I. 3 de Septiembre de 1260

Sin títuloOdgerel subió a su caballo, con su arco en la espalda y su enrojecido sable en la mano. El sol estaba en lo alto del cielo cuando, en el diezmado campamento mongol, se dedicó a mirar a su alrededor ese montón de cadáveres desperdigados en el suelo. En su rostro salpicado de sangre se reflejaba la rabia y la impotencia; eran jóvenes con quienes compartió la leche fermentada en incontables ocasiones e incluso juró repartir los botines de guerra más valiosos. Promesas y palabras de guerreros, de hombres, que quedaron por cumplir.

El guerrero batallaba contra sí mismo para no vomitar debido al olor a muerto, carne calcinada y fuerte humareda. “Se la devolveré”, pensó, incapaz de detener el redoble de sus latidos y el apuro de su respiración. “En esta vida o en otra, pero se la devolveré”, concluyó, recordando al Sultán Qutuz.

Por todos los medios intentó proteger a sus guerreros, pero la caballería enemiga era numerosa. “Son débiles, pero son demasiados. Como los perros”, caviló, frunciendo el ceño, cabalgando por el campamento en búsqueda de sobrevivientes. Eran pocos pero le siguieron tan pronto conseguían caballos; Unegen, Batzorig, Targutai, rostros conocidos y algunos no tanto que decidieron alcanzar al único comandante vivo. Pronto se le unió en la cabalgata su general Kitbuqa, quien guiaba a una docena de guerreros tras él.

“¡Que no quede ni un mongol de pie, excepto el cristiano nestoriano!”, era el grito usual cuando la salvaje caballería mameluca hacía incursiones en el arruinado campamento. Al líder lo querían vivo. Solo el Sultán tendría el honor de cortar la cabeza del General Kitbuqa para luego llevársela en la grupa de su caballo y tranquilizar con ello a toda la resistencia musulmana. Parecía inevitable que así se escribirían las últimas páginas de la incursión mongola en el desierto.

—Vendrán desde el norte —comentó Odgerel, llegando hasta los límites del campamento, señalando la lejana colina con un cabeceo desganado. Había notado cómo se reagrupaban los mamelucos, yendo por las laderas que bordeaban el campamento, hasta la colina frente a ellos. Si bien desde hacía bastante tiempo reinaba un silencio abrumador, se les hacía evidente que pronto los enemigos volverían a caer con todo su peso.

—Nos espera la destrucción —contestó Kitbuqa, completamente descorazonado.

—Espero que sobre los francos caiga una maldición pagana —masculló Odgerel, en lenta galopada frente a sus guerreros.

No tenía la lengua habilidosa y motivadora de Sarangerel, pero sentía en el pecho ese irrefrenable deseo de transmitirles unas últimas palabras a esos jóvenes que lo habían seguido ciegamente hasta el fin del mundo. Suspiró largamente, levantando la vista y perdiendo la mirada en ese imponente cielo sin nubes, sintiendo una suave caricia en su rostro en medio de la molesta ventisca árida y cálida del desierto.

Tal vez se trataba su mujer, quien lo estaría esperando en alguna tienda armada en el Cielo, lista para agasajarlo con comidas y bebidas. Tal vez alguna hermana con quien jugaba de niño en su campamento, allá entre las estepas y ríos serpenteantes, quienes ya lo reclamaban. Lejanos recuerdos con los que pronto se reencontraría. Si bien se lamentó por haberle fallado a la promesa de su amigo, de sobrevivir y volver a Suurin, encontró cierto consuelo en aquella caricia.

“Pronto… supongo que pronto todo estará bien”, pensó sereno.

Y volvió a la realidad. A lo lejos, en la colina, asomó de nuevo la numerosa caballería ligera enemiga para quedarse quieta, expectante, observándolos como si los estuvieran contando, como si estuvieran deleitándose de la visión de un campamento diezmado y al borde de la destrucción. Levantando una nube de polvo, un guerrero musulmán rompió fila para avanzar un largo tramo en completa soledad, como si se hubiera armado de valor para ir a batallarlos en solitario. Pero su armadura de cuero era distinta, refulgían sus revestimientos de oro que protegían su pecho.

Odgerel ladeó la mirada para observarlo con detenimiento. Pronto reconoció ese rostro en cuanto lo tuvo más cerca.

—Es… —Odgerel sonrió de lado, inclinándose hacia adelante, cerrando sus puños como las garras de un halcón cuando se prepara al ver una presa—. Es el Sultán Qutuz.

En las afueras del Castrum de Acre se había agolpado una infinidad de cristianos, quienes intentaban hacer lo posible para ver al guerrero mongol que los cruzados habían capturado nada más ingresara en la fortaleza, en solitario. Fue despojado de su caballo y sus armas de manera violenta, arrastrado como un animal hasta el recinto militar por dos soldados de gran complexión física, que lo agarraban cada uno de un brazo.

De su frente caía un hilo de sangre, producto de un golpe dado con el mango de un mandoble ante su insumisión. Se sentía mareado, estaba preocupado por sus camaradas que acampaban en la llanura de Esdrelón, y de vez en cuando alguna piedra se estrellaba contra su cuerpo, lanzadas por los cristianos, mientras era arrastrado hasta el Castrum. Pero Sarangerel no les daría el gusto de protestar o incluso gesticular ante el trato hostil.

Sin soltarlo, lo obligaron a arrodillarse frente a la fortaleza de los cruzados. Al levantar la mirada, notó un trío de arqueros observándolo desde los pisos superiores del Castrum, y uno último en la terraza. Al comprobar luego la veintena de francos en los alrededores no pudo evitar sonreírse. ¿Tantos guardias para un solo mongol? ¿Tanto temor inspiraba su sola presencia? Frente a él vio venir a un hombre de largo rostro donde destacaba una nariz respingona, vestido con una armadura sobre la que se ceñía un radiante camisón de lino, adornado con el emblema de los cruzados en el pecho.

Sarangerel no dudó al reconocer al Rey Luis IX de Francia, y escupió en el suelo, cerca de sus botas.

—¡Los mongoles íbamos a tomar Jerusalén para vosotros!

No obtuvo respuesta, ni siquiera una mínima mueca o mirada. A un gesto de mano, un soldado se acercó al Rey para entregarle el preciado sable de Sarangerel. Lo ladeó al tomarlo, y pareció admirar el arma, dándole luego un par de sablazos al aire, cerca del rostro impasible del guerrero.

—Los barones de Acre han oído a los cristianos del Oriente, y luego me han transmitido a mí sus inquietudes. —Aunque el rey franco se dirigiera a Sarangerel, en realidad hablaba en alto para todos los cristianos allí reunidos—.Vuestra violencia ha cubierto las tierras más fértiles de Asia de tinieblas y sangre. ¿Qué planeará vuestro Kan luego de destruir la última resistencia musulmana? ¿Avanzar hasta occidente y exigirnos someter nuestras voluntades? ¡Tierra Santa ni ningún pueblo de Dios gemirá ni caerá bajo vuestros atropellos!

Sarangerel no pudo contenerse al oír aquello. ¿Qué sería de Odgerel? ¿De Kitbuqa Noyan? ¿De sus jóvenes guerreros? Intentó levantarse pero lo tenían bien sujeto, de hecho tan fuerte que sentía que en cualquier momento ambos brazos se romperían.

—¡Eráis nuestros aliados! —bramó el mongol, causando un respingo generalizado—. ¡Incluso hay cristianos entre mis guerreros! ¡No había razón para desconfiar de nosotros!

En la azotea del Castrum, Roselyne tensaba la cuerda de su arco con decisión, llevando los dedos hasta la oreja y fijando al Rey franco, cuya cabeza y espalda eran claramente visibles entre los guardias que lo rodeaban. Apoyó un pie sobre el cadáver de un cruzado que había asesinado con un certero tajo al cuello. Tenía una oportunidad, un solo disparo antes de que los guardianes del rey se abalanzaran a por su líder para protegerlo y llevarlo a un lugar seguro.

Llegar hasta allí había resultado más sencillo de lo que había pensado, debido a la llegada del mongol que robaba la atención de todos; la túnica negra de la Orden Hospitalaria que había robado fue innecesaria, concluyó, respirando lentamente para centrarse.

