NUERA1Continuación de atraído por mi nueva criada negra…… pero puede leerse como relato aparte.
Eran las ocho de la mañana, cuando sonó el despertador de mi mesilla. Debía levantarme para ir al trabajo. Meaza que dormía desnuda, a mi lado, se levantó a hacerme el desayuno, mientras yo me metía a ducharme, de forma que en cuanto salí, allí estaba ella, dispuesta a secarme.
La vi acercándose con la toalla, la muchacha traía anudado su vestido al cuello, de forma que dejaba sus pechos al aire, realzando la belleza de su piel morena. Quizás era su primer error, ya que según la costumbre de su teórico pueblo, al estar con pareja debía de llevarlo enrollado a las caderas.
Meaza, es así, como te quiero ver-, le dije dándole un azote mientras le ataba correctamente la tela, –tienes dueño, y las mujeres decentes no pueden ir vestidas como si fueran libres.
Todavía no sabía que la había descubierto, por lo que hizo como si no me hubiese entendido, pero sonrió por lo que significaba, la estaba aceptando.
Lo que no se esperaba es que terminando de secarme, fuera al salón y trayéndome una silla al baño, me sentara y por gestos le dijera que quería que me afeitara. Debía ser su primera vez en esos menesteres, porque tras echarme crema, cogió con aprensión la cuchilla de afeitar, y solo al oírme decir que empezara, acercó la maquinilla a mi cuello.
-Confío en ti-, fueron mis palabras.
Tenerla a mi lado, afeitándome, mientras ella permanecía semidesnuda, me gustaba, y se lo hice saber acariciándole las piernas. Vi como le afectaban mis caricias, sus pezones se endurecieron, cuando mis manos tomaron posesión de su culete, y sin ningún reparo se lo toqué diciendo:
-Que rico que lo tienes, zorrita mía-.
Ella, al saber cuales eran mis intenciones, abrió un poco la piernas para facilitar que mis dedos recorrieran la abertura de su sexo, sin dejar de rasurarme. Estos se encontraron su sexo mojado, y apoderándome de su clítoris, la empecé a masturbar, diciéndole:
-Ten cuidado, no me vayas a cortar-.
Sus manos temblaron, por el miedo a hacerlo, pero se mantuvo firme, mientras su vulva era penetrada. El morbo de tenerla así, sabiendo que me jugaba una buena herida, mientras me afeitaba, provocó que bajo la toalla, mi pene empezara a endurecerse.
-Mira como me pones-, le dije quitándomela.
Se estremeció al ver mi extensión totalmente erecta, y se mordió el labio, tratando quizás de evitar que de su garganta saliera un gemido.
Meaza soltando la maquinilla se agachó a darme un beso en mi glande, pero se lo impedí ya que quería otra cosa. Agarrándola de la cintura, le obligué a ponerse encima mío, de forma que mi falo entró en su sexo, lentamente.
Gimió al sentir como se iba llenando su cavidad, y percibiendo que la tenía completamente dentro, se empezó a mover buscando el placer.
-¡Quieta!-, le grité y poniéndole la maquinilla en sus manos, le ordené que siguiera afeitándome.
Vi en sus ojos un deje de disgusto, estaba excitada y lo que deseaba era menearse conmigo en su interior. Cabreada, reinició el afeitado. Yo, mientras tanto, estaba disfrutando al observar su completa obediencia, y por eso premiándola, le pellizqué un pezón, murmurándole:
-Eres una sumisa muy obediente, y cuando termines, quizás me apiade de ti corriéndome dentro de ti-
No se atrevía a moverse por miedo, tanto a cortarme como a mi reacción, pero noté su calentura cuando de su sexo manó el flujo producto de su excitación. Separando sus nalgas con mis dos manos, acaricié su entrada trasera. Ésta seguía dilatada por el maltrato de la noche anterior, de forma que no encontré impedimento a que mi dedo se introdujera totalmente en su interior.
