no son dos sino tres2DESCUBRIMIENTO:

Sin-t-C3-ADtulo25Aún con el paso vacilante, guié a Jesús hacia el ascensor. Usé la llave (no había botón en el sótano, para impedir el acceso a los maleantes) y esperamos a que llegase. Cuando las puertas se abrieron, nos metimos dentro y pulsé el botón del octavo piso, mi planta.
El ascensor arrancó y comenzamos a subir, pero se detuvo enseguida en la planta baja, porque algún otro vecino lo había llamado.
Se abrieron las puertas y nos encontramos con un quinceañero que vivía un par de plantas por debajo de mí.
–          Buenas tar… – comenzó a saludar el chico, aunque la voz le murió en los labios.
Yo no entendía qué le pasaba al chaval, habitualmente muy educado, hasta que me di cuenta de que su mirada estaba clavada en mis pechos. ¡Claro! Era lógico. Excitada por los acontecimientos del día y aún insatisfecha, mis pezones seguían duros a más no poder, y al no llevar sostén, se marcaban contra mi ajustado jersey, provocando el aturrullamiento del muchacho.
Avergonzada, crucé mis brazos frente al pecho, simulando que no me había dado cuenta, pero Jesús negó silenciosamente con la cabeza, obligándome a bajarlos de nuevo.
El chico, muy colorado, se echó a un lado tras pulsar el botón del sexto, intentando no mirarme directamente, aunque se notaba sin problemas que, de reojo, no le quitaba la vista de encima a mis pezones.
El ascensor continuó su viaje, en un trayecto que se me hizo largo y corto a la vez, avergonzada y excitada al mismo tiempo.
Por fin, llegamos al sexto, las puertas se abrieron y el chico, tras balbucear una despedida, salió del ascensor atropelladamente, echándome un último vistazo, mientras sus orejas parecían estar a punto de arder de rojas que las tenía.
–          ¡Eh, chico! – le llamó Jesús haciéndole que se diera la vuelta.
El corazón me volaba en el pecho. Sabía lo que se avecinaba, pues Jesús mantenía pulsado el botón de apertura de la puerta, impidiendo que se cerrara.
–          ¿Quieres ver algo increíble? – le preguntó.
El chico, avergonzado, simplemente asintió.
–          Enséñaselas – me susurró Jesús al oído.
Y yo obedecí sin dudarlo. Me subí el jersey manteniéndolo arriba, enseñándole al afortunado chaval mis tetas al natural.
El chico, alucinado, se quedó con la boca abierta admirando mis mamas, que estaban tan duras que los pezones hasta me dolían.
–          ¿Qué te parecen? – le preguntó.
–          Preciosas… – respondió el chico sin pensar.
–          ¿Y esto?
Mientras pronunciaba esas palabras, Jesús me subió la falda hasta arriba, enseñándole al chico mi coñito desnudo. Al chaval, los ojos iban a salírsele de las órbitas mientras la puerta del ascensor se cerraba poniendo punto y final al espectáculo.
–          ¿Ves? – me dijo Jesús – Otro beneficio sensorial. Me he puesto cachondo.
–          Y, yo, Amo.
–          Estupendo. Dentro de un rato solucionaremos eso. Pero antes vamos a comer, que tengo hambre.
–          Claro, Amo. Le prepararé algo. ¿Qué es lo que te gusta?
–          No te preocupes de eso ahora. Estás cansada y no voy a ponerte a cocinar. Tengo otras cosas en mente. Nos preparamos un par de sándwiches y ya está.
–          Como quieras.
Llegamos a mi planta y entramos en mi casa. Estúpidamente, como si se tratara de un amigo que visitaba mi hogar por primera vez, me esforcé en enseñarle el piso a Jesús, mientras él fingía interés.
–          Muy bonito. Lo tienes decorado con muy buen gusto.
–          Me alegro de que te guste, Amo.
–          Oye, no es necesario que me llames Amo cada vez que abres la boca. Es cansino. Basta con que lo hagas de vez en cuando, pero procurando hablarme siempre con respeto. Si lo haces así, no me importa que me llames por mi nombre. Esa fase ya quedó atrás.
–          Va… vale… Jesús – asentí dubitativa.
–          Venga, vamos a comer.
Contrariamente a lo que yo esperaba, Jesús participó activamente en la preparación del tentempié, ocupándose de cortar el embutido mientras yo preparaba las demás cosas. Cuando acabamos, recogí lo poco que habíamos ensuciado y aguardé instrucciones.
–          Edurne, tengo que hacer unas llamadas. Prepara el baño con mucha espuma y espérame allí. Enseguida me reúno contigo.
–          ¿Le espero en la bañera, Amo?
–          No. Quiero ver cómo te desnudas. ¡Ah! Y el agua bien caliente.
Emocionada, corrí al baño y abrí el grifo de la bañera, deseando saber qué planes tenía Jesús en mente. Me senté en el borde y esperé, comenzando otra vez a mover frenéticamente la pierna, por el tic que tengo cuando estoy nerviosa.
Jesús tardó casi 10 minutos en aparecer y para ese entonces yo ya había tenido que vaciar la bañera y vuelto a llenarla para mantener el agua caliente al máximo. El vapor comenzaba a invadir el cuarto de baño.
–          Buen trabajo – me alabó – Ahora quiero que me quites la ropa.
Como un rayo, le obedecí, quitándole el jersey y la camiseta interior, contemplando por vez primera su torso desnudo. Era musculoso, bien formado y, aun sin llegar a los extremos del culturismo, se observaba una apetitosa tableta de chocolate en la zona abdominal.
 

Diez días antes, no me hubiera creído que semejante cuerpazo se ocultara bajo la ropa del tímido alumno que me miraba con ojos de cordero degollado durante las clases.

Continué con los zapatos, calcetines, el pantalón. Cuando estuvo solamente con los calzoncillos puestos, un latido de excitación azotó mi vagina, pues se notaba el bulto que su morcillona polla provocaba en los bóxer. Tratando de contenerme, le bajé los calzones mientras él levantaba alternativamente los pies para permitirme librarle de ellos.
Yo trataba de no mirar directamente su bamboleante falo, pero era superior a mí y lo observaba de reojo. Comprendí cómo había debido de sentirse el chico del ascensor, mirándome de refilón los pezones, aunque en su caso, sin posibilidad de hacerse con ellos y en el mío… deseando que aquel rabo se ocupara de mí.
Lentamente, Jesús se introdujo en el baño de espuma, permitiendo que el agua caliente borrara el cansancio de la intensa mañana. Su expresión me hizo comprender que a mi Amo le gustaba bañarse, con lo que algo teníamos en común.
–          En cuanto he visto esta bañera tan grande, me han entrado ganas de probarla.
–          ¿Activo el hidromasaje?
–          Espera un poco. Ya te avisaré. Ahora, desnúdate tú.
No había mucha ropa que quitarse y en un segundo, mi falda y el jersey estaban en el suelo, quedándome sólo con el liguero y las medias.
–          Lástima de medias – me dijo Jesús – Tenían pinta de caras.
Miré hacia abajo y me di cuenta de que las medias estaban destrozadas. No me había dado ni cuenta. No era extraño, debido a que había estado mucho rato de rodillas sobre una mesa de madera, donde me habían tratado con rudeza. Me encogí de hombros, qué se le iba a hacer.
–          Bueno – dije – Ya me compraré otras.
–          No lo hagas hasta que yo te lo indique – me respondió enigmáticamente.
–          Claro, Amo. Como ordenes.
–          Venga, quítate el liguero y métete conmigo. Tienes que lavarme.
Como un rayo, le obedecí, arrojando la prenda al suelo y metiéndome en la bañera. Iba a sentarme delante de Jesús (cabíamos perfectamente, la bañera es muy grande) pero él se puso de pié, con su espléndido cuerpo cubierto espuma.
–          Lávame – me indicó dándome la espalda.
Obediente. Cogí una esponja y me dediqué a limpiar su cuerpo. Le frotaba dulcemente, sin apretar, pues no veía nada sucio y mi Amo no me indicó otra cosa. Froté su espalda, sus piernas, su trasero hasta que quedó satisfecho y se volvió hacia mí.
Repetí el proceso con su pecho, sus brazos, su estómago, sus muslos… dejando lo mejor para el final.
Delicadamente, agarré su miembro y deslicé la esponja sobre él, aunque procuraba asearlo directamente con la mano desnuda, sintiendo cómo comenzaba a incrementarse su dureza.
–          No puedes más, ¿eh? – me preguntó sonriendo Jesús.
–          No, Amo… la necesito.
–          Espera un poco… Sé obediente y pronto te la daré.
Diciendo esto se sentó de espaldas a mí, dejándome de nuevo frustrada. Comprendía que a él le gustaba jugar con mi excitación, pero si seguía así, iba a ser yo la que acabara violándole.
–          Lávame el pelo… Con ese champú – me dijo señalando uno de los botes.
Me gustó que escogiera el que yo usaba. La idea de que su cabello oliera como el mío me agradaba.
Me arrodillé detrás de él para lavarle el pelo, pero entonces sucedió algo inesperado. Al agacharme, mi trasero quedó sumergido bajo el agua, con lo que el agua caliente rozó por fin mi torturado ano. Me dolió.
–          ¡Ay! – me quejé dando un respingo que salpicó agua fuera de la bañera.
–          ¿Qué te pasa? – me interrogó Jesús volviéndose.
–          ¡Mi culo! – gemí – ¡Me duele!
En la cara de Jesús se dibujó un gesto de comprensión.
