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Sin títuloTras el coro, la noche en Paraisópolis se volvió fría, pero la joven Perla no lo sentía en absoluto mientras caminaba por las vacías calles de la ciudadela. Estaba metida en sus adentros, observando su sombra extenderse por el empedrado del suelo, que variaba de forma y tamaño durante su caminar, transformándose constantemente por la luz de la luna sobre ella.

La sombra había menguado y parecía proyectar a la niña que fue una vez. Aquella Querubín que había traído esperanza con su llegada, que pronto daría una respuesta a los miles de ángeles de la legión, una respuesta que no tenía ni le importaba no tener. Aquella que saboreó el poder que conllevaba ser el ente superior de la angelología, que abusaba de su estatus porque aún no era capaz de percibir la responsabilidad que venía con el cargo. Siempre consentida, siempre altanera.

Dobló una calle y la sombra de su figura, ahora alta y atractiva, se proyectaba en las paredes de las casonas. Creció, pero descubrió que su estatus implicaba un compromiso demasiado grande. Se había convertido en una joven que poco a poco era consumida por el estigma de ser una Querubín sin respuestas, una enviada que ahora sentía el peso de las miradas afligidas de los ángeles.

Pero ahora notaba que en la sombra destacaba la hoja de su sable. Creía fervientemente que se había convertido en un ángel poseedora de la fuerza necesaria para vencer a cualquier enemigo que se le cruzara. Ahora podría derrotar a Destructo, pensaba, y consolar con ello a la legión.

“Cuando Destructo venga, seré quien deba ser”, concluyó.

Perla había llegado a una peculiar fragua montada en las afueras de Paraisópolis, repleta de ángeles yendo y viniendo entre el humo y el olor a acero templado; era extraño tanto movimiento de noche, pero tenía la certeza de que cierta persona estaría allí, seguramente reparando armas o aconsejando a otros sobre el uso de espadas.

—¡Durandal! —gritó, abrazando con fuerza su sable. “Ya sé quién seré”, sonrió para sí. Ahora tenía entre sus pechos un filoso motivo para alegrar a la legión y, por sobre todo, para alegrarlo a él, el esquivo y severo ángel a quien admiraba. Tal vez, pensaba ella, si Durandal notara que ahora Perla era capaz de defenderlos de Destructo, entonces la vería con otros ojos.

En la fragua, en medio del humo y de los estudiantes que se giraron para verla, se encontraba el Serafín. Algunos susurros se oyeron entre sus pupilos, pues no esperaban que alguien como la Querubín, todo un símbolo de la facción contraria, se presentara. No obstante, Durandal hizo caso omiso al murmullo generalizado: Perla no sabía nada de rebeliones ni de facciones, por lo que, apartando a sus propios estudiantes, se acercó al encuentro.

—Buenas noches, ángel —cabeceó como saludo, observando ese sable que abrazaba tontamente.

—Durandal, te busqué por la plaza, ¿acaso no has ido al coro para escucharme? —inmediatamente los murmullos tras él aumentaron. A la joven Perla no le importaba las voces, pero aquella inocente pregunta derrumbó, a los ojos de los estudiantes, un par de mitos acerca de la regia figura del Serafín.

—¿En serio ha ido al coro de esta noche, maestro? —preguntó uno de sus pupilos.

Durandal giró la cabeza para observarlos. Orfeo se encontraba entre ellos, algo disgustado en su gesto; su estudiante más aventajado no comprendía por qué el Serafín dialogaba con la Querubín. Los demás lucían entre divertidos y confundidos, pues no era común ver a adusto maestro charlando amenamente con un ángel, como si no hubiera una rebelión en cuestión de horas.

—¿No tenéis nada mejor que hacer? —protestó el Serafín.

—La verdad es que no, maestro —respondió otro, reprimiendo una carcajada.

—Durandal —insistió Perla, avanzando un tímido paso—. Prometiste que irías.

—¡Oh, lo ha prometido! —clamó otro ángel en la fragua.

—Os estáis tomando demasiada confianza con vuestro maestro, ¿no es así? —Durandal volvió a protestarles.

—¿A qué has venido? —preguntó Orfeo, algo brusco en su tono, mientras posaba una espada sobre un yunque para martillearla con fuerza pero destreza. A diferencia de Durandal, Orfeo aún veía a la Querubín como la causante del retraso de sus planes de libertad. Pero ahora, tras varios años de su llegada, ya poco importaba, esas cadenas que una vez les ligaron a los dioses, pronto se romperían.

Perla abrió la boca, pero se había olvidado completamente para qué había caminado hasta allí; sentirse a merced de aquella dura mirada del Serafín la había superado completamente.

—Esa no es forma de llevar un sable, ángel —Durandal ladeó el rostro, esbozando una ligera sonrisa.

Perla abrió los ojos cuanto pudo y retrocedió un paso; aquello era un gesto idéntico al de Curasán cuando Celes le ofrecía sus pechos durante sus furtivos encuentros en el bosque. Esa media sonrisa, esos ojos pícaros, esos labios que, tal vez, tan pronto la desnudara, aprisionarían fuertemente uno de sus pezones. “Me… ¿me los está mirando?”, pensó entre confusa y vanidosa, pues creía estar resaltando atributos que le atraían al Serafín.

Sus senos, en comparación a los de su guardiana, no eran tan grandes, y ese varón que admiraba no tendría mucho por dónde agarrar. Tragó saliva y meneó su cabeza; era imposible que el Serafín estuviera haciendo algo tan perverso como observarla de esa manera, por lo que en un fugaz destello, recordó para qué había ido hasta la fragua.

—¡Ah! ¡Funda! He venido a por una funda, Durandal —apartó su arma de entre sus pechos para mostrársela.

—¿Acaso es tuya? —la arrebató de sus manos, levantándola al aire, ladeándola para ver la inscripción—. Es una espada preciosa. No hay muchas hembras que blandan una, por no decir ninguna. Todas prefieren la arquería con Irisiel, o se alejan de los combates y prefieren el coro, la recolección de frutas o la jardinería.

—¡Es mía! —afirmó hinchando el pecho, extendiendo ligeramente sus alas en una acto de orgullo—. Con mi maestro he entrenado esgrima, pero hace poco que reclamé ese sable. Durandal… mi deseo es calmar vuestra angustia con esta espada.

—Ya veo. “Destructo”, ¿no es así? —recordó que la joven deseaba derrotar al ángel de las profecías. Pero el peso de proteger a la legión recaía sobre los Serafines y sus estudiantes, no era algo que precisamente le correspondiera a Perla; no obstante, decidió callárselo para no desanimarla, pues estaba al tanto de que ya había sufrido bastante de su estatus de Querubín—. Es un motivo noble. Te buscaré una funda.

Durandal volvió a la fragua con el sable en su mano, rebuscando en la mesa de trabajo alguna funda para espada curva, con correas y asas de sujeción. Fue en ese momento cuando Orfeo dejó sus instrumentos para acercarse al Serafín, apartando a sus compañeros de en medio.

—Maestro, esa hembra es a quienes los otros ángeles llaman Querubín.

—Yo veo un ángel común y corriente, Orfeo —midió una de las tantas fundas con el sable de Perla. Era un arma muy grande, por lo que siguió buscando otra—. ¿O tú no la ves así?

—Maestro, de todos los días que podría haberlo hecho… —insistió en voz baja. A sus ojos, la Querubín era la única en toda la legión que no conocía el dolor que sintieron ellos ante la muerte de sus camaradas en la rebelión de los Arcángeles. Alguien como ella, viva imagen de la esperanza de la vuelta de los dioses que él detestaba, no merecía ningún tipo de atención, menos cuando ya estaban templando las últimas espadas para armarse—. ¿Cree conveniente hablar con ella en una noche como esta?

—Tranquilízate, Orfeo —lo tomó de un hombro para serenarlo—. Solo desea una funda.

Volvió junto a la joven Perla, enfundando el sable frente a sus sorprendidos ojos verdes; era una vaina de cuero de largos lazos de sujeción.

—Hay muy pocas que le queden bien a tu espada, es algo grande, pero esta le va perfecta. Si no te gusta el diseño puedo buscarte otra. Lamentablemente no tendremos tiempo de confeccionarte una.

—Me encanta —dijo agarrándola fascinada, volviendo a abrazarla—. Muchas gracias, Durandal.

—No vuelvas a abrazarla —ordenó, tomándola de los hombros para girarla. Notó que la túnica de la Querubín era distinta a las de diseño entubado que solía ver en los demás ángeles; llevaba una camisa de tiras que desnudaba una espalda atractiva y sugerente. Y enmarcada por una falda de corte diagonal, notaba una cintura de tímidas curvas que por un momento le recordaron a Bellatrix. Entonces, apartó delicadamente sus alas, presto a hacerle un lugar a la funda.

