portada criada2Hola a mis lectores. Estoy encantado de que estéis leyendo este relato.

Es una continuación de “Una enfermera virgen en el hospital” http://www.pornografoaficionado.com/una-enfermera-virgen-en-el-hospital-por-cantydero/ No tenía pensado continuar ese capítulo, pero he recibido tantas peticiones para que lo hiciese que al final me habéis convencido. Y la verdad, he disfrutado de lo lindo pensando en cómo sería esta secuela. Espero que disfrutéis del resultado.

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sin-titulo08.00 am.

Unas ruedas se deslizan por el pasillo del hospital. El carrito médico lo arrastra una enfermera de melena rubia y rizada, jovencita, capaz de quitar el hipo a cualquiera. De repente el ruido de arrastre cesa, y el carrito se detiene delante de una habitación.

Número 307.

La enfermera mira el número de la habitación y una extraña sonrisa se torna en su cara. Mira atentamente hacia los lados, pero aún no hay nadie más moviéndose por la planta. Llama a la habitación pero no contestan. Esa es la tónica. Abre la puerta y mete el carrito, y tras entrar ella también, cierra la puerta desde dentro, bloqueándola con el carrito.

Dos voces la saludan desde el interior de la 307. Dos viejitos vestidos con la ropa del hospital, sentados al borde de sus camas.

– Buenos días, Noemí – sonríen, y son incapaces de sonreír más abiertamente.

– Hola, ¿habéis dormido bien? – saluda Noemí, y nada más decirlo dirige sus manos a su cuello y desabrocha el botón superior de su uniforme hospitalario. La piel blanca de Noemí asoma por detrás de la ropa, y Noemí sigue desabotonándose hasta que su escote queda al descubierto.

– Hemos soñado contigo, para variar –dice Pedro, uno de ellos. Mientras, los viejos han juntado las dos camas, convirtiéndola en una familiar. – Veo que vienes con prisa, estás impaciente pequeña…

– Ya sabéis, es sólo media hora lo que puedo daros para que no sospechen…

Jorge, su desgarbado compañero, ya está en pie. De un golpe, se quita su pijama de hospital y se queda con unos calzoncillos viejos y descoloridos, donde se adivina una forma cada vez más puntiaguda. Noemí llega hasta el último botón de su camisa y se lo quita, relevando un sujetador blanco de encaje muy bonito, que esconde unas apretadas tetas que buscan salir y formar más relieve.

El viejo que está de pie la toma del sujetador sin ningún pudor y abraza sus pechos con ambas manos, masajeándolos. La respiración de la rubia se corta al instante, al sentir esas manos viejas, llenas de callos, tocando su anatomía. Ni siquiera sintió como su sujetador se liberaba por el tacto del viejo, y cómo sus redondas tetas quedaban en contacto con el aire. Unos hermosos pechos, grandes, bien formados, con pezones rosados y bien dibujados. La enfermera sexy estaba desnuda de cintura para arriba en medio de la habitación y sus pechos eran magreados descaradamente por Jorge.

Por otro lado, Pedro, que para entonces ya estaba totalmente desnudo y con la verga bien erecta, se acercó a la acción. Cogió a la enfermera de los brazos y, alejándola de Pedro, la tiró contra las camas. El cuerpo semidesnudo de Noemí cayó de espaldas contra el colchón, sus pechos miraban hacia el techo, donde aparecieron de repente los dos viejos lujuriosos, mirándola y comiéndosela con los ojos. Noemí, sintiéndose así de observada, se volvía loca. Su cuerpo sentía un hormigueo, se empezaba a acalorar…

Jorge se abalanza sobre la nena sin dudarlo, movido por el deseo hacia la diosa rubita. Sin pedir permiso, tocó sus dulces labios de chica joven con los suyos de avanzada edad, insuflando su asqueroso aliento dentro de ella, juntando su lengua áspera con la fina y sensual de Noemí. Pero a Noemí ya eso le gustaba tanto… Respondía a él, buscaba todos sus dientes y se dejaba ahogar por ese desalmado. Jorge de mientras, fundiéndose con la lengua de la joven enfermera, movió sus manos a sus pechos golosos y allí se entretuvo, removiendo su carne, amasando las glándulas poderosas y duras de aquella jovencita. A Noemí le arrancaba chillidos de placer que apenas salían de su obstruida boca cuando sus pezones ya bien duros eran castigados por los dedos de aquél hombre tan experimentado…

Mientras, la seguían desnudando. Era Pedro, claro, que no podía estar quieto, que buscaba otras zonas libres de su cuerpo. Casi sin darse cuenta, la parte de abajo del uniforme de enfermera ya no estaba con ella, y Pedro tocaba con la palma de su mano la tela del tanga. Hacía aun masaje con ella, como si quisiera meter la palma de la mano en la vulva. A Noemí le gustaba recibir ese masaje mañanero, su clítoris ya asomaba despierto por el placer… Pero no duraba mucho, Pedro había abierto el tanga de un lado, revelando la vagina tierna e infantil de la enfermera, y con los dedos recorría la abertura apretadita, deleitándose. Deleitándose a la vez que Noemí, que empezaba a sentir sensaciones estimulantes al sentir las yemas del maduro tocar sus labios íntimos. Pero Pedro no podía reprimir su tremenda hambre por aquella joven tallada por Dios, al igual que hacía Jorge con los pechos enormes de la enfermera, y su lengua no tardó en contactar con los labios de su coñito, el mismo que él conoció virgen hace poco tiempo…

Noemí se sentía en el cielo, aquellos dos viejos sabían tratarla tan bien… Eran los únicos hombres que conocía, pero no necesitaba más, eran suyos y ella era solo para ellos. Se estiraba, se retorcía de placer con sus caricias, y su sexo ardía de gozo…

Sus pechos bailaban en la boca y manos de Jorge, y Pedro recorría cada centímetro de la vagina de Noemí con su lengua. Noemí estaba bien abierta de piernas, sin resistirse lo más mínimo… Gozaba cada sensación, cada caricia. La lengua del viejo pasaba por su intimidad más profunda, rozaba los labios finos e hinchados de su coñito, y presionaba en las paredes de la forma que Noemí más gozaba. La joven pegaba gritos pequeños sin poder contenerse, su sexo era tan sensible… Su útero, su vagina ardían, reclamando más. Los pechos ya apenas sentían el placer de Jorge por la dureza de los pezones. Estaba muy húmeda, sus jugos a punto de salir por la entrada a su cuevita…

Todo en cuestión de pocos minutos. Eran unos maestros del sexo, no importaba su edad ni su apariencia. Lo conseguían. Noemí ya se iba de este mundo… sus líquidos aparecían por la entrada del chochito, era algo indescriptible para ella correrse así. No podía contenerse, gemía, casi gritaba de placer…

En medio de aquella bacanal de placer entre los dos cuerpos maduros y la joven y delicada Noemí, los dos hombres pararon al unísono, dejando que la humedad femenina de la niña siguiera escurriendo de su vagina… Estaba lista y no se podía perder un segundo del tiempo de la enfermera.

Rápidamente Jorge se tiró en la cama al lado de Noemí y, sin dejar de tocar sus pechos con sus dedos, la animó a subirse encima de él. Noemí se colocó sobre el pecho del viejo, dándole la espalda y mirando al techo. Sus piernas abiertas, sentía el tacto de la polla erecta de Jorge entre sus piernas… Ya tenían la maniobra prevista, estaba todo calculado al milímetro. Noemí separó más sus piernas y abría con sus dedos finos la estrechita entrada a su flor. Su tierna vaginita seguía siendo un sexo pequeño y cerradito pese al casi diario ejercicio sexual. Tocaba el clítoris con un dedo mientras separaba los labios carnosos y ya se vislumbraba el interior húmedo y chorreante de Noemí. Y quien lo miraba era Pedro, que estaba de pie, con su verga grande también dura por el efecto de la viagra, y de la sensual enfermera desnuda de cada mañana… Al borde la cama, Pedro se aproximó y esquivando el miembro de su amigo, apuntó el glande a la abertura vaginal que Noemí disponía para él.

