PORTADA ALUMNA2

Me costó la misma vida que Ana aceptase la oferta de viajar conmigo. A pesar de mi insistencia, unas veces de forma más sutil y otras más inoportuna, ella siempre me ha dejado claro que mi condición de separado nos hace incompatibles para realizar ciertas cosas juntos. Y yo, con resignación, acepto su criterio, pero para como sé que le encanta viajar no dejo de hacerle propuestas para ello.

Ana es una diosa, un sueño de mujer, alta, preciosa, con las sonrisa siempre en su cara, pelo castaño clarito ligeramente rojizo, un pecho rotundo, explosivo, culo redondo duramente esculpido en sus obsesivas clases de spinning, y una piel fina, sedosa, suave suave que hasta ese momento no había tenido la ocasión de acariciar… Pero no nos adelantemos, no sólo eso era lo que me tenía loco, Ana es una chica culta, irónica, sabe ser atrevida y morbosa, pero también discreta, dulce y cariñosa. Podría ser la madre ideal de mis hijos, pero también recordar solamente lo que pasó para ponerlo en el relato y lo que hice con ella me produce una excitación brutal.
Lo que ocurrió fue extraño, algo así como cuando decimos que se alinean los astros a nuestro favor. En realidad este año llevaba idea de dedicar una parte de mis vacaciones a ir a Australia. Desde hacía poco vivía allí uno de mis mejores amigos y junto con Gálvez, también gran amigo y copartícipe de muchas aventuras, pensaba disfrutar un recorrido por allí. Nuestro viaje, en plan Thelma y Louise masculino, planeaba recorrer gran parte de la isla y saborear la esencia de esa parte remota del mundo, tantas veces imaginada a través de libros y películas.
Desgraciadamente, unas circunstancias laborales impidieron a Gálvez la realización del viaje y, no atreviéndome a viajar yo solo para allí decidí aceptar la propuesta de mis amigos de posponer el viaje un año. Como consecuencia de ello y, con cierta rabia, me sentí decidido a realizar un viaje yo sólo, pero esta vez por España. Por supuesto insistí repetidamente a Ana que me acompañase al menos en una parte del viaje y ella, con su sonrisa y cercanía habitual me aclaró una vez más que estaría junto a mí al menos en la primera etapa, una bella ciudad de interior, patrimonio de la humanidad y, por supuesto, dejando claro que íbamos en calidad de amigos.
Las cosas cuando no se esperan son siempre más satisfactorias. Pero vayamos por partes, fui a recoger a Ana y allí estaba, esperándome delante de su portal con su maleta azul y beige, una minifalda vaquera de infarto y una camisetita de tirantes. Mi primer comentario irónico fue que no me iba a poder centrar en la carretera con ella vestida así a mi lado, a lo que ella, continuando con la broma, contestó que si no me gustaba su ropa se podría cambiar en un arcén y que tenía faldas más cortas. Ufffff, sólo me faltaban esos comentarios para que la presión dentro de mi pantalón aumentase imaginándome la escena. Por supuesto, sabía que era una broma de las mil que nos fuimos lanzando y que solían acabar con leves manotazos sobre mi brazo desnudo, a veces acompañados de caricia sobre la piel cuando notaba que se había pasado en el golpe y no podía defenderme por ir conduciendo.
Los inconvenientes de viajar con una chica adorable es que tienes que recorrer todas las tiendas de artesanía, productos y cachivaches originales que abundan en los lugares turísticos de España. De todas formas, las ventajas superaban con creces a los inconvenientes, no sólo por las furtivas miradas que podía dirigir a su cuerpo, los roces despistados que a veces ocurrían por azar, algún beso en la mejilla que me llevé cuando la hacía reír, o la cara de envidia que notaba en los hombres de toda condición con los que nos cruzábamos, yo diría que incluso en alguna mujer. De una de las tiendas en cuestión salió con carita de felicidad y con 2 lindos frasquitos de fino cristal gracias a los cuales ocurrió lo que voy a contar. Aún guardo parte de ellos como talismán.
 