Notó de reojo a Sarangerel, unos diez pasos más adelante del rey, de rodillas y sujeto firmemente. “Resiste un momento más”, pensó, tragando tanto aire fuera posible mientras sus dedos empezaban a acusar la falta de sangre debido a la fuerza con la que tensaba la cuerda.

Contra todo pronóstico, el Rey cedió el sable a un guardia tras él. “Mátalo”, dijo el líder, mandato celebrado con rugidos y vítores. La francesa jamás pensó que tendría una duda como aquella; podría disparar por fin al hombre que había vendido sus tierras a los enemigos, causante de la destrucción de su familia, de su vida, de su inocencia. Pero su corazón reclamaba que salvara a Sarangerel del inminente sablazo que le propinaría un cruzado.

Tenía solo un disparo antes de que el tumulto lo echara a perder. Y el tiempo escaseaba alarmantemente.

“¡M… maldito seas!”, se lamentó, viendo al rey alejarse, y luego observando al cruzado levantando el sable con las dos manos, presto a cortar el cuello del mongol. Cruzaron en su mente imágenes de su infancia, de la sonrisa de su hermano, el tacto del abrazo de su madre, sus correteadas por los prados de Francia; recuerdos imposibles de recuperar pero sí de rendirles justicia.

—Perdón —susurró, vaciando sus pulmones, soltando la cuerda, viendo cómo la flecha se dirigía veloz hacia su objetivo.

El sable dio varias vueltas en el aire mientras el cruzado caía desplomado al suelo con la saeta clavada en el pecho. Producto de la sorpresa, Sarangerel se libró del agarre de los dos soldados, cogiendo su sable al vuelo, dando un mortal tajo al cuello de uno de sus captores.

“Estoy muerto”, pensó el guerrero mogol mientras el enorme soldado se desplomaba ante él. Aunque hubiera caído uno, quedaba una veintena, y luego una centena en las afueras del Castrum. Podría deshacerse de tres soldados más, tal vez Roselyne pudiera ayudar con uno u otro, pero tarde o temprano la avalancha de iracundos soldados sería imposible de detener.

Se tranquilizó con la idea de que al menos moriría empuñando su sable.

Con rabia, Roselyne lanzó su arco al suelo de la azotea, desquitándose con el cadáver con un par de patadas. Apretó los puños y las lágrimas no paraban de brotar de sus ojos mientras caía de rodillas; ahora daba puñetazos al suelo. Había forjado un lazo con Sarangerel imposible de quebrar, y había entendido que, a diferencia de ella, él sí tenía una familia esperándolo en sus tierras. ¿Quién más que Roselyne sería capaz de entender el dolor de ver esos lazos rotos? ¿Acaso su venganza personal era más importante que el hijo de Sarangerel, aquel niño que día a día estaba en el pensar del guerrero?

Pero cuando volvió sus ojos llorosos hacia donde su amado batallaba, su alma cayó al suelo.

Incontables flechas escalaban por el cielo para luego descender violentamente hacia la plaza. Tan pronto pudo, Sarangerel rodó por el suelo y usó el cuerpo del hombre que había segado para protegerse de las misteriosas saetas que caían como torrencial lluvia. No tardaron en oírse alaridos varios entre los soldados y el gentío. Se preguntaba quién había irrumpido con un ataque sorpresa, pero cuando una saeta cayó y se clavó en el suelo frente a sus ojos, lo supo de inmediato.

“Mamelucos”, pensó, mientras el cadáver que sostenía sobre sí seguía recibiendo incontables saetas. Fue imposible no esbozar una sonrisa; la alianza entre cristianos y musulmanes fue tan sorprendente como frágil. Ahora, Acre se convertía en un campo de batalla en donde él ya no era un objetivo importante. Tal vez podría aprovechar la revuelta para escapar.

Pero recordó a Roselyne, a quien vio tensar su arco y disparar para salvarlo desde la azotea. El Rey y sus guardianes ya habían desaparecido de la vista, por lo que probablemente estaban resguardándose, preocupándose por la invasión mameluca. Aunque cabía la posibilidad de que algunos guardias entraran al Castrum para buscarla y asesinarla.

Cuando la lluvia de flechas cesó, se deshizo del cadáver repleto de saetas para observar a su alrededor una auténtica masacre. Una treintena de personas habían caído, muchos ciudadanos, pocos soldados, un auténtico mar de sangre y gemidos. Hacia las lejanas murallas de contención, los gritos de guerra, de casquetes, de espadazos y flechazos se podían percibir con notoriedad; Sarangerel podría aprovechar la escaramuza para intentar huir, pero no podría abandonar a la mujer que lo había salvado.

—Hmm —gruñó, limpiando su sable con una tela que arrancó de un cadáver—. Dejo mi ejército en tus manos, Odgerel.

Mientras, en Ain Jalut, llanura de Esdrelón, el Sultán Qutuz se desmontó de su animal y avanzó caminando unos cuantos pasos más hacia el campamento mongol, hundiendo y sacando sufridamente sus pies de las arenas. Deshaciéndose de su casco y luego de su armadura ligera durante su caminar, ya con el pecho desnudo, se arrodilló para besar al suelo.

—Como los cuervos, aparece cuando la historia ya está escrita —dijo Kitbuqa con el rostro torcido de rabia.

—No está escrita aún, General —todos callaron al oír a Odgerel, extrañamente sereno, quien fue al frente de sus guerreros—. Conocí a Sarangerel cuando los guerreros de mi tribu y la suya peleaban por un rebaño de ovejas durante una fría madrugada, en campo descubierto. ¡Éramos jóvenes y no teníamos miedo de morir! Para el amanecer, él y yo éramos los únicos sobrevivientes. Cansados de intercambiar sablazos, nos caímos desplomados sobre la hierba para compartir un odre de airag que él tenía guardado. Es raro emborracharse con el enemigo, pero cuando el cuerpo dolía hasta los huesos y las ovejas ya se habían dispersado, qué más íbamos a hacer…

—¿Eráis de clanes enemigos? —preguntó Kitbuqa, olvidándose por un momento de la situación.

—Hoy son clanes hermanados. Me dijo que sería una pena que uno de los dos muriésemos, pues habíamos mostrado nuestra valía como guerreros. Me tomó de la nuca, y uniendo nuestras frentes, prometió que a partir de ese día seríamos hermanos de sangre, que lucharíamos por destruir la rivalidad de nuestras tribus. Me pareció una tontería imposible de conseguir, pero me contestó: “La historia le pertenece a los que tienen el valor de desafiarla” —Odgerel no pudo evitar golpearse el pecho con una sonrisa, recordando aquel lejano momento en las estepas—. General Kitbuqa, esta historia aún no se termina hasta que esté escrita la última página, hasta que el último mongol haya caído.

—Tienes una lengua tan hábil como la de tu amigo, Comandante —felicitó el General.

—¡Oh, mi Islam! —bramó el Sultán a lo lejos, levantando la mirada hacia el sol y extendiendo sus manos al aire en señal de agradecimiento a Alá. Dejó correr la arena entre sus dedos, mostrándole luego a los enemigos su plácido rostro, revelándoles una sonrisa que hirvió la sangre de los asiáticos—. ¡Oh, Alá, conceda a su siervo Qutuz la victoria contra los mongoles!

Odgerel no se dejó amedrentar; echó la cabeza para atrás y carcajeó cuan fuerte fue posible. El propio Sultán lo oyó, quien no dudó en dedicarle una mirada fulminante pues aún en la inminente derrota había un guerrero que osaba de despreciar a su dios. Tras recuperarse del ataque de risa, Odgerel se secó las lágrimas y levantó su sable al aire.

—¡A los perros les gusta ladrar a los lobos! ¿No lo creen, hermanos? —preguntó, arrancando varias carcajadas entre sus guerreros; risas que hirieron al Sultán como flechas al corazón—. Oídme, compañeros. Lamento no poder hacer mucho más en estas condiciones. Iré a por Qutuz. Pero… me haría un gran honor que vosotros me acompañarais en esta última galopada.

—No podremos hacer mucho —agregó el cristiano Kitbuqa, desenvainando su sable con una mano, tensando la rienda de su caballo con la otra—. Pero tienes la razón, Comandante Odgerel. La historia le pertenece a los que tienen el valor de desafiarla. Cuenta conmigo.