–          Vaya, joder, me había olvidado. Ahora mismo tu ano está muy sensible y escocido. Debería haberte avisado de que podía dolerte el contacto con el agua caliente. Aguanta unos segundos, enseguida se te pasará.
Poco después el dolor pareció remitir, como si mi desflorado culito se acostumbrara a la temperatura del agua. Haciendo de tripas corazón, comencé a lavarle el pelo al Amo, poniendo especial cuidado en que la espuma no le llegara a los ojos.
–          Buena chica – me susurró.
Cuando estuvo satisfecho, me hizo enjuagarle con la ducha de teléfono, primero la cabeza y luego, poniéndose en pié, el resto del cuerpo.
–          Vacía la bañera de esta agua sucia y vuélvela a llenar.
Yo obedecí sin dudarlo, quitando el tapón y usando el chorro de la ducha para eliminar los restos de espuma de nuestros cuerpos y de la superficie de la bañera. Cuando estuvo todo limpio, volví a poner el tapón y abrí el grifo, para que, lentamente, fuera llenándose de nuevo.
Jesús, que seguía de pie, observaba mis manejos en silencio. Cuando abrí los grifos le miré en busca de nuevas órdenes. No me hizo esperar.
–          Métetela en la boca – me dijo – Sácala cuando la bañera esté llena.
Un nuevo estremecimiento me recorrió al escuchar sus palabras. Con ansia, me arrodillé frente a él y engullí la todavía blanda polla, comenzando juguetear con mi lengua sobre ella.
–          ¡No te he dicho que me la chupes! ¡Sólo que te la metas en la boca!
Obediente, dejé de lamerle el nabo y me limité a permanecer con él dentro de la boca, con mi nariz clavada en su ingle, mientras escuchaba el sonido del agua del grifo llenando la bañera.
 
Aquello bastó para que mi excitación se desbocase. El coño me latía de placer mientras el culo lo hacía de dolor, pero no me importaba, pues tenía allí a mi Amo conmigo. Y su polla crecía dentro de mi boca.
Cuando la bañera estuvo llena, Jesús me avisó y yo, con desgana, saqué su falo de entre mis labios y cerré los grifos. Jesús volvió a sentarse en el agua, mientras yo permanecía de rodillas frente a él, aguardando instrucciones.
–          ¿Confías en mí, putilla? – me preguntó.
Yo no dudé al responder.
–          Sí, Amo.
–          Bien. Buena chica. Puedes chupármela.
Al estar sentado, su polla quedaba debajo del agua, pero yo no dudé un instante en sumergirme entre sus abiertos muslos y volver a tragarme su cada vez más enhiesto falo. Comencé a chupársela aplicando todo mi arte, mientras cerraba los ojos y aguantaba la respiración bajo el agua.
Tras treinta o cuarenta segundos de mamada, saqué la cabeza un segundo para respirar y volví a sumergirme para reanudar mi tarea. Me encantaba sentir cómo su polla iba ganando vigor gracias a mi tratamiento; se la chupaba con la boca llena de agua caliente, jugueteando con mi lengua en la punta.
Entonces la cosa cambió. Tras haber salido varias veces a respirar, me quedé sin aire una vez más e intenté volver a emerger a por más oxígeno. Sin embargo, esta vez la mano de Jesús sobre mi cabeza me impidió salir, obligándome a mantenerme bajo el agua con su verga hundida hasta la garganta.
El pánico me asaltó y luché por escapar de su garra, apoyando mis manos en su muslos y tirando hacia arriba, pero su mano se mantuvo firme manteniéndome bajo el agua.
¿Qué pretendía? ¿Matarme? ¡No podía más! ¡No me quedaba aire en los pulmones!
Entonces recordé su pregunta de antes “¿Confías en mí?” y comprendí sus intenciones.
Dejé de luchar y, haciendo un esfuerzo supremo, reanudé decididamente la mamada, a pesar de que ya veía lucecitas a causa de la falta de aire. Pocos instantes después, la mano de Jesús me liberó y me ayudó a salir del agua, donde su sonriente rostro me esperaba para besarme tiernamente en los labios.
–          Buena perrita – me susurró mientras tironeaba de uno de mis pezones – Te has ganado tu recompensa.
Mientras yo boqueaba, tratando de recobrar el aliento, Jesús, muy dulcemente, hizo que me diera la vuelta, quedando a cuatro patas, arrodillada en la bañera de espaldas a él. Entonces, agarrándome por la cintura, me incorporó, haciendo que quedara sentada sobre su regazo.
Podía sentir su nabo, ya completamente duro, apretado contra mi culo, lo que me inquietó un poco, pero Jesús quería darme mi premio.
Con habilidad, levantó mis caderas y ubicó su polla a la entrada de mi vagina. Dándome una palmadita, me dio permiso para deslizarme hacia atrás y empalarme por completo en su erección.
Bastó aquello para que me corriera. La excitación de la jornada, las revelaciones experimentadas, las emociones, todo se concentró en un enorme y devastador orgasmo que azotó mi cuerpo, haciéndome salpicar agua por todas partes, mientras sentía cómo las manos de mi Amo se apoderaban de mis senos y los estrujaban con ganas.
Tras darme unos minutos para recuperarme, Jesús me obligó a comenzar a cabalgar sobre él. Dada nuestra posición, yo era la encargada de marcar el ritmo de la follada y pronto, sabedora de que al chico le gustaba bien duro, me encontré galopando desbocada sobre su verga, aullando de placer, olvidados ya el dolor de mi culo, los vecinos o la puta que los parió a todos. Todo mi mundo era mi Amo.
Me corrí nuevamente antes de que el joven alcanzara el clímax, así que éste, un poco harto de la posición, me hizo levantarme y ponerme de nuevo a cuatro patas. Colocándose a popa, Jesús volvió a clavármela desde atrás y enseguida me tuvo rendida frente a él, manteniendo a duras penas la cabeza fuera del agua, mientras se follaba sin piedad mi tierno chochito.
–          ¡AAAAAAAHH! ¡MÁSSSSSS! – gemía yo – ¡ASÍ! ¡FÓLLAME!
Y por una vez, mi Amo me hizo caso.
La tercera corrida fue igual de violenta que las anteriores, por lo que ya me quedé sin fuerzas. Derrotada, me derrumbé en la bañera, con la cabeza bajo el agua, pues me daba igual hasta ahogarme allí mismo, qué mejor manera de morir que empalada en la verga de mi Amo.
Medio desmayada, sentí que la polla de Jesús entraba en erupción, desparramando su semilla en mi interior. Su semen ardía como el fuego y yo apreté los muslos tratando de retenerlo dentro, de fundirme con él.
Si no me ahogué durante esa follada fue porque Jesús tuvo la precaución de tirar de la cadena del tapón, vaciando la bañera mientras me embestía. No me había dado ni cuenta.
Finalmente y una vez vaciadas sus pelotas, Jesús se apartó de mí y salió de la bañera, dejándome desmadejada dentro.
Desde mi posición, pude percibir cómo Jesús se secaba con una toalla. Una vez seco, salió del baño y me dejó allí, con las fuerzas justas para respirar. Me pareció escucharlo hablar por teléfono, aunque no entendí nada.
Sin embargo, cuando minutos después sonó el timbre de la puerta, me desperté un poco, asustada por quien pudiera ser. Reuniendo mis últimas fuerzas, me senté en la bañera y así pude oír cómo Jesús abría la puerta e intercambiaba unas palabras con alguien. Inquieta por lo que podía estar pasando, traté de incorporarme, pero las piernas no me sostenían, así que desistí.
Instantes después, Jesús, aún completamente desnudo, regresó al cuarto de baño y me miró.
–          Menudo desastre has montado aquí – me dijo mientras chapoteaba en el agua que inundaba el suelo.
–          Lo… lo siento – balbuceé.
–          No, si a mí me da igual. Vas a ser tú quien tenga que limpiarlo.
–          Lo haré… luego.
–          Sí, ya te veo. Ven aquí.
Diciendo esto, Jesús se inclinó hacia mí y, por segunda vez ese día, me encontré transportada por sus fuertes brazos.
Me llevó hasta el salón, depositándome cuidadosamente sobre el sofá, donde me acurruqué agotada.
Regresó al baño y poco después volvió con una gran toalla y mi albornoz, que había estado colgado tras la puerta.
Con delicadeza, dedicó varios minutos a secar mi cuerpo, poniendo especial cuidado en no dañar las partes de mi piel especialmente sensibles, como los pechos, la vagina y el culito. Una vez satisfecho, me colocó boca arriba sobre el sofá y se dirigió a una bolsa que había sobre una silla. Una bolsa que yo jamás había visto antes.
De su interior sacó dos botes. Uno era de la misma marca de crema anti hematomas que yo había usado en mi pecho la semana anterior, pero el otro no supe lo que era.
Con delicadeza, casi amorosamente, Jesús extendió por mi pecho una fina capa de la crema para los moratones, acariciando y masajeando mi seno con cariño. El pezón se me puso duro, no pude controlarme.
Ignorándolo, Jesús volvió a levantarme a pulso del sofá, como si yo fuera una muñeca y esta vez fue él el que se sentó, conmigo tumbada boca abajo en su regazo. Entonces, repitió el proceso sobre mis castigadas nalgas, haciendo que me estremeciera de dolor cuando rozó la zona en que me había azotado. El alivio fue inmediato.
–          Gracias, Amo – susurré amándole intensamente.