Perla se había paralizado sintiendo la cálida mano del Serafín. Al sentirlas sobre sus hombros dio un respingo de sorpresa, pero cuando esas manos acariciaron suavemente sus alas, la joven fue invadida por ese calorcillo en el vientre que tanto placer le causaba. “¡Mi-mis… mis alas!… ¡Está tocándome mis alas!…”, pensó nerviosa, acariciándose sus labios con la yema de sus finos dedos, con la mirada perdida.

—Esta funda tiene dos correas —Durandal apartó de su mente aquellos recuerdos del cuerpo de su amada, y continuó con la labor—. Esta primera es para llevarla aquí —hábilmente rodeó dicha correa en la cintura de la hembra. Se recreó, contrario a lo que se pudiera esperar, de las curvas de la Querubín, levantando ligeramente el borde de su camisa para rozar esa suave y cálida piel. Solo para recordar, solo para revivir por un breve segundo cómo era aquella sensación de palpar a una fémina.

—Pe-pensarás que soy torpe —susurró suavemente ella, llevándose un mechón de pelo tras la oreja para dejarle ver su cuello, imitando a conciencia a su guardiana Celes.

—Ya te acostumbrarás —atenazó la pequeña cintura con sus brazos para asegurar la correa mediante la hebilla, cerca del vientre. Fue breve, pero bastó para deleitarse del dulce aroma que desprendía su cabellera. “Probablemente…”, pensó Durandal, cerrando los ojos. “Probablemente se bañe en ese lago en las afueras de Paraisópolis”, concluyó, recordando aquel mismo lugar donde se reunía con su antigua amada.

—S-sí… es… cuestión de practicar… —Perla había quedado completamente demolida. Sentía la respiración del Serafín, tibia pero ardiente, sobre su expuesto cuello, y esos fuertes brazos rodeándola, ajustando el cinturón. Ni en sus más tórridas fantasías, en la privacidad de su casona, imaginó posible algo tan tenso y excitante.

—Esta otra correa la debes cruzar sobre uno de tus hombros —Durandal luchaba por aparentar serio. Al cruzarle la correa, la volvió a girar para ajustarlo todo a la hebilla del cinturón. Levantó la mirada y notó esas mejillas sonrojadas, esa sorprendida mirada de ojos verdes, esos finos labios humedecidos que le resultaban atractivos. Para colmo, la correa se hacía lugar entre sus tímidos senos, apretujando la tela y resaltándolas.

Parecía que Perla en cualquier momento encendería aquella mecha que solo Bellatrix fue capaz de despertar en el Serafín.

—¿Has… —Perla acarició su cuello, palpando la zona donde Durandal había entibiado sin querer con su respiración—, has ido al coro o no?

—He ido—susurró, aprovechando el cercano sonido de acero hirviendo entrando al agua, no fuera que sus alumnos lo escucharan.

Pero la sonrisa de la Querubín lo delató a sus pupilos. Se alisó su camisa, ahora demasiado ceñida debido a la correa, avanzando otro tímido paso hacia el Serafín; el ser más esquivo de los Campos Elíseos había cumplido su promesa y parecía que al menos era posible forjar una amistad. Con los ojos cargados de ilusión, Perla preguntó:

—¿Te ha gustado mi canción?

Durandal giró disimuladamente la cabeza para ver a sus alumnos, pues no estaba cómodo con su papel de Serafín sensible. Absolutamente todos escuchaban atentos; desconocían ese lado de su maestro y la curiosidad les carcomía. Aunque, huérfanos de deseos carnales como eran, no podían verle otras intenciones. Orfeo, solo él, seguía trabajando en la fragua, pues no soportaba la sola presencia de Perla.

—Durandal, he estado practicando muchísimo. Yo… incluso sé otras canciones.

—Estoy seguro de que gustarán a la legión. Tienes una gran voz, ángel.

—Llámame Perla —agregó sin poder disimular su sonrisa, doblando las puntas de sus alas—. Practico en el lago, con mis amigas. Podrías… podrías venir una tarde…

Segundos. Lo sabía él. Solo bastaban unos pocos segundos más viendo esos ojos, esa boca entreabierta de labios húmedos, ese aroma de hembra que recordaba su pasado; solo unos segundos y volvería a abrirse esa grieta dentro de su corazón que dejaba colar deseos que despertarían su cuerpo de varón como antaño. Lo sabía él, anhelaba volver a experimentarlo, pero esa noche apremiaban otras acciones más importantes.

—Perla. Tienes una gran voz, y también una funda que te queda perfecta entre tus alas. Pero si me permites, tengo que volver.

La joven había experimentado tantas sensaciones nuevas en tan poco tiempo que no deseaba que él se alejara. No le importaba estar rodeada de ángeles, era la primera vez que se encontraba tan ensimismada que le pareció, durante ese breve lapso junto a él, que los Campos Elíseos habían desaparecido por completo. Deseaba aferrarse a esa sensación que la tenía hirviendo, que exigía que metiera su mano bajo su falda… “O tal vez su propia… su propia mano”, pensó resoplando, imaginándose desnuda a orillas del lago mientras el Serafín palpaba suavemente todos sus secretos.

—¡Durandal! —insistió, avanzando un paso firme hacia adelante—. ¿Vas a algún tipo de entrenamiento nocturno? ¿No… no te gustaría que te acompañe?

Era evidente que ella no estaba al tanto de la rebelión. Esa noche no habría clases de ningún tipo, sino que se reuniría con su legión en las islas para huir juntos de los Campos Elíseos. No obstante, Durandal imaginó cómo sería tenerla en sus filas, a aquella que una vez fue Querubín a los ojos de toda la legión, a aquella a quienes muchos ángeles la seguían viendo como la esperanza de la vuelta de los dioses. Si Perla lo seguía hasta el reino de los humanos, probablemente muchos otros ángeles también se les unirían. “Me ganaría la confianza de otro tercio de la legión, seguramente”, pensó. “Aunque estaría usando ese título de Querubín que tanto desprecia ella”.

—Creo que deberías volver con tu guardiana, Perla.

—¿Mi guardiana?

—Tu guardiana —Durandal se volvió junto a sus alumnos en la fragua, despidiéndose con un gesto de mano al aire—, la que está tras la columna de aquella casona, espiándonos desde que viniste. Te deseo unas buenas noches.

Completamente alicaída por la despedida, se palpó por última vez el cuello, sintiendo esa tibieza que dejó la respiración del Serafín sobre su piel. Suspirando, y algo enrojecida, retrocedió hasta llegar a la columna donde Celes aguardaba pacientemente con un gesto de incertidumbre.

Desde su improvisado escondite, la guardiana había notado los gestos de Perla; el alisarse la cabellera, el mojarse los labios, algún levantamiento rodilla, los susurros y el mostrar cuello; le parecía que su protegida estaba imitando sus propias armas de seducción. Aún desconocía que la Querubín tenía por pasatiempo espiarla en el bosque, durante sus ardientes encuentros con Curasán.

“Debo estar imaginando cosas, ¡es solo una niña!”, concluyó, viéndola acercarse.

—¿Has oído todo, Celes? —preguntó Perla, quien al llegar, buscó la mano de su protectora para enredar sus dedos entre los de ella.

—Bu-bueno, un poco de todo, mi niña —con la otra mano, Celes apartó algunos mechones de su protegida que cayeron hacia la funda—. Es un regalo precioso el que te ha dado, pero creo que va a ser mejor que te corte un poco el cabello. Va a ser molesto sacar y meter el sable si se meten mechones en la funda.

—Está bien. Daritai no dirá nada, pero seguro que le sabrá mal si me quito la trenza, así que se queda.

La guardiana notó que el rostro embriagado de su pequeña hermana no cedía; dedujo que la charla con el Serafín había ido mejor de lo que esperaba. Tirando de su mano, volviendo a Paraisópolis, intentó sacarla de sus adentros.

—Ahora que tienes una funda, ¿por qué no vamos a mostrársela al Trono luego del corte de cabello?

—No es mala idea. ¿Qué crees que dirá Nelchael cuando me vea con este sable?

El líder de la legión nunca había mostrado mucho apoyo a la idea de que la Querubín entrenara desde tan pequeña, pero estaba acostumbrado a consentirle absolutamente todo para martirio de Curasán y Celes. Fuera el entrenamiento, fuera una casona propia cuando había crecido. El viejo Nelchael se excusaba con el hecho de que al ser superior de la angelología no se le podía negar nada, aunque sus guardianes sospechaban que mimarla y contentarla era su debilidad.