—¡Será un honor galopar a su lado, Comandante! —gritó un guerrero.

—¡Su voluntad es la nuestra! —agregó otro.

—¡Vuestra compañía me honra, hermanos! —afirmó Odgerel, fijando su mirada en Qutuz, mientras la numerosa caballería musulmana descendía violentamente de las colinas para abalanzarse a por ellos. El bravo mongol no les temía, ni a ellos, ni a esa nube de polvo de arena que levantaban a su paso, ni a sus armas, ni a nada que se le pusiera enfrente—. Tal vez hagan canciones sobre este día, sobre el destino del ejército invencible… ¿Alguien conoce algún bardo?

—Los que conozco nos esperan en el cielo —rio Kitbuqa.

—Pues no los hagamos esperar. ¡A la gloria!

Avanzaron en rápida galopada rumbo a un choque cruel como desigual. Ni uno solo de los mamelucos entendió a qué se debía tal ataque suicida, cuando la huida sería la mejor opción. Pero nadie podría entender al guerrero que los comandaba, que los cobijó con sus sentimientos y bravura. Si iban a morir, qué menos que escribir una última página con honor. Qué menos que escribir sobre la arena del desierto al menos unas palabras que quedaron en el tintero y reclamar la historia.

En el violento cruce, entre las flechas que iban y venían entre silbidos ensordecedores, Odgerel consiguió deshacerse, de un certero tajo, a un mameluco montado en su caballo, y antes de que cayera, lo tomó del hombro para traerlo hacia sí y usarlo como improvisado escudo ante tres flechazos. De un manotazo, se deshizo del cadáver para armarse con su arco, que rápidamente fue tensado.

Al otro lado, perdiéndose entre su caballería, el Sultán Qutuz vio a los ojos a ese guerrero de mirada animalesca y cuya sonrisa parecía ser una especie de tributo pagano que ofendía a sus propios dioses. Intentó resguardarse cuanto antes, pero fue muy tarde: entre el guerrero y el Sultán no hubo ningún sonido, ni las galopadas, ni el silbar de las flechas, ni los casquetes ni los gritos; solo el crujir de su arco y luego el viento siendo cortado por la veloz saeta.

La flecha cruzó entre varios guerreros y consiguió clavarse en la garganta del Sultán, para terror de sus guerreros y generales. Así, la última hoja fue escrita con sangre tártara y quedó impresa en la historia, imborrable; inmortal. La del mongol que mostró la sangre de su raza, que desafió lo imposible e hirió de muerte al líder musulmán cuando la victoria mameluca estaba consumada.

Odgerel, mostrándole sus dientes, bramó con fuerza, levantando su arco de caza al aire en señal de victoria.

—¡Esta historia nos pertenece, Sarangerel!

Y sonrió, justo en el momento que una cimitarra directo al cuello ponía fin a su vida.

II

En los aposentos del líder de la legión había acaecido una auténtica catástrofe. El estudiante más avanzado del Serafín Durandal se había rebelado contra el Trono, asesinándolo por el pecado de dar cobijo a la niña que, según las profecías, destruiría el sagrado reino de los ángeles.

El Trono no comprendió cómo fue posible que Orfeo estuviera al tanto del secreto más celosamente guardado de los Campos Elíseos. Ni siquiera sus guardianes privados o espías estaban al tanto de la verdadera naturaleza de Perla. ¿Acaso el Segador, único testigo de su acto de resguardarla, había decidido rebelarse y desvelar la naturaleza de la que todos tenían por Querubín?

“¿Así termina mi historia?”, pensó el Trono, en algún lugar atemporal e informe ubicado entre la vida y la muerte. Y vio todas esas páginas rotas desperdigadas en el suelo, hojas que quedaron por recomponer, anhelantes de esas palabras que quedaron por ser escritas. ¿Acaso ese triste final era su castigo por haberse rebelado al destino? ¿Una vida llena de errores por haberse apiadado de una joven castigada con un destino terrible?

En el fondo él era como Durandal: se atrevió a desafiar a los designios de los dioses y seguir su propio sendero. No vio en ella una herejía, un híbrido o una anatema. La dejó vivir, la dejó sentirse querida; tal vez el haber nacido en medio del odio sería lo que la llevaría a ser Destructo, pero de la misma manera, tal vez criarse con el amor de la legión aprendería a ser simplemente Perla.

Protegió a sus ángeles porque temía que el caos en el reino humano los erradicara; protegió a Perla porque su corazón así lo dictaba, mas todo por lo que trabajó terminó desparramándose.

“Tal vez…”, pensó el Trono, deteniéndose a cotejar posibilidades. “Puede que aún haya una forma de recomponer una última página”, concluyó, mirando hacia atrás, allá en ese reino de los vivos. Tal vez había una forma de escribir un digno final para el viejo Nelchael y desafiar con ello a los dioses, al propio destino.

—¡Oídme, guardianes! —gritó el Trono, agarrándose con fuerza la profunda herida sangrante.

Orfeo detuvo su andar, girándose para ver al Trono allí postrado en el suelo, sacando fuerzas de donde ya no debería haber nada para gritar una advertencia. El corrompido ángel había clavado su propia espada en el corazón y hasta había sentido el momento en el que dejó de latir.

—¡Llevadla de aquí, guardianes, protegedla, porque vendrán a por ella!

—¡¿Cómo es posible?! —encolerizado y confundido, Orfeo se acercó para clavarle de nuevo su espada y asegurar su misión cuanto antes.

Una saeta surcó los aposentos y se clavó en la mano del iracundo ángel, quien inmediatamente dejó caer su espada preso del dolor. Ni siquiera se recuperó de la sorpresa cuando sintió una fuerte sacudida en todo su cuerpo; un ángel había llegado para embestirlo, cogiendo su espada en el ínterin, clavándosela en su pecho sin ningún tipo de reparo.

El alarido de Orfeo fue largo y desgarrador; con el rostro desfigurado de dolor había retrocedido varios pasos con su propia arma incrustada en su pecho, dejando una estela de abundante sangre adornando el suelo de mármol, hasta caer a poca distancia del sillón del Trono.

Curasán retrocedió varios pasos, pasándose la mano por la cabellera. Su instinto ahora había cedido lugar a la razón; volvía a sí mismo para comprobar la horrorosa realidad: a un lado, el Trono yacía muerto pese a que hacía un par de segundos juraría que estaba gritando una orden, y en una oscura esquina, su querida protegida temblaba de miedo con la mirada perdida.

Celes, hacia la entrada de los aposentos, guardaba su arco en la espalda con una extraña sensación en el estómago. Desconocía ese lado salvaje del torpe y travieso Curasán, en cualquier otra situación aquello le hubiera horrorizado, pero dadas las circunstancias se alivió con la idea de que gracias a esa ferocidad, su pequeña hermana ahora estaba a salvo.

El joven ángel nunca se había sentido así, completamente absorbido por un instinto animal, tanto que ni había pensado siquiera en dejar vivo a Orfeo. Vio aquel enemigo dirigirse a por su protegida para lastimarla y no tuvo tiempo de pensar. Sus piernas se movieron solas, sus alas batieron como si tuvieran conciencia propia y sus brazos decidieron por sí mismos tomar esa espada y clavársela en el pecho del sorprendido ángel.

Orfeo intentó reponerse pero el dolor ganaba terreno. Agarró el mango de su espada y, luchando por no ahogarse en su propia sangre que brotaba de su boca, trató de comprender aquella reacción tan feroz. ¿De dónde un ángel de tan bajo rango como Curasán había quitado tanta fuerza? ¿Acaso se debía a los sentimientos que tenía por Perla? Sabía que aquel joven era el guardián de Perla, sabía que había pasado con la niña más tiempo que nadie, pero no esperaba que la amara tanto, pues el corrompido ángel desconocía de sentimientos.

Sus brazos perdieron fuerzas, sus piernas ya no respondían; el ángel que solo conoció el odio había fenecido con lágrimas en sus ojos, incapaz de comprender aquello que el guardián experimentaba en su corazón. Cuánto deseaba poder vivir un momento más para que alguien le describiera ese sentimiento de amor que los dioses le habían arrancado cuando fueron creados.

