, cielo, estoy aparcado justo en la puerta del centro de conferencias para que no te mojes con la lluvia. Busca un volkswagen golf blanco”. No tardó más de 30 segundos en salir, estaba preciosa, con los labios recién pintados, el maquillaje retocado y el pelo bien recogido. Entró al coche rápidamente para no mojarse, con una sonrisa preciosa me besó en la mejilla y dijo “gracias, me ha encantado tu juego pero, ¿no vas a decirme cómo te llamas?”
Devolviéndole el beso cariñoso en la mejilla contesté “Claro que sí, cielo, me llamo Carlos, y creo que durante la noche vas a tener muchas oportunidades de agradecerme lo de antes como es debido. Por cierto, el juego aún no ha terminado. ¿Quieres seguir jugando?”.
“Por supuesto que quiero hacerlo, a eso he venido”. Ahora hablaba con mucha seguridad en sí misma.
“Pues vamos…” y me puse a conducir por la ciudad dirigiéndome al restaurante donde había reservado mesa.
Con todo el tiempo que habíamos chateado a través del msn, y las múltiples fantasías sucias y salvajes compartidas en las últimas semanas, ahora no teníamos nada que decirnos, pero tampoco hacía falta. Se había establecido una corriente de buenas sensaciones entre nosotros. La música también era muy agradable. Cada vez que paraba en un semáforo besaba cariñosamente su boca, acariciaba su piel con mi mano abierta. El tráfico en Madrid era lento por la lluvia y, poco a poco, los besos en los semáforos iban siendo cada vez más húmedos y profundos hasta sentir cómo su respiración se aceleraba. Cuando el semáforo se ponía de nuevo en verde, seguía conduciendo tranquilo y centrado como si nada como si nada pasase, aunque algo en mi sonrisa dejaba entrever la pasión que entre los dos.
En un momento dado, distraídamente, mientras conducía dije “¿A ver como estás?” e introduje mi mano entre sus piernas. Seguía serio y concentrado en la conducción. Su mirada fue de sorpresa divertida pues ya le había dicho mil veces en el chat que eso haría en cuando subiera a mi coche, y ella había dicho que le encantaría que lo hiciese. Así que dije imperativamente “¡abre!”, ahora sonrió morbosamente abriendo muy lentamente las piernas, como indicando que ella marcaba el ritmo, y que si lo hacía era porque quería. Su piel era tan cálida y suave que la sensación en mi mano no se puede describir con palabras. Llevaba un tanguita de esos mínimos y super provocadores, que las chicas se ponen cuando se sienten “demonio”. Ella sabe perfectamente que lo que a mí me agrada, que soy un clásico, son las braguitas bonitas negras o blancas de algodón con un lacito de las chicas bien, y eso era una prueba más de que ella no se iba a comportar como antes. Iba a tomar las riendas del juego y yo no sabía si dejarla.
Yo trataba de aparentar calma y control de la situación. Era divertido el juego de ver quién iba a marcar los ritmos. Iba conduciendo y, por supuesto, miraba a la carretera atentamente, escuchábamos la radio música suave, pero a la vez mi mano estaba en su entrepierna y mi dedo corazón se movía adelante y atrás entrando y saliendo de su sexo con el sonido típico de la humedad que allí había. El contraste de nuestras caras era curioso. Yo, iba tranquilo y concentrado, conduciendo decididamente con una mano, mientras que ella tenía los ojos cerrados, la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, y se mordía el labio inferior. Una vez más, ella estaba cediendo a los juegos que a mí me gustaban, que era básicamente tenerla en mis manos y controlar su excitación. Parece que le gustaba porque su sexo estaba empezando a ponerse mojadísimo, y estaba empezando a gemir “joder, joderr, jodeeeeerrrrr, era verdad lo que decías de tus dedos… que son mágicos!”. Yo, divertido contestaba “No era yo el que lo decía”. Fuera seguía lloviendo y no había muchos transeúntes por las calles.