—¿Crees que Nelchael aceptaría un duelo contra mí, Celes? —se apartó para desenvainar su sable torpemente, peleando contra la funda y sus alas, pues aún no estaba acostumbrada.

—Esto… —empezó a jugar con sus dedos, viendo que a su pequeña hermana aún le faltaba algo de práctica en el manejo del sable. Además, el Trono no fue creado para luchar, sino para liderar legiones; habilidades de lucha no las tenía en exceso, y menos con un cuerpo como el que poseía el viejo líder—. No creo que el Trono sea ese tipo de ángel, Perla. Pero primero ese corte, que lo llevas largo.

II. 3 de Septiembre de 1260

El viaje fue largo y poco placentero como era de esperar. Soportando el calor abrasador y alguna tormenta de arena, los dos emisarios representantes del ejército mongol llegaron hasta las afuera de la ciudad de Acre, del Reino de Jerusalén, desde donde ya se notaban las mezquitas resguardadas celosamente tras las grandes murallas, además de los francos de la Séptima Cruzada Cristiana quienes patrullaban diligentemente por donde sea que mirasen Sarangerel y Roselyne.

Aunque fueran dos enviados, a la vista de muchos soldados y transeúntes se trataban más bien de un emisario mongol acompañado de una enigmática mujer de cabellera dorada como el sol. Aun en las afueras, cabalgando a paso lento entre las caravanas y comerciantes que iban y venían de la urbe, el guerrero sentía una infinidad de miradas posarse sobre la pareja, pero no le parecía precisamente por tener de compañía a tan llamativa acompañante. Fuera la poca amabilidad en el trato por parte de los francos o los murmullos que oían al pasar, el ambiente no era precisamente el que Sarangerel esperaba.

Tal vez Roselyne hubiera percibido algo si no fuera porque todos sus sentidos estaban enfocados en la reunión con el Rey Luis IX de Francia, que tendría lugar en el Castrum. Estaba consciente de que para lograr su objetivo debía alejarse de Sarangerel cuanto antes, no fuera que su deseo de asesinato, de lograrse, fuera visto como un complot de los mongoles.

Pero tan ensimismada estaba en sus pensamientos que no notó que Sarangerel había detenido su caballo ya desde varios pasos atrás, con la mirada perdida hacia un costado de las murallas exteriores de Acre.

—¿Qué sucede, Sarangerel? ¿No vamos a entrar a la ciudad?

—Es como si en cualquier momento Odgerel fuera a venir para decirme que el aire está viciado. Aunque no soy de darle la razón porque todo lo exagera, lo cierto es que aquí tengo la misma sensación que tuve cuando fuimos a El Cairo para reunirnos con el Sultán Qutuz.

—Si te preocupan los murmullos de los soldados francos, te confieso que han estado comentando y preguntándose cómo es posible que un guerrero mongol esté acompañando de una occidental. Tierra Santa está llena de necios, haz oídos sordos.

—Escúchame, mujer, la armadura de cuero te sienta bien, pero ahora que tendremos la protección de las murallas de la ciudad sugiero que te la quites.

—¿Acaso ya deseas tocarme? —preguntó haciendo una mueca cómplice.

—No hay motivos de peso para creer que seremos recibidos con hostilidad, es una precaución. Ponte una túnica y guarda distancias conmigo.

—Admiro tu deseo de protegerme, pero creo que estás preocupándote demasiado. La comodidad de la ciudad nos reanimará, estoy segura.

Pero Sarangerel se encontraba intranquilo. Notó una cantidad considerable de tiendas montadas hacia un costado de las murallas exteriores de Acre, de confección beduina: rectangulares, bajas pero extensas, con pelos de camello como cobertores; sin duda pertenecían a los mamelucos puesto que eran visiblemente diferentes a las tiendas que solían montar los francos en las afueras de Damasco, que además no dudaban en engalanarlo todo con los símbolos del cristianismo.

¿Pero cómo era posible ver montado todo un campamento mameluco en las afueras de Acre, cuando sus más acérrimos rivales eran los cristianos que ocupaban dicha ciudad? Aquello debería causar un revuelo entre los cruzados y los ciudadanos, situación que no se daba de ninguna manera. Para colmo, los francos de la Cruzada parecían más bien incómodos ante la presencia del mongol que de aquel asentamiento mameluco.

—Cambio de planes, Roselyne —Sarangerel retomó la cabalgata—. Volvamos a Shomrat.

—¿Ese pueblo? ¿Acaso sospechas de que habrá problemas en el Castrum?

—Te cambiarás de ropa allí y me seguirás desde lejos. Perderemos medio día como mucho. Mejor que perder la vida.

—¿Per…? ¿Perder la vida, has dicho? ¿No estás siendo exagerado? —preguntó, siguiéndole la cabalgata. “Y pensar que ya estábamos por entrar”, se lamentó.

A casi doscientos leguas de distancia, hacia el este de Acre, tras cruzar del Río Jordán, el ejército mongol acampaba en la llanura de Esdrelón, entre las montañas Gilboa y las colinas de Galilea, por orden del general Kitbuqa Noyan, quien percibía en la mayoría de los rostros de su vasto ejército el cansancio, efecto del fuerte sol. La ciudad de Jerusalén estaba a solo dos días, y antes de que cayera la noche ya deberían llegar los francos para unirse al batallón.

Incontables tiendas empezaban a ser armadas a lo largo y ancho del valle de Ain Jalut, y el ajetreo recordaba al de las grandes ciudades.

Acercándose a la reunión de los comandantes y el general Kitbuqa, celebrada en la tienda principal, Odgerel se mostraba intranquilo. Los mongoles se habían forjado una fama en las estepas, donde utilizaban la flora como medio de ocultación, además de aprovechar los espacios abiertos para flanquear al enemigo con sus temidas tácticas de asedio constante, pero en el desierto, terreno principal de batalla, su conocida movilidad estaría más limitada ante enemigos que se desempeñaban mucho mejor con rápidos caballos y hábiles guerreros.

—Os saludo, camaradas. Un campamento gigantesco y estupendo —dijo al llegar a la reunión—. Pero… el aire está viciado, ¿no lo creen?

—Tranquilo, Odgerel —Kitbuqa Noyan se levantó para acercarle un cuenco de kumis, plato que ya había repartido entre los comandantes como tradición—. Tienes el comando ahora, deberías mostrar más temple ante tus guerreros. Guíalos con mano firme, guerrero, te necesitan.

—Yo necesito prostitutas jóvenes, General Kitbuqa. Mal acostumbrado que quedé en Damasco…

—Deja de preocuparte. Si te has fijado, de camino se nos han unido más de quinientos armenios de Cilicia para prestar ayuda. Solo debemos esperar a los francos de la Cruzada. La alianza es la clave para la victoria.

—¿Armenios? Tengri nos ha bendecido, sin duda. No sabes cómo me complace tener a quinientos campesinos de nuestro lado, general —ironizó, bebiendo el kumis.

El trotar de una rápida cabalgata interrumpió la reunión; un jinete atravesó el campamento mongol, levantando polvareda y dudas a partes iguales, sorteando cuanto soldado se interpusiera en su camino, hasta llegar a la gran tienda donde charlaban los altos mandos. Enviado para recibir a los francos y guiarlos hasta el campamento, era raro que se lo viera pasmado como en ese momento pues su ruta carecía de peligros. Sudaba, estaba agitado.

—¡Kitbuqa! —el joven tomó respiración, bajando de su animal y casi cayendo debido a su apuro—. ¡General Kitbuqa!

—Respira, joven —tranquilizó el general—. ¿A qué vienen esas prisas?

—¡General, un ejército de mamelucos viene para aquí! ¡Por la retaguardia!

—¿Mamelucos? —Odgerel dejó el cuenco a un lado y se acercó al mensajero, mientras los mongoles a los alrededores se reponían de su descanso al oír tan sorpresiva noticia.

—¡Están tomando la misma ruta de los cruzados de Acre, general Kitbuqa!

—¿¡Cómo es posible!? —uno de los comandantes se levantó encolerizado. Para llegar por la retaguardia del campamento solo era posible hacerlo atravesando el reino de Jerusalén.

—No tiene sentido que tomen esa ruta —agregó otro comandante—. Los cruzados no permitirían pasar a los mamelucos por su reino.

—¡Callaos! ¿Cuántos guerreros has visto, mensajero? —tranquilizó Kitbuqa, manteniendo temple para no dejarse llevar por aquella desconcertante noticia.

Odgerel notó entonces en los lejanos montes aquellas miles de sombras que asomaban terroríficamente, levantando el polvo y haciendo temblar la tierra conforme se acercaban a velocidad frenética. Decenas de cientos de arqueros mamelucos, montados sobre sus rápidos caballos, galopaban hacia ellos, rumbo a un ataque sorpresa a un campamento que apenas estaba empezando a descansar.