Yo le dije, “qué bien, has traído licores para que te emborrache, luego no te quejes de lo que vaya a pasar Anita”
Ella, mostrándome las botellitas con su mejor sonrisa contestó, “Eres un listillo, no son licores son aceites corporales, uno con esencia de almendras dulces y otro de rosa de mosqueta. Mis favoritas, y mira que botellitas más monas, me he enamorado de ellas, así que lo que va a pasar si te los bebes es que te llevaré al hospital a que te curen”.
Yo siempre seguía con mi actitud “si me cuidas tú de enfermera con una faldita parecida a la que llevas me los bebo ahora mismo”.
“Buscaré un turno en el que sólo haya enfermeros hombres con bigote, pero si quieres les dejo alguna de mis minis” decía mientras mostraba su falda y yo me moría por seguir la línea de sus piernas hacia arriba.
Llegamos al hotel. Un antiguo palacio recientemente reconvertido por una cadena hotelera de las habituales. Nos dejó muy gratamente sorprendidos y encantados con la habitación que nos asignó el chico de recepción después de dar el habitual “repaso visual” a Ana y yo poner la cara que se estaba también haciendo habitual en mí de disgusto hacia todo hombre cercano. Teníamos 2 grandes camas pero, para mi alegría, juntas. Un pequeño balconcito desde el que se veían los tejados de la ciudad vieja, y un baño moderno con una ventanita de madera original del palacio, una bañera grande y una ducha acristalada. Ana, con una sonrisa de triunfo en la boca, puso las 2 botellitas de aceite en el alféizar de la ventana, como redondeando la decoración de nuestro refugio de las próximos 2 días.
La ciudad, preciosa. La visita guiada, genial. Las bajadas a los aljibes mágicas, por el frescor, la oscuridad, por que se sujetaba continuamente a mi brazo, por los roces ocasionales con su pecho y, claro, por la belleza de los lugares. Subía excitado y mirando sus piernas y su culo ummmm. Lo de agarrarse a mi brazo empezaba a hacerse una costumbre excitante. Lo de sentir su pecho contra mí, ufffffff, sus tetas redondas no lo puedo describir con palabras. Curiosamente ella siempre se ha metido conmigo diciendo que mi brazo no estaba lo suficientemente duro y musculado y yo, en esos momentos no me atrevía a decirle que es lo que realmente estaba duro, pero creo que ella se daba perfecta cuenta de todo. Siempre se dan cuenta de todo.
El primer día estaba siendo precioso, pero agotador. Largo viaje en coche, llegada al hotel, ruta guiada… serían sobre las 8 de la tarde y nos encontrábamos de vuelta en el hotel para descansar un poco, darnos una ducha, arreglarnos y salir a cenar en alguna de las terracitas que abundaban en las plazas de la ciudad. Ana pasó primero a la ducha y comentó que se iba a poner el pijama para descansar un poco en la cama y leer el libro que había traído. Yo me puse a hacer zapping intentando encontrar noticias deportivas mientras escuchaba el agua de la ducha. Me puse a pensar en que estaría recorriendo su cuerpo y… bueno, apagué la tele. Salió hermosa, con un pijama masculino de tela tipo Oxford de esos con botones por delante, un par de vueltas en las mangas y su sonrisa de siempre.
En ese momento pasé yo al cuarto de baño, me despojé de mi ropa, y me metí debajo de la moderna ducha de lluvia que había en el hotel. Apoyé mis manos en la pared y dejé pasar unos minutos allí, esta vez el agua recorriendo mi cuerpo. Estaba cansado y me fui relajando inconsciente del tiempo que llevaba allí. Al poco rato sentí que Ana llamaba con los nudillos a la puerta

 

Estás bien?
Sí, mejor sólo se puede estar de una forma que no voy a decirte justo ahora
Qué estarás haciendo… jajaja
No es lo que piensas, listilla, además seguro que tú también lo haces.
Seguro…
Jajaja qué mala eres! A ver si un día me lo cuentas con detalles… anda ahora salgo

