18

Lucía despertó de su sueño y me miró con sus preciosos ojos azules con la misma incredulidad con la que yo la miraba a ella.

– ¿Qué ha pasado? –preguntó sorprendiéndose al escuchar su voz.

– No tengo ni idea –contesté confuso y agobiado-, acabo de despertarme y me he encontrado con esto…

– ¡Vaya!. Se acabó esta locura… se acabó la magia…

Noté decepción y tristeza en su voz.

– Se acabó la magia… -repetí con la misma tristeza.

Ambos habíamos asumido el cambio de sexo y de vida hasta el punto de llegar a creer que era lo que habíamos necesitado para ser más felices. En el caso de Lucía porque, antes del accidente que había puesto nuestros mundos del revés, a pesar de ser una mujer de éxito, era completamente infeliz con el muro que se había construido alrededor. Y en mi caso porque, a mis veintiséis años, me había estancado en una vida relativamente cómoda, sin metas ni ambiciones, simplemente viviendo el día a día sin ningún reto por delante.

Nos quedamos en silencio, mirándonos mientras los interrogantes fustigaban nuestras mentes.

– No entiendo cómo ha pasado esto -dijo ella pensando en voz alta-, pero creo que es una lección de la que debemos aprender.

– Creo que tienes razón –contesté en un susurro-. Yo he aprendido mucho… Ahora, después de lo vivido, será muy duro retomarlo todo desde donde lo dejé, pero tengo claro que no volveré a ser quien era.

– Al menos tú has tenido tiempo de descubrir y disfrutar, pero yo…

A Lucía se le quebró la voz y vi cómo sus bellos ojos se llenaban de lágrimas. Se giró dándome la espalda, y la oí sollozar.

– Lucía… Lo siento muchísimo… -le dije poniéndole una mano en el hombro.

El tocar su piel volvió a transmitirme aquella poderosa sensación que había sentido en nuestros anteriores contactos, y supe que ella también la sintió porque se encogió con un escalofrío, haciéndose un ovillo. Toda la fortaleza que siempre había mostrado, la imagen de la dura y poderosa mujer capaz de aplastar a cualquiera con su dedo, se disolvió como un azucarillo en café recién hecho, haciéndome ver su verdadera vulnerabilidad, aquella que sólo yo conocía por haber atesorado sus recuerdos como propios. No pude contener mi impulso de abrazarla, y ella aceptó mi sincero abrazo tomando mis manos con las suyas para que la rodease sin reservas.

– Gracias –respondió obligándome a estrechar aún más el abrazo, quedando nuestros cuerpos completamente pegados.

Sentí el calor de su piel en la mía, pues ambos seguíamos desnudos, y a pesar de la amargura del momento y la ternura del gesto, mi naturaleza involuntaria respondió con una sensación que hacía medio año que no tenía. Con un cosquilleo, noté cómo mi hombría crecía y se ponía dura, muy dura, hasta ser inevitable que contactara con las nalgas de Lucía.

– ¿Mmmmm…? -gimió ella levemente.

Mi corazón se aceleró. En el tiempo en que había sido una mujer, todos mis sentimientos masculinos habían ido quedando paulatinamente enterrados, y lo que en ese momento estaba experimentado había quedado tan atrás, que me parecía increíble volver a sentirlo tan rápidamente y en un momento tan poco apropiado.

– Lucía… -dije suspirando sin poder evitar que todo mi cuerpo clamase por ella.

– Ya lo noto… -contestó suspirando ella también-. Tranquilo, te entiendo perfectamente…

Se movió acomodándose, consiguiendo que mi verga quedase longitudinalmente encajada en la raja de su delicioso culo, excitándome aún más.

– La noche del accidente te deseaba, y ahora te deseo aún más… -susurró-. Vuelvo a ser yo misma, y mi cuerpo no hace más que pedirme sentirte…-añadió aflojando la sujeción de mis manos mientras sus glúteos presionaban mi dureza.

Sin necesidad de pensar en ello, como un acto reflejo, mis manos se aferraron a sus magníficos pechos. Por fin pude deleitarme con su suave tacto, generosidad y turgencia con mis manos de hombre, por fin pude hacer realidad mi utopía de amasar los hermosos dones de mi jefa siendo yo mismo. Sin duda, eran las más excitantes tetas que había acariciado jamás.

– Me gustas tanto desde que te vi por primera vez –le dije al oído-, siempre me has parecido tan sexy e inalcanzable…

– Tú también me gustaste desde el primer momento – me contestó dejándose hacer-. Por eso aquella noche quería parar en un hostal …

– Creo que es evidente que nos atraemos como imanes de polos opuestos, da igual que seamos hombre o mujer –le susurré hincando mi polla entre sus nalgas.