Sin dudarlo, introdujo la polla dentro de Noemí, abriéndose paso por sus calientes paredes hasta tocar el fondo. La deliciosa chica seguía apretada como su primera vez, era una gozada follársela, siempre pensaba Pedro. Así es, las carnes de Noemí apretaban con fuerza el pene vigoroso de Pedro, como si ya le tuvieran cariño y no le dejasen ir. Noemí estaba empapadísima, los jugos salían empujados por la presión y resbalaban por los muslos de la joven putita. Noemí pegó un aullido al sentir la barra de aquél viejo tan caliente en su interior, le abrasaba, y estaba tan dura…. Tenía que confesar que a veces hasta le dolía un poco al principio meterse una verga así, pero eso pasaba cuando el viejo empezaba a follársela.

Pedro agarró con fuerza las nalgas prietas de Noemí, su tacto era delicioso. Siempre tan redondas y suaves… Con fuerza levantó el culo de la joven hasta dejarlo unos centímetros en el aire, por encima de la improvisada cama que ahora era Jorge, sobre la que se apoyaba la escultural enfermera. Era el turno de que, sin salir la polla de Pedro del coñito de Noemí, también Jorge se acoplase al cuerpo de ella.

La impaciente polla de Jorge se apoyó entre las nalgas prietas de la chica. La propia Noemí, también impaciente, con una mano, guio al viejo a la abertura de su ano, un orificio ya tan experimentado como su vagina. Dos dedos se colaron rápidamente en el ano para ensancharlo un poco, acompañados de lubricante que se había dispuesto para aquél momento. Después, el miembro no encontró problema y se introdujo despacio dentro del culo de la chica. Noemí se quejaba cuando dilataban su ano, no era placentero hasta que no llevaba un rato penetrada. Centímetro a centímetro, ella aguantaba la respiración hasta que el segundo rabo le completaba como la putita de aquellos señores…

Noemí, ya penetrada por sus dos orificios, sabía que la acción empezaba. Y lo deseaba así. Era Pedro el que se movía principalmente, pero Jorge también marcaba su ritmo clavándose por su trasero. Pedro comenzó a sacar su miembro de la apretada matriz de la chica, su polla ensartada se retiraba con dificultad, rasgando las paredes vaginales húmedas de la putita. Noemí enloquecía del roce de aquella gran verga saliendo de su sexo, para al rato ser de nuevo empujada hasta el fondo por la inusitada fuerza de aquél viejo. La excesiva lubricación vaginal de la hembra rubia se mezclaba con el líquido preseminal de la verga que la penetraba y juntos facilitaban la cópula. Parte de ese chorro de fluidos sexuales se escurría hacia la base del ano, atravesada totalmente también por la verga de Jorge.

La enfermera modosita en apariencia estaba allí, en aquella habitación, ensartada en sus dos orificios por las grandes pollas de dos viejos que se aplastaban contra su bello cuerpo. El movimiento del viejo que la follaba la vagina era lento al principio, para que Noemí se acostumbrase… Jorge se movía poco al principio por la misma razón, y desde abajo no perdía la ocasión de masajear los senos de aquella modelo y comerle la nuca con su boca. Eso ponía a cien a la joven virtuosa del sexo, mientras por otro lado recibía un beso de Pedro en la boca. La excitada mujercita de grandes pechos, tras sufrir un calor intenso por todo su cuerpo debido a tantas fuentes de estimulación, no tardaba en dar la señal.

– ¡Sí, por favor! ¡Seguid, más rápido! – gritó la enfermera, esclava del deseo que estaba por llegar…

Pedro ya comenzaba a ejercer más fuerza al avanzar abriendo las carnes vaginales de Noemí con su duro instrumento, abriéndolas de forma magistral y deslizando la verga hasta el fondo, clavándola hasta que los testículos chocaban contra la pelvis de la putita. Ambos sexos, tan distintos en su procedencia, uno peludísimo y el de ella cuidadosamente depilado, uno triplicando la edad del otro; hacía que sin embargo encajasen a la perfección y se complementasen. Algo muy similar ocurría con la verga del viejo Jorge que por atrás ocupaba el esfínter anal de la rubia y que se movía en la medida que Noemí empezaba a recibir con goce la follada de Pedro. Al de pocos segundos Noemí bailaba en el aire, manteniendo con la tierra el único punto de unión que sus agujeros sexuales tenían con los penes de los viejos.

Entraban y salían de ella con potencia de bombeo, con constancia. Ambos hombres empezaban a sudar, a sentirse bien, y a Noemí le ocurría lo mismo.

Agarraba las sábanas con sus manos mientras sentía las profundas penetraciones de Pedro y Jorge. Sentir sus orificios desgarrarse era demasiado, la estaban volviendo loca…

Cuando ya llevaban unos minutos de esa forma, Jorge propuso cambiar de postura y colocar a Noemí a cuatro patas, de manera que él la follase el culo mientras Pedro tumbado seguía gozando su tierno sexo. Sin dejar casi ni un momento los sexos de ella vacíos, Noemí se giró con la gracia de una atleta, ensartándose el miembro duro y tembloroso de Pedro, ahora tumbado, mientras recibía la estaca de Jorge que profundizaba de nuevo en su dilatado ano. La joven sumisa estaba ahora de nuevo repleta, aullando de placer, mientras los viejitos recuperaban la fuerza que ella necesitaba sentir en su frágil anatomía.

Ambos viejos habían acompasado la cadencia de sus empujones hacia la joven para maximizar los efectos de la follada, para hacer que Noemí notase la penetración profunda de ambos a la vez y esperase impacientemente hasta ser ensartada completamente de nuevo. Y ella misma se había acoplado a la dinámica, moviéndose cuando ellos lo hacían para permitir que su cuerpo fuese cada vez más y más penetrado, para abrirla como nunca lo hicieron antes… Los pechos de ella saltaban, como llenos de vida, con los pezones tan duros que podían hasta destrozarse…

Los gemidos de los viejos se dejaban oír, y pronto acompañaron los de la enfermerita:

– ¡Ayyyy! ¡Síiii! ¡Qué rico! ¡Folladme más duroooo, más! – les pedía. Noemí empezaba ya experimentar como a los flujos vaginales que desprendió se unirían otros…

Y ellos obedecieron a su princesa, pues el deseo era fácil de cumplir…

– ¡Toma, puta! – gritaba Jorge – ¡Mira cómo te ensarto el culo!

Noemí sentía como su culo acogía de lleno al miembro invasor y cada vez estaba más excitada, le encantaba el sexo anal desde que ellos se lo dieron a conocer. Por culpa de Jorge no podría sentarse, le dolían ya hasta las nalgas, pero era tan placentero… Un orificio apretado y estrecho que Jorge ya trabajaba con maestría y que era una de las principales fuentes erógenas de la enfermera, y que estaba siendo estimulado hasta su límite.

– Mmmmmm, tu delicioso y apretadito coñito de niña, que bueno… – comentaba Pedro sin dejar de romperlo en cada follada.