 

 
Me envolví con una toalla blanca del hotel a la cintura y, viendo que el vapor se había acumulado, me dispuse a abrir la pequeña ventana. No sé muy bien cómo ocurrió, bien porque la ventana estaba un poco dura, bien por mi propia relajación, pero una de las botellitas de aceite corporal se tambaleó y se cayó. Mis intentos por salvarla antes de que llegase al suelo fueron inútiles y la botellita se quebró por la parte del cuello. Dios mío! Pensé, qué disgusto se va a llevar con lo contenta que estaba de haber encontrado estas botellitas.
La llamé: “Ana! Cielo! Jo, tengo una mala noticia para ti. Entra anda…”
Viendo el pequeño desastre dijo “No te preocupes, no pasa nada sólo es una botellita de aceite corporal”.
“La verdad es que huele fenomenal, qué pena”
“Sí”, dijo con una expresión de tristeza, y mi carita se puso también triste.
Me dieron ganas de abrazarla, pero iba a ser muy ridículo sólo por una botellita, aunque no íbamos a volver a pasar por el pueblo donde la compramos. Se me ocurrió algo “Ana, ahora no vamos a poder llevarnos este aceite que queda en la botellita, y yo me siento en deuda contigo… si quieres, para compensarte por mi torpeza te doy el mejor masaje de espalda de tu vida. Así aprovechamos el aceite que queda que, por cierto, huele fenomenal ¿De qué era?”
“De almendras dulces”
Pensaba que no querría porque, aunque siempre ha reconocido que siente atracción hacia mí, el pacto era que en el viaje no habría nada físico entre nosotros. Mi carita de perrito abandonado, de niño que sabe que ha metido la pata, creo que la convenció y dijo “venga, pero se bueno”.
Prometo que en el momento inicial, mi propósito era ser bueno y no tenía malas ideas en la cabeza, le había roto algo que ella había comprado con ilusión y sólo quería dar un masaje relajante a una buena amiga, pero el diablo que ocasionalmente todos llevamos dentro fue guiándome. Por supuesto y por suerte, el diablo también habita en ella.
Nos dirigimos hacia las camas y ella apartó la colcha que las cubría. Cuando se agachó a hacerlo me llevé la primera sorpresa inesperada, pude ver sus pechos por su escote, no llevaba sujetador… creo que no fue a propósito, pero mi idea inicial empezaba a desmoronarse. Eran geniales, grandes, redondos, con un pezón de color rosado clarito con una aureola grande… ufffff. Ana estaba distraída, si no se habría dado cuenta de mi expresión boquiabierta, dijo “Ten cuidado, que este aceite mancha mucho”.
Contesté tratando de ser convincente “Pues quítate el pijama, no te preocupes por mí, que yo he visto ya cuerpos desnudos muchas veces, de hecho soy un experto en mirarlos de reojo en la playa, podría ser campeón del mundo en esa disciplina.”
Sonriendo “jajajaja seguro que lo serías, pero no, creo que con que veas esto te puede valer” y soltando 2 botones de su pijama lo hizo resbalar quedando sus pechos bien cubierto y sus hombros y espalda descubiertos hasta más abajo de la mitad de su preciosa columna.
“Túmbate boca abajo, anda, puritana, que me voy a sentar en tu culo perfecto para darte el masaje”. Puse la botella en la mesilla, coloqué una toalla del baño sobre su culito, bajé un poco la persiana, encendí una vela que afortunadamente estaba en nuestra habitación del hotel con encanto, y puse música bajita con el altavoz de mi móvil. Las cosas salen cuando no se esperan y allí estaba yo, que sin pretenderlo había creado un ambiente que cualquier chica mataría por tener.
Antes de mancharme las manos, disimulando que apartaba algunos de sus cabellos que habían quedado fuera del recogido, me puse a acariciar su pelo, y su cuello… no sé si por el cansancio del día o por qué oí el primer gemido de aprobación y relajación. Empecé a pensar que la cosa iba bien, que podía torcerse hacia un episodio más caliente. Torcerse o enderezarse, claro. Imitando una actitud profesional puse un chorrito de aceite en mis manos y las froté para que estuvieran calientes. De todas formas ella ya tenía los ojos cerrados cuando empecé a pasar las yemas de mis dedos suavemente sobre sus hombros.
 
