herederas3I. Año 1368

Congli era un pueblo apacible, rodeado por un auténtico mar de hierba que llegaba hasta las rodillas y, más en la distancia, una extensa cordillera cortaba el horizonte, de altísimos picos bañados en nieve. Su principal atractivo era el mercado instalado en las proximidades del río; la Ruta de la Seda acrecentaba el comercio a pasos agigantados, atrayendo cada año más familias para que se asentaran.

En las afueras de la villa principal, en una parcela alejada, destacaba el único árbol de gingko en las inmediaciones. Era notablemente enorme y alfombraba la hierba con sus peculiares hojas amarillas. Xue tiró de un hilo rebelde de su túnica y se sentó bajo la sombra; era un buen día y la brisa levantaba incontables hojas a su alrededor, pero la joven xin no estaba con el mejor de los humores. Miró a los alrededores y se vio completamente sola; tal vez se levantó demasiado temprano.

Destacaban sus grandes ojos en su rostro de facciones finas; eran de color miel, de un amarillo brillante como los de un lobo y que contrastaba con el negro profundo de su larga cabellera. La oriental comprobó por enésima vez la rueda de la máquina hiladora frente a ella; seguía sin encontrarle rotura alguna o un elemento que atravesara entre las astas. Y, aún así, giraba forzosamente a pesar de presionar los pedales con todas sus fuerzas. Vio de reojo las canastas apiladas a un lado, repletas de algodón que su tío había desmotado al amanecer, y bufó.

Luego se fijó en el tornillo de madera que sujetaba la rueda y cayó en la cuenta de que podría estar ajustada con demasiada fuerza. Intentó girarla con sus dedos, pero estaba bien enroscada y además nunca fue buena con ese tipo de manualidades.

Lo podría ajustar su tío, pero ya había partido al pueblo con el carro cargado de bolsas con seda que ella misma había hilado y rehilado las últimas semanas, y no volvería hasta el atardecer. Luego pensó en su hermano, Wezen, quien era bueno con las reparaciones. Se lo imaginó montado sobre un caballo y engalanado con una armadura de brillantes placas negras y cientos de costuras rojas dándole el toque distintivo de la nueva dinastía. Por un momento, se sintió tranquila. Ojalá, pensó ella, su hermano hubiera sobrevivido a la guerra en Ciudad del Jan y volviera a su lado. La noticia de la victoria de la rebelión xin viajaba por todos los rincones de la nación, llevadas por mensajeros e incluso comerciantes, pero la joven seguía sin tener noticias de él.

Cuando Wezen se sentó a su lado con un sonoro jadeo, Xue no le prestó mayor importancia, sumida en sus pensamientos. Incluso creyó que solo era su imaginación. El xin se retiró el yelmo, dejándolo a sus pies, y luego se inclinó hacia el tornillo de la rueda; tras tomarla con sus dedos, la giró con facilidad. Luego, agarrando el pedal con una mano, presionó para comprobar que girara adecuadamente.

Asintió al ver que la máquina volvía a funcionar.

—Ya no tienes excusa, Xue. A trabajar.

Xue dio un respingo y giró la cabeza. ¿Podía ser él? ¡Había vuelto! No se lo creía en absoluto. Abrió la boca, pero no salió palabra alguna. Estaba engalanado como lo había imaginado, aunque ahora tenía un radiante sable sujeto por correas en su espalda. Sí notó, fugazmente, que las costuras de su armadura eran blancas y no rojas como las que solían llevar los soldados de la nueva dinastía.

Wezen sonrió deleitándose de la incredulidad de su pequeña hermana. Apenas había cambiado tras un año y tanto, pensó. Pero notó de reojo que algo sí era distinto. Los senos. Ahora asomaban tímidos bajo su vestido de algodón.

Se frotó el mentón, volviendo a fijarse.

—Se ve que has creci…

No terminó su frase cuando Xue cruzó su rostro con un manotazo.

Alejada, tras un vallado de madera que separaba las parcelas de otras familias, la esclava Mei desencajó la mandíbula cuando vio aquel exabrupto. Miró a Zhao quien, a su lado, estaba sentado sobre la valla, pero con la mirada perdida en la lejana cordillera. Pidió al budista que intercediera de alguna manera, pero él meneó la cabeza.

—Déjalos —hizo un ademán—. Es normal.

Wezen se tomó de la mandíbula; qué fiera, ¡sí que había crecido! Intentó mirarla a los ojos, pero esta se cruzó de brazos, mirando para otro lado con el ceño fruncido. Era una ofensa grave que esta lo ignorase, sin dudas.

—Tú —dijo ella—. ¿Crees que olvidé?

—¿No puedes, simplemente, alegrarte?

—¿Alegrarme? Todos los días le rogaba a nuestro tío que preguntara a los comerciantes y mensajeros cómo iba la guerra. Cuando me enteré de que ganasteis la batalla en Ciudad del Jan, pensé que me alegraría. Pero fue peor. Me di cuenta de que no me importaba la guerra, sino tú.

Wezen silbó sorprendido.

—Solo debías preguntar por el jinete más guapo de la legión.

La joven blanqueó los ojos y gruñó. “Te fuiste sin despedirte”, dijo apenas audible. Hacía un año que Xue había intentado por todos los medios convencerlo de que no marchara, pero su hermano no podía desentenderse de los vientos de guerra que, según él, lo reclamaban.

Wezen se levantó e hizo una reverencia profunda.

—Lo siento. Pero he vuelto a casa con una victoria, hermana. Cumplí mi promesa.

—¿Una victoria? —por fin se atrevió a mirarlo—. Solo quería que volvieras. ¿Qué tan buena puede ser una victoria si he de perderte?

—Por favor, Xue —mantuvo su reverencia.

Mei suspiró aliviada cuando notó que la hermana se incorporó para posar su mano sobre el hombro de Wezen, señal de que había aceptado las disculpas. Se recostó en el vallado. Las dos esclavas del comandante Syaoran tenían órdenes de quedarse en la villa principal del pueblo, junto con una decena de los soldados más jóvenes de la legión xin; la travesía a Transoxiana sería peligrosa y no deseaba exponerlas al peligro; solo volverían a unirse cuando ellos regresaran con el embajador de Koryo.

Aunque la orden fuera ir a la villa central, Mei se las ingenió para acompañar a Wezen rumbo a su casa.

—Wezen tenía razón —confesó Mei—. Su hermana es una muchacha hermosa.

Zhao apenas prestaba atención; se volvió a fijar en la cordillera del horizonte y sintió un escalofrío. En Xin era conocida como Congling, aunque en Persia lo llamaban “El techo del mundo”. Hacía dos años cuando él, junto con un grupo de treinta budistas más, cruzó el peligroso Corredor de Whakan, un estrecho y largo paso en medio de la cordillera que servía de conexión entre Xin y Transoxiana. Fueron asaltados por un grupo de saqueadores mongoles, quienes despacharon a todos para luego apilar sus cuerpos esperando que los cuervos hicieran el resto.