La vagina penetrada de Noemí impulsaba aún más placer en el cuerpo caliente de la joven, y se unía al que recibía por el orto. La vagina estaba húmeda, resbaladiza y apretada, pese a las duras estocadas diarias de Pedro. Pero bien cierto era que Noemí, una chica deportista, hacía lo imposible para mantener su figura estilizada y su coñito bien apretado, pues sabía que así gozaban más todos. La polla de Pedro se movía como un ariete que quisiera tumbar el útero de la enfermera, y Noemí sentía a cada retumbar como su temperatura ascendía, como perdía más y más el control…

Noemí se asaba de calor, de sudor, de placer, de cansancio incluso. Sus pechos seguían magreados ahora por cuatro manos. La boca era constantemente besada por una lengua que solo podía proceder de Pedro. Las penetraciones de ambos agotaban a la joven chica y la dejaban cada vez más cerca del siguiente orgasmo húmedo. Ella lo sabía y así se lo trasmitió a ellos, sus folladores:

-Ayyy, chicos míos, ¡¡¡yo no aguanto ya más!!! ¡¡¡Aaaah, aaaAAHHH!!! – dijo al cerrar sus ojos azules y sentir sus sexos en su piel…. Su vagina y su coño ya no le respondían, se dejaban invadir por la sensación de placer culmen, el final de la carrera.

Ambos viejos se excitaron sensiblemente al oírlo y le dijeron:

– ¡Vamos, niña, chilla que te estás corriendo!

– ¡Ay, nuestra putita! ¡Vamos, suelta tus jugooos!

Noemí no pudo cancelar ya su orgasmo. La sensación que sentía en la parte inferior de su cuerpo fue demasiado, era feroz, incontenible. Le nubló la mente, la vista y el tacto. Noemí se deshizo en chillidos de placer mientras sentía como de su coño ocupado salían nuevas secreciones calientes propias de la libido de una mujer que está disfrutando al máximo del placer carnal.

– ¡¡Siiiiiiiiiiiii!! ¡Ahí va! ¡Me corroooooooooooooooooo! ¡Diooos! – la boca de Noemí pegaba unos gritos impresionantes mientras ella se retorcía al sentir el placer brotar de su entrepierna.

Ambos viejos se excitaron aún mucho más al sentir el orgasmo de Noemí mientras la follaban. Pedro, disfrutando de los gemidos de la chica, notó como una nueva remesa de jugos se escurrían del sexo de la joven y mojaban su verga, para acabar saliendo como chorros de la vagina de la niña y mojar sus bien tallados muslos.

Que ambos viejos sintieran la humedad de la mujer no hizo más que acercar las suyas. Y Noemí, aún desbocada por el orgasmo de varios segundos que invadía su cuerpo, vio como las embestidas se acrecentaban, la expresión y respiración de ellos cambiaba…

Ambos también iban a correrse…

El final variaba, no siempre era el mismo, pero los viejitos lo decidían de antemano, eso lo sabía Noemí. Tras empezar ambos a gemir demasiado, signo inequívoco de que sus pollas estaban a punto de soltar el semen, ambos salieron de los orificios de Noemí. La vagina se derretía en más jugos de la última corrida de Noemí, mientras que el culo también contribuía al placer… Jorge apartó a Noemí de encima de él y se puso al lado de Pedro, ambos con sus pollas apuntando al cuerpo de Noemí. Y ella entendió.

– Vamos, chica – decía Pedro – no pares ahora, que viene lo mejor…

Se puso de rodillas, su escultural cuerpo expuesto a la mirada superior de ambos pacientes, y con cada mano agarró uno de los penes sudorosos que se le ofrecían. Los viejecitos babeaban sin parar por la excitación a la que habían sometido sus miembros, y la saliva agria de sus bocas caía como un manantial incesable sobre el perfecto cuerpo desnudo de su sumisa, mojando sus hombros y parte de sus potentes senos…

Aún sentía la joven sus orificios vaginal y anal placenteros por la follada que habían recibido y le dejaban con fuerzas para continuar la mañana.

La rubia de piel pálida, con las rodillas clavadas en la fría loza gris que formaba el suelo del hospital, miraba hacia lo más alto de las cabezas de sus amantes. Sus pechos se bamboleaban a la vez que con ambas manos, fuertemente, agitaba los prepucios de aquellos hombres que la habían follado y le habían hecho pasar tan buen rato. Estaban a punto de soltar su esperma y de regarla, era cuestión de segundos. Ella, como buena ambidiestra, podía repartirse entre ambos a la perfección, batía con energía esas pollas como una bien entrenada actriz porno.

– Aaaahh… putita, eres única, vamooos… – decía Jorge, cerrando los ojos.

Noemí sentía su vagina llena de jugos que marcaban el placer que recorría su cuerpo, podía vivir casi como gota a gota sus resbaladizos líquidos femeninos caían de los labios vaginales a las baldosas, haciendo un chasquido… Y es que el tacto sudoroso, duro y bien ardiente de aquellos dos sexos masculinos entre sus dedos hacía crujir las muñecas finas de Noemí, a la vez que desataba todos sus sentidos y llevaba a su mente al paroxismo, a la vez que sus zonas erógenas se contaminaban con el deseo de esos dos viejos pervertidos…

Los gruñidos de los sementales transmitían a su cuidadora que estaban ya a segundos del orgasmo simultáneo, mientras ella no dejaba de menear con dureza las pollas. Aprovechó para aumentar vertiginosamente el ritmo para que durase durante las corridas, en un intento nervioso de extraer el preciado líquido masculino de las vergas excitadas… Ambos penes a estaban rojizos y se movían nerviosos, como unas mangueras que de repente se conectan y comienzan a soltar fluidos…

– Noemí, cielito, yo no puedo más, ¡¡voy a echarte mi semeeeen!! – gritó Pedro, moviéndose como poseído, sin poder controlar su cuerpo.

– Guarrilla, te vamos a duchar con nuestra lefa, ¡¡yo también me corrooooo!! – coreó Jorge, desatado.

Y en menos de tres segundos, el esperado momento de todos los allí congregados llegó. Noemí ya calibraba exactamente el momento, conocía a la perfección el funcionamiento de esos órganos, ya los había trabajado en no pocas ocasiones. Por ello, anticipándose a los orgasmos húmedos, ella se inclinó sexualmente hacia atrás unos grados. Su cuerpo giró de una forma lenta e increíblemente bella, sus pechos acompañaron el impulso, su fina figura se tornó oblicua y el pelo rizado botó en el aire con total libertad. Noemí se inclinó hacia atrás, dejando expuestos sus formidables pechos a los dos ancianos, y apuntó con las pollas a sus grandes atributos de mujer, mientras sus brillantes ojos miraban ansiosos el final…

Dos gritos de hombres de la tercera edad surcaron el aire, rompiendo la tranquilidad que habían dado antes sus gemidos. Ello se acompañó de movimientos casi epilépticos de ellos mientras eran sus gruesas pollas las que tomaban vida en manos de la enfermera. Dos pares de testículos bien hinchados decidieron liberarse de su carga y los penes explotaron prácticamente a la vez…

Entonces, dos poderosos y bien caudalosos chorros salieron, como si de fuegos artificiales se tratase, de las puntas de los rabos que Noemí dirigía hacia ella. Violentamente, esos torrentes blanquecinos y espesos impactaron contra las grandes tetas de Noemí, quien al sentir la fuerza del golpe masculino casi se cae hacia atrás. La presión del semen se relaciona con la excitación y la fuerza de la virilidad, recuerda ella para sus adentros… El esperma que no para de ser lanzado contra la indefensa chica choca contra sus pezones, bañándolos y cubriéndolos de espesa leche mientras más cantidad de fluido se expande por la golosa anatomía de Noemí. Los viejos siguen chillando por el placer del orgasmo, pintando a Noemí de blanco. Pronto, el semen ha manchado el delicado cutis perfecto de Noemí por el frente, derramándose por su cuello, pechos y vientre… Siguen el camino que lleva a las ingles de Noemí, al preciado tesoro que una vez fue virgen.