Me concentré y puse lo mejor de mí en ese masaje. Mis manos resbalaban por su piel como si hubieran sido creadas sólo para hacer eso, combinando deslizamientos con presión sostenida con roces suaves y sutiles, desplazando mis deditos por su columna de arriba abajo y de abajo a arriba, friccionando sus hombros, añadiendo aceite, pasando las yemas de mis dedos por su cuello, por sus hombros, llegando hasta su clavícula pero sin intención de ir más allá. Esto una vez y otra vez. Siempre sobre las partes que ella dejaba a mi disposición. Con el ambiente creado, y deseando que el masaje fuera largo, yo entré en una especie de trance, con los ojos cerrados mis manos se movían solas. Me sentía como un músico inspirado tocando un instrumento en la soledad de su casa. Ni siquiera me daba cuenta de que mi propio instrumento había tomado un tamaño y una dureza considerable.
Yo estaba sentado sobre su culito, ella tenía el pantalón del pijama, sobre ella una toalla y yo, estaba prácticamente desnudo pues todo el episodio me había sorprendido sólo con mi toalla anudada a la cintura y se había soltado. Mi polla estaba alojada sobre el valle que hace su culito, inmensa, y se movía con los movimientos de mi cuerpo al darla el masaje pero yo, estaba tan alucinado que no lo percibía hasta que, repentinamente, fui consciente que ella estaba gimiendo con cada una de mis caricias. Me asusté y paré, pero ella dijo con la voz más mimosa que he oído en mi vida “sigueeeeee”, y ahí me di cuenta de que estaba completamente en mis manos.
A partir de ese momento, el demonio que llevo dentro tomó las riendas de la situación. Le dije “Anita, cielo, antes de seguir quítate la chaqueta del pijama que se va a manchar. Lo haría yo pero tú tienes las manos limpias”. Sin poner ninguna objeción, se irguió un poco y se soltó los botones desprendiéndose de la prenda y tirándola al suelo con una cierta ansiedad. Bastante desinhibida, se bajó el pantalón, la toalla y el tanguita blanco que llevaba dejando a la vista el comienzo de su culito. La visión de la mini-puntilla del tanguita me tenía alucinado, pero también el movimiento de sus tetas al desprenderse de la ropa y ahora sí era plenamente consciente del estado de mi pene y de su posición sobre ella, pero ya no me sorprendía nada. Todo lo que hacíamos era tan natural como si fuéramos pareja desde hace mucho tiempo.
Ahora ya con menos delicadeza tomé la botella de aceite y puse un chorrito frío a lo largo de su columna. Como estaba rota salió demasiado, como consecuencia de ello tuvo un escalofrío que la hizo estremecer. “SSShhhh, tranquila” dije con una autoridad dulce mientras mis manos se hacían cargo de la cantidad de aceite y lo extendían por toda su espalda, esta vez sin obstáculos. Ella se dejaba hacer… yo iba descubriendo sus puntos débiles. A veces gemía, otras ronroneaba como una gatita, mis manos se desplazaban por las líneas de sus costillas, en cada pasada iba ganando terreno, y llegué a sus tetas… Uufffff, cuántas veces había soñado con tenerlas en mis manos y ahora eran mías. Ella misma se elevaba un poco para que fuera más allá, pero ahora era yo quien dominaba la situación y quería ponerla nerviosa. Cuando parecía que iba a llegar a los pezones, cambiaba el lugar del masaje al cuello, a la espalda, o bajaba hasta su culo aún semitapado por la toalla y su pantalón de pijama. Entre gemidos me decía “eres malo” y yo me ponía aún más burro. Ya estaba completamente desnudo pues mi toalla había quedado abandonada a un lado de la cama.
Pasé a hacer el masaje extremadamente suave, rozando los puntos estratégicos con mis uñas, mis palmas, o con las yemas de mis dedos y ella se veía cada vez más excitada. Cuando no lo esperaba me apoderé de sus pezones, parecían piedras de lo duros que estaban, los apretaba un poco para luego dejar mis deditos resbalar suavemente por la aureola. El aceite era mi aliado para todas las acciones, dejaba resbalar los pezones entre mis dedos, los hacía deslizarse con suavidad en mis manos hasta tomar su forma dura e hinchada, hacía cosquillas dejando deslizar las yemas de mis dedos circularmente por sus aureolas. Cogía con mis manos todo el volumen de sus tetas y dejaba clavarse los pezones en mis palmas… uffff, no puedo recordarlo sin que mi cuerpo se estremezca. El volumen de sus gemidos era ya altísimo y cualquiera que pasase por el pasillo del hotel los oiría claramente. No nos importaba nada. Ana se movía sobre mis manos abiertas sobre sus pechos, estaba loca porque los amasara, porque los masajeara, y yo la dejaba hacer. De vez en cuando, para poner más tensión al asunto, quitaba mis manos para distraída y lentamente coger más aceite de almendra dulce para extendérselo. Eso la enrabietaba y yo jugaba con ella, entre gemidos dijo “pero si estoy ya empapada” y ahí sí aproveché la ocasión.
 