—¿Puedo ser sincero, mi general? —preguntó Odgerel, quien simplemente no salía de su asombro viendo aquel sorpresivo y numeroso ejército.

—Más te vale…

—Que el Dios Tengri nos proteja, pero vamos a necesitar mucho más que quinientos cilicianos.

La situación en el campamento mongol empeoraba a cada segundo, pero lejos de aquel ambiente de guerra, Roselyne se desprendía de su armadura en la privacidad de una habitación alquilada en el pequeño pueblo de Shomrat, ante la mirada de un guerrero demasiado intranquilo que, sentado al borde de la cama, pasaba trapo a su sable. Parecía anhelar un choque de aceros; el guerrero trataba de no pensar demasiado en sus camaradas.

—¿No deseas que te la limpie yo? —preguntó ella, quitándose las botas de cuero.

—Solo apúrate, Roselyne.

En el momento en que la francesa se quitaba los pantalones, Sarangerel levantó la mirada para contemplar aquel trasero redondo y atractivo. Sonrió ligeramente al notar la marca de una mordida que quedó grabada en un cachete, prueba de un breve revolcón que tuvieron de camino. Pero un brillo fugaz lo sacó de su goce, pues notó la espada enfundada en el cinturón de la mujer. “La espada de los Coucy”, pensó al reconocerla.

—¿Dónde está tu sable, mujer?

—Lo está guardando la mujer de Kitbuqa, en Damasco. Me prometió cuidarlo. Prefiero llevar la espada de mi hermano, tiene más significado así, ¿no lo crees?

—Por cómo está el ambiente, parece que tendré que ayudarte a consumar tu venganza. Sigo sin comprender cómo es que hay un asentamiento mameluco en las afueras de Acre.

—No hay nada que más desee que me ayudes a matar al rey Luis, pero si quieres que sea sincera —se acercó desnuda para pasar su mano por la caballera del guerrero, esperando que oliera el perfume de su sexo prácticamente frente a sus narices; jugaba con las largas trenzas con la esperanza de tranquilizarlo—, creo que estás demasiado tenso, te preocupan tus camaradas y lo entiendo, pero relájate un poco. Pensar en que cristianos y musulmanes están aliados es un disparate, si me preguntas.

—Es complicado —la tomó de la cintura y besó su vientre, arrancándole un suspiro—. Ojalá todo se solucionara con un trasero bien formado y unos senos apetecibles —hundió los dedos en el trasero de la mujer, atrayéndola contra sí para que su boca siguiera saboreando de ella, para que su lengua recorriese fuertemente los pliegues de su dulce sexo.

—Sarangerel —suspiró, arqueando la espalda, poniendo en blanco los ojos y tratando de morderse los labios para no gemir, pero es que ni podía siquiera cerrar la boca—. ¡Con-contén un poco esa lengua, las paredes son mu-muy finas!

—No más que la de mi tienda —se apartó del manjar para martirio de la mujer—. Entonces, ¿qué deseas que haga, Roselyne?

—Po-poséeme —susurró, subiendo a la cama para esperarlo. Estaba excitada, pero no podía negar que cierto miedo la invadía con las advertencias de Sarangerel. ¿Y si realmente tuviera razón? ¿Acaso aquella podría ser la última ocasión en la que podrían estar juntos?—. Poséeme… como si fuera la última vez.

Quién diría, viendo el porte del regio guerrero de mirada de lobo, que en la cama era tan dulce. A la francesa la había enviciado en los placeres de la carne desde hacía tiempo, por tratarla como mujer antes que como un objeto o botín de guerra, algo a lo que no estaba tan acostumbrada debido a su duro pasado.

—Ponte la túnica, mujer. Urgen otros asuntos más importantes —ordenó serio, pero al girarse para verla notó que Roselyne ya había comenzado la faena por sí sola, acariciándose con dulzura, retorciendo sus muslos, entrecerrando los ojos y suspirando de su propia masturbación. Con las mejillas enrojecidas por el calor que se expandía en su cuerpo, ladeó ese rostro lascivo y lo observó con deseo.

—¿Acaso no quieres venir, emisario?

—Mujer pérfida —sonrió, subiendo a la cama, agarrando sus piernas para separarlas y degustar con fuerza esa sonrojada fruta. “Supongo que me estoy preocupando demasiado”, concluyó, hundiendo su lengua dentro de ella.

Cerca del Río Jordán, el campamento mongol había quedado diezmado ante el ataque sorpresa. Incontables tiendas ardieron debido a las flechas de fuego que habían lanzado los arqueros del Sultanato, y el sonido de los disparos de los cañones de mano, una invención de los musulmanes cuya existencia desconocían los mongoles, asustó a más de la mitad de los caballos, que huyeron despavoridos y causaron mayor confusión. En medio del caos, una horda de la veloz caballería ligera mameluca había entrado al campamento para diezmarlos con sus mortales cimitarras.

Tras el mortífero ataque, los enemigos galoparon presurosos hasta los montes de donde surgieron, repelidos por las flechas y sablazos de los mongoles, que a duras penas consiguieron defenderse de la violenta y terrible oleada sorpresa.

—¡Kitbuqa! —gritó Odgerel, sosteniendo su sable manchado de sangre en una mano, mientras que con la otra lanzaba al suelo un cadáver mameluco que usó como escudo ante los flechazos enemigos—. ¿¡Dónde están los putos francos!? ¿Cómo es posible que los mamelucos nos estén atacando aquí en nuestro campamento? ¿Quién mierda los ha dejado pasar por territorio cristiano?

—Alguien tiene que rendir explicaciones, pero ahora mismo no hay tiempo para ello… —Kitbuqa, con un hilo de sangre cayéndole de la boca y una seria rajada en el pecho, fue ayudado por sus guerreros para reponerse—. ¡Oídme, comandantes! ¡Preparaos para ir a por ellos! ¡Organizaos y tened listos a vuestros guerreros cuanto antes! Atacaremos mientras se reorganizan.

—¿Tiene la certeza, mi general, de que es seguro ir a por ellos? —preguntó un comandante—. Podrían estar esperándonos.

Con todos los mongoles observando el monte donde los enemigos se habían escondido, solo Odgerel, que percibía algo raro en el aire de nuevo, se giró para notar que, ahora por el otro frente, un nuevo contingente de jinetes mamelucos venía en presurosa galopada hasta ellos. Pronto, al oír el trotar de los veloces caballos árabes, los incrédulos guerreros también cayeron en la cuenta de que no habría tiempo para reorganizarse pues les tocaba enfrentar otra oleada tan violenta como la primera.

“Nos han tendido una trampa…”, concluyó Odgerel, mientras sus temblorosas manos apenas podían sostener su sable. Un comandante no debía poseer sentimientos, palabras del general Kitbuqa, pero aquello era demasiado desgarrador para ser verdad.

—Esta sensación en el corazón… —Odgerel se limpió la sangre enemiga desparramada en su rostro—. Es como si nuestros dioses nos hubieran abandonado…

III

Una fisura irreparable amenazaba hacerse lugar en el cielo del sagrado reino de los ángeles. La rebelión había llegado en una noche oscura y fría en los bosques de los Campos Elíseos, y pronto, los que una vez fueron hermanos de escudo, se enfrentarían el uno contra el otro en mortal duelo.

El Serafín Durandal se elevaba lentamente sobre su imponente legión, más de cuatro mil ángeles reunidos en las islas, quienes esperaban la orden de partir. Su corazón se desbocaba de satisfacción al ver a todos sus pupilos dispuestos a seguirlo hasta un nuevo y desconocido mundo, lejos del yugo de los dioses. Pero si bien la libertad pronto sería de ellos, una cuestión atormentaba al guerrero:

“Orfeo”, pensó, mirando a sus alrededores, buscando a su más hábil estudiante; su mano derecha durante todos esos años. Era el momento más importante desde que volvieran a los Campos Elíseos y su paradero era desconocido. “¿Dónde diantres está?”.

Notó que algunos de sus guerreros extendían y sacudían sus alas, pues el frío amenazaba con entumecerlas. En sus rostros vio reflejado sus propios deseos y voluntad, su propio nerviosismo y miedo, pues ni siquiera él sabía qué encontraría en el reino de los humanos, más allá de su anhelada libertad, más allá de cadenas rotas.

“No puedo seguir retrasándolos, están impacientes por escapar”, concluyó, desenvainando su espada cruciforme, aquella reparada por su amada Bellatrix, quien originó los deseos de libertad del Serafín.