Sin dejar de cubrirse de líquido, Noemí desvía con un rápido movimiento de sus manos los disparadores de leche caliente a su linda cara. Y en una fracción de segundo, el bello rostro de la enfermera, tan lleno de vida, con esos ojos azules de color cielo y esa boquita fina de labios carnosos y diminutos… queda también cubierto con las últimas gotas que los viejos desparraman sobre ella. Abruptamente, la leche llega a su fin, tras un par de estertores en los que ya solo se vierten gotas sueltas que salpican la carita angelical de la niña. La lluvia seminal cae sobre los pómulos, la nariz puntiaguda, los labios semicerrados y moja los párpados que Noemí cierra para guarecer sus ojos.

Ambos viejos, ya descargada su simiente sobre el frontal de la escultural chica, se alejan de ella con las pollas aún duras para observar su obra de arte: la preciosa pintura de una enfermera de infarto cubierta por una viscosa capa de crema blanca…

Y es ella, la divina enfermera del sexo, la que ahora gime, pues siente la viscosidad y el calor que desprende la semilla de macho que está pegada a su piel. Noemí grita del dolor que conlleva soportar ese líquido humeante sobre su piel, pero también profiere gritos de placer, pues es el mayor honor que Noemí puede conocer ahora, el bañarse completamente de semen, el sueño de Noemí de cada noche… Allí está de rodillas, rendida, y con el premio de su entrega a los amantes chorreando por la práctica totalidad de su cuerpo desnudo. Abre los ojos con lentitud y se observa el delicado y frágil cuerpo manchado y dominado por la estampa de los hombres en ella.

Y mira a los dos autores, que le dedican miradas de pura lujuria mientras aún sudan, como ella también lo hace, mientras intenta que todo vuelva a la normalidad…

Jorge sale del trance y mira el reloj de mesilla de la habitación. Se dirige a Noemí y le comenta:

-Perfecto preciosa, cada día vas mejorando. Pero date prisa, sólo quedan ocho minutos para tu turno. Métete en la ducha, rápido…

Noemí levanta rápido, llevándose la armadura de semen con ella mientras entra en la ducha de la habitación de los viejitos. Esquiva las sillas que ellos disponen ahí y se mete en la mampara, y enciende el agua. Pedro y Jorge la han seguido y se sientan en los taburetes frente al espectáculo que supone ver ducharse a la adolescente que comparten y que han criado juntos.

Noemí frota con fuerza para quitarse el semen y el olor a hombre que impregna su figura…

22:16

Las guardias eran un momento especial. Cuando a Noemí le tocaba una guardia, en general siempre había mucho tiempo libre por la noche. No había muchos sobresaltos, la mayoría de los pacientes dormían y era fácil vigilarlos. De manera que, como podréis imaginaros, era frecuente que Noemí bajase a la 307, con cualquier excusa.

Durante las guardias, los ancianos Pedro y Jorge preferían un plan alternativo a la doble penetración de las mañanas. Ambos tenían el suyo, un plan especial que experimentar a solas con su enfermera putita favorita. Se iban turnando las guardias para poder disfrutar de Noemí a solas, pues ya la compartían el resto del tiempo.

En esas guardias, el plan de Pedro para con Noemí era lo que él mismo llamaba “Misión Fecundación”.

A Noemí no le desagradaba, aunque pensaba que Pedro era demasiado obsesivo con el tema. Y esa guardia tocaba otra sesión de “Misión Fecundación”.

Esa guardia, por la noche, tras haber cenado Noemí con el resto de las enfermeras, se ausentó alegando que iba a hablar un buen rato por teléfono y a fumar un cigarro. Las enfermeras aprovechaban aquél rato para descansar o hacer cualquier tarea que desearan, así que nadie le dio importancia. Noemí salió vestida con la bata y bajó a la tercera planta, habitación 307.

Abrió la puerta tras llamar. Únicamente Pedro estaba en la habitación. Jorge estaba en la habitación de Samuel, otro anciano ingresado, al que solían visitar, aunque ahora mucho más para dar intimidad al compañero que se quedaba con la pechugona enfermera.

– Buenas noches, esposa – saludó Pedro desde la cama. Estaba tumbado, con las camas juntas y sólo llevaba el calzoncillo. Tenía una actitud muy lujuriosa, como siempre, claro.

Noemí entró saludando y bloqueó la puerta para no ser molestados. Se acercó a la cama, sus manos iban de nuevo a los botones, era como si en esa habitación ya jamás pudiese estar vestida. Pedro le señalaba un hueco en el lecho, donde quería que ella se tumbase desnuda como ya comenzaban a hacer desde que se decidió el juego de las guardias.

La enfermera se desprendió sin dificultad de la parte de arriba del uniforme y a la vez dejó deslizar el pantalón hacia el suelo. Vestía ropa interior de color rosa oscuro. Pedro dejó ir un silbido, pues la ropa destacaba muy bien con la figura despampanante de la rubia enfermera.

Noemí se acostó acurrucada al lado del calor de Pedro. Sus pechos se marcaban muy bien debajo del sujetador, parecían que iban a explotar. Ambos conservaban la ropa interior. Se dieron un beso cálido, un beso de personas que tienen una estrecha relación, un beso casi romántico. Pedro quería comerse a Noemí con la boca, pero la joven lo aceptaba en su boca y buscaba fundirse con él. Intercambiaban lenguas y dientes… la saliva era también compartida. Noemí salió ahogada pero feliz mientras la lengua del viejo aún chupaba los labios de la pequeña, relamiendo su sabor…

Sus manos temblorosas rápidamente se dirigieron a los melones de Noemí, a punto de salirse del sujetador. Por detrás, Noemí soltó el enganche y liberó sus enormes pechos para que Pedro los disfrutase. El viejo siempre admiraba con igual sorpresa el tamaño de las tetas de su concubina, algo que para otro viejo de su edad sería inalcanzable, para él era algo que podía palpar y chupar cuando quisiera. Ella no se sentía incómoda en la compañía de aquél hombre prácticamente calvo y ojeroso, todo lo contario. Ella era de él.

Pedro aquella noche quería ir rápido, pues mientras estaba perdido con la cabeza entre las gigantescas y suaves tetas de su cuidadora, sus manos tiraban de la braguita rosa de encaje. Con delicadeza pero sin pausa, arrastró la prenda hasta sacarla por los pies de la enfermera, dejándola totalmente desnuda a su lado. Con una tremenda erección que amenazaba con romper el slip del viejo, Pedro volvió a besar la boquita de la irresistible nena mientras amasaba sus pechos con placer. Noemí, en la oscuridad del cuarto, tan sólo con la luz de la mesita encendida, volvía a calentarse…

La “Misión Fecundación” siempre priorizaba el coñito. Pedro ya estaba en él, con sus dedos tocando la intimidad rosada de Noemí, buscando exprimirla y sacar sus jugos de su sexo. Noemí empezaba a gemir… Mientras, ella se tiró sobre el viejo y abrazó su prenda interior, tocando ya el duro miembro por efecto de la Viagra anticipada y corrió a quitar el slip. Liberó a esa polla amiga, que siempre estaba preparada. Quizás mucho más que la de cualquier jovencito…

Viendo las intenciones de Noemí, Pedro se dio la vuelta para que ella pudiese maniobrar libremente. Él estaba ahora mirando el chochito depilado de ella mientras que Noemí miraba su polla y sus testículos peludos, en un perfecto 69. Ambos pues, se dedicaron a trabajar el sexo del otro mientras el suyo era estimulado.