– Uuuuummmm… cómo me gusta sentir eso… -dijo meneando sus caderas-. Me parece increíble que hace tan sólo un rato deseara meterte mi recién estrenada polla en este culo… Y ahora lo que deseo es que tú me metas esa misma polla a mí…

– Antes de que todo esto pasara esa era mi mayor fantasía –contesté loco de excitación-. Deseaba dar por el culo a mi severa y sexy súper jefa, y ahora que lo tengo al alcance, lo deseo más que nunca…

– Nunca llegué a probarlo, pero sé que tú lo has gozado con mi cuerpo… Enséñame cómo es…

Moví mi pelvis frotando toda la longitud de mi pértiga en su redondo trasero. Con mi mano derecha, recorrí el sinuoso camino de su cintura y cadera sujetándola bien, y dejé que mi miembro llegase hasta su coñito, que ya estaba húmedo por mis caricias y la evidente excitación que nuestro contacto producía en Lucía. Sin ningún esfuerzo, y gracias a que ella tenía sus rodillas recogidas quedando en posición fetal, mi glande penetró entre sus labios y se introdujo en la calidez de su vagina haciéndonos a los dos suspirar.

– Voy a echar de menos lo que sé que estás sintiendo –le susurré mordisqueándole la oreja-. Pero poder follarte, aunque sólo sea una vez, lo compensará…

– Eso essss… Yo apenas he tenido tiempo de disfrutar de tener polla, así que hazme disfrutar llenándome con la tuya…

Empujé con mi pelvis tirando de su cadera, y enterré todo mi duro músculo en su cuerpo comprobando que encajaba en él de forma maravillosamente placentera.

Lucía gimió, y con mi otra mano pellizqué su duro pezón arrancándole un agudo grito de pura excitación.

Me retiré sacándosela entera, embadurnada de su cálido fluido vaginal, y apunté para que la cabeza de mi ariete penetrase entre sus suaves y tersos glúteos hasta llegar a su ojal.

– Uuuuuuuuuhhhhh… -aulló ella sintiendo la punta de mi polla presionando y dilatando su estrecha entrada trasera.

Su femenina lubricación envolviendo mi herramienta, su excitación y el entrenamiento al que yo había sometido aquella parte de su anatomía en los últimos meses, permitieron que mi glande se deslizase a través de la abertura ampliándola hasta que toda la gruesa cabeza estuvo dentro, haciéndome gruñir con la presión que su esfínter y músculos ejercían.

– ¡Dioooooooooosssssssss! –gritó ella-. ¡Es brutaaaaaaaaal!

– Espera, que ahora va el resto –añadí apretando los dientes.

La posición de su culo era magnífica para acceder a él, y ella encogió aún más las piernas sintiendo que la horadaba. Con un poco más de empuje, mi dura barra de carne fue invadiendo su recto.

– Uh, uh, uh, uh, uh –jadeaba Lucía por cada milímetro de sus entrañas que sentía abriéndose.

Sus nalgas contactaron con mi pubis, y mi mente se desquició de lujuria con esa sensación, obligando a mis caderas a empujar para apretar con fuerza esas bellas redondeces, empalando a Lucía hasta la máxima profundidad posible.

– Uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuhhhhh –volvió a aullar quedándose sin aliento.

Con toda mi polla metida en su culo, se lo apreté una y otra vez con mi pelvis, rebotando contra sus carnes, sintiendo cómo su cuerpo estrangulaba mi virilidad. Oprimiéndola tanto, que me proporcionaba una gloriosa mezcla de placer y dolor que me obligaba a no dejar de empujar, como si pudiera atravesar completamente aquel precioso cuerpo femenino.

Lucía gemía y sollozaba de puro gusto, siendo incapaz de controlar las contradictorias sensaciones que le producía el sentir por primera vez una polla taladrándole el culo y abriéndola en canal.

Yo apenas podía moverme, limitado por estar los dos tumbados de costado, así que a pesar de que se la podía clavar a fondo, sentía la necesidad de deslizarme con más recorrido dentro de ella para experimentar las contracciones y relajaciones de su interior.

Se la saqué del todo, sintiendo cierto alivio al salir de aquella estrechez, pero a la vez deseando volver a sentir esa poderosa presión.

-¿Por qué me la sacas? –me preguntó girando su rostro hacia mí-. Me estaba gustando mucho, me arrepiento de no haberlo probado antes… Antonio, métemela otra vez…

– Ponte a cuatro patas, que te vas a enterar de lo que es bueno –le dije verbalizando las palabras que tantas veces había repetido en mis ensoñaciones con mi jefa.

Lucía sonrió y obedeció deseando volver a sentir aquella intensa experiencia que acababa de descubrir. El ver en esa postura a aquella poderosa deidad dueña de mis fantasías, con su culito en forma de corazón ofreciéndoseme, se grabó a fuego en mi mente desquiciándola de lujuria.