–          No es nada, Edurne. Te has portado muy bien y yo soy amable cuando me obedecen.
Me sentí feliz en su regazo, allí tumbada con el culo en pompa mientras se ocupaba de las contusiones que él mismo me había provocado. No tiene sentido, pero le amé.
–          Esto te va a doler un poco –  me susurró.
Volví a asustarme y le miré. Vi que había dejado a un lado el bote de crema y había cogido el otro. Debió leer el pánico en mirada, pues me explicó lo que pretendía.
–          Esta otra crema es para tu culito. Sirve para calmarte un poco el dolor y para ayudar a cicatrizar los desgarros que hayas podido sufrir en el ano. Te escocerá un poco al principio, pero pronto notarás el alivio. ¿Confías en mí?
Vaya si confiaba.
Más tranquila, volví a darme la vuelta y le dejé a cargo de las operaciones. Aún así me mis nalgas se tensaron cuando noté que él las separaba, pero me las arreglé para relajarme y dejarle hacer.
Cuando la punta de su dedo empapado del potingue me rozó el ano, vi las estrellas y los luceros por el dolor que me sacudió. Con un supremo acto de voluntad, intenté relajarme de nuevo, dejando que Jesús me aplicara la crema.
Lo hizo con mucho cuidado, extendiéndola por la parte de fuera. Poco a poco, fue introduciendo su dedo en mi interior, llevando la crema adentro. Repitió el proceso varias veces y, cuando estaba acabando, me di cuenta de que el dolor había remitido y una refrescante sensación invadía mi culo. ¡Ni que me hubiera metido un Happydent, coño!
Cuando hubo acabado, volvió a levantarme en volandas y, tras ayudarme a ponerme el albornoz, me depositó de nuevo en el sofá.
–          Jesús – le dije – Si quieres, puedes usar el albornoz de Mario. Estaba en la puerta junto a éste.
–          Mario es tu novio, ¿no? – me preguntó.
–          Sí, así es – respondí algo cohibida.
–          No, gracias, no quiero usar nada suyo. Hay una sola cosa de ese hombre que quiero y ya es mía.
Volví a estremecerme.
–          Por cierto, he puesto la calefacción. No quiero resfriarme por pasearme en pelotas por tu casa.
No respondí. Yo era suya, por lo que podía hacer en mi casa lo que le viniera en gana.
Nos quedamos sentados, charlando, o más bien conmigo respondiendo a todas las preguntas que Jesús me hacía. Algunas eran muy personales, que cuando había perdido la virginidad (a los 15), si me había enrollado con alguna chica (no), que a qué edad me había comido mi primera polla (a los 16)… pero otras eran más coloquiales, gustos en cine, literatura, televisión… Allí me enteré de que mi Amo era aficionado al fútbol, aunque no diré de qué equipo para no provocar polémicas.
Hablamos más de una hora y poco a poco, fui recuperando fuerzas. Cuando me encontré mejor, me senté en el sofá, enfrente de mi Amo, que seguía tranquilamente desnudo. Seguimos hablando y así se enteró de que el piso me pertenecía a mí y no a Mario, pues mis padres me habían pagado la entrada cuando acabé la carrera. Que llevábamos poco más de un año viviendo juntos y que, aunque no habíamos hablado de matrimonio, pensaba que antes o después Mario querría sentar la cabeza.
De pronto, Jesús, que había echado algunas miradas al ventanal que había a mi espalda, me dijo con voz firme:
–          Desabróchate el albornoz.
Yo obedecí con el corazón latiéndome en el pecho y le mostré mi cuerpo desnudo a mi Amo.
–          Hay que reconocer que estás buenísima – dijo mientras se acariciaba la polla distraídamente.
–          Gracias, Amo.
–          Oye, ¿quién cojones es el tipo ese que nos mira desde la ventana de enfrente?
El corazón me dio un vuelco y miré hacia atrás, hacia la ventana, notando que, efectivamente, el salido de mi vecino estaba espiándome de nuevo. Sin darme cuenta, me cerré el albornoz tapando mi cuerpo, pero eso a Jesús no le gustó.
–          ¿Acaso te he dicho que te tapes? – me dijo con dureza.
–          Perdón, Amo – respondí soltando los bordes del albornoz  y volviendo a revelar mi desnudez.
–          ¿Y bien? ¿Quién es ese?
–          Es un asqueroso salido que vive enfrente. Más de una vez le he visto espiándome. Por eso casi siempre tengo las cortinas echadas.
–          Ya lo noté antes. Pero a mí me gustan abiertas, por eso las abrí mientras descansabas en el baño.
No me había dado cuenta.
–          Por tu tono deduzco que no te gustan mucho los voyeurs – me dijo.
–          No – respondí.
–          ¿Y por qué?
–          Son asquerosos.
–          ¿Más asquerosos que una puta que le enseña las tetas a un crío? ¿Más asquerosos que una guarra que permite que le revienten el culo?
No supe qué responder.
–          Pues a mí me dan pena. Son tristes reprimidos que no se ven capaces de enfrentarse a una mujer y darle lo que necesita. Perdedores.
–          Es verdad.
–          Pero, como te digo, me dan pena.
Ya sabía lo que iba a pasar a continuación.
–          Así que vamos a darle un regalito a nuestro amigo. Ve a la ventana y quítate el albornoz.
Traté de obedecer, pero las piernas casi no me sostenían de puro agotamiento. Tambaleante, me acerqué a la ventana, pero mis temblores le restaban erotismo al asunto. Jesús lo solucionó
–          Espera – me dijo – Que te vas a caer.
Con su proverbial fuerza, agarró uno de los dos sillones individuales que había en el salón y lo colocó frente al ventanal, encarado hacia la calle. Con un gesto, hizo que me quitara el albornoz y que, completamente desnuda, me sentara en el sillón para ofrecerle un espectáculo al vecino.
Por los movimientos que aprecié en la cortina de su ventana, estuve bastante segura de que el asqueroso no se estaba perdiendo detalle.
–          Tócate – me ordenó Jesús.
Sin dudarlo un instante, me despatarré en el sillón, colocando una pierna en cada brazo. Así, completamente abierta hacia la ventana, recorrí mi vulva con mis dedos, que previamente había ensalivado en mi boca. Mi otra mano se dedicó a mis pechos, tironeando y pellizcando mis duros pezones.
Seguí masturbándome unos minutos, excitada más por el morbo de saberme observada que por las caricias que me estaba suministrando. Quien sí que estaba excitado era Jesús, que de pronto apareció a mi lado exhibiendo una gran erección.
–          Chúpamela – me exigió.
Y yo obedecí con rapidez, recibiendo entre mis labios su durísimo nabo. En pocos segundos, me encontré chupando decididamente la polla de mi Amo, mientras mi mano se movía con frenesí entre mis piernas. Tras un rato de intensa chupada, Jesús me detuvo y me hizo levantarme del sillón para sentarse él, atrayendo a continuación mis caderas hacia su regazo, con la indudable intención de empalarme de nuevo.
Cuando quise darme cuenta, estaba de nuevo ensartada en la gorda polla de mi alumno, cabalgando frenética sobre su hombría, sacando energías de no sé dónde.
Cada vez más excitada, alcé los ojos y miré por la ventana, encontrándome con que mi vecino, abandonada cualquier precaución de voyeur, nos miraba desde la ventana mientras se masturbaba con furia.
Me dio asco pero, al mismo tiempo, me excitó enormemente. El morbo de la situación era insoportable y, cuando quise darme cuenta, un nuevo orgasmo recorrió mi cuerpo, dejándome por fin completamente derrotada y sin fuerzas.
Jesús, próximo a su propio clímax, usó mi desmadejado cuerpo a su antojo, corriéndose por fin dentro de mí.
Medio desmayada, noté cómo Jesús me llevaba a mi dormitorio en brazos y me deslizaba entre las sábanas, arropándome a continuación. Después, salió del cuarto y regresó al salón, pero ya no sé lo que hizo, pues me quedé dormida.
Cuando desperté, era ya de noche. Miré el reloj de mi mesita y comprobé que eran cerca de las once. No sabía si Jesús se habría marchado pero, al escuchar ruido en el salón, comprendí que no era así. Me alegré.
Tras ponerme una bata de mi armario, entré renqueante en el salón, encontrándome con que Jesús estaba viendo la tele con el volumen muy bajo, supongo que para no perturbar mi sueño. Seguía descolocándome la aparente ambigüedad de su comportamiento, pues tan pronto se mostraba duro e inflexible, como atento y considerado. Era un misterio para mí.
Al notar que entraba en la habitación, levantó la cabeza hacia mí y me sonrió.
–          ¿Has dormido bien? – me preguntó.
Yo asentí con la cabeza.
–          Me alegro. Necesitabas recuperar fuerzas. ¿Tienes hambre?
Me di cuenta de que estaba hambrienta. Fue mencionarlo él y mi estómago comenzó a hacer sonidos bastante reveladores. Jesús se rió por lo bajo y me dijo:
–          Tomaré eso como un sí. Vamos. He pedido la cena y la he guardado en el horno. Te he esperado para comer.
Otra vez se mostraba considerado. Me desconcertaba.
–          He pedido comida fácil de digerir y con poca fibra, pues ahora mismo es mejor… que uses poco el inodoro.
Enrojecí como una colegiala estúpida.
–          Co… comprendo – balbuceé.
–          Durante unos días, es posible que en ocasiones sientas que tienes que ir al baño, pero una vez sentada en la taza no harás nada. No te preocupes, es completamente normal.
–          Vale.