En ese entonces, el joven budista pensó que todo acabaría allí, imposibilitado de moverse debido a un par de fracturas y el punzante dolor. Fue Xue quien lo descubrió, viéndole respirar dificultosamente, en tanto su hermano guiaba un carro cargado de bolsas de seda y algodón. Aunque Zhao estuviera agonizando, oyó claramente cómo Wezen refunfuñó ante la idea de rescate, objetando que sería más piadoso dejarlo morir, pero fue la joven quien insistió en ayudarlo.

—A ella le debo mi vida —confesó el budista.

A lo lejos, Wezen resbaló y cayó sobre la hierba, levantando las hojas amarillas a su alrededor; Su hermana rio a carcajadas, aduciendo que era un castigo de sus ancestros por haberla abandonado tanto tiempo. El guerrero fingió estar muerto, despatarrado como estaba, y Xue aprovechó para agarrar el yelmo y ponérselo. Se giró y notó a Zhao, dedicándole una reverencia desde la distancia.

—¡Zhao! ¡Me alegra verte, amigo mío!

La esclava y el budista correspondieron el saludo.

—Por lo que habéis contado tú y Wezen —dijo Mei—, diría que ella es un ángel. Vamos, Zhao, he venido a conocerla.

II. Año 2332

Con una pluma arrancada de su propia ala, Pólux terminaba de escribir los últimos apuntes en su libro. El Inframundo le resultaba fascinante más allá de la impresión de ser un mundo rocoso y desolado, con ese cielo magenta oscuro atiborrado de estrellas. Sentado sobre una roca, cerró su libro y lo des-invocó; instantáneamente aparecería en la Gran Biblioteca de Paraisópolis para que las otras Potestades pudieran devorar toda la información que recababa.

Se acarició la barriga; deseaba beber el vino que le habían regalado. Como ángel no sentía hambre ni sed, solo antojo debido a su mala costumbre de bebedor, pero decidió que al menos durante su misión no cedería a la tentación; se emborracharía cuando él y sus dos compañeros regresaran victoriosos, con la cabeza del Segador cortada.

Miró de nuevo las estrellas para pensar en otra cosa. No encontraba ni una sola constelación reconocible. Cuando consultó con los ángeles guerreros que, hacía milenios, entraron al Inframundo para cazar a Lucifer, le habían hablado sobre el cielo. “Es como un atardecer eterno”. Pero él sabía que no era lo mismo un soldado que una Potestad; los guerreros nunca se fijaban en los pequeños detalles; eran buenos con las armas y nada más. Pólux se había dado cuenta de que, en realidad, el Inframundo no era un mundo mágico sumido en la perpetuidad de un atardecer.

El Inframundo era iluminado por una estrella, probablemente roja y envejecida, mucho más pequeña que el sol blanco que iluminaba tanto los Campos Elíseos como el reino de los humanos. Al poner su pluma sobre una roca, en vertical, se fijó en la inclinación de la pálida sombra. Levantó la vista y sonrió al pillar la estrella, escondida tras una franja de polvo estelar también rojiza.

Metros más adelante, Curasán y Próxima se acercaron a la orilla de un río teñido por el efecto del sol. El arquero se inclinó y tocó el agua con la punta de sus dedos. Frunció el ceño. Había oído historias y cánticos sobre el sangriento río Flegetonte; al comprobar que no era más que un simple efecto de luz, el Inframundo le resultó menos temible.

—Zadekiel debería cambiar la letra de algunas de sus canciones —dijo divertido.

Pero Curasán no hizo caso, sino que se fijó en la costa al otro extremo del río. Había una colina empinada y al borde destacaba un amontonamiento de rocas, como una pequeña pirámide. Extremos puntiagudos sobresalían del monumento y se preguntó qué sería. Luego miró a Próxima.

—¿Podrías alcanzarla con un solo disparo?

Próxima se fijó. El trecho era grande, la colina altísima, pero no había ventisca. Asintió y desató su arco dorado, tensándolo rápidamente. No lo pensó mucho y la saeta salió disparada.

Cuando cayó al agua, Curasán se cruzó de brazos y silbó. No podía ser esa la puntería del ángel que iba a asesinar al Segador, pensó preocupado.

—Por si no he sido claro, me refería a la pequeña pirámide de piedras allá arriba.

Próxima se lo comió con la mirada. Levantó la mano e invocó entre sus dedos la saeta disparada, que regresó húmeda. Tensó de nuevo el arco.

—Puedo hacerlo.

Cuando la flecha pasó por encima de la lejana pirámide, Curasán prefirió optar por un tendido silencio. Sin embargo, aquello enfureció aún más al arquero, que volvió a invocar la saeta. Pero cuando la preparó en la cuerda, ambos ángeles dieron un respingo al oír a Pólux regañarles.

—¡Basta! Pero, ¿cuántos milenios tenéis? ¡Parecéis Querubines!

—La iba a alcanzar —susurró Próxima.

—Claro que sí —Curasán se desperezó, estirando brazos y alas.

Próxima apretó los dientes y tomó al joven ángel por el hombro.

—¿Por qué no pruebas tú? Eras estudiante de Irisiel antes de ser guardián de la Querubín. Eras un arquero.

Curasán se encogió de hombros.

—Si acierto, dirás que fue suerte de novato.

—No, no acertarás —dijo Próxima, poniéndole el arco en su mano—. Te recuerdo. Eras pésimo.

—Puede. Si no acierto, seguiré siendo pésimo. Me pregunto en qué posición te deja eso a ti…

Pólux descendió entre ambos ángeles y los separó. Había fuego en sus ojos y los regañó aún con más ímpetu.

—¡Suficiente! ¡No volveréis a lanzar una condenada flecha! No queremos llamar la atención de ningún vigía. Por si no se os hace evidente, dos ángeles lanzando flechas sobre un río llama la atención.

Próxima se apartó furioso. Tenía razón. Ya tendría oportunidad de demostrarle a Curasán sus dotes.

—Escuchad —insistió Pólux—. Si hace diez mil años hubieran enviado tan solo a una Potestad, hoy lo sabríamos y estaríamos mejor preparados.

—¿Saber qué? —escupió Próxima, incapaz de quitarse el enfado.

—El Inframundo no es ningún lugar fantástico unido a los Campos Elíseos por simple magia. Estamos en un mundo perdido en un rincón del universo. Y el peso… la gravedad es distinta —se arrancó una pluma y la dejó caer—. Es mucho más pesada. Tendréis que recalibrar los disparos, pero no será ahora.