– ¡Móntame! –ordenó con su tono de jefa y la cara de vicio más provocativa que había visto nunca.

No lo dudé ni por un segundo, agarré sus caderas y embestí su retaguardia para penetrarle el culo hasta el fondo con un potente empujón.

– ¡Aaaaaaaaaaaaaaahhhhhhh! –gritó extasiada-. ¡Me ¡revientas!.

– ¡Dioooossssssss, Lucía! –grité yo enajenado por la presión que sus entrañas ejercían en mí-. Tengo que reventarte…

Tirando de sus caderas para evitar que cayese de bruces por el ímpetu de mis embestidas de macho embravecido, empecé a bombear a la magnífica hembra haciendo que toda la longitud de mi polla se deslizase dentro de ella, profundizando al máximo y sometiendo a sus nalgas a un duro castigo a base de azotes de mi pubis.

Sus gritos de placer compusieron una lasciva sinfonía, nunca había sentido nada tan intenso, y yo me sumé a al concierto coreando su júbilo con alardes de barítono que convirtieron aquella cama en el escenario de La Scala de Milán.

La fuerza que las paredes internas de Lucía ejercían en mí era soberbia. Me apretaba de tal modo que, cuando yo empujaba, tenía que vencer la resistencia natural de su cuerpo a ser penetrado por aquella vía. Ese poderoso masaje y fricción en mi polla, me hacían sentirla palpitando atrapada en el estrecho conducto, más congestionada e hinchada que nunca, a punto de correrme pero sin poder hacerlo. Aquello me obligaba a darle con toda mi alma, follándola salvajemente, castigando sus nalgas con mi cuerpo para alcanzar la liberación de tanta tensión acumulada. Pero aun así, no podía alcanzar el orgasmo.

Lucía se dejaba hacer totalmente entregada a mí, permitiéndome mover su maravillosa anatomía a mi antojo, gozando de mi potencia explorándola por dentro, extasiándose de mi pasión azotando su culo a golpe de cadera, disfrutando al límite de cómo la estaba montando sin darle cuartel… Hasta que sus brazos flaquearon y su bello rostro acabó sobre la almohada. Ese cambio en su postura inclinando su cuerpo, tiró de mi pértiga dentro de ella, flexionándola y estrangulándomela hasta hacerme sentir que reventaba con una furiosa corrida que noté cómo nacía palpitando en mi próstata, recorriendo en oleadas el interior de mi férreo miembro, hasta liberarse inyectándose en las profundidades de mi magnífica montura.

– ¡¡¡Oooooooooooooooohhhhhhhh!!! –grité sintiendo que descargaba en ella hasta la última gota de mi excitación, con mis glúteos apretados imprimiendo más ímpetu a la corrida.

Mi jefa estalló en una carcajada de satisfacción al sentir mi eyaculación en su interior, quedándose inmóvil para experimentar la exquisita sensación de mi espesa y cálida esencia derramándose en sus entrañas hasta morir con un último estertor que anunció el final de mi visceral orgasmo. Sintiéndose llena de mí, Lucía empujó hacia atrás con su culo obligándome a sentarme sobre mis talones, empalándose con mi lanza para alcanzar su propia gloria.

– ¡¡Aaaaaaaauuuuuuuuuuuuuuuuuummmmmm!!! –aulló como una loba en noche de luna llena, quedándose sin aliento sentada sobre mí.

Su poderoso orgasmo me exprimió sin piedad, permitiéndome volver a agarrar sus exuberantes pechos para estrujarlos intensificando aún más el placentero delirio de mi aullante hembra. Cuando toda su energía se consumió, sintiendo cómo mi miembro perdía consistencia y empezaba a ser vencido por las contracciones de su recto tratando de expulsarlo, levanté a la indómita loba cogiéndola por la cintura. Mi decadente músculo salió de ella y, tras él, el blanco líquido de mi orgasmo regando mi zona pélvica.

– Me has dejado como a una muñeca de trapo –me dijo tumbándose con su cara aún colorada por el clímax alcanzado-. Me ha encantado…

– Y tú me has exprimido como a una naranja -le contesté resoplando-. Es increíble la fuerza que tienes, por un momento he pensado que me arrancabas la polla.

Los dos nos reímos a carcajadas, hasta que se fijó en cómo había quedado mi entrepierna.

– Creo que deberías darte una ducha –me dijo-. Tienes toda la corrida encima.

– Sí –contesté observando cómo mi esencia se había condensado alrededor de mi verga-. Ahora que esta vuelve a ser tu casa… ¿Te importa si uso el jacuzzi?. Es que me encanta.