Nos acercábamos al restaurante en el que había hecho una reserva y vi una plaza libre para aparcar. Detuve el coche, y aparqué a unos metros del lugar, pero antes de salir quería sentir su orgasmo. De hecho iba a empezar a decir palabras obscenas que tanto le gustan, a decir que si le parece correcto que una chica bien se viera en esta situación, pero repentinamente se movió y no me dejó articular palabra. A pesar de lo excitada que estaba, no había abandonado la idea de ser ella, la mujer profesional y brillante, la chica acostumbrada a que sus palabras fueran órdenes, la que quería marcar nuestras acciones. Se puso de rodillas en el asiento mirándome poderosa, y con una mano sujetó mi mano derecha en su coño. En décimas de segundo ya había lanzado su boca a mi boca sin dejarme reaccionar, con un beso húmedo, largo, con nuestras lenguas mezclándose y nuestros labios abarcando todo. Ya había notado que ella adoraba los besos y enseguida comenzó a morderme los labios, y yo contraatacaba mordiendo los suyos, pasando mi lengua por ellos, su mano derecha está en mi nuca, apretándome contra su boca. El morreo es descomunal, salen sonidos de su garganta, acelera el movimiento de mi mano en su entrepierna, donde yo había introducido dos dedos, moviendo descontroladamente las caderas hasta que, literalmente, se clava mis dedos hasta lo más profundo sin dejar de frotarse con mi mano y siento que se está corriendo. María grita y clava las uñas en mi antebrazo.
Yo estaba nervioso y muy inquieto. A mí me fascinan las situaciones morbosas en público en las que nuestra apariencia es de personas serias y nuestras acciones son disimuladas pero morbosas. Como cuando la tocaba mientras conducía. Pero ahora, con los ojos abiertos veía que estábamos en plena calle y, salvo la intimidad que nos dan las gotas de lluvia sobre los cristales del coche, por lo demás podríamos ser objeto de la mirada de cualquier persona que pasease por allí. Pensé que quizá ha sido eso lo que la había puesto tan caliente. Ahora estoy seguro de lo que pretendía. Ella sabía que las maniobras que yo hacía con ella mientras conducía eran las de una persona tímida y discreta, las de alguien que disfruta haciendo públicamente “cosas prohibidas” pero sin que se noten abiertamente, siempre manteniendo el aspecto de “personas de orden”. Ella lo que buscaba era romper mi juego, hacernos visibles a cualquiera que por azar pasase por la calle y a fe que lo consiguió.
Poco a poco se fue relajando la situación, se sentó lateralmente en su asiento, mirándome, su respiración se hizo más pausada y yo me dispuse a abrir la puerta para salir a la acera. Estaba parando de llover y pasaba gente a nuestro lado. Aún así, su mirada hacia mí era lasciva y divertida, lo cual me inquietaba. Yo, deseoso de salir de la exposición pública dije con una sonrisa forzada “anda, vamos a cenar que tenemos que coger fuerzas para luego”. Pero María no se movía y seguía mirándome “aún no he terminado contigo, tengo que empezar a pagarte lo que te debo y ahora te toca a ti portarte bien”. El tono de su voz, meloso pero firme. Su mirada, provocadora. Pero sobre todo, su mano que había empezado a acariciar lentamente mi pantalón, estaba empezando a hacerme sentir excitado. Todo ello corroboraba mis sospechas, ella había decidido ser la que juega ahora conmigo.
Su mano era caliente, su posición envolvente, su movimiento constante… y yo, yo estaba inquieto y excitadísimo por la situación y la gente que pasaba. Como un niño que sabe que ha hecho algo mal y espera ser pillado por su madre. Ya había sacado mi polla del pantalón y continuaba con sus cuidados sobre ella. Se mojaba los dedos con su saliva y me hacía caricias increíbles dejándolos deslizar por el capullo. Yo, intranquilo, miraba a un lado y a otro de la calle, alternativamente, o cerraba los ojos y me dejaba hacer. O la miraba a ella, que era la que aparentaba ahora la tranquilidad y el mando de la situación. Sin el menor pudor inclinó su cabeza sobre mi miembro, a punto de estallar, y se lo introdujo en la boca comenzando una felación suave y profunda. En ese momento ya cerré los ojos y, sin importarme donde estábamos, me entregué al placer que me daban sus labios y su lengua… uffff, cómo lo hacía. Y parecía una chica bien que nunca había roto un plato.