Era difícil saber cuándo era de día y cuándo de noche. Durmieron bajo una formación de rocas que sobresalía a orillas del río y despertaron porque sus cuerpos estaban acostumbrados, con miles de años a sus espaldas repitiendo la rutina. Al desperezarse, Pólux descubrió un segundo sol iluminando la superficie en el momento que el primero se ocultaba en el horizonte. Cuando el día parecía acabar, asomaba otra estrella rojiza. Entendió entonces el significado del atardecer eterno del que le habían hablado: el Inframundo, en realidad, era un planeta que giraba alrededor de dos soles rojos y envejecidos, próximos a la extinción.

Un mundo circumbinario. Se dio cuenta de que, mientras más conocía el Inframundo, menos temible se volvía.

Tras sobrevolar el río Flegetonte, descendieron sobre la alta colina que Curasán había avistado. Querían ver de cerca aquella pirámide. Pero no encontraron rocas con ramas puntiagudas sobresaliendo, como parecía desde la distancia. Lo que vieron los dejó sobrecogidos.

Eran huesos. Y las formas de estas se asemejaban a las de los ángeles. Cráneos, tórax, fémures y tibias piernas amontonados, ennegrecidos por el paso del tiempo. Y los huesos puntiagudos, confundidos por ramas, eran en realidad los finos huesos de las alas de algún ángel.

Pólux se acuclilló asombrado. Debían ser los restos de los que habían luchado milenios atrás. Retiró lentamente una de las alas y sintió una repentina tristeza al tenerla entre sus dedos. Podrían ser los huesos de uno de los rebeldes o de los leales a los dioses, pero ya no importaba. Concluyó que habrían sido recogidos y amontonados por los espectros, los habitantes del Inframundo, una vez terminada la sangrienta guerra entre los ejércitos de Lucifer y los Arcángeles.

—Pólux —interrumpió Próxima, acuclillándose a su lado—. ¿Qué crees? ¿Una provocación?

sin-tituloPólux meneó la cabeza.

—Si lo piensas detenidamente, comprenderás. ¿Cómo te sentirías tú si dos gigantescos ejércitos de espectros invadieran los Campos Elíseos y lucharan entre ellos mismos sobre nuestros jardines?

Próxima alargó el brazo y acarició un cráneo partido. Era cierto que los ángeles usaron el Inframundo como campo de batalla, pero no había pensado en cómo se lo tomarían los espectros que lo moraban. Viendo el par de agujeros en la parte superior del cráneo, recordó las violentas anécdotas de las batallas acaecidas. Suspiró al entenderlo.

—No nos quieren aquí. Es una advertencia.

Curasán se había adelantado y quedó aún más sobrecogido al ver el desierto pedregoso que tenía enfrente. Sus piernas perdieron fuerzas y cayó de rodillas. Arañó el suelo, imposibilitado de detener el temblor de sus alas. No podía ser verdad lo que sus ojos veían. Cientos de miles de pequeñas pirámides de huesos de ángeles se extendían hasta donde la vista alcanzaba, dispersos, y los más lejanos eran ya solo pequeños puntos ennegrecidos en el horizonte rojo.

—¿A esto se refería Irisiel? —preguntó desconsolado—. ¿Que el horror nos esperaría?

Un ser oscuro de túnica negra descendió violentamente entre los tres, clavando un mandoble en el suelo y levantando una espesa niebla de arena a su alrededor. Era notoriamente más grande que ellos y la túnica estaba hecha jirones que revoleaban y revelaban la armadura ónice que cubría su cuerpo. Extendió sus alas, semejantes a las de un murciélago, con un pequeño cuerno en cada punta. Su rostro era grisáceo, de facciones rectilíneas y con agallas en las mejillas, sin nariz. Sus ojos, de forma atigrada, destellaban un brillo carmesí. No tenía cabellera, pero sí cientos de pequeños y largos cuernos encorvados que nacían en sus sienes y recorrían su cráneo, pegados, y cuyas puntas filosas terminaban hacia atrás.

El espectro desclavó su mandoble y Pólux notó un sinfín de escrituras a lo largo y ancho de la hoja. Antes de que se abalanzara con todo su peso a por Próxima, se preguntó si no hubiera sido mejor haber enviado un ejército antes que solo a ellos tres.

Repentinamente, el Inframundo se les volvió un lugar demasiado temible.

III. Año 1369

Solo un par de velas iluminaban la pequeña habitación donde Wezen, sentado a una silla, destapó la cera de una botella de vino que su propio comandante le había regalado. Se encontraba con el torso desnudo; la armadura y la cota se le habían hecho incómodas de llevar.

Xue entró con una camisa de algodón en mano y se la arrojó. Notó de reojo la cicatriz en el hombro izquierdo de su hermano, pero solo apretó los labios como única reacción. Se sentó junto a él, cargando con esfuerzo, sobre su regazo, la pechera de Wezen.

Preparó un trapo húmedo y lo enrolló con fuerza.

—¿Te duele el hombro? —preguntó sin mirarlo, pasando el trapo por las placas de la armadura.

—No. Fue una batalla rápida en Ciudad del Jan, pero también dura —dijo Wezen, echando la cabeza hacia atrás para beber—. Esa herida me la trató Mei.

Xue la miró de reojo. La muchacha se había sentado a la mesa, tímida y poco conversadora. Ya se había presentado como una “sirviente” del comandante de la legión xin, que había venido a su villa para conocer la zona. Pero Xue sospechaba que había algo más. Pensó que, por las miradas que se intercambiaban, podría ser la pareja sentimental de Wezen. “Tal vez”, pensó Xue, tratando de disimular un abrupto celo. “Tal vez debería mostrarme cortés”.

—Mei —dijo Xue—. Fuiste muy amable al cuidar de mi hermano. Por favor, quédate a dormir esta noche, te ofrezco mi cama. Nuestro tío no te negará hospitalidad.

La esclava asintió.

—Eres muy amable. Pero, si me quedo con tu cama, ¿dónde dormirías tú?

—Con mi hermano, por supuesto.

Mei sonrió forzadamente, percibiendo cierta actitud territorial de parte de la muchacha.

—Aunque me gustaría, no puedo quedarme. Debo regresar al pueblo, donde me espera otra sirvienta. Nos quedaremos allí hasta que la legión vuelva de Transoxiana.

—Transoxiana —repitió Xue—. ¿Y tú? —se fijó en su hermano—. ¿Te quedarás? ¿O me dirás que acompañaréis a ese ejército a través del Corredor de Whakan? Zhao sabe perfectamente de los peligros que os esperan allí.

Wezen volvió a probar otro trago del vino.

—No es sencillo. Ahora soy escudero del comandante y me ha prometido un ascenso si logramos dar con el embajador de Koryo.