–          Y sigue usando la crema durante unos días, hasta que ya no notes molestia alguna.
–          De acuerdo.
Mientras hablaba, Jesús había ido un par de veces a la cocina, colocando los recipientes con la comida en la mesa del salón, que había organizado antes. Justo entonces, me di cuenta de que ya no iba desnudo, sino que vestía una ropa distinta de la que trajo puesta. Intrigada, y confiada por lo amable que se estaba mostrando, me aventuré a preguntarle.
–          Perdona, Amo. Esa no es la ropa que traías puesta, ¿verdad?
–          No, no lo es. Ésta la he sacado de la bolsa en que estaban las cremas.
–          ¿Y de dónde salió esa bolsa?
–          Me la trajeron antes, mientras estabas en el baño.
Recordé el timbre sonando mientras yacía agotada en el fondo de la bañera. Quise saber más.
–          ¿Y quién la trajo?
–          Eso no te importa. Ya te enterarás si yo lo juzgo necesario. Ahora cenemos, que tengo hambre.
Como  no quería cabrearle (no me veía con fuerzas de soportar otra sesión intensa con Jesús esa noche) y además tenía mucha hambre, le obedecí y me senté a la mesa, disfrutando de una agradable cena.
Conversamos un buen rato, pero esta vez logré que la conversación girara un poco más en torno a él.
Descubrí así que vivía con su padre y su madrastra, que era mucho más joven que su padre. Jesús hablaba con cierto resentimiento sobre su progenitor, lo que me indicó que la relación entre ambos no era demasiado fluida. Aunque, por lo visto, eso no importaba mucho, pues el trabajo de su padre, comercial de una gran empresa, le mantenía fuera de casa la mayor parte del tiempo.
Tras la agradable cena, recogimos los platos entre los dos y entonces me di cuenta de que era tardísimo. Preocupada, me ofrecí a acercarle a su casa, pero él me contestó con una sonrisa sardónica.
–          ¿Acaso quieres que me vaya? – me dijo sonriente.
–          ¡No! ¡Por supuesto que no! – respondí de inmediato.
–          Pues entonces me quedo.
–          ¡Estupendo! ¿Pero no tienes que avisar en casa?
–          Ya lo hice antes, mientras dormías.
Me sentía feliz. Mi Amo se había dignado a pasar la noche en mi casa. Me estremecí de pensar en si tendría algún plan especial en mente, por más que no me viera con fuerzas de afrontar otra sesión con él.
Pero resultó que no era así y que su intención era simplemente descansar.
–          Edurne – me dijo de pronto.
–          ¿Sí?
–          Habrás visto que esta tarde he sido muy amable contigo.
–          Es verdad, has sido muy dulce – respondí sonriendo.
–          Me alegro de que lo pienses así. Has de saber que ésta es mi forma habitual de comportarme con mis chicas, siempre y cuando ellas se porten bien y me obedezcan en todo.
–          Comprendo.
–          Pero eso sí, en cualquier momento puede antojárseme cualquier cosa, ordenar lo que me parezca y espero una pronta respuesta por su parte. La menor duda o vacilación puede desatar mi ira y el castigo contra quien sea.
–          Lo entiendo.
–          Bien. Pues ahora vamos a dormir.
–          Estupendo.
Apagamos las luces de la casa y regresamos al dormitorio. Jesús se desnudó por completo y se metió bajo las sábanas. Pensé en ofrecerle un pijama de Mario, pero, recordando su comentario de por la tarde, no lo hice.
No queriendo ser más que mi Amo, me acosté también desnuda, acurrucándome junto a él. Jesús, que reposaba boca arriba, me dio unas palmaditas en el hombro, indicándome que podía recostarme en su pecho. Agradecida, así lo hice, mientras sentía que su brazo me rodeaba los hombros. Me sentí feliz.
–          Mañana por la mañana, quiero el desayuno listo a las nueve y media – me dijo.
–          Sin problemas – respondí mientras ponía la alarma del despertador a las 8:30.
–          Y debes recoger también el desastre del baño, que está todavía patas arriba.
–          Claro.
–          Después, ven a levantarme, y espero que lo hagas de forma agradable, pues tengo muy mal despertar.
–          De acuerdo.
–          Hoy ha sido un día muy largo, pero provechoso ¿verdad?
–          Ahá.
–          ¿No quieres preguntarme nada? – me dijo.
Dudé un instante antes de interrogarle.
–          ¿No le tienes miedo a nada?
–          No te entiendo.
–          Antes, con el voyeur de enfrente. Ese tío ha podido grabarnos en vídeo y buscarnos la ruina. Si se descubre que una profesora de instituto y un alumno…
–          No tienes que preocuparte de ese tío en absoluto – me dijo – Confía en mí.
Me sentí tranquila, pues pude sentir cómo él sonreía en la oscuridad.
–          He cumplido lo que te dije. Te has quedado satisfecha ¿verdad?
–          No sabes hasta que punto – respondí, ronroneando como una gatita contra su pecho.
Estaba ya medio dormida, cuando Jesús me hizo una última pregunta.
–          Por cierto, ¿tu novio no regresa mañana?
–          Sí, por la tarde.
–          Estupendo. Tendremos la mañana para nosotros.
Y me dormí.
…………………………..
Por la mañana estaba despierta antes de que sonara el despertador, cosa muy rara en mí, así que pude pararlo antes de que perturbara el sueño de Jesús.
Me levanté cuidadosamente y me eché la bata por encima, dirigiéndome silenciosamente al baño. Tras usar el inodoro (afortunadamente sólo para orinar, pues el ano me latía con un dolor sordo), me lavé un poco la cara y dediqué la media hora siguiente a limpiar el follón que había organizado en el suelo.
Por fortuna, esta vez el desastre había quedado limitado al cuarto de baño, así que pude arreglarlo con rapidez.
Tras acabar, y siguiendo las instrucciones recibidas, preparé el desayuno: café, leche, tostadas, zumo de naranja, jamón cocido, queso… todo lo que se me ocurrió quedó dispuesto sobre la mesa del salón, pues no sabía cuáles eran los gustos del chico.
Controlando la hora, cuando eran casi las nueve y media, regresé al cuarto, donde, dejando caer la bata, volví a quedar completamente desnuda.
Deslizándome bajo las sábanas, busqué en la penumbra la ansiada polla de mi Amo, que presentaba, divina juventud, una deliciosa erección matutina.
Sin dudarlo ni un segundo, engullí su pene con deseo, comenzando a practicarle una cadenciosa mamada, notando pronto cómo su volumen aumentaba todavía más entre mis labios.
Mi lengua bailaba sobre su carne, haciendo que mi cuerpo se estremeciera al sentir su dureza. Mis manos acariciaban sus rotundos huevos, palpándolos y sopesándolos con cariño.
Pronto noté que una mano de mi Amo se apoyaba en mi cabeza, haciéndome ajustar el ritmo de la chupada a lo que él le apetecía.
En el cuarto, bajo las sábanas, sólo se escuchaba el sonido de los chupetones que le estaba proporcionando a su verga y los quedos gemidos de placer del chico, señal inequívoca de que le estaba gustando lo que le hacía, llenándome de felicidad.
Finalmente, Jesús alcanzó el clímax y yo, sabedora de que no le gustaba mancharse de semen, lo engullí todo sin dudar, recibiendo la semilla del muchacho una vez más en la boca y tragándola sin perder un instante. Cuando hubo acabado, la agarré por la base y terminé de limpiarla con la lengua, dejándola aseada y preparada para la nueva jornada.
–          Buenos días, putita – me saludó mi Amo mientras nos destapaba a ambos.
–          Buenos días, Amo.
Desperezándose, me miró sonriente y me preguntó si el desayuno estaba listo.
–          Por supuesto, ¿quiere desayunar en la cama?
–          No, no… es mejor levantarse, que si me apoltrono aquí, luego no va a haber quien me saque.
Jesús se levantó, estirándose de nuevo voluptuosamente, permitiéndome admirar su cuerpo. Se dirigió a la puerta del dormitorio, haciéndome un gesto de que le siguiera.
Juntos, fuimos al baño, y él se paró delante del inodoro.
–          Quiero mear – me dijo.
Durante un segundo, no entendí qué quería, pero enseguida la luz se hizo en mi mente y acudí rauda a su lado. Levanté la tapa del váter y, agarrando su polla, esperé unos segundos hasta que el poderoso chorro de orina surgió, encargándome yo de dirigirlo convenientemente para no salpicar nada, hasta que hubo acabado.
–          ¿A qué esperas? – me dijo entonces – ¡Sacúdemela!
Sin tener una idea clara de lo que debía hacer, le sacudí el pene un par de veces, procurando que las últimas gotitas cayeran en la taza. Una vez satisfecho, Jesús salió del baño, mientras yo tiraba de la cisterna, bajaba la tapa y me lavaba las manos, pues no quería tocar el desayuno de mi Amo con las manos sucias.
Pero no hizo falta, pues, cuando llegué al salón, Jesús ya estaba sirviéndose café y tostadas y, para mi sorpresa, también me las sirvió a mí.
–          ¿No quieres que te unte las tostadas ni nada? – le pregunté.
–          Habrá ocasiones en que así será, pero esta mañana me siento muy bien. Tú simplemente obedece lo que te pida.
–          Por supuesto, Amo – respondí.
Desayunamos en silencio, con la mirada de Jesús clavada en mi desnudez. Me agradaba sentir los ojos del chico recorriendo mi cuerpo y pronto comencé a notar que los rescoldos de la excitación comenzaban a reavivarse.