– Pues claro que no. Si fueras otro tío y esto hubiese ocurrido antes del accidente, te habría pedido que te marcharas. Pero eres tú… Y a pesar de haber recuperado mi cuerpo, yo ya no soy la misma Lucía que era… Me has abierto las puertas hacia nuevos horizontes, me has hecho descubrir nuevas sensaciones… Siéntete en tu casa y disfruta de un buen baño. Yo voy a beber algo.

Me di una rápida ducha y me metí en el relajante baño de hidromasaje, disfrutando de aquel pequeño lujo sabiendo que, probablemente, sería la última vez que lo hiciera. Sentado y sumergido hasta la línea por debajo del pecho, pensé en que todo lo que había ocurrido en mi vida en el último medio año, había quedado atrás como un sueño. Tenía que volver a la realidad, a mi realidad, en la que seguía siendo Antonio, un chico de veintiséis años, con unos padres que le querían, con buenos amigos, con buenas aptitudes e ideas, una persona inteligente y con un futuro prometedor… Pero había conocido otra vida, otro mundo, otras experiencias, y atesoraría lo aprendido en ese extraño sueño que dejaba atrás para ser más feliz sacándole todo el jugo posible a mi existencia.

¿Y Lucía?, ¿cómo encajaría en mi vida?. Ella seguía siendo mi jefa en el trabajo, en un escalafón que en mi realidad actual quedaba lejos de mi alcance… aunque ahora había mucho más entre nosotros. Había llegado a conocerla mejor de lo que ella misma se conocía, y ella también me conocía a mí mejor que cualquier otra persona sobre la tierra. Ahora que sabía cómo era realmente tras la dura fachada que mostraba al mundo, y que estaba dispuesta a derribar, me sentía fascinado por ella. Además, era imposible negar que entre nosotros había algo realmente mágico que había desencadenado todo cuanto había ocurrido desde aquel accidente, y a pesar de haber vuelto ambos a la normalidad, seguíamos sintiéndonos irremediablemente atraídos el uno por el otro.

– ¿Qué vamos a hacer? –me pregunté en voz alta.

– Retomar nuestras vidas y reconducirlas –contestó Lucía entrando en el cuarto de baño y quedándose ante mí con los brazos cruzados bajo sus hermosos pechos desnudos.

Con sólo verla, sentí cómo mi polla se movía sumergida bajo el agua caliente, como una anguila que buscase a su presa. A través del agua, la verdadera dueña de aquel jacuzzi observó mi reacción ante ella, y se mordió el labio. ¡Era tan increíblemente sexy!. Me llené los ojos grabando en mi cerebro su belleza: el brillante color de su sedosa y azabache melena, la profundidad de sus espectaculares ojazos azules, la sensualidad de sus rojos y carnosos labios, la generosidad y redondez de sus turgentes senos de erizados pezones, las maravillosas curvas de su estrecha cintura, la anchura de sus poderosas caderas, el erotismo de su vulva de hinchados y sonrosados labios, la longitud y tonicidad de sus firmes muslos… Mi verga terminó de erguirse bajo las aguas apuntándola con su ojo ciego.

– ¿Y entre nosotros? – pregunté con la garganta seca.

– Ahora vuelvo a ser tu jefa – contestó metiendo un pie dentro de la amplia bañera-. Y deberás hacer cuanto te diga –añadió metiendo el otro pie.

– Ya, pero no tratabas muy bien a tus subordinados –contesté sintiendo cómo mi corazón volvía a acelerarse.

– Eso ahora va a cambiar, y tú no serás sólo mi subordinado…

Dando dos pasos dentro del agua se situó sobre mí con sus piernas abiertas. Percibí el penetrante aroma de su excitado sexo, que ya se humedecía por y para mí.

– Tú tendrás tus privilegios –me dijo cogiéndome la cabeza para acercarla a su jugosa fruta.

Abrí mi boca y besé sus labios vaginales succionándolos con verdaderas ganas.

– Uuuummmmm –gimió-. Essso esssss…

Con la lengua me abrí camino entre ellos y degusté su ardiente coño, lamiendo suavemente el delicioso sabor de su zumo de hembra, haciéndola suspirar. Yo ya había probado el sabor de mi propia excitación cuando era Lucía, pero ahora, con mis papilas de hombre, aquel coñito me pareció el manantial del más exquisito néctar que jamás había probado.

Tanto tiempo había fantaseado con aquella diosa inalcanzable, y tanto había clamado por ella mi hombría sepultada en el rincón más oscuro de mi mente, que todo mi ser se entregó sin reservas a aquel cunnilingus. Me comí su almeja introduciendo mi lengua cuanto fui capaz, explorando con ella cada ínfimo detalle de aquella cueva celestial, apurando el cáliz de su cuerpo como si aquel fuera el último trago previo al cumplimiento de mi mortal destino.