Meaza, al notar que estaba haciendo uso de sus dos agujeros no pudo reprimir un jadeo, e involuntariamente empezó a retorcerse encima de mis piernas.
-Mi bella negrita esta bruta-, le susurré al oído.
Tratando de evitar su orgasmo, presionó con su pubis consiguiendo solo que se acelerara su clímax.
-Termina de afeitarme-.
Sabiendo que no le iba a permitir moverse, hasta que hubiese terminado, se enfrascó en hacerlo rápido, y al cabo de un minuto, con una sonrisa de oreja a oreja, me hizo saber que había acabado, dejando la maquinilla sobre el lavabo.
Entonces, sorprendiéndola me puse en pié, tirándola al suelo y como si no estuviera allí, me lavé la cara. La pobre muchacha no entendía nada, sobre los baldosines, me miraba alucinada. Debía hacerle comprender de que lo importante era mi voluntad y no la de ella, de manera, que al terminar de echarme el aftershave, me acerqué al váter.
-Quiero mear-.
Tomando mi pene entre sus manos, dirigió el chorro para que no empapara el suelo con mi orín. Se la veía entusiasmada de tener que ser ella, quien apuntara, y juguetonamente se entretuvo en salpicar los bordes del inodoro, practicando por primera vez lo que los hombres hacen cotidianamente.
Al terminar no tuve que pedirle que me lo limpiara, porque sin esperar que le ordenara hacerlo, sacando la lengua recorrió mi glande, recogiendo la gota que había quedado en la punta.
Satisfecho, le puse con los brazos sobre la encimera, y acariciándole los pechos, me introduje en su interior. Su cueva me recibió, encantada, y sin esperar a que me corriera, se licuo gimiendo de placer. La muchacha se dio cuenta que le ponía cachonda el ser mi sumisa, y apretando sus músculos interiores presionó mi pene, buscando el darme placer.
Fue un polvo rápido, demasiada excitación reprimida de forma que me corrí, dentro de ella mientras le decía obscenidades. Estas lejos de cortarla, le calentaron aún mas, por lo que al sentir como la regaba con mi simiente, se vino por segunda ocasión.
-Vamos a desayunar, que quiero hablarte-.
Todavía disimulando, me hizo entender que no me comprendía, pero cortando sus gestos con un bofetón, le ordené que me siguiera.
Con la mejilla adolorida, me sirvió el café, en su interior sabía que algo iba mal, y eso le preocupaba.
-Sientate-, le dije señalando una silla.
Esperé a que se sentara antes de empezar a hablar. La muchacha temblaba, ya conciente de que la había descubierto pero temerosa de que la echara.
-Te oí anoche hablar con María…-
Llorando me interrumpió, tratando de pedirme perdón, pero nuevamente le crucé la cara de una bofetada.
-Cállate-, le dije,-no estoy enfadado, pero no quiero que hables-.
Dejó de llorar, aunque seguían gimiendo en silencio mientras le decía:
-Como te estaba diciendo, te oí hablar con María, y quiero decirte que me has desilusionado, pero que quiero darte una segunda oportunidad…
Abrió los ojos de par en par, esperanzada por mis palabras.
-Esta es tu casa, siempre que sigas actuando como Meaza-.
No creyendo en su suerte, me preguntó:
-¿Me estas diciendo que si sigo comportándome igual, seguirás cuidándome?-.
-No, pondré mas esmero, si en contrapartida tu sigues en tu papel-.
-¿Sólo eso?-
-Si, solo te pido que para todo el mundo, incluido nosotros, nada haya cambiado y sobre todo que María no sepa que me he enterado de vuestra farsa-.
-Acepto, mi amor-, me contestó arrodillándose a mi lado, y dejando que le acariciara su cabeza mientras me terminaba la taza de café.
