me daríasACEPTACIÓN:
Sin título2Conduje hasta casa con mil pensamientos atronando en mi cabeza. Ira, desesperación, odio, rabia… pero, lo peor de todo, era que, en el fondo, sabía que había disfrutado siendo un juguete en manos de Jesús.
Pero, ¿qué me pasaba? ¿Estaba enferma? ¿Era una pervertida? ¡Aquel cabrón me había violado! ¡Me había usado para vaciarse los huevos sin importarle lo más mínimo mis súplicas!
Aunque… ¿realmente le había suplicado? No recordaba haberlo hecho… sólo aquella sensación de sumisión… de… alegría por obedecer sin rechistar lo que él me ordenaba, cumpliendo sus deseos sin tardanza, dispuesta a todo por complacerle…
No, no, no… me estaba volviendo loca. ¿Qué me pasaba?
No, estaba equivocada, no había disfrutado… había sido el miedo, el pánico a que me hiciera daño había sido lo que me forzó a obedecer… ¡claro, eso era! ¡Llevaba una navaja!
Pero él en ningún momento me amenazó… Y yo podría haber gritado pidiendo auxilio… Yo sabía que no era cierto que, al poco de terminar las clases, el conserje fuera el único en el edificio…. Seguro que como poco Armando, el director, estaría en su despacho, como hacía todos los días, terminando el papeleo pendiente de la jornada…
¿Por qué no grité? ¿Por qué no traté de escapar? El chico era más fuerte que yo, pero aún así… ¿por qué no me resistí?
Porque me gustaba.
………………………………………..
No recuerdo cómo llegué hasta mi casa, pues, cuando me quise dar cuenta, me encontré estúpidamente parada enfrente de la puerta de mi piso, esperando que la puerta se abriese sola.
Completamente hundida, abrí mi maletín en busca de las llaves, encontrándome en su interior con los restos de mi jersey. No recordaba haberlo guardado allí, pero ahí estaba… Así la tela y, al hacerlo, rememoré los instantes en que Jesús había destrozado mi jersey y mi sujetador y cómo sus manos habían acariciado mis pechos… y el calor y la excitación que sentí mientras lo hacía…
Y seguía excitada… Allí, delante de mi casa me di cuenta de que mi coño seguía ardiendo, notaba perfectamente la humedad entre mis muslos y la dureza de mis senos… el vello de la nuca se me erizaba mientras recordaba cómo me había penetrado la durísima verga de Jesús, cómo me había follado sin piedad…
¡NO! Enfadada conmigo misma, sacudí la cabeza tratando de hacer desaparecer aquellas imágenes. Rebusqué en el maletín y saqué las llaves, penetrando en la seguridad de mi hogar. Tras cerrar la puerta, eché la llave, tratando de sentirme más a salvo, más lejos del chico que había destrozado mi vida.
Agotada, me dejé caer en el sofá del salón y cerré los ojos, pero enseguida tuve que volver a abrirlos, pues continuamente me asaltaban imágenes de lo sucedido. ¿Qué podía hacer? ¿Denunciarlo? ¿Denunciar el qué?
Ya sabía lo que pasaría si iba a la comisaría… me mandarían al hospital donde me harían un humillante test de violación… sí, mi ropa destrozada y los moratones en mi pecho serían pruebas incriminatorias contra Jesús y seguro que, si me hacían un examen vaginal, advertirían señales de desgarro por la violencia con que me había penetrado.
¿Seguro? Podía recordar perfectamente que, cuando me la metió, mi coño estaba más que suficientemente lubricado… aunque con fuerza, su polla se había deslizado en mí como cuchillo en mantequilla….
¿Y si después del juicio, el escándalo, la humillación pública, algún juez hijo de puta concluía que había sido sexo consentido? ¿Por qué no gritó, señorita? ¿Por qué no se resistió? ¿Por qué no trató de huir?…..
No, no podía enfrentarme con todo aquello… Si por lo menos Mario estuviera a mi lado….
¡Mario! ¿Qué día era hoy? ¡Miércoles! ¡Y él regresaba el sábado! ¿Qué pensaría de mí si se enteraba? ¿Y si él creía que no me había resistido lo suficiente?
Y lo más importante… ¿me había resistido en realidad?
No… No podía pasar por todo aquello. Jesús había ganado, se había salido con la suya… se había follado a su profesora y no le iba a pasar nada, simplemente porque no me veía con fuerzas ni valor suficientes para enfrentarme a todo aquello.
Lo mejor era olvidar, seguir con mi vida, con las clases, con Mario…. Sí, eso iba a hacer… De ahora en adelante ignoraría por completo a Novoa, si hacía falta, le aprobaría la asignatura por la cara, para que aprobase el curso y pasase la selectividad. Cuando entrara en la universidad no volvería a verle en mi vida, sólo tenía que aguantar unos meses, hasta Junio… Podía hacerlo…
Un poco más calmada una vez decidido un plan de acción (aunque el plan consistiera en no hacer nada) me levanté y fui al baño a darme una ducha.
Me desnudé frente al espejo y claro, al quitarme el abrigo apareció mi cuerpo desnudo, vestido únicamente con la falda gris y los restos destrozados de mis panties. Entonces pude ver los moratones que habían aparecido en la piel de mi seno izquierdo, allí donde Jesús había apretado y estrujado. Lágrimas de rabia afloraron a mis ojos y, por un instante, deseé que el maldito chico muriera esa misma noche entre atroces dolores. Pero entonces me fijé en mis pezones, duros como rocas, mirándome desafiantes desde el reflejo en el espejo…
¡NO! Enfurecida, acabé de desnudarme, tirándolo todo al suelo. Me metí en la ducha y abrí el agua caliente al máximo, dejando que el agua resbalara por mi cuerpo, intentando borrar de mi piel el recuerdo de lo sucedido.
Cuando el agua se puso insoportablemente caliente, le di al agua fría, regulándola hasta hacer la temperatura soportable. Aquello hizo que me sintiera mejor y, durante unos minutos, dejé resbalar el agua sobre mí.
Me lavé el pelo a conciencia, sabiendo que en él quedaban restos del semen de Jesús y después comencé a asearme con la esponja y el gel. Al hacerlo, tuve mucho cuidado al limpiar el seno izquierdo, totalmente dolorido por los hematomas. Finalmente, usé delicadamente la esponja en los genitales, muy sensibles y escocidos por todo lo que había pasado.
Seguí frotando y frotando, intentando borrar de mi vagina cualquier rastro del paso de Jesús, pero, cuando me quise dar cuenta, noté que lo que hacía realmente era masturbarme con la esponja…
Mis pechos estaban duros, mis pezones enhiestos, me estaba frotando el coño…. ¡No podía negarlo! ¡Estaba excitada!
Como una furia descorrí la cortina de baño y salí disparada a mi cuarto, empapando el suelo de toda la casa. De un tirón, abrí el cajón de la mesita de noche, con tanta fuerza que lo saqué del todo, desparramando todo su contenido por el suelo.
Aún no había terminado de rebotar sobre el piso cuando mi mano agarró con violencia a MC, el consolador negro, y regresé con él al baño, acabando de completar el desastre en mi casa.
Esta vez me tumbé en la bañera, con las piernas bien abiertas y comencé, como era habitual en mí cuando lo hacía, a deslizar suavemente el consolador por mis labios vaginales, para ir poniéndome a tono.
Pero, ¡no! ¡No era eso lo que yo quería! El rostro sonriente de Jesús invadió mi mente y comprendí qué era lo que necesitaba. De un tirón me clavé el consolador en el coño mucho más profundo que nunca antes. Mis ojos se abrieron como platos ante la súbita intrusión y mi espalda se arqueó ante el eléctrico calambrazo que recorrió mi columna.