Xue volvió a su tarea de limpieza, ofuscada; no quería reñirle frente a la visita. Ya lo agarraría en privado para convencerlo de quedarse. Se fijó mejor en la pechera y ladeó una de las costuras blancas.

—Tu armadura—dijo ella—. Ni siquiera tiene los colores de la nueva dinastía.

—Tiene las costuras así porque pertenezco a la Sociedad del Loto Blanco. Ese ejército que acampa en las afueras es la élite, Xue. Somos la mano derecha del emperador. No puedo, simplemente, rechazar todo lo que me han ofrecido para volver aquí y desmotar algodón.

—¡Ahora eres de élite! ¿Y ellos saben que hasta hace poco más de un año tú solo sabías hilar seda y desmotar algodón?

Wezen meneó la cabeza. El vino y Xue estaban sacándole de quicio rápidamente, por lo que se levantó para colocarse la camisa en movimientos rápidos y nerviosos.

—Voy a ir al pueblo para llevar a Mei. La esperan.

Wezen se acercó a la esclava y le tendió la mano. Su hermana frunció el ceño y deseó lanzar la armadura al suelo. Siempre se escurría de las discusiones. Y, encima, pensó, esa “sirviente” definitivamente era su pareja. La forma en que ella lo miraba, la forma en que él se dirigía a ella. Había algo fuerte del cual ella no era parte.

—Pues no vuelvas.

—Volveré, hermana. Prometiste lustrar mi armadura, ¿no es así?

Sobre un caballo negro, el jinete y la esclava avanzaban en medio del mar de hierba plateada por la Luna menguante. La villa central no era más que lejanas motas amarillentas en el horizonte que parpadeaban como pálidas estrellas. Wezen se mantenía callado y Mei, que lo abrazaba por detrás, percibía los músculos tensos.

Intentó lidiar como mejor podía.

—Wezen. Es un pueblo hermoso.

—¿Tú también? —resopló él—. Puede ser el más hermoso de todo el reino si quieres, no me quedaré.

—No me refería a eso. Solo quería charlar sobre algo distinto. Lo que decidas hacer con tu vida es cosa tuya.

—Sí, tienes razón. Es cosa mía. Debería volver y decirle eso.

Detuvo la cabalgaba y se giró sobre su montura, fijándose en la también lejana casa de su tío. Pero Mei rio, tomándole de la mano para que relajara las riendas.

—¡No, primero llévame al pueblo! ¡Wezen! Por más que trate de hablar de otra cosa, siempre piensas en tu hermana.

—¿Qué? ¿Me dirás que es raro?

—No tuve hermanos, no sabría decirte. Pero me parece tierno. Cuando os vi juntos, entendí que os une algo especial. Tú siempre pensabas en ella y ahora sé lo preocupada que la tenías. Mira, ¡me retracto! Lo que decidas hacer es cosa tuya, sí. Pero también es cosa de ella. Tu vida le pertenece.

El jinete bufó, retomando el camino al pueblo.

—Suenas como Zhao. No hables raro, por favor.

—Estáis unidos —prosiguió ella—. No seas egoísta y decide lo mejor para vosotros dos. Sé que mi señor te ha dado la opción de elegir. Quedarte aquí en tu hogar o seguir el camino con ellos.

—La próxima reunión con el comandante me aseguraré de que no estéis cerca. ¿Qué pasa? Se ve que Xue te ha caído bien. No sabría decir lo mismo de ella.

—Solo está celosa porque cree que voy a robarle su hermano. Pensó que íbamos a calentar la cama juntos.

Wezen echó la cabeza atrás y carcajeó. Le divertía ese lado tan posesivo de Xue.

—¡Sí, pude notarlo! ¿Y eso te parece una buena idea, Mei?

La esclava no respondió, sino que se limitó a apretar el abrazo y mirar para otro lado. Wezen lo notó y detuvo su montura en medio del mar de hierba.

—Es decir —continuó él—. Lo siento, no debí reírme. Pienso que es una idea agradable. Calentar la ca… ¡Estar juntos!, digo…

Fueron segundos silenciosos, muy incómodos para él; como si el mundo completo se hubiese detenido. De hecho, si no fuese por una nube cortando la luna arriba, pensaría que todo se había estancado incómodamente. No era el hecho de estar revelándole sus deseos de una manera tan directa; Mei le gustaba, pero es que había algo que se interponía entre ambos.

—En verdad que me gustaría —insistió—. Pero tú le pertenece a mi comandante.

Mei acarició la mano del jinete, enredando sus dedos entre los de él.

—No. Solo mi cuerpo.

Wezen enarcó una ceja.

—Entonces, ¿qué hay de lo demás?

—¿Lo demás? Lo demás me gustaría que fuera tuyo.

Wezen esbozó una sonrisa. Le emocionó tanto oírlo que ni siquiera notó que la esclava desmontó ágilmente, echando una caminata sin dirección aparente. Mei también se sintió liberada al confesarlo. Tanto, que necesitaba avivar el cuerpo. La hierba era altísima y picaba las rodillas, pero no le importaba. Extendió los brazos, dejando que la brisa la acariciase y el vestido revoleara; por un momento se sintió capaz de volar y huir libre. Como si, repentinamente, tuviera las alas de esos ángeles de los que le solían contar los cristianos.

—¡Wezen! ¿Ha sonado una campana?

—¿Ah? —se rascó el mentón—. Hay una en el pueblo, es enorme, pero no creo que la hagan sonar de noche.

—¡Tonto! —meneó la cabeza, abrazándose a sí misma—. Es un decir. ¿O no lo sabías? Los cristianos aseguran que cada vez que suena una campana, un ángel recibe sus alas. Así que, en algún lugar, estoy segura que una está sonando.

—Ya veo. Otra sandez como las que suele soltar Zhao.

—¡Ah! Lo olvidé. Tú no crees en dioses ni ángeles, ¿no? Solo crees en dragones.

—¿Adónde se supone que vas? ¡Vuelve!

Mei, ahora brazos en jarra, sacó la lengua.

—¡No! Me siento libre, así que iré a donde me plazca.

Eran solo dos manchas oscuras que atravesaban, corriendo, un auténtico mar plateado. Las risas rebotaban aquí y allá, como tímidos ecos que se perdían en la lejanía. El guerrero la perseguía como podía, exigiéndole que volviera, aunque la muchacha era rápida. Mei dio un brinco cuando notó un pequeño surco de agua, pero Wezen cayó aparatosamente al solo tener ojos solo para ella.