Entre suspiros, Lucía revolvió mi cabello disfrutando de mi excelsa gula más allá de lo que tenía en mente. Se apretó contra mi boca gimiendo y, de pronto, tirándome inconscientemente del pelo, alcanzó un precipitado orgasmo que hizo las delicias de mi paladar saciando mi sed de ella.

– ¡Joder, cómo me pones! –me dijo dejándome respirar-, esa no era mi intención…

– Pues a mí me ha encantado –le contesté con una amplia sonrisa-. Tenía tantas ganas de comerte entera… Estás tan deliciosa por dentro como por fuera.

Lucía rio con una cantarina carcajada, y yo volví a besar su vulva con pasión. Ella sujetó de nuevo mi cabeza y fue descendiendo para que mi lengua subiese por su vientre, mientras mis manos tomaban su redondo culito y le ayudaban a bajar poniéndose de rodillas sobre mí. Inclinándose y apoyando sus manos en el borde del jacuzzi, puso sus tetazas ante mi rostro, y me sentí como un hambriento ante el escaparate de una pastelería.

– Como te estaba diciendo hasta que me has hecho correrme –susurró con su tono más sugerente-, podrás reclamar tus privilegios siempre que quieras… ¡Reclámalos! –añadió imperativamente con su autoritario tono de jefa.

Mis manos recorrieron sus prietas nalgas y, ascendiendo por la curva de su espalda, la abracé mientras atrapaba con mi boca su seno izquierdo succionando su duro pezón. Lucía emitió un gemido de satisfacción.

Tomé sus encantos con ambas manos y los acaricié, presionándolos y disfrutando de cómo se amoldaban a mis manos; pellizcando suavemente los rosados pezones para después lamerlos y besarlos; terminando con toda mi boca abierta para comerme cuanto era capaz de esos dulces melones.

– Uuuuuufffff… -resopló bajando aún más para que mis besos le provocasen escalofríos recorriendo su cuello-. Así es como debes reclamar tus privilegios…Creo que tendré que llamarte muy a menudo a mi despacho…

Sus labios fueron al encuentro de los míos, y su cálido aliento se hizo mío en un beso pausado con el que nuestras bocas jugaron a atraparse la una a la otra. Su coñito alcanzó el extremo de mi erección bajo el agua y, acomodándose, fue tragándola poco a poco, haciéndome estremecer con la incomparable sensación de percibir su vagina más caliente que el agua del jacuzzi.

Lucía se metió mi polla entera, abriéndose de piernas hasta que su culo se apoyó sobre mis muslos y nos quedamos fusionados. Volví a maravillarme al comprobar cómo nuestros sexos encajaban a la perfección. Estaban hechos el uno para el otro, para que ambos pudiésemos gozar del más sublime de los placeres al unirnos. Jamás mi sable había sido enfundado con tal perfección, ni en tan hermosa vaina.

– Uuuuuummmmm –gemimos al unísono.

Mi amazona tomó las riendas pasando sus brazos alrededor de mi cuello, y yo le ayudé a colocarse bien sobre su montura sujetándola de su divino culo. Sin apenas esfuerzo por la flotación, la alcé deslizándola por mi pértiga, y la solté para que suavemente se volviera a ensartar en ella hasta que sus caderas empujaron clavándosela bien a fondo.

– Qué ricoooohhh… –susurró-. Nunca había usado así el jacuzzi…

– Yo nunca lo había hecho en el agua –contesté con sinceridad-. Es tan cómodo… Aunque creo que podría follarte incluso metido en aceite hirviendo.

Una carcajada se le escapó, y todos sus músculos se contrajeron haciéndome gruñir de gusto.

Del mismo modo, con la misma suavidad, ayudé a mi diosa guerrera para que siguiera montándome, sintiendo cómo su ardiente vagina masajeaba mi verga tirando de ella mientras yo profundizaba en su interior hasta incrustarle mi glande es sus entrañas. Era una sensación maravillosa, y podíamos disfrutarla con tranquilidad, dejando que el placer se fuese acumulando lentamente en nuestros cuerpos sin la necesidad de precipitar el final por el exceso de excitación. La pasión arrebatada era genial, pero el pausado goce también lo era, y eso sólo se podía conseguir con la confianza que se había establecido entre ambos.

Habiendo detenido los chorros del hidromasaje, el oleaje era producido por nuestros movimientos, y el sonido del manso chapoteo acompañaba los gemidos de Lucía mientras la excitación seguía creciendo.

– Será sospechoso que llames a un subordinado de nivel tan bajo a tu despacho –le dije sin parar de clavarla en mi polla- No soy más que uno de los muchos Jefes de Equipo.

– Ummm, puede ser… Entonces, tendré que proponerte para un ascenso.

– Eso sería genial, pero no quiero ganármelo sólo por follarme a la Subdirectora de Operaciones –le dije con total sinceridad.