Pedro tenía prisa, chupaba con gran ahínco la almeja de Noemí. Ella, recién había empezado a trabajar con los dedos la emergente erección de aquél abuelo, no podía concentrarse en su trabajo pues Pedro le lamía con tanta pasión que faltaron segundos para que ella se calentase al máximo que su pequeño cuerpo podía hacerlo.

– ¡¡Ayyy, joooo, ya estoy cachonda!! – dijo ella.

Y Pedro vio como los primeros chorritos femeninos se deslizaban por la humedad de la vagina de Noemí, relacionándose con la saliva que él había impregnado. Noemí estaba lista para iniciarse. Él, en cambio, no quería excitarse de sobremanera en los preparativos, quería que hasta el líquido preseminal de su caliente rabo acabase dentro de la novia rubia.

Y sin esperar más, Pedro decidió penetrarla. Noemí también lo pedía, estaba sobradamente lubricada. Su maduro miembro se situó justo a la altura del coñito de ella, que estaba tumbada con los muslos bien separados, dispuesta a recibirlo.

– ¡¡Por favor, fóllame ya!! ¡No aguanto más! – pedía la excitada chica.

Y Pedro no tardó en cumplir el deseo. Su gran polla abrió los apretados labios vaginales de Noemí y, avanzando entre las paredes vaginales, se coló hasta el fondo. Noemí gimió al sentirse llena.

Y empezó así un polvo espectacular, como Noemí ya estaba acostumbrada a recibir… El sexo del maduro se movía con mucha experiencia a lo largo de aquél sexo joven, enseñándole toda clase de trucos. Se movía hacia adelante y atrás, aserrando a la chica en cada embestida.

Ella respondía al serrucho entregándose entera. Se movía al compás, para facilitar el máximo contacto entre sus sexos, la unión más profunda. Era sorprendente, a opinión del viejo, lo mucho que Noemí se había enganchado al sexo y lo mucho que había aprendido a nivel práctico. Los sexos se entrelazaban y sabían darse uno al otro lo que cada uno quería.

Las penetraciones eran tan fuertes y profundas que dañaban la pelvis de la jovencita, pero la chica rubia pedía más y más. Pese al dolor, su placer era tal que lo compensaba con creces. Los empujones propinados por Pedro movían la cama y la hacían rebotar, a la vez que agarraba sus pechos para bambolearse con más seguridad. Noemí estaba en el clímax, la follada que le estaban dando a su cuerpo le hacía enloquecer, sus tetas se deshacían en placer y el coñito desvencijado empezaba a humedecerse de nuevo muchísimo…

– ¡Dios, creo que ya lo sientoooo! – gritó como loca Noemí, sin dejar de moverse – ¡Siento la humedad, me vengoooooo!

Su vagina empezó de nuevo a proferir chorritos de juegos mientras ella gemía como loca. Pedro, que ya también perdía el sentido al follarse a semejante hembra que se corría entre sus brazos, anunció:

– ¡¡Noemí, amor, yo ya casi, también!!! ¡Ya, ya! ¡Voy a dejar mi semilla en ti amooor, piensa en que te dejaré preñadita!

Pedro estaba convencido de que dejaría embarazada a Noemí. Pese a su edad. Noemí le había explicado que no era posible, que su potencia sexual ya no conllevaba una capacidad de dejar embarazada a una mujer, que sus espermatozoides ya no tenían fuerza, si es que existían en su esperma. Pero Pedro había oído alguna noticia de un anciano semental que había dejado preñadas a algunas jóvenes y estaba dispuesto a hacer valer su hombría.

Noemí lo creía tan improbable que follaba con los viejecitos sin preservativo ni ningún tipo de protección. Pero sabía que el viejo podía tener algo de razón, que de tanto descargar su esperma en el interior de su sexo, era posible que algún espermatozoide aún vigoroso la fecundara… Sin embargo, no pensaba casi en absoluto sobre ello, sentir el semen derramarse en su intimidad era tan delicioso que hasta valía la pena correr el riesgo…

De repente, un grito cortó el aire. Un grito de Pedro al sentir el semen agolparse en la punta de su miembro.

– ¡¡¡Me corrrooooo!!! ¡AAAHH! ¡Joder, enfermera putita, tengo que dejar mi leche en tiiiiiiiiiiiiiii!

Noemí chilló también a la vez:

– ¡Síiii! ¡Dame tu semen, por favor! ¡¡Dámelo todoooo!! ¡AAAHH!!

Pedro ya se corría, de forma que agarró bien fuerte el culo de Noemí para ahondar en su sexo. A ella casi le hacía daño el énfasis con el que se fundía con el cuerpo de él.

Apretó fuertemente contra el útero de Noemí para dirigir todo el semen a la cavidad fértil. De una explosión, la polla de Pedro liberó grandes cantidades de esperma, caliente y viscoso como la lava de un volcán, que salió disparado en varios chorros que se colaron directamente en lo más profundo del sexo de la fértil chica. Las ráfagas de esperma se diseminaron por el útero, salpicando con violencia la carne tierna de la joven, quemando su feminidad y mojando todo el espacio libre.

Noemí chilló del dolor que le causó el esperma tan caliente al abrasar su anatomía reproductora. Pero Pedro no se movía en absoluto ni le dejaba librarse, quería escurrir hasta el último espermatozoide dentro de ella. El semen se acumulaba en el recipiente de Noemí, cada vez en mayor cantidad la inundaba, llegaba hasta lo más profundo… Noemí se resistía, era demasiado, la llenaba, no cabía más semilla de macho semental en esa dulce niña. Ella chillaba por la excitación al saberse desbordada por dentro por el líquido de aquél maduro…

La polla dio dos espasmos más y dejó de surtir leche a la joven “esposa” de Pedro. El experimentado follador respiró cansado, aún presa de la excitación. Noemí seguía sufriendo y disfrutando por aquella estupenda follada, estaba bien cachonda…

Una vez que hubo extraído el pene, aún mojado por la corrida y los flujos vaginales de Noemí, Pedro rápidamente agarró con sus dedos los labios vaginales de Noemí y los apretó, manteniéndolos juntos y cerrando herméticamente la vagina. También juntó un poco las despatarradas piernas de la enfermera. Noemí sintió la presión en su vulva como algo excitante, pero ya conocía bien el motivo. Pedro no deseaba que ni una sola gota del semen derramado escapase del vientre de mamá de Noemí. El semen se movía ahora también por su angosta vagina, ella sentía la leche mojar su sexo…. El viejo colocó las dos almohadas bajo el culo de Noemí para levantarle la pelvis y de esa forma llevar el semen de nuevo a lo más profundo de la mujer fértil. Ella sintió el movimiento de la leche al dejar su vagina y escurrirse de nuevo a su útero, a sus trompas de Falopio, a sus ovarios…

Así se lo contaba el propio Pedro, polla rígida aún en mano, mientras se tumbaba a su lado. Los espermatozoides de él buscaban el tierno y delicado óvulo y se unirían en una unión tan sólida como ellos acababan de experimentar… El semen viscoso empezaría la vorágine de la vida en el cuerpo de Noemí. Siempre era la misma historia, que a Noemí le empezaba a cansar, pero que fascinaba a Pedro.