Enfebrecida, comencé a meter y sacar a MC con violencia, apuñalándome el coño más bien que masturbándome. Para acabar de redondear la escena, agarré la ducha de teléfono y dirigí un cálido chorro de agua a mi entrepierna, concentrándome especialmente en el clítoris que asomaba la cabecita en el culmen de excitación.
No tardé ni un minuto en correrme, con devastadores espasmos de placer agitando mis caderas. Doy gracias porque el orgasmo llegara tan pronto, pues si hubiera seguido mucho rato clavándome así el consolador, sin duda me habría hecho daño.
Quedé derrengada, con medio consolador aún metido en el coño, mientras los últimos estertores de placer agitaban mi cuerpo. Había sido un orgasmo bestial pero… con Jesús había sido mejor…
Como pude, puse el tapón de la bañera y dejé abierto el grifo, de manera que ésta fue llenándose conmigo dentro. Eché unas cuantas sales y jabón para que se formase espuma y me quedé medio dormida.
Cuando quise darme cuenta, el agua había empezado a salirse de la bañera. Adormilada, cerré el grifo, abrí un poco el tapón para sacar un poco de líquido y me volví a tumbar para permitir que el relajante baño caliente borrase las huellas de todo lo sucedido.
Ahora me encontraba mucho más sosegada y allí me quedé, sumergida en el agua caliente, con la mente completamente en blanco después de la más agotadora jornada de mi vida.
Desperté un buen rato después, con el agua ya fría. Abrí el tapón y me levanté como pude, e incluso sonreí cuando vi a MC nadando entre la espuma disfrutando también de su baño. Se lo había ganado.
Me sequé con la toalla y contemplé desanimada el desastre que era mi casa. Agua en el suelo del baño, agua en el salón, en mi cuarto… Resignada, fui a la cocina a por la fregona, unos trapos y un cubo y me dediqué a la tediosa tarea de recogerlo todo.
Tras un rato, me di cuenta de que estaba limpiando completamente desnuda, como si fuera lo más natural del mundo. Me encogí de hombros, dispuesta a seguir con la tarea, pero entonces recordé que, en alguna ocasión había sospechado que el vecino de enfrente me espiaba desde su ventana, así que dejé lo que estaba haciendo y me puse la ropa interior y el pijama. Usé unas braguitas y un sostén de algodón, cómodas, mientras me acordaba de lo que Jesús había dicho de ese tipo de lencería: bragas de vieja.
Que le dieran mucho a Jesús por el culo. Así que me las puse como una especie de desafío hacia aquel cabrón. Me sentí mejor al hacerlo, más dueña de mí.
Acabé de recoger cerca de las 8 de la tarde y me di cuenta de que ni siquiera había almorzado. Llevaba todo el día sin comer. Mis tripas, ajenas a todas las desgracias del día, se quejaban con ganas, así que fui a la cocina y me preparé una cena temprana.
Después, me dispuse a preparar la clase del día siguiente, pero no me veía con ánimo de enfrentar a Jesús tan pronto. No, mejor llamaría por la mañana al instituto y diría que estaba enferma. Total, ya sería jueves, podía faltar un par de días al trabajo y me libraría de encontrarme con ese cabrón. Y el sábado venía Mario y seguro que él me animaría.
Ahora, un mes después, reconozco que lo único que hice fue evitar enfrentar el problema, huir de él como una cobarde, pero mi estado de ánimo pendía de un hilo muy fino y era mejor no tensar la situación. El descanso me vendría bien.
Aquella noche me fui a dormir temprano, exhausta a pesar de la siesta en la bañera. Me dormí enseguida, pero mi subconsciente estaba decidido a impedirme olvidar, por lo que, inevitablemente, mis sueños rememoraron los sucesos del aula con nitidez absoluta.
Desperté sudorosa, agitada, con un nudo en la garganta… e increíblemente caliente. Los pechos me dolían y no precisamente por los moratones, que había aliviado con una crema antes de acostarme, sino de duros que estaban… Mi coño era un charco, con los labios vaginales abiertos e hinchados…
Sollocé desesperada… ¿Qué había hecho aquel hijo de puta conmigo? ¿En qué me había convertido? O mejor… ¿Qué había despertado en mí?
Resignada, saqué los dos consoladores de la mesita y volví a masturbarme, consiguiendo volver a dormir tras procurarme un nuevo orgasmo.
Desperté tarde por la mañana, pero aún así, bastante cansada, por lo que no me costó fingir que me encontraba enferma mientras llamaba al centro. Más tarde llamaría a Susana, una doctora amiga mía que no me pondría pegas para tramitarme una baja de dos días.
El jueves y el viernes fueron clónicos, las horas pasaban lentamente mientras yo trataba de mantener la mente ocupada realizando tareas… limpié la casa, preparé clases, escribí los exámenes de recuperación… cualquier cosa con tal de mantenerme ocupada, porque, cuando no hacía nada, me acordaba de Jesús y me ponía caliente.
Menudo montón de pajas me hice en esos dos días, parecía un adolescente en celo. MC trabajó más en dos jornadas que en los dos meses anteriores. Estaba medio embrutecida, ya me daba igual aceptar que era una zorra a la que le gustaba que la violaran, que no era más que una puta, me daba igual todo… sólo me encontraba bien después de correrme.
Y en toda aquella espiral de degeneración y autodestrucción Mario era la única luz al final del túnel. Sí, cuando Mario volviera todo iría bien, él me abrazaría, me haría el amor y todo volvería a estar en su sitio. Quizás incluso le contara todo lo que había pasado y él me vengaría, buscando al cabrón de Jesús y dándole una paliza de muerte…
Por fin llegó el sábado y yo esperaba expectante  a mi novio. Las horas eran eternas, mientras aguardaba al que creía sería la solución de todos mis problemas. Estaba muy cansada, pues la noche anterior había transcurrido igual, soñando con la verga de Jesús Novoa.
No me di cuenta, pero la verdad es que esperaba el regreso de Mario cachonda perdida.
Cuando escuché la llave introduciéndose en la cerradura me levanté como un resorte y corrí hacia la puerta. Mario se quedó sorprendido al verme abalanzarme sobre él y, de un salto, le obligué a sostenerme con sus fuertes brazos, mientras mi boca buscaba con ansia la suya.
Cuando por fin le permití recuperar el aliento, él me miró con expresión divertida mientras me sostenía todavía en brazos, con mis piernas anudadas a su cintura.
–         ¡Vaya! – dijo – Parece que por aquí me han echado de menos.
–         No te imaginas cuanto, cariño – respondí – Vamos a la cama.
Él me miró extrañado, pues, normalmente, yo no era tan fogosa. Por desgracia, no se mostró tan bien dispuesto como yo esperaba (y necesitaba) por lo que me hizo bajar al suelo y trató de tranquilizarme.
–         Espera un poco cariño, que vengo con 10 horas de vuelo en el cuerpo. Ni siquiera me he parado a comer algo en el aeropuerto para venir derechito a verte. Apesto a sudor y estoy que me caigo de hambre.
Resignada y sabiendo que él tenía razón, asentí con la cabeza y le conduje al salón. Allí nos esperaba la mesa ya preparada y echándole un vistazo al reloj vi que ya eran más de las 2 de la tarde. Hora de comer.
–         Vale, cariño – asentí más relajada ahora que por fin estaba allí – Vamos a comer algo y después te das una buena ducha.
–         Estupendo, nena… Vamos a ver qué has preparado.
Obviamente, tras un mes separados, había cocinado el plato favorito de Mario, lo que le alegró enormemente.
–         Eres estupenda – me alabó – Cada vez te sale mejor.
Comimos entre risas, conmigo escuchando con paciencia las anécdotas que le habían sucedido durante el largo viaje. Sin embargo, aunque prestaba atención a lo que me contaba, una parte de mi cerebro estaba concentrada en la excitación que sentía, en las ganas que tenía de que terminara de hablar y me llevara al cuarto a follarme bien follada.