—¡Oídme, ángeles! ¡Vuestros corazones han estado sufriendo demasiado en un mar de recuerdos y sangre agitado por el dolor y la desesperación! ¿Es acaso esta tortura el magnífico plan de los dioses? ¿Existe alguna justificación para todos los errores que han cometido con nuestros camaradas caídos? ¿Dónde veis la Justicia? ¿Dónde veis la Redención? Perdonadme, mis guerreros, pero así no hay quien conserve amor, celo ni fe por nuestros creadores.

Las alas de los miles de seguidores ahora se extendían orgullosas ante su gran adalid, unidos a gritos de júbilo y orgullo. La vía de escape estaba más que planificada: el Principado Abathar Muzania les había facilitado la ruta segura para evitar el encuentro contra los otros dos Serafines. En presuroso vuelo y aprovechando el manto que ofrecía la oscuridad de la noche, la libertad de la legión del Serafín Durandal sería reclamada.

—¡Los pecados de los dioses nunca morirán en nuestros corazones, ellos no pueden limpiar la sangre de nuestros camaradas de sus sucias manos! ¡Abrámonos paso a través de esta jaula que nos han creado, y reclamemos un lugar allá en ese reino libre! ¡Al Aqueronte, guerreros!

Mientras, al este del silencioso bosque, suspendidos en el frío aire, los esperaban los Serafines Rigel e Irisiel, cada uno al frente de sus respectivas legiones, quienes descansaban sobre los árboles aledaños a ambos. Más de ocho mil ángeles esperaban convencerlos de no avanzar hasta el reino de los humanos.

—¡Rigel! —gritó la Serafín, quien no paraba de acariciar las aristas de su arco de caza—. Trata de darle varias oportunidades al diálogo. Lo último que necesito es que tus estudiantes quieran presumir de fuerza antes que cabeza. Recuerda, es un amigo el que tendremos en frente.

—¡Qué conveniente que lo saques a colación, Irisiel! Iba a decirte algo similar. Temo que tus pupilos hayan enloquecido tras tener que sufrirte todos los días y empiecen a disparar para todos lados.

—¡Ja! Son fuertes de espíritu. Vosotros en cambio entrenáis tanto el cuerpo que habéis olvidado la cabeza. El día que Destructo venga nos preocuparemos más en salvaros el pellejo que en atacar al enemigo.

—¿Destructo? ¿Tú no has pensado en Durandal como el ángel de la profecía?

—Por favor —se acomodó la coleta, incapaz de quedarse quieta—. Durandal tendrá todos los deseos de libertad que quiera, pero no es alguien que destruiría los Campos Elíseos, ni mucho menos se levantaría en armas contra nuestro líder. Será muchas cosas, pero no es el ángel destructor.

Rigel compartía la visión de su compañera, aunque el alivio no era suficiente. Desde que fuera informado acerca de la rebelión y se le ordenara estar presente en el bosque para detener la huida, no dejaba de temer una batalla contra Durandal, ese varón frío, calculador y habilidoso, poco expresivo pero que explotaba en los momentos de tensión. “Que los dioses se apiaden de todos”, pensó, cruzándose de brazos, pues si allí en el bosque se desataba una batalla entre Serafines, la rebelión de los Arcángeles sería vista como un juego de Querubines.

—Rigel… ¿estás listo para luchar en caso de que sea necesario?

—Sería más sencillo para mí tener enfrente a Destructo que a Durandal. Mis estudiantes y yo hemos estado entrenando y enfocándonos en ello durante tanto tiempo, pero no hemos ni siquiera pensado en tener que usar la fuerza contra un amigo como él. ¿Acaso tú estás lista?

—Por supuesto que no —suspiró largamente—. ¿Quién podría estar lista para luchar contra sus propios camaradas?

El viento se había detenido, asustado por el encuentro menos deseado del reino sagrado. Ambos Serafines vieron llegar la facción contraria hasta ellos. Pese al manto de la noche, se hicieron reconocibles los rostros de algunos camaradas aliados en la legión enemiga; Israfel, Nuriel, Proción, Sachiel, Altaír, y desde luego, al frente, Durandal. La grieta en el cielo se había resquebrajado más aún, y los corazones de los dos Serafines se habían desgarrado por completo: pensaban que estarían listos, pero no existía entrenamiento alguno que los pudiera preparar para estar allí, frente a frente contra sus iguales.

Los ángeles de Durandal, mediante la señal de su perplejo líder, se posaron sobre las altas ramas de los árboles adyacentes, dejando a los tres Serafines en el aire. En la mirada del regio Serafín había confusión y en su corazón solo cabía la decepción y la rabia; era imposible que la facción contraria supiera de su verdadera ruta salvo que alguien de su legión le hubiera traicionado.

—¿¡Rigel, Irisiel!? —preguntó Durandal, rompiendo el incómodo silencio de la noche—. ¿Cómo… cómo sabíais que tomaríamos esta ruta? ¿¡Quién ha hablado!?

—Despierta, chica, te necesitan —susurró Irisiel para sí misma, meneando la cabeza para centrarse cuanto antes—. ¡Durandal!… ¿Qué tal si conversamos como ángeles civilizados? Tal vez podamos llegar a un acuerdo.

—¿¡Vosotros dos tenéis algo que ver con la desaparición de Orfeo!?

—¡Nadie ha hecho nada aún, Durandal! —Rigel estaba preocupado. Conocía como pocos al Serafín, y esa mirada intensa no auguraba nada bueno. Poco o nada faltaba para que ese espíritu de guerrero estallara; aparentemente, la desaparición de su estudiante predilecto lo tenía desconcertado—. Tranquilízate, por el bien de tu propia legión.

“¿Acaso?”… pensó Durandal, sin saber dónde posar su mirada, pasando su mano por la cabellera. “¿Acaso he sido traicionado?”. ¿Cómo era posible si el propio Principado le había recomendado cruzar por el este del bosque? ¿Tal vez Orfeo había delatado al Trono sus verdaderos planes y fue por lo que lo abandonó esa noche? ¿Por qué querría su mano derecha traicionarlo? ¿O el propio Abathar Muzania tenía que ver con ello? Ninguno de los dos había mostrado señales que levantaran sospechas. La rabia y desazón se apoderaban del Serafín ante incógnitas que aún no tenían respuesta, y no ayudaba que tuviera a dos legiones frente a él dispuestas a detenerlo.

—¿¡Qué pretendéis, perros de los dioses!? —gritó encolerizado—. ¿¡Detenernos a la fuerza!?

—¿¡Perr… Perros, has dicho, renegado!? —la frágil paciencia de Rigel sucumbió ante el insulto; Irisiel tenía razón en que la cabeza no la tenía muy preparada para confrontaciones verbales—. ¡No me entraría remordimiento alguno en usar fuerza bruta si no desistes de tu ridículo plan!

—¡Cuidad esa boca, los dos! —Irisiel intentaba interceder desesperadamente al ver cómo subían los ánimos—. ¡No habrá ninguna batalla aquí, no en mi presencia! ¿¡Durandal, por q…!?

—¿¡Acaso ya has olvidado tu propio pasado, Rigel!? —Durandal lo fulminó con la mirada, ignorando a la Serafín—. ¿Has olvidado el sacrificio de Betelgeuse? ¿Crees que esto es lo que ella querría para ti?

—¡Suficiente! —A Irisiel no le agradaba la tónica privada de la discusión. El titán Rigel, por su parte, quedó paralizado ante aquellas palabras. “Betelgeuse”, pensó, abandonando por breves momentos la tensa reunión en el bosque—. ¡No vayáis por allí, Rigel, Durandal, estáis hablando de más ante nuestras legiones!

—¡Ninguno de los Serafines estamos libres de pecado! ¡Tú tampoco, Irisiel! —Durandal desenvainó su espada y la apuntó—. ¿No estaría de acuerdo en eso nuestro dios Dionisio?

—¡Ángel pérfido! —gritó, para inmediatamente taparse la boca. Ahora ella entraba en el juego con un asunto demasiado personal—. ¿¡A dónde quieres llegar con esta discusión, Durandal!?

—A donde voy, nadie os juzgará, nadie os culpará por lo que habéis hecho. No seréis vistos como herramientas sin conciencia que pecaron contra sus creadores. Esto que veis —señaló el bosque con ambos brazos extendidos—, ¡esta jaula ya no es mi hogar, ni la deseo para el vuestro! ¡Os consumís poco a poco con vuestros ridículos pecados! ¿¡Es por eso que entrenáis tanto día tras día!? ¿¡Acaso vuestra idea es derrotar a Destructo para redimiros!? ¿¡Para contentar unos dioses a quienes ya no importamos!?

Rigel había vuelto en sí. Venas cruzaban su frente perlada de sudor. Extendió sus seis alas y, contra todo pronóstico, fue directamente a por Durandal con una ferocidad inusitada en sus ojos. Le había tocado un punto débil, una fibra sensible, un recuerdo demasiado doloroso. Le había revivido un pecado inmortal grabado a fuego en su corazón.

