Pasó el segundo mes y el abogado vino a pagarme el tercero, y a anunciarme que ya tenía mi nacionalidad española (no hay nada como el dinero y las influencias), entregándome toda la documentación.

Los siguientes días estuve ocupado obteniendo mi documento de identidad. Me apunté a una academia para recordar y aprender nuevas señales de tráfico y normas de circulación españolas, con el fin de pasar las pruebas de aptitud para homologar mi carnet de conducir.

Las cuatro amigas se hicieron habituales todos los viernes en el local. A Marisa le prohibí ir a mi casa si no la citaba yo, aceptándolo a regañadientes.

Uno de los fines de semana, vinieron a la discoteca las tres amigas, sin Ana. Nuestra falta de comunicación no me permitía saber si era porque se encontraba mal, no le apetecía o si había alguna otra razón.

Me acerqué a ellas para indagar y sin tener que preguntar, me informaron que se encontraba indispuesta y no le apetecía salir. Marisa me hizo una serie de insinuantes guiños ante la atenta mirada de las otras dos, a los que correspondí con una sonrisa mientras les preguntaba qué querían beber. Tomé nota y le dije:

-Ven dentro de un momento y me ayudas con las bebidas.

Asintió y me fui a la barra. Entregué la nota a un camarero con la indicación de la mesa y marche a hablar con otro, con el que hacíamos trabajos “a medias”. Le pregunté si le apetecía follar y ante la respuesta afirmativa, le avisé que entrase en la oficina quince minutos después de mí, advirtiéndole que el culo no se lo tocábamos. Quería estrenarlo yo en su momento.

Cuando vino Marisa a por las bebidas, la invité a visitar la oficina, a lo que accedió con alegría. Nada más cerrar la puerta, ya nos estábamos comiendo la boca, mientras yo soltaba el cinturón de su vestido y ella el de mis pantalones.

Segundos después nos separábamos para sacárselo por la cabeza, quedando con un precioso conjunto que realzaba sus tetas y escasamente cubría su coño.

En un momento terminé de desnudarla y un segundo después mis pantalones y calzoncillos descansaban sobre una silla y dejaban al aire mí polla, dura ya y apuntando al cielo.

Volvimos a besarnos y a recorrer los cuerpos con nuestras manos. Al pasarla por encima de su coño descubrí que estaba muy mojada ya. Y se la hubiese metido de inmediato, pero la hice recostarse sobre el escritorio, que siempre estaba libre de objetos en previsión de estas circunstancias, separé sus piernas con los pies, me agaché entre ellas y abrí sus cachetes para dejar bien a la vista su coño.

Se abría como una flor, y cuando recorrí con mi lengua desde su culo hasta su clítoris, lanzó varios gemidos fuertes.

-Ohhhh. Siiiii. Sigue, es increíble.

Le hice empinar más el culo para que sobresaliera bien su coño y puse mis labios sobre sobre su clítoris para chuparlo y lamerlo. Empezó un ligero temblor, anunciador de su corrida y cambié de sitio, recorriendo su raja a la inversa.

-Nooo. No me hagas estooooo.

Estuve un rato jugando con su coño, ano y clítoris, mientras ella pedía que me dejase de jugar y la dejase correrse.

Mi excitación también crecía, por lo que me dediqué de nuevo a su clítoris hasta hacerla llegar a su primer orgasmo.

-Siiii. Me corroooo.

No había dejado de gritar, cuando ya me había puesto en pie y le había clavado mi polla hasta hacer tope, mientras ella seguía con los restos de su orgasmo y gemía pidiendo más.

Cuando noté que tocaba fondo, pero que quedaba algo más por meter, me detuve un momento y volví a presionar nuevamente, hasta que entró toda completamente. Acto seguido me puse a follarla, mientras ensalivaba mi dedo y me entretenía con su ano. Esta vez, mi dedo, tardó menos en entrar y volví a follarla por el culo y coño a la vez.

Era escandalosa follando. Sus gritos quedaban apagados por la música y no se oían fuera, hasta que la música subió de volumen al abrir la puerta y entrar Guillermo, el camarero, el cual quedó sin pantalones y con la polla al aire en el recorrido de unos tres metros entre la puerta y la mesa.