Por debajo de la mesa apretaba con fuerza los muslos, frotándolos entre sí, tratando de calmar aunque fuera un poco el volcán que había en mis entrañas.
Por fin acabamos de comer y Mario dijo que iba a ducharse. Yo aproveché para recoger la mesa y meter los platos en el lavavajillas, pero llegó un momento en que no pude más.
Me acerqué sigilosamente al baño y abrí la entornada puerta. Mario, tan pulcro como siempre, había metido toda su ropa sucia en el cesto adecuado. Podía escuchar el agua derramarse sobre él tras la cerrada cortina del baño. Imaginaba perfectamente su cuerpo desnudo empapado, mientras sus poderosas manos se frotaban por todas partes, especialmente…. Por su polla.
Sin perder un instante me desnudé por completo y me deslicé hacia la bañera. Con cuidado, abrí la cortina y vislumbré entre el vapor el espléndido cuerpo de macho ibérico de mi Mario.
Sonriente y cachonda, me colé en la bañera junto a él, abrazándole desde atrás.
–         No podías aguantar más, ¿eh pequeña? – oí que me decía.
Por toda respuesta, mis manos, que habían abrazado su pecho, se deslizaron por su cuerpo hasta llegar a su verga, que comenzaron a acariciar para hacerle ganar volumen. Poco a poco, noté cómo la sangre comenzaba a circular por su miembro, que iba ganado vigor y grosor con rapidez.
Bruscamente, Mario se volvió hacia mí y quedamos frente a frente. Con decisión, me agarró por los hombros y me atrajo hacia sí, besándome con pasión mientras mi lengua buscaba la suya. Su cada vez más dura polla quedó atrapada entre nuestros cuerpos, pero yo no estaba dispuesta a soltar mi juguete tan pronto, por lo que deslicé mis manos entre nosotros y volví a agarrársela con ganas.
–         ¡Uf! – gimió – Hacía mucho que no te veía tan cachonda…
–         Es que llevamos un mes separados, cariño… y ya no podía más….
Lentamente, deslicé mi cuerpo hacia abajo, hasta quedar de rodillas frente a él. Mario, comprendiendo mi intención, me dejó a mi aire, mientras sus sorprendidos ojos se clavaban en los míos.
Sin desviar la mirada, agarré su pene por la base y deslicé mi ardiente lengua por su ya completamente empalmado falo. Lo chupé y lamí por todas partes, huevos incluidos, sin dejar ni por un instante de mirarle a los ojos.
En pocos segundos, mis labios recibieron con deseo la endurecida barra de carne y comencé a chupársela con ganas, notando cómo la punta se apretaba contra el interior de mi mejilla y la abultaba. Me la metí más adentro que nunca antes, apretando mi rostro contra su ingle cuando me la tragaba por completo. Pero, incluso en esos instantes de inmensa lujuria, no podía evitar pensar que Jesús la tenía mucho más grande.
El agua caía sobre nuestros cuerpos y el vapor que producía parecía sumergirnos en una atmósfera de irrealidad, en un mundo en el que sólo estábamos nosotros, en el que sólo importaban  su verga y mi boca.
Mario se encendió como una antorcha, poco acostumbrado a aquel salvaje comportamiento por mi parte y enseguida quedó a punto de caramelo. Yo deseaba que se corriera, quería recibir su leche en lo más profundo de mi garganta, pero Mario, creyendo que estaba con la misma mujer de siempre, se retiró bruscamente, con lo que su semen cayó a la bañera y se perdió por el desagüe, arrastrado por el agua de la ducha, dejándome inexplicablemente frustrada.
–         Madre mía, Edurne – masculló Mario entre jadeos – Nunca te había visto así. Parecías querer devorarme entero.
–         Y así es, cariño – le respondí mientras me incorporaba y volvía a besarle – Pero ahora quiero que tú me comas a mí.
Mientras decía esto me separé de Mario y me apoyé en la pared del baño. Con sensualidad, levanté una pierna y apoyé el pie en el borde de la bañera, de forma que mis muslos quedaran bien separados y mi palpitante coño bien abierto. Mario, caliente como un toro, se arrodilló ante mí y hundió la cara en mi entrepierna, provocándome un estremecedor escalofrío de placer.
Su boca se apoderó de mi coño y pronto tuve su lengua recorriendo hasta el último centímetro de mi vagina.
Mis manos se engarfiaron en su cabello, acariciándole mientras me comía el coño. Lo quería para mí, así que apretaba su cabeza contra mi cuerpo, como si pretendiera metérmela dentro. Me estaba encantando, pero, por desgracia, Mario dejó de hacerlo.
–         No puedo más – siseó incorporándose – En mi vida he estado tan cachondo…
Su verga volvía a estar como una roca y Mario quería meterla ya. Dedicó sólo unos instantes a frotarla contra mi húmeda gruta, pero enseguida la colocó en posición y me la clavó hasta las bolas.
–         ¡AAHHHHHHH! – gemí al sentir cómo su émbolo me penetraba.
–         ¡DIOS! – gemía él – ¡Te quiero! ¡Edurne, te quiero!
Sentí deseos de gritarle. ¿Te quiero? ¿Te quiero? ¡Qué cojones te quiero! ¡Fóllame, cabrón! ¡FÓLLAME!
Pero me contuve.
Mario comenzó a bombearme, con más violencia de lo que era habitual en él, y aquello me encantaba, pero una diminuta parte de mi psique me recordaba que con Jesús había sido más intenso, mejor.
Me sentía llena, repleta de polla, pero la de Jesús me había llenado más…
Era increíble, estaba follando salvajemente con el hombre al que amaba y no paraba de recordar al hijo de puta que me había violado.
Y entonces Mario se corrió.
¡No, no, no, no! ¡Todavía no! Aullaba mi mente. ¡Yo no me he corrido!
Pero era inútil. Mario, agotado, retiraba su menguante miembro de mi interior, mientras yo sentía cómo su leche salía también de mi coño y resbalaba por mis muslos. Se había corrido dentro con tranquilidad, sabedor de que yo tomaba precauciones.
Quedé frustrada, enfadada, comprendiendo que aquello era lo máximo que Mario podía ofrecerme; había sido mejor que nunca… pero ya no bastaba para mí.
–         Ha sido increíble –susurró Mario besándome – El mejor de mi vida.
–         Sí, cariño – asentí acariciándole el rostro – Ha merecido la pena el mes de espera.
–         Digo. Si llego a saber que un mes sin mí te iba a poner así, habría tardado más en volver.
Sonreí sin ganas.
Acabamos juntos de ducharnos, frotándonos el uno al otro. Mi coño latía insatisfecho, deseando más, pero, aunque intenté entonar de nuevo a Mario dedicándome con esmero a asear su pene, no conseguí hacerle despertar.
Mario me preguntó entonces por el moratón en el pecho. Por fortuna, como Jesús había estrujado con ganas y por todas partes, no se apreciaban las marcas de sus dedos, sino simplemente un gran hematoma, así que pude engañarle diciéndole que había tropezado y había ido a estrellarme contra un mueble. Se ofreció a aplicarme luego un poco de  crema. Se lo agradecí.
Nos secamos y nos tendimos juntos en la cama, desnudos, y Mario pronto roncaba quedamente a mi lado.
Le contemplé durmiendo durante un buen rato, el rostro amado, pero que de pronto ya no parecía suficiente. Cuando me quise dar cuenta, mi mano se había deslizado entre mis muslos y había comenzado a masturbarme lentamente.
Con lágrimas de frustración en los ojos, busqué a MC en la mesilla y me encerré en el baño, pues no quería que Mario se enterara de lo que iba a hacer; sabía que se sentiría humillado al enterarse de que no había sido capaz de satisfacerme.
Y la verdad es que tendría razón.