La joven montó sobre él; la túnica se le había removido ligeramente y un seno sobresalía, mostrando una areola oscura y el pezón erguido. En cierta manera, deseaba experimentar aquel lazo que unía a Xue y Wezen, pero con el añadido de un fuerte deseo carnal. Se inclinó para unir sus labios y humedecerlos con su lengua, hábil como era, y ni siquiera le molestó la poca pericia del guerrero, que no sabía ni acariciar ni mucho menos besar.

Túnica y camisa cayeron sobre la hierba mientras los amantes entrecruzaban suavemente las piernas. Mei tenía el sexo recortado en una fina y delgada línea de vello que sorprendió al guerrero, quien intentó escarbar con los dedos, pero ella lo tomó de los hombros y acostó en el suelo. La hierba picaba intensamente, pero ella tenía tanta arte estimulando a los varones que pronto se olvidarían del cosquilleo; se inclinó sobre él y mordió un pezón, endureciéndolo con la punta de la lengua; sus finos dedos agarraban su sexo para acariciarlo, luego llevándolo hasta su sexo para restregarlo por la entrada, esperando que él empujara.

El joven xin se mostraba completamente abrumado ante la experiencia de la esclava.

—Wezen —susurró mordiéndole con los labios—. ¿Es tu primera vez?

Wezen enrojeció abruptamente y tragó saliva.

—No…

Mei ahogó una risa. No había caso en mentir. Sintió cómo las manos del guerrero la tomaron del trasero y abrió la boca cuando él hundió sus dedos con fuerza, arqueándose. A la esclava le agradó; se volvió a acomodar, besándolo y tirando el labio inferior con suavidad.

—Aquí, Wezen —acomodó la verga—. Empuja con cuidado.

IV. Año 2332

El espectro estrelló su mandoble en el suelo, que vibró como si acusase un pequeño temblor; Próxima consiguió esquivarlo de un salto hacia atrás. El ser desclavó su arma, describiendo un arco en el aire, y decenas de piedrecillas y polvo golpearon al ángel, que se cubrió el cuerpo con las alas.

El enemigo se preparó para partirlo en dos, pero cuál fue su sorpresa cuando Próxima abrió sus alas, revelándose con su arco tensado. El ángel disparó, apuntando a la cabeza, aunque el espectro se escudó usando la hoja de su arma; el mandoble salió disparado de sus manos debido a la potencia del impacto.

Próxima no pudo reaccionar a tiempo cuando el espectro se abalanzó a por él y lo atenazó contra sí. Rodaron por el suelo, hacia el borde de la colina, y entre puñetazos y patadas ambos cayeron en el Río Flegetonte levantando una estela de polvo sobre la tierra.

Curasán intentó avanzar hacia la colina; la caída era considerable y no sabía si su compañero estaría bien. Pero un segundo espectro descendió frente a sus atónitos ojos, empuñando un sable aserrado; el enemigo intentó darle un violento tajo, aunque el ángel desenvainó su espada y con ella se escudó.

Retrocediendo, Curasán se defendía como podía de los sablazos que caían sin cesar. Cayó tropezado por una de las pirámides de huesos y su espada se le resbaló de la mano. No se lo creyó cuando vio a Pólux abalanzarse a por el enemigo, por detrás, haciéndole una llave con tanta fuerza que el espectro soltó su arma.

—¡Ataca! ¡Ataca ahora! —rugió la Potestad.

El joven ángel recuperó su espada del suelo. En el ínterin, el espectro tomó a Pólux de los brazos y consiguió apartárselo; lo lanzó violentamente contra Curasán. Ambos ángeles quedaron atontados, despatarrados en el suelo a merced del enemigo; el espectro levantó el sable aserrado que, bajo la luz del sol, lucía como los dientes sangrientos de un dragón.

Inesperadamente, el sable cayó tamborileando y el enemigo desfalleció con una flecha atravesándole el cráneo. A lo alto, cortando el sol rojo, Próxima se elevaba en el aire, arco en ristre. Asintió a sus compañeros con seriedad, pero cuánto deseaba reírse en la cara del asustado Curasán. Ese era él, arquero el más habilidoso arquero de los Campos Elíseos. Nunca más volvería a dudar de sus dotes.

Pólux estaba boquiabierto. Como Potestad, no envidaba a los guerreros. Los veía como ángeles brutos que solo sabían seguir órdenes y blandir un arma. De hecho, eso pensaba de Próxima. Pero no podía negar que ese ángel tenía un don especial, una inteligencia de otro tipo, de las que no se obtienen en los libros. Cómo era posible, se preguntaba él, que con tan pocos disparos consiguiera adaptarse a la nueva gravedad del Inframundo. Realmente era el mejor arquero, pensó aliviado.

—¡Curasán! —Próxima esbozó una ancha sonrisa—. Desde aquí se te ve la cara de…

Un inesperado fulgor plateado atravesó al arquero, quien instintivamente aleteó para esquivarse. Pero cayó estrellándose violentamente en el borde de la colina. Le martilleaba un fuerte dolor en la espalda. Caían gotas de sangre a su alrededor. Se tocó el hombro, desesperado, y experimentó un mareo al no sentir su ala izquierda. Su mano volvió ensangrentada; los dedos temblaban.

El primer espectro, aquel que manipulaba un mandoble, aterrizó violentamente sobre el ángel, aplastándolo contra el suelo con las pezuñas de sus patas, similares a las gárgolas. Levantó su gigantesca arma y habló. Su voz era gutural, poderosa, y pareció dirigirse a los dos ángeles que lo miraban aterrorizados.

—Detesto a los arqueros. Prefiero los combates a corta distancia.

De un rápido tajo, cortó la otra ala del ángel mientras su desgarrador grito rebotaba por el desierto rojo.

La capital del Inframundo, Flegetonte, era una ciudad oscura. Cientos de miles de torres coronadas por agujas de formas cónicas se elevaban hasta grandes alturas, traspasando las nubes. Todas contaban con un diseño similar, de paredes aserradas, repletas de pequeños colmillos encorvados. Desde sus ventanas resplandecían tímidos brillos naranjas, parpadeantes, similares al fuego de los faroles que pululaban sus calles.

Pero tres torres destacaban en el centro mismo, tanto por su altura aún más descomunal como por las gigantescas campanas que poseían cada una, instaladas a lo alto.

Un espectro se elevó por los aires y descendió en la cornisa de la torre central. Frente a sí tenía la campana de un color plateado. A su izquierda era dorada, y la de la derecha roja; esta última se encontraba visiblemente gastada. Desenvainó su sable y golpeó la central, varias veces, con intervalos espaciados.

Era el llamado de la caza.