Lo que ocurrió a continuación parece sacado de la peor de las pesadillas, pero es que realmente fue así. Repentinamente sonó una sirena de policía con sus dos integrantes mirándonos divertidos. Fue sólo un segundo pero abrí los ojos asustado y vi, en paralelo al mío, un coche de policía municipal, con las luces azules encendidas… El corte de rollo fue brutal y, aunque estábamos con el coche aparcado y el motor apagado, tuve que abrir la ventanilla y escuchar la reprimenda del policía que decía: “¿Va todo bien, caballero? No está permitido hacer ciertas cosas en la vía pública y si persisten en ello voy a tener que denunciarle”. Fue un momento terrible, me tapaba como podía y mi corazón latía fuerte, más por el susto y el riesgo de tener que sacar todos los papeles del coche en ese estado, que por la excitación anterior que se me estaba pasando por la vía rápida. Tartamudeando acerté a decir “gra-gracias, todo bien, ya nos íbamos de aquí, lo-lo siento”. Tras saludarnos llevándose la mano a la cabeza, el policía cerró su ventana y el coche patrulla se situó unos metros delante de nosotros. Cuando ya no nos veían, María comenzó a reírse de mí, de mi tartamudez, se burlaba divertida de la situación y decía, que así era imposible, que tenía a la policía defendiendo mi castidad. Yo estaba un poco enfurruñado supercaliente y enfadado, no sólo me ganaba dos a cero en orgasmos, sino que encima ella se estaba partiendo de risa a mi costa. Dado que el coche de policía se había quedado cerca, nos recompusimos un poco y nos fuimos hacia el restaurante. Ella divertida y yo refunfuñando.
En esas estábamos cuando llegamos al restaurante. Era un lugar caro y formal. Elegante. Había elegido expresamente un sitio de esos donde las parejas son maduras y van bien vestidas y los “maitres” son absolutamente correctos y educados. Con lámparas de araña, cubiertos de plata y manteles hasta el suelo. No es que sean mis favoritos, pero me había parecido el sitio ideal para hacer juegos morbosos por debajo de la mesa, a la vez que sobre la mesa se aparenta absoluta respetabilidad. El sitio ideal para mis juegos sucios, aunque en ese momento llegaba un poco inquieto y derrotado por todo lo sucedido. No las tenía todas conmigo, pero algo ocurrió que hizo que los astros se alinearan a mi favor.
Según avanzábamos entre las mesas guiados por nuestro maitre, y cuando llegamos a la nuestra, noté como María cambió la expresión de su rostro repentinamente y, diciendo “disculpe un segundo”, se acercó a una mesa con cuatro comensales y en ella saludó a una elegante mujer de aproximadamente 35 años, que se puso en pié. Vestido granate entallado y muy ligeramente escotado, brazos descubiertos, collar y pendientes de perlas, una verdadera mujer elegante. Intuí que el hombre joven trajeado era su marido o pareja, y estaban cenando con otra pareja madura de aproximadamente 60 años y también elegantemente vestidos. Saludó a todos breve y amablemente, pues aún no habían comenzado a cenar, y se volvió hacia nosotros.
Fue una situación extraña, que no me quisiese presentar a ellos. Había sido una cierta descortesía por su parte. Presentí que eran personas conocidas por ella de su ciudad y no quería dar mucho que hablar o no sabía en calidad de qué presentarme. Tengo que recordar que María era una psicóloga importante y reconocida de una capital de provincia significada y no muy alejada de Madrid. Esperé de pié hasta que María llegó y, según la acompañaba con el brazo a su asiento, deslicé mi mano abierta a uno de sus fantásticos y curvaditos glúteos con un suave pellizco. Fueron dos segundos pero María se sobresaltó y ahora el que sonreía era yo. Estaba seguro de que su amiga lo había visto porque aunque estaba sentada lateralmente a nosotros, sabía que nos miraba con disimulo. Estaba claro que tenía muuuuuucha curiosidad por nosotros, creo que porque en las ciudades pequeñas los cotilleos son parte esencial de la vida. Ese era mi propósito, que María supiese que ahora era yo el que podía ser muy muy malo. A ella le tocaba estar inquieta, estaba algo enfadado por sus burlas de antes y quería tenerla intranquila. En el fondo sólo me conocía de nuestras conversaciones por el msn, muchas de ellas sucias, y no tenía motivos para pensar que iba a actuar correctamente. Yo, por mi parte, quería que se sintiese atrapada, porque estaba con un desconocido de mente muy sucia y ahora sí, estaba completamente expuesta a un escándalo por la observación de aquella mujer conocida de su ciudad.
Aquella mujer que, a pesar de mantenerse en la conversación de su propia mesa, nos miraba de reojo casi compulsivamente, y más después de lo que había visto. Lo cierto es que era muy atractiva, una mujer morena, de pelo largo y liso, labios carnosos y muchas curvas dentro de su vestido granate, elegante pero ajustado. Además de ser bella, se notaba que era distinguida y educada, una mujer con cierta clase. Por su parte, su marido era moreno se intuía que alto, con la piel muy blanquita y una expresión seria mientras hablaba. Aparentemente, la conversación en esa mesa la llevaban los hombres, mientras que las mujeres asentían educadamente a los argumentos. La conversación tenía pinta de ser muy aburrida en esa mesa.