Marisa intentó levantarse, pero mi mano en la espalda se lo impidió. Intentó forcejear, pero la tenía bien sujeta. Luego la giramos hacia un lado para que quedase su cabeza fuera de la mesa y Guillermo le metió su polla en la boca. Después de eso, se dedicó a disfrutar de todo.

Estuve follándola un rato, hasta que alcanzó su primer orgasmo. Luego cedí mi sitio a Guillermo, pasando yo a ocupar su boca y él su coño.

-Joder, Jomo. Me has dejado esto como el túnel del metro.

-Dale unos azotes en el culo para que te apriete con los músculos.

Los azotes, no demasiado fuertes, parecieron enervarla más, volviéndose a correr nuevamente poco rato después.

Cambiamos posiciones y la hicimos cambiar de postura también a ella, quedando de espaldas a la mesa, con la cabeza colgando por un lado y los tobillos en mis manos, que levantaban y separaban sus piernas mientras mi polla entraba hasta lo más profundo de su ser. Guillermo se la follaba por la boca, aprovechando la posición ligeramente inclinado, para masajear su clítoris.

La sentí temblar varias veces, pero ninguno de los dos paramos. Cuando llegó mi momento, lo anuncié y, sin esperar, clavé la polla hasta el fondo y me corrí. Cuando la saqué, Guillermo cambió de sitio y yo se la metí en la boca para que me la dejase limpia.

Guillermo aún le sacó otro orgasmo antes de correrse él. Después, también pasó por su boca y, una vez limpio, se vistió rápidamente y salió sin decir nada.

Ella se levantó y, desnuda como estaba, se dejó caer en el sillón.

-No puedo más. Eres una máquina follando, y sólo ha faltado el camarero. Por cierto, será discreto.

-Puedes contar con ello. Jamás se comenta nada de lo que pasa aquí. Ni en la oficina ni en la sala.

-No sé qué tienes, pero nunca me había corrido más de una vez y siempre me ha parecido que me faltaba, que ni mi marido ni mis amantes ocasionales me han podido dar. Y ahora sé lo que era: No quedaba satisfecha plenamente.

-¿Por qué no lo hablas con tu marido? Intenta convencerlo para tener sexo en grupo o ir a locales de intercambio.

-Eso no lo consentirá jamás, no sabes lo celoso que es. Permite estas salidas de amigas porque supone que vamos a cenar y tomar algo en una terraza, y aun con todo, consintió después de muchas y duras discusiones.

-¿Vienes aquí en busca de sexo?

-No, pero alguna vez ha surgido algún rollo de una sola vez. Nos preocupa que nuestros maridos se enteren. De todas formas, es muy difícil encontrar a alguien con quien follar, nos limita mucho.

-¿También tus amigas?

-Sí, las cuatro venimos a lo mismo, pero sobretodo, a pasarlo bien.

-¿Saben lo nuestro?

-Sonia y Marta sí, y sé que les gustaría estar en mi lugar, sobre todo, después de contarles lo que disfruto. Ana no sabe nada. No nos ha parecido bien contárselo, a pesar de que sabemos que no hay nada entre vosotros.

-Mejor, y espero que siga así.

Terminamos la conversación, se vistió y salió a la sala. Mientras yo terminé de vestirme y limpiar todo. Menos mal que el sillón era de imitación piel y lo pude limpiar bien, porque lo había puesto perdido con la lefa que escurría de su coño.

Cuando salí, Marisa contaba algo a las otras y me di cuenta de que me seguían con la vista. Al rato, ambas fueron turnándose para ir baño por separado, lo que me dio una idea de lo que fueron a hacer.

Al día siguiente, al salir para ir a trabajar, llamé por cortesía a la puerta exterior de Ana, saliendo la criada, a la que pregunté si Ana se encontraba en casa. Me dijo que no, que había salido temprano y no la esperaba hasta la noche. Me interesé por su estado, comentando lo dicho por sus amigas. Me confirmó que era algo pasajero y se encontraba bien, por lo que me despedí y marché al trabajo.

Siguieron pasando los días, pasó del tercer mes y llegó el cuarto, el abogado me pagó lo establecido. Conseguí homologar mi carnet de conducir y me compré un viejo utilitario.

Los días que tuve fiesta, los dediqué a realizar visitas para buscar trabajo. Ese mes coincidieron mis días de fiesta en viernes y sábado. El viernes me acosté temprano y el sábado me levanté más temprano que de costumbre. A eso de las once, llamaron a la puerta. Una llamada simple, pero estaba secándome después de la ducha y, pensando en Marisa, me puse la toalla alrededor de mi cintura y salí a abrir.