-¿Ah, sí? –preguntó deteniéndose y haciendo fuerza con sus caderas y paredes internas, estrangulando mi músculo y engulléndolo hasta hacerme gruñir de gusto-. ¡Pero es que es la Subdirectora de Operaciones la que te folla a ti!..

– Uuuufffffff, sí, ahora mismo sí –contesté apretando los dientes, sucumbiendo a su poder.

Mis manos volvieron a subir para que ella llevase el ritmo, contoneando sus caderas sobre mí como si estuviese manejando el joystick de una antigua máquina de videojuegos. Cogí esos portentosos pechos que me fascinaban, y con los que tanto había disfrutado cuando eran míos, y se los apreté y amasé para su disfrute y el mío, estimulándoselos del mismo modo que a mí me había encantado que me hicieran.

– Aaah… Sabes que no propondría tu ascenso sólo por eso… uuummm –me dijo entre gemidos sin parar de bailar con mi polla dentro de ella-. Tengo muy buenos informes sobre ti de tus mandos más directos… uuuuuummmm… Y es por eso que te llevé a aquella reunión… ah, ah, aaahhh… Aunque también me parecieras atractivo… uuuuffffff….

– Mmmm… Entonces aceptaré encantado ese ascenso… uuuummmm –contesté entre gruñidos y gemidos yo también-. Ahora que conozco bien tu trabajo… uuuufff… podré ayudarte y aconsejarte si te dejaassssssss…

Comencé a besar sus senos, con suavidad, aumentando paulatinamente la presión de mis labios en ellos. Lamí sus pezones, delineando lentamente su areola con la punta de mi lengua y haciendo vibrar su agudo ápice con ella. Los chupé y succioné, abriendo cada vez más la boca, y alternando de uno a otro mientras mis manos los estrujaban con verdadero entusiasmo.

– Aaaaaauuuuuummmm… Por los nuevos que recuerdos que ahora tengo del tiempo que has estado en mi lugar –me dijo cambiando su movimiento de caderas de atrás hacia delante-… uuuummmm… Sé que has estado haciendo un buen trabajo… uuuuuuffff… Me serás de mucha ayuda para quitarme estressssss…

La intensidad de las sensaciones seguía en aumento. Toda mi polla era estimulada por el enérgico masaje de su cueva de placer, y el deslizarme por ella me proporcionaba un delicioso y potente cosquilleo en el glande que me hacía acompañar sus movimientos con mi propia cadera, sintiendo vigorosamente cómo mi ariete se incrustaba en su interior, dándonos a ambos una gran satisfacción.

– Estaré encantado de quitarte todo el estrés –dije soltando sus pechos para volver a coger la redondez de sus nalgas y clavar mis dedos en ellas atrayéndola hacia mí.

Lucía jadeó con cada potente estoque en sus entrañas.

– Y esta es la mejor manera de quitar el estrés –añadí metiéndole un dedo por el culito.

– ¡¡¡Uuuuuuuuuuuuhhhhhhhh!!!. Sin duda… Sé que es lo que has estado haciendo tú… (Diossss, esssse dedo por detráaaaasssss)… Follando sin parar… hasta a mi mejor amiga y mi cuñadoooohhh…

Me detuve sacándole el dedo, obligándole a detener su cabalgada. Clavé mis ojos en el océano de los suyos, y me disculpé sinceramente.

– Lo siento, Lucía. Pensé que mi situación era irreversible y… No era capaz de dominar mis impulsos y emociones… Quería descubrir mi nueva condición y… Era todo nuevo y excitante, y cuanto más descubría, más quería… Siento haber puesto tu vida patas arriba, creía que ya era mía.

– No tienes que disculparte –contestó tomando mi rostro entre sus manos con dulzura, una dulzura que sólo yo conocía-. Esos impulsos que dices que sentías, también los tengo yo, solo que yo tenía el interruptor apagado para ignorarlos. Tengo treinta años, y mi reloj biológico tiene la alarma puesta. Es normal que tú no supieras desconectarla y aprovechases cualquier oportunidad para hacer lo que mi cuerpo te pedía…

– Entonces, ¿no me guardarás rencor por lo que he hecho?.

– Pues claro que no, tonto. Lo hecho, hecho está, y mi vida necesitaba un revulsivo. Si ahora la retomo habiendo tenido cambios ya, mucho mejor. Y no dudes ni por un segundo que, si cuando yo tenía tu cuerpo hubiese tenido más tiempo tras la rehabilitación, también habría explorado mi sexualidad.

– Eres increíble, Lucía –le dije totalmente deslumbrado por ella.

– Soy racional y práctica, demasiado racional, y eso va a cambiar… Me habría encantado continuar siendo un tío y poder experimentar como has hecho tú… Pero de nada sirve lamentarse, ahora estamos así y… ¡Joder, tengo tu polla dentro!, ¿y quién ha dicho que te pares?. ¡Venga, sigue follándome para que vuelva a correrme!.