“Sí? Estás empapada Ana? Vamos a verlo ahora mismo” y me levanté cogiendo en un único gesto su pantalón y su tanguita y lo deslicé por sus piernas hasta que salió por los pies. No puso ninguna objeción. Tampoco nos importaba nada que se manchase, de todas formas el tanguita estaba empapado y cierta parte del pantalón también. Pasé mis dedos por su coñito, suave suave porque estaba completamente depilado, tenía un color rosa precioso, brillante por sus fluidos y los labios uuufffff los labios estaban hinchadísimos. Deslizaba mis dedos sobre ellos sintiendo sus ondulaciones divinas. Metía un dedo, luego varios dentro, llegaba a su clítoris y me detenía allí unos segundos para retirar repentinamente la mano con un roce. Estaba crecido. Crecido en todos los aspectos pues sus gemidos me hacían sentirme así. Con decisión la puse en posición de perrito situándome detrás. Cuando mi polla durísima la tocaba y pensaba que la iba a penetrar, yo volvía a coger la botella de aceite y me entretenía con sus glúteos o con otra parte de su cuerpo. Cuando empezaba a protestar o quería cambiar su posición para acariciarme, o coger mi polla no la dejaba. Se ponía nerviosa porque quería tener en su poder esa parte de mí. Y yo empezaba a hablarla:

 

qué quieres Anita?
Acariciarte
Dónde?
En tu sexo
Jajajajaja en mi sexo?? Te refieres a mi polla?? A ver cómo sale la palabra “polla” de esa boquita tan educada
Jooooo luiisss, déjameeeeee –ponía voz de niña pequeña-
Pero qué es lo que quieres realmente? Quieres mi polla? En tu boquita? En tu coño? –decía yo mientras mis dedos se recorrían los rincones de su sexo para detenerse en su clítoris-
Por favor, por favor, no seas malo… penétrame
No sé lo que es penetrar Ana
Jooooo –otra vez ponía voz melosa-
Ahora no eres una chica bien, ahora eres una viciosa que quiere que la follen como nunca lo han hecho, y como eso tienes que hablar, como una puta
Follameeeee cabrón!!! –ahí me sorprendió, parecía que estaba deseando entrar en el juego-
Ahora mismo voy…

 