Tras no oírse más que el fuerte y frío viento entrando por el ventanal, Celes cortó el murmullo de la ventisca conforme se acercaba para abrazar a su protegida, extrañamente silenciosa. Había que huir, era la advertencia y orden del Trono en sus últimos segundos de vida. ¿Acaso él sabía que habría más ángeles como Orfeo, que buscarían asesinar a su preciada hermana por alguna razón que ellos desconocían? ¿Por qué no podría pedir ayuda a los Serafines? ¿O es que acaso ellos también vendrían a por Perla?

—Perla —susurró la guardiana—. ¿Estás bien?

La protegida se apartó de ella, evitando ser acariciada o tocada en lo más mínimo. Estaba asustada; aquello que había dicho Orfeo no podría ser verdad. Pero el Trono no pareció haberlo discutido, y ella estaba al tanto de que su crecimiento no era natural. Pareciera que una extraña pieza perdida había encajado y justificado algunas de sus interrogantes. Miró a sus guardianes, deseaba abrazarlos y que la consolaran, pero recordaba esa terrible palabra: “Destructo”, y solo quería encerrarse dentro de sí misma.

—¿Por qué el Trono nos ha pedido que huyamos?—preguntó Curasán—. ¿Quiénes vendrán a por ella?

—Fallo —una gruesa voz gutural los asustó. El Segador se había materializado en los aposentos, sentado sobre el mullido sillón del Trono, desconsolado al ver que Orfeo no había terminado su misión de asesinar al líder y al híbrido. No sintió en su oscuro corazón ráfaga alguna de pena o arrepentimiento por haberlo manipulado, sino que se lamentaba por la fallida tarea que le había encomendado. Pero al menos Nelchael había caído, y sin él, habría caos, habría sufrimiento, y los ángeles necesitarían encontrar algo o alguien sobre quien descargarse.

—¿¡Quién es él!? —preguntó una asustada Celes, girándose y cayendo al suelo, pues tuvo miedo ante el horripilante ente de rostro oscuro, capucha y guadaña.

—Recuerdos. Tú seguro puedes verlo, híbrido, profundo, muy dentro de ti, la verdad cegada por las mentiras del Trono. Tu madre aún canta la canción de cuna que destrozó el reino humano…

Curasán desclavó la espada del pecho del inerte Orfeo para lanzársela al extraño ángel, aunque, como si el ente no tuviera materia, el arma lo atravesó y terminó clavándose en el respaldo del sillón para sorpresa de los dos guardianes.

—¿¡Pero qué eres!? —preguntó el protector.

—¿No la oyes, acaso, híbrido? —el Segador hacía caso omiso y seguía hablándole a la atormentada muchacha—. ¿No la oyes cantando sus arrumacos, allá en el Infierno? Yo sí. Te ruega que continúes su venganza, Destructo.

Aquella infame palabra de nuevo. Perla lo sintió como un puñal directo al corazón, mientras que a Curasán lo invadió una sensación de vértigo que no lo abandonó por un buen tramo. ¿Fue por eso que el Trono les había ordenado que la protegieran y huyeran? ¿Orfeo había intentado asesinarla por conocer eso? ¿Cuántos ángeles más lo sabían? Pero se sacudió la cabeza. No podía ser verdad; sabía que Perla era distinta por el crecimiento que acusaba, pero no esperaba que lo fuera tanto.

—¡No le oigas! —Celes fue la más fuerte, independientemente de lo que hubiera dicho aquel ser oscuro, vio los ojos de su sufrida protegida y se abalanzó para abrazarla con fuerza. Sintió que la joven luchaba por escaparse de sus brazos, pero enseguida se dejó consolar—. Eres mi niña, ¿me estás oyendo? Eres… ¡eres mi hermanita, no le oigas, por todos los dioses!

—Persecución —el ente se levantó del sillón y caminó por el aposento para acariciar el rostro del difunto Trono—. Guardianes del híbrido, las tres legiones vienen para aquí en vuelo presuroso. La buscan para poner fin a su existencia. La legión debe prevalecer por sobre la vida de un ser que no debió nacer.

“¿Quién es ese ángel?”, pensó una atemorizada y paralizada Perla, viendo cómo el Segador se desvanecía en el aire. Nunca lo había visto, pero su aura sobrecogía y sentía de alguna manera una sensación familiar. “¿Por qué siento que… lo conozco?”. Levantó sus temblorosas manos para verlas, tratando de reconocerse a sí misma. “¿Híbrido?”.

—¡Perla! ¡Espabila, por favor! —Curasán se acercó para tomarla de las manos, apartándola de Celes—. ¡Tenemos que irnos!

—¡No me toques! —atinó a chillar, dando un manotazo, aunque su guardián respondió tomándola violentamente de la muñeca. Perla sentía que necesitaba un tiempo para aclararse de los embates que había recibido uno tras otro, pero el tiempo era escaso—. ¡Te he dicho que no me toques! ¡Simplemente… déjenme sola!

Luchando contra sus patadas y manotazos, Curasán consiguió cargarla sobre su espalda, sujetándola de sus piernas mientras ella, rompiendo en llanto, decidió rendirse y abrazarse del cuello de su guardián. Después de todo, en la espalda de él siempre se había sentido segura cuando era niña.

—¿¡Cómo puede ser verdad que vendrán a por ella, Curasán!? ¿Deberíamos creerle a ese extraño? —preguntó Celes, acariciando dulcemente las alas de su protegida—. Y el Trono también lo ha dicho… ¿Crees que los Serafines permitirían algo así?

Curasán estaba tan golpeado como Perla, cuánto sabía de los sueños de cuando era niña, conocía su mundo de fantasía en donde ella derrotaba a ese ángel odioso que se levantaría contra sus propios camaradas. Cuántas noches, cuando vivían en la misma casona, ella lo obligó a actuar como el malvado Destructo que caía derrotado por sus pequeñas manitas. Pero él era el guardián, el hermano mayor, abatirse no estaba en sus planes, sobre todo al ver a la joven completamente destruida e irreconocible ante la revelación.

—¡No lo sé, Celes! ¡Pero no planeo quedarme sabiendo que vienen a por ella! ¿A… adónde vamos? ¿¡Adónde se supone que debemos ir!?

Cuando los tres Serafines llegaron al Templo, no encontraron más que el cadáver de dos Dominios, ángeles de cabellera y alas plateadas, guardianes del Trono, en la entrada principal. Durandal examinó los cortes sanguinolentos que le cruzaban los pechos, que mostraban un estilo de lucha demasiado fácil de reconocer. “Orfeo”, dijo con dificultad, pues no deseaba revelarle a Irisiel y Rigel que el asesino había sido su propio alumno.

—¿Orfeo? ¿Esperabas esto de él? —preguntó Rigel, una pregunta que implícita llevaba una daga directa a las dotes de líder del regio Serafín.

—¿Tú esperabas que Perla fuera Destructo? —contestó secamente mientras cerraba los ojos de los Dominios asesinados.

—Esta noche ha sido muy dura —interrumpió Irisiel al notar que Rigel cerraba sus puños. Era extraño pedirles temple cuando en su interior se arremolinaban sensaciones confusas que amenazaban con enloquecerla; el haber vivido una farsa, el ser engañada por el ser que más respetaba, la sola idea de asesinar a la joven que creció ante sus ojos—. Guardaos vuestro cariño para otro día —sentenció, entrado al Templo, rumbo a los aposentos.

Pero todo terminó derrumbándose cuando entraron a al cuarto del Trono. Irisiel corrió hacia el cadáver de Nelchael, arrodillándose a su lado, tomando su cabeza para levantarla; esperaba ingenuamente que pronto abriera los ojos, que le respondiera sus dudas, que la tranquilizara a su manera, pero el viejo líder ya no estaba con ella.

—¡Háblame, mi señor! —rogó, cediendo a un estruendoso llanto, hundiendo su cabeza en el pecho de su adalid—. ¡Explícame, consuélame… dime qué tengo que hacer!