María me contó que se llamaba Olga, la conocía porque tenía un niño que iba al mismo colegio privado de sus sobrinos. Como ella iba a buscarles ocasionalmente al cole, había mantenido algunas conversaciones con Olga mientras esperaban la salida de los niños. Me contó que habían venido a Madrid al teatro y que la otra pareja era el jefe de su marido y su esposa. Me rogó que me comportase bien en el restaurante. Yo, divertido le decía “¿no querías caricias? ¿no querías que nos vieran en público cuando estábamos en el coche?”. Y continuaba “Bueno, ya veremos a ver cómo nos comportamos, jeje” y seguía picándola “Por cierto, ¿cómo vas a compensarme si soy bueno?” Para mí era sólo un juego, pero ella no lo sabía. Yo no soy tan cruel como para arruinar su reputación de una amiga, psicóloga importante de capital de provincia, pero empezaba a gustarme la situación. Bromeaba diciendo que la iba a hacer chantaje y continuamente llenaba su copa de vino que ella bebía con cierto nerviosismo y prodigando periódicamente una sonrisa hacia la otra mesa.
La cena transcurría apaciblemente, pese a que mi mente maquinaba sin parar alguna manera de buscar una situación morbosa pero sin comprometer la reputación de María. El vino de la ribera comenzaba a tener también su efecto en nosotros y ya estábamos más relajados después de las peripecias vividas. Con todo, a mí me daba pena perder la ocasión de hacer algo con ella en ese lugar, así que sin previo aviso comencé a acariciar su pierna suavemente con mi pié. Ella dio un respingo y yo dije, “Tranquila, que ya no nos miran tanto, y el mantel llega casi al suelo”. Comprobó que era verdad lo del mantel y más relajada dijo “Eres malo, Carlos, eres malo, por favor no me des más sorpresas aquí, y luego hago lo que tú digas”. Yo, sin hacerle caso, seguía con nuestra conversación intrascendente, hablando de cine o de viajes, mientras mi pie iba ganando terreno subiendo por su pierna maliciosamente. Me vuelven loco estas situaciones disimuladas y pero picantes. María se dejaba hacer, su carita había tomado un color rosado precioso, y su mirada era una mezcla de excitación y preocupación. Por una parte le atraía la situación, y se moría por que mi pie llegase a su sexo, pero por otra deseaba que acabase la cena.
Cuando nos tomaron nota del postre, dijo “tengo que ir al aseo, con los nervios y el vino no puedo esperar”. Yo saqué mi pie y sonreí, estaba preciosa así con su carita avergonzada. Dije “quiero que vuelvas sin braguitas, que me debes un regalo por haber sido tan bueno y para que lo siga siendo”. Ella me lanzó una mirada morbosa, que me dejó claro que iba a tener mi regalo puntualmente.
Cuando se dirigía al aseo vi levantarse a Olga, la mujer conocida de María. Ufffff, era muy guapa, también tenía las mejillas algo sonrosadas. Pensé que quizá María no se atrevería a traerme sus braguitas si coincidía con ella en el aseo. Como luego me enteré, lo que ocurrió fue lo siguiente:
María iba algo alterada al ver que coincidiría en el baño con Olga, pensando en qué explicación daría a mi presencia con ella. Sabía que Olga habría notado que en nuestra mesa había algo extraño y estaba pensando con urgencia una explicación creíble, pero el efecto del alcohol no le dejaba pensar con agilidad. Olga también había tomado al menos dos copas de vino. Cuando llegaron al baño, las dos frente al espejo:
María – empezó con disimulo “¿Qué tal la cena? El rape era exquisito”
Olga – “La comida es fantástica en este restaurante, pero creo que tu cena está siendo más divertida que la mía jeje ¿pero quién es ese hombre? Qué bueno está, y qué escondido lo tenías”.
María – “Es un compañero de profesión, ha venido a mi conferencia en Madrid, y he aceptado por cortesía su invitación a cenar”
Olga – “Jajajajaja qué morro tienes! Joo, María, puedes decir lo que quieras, pero me he dado cuenta de lo que te ha hecho! ¡¡¡Por favor, qué suerte!!! Y yo con el imbécil de mi marido y su jefe, jajajajaja necesito un compañero de trabajo así que me haga esas cosas.” Dijo riéndose.