–          Después tendré que salir un momento – me dijo mientras mordía una tostada.
–          ¿Te acompaño?
–          No, no tardaré mucho. Aprovecha para cambiar las sábanas de tu cama. No queremos que tu novio note el olor de otro macho…
–          Claro.
–          Y recoge toda mi ropa y la metes en la bolsa. Nos la llevaremos luego cuando me lleves a mi casa.
–          ¿Es que se va, Amo? – pregunté súbitamente alterada.
–          Pues claro. No voy a quedarme a vivir aquí. No tengo ganas de encontrarme con tu novio.
–          ¡Ah! Es verdad – dije, dándome cuenta de que me había olvidado por completo de Mario.
–          Pero antes… – dijo mirándome sonriente – Vamos a darnos una ducha. Me apetece follarte de nuevo en la bañera.
El corazón volvió a desbocárseme de alegría. ¡Menuda forma de empezar el día! Nerviosa, terminé de desayunar y esperé a que Jesús acabara, para recoger los platos con rapidez, deseando que nos metiéramos en la ducha.
Cuando todo estuvo listo, nos metimos en la bañera, donde repetimos el ritual de limpieza del día anterior, conmigo aseando el soberbio y juvenil cuerpo de mi alumno.
Esta vez no llenamos la bañera, sino que dejamos que el agua de la ducha limpiara nuestros cuerpos. De pronto, Jesús me atrajo hacia sí y me besó con intensidad, recorriendo por vez primera mi extasiada boca con su lengua.
Enseguida sentí cómo uno de sus muslos se metía entre los míos, apretándose vigorosamente contra mi entrepierna. Cuando quise darme cuenta, la excitación había hecho que me frotara como una perra contra su muslo, gimiendo y suplicando que me la metiera ya.
Bruscamente, Jesús apoyó mi espalda contra la pared y, mientras el agua de la ducha resbalaba por nuestros cuerpos, me la metió de un tirón, haciéndome ver las estrellas.
Con fuerza y poderío, comenzó a machacarme el coño a pollazos, mientras yo me abrazada a su cuello y apoyaba un pié en el borde de la bañera, para ofrecerme por completo.
Aquella máquina sexual logró hacer que me corriera dos veces antes de hacerlo él, con lo que la debilidad del día anterior retornó con intensidad. Pero Jesús no me dejó caer, sino que me sujetó con fuerza mientras descargaba los últimos culetazos en mi coño.
Cuando estuvo a punto, deslizó mi cuerpo hasta dejarme sentada en la bañera y, agarrándose el nabo, descargó una buena cantidad de leche en mi rostro, que estaba levantado hacia él, esperando recibir su cálida esencia.
Por fin satisfecho, Jesús nos enjuagó a ambos con la ducha, para a continuación, muy amablemente, ayudarme a salir y secar mi cuerpo y el suyo con la toalla.
Después, regresamos al salón, donde repetimos las operaciones del día anterior con las cremas.
Noté que el ano me dolía un poquito menos que el día anterior y así se lo hice saber.
–          Estupendo. Creo que en una semana estará lo suficientemente recuperado como para ser mío. Estoy deseándolo.
Sus palabras me hicieron estremecer. Sentí miedo, al recordar el doloroso desfloramiento del día anterior, pero también deseo y expectación porque fuera esta vez Jesús quien se encargara de mi culo.
Seguimos hablando mientras se vestía, poniéndose otra muda limpia que sacó de la bolsa, que ya quedó vacía. Eso me hizo volver a preguntarme que quien la habría traído, pero no dije nada. Ya me enteraría si mi Amo lo juzgaba necesario.
–          Bien, me voy – me dijo cuando estuvo vestido – Quiero que abras las cortinas de par en par y que hagas las tareas de la casa completamente desnuda.
Me estremecí al recordar al voyeur de enfrente, que, al parecer, iba a tener una nueva ración de espectáculo, pero ni se me pasó por la imaginación desobedecer.
–          Claro, Amo.
Jesús se marchó y yo me dediqué a las tareas del hogar. Encendí el lavavajillas, recogí su ropa y la guardé doblada en la bolsa, cambié las sábanas, limpié un poco el polvo… todo en pelotas como me había ordenado Jesús, mientras miraba de reojo por la ventana para ver si descubría al pervertido de enfrente espiándome. He de reconocer que estaba un poquito cachonda por la morbosa situación, pero, como me encontraba muy satisfecha y mi Amo no me había dado instrucciones al respecto, no hice nada para aliviarme.
Como una hora después sonó el timbre y, tras comprobar por la mirilla que era Jesús el que llamaba, abrí la puerta.
Pero la sonrisa con que le recibí murió en mis labios cuando, tras abrir, apareció desde un lado un hombre mayor, de cincuenta y tantos, que miraba mi desnudez con los ojos desencajados.
Jesús, como si fuera lo más natural del mundo, le hizo pasar al piso y cerró la puerta. Yo miraba asustada al tipo, recordando el episodio del día anterior y pensando que volvía a verme envuelta en uno similar. Me equivocaba.
–          Edurne, te presento al señor Roberto Ramírez, tu vecino de enfrente.
Entonces le reconocí. ¡Era el voyeur de enfrente! ¡El que se masturbaba mientras follábamos! Me asusté mucho.
–          Si recuerdas, ayer te dije que no tenías que preocuparte por este tío ¿verdad?
–          Sí – respondí yo con el corazón disparado.
–          Pues verás, he ido al bloque de enfrente para localizar la casa de este señor y, tras hacerlo, hemos tenido una charla muy interesante. ¿No es cierto, señor Ramírez?
El hombre, con los ojos clavados en mi cuerpo, sólo emitió un gruñido de asentimiento, mientras literalmente me follaba con la mirada. No pude evitarlo, pero mis ojos se desviaron para constatar que se apreciaba un notable bulto en su pantalón. Me dio asco y me excitó al mismo tiempo.
–          Bien, ambos hemos llegado a un acuerdo que será beneficioso para ambas partes.
¿Un acuerdo? Me temía lo peor.
–          Edurne, tú, por tu parte, te comprometes a darle periódicos shows a nuestro querido vecino desde tu ventana. No es preciso que sea todos los días ni mucho menos, pero sí de vez en cuando, para darle un poco de vidilla a la existencia de nuestro amigo.
Me tranquilicé. Parecía que, de momento, mi culo estaba a salvo.
–          Él, por su parte, se convertirá en tu recadero particular. Te dará su número de móvil y estará siempre a tu entera disposición siempre que lo necesites.
–          ¿Recadero? – pregunté dubitativa.
–          Para lo que quieras. Que te haga la compra, te haga recados, lo que se te ocurra.
–          Entiendo – asentí.
–          Y además, nuestro amigo Roberto, que es conductor de mercancías en el mercado central, se encargará de traerte “obsequios” de su trabajo, como esta deliciosa bolsa de manzanas que ha tenido a bien regalarnos.
Me fijé entonces en que Jesús llevaba en la mano una enorme bolsa con fruta. El susto que había pasado había hecho que no me diera cuenta de nada.
–          Bien, Roberto, eso es todo – dijo Jesús abriendo de nuevo la puerta – Recuerda nuestro acuerdo y lo que puede pasar si no lo cumples.
–          Sí, sí claro – dijo el tipo en voz baja, sin apartar la vista de mis tetas ni un segundo.
Sonriente, Jesús prácticamente tuvo que echarle fuera del piso, cerrando la puerta tras de él.
–          ¿Y bien? – me dijo – ¿Qué te parece?
–          No sé qué decir – respondí todavía nerviosa.
–          Te dije que no tenías que preocuparte del voyeur. Conozco a este tipo de gente.
–          Pero, Amo, ¿para qué quiero yo un recadero?
–          ¿No te dije que mis putitas también obtenían beneficio? Pues ahí tienes. Tu esclavo particular.
–          ¿Esclavo?
–          ¡Pues claro! Ese cerdo hará cualquier cosa que le pidas y a cambio sólo tendrás que pasearte desnuda por la casa de vez en cuando y a lo sumo hacerte alguna pajita.
–          Ya.
–          A cambio, lo tendrás comiendo en la palma de tu mano. Y tendrás frutas y hortalizas gratis, que, con esta crisis, un ahorro es un ahorro – dijo pragmáticamente.
–          Pero, ¿y si se va de la lengua?
–          ¿Qué crees? ¿Que no he pensado en todo? – me reprendió.
–          No, no es eso – dije compungida.
–          Ayer, mientras te follaba en el sillón, grabé con el móvil a ese cerdo pajeándose en la ventana. A pesar del movimiento, me ha salido un vídeo bastante bueno, ¿quieres verlo?
–          No gracias, ya lo vi en directo.
Aquello le hizo reír.
–          Muy graciosa. Pues eso, he ido a su piso y le he amenazado con enseñarle el vídeo a sus hijos (tiene dos, que ya me he informado con los vecinos) y ahora le tengo en la palma de la mano. Pero, como premio por haber sido una putita buena, te lo regalo a ti, para que lo uses como te venga en gana. ¡Ni siquiera tendrás que verle si no quieres, pues hemos acordado que te dejará los obsequios delante de tu puerta!
La idea empezaba a gustarme.
–          Gracias Amo.
–          Buena chica – dijo él dándome unas palmaditas en la cabeza, como si yo fuera un cachorrito.
Jesús entró en la casa y echó un vistazo, comprobando que había recogido su ropa y limpiado el baño. Le seguí hasta el dormitorio y entonces, inesperadamente, se puso a registrar los cajones de mi cómoda, hasta localizar el cajón que estaba buscando.