La quietud de Flegetonte se vio interrumpida por cientos de miles de rugidos. Un espectro salió disparado de un ventanal; apoyó las pezuñas de sus pies y una garra por las aserraduras de su torre y, levantando una espada, rugió tan fuerte que su grito llegó hasta las más lejanas calles. Los demás espectros salían disparados por las ventanas de las edificaciones, blandiendo sus armas al aire y respondiendo al llamado del campanario. Unos, sobreexcitados en medio de una nueva “Noche de Caza”, peleaban entre sí para calentar los músculos. Otros, en cambio, volaban en círculos alrededor de los tres campanarios solo para comprobar cuál campana sonaba.

Entonces rugían con más fuerza si cabe.

En una torre perdida entre las miles, la ninfa Mimosa salió al balcón nada más oír el llamado. No pudo llegar hasta la baranda pues la cadena de su collar no era muy larga. Aun así, ladeó el rostro e hizo un esfuerzo para comprobar cuál era la campana tocada. Siempre lo hacía.

Mimosa era una hembra de piel aceitunada, de cabellera lacia y oscura. Vestía un vestido vaporoso, de una textura suave y lisa fabricada en la ciudad de Cocitos, al este de Flegetonte, exclusivamente para las esclavas de los espectros de mayor rango. Otras ninfas, menos afortunadas ellas, no vestían más que algún trapo harapiento, perdidas y encadenadas en los rincones más oscuros de los Templos de Placer.

Meneó la cabeza y volvió a fijarse en la campana. Se frotó los ojos. Hacía milenios que aquella no sonaba.

Frunció el ceño al ver a todos esos espectros sobrevolando a su alrededor, como murciélagos enrabiados. Los conocía muy bien; algunos podían ser unos seres racionales, muy inteligentes, pero era oír las malditas campanas y, como si fuera un llamado de la naturaleza, agarraban sus armas y se convertían rápidamente en las bestias de siempre, ansiosas de lucha y sangre.

Volvió a la habitación de su amo. El espectro estaba sentado sobre una amplia cama, enfundándose un cinturón por encima de la túnica roída, preparándose para la cacería. A su lado, la ninfa Canopus mordisqueaba el cuello de su amante y susurraba algo al oído para que el guerrero riese con su voz gutural.

Canopus era, según muchos habitantes del Inframundo, la ninfa más hermosa de las casi mil que residían. Su cabellera era larga, cobriza y lacia, hasta la cintura. A diferencia de la exuberante Mimosa, sus senos eran nimios al igual que sus curvas, que apenas se percibían bajo su túnica.

Mimosa tomó uno de los sables de su amo, apilados a un lado de la habitación, y se acercó para entregárselo a su dueño.

—¿Irá a la noche de caza, mi señor?

—Es el llamado de la sangre —asintió el espectro, tomando el arma—. Otra rebelión más.

—No, mi señor. La campana es plateada.

El espectro clavó el sable en el suelo, brusco, y miró a Mimosa con esos brillantes ojos carmesí.

—No juegues conmigo, ninfa —advirtió.

—No podría, mi señor. Lo he visto con mis propios ojos. La campana es plateada. Son ángeles.

—Pues has visto mal.

El espectro se levantó y desclavó el sable, apresurándose en salir. En verdad que le costaba creerlo. ¡Ángeles en el Inframundo! Hacía diez milenios que no habían vuelto; empezó a rememorar aquella vez que Lucifer se recluyó en el Inframundo con su ejército y sus dragones, trayendo posteriormente una sangrienta guerra contra el ejército de los Arcángeles. Nunca mermó su deseo de despellejar a un ángel.

Mimosa se interpuso en su camino.

—Mi señor —la ninfa agachó la cabeza—. Déjeme besar sus armas. Para la suerte.

—¡Ah! ¡Y a mí! ¡Déjeme besarle! —gritó Canopus, tensando la corta cadena de su collar, unida a la cabecera de la cama—. ¡Por favor, mi señor! Si en verdad son ángeles, entonces esta es una cacería peligrosa.

El guerrero gruñó. No quería perder el tiempo, pero cómo iba a negarse a un último beso de las ninfas que le deleitaban todas las noches. Se acercó de nuevo a la cama, sentándose, y Canopus se inclinó para besarlo.

Mimosa, en tanto, se arrodilló ante el guerrero, acariciándole la armadura de la pierna, subiendo las manos hacia la cintura para desenfundarle el sable. Pasó el dedo por la hoja y se sintió sobrecogida al tocar algo que había segado la vida de tantos enemigos. Besó la empuñadura, mirando al espectro. Luego cerró los ojos, pasando la lengua por la hoja, gimiendo.

—Tenéis unas tradiciones de lo más estúpidas —dijo el guerrero, antes de que Canopus lo tomara por las mejillas y volviera a besarlo.

Canopus no amaba a ningún otro ser que no fuera la diosa del Inframundo. Y aunque era cierto que su hacedora había desaparecido hacía diez milenios, era por ella por quien seguía acicalándose todas las noches con la esperanza de que, cuando volviera, la encontrase tan hermosa como la dejó.

Pero como toda ninfa, sentía un deseo carnal irrefrenable. A falta de su hacedora, el único medio para desfogarse era con los espectros que allí habitaban. Así que, en cierta forma, disfrutaba de su esclavitud porque hacía lo único para lo que fue creada; divertirse y divertir.

A través de los milenios tuvo varios amos, algunos muy crueles y otros no tanto, pero era el espectro que ahora besaba el más bondadoso de todos. Besaba bien. Le caía bien. Hacía el amor como ningún otro. No era amor lo que sentía por él, lo sabía, pero cada vez que lo veía abriendo la puerta de su habitación su corazón se agitaba y su sexo parecía contraerse del gusto.

Fue por eso que chilló aterrorizada cuando su amo cayó muerto en la cama, con su propio sable atravesándole el cuello y dejando un abundante reguero de sangre.

Luego miró a Mimosa, quien, con el ceño fruncido, se subió a la cama para recuperar el arma.

—¡Ah! ¡Ah, ah, ah! ¡Mi…! ¡Mimosa! ¡Mimosa, qué diantres te sucede! ¡Es nuestro amo!

Mimosa levantó el sable y cortó la cadena de su amiga, hundiendo la hoja hasta la colchoneta.

—Puedes dejar de actuar. Vayamos a buscar a esos ángeles.

—¡Pero…! —Canopus miró a Mimosa y a su amo, de manera intermitente—. ¡Pero acabaste de matarlo! ¡Era nuestro señor! ¡Por los dioses, estás loca! ¿Qué crees que dirán cuando lo encuentren?

—¿Tú qué crees? —Mimosa levantó el sable y cortó su propia cadena—. ¡Uf! Todas las noches los espectros se matan entre ellos.

Canopus no se lo creía. Y repentinamente experimentó una amargura tremenda; estaba desconsolada. Se frotó las manos, que brillaron tenuemente, e intentó curar la herida del espectro, pero era evidente que el guerrero ya había pasado a otro plano. Lo abrazó llorando.