El viejito tumbado al lado suyo le pasaba la mano por el pelo rizado. Noemí le devolvía la mirada, deseosa, mientras su cuerpo sudaba por la follada e intentaba restablecer el ritmo de su alterada respiración. Dada la libido insaciable del anciano y la joven, ambos no tardaban en volver a buscar sus cuerpos con sus manos… Noemí agarraba de nuevo el aún húmedo miembro de él mientras las manos del hombre agarraban los senos siempre excitados de ella.

Mientras, Pedro seguía fantaseando:

– Ya van unas cuantas veces, mi pequeña… Desde aquella primera vez que te violamos, ¿te acuerdas?

Noemí no tenía dudas. Contestó:

– Cómo para olvidarlo. Lo pasé mal pero hoy reconozco que fue muy excitante… Y sí, desde esa primera vez ya dejaste tu semilla de hombre en mi interior…

Pedro se deleitaba al recordar el momento de la violación de Noemí. Desde ese día, su vida en el hospital se había convertido en lo más parecido al cielo que había en la tierra. Tenía a esa formidable jovencita para él y para su amigo, era su esclava sexual. Su esclava sexual plenamente consentida.

Y dentro de poco, cómo él quería, Noemí se convertiría en su legítima mujer.

– Ya hemos tenido más de una decena de momentos como éste, Noemí. Litros de mi semen blanquecino han nadado en tu interior desde entonces – la aludida se puso roja mientras miraba a su monte de Venus, aún colgando en el aire, y sentía el líquido masculino correr por su profundidad de mujer…

Pedro miraba también hacia la entrepierna de Noemí, y sin dejar de estar tumbado junto a ella, piel contra piel, pasó sus dedos grandes y torpes por la hendidura vaginal de la enfermera del deseo, aún mojada por los líquidos sexuales que la rubia no puede evitar desprender por su sexo siempre que la excitan.

– Con tanta leche derramada dentro de tu coñito, gota a gota, durante tantos días, no me cabe duda de que ya se ha producido el momento de la fecundación. Hace tiempo, seguro, el momento empezó. Sólo sigo corriéndome dentro tuyo para asegurarme… Pero tu cuerpo seguramente ya haya reaccionado desde hace semanas, tus hormonas cambian su ritual habitual, tu fisiología se prepara para dejar de ser adolescente y ser madre.

Pedro enunció para finalizar su mayor deseo para con su acompañante sexual.

– Deseo una niña. Deseo que des luz a una niña preciosa, tal y como lo eres tú, más es difícil pero no imposible. La cuidaremos juntos, ya verás. Serás muy feliz, cuidándola por el día y follando conmigo a la noche.

Noemí seguía callada, pero atenta.

– Y cuando llegue un día que yo considere señalado, cuando el cuerpo de nuestra niña esté bien desarrollado, yo mismo la iniciaré en el sexo. No quiero que otro gandul se aproveche, quiero que sea mía desde el principio. La desvirgaré, y tú estarás delante. Tal y como hice contigo, se la meteré toda y romperé su himen. Ella ya sería una mujer madura, como tú lo eras, pero se resentirá al ver su sangre y quizás llore como tú…

La fantasía de Pedro llegaba a excitar a Noemí, aunque no quería reconocerlo delante de él.

De repente, Pedro cambió la expresión de su cara. Se quedó pensativo y dijo:

– Noemí, hazme un favor, ¿quieres, amor? Toma, he conseguido esto y quiero que lo pruebes.

Pedro metió una mano en el cajón de la mesilla y sacó una bolsa blanca con algo que parecía una caja alargada dentro. Le tendió el regalo a la enfermera desnuda tendida en su lecho, que lo tomó con sus manos temblorosas. La tensión por saber qué se trataba le hizo sacar el objeto de la bolsa y rasgar una tela de papel que cubría el embalaje. Todo ello mientras seguía en la posición sagrada para la fecundación que marcaba Pedro.

– Pero… esto es… – la cara de Noemí volvió a colorarse, esta vez excesivamente.

– Sí, justo eso – sonrió el acompañante.

– ¡¿Una prueba de embarazo?! – la caja no ofrecía dudas sobre su contenido. En un margen incluía una imagen de una embarazada, un bebé recién nacida y un esquema de cómo usarlo.

Noemí seguía sorprendida, aunque aún se preguntaba por qué. Tras la obsesión enfermiza de Pedro por preñarla, era lo mínimo que podía esperar recibir.

Sin esperar a una respuesta por su parte, Pedro aumentó el ritmo con el que masajeaba el clítoris de la mujer mientras aceraba sus agrietados labios a su fina boquita. Noemí devolvió el beso con lengua, acrecentando el rubor de sus mejillas, ya a punto de echar humo…

Tras el apasionado beso, Pedro le dijo al oído.

– Prométeme que lo probarás. Ánimo, no te cuesta nada. Es algo que me hace ilusión… – el viejo tenía una expresión en la cara tan dulce mientras miraba a su chica que la profesional de la salud encontró muy difícil decirle un no.

Se quedó callada unos segundos. Se miró a sí misma.

Cerró los ojos. Se imaginó que la mirasen desde la puerta, que alguien desconocido les viese. Ambos totalmente desnudos en la cama del hospital, un viejo ingresado de larga duración y ella, una tierna y jovencísima enfermera acurrucada en sus brazos, mientras le estimulaban el sexo. Ella siendo la flor de la vida, estaba pasando su tiempo con alguien a quien la arena del reloj ya se le agotaba. Y ese cuerpo desnudo, despampanante, de aquella rubia de pelo rizado, ojos claros y unas curvas por las que cualquiera mataría, ahí estaba. Sin moverse. Esos pechos enormes, esas nalgas bien estilizadas, esa cintura delgada y sin un gramo de más… Y su vagina, dolorida pero a la vez gozosa, rellena de semen de aquél viejo asqueroso. Pero no lo era para ella. Para nada. Con él se sentía divina, la mujer más feliz.

No quería quedar embarazada a su edad. ¿Alguien querría? ¿Y de aquél viejo? Pero ella a veces dudaba de sus intenciones. Su cuerpo bullía cuando él la follaba, cuando le hablaba del futuro del embrión… Cuando la inseminaba, ella se sentía única.

Agarró con fuerza el test de embarazo. Sólo era una prueba. Con toda seguridad saldría negativa. Ese señor ya no podía ser fértil. O si…

¿Qué perdía satisfaciendo su deseo de probar el test? Valía la pena intentarlo.

Noemí abrió los ojos y sin dejar de mirar a su amante, dijo:

-Vale, lo probaré. Me haré la prueba y te diré el resultado.

Pedro pegó un chillido de emoción mientras Noemí se recostaba en la almohada y seguía absorbiendo el semen, asimilándolo en su interior…

22:14

Segunda guardia

La guardia del día siguiente Noemí la dedicó a Jorge, quien también merecía igualdad de oportunidades a la hora de disfrutar de la enfermera viciosa compartida por ambos. Jorge prefería destinar de momento sus momentos a solas a mejorar con ella el arte de la joven putita en el sexo oral.

De manera que tras la cena, Noemí bajó con una excusa similar a la del día anterior a la habitación 307. Se moría de ganas de llegar, casi tenía que frenar sus pasos para no parecer sospechosa. El pasillo estaba desierto, y Noemí se metió sin dudar en la habitación de sus queridos viejitos verdes.

Ambas camas estaban vacías. La enfermera se preguntaba dónde estaría Jorge, pero de repente se abrió la portezuela del baño interior y apareció Jorge ya desnudo con una toalla, frotándose su grueso miembro.