—¡Serafín indigno! —gritó, mordiendo cada sílaba, partiendo a velocidad frenética. Su sola velocidad y potencia revolvía el aire; las nubes en el cielo se partieron en dos, revelando una fuerte luna azulada que tiñó el bosque y arrebató el aliento de todas las legiones—. ¿¡Quién te crees que eres para nombrar a Betelgeuse!?

—¡Ven a por mí, Rigel! —respondió Durandal, extendiendo su brazo para que un aura blanquecina lo rodeara como una llama; inmediatamente, un flamante escudo de diamante fue invocado en su mano, mientras preparaba su espada en la otra. De un horizontal sablazo al aire, un fuerte y filoso viento destrozó y levantó incontables árboles para entorpecer la embestida del titán.

Los boquiabiertos ángeles se encontraban aterrorizados y asombrados ante aquel duelo celestial. ¿Quién hubiera pensado que aquella fuera la verdadera fuerza de los Serafines? Estaba más que claro quiénes eran los protectores de los Campos Elíseos; aunque más de uno, tanto de una como de otra legión, se lamentaba por aquella batalla entre camaradas.

—¡Deteneos ahora mismo! —Irisiel sentía cómo su pobre intento de diálogo se había escurrido completamente de sus manos; la batalla era inevitable. Y la legión, otra vez, reiniciaría su ciclo de destrucción, de revolución, de cenizas y sangre cayendo sobre suelo sagrado.

No lo iba a permitir, que el cielo llorase de tener grietas incurables y que dejara caer gélidas lágrimas; preparó su arco y apuntó en dirección a las alas del titán, con la esperanza de hacerlo caer antes de que llegara hasta Durandal, pero eran tantos los árboles, ramas y hojas que caían del cielo como torrencial lluvia que era imposible fijar su objetivo.

Inesperadamente, entre ambos grupos, sobre una rama de un alto árbol sin hojas, se materializó un hálito blanquecino que detuvo a Rigel de continuar su embestida. El aura tomó forma de aquel ángel que conocían como Principado, figura alta, delgado, de larga túnica blanca radiante y capucha que ocultaba su rostro oscuro. Acuclillándose sobre la rama más alta, Abathar Muzania miró uno y otro bando reunidos en la fría noche del bosque.

—Interrupción —la voz gutural del Principado había detenido una inminente batalla. Posándose tal cuervo, desenvainó su gigantesco mandoble y acarició la hoja con sus largos y finos dedos—. Diez mil trescientos cuarenta y dos ángeles. Las tres legiones, los tres Serafines, están reunidos —levantó la mirada hacia la luna, sacudiéndose sus largas alas—. Escuchadme con atención.

Muy lejos, e imposibilitado de pensar en otro asunto que no fuera la probable batalla en el bosque, el Trono Nelchael, sentado en el amplio sillón de sus aposentos, se martirizaba con la idea de perder a cualquiera de sus Serafines, sus más hábiles guerreros. Durandal sería probablemente la baja más segura en caso de surgir una batalla, debido a la clara desventaja numérica, por lo que había exigido a Irisiel, probablemente la más sensata de los tres, que evitara una confrontación a toda costa.

Abriendo las puertas de par en par, la joven Perla entró a los aposentos con una sonrisa y brillo en los ojos como no había tenido hacía mucho tiempo. La Querubín desconocía de revoluciones y batallas, Nelchael no deseaba que la mente de una de sus ángeles preferidas se estresara por ello, por lo que rápidamente cambió su semblante para recibirla.

—¡Nelchael! ¡Uf! No vas a creer lo que vengo a mostrarte.

—Alguien está más contenta que de costumbre —esbozó una ligera sonrisa. Aquello era más de lo que usualmente demostraba a los demás ángeles, pero con Perla cambiaba; una sonrisita, una mirada divertida, y sobre todo, muchas concesiones a la niña que había crecido ante sus ojos—. Tu presencia alegra mi corazón, pero, ¿no deberías estar durmiendo?

—Cygnis me ha dicho que estabas despierto, ¡y yo tampoco puedo dormir!, así que he decidido hacerte una visita —se acercó dando pasos cortos pero apresurados. Acostumbrada a sus beneplácitos, Perla era juguetona y retozona con el Trono. Se sentó en el brazo de su amplio sillón, enredando sus dedos en la blanca cabellera del líder para peinarlo—. Por cierto, ¿has ido al coro, Nelchael?

—No me lo podría haber perdido.

—Pues no recuerdo haberte visto. Y mira que también te he buscado.

—Tal vez debería haberme quedado un rato más, de seguro me habrías encontrado —mintió, dando un par de golpecitos en su propio regazo—. Ven aquí, vamos.

—¿En serio? Creo que ya estoy demasiado grande para sentarme sobre tus piernas, Nelchael…

—No pienso oír otra palabra hasta que mi niña se siente sobre mi regazo.

—¡Hmm! Esto de los chantajes se te da muy bien —resopló, levantándose para acomodarse sobre su regazo. No le importaba actuar como una pequeña ante él, solo él; aun así miró hacia la puerta, no fuera que alguien la pillara en ese momento—. Mira lo que traje…

Plegando sus alas, y arqueando la espalda para alcanzar la funda, logró desenvainar su deslumbrante sable frente a los atónitos ojos del líder de la legión. Perla sabía de las pesadillas acerca de Destructo que a veces lo acosaban, por lo que darle caza al ángel siniestro para que el viejo Nelchael pudiera dormir tranquilo era una de sus tantas motivaciones.

—Dime que no es lo que pienso, mi niña…

—¡Es mi sable! Y la cura para tu insomnio, ¡ja! ¿No es la cosa más hermosa que has visto? —lo volvió a abrazar entre sus pechos—. ¿Quieres… tocarlo? Pero solo un rato.

—Lo que quiero saber es dónde están tus guardianes. Dejarte pasear con semejante arma es…

—¿Podrías tener un poco de fe en mí? ¿O debo desafiarte a un duelo para que veas mis dotes?

—Niña infame, mi corazón no podría aguantar la idea de levantar un arma contra ti, ¿por qué me haces esto? —la tomó de la cintura para zarandearla divertido mientras ella extendía las alas por las cosquillas.

En medio de las risas y el ambiente distendido, notaron que alguien había llegado a sus aposentos. Tras un carraspeo que paralizó del susto a ambos, un joven ángel se arrodilló para presentar sus respetos tanto al líder de la legión como a la Querubín.

—Disculpe la interrupción, Trono.

—¿Orfeo? —preguntó Nelchael, ladeando el ala de Perla que le tapaba la vista. Era el estudiante de Durandal, su mano derecha nada más y nada menos, que misteriosamente estaba presente en el Templo—. ¿Qué haces aquí?

El hecho de que Abathar Muzania se presentara en el bosque sin previo aviso sembró nuevas dudas en Durandal. ¿Acaso fue el propio Principado quien había planeado que ambas facciones chocasen frente a frente? ¿Deseaba que hubiera enfrentamiento? Pero de ser así, ¿por qué interrumpir en el momento que la batalla parecía inevitable? ¿Qué quería de ellos al reunirlos?

—¡Traidor! —gruñó Durandal—. ¡Tienes valor para presentarte aquí!

—Necesidad. Pretendía reuniros lejos del Trono. Lejos de él, no corro peligro. Lejos de él, os diré la verdad oculta entre sus mentiras. Acerca de la herejía, acerca del pecado cometido por vuestro líder.

Irisiel había descendido sobre la rama de un árbol bajo ella, bastante aliviada al ver que el Principado había intercedido. Pero no esperaba que Durandal lo tachara de traidor. “¿Acaso el Principado hizo las veces de agente doble?”, pensó. ¿Pero qué era aquello del pecado cometido por su propio líder? Preguntas que apremiaban respuestas urgentemente.

—¡Explícate, Abathar Muzania! —exigió la Serafín.

—Revelación. Es importante que sepáis qué sucedió mientras vosotros no estabais, mientras los arcángeles y su legión batallaban entre sí. Al suceso que vosotros llamáis “La rebelión de los arcángeles”.

El gigantesco Rigel aterrizó sobre otro árbol alto, tratando de tranquilizarse de su reciente arranque. En cuanto el Principado terminara de hablar volvería al asalto a por Durandal, pensaba. Pero no confiaba del todo en Abathar Muzania, el hecho de que ni ellos ni Durandal esperasen su aparición en medio de la batalla no le despertaba buenas sensaciones. ¿Acaso el Principado pertenecía a alguna especie de tercera y desconocida facción dentro de los Campos Elíseos?