Durandal deseaba más que nadie ir hasta su querido líder y llorarle, pero no deseaba interrumpir a Irisiel, por lo que avanzó y se encontró con lo que más temía. Orfeo yacía tendido sobre el suelo con una herida profunda en el pecho. Se arrodilló para cerrar los ojos de su estudiante más aventajado y lo cargó en sus brazos, haciendo fuerzas por no torcer el rostro ante pérdidas tan importantes.

—Vamos a tener que rendir explicaciones a esa legión allá afuera —cortó Rigel, quien había preferido el silencio al ver aquella dantesca escena. Si Irisiel y Durandal parecían estar abocados al abismo debido a las pérdidas, ahora era el turno del titán de demostrar temple.

—¿¡Fue tu estudiante quien ha hecho esto, Durandal!?—preguntó Irisiel, cargando al líder en sus brazos. Los labios y alas de la Serafín temblaban descontroladamente.

—¡No lo he entrenado para esto! —se defendió, avanzando un paso, retrocediendo otro, negando ligeramente con la cabeza.

Rigel sentía la imperiosa necesidad de clavarle otra daga. “Desde luego lo has entrenado bien”, pensó en decir, pero con Irisiel completamente descorazonada, ¿quién pondría temple en los aposentos? Apretándose los dientes, pues deseaba hundir sus puños en el rostro de Durandal, luchó por sonar sereno.

—Nuestras legiones nos esperan. Yo hablaré. No digamos nada de lo que no tengamos certeza.

En la cala del Río Aqueronte, bajo las luces de las estrellas, Daritai observaba a su estudiante, vencida y quieta sobre la espalda de su guardián. Cuando Curasán y Celes terminaron de explicarle delicadamente la situación al maestro, no fuera que Perla volviera a revolverse descontroladamente si elegían mal las palabras, Daritai trató a toda costa retener una estruendosa carcajada.

Conocía a Perla como pocos y el solo imaginarla como un ángel destructor era imposible. ¿Aquella que se quejaba del mínimo golpecito durante los entrenamientos, que le costaba sostener una espada cuando entrenaban en los bosques, o que sentía remordimientos cada vez que capturaba un pez? Si le parecía que fue solo ayer cuando Perla, entre llantos, le exigió que no quemara ni comiera aquel diminuto pescado en su presencia.

—Escúchame, niña —se acercó para tomarla del mentón y levantarle el alicaído rostro—. No me importa en lo más mínimo cómo te han llamado o qué se supone que eres, para mí sigues siendo una granuja. Y un guerrero mongol, por sobre todo. No me avergüences y levanta esa mirada feroz que sueles poner.

—¡Psss! —respondió ella, frunciendo el ceño, ladeando la cabeza para apartarse de la mano de su instructor.

—¿¡Te parece forma de hablarla tras todo lo que te he dicho, Daritai!? —protestó Curasán, retrocediendo un par de pasos, pues nunca había casado con sus duras formas.

—Fui uno de los pocos que no la malcrió cuando era niña, no será gracias a ti que ahora está como está, incapaz de hablar y tomar cartas en el asunto —asestó el mongol.

—¡Basta!—irrumpió Celes, acercándose para apartar mechones de la frente de su pequeña hermana—. ¡El Trono ha dicho que vendrán a por ella! ¿Tienes… tienes alguna idea de qué podemos hacer, Daritai?

En las afueras del Templo, los ángeles no daban crédito a lo que veían. Irisiel fue la primera en salir, desciendo por la larga escalera al encuentro con la legión. Cargaba al líder en sus brazos, seguida de Rigel y Durandal, quien llevaba a Orfeo. Ni en las peores pesadillas de los ángeles pudieron imaginarse un desenlace como aquel, ni mucho menos imaginaban que se sentirían tan perdidos ahora que su líder natural los había abandonado. Algún llanto se escapó, el vértigo se adueñó de muchos y otros aún intentaban asimilar lo que veían.

En el momento que Rigel abrió la boca para pedir cordura, el Segador volvió a aparecer en el medio de la legión, causando pavor y un aleteo generalizado que se esparció a su alrededor. Rigel fue el primero en pretender reaccionar, pero se detuvo en el instante que recordó que el Principado del infierno era, a fin de cuentas, intocable.

—Manifestación —dijo, pegando la palma de sus huesudas manos en el suelo de mármol, levantando su oscura mirada hacia el cadáver del Trono—. Veo sus ojos, veo su epifanía. Permitidme mostrárosla.

Entonces, a los ojos de todos los ángeles, se formó en el aire la visión que tanto había perseguido a Nelchael durante sus pesadillas. Una ola de fuego barría con los bosques y Paraisópolis. Aunque fuera solo una imagen, muchos quedaron boquiabiertos cuando vieron aquel esperpéntico espectáculo, pero no esperaban ver algo que sencillamente tumbó sus espíritus: una legión de dragones surgía de entre los bosques, quienes todo lo incendiaban y destrozaban. Parada sobre el lomo del dragón más grande, pudieron ver a un ángel de larga caballera rojiza que flameaba al viento, una figura femenina que señalaba con sus dedos hacia donde se suponía estaba el Templo, guiando a su alado ejército a un ataque.

“¿Es esta… la epifanía del Trono?”, se preguntó Rigel, sin poder apartar la mirada de aquellas terribles imágenes que se sucedían una tras otra.

—¡Maldito engendro! —bramó Irisiel, luchando por que el cuerpo de su líder no cayera de sus temblorosos brazos—. ¿¡No tienes acaso un mínimo de respeto por los caídos!?

—¿Perla? —se preguntó Durandal en voz baja. En el bosque no había cedido en absoluto ante la revelación, a diferencia de sus dos compañeros. Fuera porque nunca había creído en la profecía de Destructo, fuera porque estaba demasiado concentrado en su huida. Pero ahora estaba más que claro, la joven que casi encendió la mecha de su cuerpo de varón, sería quien llevaría la destrucción del reino de los ángeles.

Pero no fue tanto la imagen de los Campos Elíseos siendo destruidos lo que lo afectó, pues poco o nada de sentimientos tenía el Serafín para esas tierras que él consideraba como una jaula. Lo que vio a continuación simplemente lo hizo estremecer hasta los huesos. A él y a todos los ángeles. La figura femenina parada sobre el lomo del dragón gigantesco era muy difusa, solo podían presumir que era Perla debido a la larga cabellera rojiza; pero ahora se veía claramente cómo ella, entre el fuego y un innumerable círculo de ángeles muertos, hundía la espada zigzagueante del Arcángel Miguel en el estómago del propio Serafín Durandal.

—Claridad —dijo el Segador, apartando las manos del suelo y desvaneciendo la horrible epifanía del aire, mientras su figura poco a poco parecía deshacerse en infinitas cenizas—. ¿Qué es más importante? ¿La vida de una herejía que no debió haber nacido, o la vida de vuestra legión? ¿Su vida vale más que las vuestras? Nadie dijo que derrotar a Destructo sería fácil, pero es lo que se debe hacer. Encontradla. Matadla. La legión debe prevalecer por sobre la herejía.

Muchos de los ángeles bramaron, sobre todo los pertenecientes a la legión de Durandal, quienes parecieron por un momento superados por aquella epifanía de su maestro siendo asesinado, tanto que extendían las alas con la necesidad de ir a buscarla, pero no dejaban de esperar una simple señal, un simple gesto del Serafín para que la caza comenzara.

El Segador había hecho lo adecuado para hervirles la sangre.

—¿Dónde…? —preguntó Durandal, depositando a Orfeo sobre la escalera—. ¿Dónde está Perla?

—Si no está en su casona, creo saber dónde podría estar —susurró Irisiel, descendiendo las escaleras para entregar el cuerpo del líder a algunos Dominios, quienes se encargarían de su entierro. Ya habría tiempo para pensar en el velorio.

A Rigel no le agradaba el tono oscuro en la voz de Irisiel, ni mucho menos el gesto contrariado de Durandal. Tal vez Perla no fuera una Querubín, tal vez nació en medio del Apocalipsis, con todo lo que ello implicaba. Pero él solo percibía de ella un cálido sentido de amistad, de afecto recíproco.

—Controla a los tuyos, Durandal. Yo iré al frente —ordenó Rigel, extendiendo sus seis alas.