Era Marta. De pié en el rellano, no decía nada. Yo le di los buenos días y ella correspondió. Se la veía nerviosa y miraba constantemente a suelo.

-Hola Marta, ¿qué te trae por aquí?

-Eeeeh. Es queee… Estuvimos ayer en la discoteca y no te vimos, y venía a ver si era porque te encontrabas mal.

-¿Quieres pasar? Acabo de ducharme y me estaba secando. Si esperas un momento te atenderé como es debido.

-Sí, lo que tú digas. -Dijo simplemente.

La hice pasar y la invité a sentarse en salón. Pero recordé la conversación con Marisa sobre que les gustaría estar en su lugar, y viéndola tan tímida, le dije con el fin de animarla:

-Siéntate y espérame un momento. ¿O quieres venir a secarme tú?

-Sí. Lo que tú digas. –Respondió. Yo dudé si el sí era para sentarse o para venir, así que di media vuelta y fui de nuevo al baño.

De reojo vi que ella me seguía y aproveché para quitarme la toalla, quedando desnudo de espaldas a ella. Una vez dentro del baño, me di la vuelta y le ofrecí la prenda para que me secara. Vi que sus ojos estaban fijos en mi polla, en reposo todavía. Tras unos segundos de espera le dije:

-¿Vas a secarme o no?

-Sssi, sí. Perdóname.

Tomó la toalla y empezó a secar mi pecho, hombros y espalda.

-Deberías desnudarte para que no se moje tu ropa. Es mejor que vayas al salón y te desnudes.

-Sí. Lo que tú digas. –Volvió a decir mientras dejaba la toalla en el lavabo y salía.

Yo la tomé y me puse a secarme la cabeza. Mientras lo hacía, recordé una experiencia en Estados Unidos de un curso que conviví con una compañera que era sumisa y que terminó cuando ella se fue a otra ciudad. La forma de actuar de Marta era más de sumisa que de tímida. En las conversaciones en la sala, siempre había llevado la voz cantante Marisa, con intervenciones puntuales de Sonia, pero, en ese momento caí, ella hacía muy pocos comentarios, fuera de palabras como sí o no.

-Ya estoy preparada para continuar.

Su voz me sacó de mis pensamientos, no sin antes decidir que la iba a poner a prueba. Retiré la toalla y se la acerqué, mientras observaba su cuerpo. Descubrí que no solamente era guapa de cara, sino que su cuerpo era bien proporcionado, sus tetas grandes y ligeramente caídas por la parte baja, quedando el pezón apuntando al cielo, un poco de tripita, muy poca, cintura estrecha, caderas redondeadas y abundante pelo en el coño.

Consciente de mi exploración, esperó a que terminase para continuar secando mi cuerpo, eso sí, su cara era un incendio.

-Sobre todo, sécame bien los huevos, la polla, ingle y culo.

Ella fue bajando hasta llegar a esas partes, arrodillándose para mayor comodidad. Mi polla estaba ya en semi—erección, la tomó por la punta, cubriendo el glande con la piel, para secar todo el troco, frotando con suavidad, hasta que tuvo que soltarla cuando se me puso más dura y el glande escapó del prepucio. Luego echó atrás toda la piel y pasó con mucha suavidad por el borde del glande.

Su siguiente paso fue tomarla con la mano para sujetarla bien arriba y secarme los huevos, después llevó la toalla por mí perineo hacia el ano, para lo que tuve que separar las piernas, que secó más tarde.

Una vez seco, quedó arrodillada delante de mí, esperando nuevas instrucciones. Me decidí a probar su sumisión y hasta qué punto estaba dispuesta.

-Hazme una mamada. –Le dije secamente.

-Sí. Lo que tú digas. –Respondió.

Sujetó mi polla con una mano para hacerla descender y acercó su boca a la punta, metiéndose el glande primero, luego la sacó y la recorrió con la lengua para ir mojándola con su saliva. Luego volvió a meterse la punta y menos de la mitad.

-Métetela entera.

-Mmmmm. –Asintió con la cabeza

Intentó tragar más trozo, pero le daban arcadas y se la sacó completamente, rozando ligeramente el glande con los dientes.

-¡Ten cuidado, me estás haciendo daño con los dientes!