Se me escapó una carcajada y Lucía se retorció de gusto sobre mí sintiendo mis espasmos, devolviéndome su placer para hacerlo también mío con una reacción en cadena.

Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Vi fuego, deseo, pasión y lujuria en sus ojos de zafiro, lo mismo que yo sentía. La tomé por su sensual cintura, y levantándola hasta que sólo mi glande quedó dentro de ella, empecé a manejar su cuerpo clavándolo con salvaje lascivia en mi lanza. Horadando su vagina y apuñalando sus entrañas con mi bayoneta, obligándole a gritar:

– ¡¡¡Aaahhh, aaahhh, aaahhh, aaahhh, aaahhh, aaahhh, aaahhh…,!!!

Mi pasión desenfrenada y el agua del jacuzzi me permitieron hacerla saltar sobre mí con la habilidad con la que manejaría una almohada de plumas. El oleaje se convirtió en marejada, con la marejada llegó la tormenta, y la tormenta se convirtió en huracán.

Sentía mi propio órgano más poderoso que nunca, como una tuneladora taladrando el espectacular cuerpo de Lucía, dándome tanto placer que mantenía todos mis músculos en tensión, transmitiéndome cada fibra de mi cuerpo el goce que se originaba en mi falo. Mis ojos se deleitaban con la esplendorosa imagen del rostro de Lucía, ensalzándose su belleza con rubor en sus mejillas, auténtica luz en sus celestiales ojos, brillo en sus carnosos labios, y lujuria en su expresión. Al bajar la vista, por unos instantes, me embebí del excitante movimiento de sus pechos botando libres, haciéndome entrar en un estado de trance del que solo salí cuando oí que mi diosa me pedía un momento de tregua.

– Dame un segundo – me dijo casi sin respiración, quedándose con toda mi verga dentro-. Necesito tomar aliento o creo que me desmayaré…

Así llegamos al ojo de la tormenta perfecta, recuperando la cordura de nuestras respiraciones.

– La Subdirectora de Operaciones soy yo –afirmó con su respiración más pausada-, así que volveré a ser yo quien dirija esta operación.

– Tú mandas –le contesté con una sonrisa.

Lucía se levantó y, haciéndome un guiño, se dio la vuelta para volver a bajar. Sujetando mi miembro sumergido con una mano, volvió a metérselo por su acogedor coñito hasta que todo el Nautilus llenó aquella cálida gruta subacuática, arrancándonos a ambos un suspiro. Con una privilegiada vista de sus divinas posaderas apretándose sobre mi cintura bajo el agua, disfruté de cómo comenzó a moverse suavemente sobre mi arpón con un vaivén de caderas de arriba abajo, mientras se sujetaba apoyándose en los bordes del jacuzzi.

– Uuummmm, uuummm, uuummm… -gemí sintiendo cómo su vagina me succionaba con voracidad.

Aquella forma de moverse hacía la penetración extremadamente placentera. El recorrido por su interior era corto, con mi sensible glande incidiendo continuamente en sus profundidades, pero tal y como me estaba follando Lucía, todo el placer se concentraba en la fuerza de sus músculos masajeando mi barra de carne, tirando de ella y apretándola como si pudieran aplastarla, era magnífico.

Escuchaba los gemidos de mi Afrodita, recorriendo su espalda y culo con mis manos para terminar rodeándola con mis brazos y aferrarme a sus pechos, estrujándolos como su coño estaba estrujando mi polla.

Nuestro goce seguía en aumento, y yo ya empezaba a sentir que no aguantaría mucho la gula con la que ese conejito se estaba comiendo mi zanahoria.

Bajé una de mis manos hasta su vulva y, metiendo mi dedo corazón entre sus labios mayores, hallé su clítoris justo por encima de mi carne devorada por su sexo. Lo acaricié y froté, y los gemidos de Lucía se transformaron en una especie de sollozos suplicantes por el puro disfrute de sentirse doblemente estimulada. Incrementó la velocidad de sus movimientos pélvicos, acompasándolos con mi dedo frotando su perla, y las aguas volvieron a encresparse desatándose nuevamente la tormenta.

Yo ya no podía controlar mis actos, la excitación era tan extrema y el placer tan intenso, que tenía la necesidad de penetrar a Lucía con todas mis fuerzas, de empalarla sin compasión, de hacerle sentir toda la potencia de mi hombría. La tomé de la cintura levantándola y empecé a empujarle con ímpetu, subiendo y bajando mis caderas para que mi polla recorriese toda su gruta y se clavase con furia, una y otra vez, en sus entrañas.

– Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhh… -gritó de forma continuada mientras mi verga entraba y salía de ella con endiablado frenesí.