María no sabía que decir, roja como un tomate, y Olga seguía:
Olga – “Me cambiaría por ti ahora mismo, ¿sabes cómo me ha puesto la situación? No te puedes imaginar lo caliente que estoy. Necesito vivir algo así, mi marido no me toca. Mira lo que ha preparado para nuestro puto aniversario: Una cena con su jefe en Madrid!”
María – ya más animada – “Pues si te cuento lo que me ha pedido hacer ahora…”
Olga – “queeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee?”
María – “da igual, es un vicioso”
Olga – “tíaaa, cuéntameeeee” con los ojos como platos
María – “pero no se te ocurra contar nada a nadie”
Olga – “nooooo, díme”
María “me ha pedido que me quite la ropa interior y se la lleve”
Olga – con una mezcla de excitación y amargura en sus palabras “uffffffffffffffffffffffff, me muero yo porque me pase algo así”
María – “En realidad me ha pedido que le lleve un regalo, jajajajaja, si quieres se las regalas tú”
Una mirada de puro vicio se refleja en el espejo del aseo de señoras…
Cinco minutos después, las dos mujeres salen del aseo, preciosas y caminando con decisión. Hablan amigablemente y se despiden educadamente, separándose para ir cada una a su mesa. Noto una mirada traviesa en los ojos de María. “Toma, cielo, tu regalo…” y me da con su mano una prenda mínima, granate, arrugada, muy mojada en una parte. Yo la oculto en mis manos, sonriendo morbosamente… y la acerco a mi nariz. Pero me doy cuenta de algo raro “María, tus braguitas no eran de este color”, a lo que ella responde con un escueto “No”… 

Miré sus ojos y supe lo que había pasado. El color granate de la prenda y el del vestido de su amiga era una prueba que cualquier juez aceptaría sin dudar. Dirigí mi mirada a la otra mesa y Olga, la amiga de María, sostuvo atrevidamente su mirada durante unos segundos. Sus ojos brillaban. La situación me puso tan caliente que nunca pensé que iba a estar así. Estaba con su marido, su jefe y su esposa. Sus braguitas estaban mojadas en mi mano. María me miraba divertida y excitada. Lo había conseguido, sorprenderme y ser ella la que ha jugado conmigo. Llamé al maitre para que trajese la cuenta urgentemente. Dijo “Al momento, ¿Algún problema caballero?” y contesté “Ninguno, muchas gracias”. Tomé la mano de María y salimos con paso firme del restaurante. Fuera llovía. No había nadie, caminamos hasta el primer callejón que salía a la derecha hasta que localicé una zona más oscura en la calle, junto a la entrada de un garaje. María iba sonriendo. Con una mano la cogí sus muñecas en la parte de atrás de su espalda, la besé salvajemente, sin delicadeza alguna, la incliné sobre el capó de un coche hasta que su pecho tocó la chapa. Estaba mojado pero me daba igual. A juzgar por el ritmo de su respiración a ella también le daba igual, inclinada sobre el coche y con sus manos sobre él, esperando mi embestida. Subí su vestido saqué mi polla del pantalón. Tampoco ella tenía las braguitas puestas, seguro que había pensado darme dos regalos pero no esperé lo suficiente en el restaurante. No hizo falta intercambiar palabras, desabroché mi pantalón y se la metí suave y profundamente en su coñito. Estaba mojadísima y entró como un cuchillo caliente en mantequilla. Encajé perfectamente en ella y empecé a moverme bruscamente. Sujetaba sus caderas con mis manos la envestía fuertemente. Ocasionalmente le daba una palmada en su precioso culito, que estaba allí para mí. Cada palmada, así como con cada una de mis envestidas, era contestada con un fuerte gemido por su parte. A veces decía simplemente “¡Síii! ¡Síii!”. El agua de la lluvia caía rodaba por mi cara, por nuestros cuerpos. Estábamos empapados pero no nos importaba. Nada importaba ahora. No era el método que pensaba usar con ella, no es mi estilo, pero era lo único que tenía en mi mente en ese momento. Yo seguía y seguía y ella gemía y gemía, hasta que no pude más y me derramé dentro de ella. Fue un orgasmo largo. Largo y violento. Intenso, salvaje, brutal… pasamos un rato abrazados bajo la lluvia y, riéndonos de la situación, y del día entero…

Caminando despacio, ya relajados, de la mano como dos adolescentes, nos dirigimos hacia el coche para ir a su hotel… pero esto será otra historia. Iba a hacerla contarme con detalle lo que había pasado dentro del aseo del restaurante con Olga.
Carlos López diablocasional@hotmail.com. Gracias 🙂