Nos levantamos de la siesta, bastante descansados, Mario tras horas de reparador sueño y yo, por fin saciada gracias a MC.
Juntos preparamos la cena y comimos en la cocina, para no tener que recoger el salón y después nos acurrucamos en el sofá a ver una peli.
En ese momento me sentía en paz, feliz entre sus brazos, lo que me calmó muchísimo.
Ahora comprendo que, en realidad, ya había aceptado que Mario no era suficiente para mí y que ya había decidido lo que iba a hacer.
El resto del fin de semana fue muy tranquilo. Salimos a comer, a pasear, hicimos el amor… pero no logré alcanzar el orgasmo ni una sola vez con Mario y siempre acababa masturbándome a solas en el baño.
Pero no pasaba nada. Era un novio maravilloso.
Lo único malo fue que me dijo que el miércoles embarcaba de nuevo, pero que esta vez tardaría sólo 3 o 4 días en volver.
No pasaba nada. Era un novio maravilloso.
El domingo por la noche intentamos repetir el numerito de la ducha, pero no fue igual de intenso, supongo porque Mario estaba bastante saciado de sexo ese fin de semana o porque yo misma había aceptado que no iba a obtener mucho más de él.
Pero no pasaba nada. Era un novio maravilloso.
El lunes por la mañana me levanté temprano, apagando rápidamente el despertador para no despertarle.
Me duché y me quedé contemplándome desnuda en el espejo, mirando especialmente el moratón de mi pecho izquierdo que ya había empezado a amarillear. Me pasé una mano por los pechos, notándolos duros, en el que parecía haberse convertido en su estado habitual. Me pellizqué incluso los pezones, enviando pequeños y placenteros calambres a mi cerebro. Ya sabía lo que iba a hacer.
Me puse ropa interior sexy, tanga y ligueros de color negro y sostén a juego. Las medias de color carne, no iba a pasarme poniéndome unas de rejilla y escandalizando a los demás profesores; pero eso sí, la falda un pelín más corta de lo que solía ser habitual en mí. El suéter de color oscuro, con escote en pico, bien ajustado y ceñido.
Lo que importaba era que se viera bien el colgante que llevaba al cuello: un corazón atravesado por una espada.
No lo había tirado. Lo encontré en el bolsillo del abrigo que llevaba aquel día…
Me fui al trabajo en mi coche (que gracias a Dios estaba en el garaje, aunque no recordaba haberlo aparcado allí el miércoles anterior). Tuve que soportar en la sala de profesores las preocupadas preguntas de mis compañeros sobre los días que había estado enferma.
Un cólico nefrítico les decía, logrando así  que no indagaran más, pues ya se sabe que, cuando una chica tiene cagaleras, lo educado es no hacerle preguntas.
Impartí mis clases como siempre, más tranquila a cada minuto que pasaba. Pedí disculpas a los alumnos por haber faltado y pregunté si había alguien que quisiera apuntarse a las recuperaciones para subir nota, pues el plazo para hacerlo concluía el viernes y claro, yo no había venido. Apunté los nombres de un par de chicos que querían hacerlo y me marché a un aula de primero, donde repetí el proceso.
Después tenía una hora libre antes del recreo, pero estuve bastante liada preparando las copias de los exámenes de recuperación de los diferentes cursos y entregando los cuestionarios al claustro.
Y por fin, llegó la hora de ir a la clase de Novoa.
Yo temblaba por los nervios, pensando que quizás el chico había contado su hazaña entre los compañeros y ahora todos me mirarían acusadoramente. No pasó nada.

Los alumnos me recibieron como siempre, sin hacerme ni puto caso mientras charlaban en grupitos entre ellos. Asustada, mis ojos buscaron a Jesús en su pupitre, pensando que le encontraría como todos los días, mirándome fijamente.

 
Ni de coña. El chico estaba sentado en una mesa charlando con otros compañeros, entre los que estaba Gloria, la hija de mi vecino. Me quedé chafada.
Había imaginado cómo sería el momento en que volvería a encontrarme con él, había incluso visto su rostro con esa sonrisa sardónica que no me dejaba dormir por las noches mientras miraba con aire de triunfo el colgante de mi cuello.
Pero nada.
Me di cuenta de que algunos alumnos me miraban extrañados, pues llevaba varios minutos allí parada, dejándolos hablar a su aire sin poner orden y eso era algo muy raro en mí.
Despertando por fin, di unas palmadas ordenándoles callar y volver a sus asientos, cosa que hicieron como siempre, con cierta reluctancia.
Repetí la charla que había dado en las otras clases, pidiendo disculpas por mi ausencia y apuntando los nombres de los que querían sumarse a la recuperación. Y después inicié la clase.
Estaba nerviosísima, preocupada porque mis alumnos notaran que me pasaba algo extraño, pero supongo que, si lo notaron, lo atribuyeron a que había estado enferma.
Continué con la materia, pero mis ojos involuntariamente buscaban una y otra vez a Jesús, quien por primera vez en mucho tiempo se portaba con normalidad en clase, tomando apuntes con seriedad y atendiendo.
¿Qué coño pasaba? ¡Estaba enfadada porque aquel cabrón no me prestaba atención! ¡Aquello era el colmo! ¡Llevaba días sin dormir bien acordándome de él y ahora no me hacía ni caso! ¿Por qué?
¡Espera! ¡Quizás no había visto el colgante! El símbolo de mi aceptación de todo que había pasado y de todo lo que iba a pasar. ¡Seguro que era eso!
Más tranquila, volví a escribir unos ejercicios en la pizarra y les ordené que los resolvieran. Esta vez me fui directamente a por Jesús, nada de vagar por la clase y le pregunté directamente:
–         ¿Qué, Jesús? ¿Crees que podrás resolverlo? – le dije mientras jugueteaba ostentosamente con el colgante que llevaba al cuello.
–         Sin problemas, señorita Sánchez. Este fin de semana he estudiado mucho. No quiero volver a suspender su asignatura.
Sin duda había visto el corazón en mi cuello, pero no dio muestra alguna de ello, volviendo a bajar la mirada y a sumergirse en su tarea.
Yo estaba atónita, temblaba de ira. ¡Estaba pasando de mí! ¡Maldito cabrón, debería haberte denunciado! ¡Con el escándalo, habría destruido tu vida como tú habías hecho con la mía!
Utilizando hasta la última pizca de autocontrol que me quedaba, seguí paseando por la clase resolviendo dudas. Cuando llegó la hora de resolver el ejercicio, pedí voluntarios, más por costumbre que por esperanza de que hubiera alguno. Pero esta vez sí lo había.
–         ¡Señorita Sánchez! – dijo Novoa levantando la mano – Si no le importa salgo yo a hacerlo. El otro día me quedó muy mal cuerpo por no haber sabido resolver el problema.
El angelito. Qué tierno.
Mientras yo le dirigía miradas con todo el veneno que era capaz de reunir, Novoa fue a la pizarra, dejando incluso su cuaderno encima de la mesa, como si no lo necesitara. Resolvió el ejercicio en un visto y no visto y se volvió hacia mí esbozando la sonrisilla que yo tan bien conocía, mientras sus ojos se clavaban en el colgante de mi cuello.
–         ¿Está correcto, señorita?
Yo asentí y permití que regresara a su pupitre.
Bueno, no todo estaba perdido. Aquella sonrisilla había hecho que se me erizara el vello de la nuca y que un súbito pinchazo de excitación se me clavara en las entrañas. Seguro que al final de clase me daría lo que yo estaba buscando…. Y necesitaba.
Pero no. Cuando el timbre sonó, Jesús recogió sus cosas como los demás y se largó charlando con un compañero, sin dirigirme ni una sola mirada. No podía creerlo.