—Legión —el Principado levantó su mandoble al aire con la fuerza de un solo brazo—. Si bien es verdad que los arcángeles asesinaron a casi la totalidad de los ángeles, destrozando los Campos Elíseos, no fue ninguno de ellos quienes llevaron el Apocalipsis al reino de los humanos.

Un fuerte y frío viento se hizo presente. La flameante túnica del Principado se tornó oscura como la noche, y la larga hoja de su mandoble comenzó a resquebrajarse poco a poco, perdiendo brillo, como si de alguna forma estuviera muriéndose en sus manos. Y aquellas alas se ennegrecieron tanto que daba miedo el solo contemplarlas desde la distancia; un espectáculo dantesco que aterrorizó a cada uno de los ángeles, incluso al propio Serafín Durandal, quien descendiendo hasta una alta rama de un árbol, intentó obtener respuestas:

—¿Quién… eres… tú?

Desecho el mandoble, quedó solo una guadaña afilada que violentamente fue clavada al tronco del árbol donde el oscuro ser se posaba tal cuervo. El aire se había enfriado aún más y el viento murmuraba alrededor del extraño ente; no importaba desde qué ángulo o distancia lo vieran los Serafines o cualquiera de los ángeles de las legiones, el asombro y el terror se apoderaron de todos.

—Confesión. Así como los dioses os han creado, yo también soy creación de uno. Fui concebido como ángel espía y celador del infierno, herramienta a disposición de Perséfone, diosa del inframundo.

—¡Segador! —Irisiel tensó su arco. ¿Cómo era posible que alguien que ellos consideraran parte de su legión resultara ser durante todo ese tiempo un ente completamente distinto? ¿Acaso los dioses no tenían total confianza en sus ángeles, que tuvieron que crearlo para espiarlos? Pero por sobre todo, ¿por qué ahora el Principado decidía revelarles su verdadera naturaleza?—. ¿¡A qué ha venido ir de oculto en la legión!?

—Necesidad —el Segador llevó su mano hacia la negrura de su capucha, acariciándose el oscuro rostro con la palma abierta—. Ni siquiera vuestro Trono sabe de mi identidad. Vuestro líder no dudaría en darme caza si supiera que estoy aquí contándoos la verdad. Soy el único sobreviviente del Armagedón que destruyó el reino humano, soy el único testigo de su pecado.

Extendió la otra mano hacia el cielo. Pronto, imágenes del último Apocalipsis se formaron en el aire materializados por sus largos y huesudos dedos. Aquellos recuerdos del fuego extendiéndose por el moderno reino humano, esos dragones revoloteando entre edificios y ángeles luchando entre sí, ese mundo cuyo cielo se había teñido de rojo pues el Armagedón se había desatado. Y en medio de aquel horroroso tormento, un ángel, una hembra, lloraba de rodillas, agarrando el mango de una espada flamígera de hoja zigzagueante clavada en el suelo.

—Dolor. Vosotros creéis que los arcángeles destruyeron el reino humano porque así lo ha contado vuestro Trono. Pero quien lo hizo fue un ángel, de corazón podrido de dolor, dueña de oscuridades que solo podrían equipararse a las de Lucifer, y de cabellera del color de la sangre de sus víctimas.

—¿Quién…? —Irisiel ladeó la cabeza, contemplando a esa misteriosa hembra que sollozaba mientras todo a su alrededor era devorado por un fuego que se levantaba y arrasaba como olas—. ¿Quién es ella?

—Información. Ángel caído. Rubí. Fue ella quien trajo el fin de los tiempos en el reino humano con el solo odio cobijado en su corazón, no un Arcángel.

—¡Quién haya llevado el Apocalipsis al reino humano es indiferente! —Rigel defendió a su líder, pero lo cierto es que por dentro se preguntaba por qué el Trono querría ocultar ese hecho. ¿Qué implicaciones tenía que la portadora del último fin del mundo haya sido ese ángel? Y viendo de nuevo la imagen de aquella hembra llamada Rubí, notó algo en su mirada, en su semblante, en las facciones finas de su rostro. “Esto… se le da un aire a alguien…”, pensó contrariado.

—Herejía. La noche antes del apocalipsis, Rubí se unió a un humano. Obvió la prohibición de los dioses. Pecado mortal. Cuando el Trono bajó a la tierra para buscar ángeles sobrevivientes de la hecatombe, descubrió que no sobrevivió ninguno, pero sí sintió algo en el vientre del cuerpo inerte del ángel caído.

—No… no continúes, Segador —susurró Irisiel, pues viendo a aquella hembra notaba algo que no le estaba agradando en lo más mínimo. Se agarró su propio vientre y clavó sus uñas; la Serafín se estaba dando cuenta, antes que nadie, lo que el espía estaba revelando. “Esto es una maldita broma… ¡Tiene que ser una maldita broma!”, pensó desesperada.

—Anatema. Esa joven a quien llamáis Perla, no es ninguna Querubín ni es una enviada de los dioses. Posee el cuerpo de un ángel pero crece como un humano. Híbrido, producto de la relación de un ángel y un humano, resultado de la unión de quienes no deben unirse. Herejía y prohibición de los dioses.

La grieta en el cielo sagrado se había ensanchado, y de ella surgieron los peores miedos de Irisiel. Nunca hubo una Querubín, nunca hubo una esperanza, nunca recuperaría esos años viviendo una mentira. Su corazón había sido víctima de fríos cuchillazos en forma de una cruenta revelación; sus piernas flaquearon, sus manos temblorosas dejaron caer su arco de caza. Y pronto dos ríos de lágrimas se abrieron paso en un rostro que aún no sabía cómo digerir la dura realidad.

—Que alguien me despierte de esta vil pesadilla…—susurró la Serafín, completamente desconsolada y mareada—. ¿Cómo…? ¿Qué es eso de que no hay ninguna Querubín? ¿¡Cómo es posible que no haya ninguna Querubín!?

—¿Es por eso… que Perla crece? —el enorme Rigel tampoco salía de su asombro. ¿Por qué su propio líder querría ocultar algo tan importante? ¿Acaso temía que Perla fuera excluida de la sociedad angelical si supieran que era hija de un ángel caído? Pero el enorme corazón del Serafín era fuerte. Independientemente de que ella fuera o no una Querubín, nadie podía negar, sobre todo su legión, la alegría que despertaba en él con su sola presencia. “No me importa en lo más mínimo”, pensó, apretando los puños.

—Revelación. Aquella noche en el reino humano, vuestro líder me entregó al híbrido, apenas un embrión, para que lo guardara en un altar en los infiernos. Tanto él como yo concluimos que aquella herejía podría exasperar a los dioses, quienes tal vez regresarían al sentir a la prohibición. Pero mientras reconstruíais los Campos Elíseos y esperabais a los creadores, el híbrido, siempre durmiendo, se desarrollaba y crecía ante mis ojos.

—¡Suficiente, Segador! ¡Esto no cambia absolutamente nada! —bramó Durandal, a quien la historia de Perla no le había afectado en lo más mínimo. Sus objetivos no tenían absolutamente nada que ver con ella ni con los dioses—. Si esa necedad es la que has venido a decir, entonces mi legión y yo seguiremos por nuestro camino.

—Equivocación. Te interesa más que a nadie, Serafín. Con el tiempo, el Trono temía que tú huyeras de los Campos Elíseos, por lo que me exigió que yo trajera al híbrido a los Campos Elíseos y la despertara. La usó como una supuesta señal de los dioses. Necesitaba tiempo, necesitaba teneros a todos controlados con una falsa esperanza. Os ha engañado todo este tiempo.

Irisiel torció el gesto y vociferó con fuerza:

—¡No hables más! ¡No creeré absolutamente nada de ti! Hablaré con Nelchael y juzgaré yo misma. Ya nos has manipulado para reunirnos aquí, ¿¡cómo sabemos que esto no es otra treta tuya!?

—Necesidad. No puedo mentiros. Os necesito. He venido a detener vuestra batalla porque sois mis últimas herramientas si pretendo encontrar a los dioses. Si vosotros morís, pierdo mis herramientas, pierdo mi oportunidad. Yo también fui creado por los dioses, yo también siento esta necesidad de volver a verlos. A ella, sobre todo, Perséfone.

—¡Conmigo no cuentes en tu patética búsqueda de los dioses, Segador! —Durandal estaba harto de estar allí—. Resultas ser tan ingenuo como muchos ángeles. Acepta la realidad, tu diosa o está muerta o te ha abandonado.

—Preocupación. Independientemente de lo que creamos tú o yo, deberíais estar al tanto, todos vosotros, que corréis serio peligro si seguís cobijando al híbrido. Veréis, cuanto más crecía, más se hacía familiar a la epifanía del Trono —se acarició de nuevo el rostro con la mano abierta, mientras la luna, como si se anticipara a la terrible revelación, se ocultaba entre las nubes para oscurecer más la figura del Segador—. El híbrido es Destructo.