No se lo dije, pero su voz, en parte grave pero melosa, me hizo recapacitar sobre si me convenía que hablara o no, decidiendo que iba ser mas agradable hablar con ella.
Satisfecho, de cómo se habían desarrollado los acontecimientos, estaba ya en la puerta de mi apartamento, cuando recordé preguntarle algo:
Por cierto, ¿cómo te llamas en realidad?-
-Isabel-.
-Bien, para mí, sigues siendo Meaza-.
Su cara se iluminó, y agachando su mirada, me contesto:
-Tu, eres y serás, mi dueño-.
Solté una carcajada, ya que sabía lo que eso significaba, la muchacha llevaba años buscando alguien en quien apoyarse, y por fín lo había hallado. Por eso, dándole un beso en la mejilla, le susurré al oído:
-Vuelvo a las ocho, haz lo que quieras pero a esa hora, ten la cena lista y tu cuerpo, calientes.
La idea le debió de gustar, por que noté como se alborotaba su cuerpo y sus pezones se erizaban bajo la blusa.
Capítulo dos.
Saliendo del apartamento, cogí el coche, sin dejar de pensar en como tenía que tratarla a partir de ahora, ya que si quería seguir con Meaza, debía de hacer que cada vez se sintiera mas necesita de mí, y que como si yo fuera su droga, no pudiese vivir sin probarme.
La propia actividad del día a día, me hizo olvidarme de ella, pero a las siete, antes de ir a casa, decidí que debía de comprarle un detalle, por lo que sin pensarlo dos veces, busque en internet una tienda de accesorios africanos.
Encontré lo que deseaba en una tienda del centro. La dependienta se extrañó que un blanco supiera de su existencia, y mas que decidiera comprarlo, debido a su alto precio.
-¿Está usted seguro?, me preguntó, y al contestarla que sí, insistió diciendocuA�ao¿Sabe que es?-.
Ni me digné a contestarla, y pagando la cuenta, salí del local, pensando que era una pésima forma de vender, la que tenía la señora.
Al llegar a mi piso, no tuve que sacar las llaves, porque Meaza oyendo que llegaba, me esperaba en el zaguán. Estaba preciosa, perfectamente maquillada, y vestida con un traje de fiesta. Al preguntarle el motivo, me respondió:
-Tengo algo que hacer y quiero que me acompañes-.
Me extrañó su respuesta, pero sabiendo que si ella no quería decirme donde íbamos debía ser por alguna razón y dando por sentado, que me iba a enterar en pocas horas, solo le contesté, mientras la besaba:
-Como quieres que vaya vestido-.
-¡Así!, no te cambies-.
Mirándome en un espejo, pensé que debía de tener planificado el ir a un sitio fino, donde fuera estrictamente necesario el ir de corbata, por lo que solo decidí repasar mi afeitado, ya que aunque esa mañana Meaza, había puesto todo su interés, no había apurado lo suficiente.
-¿Dónde vamos?-, le pregunté nada más subirnos al coche.
-A la embajada de Etiopía-.
Mirándola de reojo, mientras conducía, podía observar que estaba en tensión, fuera lo que fuera lo que tenía que celebrar, era algo que para ella suponía un cambio, y le daba miedo. Yo, por mi parte, era incapaz de imaginarme el motivo, pero interiormente estaba satisfecho, por que aunque la mujer se hubiese educado en España, al menos no me había mentido sobre sus orígenes, y era verdad que estos eran africanos.
La embajada esta muy cerca de la salida a la autopista de Barcelona, por lo que fue francamente rápido llegar, y antes de que me diera cuenta de donde me estaba metiendo ya estábamos en frente.
-¿Qué hacemos aquí?-
-Quiero que veas mi renuncia-, me contestó sin darme mas detalles.
El edificio de la representación diplomática estaba abarrotado, al menos cien personas, deambulaban por los jardines, charlando y bromeando. Incómodo, descubrí que yo era el único blanco, y que incluso los camareros que servían el cóctel eran negros como el betún. Sabiéndome un infiltrado, me deje llevar por Meaza, ante un hombre mayor, al que se le notaba a la legua, que era el centro de la fiesta.