-Perdóname. –Atinó a decir.

-Como no pongas más atención, voy a tener que castigarte. Venga, chúpamela bien.

-Sí, ya sigo.

Volvió a metérsela de nuevo, pero no le entraba toda, por lo que sujeté su cabeza y forcé más la entrada. Le dieron más arcadas y volvió a sacársela con un nuevo roce de los diente.

-Pero ¿Es que no sabes mamar una polla? ¿Tengo que enseñarte cómo hacerlo? Vístete, lárgate y vuelve cuando hayas aprendido.

-Por favor Jomo, perdóname. Te prometo que aprenderé. Nunca he visto una cosa tan grande. Enséñame para hacerlo como a ti te gusta.

-¿Qué te enseñe para aprender?, ya lo creo que aprenderás. Aprenderás o tu culo no te va a permitir sentarte hasta que lo hagas.

Me senté en una banqueta que había en el mismo baño y le ordené que se colocase sobre mis piernas para recibir el primer castigo.

Coloqué su culo bien en posición y le hice separar las piernas. Acaricié sus nalgas con suavidad y le solté un golpe con todas mis fuerzas en uno de los cachetes.

-AAAAAAAHHHHHHh

-¿Tampoco sabes cómo recibir un castigo? ¿Sólo sabes quejarte?…

-Perdóname. No lo volveré a hacer.

Volví a pasar la mano por su culo, bajando hasta pasar los dedos por su coño y recorrerlo en toda su longitud. Mi sorpresa fue que estaba más que excitada. Los labios ya estaban entreabiertos y al final, su clítoris sobresalía como un pequeño pene.

-¿Te gusta que te castigue?

Como no decía nada, tuve que darle un fuerte golpe, al tiempo que le decía:

-¡Responde cuando te pregunte! ¿Te gusta que te castigue?

-Sí, pero sobre todo, me gusta sentirme tuya.

-¿No prefieres ser de tu marido?

-Mi marido es muy buena persona y muy trabajador, pero no ha entendido nada de mí. Tampoco se ha preocupado mucho. En los 10 años que llevamos de matrimonio, jamás me ha levantado la voz ni me ha dicho nada, a pesar de que he hecho cosas mal para enfadarlo.

-Mi padre era militar, aunque no de carrera. En mi casa impartía más disciplina que en el propio cuartel. La más leve falta, según sus ideas, era motivo suficiente para ponernos sobre sus piernas, remangarnos las faldas y bajar la braguita para darnos fuertes palmadas en el culo. Mis amigas eran hijas de militares también, y se encontraban en situaciones parecidas. Cuando conocí a mi marido, pensé que sería como mi padre y que me sentiría protegida y arropada por él, pero nada más lejos de la realidad.

-¿Y no has encontrado a nadie, en estos años, que sepa cómo tratarte?

-Solamente tú.

-Pues te falta mucho por aprender. Creo que este será el primero de muchos castigos.

-Espero se digna de…. PFFFFFF.

Otro golpe con todas mis fuerzas, seguido de un descanso, sin que emitiese el más mínimo sonido. Repetí la acción dos veces más en cada lado, y cuando terminé, levanté la vista y me encontré con que la criada estaba mirando extasiada desde la puerta, con la bandeja de la comida en la mano. Pero en cuanto se dio cuenta de que la había visto, desapareció rápidamente. La dejé caer al suelo y le dije:

-Veamos si has aprendido algo. Sigue mamando.

Permanecí sentado, como estaba, ella tuvo que ponerse a cuatro patas para seguir, dejando su culo rojo apuntando hacia la puerta.

Enseguida se oyeron los ruidos de la mamada, pero estaba pendiente de la puerta y de que volviese la criada. Cuando salía, tuve el tiempo justo de hacerle una señal para que se detuviese y luego que esperase.

Se quedó mirando nerviosa, cambiando las manos de lugar a cada momento. Dejé de prestarle atención para dirigirme a Marta y decirle:

-No quiero que uses las manos, y quiero que me mires a los ojos.

Junto a mí, en la ducha, había un cepillo de cerdas duras y mango largo, de los que se usan para la espalda. Lo tomé por el mango y le di un golpe en el culo, al tiempo que le decía:

-Joder, pon más interés. A este paso no vamos a terminar nunca.