–          ¡Ah! ¡Aquí están!
El chico había localizado el cajón donde guardaba mis braguitas y el resto de la ropa interior. Sacándolo por completo del mueble, lo vació sobre la cama y parsimoniosamente, comenzó a arrojar al suelo todas las bragas y sostenes que no le satisfacían. Y por supuesto, todos los panties, prenda que no le gustaba lo más mínimo.
–          Mete todo esto en una bolsa, que vamos a tirarlo.
Obediente, fui a la cocina a por una bolsa de basura y me dediqué a recoger todas mis cómodas braguitas de algodón, pues, obviamente, Jesús sólo me iba a permitir conservar los tanguitas y la lencería sexy.
–          Tienes poca lencería – me dijo contemplando el género que había quedado sobre el colchón – Tendrás que comprarte más.
–          A la tarde iré – respondí.
–          No. Ya te avisaré yo cuando. ¿Dónde está tu maletín? – preguntó inesperadamente.
–          En el salón – respondí.
–          Tráelo.
Sin dudar, fui en busca del bolso y regresé, entregándoselo, sin saber para qué lo quería.
Jesús lo abrió y enseguida extrajo las bragas y el sostén que había llevado puestas el día anterior. Ya no me acordaba de que el chico las había metido allí cuando me sacó del instituto.
–          Toma, esto para lavar – me dijo alargándome el sostén.
Sin embargo, se quedó con el tanga. Con él salió del dormitorio hacia el salón, para guardarlo en la bolsa junto con su ropa.
–          Beneficios adicionales – me dijo misteriosamente mientras lo hacía.
No pregunté.
Después, regresamos al cuarto donde repetimos el proceso con la ropa de mi armario, aunque aquí no se mostró tan exigente y sólo me hizo librarme de una par de conjuntos bastante serios que, de todas formas, casi no me ponía.
–          Por cierto – me dijo entonces – Tu móvil sigue en el maletín.
Me había olvidado. Agitada, saqué el teléfono de la cartera, encontrándome con que estaba todo pegajoso, sin duda por haber estado metido el día anterior donde nunca debe meterse un teléfono.
Poco después, Jesús me observaba divertido desde la puerta del baño mientras yo me afanaba en limpiar como podía el teléfono con alcohol.
Cuando acabé, era casi la una de la tarde; hora de llevar a mi Amo a su casa.
Me vestí con la ropa que él me indicó, un juego de lencería celeste, con liguero y medias de color claro, falda por debajo de la rodilla, camisa blanca y una chaqueta. Un conjunto sorprendentemente sobrio para lo que yo esperaba.
Una vez lista, Jesús recogió la bolsa con sus cosas, haciendo yo lo mismo con la que contenía toda la ropa de la que debía librarme y salimos, tomando a continuación el ascensor. Hice girar la llave para poder acceder al sótano y el elevador se puso en marcha.
Me acordé entonces del episodio del día anterior, en el que suministré a mi vecinito del sexto material para pajearse durante una buena temporada. Jesús, como si me leyera el pensamiento, me interrogó al respecto:
–          Te estabas acordando del chaval de ayer, ¿verdad? – susurró.
–          Sí.
–          ¿Te pone cachonda?
Debía admitir que así era.
–          Sí – repetí.
–          Bien, buena chica. Me gusta que seas sincera – hizo una pausa – Se me ocurre una cosa…
Me estremecí.
–          De ahora en adelante… cada vez que coincidas a solas con el chico… le harás… un regalito.
–          ¿Qué clase de regalito?
–          Lo dejo a tu elección. Pero no te pases.
–          De acuerdo Amo – respondí mucho más excitada por la idea de lo que estaba dispuesta a admitir.
–          Y después, cuando estés conmigo, me lo cuentas con todo lujo de detalles. Ya sabes que esas cosas me ponen – me susurró al oído mientras me acariciaba el culo con la mano.
Llegamos al garaje y enseguida estuvimos a bordo de mi coche, con las bolsas de ropa en el asiento trasero. Conduje mientras charlábamos amigablemente, por una vez, de temas relacionados con el colegio. Me enteré de que Jesús deseaba ser maestro, lo que hizo que me echara a temblar al pensar en el futuro que esperaba a sus alumnas.
Pronto llegamos a su casa, pero, en vez de bajarse, Jesús me hizo estacionar el coche, indicándome que bajara.
Nerviosa, obedecí, presintiendo que la jornada con mi Amo no había terminado todavía para mí.
–          Tu novio no regresa hasta la tarde, ¿verdad? – me preguntó.
–          Sí, así es – asentí.
–          Bien.
Y me condujo hasta el portal de su edificio, aunque antes aprovechamos para echar la bolsa con mi ropa en un contenedor de beneficencia que había por allí cerca.
Tomamos el ascensor y subimos a su piso, encontrándonos pronto en su casa. Me sentía nerviosa mientras miraba a mi alrededor, estúpidamente sorprendida de lo normal que parecía todo. No sé qué esperaba, una mazmorra con látigos y cadenas o algo así.
De repente, escuché pasos en la habitación de al lado y una voz femenina preguntó:
 
–          Jesús, ¿eres tú?
Se abrió una puerta y entró en la estancia la que supuse era la madrastra de mi Amo. Era sorprendentemente joven, a ojo le calculé poco más de los treinta y he de reconocer que realmente bonita. Rubia, ojos claros, vestida con sobriedad, con falda ajustada por debajo de las rodillas y un suéter de algodón de color negro, que dibujaba sus sensuales formas.
Sentí un ramalazo de celos cuando Jesús se adelantó para saludarla, dándole un beso en la mejilla, sobre todo cuando noté que los ojos de la mujer estaban clavados en mí.
–          ¡Oh! – dijo con voz suave – Tenemos una invitada.
–          Sí. Señorita Sánchez, le presento a Esther, mi madrastra.
–          Encantada.
–          Esther, esta es mi profesora del instituto, la señorita Sánchez.
–          Por favor, llámeme Edurne – dije adelantándome para estrecharle la mano.
Mientras lo hacía, noté que, de pronto, la mano de Esther se ponía tensa y pude ver cómo sus pupilas se dilataban por la sorpresa. En ese instante no supe lo que le pasaba, pero la mujer pronto se recuperó y me dedicó una encantadora sonrisa.
–          ¡Oh! ¿Y qué haces con tu profesora en sábado? – preguntó la mujer.
–          Ya te he hablado de esta maestra – respondió Jesús – Es la que me cateó el primer trimestre. Pero ha sido muy amable y me está dando unas clases de “refuerzo”.
Me estaba poniendo nerviosa otra vez.
–          Como agradecimiento, la he invitado a comer. No hay problema, ¿verdad Esther?
Más por la fuerza de la costumbre que por otra cosa, intenté protestar por la inesperada invitación, pero una mirada de Jesús bastó para que la queja muriera en mis labios.
–          No, no… por supuesto que no es molestia – dijo Esther con voz dubitativa – Será un placer que almuerce con nosotros. Además, así podrá contarme qué tal va mi chico este trimestre y si cree usted que va recuperar la asignatura.
–          ¡Oh, encantada! Seguro que la aprueba sin problemas. De hecho está haciendo méritos más que suficientes para el sobresaliente – respondí juguetona, haciendo sonreír a Jesús.
–          Ven por aquí, Edurne. Quiero enseñarte donde estudio. Por cierto, Esther, ¿le queda mucho a la comida?
–          Como una media hora.
–          Avísanos.
–          Claro.
Tomándome de la mano, me condujo fuera del salón, llevándome a su dormitorio. Era bastante normal, propio de un chico de su edad, abarrotado de libros, discos y videojuegos.
Haciéndome un gesto, Jesús me indicó que me sentara en la cama. Él, por su parte, se ubicó ante su escritorio, encendiendo el ordenador.
Cuando estuvo arrancado, enchufó su móvil y procedió a descargar todos los archivos recopilados el día anterior. Mientras se realizaba la descarga, Jesús se dio una palmaditas en el regazo, indicándome que quería que me sentara allí.
Obediente, pero un poco nerviosa por si su madrastra nos pillaba, me senté encima suyo, apoyando mi culito en uno de sus muslos. Para entretenerse, Jesús me acarició un seno con aire distraído, mientras se completaba la transferencia de archivos.
Cuando hubo terminado, desenchufó el teléfono y ejecutó algunos de los ficheros, para que yo viese su contenido. El primero resultó ser el vídeo de mi vecino el pajillero, lo que hizo reír a Jesús al ver la cara que yo ponía, pero los demás eran fotos mías.
Así pude contemplarme en la pantalla de su ordenador desnuda con las bolas chinas en el culo, con el dolor dibujado en la cara mientras el director me sodomizaba, en pelotas sobre el sofá de mi casa o medio desmayada en el fondo de mi bañera. Ni siquiera me había enterado de cuando me hizo la mayor parte de ellas.
–          Ya las ordenaré luego – dijo mientras me daba unas palmaditas en el culo para hacerme levantar.
Un poco remolona, me levanté de su regazo y le seguí fuera del dormitorio. Fuimos a la cocina, donde Esther se afanaba entre los fogones.
Por cortesía, me ofrecí a echarle una mano y Esther, un poco agobiada, me pidió que pusiera la mesa. Acepté sin problemas, aunque me extrañó un poco que no le ordenase a su hijastro que me ayudara a ponerla.