El viejo, al ver llegar a Meaza, se levantó de la silla, y hablándole en su idioma, le dio un abrazo. La muchacha respondió cariñosamente dándole un beso en la mejilla, y presentándome, en español, dijo:
-Papá, te presento a mi hombre-.
Si yo me quedé sin habla, no fue nada en comparación a lo que debió de sentir el anciano, ya que se le cayó la copa que llevaba en la mano. Durante unos segundos, pude percibir como una pelea se producía en el interior de su mente, hasta que gritando le dijo:
-No es posible, ¡es europeo!, ¡ es un maldito blanco!-.
El chillido del padre, hizo que todos se dieran la vuelta, y nos miraran, y pude sentir como cien ojos me perforaban, por el mero hecho de ser de otra raza.
-Padre, mi hombre es mucho mas etíope que toda esa gente, aunque no lo sepa, lo es naturalmente, y no un negro intentando ser blanco y europeo, olvidándose de nuestras costumbres-.
-¿Me estas diciendo, que te has entregado sin mi consentimiento?-
Bajando los ojos, por lo que significaba, le respondió:
-He comido de su mano, y él me ha anudado el vestido-.
-Entonces he perdido una hija, vete y no vuelvas-.
Sin todavía comprenderlo en su totalidad, supe que la muchacha se había hecho el harakiri, y que acababa de ser repudiada por su familia. Intuyendo que debía apoyarla, la agarré del brazo y dirigiéndome a su viejo, le informé:
-Seré de otro color, lo acepto, pero estoy orgulloso de su hija, y usted debería estarlo-.
Acto seguido, nos dimos la vuelta, abandonando el edificio. Al llegar al coche, Meaza que hasta entonces se había mantenido serena, se derrumbó echándose a llorar. Quise tranquilizarla, pero recapacité pensando que debía pasar su duelo, por lo que encendí el motor y me dirigí a casa.
Todo el trayecto, se mantuvo llorando, y solo cuando aparqué dentro del parking, dándose la vuelta en el asiento, me dijo:
-Gracias-.
Sin saber que responderle ni que decirle, me bajé del automóvil y abriéndole la puerta, la cargué hasta el ascensor. No pesaba casi nada, pero aún así, al entrar y marcar mi piso, la dejé en el suelo.
El rimel se le había corrido, las lágrimas habían dejado, sobre sus mejillas, un negro rastro en forma de riachuelos.
-Sé a lo que has renunciado-.
Meaza, sin pensárselo, me abrazó y mirándome a los ojos, me rogó:
-Cuídame-
-Lo haré-, le contesté mientras tomábamos el pasillo hacia mi apartamento.
La muchacha se soltó de mi abrazo, al entrar a mi piso, desapareciendo en su cuarto, mientras yo, sin saber a ciencia cierta que debía de hacer a continuación, me fui al bar y me serví un whisky.
Al cabo de unos minutos, la vi salir vestida de la manera tradicional de su pueblo, y acercándose a mí, se sentó en mi rodillas. Era una muñeca rota, su mundo, su familia le había exiliado. Acariciándole la cabeza, dejé que se acurrucara entre mis brazos, para que rumiara en silencio su desgracia.
Queriendo distraerla, aunque fuera momentáneamente, le susurré al oído que le tenía una sorpresa. Sus ojos se iluminaron al escucharme y dándome un beso, me preguntó que era.
-Ven-, le dije llevándola a mi habitación, la negrita me siguió sin rechistar,-Cierra los ojos-.
Obedeció sin dudarlo, por lo que sacando mi regalo se lo puse. Ella solo oyó, cuatro clicks de los cierres, al ajustarse a sus muñecas y tobillos. Sus ojos se llenaron de lágrimas, al adivinar cual era mi presente, y arrodillándose ante mi, me dijo:
-¿Sabes que es lo que me has regalado?-.