Frustrada, regresé a casa para descubrir con sorpresa que ni siquiera me apetecía hacerlo con Mario. Él, que es un sol, se había encargado de preparar el almuerzo y me esperaba con todo listo. La comida estaba muy buena y la conversación, como siempre, era amena e inteligente, pero mi mente estaba en otra parte, pensando en Jesús y en por qué no me había hecho ni caso.
Me acosté con Mario más por inercia que por otra cosa. Él se encargó de casi todo el trabajo, vaciando sus huevos dentro de mí y derrumbándose agotado a mi lado.
Y el día siguiente no fue mejor, pues los martes no tenía clase con el grupo de Novoa. Aún así me las arreglé para verle en los descansos entre clases, pasando como quien no quiere la cosa cerca de su aula, pero él no me prestó ni la más mínima atención.
Empezaba a desesperar.
El miércoles Mario y yo nos levantamos muy temprano. Nos duchamos por turnos y cogimos el coche, pues yo iba a llevarle en coche hasta casa de un compañero y así juntos podrían ir al aeropuerto.
Además me encontré con que allí estaba Pili, la guapa azafata rubia con la que tanto me disgustaba que anduviese Mario, que también iba con ellos; pero aquella mañana me importó un pimiento que aquella zorra zascandileara alrededor de mi hombre. Estaba que echaba humo.
Pero todo cambió.
Dediqué la mañana a los exámenes de recuperación, mostrándome más feroz con mis alumnos de lo habitual. Al ser controles sólo para los suspensos, en cada clase tenía que enfrentarme a lo sumo con diez o doce alumnos, por lo que era fácil sentarlos separados unos de otros. En cuanto tenía la más mínima sospecha de que alguno podía estar copiando le llamaba la atención, y si la sospecha era algo más que mínima le expulsaba de clase sin miramientos.
Así me cargué a cuatro alumnos en diferentes exámenes, por lo que, cuando llegó la última hora, la del grupo de Novoa, ya se había extendido el rumor entre los alumnos de que yo estaba hecha una fiera y que cateaba al que fuera sin motivo.
Y al que sin duda iba a catear estaba en aquella clase.
Como un huracán entré en el aula y arrojé los papeles encima de mi mesa, sí, aquella en la que tan sólo una semana atrás Jesús me había follado como a una perra.
Levanté la vista y me encontré con 14 alumnos de ambos sexos, entre suspensos y los que querían subir nota, que me miraban inquietos, pensando que aquella furia iba a catearlos sin remedio.
Todos menos uno, que me miraba con su habitual sonrisa de autocomplacencia. Me dejó parada.
Por fin, reaccioné y les ordené que se sentaran dejando al menos 2 pupitres libres entre cada uno.
–         ¡Por delante y por detrás! – les grité.
Jesús, mirándome con la sonrisa que me hacía estremecer, se fue derechito al final de la clase y se sentó en el último pupitre. Mirándome con descaro, inclinó su silla hacia atrás, dejándola apoyada en las patas traseras y recostándose contra la pared del fondo del aula.
Me estremecí, mi corazón iba a mil por hora, consciente de que algo se traía entre manos.
Temblorosa, recorrí las mesas dejando boca abajo las hojas de examen, mientras repetía la letanía propia de esas situaciones:
–         Nada de calculadoras, ni papeles raros. Los folios, los que os entrego yo con mi firma. Tres para cada uno; si necesitáis más (que no creo) me los pedís. Las respuestas en limpio en la hoja de examen, pero me entregáis también las otras hojas con el desarrollo. Al que no me entregue todas las hojas con mi firma lo suspendo, aunque estén en blanco. Y, obviamente, al que pille hablando o copiando ya sabe dónde está la puerta.
Mientras hablaba, me fui aproximando a la mesa de Novoa, que estaba solo al fondo. Tragué saliva, pues la boca se me había quedado seca. Sabía que algo iba a pasar, pues el chico me miraba fijamente con su sonrisa descarada en el rostro.
Por fin, le entregué el examen y me di la vuelta, contemplando a todos los alumnos de espaldas a mí, esperando nerviosos el comienzo de la prueba.
En ese preciso instante, noté que la mano de Novoa me agarraba por la muñeca, sujetándome. Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies y, lentamente, desvié mi mirada hacia él.
El chico, sin dejar de sonreír, soltó mi mano, sabedor de que yo no iba a irme a ninguna parte. Con aire displicente, llevó sus manos a su bragueta y la abrió, aprovechando para sacar hábilmente su erecto nabo del pantalón y dejarlo al aire, mirando al techo.
El corazón parecía ir a salírseme por la boca, mientras mis ojos permanecían clavados en la formidable erección de mi alumno. Me sentía incapaz de moverme, poseída por el intenso deseo de dejar que aquel chico me poseyera allí mismo, delante de sus compañeros, en la mesa o en el suelo, me daba igual.
Entonces Jesús me hizo un gesto con la cabeza, apuntando hacia el resto de la clase. Con un vuelco en el corazón, volví a mirar a los chicos, asustada por si alguno había contemplado la escena, pero todos permanecían de espaldas a nosotros, esperando a que les diera permiso para iniciar el examen.
Haciendo de tripas corazón, reuní fuerzas suficientes para hablar y darles las últimas instrucciones.
–         A… a partir de ahora – balbuceé – Tenéis hora y media para hacer el examen.
Mientras hablaba, por el rabillo del ojo contemplaba el excitado falo que Jesús exhibía impúdicamente.
–         Os quiero a todos con la vista en vuestro pupitre. Al que vea que la levanta le suspendo. No olvidéis que, desde aquí atrás, os veo perfectamente a todos. Si alguien tiene alguna duda, que levante la mano que ya me acercaré yo. Podéis darle la vuelta al examen.
La clase se llenó del sonido del revuelo de hojas al ser giradas y ordenadas. Todos los chicos, advertidos por sus compañeros de los controles vespertinos, optaron por obedecerme al pie de la letra y se inclinaron sobre sus papeles, sin atreverse a mirar ni a los lados.
Perfecto para mí.
Lentamente me acerqué todavía más al pupitre de Jesús, hasta que mi pierna quedó pegada a su silla. Con miedo por si algún alumno me veía, pero con una calentura que no era normal, me agaché un poco para que su enhiesto nabo quedara a mi alcance. Con torpeza pero con avidez, mis dedos ciñeron su ardiente barra, acariciándola con dulzura mientras su calor penetraba en mi piel.
Podía notar que mi coño estaba encharcado, mis sexys braguitas estaban empapadas, mientras yo apretaba con fuerza los muslos, tratando de acentuar el placer.
Lentamente, comencé a deslizar mi mano sobre el enardecido falo, haciéndole una silenciosa paja al chico mientras todos sus compañeros se concentraban en su examen. Como yo estaba de pie, debía agarrársela de arriba abajo, con el pulgar apuntando hacia su ingle, no hacia arriba como es habitual en estos casos.
Seguí masturbándole durante varios minutos, mirando a su rostro sonriente y controlando como buenamente podía al resto de chicos. Incluso en un par de ocasiones, con una sangre fría que me sorprendió, reprendí a alguno obligándole a agachar todavía más la cabeza, no porque se hubieran movido ni un centímetro, sino para meterles el miedo en el cuerpo y evitar que de verdad miraran a otro lado.
Seguí con la paja, notando cómo aquella verga se endurecía cada vez más. A medida que ganaba confianza, fui incrementando el ritmo, poseída por el increíble morbo que tenía la situación, sin importarme ya que nos pillaran. Mi cerebro empezó incluso a desvariar…
–         No importa que nos pillen – pensé – Si eso pasa le haré también una paja al que sea y conseguiré que no cuente nada. A ver, ¿Quién va a ser el afortunado?
Jesús gemía muy bajito, tapándose la boca con las manos, ahogando el placer que yo le estaba suministrando. Podía percibir que estaba a punto de correrse pero, justo entonces, una chica levantó la mano y me obligó a abandonar mi premio.