Aún era madrugada cuando las tres legiones de los Serafines habían llegado hasta el Aqueronte. Más de diez mil ángeles repartidos en el aire o sobre los árboles habían llegado en búsqueda de Destructo. Al frente, los tres Serafines bajaron hasta la cala, tras insistir calma a su iracundo ejército.

Cerca de la orilla, observaron al ángel mongol, cruzado de brazos y mirándolos fijamente, como si protegiera el propio río, tal y como el Trono le había encomendado.

—¡Entrégala! —ordenó Durandal.

—¿¡Entregar a quién!?

—¡No te atrevas a tomarnos por necios, ángel impuro! —Irisiel invocó su arco, apuntándolo amenazante—. ¿¡Dónde está Perla!?

—¿¡Qué pretendéis a hacer con ella!?

A lo lejos, sobre el Río Aqueronte, se oyó un quejido. Cuando toda la legión levantó la mirada, al igual que los Serafines, vieron a tres ángeles suspendidos en el aire, por delante de la luna; se trataba de Destructo, siendo cargada por Curasán mientras, al lado de ellos, Celes sostenía su arco de caza.

—¡Suéltame, Curasán! —Perla se zarandeaba, arañaba y pateaba sobre la espalda de su guardián, pero él se negaba a dejarla ir—. ¿¡Vas a dejar a Daritai solo!?

—¡Él lo ha pedido, Perla!

—¡Déjame ir! —protestó, rindiéndose, hundiendo su rostro en el hombro de su guardián para llorar desconsoladamente—. Solo… solo suéltenme…

—¡Granuja! —gritó el mongol a lo lejos—. ¡Deja de avergonzarme!

—¡Daritai! ¡No voy a dejarte solo! —gritó, extendiendo sus alas, queriendo escaparse de su guardián, aunque la realidad era que aún no sabía volar.

—¿¡Quién te ha dicho que estoy solo!?

En un parpadear, los dos guardianes y Perla temblaron de miedo ante un extraño suceso en la cala del Río Aqueronte. “¿Qué… qué estoy vien…?”, pensó Perla, abriendo los ojos cuanto era posible. “¿Qué es lo que estoy viendo?”.

III. 3 de Septiembre de 1260

—¡Eres un completo necio! —gritó Roselyne, arrodillada ante un tendido Sarangerel. Había ido a su rescate, en la azotea del Castrum, enfrentándose a tres guardias del Rey que habían ido a por ella, además de un par que habían quedado resguardando los pasillos y escaleras. Pero eran hábiles, y pese a que consiguió deshacerse de ellos, el último había conseguido clavar su espada en el pecho del mongol, antes de desplomarse sobre un charco de sangre—. ¿¡Ves dónde te han llevado esos principios, ese ridículo sentido del honor!? ¿¡Por qué has venido a por mí, Sarangerel!? ¡Te he salvado porque tenías un hijo a quien querías ver! ¡A mí no me queda nada!

Sarangerel no podía hablar siquiera, y la ruidosa revuelta en las calles de Acre empezaba a desaparecer de sus oídos, como si perdiera facultades. Pero pese a los borbotones de sangre en su boca, pareció sonreír mientras levantaba su mano para acariciar la mejilla de la mujer más hermosa que vieron sus ojos. La más orgullosa. La más brava y fuerte que jamás conoció.

—¿¡Acaso no ves dónde me ha llevado tu ridícula manera de ver el mundo!? —continuó ella, llorando desconsoladamente y golpeando el suelo sin cesar—. ¡Maldito, maldito, maldito! Porque preferí salvarte antes que llevar a cabo mi venganza. ¡Esta no era la manera en que tenía que terminar mi historia!

Agarró de la temblorosa mano del guerrero y lo miró a esos ojos que poco a poco perdían esa ferocidad de lobo.

—¡Maldita sea, Sarangerel! ¡Dime el nombre de tu hijo, y yo iré a Suurin para criarlo como propio! ¡La mujer de Kitbuqa está en Damasco, me ayudará! ¡Dime su nombre y yo estaré allí para contarle lo que has hecho, para que se sienta orgulloso de su padre!

Con la otra mano, buscó el sable del mongol para guardarla en la vaina de su cinturón.

—Solo… —hundió su rostro en el pecho del guerrero, llorando amargamente—. Solo dame su maldito nombre…

—Dile a mi hijo —susurró con una sonrisa de lado adornada con sangre. Pareciera que repentinamente Sarangerel encontró un consuelo inexplicable. Casi podía ver a su pequeño hijo entre los últimos haces de luz que percibía. Su pequeño rostro, su sonrisa, sus manitas cálidas. Demasiado real para ser una ilusión—. Dile que me llame en su hora de más necesidad, y yo estaré allí.

—¿Qué…?

Apretando la mano de su amada, dedicó su último aliento para pronunciar el nombre de su tan preciado hijo.

Y esos ojos feroces de lobo se cerraron.

IV

En la cala del Río Aqueronte, unos ojos de lobo se abrieron en la oscuridad de la noche.

Repartida por toda la orilla, una gigantesca bruma azulada flotaba misteriosamente sobre la húmeda arena. Los ángeles jurarían que oían murmullos, gritos de júbilo y algún que otro bufido de caballo provenir de allí. Pero lo que era aún más desconcertante, al lado de Daritai parecía haber un espectro de tonalidad azulina que lo tomaba del hombro, vestido con una refulgente armadura de cuero con revestimientos de acero.

—“Invócame en tu hora de necesidad, y yo estaré allí” —dijo Daritai con una sonrisa de lado, sin dejar de observar a los despavoridos ángeles y Serafines frente a él.

—Has crecido bien, Daritai —el espectro tomó de su nuca, y obligó a unir las frentes de ambos. Sonreían, se miraban a los ojos y se reconocían pese a que casi nunca se habían visto. Padre e hijo por fin se habían reunido.

Un repentino ataque de felicidad atacó a Daritai, pero un hijo debía mostrar porte y determinación ante su padre. Mostrarle que estaba hecho todo un guerrero del que se sintiera orgulloso. Fue por eso que, como único gesto, extendió y reacomodó sus alas, clavándole sus ojos feroces, idénticos a los de su progenitor.

—Te lo agradezco, padre —dijo serio, recuperando su compostura.

—Hmm —gruñó Sarangerel, aprobando a su preciado hijo—. ¿Me reconoces?

—Yo te lo iba a preguntar. Nunca me olvidaría de ese rostro. El día que partiste a Persia lo tengo grabado a fuego. Y mi madre, quiero decir, la madre de ojos grandes y cabellera dorada que me crió, no me perdonaría si me olvidara de tu rostro, tu nombre, tus hazañas.

Sarangerel reveló los dientes de su amplia sonrisa.

—Roselyne cumplió su palabra.

—Si te digo la verdad, fue una vergüenza tener a una madre de ojos grandes, ya ni te digo tenerla de instructora. Pero qué se le iba a hacer, era testaruda como ella sola. Las mujeres deberían dedicarse a contentar al hombre, si me preguntas.

—La vida me ha enseñado…

—¿Que las mujeres también tienen su orgullo? —giró ligeramente sus ojos para ver a su pupila, recordando a su madre Roselyne—. La vida me lo ha enseñado dos veces, qué me vas a decir, padre. Pero soy terco, sigo pensando que no deberían meterse en terreno de hombres.

—¡Ja! Cuando esto termine, volveremos a Suurin. Allí nos espera un festín.

—Pues eso habrá que comprobarlo.

—Dime, ¿a quién deseas proteger? No veo ningún guerrero mongol allá atrás —dijo separando las frentes, girando la cabeza para observar al peculiar trío de ángeles sobre el río.

—Créeme —Daritai solo tenía ojos para su padre—. Allí hay un guerrero mongol que necesita de nuestra ayuda.

—¿Es la que se está revolviendo sobre la espalda del joven, gritando, dando manotazos y patadas?

—Esa misma —cabeceó con los ojos cerrados, sin siquiera comprobarlo—. Pero, por favor, no me malinterpretes, sigo pensando que no están hechas para las batallas.

—Ya veo. Roselyne también era distinta. No te preocupes, la protegeremos. Fui comandante de una legión que juró seguirlo hasta el fin del mundo.

Otro espectro azulado se salió de la bruma, esta vez montado sobre un caballo. Llevaba un arco en la espalda y su sable refulgía en la vaina de su cinturón. Observó asombrado el paradisíaco lugar, boquiabierto como pocas veces había estado.