Dudé un instante, ya que en internet había leído que era un adorno típico de su tribu de origen, pero su cara, me hizo pensar que me había equivocado, y que tenía un significado mas allá del ornamental.
-No-, le respondí.
Estas cadenas-, me informó, -no solo representan mi completa entrega, sino que el que tenga la llave, me otorga la primacía entre todas las mujeres. Nos une de por vida-.
-No lo sabía-, le respondí avergonzado por mi ignorancia.
-¿Quieres quitármelas?-, me preguntó. Era una pregunta, pero en el fondo descubrí que era un ruego.
-No, son tuyas-.
Su reacción me sorprendió, por que soltando una carcajada de felicidad, se subió a la cama, y me dijo:
-¿Sabes usarlas?-.
En ese momento, fui, por fin, consciente que no eran solo un elemento decorativo, pero de igual forma tuve que reconocer que no tenía ni idea de cómo se usaban.
Riéndose me pidió que sacara la llave, lo cual hice con rapidez abriendo el cajón de la mesilla.
-Fíjate, que tiene tres enganches-, me dijo con voz sensual, mientras se tumbaba boca abajo sobre el colchón, -ahora une las dos cadenas, con la argolla de mi vestido.
Al hacerlo, Meaza tuvo que echar los brazos hacía atrás y flexionar las piernas, de manera que quedaba atada, con el culo en pompa e incapaz de moverse.
-Toma a tu esclava, mi señor-
La visión de su cuerpo, en esa postura, era la visión más excitante que había visto en la vida, el blanco de las sábanas realzaba la belleza de su piel, por lo que con premura me desnudé mientras Meaza, no dejaba de mirarme como lo hacía.
Ya sin ropa, me acosté a su lado, y empecé a acariciar ese cuerpo que se me brindaba indefenso. No se si ese fue el motivo, pero la muchacha gimió desesperadamente, en cuanto notó que mis manos recorrían su espalda. Cada movimiento era una tortura porque al estar atada, las cadenas le impedían hacerlo con facilidad.
No había llegado a su sexo, cuando ya se estaba retorciéndose por un brutal orgasmo. Y alucinando que se hubiese corrido antes de tocarla, le pregunté que ocurría.
Con la voz entrecortada, alcanzó a decirme:
-Las ancianas me lo habían dicho, pero yo no las creía-.
-¿El qué?-, cada vez entendía menos.
-El placer supremo, el placer de la esclava-.
Entonces comprendí, era la completa entrega de una hembra a su macho, la entrega voluntaria de la mujer. El efecto de sumisión total, se lo había provocado. Sabiendo que era su noche, le separé las piernas y acercando mi lengua a su cueva, le retiré los labios, dejando su clítoris a mi entera disposición. Jadeó, en cuanto notó mi respiración aproximándose, y ya sin ningún reparo berreó su placer, al sentir que me apoderaba de su botón.
De su interior, como si fuera un manantial, el flujo manó llenándome la boca con su dulzor. No me lo podía creer, pero por mucho que me intentaba beber el líquido que salía a borbotones de su almeja, era imposible, por lo que en pocos minutos ya se había formado un charco debajo de mi amante. Sus orgasmos se sucedían sin pausa, Meaza pasaba de la excitación al placer sin darse cuenta, hasta que agotada se desplomó sobre el colchón.
Gritó al sentir que las cadenas, forzaban sus músculos, y sacando fuerzas de su dolor me pidió que la penetrara.
Debes hacerlo-, me rogó con lágrimas recorriendo sus mejillas.
Apiadándome de ella, quise desatarla, pero ella se negó, implorándome que solo la liberara después de haber regado con mi simiente su interior. Viendo que era su deseo, me coloqué entre sus piernas, y cogiendo mi extensión con la mano, acerqué el glande a su entrada, y le pregunté si estaba segura.