Eso la estimuló para moverse más deprisa y aplicar la lengua cuando podía. Poco después volví a darle otro con una nueva arenga. Pero ya estaba en el camino sin retorno y le anuncié:

-Me voy a correr. Espero que no se te caiga ni una gota al suelo y lo tragues todo, o tendrás que recogerla con la lengua después de que te dé una buena paliza.

Entonces sujeté su cabeza para embutir mi polla en su garganta y solté toda mi corrida. No solamente no se le salió nada, sino que cuando la soltó, estaba totalmente limpia. Me puse de pié y le di una palmada en el culo, al tiempo que le decía:

-Vas a ser una buena puta.

Lanzó un gemido y se corrió, cayendo al suelo desmadejada. Hice una señal a la criada para que se marchase ya y me puse a lavarme la polla en el lavabo.

-¿Quieres que lo haga yo? Oí preguntar a Marta.

-Sí, hazlo.

Se levantó, enjabonó mi polla, la aclaró y procedió a secarla. Entre pasada y pasada de toalla, le daba besos y decía:

-Gracias, gracias. Me has hecho muy feliz, gracias.

-Vístete y vete a casa.

-¿Puedo volver el próximo sábado?

-No. Yo te diré cuando tienes que venir.

Con cara de felicidad, fue a vestirse al salón, mientras yo me afeitaba y marchaba a la habitación. Estaba terminando de vestirme, cuando llamó a la puerta. Le di paso y preguntó:

-¿Quieres algo más?

-No,… bueno… sí. Dame las bragas.

Dudó un momento, pero enseguida se dio prisa en quitárselas y dármelas, con la cara roja de vergüenza. Y no era para menos. Estaban tan húmedas que parecía que las habían puesto en remojo. Las llevé a mi nariz y pude oler su esencia de hembra en celo.

-Mmmmm. Veo que estás excitada.

-SSSi. –Dijo mientras se ponía más roja, si cabe

-Veo también que eres bastante puta. Desde ahora no quiero que lleves bragas nunca, y quiero que te depiles el coño totalmente. ¿Me has oído?

-Sssi. Haré lo que quieras. Pero no sé cómo hacerlo sin que me pregunte mi marido.

-Pues búscate la vida. Ahora lárgate y no vuelvas hasta que estés bien depilada y te llame.

No la acompañé a la puerta. Sentí cuando la cerró, a pesar de su cuidado. Terminé de vestirme y me puse a comer.

Después me senté a ver la televisión un rato, pero me quedé dormido en el magnífico sillón frente a ella, y no oí entrar a la doncella, pero me despertó el ruido al recoger platos cubiertos y vasos.

Cuando se marchaba, la llamé:

-Puede venir un momento.

-Sí, señor, dígame.

-En primer lugar, no se su nombre. ¿Puede decirme cómo se llama, para poder dirigirme a usted?

-Marga, señor

-Bien, Marga, como habrá podido ver, en esta casa ocurren cosas que no creo que esté acostumbrada a ver en otras.

-Bueno… Señor… En su casa cada uno hace lo…

-Bien, no se preocupe. Lo importante es que si le ofende, deberemos quedar en una señal para que sepa si estoy ocupado o libre y si no, puede usted pasar y hacer lo que quiera. Solo le pido discreción y que no comente nada con nadie…

-¿Y si la señora pregunta?

-No le estoy pidiendo que mienta. Si la señora pregunta, conteste a lo que pregunte, pero sin más comentarios añadidos. Y si son gente de fuera, ni conteste.

-Lo que usted diga, señor. ¿Desea algo más?

-No, gracias, eso es todo.

Se marchó y yo quedé con mis amigos y me fui también de casa.

No hubo grandes cosas que contar. Solamente que un día hubo un problema eléctrico y tuvimos que cerrar a la una de la madrugada.

Al volver a casa, mientras subía por las escaleras y estaba llegando a mí planta, como hago todos los días cada vez que entro o salgo, como ejercicio, oí que se abría la puerta y se oían voces de despedida.

Me quedé oculto por el último tramo mientras miraba qué ocurría y pude ver a Ana despidiendo a un hombre joven, que resultó ser uno de los camareros del local que ese día estaba de fiesta.

La despedida fue seca, él quería ser amable, pero ella no, él preguntó que cuando se verían y ella le respondió con un seco “ya te llamaré”, Le dijo un seco adiós y cerró la puerta. Segundos después, llegó el ascensor y se marchó.