—¡Jo! ¡Que mi caballo me lleve al cielo! —exclamó—. ¿Estamos en Samarkanda, Sarangerel?

—Por el Dios Tengri, Odgerel —Sarangerel se pasó la mano por su cabellera, escupiendo al suelo—. Me avergüenzas ante mi hijo. ¿En serio crees que estamos en Samarkanda?

—¡No dejéis ir a Destructo! —Durandal estaba encolerizado, por lo que amagó ir al Río Aqueronte. Aunque rápidamente fue tumbado al suelo por el Serafín Rigel, quien lo tomó del cuello violentamente—. ¡Suéltame! ¿¡Qué diantres te sucede, Rigel!? ¿¡Acaso no has visto la epifanía!?

—¿¡Tú lo crees así!? —preguntó, apretando sus manos en el cuello de Durandal—. ¿¡O planeas escapar de los Campos Elíseos!? ¡No llegarás al río, no mientras yo esté aquí!

—¡Eres un completo imbécil, Rigel! ¿¡Me crees capaz de usar la muerte del Trono como excusa para escapar!?

—¡Basta! —gritó Perla al oír aquel griterío—. ¡Escúchenme, no soy D…!

—¡Destructo! —gritó la desconsolada Serafín con ríos de lágrimas en su rostro, cayendo de rodillas y soltando su arco. No creía, en lo más mínimo, que al ver a aquella joven se derrumbaría como lo hacía ahora. Su deseo de eliminar al ángel destructor y el de protegerla estaban chocando contra sí constantemente—. ¡Maldita… maldita sea! ¡Huye antes de que yo misma te mate!

—¿¡Qué vas a hacer, Rigel!?—prosiguió Durandal, agarrando las enormes manos del titán—. Irisiel está ida, no quieres que yo vaya allí, ¿¡acaso serás tú quien vaya y haga justicia!? ¿¡No es para eso que habéis entrenado!? ¡Actúa entonces!

Pero los Serafines no contaban con que toda la legión tras ellos, no contentos con permanecer en inacción y heridos al saber que su líder había caído, se precipitaron hacia la cala en presuroso vuelo para ir a por la que una vez tuvieron como Querubín.

Nunca en el cielo se había oído tan horrendos gritos de desesperación, mezclándose con los fuertes aleteos de los ángeles, quienes no podían explicarse cómo un ejército fantasmal se había hecho presente en su sagrado reino para defender a la herejía.

En la cala, la larga bruma se había dispersado, revelando incontables guerreros en formación. Los caídos en el valle de Ain Jalut habían sido invocados para una última batalla que decidiría, aunque ninguno lo supiera, el destino del mundo mortal y del inmortal, del reino de los humanos y del reino de los ángeles.

Partió una fila de caballería ligera mongola, arcos en ristre, disparado flechas hacia los ángeles de las legiones, quienes inmediatamente caían al suelo o se veían obligados a volver y resguardarse. Otro grupo de guerreros mongoles partió para proteger la cala a sablazos, al notar que varios ángeles, con escudos y espadas en sus manos, prefirieron embestir la defensa armada a orillas del río. Volaban las flechas, silbando sobre las cabezas de los horrorizados Serafines; se lanzaban unos contra otros, ángeles y espectros, con rabia y fragoroso ímpetu. Tronaba el cielo y temblaban los Campos Elíseos, conmovidos hasta sus últimos cimientos.

—¡Perla, escúchame! —Curasán se elevó más, aguantando los golpes y arañazos de su protegida—. Están viniendo. Perla, ¡necesito que me escuches!

—¡No lo dejes a Daritai, suéltame, si no vais a ayudarlo, yo iré! —chilló, recuperando el brío al ver que su maestro estaba en peligro.

—¡Escúchame, enana! ¡Ir allí es un suicidio! ¡El Trono me ha pedido que te protegiera, y eso pretendo hacer! —de un movimiento de hombros y manos, soltó por fin a Perla, quien cayó hacia el río Aqueronte. De un rápido manotazo, la sostuvo de la muñeca antes de que siguiera cayendo—. ¡Aquí ya no es seguro, enana!

—No… —susurró ella, mirando el río bajo sus pies, luego mirando a Curasán. Negando enérgicamente con la cabeza, tiró de la mano de su guardián con la esperanza que recapacitara—. No, no, no… ¡No, no, no!

—¡Curasán, no creo que aguanten demasiado! —gritó Celes, tragando saliva y tensando su arco, pues el ejército de espectros no parecía que estaría allí para siempre.

—Enana, no puedo decirte mucho de lo que hay abajo, dependiendo de cada minuto que pase puedes caer en uno u otro lugar —Curasán sonrió cálidamente, cerrando sus ojos porque ni él mismo se creía lo que estaba haciendo. Lo que su corazón siempre había temido, que el día en que tuviera que verla partir, había llegado—. Te ganaremos tiempo… solo mantente oculta.

—¡Ven conmigo, Curasán! —rogó la joven, tirando de su mano otra vez. Miró a Celes, quien se mordía los labios de impotencia—. ¡Celes, tú no puedes dejarme, tú no puedes abandonarme!

Pero alguien debía actuar de última línea defensiva en caso de que el ejército no pudiera aguantar a la iracunda legión. Celes miraba fijamente hacia la cala pero no podía evitar oír sus lamentos; no quería dejarla, en esos años había estado todos los días a su lado y la sola idea de abandonarla le desgarraba por dentro.

—Me alegra que me hayas dejado entrar en tu vida, mi niña. Has alegrado mi corazón porque he descubierto lo que es tener una hermana, ¿no piensas lo mismo?

—¡No podéis hacerlo, no podéis hacerlo! ¡Curasán, no me sueltes! ¡Puedo ayudar, puedo hablarles, decirles que no soy lo que creen! ¡No soy Destructo, no soy Destructo!

—¡Claro! ¡Eres Perla! ¡Mi protegida! ¡Mi querida hermana! —Y esa mano, pese a que su corazón le rogaba que no la soltara, tuvo que hacerlo. La legión venía a por ella—. ¡Huye, enana!

“Estos dedos… fueron lo primero que sentí el día que te conocí, ¿recuerdas cuando me buscaste en aquella plaza para tomarme de la mano con las tuyas, tan pequeñas? ¿Quién me iba a decir que llegaría un momento como este, en donde lo último que sienta de ti sean esos mismos dedos? ¿Quién me iba a decir que el ángel más torpe de los Campos Elíseos terminaría haciendo este sacrificio? ¿De dónde sale este orgullo que me llena el pecho por hacer lo que a los ojos de los demás es un pecado?… Que me quemen las alas, porque han sido buenos años, ¿no lo crees? Si esta noche me toca partir, me alegra hacerlo protegiéndote. Ellos ahora te ven como Destructo, pero cuando te miro, cuando toco estos dedos tuyos, veo y siento a la enana a quien bauticé como Perla. Ahora es tu turno de escribir tu propia historia”.

Cayó al río, siendo inmediatamente absorbida hasta el fondo. “¿Curasán? ¿Celes?”, se preguntó en el momento que la luz de la luna, maleada por el agua, desapareció por completo, así como el sonido de los ejércitos enfrentándose en la orilla del Río Aqueronte. Y antes de que la oscuridad la engullera, solo podía preguntarse, viendo sus manos desapareciendo poco a poco: “¿Quién… quién se supone que soy?”.

La defensa espectral había desaparecido repentinamente, y los ángeles que vieron a los ojos de sus enemigos pudieron apreciar cierto orgullo en esos guerreros; ni un solo ángel había superado la línea defensiva y el ejército invencible rindió tributo a su fama. Los Serafines, quienes habían permanecido inamovibles durante la contienda, avanzaron hasta la cala para comprobar que hasta el propio Daritai había desaparecido. Solo quedaba en el suelo incontables plumas revoloteando sobre la arena, como si cada flecha, cada espada, cada escudo y cada huella del ejército mongol fuera reclamada para desaparecer para siempre.