En realidad estaba loco por hacerlo. Me moría por ello y no usé mi técnica infalible de la penetración lenta, larga y continuada, sino que se la clavé de un golpe. No lo he dicho antes pero tengo una polla de dimensiones más que aceptables y ahora la estaba usando para que la sintiese bien… era una chica genial, una diosa y la tenía en posición de perrito, delante de mí, preciosa, gimiendo, llena de aceite, con su pelito castaño recogido pero del que se habían escapado algunos mechones, y yo la embestía metódicamente, como me gusta a mí, cambiando el ritmo de despacio despacio a fuerte fuerte en función de sus gemidos.
Ahora ya le combinaba comentarios cariñosos con otros bruscos y soeces. Tan pronto decía cariñosamente “Ana, cielo, que guapa estás así, tienes que estar más veces en este estado que te gusta mucho, eres la mejor mi niña”, como simulando ser más agresivo “Voy a sacar de ti a la zorra que llevas dentro, yo sabía que algún día te iba a hacer comportarte como una puta”, y repetía “como una puta, y ese día ha llegado, mi puta” resaltando el mi. Ella sólo gemía, respiraba fuerte, estaba fuera de sí. Nuestros cuerpos resbalaban por el efecto del aceite creando una sensación continua de sensualidad. Mis manos deslizaban por sus pechos, recorrían su espalda o cogían los huesos de su cadera para manejarla a mi antojo. Me quedaba muy poco para correrme y sabía (eso me lo había contado ella alguna vez) que a ella le solía costar bastante así que la ordené, cambiando a imperativa mi voz anteriormente dulce “Ana, tócate que quiero ver como una chica bien se toca su coño de viciosa, quiero ver como se corre como una perra en celo”. Notaba que el uso de palabras soeces la ponía muy muy cachonda, y no quería perder la ocasión de usarlas “Esto es lo que querías? Ana. Pues yo te lo daré porque te lo mereces. Porque te gusta mucho. Porque soy el mejor. Porque ahora eres mía, mi puta, y voy a usarte. Sí a usarte, a follarte, como a ti te gusta, ¿no te ves como estás?” Notaba que se empezaba a convulsionar y, tras llenármelo de saliva, empecé a jugar con mi dedito por la entradita de su orificio más cerrado, aunque con el aceite que había por todo su cuerpo no hacía falta saliva. Mi dedito sólo jugaba, no quería distraerla de sus tocamientos ni de la penetración que la estaba aplicando, sólo lo trabajaba con mi dedo y lo introducía ligeramente para que sintiese que estaba totalmente en mi poder y se sintiese doblemente penetrada.
Haciendo esto estaba cuando empecé a notar contracciones desde su interior, se convulsionaba y ahora casi gritaba. Comenzó un orgasmo prolongado, profundo, se clavaba contra mí y sentía los espasmos que partían de centro de su cuerpo, de su sexo, sentía su tacto interior, mientras trataba de poner la mente en blanco para aguantar un poco más. Ocasionalmente, cogía en un puñado todo su pelo y tiraba de él para colocar su cabeza de forma que viese los gestos de su carita. Pasaba mi mano por su columna vertebral consiguiendo añadir intensidad a los escalofríos que estaba sintiendo. De todo ello me quedo con la expresión de vicio de su cara, pero también con la fuerza que ponía en clavarse en mí… estaba tan alucinado que me olvidé de mi propio placer físico.
 