– Buenas noches, Noemí. Me pillas acicalándome, jaja.

– Hola, Jorge – sonrió Noemí, por ver no solo al viejo sino a su sexo ya desenfundado y recién aseado. Sin embargo, todavía el viejo olía al característico sudor de su edad mezclado con el aroma a hospital. – Es raro que digas eso cuando lo único que lavaste fue tu polla…

– Es lo que me interesa para estar contigo, nada más, querida – se rió y se acercó a la enfermera, tomándola suavemente de la barbilla y levantándola para besar sus labios sabor a fresa. Noemí respondió al sabor de esa boca nauseabunda ofreciendo su pulcra lengua, que fue absorbida entre los pocos dientes que le quedaban a su amante y otra lengua bien distinta en limpieza…

Durante el beso, las manos de Jorge se abalanzaron sobre el uniforme de ella. Esa situación era ya normal, es como si un decreto prohibiese que Noemí pudiese estar vestida en la habitación 307.

Lo primero que hizo el encendido Jorge es tirar con fuerza de la camisa del uniforme de Noemí, como si quisiera romperla en pedazos. Ella se oponía, pues un uniforme desgarrado era muy difícil de explicar… A aquél hombre le ponía de sobremanera el sexo apasionado, bruto, casi violento, y practicarlo con aquella mujer indefensa de cuerpo hermoso. Noemí le seguía el rollo, pues sabía que era consentido y ella así lo aceptaba, pero también encontraba su punto de excitación al sentirse tratada de esa forma.

Desprendiéndose de las manazas de Jorge, la enfermera se quitó bruscamente su uniforme para evitar que se ajara y quedó de pie en ropa interior. Un apresurado Jorge se abalanzo sobre el sujetador de Noemí para desprenderlo de su cuerpo, tirando de él. Rompió uno de los tirantes, y Noemí se quejó por ello, pero gracias a ello dejó desnudo uno de los senos de la joven, al cual rápidamente atacó con sus hábiles manos, apretándolo, manoseándolo, tirando del pezón. Ella comenzaba a sentirse como una auténtica puta, mientras el resto del sujetador caía y la dejaba vestida sólo con un tanga blanco…

Con fuerza, Jorge empujó a Noemí, que cayó contra la cama haciendo un gran ruido. Antes de darse cuenta, su tanga ya había sido retirado por el viejo y estaba de nuevo desnuda en esa habitación que tan bien conocía. Los labios vaginales de ella ya estaban de nuevo expuestos al calor del sexo que se avecinaba… Pero no fueron sus labios del coñito los atacados, al contrario, la polla bien erecta de Jorge se abalanzó sobre sus pechos, que sobresalían como globos recién inflados de su anatomía.

– ¡¡Me voy a follar tus tetazas, niña mía!!

– ¡Ay, sí por favor, mis pechos! ¡Son suyos, quiero leche en ellos! – decía Noemí sin complejos, mientras con sus manos agarraba las gigantescas tetas que la Naturaleza le dio y las apretaba una contra la otra.

En medio, el grueso y largo pene del viejo recorría el marcado canalillo, que se estrechaba al aplastar las glándulas el miembro que se abría paso entre ellas. El viejo sentía una sensación agobiante en su sexo, pues la presión de las enormes tetas de Noemí era excesiva, no tardaría en venirse… Mientras, la enfermera putita disfrutaba de lo lindo al sentir la caliente y dura polla del viejo entre sus pechos, dándole un calor especial al que sus pechos respondían golosos y hambrientos…

– ¡Joder, qué placer, nena! ¡Qué pedazo de pechos tienes, putita!

El pene erecto literalmente follaba los pechos de la joven, abriéndose paso, moviéndose arriba y abajo mientras Noemí los mantenía juntos, y empezaba a tocarse los pezones, duros como la roca, lo cual empezaba a hacerle sudar…

Tras unas cuantas embestidas, Noemí ya volvía a notar esa sensación placentera que se transmitía de sus tetas folladas a su entrepierna, la cual empezaba a lubricarse por el placer que su núbil cuerpo sentía debido a esas embestidas. Otra vez comenzaba el hormigueo, el remolino a formarse en su vagina, siempre ávida de humedad…

– ¡Ay, de verdad, Jorge, se siente tan bien, no pares! – pedía ella – Siento como ya me empiezo a excitar muchísimo….

Pero de repente, Jorge se detuvo, sacando el pene de sus pechos, liberándolos. Antes de que ella comprendiese nada, Jorge le agarró del pelo rizado y tiró de ella. Noemí chilló del dolor y se levantó para no sufrir, siguiendo su mano.

Y Jorge aprovechó para lanzarla contra el suelo.

Noemí paró el golpe para no dañarse, y quedando de rodillas en el suelo, entendía perfectamente lo que le pedía él. Su verga ya estaba a la altura de su bello rostro, palpitante y más caliente que hace unos segundos. Noemí abrió su boquita obediente para acoger dentro de ella el sexo de hombre que quería penetrarla.

La enfermera contaba con unos labios finos y pequeños, la boca no era muy grande, por lo que hacía esfuerzos para introducirse ese gran glande en su cavidad bucal. Una vez tocándolo con su lengua, percibió el calor que desprendía, fruto de toda la sangre caliente que recorría el órgano. Le encantaba, disfrutaba, su chochito se mojaba aún más…

Y a Jorge lo mismo, no paraba de observar a esa hermosa chica de cabellera rubia que jugaba con su aparato. Con una mano, ella sujetó la base del miembro mientras ahora pasaba su lengua por toda la extensión del miembro y llegaba a las peludas bolas que se encontraban debajo. Noemí, con arte y sin dejarse enredar entre el vello masculino, lamió con ahínco los testículos de Jorge, que tenían ya un gran tamaño: estaban hinchados produciendo y almacenando la inminente ración de leche que Noemí recibiría.

– ¡Sí, nenaaaa! ¡Así! Ya veo que tienes ganas de recibir la corrida, ¡ya queda poco! – le decía el caliente viejo, cada vez con más placer en sus ancianas venas.

Noemí volvió a la punta del miembro tras estimular con su boca los cojones del hombre, y siguió con una mano sopesando las bolas sin parar. De mientras, la tierna y pequeña boca se volvía a abrir y los labios pintados de rojo intenso recibían la polla, dándole tiernos besos, para acabar permitiendo la entrada en su boca del glande. Noemí no dejaba de mirar con sus ojos azul cielo a Jorge mientras la extensión del rabo entraba poco a poco en su boca, metiéndosela con otra mano.

-¡Joder, putita! ¡¡No sabes que estampa ofreces, Noemí!! ¡¡Me calientas a tope!!

Centímetro a centímetro, sin detenerse, Noemí se comía cada vez más longitud de pene. Más de la mitad estaba en su boca, jugando con su lengua. Y de una vez, rápido, Noemí se metió todo lo que faltaba. Deslizada hasta la garganta, la polla había desaparecido a la vista y Noemí tocaba casi la pelvis del hombre con sus labios.

Eso hizo aumentar la excitación de Jorge al máximo, faltaba muy poco para correrse tras la cubana y la mamada de la niña. Ella lo notaba, y comenzó una serie de movimientos repetitivos en los que engullía y sacaba la polla caliente de su boca, al tiempo que con su lengua estimulaba el aparato en todos sus puntos. Sus manos seguían jugando con la base del sexo peludo y las hinchadas pelotas…

Sacó el pene y con la lengua, lo recorrió de arriba abajo, chupando el glande de forma deliciosa e ininterrumpida, como si fuese un caramelo…

Fue el último momento de calma, pues el ya desatado viejo exclamó:

– ¡No puedo más! ¡¡Noemí, me vengo ya!!