—¡Lo quería! ¡Y tú lo mataste!

—¡Canopus! —Mimosa la miró extrañada—. ¿Hablas en serio?

—¡De todos los amos, fue el único que nos trató bien!

—Fue el que nos trató menos mal. Y es precisamente por eso que su muerte fue rápida.

Mimosa siempre actuó, a través de los años, como una buena y servicial esclava. Y pensaba que Canopus también, pero ahora caía en la cuenta de que su amiga había perdido por completo su naturaleza de ninfa, aceptando la innatural esclavitud. Lloraba estruendosamente y había que espabilarla.

—¡Abre los ojos, Canopus! Tú querías lo que le cuelga entre las piernas y él quería lo que tú tienes entre las tuyas. Lo demás son sandeces. ¡Vámonos!

—¡No iré a ningún lado!

Mimosa resopló. Tomó a Canopus por los hombros y la sacudió. Como seguía llorando, decidió cruzarle la cara.

—¡Sí lo harás! ¡El día ha llegado! ¡Lo prometimos juntas! ¡Los ángeles han vuelto y es nuestra oportunidad!

—¡No me interesa lo que te haya prometido!

Mimosa dio un puñetazo en el estómago de su amiga, que se encorvó de dolor y cayó desmayada. La cargó sobre sus hombros y se levantó decidida a escapar de Flegetonte. Solo esperaba que aquellos ángeles que invadían el Inframundo fueran cientos de miles, lo suficientes como para poder aguantar la oleada de espectros que se les venía encima. Y, con suerte, conseguiría hablar con alguno de ellos.

El espectro juntó las alas de Próxima, una sobre otra, y las ató en su cinturón para que colgasen. Era un buen trofeo de guerra. Los cortes fueron precisos. Miró al arquero tendido en el suelo sobre un charco de su propia sangre; el ángel se había desmayado del dolor o sencillamente había muerto. Luego se fijó en sus dos siguientes víctimas. Uno, el ángel robusto, lo miraba con furia. El otro parecía ausente, sujetándose de sus rodillas y mirando incrédulo a su compañero derrotado.

Posó su mandoble sobre el hombro y se acercó a ellos.

—Decidme el nombre de este cadáver.

—¡Maldita bestia cobarde! —gruñó Pólux—. ¡Fue un ataque rastrero!

—¡Calla! Ataqué por detrás porque él atacó por detrás a mi compañero. Ahora, he preguntado por su nombre —clavó su mandoble en el suelo, arañando la hoja repleta de pequeños símbolos—. Siempre apunto los nombres de mis víctimas.

—Pues apunta bien, animal. Pon un gigantesco “Soy un mísero cobarde” en esa estúpida espada.

El enemigo aspiró aire, visiblemente ofendido. Los espectros eran bestias orgullosas y perdían fácilmente los estribos ante cualquier falta de respeto.

—Condenado saco de plumas, ¿tienes idea de con quién estás hablando?

—Lo adivinaría con los ojos cerrados. Se huele hasta aquí cada vez que hablas, ¡perro!

—¿Perro? —se tocó el pecho y empuñó su túnica—. ¡Soy Iscardión, recuérdalo bien, bola de grasa! ¡Tú solo eres otro garabato más en mi mandoble!

Pero se sorprendió cuando, por detrás, Próxima se abalanzó sobre él, haciéndole una llave. El espectro no se lo podía creer. Cayó en la cuenta de que el ángel gordo estaba distrayéndolo en aquella conversación para darle tiempo al arquero. ¿Cómo pudo ser tan tonto de caer en una trampa de los más absurda?

Intentó zafarse, pero el ángel herido, cegado por la ira, no estaba por la labor de soltarlo con facilidad. Iscardión cayó tropezado y juntos siguieron forcejando, rodando por el suelo entre gruñidos hasta que, inexorablemente, volvieron a caer por el mismo precipicio.

Pólux parpadeó incrédulo. Aún no salía de su asombro de todo lo que había acontecido. Se giró cuando, tras él, oyó unas lejanas campanas. Tenía que ser una suerte de alarma. Cerró los ojos y trató de focalizar todos sus sentidos en lo que parecían ser miles y miles de gruñidos mezclándose en la distancia. Susurró con tono preocupado:

—Siete millones trescientos cuarenta y cuatro mil novecientos doce espectros.

Era una cantidad abrumadora e inesperada. La legión de ángeles apenas superaba los doce mil guerreros; debía informarle cuanto antes a la Serafina acerca de tan terrible descubrimiento. Si habría guerra, la derrota de los ángeles sería aplastante. Tomó a Curasán del hombro y lo sacudió, pero aun así el joven parecía estar ausente.

—Deberíamos ir a buscar a Próxima. Y rápido. Puede que el Inframundo ya esté al tanto de nuestra presencia.

Curasán no respondió, absorto como estaba. Pólux se agachó y lo cargó sobre sus hombros. No había tiempo que perder.

—¡Sujétate! ¡Vamos a buscarlo!

—Fue mi culpa —dijo un triste Curasán, perdido en su propio mundo—. Lo reté a lanzar las condenadas flechas. Nos descubrieron por mi culpa.

—¡No es momento de pensar en ello!

—Dioses, sus alas… ¿Acaso no lo viste? Le arrancó sus alas…

—Si no nos apuramos, quién sabe qué más le arrancará esa bestia salvaje.

Pólux extendió sus alas y descendió lentamente por el precipicio. De un vistazo, no notó ni a Próxima ni al espectro; tal vez cayeron al rio y la corriente los arrastró. Aún podrían estar luchando, pero sabía Próxima no duraría mucho en esas condiciones. Como fuera, debía apurarse.

Mientras, las campanas de Flegetonte seguían oyéndose como un lejano repiquetear.

V. Año 1368

Una fina nevada caía sobre las silenciosas calles de Nóvgorod. Mijaíl detuvo la caminata junto con su hermano y se retiró la capucha de su capa; levantó la vista y observó con tristeza el campanario de una iglesia, que sonaba y retumbaba. Era su último día en el reino y sabía que no contaba con muchas posibilidades de regresar. Abrió las palmas de sus manos para dejar que un par de copos de nieve cayeran sobre sus guantes de acero. Tal vez hasta era su última nevada.

Gueorgui se detuvo para esperarlo.

—Sonríe. Un ángel está recibiendo sus alas.

Mijaíl cerró el puño.

—Eso nos decían ellas, ¿no? Las monjas. Nunca lo creí. ¿Recuerdas cuánto dolían los oídos?