Mientras preparábamos el almuerzo, Jesús se retrepó en el sofá encendiendo la tele para ver un programa deportivo que hablaba de los partidos que se celebrarían por la tarde.
Cuando todo estuvo listo, avisamos a Jesús, que se sentó a la mesa con nosotras, mientras yo me quitaba la chaqueta y la colgaba en el respaldo de la silla. Nos pusimos a comer, teniendo un almuerzo bastante agradable. Esther resultó ser una mujer moderna y culta, y descubrimos que teníamos bastantes cosas en común, lo que no era de extrañar pues sólo nos llevábamos 4 años, pues ella tenía 30.
Me interrogó sobre el suspenso de Jesús, pero yo la tranquilicé asegurándole que estaba tomándose mucho más en serio la asignatura y que, de hecho, había sacado muy buena nota en el examen de recuperación (aunque, en realidad todavía no los había corregido, mi idea era ponerle un sobresaliente a Jesús). Justo entonces, Jesús nos interrumpió.
–          Esther. El almuerzo estaba delicioso. Hoy te has superado.
Esther, que estaba hablando en ese momento, se calló bruscamente, mirando nerviosa a su hijastro. Yo, un poco despistada, me apresuré a alabar la categoría de la cocina de la mujer, pero ella ni siquiera me escuchó, mirando fijamente al chico.
–          Te has ganado un buen premio. Puedes tomártelo.
–          Gracias, Amo – respondió Esther haciendo que me quedara estupefacta.
Deslizándose de su silla, Esther se metió bajo la mesa y en pocos segundos escuché el característico sonido de una cremallera al bajarse.
Todavía en shock, me quedé con la boca abierta mirando el sonriente rostro de Jesús, que me observaba divertido. Cuando por fin reaccioné, me incliné bajo la mesa, encontrándome con la escena que ya esperaba: Esther estaba arrodillada entre las piernas de su hijo y le estaba comiendo la polla con una pasión y un deseo tales que volvieron a despertar mis celos.
–          Edurne, guapa – me dijo Jesús haciéndome sacar la cabeza de bajo la mesa – Me  apetece un flan de postre. Ve a la nevera a por uno.
Como un autómata y sin acabar de creerme lo que estaba pasando, fui a la cocina a por el flan y una cucharilla. Regresé al salón y se los entregué a mi alumno, mientras escuchaba de fondo los jadeos y chupetones que venían de debajo de la mesa.
–          Buena chica – me dijo Jesús – ¿Tú también quieres tu premio?
Estaba cachonda perdida. Por supuesto que lo quería, así que asentí con la cabeza.
–          Pues adelante, compartidlo como buenas hermanas.
En un segundo, estuve codo con codo con Esther bajo la mesa, disputando por el duro falo del chico que nos había cambiado la vida a ambas. Mirándonos a los ojos, descubrimos la una en la otra idéntico brillo de adoración, esclavas sumisas de aquella polla y de lo que ésta deseara.
Yo jamás había hecho un trío, por lo que no sabía muy bien cómo practicar una mamada a dúo, pero la lengua de Esther, que se enlazaba con la mía, me fue mostrando el camino, elaborando una complicada danza de lenguas con el enhiesto rabo de Jesús atrapado en medio.
En un momento dado, Esther, guiñándome un ojo, deslizó sus labios hacia abajo y empezó a chupetearle las pelotas al chico, absorbiéndolas por completo entre sus labios. Agradecida, no desaproveché la oportunidad que se me brindaba y me apoderé de la polla, hundiéndome un buen trozo en la garganta.
En ese preciso momento, mi móvil se puso a sonar en mi chaqueta, que seguía colgada en la silla. Nerviosa, no supe qué hacer y pensé en salir de debajo de la mesa para colgar rápidamente, pero Jesús, estirando el brazo, sacó el teléfono y, tras mirarlo, me lo pasó y me indicó que contestara.
El corazón me dio un vuelco cuando comprobé que era Mario quien llamaba. Haciendo de tripas corazón y nerviosísima, pulsé el botón verde, contestando la llamada de mi novio.
–          Hola cariño – dije titubeante mientras veía por el rabillo del ojo cómo Esther seguía chupando polla.
–          ¿Se puede saber dónde estás? – me dijo Mario.
–          Pues… – dudé sin saber qué decir.
–          Miéntele – oí que me susurraba Jesús.
–          Estoy… comiendo con una amiga – dije mientras miraba a Esther comiendo de verdad.
–          ¡Vaya! ¡Y yo que había pensado darte una sorpresa llegando antes de tiempo! – dijo él.
La sorpresa te la hubieras llevado tú si hubieras llegado todavía más temprano.
–          Lo siento cariño – respondí – No te esperaba hasta la tarde. Y he quedado para almorzar con Esther.
Mientras decía esto, la mano de Jesús se posó en mi cabeza y me atrajo de nuevo hacia su polla. Entendiendo sus deseos, volvía a lamérsela y chupársela mientras conversaba con el cornudo de mi novio.
–          ¿Esther? – dijo Mario – No la conozco.
–          Egh que haghcia muchof que no la feiiaff – le respondí como pude con la polla de Jesús entre los labios.
–          ¿Cómo dices?
–          Que hacía mucho que no la veía. Es compañera de la universidad – repetí sacándome el nabo de la boca un segundo.
Mientras, Esther, sin dejar de chupar, se reía a mi lado. Divertida, le di un codazo amistoso en el costado.
–          ¿Quieres saludarla? – se me ocurrió decirle – ¡Esther, saluda a Mario! – exclamé acercándole el móvil.
–          ¡Hofa, Maddio! – exclamó Esther con entusiasmo, con uno de los huevos de su hijo en la boca.
–          Ho… hola – respondió mi novio – ¿Tenéis poca cobertura? No os entiendo bien.
–          Sí – respondió Esther riendo – Ahora mismo estamos bajo techo y tampoco te escuchamos bien.
–          Oye, pues encantado. A ver cuando nos conocemos.
–          Cuando quieras – respondió Esther con aplomo – Podríamos quedar para comer un día de estos. Podríamos venir a este restaurante, ¡tienen unas salchichas estupendas!
–          ¡Es verdad! – asentí riendo, volviendo a ocuparme de la salchicha.
–          Bueno, pásatelo bien, cariño. Yo te espero en casa. Voy a darme una ducha y a echar una siesta…
–          Falef, cadiño – respondí concentrada de nuevo en mi tarea.
–          Adiof, Maddio – añadió Esther jovialmente.
–          Hasta luego.
Y se cortó la comunicación, permitiéndonos volver a centrarnos en lo que nos interesaba.
–          Menudo par de putas estáis hechas. Pobre hombre – oí que decía Jesús.
Me sorprendí. Era verdad. Apenas una semana antes, Mario era lo más importante para mí, todo mi mundo, y ahora estaba burlándome de él, conversando tranquilamente por teléfono mientras le comía la polla a uno de mis alumnos. Me dio exactamente igual.
Seguimos con la mamada un buen rato, hasta que nuestro Amo notó que se aproximaba su corrida. Apartando las silla, se puso en pié ante nosotras que esperábamos su bautismo arrodilladas frente a él.
–          Enseñadme las tetas – nos ordenó.
Y ambas obedecimos con presteza, subiéndonos la ropa y apartando los sostenes, con lo que pude constatar, con cierto orgullo, que mis senos eran algo más grandes que los de mi compañera de viaje.
Pronto ambas estuvimos empapadas de los lechazos que Jesús nos propinaba, haciendo que la piel nos ardiera al sentir su calor. Esther, más conocedora de los gustos del Amo, usó sus manos para extenderse la corrida por el pecho, mientras se relamía de gusto con expresión lujuriosa. Yo, deseosa de complacer, la imité enseguida, quedando las dos embadurnadas de semen.
–          Buenas zorritas – nos dijo Jesús sonriente.
–          Gracias, Amo – respondimos las dos al unísono.
–          Bueno, ahora recogedlo todo, que vamos a asearnos.
Debía reconocer que aquel chico sería muchas cosas, pero desde luego limpio sí que lo era. Aprovechaba la mínima ocasión para ducharse.
Mientras él volvía a su sofá, Esther y yo recogimos la mesa. Ella seguía con el jersey subido y las tetas al aire, pero a mí se me había desenrollado la camisa, cubriéndolas.
–          Ábrete la camisa – me susurró mientras recogíamos.
–          ¿Por?
–          Él no te ha ordenado que te las tapes. No le gusta que nos vistamos si él no lo dice.
Agradecida por el consejo, desabotoné por completo mi camisa, dejando los faldones colgando y mis tetas al aire.
–          Bonito colgante – me dijo Esther apuntando con la barbilla a mi corazón de acero.
–          Gracias – respondí – ¿Tú no tienes el tuyo?
–          Claro que lo tengo. Como todas – respondió con sonrisa enigmática.
Cuando hubimos acabado, nos reunimos con Jesús y entramos en el baño.
En la bañera repetimos la secuencia del aseo del Amo, pero esta vez con una chica a cada lado, ocupándome yo del frente y ella de la espalda. Pronto observé que Esther no usaba sólo la esponja para asear a Jesús, sino que, usando sus propios senos, los deslizaba jabonosos sobre la piel del muchacho, acariciándole con cuidado con sus duros pezones.
Tomando buena nota del sistema, volví a imitarla, y pronto Jesús se encontró rodeado de cuatro tetas, que le acariciaban y se deslizaban por su piel.
Cuando estuvimos limpios, salimos de la bañera y nos secamos, permaneciendo nosotras unos instantes más limpiando el baño.
