Hoy acabo de comer en un restaurante donde su dueña es mi cómplice. Tras la puerta del local, Ana es copartícipe del desenfreno de mi lujuria, colaboradora necesaria de mis delitos. 

Entre ella y yo, hemos dado rienda suelta a nuestros mas depravados instintos. La lujuria y el placer mezclados con la satisfacción animal de nuestros estómagos han obligado a María, la camarera, ha servirnos. Entre plato y plato, hemos tenido nuestro postre. Desnudo y poblado, hemos comido y sorbido grandes dosis del néctar de su cueva. Y ella, instrumento pasivo de nuestra perversa imaginación, ha disfrutado de la intromisión masiva de nuestras lenguas en su sexo.

Nuestra querida mesera, victima dispuesta, ha soportado estoicamente que la despojáramos de su ropa interior, tras posarla sobre la dura superficie de la mesa, y consintiendo que abriéramos su néctar a nuestra papilas, se ha licuado en nuestras bocas mientras nuestras manos pellizcaban sus pezones.
Sexo y pago, mi semen y su flujo no tenían nada que ver, lo que realmente excitaba a la socia de nuestro gozo, eran los billetes que sin timidez se asomaban de nuestra cartera. Pero nimia e insignificante contrariedad, por que nos daba igual el aspecto monetario de su sumisión, importándonos solo el sonido de sus gemidos y sus suspiros al sentir como nuestras manos recorrían gozosas su cuerpo.
Mi querida Ana, amante de mis-sus mas pérfidos instintos, ha disfrutado del lascivia de la muchacha, al sentir que aprovechándome de su calentura, la violación inmisericorde de su propio sexo. De su garganta han emergido ruidosas imprecaciones que rememoraban pasadas penetraciones, mientras ruidosamente alcanzaba el clímax de placer al que la tenía acostumbrada.
Es mi hembra, aunque por la noches tenga que padecer los tocamientos vacíos de ese tipo que se autonombra su marido. Pobre hombre al que se le levanta su libido, escuchando unos sollozos cuyo origen duerme a kilómetros de él.
Es mi amante, esclava de mis deseos, que incapaz de negarse a mi llamada, acude sin bragas a que yo, su dueño, la use de la forma que a ella le encanta. Sus pechos solo se erizan con mis dedos torturando sus pezones. Su vulva siempre está presta a recibir la humedad de mi lengua.
Pero su vida me es ajena, años y meses y días y horas al lado de la pareja que le conviene, le impiden liberarse, soltarse la negra melena, cayendo en mis garras. Garras que agarrando su delgado cuello, la mortificarían con el placer de lo prohibido, hasta que su sexo incapaz de emanar mas líquido, se quedase seco de tanto hacerlo.
Por eso, me es tan cercana. Incapaz de romper lo lazos que me unen a un matrimonio de pega, soy su igual. Cobarde y heroe. Comprometido y desmemoriado, me nutro de su sexo para diariamente levantarme de la cama y afrontar cada día, sabiendo que de no existir ella, me hundiría en la depresión del despreciado.
Gracias Ana, gracias María. Por vuestros orgasmos, por el sabor agridulce de vuestras grutas, madrigueras hogareñas en las que me oculto de mis propias miserias. Os amo por vuestros cuerpos, os odio por la dependencia absurda que ejercéis cada sobre mi cada vez que os miro.

Soy vuestro, de la dos que es una. Diferentes facetas de la misma mujer. Yo solo consigo a ocupar esas dos vertientes de una existencia compleja. La madre, la esposa, la compañera están lejos de mi alcance. Esas otras tres mujeres tienen un dueño, que no soy yo, un hombre que no sé si es bueno, pero que me encela. Paciente pareja de una diosa que amo.
¡Le odio!.