Gueorgui sonrió. No eran más que niños cuando se escondían en la Catedral de Santa Sofía para resguardarse de los días más fríos. Estaba en época de refacciones, por lo que era fácil colarse entre los albañiles. En aquel entonces el conflicto con los mongoles había terminado con la rendición de los rusos. Los hermanos perdieron a su padre, herrero del ejército, y a su madre, víctima de una horda mongola que azotó la ciudad. Algunas monjas eran auténticas arpías con los hermanos y los echaban si los pillaban, aunque otras hacían la vista gorda o les daban de comer. Fue su pequeño hermano quien desarrolló un inusual afecto por la catedral. Un sentido de pertenencia que lo llevó a alistarse en la caballería para proteger “su hogar”.

—Antes de que me olvide —dijo Gueorgui—. Esta mañana una mujer me entregó esto cuando me presenté en el palacio.

Retiró un pendiente de su cinturón y se lo entregó en la mano. Mijaíl lo vio, curioso, y silbó cuando notó que estaba hecho de oro. Tal vez haría buen dinero vendiéndolo en Corasmia, donde apreciaban materiales así. Luego abrió el pequeño porta-imagen, de dos caras. En un lado tenía las ilustraciones de la catedral de Santa Sofía, todo un símbolo de Nóvgorod, y del otro un dragón surgiendo de las aguas, una referencia al reino de Koryo y su dragón de los mares.

—Dijo ella que no vuelvas a perderlo.

Mijaíl apretó los labios; era un regalo de Anastasia. Se lo colocó, olvidándose del asunto de la venta.

Oyeron rítmicos casquetazos sobre el empedrado de la calle. Se sorprendieron cuando se acercaron dos jinetes montando preciosos caballos blancos. Los hombres eran asiáticos. Bajo los tupidos abrigos de pieles se notaban túnicas rojas, muy llamativas, con bordados dorados. En sus cinturones portaban sus espadas, largas y brillantes. Uno, de aspecto atlético y maduro, tenía la cabeza afeitada. El otro era un hombre anciano, de larga cabellera ceniza y recogida en una coleta. Se presentó asintiendo con una sonrisa, y luego dijo algo a su acompañante para que ambos rieran.

Gueorgui hizo una reverencia profunda ante la presencia del embajador de Koryo y su sirviente.

Mijaíl, en cambio, frunció el ceño.

—¿Qué ha dicho?

Gueorgui le codeó.

—No lo sé, pero recuerda tus modales.

El joven forzó una rápida reverencia.

—Disculpe a mi señor —dijo el sirviente—. Él no domina vuestra lengua. Ha dicho que su rostro se asemeja al pene de un yak.

Mijaíl se cruzó de brazos al oír la carcajada de Gueorgui. No sabía lo que era un yak. Es más, estaba convencido de que ni siquiera su hermano lo sabía. Ser comparado con el órgano sexual de un animal, cualquiera que fuera, resultaba ofensivo, pero sabía que debía mostrarse respetuoso. Desvió el tema tan rápido le fue posible.

—Soy Mijaíl Schénnikov y fui nombrado como vuestro custodio. Mi hermano y yo nos dirigíamos a vuestro hogar para presentarnos. No esperaba que vinierais a nuestro encuentro. Permitidme volver al establo, buscaré un buen caballo.

—No será necesario. Mi señor os regala uno de los suyos.

Detrás de los asiáticos, Mijaíl vio a dos sirvientes rusos traer de las riendas a un caballo igualmente blanco. Silbó largo y tendido mientras algunos los niños y mujeres en la calle también admiraban al animal. Vaya día para regalos, pensó el joven. Perdonó la broma pesada y se sintió menos desdichado.

—Es su señor un hombre muy generoso.

Lo palmeó; era un animal bien alimentado. Lo montó de un enérgico salto. La montura era cómoda y el caballo relinchó, removiéndose con vigor. Mijaíl carcajeó, agarrando las riendas. Desenvainó su espada y la guardó en la funda del animal, que ya portaba un arco y un carcaj atados en la parte posterior de la montura. Luego se fijó en su hermano.

—¡Gueorgui! Pues va a ser que las monjas tenían razón —tensó las riendas y el animal se giró sobre sí mismo, mostrándose—. Dime si no son buenas alas.

Gueorgui resopló. Cuánto le costaba mantenerse serio. Era una mezcla rara de tristeza y orgullo lo que sentía por su hermano. Nunca se lo dijo, pero antes de morir, su madre le ordenó cuidarlo hasta que fuera un hombre. Cumplió con su deber y aunque ya no fuera ese niño cabezón, sentía la imperiosa necesidad de montar un caballo y unirse a la aventura solo para seguir velando por él.

Era una costumbre difícil de deshacerse. Aun así, disfrazó todo bajo un asentimiento y un apretón de manos. Deseaba fuertemente que no fuera el último. Entre el cada vez más ruidoso campanear susurró un triste “Dios contigo, hermano mío”.

Cuando Wezen se acostó en la cama de su habitación, no sabía si alegrarse o simplemente enfurecerse. Había pasado una noche fantástica, la mejor de su vida, con la esclava. Luego la había llevado hasta el pueblo sin que nadie sospechase nada. Al despedirse, Mei prometió que más noches así le aguardaban si se quedaba en el pueblo.

El solo pensar que esa esclava estaba engatusándolo para quedarse era terriblemente absurdo. ¡Ahora eran dos las que insistían en abandonar el ejército xin!

Cuando cerró los ojos, percibió el cuerpo de alguien más subiéndose a su cama. Quiso girarse, pero luego sintió cómo se acomodaba de espaldas a él. Oyó a Xue gemir y el guerrero sonrió con los labios apretados.

—Wezen.

—¿Qué?

—¿Mei es tu mujer?

Wezen ahogó una risa.

—Creo que tenía vergüenza de decirte quién es. Mei es la esclava de mi comandante. Si me ven tocándola, me cortan en dos.

—¡Ah! Ya veo. Es bueno saberlo. No me cae bien.

—Mira, Xue… Algún día vendré con una mujer preciosa y tendrás que llevarte bien con ella.

—¿Es por eso que vas a Transoxiana? Para traer alguna exótica mujer árabe.

—O dos.

La muchacha se removió, inquieta.

—Te lustré la armadura.

—Gracias, Xue.

—Si te quedas, no te faltará nada. Siempre estuvimos juntos y nunca tuvimos problemas. ¿Puedes…? ¿Por qué no…? Dime, ¿te quedarás?

Wezen bostezó largo y tendido, acomodándose. En verdad que dormir juntos le recordó aquella época en la que solo se tenían el uno al otro. Y era una sensación agradable. Agarró su manta y la echó sobre ella.

—Mañana, hermana —dijo arrastrando las palabras—. Al amanecer tendrás una respuesta.

Continuará.

Nota del autor: El reino de Corasmia se ubicaba, principalmente, en la actual Uzbekistán.