Frente a todos ellos ya solo estaban Curasán y Celes, flotando sobre el río y cortando, diríase mágicamente, la luna tras ellos. Destructo había escapado, pensaban muchos ángeles de la legión, y permanecieron inmóviles allí sobre la arena, sentados, heridos, recuperando la respiración, tratando de entender qué destino les deparaba a los dos reinos creados por los dioses ahora que la herejía había huido.

Durandal aprovechó la confusión y levantó un rápido vuelo, directo hacia los guardianes de Perla. Torció el gesto, empuñó con fuerza su espada y tensó todo su cuerpo. ¿Qué haría la legión ahora? ¿Ir al reino humano para cazarla? ¿Acaso lo dejarían a Durandal ir allí o enviarían a otro Serafín para hacer el trabajo? La situación se había complicado, y los dos guardianes de Perla eran culpables directos.

—¿¡Qué habéis hecho, necios!? —gritó el encolerizado Serafín.

—Ya sé, Celes, cómo quiero mi estatua —susurró Curasán, tomando de la mano de su amada y enredando sus dedos entre los de ella. El fin era inevitable, ¿quién podría esquivar a un Serafín? Pero él se sentía demasiado calmado como para ceder a la desesperación.

Celes dio un respingo al sentir esos dedos entrelazándose entre los suyos, y, en un acto reflejo, miró hacia la cala para comprobar cuántos ángeles observaban aquella extraña unión de manos; aquella muestra de afecto que les fuera prohibida por los dioses. Extrañamente, no se sintió nerviosa o avergonzada, sino aliviada por librarse del secreto que había mantenido durante años. Ahora toda la legión los veía unidos; su sueño se había hecho realidad pues todos la veían unida al ángel que amaba. Y se sentía orgullosa, y bastante curiosa por saber qué estarían pensando sus amigos más cercanos.

—Es así como quiero que tallen mi figura —Curasán se acercó para besar su mejilla, luego buscando sus labios para unirlos—. ¡A tu lado!, así es como quiero mi estatua, Celes.

—Curasán. —Celes no lloraba, pero sus ojos brillaban. Soltó su arco, hundiendo su cabeza en el pecho de su amante mientras el batir de alas de Durandal, junto a sus gritos de rabia, se oían acercarse hacia ellos—. Gracias. Me… me has hecho muy feliz.

—¿Qué me vas a decir a mí? —Curasán correspondió el abrazo, cerrando también sus ojos—. A donde sea que vayamos, yo te buscaré

V

En unas lejanas estepas que recibía el sol mañanero, en un valle rodeado de cerros y estriado de ríos, un solitario guerrero mongol caminaba por el sendero de tierra que serpenteaba en medio de las infinitas extensiones de hierba, acompañado de su caballo que lo seguía sin necesidad de que le tirase de las cuerdas. Se detuvo para acuclillarse y palpar esa suave pasto bañado del rocío del alba mientras el húmedo viento mecía las trenzas de su cabellera.

Daritai pensó que aquella perfección solo podía ser algún tipo de paraíso, una obra del Dios Tengri dispuesta para los espíritus valerosos. Eso sí, sonrió al percatarse de que ya no tenía alas ni túnica angelical; cuánto extrañaba el tacto de su armadura de cuero.

A lo lejos oyó sonar los cuernos, pues los vigías de la tribu a donde se dirigía lo vieron llegar desde la lejanía. Como era costumbre, pronto un grupo de los miembros del campamento llegaron en rápida galopada, arcos en ristre, para comprobar de quién se trataba. Tal y como debía hacer en son de paz, el guerrero se irguió, levantando las manos, y acompañó al gesto una sonrisa para que los arcos fueran guardados.

Una mujer de larga cabellera dorada se separó del grupo cuando los guerreros se detuvieron a escasa distancia del recién llegado. Sonrió de punta a punta al reconocerlo, pero no desmontó porque ya habría momento para abrazarlo maternalmente. Otro guerrero, de largas trenzas similares a las de él, bajó de su animal mientras los jinetes se habrían paso.

Daritai se acercó para ver aquel hombre de rostro que había memorizado y juró no olvidarlo desde que lo vio partir. Sus rodillas parecieron perder fuerza por un segundo y los ojos empezaron a dolerle conforme se aproximaba. Pero se contuvo y no mostró gesto alguno, pues sabía que debía demostrarle fiereza a ese gran hombre, para que estuviera orgulloso de él, para que viera que era bravo, para que le mostrara en cuán gran guerrero se había transformado.

Se despertó la emoción entre el grupo de jinetes. Uno de los hombres del grupo incluso había traído un odre de airag para beber con Daritai y Sarangerel, para emborracharse juntos sobre la hierba, para contarle de sus aventuras, tal vez cazar en las estepas, pero pensó que ya habría momento para eso.

Las lágrimas brotaban de los ojos de Sarangerel mientras se preparaba para pronunciar las palabras con las que había soñado durante toda su aventura. En cada paso que había dado por las sufridas arenas del desierto, siempre esperó ese momento en el que por fin sus manos dejarían de sostener una espada y un escudo, para sentir a ese hijo que le había dado las fuerzas para conquistar medio mundo, para escribir el final que siempre había querido en las sufridas páginas de su vida.

—Bienvenido a casa —dijo el lobo, pegando frente contra frente—. Hijo mío.

Y sonrieron.

VI. 2 de Enero de 2336

Cuando Perla se repuso en la oscura noche del reino de los humanos, algo agarrotada y adolorida por la caída, se encontró en la azotea de un alto edificio. Observó los infinitos rascacielos imponentes erigidos a su alrededor, que se percibían hasta donde la vista alcanzara. Había visto algunas ilustraciones en sus libros de estudios acerca del reino de los mortales, pero estar allí y viendo aquella cantidad sobrecogedora poblando todo el horizonte le causó un vértigo que la hizo volver a caer.

Intentó recuperar el ritmo de su respiración y se arrodilló, tratando de tranquilizar el redoble de los latidos de su corazón. Observó de nuevo el cielo. Lejano cielo. “Si pudiera… si tan solo pudiera volar, podría volver”, se martirizó, golpeando el suelo con rabia.

Un pitido metálico la alertó. A su encuentro se acercó una pequeña esfera azulada a gran velocidad, que a distancia prudencial, proyectó un fino haz de luz blanquecino sobre sus sorprendidos ojos. Al instante, la esfera pareció tambalearse, emitiendo fuertes pitidos conforme se tornaba rojiza, para huir tan rápida como había llegado, desapareciendo entre los edificios. Pronto, todas las luces se desvanecieron y la ciudad se sumió en una sobrecogedora oscuridad.

Antes de que la joven se preguntara qué sucedía, incontables haces rojizos la apuntaron, provenientes de todos los rascacielos.

Perla había huido de un mundo en donde ya no era recibida, solo para caer en otro en donde, pronto sabría, los ángeles no eran bienvenidos. Pronto entendería por qué el Trono quiso evitar a toda costa el contacto entre ambos reinos.

Y pese a todo, solo pudo mirar las varias sombras que proyectaban aquel montón de luces sobre ella. Decenas de formas y tamaños ante sí. Una niña, una Querubín rota, una guerrera que se congela ante el peligro, una hermana, una joven, una estudiante, una pupila… y la sombra de su peor pesadilla estaba unida a ella; la del ángel destructor.

“¿Quién… quién de estas soy?”, se preguntó, arañando el frío suelo de la azotea.

Del miedo y sus interrogantes nacerá una nueva historia. En el revoloteo de las páginas sueltas que quedaron por escribir, se envalentonó el aire mismo que las sostenía pues retaba al propio destino que amenazaba con erradicarlas. Es en el deseo de detener el avance inexorable de las profecías cuando se levantan los héroes para desafiar lo que no se debe desafiar; es así como nacen las nuevas páginas que darán cobijo a nueva leyenda.

Es así como se gesta la gran historia que aún queda por escribirse: la de la leyenda del ángel que cambió el destino de los reinos de los dioses.

Fin de la primera parte.

Portada: katefox

Nota del autor: Muchísimas gracias a los que lo han leído, a los que lo comentaron, a los que lo valoraron, para mí ha sido una grata sorpresa encontrar gente que le gustara, y ha sido un placer compartir esta historia con ustedes. Gracias especiales a los autores cuartodecimano, Longino y Machirulo por toda la ayuda que me prestaron. Nos leemos.