No sabría decir cuanto tiempo se prolongó esta fase de éxtasis, pero fue larguísimo e intenso. Fue como una explosión de las muchas horas de atracción física contenidas. Aunque yo seguía moviéndome despacio, poco a poco ella se fue relajando en su respiración, y me di cuenta que emitía sonidos suaves “ummmmm” “ummmmm”. Estaba ronroneando suavemente, como una gatita, y eso me devolvió a la realidad: yo estaba tremendamente caliente y ella estaba en mis manos. Tumbada lateralmente con mi polla aún clavada en su sexo. Deslizando mi piel sobre la suya, la coloqué tumbada de espaldas situándome yo sobre ella. Aún recuerdo la sensación del aceite en nuestros cuerpos. Como los movimientos que hacía sobre ella conllevaban un amplio deslizamiento cuerpo sobre cuerpo, piel sobre piel… con un punto de referencia sobre el que pivotaba todo, mi polla enterrada en su coño entre una humedad brutal.
Sus curvas, su piel suave y tersa, dorada, brillante, sin un único vello contrastaba y a la vez encajaba a la perfección con mis músculos, mis brazos, mi abdomen, mi pelo negro, el reflejo de mis venas azuladas. Sobre la cama completamente deshecha, nuestros cuerpos libres, con todo envuelto en una película de aceite de almendras dulces, que daba un olor característicamente morboso a la habitación. Me dediqué unos momentos a pasar mi lengua por sus pezones, por sus aureolas, pues me entró una cierta urgencia por aprovechar todos los recursos de su cuerpo que quizá nunca más volverían a estar en mi poder. Sujetó mi cabeza para controlar los movimientos de mi cabeza e, instintivamente, sujeté sus muñecas mientras seguía con mi lengua en sus pezones. La estaba volviendo loca, lo notaba, parecía que lo que hacía sobre su pecho se reflejaba en movimientos espasmódicos en su abdomen. Se revolvía contra el control que ejercía sobre su cuerpo.
No sé cómo lo hizo, pero en un movimiento rápido me volteó repentinamente situándose sobre mí. Me había salido de ella, pero en un gesto y con una sonrisa de triunfo se clavó ella solita sin usar las manos. Me dijo “¿ahora qué?” y empezó a frotarse moviendo sus caderas como una bailarina de danza del vientre. Estaba fuera de mí, y ella se reía. Continuaba moviendo su cuerpo sobre mí, que ahora estaba tumbado de espaldas, aprovechando los efectos del aceite. Se clavaba en mí como si estuviera poseída, se frotaba contra mí. Notaba que se estaba masturbando con mi cuerpo como si yo fuera un maniquí, un muñeco… dominando completamente la situación. Y yo, con esa diosa haciendo esto sobre mí, ya no podía aguantar más. Le dije “me falta muy poquito, cielo”, ahora era cariñoso, había asumido que ella me manejaba. Y me contestó acompasando sus palabras a sus movimientos “pues dámelo, dámelo, dámelo todo”. Oírle decir eso me sacó completamente de mis casillas y empecé a correrme, a correrme como un animal. Toda la tensión que tenía acumulada de todos los días que había quedado con ella, del viaje, de las veces que me había masturbado con ella en mis pensamientos salió en un orgasmo intenso y brutal… uno de los mejores de mi vida, escalofríos incluidos.
Nos desplomamos en la cama, aún acoplados, ella sobre mí resbalando en aceite de almendras dulces, jadeando después del esfuerzo realizado… ahora le aplicaba un tratamiento de pequeños besitos por todo su cuello y ella correspondía besando las palmas de mis manos. Cuando estábamos más relajados me dijo “gracias guapo, muchas gracias por invitarme a tu viaje y por ser un sol conmigo” y yo sentía sus palabras como puñales. Estaba claro, presentía que iba a continuar diciendo las palabras que todos hemos oído alguna vez, esas que dicen que esto no tenía que haber pasado… que tenemos que ser amigos… etcétera. De hecho, Ana suele decir que soy un “solete” porque sabe que me cabrea y yo le digo que soy un “chico malo”.
Lo cierto es que se habían acumulado muchos sentimientos y yo, que nunca lloro, casi tenía lágrimas en los ojos esperando las fatídicas palabras de retirada cuando me dijo “Carlos, vamos a hacer en este viaje el mejor sexo de nuestra vida… y luego ya veremos, sin promesas ni compromisos, pero este viaje es nuestro”.
Sobre los episodios que tuvimos en el resto del viaje escribiré nuevos relatos. Adelanto que ya estábamos desatados.
Carlos López diablocasional@hotmail.com. Gracias 🙂