Noemí agitó la polla como si la batiese, ya sabía lo que estaba por venir. Abrió su boca para recibir el líquido… Pero Jorge, que no podía ya controlarse, metió el miembro enrojecido y duro en la boca de Noemí y agarrando su cabeza le obligó a mantenerla dentro. Ella no protestó tampoco, quería sentir su virilidad cuanto antes…

Y la polla ya se convulsionaba al igual que su dueño, ya estaba…

– ¡Noemí, trágatelo todoooo! ¡Aquí va mi espermaaaaa! – gritó el viejito, impulsando el sexo más adentro aún.

Los testículos explotaron y mandaron el caudal al pene, que estaba ya hirviendo. No tardó en estallar también, liberando lo que en total fueron seis potentes chorros de semen. Noemí sentía como de la caliente barra que ocupaba su boca y parte de su garganta salía de repente una gran cantidad de líquido muy viscoso y extremadamente caliente que empapó la boca de la chica. Regando su interior como una manguera, el semen no dejaba de brotar y mojar el paladar, lengua y lo más profundo de la boca de Noemí. Ella sintió como una oleada de semen se precipitaba garganta abajo y ella tenía que hacer esfuerzos por tragarlo a tiempo porque mucho más seguía saliendo de la polla. Encima, estaba tan caliente que estaba quemándole, intentaba aspirar algo de aire…

Incapaz de acoger todo en su garganta ni en su boca, Noemí sintió como el semen ahogó a su lengua y se desbordaba por sus encías. Los últimos chorros de esperma no cabían dentro y salieron chorreando por las comisuras de sus labios… Seguía hirviendo, para desazón pero a la vez libido de la enfermera. Jorge agotó sus últimas gotas y sacó el miembro, dejando toda la semilla en la boca de la putita.

Ella abrió la boca para mostrarle como el pantano de semen amarillento y denso cubría su boca, y cómo poco a poco iba tragándolo todo. Con la lengua, también mojada de semen, absorbía la leche masculina que caía por fuera de sus labios y la retornaba dentro para tragarla.

Jorge estaba a punto de correrse de nuevo viendo esa imagen tan bonita. Noemí tragaba el caliente semen, tenía la cara roja de excitación y de sudor, era una preciosa mujer a la que le encantaba el sabor de su semen…

Noemí, una vez pudo hablar, dijo mirando al viejo:

– Gracias, ya no tengo sed. Muchas gracias Jorge por alimentarme…

8:19 am.

Faltan escasos diez minutos para el turno de las enfermeras de mañana.

Era otra de esas mañanas que empezaban con el acelerado y apasionado sexo que Noemí mantenía en la habitación 307, antes de incorporarse a su turno de trabajo.

Estaba tumbada, sudorosa, y aún sintiendo sensaciones muy intensas en su cuerpo tras haber alcanzado dos orgasmos y haber recibido las eyaculaciones de los viejos. Sus hinchadas tetas, aún con los pezones firmes, se retorcían de gozo, y de sus agujeros inferiores, vaginal y anal, salían sendos chorros de denso esperma que manchaban las sábanas.

Aún con la respiración entrecortada, Noemí aprovechaba para recoger con sus finos dedos de manicura perfecta los rastros de semen que salían del interior de su cuerpo de mujer fértil. Untados los dedos en la cremosa cascada que salía de su prieto sexo y de su ano, la enfermera llevó el líquido a sus labios, sacó su lengua y manchó su boca con la semilla densa. Saboreaba el manjar de aquellos viejos con una total tranquilidad. Le encantaba sentirlo cerca de ella, dentro de ella, era su alimento…

Los dos viejos, expertos folladores del cuerpo de Noemí, estaban tumbados cada uno al lado de ella y observaban con deleite como la aparentemente inocente chica tragaba voluntariamente la mezcla del semen de ambos.

De repente, en medio del éxtasis, Pedro habló:

– Tenemos que pedirte un favor, Noemí. Sólo si quieres – Jorge también puso cara de complicidad.

Con la boca llena de leche, la chica les pidió con una palabra que no se entendía bien:

-Explicaros… – mientras burbujas de semen aparecían en su boca.

Jorge continuó:

-Estamos muy orgullosos de ti, como puedes ver. Era la puta más perfecta que jamás hubiéramos podido conseguir. Te gusta todo en el sexo y además disfrutas de nuestros cuerpos ya ajados por el tiempo, y de nuestro semen maloliente… Te violamos y quizás no fue lo correcto pero… Ahora somos muy felices contigo.

Noemí se puso roja de halago.

– Pero somos traviesos, ya sabes, no nos detenemos ante nada – siguió Jorge sin dejar de mirar a la nena caliente. – Te queremos profundamente, y te follamos todas las mañanas y todas las guardias, y seguiremos haciéndolo hasta que la vida decida quitarnos de en medio. Pero queremos una cosa distinta por una mañana…

Pedro asintió.

– Queremos otra enfermera de la que poder disfrutar como hacemos contigo. Queremos follárnosla, por favor. Te queremos, pero necesitamos otra niña durante un día al menos. Dulce, que incluso te quiera a ti y tú a ella y os deis besos… Tráenos una amiga, seguro que conoces alguna que quiera unirse a nosotros, tráela a esta habitación.

Noemí se quedó muy sorprendida por la propuesta. ¿Traer a otra chica? ¿A esa bacanal de sexo con los viejos? A ella le parecía ya algo del día a día, algo que necesitaba para sobrevivir. Pero… ¿cómo lo vería una de sus íntimas amigas, o una trabajadora del hospital? No se lo había dicho a nadie evidentemente, era su secreto.

– Entiendo que queráis, y creedme, no me importa hacerlo realidad- dijo Noemí tras tragar el semen y poder hablar con más naturalidad.- Pero no creo conocer a nadie dispuesta…

– Vamos, alguien tiene que haber, ¡seguro! Una enfermera amiga tuya, jovencita, guapa. Alguien a quien veas todos los días, ¡¡tiene que querer estar aquí!! – decía casi chillando Jorge.

Noemí se quedó callada durante unos segundos.

No lo veía factible pero… dio un repaso mental a su planta de enfermería, a las primerizas que entraron el mes pasado. Todas ellas bien jovencitas. ¿Era posible convencer a alguna?

Y en el imaginario de Noemí, una de ellas atrajo su atención. Recordó a esa enfermera tímida, a la vez que preciosa, que confiaba casi exclusivamente en Noemí a la hora de preguntar algo. Noemí podría sin mucha dificultad convencerla de lo que ella le quisiera recomendar.

¿Era perfecta, quizás?

Noemí habló:

-Dejadme intentarlo…

7:20 am

Otro nuevo día.

Una de esas mañanas de su nuevo despertar sexual, nada más levantarse, Noemí se dirigió al cuarto de baño para orinar, como hacía siempre. Pero nada más sentarse en la taza con las bragas bajadas hasta los tobillos, la chica de ojos azules recordó algo.

Se colocó bien el pijama y volvió a su habitación. Rebuscó a tientas hasta que encontró su bolso y en el interior halló lo que buscaba. Lo llevo consigo de nuevo al baño y cerró la puerta. Nadie debería verla.

Leyó atentamente las instrucciones de la caja y las del prospecto interior del test de embarazo. No era algo difícil de hacer, todo lo contrario. Noemí mojó con las gotas de su orina el sensor del aparato y aguardó a la respuesta.

El test de embarazo no tenía dudas sobre el estado de Noemí.

Positivo.