Me contestó levantando su trasero de forma que la cabeza de mi pene se introdujo en su sexo. La propia postura facilitó mi penetración, al mantenerla completamente abierta. Lentamente la penetré, mientras ella no dejaba de sollozar por el placer que le estaba dando. Una vez, que toda mi extensión descansaba en su cueva, oí que me decía:
-Usa las cadenas-.
Supe a que se refería, y sin meditar que al hacerlo, iba a forzar su columna mas allá de lo humano, agarré las cadenas y usándolas como anclaje, empecé a cabalgar sobre mi amante. Escuché sus gritos de dolor, ya que cada vez que la penetraba, tiraba de los eslabones, doblándola de manera inmisericorde, pero no pude o no quise parar, porque al retorcerse por la tortura, su vagina se contraía, presionando mi sexo. Era algo nuevo para mí, y sin saber el porqué, de pronto me vi impelido a continuar, al sentir que todos y cada uno de mis nervios se contraían por un prolongado orgasmo, y que como si fuera una llamarada, una energía desconocida empezando en mis pies, me recorría fundiéndome el cuerpo, y pasando por mi cabeza, volvía a mi sexo, explotando de placer.
Fue brutal, al eyacular en su interior, me sentí morir y renacer en cada borbotón y licuándome en su vagina, grité mi placer.
Debí de caer desmayado, porque solo recuerdo, que al abrir los ojos, Meaza me miraba, con ternura en sus ojos.
-¿Qué me ha pasado?-, le pregunté.
-Mi amor-, me respondió con una sonrisa,-has sentido lo que entre mi gente llaman el éxtasis del esclavista-.
-No comprendo-
Se rió al ver que realmente no sabía el origen de lo que le había regalado y dándome un beso me dijo:
-Desátame-.
Liberándola de sus cadenas, me abrazó y susurrándome al oído me explicó:
-Mi gente es un pueblo guerrero, que durante siglos, ha esclavizado a sus vecinos. Éstas cadenas surgieron como un medio de tener atadas a sus cautivas, pero mis antepasados al descubrir su efecto en el sexo, y que ambos participantes quedaban unidos por el resto de su vida, las prohibieron, y solo dentro del matrimonio y aún así con mucho cuidado, pueden usarse-.
Me quedé callado, recapacitando sobre lo que me había dicho, tratando de comprender las implicaciones. Todavía no había entendido su poder, para mi seguían siendo un instrumento de placer sin más, y así se lo hice saber:
-Un poco exagerados-.
Meaza estuvo a punto de caerse de la cama, por el ataque de risa que le dominó.
-¿Exagerados?, dime mi amor, ¿estas cansado?, ¿te ves con fuerzas de hacerme otra vez el amor?-
-Ya sabes que no, me has dejado agotado, esto no se me levanta hasta mañana-, le contesté muy seguro de mi mismo.
-Estas muy equivocado-, me respondió y levantándose de la cama, se inclinó sobre la cómoda, de la habitación, y mirándome a los ojos, me dijocuA�ao¡Tómame!-.
La seguridad con la que me hablo, hizo que levantara la mirada para verla, y fue entonces cuando comprobé lo que realmente me quería decir, ya que desde lo mas hondo de mis entrañas renació un insoportable ardor, que me obligó a salir de entre las sabanas, y apoderándome con ambas manos de sus pechos, penetrarla con ferocidad.
Con mi pene en su interior, le pregunté la razón de esa pasión, y ella con la respiración entrecortada por el deseo, me respondió:
Desde hoy, seremos incapaces de resistir nuestra mutua atracción-, y confirmando nuestra sentencia, prosiguió diciendo, mientras se retorcía buscando su placer,- Soy tu esclava, y tú, mi señor, pero debes saber que también eres mi siervo, y yo, tu dueña.