El cielo había caído completamente sobre los estupefactos ángeles en el bosque como una gélida lluvia infernal. Miedos, pesadillas, dolor y locura imperecedera se colaron entre las grietas de la noche como una profunda herida sangrante. Parecía imposible que una simple frase pudiera acuchillar de aquella manera tan vil los espíritus de cada uno de los seres; muchos se miraron entre ellos, otros, boquiabiertos, intentaban asimilar lo que acababa de revelar el Segador.

Pero nadie sufría tanto como los dos Serafines más allegados a la joven.

—¿Perla? ¿Destructo? —El Serafín Rigel se tomó del pecho, completamente descorazonado. No le importaba que Perla fuera o no una enviada por los dioses, pero aquella nueva revelación tumbó por completo al ángel más fuerte de la Legión. Y sus recuerdos, su amor por ella, sus tardes jugando con una simple niña que reía y lo admiraba por su fortaleza, hasta incluso esa promesa de enseñarle a volar, absolutamente todo fue agitándose violentamente con sus deseos de protegerla y sus deseos de eliminar al ángel Destructor—. ¡Estás… estás mintiendo, maldito desvergonzado! —apretó sus puños y de un golpe destrozó la gruesa rama en donde se posaba.

—¡Ri… Rigel!—clamó Irisiel, pues notaba que ahora él cedía a la impotencia a su brusca manera—. ¡Basta! Lo… ¡lo estás viendo con tus propios ojos! Es… idéntica a su madre, la portadora del Apocalipsis…

—Pecado. Cuando el híbrido crecía aquí, el Trono también empezaba a sospechar de la naturaleza verdadera de la joven a quien llamáis Perla. Pero ahora se niega a aceptar la realidad. Deduzco que con el tiempo ha desarrollado sentimientos por el híbrido. Probablemente cree que criándola en vuestra legión, Destructo os perdone. Pero no os perdonará a ninguno.

—¡Blasfemo insolente, deja de hablar ya! —Irisiel notaba cuánto sufría Rigel, por lo que invocó su arco en las manos para disparar directo a la cabeza del Segador. El disparo fue potente, se abrió paso derribando árboles y haciendo temblar la tierra del bosque al paso de la saeta como si de una tempestad se tratase. Aunque, para su sorpresa, la flecha lo atravesó como si el ente fuera etéreo, impactando y creando un cráter de estremecedor tamaño en el bosque.

—Error. No tiene sentido atacarme. No pertenezco a este plano. Solo soy una proyección, apenas una sombra que se arrastra en la oscuridad. Si fuera por mí, el híbrido hubiera muerto desde el momento que noté que era Destructo. Pero no tengo presencia, no tengo manos, por eso os necesito. Eliminad al Trono por su alta traición pues no permitirá que matéis al híbrido. Eliminad a Destructo si queréis sobrevivir.

—¡Suficiente, perro del inferno! —Durandal volvió al asalto, ahora preocupado por los dos Serafines quienes, a diferencia de él, estaban completamente destrozados. Aunque ahora caminasen distintos senderos, sentía que ellos seguían siendo sus camaradas, por lo que decidió interceder para tranquilizar tanto a su legión como a la de ellos—. Estás equivocado si piensas que eliminaremos al Trono para paliar tu miedo, subestimas de manera indignante a los nuestros. Me temo que has venido a encontrarte con una decepción.

—Investigación. Os tengo estudiados. A vosotros. A toda la legión. Casi todos los ángeles son incapaces de lastimar a vuestro Trono, por más traición y engaño que haya de por medio. Lo respetáis demasiado. Ya había deducido que hablar aquí solo sería… una pérdida de tiempo… —aunque nadie lo pudiera ver debido a la oscuridad de su rostro, el Segador esbozaba una sonrisa.

En el Templo, un reguero de sangre corría por los aposentos del Trono. El espectáculo era terrible, el líder de la legión yacía tendido sobre el suelo entre las plumas revoloteando, testigos de una breve pero feroz batalla. De rodillas, a su lado, Orfeo clavaba su espada en el corazón de Nelchael. El Trono no tuvo oportunidad de ofrecer lucha pero había hecho lo posible para que aquella joven ángel a quien amaba pudiera huir. Aquella joven a quien veía en sus pesadillas pero que se negaba a ponerle un dedo encima.

—¿Por qué no has huido, Perla? —preguntó un debilitado Nelchael, viéndola temblando de miedo en una oscura esquina.

¿Cómo esa dulce joven sería capaz de algo tan terrible? Esa niña que le llenaba la cara de besos cada vez que le consentía un deseo, que le llevaba ramos de flores, esa joven que le lloraba cuando su cargo de Querubín le pesaba sobre los hombros. Su mayor pecado fue hacer oídos sordos a las súplicas de sus propias pesadillas. Tal vez, se decía a sí mismo, tal vez si le dedicara toda su voluntad y atención, ella aprendería el camino virtuoso. Pero las pesadillas siempre continuaban reclamando la muerte de Perla, a pesar de su afligido corazón.

La joven estaba paralizada de miedo, tratando de entender qué había sucedido en cuestión de segundos. Una embestida, un rápido intercambio de espadazos entre el Trono y el estudiante de Durandal. Y pronto, sangre salpicando y un grito desgarrador llenando los aposentos. Aún no sabía que Orfeo era el único ángel de la legión que había desarrollado un odio tanto por ella como por el Trono, aún no sabía que había un ser, un Principado y celador del infierno, que esa noche había aprovechado esos sentimientos para manipularlo y así poder deshacerse del líder de la legión, el mayor protector de la joven.

No sabía que había un hábil maestro de las sombras que llevó a todos los ángeles guerreros al bosque con el objetivo de distraerlos y así no entorpecer la misión de Orfeo.

Una vez eliminado el líder de la legión, se abría el camino para asesinar a Destructo.

—¡Nel… Nelchael! —gritó Perla, viendo cómo su adalid parecía perder el conocimiento sobre un charco de sangre. ¿Por qué ella no pudo hacer nada? ¿Había entrenado tanto para al final terminar congelada de miedo? ¿Por qué sus manos se negaron a desenvainar el sable para defender al querido Nelchael? ¿Por qué sus brazos no respondían? ¿Acaso era tan difícil? La joven Perla aún no conocía esa sensación de angustia en plena batalla.

—¿¡Cómo pudiste, Trono!? —lloraba Orfeo, hundiendo más la espada—. ¡Engañarnos de esa manera rastrera, cuando hasta Durandal te profesaba un respeto tan grande! ¿¡Qué diantres somos para ti, para que tuvieras que criar a esta niña, que sabías perfectamente que era el ángel de tus profecías!? Ya lo veía, todos te perdonarían, todos me tomarían del hombro y me dirían que me tranquilizara, pero he visto a Perla, el mismísimo Destructo, levantarse contra los Campos Elíseos y contra mis camaradas… ¡He visto a esa puta asesinando a mi propio maestro, en una epifanía demasiado real! Podía…. —soltó la espada para mirar sus temblorosas manos manchadas de sangre—. Podía incluso palpar la sangre de todos con la yema de mis dedos… ¡Ángel pérfido, yo no te lo perdono!

—¿Destructo? —se preguntó Perla, con un frío recorriéndole la espalda. “¿Me ha llamado… Destructo?”. Entonces vio su larga sombra extendiéndose frente a ella. Allí no había una Querubín rota, ni una joven guerrera, ni una hermana, ni una niña consentida, ni una protegida, ni una pupila. Había algo asomando; sus peores miedos, su peor pesadilla, algo que ni siquiera había imaginado como una posibilidad. “¿Por qué me ha llamado… Destructo?”.

—Perdóname, maestro Durandal —susurró Orfeo, como si el Serafín pudiera escucharlo. Retirando la espada del cuerpo del líder, se repuso para dirigirse hacia la muchacha, quien se había quedado inmovilizada ante la revelación; poco ayudaba aquella terrible imagen del envilecido Orfeo caminando lenta y erráticamente hacia ella, con su espada goteando abundante sangre—. Perdóname, maestro, pero frente a mí no veo ningún ángel.

Deshecha la inocencia, se abrió paso el dolor, y en las grietas que generó este en su paso por el corazón, se colaron las interrogantes. Y esas lágrimas, gélidas y abundantes que asomaban en el rostro aniñado de la herejía más bella, serían capaces de conmover hasta a los mismísimos dioses, pero no al corrompido Orfeo.

Quién diría que en los Campos Elíseos caía una helada lluvia del infierno.

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