Bastante molesta, caminé por el aula hasta la mesa de la chica y le pregunté que qué quería, con un tono algo más seco de lo que hubiera querido.
Tras resolver su duda, paseé entre los pupitres lentamente, para que los alumnos no notaran que volvía disparada junto a Jesús, aunque lo que me pedía el cuerpo era saltar por encima de las mesas para regresar junto a la polla que se había adueñado de mi alma.
Usando toda la resistencia que pude reunir, volví despacito con él y me dispuse a reanudar mi tarea.
Pero entonces Jesús negó con la cabeza. Estirando la mano, señaló los folios que había sobre la mesa. En uno de ellos, había escrito en letras grandes:
NO QUIERO MANCHARME LA ROPA.
Entendí perfectamente lo que quería, por lo que le miré con los ojos desorbitados por el pánico ¿Estaba loco? ¡Aquello era demasiado!
Pero él no se inmutó y se limitó a agarrarse la polla por la base y a hacerla oscilar lentamente.
Con la cabeza medio ida, miré a mi alrededor, encontrándome únicamente con alumnos concentrados en su examen. Completamente sometida a los deseos del chico, me arrodillé lentamente junto a él y, muy despacio, fui deslizando su ardiente estaca entre mis labios.
Con mucho cuidado y rezando para que nadie se diera la vuelta, comencé a chupar aquella deliciosa polla que me llenaba por completo la boca. Podía sentir los latidos del corazón de Jesús en las venas de su pene.
–         ¡Menuda forma de tomar el pulso! – pensó mi enloquecido cerebro.
Muy lentamente, dejé que mis labios se deslizaran por todo el tronco, mientras mi lengua bailaba alrededor de él. El morbo de todo aquello me tenía medio loca de excitación, así que, como pude, apreté mi entrepierna con una mano, pensando en meterla bajo la falda y acariciarme, pero el último vestigio de cordura que me quedaba me hizo desistir, pues si me tocaba el coño seguro que me ponía a aullar, con lo que mi vida como maestra acabaría en un segundo.
Por fin, noté que la polla entraba en tensión, preludio de que iba a vomitar su carga. Jesús sujetó mi cabeza contra su ingle, para evitar que me retirara, pero no era necesario, pues yo estaba decidida (y deseosa) a tragarme toda su leche.
Su verga entró en erupción con fuerza, disparando su carga directamente en mi garganta, provocándome incluso arcadas que, por fortuna, fui capaz de reprimir. El espeso semen se derramó por toda mi boca, mientras yo chupaba y bebía decidida a obedecer el deseo de Jesús.
Me lo tragué todo y no fue hasta que noté que el nabo del chico empezaba a menguar que no lo saqué de mi boca, deslizando lentamente los labios sobre él para limpiar hasta el último resto de saliva y semen.
Tras sacarlo, miré de nuevo a la clase, acordándome por fin de que allí había más gente, pero nadie se había dado cuenta de nada. O eso pensé.
Torpemente, pues las rodillas me temblaban, me levanté y me alisé la ropa, sin quitar ojo al resto de chicos. Miré a Jesús y vi que se había guardado la polla en el pantalón. Aquello no me gustó. ¿Y qué pasaba conmigo? No sé qué esperaba, quizás que me subiera en su regazo y me follara allí mismo.
Con un simple gesto, Jesús me despidió y yo volví a quedarme frustrada, dolorida y caliente al máximo, como últimamente me pasaba siempre. Como pude, dediqué el resto del tiempo a pasear entre las mesas, vigilando el examen.
Cuando llegó la hora, les ordené que dejaran de escribir.
Como sabía que Jesús había escrito aquello en una de las hojas de examen, no podía arriesgarme a que otro alumno la leyera, así que le pedí a él mismo que se encargara de recoger todos los exámenes, mientras yo me sentaba a mi mesa.
Él obedeció con presteza, recogiéndolos todos y entregándomelos. Encima de todas las hojas, estaba la que tenía escrito el mensaje, sólo que estaba tachado y ahora ponía otra cosa.
NO TE VAYAS A CASA TODAVÍA. ESPERA UN RATO.
Un aguijonazo de placer se clavó en mi coño, haciéndome apretar los muslos bajo la mesa, con el corazón a punto de salírseme por la boca.
Pronto, todos los alumnos abandonaron el aula y yo me quedé allí sola, obediente, esperando que Jesús regresara.
Me hizo esperar más de 10 minutos, hasta que, finalmente, la puerta del aula se abrió y apareció Jesús haciéndome un gesto para que me acercara.
Poco me faltó para salir corriendo tras de él, pero logré reunir la suficiente dignidad para poder caminar tranquilamente. Aunque mi ánimo estaba de todo menos tranquilo.
Salí al desierto pasillo del instituto, mirando a los lados para asegurarme de que no había nadie.
Jesús me esperaba cerca, junto a la puerta de los lavabos. Intrigada, me acerqué y le interrogué con la mirada acerca de la extraña elección de escenario, ante lo que él contestó:
–         Es que siempre he deseado follarme a una profesora en el lavabo de los tíos.
Bastó que pronunciara la palabra “follarme” para disipar todas mis dudas, por lo que le seguí como una corderilla.
Parecerá una tontería, pero nunca antes había estado en unos lavabos masculinos. Los había visto en películas y eso, pero era la primera vez que entraba en uno. Miré a los lados con curiosidad, viendo que eran parecidos a los nuestros, había menos cubículos de retretes, pero a cambio había varios urinarios. En cuanto al espejo, era igual que el nuestro, con lavabos delante de él.
–         Mírame – me ordenó.
Yo obedecí instantáneamente.
–         Buena chica –  me sonrió – Vaya, veo que no has tardado mucho en aceptar lo zorra que eres.
No repliqué. Me daba igual que me insultara, sólo quería que me la metiera de una vez.
–         Muy bien, me gusta que no me repliques – dijo sonriente – Súbete la falda.
Obedecí en el acto, tironeando con la prenda hasta subírmela por encima de la cintura. Jesús se agachó frente a mí y me inspeccionó la entrepierna, forzándome a separar un poco los muslos.
–         ¡Joder! ¡Estás empapada! ¡Menuda puta estás hecha!
Era verdad.
–         ¿No dices nada? – me espetó.
–         ¿Qué quieres que diga?
–         Quiero que admitas que no eres más que una golfa, que te encantó que te follara el otro día y que estás deseando que vuelva a hacerlo.
–         Es verdad – asentí.
–         ¡Dilo!
–         ¡Soy una puta! – exclamé – ¡Y desde que me follaste no he podido pensar en otra cosa! ¡Y estoy deseando que vuelvas a hacerlo!
Creo que mi intensa respuesta le sorprendió un poco, no sé por qué a juzgar por los líquidos que fluían de mi coño y resbalaban por mis muslos, pero enseguida se recuperó y su sonrisa volvió a sus labios.
–         Así que quieres que te folle… ¿eh?
–         Sí.
–         Bueno, como has sido una buena chica te haré el favor, pero es la última vez que hago lo que tú quieras. A partir de ahora sólo haré lo que quiera yo… Y tú también…
–         Lo que tú digas – gimoteé – Pero fóllame ya…
–         Señor….
–         ¿Cómo dices? – dije sin comprender.
–         Llevo dos años llamándote Señorita Sánchez y ahora tú me vas a llamar Señor Novoa, o Amo, porque quieres algo que yo tengo y si no, no te lo voy a dar, ¿entiendes?
–         Sí, Señor.
–         Vaya… lo coges rápido. ¡Date la vuelta!
Como un resorte, me giré quedando de espaldas a él. Pude contemplar nuestro reflejo en el espejo, allí con la falda subida hasta la cintura y el coño chorreándome por las patas abajo.
–         ¡Joder qué culo tienes, cabrona! – exclamó mientras se acercaba por detrás y plantaba sus manos en mis nalgas.