Mantuvimos el ritmo buscando el desfallecimiento de nuestra resistencia, arrastrándonos el tifón de la bañera hasta el borde de la locura. Nuestros corazones latían al galope, armonizados con el mismo trepidante tempo; mi polla palpitaba, a punto de estallar; su coño se contraía, al límite de sus fuerzas, y nuestras almas se elevaron hasta alcanzar el jardín de las delicias.

-¡¡¡Oooooooooooooooooooooooohhhhhhhhhh…!!! –gritamos al unísono.

Mi leche regó a presión sus profundidades, escaldándolas con furia mientras Lucía se contorsionaba sobre mí en pleno éxtasis. Llegamos al orgasmo en perfecta sincronía, alcanzando la sinergia de nuestras glorias compartidas para enaltecer nuestro placer en una dimensión desconocida. Nos fundimos en un único ser superior, corriéndonos con todos nuestros sentidos colapsados por tan increíble arrebato liberador, sintiendo en nuestros corazones que aquel era el momento de felicidad absoluta que daba sentido a nuestras vidas, haciéndonos desear que jamás tuviera fin.

Con mi toda mi esencia ya entregada para llenar a Lucía, prolongando su particular paraíso de sensaciones, sentí que me iba, que la oscuridad me envolvía y todo desaparecía a mi alrededor.

Desperté sintiendo frío, con los pezones duros como carámbanos de hielo. La temperatura del agua del jacuzzi había descendido considerablemente, y sólo el calor del cuerpo pegado al mío impedía que tiritara.

Apenas tuve un vago sentimiento de sorpresa al descubrir que estaba abrazada a Antonio y que, por lo tanto, yo volvía a ser Lucía. En la vorágine del más sublime de los orgasmos, había percibido cómo ambos habíamos alcanzado una mística unión en la que nuestras almas entraban en resonancia para intercambiar nuestras realidades.

Antonio me miró y, al verme abrazada a él observándole con mis claros ojos azules, un destello iluminó la oscura profundidad de los suyos. Sonrió encantado:

– Hola, preciosa, volvemos donde empezamos.

Y así descubrimos que la irresistible atracción que sentíamos el uno por el otro, y la mágica compenetración que experimentábamos cuando estábamos juntos, se expresaba en su máxima extensión en el momento en el que llegábamos juntos al orgasmo, alcanzando la gloria a la vez. En ese momento nos mezclábamos convirtiéndonos en un solo ser, y cuando el sobrenatural clímax se desvanecía, volvíamos a separarnos intercambiándonos los papeles.

Pasamos toda la semana de mis vacaciones indagando en esa fantástica posibilidad, follando apasionadamente, entregándonos el uno al otro sin reservas. Confirmando, orgasmo tras orgasmo, que aquella magia que nos envolvía provocaba que nuestro máximo placer casi siempre fuera alcanzado simultáneamente, haciéndonos dueños del cuerpo del otro. Y también aprendimos, conociendo nuestros cuerpos, a disfrutar del regalo de gozar de largas sesiones de sexo, siendo hombre o mujer, sin dejar que se produjese el cambio.

Tras aquella húmeda semana, tomamos conjuntamente la decisión de continuar con nuestras nuevas vidas recién iniciadas, siendo yo Lucía y él Antonio, dándonos total libertad para hacer con ellas lo que quisiéramos.

Durante los meses siguientes, le apoyé y aconsejé sobre su nueva condición, ayudándole a entender lo que significaba ser un hombre, con sus defectos y virtudes. Incluso, a pesar de que secretamente me hería, también le animé para que tuviera aventuras con otras mujeres, con el fin de que explorase su nueva sexualidad más objetivamente, tal y como yo había hecho antes de que él despertara del coma. En todo ese tiempo, ambos reprimimos nuestros impulsos por entregarnos al otro para asegurarnos de qué era lo que realmente queríamos, manteniendo únicamente una verdadera y sana amistad. Una amistad tan sana, que me vi obligada a saciar mis apetitos con el monitor del spinning de mi amiga Alicia, un par de ligues de discoteca, y las visitas de Raquel y su novio, mientras Antonio daba buena cuenta de mi amiga Eva del trabajo, algún ligue, y una de “sus” exnovias.

El día de nuestro cumpleaños, porque ambos cumplíamos el mismo día, los dos decidimos afrontar lo que era innegable: estábamos hechos el uno para el otro, sólo yo podía hacerle feliz a él, y sólo él podía hacerme feliz a mí. Antonio me confesó que estaba locamente enamorado de mí, y yo le correspondí declarándole mi amor incondicional. El sexo de aquel día fue apoteósico.

Desde entonces, vivimos juntos como una pareja normal a los ojos de cualquiera, aunque en la intimidad, seguimos disfrutando del sobrenatural privilegio de gozar de la cara y la cruz de la moneda del sexo.

FIN

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