Esther, tras acabar, me condujo su propio dormitorio, donde ya nos esperaba Jesús, desnudo sobre la cama y con la polla bastante morcillona por  el lavado que acabábamos de propinarle. Nos quedamos de pié, desnudas junto a la cama, esperando que el chico expresara sus deseos.
–          Besaos – nos ordenó.
Nunca antes había besado a una chica (exceptuando un rato antes, cuando teníamos una polla entre nuestras bocas), pero no dudé un instante en hacerlo. La excitación flotaba en el aire y aquella atmósfera cargada de sexo hacía que olvidara las pocas inhibiciones que pudieran quedarme… si es que me quedaba alguna.
Nuestras lenguas bailaron la una con la otra de nuevo y pronto me encontré con la de Esther metida en mi boca, recorriéndola hasta el último rincón.
–          Frotaos las tetas.
Agarré mis senos con las manos y los hice frotarse con los de Esther, que sujetaba los suyos de igual modo. Noté que mis pezones se endurecían y podía percibir que los de Esther también hubieran podido cortar el cristal.
Tras unos minutos de morreo, Jesús dio unas palmaditas en la cama, haciendo que nos tumbáramos en el colchón junto a él. Mientras me acercaba, pude constatar con alegría que su polla había recuperado completamente su vigor y nos contemplaba orgullosa.
–          Haced el 69. Pero no vayas a tocarle el culo, Esther, que lo tiene recién estrenado
Madre mía. Iba a comerme mi primer coño. Estaba un poco inquieta.
Me tumbé boca arriba y Esther se colocó sobre mí, colocando su bien depilada rajita al alcance de mis labios. La tenía muy cerradita, pues era chica de coño estrecho, así que yo, un poco titubeante, separé sus labios vaginales, encontrándome con una buena sorpresa.
–          ¡OH! – exclamé sin poder contenerme.
Entonces el rostro de Jesús apareció junto a mí y me susurró al oído.
–          Ya lo has visto, ¿verdad putita?
Asentí vigorosamente con la cabeza, mientras mis ojos seguían clavados en el pequeñito corazón metálico que la madrastra llevaba como piercing en el clítoris.
–          Aprendiz de esclava – me dijo Jesús – Te presento a mi esclava número uno. Ella fue la primera ¿no querías saber quién era?
–          Sí.
–          Desde los catorce años me estoy follando a la puta de mi madrastra. Aliviando su frustración porque el imbécil de mi padre no sabe satisfacerla…
Ahora lo entendía todo.
–          Bueno, pues ya que sois buenas amigas… dale un besito.
Con cuidado y un poco temerosa, mis labios se apoderaron del diminuto dije en forma de corazón y lo absorbieron, tirando suavemente de él, provocando que el cuerpo femenino se estremeciera sobre el mío.
Esther, agradecida, hundió su cara entre mis muslos y enseguida noté cómo su lengua se abría paso en mi coño con habilidad. Un ramalazo de placer azotó mi cuerpo y decidí darle las gracias a la chica de la forma apropiada.
Nos dedicamos a comernos el coño mutuamente durante un buen rato; Esther, con más práctica en estas lides, enseguida penetró mi coñito con dos dedos, masturbándome dulcemente mientras me lamía y chupaba por todas partes. Yo, por mi parte, aprendía rápido, pues me bastaba con aplicarle el tratamiento que me gustaba que me aplicaran a mí, aunque entreteniéndome especialmente a juguetear con el pequeño colgante, lo que provocaba continuos espasmos de placer en el cuerpo de la chica.
De pronto, noté que la cama se agitaba, pues Jesús se estaba moviendo encima del colchón. Se situó detrás de Esther, con sus rodillas a los lados de mi cabeza y comprendí que su intención era follarse a su madrastra desde atrás.
Deseosa de ayudarle, le agarré la verga y la coloqué en posición, provocándole a Jesús un gruñido de placer. De un solo viaje, se la clavó hasta el fondo, mientras yo contemplaba atónita, desde primerísima fila, cómo la polla de Jesús se hundía una y otra vez en el chorreante coño de la mujer.
Extasiada por el placer, Esther redobló sus esfuerzos en mi coño, pajeándome con velocidad y con su legua moviéndose por todas partes. Deseando devolver el placer recibido, estiré la lengua para poder chupar los labios vaginales de la chica y el nabo de mi Amo a medida que se lo enterraba una y otra vez.
Por fin, me alcanzó el orgasmo, obligándome a apretar los muslos, atrapando en medio la cabeza de Esther, a la que no le importó, pues continuó chupando y bebiendo todo lo que surgía de mi coño.
De repente, Jesús se la sacó de golpe del coño, sorprendiéndome. Agarrándosela  firmemente, la situó a la entrada del culito de la chica y se la clavó hasta los huevos, mientras yo lo miraba alucinada en primer plano.
–          Pronto ésa seré yo – pensé mientras veía cómo la verga de Jesús se enterraba en el culo de su madrastra.
En cuanto la enculó, Esther, se corrió como una burra, derrumbándose sobre mi cuerpo. Mientras, yo le daba besitos y lametoncitos en sus labios vaginales, notando perfectamente cómo se estremecían y temblaban por los estertores del orgasmo.
Tras bombearla unos minutos, Jesús se la sacó del culo y se bajó de la cama, rodeándola hasta quedar a mis pies.
–          Quiero acabar en tu coño – me dijo, llenándome de felicidad.
Con cierta rudeza, Jesús me quitó de encima el exangüe cuerpo de Esther, que quedó desmadejado sobre el colchón. Agarrándome por las caderas, me levantó el culo del colchón y, de rodillas, me la clavó de un viaje. A pesar de estar empapada, vi las estrellas por el zurriagazo que me endiñó, pero no me importó pues sentía que se aproximaba un nuevo orgasmo como una ola devastadora.
Nos corrimos casi al unísono, lo que me llenó de ilusión, mientras sentía cómo la leche de mi Amo volvía a derramarse en mi seno, llenándome por completo. El éxtasis.
Tardé un buen rato en recuperar las fuerzas para levantarme de aquella cama. Jesús no estaba en el cuarto y nos había dejado allí a las dos, desmayadas, descansando un rato.
Sentí un poco de frío, pero no me atreví a vestirme sin permiso de Jesús, así que me reuní con él en el salón completamente desnuda. Él estaba tumbado, leyendo un libro, también en pelotas, aunque la temperatura en el salón era más agradable, supongo que por la calefacción.
–          Siento que tengas que irte – me dijo apartando la mirada de su libro.
–          Yo también lo siento. Si quieres, me quedo.
–          ¿Y tu novio?
–          Me da igual – respondí.
–          ¿Le quieres?
–          Sí. Pero no tanto como a ti.
–          Si te lo ordeno, ¿cortarías con él?
Un pequeño aguijonazo de pena me sacudió. Pero no dudé.
–          Ahora mismo si hace falta – respondí con firmeza.
–          Buena perrita – me dijo sonriente – Creo que ya estás lista para convertirte en esclava.
Una sonrisa radiante se dibujó en mi cara. Me sentía feliz y emocionada.
–          ¿Estás segura de que quieres hacerlo? – me preguntó.
–          Segurísima.
–          Bien, entonces está decidido. La semana que viene iremos  a que te marquen.
Aunque no se explicó, entendí perfectamente a qué se refería.
–          ¿Dónde lo quieres? – me preguntó.
–          ¿Cómo?
–          El piercing. Puedes llevarlo en el clítoris, en los labios vaginales o en un pezón…
Me lo pensé unos segundos hasta que se me ocurrió una idea.
–          ¿Y qué tal un tatuaje? – le pregunté.
–          ¿Un tatuaje?
–          Sí. Un piercing se puede quitar, pero un tatuaje es mucho más difícil. Demostraría que soy tuya para siempre.
Jesús sonrió. La idea le gustaba.
–          ¿Y dónde te lo harías?
–          Donde tú quieras.
–          Me gustan en la base de la espalda, un poco por encima del culo.
–          Perfecto. Además, así podré seguir llevando este bonito colgante – dije acariciándolo.
–          Me parece bien.
Sonriente, me incliné y le besé suavemente en los labios.
–          Creo que ha llegado la hora de irte. Se hace tarde.
–          De acuerdo – asentí con tristeza.
Recuperé mis ropas y me vestí, comprobando que Esther seguía dormida. Regresé al salón a despedirme, pero Jesús aún tenía otra orden.
–          Tus bragas – dámelas.
Con torpeza, me libré del tanga y lo saqué de bajo la falda, entregándoselo. Él, las olió profundamente, haciendo que me sorprendiera bastante al descubrir que Jesús, que disponía de mujeres a su antojo, tuviera un fetiche como ese.
–          Bien – dijo entonces – Huelen a hembra cachonda.
Vaya si debían de oler a eso.
Volví a besarle y le dije adiós, pidiéndole que me despidiera de Esther.
Me marché con el corazón rebosante de alegría, satisfecha y con una sonrisa de felicidad en el rostro.
Conduje hasta casa y me reuní con Mario, que me esperaba muy solito, el pobre.
Cenamos e hicimos el amor, con la luz apagada, no fuera a ser que notase las marcas que tenía por todo el cuerpo.
Creo que quedó un poco insatisfecho, pues esperaba una nueva sesión con la tigresa de días atrás. Pero yo no tenía ganas.
El domingo se presentaba aburrido, pues pensaba que no volvería ver a Jesús hasta el lunes.
Craso error.
Continuará.
                                                                                TALIBOS
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