El chico pegó su cuerpo contra el mío, empujándome, sin dejar de estrujar mi tierno culito. Yo me sujetaba como podía a los lavabos, tratando de no caerme y estrellarme contra el espejo.
–         Bonito tanga – me susurraba al oído – Me encanta que las putitas sean buenas y me obedezcan.
–         Sí, Señor – siseé – Pero, por favor, ¡fólleme ya!
–         Vale, vale, putita, voy a darte lo tuyo.
Bruscamente, se apartó de mí y se desabrochó la bragueta, sacando su de nuevo enhiesto falo de su encierro.
–         ¡Quítate las bragas! – me gritó.
Y yo obedecí como un rayo, arrojándolas a un lado sobre los lavabos.
Se acercó hacia mí y, agarrándome por la cintura, apoyó su miembro contra mi grupa, donde empezó a frotarla.
–         Dime, guapetona – me susurró al oído – ¿Te han dado por el culo alguna vez?
Un estremecimiento de terror sacudió mi cuerpo. ¡No! ¡Eso no era lo que necesitaba!
–         N… no – balbuceé.
–         ¿En serio que eres virgen por el culo?
Asentí temblorosa con la cabeza.
–         Pero, ¿tu novio es gilipollas o qué? ¡Tener a su disposición semejante culo y no estrenarlo!
Recordé las charlas que había tenido con Mario al comienzo de nuestra relación, cómo había fijado unos límites claros en materia de sexo y como él, tan racionalmente como lo hacía todo en la vida, había aceptado sin rechistar mis deseos, sin insistir en lo mucho que le apetecía encular a su noviecita (como a todos los tíos ¿verdad?).
–         Bueno, entonces lo dejaremos para otro día. Hoy no tenemos mucho tiempo.
Ahora sé que él ya tenía en mente el día en que mi culo estaría a su disposición.
Más calmada, ahora que sabía que no iba a darme por saco, me incliné hacia delante yo misma, sin esperar instrucciones, ofreciéndole mi ardiente rajita manteniendo mis muslos bien separados, apretándome tanto como pude contra su tieso bálano.
–         ¡Vale, vale, cordera! – rió Jesús – ¡Ábrete el coño que allí voy!
Y obedecí.
Una vez más, el cipote de Jesús se abrió paso en mis entrañas de un tirón. Me sentí tan llena de carne que mis pies despegaron del suelo un momento, en el que juro que levité y todo. Mi rostro quedó apretado contra el espejo debido al zurriagazo que me había propinado en el coño y, cuando él se echó hacia atrás, me arrastró consigo empalada en su verga.
–         ¡AAAAAAHHHHHHH! – Aullé a sentirme llena de polla.
–         ¿Te gusta, zorra? ¿Te gusta? – gritaba Jesús sin dejar de bombearme.
Cerré los ojos y me dediqué a disfrutar. Mi postura era más estable, pues conseguí afirmar bien los pies en el suelo y apoyar la cintura en el lavabo, con lo que conseguía soportar los culetazos con mejor equilibrio. A Jesús no le importaba nada de esto y seguía martilleando mi coño con su herramienta, que se hundía en mis entrañas, colmándolas por completo.
¡Sí! Aquello era por lo que llevaba una semana suspirando. ¡Aquella polla era todo lo que necesitaba! Me sentí mucho más feliz que en mucho tiempo. Había encontrado mi sitio en el mundo.
–         ¡Abre los ojos, zorra! ¡Quiero que veas tu cara de puta mientras te follo!
Abrí los ojos y me miré en el espejo. Me encontré con una desconocida, con la cara desencajada por el placer, que recibía los arreones del chico como si le fuera la vida en ello.
De pronto, Jesús me agarró un muslo y tiró hacia arriba, obligándome a levantar la pierna del suelo. Hizo que la pusiese sobre el lavabo, de forma que mi coño quedaba totalmente abierto a él.
Para no caerme, apoyé directamente las manos en el espejo, sujetándome a duras penas para no caerme.
Fue entonces, estando abierta de patas al máximo, cuando mis entrañas entraron en erupción y un impresionante orgasmo devastó mi cuerpo.
–         ¡Me corro! ¡Me corro! – aullaba mientras mis manos resbalaban contra la superficie de cristal.
–         ¡Sí, puta, córrete! ¡Que yo seguiré follándote!
Incapaz de sostenerme, caí de bruces resbalando sobre el lavabo. Afortunadamente, Jesús me sujetó y evitó que me abriera la cabeza, aunque dudo que eso le hubiera importado. Sin desclavarme ni un segundo, me ayudó a ponerme a cuatro patas en el suelo, donde, tras arrodillarse tras de mí, continuó follándome como un poseso.
–         ¡Ah, puta, me ha gustado! ¡Cómo apretaba tu coño mientras te corrías! ¡No dirás que no soy bueno, te hago correrte una y otra vez!
Decía la verdad, allí postrada, tirada debajo de los lavabos, viendo la mierda y la suciedad que se acumulaba allí debajo, sometida y humillada por completo, no paraba de correrme una vez tras otra. Mi coño era una fuente donde la barra de Jesús se hundía rítmicamente, chapoteando en mis flujos como si fuera una perforadora buscando petróleo.
Finalmente, Jesús se corrió. Me la clavó hasta el fondo, tan adentro que podía sentir sus huevos aplastándose contra mi culo.
–         ¡Voy a correrme dentro, guarra! – me dijo inclinándose sobre mí.
–         No… no pasa nada – balbuceé – Tomo la píldora…
–         ¿Y te crees que eso me importa?
Su leche volvió a llenarme por completo, esta vez en mi interior. Menudo día, primero me había rellenado de semen por arriba y ahora lo hacía por abajo… Completito.
Podía sentir su ardiente semilla derramándose en mi vientre, golpeando las paredes de mi útero, llenando por completo mi ser.
Una vez más, cuando hubo acabado, Jesús se levantó y se compuso la ropa, demostrando una vez más que, para él, yo era un simple recipiente en el que vaciar los huevos. No me importó.
–         ¡Vístete puta, que tienes que llevarme a casa!
Obediente, me puse en pié como pude. Con torpeza, desenrollé mi falda de la cintura y la bajé, mientras sentía cómo su semen volvía a deslizarse por la cara interna de mis muslos. Como un autómata me arreglé lo mejor que pude y me dirigí al lavabo donde había dejado mi tanga.
–         ¡Déjalo ahí! – dijo de repente.
–         ¿Qué? – respondí sin comprender.
–         ¡Que dejes tus bragas ahí tiradas! – me espetó – ¡Que no tenga que repetírtelo!
Resignada, le hice caso y dejé mis mojada braguitas sobre el lavabo. Imaginé que, si no las encontraba una de las limpiadoras, servirían como trofeo a algún adolescente pajillero, para una buena temporada.
–         ¡Vámonos! – dijo saliendo del baño.
Y yo le seguí como la perrita obediente que era.
Pero esta vez, Jesús no caminó delante de mí, sino que me abrazó por la cintura, posando su mano directamente en mi culo.
–         Pe… pero… Señor… – recordé el tratamiento en el último segundo – El conserje podría vernos.
–         No te preocupes, putita, seguro que no está en la puerta.
Era verdad. Una vez más el conserje estaba ausente de su puesto. Podría haber pensado que era una casualidad sino fuera porque intuía que Jesús tenía algo que ver con aquello.
Montamos en el coche y arranqué en dirección a su casa, conforme a los datos que Jesús acababa de suministrarme . Él como quien no quiere la cosa, puso su mano izquierda en mi muslo, acariciándolo delicadamente, casi con cariño.
–         Has sido una putilla muy buena – me dijo entonces.
–         Gracias – respondí sin pensar.
–         ¿Gracias, qué? – dijo apretando sobre mi muslo.
–         Gracias, Señor – respondí.
–         Por esta vez te perdono – respondió él reanudando su caricia.
Conduje en silencio, rememorando los sucesos de la mañana. Me encontraba satisfecha, quizás como nunca antes lo había estado. Pero sentía que quería más, mucho más…
El tráfico se hizo más denso, con lo que tuve concentrarme en la conducción. Un poco más adelante, se veía una obra en la calle, por lo que se había formado caravana. Atrapados en medio, no tuve más remedio que detener el coche a la espera de que los de delante arrancaran.
Justo entonces se detuvo a nuestro lado un autobús municipal. Distraída, miré por la ventanilla al vehículo y me encontré con algo a lo que ya estaba acostumbrada. Sentado junto a la ventanilla que estaba a la altura de mi coche, estaba un vejete que contemplaba desde arriba mis muslos, pues la falda se me había subido un poco al conducir. Además, seguro que, desde su posición, el viejo verde podía ver la mano de Jesús acariciándome la cacha.
No era la primera vez que veía a un viejo de estos, sin duda del mismo grupo que se dedican a manosear jovencitas en el metro, sólo que éste era del tipo voyeur. Me removí inquieta en el asiento, molesta por el viejo salido y traté de colocarme bien la falda.
–         ¿Qué te pasa? –me interrogó Jesús.
–         Nada – respondí – Hay un viejo asqueroso mirándome las piernas desde el autobús.
–         Comprendo.
Pasaron unos segundos de absoluto silencio, y supe que algo iba a pasar.
–         Súbete la falda – dijo Jesús de repente.
–         ¿Qué?
–         Ya me has oído. Súbete la falda y dale al ancianito un buen espectáculo. Se lo merece…
Mientras me daba esa orden, su mano volvió a oprimirme con fuerza el muslo, obligándome a obedecer. Su voz, firme y dura, me había puesto la piel de gallina, con lo que me di cuenta de que estaba excitada otra vez.
Yo, con la mente obnubilada, hice caso de su orden y, levantando el culo del asiento, me las arreglé para volver a enrollarme la falda en la cintura dejando mi coñito expuesto ante los desorbitados ojos del viejo verde.
–         ¡Mírale! – me ordenó.
Obedecí, encontrándome con los ojos como platos del anciano. Seguro que en toda su carrera de voyeur no se había encontrado en una situación como aquella.
–         ¡Tócate!
No dudé ni un segundo antes de llevar mi mano a la entrepierna y comenzar a frotarme el coño, todo sin dejar de mirar la cara al extasiado anciano. No me estaba masturbando realmente, sino frotando ostentosamente mis labios vaginales con la mano, para ofrecerle un buen show al vejete.
–         Usa tu mano libre.
Me volví hacia Jesús y vi que había vuelto  a sacarse la polla. Sin dudarlo, se la agarré con la mano derecha y comencé a pajearle, dándole al viejo el espectáculo de su vida.
Estaba cachonda perdida pero, por desgracia, el tráfico se aclaró y el autobús arrancó, dejándonos atrás. Seguro que el viejo lo lamentó profundamente.
Al poco, también nosotros pudimos arrancar, por lo que tuve que apartar mi mano izquierda del coño para llevarla al volante. Pero no solté la verga de Jesús, que seguí pajeando como podía.
Para hacer los cambios de marcha tenía que soltar el volante para agarrar la palanca de cambios con la izquierda (una palanca en cada mano), pero, al ir en ciudad, con marchas cortas, me apañé bastante bien.
Creo que más de un peatón se dio cuenta de lo que pasaba en el coche, pues podía verlos en el retrovisor mirándonos estupefactos, pero ya me daba todo igual.
Poco después llegamos a la calle de Jesús, pero él me hizo pararme un centenar de metros antes de su portal, junto a la acera.
–         Vamos, acaba de una vez – siseó.
Yo redoblé mis esfuerzos masturbatorios, pero no era eso lo que él tenía en mente.
–         ¿Qué coño haces? ¿No te dije antes que no quería mancharme la ropa?
Sin rechistar, me incliné hacia el asiento del copiloto y, por segunda vez ese día, me encontré con la boca llena de la verga de Jesús Novoa.
–         ¿Has oído la expresión “Todas putas”? – me preguntó el chico mientras se la comía.
–         Sgllii – asentí yo con la boca llena de polla.
–         Es una expresión machista – continuó él – ¿Y sabes qué? Es completamente falsa.
Yo seguía a lo mío, comiéndole la chorra con pasión mientras me masturbaba con una mano hundida entre los muslos, aunque eso sí, prestando atención a todo lo que él decía.
–         Es mentira que todas las mujeres sean unas putas. Las hay que les gusta el sexo, pero sin obsesionarse con él, las hay que llevan una vida sexual sana e incluso a las que no les va mucho, hay de todo. ¿Entiendes?
Asentí sin dejar de chupar.
–         Lo que tienes que comprender, lo que es importante que aceptes es que ¡TÚ SÍ ERES UNA PUTA!
Mientras decía esto me agarró por la barbilla y me levantó la cabeza, para poder clavar sus ojos en los míos.
–         ¿Me entiendes Edurne? ¿Verdad que sí? ¡Pues, dilo!
–         Soy una puta – respondí sin dudar.
–         Estupendo. Una puta de las güenas, como decía Torrente. Acaba de una vez – dijo soltando mi cabeza.
Yo reanudé la mamada sin perder un segundo.
–         Y eso es lo que pasa conmigo. No sé por qué, pero a las guarras como tú las detecto de lejos. No a todas, no creas, a algunas las encuentro tras acostarme con ellas, otras tras un par de citas, pero a ti… en cuanto te vi lo supe.
Un escalofrío azotó mi cuerpo.
–         Esa manera de comportarte, tan estirada… esa manía de obligarnos a tratarte de usted, ese aire de suficiencia… estabas pidiendo a gritos un macho que te domine y te diga lo que has de hacer…
Me di cuenta de que estaba cachondísima perdida y fue entonces, en aquel preciso instante, cuando lo comprendí todo.
En los últimos días yo había pensado que lo que me pasaba era que había quedado enganchada a la polla de Novoa, que su manera de follar, unida a que tenía una verga bastante más respetable de lo que yo estaba acostumbrada, me habían vuelto una “adicta” a su polla.
Pero no era así… lo que me sucedía era que yo era una perra sumisa. Lo que me encendía era cumplir las órdenes que un macho fuerte y firme me daba. Lo que me ponía era obedecer, que era justo lo que me faltaba con Mario, que era un macho beta arquetípico, sumiso y complaciente.
Fue una catarsis, por fin entendí las implicaciones de lo que me pasaba, comprendí el significado de lo acontecido en la última semana… ¿y saben qué?… Me dio igual. Lo único que sabía era que tenía una polla en la boca, me habían ordenado hacer que se corriera y así iba a hacerlo…
Por fin, Jesús se derramó en mi boca. Menos que antes, pero aún así soltó una cantidad bastante respetable teniendo en cuenta que era su tercera corrida en poco tiempo. Obediente cual perrita, lo tragué todo sin dejar gota y, tras hacerlo, guardé su verga en el pantalón y le cerré la cremallera, para que viera lo buena que yo era y me diera mi premio.
Pero Jesús tenía prisa, pues, mirando el reloj, abrió la puerta del coche y bajó, dejándome una vez más, insatisfecha. Se volvió y se inclinó para darme las últimas instrucciones.
–         Edurne, nena…
–         ¿Sí, Amo? – respondí llamándole así por vez primera.
–         Mañana tienes el día libre. Tengo cosas que hacer así que, probablemente me salte el instituto, pero el viernes…
–         ¿Sí?
–         Ven a clase con otro bonito tanga. Me gusta ese liguero, pero que las medias sean negras. Y otra cosa…
–         ¿Ahá?
–         Prepara tu culo….
Continuará.
                                                                                TALIBOS
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